Una luz indicadora del final del túnel

-¿Vas a ir esta tarde al acto penitencial?, preguntó Pablo a su primo.

-¿Por qué crees que he retrasado el viaje un día?, respondió Conrado.

-Pareces gallego…

-Bueno, sí.

-Sabes, como el otro día don Mario nos animó a que fuésemos acompañados por lo menos de un amigo o compañero, esta mañana, cuando venía a casa le he dicho a uno con el cual suelo coincidir en el metro aunque nunca he hablado con él ni sé quien es, pero debe vivir por aquí, que si quería venir a la parroquia, a confesarse. Al ver la cara de extrañeza que puso, le expliqué que se trataba de un acto penitencial con motivo de la cuaresma. Sorprendentemente me agradeció mucho la invitación, y me dijo que hoy no podía porque tenía otro plan. Que le avise la próxima vez. Hemos intercambiado nuestras direcciones del correo electrónico.

-La próxima vez será en el adviento… Para entonces… sabe Dios que habrá pasado, comentó Conrado.

Al salir hacia la parroquia, Pablo y Conrado coincidieron en el ascensor de su casa con un vecino del 7º B. Era Benito, un chico un poco más joven que ellos. Conrado no le conocía, pero Pablo sí.

-No sabía que estabas por aquí… Te hacía por Inglaterra, le dijo Pablo.

-Sí, ya he vuelto. He estado cerca de cinco años allí.

-Te presento a mi primo Conrado.

-Encantado, dijo Benito.

-Mucho gusto.

Cuando iban a salir del portal, a Conrado se le ocurrió preguntarle a Benito:

-¿Adónde vas?

El chico del 7º se quedó confuso, sin saber qué decir. Al no responder nada, por unos instantes hubo un silencio. Circunstancia que aprovechó Conrado para decirle que su primo y él iban a la iglesia. Y le explicó el motivo.

-¿Quieres venirte con nosotros?, le preguntó Pablo, que aún no se resistía a presentarse ante don Mario sin ir acompañado por un amigo o conocido.

-No sé…, balbuceó Benito.

La insistencia de Pablo hizo que Benito se decidiera a asistir al acto penitencial.

Comenzó el acto con unas oraciones. Después de los rezos, uno de los sacerdotes presentes explicó desde el ambón en que consistía el acto. A continuación tomó la palabra el párroco. Don Mario empezó haciendo referencia al amor de Dios por la criatura humana; luego habló del pecado como ofensa a Dios, haciendo hincapié en su gravedad. Y en la parte final de la plática se extendió en resaltar la misericordia divina.

Al referir al pecado, puso ejemplos de pecados concretos y actuales, conocidos por todos, con la máxima delicadeza y caridad posible, pero con claridad. Habló de las infidelidades conyugales; del aborto procurado; de las relaciones prematrimoniales; de los empresarios y trabajadores que cometen injusticias; de los sacerdotes que llevan una doble vida; del personal sanitario que practican encubiertamente la eutanasia; de los jóvenes que consumen drogas; y de las personas que tienen atracción hacia otras personas del mismo sexo que, a veces, se dejan llevar por esa inclinación hacia un comportamiento pecaminoso. Terminó diciendo que hay esperanza para los pecadores, que Dios ama a todos, que Cristo ha muerto por los pecados de los hombres y que llama a estos a la conversión. Nadie queda fuera de su Divina Misericordia.

Cuando finalizó el acto, Benito se fue a la sacristía. Quería saludar a don Mario y quedar en otro momento para hablar con él. Como el párroco hacía poco tiempo que había llegado a la parroquia, y el chico desde que se fue a Inglaterra había dejado de practicar, no se conocían. Benito se presentó. Quedaron para el mediodía del lunes santo. Con puntualidad acudió el joven a la cita. Tampoco don Mario se hizo esperar. Se sentaron en una salita de los locales anejos al templo. Sin más preámbulo que los saludos de cortesía, Benito comenzó diciendo:

-Tengo 18 años. Vengo a que usted me ayude. Porque realmente estoy viviendo en un auténtico infierno. He sentido una angustia terrible; en mi vida lo único que encuentro es una sensación de vacío, de dolor y de incomprensión. Han sido frecuentes los episodios de ansiedad y de depresión, y todo por culpa de una situación viciosa que no había buscado, pero de la que no veía posibilidad de salir. En más de una ocasión he pensado en el suicidio como única salida a este género de vida que no puede hacerme feliz. Había perdido toda esperanza de salir de la homosexualidad. Me veía condenado a una vida de desesperación. Pero el viernes, oyéndole a usted, sentí que no todo estaba perdido…

-Tienes razón. Hay esperanza.

-El viernes no me confesé. Preferí venir a hablar con usted primero, y después… confesarme. Si no le importa, le cuento…

-Bien.

-Cuando terminé 6º de Primaria, mi padre decidió que me fuera a Inglaterra a hacer lo equivalente a la ESO, para que llegara a dominar el inglés. Tenía 12 años. Y allá me fui. En esa época me encontraba sumido en un mar de confusión personal a causa de mi despertar sexual. Tengo que decirle que mi familia es católica, aunque poco practicante. Yo mismo, después de hacer la primera comunión, empecé a faltar a misa algún que otro domingo; y ya en Inglaterra dejé de ir a misa. En el colegio en que estudié, las clases de religión eran más bien debates en los cuales cada alumno opinaba lo que se le ocurriera, y todo era válido. El profesor se limitaba a ser el moderador.

-¡Qué pena! Tanto luchar para que en los colegios esté la asignatura de Religión, y después… en muchos colegios no se enseña la doctrina católica.

-En el tercer trimestre de 6º vino un psicólogo para hablar con los que estábamos en el último curso de Primaria. Yo acudí con mis dudas. Él me preguntó por mis amigos, y yo le dije que no tenía muchos, pero sí uno, con quien me llevaba muy bien y que era mi mejor amigo. Entonces el psicólogo me hizo la siguiente pregunta: “¿Sientes pensamientos sexuales por ese amigo?” Yo no supe qué contestarle. La realidad es que nunca me había planteado hacer nada… malo con él. Pero como estaba con mis dudas, guardé silencio, mientras notaba que me ponía colorado. El psicólogo interpretó mi silencio como una respuesta afirmativa a su pregunta y me dijo: “Tienes que aceptarte como has nacido. Eres homosexual”. Y a continuación añadió: “La vida gay es una opción más, que no pasa nada, que se puede ser feliz así”.

-Eso es una gran mentira. Y también es completamente falso decir que se nace homosexual, comentó don Mario.

-Yo me preguntaba por aquel entonces: ¿Es la atracción homosexual una enfermedad?, ¿es la atracción homosexual un pecado?, ¿se nace homosexual? Pero no busqué respuesta. Desgraciadamente aquel psicólogo me encaminó hacia un mundo degradante. Pero no fue inmediatamente cuando fui arrastrado hacia ese mundo.

-¡Qué peligro tan grande ponerse en manos de un psicólogo que no tiene sólidas convicciones morales!

-Le cuento mi caso, que no es un caso aislado ni raro, sino por el contrario se da con cierta frecuencia. Sé de varios chicos que les ha pasado lo mismo que a mí. Todo empezó cuando me fui a Inglaterra. Durante los cinco años estuve viviendo con una familia atea, sin ninguna referencia a Dios. Bueno, más que una familia, era un matrimonio. El ambiente de la casa era inmoral, especialmente por los programas de televisión y películas que se veía, además de las revistas que solía comprar el marido y que se iban amontonando en la sala de estar. Eso sí, fui muy bien recibido. Con el tiempo me enteré que el matrimonio lo formaba una pareja en la que cada uno se había divorciado dos o tres veces. Tanto el hombre como la mujer estaban ya en la cincuentena de años. También estaban los hijos -dos chicas y un chico-, aunque ninguno era del actual matrimonio, sino de los anteriores. El chico era hijo del marido, y las dos chicas de la mujer, aunque sólo eran hermanas de madre, hijas de distintos padres. Los hijos ya no vivían con los padres, se habían independizado, yéndose a vivir con sus amantes; pero sí que aparecían de vez en cuando por la casa y se quedaban algunos días.

-¡Vaya familia!

-No llevaba siquiera dos meses allí cuando el hombre además de violarme comenzó abusar sexualmente de mí. Y con chantaje, me prostituía los fines de semana. Me llevaba a locales privados de hombres corrompidos. Y a partir de entonces he utilizado mi cuerpo para pudrir mi alma. Cuando hace apenas una semana he vuelto a Madrid tenía la decisión firme de cambiar, pero me preguntaba: ¿Es posible dejar de ser homosexual? Pensé que sí, pero no llevaba ni tres días en Madrid, cuando el viernes salí de casa con intención de volver a las andadas. Por fortuna, me encontré a Pablo y me dijo que viniera al acto penitencial…

-Un encuentro providencial. Respondo a tu pregunta. Te diré que es posible la esperanza y que, si quieres y estás dispuesto, puedes abandonar esa vida de tristeza y de dolor que lleva consigo la práctica de la homosexualidad.

-Claro que quiero.

-De entrada, tienes que descartar que un cambio en la preferencia sexual sea imposible. Ahora, dime. ¿Sabe alguien lo que me has contado?

-Si se refiere usted a si “he salido del armario”, aquí en España, no.

-Bien, mejor. No se lo digas a nadie. Al principio me dijiste que te preguntabas si la atracción hacia personas del mismo es una enfermedad; si es pecado esta atracción; si se nace homosexual. Te doy la respuesta. Está aquí.

Y dicho esto, don Mario tomó un libro, buscó una página, y comenzó a leer:

La sexualidad tiene sus trastornos. Por afectar a la personalidad, algunos no son un puro trastorno fisiológico, sino un verdadero trastorno de personalidad. La homosexualidad es quizás el más frecuente. Sus causas son diversas y en parte poco conocidas. Lo más habitual es la confluencia de algunos rasgos que la propician, y unas circunstancias, internas y externas, que la motivan más inmediatamente. Es un asunto que no se resuelve simplemente con la respuesta a la pregunta sobre si “se nace” o “se hace”. En el caso se intuyen algunas circunstancias que han podido contribuir: algunos problemas de carácter, y algunos problemas familiares.

Da la impresión de que ha sido poco habitual situar este asunto en sus justos términos. Muchas veces se ha considerado como una degeneración execrable y culpable. Hoy en día muchos lo ven como una “sexualidad alternativa”, tan normal como la heterosexualidad, sólo que distinta. No es ni lo uno ni lo otro. A veces se puede caer en la homosexualidad por una vida degradada, pero muchas otras veces no hay culpa personal. Y no es una “normalidad distinta”, sino una anormalidad. Es falsa la visión de que la moral cristiana les impide alcanzar la felicidad de una vida sexual normal y satisfactoria con su pareja. Las prácticas homosexuales son gravemente desordenadas. Pero además hay que pensar que no se accede a la felicidad a través de la inmoralidad. Las normas morales no son arbitrarias: responden a la verdad del hombre. Y, en este terreno, la verdad es que la satisfacción -en sentido más profundo, no sólo el placer efímero-, y la felicidad, no pueden llegar a través de las relaciones homosexuales. Y la realidad, propagandas aparte, así lo confirma. Pensar otra cosa sería algo parecido a pensar que uno puede andar tranquila y agradablemente con dos zapatos del mismo pie.

Al terminar de leer, el párroco continuó diciendo:

-La Iglesia distingue la inclinación sexual hacia el mismo sexo y los actos homosexuales. La inclinación aunque en sí no sea pecado, constituye sin embargo una tendencia, más o menos fuerte, hacia un comportamiento intrínsecamente malo desde el punto de vista moral. Por este motivo la inclinación misma debe ser considerada como objetivamente desordenada. Los actos homosexuales sí son pecados.

-De acuerdo, es posible dejar de ser homosexual, pero ¿cómo?, preguntó Benito.

-Siempre contando con Dios. La Iglesia pone a disposición lo que ha recibido del Señor: la Palabra de Dios, los sacramentos (en particular los de la Penitencia y la Eucaristía), la oración, etc. Con la ayuda de la gracia de Dios y acompañado por una persona, que no tiene por qué ser sacerdote, pero sí tener ideas claras, se puede conseguir. Eso sí, no sin combate. Todo cristiano que quiere vivir según la voluntad de Dios tiene que batallar contra las propias concupiscencias hasta el mismo día de la muerte. Y si alguna vez hay una derrota, a levantarse. Todo menos arrojar la toalla.

-Yo prefiero que sea usted quien me ayude…

-No hay ningún inconveniente. Me hablaste de tus dudas cuando tenías 12 años. Mira: a esa edad, esos sentimientos, más o menos intensos y en apariencia confusos por un chico, compañero o amigo, forman parte del desarrollo normal de una persona y no quiere decir que esa persona sea homosexual. Normalmente, la mayoría de los adolescentes han pasado por ello: se trata de una idealización del chico la cual se mezcla con el despertar de la sexualidad. Por ello, es muy importante que estos sentimientos normales se encaucen madurando la masculinidad a través de amistades con otros chicos de la misma edad y que sean separados de la sexualidad. Así el adolescente va madurando hacia una heterosexualidad sana.

-Aquel psicólogo me empujó a la homosexualidad…

-Efectivamente, pero hay que mirar hacia adelante. Y procura tener muchos amigos.

Antes de volver a su casa, Benito se confesó. Estaba radiante de felicidad. Una luz brillaba en su vida. Empezaba a ver la salida del túnel oscuro en el que se había adentrado cuando sólo tenía 12 años, y hacia ella se encaminaba.

Una conversación sobre la ideología de género

-El colmo del absurdo es la ideología de género, dijo Tere.

-Últimamente se está hablando mucho de esa ideología, pero yo aún no sé de qué va, comentó con ingenuidad Vicky.

-Pero, tía, ¿en qué mundo estás?, le espetó Emma.

-Pues yo tampoco me aclaro…, balbuceó Isabella, con cierto temor de quedar en ridículo por su ignorancia de la ideología de género.

-Emma, no te sorprendas de que algunas no sepan nada de la ideología de género. Yo hasta hace poco no me enteré de qué se trataba. Lo supe porque mi hermana, la que está casada, sacó a mis sobrinos del colegio infantil en el que estaban, dijo Anamari.

-¿Qué pasó?, preguntó con interés Bea.

-Mi hermana recibió una invitación del colegio para organizar una fiesta con los niños -empezó a contar Anamari-. Ella aceptó complacida porque le encanta organizar fiestas. Cuando fue al colegio, les enseñaron unos carteles con unos corazoncitos preciosos, pero enseguida se dio cuenta que dentro de los corazones había unos dibujitos pequeños con parejas de hombres y mujeres, de hombres y hombres, y de mujeres y mujeres. Mi hermana se dijo: “Qué curioso”, y preguntó: “¿Y esto para qué es?” Le contestaron: “Son carteles para la fiesta. Vamos a hacer una fiesta sobre el género”. Y sobre la marcha fue a hablar con el director del colegio,.

-¿Y que le dijo el director?, dijo Verónica que hasta entonces no había dicho nada.

-Vino a decirle: “En este centro se educa según la ideología de género. Los niños y niñas reciben una educación indiferenciada. Es decir, que no se incitan a las niñas a ir a clase de danza ni a los niños a jugar al fútbol. Se trata de negar el género desde la más tierna infancia”. Ante el asombro de mi hermana, el director del colegio aclaró:“No negamos el sexo físico, pero sí el sexo social, eso es todo. Hay que tratar a los niños como individuos, no en función de su sexo”. Y aún dijo más: “Nuestro objetivo es el de preservar a los niños de los estereotipos que pudieran encerrarlos en un rol determinado e impedirles expresarse tal como son verdaderamente. O sea: crear el niño (y la niña) neutro. Para eso se elimina los pronombres él y ella y se adopta una forma neutra, algo así como amigo”.

-Pero, ¿en qué consiste la ideología de género?, preguntó con vehemencia Vicky.

Entonces Emma buscó en su iPad alguna definición de ideología de género y encontró ésta, que la leyó en voz alta: Es una ideología (es decir, es un sistema de pensamiento cerrado) que defiende que las diferencias entre el hombre y la mujer, a pesar de las obvias diferencias anatómicas, no corresponden a una naturaleza fija, sino que son unas “construcciones meramente culturales y convencionales”, hechas según los roles y estereotipos que cada sociedad asigna a los sexos.

-Con eso que has leído, más o menos me quedo como estaba, comentó Vicky.

-Espera, Vicky, continúo leyendo: “El gran enemigo para la ideología de género es la diferencia de hombre-mujer. Esta ideología afirma que no existen sexos; sólo roles, orientaciones sexuales mudables, que se pueden cambiar en la vida todas las veces que se quieran”.

-Si no me equivoco, los defensores de la ideología de género sostienen que no existe una naturaleza humana, que haga a unos seres humanos varones y a otros seres, mujeres, dijo Sofía queriendo aclarar.

-De eso parece que se trata, apostilló Emma, y siguió con la lectura: Defienden que cada persona debe elegir libremente el género al que le gusta pertenecer según los momentos y etapas de la vida: ahora tengo el rol heterosexual, ahora tengo el rol bisexual; ahora, el homosexual, etc.

-Rol, roles… ¡qué palabras!, ¿se puede saber qué significan?, era ahora Isabella la que preguntaba.

Enseguida Emma tecleó en su iPad rol, y en la pantalla apareció: Es un término tomado del ámbito teatral, que indica que una persona, vestida especialmente y maquillada, representa un papel de acuerdo a un libreto escrito. El uso del término rol o de la frase roles desempeñados indica que hay algo artificial que se impone a la persona. Para la ideología de género la maternidad sólo es un rol. Una mujer, cuando tiene un hijo, representa el papel de madre; no se es una madre.

-¡Vaya idiotez!, exclamó Anamari.

-Atentas -dijo Emma-, fijaos lo que dice una que fue defensora de la ideología de género y que ahora la combate: “Esa letanía de ‘yo soy mujer porque me siento mujer’ yo no la creo y no la apoyo. Para mí mujer es quien nace con vagina y hombre es quien nace con pene”.

-Tiene más razón que un santo, fue el comentario hecho por Tere.

-En esto estamos todas de acuerdo, sentenció Anamari como conclusión.

¿Para quién es la homilía?

¿Sabéis lo que dijo i¡una niña hace algún tiempo, al oír por primera vez una homilía? Había asistido ya alguna vez a misa, en capilla privadas, cuando el sacerdote celebraba el Santo Sacrificio de espaldas a los fieles; pero, un dí -un domingo-, se dio media vuelta y empezó a hablar. Entonces la niña tiró de la manga a su madre y le preguntó: ¿A quién habla, mamá…? Su sorpresa estaba justificada, ya que un hombre que se pone a hablar de pronto ante una serie de personas, sin dirigirse a ninguna en concreto, siempre llama la atención.

Pues bien, si a ti te ocurre lo mismo que a aquella niña, te responderé: Te estoy hablando a ti. No a vosotros, en plural, Me dirijo a cada uno de vosotros, a ti en singular.

La humildad de un sacerdote santo

Un sacerdote escribió -con evidente falta de caridad, y quizás con envidia- al santo Cura de Ars y¡una carta, en la cual se leía esta frase: Señor Cura, cuando se sabte tan poca teología como usted, no se debe uno sentar en el confesonario.

La respuesta del santo Cura de Ars fue la siguiente: Mi querido y venerado compañero: ¡Cuántos motivos tengo para amaros! Vos sólo me habéis conocido bien. Puesto que sois tan buen que os dignáis interesaos por mi pobre alma, ayudadme a conseguir la gracia que pido desde hace tiempo, a fin de que sea relevado de mi cargo, del que no soy digno a causa de mi ignorancia, y pueda retirarme a un rincón para llorar allí mi pobre vida. ¡Cuánta penitencia he de hacer, , cuántas cosas he de expiar, cuántas lágrimas he de derramar!…

Cristóbal Colón y el rey Juan II de Portugal

Cristóbal Colón presentó su proyecto de llegar a las Indias navegando hacia occidente al rey Juan II de Portugal. Éste escuchaba atento. Cuando el genovés acabó su exposición, el rey le preguntó:

¿Qué deseas? Todo eso está muy bien, pero ¿necesitas dinero?

Yo no vengo a pedir, sino a dar, fue la respuesta de Colón, y añadió: Si se me ayuda a equipar unas naves para ir a las indias, devolveré lo que me hayan prestado multiplicado por cien. Aunque genovés de nacimiento, considero que Portugal es mi verdadera patria y quiero engrandecerla.

¿Cuáles serían tus condiciones si te confiara el mando de una expedición hacia el oeste?, preguntó de nuevo el rey.

Pido el título de almirante y ser virrey de las tierras que descubra.

¿Eso es todo?

Claro que no. Quiero también una décima parte de todas las ganancias.

¿Y qué más?

Como es lógico, estos derechos adquiridos serán parte de la herencia que deje a mis hijos.

El rey Juan II entonces dijo secamente: Los verdaderos portugueses no suelen vender los servicios hechos a su patria y a su soberano.

El arrepentimiento de David

El arrepentimiento de David

David en una ocasión sucumbió ante la tentación y cometió dos pecados gravísimos: adulterio y asesinato. Sin embargo, ante el arrepentimiento del rey David prevalece la misericordia de Dios, que perdona a David.

David lloró de verdad su pecado. Su arrepentimiento es ejemplar, humillándose ante el Señor y pidiéndole perdón. A pesar de sus debilidades y pecados, confió en la misericordia de Dios. Se puede decir que David es modelo de penitencia porque reconoció su pecado y así obtuvo el perdón divino. Su arrepentimiento quedó plasmado en el salmo miserere, donde con una gran belleza y profunda piedad se recoge la súplica de David pecador ante el Señor. Tan sincero fue el arrepentimiento David que durante el resto de su vida se distinguió por su penitencia y piedad.

El rey David tras haber cometido crímenes contra su prójimo, los confiesa como pecados ante Dios con arrepentimiento sincero. Desde el fondo de su corazón desea cambiar radicalmente de vida, e implora a Dios que no le niegue su amistad. Promete mostrar su agradecimiento sirviendo al Señor continuamente y enseñando a otros los caminos divinos, para que ellos también cumplan en todo la voluntad de Dios.

Ten piedad de mí, oh Dios, // según tu misericordia: // Y según la muchedumbre de tus piedades, // borra mi iniquidad. // Lávame todavía más de mi iniquidad // y límpiame de mi pecado. // Porque yo reconozco mi maldad, // y delante de mí tengo siempre mi pecado. // Contra Ti solo he pecado; // y he cometido la maldad delante de tus ojos // a fin de que perdonándome, aparezca justo en cuanto hables, // y quedes victorioso en los juicios que de Ti se forme. // Mira, pues, que fui concebido en iniquidad, // y que mi madre me concibió en pecado. // Y mira que Tú amas la verdad: // Tú me revelaste los secretos y recónditos misterios de tu sabiduría. // Me rociarás, Señor, con el hisopo, y seré purificado: // me lavarás, y quedaré más blanco que la nieve. // Infundirás en mi oído palabras de gozo, y de alegría; // con lo que se recrearán mis huesos quebrantados. // Aparta tu rostro de mis pecados, // y borra todas mis iniquidades. // Crea en mí, oh Dios, un corazón puro, // y renueva en mis entrañas el espíritu de rectitud. // No me arrojes de tu presencia, // y no retires de mí tu santo Espíritu. // Restitúyeme la alegría de tu Salvador; // y fortaléceme con un espíritu generoso. // Yo enseñaré tus caminos a los malos, // y se convertirán a Ti los impíos. // Líbrame de la sangre, oh Dios, Dios salvador mío, // y ensalzará mi lengua tu justicia. // Oh Señor, Tú abrirás mis labios; // y publicará mi boca tus alabanzas. // Que si Tú quisieras sacrificios, ciertamente te los ofreciera; // mas Tú no te complaces sólo con holocaustos. // El espíritu compungido es el sacrificio más grato para Dios: // no despreciarás, oh Dios mío, el corazón contrito y humillado (Sal 50, 3-19).

Falsos triunfadores

Falsos triunfadores

De la historia de los Juegos Olímpicos se puede sacar una lista negra con los nombres de los que quisieron gustar de los laureles del triunfo aunque para conseguirlo tuvieran que hacer uso del fraude.

Éstos son algunos de esos nombres de falsos triunfadores. El primero, se trata de un emperador. Conrado Duránter, en su obra Olimpia y los Juegos Olímpicos, escribe: Nerón, con su demencial megalomanía, se inscribe en los Juegos Olímpicos de la CCXI Olimpíada, que hace aplazar dos años por conveniencia. Obliga a crear modalidades nuevas, hasta entonces desconocidas, y en todas ellas, cuádrigas de potros, tiros de potros de a diez, etc., se hace proclamar campeón, sin que nada se pueda alegar contra la parcialidad de los jueces que así lo proclaman, a pesar de haber presenciado su caída del carro… Con su irracional proceder, siente envidia de los que le precedieron en la victoria y ordena que las estatuas de los antiguos vencedores, que se alinean en el Altis sean destruidas y arrojadas a las letrinas”.

Otro falsario fue el norteamericano Fred Lordz, que ha pasado a la historia de las Olimpíadas por ser el atleta más tramposo que ha pisado una pista.

Lordz participó en la prueba del maratón en los Juegos de San Luis, celebrados en 1904, y fue el primero en cruzar la línea de mera con un tiempo milagroso dadas las extremas condiciones en que se disputó. Pero en realidad no hubo ningún milagro. Lo excepcional del tiempo registrado tiene otra explicación: Cuando Lordz llevaba recorridos unos catorce kilómetros se sintió desfallecer, por lo que solicitó de un automovilista que seguía la prueba que le acercara al estadio. Ya en las proximidades del estadio, donde estaba situada la meta, el atleta saltó del coche, ya restablecido, y continuó corriendo hasta la cinta de meta, siendo, naturalmente, el primero en cruzarla.

Cuando estaba a punto de ser coronado vencedor por la hija del Presidente Roosevelt, el engaño fue descubierto y Lordz descalificado a perpetuidad, aunque al año siguiente fuera perdonado.

La delegación norteamericana quiso explicar el engaño diciendo que Lordz sólo había querido gastar una broma. Explicación que no convenció a nadie. Por todo ello, Lordz ha quedado marcado en la lista negra de los atletas olímpicos.

En 1976, durante la Olimpíada de Montreal, de nuevo un participante se vale del engaño para ganar. Sucedió cuando se disputaba la prueba de pentatlón moderno. En la modalidad de espada todos se admiraban con la facilidad y velocidad con que el soviético Onischenko se deshacía de sus rivales. Extrañados por su pericia, los jueces descubrieron que Onischenko había instalado en la cazoleta de su espada un ingenioso dispositivo electrónico que, manejado a voluntad, señalaba el tocado de su contrario.

Descubierto el truco a tiempo, el tramposo fue descalificado a perpetuidad. Al parecer, se daba el caso de que uno de los jueces no era ajeno a los manejos del soviético. Onischenko tenía ya 38 años y había sido medalla de plata, cuatro años antes, en Munich.

Más recientemente, el 24 de septiembre de 1988, un jamaicano con pasaporte canadiense, llamado Ben Johnson, asombró al planeta cuando ganó en Seúl la final olímpica de 100 metros con 9.79 segundos. La imagen de su llegada a la meta, con clara ventaja sobre su máximo rival Carl Lewis, el Hijo del Viento, y señalando con un dedo su indiscutible supremacía en la distancia (dos años antes ya se había proclamado campeón mundial en los Campeonatos Mundiales de Atletismo de Roma), fue vista por infinidad de ojos humanos, repetidas veces, en los Cinco Continentes.

Dos días después, el 26, a las 10.00 horas, Michella Verdier, portavoz del Comité Olímpico Internacional, confirmó oficialmente que el vencedor de la prueba de los 100 metros lisos, el canadiense Ben Johnson, había dado positivo en el control antidopaje.

Johnson ganó la carrera más importante del atletismo, pero luego, en menos de 48 horas, perdió el honor, la medalla… y sobre todo se despidió de todo ese mundo de élite y gloria de los grandes campeones. Fue suspendido por dos años y desposeído del título y de la marca (récord mundial) ganados anteriormente en Roma.

En 1996, mientras Lewis se disponía en Atlanta a participar en sus cuartos Juegos Olímpicos, con la posibilidad de ganar dos medallas de oro, que le hubieran colocarían por delante del finlandés Paavo Nurmi como plusmarquista de triunfos olímpicos, en un bar de noche de Orlando (Florida) un camarero jamaicano, con nacionalidad canadiense, Benjamín Sinclair Johnson, repartía copas y atendía a los clientes…