Virgen de la Cinta. Patrona de Huelva (Homilía II)

Homilía pronunciada el 11 de mayo de 1994, con motivo de la celebración de un acto mariano, en la Parroquia de Santa Cruz de Madrid. La celebración consistió en la Santa Misa, la bendición de las medallas de la Hermandad de la Virgen de la Cinta e imposición de las mismas a los hermanos, la bendición de niños y la ofrenda de los mismos hecha por una madre a la Virgen.

En el sexto mes fue enviado el ángel Gabriel de parte de Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de nombre José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María (Lc 1, 26-28).

Antes de que existieran los días y el tiempo, cuando no había aún montes, ni ríos, ni vegetales, ni animales; Dios determinó crear el mundo. Conocemos la historia de la creación por la narración del Génesis. Y como fue creado el hombre a imagen y semejanza de Dios. La Sagrada Escritura narra también el pecado de nuestros primeros padres, y, a continuación, el primer anuncio de salvación.

Dios misericordioso decidió redimir al hombre. Y dispuso que la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Hijo, sin dejar de ser Dios se hiciera hombre. Y que, como hombre, naciera de una mujer. Desde toda la eternidad Dios pensó en María, en esa virgen desposada con un varón de nombre José, para Madre de su Hijo.

Elegida para ser la Madre de Dios, el Señor la llenó de todas las gracias y privilegios posibles. Desde el comienzo de su existencia, fue toda pura, sin mancha, inmaculada.

Pero también fue voluntad divina que María fuera Madre nuestra. Estaban junto a la Cruz de Jesús su Madre y la hermana de su Madre, María la de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su Madre y al discípulo a quien amaba, que estaba allí, dijo a la Madre: Mujer, he ahí a tu hijo. Luego digo al discípulo: He ahí a tu Madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa (Jn 19, 25-27). En el Calvario Cristo nos entrega a su Madre.

Es, pues, Santa María Madre de Dios y Madre nuestra. Una madre -los onubenses la invocamos bajo la advocación de la Virgen de la Cinta- que siempre está pendiente de sus hijos, que nos quiere más que todas las madres de la tierra. No se hace rogar. Se muestra siempre como Madre solícita por las necesidades de sus hijos.

Estamos en el mes de mayo. El mes que la Iglesia dedica a la Virgen María. Muchas manifestaciones de piedad mariana, fruto de la devoción y del cariño de los cristianos a la Virgen María, hacen que mayo sea un mes lleno de alegría, de la alegría propia de unos hijos que quieren honrar de verdad a su Madre.

He pasado unos días en un santuario de la Virgen, cerca de los Pirineos. El día primero de este mes de mayo, siete mil jóvenes acudieron a los pies de la Virgen para mostrarle su cariño. Cuatro días después acudió todo un regimiento, con sus mandos al frente, con idéntico motivo. El viernes pasado, viniendo a Madrid, pasé por Zaragoza. Al entrar en la Basílica del Pilar, vi centenares de niños -de seis o siete años- con flores en las manos que se las ofrecían a la Virgen. Hoy, hemos venido a esta iglesia para manifestarle a Nuestra Madre, delante de la imagen de Nuestra Señora de la Cinta, nuestro amor filial. Da mucha alegría comprobar en nuestros días, ahora que estamos en los umbrales del tercer milenio, que la devoción a la Virgen está viva.

En la memoria de todos están aquellas primeras visitas, en los años de nuestra infancia, al Santuario de la Virgen en el Conquero. Con pocos años, de manos de nuestros padres, andábamos por aquel camino de tierra. De nuestros mayores aprendimos a querer a la Virgen. Han pasado los años. Y ahora traéis a vuestros hijos o nietos, a los pequeños de vuestras familias, para ofrecerlos a la Virgen. Y ellos aprenderán de vosotros a tener devoción a la que es Madre de Dios y Madre nuestra.

Le pedimos a la Virgen de la Cinta por ellos, por estos niños, para que la devoción y veneración a la Virgen sea una constante en sus vidas, y en todos los momentos de su existencia terrena se muestren como buenos hijos de Santa María. Y después, sean eternamente felices en el Cielo.

También hoy, en esta celebración litúrgica en honor de la Madre de Dios, tendrá lugar la bendición e imposición de las medallas de la Hermandad. Que la medalla de la Virgen nos recuerde en todos los momentos de nuestra vida que la devoción a la Madre de Dios implica el rechazo sincero del pecado y el anhelo de imitar las virtudes de Santa María. Queremos, Madre, llevarte siempre en nuestro corazón. Y te pedimos que conservemos limpia nuestra alma de pecado.

Nosotros nunca podremos llegar a tener nuestra alma tan limpia como el alma de la Virgen, pero sí podemos y debemos mantener un proceso continuo de conversión, con el deseo de parecernos cada vez más a nuestra Madre.

Santa María, Madre del Amor Hermoso, modelo de castidad, toda hermosa, que Dios cuando te hizo Madre suya, te custodió con virginidad perpetua, concédenos que vivamos siempre la virtud de la santa pureza en medio de este mundo que está afeado por tantos vicios.

Te rogamos, oh María, por tu gloriosa Asunción al Cielo en cuerpo y alma, que nos consiga la salvación para gozar eternamente de tu compañía. Sabemos que Tú siempre te muestras como Madre. Que nosotros nos portemos siempre como buenos hijos tuyos. Amén.

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Compendio de Historia de la Iglesia. Curso 2017-18. Clases de Religión. Lección 3ª (Padres de la Iglesia)

Padres de la Iglesia

¿Qué se entiende por Padres de la Iglesia? Los Padres de la Iglesia son antiguos escritores cristianos -de los siete primeros siglos- que con su sabiduría alimentaban la fe del Pueblo de Dios y garantizaban con su santidad la doctrina que predicaban. Destacaron por su ciencia teológica contenida en libros importantes acerca de la fe y de la Moral cristiana.

Para defender y propagar la fe, amenazada por las diversas herejías, Dios suscitó en el seno de la Iglesia a hombres santos que fueron el baluarte inexpugnable del Evangelio, tanto por sus heroicas virtudes como por la profundidad de su ciencia y por su celo incansable.

Los Padres de la Iglesia están clasificados en dos grupos: padres griegos y padres latinos, según la lengua en que publicaron sus escritos.

¿Quiénes son los Padres griegos más importantes? San Atanasio, san Basilio, san Gregorio Nacianceno y san Juan Crisóstomo, todos del siglo IV.

San Atanasio. Nació en el año 296. Fue Patriarca de Alejandría de Egipto. Es una de las figuras más extraordinarias de la historia de la Iglesia. Preclaro por su santidad y doctrina. Defendió con valentía la fe católica desde el tiempo del emperador Constantino hasta Valente, por lo cual tuvo que soportar numerosas asechanzas y sufrir duras persecuciones por parte de los arrianos y ser desterrado en varias ocasiones. En el Concilio de Nicea combatió las tesis de la herejía de Arrio, que fueron condenadas. Al final de su vida regresó a la Iglesia que se le había confiado, donde, después de haber luchado y sufrido mucho con heroica paciencia, descansó en la paz de Cristo en el cuadragésimo sexto aniversario de su ordenación episcopal. Era el año 373.

San Basilio. Nació en el año 329. Fue obispo de Cesarea de Capadocia, apodado Magno por su doctrina y sabiduría, enseñó a los monjes la meditación de la Escritura, el trabajo en la obediencia y la caridad fraterna, ordenando su vida según las reglas que él mismo redactó. Fue valeroso impugnador del arrianismo, pero combatió principalmente contra el macedonianismo. Con sus egregios escritos educó a los fieles. También brilló por su trabajo pastoral en favor de los pobres, a los que destinó la herencia recibida de sus padres, y de los enfermos, a los cuales construyó un hospital donde él mismo iba a curar a los enfermos. Falleció el día uno de enero del año 379.

San Gregorio Nacianceno. Nació en el año 328. Es uno de los tres grandes Padres capodocios. Amigo de san Basilio. Fue obispo de Sancina, en Constantinopla, y finalmente de Nacianzo. Defendió con vehemencia la divinidad del Verbo, y mereció por ello ser llamado “Teólogo”. Murió en el año 389.

San Juan Crisóstomo. Nació en el año 347. Patriarca de Constantinopla, antioqueño de nacimiento, que, ordenado presbítero, llegó a ser llamado “Crisóstomo”. Fue una de las figuras más notables del siglo IV por la santidad y por la elevación carácter; pero debe la mayor celebridad a su incomparable elocuencia. La mayor parte de sus escritos son de origen homilético. Combatió a los arrianos. Gran pastor y maestro de la fe en la sede constantinopolitana. Expulsado de su sede por la emperatriz Eudoxia, fue desterrado por insidias de sus enemigos, y al volver del exilio por decreto del papa san Inocencio I, como consecuencia de los malos tratos de sus guardianes durante el camino de regreso, entregó su alma a Dios en Gumenek, localidad del Ponto, el catorce de septiembre del año 407.

¿Qué otros Padres griegos hay? Entre los Padres griegos notables están: san Cirilo de Jerusalén, san Gregorio de Nisa, san Epifanio y san Cirilo de Alejandría.

San Cirilo de Jerusalén. Fue obispo de Jerusalén, que, a causa de la fe, sufrió muchas injurias por parte de los arrianos y fue expulsado con frecuencia de la sede. Con oraciones y catequesis expuso admirablemente la doctrina ortodoxa, las Escrituras y los sagrados misterios. Murió en el año 444.

San Gregorio de Nisa. Vivió en el siglo IV. Siendo obispo de Nisa, sus escasas capacidades de gobierno dieron ocasión de ser acusado injustamente de haber administrado mal los bienes de la Iglesia. Admirable por su vida y doctrina, que por haber confesado la recta fe fue expulsado de su sede por el emperador arriano Valente. Junto a su hermano san Basilio Magno de Cesarea y san Gregorio Nacianceno, forma el trío de los grandes padres capadocios. Murió antes del año 400.

San Epifanio. Fue obispo que sobresalió por su vasta erudición y conocimiento de las ciencias sagradas, y fue admirable también por su santidad de vida, por su celosa defensa de la fe católica, por su generosidad para con los pobres y por su poder taumatúrgico. Murió en Salamina (Chipre) en el año 403.

San Cirilo de Alejandría. Elegido para ocupar la sede de Alejandría de Egipto, mostró singular solicitud por la integridad de la fe católica, y que en el Concilio de Éfeso defendió el dogma de la única persona en Cristo (la persona divina del Hijo) y de la divina maternidad de la Virgen María. Murió en el año 444.

¿Cuáles son los Padres latinos más importantes? San Hilario, san Ambrosio, san Jerónimo, san Agustín y san Gregorio I Magno.

San Hilario. Nació en el año 300. Obispo de la sede de Poitiers, en tiempo del emperador Constancio, el cual había abrazado la herejía arriana. Fue llamado el Atanasio de Occidente, apelativo que habla muy alto en favor de su firmeza como defensor de la fe contra los arrianos. Luchó denodadamente en favor de la fe nicena acerca de la Trinidad y de la divinidad de Cristo, y fue desterrado por orden imperial por esta razón a Frigia durante cuatro años. Fue por todas partes el terror de los herejes. Compuso los celebérrimos comentarios a los Salmos y al evangelio de san Mateo. Sus escritos manifiestan claramente su gran valor y profunda ciencia. Murió en el año 367.

San Ambrosio. Nació en el año 340. Hizo la carrera de magistratura y en el año 372 fue nombrado Prefecto de la ciudad de Milán. Desempeñó su cargo con tal acierto y tanta virtud, que dos años después el pueblo y el clero de Milán lo aclamaron como obispo, siendo aún catecúmeno. Fue un verdadero pastor y doctor de los fieles, ejerció preferentemente la caridad para con todos, defendió valerosamente la libertad de la Iglesia y la recta doctrina de la fe en contra de los arrianos, y catequizó al pueblo con los comentarios y la composición de himnos. Además era un excelente orador, amigo y consejeros de emperadores y escritor fecundo. Influyó notablemente sobre los acontecimientos de su época. Murió en el año 397.

San Jerónimo. Nació en el año 346, en Dalmacia. Es sobre todo célebre por la traducción de la Sagrada Escritura que realizó después de haber estudiado a fondo la Biblia y el hebreo. Su versión, conocida con el nombre de Vulgata, fue la versión oficial de la Iglesia hasta que aparición la Neovulgata.

Estudió en Roma, ciudad en la que cultivó con esmero todos los saberes y recibió el bautismo cristiano. Después, seducido por el valor de la vida contemplativa, se entregó a la existencia ascética al ir al Oriente, donde se ordenó de presbítero. Vuelto a Roma, fue secretario del papa san Dámaso I, hasta que, tras fijar su residencia en Belén de Judea, vivió una vida monástica de gran austeridad dedicado a traducir y explicar las Sagradas Escrituras, revelándose como insigne doctor. De modo admirable fue partícipe en muchas necesidades de la Iglesia y, finalmente, llegado a una edad provecta, descansó en la paz del Señor en el año 420.

San Agustín. Nació en el año 354. En su juventud siguió los errores del maniqueísmo. Convertido a la fe católica gracias a las oraciones de su madre santa Mónica después de una adolescencia inquieta por los principios doctrinales y las costumbres, fue bautizado en Milán por san Ambrosio y, vuelto a su patria, llevó con algunos amigos una vida ascética y entregada al estudio de las Sagradas Escrituras. Elegido después obispo de Hipona, durante treinta y cuatro años fue maestro de su grey, a la que instruyó con sermones y numerosos escritos, con los cuales también combatió valientemente los errores de su tiempo y expuso con sabiduría la recta fe. Fue un gran defensor de la ortodoxia frente a los herejes, hasta que consiguió desarmar y desenmascarar a los maniqueos, donatistas, pelagianos, semipelagianos y arrianos. Escribió grandes tratados de teología. Entre sus numerosas obras destacan las Confesiones y la Ciudad de Dios. Murió en el año 430.

San Gregorio I Magno. Nació en el año 540. Fue religioso benedictino. Siendo monje ejerció ya de legado pontificio en Constantinopla. En septiembre del año 590 fue elegido Romano Pontífice. Ha pasado a la historia con el calificativo de Magno. Fue hombre de inteligencia privilegiada y de amplia cultura que, por la profundidad de la huella que dejó con su predicación y escritos, además de la santidad de vida. Su ejemplaridad y heroísmo de su vida cristiana han sido reconocidos por la Iglesia. Resolvió problemas temporales y, como siervo de los siervos de Dios, atendió a los valores espirituales, mostrándose como verdadero pastor en el gobierno de la Iglesia, ayudando sobre manera a los necesitados, fomentando la vida monástica y propagando y reafirmando la fe por doquier, para lo cual escribió muchas y célebres obras sobre temas morales y pastorales. A él se debe el canto llamado gregoriano. Murió en el año 604.

¿Qué otros Padres latinos hay? San León I Magno, san Pedro Crisólogo y san Isidoro.

San León I. Nacido en Etruria, primero fue diácono diligente en la Urbe, y después, elevado a la cátedra de Pedro, mereció con todo derecho ser llamado “Magno”, tanto por apacentar a su grey con una exquisita y prudente predicación como por mantener la doctrina ortodoxa sobre la encarnación de Dios, valientemente afirmada por los legados del Concilio Ecuménico de Calcedonia, hasta que descansó en el Señor en Roma en el año 461.

San Pedro Crisólogo. Fue obispo de Rávena, que, habiendo recibido el nombre del santo apóstol, desempeñó su ministerio tan perfectamente que consiguió captar a multitudes en la red de su celestial doctrina y las sació con la dulzura de su palabra. Murió hacia el año 450.

San Isidoro. Discípulo de su hermano san Leandro y sucesor suyo en la sede de Sevilla, en la Hispania Bética, escribió con erudición, convocó y presidió varios concilios, y trabajó con celo y sabiduría por la fe católica y por la observancia de la disciplina eclesiástica. Murió en el año 636.

Una reliquia

Un día vi, a primera hora de la tarde, que todas las luces del templo parroquial estaban encendidas; y las puertas, cerradas. Fui y vi que estaba el arzobispo de Colonia, acompañado por el vicario regional del Opus Dei en Alemania, y por un sacerdote de la parroquia, coadjutor como yo. Como san Alberto Magno, titular de la parroquia, era de Colonia, el cardenal Joachim Meisner, arzobispo de Colonia, quiso visitar la parroquia. Y prometió enviar una reliquia del santo. Esta reliquia fue enviada, y ahora está expuesta a la veneración de los fieles.

Amistad con Jesús

Amistad con Jesús

Ya no os llamo siervos -dijo Jesús a los Doce-, a vosotros os llamo amigos” (Jn 15, 15). El Señor nos hace sus amigos, nos confía la voluntad del Padre y se nos da Él mismo. Ésta es la experiencia más hermosa del cristiano: hacerse amigos del Señor Jesús, y descubrir en su corazón que Él es su amigo (Papa Francisco).

La multiplicación de los panes

Jesús se preocupa por la gente que está con Él desde hace horas: son miles y tienen hambre. ¿Qué hacer? También los discípulos se plantean el problema, y dicen a Jesús: “Despide a la gente” para que vayan a los poblados cercanos a buscar de comer. Jesús, en cambio, dice: “Dadles vosotros de comer”. Los discípulos quedan desconcertados, y responden: “ No tenemos más que cinco panes y dos peces”. He aquí el milagro: más que una multiplicación es un compartir, animado por la fe y la oración. Comieron todos y sobró: es el signo de Jesús, pan de Dios para la humanidad. Nos pide convertirnos a la fe en la Providencia, saber compartir lo poco que somos y tenemos y no cerrarnos nunca en nosotros mismos (Papa Francisco).

Sufragios por los difuntos

La Iglesia reza por los difuntos, y esta oración dice mucho sobre la realidad de la misma Iglesia. Dice que la Iglesia está firme en la esperanza de la vida eterna. La oración por los difuntos es como un combate con la realidad de la muerte y de la destrucción, que hacen gravosa la existencia del hombre sobre la tierra. Es y sigue siendo esta oración unas especial revelación de la Resurrección. Esa oración es Cristo mismo que da testimonio de la vida y de la inmortalidad, a la que Dios llama a cada hombre (San Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza).

¡Resucitaremos! La muerte ha sido vencida

(Marta dijo a Jesús: “Señor, si hubiera estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederás”). Lázaro estaba muerto desde hacía cuatro días, cuando llegó Jesús; y a las hermanas Marta y María les dijo palabras que se grabaron para siempre en la memoria de la comunidad cristiana. Dice así Jesús: Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre (Jn 11, 25-26). Basados en esta palabra del Señor, creemos que la vida de quien cree en Jesús y sigue sus mandamientos, después de la muerte será transformada en una vida nueva, plena e inmortal. Como Jesús, que resucitó con su propio cuerpo, pero no volvió a una vida terrena, así nosotros resucitaremos con nuestros cuerpos, que serán transfigurados en cuerpos gloriosos. Él nos espera junto al Padre, y la fuerza del Espíritu Santo, que lo resucitó, resucitará también a quien está unido a Él (Papa Francisco).