Eleazar

Eleazar

Cuando murió Alejandro Magno, sus generales asumieron el poder, cada uno en su región, imponiéndose la corona real. A éstos les sucedieron sus hijos, multiplicando la maldad sobre la tierra. De éstos brotó una raíz pecadora: Antíoco Epífanes (1 M 1, 10). Subió al trono en el año ciento treinta y siete de la dominación griega.

Antíoco IV decretó para todo su reino que todos fuesen un solo pueblo y que cada cual renunciase a sus propias tradiciones. Todos los gentiles aceptaron el edicto del rey. Muchos en Israel adoptaron de buen grado su religión, ofrecieron sacrificios a los ídolos y profanaron el sábado. El rey, mediante mensajeros, envió decretos a Jerusalén y a las ciudades de Judá para que vivieran conforme a tradiciones extrañas a las del país: que se prohibiera hacer holocaustos, sacrificios y libaciones en el Santuario; que profanaran los sábados y los días de fiesta; que el Santuario y los objetos sagrados fueran contaminados; que levantaran altares, templos e ídolos; que hicieran sacrificios de cerdos y animales impuros; que no circuncidaran a sus hijos y que hicieran sus almas abominables con toda clase de inmundicia y profanación; así se olvidarían de la Ley y cambiarían todas sus buenas costumbres. El que no cumpliera la orden del rey sería condenado a muerte (1 M 1, 41-50).

Muchos judíos tuvieron la desgracia de apostatar, alejándose de la alianza santa, y comenzaron a obrar el mal. Pero otros prefirieron morir antes que renegar de su fe. Entre éstos estaba Eleazar. Éste era un escriba, hombre de avanzada edad. Los enviados del rey se empeñaron que comieran carne de cerdo, algo prohibido por la Ley de Moisés. Al negarse el venerable anciano, le abrieron la boca para forzarle a comer. Pero él, prefiriendo una muerte gloriosa a una vida ignominiosa, escupiendo el bocado mostró el modo de comportarse de aquellos que se mantienen firmes en rechazar las cosas que no es lícito comer ni siquiera por el entrañable amor a la vida.

Algunos, llevados de una falsa compasión, le dijeron que comiera carne de la que estaba permitido comer, y así fingir comer de la carne prohibida. De esta forma se libraría de la muerte. Pero él tomó una honrosa decisión digna de su edad, del prestigio de su vejez, de sus merecidas y venerables canas, de su inmejorable conducta desde niño, y, sobre todo, de la divina y santa legislación (2 M 6, 23). Y dijo a los que le pedían que fingiera: Porque no es digno de nuestra edad fingir, de manera que muchos jóvenes crean que el nonagenario Eleazar se ha pasado a las costumbres extranjeras, y a causa de mi simulación y de una vida breve y pasajera, se pierdan por mi culpa, y yo acarree ignominia y deshonor en mi vejez. Pues incluso si al presente yo escapara del castigo de los hombres, no huiría de las manos del Todopoderoso, ni vivo ni muerto. Por eso, entregando valerosamente la vida, me mostraré digno de mi vejez, dejando a los jóvenes un noble ejemplo de morir voluntaria y noblemente por las santas y venerables leyes (2 M 6, 24-28). Tras pronunciar estas palabras, fue conducido al tormento. Y cuando estaba a punto de morir por las heridas, aún tuvo fuerzas para decir: Quede patente al Señor, poseedor del santo conocimiento, que aun pudiendo librarme de la muerte, soporto fuerte dolores en mi cuerpo al ser flagelado, pero en mi alma lo sufro con gusto por temor a Él (2 M 6, 30). Y murió Eleazar dejando a su nación y a los siglos venideros un gran ejemplo de entereza en la fidelidad de Dios.

Daniel interpreta el sueño de Nabucodonosor

Daniel interpreta el sueño de Nabucodonosor

Dios concedió al profeta Daniel la capacidad de interpretar visiones y sueños. Estando Daniel deportado en Babilonia, el rey Nabucodonosor tuvo un sueño que le llenó de preocupaciones, pues no consiguió recordarlo, y le dejó un poco trastornado. Llamó a los magos, astrólogos y adivinos de su imperio, y ninguno de ellos supo decirle al rey c uál era su sueño y la interpretación del mismo. Entonces Daniel, después de haber invocado al Señor, se presentó ante el rey para darle a conocer el sueño y su interpretación. Tú, oh rey, estabas mirando y apareció una gran estatua. Era una estatua enorme; su brillo extraordinario resplandecía ante ti, y su aspecto era terrible. Aquella estatua tenía la cabeza de oro fino, el pecho y los brazos de plata, el vientre y los muslos de bronce, las piernas de hierro, y los pies parte de hierro y parte de barro. Seguías mirando hasta que una piedra se desprendió sin intervención de mano alguna, golpeó la estatua sobre los pies de hierro y de barro, y los hizo pedazos. Entonces se hicieron pedazos a la vez el hierro, el barro, el bronce, la plata y el oro, y fueron como el tamo de una era en verano; el viento se los llevó y desaparecieron sin dejar rastro. Y la piedra que golpeó la estatua se convirtió en una montaña y llenó toda la tierra (Dn 2, 31-35).

Daniel continuó diciendo: Éste es el sueño: su interpretación la vamos a exponer al rey. Tú, majestad, eres rey de reyes, a quien el Dios del cielo ha entregado el reino, el poder, la fuerza y la gloria, y en cuyas manos ha puesto todo lugar donde habitan los hombres, las bestias del campo y las aves del cielo; tu dominio se extiende sobre todos ellos. Tú eres la cabeza de oro. En tu lugar se establecerá después otro reino inferior a ti; y luego otro tercer reino de bronce, que dominará toda la tierra. Habrá después un cuarto reino, fuerte como el hierro; y lo mismo que el hierro rompe y machaca todo, como hierro demoledor él romperá y triturará a todos ellos. Los pies y dedos que viste, parte de barro de alfarero y parte de hierro, será un reino dividido, pero que tendrá la fuerza del hierro, porque viste hierro mezclado con barro de arcilla. Como los dedos de los pies, parte de hierro y parte de barro, parte del reino será fuerte y parte será débil. Como viste el hierro mezclado con barro de arcilla, así se mezclarán ellos mediante descendencia humana, pero no llegarán a unirse el uno con el otro, lo mismo que el hierro no se fusiona con el barro. En los días de esos reyes el Dios del cielo suscitará un reino que nunca será destruido, y ese reino no pasará a otro pueblo; destruirá y acabará con todos los demás reinos, y él permanecerá por siempre. Tal como viste que de la montaña se desprendió una piedra sin intervención humana, y que destrozó el hierro, el bronce, el barro, la plata y el oro, así el Gran Dios da a conocer al rey lo que sucederá después de esto. El sueño es verdadero y la interpretación cierta (Dn 2, 36-45). Apenas acabó de hablar Daniel, el rey Nabucodonosor cayó rostro en tierra, y exclamó: Verdaderamente vuestro Dios es Dios de dioses y Señor de reyes, el que revela los secretos, pues tú fuiste capaz de desvelar este secreto (Dn 2, 47); y después colmó de honores a Daniel y a sus compañeros.

La interpretación dada por Daniel anuncia que, tras los reinos de este mundo que se han ido sucediendo a lo largo de la historia, llegará un reino eterno instaurado por Dios mismo por encima de todas las posibilidades humanas. El cristiano ve aquí el reino de Cristo, si bien no se trata de un reino de carácter terreno y político sino espiritual, como dijo Jesús al procurador romano Poncio Pilato: Mi reino no es de este mundo (Jn 18, 36).

La misión dada por Dios a Moisés

La misión dada por Dios a Moisés

Moisés, aunque educado en la corte del faraón, no se olvidó de que era hebreo ni de sus hermanos de raza. Un día, siendo ya mayor, salió adonde sus hermanos y comprobó sus duros trabajos. Vio entonces que un egipcio golpeaba a un hebreo, a uno de sus hermanos. Se volvió a un lado y a otro y, viendo que no había nadie, mató al egipcio y lo enterró en la arena. Salió al día siguiente, vio a dos hebreos riñendo y dijo al agresor: “¿Por qué golpeas a tu compañero?” Él respondió: “¿Quién te ha constituido príncipe y juez entre nosotros? ¿Piensas acaso matarme como mataste al egipcio?” Moisés tuvo miedo y se dijo: “Seguramente aquello ha trascendido”. Se enteró el faraón del hecho y trató de matar a Moisés; pero Moisés huyó y se estableció en el país de Madián (Ex 2, 11-15).

Moisés conoció a Jetró, sacerdote de Madián, y se estableció con él, que le entregó por esposa a su hija Séfora. Durante cuarenta años estuvo Moisés en Madián, cuidando ganado. Allí le nacieron a Moisés sus hijos. Al mayor le puso el nombre Guersón, porque dijo: “Extranjero soy en tierra ajena”.

Mientras tanto, sucedió al cabo de mucho tiempo que murió el rey de Egipto. Los hijos de Israel gemían bajo la esclavitud. Clamaron y su grito desde la esclavitud llegó hasta Dios. Escuchó Dios su lamento y se acordó de su alianza con Abrahán, con Isaac y con Jacob (Ex 2, 23-24).

Un día estaba Moisés apacentando el rebaño de su suegro en el monte Horeb, cuando se le apareció el Señor en una zarza que ardía pero no se consumía. Dios le dijo: “He observado la opresión de mi pueblo en Egipto, he escuchado su clamor por la dureza de sus opresores, y he comprendido sus sufrimientos. He bajado para librarlos del poder de Egipto y para hacerlos subir de ese país a una tierra buena y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel, al país de los cananeos, los hititas, los amorreos, los pereceos, jeveos y jebuseos. Así es, el clamor de los hijos de Israel ha llegado hasta mí y he visto además la opresión a que los egipcios los someten. Ahora, pues, ve: yo te envío al faraón para que saques a mi pueblo, a los hijos de Israel, de Egipto” (Ex 3, 7-10).

Moisés se asustó por las dificultades de aquella misión, y suplicó a Dios que no se la impusiera. “¿Quién soy yo para ir al faraón y para sacar a los hijos de Israel de Egipto?” (Ex 3, 11), le dijo Moisés a Dios. También hizo alusión a su dificultad para hablar: “Señor, desde siempre he sido un hombre premioso de palabra, y aún ahora que has hablado a tu siervo, sigo siendo torpe de boca y de lengua” (Ex 4, 10). Además, ¿cómo iba a presentarse ante el faraón cuando precisamente tuvo que huir de Egipto porque el faraón había decidido matarle? Ante tantos obstáculos que veía para cumplir la misión que Dios quería que realizara, dijo: “Señor, envía a otro, a quien quieras” (Ex 4, 13). Sin embargo, Dios, con el fin de animarle, le concedió el poder de hacer milagros con la vara que llevaba en la mano, y le dio por compañero a su hermano Aarón para que fuera su portavoz. Al final, Moisés aceptó.

Manzoni y la Misa

Alejandro Manzoni era muy devoto de la Santa Misa, la que oía cada día, aun en su edad avanzada. Alguna vez, con todo, los de su casa trataban de impedirle la ida a la iglesia, con excusa de la edad o del mal tiempo. Una mañana lluviosa, recordando Manzoni que había ya pasado el tiempo de la Misa sin que se lo hubiesen avisado, llamó a su mujer y a los demás de la familia y les dijo: ¿Por qué no me habéis dejado ir a Misa?

Esta mañana el tiempo no estaba bueno, y tenéis, además necesidad de reposo.

¡Ay, amigos míos! Si me hubiera tocado en la lotería una millonada y venciese esta mañana el tiempo de cobrarla, me habríais despertado aun a media noche, sin reparar en el mal tiempo. Pues, sabed que la Misa vale mucho más.

Esaú vende la primogenitura a su hermano Jacob

Esaú vende la primogenitura a su hermano Jacob

Rebeca era estéril, por lo que Isaac imploró a Dios a favor de su esposa. El Señor le escuchó y Rebeca, su mujer, concibió (Gn 25, 21). Y cuando se le cumplieron los días de dar a luz, resultó que tenía mellizos. Estos fueron Esaú y Jacob. El primero que salió era de tez rojiza, todo peludo como una zamarra de piel, y le pusieron de nombre Esaú. Después salió su hermano, agarrando con la mano el talón de Esaú, y le pusieron de nombre Jacob. Los muchachos crecieron, y Esaú se convirtió en un experto cazador, en un hombre montaraz, mientras que Jacob era un hombre tranquilo que habitaba en tiendas. Isaac prefería a Esaú porque le traía caza; en cambio Rebeca prefería a Jacob (Gn 25, 25-28).

Según costumbre entre los patriarcas, el hijo mayor era el que tenía derecho a la bendición paterna que le constituía cabeza de familia y heredero de todas las posesiones de su padre. Por tanto, era Esaú el que tenía derecho a la primogenitura, pero éste vendió sus derechos de primogénito a su hermano Jacob.

Cierto día, Esaú volvió agotado del campo y encontró a su hermano Jacob, que se había preparado un guiso de lentejas. Al verle, le dijo: “Dame ese guiso, que estoy desfallecido”. Jacob respondió: “Te lo daré, pero a condición de que me vendas tu primogenitura”. Y dijo Esaú: “Estoy a punto de morir ¿para qué me sirve mi primogenitura?” Repuso Jacob: “Júramelo ahora mismo”. Y él se lo juró y vendió su primogenitura. Jacob le dio pan y el guiso de lentejas a Esaú, quien comió, bebió, se levantó y se fue. Así malvendió Esaú la primogenitura (Gn 25, 30-34).

Poco después de que Esaú le cediera los derechos de la primogenitura por el plato de lentejas, Jacob se lo dijo a su madre, la cual, secundando los deseos de su hijo preferido, urdió una trama para que Isaac diera su bendición a Jacob en vez de a Esaú. Cuando éste pidió la bendición a su padre, Isaac le dijo: Tu hermano ha venido con engaño y ha recibido la bendición que te pertenecía a ti (Gn 27, 35).

Por la pérdida de su primogenitura, Esaú cobró tal resentimiento y odio contra su hermano, que llegó a proferir amenazas de muerte contra él. Enterada Rebeca de tales amenazas, le dijo a Jacob: Tu hermano se quiere vengar de ti matándote. Ahora, hijo mío, escucha mi consejo: Ponte en marcha y huye a donde mi hermano Labán, a Jarán; quédate allí algún tiempo hasta que se le pase la furia a tu hermano, hasta que se calme su ira contra ti y se olvide de lo que le has hecho. Entonces mandaré a buscarte a ti. ¿Por qué he de perderos a los dos en un solo día? (Gn 27, 42-45). Jacob siguió el consejo de su madre y se fue a vivir a Jarán de Mesopotamia, a casa de su tío Labán.

¿Participar o ganar? Una frase famosa

Una frase famosa

En la luminosa mañana del 6 de abril de 1896, el resplandeciente estadio olímpico de Atenas aparece abarrotado por alrededor de 60.000 enfervorizados espectadores. En la tribuna de honor, el rey Jorge I de Grecia, su esposa la reina Olga y los príncipes Constantino y Jorge. También está el barón de Coubertin acompañado del padre Didón y demás miembros del Comité Olímpico Internacional. En medio de un silencio casi religioso, el rey Jorge dice emocionado: Yo proclamo la apertura de los primeros Juegos Olímpicos internacionales de la Era Moderna en esta ciudad de Atenas. El sueño de un aristócrata francés se había hecho realidad.

A mediados del siglo XIX surgió la idea de restaurar los antiguos Juegos Olímpicos. Hubo varios intentos fallidos hasta que, por fin, lo consiguió Pierre de Fredy, barón de Coubertin.

Este hombre, pedagogo y aristócrata, dedicó toda su fortuna a la restauración de los Juegos. Su principal idea, pedagógica, era poder reunir a toda la juventud del mundo. Impresionado desde su niñez por la guerra franco‑prusiana de 1870, se propuso cambiar la mentalidad de la juventud de se época e intentó dirigirla hacia la práctica deportiva, ideal que le ocupó toda su vida. Para ampliar su formación de pedagogo, viajó por Inglaterra, Estados Unidos, países escandinavos, Europa Central y… Grecia. Y fue precisamente en Grecia, cuando visitaba las ruinas de Olimpia, cuando surgió la feliz idea: restaurar los Juegos.

En 1892, en el anfiteatro de La Sorbona, en París, explica su proyecto y lanza al mundo su idea de los nuevos Juegos. El proyecto es acogido con tal escepticismo que en sus Memorias dejó escrito: Me aplaudieron, me aprobaron, me desearon mucha suerte, pero nadie me había comprendido. Era la incomprensión más absoluta. Pero el pedagogo francés no se desanima y visita a reyes, príncipes…, a todas las personalidades de la época. Poco a poco, su idea va abriéndose camino, siendo aceptada en algunos círculos, aunque con reservas.

Organiza el primer Congreso Internacional del Deporte, que se celebra el 16 de junio de 1894 en la capital de Francia, y poco después crea el Comité Olímpico Internacional, del que es primer presidente el griego Demetrius Bikelas. En su primera reunión el Comité acuerda, como justo homenaje histórico, que sea Atenas la ciudad sede de los primeros Juegos Olímpicos de la Era Moderna.

Al ambicioso proyecto se le enfrentan numerosos problemas, no siendo el menor de ellos el económico, ya que el gobierno griego no está dispuesto a endeudarse para correr una aventura deportiva de muy dudoso éxito. La idea siguió adelante gracias a la aportación económica de Georges Averoff, un multimillonario griego que prácticamente financió los Juegos pues con su dinero se pudo construir un magnífico estadio todo él de mármol blanco, el mismo que fuera levantado siglos antes por Licurgo de Atenas.

Antes de la inauguración de las Primeras Olimpíadas Modernas, el Comité Olímpico Internacional va sentando las bases de lo que serán los Juegos Olímpicos. Se acuerda su celebración cada cuatro años y que los participantes sean aficionados, es decir, que actuasen sin ánimo de lucro. Se adopta el lema citius, altius, fortius (más rápido, más alto, más fuerte), ideado por el padre Didón.

El 6 de abril de 1896 fue el gran día para el barón de Coubertin. El tenaz aristócrata se había salido con la suya. Y fue él personalmente quien ideó algunos de los símbolos que se emplean actualmente en las ceremonias: la ignición de la antorcha olímpica, la suelta de palomas en mensaje de paz a todas las naciones, el izar las banderas nacionales de los triunfadores, la bandera olímpica, el podio de los vencedores… A él se le atribuye erróneamente la famosa frase Lo importante no es vencer, sino participar, que encarna magistralmente el espíritu olímpico. Sin embargo, la paternidad de la frase es del arzobispo de Pennsylvania, que la pronunció en el servicio religioso que precedió a la inauguración de los Juegos Olímpicos de Londres, celebrados en 1908. Estas fueron sus palabras: Lo importante no es vencer, sino participar. Como en la vida, lo esencial no es el triunfo, sino la forma en que se lucha. Lo esencial no es haber vencido, sino haber vencido bien. Lo que sucede es que Pierre de Coubertin la pronunció en numerosas ocasiones, y de ahí que se le atribuya su paternidad.

Wojtyla, no bottiglia

Cónclave de octubre de 1978. en el recuento de votos de una de las votaciones empieza a sonar con insistencia el nombre del cardenal Wojtyla, pero no alcanza la mayoría requerida. Hay que esperar a una nueva votación. Mientras tanto, el cardenal Wojtyla va a la capilla a recogerse en oración. Entra poco después en la capilla un cardenal centroamericano. Al ver al otro rezando, se le acerca. No le reconoce y le dice que encomiende a bottiglia, que en italiano significa botella.

En la siguiente votación salió elegido el cardenal Wojtyla. Inmediatamente recibe el homenaje de los cardenales que, uno a uno, se van acercando al nuevo papa (san Juan Pablo II). Cuando le llega el turno al cardenal centroamericano, el Papa le dice: Te regalo una caja de botellas para que no me llames más bottiglia.