Venerable Isidoro Zorzano Ledesma (V)

En la Ciudad Eterna

(El relato está tomado de José Miguel Pero-Sanz, Isidoro Zorzano. Ingeniero Industrial, Palabra 1996, pp.112-118 y 147-148)

En agosto de 1930 Isidoro recibió en Málaga donde vivía y trabajaba como ingeniero, una postal de san Josemaría en la que le decía: cuando vengas por Madrid no dejes de venirme a verme. Tengo cosas muy interesantes que contarte (1). San Josemaría quería hablarle del Opus Dei. El 24 de ese mismo mes se encontraron providencialmente en una calle de Madrid. Estuvieron conversando y ante los ojos de Isidoro apareció el ideal de santidad al que aspiraba. En las explicaciones del Fundador de la Obra reconoció la vocación que llevaba tiempo buscando sin encontrar: una vocación a la santidad a través de su trabajo profesional de ingeniero, bien realizado, bien acabado y ofrecido a Dios. Esa noche Isidoro continuó su viaje hacia Logroño y escribió: Me encuentro ahora completamente confortado; mi espíritu se encuentra invadido de un bienestar, de una paz que no había sentido hasta ahora. Se daba cuenta de que comenzaba una nueva era en su vida.

Pocos años después, en el verano de 1933, Isidoro hizo un viaje a roma, con motivo del año jubilar convocado por Pío XI para conmemorar los XIX siglos de la Redención. Animó a su amigo Antonio Lorenzo a viajar con él para ganar el jubileo. El 24 de agosto salieron en barco desde Gibraltar. Nada más llegar a Roma, visitaron las cuatro Basílicas mayores para ganar el jubileo, y también otros atractivos históricos de la ciudad. Después escribiría que se conmovió al evocar en su propio ambiente la vida de los primeros cristianos. Dos días antes de salir de España había escrito a san Josemaría manifestándole su ilusión por ese viaje: vivir los primeros tiempos de la vida del cristianismo en el Coliseo; (…) rezar a los santos mártires, cuya sangre derramada ha sido la savia que ha desarrollado nuestra fe y cimentado la primera era cristiana (1). Esa devoción a los primeros cristianos la había aprendido del Fundador del Opus Dei.

San Josemaría le había encargado comprar una talla de san Pedro, sedente, lo más grande posible. Isidoro recorrió tiendas y almacenes pero sólo pudo encontrar una imagen de metal, más bien pequeña y de escasa calidad. Pío XI bendijo esa imagen, pues unos sacerdotes, hospedados en el mismo hotel, facilitaron a Isidoro y a su amigo incorporarse a un grupo que fue recibido por el Santo Padre. Isidoro sería el primer miembro del Opus Dei que vio a un Papa.

En un punto de Camino se advierte el eco de ese amor al Papa que el Fundador del Opus Dei transmitió a los primeros de la Obra: Católico, Apostólico, ¡Romano! -Me gusta que seas muy romano. Y que tengas deseos de hacer tu ‘romería’, ‘videre Petrum’, para ver a Pedro (n. 520).

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(1) Carta de Isidoro a san Josemaría, citada por P. Rodríguez, Camino. Edición crítico-histórica, Rialp 2002, p. 649

UNA TAREA: ILUMINAR A EUROPA CON LA LUZ DE CRISTO. Homilía del Domingo III del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; a los que habitaban en tierra de sombras de muerte, les ha brillado una luz (Is 9, 1). Antes de Cristo, la humanidad estaba como a oscuras. Las densas tinieblas del pecado habían hecho que las naciones de la tierra, a excepción del Pueblo elegido -Israel-, fueran idólatras. El paganismo invadía todo el orbe. San Pablo, en la Carta a los Romanos, describe la conducta de los que cambiaron la verdad de Dios por la mentira y dieron culto y adoraron a la criatura en lugar del Creador (Rm 1, 25). Los que no conocen a Dios, tienen su insensato corazón oscurecido, y esto les lleva a realizar acciones indignas, colmados de toda iniquidad, malicia, avaricia, maldad, llenos de envidia, homicidio, riñas, engaño, malignidad, chismosos, calumniadores, enemigos de Dios, insolentes, soberbios, fanfarrones, inventores de maldades, rebeldes con sus padres, insensatos, desleales, desamorados, despiadados (Rm 1, 28-31).

Pero al mundo les brilló una luz. Una luz que multiplica el gozo y aumenta la alegría. En Él (el Verbo) estaba la vida, la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron (Jn 1, 2-3). El mismo Cristo se identifica con la luz: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida (Jn 8 12). La Constitución dogmática sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II, comienza haciendo referencia a esta luz. Cristo es la luz de los pueblos. Por eso este sacrosanto Sínodo, reunido en el Espíritu Santo, desea vehementemente iluminar a todos los hombres con la luz de Cristo, que resplandece sobre el rostro de la Iglesia, anunciando el el Evangelio a todas las criaturas (Lumen gentium, n. 1).

También los cristianos -miembros de la Iglesia- debemos ser, como Cristo mismo, luz para los que yacen en tinieblas. Bien claro lo dijo el Señor en el Sermón de la montaña: Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte, ni se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero para que alumbre a todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos (Mt 5, 14-16).

La luz es necesaria para caminar, para vivir. Sin luz, la persona está a oscuras, no ve los obstáculos y tropieza. Sin luz lo que hay es desorientación, se pierde el camino. En el Antiguo Testamento, para los israelitas la luz para andar en la verdad era Dios, la palabra de Dios. Con la llegada de la plenitud de los tiempos, la luz que nos ilumina en esta vida para andar por el camino que nos conduce al cielo es Cristo. Hemos recibido en el bautismo la luz de la fe. El Señor no nos ha dado esta luz para que la tengamos apagada. Con la luz encendida, iluminamos con el testimonio de nuestra vida cristiana coherente con la fe y con las buenas obras hechas con sentido sobrenatural. Entonces atraeremos a los hombres hacia la fe y hacia Dios; haremos que salgan de las sombras de la muerte, que no es otra cosa que las tinieblas del pecado.

Cristo comienza su ministerio en Galilea. Hace de Cafarnaún el centro de su actividad. Esta ciudad costera del mar de Tiberíades era importante, el prototipo de la región. Gracias a su situación geográfica, era un centro comercial muy floreciente. Tenía como fuentes de riqueza los productos del campo y del lago de Genesaret. Además, por ella pasaban muchas rutas que unían el Oriente con el mar Mediterráneo. A la región donde estaba situada –en los confines de Zabulón y Neftalí (Mt 4, 13)- en la Biblia se suele llamar Galilea de los gentiles (Is 8, 23) porque parte de su población hebrea fue deportada, mientras que otros grupos fueron traídos del extranjero para colonizarla. En tiempos del Señor constaba de una población mixta, en la que tal vez solamente la tercera parte era judía. Y esa tierra fue la primera en recibir la luz de la salvación y la predicación del Mesías.

En esto vemos la universalidad de la redención. Una luz les ha amanecido (Mt 4, 16) que ilumina a gentiles y a judíos. La Buena Nueva de la salvación es para todos los hombres. Para Dios no hay distinción entre judíos y gentiles, bárbaros y escitas, esclavos y libres, porque Cristo es todo en todos (Col 3, 11). Todos están llamados a participar del banquete del Reino de los Cielos.

El mensaje de Cristo brilla con luz propia. Pero no todos lo acogen. Por eso escribió san Juan: La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron. Duro es el reproche que hace el Señor a Cafarnaún: Y tú, Cafarnaún, ¿acaso serás exaltada hasta el cielo? ¡Hasta los infiernos vas a descender! (Mt 11, 23). En Cafarnaún Jesús predicó con frecuencia y obró muchos milagros, y muchos de sus habitantes no se convirtieron. De ahí el lamento del Señor. Es una pena que haya personas que han visto de cerca la obra de Dios en Jesús; que se les ha hablado del Evangelio, y no han cambiado de vida, sino que han seguido andando por caminos de perdición.

También hay que resaltar que Jesús eligió como centro de su actividad una ciudad situada en una situación estratégica, lo que facilitaba la difusión de su mensaje. Y lo mismo hicieron los apóstoles: anunciar el Evangelio en poblaciones importantes. San Pedro estuvo en Antioquía y en Roma, la capital del Imperio; Santiago el Menor se quedó en Jerusalén; san Pablo, en sus viajes apostólicos por la cuenca del Mediterráneo, predicó, entre otras ciudades, en Tesaalónica, Corinto, Éfeso y Atenas. En esta última ciudad habló a los atenienses de Jesucristo en el Areópago. Santiago, el hijo de Zabedeo, estuvo en Caesaraugusta (Zaragoza), encrucijada de caminos de la Hispania romana. El evangelista san Marcos difundió la Buena Nueva en Alejandría.

En el pasado siglo XX, el papa san Juan Pablo II lanzó el reto de la nueva evangelización de Europa, consciente de la influencia que tiene el Viejo Continente en el resto del mundo. En tiempos pretéritos las naciones europeas sirvieron a la causa de la fe durante siglos llevando el Evangelio a otros continentes. Sin embargo, en nuestros días en los países de la Europa occidental hay síntomas de vejez espiritual, donde se observa un paganismo contemporáneo que se caracteriza por la búsqueda del bienestar material a cualquier coste, con olvido de las leyes divinas.

Lo que procede de Europa tiene una indudable repercusión en las naciones de todo el mundo. Si en los siglos anteriores salió de Europa, rumbo a todo el orbe, la luz de la fe y de una civilización digna de la persona, ahora se exportan ideologías carentes de todo sentido sobrenatural y destructoras de la dignidad humana (Beato Álvaro del Portillo, Carta pastoral, 25.XII.1985).

Europa tiene una particular importancia para la historia de la Iglesia y para la progresiva expansión del mensaje evangélico en el mundo, comenzando desde la época apostólica. Las dificultades en que se debate hoy el viejo Continente deben inducir a los cristianos a unir sus fuerzas, descubriendo sus orígenes y avivando aquellos valores auténticos que cimentaron su unidad espiritual y alimentaron la llama resplandeciente de una civilización en la que han bebido muchas otras naciones de la tierra (San Juan Pablo II, Carta, 2.I.1986). Estas palabras es un eco de las pronunciadas en la catedral de Santiago de Compostela cuatro años antes: Yo, Juan Pablo, hijo de la nación polaca, sucesor de Pedro en la Sede de Roma, una Sede que Cristo quiso colocar en Europa y que ama por su esfuerzo en la difusión del cristianismo en todo el mundo. Yo, Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, desde Santiago te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes. Reconstruye tu unidad espiritual en un clima de pleno respeto a las otras religiones y a las genuinas libertades (Discurso, 9.XI.1982).

Hoy Europa parece ser esa tierra de sombras de muerte. Hay que iluminrla de nuevo con la luz de Cristo. Es toda una tarea evangelizadora, una labor apostólica la que tenemos encomendada. También a nosotros el Señor nos dice: Seguidme y os haré pescadores de hombres (Mt 4, 19). Es una invitación divina. Todos los bautizados estamos invitados a evangelizar, pues la vocación cristiana es, por su naturaleza misma, vocación al apostolado (Concilio Vaticano II). Toda la Iglesia es apostólica en cuanto que ella es “enviada” al mundo entero; todos los miembros de la Iglesia, aunque de diferentes maneras, tienen parte en este envío. Cada cristiano ha de saberse llamado por Cristo para difundir el sistema de vida que nace de Jesús, hijo de Dios y de María, y cuyo mensaje es de salvación. Es necesario que lleguen a todas las partes las enseñanzas evangélicas.

En este mundo hay quienes están vivos y quienes están muertos, aunque parezca que todos viven (San Agustín). A esos que están muertos a la vida de la gracia, a los desconocen que tienen un destino eterno, a los que persiguen la felicidad en los horizontes engañosos del pecado… hemos de ayudarles a buscar, a encontrar y a amar a Dios.

Recorría Jesús toda la Galilea enseñando en las sinagogas, predicando el Evangelio del Reino (Mt 4, 23). Imitemos el afán de almas de Cristo. Cuenta san Marcos que Jesús vio una gran muchedumbre, y se compadeció de ellos, porque eran como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles largamente (Mc 6, 34). No se quedó el Señor en lamentos inútiles. Sintamos la urgencia de la evangelización. Cada uno, en el ambiente en que está, tiene que pensar: ¿Qué puedo hacer para acercar a la gente a Dios? ¿Cómo puedo dar a conocer la doctrina cristiana? ¿Dónde puedo dar catequesis? ¿Cómo puedo influir en la sociedad para que ésta sea más humana, más justa, más cristiana, donde brille la luz de Cristo?

No pocas veces en las páginas del Evangelio aparece el Señor enseñando en la sinagoga. Según leemos en los Hechos de los apóstoles, san Pedro predicó alguna que otra vez en el Templo de Jerusalén, y san Pablo acudía a las sinagogas de las ciudades por las que pasaba en sus viajes para exponer a los judíos la doctrina de Cristo. Y a los atenienses, en el areópago. Nosotros debemos ir a los areópagos modernos para hablar de Cristo y de su mensaje salvífico. Y siempre habrá frutos apostólicos, como ocurrió en Atenas después del discurso de san Pablo en areópago, cuando todo hacía presumir que había sido un fracaso estrepitoso, con burlas y risas incluidas. Por tanto optimismo. Somos instrumentos en las manos de Dios. Él es quien da la eficacia a nuestra tarea. Confianza en Dios. Pero no olvidemos estas palabras de san Josemaría Escrivá: De que tú y yo nos portemos como Dios quiere -no lo olvides- dependen muchas cosas grandes. El Señor cuenta con nuestra acción apostólica, apoyada en la oración y en el sacrificio.

San Pablo no sólo predicó oralmente, sino también por escrito. La transmisión del Evangelio, según el mandato del Señor, se hizo de dos maneras: Oralmente: “los apóstoles, con su predicación, sus ejemplos, sus instituciones, transmitieron de palabra lo que habían aprendido de las obras y palabras de Cristo y lo que el Espíritu les enseñó”. Por escrito: “los mismos apóstoles y otros de su generación pusieron por escrito el mensaje de la salvación inspirados por el Espíritu Santo” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 76). En nuestros días contamos con más medios: la prensa y otras publicaciones, el cine, la radio, la televisión, internet… Si queremos que la verdad de Dios llegue a todos los sitios, utilicemos para el bien estos medios de comunicación que la técnica ha puesto a nuestra disposición.

Pasando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y Juan, su hermano, que estaban en la barca con su padre Zebedeo, remendando sus redes, y los llamó. Ellos, al momento, dejaron la barca y a su padre, y le siguieron (Mt 4, 21-22). Son de resaltar las palabras con que san Mateo describe la decisión de los Apóstoles: al instante dejaron las redes y le siguieron. Esta prontitud en responder a Cristo también se nos pide a nosotros. Sin ninguna tardanza pongámonos a trabajar en la tarea que Cristo nos encomienda: Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura (Mc 16, 15).

Hay que enseñar la doctrina de Cristo sin desvirtuarla, con las santas exigencias del Evangelio. Predicamos a Cristo, un mismo Evangelio. Tener un mismo lenguaje (…) un mismo pensar (…) un mismo sentir (1 Co 1, 10). A san Pablo le han llegado noticias de que hay división entre los fieles de Corinto. Me refiero a que cada uno de vosotros va diciendo: “Yo soy de Pablo”, “Yo, de Apolo”, “Yo, de Cefas”, “Yo, de Cristo” (1 Co 1, 12). Pidamos siempre por la unidad de la Iglesia. Es lo que Jesucristo pide al Padre, en su oración sacerdotal: Que todos sean uno (…) para que sean uno como nosotros somos uno (Jn 17, 21-22). También hay que pedir por la unión de los cristianos, por el ecumenismo. Hoy hay cristianos que son anglicanos; otros protestantes, con sus diversas confesiones; están los ortodoxos, con sus iglesias nacionales. Y los católicos. San Pablo pregunta: ¿Está dividido Cristo? (1 Co 1, 13). El deseo del Señor es que haya un solo rebaño y un solo pastor (Jn 10, 16).

Intensifiquemos la oración por la unión de los cristianos, pidiendo al Espíritu Santo la unión de todos los que confiesan a Cristo, en un único y bajo un solo supremo Pastor. Que el Señor del tiempo y de la historia, por la intercesión de su Madre Santísima, quiera adelantar el momento de la plena comunión de todos los cristianos en la única Iglesia por Él fundada (Javier Echevarría, Carta pastoral, 1.I.1997). Y la luz de Cristo brille en todos los lugares de la tierra.

Guadalupe Ortiz de Landázuri (IV)

El amor a Nuestra Señora

El amor a Santa María fue una constante en la vida de Guadalupe. Había aprendido del Fundador del Opus Dei a amar a todas las advocaciones de Nuestra Señora y, siguiendo su ejemplo, acudía siempre que podía a visitarla en distintos santuarios y ermitas. A los pocos días de llegar a México, el 9 de marzo de 1950, Guadalupe envió una carta a san Josemaría: Padre, nada más llegar fuimos a ponernos bajo la protección de la Virgen de Guadalupe en su Basílica (…). Estuvimos allí una media hora. ¡Qué pronto se me pasó! Había que pedir tanto. Yo creo que nos oyó.

Son muchos los testimonios sobre ese cariño a Nuestra Señora. Dice Encarnita Ortega: Tenía una gran devoción a la Virgen, de un modo especial bajo la advocación de Guadalupe (…). Cuando estaba en México iba frecuentemente a la Villa a contar a la virgen sus preocupaciones y a hacerla partícipe de sus alegrías (1).

Ponía siempre en manos de Santa María todas sus inquietudes, y acudía para todo a su intercesión: Su gran cariño a la Virgen era muy notorio. Demostraba su devoción a la Señora con el rezo pausado del Rosario, del Ángelus; jaculatorias durante la jornada; el “Acordaos” encomendando a la persona que más lo necesitara; y tres Avemarías por la noche pidiendo la santa pureza, En mayo visitaba algunos santuarios marianos, mostrándole su cariño iba a decirle que la quería, que le ayudara en su trabajo y en toda la labor apostólica que tenía confiada (2).

Ya ingresada en la Clínica de la Universidad de Navarra, poco antes de fallecer, un día que le dijeron que podía hacer un paseo más largo, quiso que fuéramos a la ermita de Nuestra Señora del Amor Hermoso del campus universitario (3). Aquella era la visita más deseada desde que los médicos la encerraron en su habitación. Se arregló elegantemente (…), y pasó a los pies de la Virgen un buen rato rezando el Rosario. Después, con pausa, recitaron la Salve (4).

En sus últimos momentos tenía en sus manos la estampa de la Patrona de América y una de las personas que la acompañaban le dijo: Guadalupe, ahora va a venir la Virgen a cogerte de la mano para llevarte al cielo como tú siempre querías. Le dieron a besar el crucifijo y esa estampa y dejó de respirar. Eran las seis y media de la madrugada y despuntaba la aurora del día de la Virgen del Carmen.

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(1) AGP, GOL. T-Encarnación Ortega

(2) Idem

(3) AGP, GOL. T-Ángela Mouriz García

(4) Mercedes Eguibar, Guadalupe Ortiz de Landázuri, ed. Palabra, Madrid 2001, p. 272

Venerable Isidoro Zorzano Ledesma (IV)

Administrador fiel

En 1939, al terminar la guerra civil, Isidoro fue readmitido en los Ferrocarriles del Oeste, en Madrid, como Ingeniero de la División de Material y Tracción. Su jornada laboral transcurría de siete de la mañana a dos de la tarde.

Su empleo le obligaba a realizar frecuentes viajes para “tomar el pulso” -como solía decir- a las locomotoras encargada o reparadas en distintas ciudades españolas. Los proveedores advirtieron pronto que el Siervo de Dios trabajaba a conciencia: era meticuloso, ordenado, estaba en los detalles, y procuraba hacer aquel trabajo en presencia de Dios. El director de una empresa de Valencia le propuso que se fuera a trabajar con él, pero Isidoro declinó la propuesta, porque sabía que su puesto estaba en Madrid donde, después de su jornada laboral, se ocupaba del cometido que san Josemaría le había encargado: era el Administrador general del Opus Dei.

¿En qué consistía ese encargo? Fundamentalmente en participar en los mil apuros que pasaba el Fundador, para promover la instalación de nuevos Centros del Opus Dei en Madrid, Valencia, Barcelona, Valladolid,… donde aumentaba el número de personas que solicitaban la admisión en la Obra. La felicidad cada vez que se instalaba un nuevo sagrario era manifiesta, aunque cada residencia suponía otro quebradero de cabeza, porque exigía cumplir la obligación de justicia de no retrasar el pago a los proveedores, y así lo transmitió a los gestores de las entidades promotoras de cada residencia.

Aparte de ocuparse por la instalación de los Centros, debía orientar la gestión económica de las distintas residencias. En la de Jenner, por ejemplo, Isidoro llevaba la contabilidad. Procuraba ahorrar todo lo posible: por esta razón, anotaba diariamente los gastos de comestibles; preparaba periódicamente los oportunos balances y arqueos, que le cuadraban siempre. Además, orientaba a los que llevaban las cuentas de los otros Centros, y aprovechaba sus viajes para ayudarles. Había aprendido de san Josemaría que de ordinario no se presentan en la vida muchas ocasiones de realizar grandes hazañas: lo habitual será convertir en grandes, por el amor de Dios, las pequeñeces cotidianas, como ésas de las cuentas. De ahí que, sin enfadarse, mandara corregir los balances que contenían errores. Explicaba a quienes se dedicaban a esas tareas cuál era el procedimiento para que cuadrasen los resultados: “procura hacer la cuenta a diario y así será más llevadero”. Y, confidencialmente, advertía: “No creas que a mí me gusta, a pesar de mi condición de ingeniero nunca me fue grato esto de la contabilidad”.

Pero por amor a Dios gastó los últimos años de su vida entre cuentas, mientras apenas gastaba nada en sí mismo (1).

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(1) Cfr. José Miguel Pero-Sanz, Isidoro Zorzano, folletos MC, pp. 51-54.

Venerable Isidoro Zorzano Ledesma (III)

Oración para la devoción privada

Dios Todopoderoso, que llenaste a tu Siervo Isidoro

de abundantes tesoros de gracia en el ejercicio

de sus deberes profesionales en medio del mundo:

haz que yo sepa también santificar mi trabajo ordinario

y llevar la luz de Cristo a mis amigos y compañeros;

dígnate glorificar a tu Siervo y concédeme

por su intercesión el favor que te pido… (pídase).

Así sea.

Padrenuestro, Avemaría, Gloria.

Venerable Isidoro Zorzano Ledesma (II)

Cronología de Isidoro Zorzano

1902

13 de septiembre: nace en Buenos Aires. Es el tercero de cinco hermanos.

1905

12 de abril: bautizado en la Parroquia de Nuestra Señora de Valvanera de Buenos Aires.

1 de mayo: los Zorzano regresan de Buenos Aires a España. Fijan la residencia en La Rioja.

1911

25 de mayo: hace la Primera Comunión en la Parroquia de Santiago el Real de Logroño.

1912-1918

Estudia bachillerato en el Instituto General y Técnico de Logroño.

1914

14 de mayo: recibe la Confirmación en la Parroquia de Santiago el Real de Logroño.

1915

Octubre: conoce a un nuevo compañero de estudios en el Instituto. Será más adelante San Josemaría Escrivá, Fundador del Opus Dei.

1921-1927

Hace la carrera de Ingeniero Industrial en la Escuela de Madrid.

1928

10 de diciembre: se traslada a Málaga para trabajar en la Compañía de los Ferrocarriles Andaluces.

1930

24 de agosto: conversación con San Josemaría Escrivá, en la que éste le explica la Obra recién nacida. Isidoro Zorzano pide la admisión en el Opus Dei.

1936

18 de julio: estalla la guerra en España. Más tarde, obtiene la ciudadanía argentina, que le permite cierta libertad de movimientos en las calles de Madrid.

1937

marzo-agosto: San Josemaría y otros miembros del Opus Dei se refugian en la Legación de Honduras; Isidoro les visita para prestarles toda clase de ayuda.

1939

1 de abril: termina la guerra. Isidoro vuelve a su trabajo en los ferrocarriles.

1943

enero: ingresa enfermo en el Sanatorio. Los médicos diagnostican su enfermedad: linfogranulomatosis maligna.

15 de abril: recibe la Unción de enfermos de manos de San Josemaría Escrivá.

14 de julio: última conversación de Isidoro con San Josemaría; le encarga intenciones para cuando llegue al Cielo.

15 de julio: muere Isidoro.

16 de julio: es enterrado en el cementerio de Las Almudena de Madrid. Inmediatamente después de su muerte se difunde su fama de santidad por todo el mundo.

1948

11 de octubre: apertura del proceso Informativo para la Canonización.

1961

19 de abril: clausura del Proceso Informativo.

1994

17 de junio: sesión de Clausura de la investigación diocesana adicional. Se inicia el estudio de su vida y virtudes.

2009

6 de octubre: sus restos mortales son trasladados a la Parroquia de San Alberto Magno de Madrid.

2916

21 de diciembre: el papa Francisco aprueba el decreto de virtudes heroicas del siervo de Dios.

Venerable Isidoro Zorzano Ledesma (I)

El Venerable Isidoro Zorzano Ledesma

Isidoro Zorzano nació en Buenos Aires el 13 de septiembre de 1902.

Cursó el bachillerato en Logroño, y estudió después en la Escuela de Ingenieros Industriales de Madrid, donde obtuvo el título el año 1927.

Su vida profesional transcurrió primero en Málaga en la Dirección de los talleres de los ferrocarriles Andaluces y como profesor de la Escuela Industrial de aquella ciudad.

En un viaje a Madrid, en 1930, manifestó a San Josemaría Escrivá de Balaguer, antiguo compañero de estudios en el bachillerato, su deseo de entregarse a Dios en medio del mundo, y pidió la admisión en el Opus Dei, que estaba entonces comenzando. Isidoro siguió con su ocupación en Málaga y luego se trasladó a Madrid, donde continuó trabajando en empresas ferroviarias. En todas sus actividades dio testimonio constante de su fe cristiana. Vivió ejemplarmente la diligencia en el trabajo, la lealtad y el espíritu de servicio con sus colaboradores, el amor a la justicia en la promoción de iniciativas a favor de los más necesitados, la fe y la caridad a través de labores de catequesis y de formación para los sectores más abandonados de la sociedad.

Con su fidelidad, Isidoro fue siempre un apoyo seguro para el Fundador del Opus Dei. Durante los años de la guerra española (1936-39), en Madrid dio pruebas de heroísmo en el amor a la Iglesia y en el celo por las almas. Siguiendo con perseverancia las enseñanzas de San Josemaría Escrivá de Balaguer, supo realizar el trabajo en íntima unión con Jesucristo. Vivía una presencia constante a lo largo de la jornada; su vida espiritual estaba marcada por un sentido hondo y tierno de filiación divina, un amor grande a la Santísima Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra, y el deseo sincero de buscar la identificación con Cristo por un intenso espíritu de mortificación y de penitencia.

Murió con fama de santidad el día 15 de julio de 1943, después de una enfermedad larga y dolorosa, sufrida con fortaleza y alegría.

La Causa de canonización se inició en Madrid en 1948. Sus restos mortales reposan en la Parroquia de San Alberto Magno de Madrid.