Catequesis con humor

La catequesis ha sido siempre considerada por la Iglesia como una de sus tareas primordiales (…). La Iglesia no ha dejado de dedicar sus energías a esa tarea (San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Catechesi tradendae, n. 1). En estos comienzos del siglo XXI, la acción catequética es una tarea urgente y absolutamente fundamental para recristianizar la sociedad. Una catequesis que sane las miserias del espíritu, que combata la ignorancia con la doctrina, la herejía con la verdad; que estimule la vida de piedad y oriente a las almas hacia el amor de Dios, a la Sagrada Eucaristía y demás Sacramentos; que fomente la devoción a la Santísima Virgen y enseñe a rezar, explicando a quién se reza y por qué se reza.

La catequesis no es otra cosa que repetir las verdades del Evangelio, y de esto es de lo que tienen necesidad tantos y tantos que no conocen el misterio de Jesucristo ni de la Iglesia por Él fundada. Es la enseñanza de la doctrina cristiana que todo cristiano, cuando llega al uso de razón, está obligado a aprender para cumplir sus obligaciones de cristiano; y cuyas partes principales son las verdades que se deben creer, los medios que se deben emplear para santificarse: la oración y los sacramentos, y los mandamientos que se deben cumplir. Entre las verdades que se han de creer están los Novísimos: La Iglesia tampoco puede omitir, sin grave mutilación de su mensaje esencial, una constante catequesis sobre lo que el lenguaje cristiano tradicional designa como los cuatro novísimos: muerte, juicio (particular y universal), infierno y gloria (San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Reconciliatio et Paenintetia, n. 26).

Se nos pide: generosidad para consagrar a la catequesis los mejores recursos y energías, sin ahorrar esfuerzos y fatigas; profundizar en el estudio de la Doctrina cristiana para enseñarla con don de lenguas; hacer experimentar a todos la alegría de oír hablar de Dios con palabras claras, sencillas, en una catequesis que se imponga a las almas con esa vitalidad que procede de la unión con Dios.

Se necesita hacer en medio de tanta cizaña una siembra de buen trigo, que es la enseñanza del Catecismo. ¿Cuántos niños con hambre de catecismo, no solamente en los arrabales de nuestras ciudades, sino también en las zonas residenciales, desconocen lo indispensable de la vida cristiana? ¿Cuántos niños de zonas rurales padecen un abandono absoluto en su formación? ¿Cuánta ignorancia religiosa hay en la sociedad en que vivimos? ¿Cuánta frialdad de corazón para con Dios y para los semejantes vemos en muchos de nuestros contemporáneos?

Se ha dicho: Un pueblo que no conoce el Catecismo es un pueblo muerto, como muere sin agua la semilla del campo. San Pablo escribió: todo el que invocare el nombre del Señor será salvo. Pero ¿cómo invocarán a Aquél en quien no han creído? Y ¿cómo creerán sin haber oído hablar de Él? Y ¿cómo oirán si nadie les predica (Rm 10, 13-15). Predicar, hablar de Dios, catequizar a todos hombres, pero quizá con mayor urgencia a los niños, a los jóvenes, esperanza de un mañana más limpio, más sano, más constructivo, para que sepan distinguir el bien del mal y llevarlo a cumplimiento con las energías frescas que poseen, para la vitalidad de la Iglesia y el futuro del mundo (Juan Pablo I, Mensaje al mundo, 27.VIII.1978). Una catequesis que debe empezar en el ambiente familiar. Un hogar verdaderamente cristiano -decía san Juan XXIII- es el ambiente en que se nutre, crece y se desarrolla la fe de los niños y donde aprenden a hacerse no solamente hombres, sino también hijos de Dios. Los padres deben ser los primeros catequistas de sus hijos; transmisores del Cristianismo desde la alegría, pues Dios está vivo y es alegre, no es un funeral. No se puede presentar la vida cristiana desde un punto de vista dramático y demasiado complicado y negativo. La gracia de Dios no es tan difícil, no es una fuente de tristeza, sino de alegría. Pero también catequesis en círculos más amplios: parroquias, colegios, clubes juveniles de ideario cristiano.

La catequesis es una tarea de generosidad y de caridad. Recordemos que enseñar al que no sabe es una de las obras de misericordia. Pero también es una labor de paciencia, habilidad y convicción necesarias para enseñar a los niños todas las verdades cristianas; y de espontaneidad para transmitir las enseñanzas de Cristo y del Evangelio, y dar aquellas certezas, sencillas y sólidas, que ayudan a buscar cada vez más y mejor el conocimiento del Señor (San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Catechesi tradendae, n. 60).

Uno de los mejores catequistas del pasado siglo XX fue Juan Pablo I. Ha pasado a la historia con este título tan bonito: El Papa de la sonrisa. En las audiencias de su breve pontificado de poco más de un mes hizo una extraordinaria catequesis –la catequesis de los miércoles– sobre las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad, y en las pocas semanas de su pontificado habló diez veces sobre el catecismo, con gran fortaleza para no ceder a las pretensiones de ciertos silencios pedagógicos en la enseñanza catequética. Y antes de ser papa, su vida estuvo consagrada por completo a una abnegada tarea pastoral de sacerdote y obispo, con especial atención a la catequesis y a la evangelización a todos los niveles, desde visitas casa por casa como coadjutor rural, a detenidas visitas pastorales e incansables predicación y publicación de libros y numerosos artículos en revistas y periódicos, llenos de anécdotas. Fue un fino escritor y supo conectar con todos, cultos y menos cultos. Su lenguaje vivo y penetrante testimoniaba su amplia cultura y su amable sentido del humor, junto a una fe profunda y teológica, con vigoroso espíritu apostólico. En 1949 publicó un libro titulado Catequesis en migajas. En él escribió Albino Luciani: Sin el catecismo no sabréis cómo hacer para edificar a pequeños y adultos. ¿Sacaréis a relucir la “dignidad humana”? Los pequeños no entienden qué es eso, y a los adultos les importa un bledo. ¿Recurriréis al “imperativo categórico”? Todavía peor…

Cuando Albino Luciani era seminarista, en los períodos de vacaciones ayudaba en la parroquia de su pueblo. Sin duda alguna, la persona que más le influyó fue el párroco, don Filippo Carli. De él aprendió a hablar con sencillez. Don Filippo le decía: Albino, cuando hables desde el púlpito, piensa siempre en la viejecita más inculta. Te debe entender ella también. El párroco le encargó que enseñara el catecismo después de la Misa dominical de las diez. Albino llamaba por su nombre a los chicos, hacía que se le acercaran de uno en uno. Tenía una agudeza particular. Para hacerse entender, usaba anécdotas sacadas de la historia, de la literatura y vida de santos, de modos de decir populares y ocurrencias. En una ocasión, para explicar la diferencia entre pecado venial y mortal puso el siguiente ejemplo: Si robas una manzana del huerto de tu abuelo -decía-, es pecado venial. Pero si un extraño entra en el mismo huerto y se lleva una cesta entera, entonces el pecado es más grave. Todos entendían y se divertían.

También san Juan Pablo II concedió mucha importancia a la catequesis. Siguiendo la costumbre establecida por sus predecesores continuó con la catequesis de los miércoles, y el viernes santo de todos los años de su pontificado hasta que se lo permitieron sus condiciones físicas daba una magnífica catequesis sobre el sacramento de la confesión sentándose a confesar en uno de los confesionarios de la Basílica de San Pedro. Se cuenta de él que en una ocasión, siendo arzobispo de Cracovia y haciendo la visita pastoral a su archidiócesis, llegó a una parroquia, cuando el párroco estaba explicando el catecismo a un grupo de niños. Después de saludar a Cristo en el Sagrario, se dirigió a los niños y les preguntó: ¿Sabéis por qué he venido? Y un chavalín de siete años contestó con toda espontaneidad: Sí, yo lo sé. Para aprender algo. Entonces el cardenal Wojtyla dijo: Tienes razón. Y en el Adviento de 1980, el papa san Juan Pablo II estuvo con más de dos mil niños en una parroquia romana. Y comenzó la catequesis: –¿Cómo os preparáis para la Navidad? Con la oración, responden los chicos gritando. –Bien, con la oración ‑les dice el Papa‑, pero también con la confesión. Tenéis que confesaros para acudir después a la comunión. ¿Lo haréis? -Y millares de chicos, más fuerte todavía, responden: –¡Lo haremos! Sí, debéis hacerlo, les dice san Juan Pablo II. Y en voz más baja: El Papa también se confesará para recibir dignamente al Niño Dios.

A modo de ejemplo están recogidas las siguientes anécdotas e historietas. Para hablar de la omnipresencia de Dios viene muy bien contar la anécdota de la oferta mayor que hizo san Pío X cuando era niño y asistía a la catequesis en la parroquia de su pueblo. El párroco, durante la explicación del catecismo, para atraerse la atención de los niños, dijo: Regalaré una manzana a quien me diga dónde está Dios. Y el pequeño José Sarto se levantó como un resorte y, con vivacidad, dijo inmediatamente: Y yo regalaré dos, si sabe alguien decirme dónde Dios no está. Y hablando de manzanas, para referirse a que todo está presente a los ojos de Dios, se puede contar el siguiente hecho: Encima de la mesa de un merendero infantil, una monja había dejado una fuente grande, con manzanas de color rojo brillante, carnudas y jugosas. Al lado de la fuente, puso la siguiente nota: Toma solamente una. Recuerda que Dios está mirando. En el otro extremo de la mesa, había otra fuente, llena de galletas de chocolate recién sacadas del horno. Junto a la fuente, había un papelito escrito por un niño pequeño, que en letra cursiva decía: Toma todas las que quieras. Dios está mirando las manzanas.

Si se trata de hablar de la Providencia ordinaria de Dios se puede narrar lo siguiente: En un lugar perdido en las montañas se produjeron unas inundaciones que fueron empantanando de agua todo el pueblo. La Cruz Roja y Protección Civil enviaron lanchas de salvamento. Una de las lanchas se para a la puerta de uno de los caseríos y el aldeano que allí se encuentra les dice: No, no; id a por otros, que a mí me salvará la Providencia. Pasa el tiempo, el agua le cubre por encima de la cintura, llega otra lancha, y les dice lo mismo. Tuvo suerte, porque cuando el agua le llegaba al cuello, otra lancha le ofreció su socorro, pero el aldeano insistió que la Providencia le salvaría. No llegó ninguna otra lancha, y el aldeano murió ahogado. Entró en el Cielo entre protestas: Yo confiando en la Providencia… y la Providencia, nada, dejó que me ahogara. Y escuchó la siguiente respuesta: ¡Cómo que nada! ¡Tres lanchas te hemos enviado!

Sobre la eficacia de la oración, una anécdota y una historieta. Una vez un obispo africano, monseñor Chichester, de Salisbury, en la visita ad limina sorprendió al papa Pío XII con esta pregunta: –Santidad, ¿duerme bien por las noches? Pío XII, asombrado, respondió: –Pues sí, duermo bien. Pero…, ¿por qué me lo pregunta?Mire, Padre Santo -dijo el obispo-, cuando era pequeño teníamos en casa una mujer que cuidaba de nosotros. Cuando nos metía en la cama nos hacía recitar un Avemaría cada noche por el Papa de Roma para que pueda dormir tranquilo a pesar de sus muchas preocupaciones. Desde entonces la he venido rezando siempre, y, la verdad, sentía cierta curiosidad por ver si daba resultado.

Y he aquí la historieta: En un naufragio sólo hubo un superviviente. Éste consiguió llegar a nado a una pequeña isla solitaria. Dada su trágica situación, comenzó a orar fervientemente, pidiendo a Dios que lo rescatara, y todos los días miraba hacia el horizonte para ver si divisaba un barco que viniera en su ayuda, pero nunca llegaba esta ayuda. Cansado, empezó a construir una pequeña cabaña para protegerse de las inclemencias del tiempo, y también para guardar las pocas cosas que pudo salvar del naufragio. Pero un día, después de andar por la solitaria isla buscando comida, al regresar a la choza la vio toda ella en llamas, y el humo subía hacia el cielo. Lo peor que había pasado es que todas sus cosas las había perdido. Este hecho le llenó de confusión. Enojado con Dios y llorando, aquel día se quejó a Dios: ¿Cómo pudiste hacerme esto? Y cansado se quedó dormido sobre la arena. Era muy temprano en la mañana del día siguiente cuando él escuchó asombrado el ruido de las máquinas de un barco de vapor que se acercaba a la isla. Venían a rescatarlo, y preguntó a los marineros que le salvaban: ¿Cómo sabían que yo estaba aquí? Y sus salvadores le contestaron: Vimos las señales de humo que nos hiciste…

Hablando de los Sacramentos en la catequesis es posible que alguien inquiera el motivo por el cual la Iglesia no admite el sacerdocio de las mujeres. Si se presenta tal caso se le puede responder con las siguientes palabras del cardenal Luciani: El otro día una niña de trece años me puso en un gran aprieto al preguntarme: “¿Es justo que Jesús instituyera siete sacramentos y que sólo seis están a disposición de las mujeres?” Se refería naturalmente, al sacramento del Orden, al que por Tradición sólo se admite a los hombres. ¿Qué podría responder? Tras mirar a mi alrededor, dije: “En esta clase veo niños y niñas. Vosotros, los niños, ¿podéis decir que uno de entre los hombres del mundo es padre de Jesús?” Respuesta de los niños: “No, porque san José era sólo padre putativo”. “Y vosotras chicas, una de vosotras, mujeres, ¿es madre de Jesús?” Respuesta: “Sí”. Y yo: “Muy bien, pero reflexionad: si ninguna mujer es papa, obispo o sacerdote, eso queda mil veces compensado con la Maternidad divina, que honra extraordinariamente tanto a la mujer como a la maternidad”. La pequeña contestataria pareció quedar convencida.

Acudamos a Santa María, causa nostrae laetitae. Con su ayuda, nos resultará más fácil transmitir el Evangelio y catequizar con humor.

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LLAMADA DE DIOS Y RESPUESTA DEL HOMBRE. Homilía del Domingo II del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

En el libro I Samuel se narra la llamada que Dios hizo a Samuel. Éste era un chico joven que servía a Dios junto al sacerdote Elí en el Santuario del Señor donde estaba el arca de Dios. Una noche, estando ya acostado Samuel, el Señor le llamó: “¡Samuel, Samuel!” Él respondió: “¡Aquí estoy!”, y corrió donde Elí diciendo: “¡Aquí estoy, porque me has llamado”. Pero Elí le contestó: “Yo no te he llamado; vuélvete a acostar”. Él se fue y se acostó (1 S 3, 4-5). Pero después volvió a repetirse la llamada de Dios, y Samuel reaccionó de la misma manera. Elí le dijo de nuevo que se acostara. Por tercera vez el Señor llamó a Samuel, y éste hizo lo mismo que las veces anteriores. Comprendió entonces Elí que era el Señor quien llamaba al joven, y dijo a Samuel: “Vete y acuéstate, y si te llaman, dirás: Habla, Señor, que tu siervo escucha”. Samuel se fue y se acostó en su sitio. Vino el Señor, se presentó y llamó como las veces anteriores: “¡Samuel, Samuel!” Respondió Samuel: “Habla, que tu siervo escucha” (1 S 3, 9-10).

Este relato de la vocación de Samuel es tipo de la llamada divina a cumplir una misión. Se narra con gran viveza un delicioso diálogo entre el Señor y Samuel, y entre el joven y el sacerdote Elí, que culmina en una fórmula maravillosa de disponibilidad. Aquí estoy porque me has llamado (1 S 3, 8). Está dispuesto a hacer lo que el Señor le pida. Por eso pide al Señor que le hable, que le muestre su voluntad respecto a él. Se pone a la escucha de la palabra de Dios. He aquí la esencia de la vocación: llamada por parte de Dios y respuesta afirmativa del llamado. La consecuencia es clara: El Señor estaba con él (1 S 3, 19).

Habla, Señor, que tu siervo escucha. Esta oración fue el inicio del itinerario de Samuel como profeta, llamado por Dios, y la pauta de su comportamiento, pues toda su actividad estuvo regida por el trato asiduo y directo con el Señor y la intercesión por los suyos, por su pueblo.

Toda vocación que es una muestra de predilección por parte de Dios. La vocación no es producto del sentimiento ni fruto del noble deseo de emplearse en favor de los demás. Es una divina intromisión por parte de Nuestro Señor, que espera una respuesta de entrega total. Quien responde que sí a la llamada de Dios encuentra el tesoro mayor, la perla preciosa, que da valor a todo lo demás, porque Él es la Sabiduría divina encarnada que vino al mundo para que la humanidad tenga vida en abundancia (Benedicto XVI).

Dios llamó a Samuel para que fuera profeta, para que transmitiera fielmente al pueblo elegido el mensaje que recibía del Cielo. Y Cristo tiene una misión especial para cada persona, una misión que sólo ella puede desempeñar. Sin su cooperación, quedaría incumplida. Cristo conduce a cada persona hacia su destino. Y esa persona lo mejor que puede hacer es aceptar el ofrecimiento del Señor cuando le tiende la mano, revelándole su amor misericordioso. A los que Dios elige para una misión los dispone y prepara de suerte que resulten idóneos para desempeñar la misión para la que fueron elegidos (Santo Tomás de Aquino).

Hay que escuchar atentamente a Dios, meditar su palabra. También hoy día muchos jóvenes sienten en sus corazones la “llamada” a acercarse a Jesús, y están emocionados, no se avergüenzan de ser cristianos, de dar una demostración pública de su fe en Jesucristo y quieren seguirlo. Jóvenes que tienen vocación, pero a veces hay algo que detiene a algunos. Tenemos que orar para que los corazones de estos jóvenes puedan vaciarse, vaciarse de otros intereses, otros amores, para que el corazón se vuelva libre. Y esta es la oración por las vocaciones: “Señor, envíanos, envíanos monjas, envíanos sacerdotes, defiéndelos de la idolatría, de la idolatría de la vanidad, de la idolatría de la soberbia, de la idolatría del poder, de la idolatría del dinero”. Y nuestra oración es para preparar estos corazones para que puedan seguir de cerca a Jesús (Papa Francisco).

La llamada del Señor es un misterio que afecta a la vida de todo cristiano, pero que se manifiesta con mayor relieve en los que Cristo invita a dejar todo para seguirlo más de cerca. Quien es así invitado puede preguntarse: Señor, ¿por qué precisamente a mí? La respuesta está en el Evangelio: Jesús llamó a los que él quiso (Mc 3, 13). La iniciativa de la vocación es divina, y la vocación es un don gratuito al que se debe corresponder con la entrega de sí mismo.

Jesús nos pide que respondamos a su propuesta de vida, que decidamos cuál es el camino que queremos recorrer para llegar a la verdadera alegría. Se trata de un gran desafío para la fe. Jesús no tuvo miedo de preguntar a sus discípulos si querían seguirle de verdad o si preferían irse por otros caminos (cf. Ju 6, 67). Y Simón, llamado Pedro, tuvo el valor de contestar: Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna (Jn 6, 68). Si sabéis decir “sí” a Jesús, entonces vuestra vida se llenará de significado y será fecunda (Papa Francisco).

En el Evangelio se conservan hermosas respuestas dadas al Señor que llamaba. La de Pedro y la de Andrés su hermano: Ellos dejaron al instante las redes y le siguieron (Mt 4, 20). La del publicano Leví: Él, dejándolo todo, se levantó y le siguió (Lc 5, 28). En los Hechos de los Apóstoles está la respuesta de Saulo: ¿Qué he de hacer, Señor? (Hch 22, 10). Desde los tiempos de la primera proclamación del Evangelio hasta nuestros días, un grandísimo número de hombres y mujeres han dado su respuesta personal, su libre y consciente respuesta a Cristo que llama… y han seguido al Señor. Han dedicado sus vidas al servicio del Pueblo de Dios y de la humanidad, con fe, con inteligencia, con valentía y con amor.

San Juan Pablo II fue un papa que conectó muy bien con la gente joven. No desaprovechaba sus encuentros con la juventud para hablarles a los jóvenes de vocación, para decirles que Dios cuenta con ellos. Nuestra vocación es un don de Dios. Debemos hacer algo bueno. Hay muchas maneras de gastar bien la vida, poniéndola al servicio de ideales humanos y cristianos. Cristo llama a muchos de entre vosotros a esta extraordinaria aventura. Él necesita, quiere tener necesidad de vuestras personas, de vuestra inteligencia, de vuestras energías, de vuestra fe, de vuestro amor y de vuestra santidad. Quiere hablar a los hombres de hoy con vuestra voz. Amar con vuestro corazón. Ayudar con vuestras manos. Salvar con vuestra fatiga. Pensadlo bien. La respuesta que muchos de vosotros pueden dar, está dirigida personalmente a Cristo, que os llama a estas grandes cosas. Encontraréis dificultades. ¿Creéis quizás que yo no las conozco? Os digo que el amor vence cualquier dificultad. La verdadera respuesta a cada vocación obra de amor. Esta fuerza de amor os la ofrece Él mismo, como don que se añade al don de su llamada y hace posible vuestra respuesta. Tened confianza. Y, si podéis, dad vuestra vida con alegría, sin miedo, a Él que antes dio la suya por vosotros.

Lo normal es que Dios nos muestre su voluntad, lo que quiere de nosotros, en la oración. Jesús llamó a Andrés, a Pedro, a Juan y a Santiago para que le siguieran cuando estos estaban en la orilla del mar de Tiberíades faenando en las cosas de la pesca. Pero antes, ya había hablado con ellos (con Santiago, seguramente también, aunque no consta en el Evangelio). San Juan narra su encuentro con el Señor. Al día siguiente estaba allí de nuevo Juan y dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dijo: He aquí el Cordero de Dios. Los dos discípulos, al oírle hablar así, siguieron a Jesús. Se volvió Jesús y, viendo que le seguían, les preguntó: ¿Qué buscáis? Ellos le dijeron: Rabbí (que significa Maestro), ¿dónde vives? Les respondió: venid y veréis. Fueron y vieron dónde vivía, y permanecieron aquel día con él. Era alrededor de la hora décima. Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y siguieron a Jesús (Jn 1, 35-40).

Permanecieron aquel día con Él. Fueron horas de conversación, de un diálogo confiado de aquellos dos jóvenes con el Señor. Sin prisas. Aquella conversación fue oración. También nosotros necesitamos dedicar tiempo para tener un diálogo divino y humano como el que tuvieron Andrés y Juan. Cuando acudimos al Sagrario para orar, tenemos la certeza de estar con Aquél que puede saciar nuestra sed de verdad. Dios nos habla. Su palabra, llena de autenticidad, penetra hasta lo más interior de nuestro ser. Y así Dios prepara nuestros corazones para oír su llamada.

Jesús eligió a los Apóstoles. Los llamó por su nombre para que permanecieran con Él y para enviarles a predicar. Todo el que recibe de Dios una llamada es para hacer algo, cumplir una misión, pero sin dejar de estar con el Señor, sin descuidar el trato con Dios en la oración. Está llamado a permanecer con Él. Sígueme es el término usual de Jesús para llamar a sus discípulos. En vida de Jesús la invitación a seguirle implicaba acompañarle en su ministerio público, escuchar su doctrina, imitar su modo de vida… Una vez que el Señor subió a los Cielos, el seguimiento no es ya, evidentemente, un acompañamiento físico por los caminos de Palestina, sino que el cristiano debe vivir según la vida de Cristo, haciendo suyos los sentimientos de Cristo, de manera que pueda exclamar con san Pablo, “non vivo ego, vivit vero in me Christus” (Ga 2, 30), no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí (San Josemaría Escrivá). En cualquier caso, la invitación del Señor comporta siempre un ponerse en camino, la exigencia de una vida de esfuerzo y de lucha por cumplir en cada momento la Voluntad divina aunque requiera una entrega abnegada y generosa.

En el Evangelio Jesús insiste acerca de las condiciones para ser sus discípulos: no anteponer nada al amor por Él, cargar la propia cruz y seguirle. Jesús no quiere engañar a nadie. Él sabe bien lo que le espera en Jerusalén, cuál es el camino que el Padre le pide que recorra: es el camino de la cruz, del sacrificio de sí mismo para el perdón de nuestros pecados. Seguir a Jesús no significa participar en un cortejo triunfal. Significa entrar en su gran obra de misericordia, de perdón, de amor. Y este perdón universal, esta misericordia, pasa a través de la cruz. Pero Jesús no quiere realizar esta obra solo: quiere implicarnos también a nosotros en la misión que el Padre le ha confiado. Después de la resurrección dirá a sus discípulos: Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo… El discípulo de Jesús renuncia a todos los bienes porque ha encontrado en Él el Bien más grande, en el que cualquier bien recibe su pleno valor y significado: los vínculos familiares, las demás relaciones, el trabajo, los bienes culturales y económicos, y así sucesivamente. El cristiano se desprende de todo y reencuentra todo en la lógica del Evangelio, la lógica del amor y del servicio (Papa Francisco).

Sólo un corazón limpio puede amar plenamente a Dios. Sólo con un corazón limpio se puede seguir de cerca a Jesús. Con el lujurioso no está el Señor. Cristo ni siquiera abrió la boca para decir palabra alguna al rey Herodes. La impureza de corazón provoca la insensibilidad para las cosas de Dios, hace sordos los oídos para oír la llamada del Señor. Por eso san Pablo: ¡Huid de la fornicación! Todo pecado que comete el hombre queda fuera de su cuerpo; mas el que fornica, peca contra su propio cuerpo. ¿O no sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis? ¡Habéis sido bien comprados! Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo (1 Co 6, 18-20). La lujuria entorpece, animaliza. La fornicación supone no sólo una profanación del Cuerpo de Cristo¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? (1 Co 6, 15)- sino también del templo del Espíritu Santo que es el cristiano, ya que Dios inhabita en el alma, por la gracia como en un templo.

No es posible ser testigo de Cristo sin la castidad, pecando contra la castidad. El pecado contra la castidad es un contratestimonio para los miembros de Cristo, porque los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y concupiscencias (Ga 5, 24). Por eso, hemos de tener una actitud vigilante para reconocer al Señor cuando se nos presente a lo largo de la vida de una manera sencilla y sin aparato. Y para eso habremos de guardar los sentidos, que son como las puertas del alma, y evitar que las potencias se adormezcan; será, pues, necesario luchar, porque los sentidos tienden a lo que resulta inmediatamente grato y placentero: y podríamos entonces no reconocer a Cristo que nos visita, como les ocurrió a sus paisanos de Nazaret. No basta tampoco ver en Él a un personaje grandioso en lo humano; es preciso creer que es el Hijo de Dios, el Redentor.

Santa María respondió al mensajero celestial: He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra (Lc 1, 38). Aceptando el mensaje divino, se entregó con todo su corazón -un corazón purísimo- a cumplir la voluntad salvífica de Dios, consagrándose totalmente como esclava del Señor a la persona y a la obra redentora de su Hijo. Que nosotros, siguiendo su ejemplo, respondamos siempre afirmativamente a todo lo que Dios nos pida, sirviéndole con un corazón limpio, enamorado de Jesucristo.

Evangelización de América (VIII)

La pedagogía misionera

Los métodos de catequización de los misioneros españoles utilizados en América, en un principio fueron similares a los seguidos en Granada tras la conquista. En un primer período de euforia se pretendió seguir la denominada “técnica del perfeccionamiento”, partiendo de las tradiciones indígenas; hasta que el peligro de sincretismo o fusión de religiones aconsejaron a los religiosos dejar la utilización de las semejanzas entre las religiones indígenas y el cristianismo.

Después se siguió el procedimiento drástico de la tabula rasa, es decir, el destruir todo rasgo de idolatría, para empezar a construir desde cero. Este sistema comportaba una auténtica desilusión sobre la capacidad del indio para asimilar la doctrina que se le explicaba. El primer obispo de Quito, en un informe, aseguraba que sus catecúmenos no podían rebasar el nivel mental de los españoles de quince años y no se podía pasar de ahí. Esta consideración del indio como un perpetuo menor de edad predominó en las misiones americanas hasta fines del siglo XVI. Los misioneros -que trataban a los indios con indulgencia- se contentaban , debidos a la consideración anterior, con progresos lentos.

Para la instrucción de los indios -con espíritu poco capaz de abstracción-, los misioneros tuvieron que emplear procedimientos destinados a impresionar los sentidos y a vincular las ideas a la totalidad del cuerpo y de la sensibilidad. El P. Antonio de Roa, hablando del infierno, se lanzó sobre carbones ardientes e hizo observar a los indios que si no podían soportar aquel dolor, cómo sería el fuego eterno. Cada vez que encontraba o erigía una cruz, se hacía injuriar y golpear, puesto que Jesucristo sufrió todo esto para redimir los pecados de los hombres. De este modo fijaba en la memoria de los indios el recuerdo de sus enseñanzas.

Como el alfabeto era muy abstracto para los indios y su uso implicaba una revolución intelectual, era preciso asociar la representación de las letras con la de unos objetos que el indio pudiera manejar, razón por la cual los misioneros en su catequesis también se valieron de cuadros que constituían un catecismo en imágenes, de la representación de los misterios de la religión cristiana.

Por último, debido a la obra del P. Acosta, los misioneros llegaron a constatar un tercer método, que pudiéramos llamar “técnica de comprensión”, intermedio hasta cierto punto de los otros dos. Había de partir de la tradición indígena, para utilizarla como medio de penetrar los secretos del alma del indio y su auténtica personalidad: sólo con este conocimiento profundo por parte del misionero del extraño mundo interior que tiene delante podrá enfrentarse con sus problemas espirituales.

Y enseñaron también los misioneros con el ejemplo, viviendo lo que enseñaban. Dieron ejemplo de la entrega total al prójimo para grabar su enseñanza en los espíritus. Vivían con los indios y morían por ellos, totalmente identificados. Sus fatigas y privaciones eran tales que la mortalidad entre los religiosos alcanzó grandes proporciones.

Basados en el principio de que “para ser cristianos los indios necesitaban primeros ser hombres”, los misioneros trataron de civilizarlos. El empeño revistió dos facetas: la concentración de los indios en poblados y la acomodación de su sistema de vida a la dignidad humana. Los religiosos procuraron la concentración de los indios bajo su dirección, así como el aislamiento de los mismos del contacto -a veces- corruptor de los blancos. Los misioneros edificaron poblados con casas de varias piezas, colegios e iglesias. Enseñaron a los indios a vestirse y alimentarse convenientemente. Construyeron fuentes, canalizaciones, acueductos.

La concentración en poblados, además de tener su aspecto civilizador, evitaba una diseminación que dificultaba la labor evangelizadora y que constituía una fuente de actos idolátricos, por lo que el tema fue abordado en varios concilios. Así tenemos que la concentración, denominada entonces “reducción”, fue ordenada por la Junta eclesiástica de México de 1546, por el I y III concilios de esta ciudad (1555 y 1585) y el III de Lima (1582-83).

Conversión

La colina de la resurrección.

En su primer viaje a Europa en 1964, el escultor japonés Yasutake Funakoshi acompañado de su esposa, fue recibido en audiencia por el papa beato Pablo VI. Años más tarde, en 1972, le concedió una condecoración pontificia, de reconocimiento al espíritu cristiano de su meritoria obra artística.

Con acierto y razón. Entre 1958 y 1962 fue erigiéndose en Nagasaki, la ciudad mártir de la brutalidad humana, el gran monumento a los 26 mártires de Nagasaki, torturados, crucificados y atravesados con la lanza japonesa en 1597.

Yasutake recibió por esta obra el premio Kotaro Takamura. Los cristianos japoneses llaman al lugar del martirio la colina de la resurrección. El nombre resumida la fe recuperada que profesaba el corazón de Yasutake Funkoshi. Marcado por la mentalidad budista y sintoista le hervían los ancestrales sentimientos sobre el sentido de la vida, del sufrimiento y la muerte. Funakoshi que no era cristiano, leyó libros sobre Cristo, habló con un sacerdote, dibujó el rostro de Jesús, esculpió un gran crucifijo. Al final de este camino se hizo bautizar con toda su familia, lo que supuso una permanente renovación interior para él y para los suyos, un cambio de mentalidad como significa la palabra conversión.

LLAMADAS A LA CONVERSIÓN. Homilía del Domingo III del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

En el libro de Jonás se narra la misión que Dios encomendó a este profeta. No era un encargo agradable el de anunciar a los habitantes de una ciudad la destrucción de la misma. Es decir, profetizarles un tremendo castigo por su perversidad. Por eso, Jonás tomó la decisión equivocada de desobedecer el mandato de Dios, huyendo a Tarsis. Sin embargo, Dios se encargó de que Jonás no consiguiera su propósito. Y por segunda vez, el Señor le dijo a Jonás lo que tenía que hacer. Si antes el profeta desobedeció, ahora obedece. “Levántate, vete a Nínive, la gran ciudad y proclama el mensaje que yo te diga”. Jonás se levantó y fue a Nínive conforme a la palabra de Yavé. Nínive era una ciudad grandísima, de un recorrido de tres días. Jonás comenzó a adentrarse en la ciudad, e hizo un día de camino proclamando: “Dentro de cuarenta días Nínive será destruida” (Jon 3, 2-4).

¡Qué importante es obedecer a la primera! Es lo que tiene más mérito. El que obedece con fidelidad no conoce demoras, evita dejarlo para mañana, no sabe qué es el retraso, antepone a todo al que manda. Tiene puestos los ojos para ver, los oídos para escuchar, la lengua para hablar, las manos para trabajar, los pies para caminar. Todo se pone en acto para cumplir la voluntad del que manda (San Bernardo, Sermones diversos 41, 7).

¡Qué diferencia tan grande entre la actitud de Jonás y la de los apóstoles! En el Evangelio según Marcos vemos cómo los apóstoles, ante la invitación de Cristo: Seguidme y haré que seáis pescadores de hombres. Al instante dejaron las redes y le siguieron (Mc 1, 17-18).

En el Antiguo Testamento vemos cómo Dios amenaza con castigos a ciudades por los pecados y maldades de sus habitantes. Amenazas que son cumplidas. Así, Sodoma y Gomorra fueron aniquiladas por una lluvia de azufre y fuego. Sin embargo, en el caso de Nínive la amenaza divina no se cumplió. ¿El motivo? Porque los habitantes de Nínive se convirtieron de su mala conducta. Los ninivitas creyeron en Dios: ordenaron un ayuno y se vistieron de sayal desde el mayor al menor (Jon 3, 5). Reconocieron su mala conducta, no justificaron sus pecados. Hubo una verdadera conversión. Vio Dios lo que hacían, cómo se convirtieron de su mala conducta, y se arrepintió Dios del mal que había determinado hacerles, y no lo hizo (Jon 3, 10).

En muchos lugares de la Biblia se habla de la misericordia de Dios. Y éste, el de conversión de los ninivitas es uno de ellos. Cuando el hombre pecador se arrepiente, Dios borra su pecado. Y es que nuestro Dios, el único Dios que existe, es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en misericordia (Sal 144, 8). Por medio del profeta Joel, el Señor nos exhorta: Convertíos a mí de todo corazón (Jl 2, 12). Es una llamada fuerte y clara. Dios no quiere la muerte del impío, sino que se convierta y viva.

La inminente llegada del Reino de Dios exigía una auténtica conversión del hombre hacia Dios. Ya los Profetas habían hablado de la necesidad de convertirse y volverse de los malos caminos que seguía Israel lejos de Dios. Volved, hijos descastados, Yo curaré vuestras infidelidades (Jr 3, 22). Jeremías dice al pueblo elegido que vuelva a Dios, que Él puede perdonar los pecados. E Israel responde reconociendo el pecado de sus padres y de ellos mismos. Con esperanza vuelve a Dios. ¡Aquí estamos. A Ti venimos, porque Tú eres el Señor, nuestro Dios! (Jr 3, 22). Isaías habla de conversión y de salvación: Seréis salvos si os convertís y estáis tranquilos (Is 30, 15). También el profeta Oseas hace una llamada a la conversión: ¡Conviértete, Israel, al Señor, tu Dios, pues caíste por tu culpa! Preparaos las palabras y convertíos al Señor (Os 14, 2-3).

Por eso, la insistencia tanto de san Juan Bautista como del Señor en invitar a la conversión. Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva” (Mc 1, 14-15).

Jesucristo inicia la proclamación del Evangelio con las mismas palabras de san Juan. El Precursor había preparado el camino al Señor. Preparar nuestra vida es propio del amor de Dios. Él no nos hace cristianos por generación espontánea. Es una obra de preparación que Jesús lleva adelante en muchas generaciones. También ahora, en el siglo XXI, se nos pide que nos convirtamos. Es el papa Francisco quien dice: Hay una llamada a los que viven de las apariencias, los cristianos de las apariencias. Estos se creen vivos pero están muertos, y el Señor les pide estar vigilantes. Las apariencias son el sudario de estos cristianos: están muertos y el Señor los llama a la conversión. ¿Yo soy de estos cristianos de las apariencias? ¿Tengo vida dentro, tengo una vida espiritual? ¿Siento al Espíritu Santo, escucho al Espíritu Santo, voy adelante, o…? Pero, si todo parece bien, no tengo nada que reprocharme: tengo una buena familia, la gente no habla mal de mí, tengo todo lo necesario, estoy en gracia de Dios, estoy tranquilo. Los cristianos de apariencia ¡están muertos! Buscar algo vivo dentro y con la memoria y el estado de alerta, vigorizar esto para que se pueda ir hacia adelante. Conversión: desde las apariencias a la realidad. De la tibieza al fervor.

Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: No he venido a llamar a justos sino a pecadores (Lc 5, 32). Les invita a la conversión, sin la cual no se puede entrar en el Reino, pero les muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de su Padre hacia ellos y la inmensa alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta (Lc 15, 7). La prueba suprema de este amor será el sacrificio de su propia vida para remisión de los pecados (Lc 24, 47). Una vez que el Señor ascendió al Cielo, los Apóstoles insisten en que es preciso convertirse, cambiar de actitud y de vida como condición previa para recibir el Reino de Dios.

¿Qué se entiende por conversión? Un aspecto de la conversión es la renuncia al pecado, lo que supone detestar el pecado cometido. No basta proponerse cambiar de vida, sino que requiere dolerse de la falta cometida, tener la actitud del salmista: Reconozco mis culpas, y mi pecado está siempre ante mí (Sal 50, 5). Convertirse es en primer lugar alejarse positivamente del pecado, de su servidumbre; romper con las ataduras del pecado que son iniquidad, injusticia, oposición a la Ley de Dios.

Pero el aspecto principal de la conversión es el movimiento de vuelta a Dios, el reconocimiento de que el pecado es ante todo ofensa a Dios, alejamiento de Él. Contra Ti, sólo contra Ti he pecado (Sal 50, 6), canta el salmista (en este caso, el rey David), y debe ser el principal pensamiento de quien se convierte. La conversión exige volver ordenar la vida hacia Dios, de forma que nada en la existencia del hombre quede desvinculado de su Creador.

La Iglesia, siguiendo a su divino Fundador, con sus invitaciones a la conversión, viene providencialmente a sacarnos de la indolencia, de la falta de sensibilidad para las cosas de Dios, del seguir adelante por inercia, de la tibieza… o del pecado. ¿Por qué debemos volver a Dios? Preguntaba el papa Francisco en una homilía, y él mismo respondía: Porque algo no está bien en nosotros, no está bien en la sociedad, en la Iglesia, y necesitamos cambiar, dar un viraje. Y esto se llama tener necesidad de convertirnos. Y nos recordaba que Dios es fiel, es siempre fiel, porque no puede negarse a sí mismo, sigue siendo rico en bondad y misericordia, y está siempre dispuesto a perdonar y recomenzar de nuevo. El primer deber de la Iglesia es proclamar la misericordia de Dios, llamar a la conversión y conducir a todos los hombres a la salvación del Señor. Y siempre es tiempo de conversión.

Sí, la Iglesia profesa y proclama la conversión. La conversión a Dios consiste siempre en descubrir su misericordia, es decir, ese amor que es paciente y benigno a medida del Creador y Padre: el amor, al que “Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo” (2 Co 1, 3) es fiel hasta las últimas consecuencias en la historia de la alianza con el hombre: hasta la cruz, hasta la muerte y la resurrección de su Hijo. La conversión a Dios es siempre fruto del “reencuentro” de este Padre, rico en misericordia (San Juan Pablo II, Encíclica Dives in misericordia, n. 13).

Todos necesitamos convertirnos. En la parábola del hijo pródigo, el Señor nos presenta la trayectoria de dos hijos, y los dos necesitan convertirse. El pequeño porque ha usado su libertad para alejarse del amor de su padre, buscando la felicidad en un lugar equivocado, encontrando solamente la amargura. Y el mayor porque ha permanecido junto a su padre con un amor sin libertad, mas como siervo distante que como buen hijo y hermano. No presenta la parábola un tercer hijo que no necesite conversión: quiere el Señor que nos percatemos de que todos, sin excepción, hemos de fomentar en nuestra alma la búsqueda del amor, el rechazo del propio yo egoísta y enfermizo, la donación en libertad. Como enseña san Agustín, “para los enfermos vino Cristo, y a todos los encontró enfermos”, de manera que “creerse sano es la peor enfermedad”. Todos necesitamos convertirnos (Javier Echevarría).

Se dice de Alfonso X el Sabio -era aficionado a lo astronomía- que mientras estudiaba el cielo, y conquistaba los astros, iba perdiendo la tierra. Peor es la actitud de los que, por querer ganar la tierra, por hacer oídos sordos a la llamada de Dios a la conversión, pierden el Cielo.

Es un error dejar la conversión para más adelante. Hay que tener en cuenta estas palabras de san Agustín: No digas, pues: “Mañana me convertiré, mañana contentaré a Dios, y de todos mis pecados pasados y presentes quedaré perdonado”. Dices bien que Dios ha prometido perdón al que se convierte; pero no ha prometido el día de mañana a las personas (Comentario sobre el Salmo 144).

Hermanos, os digo esto: el tiempo es corto (1 Co 7, 29). Tanto san Pablo como los demás Apóstoles recuerdan en sus escritos la brevedad de la vida terrena, como un estímulo para aprovechar con intensidad todos los momentos en servicio de Dios y, por Él, a todos los hombres. Y mientras hay tiempo se puede rectificar, volver al buen camino si se ha tenido la desgracia de salirse de él. Después y mañana son dos palabras molestas, síntoma de pesimismo y de derrota, que, con esta otra: imposible, hemos borrado definitivamente de nuestro diccionario. ¡Hoy y ahora! (San Josemaría Escrivá).

La misericordia de María adelanta el comienzo de los milagros de Jesús. Su ruego es siempre eficaz. Por eso acudimos a Ella para que nos obtenga de su divino Hijo la gracia de permanecer fieles. Y le decimos: Madre, no permitas que me aleje del buen camino. Si por debilidad esto ocurriera, haz que me convierta enseguida, Y si alguna vez me enfrío, o si se entibia algún rinconcillo de mi corazón, corrígeme enseguida, fomenta mi compunción y mi dolor, y haz que yo ame con más fidelidad.

Compendio de Historia de la Iglesia. Curso 2017-18. Clases de Religión. Lección 6ª (El Patrimonio de San Pedro)

El Patrimonio de San Pedro

¿Cuál es el origen de los Estados Pontificios? En el año 756 el rey franco Pipino el Breve hizo una donación de los territorios conquistados a los lombardos al papa Esteban II, denominándose a partir de entonces Patrimonio de San Pedro. La Donación de Pipino proveyó una base legal para la formación de los Estados Pontificios, que extendían el poder temporal del Papa más allá de la diócesis y el ducado de Roma. En el año 774, el hijo de Pipino, Carlomagno confirmó la donación de su padre.

La existencia de los Estados Pontificios hizo posible que los papas actuaran desde su sede de Roma con independencia territorial.

¿Qué fue el Sacro Imperio Romano? La relación de estrecha amistad entre la Santa Sede y el Reino de los francos tuvo su culminación con la coronación de Carlomagno como emperador de Occidente hecha por el papa san León III en el día de Navidad del año 800. Así, después de más de tres siglos, renacía el Imperio occidental, frente al oriental de Constantinopla. Este nuevo imperio se denominó Sacro Imperio Romano.

Carlomagno llegó a ser de hecho el soberano del Occidente cristiano. El corazón de Europa estaba bajo su dominio. Su mayor deseo fue el buen orden de la Iglesia y realizar una “política cristiana”.

Este “política cristiana” se plasmó en el apoyo y desarrollo de las instituciones religiosas -monacato, escuelas catedralicias y conventuales y asistencia a los fieles- e importantes actividades de evangelización, con la consiguiente creación de nuevas diócesis. También favoreció la fundación de monasterios e iglesias, que se convirtieron en poseedores de grandes dominios administrados con prudencia y para el bien del pueblo. En esta época del imperio cristiano carolingio la vida de piedad se generalizó entre los fieles y se lograron altas cotas de cohesión religiosa y social.

¿Perduró la obra política de Carlomagno? No. Cuando el Carlomagno falleció en el año 814, el imperio se dividió entre sus hijos en diversos reinos y surgió el feudalismo. El sistema feudal se basaba en un contrato, por el cual el rey y los nobles protegían a sus vasallos a cambio de un tributo. El feudalismo marcó la vida de la Edad Media: las gentes del pueblo llano, incapaces de defenderse por sí mismas, buscaron la protección del señor feudal, que era el único poder efectivo y real.

También en la vida religiosa se notó este cambio. Los obispos y abades, enriquecidos y convertidos en señores de grandes territorios, fueron piezas claves de la política de los reinos y del propio Imperio, de modo que sus nombramientos y elecciones superaron el ámbito estrictamente eclesiástico.

Fin último. Filiación divina. Virtudes y dones

Fin último. Filiación divina. Virtudes y dones

Exposición del caso:

Concha tiene una amiga, Dori, bastante alejada de la práctica cristiana. Algunas veces ha intentado que cambie, pero no sólo no le hacía caso, sino que parecía enfadarse al oír hablar de esos temas.

Un día, tras estudiar las dos varias horas en casa de Concha, hablan de muchas cosas, y acaban por tratar del sentido de la vida. Concha le dice que nunca ha querido molestar ni ser pelma, sino que habla de esto porque es amiga suya y quiere para ella lo mejor. Le explica que cree de verdad que sólo Dios da sentido a la vida, que estamos hechos para amar a Dios, que es nuestro Padre; que sólo viviendo en gracia y esforzándonos por quererle somos felices; y que, aunque a primera vista sea muy costoso, la ayuda de Dios nunca falta y “al final resulta que no es para tanto”.

Dori le agradeció de verdad el interés que se tomaba por ella y le dijo que le iba a contar lo que le pasa por ser su amiga, pues nunca lo había hablado con nadie. Resulta que su padre era una persona insoportable, y durante años había hecho insufrible la convivencia familiar, hasta que al fin se fue de casa, dejando a su madre mal de los nervios. Cada vez que pensaba en su padre, “sentía un rechazo, que no podía evitar por mucho que lo intentara”. Pensaba que le odiaba. Había intentado olvidarlo algunas veces, e incluso había ido a confesarse, pero sólo le decían que perdonase, y entonces el tema volvía a su cabeza, si cabe con más fuerza, y sólo había conseguido empeorar la situación. Incluso recordaba una vez que, yendo a comulgar inmediatamente después de confesarse, de repente le apareció en la imaginación la cara de su padre, y acabó por salirse de la fila. Por eso había acabado “mandándolo todo a paseo”.

Añadió que comprendía que Concha viviese como lo hacía, con una familia normal y sin problemas, pero que para ella era imposible, y no se le podía acusar de no haberlo intentado. Además, cuando le había dicho que Dios es nuestro Padre le había dado un escalofrío al oír la palabra “padre”: “fíjate, que hasta a veces pienso que no me quiero casar nunca para que mis hijos, si es que tengo, no tengan padre”. Si Dios de verdad quería y esperaba de ella lo que Concha decía, no entendía por qué permitía que le pasara eso y no la ayudaba: “a ti ya se ve que cada vez vas mejor, pero lo que es a mí…; y no me quiero proponer nada serio porque no tengo fuerzas para nada, ni para estudiar: la cabeza se me va a otro sitio”. Total, que por eso estaba así: ya no se fiaba de nada ni de nadie.

Concha se quedó helada cuando oyó todo eso. No se esperaba una cosa así, y no supo qué decir. Al final, le comentó que necesitaba pensar en todo lo que le había dicho, y ya le contestaría más adelante.

Preguntas que se formulan:

-¿Qué significa que el cristiano es hijo de Dios? ¿Puede decirse que el fundamento para una vida cristiana está en confiar en Dios? ¿Por qué? ¿Qué motivos hay para esa confianza?

-¿La llamada por Dios a la santidad es para todos, sin excepciones? ¿Cuál es el motivo?

-¿Puedes apreciar alguna influencia de mundo, demonio y carne en la situación expuesta?

-¿Hay alguna diferencia entre “sentir un rechazo” y odiar? ¿Qué diferencia hay entre una pasión y un acto malo? ¿Y entre sentir y consentir? ¿Pueden dominarse las pasiones, incluso en un caso como éste? ¿Cómo?

-¿Es desde un punto de vista humano insuperable esta situación? ¿La gracia altera de alguna manera la respuesta a esa pregunta? ¿Cómo? ¿La existencia de la gracia da pie para poder explicar por qué Dios tolera males? ¿Qué significa tener visión humana y visión sobrenatural en este caso?

-¿De verdad puede decirse que Dori puso todos los medios? ¿Cuáles son los medios sobrenaturales imprescindibles?

-¿A qué se debe que a Dori le falten las fuerzas para afrontar cualquier esfuerzo? ¿Y que Concha cada vez vaya mejor se debe sólo a sus circunstancias favorables y el crecimiento natural?

-¿Qué responderías al oír una situación como ésta?

Bibliografía

Vid. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 407-412, 460, 654, 897-913, 1716-1724, 1803-1804, 1812-1813, 1830-1832, 2012-2016.

Comentario:

Concha es prudente cuando dice que necesita tiempo para pensar las cosas y dar una respuesta. La precipitación es mala consejera. Si medita -que es algo más que pensar- en la situación, quizás vería que es una buena oportunidad para darle la vuelta al planteamiento de su amiga.

En el caso anterior veíamos que todos los hombres tienen una dignidad, conforme a la cual deben vivir, por tener una naturaleza que les hace ser personas. Pero resulta que tenemos una dignidad aún mayor, que nos viene por el bautismo: la condición de hijos de Dios. Es una dignidad de la que puede decirse que es más divina que humana, ya que no se trata sólo de un título -el de adopción-, sino de una verdadera participación de la naturaleza y la vida divinas. La gracia, infundida en nuestras almas, hace posible esta realidad. Claro está que esto trae consigo nuevas responsabilidades: el deber de vivir como hijos de Dios. Esto hace que la moral cristiana añada una nueva dimensión a la que podríamos llamar “moral natural”, sin negar ninguna de las exigencias de ésta, pues la condición de hijos de Dios no anula -al revés, dignifica- nuestra condición humana.

La adopción es un hecho singular, como singular es para cada uno el bautismo, por el cual Dios nos adopta. Esto quiere decir que Dios nos acoge, nos acepta, nos llama, uno a uno: es la llamada divina para cada hombre y mujer, la vocación cristiana. Es singular… y es universal, porque a todos invita a ser hijos. En el caso expuesto, habría que explicar a Dori que ese rechazo hacia su padre es comprensible, pero que no puede extenderlo a todo padre; al revés, no tendría ese rechazo tan fuerte de haberse tratado de un extraño, precisamente porque de un padre cabía esperar otro tipo de comportamiento.

Con otras palabras, la aversión no nace por tratarse de su padre, sino por haber defraudado como padre. Pues bien, gracias a la fe que conserva -se nota que la conserva-, debe entender que Dios es un Padre que no defrauda, que no puede defraudar, que tiene preparado lo mejor para sus hijos; que, como buen Padre, nos va divinizando con la gracia y nos reserva lugar en su propia casa -el cielo-, para disfrutar eternamente, sobre todo de Él mismo: algo que sólo un hijo podría esperar. El que un mal padre haya podido causarle tanto daño pone de manifiesto la necesidad que tenía de un buen padre. Y lo mismo sucede en la vida espiritual, sólo que en este caso no se debe a unas lamentables circunstancias exteriores, sino al abandono propio. Si un padre poco ejemplar puede hacerle mal, cuánto bien podrá hacerle un buen padre. Y si ese padre es nada menos que Dios…

A primera vista, puede parecer que el título de “padre” aplicado a Dios corresponde al Creador con respecto a sus criaturas, al menos cuando éstas tienen, como el hombre, espíritu. Pero esto no es a lo que se refiere el cristianismo cuando habla de Dios como Padre. Hay algo más, y aun más importante. Se trata de la adopción divina, y su consecuencia en el hombre: la filiación adoptiva. Dios nos ha adoptado como hijos. Pero el concepto de “adopción” puede dar lugar a equívocos. No se trata de una adopción como las que hay en el mundo. En éstas, no cabe más que algo externo: se considera a una persona como hija de otra, cuando en realidad no lo es. Dios puede hacer más, y nos hace verdaderamente hijos: recibimos en lo más íntimo una realidad divina, que nos da una semejanza con Dios mismo: es la gracia santificante, que recibimos por primera vez en el Bautismo. Jesucristo nos la consiguió.

La condición de hijos nos permite darnos cuenta de la confianza que debemos poner en Dios y la confianza con la que debemos tratarle: la propia de hijos. También nos explica la exigencia de la vida cristiana: la propia de hijos de Dios. Así, el “sed, pues, vosotros perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto” (Mt 5, 48) no indica sólo un término de comparación, sino también el motivo: los hijos se deben parecer a su Padre. La condición de hijos es la razón de la llamada universal a la santidad.

Pues bien, alcanzar esta plenitud de vida divina, destino eterno del hombre, pasa a ser para los hijos de Dios su fin último, lo que da sentido a sus vidas.

Dori replica que si Dios es su padre no puede comprender cómo permite que le suceda lo que le ha sucedido. Es comprensible. No nos detendremos mucho en este problema, porque ya fue examinado al estudiar el caso sobre la naturaleza de Dios. Para intentar entenderlo, hay que pensar en primer lugar en la desproporción entre el sufrimiento que pueda haber aquí y la gloria que nos espera; aunque sólo fuera por la eternidad de esta última, ya nos podemos dar cuenta de que lo que se puede padecer aquí es poco en comparación con el gozo sin fin. Cuando se sufre por alcanzar algo que vale la pena, una vez alcanzado se olvida uno de lo que le ha costado, o, si se acuerda, suele ser para estar orgulloso de ello. Piénsese, por ejemplo, en una asignatura difícil. Y ya hemos tratado anteriormente del valor redentor del sufrimiento humano: es una invitación a asociarnos a la Cruz del Señor… para asociarnos después a su gloria. Además, la providencia divina aprovecha esas situaciones difíciles para acercar a las almas hacia Sí: una invitación a buscar en Dios el refugio y la fortaleza que necesitamos. Se podrá contestar que todo esto es cierto, pero que también lo es que eso no se suele pensar en el trance del sufrimiento, sino después, cuando ha acabado. Es verdad, pero aquí es donde hay que pedir -a Dori, en el caso expuesto- un voto de confianza: de fe y de esperanza.

Dori, con todo, piensa que eso, dada su situación, es imposible, y que además no se puede decir que no lo haya intentado. ¿Y no es verdad? ¿Remontar esa situación no es algo que supera sus fuerzas humanas? Sí… y no. Tal como se formula la pregunta, sí: supera sus fuerzas humanas. Pero no son las únicas con las que cuenta. Dios nos pide vivir como hijos suyos -nos pide que seamos santos: “sed pues perfectos como perfecto es vuestro Padre celestial” (Mt 5, 48)-, y eso supera nuestras posibilidades humanas. Sin embargo, junto con la nueva meta nos proporciona los medios para conseguirla: la gracia lleva consigo una ayuda divina, que se concreta en las virtudes infusas y en los dones del Espíritu Santo. Y “fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas” (1 Co 10, 13). O sea, que lo que resulta inalcanzable con las solas fuerzas humanas, resulta asequible si se ponen los medios sobrenaturales. Éstos son sobre todo la frecuencia de sacramentos y la oración. Lo que dice Concha es cierto: lo que parece insuperable, acudiendo a la gracia y con un poco de paciencia, acaba por “no ser para tanto”. Y esto, claro está, no depende de las circunstancias.

De todas formas, tampoco hay que olvidar que entre los medios con que cuenta la providencia divina se encuentran “los demás”: Dios cuenta con nosotros como instrumentos suyos, la ayuda que podemos dar forma parte de los planes divinos de salvación. De ahí la responsabilidad que tenemos de responder a nuestra llamada divina, pues no sólo abarca nuestra vida, sino también las vidas ajenas. Lo que Dori oía en el confesonario era, sin lugar a dudas, correcto. Pero resultaba insuficiente: era indicarle qué tenía que hacer, pero no cómo debía hacerlo. Y el resultado era aumentar su desasosiego. Por fortuna, su amiga Concha resultó ser más positiva. Aunque, claro está, deberá saber seguir bien lo que tan bien ha comenzado. Por ser amiga y plantear las cosas de un modo tan esperanzador, ganó la confianza de su amiga, y con ello el primer paso para salir del problema. Porque ese encerrarse en sí misma sin confiar en nadie sólo podía conducir a donde estaba conduciendo: un progresivo deterioro, no sólo de lo sobrenatural, sino también de lo humano. Quizás fuera un poco inmodesto que Concha lo dijera a su amiga, pero lo cierto es que en esa “ayuda de Dios que nunca falta” estaba incluida… ella.

Es claro, por tanto, que la vida cristiana es exigente, muy exigente; carecería de sentido negarlo. Ahora bien, ¿tiene razón Concha al decir que, aunque a primera vista sea muy costoso, “al final resulta que no es para tanto”? Sí: bien interpretado, es la verdad. De entrada aparece como muy costoso, porque se ve con más facilidad lo que se nos pide que la ayuda que se nos proporciona para conseguirlo. Con esa ayuda, aunque no sea fácil siempre está al alcance de la mano. Esa ayuda es invisible, pero eficaz: esa misma gracia que nos hace hijos de Dios, nos proporciona también ayuda para portarnos como tales. Por eso, entre otras razones, es importantísimo vivir en gracia de Dios: sin ella, la vida cristiana se hace inasequible; con ella, si no falta el esfuerzo por nuestra parte, se avanza. Por eso Dori puede ver en su amiga que cada vez va mejor. Lo que no entiende es que no es un asunto de puras fuerzas humanas, de pura voluntad. Le falta “ver” la gracia: falta visión sobrenatural.

Hay, sin lugar a dudas, obstáculos; en esta lucha hay también enemigos. Tradicionalmente se los enumeraba como “mundo, demonio y carne”. No son “las circunstancias”, de modo impersonal, lo que dificulta la vida de la gracia. El enemigo es siempre personal: las palabras citadas corresponden al demonio, a los demás y a uno mismo.

La palabra “mundo” puede tomarse con varios significados. En el caso que nos ocupa tiene un sentido bastante negativo, y se refiere al ambiente humano que incita al pecado, algo, por desgracia, muy frecuente en todas las épocas. Es el ambiente que nos rodea, que debería incitar al bien, pero muchas veces incita al mal. En este caso viene representado por uno de los ambientes más influyentes en las personas: el familiar. Salta a la vista la diferencia entre una y otra de las chicas en este aspecto. Y las distintas consecuencias.

El demonio existe, y actúa. Lo suyo es tentar al mal, sobre todo con imágenes, porque tiene acceso -el que Dios le permite- a la imaginación, pero no a la voluntad. El demonio, como ya se ha visto en otro caso, es un ser personal, un ángel caído. Tiene el poder que Dios le permite tener. Lo que puede hacer es tentar, presentar en nuestra imaginación un mal. Es difícil medir su actuación, pues entran en juego otros factores que también invitan al mal, pero lo cierto es que cumple su papel, y tienta: ¡tentó al mismísimo Jesucristo! No es fácil calibrar en qué medida actúa y en qué medida es nuestra propia inclinación al mal la causante de nuestras tentaciones. Normalmente actúa con el suficiente disimulo como para no dejarse reconocer, pero en este caso, sin embargo, se ha incluido algo que difícilmente puede achacarse a nuestra concupiscencia y tiene en cambio un típico “tufillo” satánico: esa imagen que aparece bruscamente en la fila de la comunión justo después de la confesión, a que alude Dori.

Queda “la carne”, que no tiene el exclusivo sentido de sensualidad: se refiere a ese desorden interior, herencia del pecado original, que empuja hacia el mal. Nuestras pasiones, después del pecado original tienden al descontrol, y con él al mal. Aquí la pasión es el odio, que parece incontrolado. Lo es hasta cierto punto. Porque el caso es que Dori parece tener poco en cuenta la distinción entre sentir y consentir, y que el mal -lo inmoral- es lo segundo, pero no lo primero. De lo primero es responsable la pasión, de lo segundo la voluntad. Distinguir ambas cosas hubiera ayudado bastante a Dori, pues no se hubiera atormentado tanto y así hubiera sido más fácil superar la situación. De todas formas, en la formulación clásica de los obstáculos de la vida cristiana, éste es el peor formulado. No toda inclinación al mal proviene de las tendencias corporales. Peor que ellas es la soberbia, el orgulloso deseo de anteponer la afirmación del “yo” a toda otra cosa, a los demás y a Dios. También es patente cómo el ambiente, en este caso el familiar, repercute negativamente.

Es de particular interés, tanto para la formación como para la tranquilidad de conciencia, distinguir entre una tentación y un pecado. La primera “se siente”, el segundo “se consiente”. No hay pecado sin consentimiento -y, para que sea grave, se requiere clara advertencia y pleno consentimiento: un acto plenamente libre-, por tremendo que pueda ser lo que se nos pueda pasar por la cabeza. Equivocarse en este sentido -normalmente, es por falta de formación-, puede traer muy malas consecuencias, como lo puede ser rendirse ante la tentación por considerar que el pecado es inevitable. Es lo que le ha ocurrido a Dori, en este caso con el odio. Para que éste sea un pecado no basta “sentir” odio, sino aceptarlo voluntariamente, que no es lo mismo. Lo primero puede ser incontrolable, pero no así lo segundo. Formarse bien en este sentido no sólo es moralmente bueno, sino también psicológicamente: como se ve en el caso de Dori, errores de este tipo pueden propiciar fácilmente ideas obsesivas.

Por lo demás, es claro que Concha lo hizo muy bien. Además, fue prudente: en una situación tan delicada como la que oye, si no se sabe muy bien qué decir, más vale pensar un poco las cosas y contestar más adelante que precipitarse diciendo lo primero que viene a la cabeza, con el riesgo de que resulte contraproducente. En realidad, no es muy difícil de contestar la cuestión. Lo que debe explicar es lo mismo que le había dicho antes, sólo que con algo más de detalle y aplicado a sus circunstancias. E insistir. Por supuesto, huelga decir que recomendar una buena dirección espiritual es -al menos en este caso- más una necesidad que una simple conveniencia.

Una última consideración nos permitirá ver aún mejor cómo Dios es un Padre que quiere y se preocupa por sus hijos. Dori necesita ayuda, pero está cerrada a la gracia. Se queja de que Dios no la ayuda. Pero no tiene razón. No sólo le envía ayudas interiores (las llamadas “gracias actuales”). Necesita a alguien, y por eso Dios le envía… a Concha.