Domingo XIV del Tiempo Ordinario. Homilía

Regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, hija de Jerusalén, mira, tu rey viene hacia ti, es justo y victorioso, montado sobre un asno, sobre un borrico, cría de asna (Zc 9, 9). Estas palabras es una profecía sobre el Mesías. El profeta Zacarías habla a Jerusalén (hija de Sión) y a sus habitantes (hija de Jerusalén) como representantes de todo el pueblo elegido. Invita al regocijo y a cantar de júbilo para celebrar la llegada de los tiempos mesiánicos. Llega a Jerusalén su rey, descendiente de David. Es un rey justo porque cumple perfectamente la voluntad de Dios. Y es victorioso porque goza de la protección y salvación divinas. Ese rey era el Salvador, según el profeta Isaías: Decid a la hija de Sión: Mira que llega tu salvador (Is 62, 11). Es además “humilde” y “pacífico”, pues no aparece montado a caballo con manifestación de poder como los reyes de la antigüedad. Los rasgos de este rey son semejantes a los del “siervo de Yavé” del que hablaba Isaías.

Nuestro Señor Jesucristo cumplió esta profecía cuando entró en Jerusalén antes de la Pascua y fue aclamado por la multitud como el Mesías, el Hijo de David. Y dice el Catecismo de la Iglesia Católica: El “Rey de la Gloria” entra en su ciudad “montado en un asno”: no conquista a la hija de Sión, figura de su Iglesia, ni por la astucia ni por la violencia, sino por la humildad que da testimonio de la Verdad (n. 559).

Clemente de Alejandría se fija en la repetición: sobre un asno, sobre un borrico. Y en sentido alegórico entiende la referencia al joven pollino como alusión a los hombres no sujetos al mal: No era suficiente decir sólo “pollino” (asno), sino que ha añadido “joven” (borrico), para destacar la juventud de la humanidad en Cristo, su eterna juventud en la sencillez. Y habría que mencionar la juventud de la Esposa de Cristo, la Iglesia. El papa beato Pablo VI en un quirógrafo a san Josemaría Escrivá hizo alusión a la juventud de la Iglesia, al referirse a la fundación del Opus Dei: La Institución, nacida en este tiempo nuestro como expresión de la perenne juventud de la Iglesia. Y años más tarde, el papa Benedicto XVI, en la homilía que pronunció en la Misa del inicio de su Pontificado, dijo: La Iglesia está viva. Y la Iglesia es joven.

Anunciará la paz a las naciones y su dominio se extenderá de mar a mar y desde el Río hasta los confines de la tierra (Za 9, 10). Cristo es Príncipe de la paz (Is 9, 5), de esa paz que sólo Dios, por medio de Jesucristo, nos puede dar; la paz que es obra de la justicia, de la verdad, del amor, de la solidaridad; la paz que los pueblos sólo gozan cuando siguen los dictados de la ley de Dios; la paz que hace sentirse a los hombres y a los pueblos hermanos unos con otros.

Cristo es nuestra paz. Él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa (Ef 2, 14). En los comienzos del tercer milenio, que tantas esperanzas ha despertado, existe la amenaza tenebrosa de la violencia y de la guerra. El divino Niño nacido en Belén lleva en sus pequeñas manos, como un don, el secreto de la paz para la humanidad. ¡Él es el Príncipe de la paz!

La paz sobre la tierra, nacida del amor al prójimo, es imagen y efecto de la paz de Cristo, que procede de Dios Padre. En efecto, el propio Hijo encarnado, Príncipe de la paz, ha reconciliado con Dios a todos los hombres por medio de su cruz (…), ha dado muerte al odio en su propia carne y, después del triunfo de su resurrección, ha infundido el Espíritu de amor en el corazón de los hombres (Concilio Vaticano II, Constitución Gaudium et spes, n. 78).

Si la paz es anhelo de todas las personas de buena voluntad, para los discípulos de Cristo es mandato permanente que compromete a todos; es misión exigente que los impulsa a anunciar y testimoniar “el evangelio de la paz”, proclamando que el reconocimiento de la plena verdad de Dios es condición previa e indispensable para la consolidación de la verdad de la paz. Hay que ser, en expresión de san Josemaría Escrivá, sembradores de paz y de alegría.

Jesucristo es Rey. Él mismo lo proclamó delante de Poncio Pilato: Yo soy Rey (Jn 18, 37). Jesús se llena de gozo por los que le aceptan como Rey y Mesías, por los que creen en Él, la gente sencilla y humilde, que no confía en su propia sabiduría, que no se estiman a sí mismos por prudentes y sabios. Son todos aquellos que escuchan la voz. Y este gozo hace exclamar al Señor: Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños (Mt 11, 25). Jesús nos anuncia su Reino, el reino de los Cielos, el Reino de Dios, porque así le ha parecido bien a Dios Padre… y nos da a conocer al Padre. Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo (Mt 11, 27).

Recibamos todo lo que Cristo nos ha revelado con humildad. La fe es la respuesta del hombre a Dios que se revela y se entrega a él, dando al mismo tiempo una luz sobreabundante al hombre que busca el sentido último de su vida. Para creer es necesario ser humilde, porque por la fe el hombre somete completamente su inteligencia y su voluntad a Dios. Con todo su ser, el hombre da su asentimiento a Dios que revela. La fe” es la humildad de la razón, que renuncia a su propio criterio y se postra ante los juicios y la autoridad de la Iglesia (Surco, n. 259). Sin humildad no hay virtud. El Santo Cura de Ars lo expresó así: La humildad es en las virtudes lo que la cadena en los rosarios: quitad la cadena, y todos los granos caen; quitad la humildad, y todas las virtudes desaparecen.

Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontrareis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga ligera (Mt 11, 28-30). El “yugo” era una palabra que se utilizaba para referirse a la Ley de Moisés, que con el paso del tiempo se había sobrecargado de minuciosas prácticas insoportables y, a cambio no daba la paz del corazón. San Pedro hace referencia a este “yugo” en el Concilio de Jerusalén: ¿Por qué tentáis ahora a Dios imponiendo sobre los hombros de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros pudimos llevar? (Hch 15, 10). Sin embargo, el yugo del Señor es suave porque está hecho con vínculos de afecto…, con lazos de amor. La carga de Cristo alivia el peso de nuestras miserias, nos da alas para volar hacia Dios.

Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón. Estas palabras de Cristo nos invitan a imitarle en la mansedumbre y humildad de corazón. Toda su vida es un ejemplo de humildad. Antes de su Pasión, quiso dejarnos un ejemplo bien gráfico de humildad: el lavatorio de los pies. Después de lavar los pies a sus discípulos, tarea reservada para los siervos y criados, Jesús dijo a sus Apóstoles: ¿Entendéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque de verdad lo soy. Si yo, pues, os he lavado los pies, siendo vuestro Señor y Maestro, también habéis de lavaros vosotros los pies unos a otros. Porque yo os he dado el ejemplo, para que vosotros hagáis también como yo he hecho (Jn 13, 12-16).

La humildad es la verdad, y hace que el cristiano conozca su miseria, su condición pecadora, pero también su grandeza de hijos de Dios. La persona humilde reconoce lo que hay de bueno, pero también lo que hay de malo, valorando con verdad lo uno y lo otro. Sabe que en su vida hay cualidades y dones, pero los agradece a Dios. Lejos de vanagloriarse, piensa que otros hubieran correspondido a esos dones mucho mejor y les hubieran sacado mayor partido. No hay pecado ni crimen cometido por otro hombre, que yo no sea capaz de cometer por razón de mi fragilidad, y si aún no lo he cometido, es porque Dios, en su misericordia, no lo ha permitido y me ha preservado en el bien (San Agustín).

Lo opuesto a la humildad es la soberbia. El soberbio confía sólo en sí mismo, pero no consigue nada. Se ha olvidado de las palabras de Cristo: Sin Mí nada podéis hacer (Jn 15, 5). Con Dios, sí que podemos: Todo lo puedo en Aquél que me conforta (Flp 4, 13). La soberbia hace que no se reconozca los pecados. El soberbio no se reconoce como pecador y, por tanto, no ve la necesidad de arrepentirse. Es humano que el hombre, habiendo pecado, lo reconozca y pida misericordia. Es inaceptable que se haga de la propia debilidad el criterio de la verdad para justificarse a uno mismo. (San Juan Pablo II). Cuidado con la soberbia. El pecado del ángel caído fue de soberbia. El pecado de nuestros primeros padres también fue de soberbia. Estemos atentos para que no se meta en nuestra vida la vanidad, el orgullo, el amor propio, la soberbia.

Con humildad acogeremos la palabra de Dios, esa palabra que nos hará vivir según el Espíritu. Lo dijo san Pablo: Vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en vosotros (Rm 8, 9). Con fe y humildad abrimos las puertas de nuestro corazón a Dios. Y si alguien no deja entrar en su vida a Dios, no quiere que Jesús reine en su corazón, ese no tiene el Espíritu de Cristo, ése no es de Él, y vivirá según la carne.

El Apóstol especifica dos maneras en las que se puede vivir en este mundo. La primera es la vida según el Espíritu, en la cual se busca a Dios por encima de todas las cosas y se lucha, con la ayuda de la gracia divina contra las inclinaciones de la concupiscencia. Esta vida no se reduce al mero estar pasivos y a unas cuantas prácticas piadosas, sino que es un vivir según Dios que informa la conducta del cristiano: pensamientos, anhelos, deseos y obras se ajustan a lo que el Señor nos pide en cada instante y se realizan al impulso del Espíritu Santo.

La segunda es la vida según la carne, por la que el hombre se deja vencer por las pasiones. Le pedimos al Señor su gracia y fortaleza para no caer en este modo de vida, que aleja de Dios y conduce a la muerte, como advierte san Pablo: Porque si vivís según la carne, moriréis (Rm 8, 13). ¿A qué muerte? Como todos los hombres mueren, no se trata de la muerte del cuerpo, sino que la muerte a la que se refiere el Apóstol es la muerte eterna.

Es necesario someterse al Espíritu -comenta san Juan Crisóstomo-, entregarnos de corazón y esforzarnos por mantener la carne en el puesto que le corresponde. De esta forma nuestra carne se volverá espiritual. Por el contrario, si cedemos a la vida cómoda, ésta haría descender nuestra alma al nivel de la carne y la volvería carnal. Con el Espíritu se pertenece a Cristo, se le posee. Con el Espíritu se crucifica la carne, se gusta de una vida inmortal. En el que vive según el Espíritu, vive Cristo mismo y, por eso, puede esperar con certeza su futura resurrección. Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el mismo que resucitó a Cristo de entre los muertos dará vida también a vuestros cuerpos mortales por medio de su Espíritu, que habita en vosotros (Rm 8, 11). .

Abramos nuestro corazón a ese Rey que viene a nosotros con mansedumbre y humildad, acojamos su amor misericordioso y dejemos que Él ilumine con la Verdad que nos ha revelado nuestra mente y acaricie con su gracia nuestro corazón. Y así viviremos según el Espíritu.

Con la ayuda maternal de Santa María deseamos ser sembradores de paz, tras las huellas de Cristo, Príncipe de la paz. Siguiendo el ejemplo de la Virgen Santísima, queremos dejarnos guiar siempre y sólo por Jesucristo, Rey del Universo.

Solemnidad de San Pedro y San Pablo. Homilía

En aquel tiempo prendió el rey Herodes a algunos de la Iglesia para maltratarlos (Hch 12, 1). Con estas palabras san Lucas inicia la narración de la persecución de la Iglesia por el rey Herodes Agripa I. Esta nueva persecución contra la comunidad cristiana de Jerusalén fue más amplia y generalizada que las crisis anteriores. Los cristianos de la Ciudad Santa son perseguidos por el nieto de Herodes el Grande (el de la matanza de los santos inocentes) por el deseo de congraciarse con los fariseos. Por eso los discípulos de Cristo son entregados por el Herodes al resentimiento y animosidad crecientes de autoridades y pueblo judío.

Parte del relato de esta persecución (muerte del apóstol Santiago y prisión de san Pedro) es la primera lectura de la Misa de la Solemnidad de san Pedro y san Pablo. Estando el Príncipe de los Apóstoles encarcelado la Iglesia oraba insistentemente por él a Dios (Hch 12, 5). San Juan Crisóstomo, comentando este hecho, dice en una de sus homilías: Observad los sentimientos de los fieles hacia sus pastores. No recurren a disturbios ni a rebeldía, sino a la oración, que es el remedio invencible. No dicen: hombres insignificantes como somos, es inútil que oremos por él. Rezaban por amor y no pensaban nada semejante. ¿Veis lo que hacían los perseguidores sin pretenderlo? Hacían a unos más firmes en las pruebas y a otros más celosos y amantes. Aquellos cristianos de la primitiva Iglesia de Jerusalén conocían las palabras del Señor acerca de la oración perseverante. Por eso rezan. Y el autor sagrado pone de manifiesto la eficacia que Dios concede a la oración de toda la comunidad en favor de Pedro. El Señor desea que sus designios providentes de salvar a Simón Pedro para bien de la Iglesia sean como una respuesta a los ruegos confiados de los cristianos.

El Señor asiste a Pedro mediante la acción poderosa de un ángel. De pronto se presentó el Ángel del Señor y la celda se llenó de luz. Le dio el ángel a Pedro en el costado, le despertó y le dijo: “Levántate aprisa”. Y cayeron las cadenas de sus manos. Le dijo el ángel: “Cíñete y cálzate las sandalias”. Así lo hizo. Añadió: “Ponte el manto y sígueme”. Y salió siguiéndole. No acababa de darse cuenta de que era verdad cuanto hacía el ángel, sino que se figuraba ver una visión. Pasaron la primera y segunda guardia y llegaron a la puerta de hierro que daba a la ciudad. Esta se les abrió por sí misma. Salieron y anduvieron hasta el final de una calle. Y de pronto el ángel le dejó (Hch 12, 7-10). Del mismo modo que un ángel libró a san Pedro de la cárcel, el Espíritu Santo lo sacó de Jerusalén y lo condujo a Roma para que en la capital del Imperio fijara su sede, en cumplimiento de un designio de la Divina Providencia.

Los sucesores de Pedro en la sede romana tienen la misma misión que el Apóstol: la de hacer las veces de Cristo en la tierra. Igual que aquellos primeros cristianos de Jerusalén oraron por Pedro, los católicos debemos rezar por el Papa, que es uno de los deberes más gratos de nuestra caridad de cristianos. Cuando el cardenal Ratzinger fue elegido Papa, sus primeras palabras dirigidas a los fieles fue para pedir que se rezara por él. Al inicio de mi ministerio como Sucesor de Pedro he sentido asombro y gratitud a Dios, que me ha sorprendido ante todo a mí mismo al llamarme a esta gran responsabilidad. Pero también me da serenidad y alegría la certeza de su ayuda y la de su Madre santísima. Me siento apoyado además por la cercanía espiritual de todo el Pueblo de Dios, al cual pido que me siga acompañando con su oración (Benedicto XVI).

También el papa Francisco pidió oraciones. Después de dirigir unas palabras a la multitud congregada en la Plaza de San Pedro, dijo: Ahora quisiera dar la Bendición, pero antes, antes, os pido un favor: antes que el Obispo bendiga al pueblo, os pido que vosotros recéis para el que Señor me bendiga: la oración del pueblo, pidiendo la Bendición para su Obispo. Hagamos en silencio esta oración de vosotros por mí… Por tanto, recemos y hagamos rezar a mucha gente por el Papa; que pueda contar también con la oración de los niños y los enfermos, que tan grata es a Dios y tan derechamente sube hasta el corazón de Cristo. Amamos con toda el alma al Papa, sea quien sea, porque es el Vicario de Cristo, ese cariño y veneración han de manifestarse con mucha oración y mucha mortificación por la persona, la salud y las intenciones del actual Romano Pontífice (Javier Echevarría).

Pedro no vino a Roma por capricho, sino por voluntad de Dios. La romanidad constituye una nota de la única y verdadera Iglesia Católica. También el apóstol Pablo vino a Roma. Los dos apóstoles coincidieron en la Urbe, que de caput mundi, cabeza del mundo, se convirtió en caput Ecclesiae, cabeza de la Iglesia. Y los dos derramaron su sangre por Cristo durante la persecución del emperador Nerón. Por eso la liturgia de la Iglesia celebra en el mismo día a los dos apóstoles que en Roma sufrieron el martirio.

San Pablo, estando prisionero en Roma, poco antes de su martirio, escribió una segunda carta a Timoteo. En ella contempla la proximidad de su muerte, hace un balance de su vida entregada al Evangelio y manifiesta su esperanza del Cielo; y lo expresa con rasgos líricos. Porque yo estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente. He competido en la noble competición, he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe. Y desde ahora me aguarda la corona de la justicia que aquel Día me entregará el Señor, el justo Juez; y no solamente a mí, sino también a todos los que hayan esperado con amor su venida (2 Tm 4, 6-8). Las imágenes que utiliza el Apóstol ponen de manifiesto su propia experiencia y su fe profundamente vivida: la muerte es una ofrenda a Dios, semejante a las libaciones de aceite que se hacían sobre el altar de los sacrificios; es el inicio de un viaje, preparado con la minuciosidad de los marineros, levando anclas y desplegando velas, pues todo eso significa el momento de mi partida.

La vida cristiana es como una magnífica competición contemplada y juzgada por Dios mismo; el apóstol Pablo la presenta como un deporte sobrenatural: las “carreras” expresan el esfuerzo continuo por alcanzar la perfección; la preparación para la lucha atlética es imagen de la práctica de la mortificación; el “combate” indica la lucha que se requiere para resistir al pecado, incluso aunque, en momentos de persecución, esto suponga perder la vida. El premio por llegar a la meta es una corona gloriosa que no se marchita sino que brillará eternamente en el Cielo. Este premio es para todos los cristianos que perseveran fieles.

El Señor me asistió y me dio fuerzas para que, por mi medio, se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todos los gentiles. Y fui librado de la boca del león. El Señor me librará de toda obra mala y me salvará guardándome para su Reino celestial (2 Tm 4, 17-18). La perseverancia en el bien es un don gratuito de Dios; con su gracia nos libra del pecado. El Apóstol de los gentiles es consciente del martirio que vislumbra inminente, pero expresa su esperanza en que Dios le mantendrá firme en toda tentación, y finalmente le concederá el premio de la vida eterna. El encuentro con Jesús en el camino de Damasco transformó radicalmente la vida de san Pablo. A partir de entonces, el significado de su existencia no consiste ya en confiar en sus propias fuerzas para observar escrupulosamente la Ley, sino en la adhesión total de sí mismo al amor gratuito e inmerecido de Dios, a Jesucristo crucificado y resucitado (Papa Francisco). Pidamos a Dios la gracia de la perseverancia final.

El pasaje evangélico que se lee en la Misa es el de la confesión en la divinidad de Jesucristo que hizo san Pedro en Cesárea de Filipo. Jesús pregunta a sus discípulos: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? (Mt 16, 13). Ésta es la pregunta más importante, con la que Jesús se dirige directamente a aquellos que lo han seguido, para verificar su fe. Los Apóstoles respondieron: Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas (Mt 16, 14). Una vez que los discípulos le dijeron lo que la gente pensaba de Él, Jesús les dijo:“Y vosotros ¿quién decís que soy yo?” Simón Pedro contestó: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 15-16). Al oír la respuesta que le dio Simón Pedro, en nombre de los Doce, el Señor llamó bienaventurado a Pedro por su fe, reconociendo en ella un don especial del Padre. Además le dice: Y Yo te digo a ti que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella (Mt 16, 18). Con estas palabras Cristo prometió a san Pedro el Primado sobre la Iglesia. Después de su Resurrección, el Señor confirió a Simón, hijo de Juan, el Primado jerárquico, constituyéndole en jefe de los Apóstoles y Cabeza visible del nuevo Pueblo de Dios.

Jesús le da a Simón un nuevo nombre: “Pedro”, que en la lengua aramea suena Kefa, una palabra que significa “roca”. En la Biblia este término, “roca”, se refiere a Dios. Jesús lo asigna a Simón no por sus cualidades o sus méritos humanos, sino por su fe genuina y firme, que le es dada de lo alto.

La profesión de fe de Pedro y la consiguiente misión confiada por Jesús nos muestra que la vida de Simón -como la vida de cada uno de nosotros- se abre, y florece plenamente, cuando acoge de Dios la gracia de la fe. Entonces, Simón se pone en camino -un camino largo y duro- que le llevará a salir de sí mismo, de sus seguridades humanas, sobre todo de su orgullo mezclado con valentía y con generoso altruismo. En este camino de su liberación, es decisiva la oración de Jesús: “Yo he pedido por ti (Simón), para que tu fe no se apague” (Lc 22, 32). Es igualmente decisiva la mirada llena de compasión del Señor después de que Pedro le hubiera negado tres veces: una mirada que toca el corazón y disuelve las lágrimas de arrepentimiento. Entonces Simón Pedro fue liberado de la prisión de su ego orgulloso, de su ego miedoso, y superó la tentación de cerrarse a llamada de Jesús a seguirle por el camino de la cruz. Seguir a Jesús significa tomar la propia cruz, lo cual conduce a la verdadera libertad, que nos libera del egoísmo y del pecado. Se trata de realizar un neto rechazo de esa mentalidad mundana. Jesús nos invita a perder la propia vida por Él, por el Evangelio (Papa Francisco).

Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella, porque Cristo mismo vive en la Iglesia. A veces se ha comparado a la Iglesia a una barca sacudida por el oleaje y los vendavales de la historia; pero en esa barca es Jesucristo quien lleva el timón, y así conduce a los creyentes al puerto seguro de la nueva vida. Todo lo demás, todo lo humano pasa; pero la Iglesia permanece siempre idéntica a sí misma, como Cristo la quiso. Cristo está presente, y la barca no se puede hundir, aunque, a veces, se vea zarandeada de un lado para otro. Esta asistencia divina es lo que hace inquebrantable nuestra fe en la Iglesia, frente a todas las contingencias humanas, en medio de todas las tempestades.

La gloriosa herencia de Pedro y Pablo es una llamada a vivir las virtudes cristianas, de modo particular la fe y la caridad. La fe en Jesús: como Mesías e Hijo de Dios, que Pedro profesó primero y que Pablo anunció a la gente; y la caridad, que esta Iglesia está llamada a servir con horizonte universal. Pidamos a Santa María, Madre de la Iglesia, que conservemos la herencia recibida de estos dos Apóstoles y sepamos transmitirla con fidelidad a las generaciones futuras.

Domingo XIII del Tiempo ordinario. Homilía

En el libro II de Reyes se narra la hospitalidad que recibe el profeta Eliseo por parte de un matrimonio de Sunem. La iniciativa partió de la mujer que dijo a su marido: Mira, sé que el que pasa siempre junto a nosotros es un hombre de Dios, un santo. Por favor, hagamos una pequeña habitación en la parte de arriba y pongamos allí una cama, una mesa, una silla y un candelabro, y así, cuando venga a nosotros, se instalará ahí (2 R 4, 9-10). Esa obra de misericordia -dar posada al peregrino– no quedó sin recompensa. Enterado Eliseo de que la mujer no tiene hijos y su marido es anciano (2 R 4, 14)., llamó a la sunamita y le dijo: El año próximo, por este tiempo, tú abrazarás un hijo (2 R 4, 16). Y efectivamente así sucedió. Al año siguiente aquella mujer dio a luz un hijo. Quien recibe a un profeta por ser profeta obtendrá recompensa (Mt 10, 41), enseñará el Señor en su anuncio del reino de Dios. San Juan Crisóstomo citaba este pasaje bíblico para mostrar que el verdadero amor lleva a preocuparse también del bienestar material de los demás: Así Eliseo no sólo ayudaba espiritualmente a la mujer que lo había acogido sino que intentaba compensarla desde un punto de vista material.

En los Santos Evangelios vemos cómo en repetidas ocasiones Jesucristo habla igualmente de recompensas por acciones buenas. Es más, en el Juicio Universal se examinará cómo se ha vivido la caridad con el prójimo. Cada vez que los hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis (Mt 25, 40). Toda obra buena es recompensada por Dios, aunque sea una cosa muy pequeña, como el dar de beber un vaso de agua. Y cualquiera que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños por el hecho de ser discípulo, en verdad os digo que no quedará sin recompensa (Mt 10, 42).

Para ser misericordiosos hay que ver a Cristo en el pobre, en el marginado, en el enfermo, en el agonizante, en el que padece soledad, en quien no tiene techo para cobijarse, en el encarcelado, en el más humilde, en el que necesita ser instruido o aconsejado. En cada uno de ellos encontramos a Jesús mismo, y en Jesús encontramos a Dios. Tocamos realmente el cuerpo de Cristo en los pobres. Por los pobres, es a Cristo hambriento a quien alimentamos, es a Cristo desnudo a quien vestimos, es a Cristo sin hogar a quien damos asilo (Santa Teresa de Calcuta).

Las acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales son las llamadas obras de misericordia. Suelen citarse catorce, siete espirituales y siete corporales. Las espirituales son: enseñar al que no sabe; dar buen consejo al que lo necesita; corregir al que se equivoca; perdonar las injurias; consolar al triste; sufrir con paciencia los defectos del prójimo; rogar a Dios por los vivos y por los difuntos. Las corporales son: visitar y cuidar a los enfermos; dar de comer al hambriento; dar de beber al sediento; dar posada al peregrino; vestir al desnudo; redimir al cautivo; enterrar a los muertos.

Cristo dice a sus apóstoles: Quien a vosotros os recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado (Mt 10, 40). Pero también estas palabras del Señor están dirigidas a los pobres. Acoger a Cristo significa recibir del Padre el mandato de vivir en el amor a Él y a los hermanos, sintiéndose solidarios con todos, sin ninguna discriminación; significa creer que en la historia humana, a pesar de estar marcada por el mal y por el sufrimiento, la última palabra pertenece a la vida y al amor, porque Dios vino a habitar entre nosotros para que nosotros pudiésemos vivir en Él.

Entre todas las obras de misericordia, la limosna hecha a los pobres es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna, es también una práctica de justicia que agrada a Dios. Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: “Id en paz, calentaos o hartaos”, pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? (St 2, 15-16). Reflexionemos en estas palabras de Santiago el Menor.

El amor de la Iglesia por los pobres… pertenece a su constante tradición. Está inspirado en el Evangelio de las bienaventuranzas, en la pobreza de Jesús, y en su atención a los pobres. El amor a los pobres es también uno de los motivos del deber de trabajar, con el fin de hacer partícipe al que se halle en necesidad. No abarca sólo la pobreza material, sino también las numerosas formas de pobreza cultural y religiosa (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2.444).

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia (Mt 5, 7). Nuestro Señor hace de la misericordia uno de los temas principales de su predicación. En el Evangelio según san Lucas están las parábolas de la misericordia, entre otras la del hijo pródigo y la del buen samaritano. Si queremos imitar a Cristo, debemos tener misericordia con los demás. El campo de la misericordia es inmenso, pues la miseria humana que hay que remediar es muy grande.

El amor es la esencia del cristianismo; hace que el creyente y la comunidad cristiana sean fermento de esperanza y de paz en todas partes, prestando atención en especial a las necesidades de los pobres y los desamparados. Ésta es nuestra misión común: ser fermento de esperanza y de paz porque creemos en el amor. El amor hace vivir a la Iglesia, y puesto que es eterno, la hace vivir siempre, hasta el final de los tiempos (Benedicto XVI).

San Vicente de Paúl se distinguió por el amor a los pobres, a cuyo servicio entregó toda su vida. Cuentan que un día hablando con la reina de Francia, Ana de Austria, le dijo que ella podía hacer un milagro que Cristo en el desierto no quiso hacer: Convertir en pan las piedras preciosas que llevaba colgadas al cuello. Y dicen que la reina se quitó las joyas y se las entregó al santo para que sirviera de alimento a niños huérfanos.

A veces acusamos a Dios de no solucionar los sangrantes problemas que existen en muchas zonas del mundo. Y no es justo. Dios nos tiene a nosotros, a los que decimos creer en Él. Espera que seamos sus manos para repartir y sus pies para ir al encuentro del hermano necesitado. Lo que ocurre es a nosotros nos cuesta vender nuestras joyas -nuestro tiempo, nuestro cariño, nuestra inteligencia, nuestro dinero-, y darlas.

En Zurich hay una estatua erigida en honor de Pestalozzi. Éste había nacido en esa ciudad suiza. En la estatua campea esta divisa: Todo para los otros; para mí nada. Este célebre suizo compartió, con enorme generosidad, las estrecheces de los pobres. Cuando al final de su vida, alguien le preguntó por qué había vivido de ese modo, Pestalozzi respondió serenamente: He vivido como mendigo y partido el pan con ellos para enseñar a los mendigos a vivir como hombres.

En la carta de san Pablo a los cristianos de Roma, el Apóstol se refiere al Bautismo, por el cual la gracia de Cristo llega a cada uno y nos libra del dominio del pecado. ¿No sabéis que cuantos hemos sido bautizados en Cristo Jesús hemos sido bautizados para unirnos a su muerte? Pues fuimos sepultados juntamente con Él mediante el bautismo para unirnos a su muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva (Rm 6, 3-4). Al ser bautizados, en nosotros se reproduce entonces no sólo la pasión, muerte y sepultura de Cristo, representadas por la inmersión en el agua, sino también la nueva vida, la vida de la gracia, que se infunde en el alma como participación de la resurrección del Señor.

Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él, porque sabemos que Cristo resucitado de entre los muertos , ya no muere más: la muerte ya no tiene dominio sobre Él. Porque lo que murió, murió de una vez para siempre al pecado; pero lo que vive, vive para Dios. De la misma manera, también vosotros debéis consideraros muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús (Rm 6, 8-11). Con estas palabras san Pablo acentúa su enseñanza: con la muerte de Cristo en la cruz y con su resurrección quedó roto el lazo de la muerte, ésta fue vencida tanto para Cristo como para todos los suyos. Nuestro Señor Jesucristo resucitado y glorioso ha alcanzado el triunfo, ha ganado para su Humanidad Santísima y para nosotros una nueva vida. En los que hemos sido bautizados se reproducen de alguna manera esos mismos misterios -muerte y resurrección- de la vida de Cristo.

El 7 de junio de 1979 san Juan Pablo II se encontraba en la iglesia parroquial de la Presentación de la Virgen María, en Wadowice, su ciudad natal. Recordó a los presentes cómo había sido bautizado allí mismo el día 20 de junio de 1920, y dijo: Ya besé una vez solemnemente esta fuente bautismal, el año del milenio de Polonia, cuando era arzobispo de Cracovia. Hoy deseo besarla una vez más, como Papa, Sucesor de Pedro. Y así lo hizo. Y también comentó: Aquí me fue dada la gracia de ser hijo de Dios.

El Papa Francisco dice: Con el Bautismo se abre la puerta a una efectiva novedad de vida que no está abrumada por el peso de un pasado negativo, sino que goza ya de la belleza y la bondad del reino de los cielos. Se trata de una intervención poderosa de la misericordia de Dios en nuestra vida, para salvarnos. Dios en el Bautismo actúa en nosotros. Por su misericordia nos borra los pecados y, además, nos infunde las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. También nos hace miembros de la Iglesia, del nuevo Pueblo de Dios. Seguidores del Señor. Tenemos que ser dignos del nombre de cristiano, es decir, de Cristo. Y el Señor nos dice quienes no son dignos de Él. Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí (Mt 10, 37-38). El seguimiento de Cristo exige una entrega total.

No dice Jesucristo que no amemos a los padres y a los hijos, sino que el amor a Él es lo primero. El Señor no vino a abolir la Ley, sino a darle su plenitud. Y en la Ley de Dios está el cuarto mandamiento: Honrarás a tu padre y a tu madre, que san Josemaría Escrivá, cada vez que se refería a él, decía: El dulcísimo precepto. Bien glosó el papa Juan Pablo I las palabras de Cristo: Llegamos a un choque directo entre Dios y el hombre, Dios y el mundo. No sería justo decir: “O Dios o el hombre”. Debemos amar “a Dios y al hombre”. Pero nunca al hombre más que a Dios, contra Dios o tanto como a Dios. En estos términos, el amor de Dios es superior pero no exclusivo.

Realizamos una obra del misericordia cuando vivimos el cuarto mandamiento, especialmente cuando los padres son ancianos y están imposibilitados y enfermos. Y ya que hemos citado a Juan Pablo I, de él es la siguiente anécdota. Yo, de obispo de Venecia, solía ir a veces a visitar asilos de ancianos. Una vez encontré a una enferma, anciana. -“Señora, ¿cómo está?” -“Bah, comer, como bien; calor, bien también, hay calefacción”. -“Entonces, está usted contenta ¿verdad?” -“No”, y casi se echó a llorar. -“Pero ¿por qué llora?” -“Es que mi nuera y mi hijo no vienen nunca a visitarme. Yo quisiera ver a los nietecitos”. No bastan la calefacción, la comida: hay un corazón; es menester pensar igualmente en el corazón de nuestros ancianos.

Ahora nuestra mirada se dirige a la Virgen. La misericordia de María adelanta el comienzo de los milagros de Jesús. Su ruego es siempre eficaz. Por eso la piedad cristiana, con precisión teológica, ha llamado a Nuestra Señora “la omnipotencia suplicante”. Acudamos con confianza a Ella, trono de la gloria y de la gracia, para conseguir misericordia.

Solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista. Homilía

¿Por qué se celebra el nacimiento de Juan Bautista? Porque, aunque concebido en pecado -el pecado original- como todos los hombres, sin embargo, nació sin él, ya que fue santificado en las entrañas de su madre santa Isabel ante la presencia de Jesucristo (entonces en el seno de María).

En la liturgia de la Palabra de la Misa de la Natividad de san Juan Bautista se lee parte del discurso de san Pablo en la sinagoga de Antioquía de Pisidia. Cuando (Samuel) depuso a éste (Saúl), les suscitó como rey a David, de quien precisamente dio este testimonio: He encontrado a David, el hijo de Jesé, un hombre según mi corazón, que realizará todo lo que yo quiera. De la descendencia de éste, Dios, según la Promesa, ha suscitado para Israel un Salvador, Jesús. Juan predicó como precursor, ante su venida, un bautismo de conversión a todo el pueblo de Israel. Al final de su carrera, Juan decía: “Yo no soy el que vosotros os pensáis, sino mirad que viene detrás de mí aquel a quien no soy digno de desatar las sandalias de los pies”. Hermanos, hijos de la raza de Abrahán, y cuantos entre vosotros temen a Dios: a vosotros ha sido enviada esta Palabra de salvación (Hch 13, 22-26).

En el citado discurso, el Apóstol de los gentiles presenta a judíos y prosélitos el mensaje cristiano, enumerando los beneficios dispensados por Dios al pueblo elegido desde el patriarca Abrahán hasta san Juan Bautista y demostrando la mesianidad de Jesús, en quien se cumplen todas las profecías. Al referirse a Juan lo presenta como el precursor. La diferencia de éste con los profetas del Antiguo Testamento es que el Bautista no habla del futuro, de que llegará el Mesías, como hacían aquellos, sino que lo señala, habla del presente. El Mesías ya ha llegado.

Es profeta toda persona elegida por Dios para comunicar a los hombres algo que Él quiere que sepan. Los profetas del Antiguo Testamento revelaron los deseos de Dios relativos al pueblo de Israel y algunas veces predijeron acontecimientos futuros. A san Juan se le puede considerar como el último y más grande profeta. Jesús hablando a la multitud acerca de Juan dijo: ¿A quién salisteis? ¿a ver un profeta. Sí, os lo aseguro, y más que un profeta (Mt 11, 9). Con Juan se cierra el Antiguo Testamento y se llega al umbral del Nuevo. La dignidad del precursor está en presentar a Cristo, en darle a conocer a los hombres.

Juan era un hombre fuerte y anunciaba a Jesucristo: fue el profeta más cercano a Jesucristo. Tan cercano que precisamente él lo indicó a los demás. Sobresale en su vida la humildad. Juan es grande, porque siempre se pone a un lado, porque es humilde y elige abajarse, anonadarse, el mismo camino que luego seguirá Jesús. Da un gran testimonio: abre el camino del abajarse, de vaciarse de sí mismo.

San Pablo cita textualmente unas palabras del Bautista que muestran su humildad. Él (Jesús) es el viene después de mí, a quien no soy digno de desatarle la correa de la sandalia (Jn 1, 27). Dice Jesús: Él es Elías (Mt 11, 14), el profeta que, conforme a la creencia de entonces, tenía que venir de nuevo antes que el Mesías. Es Elías, no en la persona, sino en la misión. Es un profeta y más que un profeta; es el mayor entre los nacidos de mujer, es el precursor. Los fariseos y los doctores creían que él era el Mesías, pero Juan aclara que no. Él es la voz, una voz sin palabra, porque la Palabra no es él. Al compararse con Jesús, él mismo se siente un esclavo y menos que un esclavo. Decía san Cirilo de Jerusalén: Me podías hablar de Elías que fue arrebatado al cielo, pero no es mayor que Juan; Enoc fue trasladado, y tampoco es mayor que Juan. Moisés fue el más grande legislador, y admirables fueron todos los profetas, pero no eran más que Juan. No soy yo quien se atreve a comparar profeta con profeta, sino el que es Señor suyo y nuestro.

El precursor del Señor fue un hombre que Dios envió para preparar en camino a su Hijo. El misterio de Juan: nunca se adueña de la palabra; la palabra es otro. Y Juan es quien indica, quien enseña. La fiesta de san Juan está en los días más largos del año; los días que tienen más luz, porque en las tinieblas de aquel tiempo Juan era el hombre de la luz: no de una luz propia, sino de una luz reflejada. Como una luna. Y cuando Jesús comenzó a predicar, la luz de Juan empezó a disiparse, a disminuir, a desvanecerse. Él mismo lo dice con claridad al hablar de su propia misión: “Es necesario que Él crezca y yo mengüe” (Jn 3, 30). Voz, no palabra; luz, pero no propia, Juan parece ser nadie. La vocación del Bautista: rebajarse (Papa Francisco).

La figura de san Juan Bautista nos sirve de modelo. Es todo un ejemplo. No buscó la propia gloria, sino la de Dios. Su deseo: que Cristo fuera conocido (Él crezca) y él pasar desapercibido (yo mengüe). Esa fue su vida: preparar el camino de Jesús y desaparecer en el anonimato. Pidamos al Señor la gracia de la humildad que tenía Juan y no cargar sobre nosotros méritos y glorias de otros. Y sobre todo, la gracia que en nuestra vida siempre haya un lugar para que Jesús crezca y nosotros disminuyamos, hasta el final.

Todos los bautizados pueden decir estas palabras del profeta Isaías: El Señor me llamó desde el seno materno; desde las entrañas de mi madre pronunció mi nombre (Is 49, 1). Elegidos desde toda la eternidad -y más en concreto los que han recibido una vocación particular de Dios- para la misión de dar a conocer con su vida cristiana y con sus obras y palabras -como hizo san Juan- la verdad sobre Jesucristo, luz que ilumina a todo hombre. Te voy a poner por luz de las gentes, para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra (Is 49, 6). Para esta tarea, todo cristiano cuenta con la ayuda de Dios, que también puede decir como el profeta: El que me formó desde el seno materno para siervo suyo, para hacer que Jacob vuelva a él, y que Israel se le una. Pues yo soy estimado a los ojos del Señor y mi Dios ha venido a ser mi fortaleza (Is 49, 5), y que no le quepa la menor duda que puede decir con verdad: El Señor se ocupa de mi causa, y mi Dios de mi trabajo (Is 49, 4).

En la Misa de la fiesta del Precursor se lee el pasaje evangélico del nacimiento de Juan. Se le cumplió a Isabel el tiempo de dar a luz, y tuvo un hijo. Oyeron sus vecinos y parientes que el Señor le había hecho gran misericordia, y se congratulaban con ella. Y sucedió que al octavo día fueron a circuncidar al niño, y querían ponerle el nombre de su padre, Zacarías, pero su madre, tomando la palabra, dijo: “No; se ha de llamar Juan”. Le decían: “No hay nadie en tu parentela que tenga ese nombre”. Y preguntaban por señas a su padre cómo quería que se le llamase. Él pidió una tablilla y escribió: “Juan es su nombre”. Y todos quedaron admirados. Y al punto se abrió su boca y su lengua, y hablaba bendiciendo a Dios. Invadió el temor a todos sus vecinos, y en toda la montaña de Judea se comentaban todas estas cosas; todos los que las oían las grababan en su corazón, diciendo: “Pues ¿qué será este niño?” Porque, en efecto, la mano del Señor estaba con él (Lc 1, 57-66). Tras el nacimiento de su hijo, Zacarías, hombre justo, pronunció, movido por el Espíritu Santo, el cántico llamado Benedictus, tan lleno de fe, reverencia y devoción. Con ese cántico alabó a Dios. Misericordias Domini in aeternum cantabo (Las misericordias del Señor cantaré para siempre).

El Señor le había hecho gran misericordia, y no solamente a Zacarías, sino a toda la humanidad. Una misericordia que Dios había prometido a los Patriarcas del Antiguo Testamento. Porque es misericordioso, Dios ama a su criatura, el hombre; lo ama también en su caída y no lo abandona a sí mismo. Él ama hasta el fin. Lleva su amor hasta el final, hasta el extremo: baja de su gloria divina. Se desprende de las vestiduras de su gloria divina y se viste con ropa de esclavo. Baja hasta la extrema miseria de nuestra caída. Se arrodilla ante nosotros y desempeña el servicio de un esclavo; lava nuestros pies sucios, para que podamos ser admitidos a la mesa de Dios, para hacernos dignos de sentarnos a su mesa, algo que por nosotros mismos no podríamos ni deberíamos hacer jamás (Benedicto XVI).

Siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia, que es fuente de alegría, de serenidad y de paz; es la vía que une Dios y el hombre, abriendo el corazón a la esperanza de ser amados no obstante el límite de nuestro pecado. Es condición para nuestra salvación. ¡Cómo no cantar las misericordias de Dios!

En el hecho de que se abriera la boca y lengua a Zacarías inmediatamente después de escribir en una tablilla: Juan es su nombre se cumplió lo que le había profetizado el arcángel san Gabriel, cuando el anuncio de la concepción y nacimiento del Bautista. Observa con razón san Ambrosio: Con razón se soltó en seguida su lengua, porque la fe desató lo que había atado la incredulidad. Es un caso semejante al del apóstol santo Tomás, que se había resistido a creer en la Resurrección del Señor, y creyó después de las pruebas evidentes que le dio Jesús resucitado. Con estos dos hombres Dios hace el milagro y vence su incredulidad; pero ordinariamente Dios nos exige fe y obediencia sin realizar nuevos milagros. Por eso reprendió y castigó a Zacarías, y reprochó al apóstol Tomás: porque me has visto has creído; bienaventurados los que sin haber visto han creído (Jn 20, 29).

El niño crecía y su espíritu se fortalecía; vivió en los desiertos hasta el día de su manifestación a Israel (Lc 1, 80). Hasta esa fecha Juan se preparó para su misión. ¿Cómo sería esa preparación? Con oración, lectura meditada de la Escritura y penitencia. Y como toda la vida del cristiano es una preparación para el encuentro con Cristo después de esta vida, por eso en la vida cristiana ocupan un lugar principal la penitencia y la mortificación, además de la oración y de la meditación de los Santo Evangelios.

Hizo de mi boca espada afilada, en la sombra de su mano me escondió; hizo de mí una saeta aguda. Y me guardó en su aljaba (Is 49, 2). San Juan era consciente que desde el seno materno de la misión que Dios le había encomendado; una misión que forma parte de la Historia de la Salvación. Se presenta predicando la necesidad de hacer penitencia y de la conversión. Y habla con crudeza, con palabras como flechas, a los que no tienen las disposiciones para alcanzar la gracia de la fe en el Jesús. Por eso les dice a los saduceos y fariseos: Raza de víboras. ¿quién os enseñó a huir de la ira venidera. Haced, pues, frutos dignos de penitencia (Lc 3, 7-8). Y exige de todos -fariseos, publicanos, escribas, soldados- una profunda renovación interior en el mismo ejercicio de su profesión, que les lleve a vivir las normas de la justicia y de la honradez.

Las muchedumbres que acudían a Juan le preguntaban: ¿Qué debemos hacer? (Lc 3, 10). “¡Convertíos!” era su respuesta. Este convertíos es una invitación también dirigida a cada uno de nosotros para que hagamos examen de conciencia acerca de nuestra vida de cristianos, de discípulos del Señor. Preguntémonos: ¿Anunciamos a Jesucristo? ¿Progresamos o no progresamos en nuestra condición de cristianos como si fuese un privilegio? ¿Vamos por el camino de Jesucristo, el camino de la humillación, de la humildad, del abajamiento para el servicio?

En Juan está la imagen y la vocación de un discípulo. La fuente de esta actitud de discípulo ya se reconoce en el episodio evangélico de la visita de María a Isabel, cuando Juan saltó de alegría en el seno de su madre. Jesús y Juan, en efecto, eran primos y tal vez se encontraron después. Pero ese primer encuentro llenó de alegría, de mucha alegría, el corazón de Juan. Y lo transformó en discípulo, en el hombre que anuncia a Jesucristo, que no se pone en el lugar de Jesucristo y que sigue el camino de Jesucristo. Es bueno preguntarnos: ¿Cuándo tuvo lugar mi encuentro con Jesucristo, ese encuentro que me llenó de alegría? Es un modo para volver espiritualmente a ese primer encuentro con el Señor, volver a la primera Galilea del encuentro: todos nosotros hemos tenido una. El secreto es precisamente volver allí: reencontrarnos con el Señor y seguir adelante por esta senda tan hermosa, en la que Él debe crecer y nosotros disminuir (Papa Francisco).

La presencia de la Virgen en casa de su prima Isabel llenó de gozo a Juan, aún nonato. Para nosotros la cercanía de la Madre de Dios en nuestra vida es causa laetiae (causa de alegría). Pidamos a Santa María que sepamos llevar nuestra alegría, esa que brota del Corazón de su Hijo, a muchas personas, anunciando como san Juan a Jesús, el Salvador del mundo.

Domingo XII del Tiempo Ordinario. Homilía

La vida del profeta Jeremías no fue ni fácil ni cómoda. Había personas que buscaban su ruina. La misión que Dios le ha confiado sólo le trae desgracias. Su fidelidad a Dios le llevó a ser perseguido. Cuando Jeremías proclama la palabra de Dios no escucha más respuesta que las acusaciones y calumnias de la gente. Escuchaba las calumnias de la gente: “¡Terror por doquier!, ¡denunciadle!, ¡denunciémosle!” Todos aquellos con quienes me saludaba estaban esperando mi tropiezo: “¡A ver si se distrae, y le podremos, y tomaremos venganza de él!” (Jr 20, 10). Pero el profeta fue fiel a Dios. Sabía que el Señor está conmigo (Jr 20, 11); tiene la seguridad de que el Señor no le abandona. En medio del acoso que padece pone su confianza en Dios. En ese Dios que no pierde batallas, que libró la vida de un pobre de manos de los malvados (Jr 20, 13).

Jeremías, el autor del libro de Las lamentaciones, al ver que con su predicación parece que no se ha conseguido más que el propio fracaso, se lamenta por su propia vocación, que le ha llevado a ser perseguido. Pero ese lamento es un desahogo con Dios, una queja filial. El profeta abre con confianza su alma a Dios. Es un ejemplo de oración. En medio de tantas incomprensiones, sufrimientos y dificultades sobresale su fidelidad al Señor. Su amor a Dios es como fuego abrasador que le enciende por dentro y hace que no pueda contener el afán de hablar de Él a quienes no lo conocen, o se han olvidado del Señor. Cantad al Señor, alabad al Señor (Jr 20, 13), proclamaba. Jeremías no abandonó su misión, sino que perseveró hasta el final de sus días.

El cristiano sabe que seguir a Cristo es tomar la cruz de cada día, y que es posible que su actuación coherente con la fe católica no sea la postura más cómoda, e incluso que le acarree incomprensiones y persecuciones. En esas situaciones difíciles -y en todas- debe vencer los respetos humanos (el temor al que dirán), sin pensar cómo será mejor acogido y aceptado por los demás, sino qué es lo mejor, lo que espera Dios de Él. Y confiar en Dios como Jeremías que tenía la seguridad de que el Señor nunca le dejaría.

Los respetos humanos son consecuencias de valorar más la opinión de los demás que el juicio de Dios. A veces, están respaldados por el miedo a poner en peligro un cargo público o un puesto de trabajo; otras, por no querer distinguirse de sus compañeros. Dejarse llevar por los respetos humanos es propio de personas sin profundas convicciones religiosas. El que adopta una postura en conformidad con la voluntad divina sabe que Dios está con él, ayudándole y fortaleciéndole.

No les tengáis miedo (Mt 10, 26), dice el Señor a sus discípulos… y a nosotros, cristianos del siglo XXI, que estamos en el mundo como ovejas en medio de lobos (Mt 10, 16). Hoy día también se cumple lo que Cristo dijo a los suyos: Os entregarán a los tribunales, os azotarán en sus sinagogas, y seréis llevados ante los gobernadores y reyes por causa mía, para que deis testimonio ante ellos y los gentiles (Mt 10, 17-18). Pero no nos debe preocupar, porque todo será para bien. Con la ayuda de la gracia y la asistencia del Espíritu Santo daremos testimonio de la verdad de Jesús ante los hombres. Aquí está condesada la enseñanza sobre el martirio que tanto vigor ha tenido siempre entre los cristianos de todas las épocas, también en la nuestra. El martirio, por consiguiente, con que el discípulo llega a hacerse semejante al Maestro (…) es considerado por la Iglesia como un supremo don y la prueba mayor de la caridad. Y si ese don se da a pocos, conviene que todos vivan preparados para confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle por el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia (Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, n. 12). No todos estamos llamados a sufrir el martirio, pero sí estamos todos llamados a la consecución de la virtud cristiana. Dijo san Juan Pablo II: Morir por la fe es don para algunos; vivir la fe es una llamada para todos.

Aunque los poderes de este mundo quieran silenciar a los cristianos, no por ello dejaremos de anunciar el Evangelio. Y lo haremos a plena luz (Mt 10, 27), y desde los areópagos modernos y otras tribunas para que las enseñanzas del único Maestro que tiene palabras de vida eterna -la doctrina cristiana- llegue hasta el último rincón del mundo. Hay que difundir las maravillas del Señor (…). Es necesario que llegue a todas partes la verdad de Dios: con la prensa y con otras publicaciones, con el cine, la radio y la televisión… Y esto es una labor vuestra, decía san Josemaría Escrivá. En nuestros días, hay que ir contracorriente, sin dejarse arrastrar por el ambiente de mundanidad que existe en nuestra época. Y con la gracia de Dios, influir con decisión por transformar el mundo con nuestra conducta verdaderamente cristiana. Quien me juzga es el Señor (1 Co 4, 4).

La Iglesia ha nacido con el fin de que, por la propagación del reino de Cristo en toda la tierra, para gloria de Dios Padre, todos los hombres sean partícipes de la redención salvadora, y por su medio se ordene realmente todo el mundo hacia Cristo. Toda la actividad del Cuerpo de Cristo, dirigida a este fin, se llama apostolado, que ejerce la Iglesia por todos sus miembros y de diversas maneras (Concilio Vaticano II, Decreto Apostolicam actuositatem, n. 2).

No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed ante todo al que puede hacer perder alma y cuerpo en el infierno (Mt 10, 28). En todas las persecuciones que ha padecido la Iglesia vemos cómo los innumerables mártires no tuvieron miedo a morir. Tenían fe, y estaban seguros que después de su muerte se les abrirán las puertas del cielo. De lo que sí hay que tener miedo es de lo que pueda hacer perder el alma. No olvides, hijo, que para ti en la tierra sólo hay un mal, que habrás de temer, y evitar con la gracia divina: el pecado (Camino, n. 386). El papa Benedicto XVI hablaba en una ocasión de los muchos miedos que tiene el hombre contemporáneo. Nuestro mundo actual es un mundo de miedos: miedo a la miseria y a la pobreza, miedo a las enfermedades y a los sufrimientos, miedo a la soledad y a la muerte. En nuestro mundo tenemos un sistema de seguros muy desarrollado: está bien que existan. Pero sabemos que en el momento del sufrimiento profundo, en el momento de la última soledad, de la muerte, ningún seguro podrá protegernos. El único seguro válido en esos momentos es el que nos viene del Señor, que nos dice: “No temas, yo estoy siempre contigo”.

Sin miedo a la vida y sin miedo a la muerte, ésta debe ser nuestra conducta. Es verdad que la certeza de morir nos entristece (Prefacio de difuntos I), pero sabemos que al final caemos en las manos de Dios, y las manos de Dios son buenas manos.

La muerte es consecuencia del pecado. Dios creó al hombre con la formidable posibilidad de no morir, pero el hombre al apartarse de su Creador por el pecado se condenó a sí mismo, porque por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte (Rm 5, 12). Escribió san Agustín: Todo es incierto, sólo la muerte es cierta. Pero el hombre no quiere pensar en su muerte; para él, la muerte es asunto de los demás. Sin embargo, la muerte llegará para todos. Nuestro Señor insiste a los apóstoles -y también a nosotros, los creyentes en Él- en no tener miedo, pues a todo el que me confiese delante de los hombres, también yo le confesaré delante de mi Padre que está en los Cielos (Mt 10, 32). Pero nos advierte: al que me niegue delante de los hombres, también yo le negaré delante de mi Padre que está en los Cielos (Mt 10, 33). Estas palabras del Señor ayudan a vencer los respetos humanos. Quien se avergüenza de ser discípulo de Cristo, de imitar su ejemplo, de seguir los preceptos del Evangelio, de aceptar sus enseñanzas por temor a desagradar al mundo o a las personas mundanas que le rodean, no será reconocido por Cristo como discípulo suyo en el Juicio Final, pues no ha confesado con su vida la fe recibida en el Bautismo.

La muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre aquellos que no cometieron una transgresión semejante a la de Adán, que es figura del que había de venir (Rm 5, 14). San Pablo después de decir cómo la desobediencia de Adán entró el pecado en el mundo, y por el pecado vino la muerte que alcanza a todos los hombres, se refiere al triunfo del reino de la gracia. Si por la caída de uno solo murieron todos, cuánto más la gracia de Dios y el don que se da en la gracia de un solo hombre, Jesucristo, sobreabundó para todos (Rm 5, 15). Así como el pecado entró en el mundo por obra de quien representaba a toda la humanidad, así también la justicia nos llega a todos por un solo hombre, por el “nuevo Adán”, Jesucristo, “el primogénito de toda criatura”, “cabeza del cuerpo, que es la Iglesia”. Cristo, por su obediencia a la voluntad del Padre, se contrapone a la desobediencia de Adán, devolviéndonos con creces la felicidad y la vida eterna que habíamos perdido. Porque donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia.

En una carta que santo Tomás Moro desde la cárcel escribió a su hija Margarita decía: De lo que estoy cierto es de que Dios no me abandonará sin culpa mía. Por esto me pongo totalmente en manos de Dios con absoluta esperanza y confianza. Este santo murió mártir por ser fiel a su conciencia. En la Actas del martirio de san Justino se lee: El prefecto dice a Justino: “Escucha, tú que le das de saber y conocer las verdaderas doctrinas, si después de azotado mando que te corten la cabeza, ¿crees que subirás al cielo?” Justino contestó: “Espero que entraré en la casa del Señor si soporto todo lo que tú dices; pues sé que a todos los que vivan rectamente les está reservada la recompensa divina hasta el fin de los siglos”.

Acordaos de las palabras que os he dicho: no es el siervo más que su señor. Si me han perseguido a mí, también a vosotros os perseguirán (Jn 16, 20). Recordemos también las palabras que Cristo dijo a sus discípulos para consolarlos y ayudarlos a vencer el temor: En el mundo tendréis sufrimientos, pero confiad, yo he vencido al mundo (Jn 16, 33).Y comentando estas palabras, el Papa Francisco decía: ¿Quiénes son los mártires? Son cristianos ganados por Cristo, discípulos que han aprendido bien el sentido de aquel “amar hasta el extremo” que llevó a Jesús a la Cruz. No existe el amor por entregas, el amor en porciones. El amor total: y cuando se ama, se ama hasta el extremo. En la Cruz, Jesús ha sentido el peso de la muerte, el peso del pecado, pero se confió enteramente al Padre, y ha perdonado . Apenas pronunció palabras, pero entregó la vida. Cristo nos precede en el amor; los mártires lo han imitado en el amor hasta el final.

Terminamos nuestra oración pidiendo a Santa María, Reina de los mártires y de todos los santos su ayuda de maternal para que siempre confesemos con nuestras obras la fe en Cristo Jesús.

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Homilía

La fiesta del Sagrado Corazón de Jesús nos habla del amor divino. El amor se nos revela en la Encarnación, en ese andar redentor de Jesucristo por nuestra tierra, hasta el sacrificio supremo de la Cruz. Y, en la Cruz, se manifiesta con un nuevo signo: uno de los soldados abrió a Jesús el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua. Agua y sangre de Jesús que nos hablan de una entrega realizada hasta el último extremo, hasta el consummatum est, el todo está consumado, por amor (San Josemaría Escrivá).

Los textos de la liturgia de la Palabra de la Misa hacen referencia a la misericordia de Dios, al amor que nos tiene; a la fidelidad divina. Jesús permanece fiel, no traiciona jamás: aun cuando nos equivocamos, Él nos espera siempre para perdonarnos: es el rostro del Padre misericordioso. Por eso se dice que la fiesta del Sagrado Corazón es la “fiesta del amor”: Jesús quiso mostrarnos su corazón como el corazón que tanto amó.

En la primera lectura vemos cómo ha elegido a un pueblo. Porque tú eres un pueblo consagrado al Señor, tu Dios; él te ha elegido a ti para que seas el pueblo de su propiedad personal entre todos los pueblos que hay sobre la haz de la tierra. No porque seáis el más numeroso de todos los pueblos se ha prendado el Señor de vosotros y os ha elegido, pues sois el menos numeroso de todos los pueblos; sino por el amor que os tiene y por guardar el juramento hecho a vuestros padres, por eso os ha sacado el Señor con mano fuerte y os ha librado de la casa de servidumbre, del poder de Faraón, rey de Egipto (Dt 7, 6-8). En esa elección se pone de manifiesto el amor del Señor. Lo que sucedió en el pueblo de Israel, tomado colectivamente, se cumple también en la elección que Dios hace de las personas singulares.

Dios escoge antes, con independencia del poder o de los méritos de los que son elegidos. El único motivo para explicar su elección es el puro amor. Este amor es gratuito y muestra una predilección por parte de Dios. Y el Señor nos ha elegido para ser sus amigos: Ya no os llamo siervos, (…) a vosotros os he llamado amigos (Jn 15, 15). Es el Amigo que nunca falla. Él es fiel a la amistad porque nos ha llamado a vivirla. Esta amistad que Jesús nos ofrece es un don, que Él conserva siempre. Por ser sus amigos, tenemos acceso a su Sagrado Corazón.

El Corazón de Jesús es el corazón que más ha amado y sigue amando a todos los hombres. Podemos confiar plenamente en Cristo: jamás defraudará el Corazón del más fiel Amigo. El amor se manifiesta más en las obras que en las palabras; y el amor está más en dar que en recibir. Jesús nos dice: Yo conozco a mis ovejas (Jn 10, 14). Es conocer una por una, con su nombre. Así nos conoce Dios: no nos conoce en grupo, sino uno a uno. Porque el amor no es un amor abstracto, o general para todos; es un amor por cada uno. Y así nos ama Dios. Dios se hace cercano por amor.

Como nuestro destino es ser amigos suyos, le pedimos al Señor que seamos fieles a este don de la amistad divina, que no le fallemos con pecados y caprichos. Al amor ya conocido de Dios no se puede responder de otro modo que con amor. La fe es en cierto modo una declaración de amor a Dios.

En el Evangelio se dice, en lo referente a la elección de los Apóstoles llamó a los que él quiso (Mc 3, 13); y es particularmente significativo el caso de san Pablo, llamado por Jesús cuando era blasfemo, perseguidor e insolente (1 Tm 1, 13). Y comentaba san Josemaría Escrivá: La vocación es lo primero; Dios nos ama antes de que sepamos dirigirnos a Él, y pone en nosotros el amor con el que podemos corresponderle. (…) No espera que vayamos a Él; se anticipa, con muestras inequívocas de paternal cariño (es Cristo que pasa, n. 33).

En la Primera Carta de San Juan encontramos todo un canto al amor de Dios y al amor al prójimo. Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios (1 Jn 4, 7). Habitando en el amor de Cristo, aprendemos, en la escuela de Cristo, el arte del amor verdadero. Es preciso atreverse a apostar por el camino del amor. ¿Y qué amor? Escoger el camino del amor significa: asumir una actitud de escucha y disponibilidad; liberarse de los propios egoísmos; acercarse al otro con respeto, sin imponerse, sin contrariarlo.

Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor (1 Jn 4, 8). El amor de Dios a los hombres se puso de manifiesto en la creación y en los dones preternaturales y sobrenaturales concedidos antes del pecado; tras el pecado del hombre, el amor de Dios aparece sobre todo perdonando y redimiendo, de manera que la obra de la salvación es la obra de la misericordia divina. Bien claro lo dice san Juan: En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene; en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él (1 Jn 4. 9). Dios ha manifestado su amor a los hombres enviando a su propio Hijo; es decir, no son sólo las enseñanzas de Jesucristo las que nos hablan del amor de Dios, sino, sobre todo, su presencia entre nosotros: Él mismo, que es la plena revelación de Dios y de su amor a los hombres.

Si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. A Dios nadie le ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud (1 Jn 4, 11-12). San Juan subraya el fundamento de la caridad fraterna: el amor que Dios nos ha demostrado con la Encarnación y muerte redentora de su Hijo, nos hace deudores de un amor semejante al suyo; en consecuencia “debemos” amar al prójimo con la gratuidad y el desinterés con que Él nos amó primero. Sólo amándonos unos a otros estamos en comunión con Dios. El anhelo más profundo del corazón humano, que consiste en ver y poseer a Dios, no se puede saciar en esta vida, porque a Dios nadie lo ha visto jamás; al prójimo, en cambio, lo vemos. De ahí que en esta vida para estar en comunión con Dios, el camino sea la caridad fraterna. San Agustín dijo: El amor de Dios es lo primero que se manda, y el amor al prójimo lo primero que se debe practicar.

Nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo, como Salvador del mundo. Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios (1 Jn 4, 14-15). Con gran fuerza, san Juan recuerda de nuevo que él y los demás Apóstoles han visto con sus propios ojos al Hijo de Dios, hecho hombre por amor nuestro. Han sido testigos oculares de su vida y muerte redentoras. Y en el Hijo, enviado por el Padre como salvador del mundo, se les ha revelado el insondable misterio de Dios cuyo ser es Amor. Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él. Dios es Amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él (1 Jn 4, 16).

Cristo, Dios y hombre verdadero, tiene un corazón misericordioso. El Corazón de Cristo es la ternura de Dios. Siento compasión de la gente (Mc 8, 2). Debemos tener el corazón de Jesús, quien al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas como ovejas que no tienen pastor (Mt 9, 36). Al ver a aquellas multitudes, sentía compasión. Las personas esperan encontrar en nosotros la mirada de Jesús, a veces sin ni siquiera saberlo, esa mirada serena, feliz, que entra en el corazón.

En el pasaje evangélico leemos una oración de Jesucristo a su Padre: Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito (Mt 11, 25-26). Con estas palabras, el Señor dice que los que confían en su propia sabiduría no pueden aceptar la revelación Él nos ha traído. La aceptación de la Palabra de Dios va siempre unida a la humildad. El que se considera poca cosa delante de Dios, el humilde, ve; el que está pagado de su propia valía no percibe lo sobrenatural.

El Corazón de Jesús habla de la humanidad de Nuestro Señor; un corazón de carne que es el de Dios encarnado, de un Dios rico en misericordia. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar (Mt 11, 27). Con estas palabras Jesús nos revela su divinidad. El Hijo conoce al Padre con el mismo conocimiento con que el Padre conoce al Hijo. Esta identidad de conocimiento implica la unidad de naturaleza; es decir, Jesús es Dios como el Padre. Y por tanto, el Corazón de Jesús es el Corazón de Dios, de ese Dios que es amor.

Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera (Mt 11, 28-30). El Señor llama a Sí a todos los hombres, que andamos bajo el peso de nuestras fatigas, luchas y tribulaciones. La historia de las almas muestra la verdad de estas palabras de Jesús. Sólo el Evangelio calma la sed de verdad y de justicia que anhelan los corazones sinceros.

Venid a Mí: El Señor se dirige a las multitudes que le siguen, maltratadas y abatidas por las minuciosas prácticas religiosas, verdaderamente insoportables, con que los fariseos las sobrecargaban, y que no les daban la paz del corazón. Por el contrario, Jesús habla a aquellas gentes y también a nosotros de su yugo y de su carga: Cualquiera otra carga te oprime y abruma, mas la carga de Cristo te alivia el peso. Cualquiera otra carga tiene peso, pero la de Cristo tiene alas. Si a un pájaro le quitas las alas, parece que le alivias del peso, pero cuanto más le quites este peso, tanto más le atas a la tierra. Ves en el suelo al que quisiste aliviar de un peso; rstítuyele el peso de sus alas y verás cómo vuela (San Agustín).

Jesús nos dice: ¿Cómo voy a entregarte, cómo te voy a abandonar? Cuando estás solo, desorientado, perdido, ven a mí, que yo te voy a salvar, yo te voy a consolar. “Venid a mí los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré, pero a los míos, a mis pequeños, tratadlos con ternura, con la misma ternura con que os trato yo”. Eso nos dice el Corazón de Cristo hoy y es lo que pido para vosotros y también para mí (Papa Francisco).

La Virgen, que estuvo de pie junto a la Cruz de su Hijo, nos ayudará a estar cerca del Corazón de Jesús, a desagraviarle de continuo, y especialmente cuando veamos que le ofenden, cuando por nuestras mismas faltas no estamos despiertos y vigilantes.

Domingo XI del Tiempo Ordinario. Homilía

Al ver (Jesús) a las multitudes, se llenó de compasión por ellas, porque estaban maltratadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor (Mt 9, 36). La actitud del Señor al ver aquellas personas no fue el de un lamento inútil, sino se puso a enseñarles largamente (Mc 6, 34). En nuestros días también hay multitud de ovejas descarriadas, hombres y mujeres de todas las edades y condiciones sociales. Millones de personas viven con los ojos puestos en horizontes engañosos, o persiguen ilusiones que, una vez alcanzadas, dejan posos de insatisfacción en el alma; tantísimas personas que se encuentran dominadas por un ansia insaciable de descaminos, y olvidan que tienen un destino eterno. Y, por tanto, hay que ayudarles a buscar, a encontrar y a amar a Dios.

La tarea de la nueva evangelización a la que estamos llamados los cristianos en estos comienzos del tercer milenio del cristianismo es muy grande. La mies es mucha, pero los obreros pocos (Mt 9, 37). Vemos cómo escasean las vocaciones. Hay pueblos sin sacerdotes; en muchas ciudades hay parroquias con más de treinta mil feligreses que son atendidas por un solo sacerdote (el párroco). No es infrecuente que un sacerdote deba atender seis o más pueblos. En algunas localidades de veraneo, la población alcanza en los meses de julio y agosto más de cien mil personas, y para la atención pastoral de todas ellas sólo están uno o dos sacerdotes. Sí, los obreros son pocos. Por eso Cristo nos dice: Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies (Mt 9, 38). Tengamos en cuenta lo que el Señor nos dice pidiendo a Dios para que haya muchas vocaciones, pero también personas que sean coherentes con la fe recibida en el bautismo y anuncien a los demás el mensaje de Cristo.

El cristiano ha de ser punto de luz ahora que hay tanta oscuridad; fuego para encender tantas almas que están apagadas; torrente de ilusión para contagiar ideales cristianos a los demás; fermento de caridad para romper las cadenas del odio; anunciadores del evangelio de la paz para superar el mal con el bien. Ante la ignorancia religiosa, la frialdad de corazón para con Dios y para con los semejantes, el desconocimiento de la dignidad y exigencias de la vocación cristiana que impera en la sociedad actual urge una honda labor de catequesis. Así surgirá una nueva generación de cristianos comprometidos para trabajar en la viña del Señor, capaces de responder a los desafíos de nuestro tiempo y dispuestos a difundir el Evangelio por todas partes; personas que sientan la urgencia y la responsabilidad de enseñar la doctrina de Cristo; jóvenes que sigan la llamada al sacerdocio.

Se ha dicho: Un pueblo que no conoce el Catecismo es un pueblo muerto, como muere sin agua la semilla del campo. Los operarios son pocos. Pregúntate tú: ¿Y yo? Sí, cada uno puede y debe catequizar a todos los hombres, pero quizá con mayor urgencia a los niños y a los jóvenes. La catequesis no es otra cosa que repetir las verdades del Evangelio y de esto es de lo que tienen necesidad tantos y tantos que no conocen el misterio de Jesucristo ni de la Iglesia.

Dar catequesis es una de las obras de misericordia: enseñar al que no sabe. Una catequesis que debe empezar en el ambiente familiar. Los padres deben ser los primeros catequistas de sus hijos, transmisores de la fe. Sí, catequesis en la familia, pero también en círculos más amplios: parroquias, colegios, clubes juveniles… En todos estos sitios se necesitan operarios que trabajen en la mies del Señor. ¿Y yo? Sí, tú también puedes ser uno de esos operarios. Es cuestión de generosidad y de caridad.

Jesucristo envió primeramente a sus apóstoles a las ovejas perdidas de la casa de Israel (Mt 10, 6). Pero después los envió por todo el mundo: Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura (Mc 16, 15). Son enviados a los israelitas para que proclamaran que el reino de los cielos está cerca (Mt 10, 7). Y al mundo para que hicieran discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28, 19), y para que enseñaran a guardar todo cuanto os he mandado (Mt 28, 20). Los apóstoles, escogidos por el Señor para ser fundamento de su Iglesia, cumplieron el mandato de presentar a judíos y gentiles la buena nueva que Dios comunica a los hombres por medio de su Hijo. Y como los apóstoles, todos los cristianos somos enviados para evangelizar.

El mensaje que hay que transmitir es el amor que Dios nos tiene. La medida de ese amor se demostró en la “reconciliación” que se operó mediante el sacrificio de la cruz, cuando Cristo, dando muerte en sí mismo a la enemistad , estableció la paz y nos reconcilió con Dios. Bien lo expresa el apóstol san Pablo en su carta a los cristianos de Roma. Dios demuestra su amor hacia nosotros porque, siendo todavía pecadores, Cristo murió por nosotros (Rm 5, 8). Amor con amor se paga. No hay amor más grande que el del quien da su vida por el amigo. Es difícil encontrar alguien que muera por un hombre justo. Quizá alguien se atreva a morir por una persona buena (Rm 5, 7). Lo que es casi imposible es que una persona ofrezca su vida por un criminal. Sin embargo, Cristo, cuando todavía éramos débiles, murió por los impíos en el tiempo establecido (Rm 5, 6). ¡Si un hombre hubiera muerto por librarme de la muerte!… -Murió Dios. Y me quedo indiferente (Camino, n. 437).

En la salvación del hombre hay que tener en cuenta esto: No es que Dios estuviera enemistado con los hombre; éramos nosotros quienes estábamos enemistados con Dios por nuestros pecados; no era Dios el que debía cambiar de actitud, sino el hombre; sin embargo, ha sido Dios quien ha tomado la iniciativa por medio de la muerte de Cristo para que hombre vuelva a la amistad con Él.

Y ahora que somos ya amigos, ¡cuánto nos ama Dios! Éramos pecadores, y Dios nos manifestó su amor. Cuánto más ahora, una vez que hemos recobrado su amistad, podemos confiar en su amor misericordioso, un amor que no tiene límites. Si cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por medio de la muerte de su Hijo, mucho más, una vez reconciliados, seremos salvados por su vida (Rm 6, 10). El amor con que Dios nos ama pone en nuestras almas amor para que le podamos amar. Amar a Dios es exclusivamente un don de Dios. El mismo que, sin ser amado , ama, nos concedió que le amásemos. Fuimos amados cuando todavía le éramos desagradables, para que se nos concediera algo con que agradarle. En efecto, el Espíritu del Padre y del Hijo, a quien amamos con el Padre y el Hijo, derrama la caridad en nuestros corazones (Concilio II de Orange, De gratia, can. 25).

Amor con obras. Cristo ha muerto por ti. -Tú… ¿qué debes hacer por Cristo (Camino. n. 29). En el libro del Éxodo leemos que los hebreos llegaron al desierto del Sinaí y acamparon. Israel puso allí el campamento frente a la montaña (Ex 19, 2). Estando allí, Moisés transmitió al pueblo lo que Dios quería que anunciarle. Si de veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza, seréis mi propiedad exclusiva entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra; vosotros seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa (Ex 19, 5-6).

También el Señor nos pide a los cristianos que respondamos a su propuesta de vida, que decidamos cuál es el camino que queremos recorrer para llegar a la verdadera alegría. La Iglesia es el Nuevo Pueblo de Dios. ¿Qué misión tiene el pueblo de Dios? La de llevar al mundo la esperanza y la salvación de Dios: ser signo del amor de Dios que llama a todos a la amistad con Él; ser levadura que hace fermentar toda la masa, sal que da sabor y preserva de la corrupción, ser una luz que ilumina. En nuestro entorno, basta con abrir un periódico , vemos que la presencia del mal existe, que el Diablo actúa. Pero quisiera decir en voz alta: ¡Dios es más fuerte! Porque Él es el Señor, el único Señor. Y desearía añadir que la realidad a veces oscura, marcada por el mal, puede cambiar si nosotros, los primeros, llevamos a ella la luz del Evangelio, sobre con nuestra vida (Papa Francisco).

Dios, por medio de Moisés, dijo a los israelitas: Seréis para Mí un reino de sacerdotes. La expresión “reino de sacerdotes” no significa que todo el pueblo ejerciera la función sacerdotal, reservada a la tribu de Leví, sino que sólo Israel ha sido elegido como “reino para el Señor”, es decir, para ser el ámbito en que Él reina y es reconocido como único Soberano. Este reconocimiento se manifiesta mediante el servicio que Israel entero tributa al Señor. En el Nuevo Testamento se recogerán hasta con las mismas palabras lo dicho por Dios a Israel, pero aplicándolo a la nueva situación del cristiano en la Iglesia, nuevo pueblo de Dios y verdadero Israel.

En su primera carta san Pedro, dirigiéndose a los fieles, les dice: Vosotros sois linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido en propiedad, para que pregonéis las maravillas de Aquél que os llamó de las tinieblas a su admirable luz (1 P 2, 9). En el Apocalipsis se expresa la misma idea: Al que nos ama y nos libró de nuestros pecados con su sangre y nos ha hecho estirpe real, sacerdotes para su Dios y Padre: a Él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén (Ap 1, 6). Y los hiciste un reino de sacerdotes para nuestro Dios, y reinarán sobre la tierra (Ap 5, 10).

Cada cristiano participa por su incorporación a Cristo de su sacerdocio y está llamado a servir a Dios con su acción en el mundo, por el sacerdocio común de los fieles, que confiere una cierta participación en el sacerdocio de Cristo, que -siendo esencialmente distinta de aquella que constituye el sacerdocio ministerial- capacita para tomar parte en el culto de la Iglesia, y para ayudar a los hombres en su camino hacia Dios, con el testimonio de la palabra y del ejemplo, con la oración y la expiación (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 120).

Una misión apasionante: Pregonar las maravillas del Señor, como hizo Santa María. Proclama mi alma las grandezas del Señor (Lc 1, 46), canta la Virgen en casa de santa Isabel. Por la intercesión de Nuestra Madre pidamos al señor de la mies que envíe obreros a su mies. Y que nosotros seamos esos operarios que trabajan con mucho amor en la viña del Señor.

Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. Homilía

En la Última Cena, Nuestro Señor Jesucristo después de instituir la Eucaristía dijo a sus discípulos: Haced esto en memoria mía (Lc 22, 19). En la liturgia de la palabra de la Misa del Corpus Christi aparece el tema de la memoria. En la primera lectura leemos lo que Moisés dice al pueblo israelita: Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer en el desierto durante estos cuarenta años (Dt 8, 2); No te olvides del Señor, tu Dios. Él te sacó del país de Egipto, de la casa de la esclavitud; te ha conducido a través de ese desierto grande y terrible entre serpientes abrasadoras y escorpiones; hizo brotar para ti agua de la roca más dura en un lugar de sed, sin agua; te alimentó en el desierto con el maná, que no habían conocido tus padres (Dt 8, 14-18).

Y es lógico que se hayan incluido estos versículos del Deuteronomio porque en la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo lo que se celebra es la Eucaristía, y ésta -además de considerarla como acción de gracias y alabanza al Padre; y como presencia de Cristo por el poder de su Palabra y de su Espíritu- se debe considerar como memorial del sacrificio de Cristo y de su Cuerpo.

La Eucaristía es el memorial de la Pascua de Cristo, la actualización y la ofrenda sacramental del sacrificio del Calvario, el único sacrificio de la Nueva Alianza. En el sentido empleado por la Sagrada Escritura, el memorial no es solamente el recuerdo de los acontecimientos del pasado, sino la proclamación de las maravillas que Dios ha realizado en favor de los hombres. En la celebración litúrgica, estos acontecimientos se hacen, en cierta forma, presentes y actuales. De esta manera Israel entiende su liberación de Egipto: cada que celebraba la pascua, los acontecimientos del Éxodo se hacen presentes a la memoria de los creyentes a fin de que conformen su vida a estos acontecimientos (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1363). Ahora bien, en el Nuevo Testamento el memorial recibe un sentido nuevo. Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, hace memoria de la pascua de Cristo y ésta se hace presente: el sacrificio que Cristo ofreció de una vez para siempre en la cruz, permanece siempre actual. Por tanto, la Misa no es una pura y simple conmemoración de la Pasión y Muerte de Jesucristo, sino un Sacrificio propio y verdadero por el que el Sumo Sacerdote, mediante su inmolación incruenta, repite lo que una vez hizo en la Cruz, ofreciéndose enteramente al Padre como víctima gratísima (Pío XII, Encíclica Mediator Dei).

Recuerda, también nos dice la Palabra divina a cada de nosotros. La memoria es importante, porque nos permite permanecer en el amor, a no olvidar que Dios nos ama y que estamos llamados a amarle. Por eso, recordar es esencial para la fe, como el agua para una planta: así como una planta no puede permanecer con vida y dar fruto sin ella, tampoco la fe si no se sacia de la memoria de lo que el Señor ha hecho por nosotros. La Eucaristía es “el memorial del amor” de Dios. Ahí “se celebra el memorial de su pasión”, del amor de Dios por nosotros, que es nuestra fuerza, el apoyo para nuestro caminar. No es una memoria abstracta, fría o conceptual, sino la memoria viva y consoladora del amor de Dios (Papa Francisco). Es una memoria agradecida, porque nos sabemos amados por Dios. Él es Padre y somos amados como hijos; es también una memoria libre, porque Jesucristo nos ha otorgado su perdón liberándonos de la esclavitud del pecado y ha sanado nuestras heridas del pasado y mitiga el recuerdo de las injusticias sufridas e infligidas; y por último, es una memoria paciente, porque en medio de la adversidad Cristo Jesús permanece junto a nosotros, incluso en el camino más accidentado. No estamos solos, pues el Señor no se olvida de nosotros y nos conforta con su amor.

En la segunda lectura leemos: La copa de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan (1 Co 10, 16-17). Aquí san Pablo se refiere al efecto principal de la Eucaristía que no es otro que la unión íntima con Jesús. El nombre de Comunión que se da al hecho de recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo indica este hacerse uno con el Señor. Por eso, al comulgar se realizan aquellas palabras que san Agustín pone en boca de Jesús: No te cambiarás tú en ti, como el alimento de tu carne, sino que tú te cambiarás en mí.

Si en todos los sacramentos, por medio de la gracia que nos confieren, se consolida nuestra unión con Jesús, ésta es más intensa en la Eucaristía, puesto que no sólo nos da la gracia, sino al mismo Autor de la gracia. Por eso, recibir la Eucaristía es entrar en profunda comunión con Jesús. La comunión es un dejarse penetrar por la vida de quien es el Señor, de quien es Creador y Redentor. El objetivo de la comunión es la asimilación de la vida de quien comulga con la de Cristo, su transformación y configuración con quien es Amor vivo.

Como consecuencia de esa íntima unión con Cristo, la Eucaristía es también el Sacramento donde toda la Iglesia muestra y lleva a cabo su unidad, y donde tiene lugar una especialísima unión de los cristianos entre sí. Los Padres de la Iglesia han visto simbolizada esa unión en los mismos elementos -pan y vino- utilizados como materia de la Eucaristía. El Catecismo Romano resume así esta idea: Constando de muchos miembros el cuerpo único de la Iglesia, en ninguna cosa brilla más esta unión que en los elementos del pan y del vino. Porque el pan se forma de muchos granos de trigo, y el vino resulta de muchos racimos de uva; y del mismo modo dan a entender que nosotros, siendo muchos, estamos íntimamente unidos con el vínculo de este divino sacramento, y que formamos como un solo cuerpo.

Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo (Jn 6, 51). En estas palabras del Señor está la promesa que hizo de la Eucaristía en la sinagoga de Cafarnaún. Son de un realismo tan fuerte que excluyen cualquier interpretación en sentido figurado. Y así lo entendieron los judíos, pero no creyeron que la afirmación pudiera ser verdad. Por eso se preguntaban con escepticismo: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? (Jn 6, 52).

Jesucristo en modo alguno habló de forma metafórica. Sus palabras son bien claras: En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida (Jn 6, 53-56). Si Cristo no estuviera realmente presente bajo las especies del pan y del vino, sus palabras carecerían absolutamente de sentido y de fuerza. Aceptada por la fe la presencia real de Cristo en la Eucaristía, sus palabras resultan inequívocas y muestran el infinito y entrañable amor de Cristo por nosotros.

El Discurso eucarístico lo finaliza Jesús diciendo: Éste es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre (Jn 6, 58). Nuestro Señor compara el verdadero pan de vida, su propio Cuerpo, con el maná, con el que Dios había alimentado a los hebreos diariamente durante cuarenta años en el desierto. Este pan vivo es distinto del maná. En la peregrinación del pueblo elegido, Dios acudió en ayuda de los hebreos en dificultad con el don del maná. Gracias al maná los israelitas pudieron sobrevivir en aquel desierto inmenso y terrible. El maná era figura de ese don mesiánico sobrenatural que Cristo trae a los hombres: la Sagrada Eucaristía.

La Eucaristía es alimento del espíritu. No podemos vivir sin la Eucaristía. El Señor, para esta peregrinación de la vida, nos ha dado el alimento eucarístico, su propia carne como comida y su propia sangre como bebida. El mismo Cristo explica para qué pan Dios quería preparar al pueblo de la Nueva Alianza mediante el don del maná. Necesitamos este pan para afrontar la fatiga y el cansancio del viaje. Alimentarse del Pan eucarístico es una necesidad para el cristiano. Alimentados con el Cuerpo y la Sangre del Señor seremos fuertes en la fe, dichosos en la esperanza y activos en la caridad.

Con la comunión eucarística crece y se desarrolla la vida de la gracia recibida en el Bautismo. Ningún padre se contenta con dar la existencia a sus hijos, sino que les proporciona alimentos y medios para que puedan llegar a la madurez. Recibimos a Jesucristo en la Sagrada Comunión para que sea alimento de nuestras almas, nos aumente la gracia y nos dé la vida eterna (Catecismo de la Doctrina Cristiana, n. 289).

El Señor no nos deja solos en el camino de la vida. En el humilde signo del pan y el vino, transformados en su Cuerpo y en su Sangre, Cristo camina con nosotros y nos da fuerza. Está con nosotros; más aún, desea compartir nuestra suerte hasta identificarse con nosotros (Benedicto XVI). Cristo habla de esta identificación: El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él (Jn 6, 56). ¿Cómo no llenarse de gozo por estas palabras del Señor?

Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí (Jn 6, 57). Al recibir en la comunión la Carne y la Sangre de Cristo indisolublemente unidas a su divinada, participamos en la misma vida divina de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Cuando hayáis comulgado, y el corazón se os vaya a dar gracias a Dios, considerad que habéis recibido la Humanidad Santísima de Jesucristo ‑su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad‑, y con ella, toda la Trinidad, porque el Padre, y el Hijo y el Espíritu Santo son inseparables. Pensad que, al destruirse las especies sacramentales, desaparece la presencia real, pero queda en nuestras almas y en nuestros cuerpos ‑que son su templo‑ Dios Espíritu Santo (San Josemaría Escrivá).

Siempre, pero especialmente en la fiesta del Corpus Christi, hagamos actos de fe en la Presencia real en la Hostia Santa, donde sabemos que se encuentra oculto bajo las especies sacramentales: con su Cuerpo, con su Sangre, con su Alma, con su Divinidad.

¿Cómo imaginar los sentimientos de María al escuchar de la boca de Pedro, Juan, Santiago y los otros Apóstoles, las palabras de la Última Cena: “éste es mi cuerpo que es entregado por vosotros?” Aquel cuerpo entregado como sacrificio y presente en los signos sacramentales, ¡era el mismo cuerpo concebido en su seno! Recibir la Eucaristía debía significar para María como si acogiera de nuevo en su seno el corazón que había latido al unísono con el suyo y revivir lo que había experimentado en primera persona al pie de la Cruz (San Juan Pablo II). Acudamos a María, la Mujer eucarística, para que nos enseñe lo que significa entrar en comunión con Cristo. Ella dio su carne, su sangre a Jesús y se convirtió en tienda viva del Verbo, dejándose penetrar en el cuerpo y en el espíritu por su presencia. Pidámosle a ella, nuestra santa Madre, que nos ayude a abrir cada vez más todo nuestro ser a la presencia de Cristo; que nos ayude a seguirlo fielmente, día a día, por los caminos de nuestra vida (Benedicto XVI).

Fundador de los Hermanos Maristas (San Marcelino Champagnat)

Un educador santo (San Marcelino Champagnat)

En el seno de una familia cristiana

Año 1789. Estalla la Revolución Francesa. En ese mismo año, en una pequeña aldea, llamada Rosey, cerca de Marlhes, y a pocos kilómetros de Lyon, el 20 de mayo nace Marcelino Champagnat. Es el noveno hijo del matrimonio formado por Juan Bautista Champagnat y María Teresa Chirat. Al día siguiente de nacer, fiesta ese año de la Ascensión del Señor, recibe las aguas bautismales. Además de Marcelino, se le pone los nombres de José y Benito.

En el seno de su numerosa familia -campesina, cristiana y de costumbres sobrias y sanas- Marcelino fue educado en la rectitud y entrega a los demás. Su madre y una tía del niño -que también se llamaba María, muy piadosa y de vida ejemplar, y que había sido arrojada del convento por los revolucionarios-, se ocuparon de su formación cristiana.

Los primeros años de la vida de Marcelino coincidieron con el desarrollo de la Revolución y el desmantelamiento del Antiguo Régimen. Siendo aún muy niño, al oír hablar de la Revolución con espanto a su madre y a su tía, preguntó a ésta última: ¿Qué es la revolución, tía?; ¿es una persona o alguna bestia? La buena mujer le contestó: Pobre hijito, quiera Dios que nunca experimentes lo que es la revolución; más cruel es que todas las fieras del campo.

Especialmente dura fue para la Iglesia la Revolución: confiscación de todos los bienes de la Iglesia por parte del Estado, constitución civil del clero, disolución de todas las Órdenes religiosas, reducción del número de obispos, deportación de los sacerdotes -la mitad del clero- que se negaron a emitir el juramento de la constitución civil que tenía rasgos galicanos totalmente inaceptables por Roma, cruel asesinato de tres obispos y de trescientos sacerdotes. Como consecuencia de la persecución, más de cuarenta mil clérigos tuvieron que buscar refugio en el extranjero…

Una visita a Rosey

En 1803, cuando Francia comenzaba a resurgir del caos en la que la había sumido la Revolución, era obispo de Lyon el cardenal Fesch. Este ilustre prelado encargó a su vicario general, reverendo Courbon, que pusiese los medios necesarios para fomentar las vocaciones al sacerdocio, pues muchas parroquias de la diócesis estaban sin sacerdotes.

Courbon envió al reverendo Duplaix, profesor del seminario mayor de Lyon, a la parroquia de Marlhes. El párroco, reverendo Allirot, le habló de la familia Champagnat.

La visita a Rosey del eclesiástico que buscaba seminaristas cambió totalmente la vida del joven Marcelino, que por aquel entonces contaba 14 años de edad y se dedicaba a las faenas agrícolas. Cuando Juan Bautista Champagnat dijo a sus hijos: Este señor sacerdote viene por vosotros para que estudiéis para el sacerdocio. La respuesta de Marcelino fue inmediata: Aceptaré, puesto que Dios lo quiere. Y de aquella decisión no titubeó jamás.

Sacerdote de Jesucristo

En octubre de 1805, cuando tenía 16 años y sin una formación intelectual suficiente, ingresó en el seminario menor de Verrières, cerca de Montbrison, donde permaneció durante ocho años. Gracias a su tesón, logró superar las dificultades del retraso en sus estudios. En 1813, Marcelino, al terminar los estudios humanísticos, pasó al seminario mayor de Lyon. Después de una preparación fervorosa en el aspecto espiritual, esmerada en la práctica de la virtud e intensa en el orden intelectual, el 22 de julio de 1816, monseñor Dubourg, obispo de Nueva Orleáns, con el beneplácito del cardenal Fesch, ordenó de presbítero a Marcelino Champagnat. Ya era sacerdote de Jesucristo.

De su época de Lyon data la idea de una asociación bajo la protección de la santísima Virgen -luego hecha realidad-. Idea de unos seminaristas -entre ellos, Marcelino- llenos de amor por el servicio a la Iglesia, que germinó más tarde en la que fue la Sociedad de María, cuyo jefe indiscutible fue el Venerable Claudio Colín y que contaría de tres ramas: los Padres, los Hermanos y las Hermanas Maristas.

Ya ordenado, antes de salir de Lyon, Marcelino subió al santuario de Nuestra Señora de Fourvière para consagrarse a Ella y encomendarle el ministerio que le habían señalado. Después de la Misa, postrado ante la imagen de la Virgen, hizo el siguiente acto de consagración: Virgen Santísima, hacia Vos, que sois tesoro de misericordia y canal de las gracias de Dios, elevo mis manos suplicantes para pediros que me toméis bajo vuestro amparo, e intercedáis por mí ante vuestro adorable Hijo, rogándole me conceda las gracias que necesito para ser digno ministro de los altares. Bajo vuestros auspicios quiero consagrarme a la salvación de las almas. Nada puedo por mí mismo, Madre de misericordia, absolutamente nada, lo reconozco; pero Vos lo podéis todo con vuestro valimiento. Virgen Santísima, en Vos pongo enteramente mi confianza. Os ofrezco, os doy y os consagro mi persona, mis trabajos, y los actos todos de mi vida.

Coadjutor de La Valla

El 12 de octubre de 1816 se le designó como coadjutor de La Valla, del cantón de Saint Chamond (Loira), parroquia diseminada en varios caseríos en profundos valles y por las escarpadas montañas del Pilat.

Los habitantes de La Valla eran, por lo general, buenos, sencillos y de arraigadas creencias religiosas, pero muy ignorantes de las verdades cristianas, debido a varias causas, principalmente a su situación aislada y montañosa. La mayor parte de los feligreses se hallaban dispersos en muchas aldehuelas de difícil acceso; por eso acudían muy de tarde en tarde a la iglesia.

Hombre realista, Marcelino se dedicó con todas sus fuerzas a la tarea de encauzar y renovar en el pueblo la vida cristiana, un tanto abandonada por las conmociones político-sociales de fines del siglo XVIII y las guerras napoleónicas de principios del XIX. Desde el primer momento se lanzó con impetuoso afán a formar a la niñez en las normas de la fe, siendo un celoso y magnífico catequista, a escuchar -incansable- las confesiones, a predicar sin descanso las verdades divinas, exponiéndolas en discurso sencillo y atrayente, a visitar a los enfermos y moribundos con abnegación y lleno de caridad.

Cual pastor vigilante, se propuso trabajar sin desmayo hasta desarraigar las costumbres malignas, principalmente los bailes tan arraigados, la lectura de libros perversos, la afición a la embriaguez y la infenal costumbre de lanzar contra Dios la execrable blasfemia.

Con un joven moribundo

Un buen día le llamaron para que atendiera a un jovencillo de 12 años gravemente enfermo. El reverendo Champagnat acudió sin demora como era su costumbre. Antes de confesarle quiso enterarse de si tenía por lo menos los más indispensables conocimientos de religión para recibir con fruto el sacramento de la Penitencia. Se quedó consternado al comprobar que nada sabía, ni siquiera si existía Dios. Sin pérdida de tiempo se sentó a la cabecera de la cama y durante dos horas estuvo enseñándoles las verdades esenciales y preparándole para la confesión. Le confesó y aún permaneció algún tiempo junto al enfermo ayudándole a hacer actos de amor de Dios y de contrición. A los pocos minutos de irse Marcelino para atender a otro enfermo, murió el niño.

En el alma del joven coadjutor de La Valla brotó un sentimiento de gozo por haber llegado a tiempo de salvar a aquel niño, pero mezclado con otro de espanto al pensar en el peligro que había corrido de perderse para siempre. Y un pensamiento vino a su mente: ¡Cuántos niños se hallarán en idénticas circunstancias con respecto a su salvación, porque no tienen quien les enseñe las verdades de fe!

En los planes de la proyectada Sociedad de María de Padres Maristas no entraba que hubiera Hermanos encargados de la enseñanza, pero Marcelino con machacona insistencia repetía necesitamos Hermanos para educar a los niños. Su propuesta no halló eco. Sólo le dijeron: Encárguese usted de los Hermanos, puesto que es idea suya. Encargo que aceptó gustoso, y desde entonces sus aspiraciones, proyectos y trabajos se encaminaban a su realización. Y por eso se encomendaba a Dios continuamente y le decía: Heme aquí, Señor, para hacer vuestra voluntad. Pero otras veces, temiendo ser víctima de una ilusión, exclamaba: Dios mío, apartad de mí este pensamiento si no proviene de Vos, y si no ha de redundar en vuestra mayor gloria y en bien de las almas.

La fundación de una congregación

La muerte de aquel jovencillo que instruyó en las verdades de fe y le confesó momentos antes de morir fue la luz que disipó las dudas, y Marcelino Champagnat se decide a fundar una congregación de Hermanos cuya misión fuera la de enseñar a los niños pobres la doctrina cristiana.

Para empezar, la primera tarea a que se entregó fue la reorganización de la escuela en su parroquia. Poco a poco llegó a conseguir, de niños sin instrucción, jóvenes entusiastas entregados a la vocación de educadores.

A un joven llamado Juan Bautista Audras, recomendable por sus costumbres puras y por su amor a la virtud, que se dirigía espiritualmente con él, le preguntó si le gustaría ser miembro del nuevo Instituto. Y ésta fue la respuesta del muchacho: Desde que tengo la dicha de estar bajo su dirección, sólo he pedido a Dios una virtud, la de obedecerle; y una gracia, la de renunciar a mi propia voluntad; por eso puede hacer usted de mí lo que le plazca con tal que yo sea religioso. Y así, Juan Bautista Audras, junto con Juan María Granjon, vino a ser el primer miembro de la Sociedad religiosa de los Hermanos Maristas.

Con aquellos dos jóvenes resolvió Marcelino Champagnat dar comienzo a su Instituto. El 2 de enero de 1817 iniciaron la vida de comunidad en una casita que estaba cerca de la casa parroquial. Allí los formó en las virtudes religiosas, les enseñó la doctrina cristiana y ascética y los primeros elementos de la ciencia profana. Al mismo tiempo que se dedicaban a la enseñanza de los demás y a su propia formación, los dos novicios, para poder subsistir, hubieron de entregarse a las faenas que su ingenio les daba a entender.

Llegada de nuevas vocaciones

En aquel ambiente lleno de sencillez y sacrificio, Marcelino puso los cimientos de su obra que no tardó en crecer con rapidez. En la primavera llegó una nueva vocación, Antonio Couturier, chico bueno y piadoso, pero sin ninguna instrucción.

Tiempo después, los padres de Juan Bautista Audras, desconocedores de la fundación de Champagnat y de la vocación de su hijo, instaron a éste para que volviese a casa; pero el chico, firme en sus propósitos, rogó a sus padres que le dejasen seguir aquella vocación. Éstos no hicieron caso de sus ruegos y enviaron a uno de sus hijos mayores para que, sin contemplaciones, le volviese a casa. Cuando Juan Bautista recibió aquella orden terminante, consternado acudió al Fundador y le dijo llorando: Ha venido mi hermano para llevarme con él a casa. Yo no quiero ir en modo alguno. Le ruego haga comprender a mis padres que ésta es mi vocación y que deben dejarme tranquilo. Don Marcelino le tranquilizó y animó, y fue al encuentro del recién llegado: ¿De modo que viene a llevarse a su hermano?, le dijo. El joven respondió: Sí, señor cura; mis padres me han mandado que le acompañe a casa.

Después de una breve conversación, en la cual el Fundador animó al hermano de Juan Bautista a que siguiera el mismo camino que éste, regresó a su casa con la firme decisión de convencer a sus padres que dejara a su hermanos menor y a él mismo seguir la vocación religiosa en el Instituto fundado por el abate Champagnat. Y tal resolución debió mostrar que, al cabo de pocos días, se unía a la incipiente comunidad para ser el cuarto de sus miembros con el nombre de Hermano Lorenzo. Pocos después ingresó otro joven de quince años, llamado Bartolomé Badard. Era la quinta vocación con que Dios bendecía a la naciente congregación religiosa.

Expansión

En el año 1819 los Hermanos se hicieron cargo de la escuela de La Valla. Después, las de Marlhes, Saint-Sauveur, Tarantaise y Bourg-Argental. Tras fundar algunas escuelas rurales en la región, Marcelino Champagnat se decidió por la construcción de la Casa Noviciado -Hermitage- en las inmediaciones de La Valla. Y en 1824, para dedicarse por completo al desarrollo del Instituto de los Hermanos Maristas, dejó, con la autorización de sus superiores eclesiásticos, el cargo de coadjutor de la parroquia.

No se ahorró ningún esfuerzo. Dedicó todo su talento y entusiasmo a incrementar y perfeccionar su amada Sociedad -se lee en el Decreto de Beatificación-; no le apartó de su noble empeño la enfermedad tremenda que le aquejaba; ni la marcha de algunos de los Hermanos que volvían al siglo, ni el peso de las deudas que a veces le oprimían; como tampoco quebraron la esperanza de quien únicamente en Dios confiaba, los repetidos fracasos de las gestiones al intentar el público reconocimiento de la Sociedad.

La Sociedad que había fundado era una congregación religiosa, siempre creciente. Para afianzarla, escribió letra por letra sus Constituciones, llenas de prudencia, y en 1826 se obligó ante Dios, y ligó a sus hijos con la emisión de los votos.

No faltaron dificultades y espinas en la vida de Marcelino Champagnat. Desde que inició la obra de la fundación del Instituto tuvo que enfrentarse con la cruz de la contradicción. De la misma manera que suele emplearse la prueba del fuego para poner de manifiesto la bondad el oro, así también se sometió a dura prueba la virtud y la constancia del Siervo de Dios -afirma el Decreto de Beatificación-. No pocas veces fue víctima de odios vehementes y objeto de tremendas inculpaciones; pero en medio de tantas angustias que le oprimían, a todos ofreció el eximio espectáculo de su paciencia y modestia.

Elección de su sucesor y muerte santa

Dos problemas, en especial, le preocuparon: el reconocimiento oficial de la naciente institución, y su organización autónoma, dentro de la Sociedad de María. Al primero no llegó a darle solución, a pesar de las gestiones que realizó en París durante 1830; lo consiguió su inmediato sucesor conforme había predicho el mismo Marcelino antes de morir. El segundo se resolvió con un decreto de Roma, separando ambas instituciones. Los Hermanos eligieron para superior al Hermano Francisco (Gabriel Rivat), al que desde la infancia había formado Marcelino en su espíritu e ideales.

Marcelino Champagnat murió en olor de santidad el 6 de junio de 1840, a los 51 años, tras haber dictado el testamento espiritual a los Hermanos, síntesis de sus más queridos deseos y pauta a seguir de sus hijos. El 29 de mayo de 1955 fue beatificado por Pío XII, y el 18 de abril de 1999 Juan Pablo II lo canonizó solemnemente en la Plaza de San Pedro. Sus restos reposan en el Hermitage.

Su pensamiento

La semblanza de Marcelino la encontramos en los libros escritos por sus primeros discípulos, que fielmente nos han legado su espíritu y enseñanza. Fue ante todo un educador nato; aprovechó cuanto su época había incorporado a la educación, dándole siempre una orientación religiosa. Captó la importancia de la formación del hombre en sus primeros años, e hizo perdurar ese espíritu apostólico mediante una institución que sigue el ideal de su Fundador.

Una de sus preocupaciones fue la transmisión de la doctrina cristiana. Sobre la enseñanza del catecismo decía: Hay varios modos de dar bien la lección de catecismo, o sea, de enseñar las verdades de la salvación para guiar por el camino del bien a los niños y a las personas mayores. Enseña bien el catecismo el que reza por los niños que le están confiados, y por la conversión de los pecadores y de los infieles. Enseña bien el catecismo quien da siempre buen ejemplo y es en todo momento modelo de piedad, de regularidad, modestia y caridad.

En otra ocasión, hablando a los Hermanos sobre su tarea en las escuelas, les dijo: Para educar a los niños, hay que amarlos, y amarlos a todos por igual.

Sobre las clases de religión hablaba siempre de cuatro fines: a) dar a conocer a Jesucristo y hacerle amar; b) mostrar las dulzuras, los encantos y los frutos de la virtud y la dicha que sienten los que la practican; c) indicarles con el mismo esmero la disformidad y fealdad del vicio, y los males y castigos que acarrea e inspirarles gran temor de cometer pecado; d) ganar el corazón del niño induciéndole a amar la religión y a cumplir todos sus deberes por amor.

Totalmente convencido de que toda virtud y santidad se cifra en conocer, amar e imitar a Jesucristo, hacía de la vida del divino Salvador el tema ordinario de sus sermones y pláticas. En muchas de sus cartas recuerdan a los Hermanos que su finalidad primera y principal es enseñar a los niños lo mucho que les amó Jesucristo y sigue amándoles, y la obligación en que se hallan de corresponder con todo el amor de que sean capaces.

En una ocasión le comentó a un Hermano: El principal motivo que debe inducirnos a huir del pecado y a detestarlo, es el de la ofensa a Dios. Pues bien, esa ofensa la cometen todos los que pecan, de modo que si sólo lo aborrecemos en nosotros mismos y no en los demás, no es perfecto nuestro amor a Dios, ni tampoco detestamos sino imperfectamente el pecado. Sólo huimos de él a causa de los males que nos acarrea, en lugar de temerlo, combatirlo y evitarlo únicamente porque disgusta a Dios y ha sido causa de la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo.

Su celo por la salvación de las almas era constante, fruto de la caridad. No se puede amar a Dios sin desear que sea conocido, amado y servido por todos los hombres, sin sentir aflicción a verle ofendido, y desear facilitar al prójimo los bienes espirituales que le ayuden a alcanzar la vida eterna. Con frecuencia repetía: Ver que Dios es ofendido y que las almas se pierden, son para mí dos cosas insoportables y que me parten el corazón.

Amor a la Virgen

San Marcelino Champagnat desde su infancia tuvo especialísima devoción a la Virgen. Tomó como divisa: Todo a Jesús por María; todo a María para Jesús. De sus pláticas son las siguientes ideas: El muy devoto de María será ciertamente muy amante de Jesús. Lo vemos en los santos que fueron fervorosos devotos de la Virgen, como San Bernardo, San Buenaventura, San Francisco de Asís, San Alfonso María de Ligorio. Todos ellos se distinguieron por su amor ardientísimo a Jesús.

Nada quiere María para sí: cuando la servimos, cuando nos consagramos a Ella, nos acoge para entregarnos a Jesús, y para llenarnos de Jesús.

Jesús confió a su Madre sólo al discípulo amado, para que entendamos que únicamente a las almas privilegiadas, sobre las que tiene designios especiales de misericordia, regala con esa devoción especialísima a Nuestra Señora.

Santa Micaela del Santísimo Sacramento, la enamorada de las mujeres descarriadas

La Fundadora de las Adoratrices (Santa Micaela del Santísimo Sacramento)

Santa Micaela del Santísimo Sacramento nació en Madrid el día 1 de enero de 1809. Era hija de una familia aristocrática, y ya desde niña tuvo preocupación por los pobres y necesitados.

Santa Micaela era una mujer llena de bondad y ternura con todos, de rostro de gran belleza y adornada por una deliciosa sonrisa. Manifiesta la santa que tenía un genio muy vivo, y hasta colérico. A veces le costaba dominar su temperamento impetuoso cuando trataba con alguien impertinente. Tenía que hacer muchos actos de mansedumbre, pero siempre en ella brilló la amabilidad y la sensatez en el trato con las personas. A santa Micaela le daba mucha pena el extravío de tantas jóvenes que, viniendo de los pueblos míseros a las capitales en busca de trabajo, caían en las garras de los prostíbulos.

Santa Micaela hizo amistad con una señora muy caritativa, doña Ignacia Rico, la cual visitaba el hospital de San Juan de Dios en Madrid. Santa Micaela acompañó a doña Ignacia a dicho hospital, y visitaron la sección de mujeres afectadas de enfermedades venéreas. Vio santa Micaela a una joven muy bella postrada en la cama, y en el rostro tenía el estigma de una vida crapulosa. Santa Micaela se acercó a ella y comenzó a conversar. La joven le contó que ella había sido engañada por un joven que se hacía pasar por marqués. Se celebró la boda en Madrid, y a los pocos días el falso marqués desapareció, dejándola abandonada. Ella, no atreviéndose a regresar a su pueblo ante la burla que podía sufrir de amigas y familiares, en Madrid se entregó a la prostitución, y en un lupanar contrajo una enfermedad venérea no acababa de curarse. Santa Micaela no podía dormir, pensando en aquella joven. Al día siguiente se llevó a la joven a una casa de confianza, hasta que recobrara la salud. Habló con los padres y les contó la vida desgraciada de su hija. Los padres, conmovidos, recibieron a su hija con todo amor.

Santa Micaela con aquella joven engañada despertó a la misión para la que Dios la llamaba: salvar del vicio a la juventud femenina, y arrancarla de los prostíbulos. Santa Micaela observó que todas las chicas que salían del hospital no tenían dónde ir, y menos dónde trabajar, y entonces volvían a caer en manos de las alcahuetas y proxenetas. Santa Micaela tenía una casa que convirtió en colegio, para recoger a todas las chicas que estaban expuestas a caer en manos de la prostitución. En este colegio aprendían cultura, religión y labores, y se les buscaba ona colocación con un trabajo honrado. Para esta labor santa Micaela tuvo la colaboración de seis señoras de la aristocracia. Éste fue el primer paso que santa Micaela dio, salvando a miles de adolescentes y jóvenes de caer en las garras de los burdeles, procurando que llevaran una vida de trabajo y honradez.

Santa Micaela visitaba también a los pobres en sus destartaladas casas, llenas de miseria y fétido olor, que a ella le daba tal repugnancia que tenía que hacer grandes esfuerzos para vencerse y permanecer en aquellas casas con las pobres y desventuradas familias, llevándoles el socorro para sus necesidades.

Santa Micaela tuvo varios pretendientes para casarse, pero ella ya tenía resuelto cómo iba a ser su vida: Estar al servicio de las pobres descarriadas, y el amor a jesús sacramentado. Un día se encontró santa Micaela que no tenía dinero para el sustento del colegio, y con harto dolor subastó su caballo, al que tanto quería. Al verlo salir de la cuadra se echó a llorar. Santa Micaela era buena amazona. Un marqués compró el caballo. Enterado el marqués de la gran pena que tenía santa Micaela por haber subastado el caballo, se lo devolvió. Cuando le entregaron el caballo, volvió a llorar al recuperarlo; pero santa Micaela comprendió que no debía tener tanto apego a un animal y lo vendió en el mercado de ganado por siete mil reales.

Santa Micaela había estado una temporada en París visitando a sus hermanos, que eran embajadores. Cuando regresó a Madrid, lo primero que hizo fue visitar su querido colegio. En él reinaba la más absoluta rebeldía. Las señoras que regían el colegio en ausencia de santa Micaela le dijeron: este colegio hay que cerrarlo. Estas chicas son incorregibles. Santa Micaela se propuso seguir en el colegio. Aquellas jóvenes y adolescentes la necesitaban; de lo contrario, caerían en la prostitución. La marquesa de Malpica le prometió ayudarla, y otras señoras también. Santa Micaela incluso iba por las casas más pobres y míseras, buscando adolescentes y jóvenes para llevarlas al colegio, porque además de sufrir hambre y miseria estaban expuestas a caer en manos de los explotadores, los proxenetas y las amas de los prostíbulos. Ellas dócilmente se dejaban llevar al colegio, debido a la dulce persuasión de la santa.

De momento santa Micaela vivía en su palacio con sus criados. Ella sintió la voz de Dios en su interior: A ti te quiero yo en mi obra. Pero el renunciar a las comodidades en que la santa santa Micaela vivía le era muy duro. Pero Dios insistía: A ti te quiero yo en mi obra. Dios le exigía que tenía que vivir con las colegialas y renunciar al lujo de su vida.

Poco a poco la envidia empezó a cebarse en santa Micaela. Algunos despectivamente decían: Pobre Micaela, tan guapa, elegante y de tanto sentido común que parecía tener, y meterse en esos problemas. Muchos pensaron que estaba loca por pensar en desgracias ajenas.

Un día la llamó el arzobispo de Toledo para reprenderla por aquellas imposibles reformas que la santa pensaba llevar a cabo en la juventud. El arzobispo, después de indagaren la vida que llevaba santa Micaela, le dijo: Señora, cásese usted de una vez, y déjese de reformar a muchachas que no tiene compostura. Pero santa Micaela se consagró más firmemente a la educación de tantas adolescentes y jóvenes que venían al colegio pidiendo ayuda y protección. Entonces santa Micaela tomó la resolución de cerrar su palacio, y se vino a vivir con las colegialas para siempre. Se despojó de sus vestidos elegantes, y se vistió un hábito religioso negro y sencillo.

El arzobispo le retiró la licencia de tener la Eucaristía en la capilla del colegio. Vino el emisario, y santa Micaela lo convenció para que dejara a Jesús sacramentado. Los dos fueron a la capilla y estuvieron orando. A la salida le dijo el sacerdote: Usted tiene preso a Jesús sacramentado con cadenas de amor. Siga su obra, que Dios es quien la guía. Santa Micaela volvió a la capilla y, postrada ante el sagrario, exclamó: Señor, triunfamos. Guárdame, Señor, a mí y yo te guardaré a ti.

Estando su hermano mayor de embajador en París, santa Micaela fue a visitarlo y pasó unos días en su compañía. Un mediodía comieron ella, su hermano y su cuñada con los reyes de Francia. El rey dijo a santa Micaela: Ya me he enterado de que usted visita a un soldado inválido, le da usted de comer, le barre la habitación y la muda la cama; ¿por qué lo hace? Ella sonriendo le dijo: es que ese pobre soldado sufría mucho del estómago, como yo también sufro. Mientras duró su visita a sus hermanos en París, estuvo presente santa Micaela en los barrios más pobres y en los tugurios llenos de miseria. Hablaba con las gentes, les llevaba un socorro, los sonrería con dulzura y dejaba en el ánimo de los pobres paz y consuelo.

Se presentó en el colegio una joven pidiendo protección. La había despachado del hospital por blasfema y escandalosa. Estaba enferma con pústulas en la cara y sarna en el cuerpo. Temía santa Micaela un contagio en las alumnas, y fue al sagrario a consultar con el Señor. Y el Señor le inspiró: La enferma no contagiará a la enfermera que la cuide, y se curará de alma y cuerpo. Con el tiempo se curó. Trajo la joven al colegio a sus dos hermanas, de muy mala conducta en la vida, y las tres hermanas llevaron en el colegio una conducta intachable.

Santa Micaela una mañana tomó un coche para trasladarse al colegio. Eran coches sucios y destartalados, y algunos cocheros bastante groseros. Al subier ella en el coche, se fijó en el cochero, Juan, estaba borracho, y juzgó santa Micaela más prudente bajarse y tomar otro coche. El cochero llenó de insultos a santa Micaela. Ésta no le contestó. Pocos días después, al tomar santa Micaela otro coche, le dijo el cochero: Señorita, el cochero Juan, que la insultó, está muy grave. Y santa Micaela se fue a casa del cochero. Éste estaba postrado en un camastro. Santa Micaela trajo a su médico y lo sirvió en todo; y Juan, el cochero, se curó totalmente y se hizo amigo de la santa; de tal forma que un día se declaró un incendio en el colegio y Juan, con peligro de su vida, ayudó a sofocarlo.

Había en el hospital de san Juan de Dios una mujer leprosa. Estaba casi abandonada, pues nadie quería acercarse a ella y ayudarla. Santa Micaela, que estaba visitando a varios enfermos, se acercó a ella; y lo primero que hizo fue abrazarla y conversó con ella. El mal olor era insoportable. Santa Micaela mudó sus ropas, le cambió las sábanas y le dio de comer. Con estas maniobras santa Micaela se hizo un rasguño, y quedó contagiada de la lepra; y así se lo confirmó el médico que la vio. Santa Mocaela fue a la capilla y, postrada ante el sagrario, dijo: Señor, por caridad he contraído la lepra. Mira lo que haces conmigo. Y al instante le desapareció la lepra.

Cayó sobre las alumnas del colegio una fuerte gripe. Sólo permanecieron en pie santa Micaela y su inseparable Isabel, antigua criada de su palacio. Quince días permanecieron en pie sin apenas dormir, atendiendo a las enfermas. Ellas dos tuvieron que hacer de todo: limpiar, cocinar, lavar y dar la comida a las enfermas. Y cuando las alumnas se curaron, santa Micaela y su ayudante Isabel estaban totalmente agotadas. Su hermano, de elevada posición social, envió a un criado al colegio para saber si su hermana vivía. El criado le dijo a la santa: De parte de su hermano que, como esos trabajos que se toma los hace por capricho, no le tiene nada de lástima. Y tres años estuvo su hermano sin ver a su hermana Micaela. Por fin fue su hermano a verla; y la encontró postrada en cama, con u fuerte reuma y malestar, y con los pies hinchados. Su hermano, al verla, le impresionó tanto que sufrió un desmayo. Entonces su hermano se dio cuenta de lo injusto que había sido con su hermana, y reanudó de nuevo el cariño con Micaela.

María era una joven de gran belleza; estaba casada y tenía tres hijos. Como le había sido infiel a su marido, éste la abandonó, llevándose a sus tres hijos. Ella, no teniendo dinero, empezó a pasar hambre. Como era una mujer muy hermosa, santa Micaela temió que algún hombre rico se la echara por querida, y la recogió en el colegio. La joven María a veces se echaba a llorar, y daba unos gritos que las alumnas se sobrecogían de angustia y pena. Poco a poco se fue sosegando, y empezó a colaborar como maestra en el colegio. Era una mujer muy culta, y tocaba admirablemente el piano. Era elegante, y en su trato fina y educada. Por fin se fue sometiendo a los consejos de la santa. Con el tiempo fue una gran colaboradora.

Santa Micaela fundó la admirable Orden Religiosa de las Adoratrices, cutos fines principales eran: El amor a Jesús sacramentado, y el amor y la educación de la juventus femenina descarriada.

Una joven muy agraciada acababa de salir del hospital, y entró en el colegio para su convalecencia. Era una mujer amante de un hombre de posición muy elevada, que traía desunida a la familia. El marido pensaba abandonar a su esposa e irse con la joven a vivir a otra ciudad. Entró en el colegio con la condición de no ser castigada. La joven era de un carácter arisco, y pronto metió cizaña en el colegio Un día la maestra de esta joven impuso el castigo de besar el suelo. Ella le contestó: Yo no beso el suelo; la madre Micaela me prometió que no me castigarían. Vino santa Micaela y corroboró lo que decía la joven; y dijo la santa con dulzura: Yo he prometido a Dios que todos los castigos que se impongan a esta joven yo los asumo, así que yo besaré el suelo. Santa Micaela se postró en el suelo y lo besó. Todas las alumnas se arrodillaron y besaron también el suelo. La joven Paz, que así se llamaba, rompió a llorar y pidió a santa Micaela que en adelante se le impusieran castigos, que ella los cumpliría. Cuando llegó el tiempo de salir la joven Paz del colegio, determinó quedarse para siempre. Le resultaba imposible abandonar a santa Micaela, una mujer tan admirable, tan buena, y sobre todo cariñosa con ella y con todos.

Santa Micaela solía visitar en su casa a una joven de gran belleza, a la que había conocido en el hospital. En una visita santa Micaela la vio tan rara, que le dijo a la joven: Tú me ocultas algo. La joven se echó a llorar, y le dijo que se había concertado con un rico marqués para vivir con todo lujo en un piso elegante. La santa le dijo: Estos ricos se aprovechan de vosotras una temporada, hasta que encuentran otra más guapa que tú, y tú vas a la calle a pedir limosna o a un prostíbulo a vivir una vida de infiernos y luego de miseria. Elige. Mi colegio lo tienes abierto. La joven se marchó al colegio con santa Micaela. De estos casos tuvo, en los que salvó a adolescentes y jóvene de caer en las horribles garras de los hombres adinerados.

Santa Micaela sacaba tiempo para visitar a los necesitados en sus tugurios. El mal olor de las viviendas, a veces nauseabundo, se impregnaba en sus vestidos. Para evitar tal olor se daba colonia, pero ella creyó que era mortificarse poco usando colonia. Su confesor la reprendió, diciéndole: Bien puede usted usar el agua de colonia y perfumarse, pues a mí me gusta que venga usted a comulgar con un delicado perfume. Me es muy grato.

El gran amor que santa Micaela tenía a Jesús sacramentado trataba de infundirlo en todas las almas del colegio. Impuso como saludo: Alabado sea el Santísimo Sacramento.

Santa Micaela era muy aficionada a la música, y tocaba maravillosamente el arpa. Por la noche, ya muy cansada de los trabajos del colegio, le gustaba tocar el arpa, y con las melodías musicales descansaba. Pero una noche en que tenía la ventana abierta tocó el arpa tan magistralmente, que los transeúntes que la habían oído le tributaron grandes aplausos.

Le aconteció a veces a santa Micaela no tener dinero ni alimentos para sus colegialas. Eran las once de la mañana y no había ni pan. Santa Micaela se fue a la capilla y, postrándose ante el sagrario, le dio unos golpecitos y le dijo al Señor: Señor, dame pan para mis chicas, que no tienen qué comer. Y en ese instante entró en el colegio un religioso que acababa de llegar de Filipinas y quería ver el centro dechicas recogidas, pues había oído grandes ponderaciones de él. El religioso, visto el colegio, quedó admirado del orden, del silencio y de la piedad que reinaban en él. Al marcharse, el religioso dijo a la santa: Permítame que contribuya con un donativo a tan hermosa obra. Y le entregó doscientos cuarenta reales. Inmediatamente la santa compró arroz, huevos, pescado y pan; y tucieron las colegialas una comida exquisita y abundante. Santa Micaela estaba conmovida por el regalo que Dios le hizo.

Un día vino un comerciante al colegio a cobrar quinientos reales que la santa le debía, y lo hizo en medio de insultos a la santa. Ella no estaba, y el comerciante esperó. A continuación vino un señor deseando estar con santa Micaela, y también esperó. Cuando llegó santa Micaela, el caballero la saludó respetuosamente y le entregó un sobre que contenía quinientos reales. El comerciante reclamaba sus quinientos reales, y la santa se los entregó. Pidió el comerciante mil perdones y se marchó. Santa Micaela quedó admirada de la ayuda de la Providencia. De estos casos tuvo en su vida bastantes.

Santa Micaela impuso a las colegialas orden, disciplina y silencio en las clases. Confiesa santa Micaela que le costaba a ella guardar silencio, pues su temperamento era expansivo, franco y alegre. Ella manifiesta: Era yo muy parlera. Su gran amor fue Jesús en la Eucaristía.

En el colegio, en el que estaban acogidas cientos de chicas pobres, el trato que tenía santa Micaela con ellas era de lo más amable y respetuoso. Un día una joven le dio a santa Micaela una mala contestación, y la santa en un impulso colérico le dio a la joven una bofetada. Al pronto comprendió la santa que ése no era el camino de la educación que debía dar. Y santa Micaela se puso de rodillas, le pidió perdón a la joven y luego la besó. Formó el propósito de no pegar jamás a nadie.

Santa Micaela fundó colegios para acoger a chicas abandonadas en Madrid, San Sebastián, Cádiz, Sevilla, Zaragoza, Burgos, Bilbao, Barcelona, Ávila, Zamora, Votoria, etc. Todo el mundo pedía abrir nuevos colegios bajo la dirección de la santa. Numerosas jóvenes y señoras se ofrecieron para colaborar y trabajar en los colegios de santa Micaela. Y es entonces cuando la santa tiene que viajar continuamente en numerosas diligencias para realizar sus fundaciones y vigilar las ya fundadas.

Tuvo que regresar a Madrid, pues se había declarado la peste. Muchas de sus alumnas cayeron enfermas. Aconsejada por los médicos, fueron trasladadas al palacio de su hermano en Guadalajara. Instalaron con toda comodidad a las enfermas y fueron bien atendidas.

Santa Micaela recibió la noticia de la enfermedad de cólera en Valencia, y por tanto en su colegio había entrado dicha enfermedad. Cuando llegó a Valencia, se ofreció al arzobispo para asistir a los enfermos, que eran innumerables. Al día siguiente ya estaba san Micaela sirviendo y ayudando a los apestados. A los pocos días santa Micaela comenzó a sentirse enferma; eran los síntomas del cólera. Empezó a tener vómitos y calambres. Se puso gravísima. En medio de sus convulsiones tenía los ojos cerrados, y en sus labios una oración. Recibió con gran amor y alegría la Eucaristía. Antes de morir, dijo con gozo: Hijas mías, tanto os quiero, que ni al cielo quisiera subir sola y sin la compañía de alguna de vosotras. Con estas palabras dejó de existir. Y su deseo se cumplió, pues al poco rato de morir la santa, la hermana Ángeles, colaboradora de la santa, también moría en la paz del Señor. Ambos cadáveres recibieron sepultura en el cementerio de san Martín de Madrid. Era el año 1865. Más tarde santa Micaela del Santísimo Sacramento fue canonizada por la Iglesia Católica.