Día 18 de enero

18 de enero

Historia bíblica

El pecado de Adán y Eva

El autor sagrado del Génesis, en el relato del pecado de Adán, utiliza un lenguaje hecho de imágenes, pero afirma un acontecimiento primordial, un hecho que tuvo lugar al comienzo de la historia del hombre.

El primer hombre fue no solamente creado bueno, sino también constituido en la amistad con Dios, según se deduce del relato bíblico. Signo de la familiaridad del hombre con Dios es el hecho de que Dios colocó a Adán y a Eva en un jardín delicioso, llamado comúnmente Paraíso terrenal o Edén, con todos los encantos de la naturaleza.

Dios dio a nuestros primeros el goce de ese delicioso lugar; mas, con la finalidad de probar su fidelidad, les dijo: Podéis comer de los frutos de todos los árboles del Paraíso, pero en cuanto a los del árbol del conocimiento del bien y del mal, que está en el centro del Paraíso, no lo toquéis, porque de lo contrario moriréis (Gn 2, 16-17).

Envidioso el demonio de la felicidad de nuestros primeros padres, decidió hacérsela perder. Oculto bajo la forma de serpiente, se acercó a la Eva. He aquí el relato: Pero la serpiente, la más astuta de cuantas bestias del campo hiciera Yavé Dios, dijo a la mujer: “¿Conque os ha mandado Dios que no comáis de todos los árboles del paraíso?” Y respondió la mujer a la serpiente: “Del fruto de los árboles del paraíso comemos, pero del fruto del que está en medio del paraíso nos ha dicho Dios: No comáis de él, ni lo toquéis siquiera, no vayáis a morir”. Y dijo la serpiente a la mujer: “No, no moriréis; es que sabe Dios que el día que de él comáis se os abrirán los ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal”. Vio, pues, la mujer que el árbol era bueno para comerse, hermoso a la vista y deseable para alcanzar por él sabiduría, y tomó de su fruto y comió, y dio también de él a su marido, que también con ella comió (Gn 3, 1-6). Apenas hubieron comido del fruto prohibido, Adán y Eva se dieron cuenta de la gravedad de su desobediencia a Dios.

Después de cometer el pecado, el autor sagrado dice: Entonces se les abrieron los ojos y conocieron que estaban desnudos; entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron. Y cuando oyeron la voz del Dios que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa, el hombre y la mujer se ocultaron de la presencia de Dios entre los árboles del jardín (Gn 3, 8).

El hombre se oculta, pero Dios llama al hombre, y le dijo: “¿Dónde estás?” Éste contestó: “Oí tu voz en el jardín y tuve miedo porque estaba desnudo; por eso me oculté”. Dios le preguntó: “¿Quién te ha indicado que estabas desnudo? ¿Acaso has comido del árbol del que te prohibí comer?” El hombre contestó: “La mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí” Entonces Dios dijo a la mujer: “¿Qué es lo que has hecho?” La mujer respondió: “La serpiente me engañó y comí” (Gn 3, 9-13). Luego Dios se dirigió a la serpiente, maldiciéndola. Cuando acabó de maldecir al demonio, de nuevo Dios habló con la mujer diciéndole que multiplicaría sus padecimientos y que estaría sujeta al hombre. Y dirigiéndose al hombre le dijo: “Por haber escuchado la voz de tu mujer y haber comido del árbol del que te prohibí comer: Maldita sea la tierra por tu causa. Con fatiga comerás de ella todos los días de tu vida. Te producirás espinas y zarzas, y comerás las plantas del campo. Con el sudor de tu frente comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella fuiste sacado, porque polvo eres y al polvo volverás” (Gn 3, 17-19). Después echó Dios del Paraíso terrenal al hombre y a la mujer.

Día 18 de enero

18 de enero

Historia bíblica

El pecado de Adán y Eva

El autor sagrado del Génesis, en el relato del pecado de Adán, utiliza un lenguaje hecho de imágenes, pero afirma un acontecimiento primordial, un hecho que tuvo lugar al comienzo de la historia del hombre.

El primer hombre fue no solamente creado bueno, sino también constituido en la amistad con Dios, según se deduce del relato bíblico. Signo de la familiaridad del hombre con Dios es el hecho de que Dios colocó a Adán y a Eva en un jardín delicioso, llamado comúnmente Paraíso terrenal o Edén, con todos los encantos de la naturaleza.

Dios dio a nuestros primeros el goce de ese delicioso lugar; mas, con la finalidad de probar su fidelidad, les dijo: Podéis comer de los frutos de todos los árboles del Paraíso, pero en cuanto a los del árbol del conocimiento del bien y del mal, que está en el centro del Paraíso, no lo toquéis, porque de lo contrario moriréis (Gn 2, 16-17).

Envidioso el demonio de la felicidad de nuestros primeros padres, decidió hacérsela perder. Oculto bajo la forma de serpiente, se acercó a la Eva. He aquí el relato: Pero la serpiente, la más astuta de cuantas bestias del campo hiciera Yavé Dios, dijo a la mujer: “¿Conque os ha mandado Dios que no comáis de todos los árboles del paraíso?” Y respondió la mujer a la serpiente: “Del fruto de los árboles del paraíso comemos, pero del fruto del que está en medio del paraíso nos ha dicho Dios: No comáis de él, ni lo toquéis siquiera, no vayáis a morir”. Y dijo la serpiente a la mujer: “No, no moriréis; es que sabe Dios que el día que de él comáis se os abrirán los ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal”. Vio, pues, la mujer que el árbol era bueno para comerse, hermoso a la vista y deseable para alcanzar por él sabiduría, y tomó de su fruto y comió, y dio también de él a su marido, que también con ella comió (Gn 3, 1-6). Apenas hubieron comido del fruto prohibido, Adán y Eva se dieron cuenta de la gravedad de su desobediencia a Dios.

Después de cometer el pecado, el autor sagrado dice: Entonces se les abrieron los ojos y conocieron que estaban desnudos; entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron. Y cuando oyeron la voz del Dios que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa, el hombre y la mujer se ocultaron de la presencia de Dios entre los árboles del jardín (Gn 3, 8).

El hombre se oculta, pero Dios llama al hombre, y le dijo: “¿Dónde estás?” Éste contestó: “Oí tu voz en el jardín y tuve miedo porque estaba desnudo; por eso me oculté”. Dios le preguntó: “¿Quién te ha indicado que estabas desnudo? ¿Acaso has comido del árbol del que te prohibí comer?” El hombre contestó: “La mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí” Entonces Dios dijo a la mujer: “¿Qué es lo que has hecho?” La mujer respondió: “La serpiente me engañó y comí” (Gn 3, 9-13). Luego Dios se dirigió a la serpiente, maldiciéndola. Cuando acabó de maldecir al demonio, de nuevo Dios habló con la mujer diciéndole que multiplicaría sus padecimientos y que estaría sujeta al hombre. Y dirigiéndose al hombre le dijo: “Por haber escuchado la voz de tu mujer y haber comido del árbol del que te prohibí comer: Maldita sea la tierra por tu causa. Con fatiga comerás de ella todos los días de tu vida. Te producirás espinas y zarzas, y comerás las plantas del campo. Con el sudor de tu frente comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella fuiste sacado, porque polvo eres y al polvo volverás” (Gn 3, 17-19). Después echó Dios del Paraíso terrenal al hombre y a la mujer.

17 de enero

17 de enero

Memoria obligatoria de san Antonio

Memoria de san Antonio, abad, quien, habiendo perdido a sus padres, distribuyó todos sus bienes entre los pobres, siguiendo la indicación evangélica, y se retiró a la soledad de la región de Tebaida, en Egipto, donde llevó vida ascética. Trabajó para reforzar la acción de la Iglesia, sostuvo a los confesores de la fe durante la persecución desencadenada bajo el emperador Diocleciano, apoyó a san Atanasio contra los arrianos y reunió a tantos discípulos que mereció ser considerado padre de los monjes. (356) (Martirologio Romano).

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Efemérides

El 17 de enero de 1377 el papaGregorio XI entra en Roma poniendo fin a la llamada Cautividad de Aviñón.

Una observación oportuna:Encontrándose Gregorio XI (el último papa de Aviñón) con un obispo extranjero que hacía tiempo estaba ausente de su sede, le increpó: ¿Por qué no os vais a vuestra Iglesia, que debéis amar como si fuera vuestra esposa? El obispo recriminado respondió con serenidad: Y vos, Santo Padre, ¿por qué no regresáis junto a vuestra esposa (la sede catedralicia de Roma), mucho más ilustre y atractiva que la mía?

Petición de consejo:Estando dudando el papa Gregorio XI si trasladarse a Roma, terminando de una vez para siempre la estancia de los papas en Aviñón, un día le preguntó, por enésima vez, a santa Catalina de Siena: ¿Qué me aconsejáis que haga? La santa le dijo: ¿Quién puede saberlo mejor que Vuestra Santidad, puesto que ya hace mucho tiempo habéis hecho el voto de volver a Roma? El Pontífice se estremeció. En efecto, había hecho ese voto, pero no se lo había confiado a nadie. Estaba clara la voluntad de Dios.

El último obstáculo:Cuando Gregorio XI el 13 de septiembre de 1376 deja Aviñón para dirigirse a Roma, poniendo de esta forma a la estancia de los papas en aquella ciudad francesa, su anciano padre se lanza a su paso con gritos de angustia: Padre Santo -le dice-, marcháis a un país y entre unas gentes donde vos no sois amado. El Papa lo sabía de sobra, pero nada le importó.

Día 3 de enero

3 de enero

Memoria libre del Santísimo Nombre de Jesús

El Santísimo Nombre de Jesús, a cuyo solo nombre toda rodilla se dobla, en el cielo, en la tierra y en el abismo, para gloria de la Divina Majestad. (Martirologio Romano).

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El Nombre de Jesús

Al nombre de Jesús doblan la rodilla todas las criaturas del cielo, tierra e infierno (Flp 2, 10). El Nombre que todo lo contiene es aquel que el Hijo de Dios recibe en su encarnación: Jesús.

En la Anunciación el arcángel san Gabriel, después de decirle a la Virgen María que había hallado gracia delante de Dios, y que concebiría en un seno y daría a luz un hijo, le comunicó el nombre que pondría a su hijo: Jesús.

También, cuando un ángel de Dios reveló a san José el misterio de la concepción de Jesucristo, el mensajero del Cielo le dice al santo Patriarca que recibiera en su casa a María porque lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo, que su esposa daría a luz un hijo, y que él le pondría al Niño el nombre de Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados.

Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al Niño, le pusieron por nombre Jesús, como le había llamado el ángel antes de que fuera concebido en el seno materno (Lc 2, 21). En la liturgia de la Iglesia se celebraba la circuncisión del Señor el primer día del año.

Con esta ceremonia, recuerdo perenne de la alianza establecida por Dios con Abrahán, Jesús queda legalmente incorporado al pueblo israelita. La circuncisión era ejecutada por cualquier hebreo, aunque solía hacerlo personalmente el padre de la criatura, que en ese momento le imponía el nombre.

Lo que más destaca en esta escena evangélica es el sometimiento de Jesucristo a la Ley que Dios había dado a su pueblo. En la Antigua Ley, la circuncisión era el signo de una especial pertenencia a Dios. Mediante esa ceremonia, manifestación de la fe en el Mesías esperado, el nuevo israelita entraba a formar parte del pueblo elegido. Pero este Niño es precisamente el Mesías prometido; más aún, el Hijo Unigénito del Eterno Padre, que se ha hecho hombre para hacer de los hombres hijos de Dios.

Imaginémonos la escena. ¡Cómo palpitaría el corazón de José al tomar al Niño en sus brazos para cumplir la Ley divina! Junto a la natural pena por causarle un dolor, le embarga una alegría inmensa, de la que sólo María, su virginal Esposa, es plenamente partícipe. Este Niño que a partir de ahora es un israelita más, con todos los honores derivados de la alianza entre Dios y el pueblo hebreo, es el Mesías tan largamente esperado durante siglos, es el Dios que salva: esto es lo que indica el nombre de Jesús.

Jesús significa Dios salva. San Lucas escribió: No hay ningún otro nombre bajo el cielo dado a los hombres por el que tengamos que ser salvados (Hch 4, 12). En el Catecismo Romano, publicado según los decretos del Concilio de Trento, se lee: Jesús es el nombre propio del que es Dios y hombre, el cual significa Salvador; y no le fue impuesto casualmente ni por disposición humana, sino por consejo y mandato de Dios. Todos los nombres profetizados en el Antiguo Testamento para el Hijo de Dios se pueden referir a éste, porque mientras los demás se referían a algún aspecto de la salvación que se nos había de dar, éste compendia en sí mismo la realidad y la causa de la salvación de todos los hombres (Catecismo Romano).

La Iglesia celebra en su liturgia el Santísimo Nombre de Jesús. Antes de la reforma litúrgica propiciada por el Concilio Vaticano II esta celebración era movible. Se celebraba el domingo comprendido entre el 1 y el 6 de enero, y en su defecto, el día 2 de enero. En el Calendario Universal del Misal Romano surgido de la citada reforma litúrgica no figuraba esta celebración, había sido suprimida. Sólo quedó una Misa votiva del Santo Nombre de Jesús. Igualmente se quitó del Calendario la celebración del Dulce Nombre de María en el día 12 de septiembre. Pero en el año 2000 el papa san Juan Pablo II aprobó la revisión de la Ordenación General del Misal Romano y del Calendario Universal y se han recuperado estas dos celebraciones: la del Santísimo Nombre de Jesús (3 de enero) y la del Santísimo Nombre de María (12 de septiembre).

El nombre divino es inefable para los labios humanos, pero el Verbo de Dios, al asumir nuestra humanidad, nos lo entrega y nosotros podemos invocarlo: Jesús. El Nombre de Jesús contiene todo: Dios y el hombre y toda la economía de la creación y de la salvación. Decir Jesús es invocarlo desde nuestro propio corazón. Su Nombre es el único que contiene la presencia que significa. Jesús es el resucitado, y cualquiera que invoque su Nombre acoge al Hijo de Dios que le amó y se entregó por él.

El Santo Nombre de Jesús nos habla de santidad, poder y dulzura. El sólo hecho de oírlo despierta ternura en el alma cristiana y confianza en su poder salvífico. La invocación del santo Nombre de Jesús es el camino sencillo de la oración continua. El Nombre de Jesús está en el corazón de la plegaria cristiana. Todas las oraciones litúrgicas se acaban con la fórmula Per Dominum Nostrum Iesum Christum… (Por Nuestro Señor Jesucristo…). El Avemaría culmina en y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. La oración del corazón, en uso en Oriente, llamada oración a Jesús dice: ¡Jesús, Cristo, Hijo de Dios, Señor, ten piedad de nosotros, pecadores.

Numerosos cristianos a lo largo de la historia del cristianismo, entre ellos santa Juana de Arco, han muerto teniendo en sus labios una única palabra: Jesús.

En Andalucía, el 3 de mayo se celebraba mucho las cruces de mayo. En casi todas las casas con patio había una cruz hecha con flores. Y el motivo de dicha celebración era la fiesta litúrgica de la Invención de la Santa Cruz (fiesta que también desapareció a raíz de la reforma de la liturgia surgida del Concilio Vaticano II). Y en ese día de la Cruz se acostumbraba decir: Satanás, Satanás, en mí no entrarás, porque en el día de la Cruz dije mil veces Jesús, Jesús, Jesús, Jesús, Jesús…

La Iglesia nos revela las grandezas del Verbo encarnado al cantar las glorias de su Nombre. También insiste en el poder de intervención y en la majestad temible de este Nombre, que está sobre todo nombre y ante el cual se arrodilla todo ser en los cielos, en la tierra y en los infiernos.

La Resurrección de Jesús glorifica el nombre de Dios Salvador porque de ahora en adelante, el Nombre de Jesús es el que manifiesta en plenitud el poder del “Nombre que está sobre todo nombre” (Flp 2, 9). Los espíritus malignos temen su Nombre y en su nombre los discípulos de Jesús hacen milagros (cfr. Hch 16, 16-18; 19, 13-16) porque todo lo que piden al Padre en su Nombre, él se lo concede (Jn 15, 16) (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 434).

Venerando el santísimo Nombre de Jesús se da gloria a Dios, que es el fin de la vida del hombre sobre la tierra. ¡Cómo pronunciaría la Virgen María el nombre de Jesús! En infinidades de veces lo utilizaría, pero siempre que salió de sus labios este bendito nombre, de su corazón saldría un acto de amor hacia su Hijo, que no era otro que el Verbo de Dios encarnado.

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Efemérides

El día 3 de enero de 1521 el papa León X condenó las tesis heréticas de Martín Lutero.

Cuando llegó a oídos de León X la actitud claramente herética y levantisca del fraile agustino llamado Martín Lutero, se limitó a decir con desdén: ¡Bah! Envidias frailunas.

El Papa creía sinceramente que sólo era eso: celos de la Orden agustiniana con la dominicana, a la que la Santa Sede, por intermedio de Johan Tetzel, había encomendado la predicación de la Bula de Indulgencia, cuyos frutos deberían revertir en la construcción de la nueva Basílica de San Pedro. Pero no era así: aquello, en el fondo, entrañaba una erupción de herejía mucho más grave y compleja.

Lutero publicó sus famosas 95 tesis incompatibles con la verdad católica. Cuando la noticia llegó a Roma, León X, alarmado al fin, envió a Alemania al cardenal Cayetano con el encargo de reducir al rebelde. Pero ya era tarde. Tras largas y estériles disputas, Cayetano acabó por declarar: No quiero tener más relaciones con ese bruto alemán; lleva en la cabeza un par de ojos profundos y monstruosas especulaciones.

Sólo entonces -3 de enero de 1521- el papa León X puso su rúbrica sobre la bula Decet Romanum Pontificem, por la que excomulgaba al hereje. Pero también llegaba tarde. Al recibirla, Lutero la hizo quemar públicamente entre el clamor de un tropel de estudiantes. Aquel día nació oficialmente el Protestantismo.

Curiosidades de los cónclaves y del pontificado

Institución del Cónclave

El cónclave es la reunión de los cardenales de la Santa Iglesia Romana para elegir al papa. También se designa con este nombre al lugar donde tiene lugar esta reunión. El nombre de cónclave viene de la expresión latina cum clave (con llave).

Las disposiciones sobre el cónclave están contenidas en la constitución Universi Dominici Gregis, promulgada por san Juan Pablo II el 23 de febrero de 1996. Pero el origen del cónclave no es papal, sino -aunque pueda parecer paradójico- popular.

No fueron los electores del romano pontífice o los papas los iniciadores de esta costumbre rigurosa, sino el pueblo en uno de esos actos de coraje a los que la sabiduría popular da forma de acción. Tuvo algunos precedentes. En primer lugar está lo ocurrido en Perugia, en 1216, con ocasión de la sede vacante producida por la muerte de Inocencio III y ante la indecisión de los cardenales para nombrar papa, el pueblo encerró bajo llave a los 19 cardenales en el Palacio Pontificio obligándoles a ponerse de acuerdo lo más pronto posible. El encierro surtió el efecto deseado: en poco tiempo, la Iglesia tenía un nuevo papa en la persona de Honorio III.

La experiencia se repite en 1241 al morir Gregorio IX cuando los romanos encierran a los cardenales en la famosa fortaleza de Septimio Severo, después de dos meses de sede vacante. Los diez cardenales, pronto, coinciden en la elección de Celestino IV, que moriría sólo 18 días después.

El 29 de noviembre de 1269 murió Clemente IV, francés de nacimiento. Hasta la elección de su sucesor pasarán casi tres años: el período más largo de sede vacante en la historia de la Iglesia. Y podría haber durado más si no es por la intervención decisiva del pueblo de Viterbo, que origina, en sentido estricto, el nacimiento de la institución del cónclave.

En Viterbo se reunieron 18 cardenales para elegir papa, pero no se ponían de acuerdo. El pueblo se impacientó y decidió acelerar la elección con los medios que tenía a su alcance. A la cabeza de los fieles estaba san Buenaventura, y la decisión popular no se hizo esperar: encerrar cum clave a los cardenales hasta que haya papa. Se tapiaron las paredes y las puertas. Y el pueblo se quedó a la espera del anuncio de la elección.

Pasaron aún dos meses, y el pueblo tomó nuevas medidas: racionar la comida a los conclavistas. Ni por ésas. Pero el pueblo llegó a más: en pleno invierno, quitaron el techo de la sala en la que los cardenales se reunían para la elección. No se sabe si fue el hambre, o el frío, o el miedo a que los de Viterbo cumplieran sus amenazas -o las tres cosas juntas- lo que aceleró la elección del papa. Lo cierto es que la Iglesia -y con ella los audaces ciudadanos de Viterbo- tuvieron un papa que se llamó Gregorio X. Éste, que sería beatificado por la Iglesia, por medio de la constitución Ubi periculum, ordenó que la elección del papa se hiciera siempre en cónclave.

Diversos papas dieron normas sobre el cónclave. Algunas regulaciones resaltaban la necesidad de que, para acelerar el proceso de elección, las condiciones en el cónclave fueran lo más incómodas posibles. Según lo dispuesto por Juan Pablo II, durante el cónclave, los cardenales electores residirán en la llamada Domus Sanctae Marthae, sin las estrecheces e incomodidades de épocas pasadas.

El derecho de exclusiva o veto

A partir de mediados del siglo XVII se fue introduciendo en los cónclaves el llamado derecho de exclusiva o veto como una forma bien precisa de influencia de los monarcas católicos en la elección de los papas. Con este pretendido derecho algunas naciones excluían a determinados cardenales, impidiéndoles ser elegidos papas. Las coronas que se arrogaron el derecho de exclusiva fueron las de Austria, Francia y España.

El veto fue sufrido a la vez que tolerado por la Iglesia sin rasgarse las vestiduras al considerar a las naciones que se arrogaban este seudoderecho como protectoras suya, y, también, por el temor de que en caso de contrariarlas, estas naciones causaran un daño grave a la religión católica.

La última vez que se puso el veto a un cardenal fue en el cónclave de 1903. En la mañana del 2 de agosto, antes de procederse al tercer escrutinio, el cardenal Jean Puzyna de Kosielsko, arzobispo de Cracovia, declaró en nombre de su Majestad Apostólica, el emperador Francisco José I la oposición de la corona austríaca a la elección del antiguo Secretario de Estado de León XIII, el cardenal Rampolla.

Las palabras del cardenal Puzyna fueron dirigidas al cardenal Luis Oreglia de San Esteban, Camarlengo de la Santa Iglesia, y fueron éstas: Tengo el honor, según se me ha encargado por orden superior, de rogar a vuestra Eminencia que, en su calidad de Decano de la Santa Iglesia Romana, tenga a bien saber, para su propio informe y para declararlo oficialmente en el nombre y por la autoridad de Francisco José, Emperador de Austria y Rey de Hungría, que su Majestad, queriendo hacer uso de un derecho y de un privilegio antiguos, pronuncia el veto de exclusión contra mi Eminentísimo Señor el Cardenal Mariano Rampolla del Tíndaro.

El antiguo Secretario de Estado había obtenido 24 votos en la primera votación y 29 en la segunda. La indignación producida por este gesto anacrónico fue general. La declaración de la voluntad imperial levantó numerosas protestas por parte del Sacro Colegio. El cardenal Camarlengo, Oreglia, protestó con orgulloso acento contra el odioso servilismo a un poder civil y rechazó con energía la validez del veto. Esa comunicación -dijo- no puede ser acogida por el Cónclave a título oficial ni oficioso, y no se tendrá en cuenta de ella.

El cardenal excluido protestó con palabras firmes y dignas, llenas de la grandeza de su conciencia, propias de un príncipe de la Iglesia: Yo deploro que se cometa un grave atentado, en materia de elecciones, contra la libertad de la Iglesia y la dignidad del Sacro Colegio por un poder laico, y por ello protesto enérgicamente. En cuanto a mi humilde persona declaro que nada podía ocurrirme más honroso ni más grato.

San Pío X, elegido -los caminos de la Providencia son inescrutables- quizás gracias al veto austríaco al cardenal Rampolla, para evitar que en sucesivos cónclaves se hiciera uso del seudoderecho del veto, promulgó el 20 de enero de 1904 la constitución Commissum nobis, en la que se declaraba nulo y absolutamente prohibido el derecho de exclusiva, o veto, aun cuando fuera expresado como deseo o mera indicación iniciada de la voluntad de cualquier potestad civil.

Anuncio al pueblo

Una vez que en el cónclave se ha elegido un nuevo papa se procede a comunicar al pueblo romano la grata noticia. El encargado de hacerlo desde el balcón principal de la Basílica de San Pedro es el cardenal protodiácono, que lo hace con estas palabras:Anuntio vobis gaudium magnum. Habemus Papam! Eminentissimum ac Reverendissimum Dominum, Dominum…… Sanctae Romanae Ecclesiase Cardinalem ……, qui sibi nomen imposuit …… (Os anuncio una alegría grande. ¡Tenemos Papa! El Eminentísimo y Reverendísimo Señor (nombre del elegido) Cardenal de la Santa Iglesia Romana (apellido del elegido), que ha tomado el nombre de (nombre que el nuevo Papa ha elegido para su pontificado).

Momentos después aparece el recién elegido papa dar la bendición Urbi et orbi (a la ciudad y al mundo). Hasta san Juan Pablo II, los papas se limitaban a impartir la bendición, pero el papa Wojtila, al presentarse al pueblo, quiso decir unas palabras a los fieles congregados en la Plaza de San Pedro. Este deseo de Juan Pablo II puso nervioso al maestro de ceremonias pontificias, monseñor Virgilio Noé, que recordó al papa que la costumbre era sencillamente dar la bendición y retirarse sin más. Pero el papa de nuevo le manifestó su deseo: Yo quiero hablar. Monseñor Noé insistió: Pero es que el protocolo… San Juan Pablo II no le dejó terminar la frase y le dijo: El protocolo dirá lo que quiera, pero yo voy a hablar. Y así fue. Estas fueron las palabras que pronunció: ¡Alabado sea Jesucristo! Queridísimos hermanos y hermanas: Todos estamos apenados todavía por la muerte de nuestro queridísimo papa Juan Pablo I. Y he aquí que los eminentísimos cardenales han designado un nuevo Obispo de Roma. Lo han llamado de un país lejano…, lejano, pero muy cercano siempre por la comunión en la fe y en la tradición cristiana. He sentido miedo al recibir esta designación, pero lo he hecho con espíritu de obediencia a Nuestro Señor Jesucristo y con la confianza plena en su Madre, la Virgen Santísima. No sé si podré explicarme bien en vuestra… nuestra lengua italiana. Si me equivoco, me corregiréis. Y así me presento a todos vosotros, para confesar nuestra fe común, nuestra esperanza, nuestra confianza en la Madre de Cristo y de la Iglesia; y también para comenzar de nuevo el camino de la historia y de la Iglesia, con la ayuda de Dios y con la ayuda de los hombres.

El sucesor de san Juan Pablo II, Benedicto XVI, también pronunció unas palabras antes de dar la bendición Urbi et Orbi. En esta ocasión, el maestro de ceremonias pontificias, monseñor Piero Marini, no puso ningún reparo protocolario. Estas fueron las palabras que pronunció: Queridos hermanos y hermanas: después del gran Papa Juan Pablo II, los señores cardenales me han elegido a mí, un simple y humilde trabajador de la viña del Señor. Me consuela el hecho de que el Señor sabe trabajar y actuar incluso con instrumentos insuficientes, y sobre todo me encomiendo a vuestras oraciones. En la alegría del Señor resucitado, confiando en su ayuda continua, sigamos adelante. El Señor nos ayudará y María, su santísima Madre, estará a nuestro lado. ¡Gracias!

El papa Francisco, elegido para suceder a Benedicto XVI también pronunció unas palabras cuando salió al balcón de la Basílica de San Pedro para dar la bendición Urbi et Orbi. Son éstas: Hermanos y hermanas, buenas tardes.Sabéis que el deber del cónclave era dar un Obispo a Roma. Parece que mis hermanos Cardenales han ido a buscarlo casi al fin del mundo…, pero aquí estamos. Os agradezco la acogida. La comunidad diocesana de Roma tiene a su Obispo. Gracias. Y ante todo, quisiera rezar por nuestro Obispo emérito, Benedicto XVI. Oremos todos juntos por él, para que el Señor lo bendiga y la Virgen lo proteja.

(Padre nuestro. Ave María. Gloria al Padre).

Y ahora, comenzamos este camino: Obispo y pueblo. Este camino de la Iglesia de Roma, que es la que preside en la caridad a todas las Iglesias. Un camino de fraternidad, de amor, de confianza entre nosotros. Recemos siempre por nosotros: el uno por el otro. Recemos por todo el mundo, para que haya una gran fraternidad. Deseo que este camino de Iglesia, que hoy comenzamos y en el cual me ayudará mi Cardenal Vicario, aquí presente, sea fructífero para la evangelización de esta ciudad tan hermosa. Y ahora quisiera dar la Bendición, pero antes, antes, os pido un favor: antes que el Obispo bendiga al pueblo, os pido que vosotros recéis para el que Señor me bendiga: la oración del pueblo, pidiendo la Bendición para su Obispo. Hagamos en silencio esta oración de vosotros por mí….

Ahora daré la Bendición a vosotros y a todo el mundo, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad.

(Bendición).

Hermanos y hermanas, os dejo. Muchas gracias por vuestra acogida. Rezad por mí y hasta pronto. Nos veremos pronto. Mañana quisiera ir a rezar a la Virgen, para que proteja a toda Roma. Buenas noches y que descanséis. 

Renuncia al Pontificado

En los dos mil años de historia del Pontificado pocos papas han renunciado a la dignidad pontificia. La renuncia más conocida es la de sanCelestinoV(1294), el único, antes de Benedicto XVI, que renunció de forma clara y sin ningún tipo de presiones exteriores.

A la muerte de Nicolás IV (año 1292), los cardenales electores en aquel momento se encontraban divididos por la tradicional rivalidad entre las influyentes familias de los Colonna y los Orsini, que hacía imposible alcanzar una mayoría de dos tercios para la elección del nuevo papa. Después de más de dos años de sede vacante, por fin, el día 5 de julio de 1294, gracias al esfuerzo y prestigio del cardenal decano, Latino Malabranca, el cónclave eligió a un piadoso ermitaño, Pedro Murrone. Éste pasó a ser Celestino V.

Muy pronto, sin embargo, se pusieron de relieve los inconvenientes de aquella elección, pues sesenta años de vida eremítica, aunque podían considerarse como una buena preparación para ceñir la corona celestial, no lo eran para asumir las dificultosas tareas que conlleva el supremo pontificado. Su buena fe, junto con la falta de experiencia, le convirtieron en víctima propiciatoria de las artimañas que le tendían los gobernantes de su época, especialmente el rey Carlos II, de Nápoles y Sicilia, que estaba decidido a convertir al Papa en un instrumento dócil al servicio de sus intereses.

Impresionado por el desorden que comenzó a surgir en el seno de la Iglesia, Celestino V llegó a la conclusión de que no era persona apta para ejercer el oficio del Pastor universal de la Iglesia. Parece ser que llegó a exclamar: ¡Oh Dios mío, mientras reino sobre las almas, estoy labrando la eterna condenación de la mía! Lo cierto es que cada día se le resultaba más cuesta arriba el ejercicio de los deberes propios de su cargo, tan contrarios a sus costumbres y a su afición por la soledad.

En otoño de 1294 quiso dejar el gobierno de la Iglesia en manos de tres cardenales, pero varios miembros del Sacro Colegio se opusieron a sus deseos. Entonces, tras consultar a varios cardenales y canonistas, decidió renunciar al pontificado.

El 13 de diciembre de 1294, Celestino V reunió a los cardenales en consistorio, tomó asiento sobre la sede papal y leyó el acta de renuncia. Acto seguido abandonó su sede, se despojó de las insignias pontificales, se revistió con los hábitos propios de la Orden que había fundado años antes y fue a sentarse en un sencillo taburete. El gesto conmovió a todos los cardenales.

Otra renuncia bien conocida es la de GregorioXII (1415). Éste renunció durante el Cisma de Occidente. Gregorio XII (Papa de la obediencia de Roma) siempre se mostró celoso partidario de la unidad de la Iglesia. Con frecuencia decía: De buen grado iría a pie con un bastón en la mano para restablecer la unión si faltaran los caballos para el coche, y si no tuviera galeras para atravesar el mar, tomaría el primer barco que se me ofreciese.

Días después de su elección, Gregorio XII había escrito a Benedicto XIII (Papa de la obediencia de Aviñón) asegurándole que estaba pronto a renunciar al Pontificado, si él hacía lo mismo, con objeto de que los cardenales eligieran a un único Papa universalmente reconocido: No es hora de disputar, sino de inclinarse ante el interés público. La verdadera madre prefiere renunciar a sus derechos antes que ver partido en dos a su hijo querido.

La Cristiandad estaba dividida en tres “obediencias” (Roma, Aviñón y Pisa). La Iglesia en aquella situación tricefálica parecía encontrarse en un callejón sin salida y se extendía cada vez más la idea de que tan sólo un concilio verdaderamente universal podría sacarla del atolladero en que se encontraba. Juan XXIII (Papa de la obedienciade Pisa) convocó un concilio general en la ciudad de Constanza, Suiza.

Juan XXIII declaró abierto el concilio el 1 de noviembre de 1414, aunque en realidad la reunión de Constanza no puede ser considerada como verdadero concilio hasta el 4 de julio de 1415, fecha de la XV sesión, ya que sóloen esta sesión el cardenal Dominico de Gubbis leyó el decreto de Gregorio XII, legítimo papa, convocando el concilio y, a continuación, el acta de su renuncia al Pontificado.

Gregorio XII, una vez informado de la lectura en Constanza del decreto de su renuncia, reunió un consistorio público. Compareció con las vestiduras pontificias y depuso voluntariamente la tiara y las demás insignias correspondientes a su dignidad papal.

Su muerte inmediata, antes de que se hubiese elegido sucesor, fue considerada por sus partidarios como una prueba más de su legitimidad, como si Dios no hubiese querido permitir que viviendo el que fue Gregorio XII ocupase la sede de San Pedro otro papa.

Otros papas que al Pontificado fueron san Ponciano, san Silverio y san Martín I. Además hay otros papas cuya renuncia no está del todo históricamente comprobada. Éstos son Juan XII, León VIII, Benedicto V, Silvestre III, Gregorio VI y Juan XVIII.

Dos renuncias que no llegaron a hacerse efectivas fueron las de Pío XII y Pío VII.

Durante la ocupación de Roma por los nazis (1943-1944) Pío XII (Eugenio Pacelli) había dejado escrita a una persona de confianza su renuncia como pontífice de la Iglesia, para el caso de que fuera arrestado y conducido fuera de las murallas de Roma: Si soy arrestado -decía- el prisionero será Eugenio Pacelli y no el papa.

Pío VII también redactó un decreto con su renuncia al Pontificado, pero no llegó a hacerse público. Se vio obligado a acudir a París para la coronación de napoleón -¡qué remedio!- y no quería comprometer el papado. Napoleón estuvo empeñado en que Pío VII (Bernabé Chiaramonti) residiera en París o en Aviñón, con objeto de aprovecharse del prestigio universal del Papado y colmar sus planes imperialistas. Pero Pío VII cuidó de estorbar el nefasto proyecto, manifestando que, en previsión de tal contingencia, antes de partir de Roma había depositado un decreto con su renuncia al Pontificado en manos del cardenal Pignatelli. Y así, cuando se trate de realizar los proyectos que se meditan, sólo quedará en manos de vuestro poder un pobre monje llamado Bernabé Chiaramonti, dijo el Papa al emperador de los franceses.

El 11 de febrero de 2013, Benedicto XVI anunció en un consistorio de cardenales su renuncia al Pontificado. Éstas fueron las palabras del Papa: Queridísimos hermanos: Os he convocado a este Consistorio, no sólo para las tres causas de canonización, sino también para comunicaros una decisión de gran importancia para la vida de la Iglesia. Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino. Soy muy consciente de que este ministerio, por su naturaleza espiritual, debe ser llevado a cabo no únicamente con obras y palabras, sino también y en no menor grado sufriendo y rezando. Sin embargo, en el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de san Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado. Por esto, siendo muy consciente de la seriedad de este acto, con plena libertad, declaro que renuncio al ministerio de Obispo de Roma, Sucesor de san Pedro, que me fue confiado por medio de los Cardenales el 19 de abril de 2005, de forma que, desde el 28 de febrero de 2013, a las 20.00 horas, la sede de Roma, la sede de San Pedro, quedará vacante y deberá ser convocado, por medio de quien tiene competencias, el cónclave para la elección del nuevo Sumo Pontífice.

Queridísimos hermanos, os doy las gracias de corazón por todo el amor y el trabajo con que habéis llevado junto a mí el peso de mi ministerio, y pido perdón por todos mis defectos. Ahora, confiamos la Iglesia al cuidado de su Sumo Pastor, Nuestro Señor Jesucristo, y suplicamos a María, su Santa Madre, que asista con su materna bondad a los Padres Cardenales al elegir el nuevo Sumo Pontífice. Por lo que a mí respecta, también en el futuro, quisiera servir de todo corazón a la Santa Iglesia de Dios con una vida dedicada a la plegaria.

La muerte de los papas

El 6 de agosto de 1978, Pablo VI, pocas horas antes de morir en la residencia papal de Castelgandolfo, dijo al obispo de la diócesis de Albano: La muerte de un papa es como la de los otros hombres, pero siempre puede enseñar algo a los demás hombres.

El papa es Pedro, y los que mueren son Sixto, Clemente, Juan, Gregorio, Formoso, Silvestre, Pío… Pedro perdura en sus sucesores, pero éstos van falleciendo. No hay excepciones, la muerte alcanza a todos los hombres. Cosa bien distinta son los ritos y costumbres en el sepelio y en las exequias que se reservan para quienes han ocupado la Sede de San Pedro.

En primer lugar, la muerte de un papa no sólo la certifica el médico, sino que debe ser corroborada por el cardenal Camarlengo. El médico, inmediatamente después del fallecimiento del romano pontífice, ausculta el cadáver y le toma el pulso, pero antes de firmar el certificado de defunción, por tradición, enciende una vela que acerca a los amoratados y entreabiertos labios del finado en busca del más remoto hálito de vida. La inmovilidad de la llama es señal clara de la muerte del papa. Es entonces cuando los clérigos de Cámara cubren el rostro del pontífice difunto con una fina gasa blanca, y el resto del cuerpo con un paño de seda roja. Sólo las manos del papa permanecen sin cubrir, cruzadas sobre el pecho y sujetando un crucifijo y un rosario.

Miembros de los cuerpos armados del Vaticano custodian el cadáver mientras es velado en oración por los canónigos penitenciarios, que celosamente defienden el privilegio de ser los primeros en velar al papa muerto y de oficiar la primera de las misas que se aplican en sufragio por su alma. Mientras tanto, el Camarlengo ha ido a vestirse de color violeta, para regresar a la estancia mortuoria con el luto que procede. El Camarlengo, ya ante el cadáver, ordena a los clérigos de Cámara que destapen el rostro del finado, identifica al difunto y se inclina hasta él llamándole al oído por su nombre de pila, que repite dos veces más. Sólo tras no obtener respuesta, certifica la defunción con su vere Papa mortuus est (En verdad el Papa ha muerto) y cae de hinojos para recitar el Salmo 129, De profundis.

Hasta el siglo XIX, el Camarlengo debía golpear además la frente del papa con un martillo a la espera de una posible reacción. Cuando en el año 1878 murió el beato Pío IX se dejó de utilizar semejante instrumento.

Verificada y proclamada la muerte del papa, el Maestro de Cámara quita del dedo del difunto el anillo del Pescador, que es entregado al Camarlengo para su posterior destrucción. Sólo a partir de este momento se considera acabado el pontificado y comienza el período de sede vacante.

Durante varios días, el cadáver del difunto papa, revestido con los ornamentos pontificales, es expuesto en la Basílica de San Pedro para la veneración de los fieles. Para su inhumación los restos mortales son colocados en un triple féretro. El primer ataúd es de ciprés, que es introducido dentro de otro de plomo y éste en un tercero de madera de nogal.

Después de la Misa exequial, se procede al entierro en las Grutas vaticanas. Momentos antes de ser depositado en la tumba, se abre el féretro y se introduce en él un acta en pergamino con los datos personales y los hechos más sobresalientes de la vida y obra del papa difunto. También es depositada una pequeña bolsa de piel con las monedas de su pontificado. A continuación, sobre la cara del pontífice se coloca un velo blanco y se reza el último responso. Luego, cerrado el féretro, es bajado a la fosa excavada en el suelo.

San Juan XXIII dispuso que cuando el romano pontífice esté a punto de morir, o después de su muerte, nadie podrá hacer fotografías o grabar en cinta magnetofónica en sus apartamentos privados. Si alguien desea, después de la muerte del papa, sacar fotografías que tengan valor de documento o de testimonio, podrá presentar su petición al cardenal Camarlengo. Con todo, éste sólo permitirá que se fotografíe el cadáver del finado si está revestido de sus ornamentos pontificales.

Estas disposiciones fueron motivadas por el triste espectáculo ocurrido con la agonía y muerte de Pío XII. Durante su larga agonía hubo una gran afluencia a la habitación del papa, e incluso Radio Vaticano instaló en la estancia contigua un transmisor desde el cual se narraba en directo las novedades del trance. Pero lo peor fue el comportamiento del propio médico de cabecera, el doctor Galeazzi-Lisi, que tomó fotos furtivas de la agonía, y una vez muerto, del cadáver, que fueron vendidas en exclusiva al semanario francés París-Match.

Una leyenda sin fundamento

Se trata de la leyenda de papisa Juana. La historia no aporta la más mínima prueba de la existencia de una mujer que haya ocupado la Silla de San Pedro. Sin embargo, la leyenda precisa, incluso, la época y duración del pontificado de la inexistente papisa. Dice que fue entre los años 855 y 858, pero en ese trienio gobernaba la Iglesia el papa Benedicto III, y además, en el 855 había un antipapa llamado Anastasio el Bibliotecario que disputaba la Sede romana al verdadero papa.

La leyenda fue difundida por todas partes a mediados del siglo XIII, y recogida en particular por las crónicas del dominico polaco Martín de Troppau, que murió en el 1278. El mayor mérito de la leyenda ha sido su pervivencia hasta el siglo XVI, y su vuelta a aparecer en pleno siglo XX en polémicas provocadas por los que creen que con tales infundios asestarían un golpe de gracia al Papado.

El famoso historiador de la Iglesia cardenal Baronio consiguió del papa Clemente VIII (1592-1605) que se retirase el busto de la papisa Juana que figuraba desde el año 1400 en la galería de los papas que se extiende a lo largo de los muros de la catedral de Siena.

La leyenda, que no tiene ningún asidero histórico, vino a ser el eco deformado de una triste realidad: la influencia que, en el siglo de hierro, ejercieron tres mujeres -Teodora la Mayor; y sus dos hijas, Teodora la Joven y Marozia- en el gobierno de la Iglesia.

En estas páginas no se ha silenciado la existencia de la leyenda papisa Juana, pero dejan muy claro que sólo es eso: una leyenda.

La profecía de san Malaquías

La famosa profecía de san Malaquías es una especie de oráculo constituido por 111 sentencias latinas, breves y enigmáticas, que caracterizan a cada uno de los papas, desde Celestino II (1143-1144) hasta Pedro II, el supuesto pontífice del fin del mundo.

Este curioso documento se atribuye al monje benedictino irlandés san Malaquías, arzobispo de Armagh, muerto en la abadía de Claraval el 2 de noviembre de 1148 al regresar de un viaje a Roma. Fue conocido en 1595 gracias a que la editorial veneciana de Jorge Angelieri publicara una obra de dos volúmenes titulada Lignum vitae, ornamentum et decus ecclesiae, escrita por el benedictino belga Arnold de Wion. Esta obra era una descripción bibliográfica de los miembros más famosos de la Orden benedictina. Probablemente la obra de Wion habría caído en el olvido desde hace tiempo, si no contuviera un escrito titulado: Prophetia S. Malachiae archiepiscopi de summis pontificibus (Profecía del arzobispo san Malaquías sobre los sumos pontífices).

Cuando Wion comienza en su obra a referirse a san Malaquías, arzobispo irlandés y legado pontificio del siglo XII, añade un vaticinio sobre los papas del futuro, atribuido a este santo. Introduce el texto con las siguientes palabras: Se dice que escribió algunas obras breves, pero yo no he visto ninguna hasta la fecha, salvo una profecía sobre los papas. La consigno aquí porque es breve, no ha sido dada a conocer aún al gran público y muchos la solicitan.

El escrito consta de 111 lemas con tintes de oráculo. Detrás de cada uno de ellos se encuentra -hasta Clemente VIII (1592-1605)- el nombre del papa respectivo. Además, hasta Urbano VII (1590-1590), cada lema lleva un comentario, tomado -según Wion- del dominico Alfonso Chacón. Dice Wion: Lo que se adjunta a los pontífices no proviene de Malaquías, sino de Alfonso Chacón, de la Orden de los Predicadores, intérprete de esta profecía.

El dominico Alfonso Chacón destacó como historiador de la Iglesia e investigador de las catacumbas. Nacido en España, fue llamado a Roma por Gregorio XIII, ejerció de penitenciario en Santa María la Mayor y falleció en 1599 en Santa Sabina, en el Aventino romano, donde recibió sepultura. Su obra principal es una historia de los Papas editada en Roma en 1601 por su sobrino.

La célebre “profecía”, en realidad, la compuso Arnold de Wion, por puro entretenimiento, entre el 16 de septiembre y el 4 de diciembre de 1590. Este religioso fue expulsado del monasterio de Oudenburg, Flandes, en 1578, durante la Guerra de la Independencia de los Países Bajos, y encontró cobijo en S. Benedetto, a orillas del Po. Allí, para distraer su exilio, redactó la famosa profecía, que atribuyó a san Malaquías.

La “profecía” termina con esta frase: En la última persecución ocupará la Silla de la Santa Iglesia Romana Pedro Romano, que apacentará las ovejas en medio de muchas tribulaciones, transcurridas las cuales será destruida la Ciudad de las Siete Colinas y el tremendo Juez juzgará a su pueblo.

Poesías de la Pasión del Señor (XXIV): Jesús es colocado en el sepulcro

Un huerto cercano al Calvario.

Anochece. Silencio y oscuridad;

fe, lealtad y piedad en dos discípulos

-Nicodemo y José de Arimatea-.

Una petición al Procurador romano,

un permiso concedido:

bajar de la Cruz al Señor,

al Cristo de la Fe.

Desde la Mayor de San Pedro,

cada Viernes Santo, un grupo escultórico

comienza su recorrido por Huelva.

Muestra una piadosa acción…,

desclavar de la Cruz el Cuerpo del Redentor…

el Sagrado Descendimiento.

Momentos plenos de angustias…

En brazos de la Madre,

con pena y resignación,

está el Hijo muerto.

Envuelto en una sábana limpia,

con sumo cariño y exquisita veneración

es llevado el Cuerpo Santísimo del Señor

para su sepultura.

Escena representada en imágenes

recorre calles y plazas de nuestra ciudad

el Miércoles Santo cuando procesiona

la cofradía del Santo Sudario

de Nuestro Señor Jesús de la Providencia.

Santo Entierro, Cristo sepultado

“como es costumbre dar sepultura entre los judíos”

en un sepulcro nuevo, excavado en la roca.

Una gran piedra sellada

taponando la puerta del sepulcro

y unos soldados custodiándolo

señalan la verdadera muerte de Cristo.

El Mesías prometido en el inicio de la historia,

el que redimió al género humano

del pecado cometido en un huerto -el paraíso-,

fue apresado también en un huerto -el de los Olivos-

y en otro huerto, sepultado -el del sepulcro-.

Santa María vive horas de soledad,

la vemos delante de la Cruz vacía

-es la última escena de la Semana Santa onubense-

Ha visto agonizar y morir a su Hijo,

ha compartido con Él la humillación

y el sufrimiento redentor.

Ella, que llevó en su seno

a Dios encarnado,

a pesar de verle morir

y tenerlo en sus brazos muerto

cree y espera en la resurrección

de su divino Hijo.

La oscuridad de la Pasión

da paso a la luz de la Resurrección.

Muerte y Vida lucharon

y la muerte fue vencida.

¡Cristo ha resucitado!

Poesías de la Pasión del Señor (XXIII): Jesús es bajado de la cruz y puesto en brazos de su Madre

En el primer Viernes Santo de la historia,

en la cima del Calvario, se erguía una cruz,

de la cruz, suspendido un hombre ya muerto.

Aquel hombre era el Hijo de Dios,

Dios encarnado, Salvador del género humano.

La Pasión se ha acabado,

ya el hombre está redimido.

Para sufrir hasta morir, Señor,

estuviste en la Cruz.

Gólgota, hora undécima.

Después de la muerte de Jesús

la multitud ha abandonado el Calvario;

sólo quedan Santa María con algunas mujeres

y el discípulo amado.

¡Almas piadosas!

En un silencio roto por los sollozos

contemplan clavado en la Cruz

el Cuerpo sin vida del Redentor.

Las lágrimas son ríos de dolor.

Angustia… Amargura infinita.

Ojos llorosos en el rostro de María.

El corazón de la Madre, destrozado;

ese corazón entregado a su Hijo.

Y su alma atravesada por la pena:

siete espadas clavadas en el corazón.

Fervor y recogimiento.

La muerte, negra… sin color.

Cuadro de dolor, de desolación…

pero de mucha paz.

Cuadro que presagia

el triunfo definitivo del Redentor.

En las sombras de la muerte,

las puertas del Cielo se han abierto.

Dos discípulos ocultos del Señor

-uno, varón bueno y justo;

el otro, judío influyente y maestro de Israel-,

desafiando riesgos,

desclavan con sumo cariño

el Cuerpo del Señor.

Piadosa acción el Sagrado Descendimiento.

Horas tristes…

horas de profunda soledad…

horas de esperanza.

En brazos de la Virgen María,

el Cuerpo de su Hijo,

de Dios encarnado y muerto.

Triste y con resignación

en la pena y en sus dolores,

Santa María ya está en la espera

de la Resurrección de Cristo.

Poesías de la Pasión del Señor (XXII): Jesús muere en la cruz

Jerusalén… Monte Calvario.

Parasceve. Tres de la tarde.

Tinieblas y oscuridad en la tierra.

Sin vida, colgado de un madero,

Cristo, inmolado hasta el sacrificio supremo,

apuró el cáliz hasta la última gota

e hizo ofrenda de su vida al Padre.

La muerte de Jesús, fruto del amor,

de un amor inconmensurable a la humanidad.

“Inclinando la cabeza, entregó el espíritu”.

Jesucristo traspasa la barrera de la muerte,

se ha dejado arropar por ella.

Su muerte da vida, trajo la salvación.

La muerte ha sido vencida,

las puertas del Cielo, abiertas.

Se consumó la Redención.

El mundo salvado con la Cruz;

y la esperanza apareció sobre la faz de la tierra.

El amor triunfa sobre el odio,

la vida, sobre la muerte,

la gracia, sobre el pecado.

¡Es el misterio de la Cruz!

En el pórtico de la Semana Santa,

te vimos, Señor, por nuestras calles,

rememorando tu Entrada Triunfal en Jerusalén.

Después, por varios lugares de la ciudad

te contemplamos muerto en la Cruz.

El Lunes Santo, en el Cristo del Perdón.

El Martes Santo, desde Las Colonias,

viene tu cuerpo ya sin vida

atravesado costado con una lanza.

Y el mismo día, eres el Cristo de la Sangre,

de esa sangre que brotó de la llaga del costado,

esa sangre que purifica.

En el día de la Eucaristía,

conmemoración de la Sagrada Cena,

tres Crucificados en las calles de Huelva:

Misericordia, Buena Muerte y Buen Viaje.

En el primer Viernes Santo de la historia,

en la cima del Calvario, se erguía una cruz,

de la cruz, suspendido un hombre ya muerto.

Aquel hombre era el Hijo de Dios,

Dios encarnado, salva al género humano.

Cristo crucificado y muerto,

plenitud del amor de Diosal mundo, al hombre.

Tu muerte, Señor, no fue un fracaso,

sino un triunfo, el triunfo de la vida;

con ella nos has rescatado de la esclavitud de la muerte,

has roto la soledad de nuestras lágrimas,

has entrado en todas nuestras penas

y en todas nuestras inquietudes;

has derramado tu misericordia.

sobre pecadores e impíos;

nos has concedido la herencia eterna.

¡Ya somos hijos de Dios!

Y amor con amor se paga.

Poesías de la Pasión del Señor (XXI): Jesús colgado de la cruz, su Madre y el discípulo

Monte Calvario.

Dolor inenarrable en el alma de María.

Al pie de la Cruz,

asociada a la obra de nuestra salvación,

participa por medio de la fe

del sacrificio redentor de su Hijo.

Con corazón de madre,

entregada totalmente a los planes de Dios,

contempla la agonía de Jesús.

¡Cuánto amor y dolor en la mirada de la madre!

En el Gólgota, clavado en la cruz,

Cristo está consumando la obra de la Redención.

Por amor al divino Maestro,

junto a la Virgen María

están otras santas mujeres…

y el discípulo amado.

Desde la Cruz, Jesús dice a su Madre:

“Mujer, ahí tienes a tu hijo”;

y al apóstol adolescente:

“Ahí tienes a tu madre”.

Sin dejar de ser Madre de Dios,

a María se le entrega

a Juan en sustitución de Jesús,

al siervo en sustitución del Señor,

al discípulo en lugar del Maestro,

al hijo de Zebedeo en lugar del Hijo de Dios,

a un simple hombre en sustitución del Dios verdadero.

María, cercana a Dios,

rozando las fronteras de la divinidad

y próxima a todos los hombres,

por ser Madre y Refugio de pecadores

Bajo su protección materna

sentimos más paz, estamos más seguros

y con deseos de pureza.

La maternidad espiritual de María

-parte de la obra salvífica,

fuerza y sentido de los creyentes-

muestra a la Virgen como Madre solícita

en las necesidades de sus hijos.

Encargo divino el de Juan:

custodiar a María.

Representados en el discípulo

recibimos como madre

a la Madre de Dios.

Como en el apóstol, María en nuestra vida,

en el centro de nuestros afectos más puros.

A Ti, Madre, acudimos como hijos

ante cualquier necesidad del cuerpo o del alma.

A Ti, Madre, nos dirigimos en petición de ayuda,

en cualquier momento y lugar,

con cualquier motivo:

ante la duda, para encontrar certezas;

ante las equivocaciones, para saber rectificar;

ante las tentaciones, para ser sostenidos;

en las debilidades, para ser fortalecidos;

en las caídas, para levantarnos;

en los desánimos, para recibir estímulo;

en las contrariedades, buscando consuelo.

En todas las situaciones acudimos a Ti

sin temor de importunarte

seguros de que tu ayuda no nos ha de faltar.

Poesías de la Pasión del Señor (XX): Jesús promete su reino al ladrón arrepentido

En las afueras de Jerusalén.

Tres cruces en el Gólgota,

tres vidas apagándose.

Cristo, crucificado entre ladrones.

En la cruz de Jesús, un rótulo, una inscripción:

“Jesús Nazareno, Rey de los judíos”.

Una plebe enloquecida hace escarnio del Señor;

sus enemigos -fariseos, escribas,

príncipes de los sacerdotes- se burlan de Él.

Improperios y blasfemias.

La Cruz, piedra de toque.

Ante ella, hay que tomar postura.

Desesperación del mal ladrón…

insulta al divino Crucificado.

“¿No eres tú el Mesías?

Sálvate a ti mismo y a nosotros”.

El buen ladrón reconoce sus errores,

se da cuenta de la grandeza de Jesús.

Dos malhechores crucificados junto al Señor;

los tres, en el mismo suplicio.

Suertes dispares en los ladrones;

los dos tuvieron la misma oportunidad de salvarse.

Gestas se endurece y blasfema;

Dimas se arrepiente.

Cristo da la salvación;

Dimas la recibe;

Gestas la desprecia.

El título de la condena del Nazareno,

a los judíos incomoda;

al buen ladrón le habla de un reino,

un reino del Rey crucificado con él;

lo confiesa como el Señor.

Dimas reconoce su mala vida,

admite el castigo merecido;

y cree en la inocencia del divino Ajusticiado

que deja este mundo para entrar en su Reino.

Un ruego a Dios, una oración confiada,

una súplica esperanzada:

“ Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”.

Elige el camino de salvación,

el de la misericordia de Dios.

“Hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

Promesa divina. Cruz y gloria.

Del oprobio y fracaso,

del pecado y maldición,

a la felicidad del Cielo.

De ser un maldito

-“maldito todo el que es colgado del madero”-

a bendito por los siglos de los siglos.

Dimas vivió en el pecado,

su vida se le iba yendo en una cruz,

y junto a él Jesús.

Él dispone de la suerte eterna del hombre,

no rechaza al pecador arrepentido.

Dimas murió en amistad con Dios.