Institución del Cónclave
El cónclave es la reunión de los cardenales de la Santa Iglesia Romana para elegir al papa. También se designa con este nombre al lugar donde tiene lugar esta reunión. El nombre de cónclave viene de la expresión latina cum clave (con llave).
Las disposiciones sobre el cónclave están contenidas en la constitución Universi Dominici Gregis, promulgada por san Juan Pablo II el 23 de febrero de 1996. Pero el origen del cónclave no es papal, sino -aunque pueda parecer paradójico- popular.
No fueron los electores del romano pontífice o los papas los iniciadores de esta costumbre rigurosa, sino el pueblo en uno de esos actos de coraje a los que la sabiduría popular da forma de acción. Tuvo algunos precedentes. En primer lugar está lo ocurrido en Perugia, en 1216, con ocasión de la sede vacante producida por la muerte de Inocencio III y ante la indecisión de los cardenales para nombrar papa, el pueblo encerró bajo llave a los 19 cardenales en el Palacio Pontificio obligándoles a ponerse de acuerdo lo más pronto posible. El encierro surtió el efecto deseado: en poco tiempo, la Iglesia tenía un nuevo papa en la persona de Honorio III.
La experiencia se repite en 1241 al morir Gregorio IX cuando los romanos encierran a los cardenales en la famosa fortaleza de Septimio Severo, después de dos meses de sede vacante. Los diez cardenales, pronto, coinciden en la elección de Celestino IV, que moriría sólo 18 días después.
El 29 de noviembre de 1269 murió Clemente IV, francés de nacimiento. Hasta la elección de su sucesor pasarán casi tres años: el período más largo de sede vacante en la historia de la Iglesia. Y podría haber durado más si no es por la intervención decisiva del pueblo de Viterbo, que origina, en sentido estricto, el nacimiento de la institución del cónclave.
En Viterbo se reunieron 18 cardenales para elegir papa, pero no se ponían de acuerdo. El pueblo se impacientó y decidió acelerar la elección con los medios que tenía a su alcance. A la cabeza de los fieles estaba san Buenaventura, y la decisión popular no se hizo esperar: encerrar cum clave a los cardenales hasta que haya papa. Se tapiaron las paredes y las puertas. Y el pueblo se quedó a la espera del anuncio de la elección.
Pasaron aún dos meses, y el pueblo tomó nuevas medidas: racionar la comida a los conclavistas. Ni por ésas. Pero el pueblo llegó a más: en pleno invierno, quitaron el techo de la sala en la que los cardenales se reunían para la elección. No se sabe si fue el hambre, o el frío, o el miedo a que los de Viterbo cumplieran sus amenazas -o las tres cosas juntas- lo que aceleró la elección del papa. Lo cierto es que la Iglesia -y con ella los audaces ciudadanos de Viterbo- tuvieron un papa que se llamó Gregorio X. Éste, que sería beatificado por la Iglesia, por medio de la constitución Ubi periculum, ordenó que la elección del papa se hiciera siempre en cónclave.
Diversos papas dieron normas sobre el cónclave. Algunas regulaciones resaltaban la necesidad de que, para acelerar el proceso de elección, las condiciones en el cónclave fueran lo más incómodas posibles. Según lo dispuesto por Juan Pablo II, durante el cónclave, los cardenales electores residirán en la llamada Domus Sanctae Marthae, sin las estrecheces e incomodidades de épocas pasadas.
El derecho de exclusiva o veto
A partir de mediados del siglo XVII se fue introduciendo en los cónclaves el llamado derecho de exclusiva o veto como una forma bien precisa de influencia de los monarcas católicos en la elección de los papas. Con este pretendido derecho algunas naciones excluían a determinados cardenales, impidiéndoles ser elegidos papas. Las coronas que se arrogaron el derecho de exclusiva fueron las de Austria, Francia y España.
El veto fue sufrido a la vez que tolerado por la Iglesia sin rasgarse las vestiduras al considerar a las naciones que se arrogaban este seudoderecho como protectoras suya, y, también, por el temor de que en caso de contrariarlas, estas naciones causaran un daño grave a la religión católica.
La última vez que se puso el veto a un cardenal fue en el cónclave de 1903. En la mañana del 2 de agosto, antes de procederse al tercer escrutinio, el cardenal Jean Puzyna de Kosielsko, arzobispo de Cracovia, declaró en nombre de su Majestad Apostólica, el emperador Francisco José I la oposición de la corona austríaca a la elección del antiguo Secretario de Estado de León XIII, el cardenal Rampolla.
Las palabras del cardenal Puzyna fueron dirigidas al cardenal Luis Oreglia de San Esteban, Camarlengo de la Santa Iglesia, y fueron éstas: Tengo el honor, según se me ha encargado por orden superior, de rogar a vuestra Eminencia que, en su calidad de Decano de la Santa Iglesia Romana, tenga a bien saber, para su propio informe y para declararlo oficialmente en el nombre y por la autoridad de Francisco José, Emperador de Austria y Rey de Hungría, que su Majestad, queriendo hacer uso de un derecho y de un privilegio antiguos, pronuncia el veto de exclusión contra mi Eminentísimo Señor el Cardenal Mariano Rampolla del Tíndaro.
El antiguo Secretario de Estado había obtenido 24 votos en la primera votación y 29 en la segunda. La indignación producida por este gesto anacrónico fue general. La declaración de la voluntad imperial levantó numerosas protestas por parte del Sacro Colegio. El cardenal Camarlengo, Oreglia, protestó con orgulloso acento contra el odioso servilismo a un poder civil y rechazó con energía la validez del veto. Esa comunicación -dijo- no puede ser acogida por el Cónclave a título oficial ni oficioso, y no se tendrá en cuenta de ella.
El cardenal excluido protestó con palabras firmes y dignas, llenas de la grandeza de su conciencia, propias de un príncipe de la Iglesia: Yo deploro que se cometa un grave atentado, en materia de elecciones, contra la libertad de la Iglesia y la dignidad del Sacro Colegio por un poder laico, y por ello protesto enérgicamente. En cuanto a mi humilde persona declaro que nada podía ocurrirme más honroso ni más grato.
San Pío X, elegido -los caminos de la Providencia son inescrutables- quizás gracias al veto austríaco al cardenal Rampolla, para evitar que en sucesivos cónclaves se hiciera uso del seudoderecho del veto, promulgó el 20 de enero de 1904 la constitución Commissum nobis, en la que se declaraba nulo y absolutamente prohibido el derecho de exclusiva, o veto, aun cuando fuera expresado como deseo o mera indicación iniciada de la voluntad de cualquier potestad civil.
Anuncio al pueblo
Una vez que en el cónclave se ha elegido un nuevo papa se procede a comunicar al pueblo romano la grata noticia. El encargado de hacerlo desde el balcón principal de la Basílica de San Pedro es el cardenal protodiácono, que lo hace con estas palabras:Anuntio vobis gaudium magnum. Habemus Papam! Eminentissimum ac Reverendissimum Dominum, Dominum…… Sanctae Romanae Ecclesiase Cardinalem ……, qui sibi nomen imposuit …… (Os anuncio una alegría grande. ¡Tenemos Papa! El Eminentísimo y Reverendísimo Señor (nombre del elegido) Cardenal de la Santa Iglesia Romana (apellido del elegido), que ha tomado el nombre de (nombre que el nuevo Papa ha elegido para su pontificado).
Momentos después aparece el recién elegido papa dar la bendición Urbi et orbi (a la ciudad y al mundo). Hasta san Juan Pablo II, los papas se limitaban a impartir la bendición, pero el papa Wojtila, al presentarse al pueblo, quiso decir unas palabras a los fieles congregados en la Plaza de San Pedro. Este deseo de Juan Pablo II puso nervioso al maestro de ceremonias pontificias, monseñor Virgilio Noé, que recordó al papa que la costumbre era sencillamente dar la bendición y retirarse sin más. Pero el papa de nuevo le manifestó su deseo: Yo quiero hablar. Monseñor Noé insistió: Pero es que el protocolo… San Juan Pablo II no le dejó terminar la frase y le dijo: El protocolo dirá lo que quiera, pero yo voy a hablar. Y así fue. Estas fueron las palabras que pronunció: ¡Alabado sea Jesucristo! Queridísimos hermanos y hermanas: Todos estamos apenados todavía por la muerte de nuestro queridísimo papa Juan Pablo I. Y he aquí que los eminentísimos cardenales han designado un nuevo Obispo de Roma. Lo han llamado de un país lejano…, lejano, pero muy cercano siempre por la comunión en la fe y en la tradición cristiana. He sentido miedo al recibir esta designación, pero lo he hecho con espíritu de obediencia a Nuestro Señor Jesucristo y con la confianza plena en su Madre, la Virgen Santísima. No sé si podré explicarme bien en vuestra… nuestra lengua italiana. Si me equivoco, me corregiréis. Y así me presento a todos vosotros, para confesar nuestra fe común, nuestra esperanza, nuestra confianza en la Madre de Cristo y de la Iglesia; y también para comenzar de nuevo el camino de la historia y de la Iglesia, con la ayuda de Dios y con la ayuda de los hombres.
El sucesor de san Juan Pablo II, Benedicto XVI, también pronunció unas palabras antes de dar la bendición Urbi et Orbi. En esta ocasión, el maestro de ceremonias pontificias, monseñor Piero Marini, no puso ningún reparo protocolario. Estas fueron las palabras que pronunció: Queridos hermanos y hermanas: después del gran Papa Juan Pablo II, los señores cardenales me han elegido a mí, un simple y humilde trabajador de la viña del Señor. Me consuela el hecho de que el Señor sabe trabajar y actuar incluso con instrumentos insuficientes, y sobre todo me encomiendo a vuestras oraciones. En la alegría del Señor resucitado, confiando en su ayuda continua, sigamos adelante. El Señor nos ayudará y María, su santísima Madre, estará a nuestro lado. ¡Gracias!
El papa Francisco, elegido para suceder a Benedicto XVI también pronunció unas palabras cuando salió al balcón de la Basílica de San Pedro para dar la bendición Urbi et Orbi. Son éstas: Hermanos y hermanas, buenas tardes.Sabéis que el deber del cónclave era dar un Obispo a Roma. Parece que mis hermanos Cardenales han ido a buscarlo casi al fin del mundo…, pero aquí estamos. Os agradezco la acogida. La comunidad diocesana de Roma tiene a su Obispo. Gracias. Y ante todo, quisiera rezar por nuestro Obispo emérito, Benedicto XVI. Oremos todos juntos por él, para que el Señor lo bendiga y la Virgen lo proteja.
(Padre nuestro. Ave María. Gloria al Padre).
Y ahora, comenzamos este camino: Obispo y pueblo. Este camino de la Iglesia de Roma, que es la que preside en la caridad a todas las Iglesias. Un camino de fraternidad, de amor, de confianza entre nosotros. Recemos siempre por nosotros: el uno por el otro. Recemos por todo el mundo, para que haya una gran fraternidad. Deseo que este camino de Iglesia, que hoy comenzamos y en el cual me ayudará mi Cardenal Vicario, aquí presente, sea fructífero para la evangelización de esta ciudad tan hermosa. Y ahora quisiera dar la Bendición, pero antes, antes, os pido un favor: antes que el Obispo bendiga al pueblo, os pido que vosotros recéis para el que Señor me bendiga: la oración del pueblo, pidiendo la Bendición para su Obispo. Hagamos en silencio esta oración de vosotros por mí….
Ahora daré la Bendición a vosotros y a todo el mundo, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad.
(Bendición).
Hermanos y hermanas, os dejo. Muchas gracias por vuestra acogida. Rezad por mí y hasta pronto. Nos veremos pronto. Mañana quisiera ir a rezar a la Virgen, para que proteja a toda Roma. Buenas noches y que descanséis.
Renuncia al Pontificado
En los dos mil años de historia del Pontificado pocos papas han renunciado a la dignidad pontificia. La renuncia más conocida es la de sanCelestinoV(1294), el único, antes de Benedicto XVI, que renunció de forma clara y sin ningún tipo de presiones exteriores.
A la muerte de Nicolás IV (año 1292), los cardenales electores en aquel momento se encontraban divididos por la tradicional rivalidad entre las influyentes familias de los Colonna y los Orsini, que hacía imposible alcanzar una mayoría de dos tercios para la elección del nuevo papa. Después de más de dos años de sede vacante, por fin, el día 5 de julio de 1294, gracias al esfuerzo y prestigio del cardenal decano, Latino Malabranca, el cónclave eligió a un piadoso ermitaño, Pedro Murrone. Éste pasó a ser Celestino V.
Muy pronto, sin embargo, se pusieron de relieve los inconvenientes de aquella elección, pues sesenta años de vida eremítica, aunque podían considerarse como una buena preparación para ceñir la corona celestial, no lo eran para asumir las dificultosas tareas que conlleva el supremo pontificado. Su buena fe, junto con la falta de experiencia, le convirtieron en víctima propiciatoria de las artimañas que le tendían los gobernantes de su época, especialmente el rey Carlos II, de Nápoles y Sicilia, que estaba decidido a convertir al Papa en un instrumento dócil al servicio de sus intereses.
Impresionado por el desorden que comenzó a surgir en el seno de la Iglesia, Celestino V llegó a la conclusión de que no era persona apta para ejercer el oficio del Pastor universal de la Iglesia. Parece ser que llegó a exclamar: ¡Oh Dios mío, mientras reino sobre las almas, estoy labrando la eterna condenación de la mía! Lo cierto es que cada día se le resultaba más cuesta arriba el ejercicio de los deberes propios de su cargo, tan contrarios a sus costumbres y a su afición por la soledad.
En otoño de 1294 quiso dejar el gobierno de la Iglesia en manos de tres cardenales, pero varios miembros del Sacro Colegio se opusieron a sus deseos. Entonces, tras consultar a varios cardenales y canonistas, decidió renunciar al pontificado.
El 13 de diciembre de 1294, Celestino V reunió a los cardenales en consistorio, tomó asiento sobre la sede papal y leyó el acta de renuncia. Acto seguido abandonó su sede, se despojó de las insignias pontificales, se revistió con los hábitos propios de la Orden que había fundado años antes y fue a sentarse en un sencillo taburete. El gesto conmovió a todos los cardenales.
Otra renuncia bien conocida es la de GregorioXII (1415). Éste renunció durante el Cisma de Occidente. Gregorio XII (Papa de la obediencia de Roma) siempre se mostró celoso partidario de la unidad de la Iglesia. Con frecuencia decía: De buen grado iría a pie con un bastón en la mano para restablecer la unión si faltaran los caballos para el coche, y si no tuviera galeras para atravesar el mar, tomaría el primer barco que se me ofreciese.
Días después de su elección, Gregorio XII había escrito a Benedicto XIII (Papa de la obediencia de Aviñón) asegurándole que estaba pronto a renunciar al Pontificado, si él hacía lo mismo, con objeto de que los cardenales eligieran a un único Papa universalmente reconocido: No es hora de disputar, sino de inclinarse ante el interés público. La verdadera madre prefiere renunciar a sus derechos antes que ver partido en dos a su hijo querido.
La Cristiandad estaba dividida en tres “obediencias” (Roma, Aviñón y Pisa). La Iglesia en aquella situación tricefálica parecía encontrarse en un callejón sin salida y se extendía cada vez más la idea de que tan sólo un concilio verdaderamente universal podría sacarla del atolladero en que se encontraba. Juan XXIII (Papa de la obedienciade Pisa) convocó un concilio general en la ciudad de Constanza, Suiza.
Juan XXIII declaró abierto el concilio el 1 de noviembre de 1414, aunque en realidad la reunión de Constanza no puede ser considerada como verdadero concilio hasta el 4 de julio de 1415, fecha de la XV sesión, ya que sóloen esta sesión el cardenal Dominico de Gubbis leyó el decreto de Gregorio XII, legítimo papa, convocando el concilio y, a continuación, el acta de su renuncia al Pontificado.
Gregorio XII, una vez informado de la lectura en Constanza del decreto de su renuncia, reunió un consistorio público. Compareció con las vestiduras pontificias y depuso voluntariamente la tiara y las demás insignias correspondientes a su dignidad papal.
Su muerte inmediata, antes de que se hubiese elegido sucesor, fue considerada por sus partidarios como una prueba más de su legitimidad, como si Dios no hubiese querido permitir que viviendo el que fue Gregorio XII ocupase la sede de San Pedro otro papa.
Otros papas que al Pontificado fueron san Ponciano, san Silverio y san Martín I. Además hay otros papas cuya renuncia no está del todo históricamente comprobada. Éstos son Juan XII, León VIII, Benedicto V, Silvestre III, Gregorio VI y Juan XVIII.
Dos renuncias que no llegaron a hacerse efectivas fueron las de Pío XII y Pío VII.
Durante la ocupación de Roma por los nazis (1943-1944) Pío XII (Eugenio Pacelli) había dejado escrita a una persona de confianza su renuncia como pontífice de la Iglesia, para el caso de que fuera arrestado y conducido fuera de las murallas de Roma: Si soy arrestado -decía- el prisionero será Eugenio Pacelli y no el papa.
Pío VII también redactó un decreto con su renuncia al Pontificado, pero no llegó a hacerse público. Se vio obligado a acudir a París para la coronación de napoleón -¡qué remedio!- y no quería comprometer el papado. Napoleón estuvo empeñado en que Pío VII (Bernabé Chiaramonti) residiera en París o en Aviñón, con objeto de aprovecharse del prestigio universal del Papado y colmar sus planes imperialistas. Pero Pío VII cuidó de estorbar el nefasto proyecto, manifestando que, en previsión de tal contingencia, antes de partir de Roma había depositado un decreto con su renuncia al Pontificado en manos del cardenal Pignatelli. Y así, cuando se trate de realizar los proyectos que se meditan, sólo quedará en manos de vuestro poder un pobre monje llamado Bernabé Chiaramonti, dijo el Papa al emperador de los franceses.
El 11 de febrero de 2013, Benedicto XVI anunció en un consistorio de cardenales su renuncia al Pontificado. Éstas fueron las palabras del Papa: Queridísimos hermanos: Os he convocado a este Consistorio, no sólo para las tres causas de canonización, sino también para comunicaros una decisión de gran importancia para la vida de la Iglesia. Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino. Soy muy consciente de que este ministerio, por su naturaleza espiritual, debe ser llevado a cabo no únicamente con obras y palabras, sino también y en no menor grado sufriendo y rezando. Sin embargo, en el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de san Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado. Por esto, siendo muy consciente de la seriedad de este acto, con plena libertad, declaro que renuncio al ministerio de Obispo de Roma, Sucesor de san Pedro, que me fue confiado por medio de los Cardenales el 19 de abril de 2005, de forma que, desde el 28 de febrero de 2013, a las 20.00 horas, la sede de Roma, la sede de San Pedro, quedará vacante y deberá ser convocado, por medio de quien tiene competencias, el cónclave para la elección del nuevo Sumo Pontífice.
Queridísimos hermanos, os doy las gracias de corazón por todo el amor y el trabajo con que habéis llevado junto a mí el peso de mi ministerio, y pido perdón por todos mis defectos. Ahora, confiamos la Iglesia al cuidado de su Sumo Pastor, Nuestro Señor Jesucristo, y suplicamos a María, su Santa Madre, que asista con su materna bondad a los Padres Cardenales al elegir el nuevo Sumo Pontífice. Por lo que a mí respecta, también en el futuro, quisiera servir de todo corazón a la Santa Iglesia de Dios con una vida dedicada a la plegaria.
La muerte de los papas
El 6 de agosto de 1978, Pablo VI, pocas horas antes de morir en la residencia papal de Castelgandolfo, dijo al obispo de la diócesis de Albano: La muerte de un papa es como la de los otros hombres, pero siempre puede enseñar algo a los demás hombres.
El papa es Pedro, y los que mueren son Sixto, Clemente, Juan, Gregorio, Formoso, Silvestre, Pío… Pedro perdura en sus sucesores, pero éstos van falleciendo. No hay excepciones, la muerte alcanza a todos los hombres. Cosa bien distinta son los ritos y costumbres en el sepelio y en las exequias que se reservan para quienes han ocupado la Sede de San Pedro.
En primer lugar, la muerte de un papa no sólo la certifica el médico, sino que debe ser corroborada por el cardenal Camarlengo. El médico, inmediatamente después del fallecimiento del romano pontífice, ausculta el cadáver y le toma el pulso, pero antes de firmar el certificado de defunción, por tradición, enciende una vela que acerca a los amoratados y entreabiertos labios del finado en busca del más remoto hálito de vida. La inmovilidad de la llama es señal clara de la muerte del papa. Es entonces cuando los clérigos de Cámara cubren el rostro del pontífice difunto con una fina gasa blanca, y el resto del cuerpo con un paño de seda roja. Sólo las manos del papa permanecen sin cubrir, cruzadas sobre el pecho y sujetando un crucifijo y un rosario.
Miembros de los cuerpos armados del Vaticano custodian el cadáver mientras es velado en oración por los canónigos penitenciarios, que celosamente defienden el privilegio de ser los primeros en velar al papa muerto y de oficiar la primera de las misas que se aplican en sufragio por su alma. Mientras tanto, el Camarlengo ha ido a vestirse de color violeta, para regresar a la estancia mortuoria con el luto que procede. El Camarlengo, ya ante el cadáver, ordena a los clérigos de Cámara que destapen el rostro del finado, identifica al difunto y se inclina hasta él llamándole al oído por su nombre de pila, que repite dos veces más. Sólo tras no obtener respuesta, certifica la defunción con su vere Papa mortuus est (En verdad el Papa ha muerto) y cae de hinojos para recitar el Salmo 129, De profundis.
Hasta el siglo XIX, el Camarlengo debía golpear además la frente del papa con un martillo a la espera de una posible reacción. Cuando en el año 1878 murió el beato Pío IX se dejó de utilizar semejante instrumento.
Verificada y proclamada la muerte del papa, el Maestro de Cámara quita del dedo del difunto el anillo del Pescador, que es entregado al Camarlengo para su posterior destrucción. Sólo a partir de este momento se considera acabado el pontificado y comienza el período de sede vacante.
Durante varios días, el cadáver del difunto papa, revestido con los ornamentos pontificales, es expuesto en la Basílica de San Pedro para la veneración de los fieles. Para su inhumación los restos mortales son colocados en un triple féretro. El primer ataúd es de ciprés, que es introducido dentro de otro de plomo y éste en un tercero de madera de nogal.
Después de la Misa exequial, se procede al entierro en las Grutas vaticanas. Momentos antes de ser depositado en la tumba, se abre el féretro y se introduce en él un acta en pergamino con los datos personales y los hechos más sobresalientes de la vida y obra del papa difunto. También es depositada una pequeña bolsa de piel con las monedas de su pontificado. A continuación, sobre la cara del pontífice se coloca un velo blanco y se reza el último responso. Luego, cerrado el féretro, es bajado a la fosa excavada en el suelo.
San Juan XXIII dispuso que cuando el romano pontífice esté a punto de morir, o después de su muerte, nadie podrá hacer fotografías o grabar en cinta magnetofónica en sus apartamentos privados. Si alguien desea, después de la muerte del papa, sacar fotografías que tengan valor de documento o de testimonio, podrá presentar su petición al cardenal Camarlengo. Con todo, éste sólo permitirá que se fotografíe el cadáver del finado si está revestido de sus ornamentos pontificales.
Estas disposiciones fueron motivadas por el triste espectáculo ocurrido con la agonía y muerte de Pío XII. Durante su larga agonía hubo una gran afluencia a la habitación del papa, e incluso Radio Vaticano instaló en la estancia contigua un transmisor desde el cual se narraba en directo las novedades del trance. Pero lo peor fue el comportamiento del propio médico de cabecera, el doctor Galeazzi-Lisi, que tomó fotos furtivas de la agonía, y una vez muerto, del cadáver, que fueron vendidas en exclusiva al semanario francés París-Match.
Una leyenda sin fundamento
Se trata de la leyenda de papisa Juana. La historia no aporta la más mínima prueba de la existencia de una mujer que haya ocupado la Silla de San Pedro. Sin embargo, la leyenda precisa, incluso, la época y duración del pontificado de la inexistente papisa. Dice que fue entre los años 855 y 858, pero en ese trienio gobernaba la Iglesia el papa Benedicto III, y además, en el 855 había un antipapa llamado Anastasio el Bibliotecario que disputaba la Sede romana al verdadero papa.
La leyenda fue difundida por todas partes a mediados del siglo XIII, y recogida en particular por las crónicas del dominico polaco Martín de Troppau, que murió en el 1278. El mayor mérito de la leyenda ha sido su pervivencia hasta el siglo XVI, y su vuelta a aparecer en pleno siglo XX en polémicas provocadas por los que creen que con tales infundios asestarían un golpe de gracia al Papado.
El famoso historiador de la Iglesia cardenal Baronio consiguió del papa Clemente VIII (1592-1605) que se retirase el busto de la papisa Juana que figuraba desde el año 1400 en la galería de los papas que se extiende a lo largo de los muros de la catedral de Siena.
La leyenda, que no tiene ningún asidero histórico, vino a ser el eco deformado de una triste realidad: la influencia que, en el siglo de hierro, ejercieron tres mujeres -Teodora la Mayor; y sus dos hijas, Teodora la Joven y Marozia- en el gobierno de la Iglesia.
En estas páginas no se ha silenciado la existencia de la leyenda papisa Juana, pero dejan muy claro que sólo es eso: una leyenda.
La profecía de san Malaquías
La famosa profecía de san Malaquías es una especie de oráculo constituido por 111 sentencias latinas, breves y enigmáticas, que caracterizan a cada uno de los papas, desde Celestino II (1143-1144) hasta Pedro II, el supuesto pontífice del fin del mundo.
Este curioso documento se atribuye al monje benedictino irlandés san Malaquías, arzobispo de Armagh, muerto en la abadía de Claraval el 2 de noviembre de 1148 al regresar de un viaje a Roma. Fue conocido en 1595 gracias a que la editorial veneciana de Jorge Angelieri publicara una obra de dos volúmenes titulada Lignum vitae, ornamentum et decus ecclesiae, escrita por el benedictino belga Arnold de Wion. Esta obra era una descripción bibliográfica de los miembros más famosos de la Orden benedictina. Probablemente la obra de Wion habría caído en el olvido desde hace tiempo, si no contuviera un escrito titulado: Prophetia S. Malachiae archiepiscopi de summis pontificibus (Profecía del arzobispo san Malaquías sobre los sumos pontífices).
Cuando Wion comienza en su obra a referirse a san Malaquías, arzobispo irlandés y legado pontificio del siglo XII, añade un vaticinio sobre los papas del futuro, atribuido a este santo. Introduce el texto con las siguientes palabras: Se dice que escribió algunas obras breves, pero yo no he visto ninguna hasta la fecha, salvo una profecía sobre los papas. La consigno aquí porque es breve, no ha sido dada a conocer aún al gran público y muchos la solicitan.
El escrito consta de 111 lemas con tintes de oráculo. Detrás de cada uno de ellos se encuentra -hasta Clemente VIII (1592-1605)- el nombre del papa respectivo. Además, hasta Urbano VII (1590-1590), cada lema lleva un comentario, tomado -según Wion- del dominico Alfonso Chacón. Dice Wion: Lo que se adjunta a los pontífices no proviene de Malaquías, sino de Alfonso Chacón, de la Orden de los Predicadores, intérprete de esta profecía.
El dominico Alfonso Chacón destacó como historiador de la Iglesia e investigador de las catacumbas. Nacido en España, fue llamado a Roma por Gregorio XIII, ejerció de penitenciario en Santa María la Mayor y falleció en 1599 en Santa Sabina, en el Aventino romano, donde recibió sepultura. Su obra principal es una historia de los Papas editada en Roma en 1601 por su sobrino.
La célebre “profecía”, en realidad, la compuso Arnold de Wion, por puro entretenimiento, entre el 16 de septiembre y el 4 de diciembre de 1590. Este religioso fue expulsado del monasterio de Oudenburg, Flandes, en 1578, durante la Guerra de la Independencia de los Países Bajos, y encontró cobijo en S. Benedetto, a orillas del Po. Allí, para distraer su exilio, redactó la famosa profecía, que atribuyó a san Malaquías.
La “profecía” termina con esta frase: En la última persecución ocupará la Silla de la Santa Iglesia Romana Pedro Romano, que apacentará las ovejas en medio de muchas tribulaciones, transcurridas las cuales será destruida la Ciudad de las Siete Colinas y el tremendo Juez juzgará a su pueblo.