Falsos triunfadores

Falsos triunfadores

De la historia de los Juegos Olímpicos se puede sacar una lista negra con los nombres de los que quisieron gustar de los laureles del triunfo aunque para conseguirlo tuvieran que hacer uso del fraude.

Éstos son algunos de esos nombres de falsos triunfadores. El primero, se trata de un emperador. Conrado Duránter, en su obra Olimpia y los Juegos Olímpicos, escribe: Nerón, con su demencial megalomanía, se inscribe en los Juegos Olímpicos de la CCXI Olimpíada, que hace aplazar dos años por conveniencia. Obliga a crear modalidades nuevas, hasta entonces desconocidas, y en todas ellas, cuádrigas de potros, tiros de potros de a diez, etc., se hace proclamar campeón, sin que nada se pueda alegar contra la parcialidad de los jueces que así lo proclaman, a pesar de haber presenciado su caída del carro… Con su irracional proceder, siente envidia de los que le precedieron en la victoria y ordena que las estatuas de los antiguos vencedores, que se alinean en el Altis sean destruidas y arrojadas a las letrinas”.

Otro falsario fue el norteamericano Fred Lordz, que ha pasado a la historia de las Olimpíadas por ser el atleta más tramposo que ha pisado una pista.

Lordz participó en la prueba del maratón en los Juegos de San Luis, celebrados en 1904, y fue el primero en cruzar la línea de mera con un tiempo milagroso dadas las extremas condiciones en que se disputó. Pero en realidad no hubo ningún milagro. Lo excepcional del tiempo registrado tiene otra explicación: Cuando Lordz llevaba recorridos unos catorce kilómetros se sintió desfallecer, por lo que solicitó de un automovilista que seguía la prueba que le acercara al estadio. Ya en las proximidades del estadio, donde estaba situada la meta, el atleta saltó del coche, ya restablecido, y continuó corriendo hasta la cinta de meta, siendo, naturalmente, el primero en cruzarla.

Cuando estaba a punto de ser coronado vencedor por la hija del Presidente Roosevelt, el engaño fue descubierto y Lordz descalificado a perpetuidad, aunque al año siguiente fuera perdonado.

La delegación norteamericana quiso explicar el engaño diciendo que Lordz sólo había querido gastar una broma. Explicación que no convenció a nadie. Por todo ello, Lordz ha quedado marcado en la lista negra de los atletas olímpicos.

En 1976, durante la Olimpíada de Montreal, de nuevo un participante se vale del engaño para ganar. Sucedió cuando se disputaba la prueba de pentatlón moderno. En la modalidad de espada todos se admiraban con la facilidad y velocidad con que el soviético Onischenko se deshacía de sus rivales. Extrañados por su pericia, los jueces descubrieron que Onischenko había instalado en la cazoleta de su espada un ingenioso dispositivo electrónico que, manejado a voluntad, señalaba el tocado de su contrario.

Descubierto el truco a tiempo, el tramposo fue descalificado a perpetuidad. Al parecer, se daba el caso de que uno de los jueces no era ajeno a los manejos del soviético. Onischenko tenía ya 38 años y había sido medalla de plata, cuatro años antes, en Munich.

Más recientemente, el 24 de septiembre de 1988, un jamaicano con pasaporte canadiense, llamado Ben Johnson, asombró al planeta cuando ganó en Seúl la final olímpica de 100 metros con 9.79 segundos. La imagen de su llegada a la meta, con clara ventaja sobre su máximo rival Carl Lewis, el Hijo del Viento, y señalando con un dedo su indiscutible supremacía en la distancia (dos años antes ya se había proclamado campeón mundial en los Campeonatos Mundiales de Atletismo de Roma), fue vista por infinidad de ojos humanos, repetidas veces, en los Cinco Continentes.

Dos días después, el 26, a las 10.00 horas, Michella Verdier, portavoz del Comité Olímpico Internacional, confirmó oficialmente que el vencedor de la prueba de los 100 metros lisos, el canadiense Ben Johnson, había dado positivo en el control antidopaje.

Johnson ganó la carrera más importante del atletismo, pero luego, en menos de 48 horas, perdió el honor, la medalla… y sobre todo se despidió de todo ese mundo de élite y gloria de los grandes campeones. Fue suspendido por dos años y desposeído del título y de la marca (récord mundial) ganados anteriormente en Roma.

En 1996, mientras Lewis se disponía en Atlanta a participar en sus cuartos Juegos Olímpicos, con la posibilidad de ganar dos medallas de oro, que le hubieran colocarían por delante del finlandés Paavo Nurmi como plusmarquista de triunfos olímpicos, en un bar de noche de Orlando (Florida) un camarero jamaicano, con nacionalidad canadiense, Benjamín Sinclair Johnson, repartía copas y atendía a los clientes…

Helí y sus hijos

Helí y sus hijos

Helí era juez y sumo sacerdote de Israel. Un hombre justo y temeroso de Dios; y tenía dos hijos, Ofní y Finés, que eran sacerdotes del Señor en el santuario de Siló. Los hijos de Helí eran hombres depravados que no reconocían al Señor ni las obligaciones del sacerdote ante el pueblo (1 S 2, 12). La conducta llena de codicia y totalmente relajada de Ofní y Finés escandalizaba al pueblo y lo alejaba del Tabernáculo. Además cometían muchos otros crímenes acostándose con las mujeres que servían a la entrada del Tabernáculo de la Reunión. Todo el pueblo, escandalizado, le hablaba de estas fechorías a Helí, un hombre anciano y vencido, y -aunque era temeroso de Dios- fue negligente para corregir a sus hijos, y se encontró sin fuerzas para controlarlos. Al enterarse del comportamiento de Ofní y Finés, les dijo: ¿Por qué os comportáis así? Yo mismo he oído contar al pueblo esas maldades. No, hijos míos, no son buenos los rumores que oigo por todo el pueblo del Señor. Si un hombre peca contra otro, Dios podrá ser árbitro; pero si peca contra el Señor, ¿quién intercederá por él? (1 S 2, 23-25). Pero los hijos no le hicieron caso. La negligencia de Helí en corregirlos desagradó al Señor.

El Señor advirtió a Helí por medio de Samuel que su familia estaba ya reprobada y que en breve sus hijos recibirían el castigo que sus culpas merecían. El Señor dijo a Samuel: Voy a hacer en Israel algo que a quienes lo oigan les zumbarán los oídos. Aquel día cumpliré en Helí todo lo que había prometido contra su casa, desde el principio hasta el fin. Le hago saber que voy a condenar a su casa para siempre porque él sabía que sus hijos maldecían a Dios y no les reprendió. Por eso, juro a la casa de Helí que no se expiará jamás su culpa ni con sacrificio ni con ofrendas (1 S 3, 11-14). Después de oír estas palabras del Señor, Samuel le contó todo a Helí sin ocultarle nada. Entonces Helí dijo: Es el Señor. Que haga lo que considere mejor (1 S 3, 18).

Muy pronto se cumplió la amenaza divina. Habiendo atacado los filisteos a los israelitas, estos fueron derrotados. Entonces los ancianos de Israel dijeron: ¿Por qué nos ha afligido hoy el Señor con la derrota ante los filisteos? Traigamos de Siló el Arca de la Alianza del Señor y llevémosla con nosotros para que nos salve de nuestros enemigos (1 s 4, 3). Ofní y Finés llevaron el Arca de la Alianza al campamento israelita. En una nueva batalla, los filisteos derrotaron otra vez a los israelitas, y el Arca de la Alianza cayó en su poder. En la batalla murieron los hijos de Helí, Ofní y Finés.

Un mensajero fue a llevar la noticia de la derrota a Helí. “Los israelitas han huido ante los filisteos; ha sido una gran derrota para el pueblo. Además, han muerto tus hijos, Ofní y Finés, y el Arca de Dios ha sido capturada”. Al mencionar el Arca de Dios, Helí cayó de su estrado hacia atrás, hacia la puerta, se desnucó y murió porque era muy viejo y estaba débil. Había sido juez de Israel durante cuarenta años (1 S 4, 17-18).

La promesa de Jefté

La promesa de Jefté

Una vez más, los israelitas volvieron a hacer el mal a los ojos del Señor y cayeron en la idolatría, pues dieron culto a dioses falsos, abandonando el culto al Dios verdadero. Entonces se encendió la ira del Señor contra Israel, y los entregó en manos de los filisteos y de los amonitas (Jc 10, 7). Esta situación de opresión duraba ya dieciocho años, cuando los israelitas clamaron al Señor diciendo: Hemos pecado contra ti porque hemos abandonado a nuestro Dios para dar culto a los baales (Jc 10, 10). Y arrepentidos, retiraron los dioses extraños que había entre ellos y dieron culto al Señor, que se aplacó ante la desdicha de Israel.

Mientras tanto, los amonitas se prepararon para hacer la guerra a Israel. Es entonces cuando los ancianos de Galaad fueron a llamar a Jefté para decirle: Ven y serás nuestro jefe. Lucharemos contra los amonitas (Jc 11, 6). Aceptó Jefté, y se puso al frente del ejército de Israel.

Al salir hacia el campo de batalla, Jefté hizo un voto al Señor diciendo: Si pones en mis manos a los amonitas, quien salga al encuentro por las puertas de mi casa cuando regrese en paz después de luchar con los amonitas será para el Señor, lo ofreceré en holocausto (Jc 11, 30-31).

Jefté consiguió vencer a los amonitas, y la noticia de la victoria se difundió rápidamente por las distintas poblaciones. Cuando Jefté volvía a su casa en Mispá, su hija salió con tamboriles y danzas. Era hija única, ya que no tenía otros hijos ni hijas. Al verla, rasgó sus vestiduras y dijo: “¡Ay, hija mía! Me has dejado completamente abatido. Tú has venido a ser la causa de mi aflicción. Yo he hecho una promesa al Señor, y no puedo echarme atrás” (Jc 11, 34-35). Al saber la joven el voto que había hecho su padre, le exhortó a que lo cumpliese con estas palabras: Padre mío, ya que abriste tu boca ante el Señor, haz conmigo lo que prometiste puesto que el Señor te ha concedido desquitarte de tus enemigos, los amonitas (Jc 11, 36). Y añadió: Hazme este favor: déjame dos meses para que vaya a vagar por los montes y llore mi virginidad junto con mis compañeras (Jc 11, 37). Jefté se lo concedió. Al cabo de dos meses la joven volvió junto a su padre que cumplió con ella el voto que había hecho.

Jeftté imprudentemente hizo un voto temerario, y de forma precipitada. Es verdad que el voto obliga a cumplirlo, pero siempre que se trate de una promesa deliberada y libre hecha a Dios acerca de un bien posible y mejor. En el caso de Jefté la promesa consistía en algo malo, como era sacrificar a un ser humano inocente. De ahí que su acción es reprobable.

Moisés es salvado de las aguas

Moisés es salvado de las aguas

Los hijos de Israel fueron muy prolíficos y crecieron, se multiplicaron y se hicieron muy fuertes, hasta ir llenado el país entero (Ex 1, 7). Este aumento alarmó a los egipcios de tal manera que un faraón que no había conocido a José comenzó a dictar disposiciones contra los hebreos. Al principio sólo procuró debilitarlos imponiéndoles los más duros trabajos; pero como este medio no le daba el resultado apetecido hizo llamar a las comadronas hebreas y les dio estas órdenes: “Cuando asistáis a las hebreas y llegue el momento del parto, si es niño, hacedlo morir; si es niña, dejadla con vida” (Ex 1, 16). Pero las comadronas temían a Dios y no hicieron lo que el faraón les había ordenado. Entonces el rey de Egipto dio a todo su pueblo esta orden: “A todo niño que les nazca a los hebreos lo arrojaréis al Nilo; en cambio, a las niñas las dejaréis con vida” (Ex 1, 22).

Por aquel tiempo un hombre llamado Amram, de la tribu de Leví, tomó por esposa a Jocabel, también de la misma tribu. Ella concibió y dio a luz un niño y, viendo que era hermoso, lo tuvo escondido durante tres meses. Al no poderlo ocultar por más tiempo, tomó una cesta de papiro, la calafateó con betún y pez, colocó en ella al niño y la puso entre los juncos, a la orilla del Nilo. La hermana del niño se situó a lo lejos, para ver que ocurría. La hija del faraón bajó a bañarse mientras sus doncellas paseaban por la orilla del río. Cuando descubrió la cesta en medio de los juncos, envió a su sierva para que lo recogiera. Al abrirla vio al niño que lloraba, se compadeció de él y dijo: “Es un niño de los hebreos”. Entonces la hermana del niño dijo a la hija del faraón: “¿Quieres que vaya a buscarte una nodriza que te amamante al niño?” “Ve”, le contestó la hija del faraón. Fue, pues, la joven y llamó a la madre del niño. Y la hija del faraón le dijo: “Llévate este niño y amamántamelo, que yo te daré tu salario”. Tomó la mujer al niño y lo amamantó. Cuando el niño creció, su madre lo llevó a la hija del faraón, que lo trató como a un hijo y le impuso el nombre de Moisés, diciendo: “De las aguas lo he sacado” (Ex 2, 2-10). Moisés fue educado en la corte del faraón, aunque no se olvidó de que era hebreo ni de sus hermanos de raza.

Acusación calumniosa contra José

Acusación calumniosa contra José

Los mercaderes que compraron a José a los hermanos de éste, cuando llegaron a Egipto, vendieron de nuevo a José. Esta vez a Putifar, cortesano del faraón y jefe de la guardia. Al poco tiempo, José obtuvo el favor y la confianza de su amo, pues todo cuanto emprendía prosperaba. Putifar nombró a José administrador de su casa confiándole todo lo que tenía.

Como José era un joven bien parecido y de bella presencia, la mujer de Putifar puso los ojos en él. Un día la mujer dijo a José: “Acuéstate conmigo”. Pero él rehusó, y dijo a la mujer: “Mira, mi amo no se preocupa de lo que hay en la casa y todo lo suyo lo ha puesto en mi mano. Él no ejerce más autoridad en esta casa que yo, y no se ha reservado nada sino a ti, porque eres su mujer. ¿Cómo voy a cometer yo semejante injusticia y a pecar contra Dios?” Y, aunque ella insistía un día y otro, José no accedió a acostarse ni a estar con ella. Pero cierto día entró él en la casa para hacer su trabajo, y no había ningún criado allí en la casa. Ella lo agarró de la ropa y le dijo: “Acuéstate conmigo”. Pero él dejando el vestido, huyó y salió afuera (Gn 39, 7-12). Entonces la mujer llamó a los criados para decirles que José, el hebreo, había querido acostarse con ella, y como prueba patente era la ropa que tenía en sus manos. Cuando Putifar llegó a la casa, su mujer le dijo: “El siervo hebreo que nos trajiste ha entrado donde yo estaba para abusar de mí, y cuando levanté la voz y grité, abandonó su ropa junto a mí, huyó fuera” (Gn 39, 17-18). Putifar creyó en las palabras calumniosas de su mujer, y apresó a José y lo metió en la cárcel.

José es ejemplo de hombre que vive la castidad. San Cesáreo de Arlés comenta este pasaje bíblico, diciendo: José huye para poder escapar de aquella mujer indecente. Aprende, por tanto, a huir si quieres obtener la victoria contra el ataque de la lujuria. No te avergüences de huir si deseas alcanzar la palma de la castidad. Entre todos los combates del cristiano, los más difíciles son los de la castidad, en la que la lucha es diaria y la victoria difícil. En esto no pueden faltar al cristiano actos diarios de martirio. Pues si Cristo es la castidad, la verdad y la justicia, quien obstaculiza estas virtudes es un perseguidor de Cristo; quien las intenta defender en otros o guardarlas en sí mismo, será un mártir (Sermones 41, 1-3). También San Josemaría Escrivá aconseja la huída ante el peligro de caer en la impureza: No tengas la cobardía de ser “valiente”: ¡huye! (Camino, n. 132).

El castigo de Sodoma

El castigo de Sodoma

Sodoma era una ciudad rica y populosa, pero que había excitado el enojo de Dios porque sus habitantes eran perversos y pecadores empedernidos contra el Señor (Gn 13, 13). Y como la perversión reinante era muy grande, Dios decidió exterminar Sodoma. Pero antes quiso comunicárselo a Abrahán. La reacción de éste fue la de interceder ante Dios para que no llevara a cabo la destrucción de Sodoma. Abrahán se acercó a Dios y le dijo: “¿Vas a destruir al justo con el malvado? Quizá haya cincuenta justos dentro de la ciudad; ¿la vas a destruir?, ¿no la perdonarás en atención a los cincuenta justos que haya dentro de ella? Lejos de ti hacer tal cosa; matar al justo con el malvado, y equiparar al justo y al malvado; lejos de ti. ¿Es que el juez de toda la tierra no va a hacer justicia?”

El Señor respondió: “Si encuentro en Sodoma cincuenta justos dentro de la ciudad, la perdonaré en atención a ellos”.

Abrahán contestó diciendo: “Soy en verdad un atrevido al hablar a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza; quizá falten cinco para los cincuenta justos. ¿Acaso destruirás por cinco la ciudad?”

Dios respondió: “No la destruiré si encuentro allí cuarenta y cinco”.

Todavía volvió a hablarle Abrahán diciendo: “Quizá se encuentren allí cuarenta”.

Dijo Dios: “No lo haré en atención a los cuarenta”.

Continuó Abrahán: “No se enfade mi Señor si sigo hablando; quizá se encuentren allí treinta”.

Dijo Dios: “No lo haré si encuentro allí treinta”.

Insistió Abrahán: “Soy en verdad un atrevido al hablar a mi Señor; quizá se encuentren sólo veinte”.

Contestó Dios: “No la destruiré en atención a los veinte”.

Abrahán siguió: No se enfade mi Señor si hablo una vez más; quizá se encuentren allí diez”.

Dios contestó: “No la destruiré en atención a los diez”.

Desgraciadamente, no había en Sodoma ni siquiera diez justos. Todos los sodomitas tenían relaciones homosexuales. Únicamente Lot había conservado el temor de Dios en medio de ese corrompido pueblo, y sólo él y su familia se libraron del castigo. Tan pronto Lot, su mujer y sus dos hijas hubieron salido de la ciudad, hizo Dios caer sobre Sodoma una lluvia de fuego y azufre, que la consumió con todos sus habitantes. Gomorra y otras ciudades inmediatas, que también se habían degradado moralmente como los sodomitas, tuvieron el mismo fin que Sodoma.

A raíz de este pasaje bíblico, las relaciones homosexuales reciben también el nombre de sodomía. En el relato bíblico de la destrucción de Sodoma se pone de relieve la gravedad de tal pecado; y en otros lugares de la Sagrada Escritura, los pecados de sodomía son presentados como depravaciones graves.

Melquisedec

Melquisedec

Abrahán y su sobrino Lot se tuvieron que separar porque la región donde se habían instalado no les permitía habitar juntos, porque tenían mucha hacienda y no había lugar para ambos. Por eso surgieron disputas entre los pastores del ganado de Abrán y los pastores del ganado de Lot (Gn 13, 6-7). Abrahán bajó al valle de Mambré, hasta las puertas de la ciudad de Hebrón, y Lot fue a instalarse en las ciudades de la vega del Jordán, ocupando las tierras hasta Sodoma.

Vivía Lot tranquilo y feliz cuando unos reyes de pueblos vecinos invadieron de pronto el territorio donde Lot se había asentado, saqueando todo lo que encontraban a su paso, e hicieron prisionero al sobrino de Abrahán. Cuando éste se enteró de lo sucedido, reunió a su gente, a los nacidos en su casa, en total, trescientos dieciocho, y salió en persecución (de aquellos reyes) hasta Dan. Cayó con su gente sobre ellos por la noche y los derrotó. Luego los persiguió hasta Jobá, que está al norte de Damasco, y recuperó todas las riquezas; también rescató a su sobrino Lot con sus riquezas, a las mujeres y a la gente (Gn 14, 14-16).

Cuando Abrahán volvió victorioso, le salió al encuentro Melquisedec, rey de Salem y sacerdote del Dios Altísimo, que ofreció un sacrificio de pan y vino en acción de gracias, y bendijo a Abrahán: Bendito sea Abrán por parte del Dios Altísimo, creador de cielo y tierra; y bendito sea el Dios Altísimo que puso a tus enemigos en tus manos (Gn 14, 19-20). Abrahán le dio el diezmo del botín que había tomado de sus enemigos. El sacrificio ofrecido por Melquisedec es figura de la Eucaristía.

A Melquisedec se le atribuye un carácter sacerdotal anterior y más excelso que el de la familia de Aarón. Esta superioridad respecto al sacerdocio levítico está atestiguada en la Epístola a los hebreos. En el Nuevo Testamento, la misteriosa figura sacerdotal de Melquisedec es presentada como tipo del sacerdocio de Cristo, ya que éste, sin pertenecer a la familia de Aarón, es realmente sacerdote eterno: En efecto, Melquisedec, rey de Salem, sacerdote del Dios Altísimo, salió al encuentro de Abrahán que volvía de la victoria sobre los reyes y le bendijo; y Abrahán le dio el diezmo de todo. Su nombre significa, en primer lugar, rey de justicia y además, rey de Salem, es decir, rey de paz: Al no tener ni padre, ni madre, ni genealogía, ni comienzo de días ni fin de vida, es asemejado al Hijo de Dios y permanece sacerdote para siempre (Hb 7, 1-3).