La Iglesia y los jóvenes

Hace poco, con motivo de la celebración del Sínodo sobre los jóvenes, en el Congreso con el título “Fe en los jóvenes”, organizado por San Pablo-CEU y AcdP, José Luis Pérez, director de Informativos de la cadena televisiva TRECE y de la COPE, en la conferencia que dio, afirmó: Llevamos dos mil años sin entender a los jóvenes. Tal frase no tiene desperdicio. ¿Quién es él para hablar en nombre de la Iglesia? ¿Por qué generaliza al decir llevamos? ¿Es que nadie en la Iglesia Católica ha entendido a los jóvenes? Yo le pregunto: ¿A qué se refiere cuando dice “entender a los jóvenes”? Quizá se refiera a que la Iglesia no ha aprobado la conducta de algunos jóvenes -yo no generalizo como él- enganchados al alcohol, a las drogas y al sexo, y eso para él es no entender a los jóvenes.

Con su afirmación demuestra tener una gran ignorancia de la historia de la Iglesia. Sólo voy a citar a unos cuantos hombres y mujeres de la Iglesia -de la época moderna- que hicieron un gran bien a la juventud, porque hablaba a la gente joven que trataba de Jesucristo, de las Bienaventuranzas, del Evangelio, sin rebajar lo más mínimo las exigencias -benditas exigencias- del seguimiento de Cristo. ¿Qué me dice José Luis Pérez de san Juan Bosco? ¿Tampoco éste santo entendió a los jóvenes? Para su información le diré la inmensa labor apostólica con la gente joven que hizo en Turín? ¿No fue él quién formó a santo Domingo Savio y al beato Miguel Rúa? ¿No se educó la beata Laura Vicuña con las salesianas? Y el gran número de jóvenes que gracias a Dom Bosco llevaron una vida coherente con la fe que recibieron en el Bautismo-

Y de san Juan Pablo II. Supongo que no se atreverá a decir que este papa no entendió a los jóvenes. En todos sus viajes apostólicos se reunió con la gente joven, y tengo entendido que entre el papa y los jóvenes hubo una perfecta sintonía. Y no era precisamente porque san Juan Pablo II aguara el Evangelio para atraer a los jóvenes.

También quiero el director de los Informativos de la COPE se fije en la figura de san Josemaría Escrivá. ¿Cómo explicar la multitud de jóvenes que se han entregado a Dios en celibato apostólico si no hubiera entendido que los jóvenes quieren respuestas que satisfagan sus anhelos más profundos de su corazón? Esas respuestas se encuentran en la Verdad de Cristo que enseña la Iglesia. Por ser un hombre de Dios le siguieron entre otros jóvenes el beato Álvaro del Portillo, la próximamente beata Guadalupe Ortiz de Landázuri, los venerables Isidoro Zorzano y Montserrat Grases.

También quiero citar a santa Teresa de Calcuta y a santa Ángela de la Cruz. Las dos son fundadoras, y en sus congregaciones hay abundantes vocaciones de gente joven. Me imagino que será porque entendieron a las jóvenes.

Señor Pérez, ¿de verdad cree usted que la Iglesia no ha entendido nunca a los jóvenes? ¿No será que es usted quién no entiende a la Iglesia?

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Un novísimo: el juicio

La fidelidad del Señor no decepciona. También en el momento de nuestra muerte y del juicio de Dios, si hemos sido fieles, no tendremos miedo. Esta llamada del Señor a pensar seriamente en el final de cada uno de nosotros: cada uno de nosotros tendrá su final. No nos gusta pensar en estas cosas, pero es la verdad. Nos hará bien pensar: ¿Cómo será el día en el que estaré delante de Jesús? Cuando Él me pregunte cómo ha estado mi corazón cuando ha caído la semilla: ¿como un camino o como las espinas? ¿Cómo he recibido la Palabra? ¿Con corazón abierto? ¿La he hecho brotar para el bien de todos o la he escondido? (Francisco).

Promesa de esperanza

Los textos evangélicos de la misa de los últimos días del año litúrgico no terminan con la destrucción: hay una promesa de esperanza. Jesús nos exhorta a levantar la cabeza, a no dejarse asustar por los paganos. Estos tienen su tiempo y debemos soportarlo con paciencia. Cuando pensamos en el final con todos nuestros pecados, con toda nuestra historia, pensamos en el banquete que gratuitamente nos será dado y levantamos la cabeza. Ninguna depresión: ¡esperanza! Pero la realidad es fea: hoy muchos pueblos, ciudades, mucha gente que sufre; muchas guerras, mucho odio, mucha envidia, mucha mundanidad espiritual y mucha corrupción. ¡Sí, es verdad! ¡Todo esto caerá! Pero pidamos al Señor la gracia de estar preparados para el banquete que nos espera, con la cabeza siempre alta (Papa Francisco).

El final de los tiempos

Jesús, hablando del último día, precisamente del ocaso, dice: Como sucedió en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del Hombre: comían, bebía, se casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo, hasta el día en que Noé entró en el arca. Todo son hábitos, la vida es así: vivimos así, sin pensar en el ocaso de este modo de vivir. La Iglesia nos prepara, durante esta semana, al final del año litúrgico, y nos hace pensar precisamente en el final de las cosas creadas. Serán transformadas, pero hay un consejo que Jesús nos da en el Evangelio: “No retroceder, no mirar hacia atrás”. Seguir siempre adelante por este camino, contemplando las bellezas, y con los hábitos que todos tenemos, pero sin divinizarlos: que sean estas pequeñas bellezas, que reflejan la gran belleza, nuestros hábitos para sobrevivir en el canto eterno, en la contemplación de la gloria de Dios (Papa Francisco).

Sinodalidad: la palabreja que faltaba

Ha finalizado el Sínodo de los Obispos sobre los jóvenes, y ha surgido una palabra -mágica, dirán algunos-: sinodalidad. ¡Es lo que faltaba! Parece ser que los jóvenes estaban esperando que se les hablara de la sinodalidad para ir a la Iglesia, frecuentar los sacramentos y llevar una vida coherente con la fe cristiana. Pero yo discrepo totalmente.

A los jóvenes, más que hablarles con palabras rebuscadas, hay que hablarles de Jesucristo y de su mensaje salvífico. Por cierto, la palabra Jesucristo apenas aparece en el documento final del Sínodo. El venerable Juan Pablo I decía: Es sólo a Jesucristo a quien tenemos que presentar al mundo. Fuera de esto, no tendremos ninguna razón, ningún argumento: no nos escucharán.Y san Juan Pablo II atraía a los jóvenes. ¿Por qué? Porque les hablaba de Jesucristo, de las Bienaventuranzas, del Evangelio, sin rebajar lo más mínimo las exigencias -benditas exigencias- del seguimiento de Cristo. De él son estas palabras dirigidas a la gente joven: Acercaos al Maestro si queréis encontrar respuestas a los anhelos de vuestro corazón. Buscad a Cristo que siendo Maestro, modelo, amigo y compañero es el Hijo de Dios hecho hombre, Dios con nosotros. Dios vivo que, muerto en la cruz y resucitado, ha querido permanecer a nuestro lado para brindarnos el calor de su amistad divina, perdonándonos, llenándonos de su gracia y haciéndonos semejantes a Él. Cristo es el que tiene para de vida eterna porque Él es la Vida misma. Y en otra ocasión: Cuento con vosotros para difundir un sistema nuevo de vida. Ése que nace de Jesús, hijo de Dios y de María, cuyo mensaje os traigo. 

Por último, por favor, no hablemos de sinodalidad a los jóvenes, que nos tomarán por gente rara y ridícula.

El sacramento de la Confirmación

El sacramento de la Confirmación

Exposición del caso:

Santiago (16 años) es el “empollón” de su clase. Es muy cumplidor, y al parecer ha heredado de su padre, que es militar, un arraigado sentido del deber. Ha procurado tener buena preparación en todo -idiomas, entrenamiento deportivo, informática-, y no se ha dado cuenta de que a base de dedicar exhaustivamente todo su tiempo a sí mismo se ha hecho bastante egoísta. En todo caso, es muy celoso del empleo de su tiempo.

Un día, en el recreo del colegio, su amigo Juan le dice que acaba de inscribirse en una catequesis de confirmación en su parroquia -es la de los dos, pues viven cerca-, y le anima a hacer lo mismo. Santiago contesta que si es obligatorio confirmarse. Juan le dice que cree que “tanto como obligatorio, no, pero viene muy bien”, aunque no está muy seguro. Santiago replica que no ve en qué le puede venir tan bien, y que no ve diferencias entre quienes están confirmados y quienes no lo están, ni en ser mejores personas ni en ser más cumplidores con la Iglesia. Juan, consciente de que no tiene argumentos muy sólidos para convencer a su amigo, le propone que vaya a la parroquia y allí se entere bien, porque se lo explicarán mejor que él. Al final, Santiago se deja convencer, pero sólo de ir a la parroquia a informarse.

Acuden ambos a la parroquia, pero Santiago no puede hablar con el sacerdote hasta haber finalizado una de las sesiones de la catequesis. Cuando por fin puede hacerlo, le dice que, efectivamente, la Confirmación no es algo “imprescindible” para el cristiano, y por eso no se podía considerar como algo obligatorio. Pero que era muy interesante porque hace a los que lo reciben “soldados de Cristo” -milites Christi-, y por tanto era el sacramento de los cristianos militantes. Santiago pregunta si eso lleva consigo algún compromiso, y el sacerdote contesta que sí: los que se confirman deben comprometerse a colaborar activamente con posterioridad en las tareas parroquiales. Santiago replica que no tiene tiempo para eso, y que además no entiende por qué tiene que durar tanto esa preparación. Recibe la respuesta de que ese compromiso requiere una seria maduración, y que por eso no se debe hacer antes de la mayoría de edad, o sea, 18 años. A esto contesta Santiago que acaba de estar en una sesión, y que lo que se explicaba ya lo había estudiado en el colegio hacía dos años, incluso con más detalle. El sacerdote le dice que eso obedece a que se ha hecho la opción de dirigirse preferentemente a los más necesitados -de doctrina, en este caso-, y que así estaban las cosas. Santiago insiste en que no tiene tiempo para ello, y el sacerdote, algo cortante, responde que “si lo que quieres es ser uno más de los ‘cristianos-masa’, allá tú”.

A Santiago se le quedó grabada esa conversación, y le dio qué pensar. Aunque lo había disimulado, le había dado rabia que le hubieran dicho que era mediocre en algo. Cuando Juan le preguntó sobre este asunto, Santiago le contestó que había decidido confirmarse, pero no ahí. Como no tenía ganas de contar la conversación ni de discutir, puso como excusa que había oído que en esa parroquia el que confirmaba era un sacerdote -que tenía no se acordaba qué cargo-, se lo había contado a su madre y ésta le había dicho que tenía que ser un obispo. En realidad eran verdaderas tanto la decisión como la excusa. Había pensado que quizás no se había dado cuenta de que en vivir su fe probablemente merecía sólo un “aprobadillo raspado”, y era una “asignatura” más importante que aquellas en las que sacaba sobresaliente. Pero, aparte de que no le había gustado mucho el ambiente en aquella catequesis, le parecía que ese compromiso que pedían era “hacer pasar por el aro” a la gente sin tener derecho a ello. Se figuraba que la mayor parte de los asistentes no harían mucho caso una vez confirmados, pero que él cumplía su palabra, y si no iba a cumplir lo mejor era no darla.

Preguntas que se formulan:

-¿Qué quiere decir que la Confirmación nos hace milites Christi? ¿Va por eso dirigida a un grupo selecto de cristianos militantes, o a todos los cristianos? ¿Cuáles son los efectos de este sacramento? ¿Tiene todo esto algo que ver con la llamada universal a la santidad? ¿Y con el llamado “sacerdocio común” de los fieles?

-¿Es la Confirmación un sacramento imprescindible para el cristiano? ¿Depende de ello el que sea obligatorio o no? ¿Lo es? ¿Qué diferencia hay entre necesidad de medio y necesidad de precepto? ¿Cómo se aplica aquí?

-¿Quién es el sujeto de este sacramento? ¿A qué edad se debe recibir? ¿Hay algún motivo razonable para no administrarlo antes de los 18 años? ¿Por qué? ¿Qué requisitos debe tener el sujeto para recibirlo? ¿Son razonables las condiciones que ponen a Santiago? ¿Por qué?

-¿Quién es el ministro de la Confirmación? ¿Tiene algún fundamento en el Nuevo Testamento que ordinariamente sea el obispo? ¿Puede conferirlo un presbítero? ¿En qué ocasiones?

-¿Cómo juzgarías la actuación de los personajes del caso? ¿Son certeros todos los razonamientos de Santiago? ¿Hay en él alguna actitud que debería mejorar?

Bibliografía

Vid. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 900, 1121, 1285-1314

Comentario:

Se cometen varios errores en este caso. Uno de ellos lo comparten el sacerdote y Juan cuando estiman que no es obligatorio confirmarse. Se olvidan de que la Iglesia tiene disposiciones, leyes. Y establece la obligación para todo bautizado, como recuerda el n. 1306 del Catecismo, remitiendo al Código de Derecho Canónico. Es verdad que no es un sacramento imprescindible, pero también lo es que su recepción resulta muy conveniente, y por ello la Iglesia dispone su obligatoriedad.

En Juan este error parece consecuencia de la pura ignorancia, pero en el sacerdote hay un trasfondo. Concibe este sacramento como destinado a una élite de cristianos “militantes”, “comprometidos”. No es así, y no es así porque los “militantes” deben ser todos los cristianos. Si se considera la doctrina de la llamada universal a la santidad se entiende fácilmente que debe ser así, y que el sacramento que tiene como fin fortalecer los efectos del bautismo -de ahí su nombre- debe ir destinado a todos. Por eso se ha dispuesto que sea obligatorio. Si, en cambio, se piensa que la santidad cristiana está reservada a unos pocos, entonces la confirmación se restringe a esos pocos: los “militantes”, los “comprometidos”. Hay también un error sobre esa “militancia”, ya que se identifica con la adscripción a algún grupo apostólico particular, en este caso parroquial. Si se leen los puntos del Catecismo dedicados a la misión de los laicos (897-913), se podrá comprobar que su principal misión deben realizarla en su lugar en el mundo, santificando desde dentro las realidades temporales; también, si quieren, pueden integrarse en algún grupo, pero condicionar este sacramento a un compromiso con la parroquia sería un abuso: ni lo pide la ley eclesiástica, ni se corresponde con la libertad de los fieles para realizar su apostolado del modo que estimen más conveniente: por su cuenta, asociándose con otros, o adscribiéndose a una organización si así lo desean (por supuesto, a la que ellos elijan). Por supuesto, esto no debe entenderse como algo peyorativo sobre las obras parroquiales, que son de suyo buenas y muy necesarias.

También hay un menosprecio de la ley cuando se pone la propia opinión sobre lo que está dispuesto. Esto aquí se cumple a propósito de la edad. Lo establecido de modo general es que se reciba hacia la edad del uso de razón, aunque las Conferencias Episcopales puedan señalar otra edad. En España, la ha señalado: alrededor de los 14 años. ¿Pero no requiere una seria maduración? Contesta el n. 1308 del Catecismo: “Si a veces se habla de la Confirmación como del ‘sacramento de la madurez cristiana’, es preciso, sin embargo, no confundir la edad adulta de la fe con la edad adulta del crecimiento natural, ni olvidar que la gracia bautismal es una gracia de elección gratuita e inmerecida que no necesita una ‘ratificación’ para hacerse efectiva”. O sea, que más que requerir esa madurez, el propósito del sacramento es más bien ayudar a hacerla posible.

Por supuesto, para que la gracia obtenga sus frutos es necesaria la cooperación humana. Santiago puede no ver diferencias entre los que se han confirmado y quienes no lo han hecho, pero eso sólo muestra que somos libres, y que podemos sacar provecho de la gracia recibida, o podemos no hacerlo. De todas formas, los efectos se producen. Aumenta la gracia santificante -“aumentar” supone que se poseía previamente: este sacramento debe recibirse en gracia, de lo contrario su recepción es sacrílega-, y confiere gracia sacramental y carácter que refuerzan los bautismales.

La excusa que pone Santiago sobre el ministro del sacramento es otro error. El ministro ordinario del sacramento es el obispo, pero, por otra parte, éste puede delegar en un sacerdote, tanto para un caso concreto como indefinidamente; más aún, el propio Derecho de la Iglesia efectúa esa delegación en algún caso, como es en el caso del bautismo de un adulto, para que el sacerdote bautizante pueda administrarle este sacramento en la misma ceremonia. Otros detalles sobre este sacramento -materia, forma, etc.-, pueden encontrarse expuestos con claridad en el Catecismo.

Por lo demás, cabe preguntarse por la conducta de Santiago. Como todo el mundo, tiene virtudes y defectos. Entre estos últimos parece que debe incluirse el egoísmo y el orgullo. Pero no carece de virtudes. Es trabajador y recto, pues cuando se da cuenta de que no tiene muy cuidada su vida espiritual toma alguna medida para subsanarlo, y por lo que se ve juzga las cosas con objetividad, aunque a veces no esté muy bien informado. Y, por lo que se ve, tiene también una virtud nada despreciable: es hombre de palabra, por lo que juzga adecuadamente que si no va a cumplir lo que se le exige, aun siendo como es abusivo, es mejor irse a otro sitio.

Homilía del trigésimo segundo domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

En el libro segundo de los Macabeos está narrado el martirio de siete hermanos con su madre; un hermoso ejemplo de fidelidad a Dios hasta la muerte. Todos ellos profesaron un gran amor a Dios y sólo conocieron el temor de ofenderle.

Los siete hermanos habían sido detenidos con su madre, y el rey Antíoco les ordenó comer carne de cerdo prohibida. Como se negaron, los flagelaron con látigos. Uno de ellos, haciendo de portavoz, le dijo al rey: ¿Qué quieres preguntarnos o saber de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que transgredir las leyes de nuestros padres (2 M 7, 2). Entonces el rey, enfurecido, mandó que a aquel que había hablado le cortaran la lengua, le arrancaran la piel de la cabeza y le amputaran los brazos; y después, que fuera arrojado a una caldera de aceite hirviendo. Mientras estaba sufriendo tales tormentos, sus hermanos se exhortaban entre sí junto a su madre a morir noblemente, diciendo: El Señor Dios ve desde lo alto, y verdaderamente nos consuela tal como afirmó Moisés en el canto de liberación diciendo: “Consolará a sus siervos” (2 M 7, 6).

Después de haber muerto el primero, llevaron al suplicio al segundo y, tras arrancarle la piel de la cabeza junto con el cabello, le preguntaron si comería carne de cerdo, pues en caso negativo su cuerpo sería torturado miembro a miembro. La respuesta fue: ¡No! (2 M 7, 8). Y recibió el mismo tormento que el primero. Poco antes de morir dijo: Tú, malvado, nos borras de la vida presente, pero el Señor de los cielos y la tierra nos resucitará a una vida nueva y eterna a quienes hemos muerto por sus leyes (2 M 7, 9). Luego de morir éste, comenzó a ser torturado el tercero, y, cuando se lo mandaron, sacó inmediatamente la lengua y extendió voluntariamente las manos, y dijo con dignidad: De Dios he recibido estos miembros, y, por sus leyes, los desprecio, pero espero obtenerlos nuevamente del Señor (2 M 7, 11). Muerto éste, comenzaron a torturar al cuarto con los mismos tormentos que aplicaron a sus hermanos. Y antes de expirar, dijo: Es preferible morir a manos de los hombres con la esperanza que Dios da de ser resucitados de nuevo por Él; para ti, en cambio, no habrá resurrección a la vida (2 M 7, 14).

Cuando estaban atormentando al quinto, éste mirando a Antíoco Epífanes le dijo: Tienes poder entre los hombres, aun siendo mortal, y haces lo que quieres; pero no pienses que nuestra raza ha sido abandonada por Dios. Tú espera y verás la grandeza de su fuerza y cómo te castigará a ti y a tu descendencia (2 M 7, 16-17). Tras éste trajeron al sexto, y después de torturarle, cuando estaba a punto de morir, dijo al rey: No te engañes tontamente, pues nosotros sufrimos todo esto por nuestra culpa, por haber pecado contra nuestro Dios; por eso nos suceden cosas que causan admiración. Pero no pienses que tú quedarás impune, habiendo intentado combatir a Dios (2 M 7, 18-19).

La madre fue de todo punto admirable; y digna de gloriosa memoria. Viendo morir a sus hijos en medio de aquellos tremendos tormentos, lo soportaba con serenidad gracias a la esperanza en el Señor. Ella exhortaba a sus hijos a que fueran fieles a Dios; e imprimiendo a su talante femenino un coraje varonil les decía. No sé cómo aparecisteis en mi vientre; yo no os di el espíritu y la vida, ni puse en orden los miembros de cada uno de vosotros. Por eso el creador del mundo, que plasmó al hombre en el principio y dispuso el origen de todas las cosas, os devolverá de nuevo misericordiosamente el espíritu y la vida, puesto que ahora, a causa de sus leyes, no os preocupáis de vosotros mismos (2 M 7, 22-23).

Habían muerto ya seis de los hermanos, y quedaba todavía uno, el más joven, que era aún casi un niño. Esperando convencerlo, el rey Antíoco le prometió riquezas y multitud de bienes si abandonaba la religión de sus padres, pero el joven permaneció impasible ante estas promesas del rey, sin hacerle caso alguno. Entonces Antíoco llamó a la madre para que aconsejara al muchacho que salvase la vida. Aparentando ella que iba a obedecer, se acercó a su hijo y le dijo: Hijo, apiádate de mí que te he llevado nueve meses en el vientre, te he amamantado durante tres años, te he educado y guiado hasta esta edad, y te he proporcionado el alimento. Te suplico, hijo, que mires el cielo y la tierra, y viendo todo lo que hay en ello reconozcas que Dios no los ha hecho de cosas ya existentes, y que lo mismo sucede con el género humano. No tengas miedo de este verdugo, sino sé digno de tus hermanos, acepta la muerte para que, en el tiempo de la misericordia, te recupere junto con tus hermanos (2 M 7, 27- 29).

Apenas acabó de hablar su madre, el joven respondió al rey diciéndole: ¿A qué esperáis? Yo no voy a obedecer el mandato del rey, sino que obedezco el mandamiento de la Ley que fue dada a nuestros padres por medio de Moisés. Y tú, que has sido el iniciador de todos los males contra los hebreos, no escaparás de las manos de Dios. Pues nosotros sufrimos por nuestros pecados, y si el Señor viviente se ha irritado con nosotros por un breve tiempo para castigarnos y corregirnos, de nuevo se reconciliará con sus siervos. Pero tú, sacrílego, el más impío de todos los hombres, no te ensalces vanamente alimentando esperanzas inconfesables cuando levantas la mano contra los hijos del cielo, pues todavía no has escapado al juicio del Dios todopoderoso que ve todas las cosas. Porque ahora nuestros hermanos, tras haber soportado un breve tormento, han adquirido la promesa de Dios de una vida eterna; pero tú sufrirás por el juicio de Dios el justo castigo de tu soberbia. Yo, como mis hermanos, entrego cuerpo y alma por las leyes de los padres, suplicando que Dios sea pronto misericordioso con la nación, y que tú, entre tormentos y azotes, confieses que sólo Él es Dios. Que en mí y en mis hermanos se detenga la ira del Todopoderoso justamente desatada sobre toda nuestra raza (2 M 7, 30-38). Antíoco, lleno de rabia, se ensañó con el joven mucho más que con sus hermanos. El menor de los hermanos Macabeos pasó puro a la otra vida, confiando totalmente en el Señor. La madre murió la última después que sus hijos.

En todas las épocas de la vida de la Iglesia ha habido mártires. El primer mártir cristiano fue san Esteban, que siguió al pie de la letra la enseñanza de Cristo y su ejemplo. En el momento de ser martirizado san Esteban rogaba al Señor que no tuviera en cuenta el pecado de aquellos que le estaban lapidando. Esto -rezar por sus perseguidores- lo han hecho a lo largo de dos milenios todos los mártires cristianos.

Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se espera que Dios mismo nos resucitará. Bien convencido de esto estaba santo Tomás Moro. Prisionero en la Torre de Londres, su mujer fue a verle y le dijo que prestara el juramento que exigía el rey, para salvar la vida. Bueno, Alicia -dijo Tomás-, ¿y por cuánto tiempo piensas que podré gozar de esta vida? Su mujer contestó: Por lo menos veinte años, Dios mediante. Y santo Tomás Moro replicó: Mi buena mujer, no sirves para negociante. ¿Es que quieres que cambie la eternidad por veinte años?

El Señor que es fiel os dará fuerzas y os librará del Maligno (2 Ts 3, 3). El lema de la División Mecanizada Guzmán el Bueno era: Sed fuertes en la guerra. Como la vida del hombre sobre la tierra es milicia (Jb 7, 1) y hay que pelear contra los enemigos muy poderosos -el mundo, el demonio y la carne-, necesitamos la virtud de la fortaleza. Vuestro enemigo el diablo anda girando como león rugiente alrededor de vosotros. Resistidle firmes en la fe (1 P 5, 8-9). Sepamos mantener el combate sin doblegarnos ante las dificultades o ante el cansancio, o ante la propia fragilidad. ¡Señor, danos fortaleza!, la necesitamos para salir victoriosos en las batallas que nos plantea el diablo.

El Catecismo de la Iglesia Católica define la fortaleza como la virtud moral que asegura en las dificultades la firmeza y la constancia en la búsqueda del bien. Reafirma la resolución de resistir a las tentaciones y de superar los obstáculos en la vida moral. La virtud de la fortaleza hace capaz de vencer el temor, incluso a la muerte, y de hacer frente a las pruebas y a las persecuciones.

En nuestros días muchos cristianos están sufriendo persecución por su fe en Cristo. Hay que rezar por ellos. Sigamos la recomendación de san Pablo: Hermanos, orad por nosotros para que la palabra del Señor avance con rapidez y alcance la gloria, como ya sucede entre vosotros, y para que nos libremos de los hombres perversos y malvados: pues no todos tienen fe (2 Ts 3, 1-2). En los principios del siglo XXI el número de los mártires se ha incrementado -utilizando un término matemático- de forma exponencial

El cristianismo nace de un acto sublime de fortaleza y de caridad: la muerte de Cristo en la Cruz; y se ha desarrollado gracias también a la sangre de los mártires. Nadie como el cristiano se siente comprendido en sus flaquezas, disculpado en sus errores, perdonado en sus pecados. Pero nadie como el cristiano se sabe solicitado al ejercicio de la fortaleza, hasta el extremo.

Los mártires son ejemplos admirables para todos los cristianos. El martirio es considerado por la Iglesia como un supremo don y la prueba mayor de la caridad. Y si ese don se da a pocos, conviene que todos vivan preparados para confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle por el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia (Concilio Vaticano II).

Dios, que es Padre, les concede a los que le son fieles, como los mártires, un consuelo eterno y una feliz recompensa (2 Ts 2, 16). Y esto nos consuela y nos afianza en toda obra y palabra buena (2Ts 2, 17). Por eso le pedimos al Señor que dirija siempre nuestros corazones hacia el amor de Dios.

El Señor de los cielos y la tierra nos resucitará a una vida nueva y eterna Los hermanos Macabeos estaban convencidos de que había un vida después de la muerte. En el Evangelio también se hace referencia a siete hermanos, pero por otro motivo bien distinto que, sin embargo, igualmente se habla de la resurrección. Acercándose algunos de los saduceos, esos que sostienen que no hay resurrección, le preguntaron: “Maestro, Moisés nos dejó escrito que si muere el hermano de alguno, que estaba casado y no tenía hijos, que su hermano tome a la mujer para dar descendencia a su hermano. Eran siete hermanos; habiendo tomado mujer el primero, murió sin hijos; y la tomó el segundo, luego el tercero; del mismo modo los siete murieron también sin dejar hijos. Finalmente, también murió la mujer. Ésta, pues, ¿de cuál de ellos será mujer en la resurrección? Porque los siete la tuvieron por mujer” (Lc 20, 27-33). Los saduceos plantean al Señor un caso altamente teórico, tal vez imaginado desde el episodio de la muerte de los sietes maridos de Sara, que se lee en el libro de Tobías. El cumplimiento de la ley del levirato parecía mostrar la imposibilidad de la otra vida.

Ante la insidia de los saduceos, Jesús, en su respuesta, demuestra que los saduceos no han entendido las Escrituras al pensar que aquella ley tendría vigencia en la vida futura; y enseña que el poder de Dios que es quien mantiene a los hombres en el ser, aunque hayan muerto, y que les otorgará en la resurrección de la carne una condición semejante a la de los ángeles, en la que no será necesario el matrimonio ya que no habrá muerte. Los hijos de este mundo toman mujer o marido; pero los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección (Lc 20, 34-36). Ratifica la enseñanza sobre la resurrección de los muertos y la vida bienaventurada. Y el principio de esta vida futura es el mismo Dios, que no es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven (Lc 20, 38).

La virtud de la esperanza nos hace pensar en la visión beatífica, en la que Dios se manifestará de modo inagotable a los elegidos, en esa fuente inmensa de felicidad y de paz.

Santa María, Reina de los mártires, ruega por nosotros.