La Reina Católica (Isabel I de España)

La Reina Católica (Isabel I de España)

            Infancia

            El Jueves Santo del año 1451 (22 de abril) en la pequeña villa abulense de Madrigal de las Altas Torres nació una niña, hija del rey don Juan II de Castilla y de su segunda esposa, doña Isabel de Portugal. Era el primer vástago del matrimonio. Posteriormente había de nacer el príncipe Alfonso. En el bautismo se le impuso el nombre de Isabel. A la historia ha pasado con el nombre de Isabel la Católica. De ella dijo el escritor norteamericano Washington Irving que fue uno de los personajes más puros y más hermosos de las páginas de la Historia.

            Muy pronto quedó huérfana de padre, pues Juan II murió en 1454. Los años de la infancia los pasó en Arévalo al lado de su madre, que al enviudar se había refugiado en un convento en donde no tardó en manifestar síntomas de locura. En 1462 fue enviada juntamente con su hermano Alfonso a la corte del rey Enrique IV. Éste era hijo del primer matrimonio de Juan II, y que, al morir su padre, le había sucedido en el trono de Castilla.

El ambiente de la corte estaba totalmente corrompido, escuela de malas costumbres, como más tarde la propia Isabel calificó. Ante tal situación, la futura reina de Castilla dedicaba algunos ratos del día a rezar, implorando que Dios los guardara a ella y a Alfonso libres de pecado; e invocaba de modo especial la ayuda de la Santísima Virgen, de San Juan Evangelista y de Santiago Apóstol, patrono de Castilla.

Proyectos matrimoniales

           Siendo aún niña se pensó en casarla con Fernando, uno de los hijos de su tío abuelo el rey de Aragón Juan II, o con Carlos, príncipe de Viana, pero éste murió prematuramente. Mientras crecía se le iban señalando maridos, entre otros -Alfonso V de Portugal, ya viudo-, hasta que el rey Enrique IV decidió dar en matrimonio a la infanta Isabel al Maestre de Calatrava, don Pedro Girón. El de Calatrava tenía 43 años y era un caballero de pésima reputación moral, cargado de hijos bastardos. Hombre suave, empalagoso, sensual y apasionado, con fama de ser un canalla y aficionado a todos los vicios. Totalmente detestable.

Al enterarse Isabel, que sólo contaba con 15 años de edad, se arrojó entre lágrimas a los brazos de su amiga Beatriz de Bobadilla. Ésta, mostrando a Isabel un puñal de plata, le dijo: Nunca os casaréis con tal monstruo, porque juro ante Dios que si viene por vos hundiré este puñal en su corazón. La Infanta, rechazando toda violencia, acudió a Dios implorando su auxilio. Se encerró en su habitación y ayunó tres días, pasando las noches en vela arrodillada ante un crucifijo mientras repetía de corazón y entre lágrimas una y otra vez: ¡Dios mío, Misericordioso Salvador, no dejéis que me entreguen a semejante hombre! ¡Haced que él o yo muramos!…

            Don Pedro Girón se puso en camino hacia Madrid, para la boda. Beatriz de Bobadilla repetía incansablemente: Dios no lo ha de permitir, ni yo tampoco lo consentiré. El Maestre de Calatrava hizo un alto en el camino para pasar la noche en Villarrubia de los Ojos. Y allí, don Pedro Girón se vio aquejado de una grave amigdalitis. Al tercer día de su viaje, el 20 de abril de 1466, murió. Dios había escuchado la oración de la princesa Isabel.

Heredera de la corona de Castilla

            Cuando algunos nobles castellanos- el arzobispo de Toledo don Alfonso Carrillo, el Conde de Plasencia y el Conde de Benavente entre otros- descontentos con Enrique IV, se rebelaron y proclamaron rey en Ávila al príncipe Alfonso, la infanta Isabel quedó en una difícil situación. La revuelta de su hermano Alfonso contra su hermanastro Enrique finalizó el 5 de julio de 1468 con la muerte del joven príncipe. Entoncés los nobles rebeldes acudieron a Ávila donde se encontraba Isabel para ofrecerle la corona. La Infanta tenía trazada su línea de conducta: Agradezco vuestra oferta en lo mucho que vale -les dijo-, pues con ella me juzgáis merecedora de ocupar tan alto puesto. Sin embargo, yo no puedo, ni debo, aceptarlo. Vive mi hermano don Enrique, que es el rey legítimo de Castilla, y yo no he de contribuir a negar una evidencia que es indiscutible para mí. Esta actitud de Isabel obligó a los rebeldes a buscar un acuerdo con Enrique IV que reconocía a éste como soberano legítimo y a Isabel como sucesora después de su muerte. Este acuerdo es el Pacto de los Toros de Guisando (19 de septiembre de 1468).

Matrimonio en Valladolid

            Aceptó entonces la princesa ciertas condiciones para su matrimonio, pero cuando el Marqués de Villena y otros nobles le propusieron la boda con el rey Alfonso V de Portugal o con el Duque de Berri-Guyena ella hizo prevalecer su voluntad escogiendo a Fernando de Aragón, el más antiguo de los candidatos a su mano. El heredero de Aragón hizo el viaje a Castilla disfrazado como sirviente y celebró su boda en Valladolid el miércoles 18 de octubre de 1469 después de prestar juramento de cumplir las leyes y libertades del reino como príncipe sucesor. Al día siguiente, los esposos asistieron en la iglesia de María la Mayor a la misa nupcial y la bendición solemne de su matrimonio. Isabel contaba 18 años de edad y Fernando, 17 años. Desde su matrimonio, los jóvenes príncipes usaron el título de reyes de Sicilia.

Vida familiar

Durante toda la vida Isabel dio en su matrimonio un altísimo ejemplo de fidelidad, entrega y amor. De ella escribió, en los umbrales del tercer milenio, el arzobispo de Valladolid, monseñor Delicado Baeza: Las virtudes morales y teologales de la reina Isabel configuran realmente el perfil moral de un alma grande, fuera de lo corriente. Recuerdan a la mujer bíblica: hacendosa, humilde, extraordinariamente eficaz, con los ojos puestos en la tarea, en sus responsabilidades familiares -ella, con una familia inmensa y extendida más allá del océano-, pero atenta a cada persona con admirable sentido humano y cristiano por una profunda intuición religiosa, ya que la mirada no se aparta nunca de la voluntad del Señor. Mujer bíblica y castellana.

También la reina Isabel experimentó el cruel tormentos de los celos, que su orgullo no siempre consiguió ocultar. Incluso en los celos había algo de regio que la diferenciaba del resto de las mujeres. Si por casualidad se enteraba que el rey Fernando, su esposo, demostraba algo más que un interés casual por alguna de las bonitas damas de honor de la corte, colmaba a la joven de regalos, le arreglaba un ventajoso matrimonio o la mandaba lejos de allí a alguna agradable posesión con una renta nada despreciable. Otras mujeres del Renacimiento probablemente se habrían servido de medios menos sutiles y generosos para deshacerse de sus rivales. Y quizá su costumbre de rodearse de mujeres mayores que fueran virtuosas y de buena familia revelara algo más que piedad. Si alguna vez se le ocurrió vengarse de Fernando, seguramente descartó de inmediato semejante idea considerándola una tentación del demonio. La teoría de que dos males pueden hacer un bien  jamás atormentó su lúcida mente.

Siempre fue consciente de su dignidad real. Un día Fernando el Católico estaba con unos amigos y parientes jugando a los dados, y la reina Isabel, separada apenas por un tapiz, oyó las voces destempladas del tío del Rey, el almirante don Fadrique, mezcladas con palabrotas. ¡Ajá! ¡Te he ganado!, dijo el Almirante al Rey. Se levantó la Reina indignada para decir al autor de las voces: ¡Así no se habla al Rey! A lo que respondió el Almirante: Señora, no hablaba con el Rey, sino con mi sobrino. E Isabel replicó: Don Fadrique, mi señor el Rey no tiene parientes ni amigos; solamente súbditos.

            Sus deberes oficiales no impedían a la Reina ser una perfecta ama de casa. Ella remendaba la ropa del Rey, su esposo, forzosamente destrozón por el constante jinetear. Fue una madre amantísima, que tuvo poca suerte con sus hijos. Y ello fue lo que la envejeció prematuramente.

Reina de Castilla

            En la noche del 11 al 12 de diciembre de 1477, murió en el alcázar de Madrid, a la edad de 50 años, Enrique IV. Al día siguiente de la muerte del rey castellano (13 de diciembre) en Segovia fue proclamada reina su hermana Isabel I, juntamente con su esposo Fernando V. Contaba la nueva soberana sólo 23 años.

Al principio de su reinado, Isabel y Fernando tuvieron que hacer valer sus derechos luchando contra los partidarios de doña Juana la Beltraneja, que estaban apoyados por el rey portugués Alfonso V. Una vez consolidados en el trono, ambos reyes convinieron en que todos los instrumentos públicos llevarían las firmas, bustos y armas de los dos, con la fórmula de Tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando.

            Aunque la obra de Isabel es prácticamente inseparable de la de su esposo, se pueden señalar algunas líneas de conducta que fueron preferentemente suyas: la preocupación religiosa, visible en la selección de buenos obispos; la amistad cada vez más estrecha con Portugal; la decisión de anteponer la conquista de Granada a la recuperación del Rosellón; la voluntad de acelerar la conversión de los musulmanes; y el deseo de que la expansión ultramarina hacia Canarias y América tuviese más sentido misional que económico. Corrobora esto último la frase que pronunció la Reina Católica cuando le aconsejaron que abandonase la conquista de América porque las nuevas tierras no aportarían bienes para España: Aunque sólo hubiera piedras, seguiría allí mientras hubiera almas que salvar.

            Los colaboradores de la Reina Católica

            Isabel de Castilla supo rodearse de buenos colaboradores. Entre los principales están el Cardenal de España, don Pedro González de Mendoza; fray Hernando de Talavera, primer arzobispo de Granada; y fray Francisco Jiménez de Cisneros, Cardenal Arzobispo de Toledo. Pero en primer lugar está su esposo, Fernando II de Aragón, que es un gran personaje de la Historia, y sin desmerecer de la figura de la Reina, tallada colosalmente por la gracia de Dios. El mismo Fernando reconocía la valía de Isabel, pues muchas veces le dijo a su esposa: Sois merecedora de reinar no sólo en España, sino en el mundo entero.

            El cardenal Mendoza más que por sus talentos lo que realmente atría de él a Isabel y a Fernando era su carácter. Don Pedro se convirtió en uno de los pocos hombres en quienes los Reyes Católicos pudieron confiar absolutamente y en cualquier circunstancia. No era un asceta. En su juventud se le puede tomar por un hombre del mundo, y buena muestra de ello lo constituían sus hijos ilegítimos. Carecía del violento orgullo y de la vanidad de los hombres de su época. Su piedad, quizá no deslumbrante, sí era firme, encendida y sincera, destacando su devoción a la Cruz y a la Virgen María, sus cuantiosas limosnas a los pobres y otras obras de caridad. Además fue ejemplar en la administración de su archidiócesis toledana.

La reina Isabel, aunque era inflexible en sus principios, tuvo que aprender a la fuerza a tolerar la debilidad de los mortales. Cuando en una ocasión alguien le criticó, un poco escandalizado, que permitiera que en su corte estuvieran como pajes los hijos naturales de don Pedro González de Mendoza -niños rubios, simpáticos y de buena presencia-, la Reina al enterarse de aquellas críticas y viendo a los chiquillos, comentó que no podía expulsarlos de la corte, y añadió: ¡Son tan simpáticos y graciosos los “pecados” de mi cardenal!

            Al fallecer fray Tomás de Torquemada, primer confesor de Isabel, el cardenal Mendoza aconsejó a su soberana que nombrase como confesor a fray Hernando de Talavera, hombre virtuoso y de grandes merecimientos. Al ser presentado, la Reina le expuso sus deseos. El humilde fraile dijo: Acepto el cargo, Señora, honrosísimo para mí. Y permitidme una pregunta: ¿Cuándo he de empezar a ejercerlo? E Isabel le contestó: Ahora mismo, si os place. Entoncés el monje se sentó en una silla e indicó con respeto a la Reina que se pusiera de rodillas, como cualquier otro penitente. Isabel se quedó sorprendida. Sus anteriores confesores se habían arrodillado ante ella como muestra de deferencia hacia su persona. Reverendo Padre -dijo-, la costumbre indica que ambos debemos arrodillarnos. Fray Hernando respondió: Hija mía, la confesión es el tribunal de Dios, en el que no existen reyes ni reinos, sino simplemente pecadores, y yo, a pesar de mi indignidad, soy Su ministro. Lo justo es que yo me siente y vos os arrodilléis. Al oír esta respuesta, exclamó la Reina: Éste es el confesor que yo busco, e hincóse de rodillas ante el sacerdote para confesar sus pecados.

El cardenal Mendoza, durante su última enfermedad, sugirió a la Reina a Cisneros como su sucesor en la sede Primada de Toledo. Cuando se produjo la vacante del arzobispado toledano, el Rey Católico consideró que su hijo bastardo don Alonso de Aragón, que había mostrado su talento y virtud como arzobispo de Zaragoza, debía ocupar la sede Primada. Y así se lo manifestó a su esposa, con total confianza de que aceptaría su propuesta. Pero la reina Isabel le replicó: Si tú tienes tu candidato, yo tengo el mío. Mejor dicho, no es mío, sino un recomendado del cardenal Mendoza. -¿Y quién es el designado?, preguntó el monarca aragonés. Francisco Jiménez de Cisneros, mi confesor. Él desempañará el arzobispado mejor que nadie, sin duda alguna. Además, los cargos no son propiedad nuestra, aunque esté en nuestra mano conferirlos. La responsabilidad que nos cabe es enorme, y no podemos dejarnos llevar de intereses familiares, que deben ceder ante el bien general. Convencido por el elevado razonamiento de su mujer, Fernando aceptó sin comentar nada.

La bula papal con el nombramiento de Cisneros llegó a Madrid en la cuaresma de 1495. El Viernes Santo, Isabel, después de confesar, como de costumbre con el fraile franciscano, le entregó el documento que había venido de Roma. Reverendo Padre -le dijo-, por estas letras veréis cuáles son las órdenes de Su Santidad. Cisneros leyó la dirección del pergamino enrollado: A nuestro venerable hermano fray Francisco Jiménez de Cisneros, electo Arzobispo de Toledo. El confesor de la Reina se puso pálido y, devolviéndole la bula a la soberana, le dijo con aspereza: Señora, no es para mí esta carta. Y salió de la cámara regia, sin ceremonia alguna. Al que le estaba esperando, le dijo: Venid, hermano, salgamos de aquí lo antes posible. Y emprendió el camino de Ocaña. Sólo a una mujer se le puede ocurrir semejante disparate, fue el único comentario que hizo Cisneros.

Fueron necesrios seis meses de ruegos y súplicas por parte de la Reina y de varios amigos del franciscano, e incluso una segunda bula del papa Alejandro VI en la que se le ordenaba regresar, para que el fraile aceptara. Por fin, la consagración episcopal tuvo lugar en Tarazona de Aragón, en presencia de los Reyes, el 11 de octubre de 1495.

Realizaciones del reinado de los Reyes Católicos   

El reinado de Isabel I la Católica es rico en acontecimientos de primera magnitud. Al comienzo está el logro de la paz interior y exterior. Parte muy directa tuvo la Reina en la pacificación de Andalucía y en la reconciliación con la nobleza, a la cual aplicó el principio de la más amplia generosidad respetando el status económico de cada linaje. También intervino de forma personal y directa en las negociaciones con el Papa y con Portugal para conseguir la paz.

A mediados de su reinado están las grandes realizaciones: la recuperación del Rosellón, la conquista de Granada, la consecución de la unidad religiosa, el descubrimiento de América y la estabilidad económica. De esta etapa resulta difícil saber qué cosas hizo Fernando y cuáles Isabel. Indudablemente fue ella quien puso mayor empeño en rematar rápidamente la guerra islámica, apoyó con más énfasis la Inquisición y fue la dedicida protectora de Cristóbal Colón.

Muerte del heredero

            Los últimos años de su vida fueron de doloroso sufrimiento. En 1497 muere su único hijo varón, el príncipe Juan. Siempre el Príncipe de Asturias había estado delicado de salud. Cuando contrajo matrimonio con la princesa Margarita de Austria, los médicos dieron a entender que la pasión amorosa podría resultar fatal para el príncipe dadas su juventud y fragilidad, y aconsejaron una completa separación -aunque temporal- de los jóvenes esposos. El rey Fernando se inclinaba por seguir la sugerencia de los médicos, pero la reina Isabel no quiso ni oír hablar de ello. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre, dijo citando las palabras de Nuestro Señor.

Estando en Salamanca, el joven príncipe enfermó, y los médicos perdieron toda esperanza. El hijo de los Reyes Católicos sabía que iba a morir. Desde Alcántara llegó Fernando el Catölico para acompañar a su hijo. Éste rogó a su padre que tanto él como su madre se mantuvieran animosos y aceptaran la voluntad de Dios. En su corta vida no había conocido más que dicha y beneficios -dijo-, y moría sin pena. Comunicó a su padre que Margarita estaba encinta y, al tiempo que encomendaba su alma a Dios, confió su esposa e hijo a la protección de los Reyes. El príncipe recibió los últimos Sacramentos.

El Rey consolaba al príncipe, su hijo, de este modo: Hijo muy amado. Tened paciencia, pues os llama Dios, que es mayor Rey que ningún otro, y tiene otros reinos y señoríos mayores y mejores que no éstos que tenéis, y los que esperabáis recibir, que os duraran para siempre jamás, y tened corazón para recibir la muerte, que es forzoso a cada uno recibirla una vez, con la esperanza que es para siempre inmortal y vivir en gloria.

            Muerto su hijo, Fernando quiso ser él el que diera la triste noticia a la reina Isabel. Cuando llegó el Rey, Isabel le pidió: ¡Decidme la verdad, Señor!, y el rey Fernando le dijo: Está ya con Dios. La Reina palideció y temblorosa dijo: Dios nos lo dio, Dios nos lo quitó. ¡Bendito sea Su Santo Nombre!

Otras desgracias familiares

            Casi al mismo tiempo tuvo noticias de que las relaciones entre su hija Juana y el esposo de ésta, Felipe, eran malas. Y en aquel mismo año, el 24 de agosto de 1497 murió de parto Isabel, la primera de sus hijas, la más bella y la más querida. Todo el amor de madre doliente se volcó sobre el nieto, Miguel, que también falleció cuando apenas contaba dos años de edad. Y de Flandes llegaban noticias desconsoladoras: lo que en un principio se creyó frialdad religiosa de la princesa Juana aparecía ya claramente como síntomas de un trastorno mental.

Todos estos sucesos luctuosos entristecieron los últimos años de la Reina Católica. Al redactar su testamento, dispuso el reconocimiento de doña Juana y don Felipe el Hermoso como futuros reyes de España. Si bien, como estaba convencida de la incapacidad de su hija, agregó en última voluntad que si Doña Juana no puede o no quiere gobernar, lo haga su padre don Fernando en su nombre como Regente de Castilla. Y al firmar, murmuró débilmente: ¡Triste porvenir el de mi España, llamada a padecer los disparates de una pobre loca y las necedades de un fatuo incorregible!

Reina virtuosa

         Isabel fue una mujer piadosa. De su vida de oración escribió el primer Postulador de la Causa de Beatificación de la Reina Católica: Esta vida de oración nos consta por múltiples documentos y testigos de ella. Sabemos, en efecto, que por mucho que sorprenda a los que conocen la prodigiosa actividad de gobierno y de empresa que la absorbía, era “dada a las cosas divinas mucho más que a las humanas”, “más contemplativa que activa, a pesar de los múltiples asuntos de gobierno que día y noche la ocupaban”; pero le quedaba tiempo para sus oraciones y largos ratos de recogimiento con Dios, incluso para rezar todos los días “el Oficio Divino en el Breviario, como los sacerdotes”, y aquellas prolongadas horas tempranas, y otras muchas oraciones y devociones particulares como devotísima cristiana.

            El vivo sentimiento que tenía Isabel de sus pecados e indignidad hizo de ella una mujer humilde. La evidencia parece demostrar que sus “pecados” no eran sino “pecadillos” aumentados por su delicada conciencia: faltas de omisión debidas al esfuerzo puesto en sus graves obligaciones; mentiras pronunciadas en un momento de precipitación o en trato con rivales carentes de escrúpulos; deudas de guerra impagadas que nadie esperaba satisfaciera antes de lo que lo hizo. En lo referente a su moralidad, ni siquiera sus enemigos más acerbos fueron capaces de culparla de nada. Su carácter tenía algo de virginal: un rasgo que conservó hasta el día de su muerte; e incluso sus últimas palabras hacen pensar en la niñita de rubios cabellos que vivía en Arévalo. Es evidente que cometió errores, como todo ser humano, pero nadie duda que fue un alma grande.

En ningún momento guardó rencor. Por el contrario, siempre se mostró agradecida. Cuando el arzobispo de Toledo, don Alfonso Carrillo, que había salvado a Isabel de situaciones difíciles en tiempos de Enrique IV, por lo que nunca dejó de agradecérselo la Reina, se sintió postergado al ver que la joven soberana no le tomaba por consejero, enojóse contra Isabel y lanzó la frase mortificante que nunca debió salir de sus labios: Yo he sacado a Isabel de hilar, y he de enviarla de nuevo a tomar la rueca. La Reina, al saberlo, tuvo una réplica digna de ella: Yo respeto a don Alfonso como arzobispo; si bien no le temo como hombre. Y, en unión con mi esposo, he de probarle que no es tan fácil acabar conmigo. Al reconocer el arzobispo su error y al entonar el yo pequé, Isabel le perdonó y le dijo: No tenéís que volverme a la rueca, señor arzobispo. No la he soltado nunca. Ella es mi cetro en las intimidades del hogar. Y don Alfonso pudo seguir al frente de su archidiócesis toledana.

Perfil

Físicamente, la reina Isabel fue una mujer menuda y graciosa, blanca y rubia, con ojos claros entre azules y verdes, y expresión serena, como de gran paz interior. Profundamente introvertida, escuchaba, sin embargo, los consejos que se le daban. Su inteligencia era juvenil y despierta, con capacidad para el asombro. Tenía un sentido de la justicia como del deber fundamental de los reyes, que a veces ejercía con rigor y, desde luego, sin dejarse doblegar por dinero o influencias. El remate de su carácter lo constituye, sin embargo, cierto ánimo alegre y caritativo que, sin desmentir la solemnidad de la autoridad real, le permitía usar de chanzas como aquella famosa frase en que decía que si tuviera tres hijos harían al uno rey, al otro arzobispo de Toledo y al tercero escribano de Medina del Campo.

            ¿Y su espíritu? De él se ha escrito: Espíritu fuerte, exquisitamente sensible para captar el detalle, cada persona, y para hacerse cargo también de la situación en amplias visiones; tenaz en la lucha por el bien, contra viento y marea, sin dejarse amilanar por nadie, orientado y sostenido por una profunda fe cristiana y por un deseo insobornable de fidelidad a la voluntad de Dios, de su Divina Majestad. Dispuesto a renovar, a reformar, a adelantarse a su tiempo si es preciso; precursor de la historia, siempre actual, con una vigencia y universalidad impresionante. Con una ternura y capacidad de comprensión y compasión excepcionales, pero sin dejarse arredrarse por la oposición insidiosa de los hombres, porque tiene puesta su confianza en Dios. Realista, certeramente objetivo, por la humildad, pero místico e idealista a un tiempo, porque experimenta la presencia de Dios mediante una fe cultivada con un altísimo ejercicio de oración. Dotado de una gran capacidad de gobierno y de influencia, y no sólo inmediata, en las personas cercanas en el espacio y en el tiempo, sino de un poder de expansión casi sin fronteras, universal. Así fue el espíritu de Isabel la Católica.

            Muerte

            El 26 de noviembre de 1504 murió la Reina Católica en Medina del Campo. Isabel comenzó a ver la luz eterna.

 

 

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4 Respuestas a “La Reina Católica (Isabel I de España)

  1. BELLÍSIMA PERSONA E INCREIBLE. CRISTINA.

  2. siempre fue mi personaje femenino favorito, pero al leer su biografia y ver la serie por rtve, me siento fascinada., siempre la senti muy mia, espero que este en breve rumbo a los altares

  3. Leticia alegría Jiménez

    No importa el tiempo que haya transcurrido . Ante esos sucesos. Aún se sigue llorando por su muerte. Creo que los que saben la historia aún sufren por ello y es algo que nunca podrán olvidar.

  4. a la gran reina isabel

    Creo que después de ver !a serie y leer sobre ella. Me ha encatado la mejor reina q tubo España y una de !as mejores de la historia y aun así sufrió mucho en los últimos años

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