Homilía del Domingo VI de Pascua (Ciclo B)

Cuando Pedro entraba salió Cornelio a su encuentro y cayó postrado a sus pies. Pedro le levantó diciéndole: “Levántate, que también yo soy un hombre” (Hch 10, 25-26). Cornelio era de la gentilidad, pagano, y le resultaba difícil entender que Dios se le manifieste, le haga conocer su voluntad y le conceda dones por medio de un hombre idéntico a él. Por eso, pensando que san Pedro era un ser celestial o incluso un dios con figura humana, se postró ante él. Pero el Apóstol de hizo saber que estaba ante la presencia de un hombre de carne y hueso como él. San Pedro fue a la casa de Cornelio para llevarle la salvación que Cristo había traído a la tierra. Y es que Dios elige hombres como instrumentos -sí, defectuosos como todo ser humano, pero imprescindibles- en quienes ha querido y quiere apoyase para llevar a cabo sus designios de salvación. Este modo divino y providente de actuar, iniciado en el Antiguo Testamento, llega a su máxima expresión en el Evangelio y se manifiesta admirablemente en el sacerdocio cristiano.

Todo sacerdote es tomado de entre los hombres (Hb 5, 1) para ser enviado de nuevo a sus hermanos como ministro de intercesión y de perdón. Ha de ser, por tanto, miembro de la humanidad porque Dios desea que el hombre tenga a alguien semejante a él para que le ayuda (Santo Tomás de Aquino, Comentario sobre Hebreos 5). Se ha dicho que todo es perfecto y magnífico en el Evangelio de Jesucristo, excepto las personas de sus ministros. Porque esos sacerdotes, consagrados mediante un sacramento, son también hijos de Adán y poseen una naturaleza débil, que no han abandonado después de recibir la sagrada ordenación.

Esto resulta llamativo en sí mismo, pero no debe sorprender si consideramos que ha sido dispuesto por un Dios misericordioso en grado sumo. No resulta extraño en Dios. Los sacerdotes de la Nueva Ley son hombres, a fin de que puedan “sentir compasión hacia los ignorantes y extraviados, puesto que ellos están también envueltos en flaqueza” (Hb 5, 2) (San Juan Enrique Newman, Discursos sobre la fe III). Si los sacerdotes no hubieran sido hombres de carne y hueso no podrían haber sentido piedad hacia los demás hombres, sus hermanos; no habrían sido capaces de mirarles con afecto ni de comprender sus debilidades. Pueden hacerlo quienes comparte la condición humana y han experimentado las mismas tentaciones.

El sacerdote debe ser un buen pastor de las personas que se le han confiado. Por eso debe estar lleno de dulzura, nunca de celo amargo. Esta conducta deben seguir todos los sacerdotes. Bien lo entendió el beato Palafox: Que los buenos pastores han de ser más madres que Padres de sus feligreses, y en ningún caso Señores. Deben transmitir la doctrina evangélica y, al mismo tiempo con el amor de una madre por sus hijos, sin exigir a cambio recompensa material alguna. La vida de trabajo reforzó la autoridad moral de san Pablo cuando tuvo que denunciar la tentación de holgazanería, y sirve de admirable modelo para todas las generaciones de cristianos. Como una madre que da alimento y calor a sus hijos, así, movidos por nuestro amor, queríamos entregaros no sólo el Evangelio de Dios, sino incluso nuestras propias vidas, ¡tanto os llegamos a querer! Pues recordáis, hermanos, nuestros trabajos y fatigas. Trabajando día y noche, para no ser gravosos a ninguno de vosotros, os proclamamos el Evangelio de Dios (1 Ts 2, 7-9). Éste fue el comportamiento de san Pedro en la casa de Cornelio. “¿Acaso puede alguno negar el agua del bautismo a éstos que han recibido el Espíritu Santo como nosotros?” Y mandó que fueran bautizados en el nombre de Jesucristo (Hch 10, 47-48).

El oficio de buen pastor es un oficio delicado en extremo: exige mucho amor y mucha paciencia, valentía, competencia, mansedumbre; también prontitud de ánimo y un gran sentido de responsabilidad. El descuido de esta misión ocasionaría gravísimos daños al pueblo de Dios: el mal pastor lleva a la muerte incluso a las ovejas fuertes (San Agustín, Sermón 46. Sobre los pastores). Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene; en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él (1 Jn 4, 7-9). Ser sacerdote significa convertirse en amigo de Jesucristo, de ese Dios encarnado que nos amó hasta morir por nosotros. Lo que esperan los fieles del sacerdote es que tenga un corazón que sepa amar a la medida del Corazón de Cristo, pues el verdadero amor, la verdadera caridad, procede de Dios. En un mundo como el nuestro, tan expuesto a tentaciones que apartan al hombre del misterio de Dios, el sacerdote, como buen pastor, tiene que ser transparencia del rostro misericordioso de Jesús, el único que salva; tiene que enseñar a los hombres que Dios los ama infinitamente y siempre los espera; tiene que reflejar los sentimientos del mismo Cristo dando siempre testimonio de una inmensa caridad pastoral (San Juan Pablo II, Homilía 12.VI.1993).

Los sacerdotes deben sentirse siempre al servicio de los hermanos que caminan con ellos por el sendero polvoriento y fatigoso de la vida. ¡Cuánto hay que amar hoy! ¡Cuánta necesidad de amor se palpa en toda clase de personas! Tienen una tarea maravillosa que cumplir, pues pueden amar, ayudar, aliviar, consolar e iluminar con la “gracia” divina que les acompaña siempre.

En las palabras de despedida del Señor dirigidas a sus discípulos, Jesucristo insiste en la caridad en que deben tener entre sí y con todos. Éste es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos (Jn 15, 12-13). Es el precepto del amor fraterno. La medida del amor cristiano no está en el corazón el hombre, sino en el corazón de Cristo, que entrega su vida en la Cruz por la redención de todos. No puede separarse el amor al prójimo del amor a Dios. Es imposible seguir a Jesús por el camino de la caridad si no nos queremos antes que nada entre nosotros, si no nos esforzamos en colaborar, en comprendernos recíprocamente y en perdonarnos, reconociendo cada uno sus propias limitaciones y sus propios errores.

Querer a nuestros semejantes con verdadero amor fraterno, constituye una de las características esenciales del mensaje cristiano. Acoger a Cristo significa recibir del Padre el mandato de vivir en el amor a Él y a los hermanos, sintiéndose solidarios con todos, sin ninguna discriminación; significa creer que en la historia humana, a pesar de estar marcada por el mal y por el sufrimiento, la última palabra pertenece a la vida y al amor, porque Dios vino a habitar entre nosotros para que nosotros pudiésemos vivir en Él. El mandamiento nuevo del Señor ayuda a comprender que la fraternidad cristiana no se reduce a una solidaridad, no se queda en cuestión de afinidades de carácter, de intereses comunes, de simpatía meramente humana. Busca descubrir a Cristo en los demás; más aún, lleva a parecerse más y más a Él, hasta poder afirmar que somos alter Christus, otros Cristos; ipse Christus, el mismo Cristo. Esta aspiración se traduce en amar y servir a nuestros semejantes como el Señor los sirve y los ama (Javier Echevarría, Carta 1.I.14).

Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando (Jn 15, 14). Sólo cumpliendo la voluntad de Dios gozaremos de la amistad de Jesús, seremos de la familia de Dios. Quienquiera que hiciere la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre (Mt 12, 50). El secreto de la santidad es la amistad con Cristo y la adhesión fiel a su voluntad. La exigencia del Señor incluye renunciar a la voluntad propia para identificarla con la de Dios.

El amor de Cristo a los cristianos es reflejo del amor que las tres divinas Personas tienen entre sí y hacia los hombres: Amemos a Dios porque Él nos amó primero (Jn 4, 19). La seguridad de que Dios nos ama es la raíz de la alegría y gozo cristianos, pero al mismo tiempo exige nuestra correspondencia fiel, que debe traducirse en un deseo ferviente de cumplir la Voluntad de Dios en todo, es decir, sus mandamientos a imitación de Jesucristo que cumplió la Voluntad del Padre.

En los Santos Evangelios vemos el momento de la llamada de Jesús a algunos de los Apóstoles; de otros no se sabe el momento, pero sí todos fueron elegidos por Cristo. ¡Qué delicia pensar en lo que hizo Jesús para fundar la Iglesia! En lugar de llamar en las academias, en las sinagogas, en las cátedras a los doctos, a los sabios, puso sus ojos amorosos en doce pobres pescadores, rudos, ignorantes. Los admitió a su escuela, los hizo partícipes de sus confidencias más íntimas, objeto de sus delicadezas más amorosas, les confió la gran misión de cambiar a la humanidad (Ángel José Roncalli -San Juan XXIII-, Diario 10-20 Diciembre 1902). Son de resaltar las palabras con que la Sagrada Escritura describe la entrega inmediata de los Apóstoles. Pedro y Andrés al instante dejaron las redes y le siguieron. Del mismo modo, Santiago y Juan al instante dejaron la barca y a su padre y le siguieron.

No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros (Jn 15, 16). Tres ideas están contenidas en estas palabras del Señor. Una, que la llamada a los Apóstoles y también a todo cristiano no proviene de buenos deseos, sino de la elección gratuita de Cristo. No han sido los Apóstoles los que han elegido al Señor como Maestro, según la costumbre judía de elegirse un rabino, sino que fue Cristo quien los escogió a ellos. La segunda idea es que la misión de los Apóstoles y de todo cristiano consiste en seguir a Cristo, buscar la santidad y contribuir a la propagación del Evangelio. La tercera enseñanza se refiere a la eficacia de la súplica hecha en nombre de Cristo; por eso la Iglesia acostumbra a terminar las oraciones de la Sagrada Liturgia con la invocación “Por Jesucristo Nuestro Señor”. Las tres ideas señaladas se unen armónicamente: la oración es necesaria para que la vida cristiana sea fecunda, pues es Dios quien da el incremento; y la obligación de buscar la santidad y ejercer el apostolado deriva de que es el mismo Cristo quien nos ha llamado a realizar esta misión.

Cada hombre, en su sitio y en sus propias circunstancias, tiene una vocación dada por Dios; y de su cumplimiento dependen muchas cosas queridas por la voluntad divina. Cuenta con nosotros para difundir el sistema de vida que proclamó Jesús, cuyo mensaje siempre es actual. La Iglesia y el mundo necesitan personas con una entrega generosa, que estén dispuestas a dejarlo todo para seguir de cerca a Cristo. Sabemos que nuestro mundo está herido por el odio, el pecado y la muerte… y que muchos no han recibido la Buena Noticia de que Dios los ama tiernamente. Los hombres tienen hambre y sed, ¡hambre y sed de Cristo!, de su perdón y misericordia. Vamos a decirle a Cristo, sinceramente, con plena libertad: Señor puede contar con nuestras vidas, para extender por todos los caminos tu mensaje de salvación.

Haced lo que Él os diga (Jn 2, 5). Es el mejor consejo de la Virgen María.

Homilía del Domingo V de Pascua (Ciclo B)

El tema central de la primera carta del apóstol san Juan es la caridad. En ella, el discípulo amado dijo muchas cosas, prácticamente todas, acerca de la caridad. Dios es amor porque en Sí mismo, en su vida intratrinitaria, es una comunidad viva de amor. San Juan llega a esa expresión como fruto de una meditación profunda -bajo la inspiración del Espíritu Santo- sobre el modo de obrar de Dios en la Historia de la Salvación, y especialmente en la Encarnación redentora. En esto se manifestó entre nosotros el amor de Dios: en que Dios envió al mundo a su Hijo Unigénito para que recibiéramos por él la vida (1 Jn 4, 9).

La plenitud del amor se encuentra en Dios. De ella se hace partícipes, a través de Cristo, a los hijos de Dios. Es Cristo quien nos revela y nos comunica ese amor del Padre. La comunicación del amor divino se realiza en el Bautismo, donde el neófito recibe como don la virtud infusa de la caridad, que le capacita -y al mismo tiempo le obliga- a amar tanto a Dios como al prójimo.

El amor a Dios se manifiesta en la guarda de los mandamientos, en no amar al mundo en cuanto enemigo de Dios, y en el esfuerzo por purificarse de todo pecado: en una palabra, en vivir santamente. Guardamos sus mandamientos y hacemos lo que es grato a sus ojos (1 Jn 3, 22). Sobre todo, el mandamiento de Dios consiste en que que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros tal como nos lo mandó (1 Jn 3, 23). San Juan presenta la caridad fraterna como el mandamiento nuevo -aunque antiguo a la vez-, transmitido y escuchado desde el principio. Esta caridad ha de manifestarse en obras. Por eso nos exhorta: Hijos míos, no amemos de palabra ni de boca, sino con obras y de verdad (1 Jn 3, 18).

Los mandamientos divinos se resumen en la fe en Jesucristo y el amor a los hermanos. Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él (1 Jn 3, 24). Además, este cumplimiento a los mandatos del Señor hace que Dios permanezca en el cristiano mediante la inhabitación del Espíritu Santo en su alma: Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre (Jn 14, 15-16).

En el pasaje evangélico de la Misa del V Domingo de Pascua Jesucristo utiliza una comparación presentándose como la vid verdadera que da savia a los sarmientos, identificando a estos con sus discípulos de todos los tiempos. Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada (Jn 15, 5). Por tanto, quien está unido a Cristo, ése tiene vida, la vida de la gracia, que es savia vivificante que capacita para dar frutos de santidad y apostólicos. Puesto que Cristo, enviado por el Padre, es la fuente y origen de todo apostolado de la Iglesia, es evidente que la fecundidad del apostolado de los laicos depende de la unión vital que tengan con Cristo (Concilio Vaticano II).

Hace falta estar unidos a la nueva y verdadera vid, a Cristo, para producir fruto. Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. (Jn 15, 4). Aquí el Señor subraya la inutilidad de quien se aparta de Él, lo mismo que la del sarmiento separado de la vid. Mirad esos sarmientos repletos, porque participan de la savia del tronco; sólo así se han podido convertir en pulpa dulce y madura, que colmará de alegría la vista y el corazón de la gente, aquellos minúsculos brotes de unos meses antes. En el suelo quedan quizá unos palitroques sueltos, medio enterrados. Eran sarmientos también, pero secos, agostados. Son el símbolo más gráfico de la esterilidad (San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 254).

Triste es el destino de los sarmientos separados de la vid. Surgieron unidos al tronco y con savia, y si no se hubieran separado de la vid, habrían dado fruto. Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden (Jn 15, 6). Quien no está unido a Cristo por medio de la gracia tendrá, finalmente, el mismo destino que los sarmientos secos: el fuego. Es clara la referencia que hace el Señor del Infierno. Por tanto, quien no quiere pertenecer a la Iglesia no puede estar unido con Cristo y no puede salvarse. San Agustín comenta así este versículo: Los sarmientos de la vid son de lo más despreciable si no están unidos a la cepa; y de lo más noble si lo están. Si se cortan no sirven de nada ni para el viñador ni para el carpintero. Para los sarmientos una de dos: o la vid o el fuego. Si no están en la vid, van al fuego: para no ir al fuego, que estén unidos a la vid.

Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto lo poda para que dé más fruto (Jn 15, 1-2). El Señor describe dos situaciones: la de aquellos que, aun estando unidos a la vid con vínculos externos, no dan fruto; y la de quienes, aun dando fruto, pueden dar más. Los primeros son los que aunque tengan fe, no tienen obras. Y como dijo el apóstol Santiago: La fe, si no va acompañada de obras, realmente está muerta (St 2, 17), y algo muerto no puede dar fruto. Y a los segundos, el viñador (Dios Padre) los poda. Queda claro que Dios no se conforma con una entrega a medias. Por esto purifica a los suyos a través de la contradicción y las dificultades, que son como una poda, para que den más fruto.

Estas palabras del Señor que estamos considerando fueron pronunciadas en el cenáculo, durante la Última Cena, y momentos antes de sufrir la pasión y muerte. Están dichas en la intimidad a sus apóstoles. Les habla con cariño. Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado (Jn 15, 3). Ya antes, cuando antes de sentarse a la mesa, tuvo lugar el lavatorio de los pies, Jesús había dicho que sus apóstoles estaban limpios, aunque no todos. La excepción era Judas Iscariote, pero una vez que éste salió del cenáculo, el Señor volvió a referirse a esa limpieza interir por virtud de las enseñanzas que sus discípulos habían aceptado. Pues la palabra de Cristo purifica en primer lugar de los errores, instruyendo; en segunda lugar purifica los corazones de los afectos terrenos, encendiéndolos por las cosas celestiales; finalmente la palabra purifica por el vigor de la fe: pues “purificó sus corazones por la fe” (Hch 15, 9) (Santo Tomás de Aquino).

Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. La imagen de la vid y de los sarmientos ayuda a comprender la unidad de la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, en el que todos los miembros están unidos con Cristo, Cabeza de ese Cuerpo, y en Él, unidos también los miembros entre sí. Sólo el sarmiento que está unido a la vid tiene vida. Jesús, fuente de unidad y de paz, fortalece la comunión de tu Iglesia, da vigor al movimiento ecuménico, para que, con la fuerza del Espíritu, todos tus discípulos sean uno (San Juan Pablo II). Siguiendo el ejemplo de san Juan Pablo II, intensifiquemos nuestra oración por la unión de todos los que confiesan a Cristo, en un único rebaño y bajo un solo supremo Pastor; para que llegue pronto el momento de la plena comunión de todos los cristianos en la única Iglesia fundada por Cristo.

También el Señor pide a sus apóstoles que tengan confianza en su palabra. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis (Jn 15, 5). También san Juan nos dice que Dios nos dará lo que le pidamos si tenemos la conciencia tranquila. Queridos, si la conciencia no nos condena, tenemos plena confianza ante Dios, y cuanto pidamos lo recibimos de él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada (1 Jn 3, 21-22).

La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos (Jn 15, 8). Es lo que queremos: dar gloria a Dios. Alabar al Señor es el fin de la vida del hombre, la única razón de su existencia. La creación entera es un canto de alabanza a Dios. Y nuestra vida en la tierra, toda nuestra actividad, debe estar informada por esta suprema aspiración. Para que nuestra vida sea limpia y recta, canto enamorado a Dios que nos creó, tenemos que acudir a Jesucristo.

La fidelidad de los Apóstoles a Cristo hizo que hubiera fruto en su tarea de difundir el Evangelio. La Iglesia por entonces gozaba de paz en toda Judea, Galilea y Samaria; se edificaba y progresaba en el temor del Señor y estaban llenas de la consolación del Espíritu Santo (Hch 9, 31). San Lucas, autor de los Hechos de los Apóstoles, habla del progreso ininterrumpido de la Iglesia en su conjunto y de las diversas comunidades que han surgido con motivo de la dispersión provocada por la persecución contra los fieles. Destaca sobre todo la paz y la consolación operadas por el Espíritu Santo. Es una nota de justificado optimismo y confianza en la asistencia divina.

En el apostolado no buscamos el aplauso de los hombres, sino la gloria de Dios. La Iglesia, iluminada por las palabras del Maestro, cree que el hombre, hecho a imagen del Creador, redimido con la sangre de Cristo y santificado por la presencia del Espíritu Santo, tiene como fin último de su vida ser alabanza de la gloria de Dios, haciendo así que cada una de sus acciones refleje su esplendor (San Juan Pablo II, Encíclica Veritatis splendor, n. 10).

En los Hechos de los Apóstoles se habla de la actividad apostólica de san Pablo. Inmediatamente después de su conversión se puso en Damasco a predicar abiertamente en el nombre de Jesús (Hch 9, 27), y más tarde, cuando llegó a Jerusalén, hizo lo mismo. Conversaba también y disputaba con los helenistas (Hch 9, 29). El Apóstol de los gentiles se presentó en Jerusalén para visitar a san Pedro, con quien pasó quince días, y ponerse a su disposición. Durante las dos semanas que permaneció en la Ciudad Santa predicó con audacia su fe en la divinidad de Jesús y, al igual que en Damasco, se ganó enseguida la enemistad de los judíos, que intentaron matarle. ¿Qué es lo que buscaba san Pablo? La gloria de Dios, que todos conocieran al Dios desconocido por sus oyentes, el Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en él, que es Señor del cielo y de la tierra (Hch 17, 24). Los astros y la creación entera mueven al hombre a reconocer la grandeza de Dios, y a alabarle por sus obras magníficas: Los cielos narran la gloria de Dios, el firmamento anuncia la obra de sus manos (Sal 19, 1).

La Virgen María siempre estuvo unida a Dios. Ella es la que ha dado más fruto de santidad y, a la vez, más gloria a Dios. La Trinidad Beatísima irrumpe en la vida de la siempre Virgen, y por medio del ángel le manifiesta los eternos designios de asociarla a la Historia de la Salvación, verificando en su seno la Encarnación del Verbo, la unión hipostática. Desde el momento, tantos siglos esperado, en que María acepta libremente la proposición divina, comienza a ser Madre de Dios y a participar de una manera activa en la obra de la Redención que su Hijo había de llevar a cabo.

Homilía del Domingo IV de Pascua (Ciclo B)

El domingo IV del tiempo de Pascua se le suele llamar el Domingo del Buen Pastor, por el pasaje evangélico que se lee en la Misa. Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por sus ovejas (Jn 10, 11). Es san Juan quien recoge estas palabras de Jesús, que hay que entenderlas a la luz de su pasión, muerte y resurrección, pues se realizan plenamente cuando Cristo, obedeciendo libremente la voluntad del Padre, se ha inmolado en la Cruz. Entonces queda completamente claro qué significa que Él es “el buen pastor”: da la vida, ha ofrecido su vida en sacrificio por nosotros. Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita; sino que yo la doy libremente. Tengo poder para darla y poder para tomarla de nuevo. Este es el mandato que he recibido de mi Padre (Jn 10, 17-18). Jesús explica la libre voluntad con que se entrega a la muerte para bien de su rebaño y dona su vida en favor de sus ovejas, tiene libertad para ofrecerse en sacrificio expiatorio, y se somete voluntariamente al mandato de su Padre en un acto de perfecta obediencia.

En la figura de Jesús, Pastor bueno, contemplamos a la Providencia de Dios, su solicitud paternal por cada uno de nosotros. ¡No nos deja solos! La consecuencia de esta contemplación de Jesús, Pastor verdadero y bueno, es la exclamación de conmovido estupor que nos ofrece san Juan: Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no le conoció a él. (1 Jn 3, 1). Con qué fuerza escribe el discípulo amado ¡lo somos!, porque ser hijos de Dios no es un simple título metafórico, ni una ficción jurídica o una mera adopción al modo humano: la filiación divina es una característica fundamental de la vida del cristiano, una realidad espléndida por la que Dios da gratuitamente. A los hombres una dignidad estrictamente sobrenatural,que los introduce en la intimidad divina y los hace familiares de Dios. Se comprende el tono de asombro y de gozo con que san Juan transmite esta maravilla.

Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es (1 Jn 3, 2). El don inefable de la filiación divina, que el mundo no conoce, tampoco es experimentado en plenitud por los cristianos, ya que los gérmenes de vida divina que encierra sólo alcanzarán su total desarrollo en la vida eterna, cuando le veamos cara a cara (1 Co 13, 12). En esa visión inmediata de Dios tal como es, y de todas las cosas en Dios, la vida de la gracia y la filiación divina alcanzan su pleno desarrollo. Por su naturaleza, el hombre no es capaz de ver a Dios cara a cara; es necesario que Él lo ilumine mediante una luz especial, que llamamos lumen gloriae. Con ella no abarca del todo a Dios -cosa imposible para cualquier criatura- pero sí puede contemplarlo directamente.

La del Buen Pastor es una de sus enseñanzas más hermosas de Cristo. El buen pastor cuida de sus ovejas, busca la extraviada, cura la herida y carga sobre sus hombros la extenuada. La solicitud de todo buen pastor es que los hombres tengan vida, y la tengan en abundancia (Jn 10, 10), para que ninguno se pierda, sino que tengan la vida eterna. El Señor señala la diferencia del buen pastor con el asalariado. Éste que no es pastor, a quien no pertenecen las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye, y el lobo hace presa en ellas y las dispersa, porque es asalariado y no le importan nada las ovejas (Jn 10, 12-14). El mercenario ante el peligro sólo piensa en sí mismo y en su huida deja que el rebaño se pierda.

La santidad de la Esposa de Cristo se ha demostrado siempre -como se demuestra también hoy- por la abundancia de buenos pastores. Pero la fe cristiana, que nos enseña a ser sencillos, no nos induce a ser ingenuos. Hay mercenarios que callan, y hay mercenarios que hablan palabras que no son de Cristo. Por eso, si el Señor permite que nos quedemos a oscuras, incluso en cosas pequeñas; si sentimos que nuestra fe no es firme, acudamos al buen pastor, al que entra por la puerta ejercitando su derecho, al que, dando su vida por los demás, quiere ser, en la palabra y en la conducta, un alma enamorada: un pecador quizá también, pero que confía siempre en el perdón y en la misericordia de Cristo (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 34).

Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las ovejas (Jn 10, 14-15). Jesucristo conoce a cada una de sus ovejas, nos llama por nuestro nombre. Pero, nosotros, ovejas del rebaño de Cristo, ¿le conocemos a Él? ¿le seguimos confiados en su Palabra? ¿estamos atentos a sus silbidos amorosos, que nos previenen de los peligros?

El deseo del Señor es que haya un solo rebaño, que todos los cristianos formen parte de la única Iglesia fundada por Él. Por eso dice: También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor (Jn 10, 16). Este versículo tiene la siguiente interpretación. La misión de Cristo es universal aunque su predicación se dirigiera de hecho, en una primera etapa, a las ovejas de la casa de Israel , como Él mismo manifestó a la mujer cananea, y enviara a los Apóstoles, en su primera misión, a predicar a los israelitas. Ahora, sin embargo, pensando en los frutos de su muerte redentora, revela que éstos se aplicarán a otras ovejas que no son de este redil, es decir, de Israel. En efecto, los Apóstoles, después de la Resurrección, serán enviados por Cristo a todas las gentes para predicar el Evangelio a toda criatura, comenzando por Jerusalén y siguiendo por Judea, Samaria y hasta los confines de la tierra. De este modo se cumplirán las antiguas promesas sobre el reinado universal del Mesías.

Pero también, dadas las divisiones que a lo largo de la historia se han producido entre los cristianos, separándose muchos de la Iglesia Católica, se puede aplicar a la voluntad de Dios de que todos los bautizados formen parte de una única Iglesia. La unidad de la Iglesia se da bajo una sola cabeza visible, porque el Señor entregó todos los bienes de la Nueva Alianza a un solo Colegio Apostólico, presidido por Pedro, para construir un solo cuerpo de Cristo en la tierra, al que es necesario que se adhieran todos los que ya pertenecen de algún modo al pueblo de Dios (Concilio Vaticano II, Decreto Unitatis redintegratio, n. 3). El deseo constante de los católicos es que todos los hombres vengan a la verdadera Iglesia, que siendo único rebaño de Dios, como estandarte levantado ante las naciones, peregrina llena de esperanza hacia la patria celestial, ofreciendo el Evangelio de la paz a todo el género humano (Concilio Vaticano II, Decreto Unitatis redintegratio, n. 2). La preocupación por el restablecimiento de la unión es cosa de toda la Iglesia. Y de ahí el ecumenismo.

Como Dios es Uno y Trino, un cristiano ama a la vez la unidad y la pluralidad. Defiende la legítima libertad propia y la de los demás. ¿Por qué el Espíritu Santo ha permitido todas estas divisiones?, preguntaba san Juan Pablo II en una ocasión. Y daba una respuesta sorprendente: ¿No podría ser que las divisiones hayan sido también una vía que ha conducido y conduce a la Iglesia a descubrir las múltiples riquezas contenidas en el Evangelio de Cristo y en la redención obrada por Cristo? Quizá tales riquezas no hubieran podido ser descubiertas de otro modo. Dios, en su omnipotencia, puede sacar el bien incluso del mal, de nuestras debilidades humanas.

Jesús nos quiere unidos: un solo cuerpo. Nuestros pecados, la historia, nos han dividido y por esto tenemos que rezar mucho, para que sea el Espíritu Santo quien nos una nuevamente… Sigamos, por lo tanto, rezando y comprometiéndonos en favor de la unidad plena de los discípulos de Cristo, con la certeza de que Él mismo está a nuestro lado y nos sostiene con la fuerza de su Espíritu para que esa meta esté más cercana (Papa Francisco).

Cuando confirió el Primado a san Pedro, le dijo: Apacienta mis ovejas (Jn 21, 16). Con estas palabras lo constituyó Pastor de toda la Iglesia. Y desde el primer momento el apóstol Pedro ejerció su nuevo oficio de pastorear a la grey del Señor. Ya el mismo día de Pentecostés buscó a las ovejas que no eran del redil (partos, medos, elamitas…). Como buen pastor no huyó ante los lobos. A pesar de la persecución de los jefes de los judíos, escribas y casta sacerdotal, valientemente daba testimonio de la Resurrección de Jesús.

Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo: “Jefes del pueblo y ancianos; puesto que con motivo de la obra realizada en un enfermo somos hoy interrogados por quién ha sido éste curado, sabed todos vosotros y todo el pueblo de Israel que ha sido por el nombre de Jesucristo, el Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por su nombre y no por ningún otro se presenta éste aquí sano delante de vosotros. Él es la piedra que vosotros, los constructores, habéis despreciado y que se ha convertido en piedra angular. Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos” (Hch 4, 8-12). San Pedro aplica a Jesús el versículo 22 del salmo 118, recordando sin duda que ya el Señor había dicho de Sí mismo que era la piedra rechazada por los constructores y había llegado a ser la piedra angular, la piedra clave del arco que sostiene y fundamenta el edificio.

Además dice que la salvación está en Jesús. La invocación del nombre de Jesús es omnipotente porque es el nombre propio del Salvador. El Señor mismo garantizó a los Apóstoles: Si algo pedís al Padre en mi nombre, os lo concederá (Jn 16, 23), y ellos, confiados en esta promesa, obran conversiones y milagros “en el nombre de Jesús”. El poder de este Nombre también ahora -como siempre- obrará prodigios en nosotros y en las almas por quienes le invocamos. Aconsejaba san Josemaría Escrivá: Pierde el miedo de llamar al Señor por su nombre -Jesús- y a decirle que le quieres (Camino, n. 303). Y la Liturgia de la Iglesia, en el Oficio Divino, nos invita a pedir: Oh Dios, que nos llamas en aquella hora en que los Apóstoles subieron al Templo a orar, concédenos que la oración con sincero corazón te dirigimos en el nombre de Jesús, consiga la salvación de todos los que te invocan en ese nombre.

Divina Pastora de las Almas es una advocación de la Virgen María. Hay muchas imágenes y cuadros que representan a Santa María vestida de pastora y cuidando de las ovejas. La descripción de uno de estos cuadros es: En el centro y bajo la sombra de un árbol, la Virgen Santísima sedente en una peña, irradiando de su rostro divino amor y ternura. La túnica roja, pero cubierto el busto hasta las rodillas de blanco pellico, ceñido a la cintura. Un manto azul, terciado al hombro izquierdo, envolverá el contorno de su cuerpo, y hacia el derecho, en las espaldas, llevará el sombrero pastoril, y junto a la diestra aparecerá el báculo de su poderío. En la mano izquierda sostendrá unas rosas y posará la mano derecha sobre un cordero que se acoge hacia su regazo. Algunas ovejas rodearán a la Virgen, formando su rebaño, y todas en sus boquitas llevarán sendas rosas, simbólicas del avemaría con que la veneran. En lontananza se verá una oveja extraviada y perseguida por el lobo -el enemigo emergente de una cueva- con afán de devorarla, pero pronuncia el avemaría, expresado por un rótulo en su boca, demandando auxilio; y aparecerá el arcángel San Miguel, bajando del Cielo, con el escudo protector y la flecha, que ha de hundir en el testuz del lobo maldito.

La guía del Buen Pastor y la protección siempre maternal de la Divina Pastora harán sentirnos seguros en medio de los peligros que podamos encontrar en esta tierra.

¡Es el Señor!

San Juan, en su Evangelio, narra la tercera aparición de Jesús resucitado a los discípulos a orillas del lago de Galilea. Juan se dirige a Pedro y dice: Es el Señor. E inmediatamente Pedro se lanzó al agua y nadó hacia la orilla, hacia Jesús. En aquella exclamación: “¡Es el Señor!”, está todo el entusiasmo de la fe pascual, llena de alegría y de asombro, que se opone con fuerza a la confusión, al desaliento, al sentido de impotencia que se había acumulado en el ánimo de los discípulos. La presencia de Jesús resucitado transforma todas las cosas: la oscuridad es vencida por la luz, el trabajo inútil es nuevamente fructuoso y prometedor, el sentido de cansancio y de abandono deja espacio a un nuevo impulso y a la certeza de que Él está con nosotros. El gran anuncio de la Resurrección infunde en el corazón de los creyentes una íntima alegría y una esperanza invencibles. ¡Verdaderamente Cristo ha resucitado! También hoy la Iglesia sigue haciendo resonar este anuncio gozoso: la alegría y la esperanza siguen reflejándose en los corazones, en los rostros, en los gestos, en las palabras (Papa Francisco 10.IV.2016).

La Iglesia anuncia: Cristo ha resucitado

La Iglesia sigue diciendo: “Párate, Jesús ha resucitado”. Y esto no es una fantasía, la Resurrección de Cristo no es una fiesta con muchas flores. Esto es bonito, pero no es esto, es más; es el misterio de la piedra descartada que termina siendo el fundamento de nuestra existencia. En esta cultura del descarte donde eso que no sirve toma el camino del usar y tirar, donde lo que no sirve es descartado, esa piedra -Jesús- es descartada y fuente de vida (Papa Francisco 16.IV.2017).

Anuncio a las mujeres

A las mujeres que habían ido al sepulcro, al amanecer del primer día después del sábado, les dijeron los ángeles: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado. La resurrección de Cristo constituye el acontecimiento más sorprendente de la historia humana, que atestigua la victoria del amor de Dios sobre el pecado y sobre la muerte, y da a nuestra esperanza de vida un fundamento tan sólido como la roca. Lo que humanamente era impensable ha sucedido. A Jesús de Nazaret Dios lo ha resucitado liberándolo de los dolores de la muerte (Papa Francisco 22.IV.2019).

Homilía del Domingo III de Pascua (Ciclo B)

Arrepentíos, pues, y convertíos, para que vuestros pecados sean borrados (Hch 3, 19). Son palabras del apóstol san Pedro dirigidas a los judíos, pero también podemos consideradas que están dichas a todos los hombres. Sólo con el arrepentimiento los pecados pueden ser perdonados. Por eso en el sacramento de la Penitencia no basta decir los pecados al confesor para se perdonen los pecados, sino que se requiere la contrición y el propósito de la enmienda para salir con el alma limpia.

Vosotros negasteis del Santo y del Justo, y pedisteis que fuera indultado un asesino (Hch 3, 14). En el discurso que pronunció san Pedro en el pórtico de Salomón del templo de Jerusalén, el apóstol recuerda a sus oyentes -israelitas- el pecado que cometieron al elegir a un homicida -Barrabás-, en vez de elegir a Jesús, cuando Pilato les preguntó: ¿A quien de los dos queréis que os suelte? (Mt 27, 21). ¡Qué triste: elegir a un hombre que mata y rechazar al autor de la vida! Y esa mala elección vuelve a hacerla todo hombre cuando peca. Es la misma historia de Esaú que prefirió un plato de lentejas a la primogenitura. Peor negocio hace el hombre al pecar: pasa de la condición de hijo de Dios a esclavo de Satanás; cambia el cielo por el infierno.

El pecado supone preferir nuestra comodidad, nuestra pereza, nuestra vanidad, nuestra sensualidad antes que a Dios de quien todo lo hemos recibido. Es un acto suicida, porque la muerte de Dios en el corazón y en la vida de los hombres es la muerte del hombre. El pecado no hace feliz a los hombres. Todo lo contrario. Sólo Dios es la fuente de la felicidad. Si se rompe con Dios, ¿cómo alcanzar la felicidad? No nos engañemos: sólo unidos a Dios seremos felices.

El pueblo judío obró por ignorancia, dice san Pedro. Ya Jesús había pedido a su Padre el perdón para sus verdugos: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen (Lc 23, 34). Aquí está el tema de la ignorancia. Hay una ignorancia invencible que excusa de pecado; y otra que es vencible y que no excusa de pecado. Y hay ignorancia vencible cuando uno no pone los medios para formarse bien en la moral católica. Hay quienes prefieren permanecer en la ignorancia para que su conciencia no le recrimine sus malas acciones. Este comportamiento es erróneo. Su ignorancia, al ser vencible, hace que las acciones malas que hagan sean verdaderos pecados, no solamente materiales, sino formales.

Los que crucificaron a Cristo sí cometieron pecado, por eso Jesús pide a su Padre que les perdone. Si no hubieran pecado, no era necesario el perdón. No saben lo que hacen. No sabían que estaban cometiendo un deicidio. En toda acción pecaminosa el hombre tiene zonas más o menos extensas de obscuridad, de apasionamiento, de obcecación que, sin anular su libertad y responsabilidad, hacen posible que se ejecute la acción mala atraídos por los aspectos engañosa mente buenos que presenta. Y esto constituye un atenuante a lo malo que se hace.

El pueblo no sabía que Jesús era el Cristo, el Hijo de Dios. Se dejó llevar por los sacerdotes y los principales del pueblo. Estos, que conocían las Escrituras, deberían haberlo reconocido, pero ofuscaron su mente y por malicia y envidia pidieron a Pilato la muerte de cruz para el Señor. Al escuchar el discurso de san Pedro y la invitación de éste a que se arrepintieran, muchos judíos, movidos por la gracia, preguntaron a los Apóstoles qué debían hacer para reparar el crimen cometido. Y el Príncipe de los Apóstoles les mueve a un cambio de vida sincero y eficaz hacia Dios.

En la segunda lectura del tercer Domingo de Pascua, san Juan da el motivo de por qué escribe: Hijos míos, os escribo estas cosas para que no pequéis. Pero si alguno peca, tenemos un abogado ante el Padre: Jesucristo, el Justo (1 Jn 2, 1) . El pecado es el único mal: No olvides, hijo, que para ti en la tierra sólo hay un mal, que habrás de temer, y evitar con la gracia divina: el pecado (San Josemaría Escrivá). Fuertes son las palabras del autor de la Epístola a los Hebreos: Los que pecan, crucifican nuevamente a Jesucristo dentro de sí (Hb 4, 6). Y un Padre de la Iglesia dijo: Cierto que a muchos les parece espantoso el infierno; pero yo no dejaré de gritar continuamente que ofender a Dios es más grave y espantoso que el mismo infierno (San Juan Crisóstomo). Pero Dios es misericordioso, y por eso perdona los pecados al alma arrepentida.

El apóstol san Juan nos exhorta a evitar el pecado; pero, temiendo que decaigamos de ánimo, al recordar nuestras pasadas culpas, nos alienta a esperar el perdón, con tal que tengamos la firme resolución de no caer, diciéndonos que tenemos que habérnoslas con Cristo, que no murió sólo para perdonarnos, sino que además, después de muerto, se ha constituido abogado nuestro ante el Padre celestial (San Alfonso María de Ligorio, Reflexiones sobre la Pasión, cap. 9, 2).

Para no caer en el pecado contamos con la ayuda de la gracia. Además, Jesucristo, como único Mediador, intercede por nosotros. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero (1 Jn 2, 2). Él, que ha muerto por nuestros pecados presenta a Dios Padre sus méritos infinitos, en virtud de los cuales nos perdona siempre. No hay límite alguno para la misericordia divina.

El pasaje evangélico de la Misa es el de la primera aparición de Cristo resucitado a sus apóstoles, narrada por san Lucas. Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo: “La paz con vosotros”. Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu (Lc 24, 36-37). El evangelista subraya la dificultad de los discípulos para aceptar el milagro de la Resurrección, a pesar del testimonio de los ángeles a las mujeres y de quienes ya habían visto al Señor resucitado, como los discípulos de Emaús.

Jesús se les aparece de improviso, estando las puertas cerradas, lo que explica su sorpresa y su reacción. San Ambrosio comenta que penetró en el recinto sagrado no porque su naturaleza fuese incorpórea, sino porque tenía la cualidad de un cuerpo resucitado. Entre esas cualidades del cuerpo glorioso, la sutileza hace que el cuerpo esté totalmente sometido al imperio del alma, de modo que puede atravesar los obstáculos materiales sin ninguna resistencia.

Una vez que los Apóstoles vieron a Jesús comer parte de un pez y un panal de miel, reconocieron a su Maestro, que verdaderamente había resucitado. Y el Señor les dijo: “Estas son aquellas palabras mías que os hablé cuando todavía estaba con vosotros: Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí” (Lc 24, 44). Al oír lo que el Señor les dijo comprendieron las Escrituras, pues estaba escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día (Lc 24, 46).

San Lucas se refiere a la falta de inteligencia, de comprensión, de los Apóstoles cuando Jesús en más de una ocasión les anunció su Muerte y su Resurrección. Ahora, cumplida la profecía, recuerda la necesidad de que Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos. La Cruz es un misterio no solamente en la vida de Cristo sino también en la nuestra: Jesús sufre por cumplir la Voluntad del Padre… Y tú, siguiendo los pasos del Maestro, ¿podrá quejarte si encuentras por compañero de camino al sufrimiento? (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 213).

A diferencia de san Mateo que escribió el evangelio dirigido a los judíos y por eso insiste en el cumplimiento de las profecías, san Lucas escribió para los gentiles y por eso no utiliza el argumento del cumplimiento de las profecías. Sin embargo, al narrar la aparición de Jesús en el cenáculo, recoge sumariamente la advertencia de Cristo que declara haberse cumplido todo lo que estaba predicho acerca de Él. Se subraya así la unidad de los dos Testamentos y que Jesús es verdaderamente el Mesías.

Aconsejaba Benedicto XVI: Debemos conocer a Jesús de un modo cada vez más personal, escuchándolo, viviendo con Él, estando con Él. Debemos escucharlo en la lectio divina, es decir, leyendo la Sagrada Escritura de un modo no académico, sino espiritual. Así aprendemos a encontrarnos con el Jesús presente que nos habla. Debemos razonar y reflexionar, delante de Él y con Él, en sus palabras y en su manera de actuar. La lectura de la Sagrada Escritura es oración, debe ser oración, debe brotar de la oración y llevar a la oración (Homilía 13.IV.2006). Y es que la vida cristiana precisa una asidua y constante meditación de la Sagrada Escritura, especialmente del Nuevo Testamento.

La Biblia es palabra de Dios, es palabra de vida: no oprime a las personas, al contrario, libera a quienes son esclavos de muchos espíritus malignos de este mundo: el espíritu de la vanidad, el apego al dinero, el orgullo, la sensualidad… La Biblia contiene un mensaje de salvación que es capaz de cambiar a las personas.

Jesucristo después de recordar a sus Apóstoles lo que las Escrituras decían de Él, les pide que prediquen en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén (Lc 24, 47). Siendo discípula del único Maestro Jesucristo, la Iglesia, como Madre y Maestra, no se cansa de proponer a los hombres la reconciliación y no duda en denunciar la malicia del pecado, en proclamar la necesidad de la conversión, en invitar y pedir a los hombres reconciliarse con Dios. En realidad ésta es su misión profética en el mundo de hoy como en el de ayer; es la misma misión de su Maestro y Cabeza, Jesús. Como Él, la Iglesia realizará siempre tal misión con sentimientos de amor misericordioso y llevará a todos la palabra de perdón y la invitación a la esperanza que viene de la cruz (San Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Reconciliatio et Poenitentia).

Nada hay tan grato y querido por Dios, como el hecho de que los hombres se conviertan a Él con sincero arrepentimiento. La conversión no se realiza nunca de una vez para siempre, sino que es un proceso, un camino interior de toda nuestra vida. Ciertamente, este itinerario de conversión evangélica no puede limitarse a un período particular del año: es un camino de cada día, que debe abrazar toda la existencia, todos los días de nuestra vida.

Pidamos a Dios que ponga a Santa María, su Madre y Madre nuestra, en nuestro camino como luz que nos ayude a convertirnos también nosotros en luz y a llevar esta luz en las noches de la historia.

Motivo de alegría

El domingo de resurrección la Iglesia repite, canta, grita: ¡Jesús ha resucitado! ¿Pero cómo? Pedro, Juan, las mujeres fueron al Sepulcro y estaba vacío, Él no estaba. Fueron con el corazón cerrado por la tristeza, la tristeza de una derrota: el Maestro, su Maestro, al que amaban tanto, fue ejecutado, murió. Y de la muerte no se regresa. Esta es la derrota, este es el camino de la derrota, el camino hacia el Sepulcro. Pero el ángel les dice: No está aquí, ha resucitado. Es el primer anuncio: Ha resucitado. La Iglesia no cesa de decir a nuestras derrotas, a nuestros corazones cerrados y temerosos: Parad, el Señor ha resucitado. Pero si el Señor ha resucitado, ¿cómo están sucediendo estas cosas? ¿Qué nos dice la Iglesia hoy ante tantas tragedias? Esto, sencillamente: la piedra descartada no resulta realmente descartada: Cristo ha resucitado. Pensemos un poco en los problemas cotidianos, en las enfermedades, en las guerras, en las tragedias humanas y, simplemente, con voz humilde, sin flores, solos, delante de Dios, delante de nosotros mismos decimos: No sé cómo va esto, pero estoy seguro de que Cristo ha resucitado y yo he apostado por esto. Hermanos y hermanas, esto es lo que he querido deciros. Volved a casa hoy, repitiendo en vuestro corazón: Cristo ha resucitado (Papa Francisco 16.IV.2017).

La búsqueda del Señor

El Evangelio nos hace ver diversas reacciones: la del apóstol Tomás, la de María Magdalena y la de los dos discípulos de Emaús: nos hace bien confrontaron con ellos. Tomás pone una condición a la fe, pide tocar la evidencia, las llagas; María Magdalena llora, lo ve pero no le reconoce, se da cuenta de que es Jesús sólo cuando Él la llama por su nombre; los discípulos de Emaús, deprimidos y con sentimientos de fracaso, llegan al encuentro con Jesús dejándose acompañar por ese misterioso caminante. Cada uno por caminos distintos. Buscaban entre los los muertos al que vive y fue el Señor mismo quien corrigió la ruta. Y yo, ¿qué hago? ¿Qué ruta sigo para encontrar a Cristo vivo? Él estará siempre cerca de nosotros para corregir la ruta si nos equivocamos (Papa Francisc 23.IV.2014).

El amor de Dios

¡Cristo ha resucitado! Quisiera que llegara este anuncio al corazón de cada uno, porque es allí donde Dios quiere sembrar esta Buena Nueva: Jesús ha resucitado, hay esperanza para ti, ya no estás bajo el dominio del pecado, del mal. Ha vencido el amor, ha triunfado la misericordia. El amor de Dios puede transformar nuestras vidas y hacer florecer esas zonas de desierto que hay en nuestro corazón