Día 19 de abril

19 de abril

Efemérides

Tal día como hoy del año 2005 fue elegido papa el cardenal Joseph Ratzinger, que tomó para su pontificado el nombre de Benedicto XVI.

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Cronología de la vida de Joseph Ratzinger

1927. El 16 de abril, en la madrugada de Sábado Santo, en Marktl am Inn (Alemania) nace Joseph Ratzinger, el menor de los tres hijos de Joseph y María. Es bautizado a las pocas horas.

1929. La familia se traslada a Tittmoning, ciudad fronteriza con Austria. La crisis económica había afectado muy seriamente a nuestra ciudad, olvidada por el progreso. Viven en un antiguo priorato. Tittmoning ha permanecido como el país de los sueños de mi infancia.

1932. Cuando Hitler fracasó en su intento de ser elegido a la presidencia del Reich, mi padre y mi madre se sintieron algo más tranquilos, pero no eran demasiados entusiastas del Presidente electo, Hindenburg.

La familia Ratzinger se traslada de Tittmoning a Aschau. El padre se había arriesgado demasiado contra los nazis.

1933. Hitler sube al poder.

En el colegio de Aschau se sienten los primeros cambios por la llegada del nazismo. Un profesor joven intentó acabar con el cristianismo e instaurar cultos paganos de la tradición germánica. Los niños tienen que desfilar por el pueblo.

1935. Recibe la Primera Comunión y empieza a ayudar en misa como monaguillo.

1937. Joseph Ratzinger padre empezaba a estar cansado de su trabajo como gendarme: Mi padre sufría mucho por el hecho de estar al servicio de un poder estatal a cuyos representantes consideraba unos criminales. (…) Protegió y ayudó a los sacerdotes que sabía que corrían peligro. A los 60 años le dan permiso para jubilarse y la familia se traslada a Huíschlag, una casa en medio del campo a media hora a pie del pueblo de Traunstein. Después de mucho peregrinar, habíamos encontrado aquí, al fin, un lugar que sentíamos como nuestro hogar.

Cursó bachillerato humanístico en Traunstein; valora el latín que aprendió allí. Reconoce que no estaba acostumbrado a estudiar tanto.

1938. Con la invasión de Austria, las fronteras con Alemania quedaron abiertas. Los Ratzinger visitaban con frecuencia Salzburgo, donde pudieron asistir a muchos conciertos. Los dos hermanos son apasionados de la música.

Entra en el Seminario, donde ya estaba su hermano, gracias, en parte, a que su hermana se puso a trabajar en una tienda y así su padre se veía menos ajustado de dinero.

Al estallar la guerra, el Seminario queda requisado como hospital militar. Encuentra otro alojamiento, más incómodo, en Sparz: Tuve que aprender a adaptarme a la vida en común, a salir de mí mismo y a formar una comunidad con los demás, hecha de dar y recibir: estoy muy agradecido a esta experiencia que ha sido importante en mi vida.

1941. Abandonan el Seminario porque el edificio de Sparz donde daban clase es requisado como hospital para atender a los cada vez más numerosos heridos del frente soviético.

Nosotros no pertenecimos a las juventudes Hitlerianas, pero, en el año 1941, mi hermano sí fue obligado a formar parte. Yo era demasiado pequeño todavía, pero después fui inscrito por los propios responsables del Seminario. (…) Menos mal que había un profesor de Matemáticas, que era nazi, pero, gracias a Dios, muy comprensivo -era un hombre honrado- que me advirtió: “Ve al menos una vez, para que te den el carnet”, y al ver que yo me negaba, me dijo: “No te preocupes, te comprendo, yo lo haré por ti”. Y me libró de aquella obligación.

1943. Los seminaristas fueron alistados. El joven Ratzinger prestaba servicios antiaéreos en Munich, al tiempo que asistía a un reducido número de clases. Algunas reclutas católicos se unían para compartir sus inquietudes. Vivió de cerca los ataques aéreos contra la ciudad.

1944. Continúa prestando servicios al ejército. Al final de año, lo trasladan a un destacamento cerca de su casa.

1945. Aprovechó una oportunidad para desertar y consiguió llegar a su casa. Se jugó la vida, porque por su casa pasaron incluso dos miembros de las SS, pero parecía que un ángel especial velaba por nosotros. Cuando entraron los americanos al final de la guerra, lo tomaron preso por haber sido soldado. En junio quedaría libre.

Ingresa en el Seminario de Freising. Allí lee mucho. Entre los compañeros se produce un diálogo fructífero, se respira un clima muy familiar a pesar de que son muy heterogéneos. Conoce el personalismo a través de Martin Buber y lo vincula con facilidad a los pensamientos de san Agustín en las Confesiones.

1947. Empieza a estudiar teología en Munich. Su objetivo es dedicarse a la teología científica. No pueden utilizar el edificio de la Universidad, muy dañado por la guerra, y se trasladan a Fürstenried, donde hace buenos amigos. Dos años después, podrán estudiar en Munich.

1950. Se presenta a un concurso que le abre las puertas para el Doctorado. Sus hermanos le ayudan a sacar adelante este trabajo, porque apenas tenía tiempo con la preparación al sacerdocio. Su hermana mecanografía todos sus manuscritos.

1951. En la festividad de San Pedro y San Pablo, 29 de junio, su hermano y él reciben la ordenación sacerdotal: Permanece inolvidable como el momento más importante de mi vida. Es enviado como coadjutor a la parroquia de la Preciosa Sangre, en Munich, donde se ocupa de un buen número de clases de Religión y una gran actividad pastoral.

1952. Recibe una oferta para dar clases en el Seminario. Por un lado, la noticia le entristece, porque perderá el contacto con niños y jóvenes que tanto le había gustado; por otro lado, está contento porque vuelve a la teología.

1953. Empieza a estudiar el Doctorado. El tema de su Tesis doctoral es el análisis de la Revelación en san Buenaventura.

1954. Queda libre un puesto de profesor en Freising y se traslada a impartir clases mientras prepara su tesis.

1956. Conoce a Karl Rahner.

El profesor Schmaus rechaza su trabajo de habilitación para la docencia, por no considerarlo suficientemente científico.

1957. Su tesis es aceptada.

1959. llega a Bonn. Allí tiene contacto con los grandes profesores de la región.

Muere su padre. Estaban todos juntos en Traunstein, en casa de Georg, cuando murió.

1962. El cardenal Frings, arzobispo de Colonia, le lleva, como asesor teológico, al Concilio Vaticano II, junto a Hubert Luthe, amigo y compañero de los tiempos del Seminario. Trabaja, codo con codo, con Karl Rahner.

1963. Se traslada a Münster. En Bonn sabía que las coas se le iban a complicar, por el encontronazo con algunos teólogos.

Muere su madre cuando están todos juntos.

1964. Georg, el hermano del Papa, es trasladado a Ratisbona para dirigir a los Pequeños cantores de la catedral de Ratisbona.

1966. Le llama Hans Küng para que ocupe la segunda cátedra de dogmática en Tubinga. A pesar del temor a chocar con él en puntos fundamentales, acepta el encargo. Fue una época de diálogo y polémica.

1969. Acepta la cátedra de Rastibona, cansado de las polémicas de Tubinga. Son años de fecundo trabajo teológico. En esa época entra a formar parte de la Comisión Teológica Internacional.

Participa en la fundación de la revista católica internacional Communio, con Von Balthasar, De Lubac y otros.

1977. El 24 de marzo es elegido arzobispo de Munich y Freising por el papa Pablo VI, y el 28 de mayo recibe la ordenación episcopal. Su lema episcopal es: Cooperatores veritatis.

Creado cardenal por Pablo VI en el Consistorio del 27 de junio.

1981. Juan Pablo II, con el que había coincidido en otras ocasiones, lo llama a Roma para ocuparse de la Prefectura de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

1986. Presidente de la Comisión para la preparación del Catecismo de la Iglesia Católica.

1991. Muere su hermana María.

1992. Ingresa en la Academia Francesa de Ciencias Morales y Políticas.

1998. Nombrado doctor Honoris Causa por la Universidad de Navarra.

2002. Desde el 30de noviembre es Decano del Colegio Cardenalicio.

2005. El 19 de abril, es elegido Papa y se impuso el nombre de Benedicto XVI.

Día 18 de abril

18 de abril

¿Preguntas y respuestas?

¿Qué son las indulgencias?

La indulgencia es la remisión ante dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados, en cuanto a la culpa, que un fiel bien dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1471).

Para comprender bien la naturaleza de las indulgencias, recordemos algunas nociones acerca del pecado y la Iglesia.

El pecado supone culpa que corresponde a la ofensa a Dios y que cuando es grave lleva consigo la separación -el rechazo de Dios, la enemistad con Dios- que a través de la muerte se hace definitiva en el Infierno. Porque el pecado mortal supone una desviación del alma respecto a su último fin -Dios-, para hacerse merecedora de la privación eterna de Dios.

El pecado conlleva también pena que es el mal y el daño en nosotros, como lastre que deja el pecado y que merece un castigo eterno o temporal según sea la culpa.

La culpa y la pena eterna, en el caso de los pecados cometidos después del Bautismo, se nos perdona en el sacramento de la Penitencia. Pero incluso después de la absolución sacramental ordinariamente subsiste la pena temporal, que debe ser expiada o en la otra vida, en el Purgatorio, o en esta vida: mediante la satisfacción impuesta en el sacramento de la Penitencia, mediante las buenas obras (amor a Dios, penitencias extrasacramentales, etc.) o mediante las indulgencias concedidas por la Iglesia.

Por los que se refiere al Iglesia, la doctrina de las indulgencias se apoya fundamentalmente en tres principios: a) La existencia de un tesoro de merecimientos satisfactorios, adquiridos por Nuestro Señor Jesucristo, la Santísima Virgen y los Santos. b) El dogma de la comunión de los santos, en virtud del cual -y a través del Cuerpo Místico de Cristo- existe una intercomunicación de gracias entre todos los hijos de la Iglesia. c) La potestad de las llaves otorgada por Cristo a Pedro y a sus sucesores, quienes pueden administrar, como un ejercicio de poder jurisdiccional, aquel tesoro en beneficio de los fieles. (Este ejercicio, por lo que se refiere a las indulgencias, es un acto de jurisdicción cuando se trata de indulgencias concedidas a los fieles que pertenecen a la Iglesia militante. Cuando se trata de las almas del Purgatorio, las indulgencias no tienen ese carácter jurisdiccional sino de sufragio: intercesión oficial, ministerial de la Iglesia).

¿Todas las indulgencias son iguales?

La contestación es no. Pero hay que decir algo sobre las clases de indulgencias para que la respuesta sea más completa. En la actualidad se ha suprimido la anterior distinción de indulgencias personales, locales y reales. La vigente disciplina concede todas las indulgencias al ejercicio de buenas obras (plegarias, limosnas, etc.). Así, por ejemplo, una medalla o un rosario bendecidos no llevan en sí la indulgencia: es su piadosos uso el que está enriquecido por la Iglesia. En análogo sentido, las indulgencias aparejadas a determinados lugares se conceden a quien los visita y recita determinadas preces.

Por lo que se refiere a la remisión de la pena que conceden las indulgencias, actualmente sólo hay una distinción: a) Indulgencia plenaria: que remite toda la pena temporal debida por los pecados ya perdonados, al eleminar en el sujeto debidamente dispuesto todas las reliquias de pecado que le impedirían su acceso inmediato a la gloria. b) Indulgencia parcial: mediante ella, el fiel que realiza una obra enriquecida con indulgencia se le concede, por obra de la Iglesia, tanta remisión de pena temporal cuanta él mismo percibe ya por su acción buena, según las disposiciones y amor con que la haya llevado a cabo. En cierto sentido, es como si se “duplicara” el valor satisfactorio de esas buenas obras.

También han quedado eliminadas las diferencias aplicables o no por los difuntos. Todas ellas son aplicables a modo de sufragio por las almas de los difuntos, salvo lo que se concede a los fieles in articulo mortis. (Existen algunas indulgencias -por jemplo, las aparejadas a la oración cuando se visita un cementerio, o un templo en el día de la Conmemoración de los Fieles difuntos-, que sólo son aplicables por las almas del Purgatorio).

¿Qué hay que hacer para ganar una indulgencia?

La pregunta se refiere a las condiciones. Y éstas, aparte de cumplir la buena obra establecida, para lucrar cualquier indulgencia , parcial o plenaria, son: amor de Dios y detestación del pecado; confianza en los méritos de Nuestro Señor Jesucristo; y creer en la eficacia de la Comunión de los Santos.

En el caso de la indulgencia plenaria, se exigen además otras condiciones peculiares: a) La exclusión de todo afecto al pecado, incluso al pecado venial; b) Confesión sacramental; c) Comunión; y d) Oración -por ejemplo, un Padrenuestro y Avemaría- por las intenciones del Romano Pontífice.

La indulgencia plenaria sólo se puede lucrar una vez al día.

Día 17 de abril

17 de abril

Historia de la Iglesia

Institución del Año Santo

La institución del Año Santo cuenta ya con una larga tradición dentro de la Iglesia. Como otros muchos y costumbres del Cristianismo, se remonta al Antiguo Testamento y a la Ley mosaica. Ya el Pueblo elegido celebraba cada medio siglo un año jubilar, solemnidad preceptuada por Dios en la Ley de Moisés para manifestar su pleno dominio sobre los israelitas, porque a Mí me pertenecen, como siervos, los hijos de Israel (Lv 25, 35).

Se lee en el Levítico: Declararéis santo el año cincuenta, y proclamaréis en la tierra la liberación para todos sus habitantes. Será para vosotros un jubileo; cada uno recobrará su propiedad, y cada cual regresará a su familia (L 25, 10). en ese año se remitían las deudas y los bienes enajenados volvían a sus dueños, se daba la libertad a los esclavos… Era un tiempo, sobre todo, para despertar la fe y la esperanza en el Salvador prometido, que había de perdonar las miserias del pecado.

Durante varios, después de ser tolerado el Cristianismo por el Imperio Romano bajo el cetro de Constantino, no hubo declaración formal del Año Santo o Jubilar. Sin embargo, era costumbre que al final de cada siglo los fieles fueran en peregrinación a Roma para rendir homenaje a Dios y al vicario de su Hijo en la tierra.

Fue Bonifacio VIII el primer papa que, en 1300, proclamó de modo oficial el Año del Jubileo, disponiendo que todos los fieles que reverentemente y con verdadero arrepentimiento y confesión visitaran las tumbas de los santos apóstoles Pedro y Pablo, en Roma, pudieran lucrar la indulgencia plenaria. Indulgencia plenaria que no es el perdón de los pecados cometidos, sino una remisión de las subsistentes después de perdonados los pecados.

En la Basílica de San Juan de Letrán, junto a la puerta principal, hay una pintura muy antigua, atribuida a Giotto, en la que se representa al Pontífice leyendo la Bula de Proclamación. La Bula del Jubileo Antiquorum habet, fechada el 22 de febrero de 1300, hace referencia a la concesión de la indulgencia y de una serie de gracias. La fiel relación de los antiguos nos cuenta que a quienes se acercaban a la honorable basílica del príncipe de los Apóstoles, les fueron concedidos grandes perdones e indulgencias de sus pecados. Nos… teniendo por ratificados y gratos todos y cada uno de esos perdones e indulgencias, por autoridad apostólica los confirmamos y aprobamos…

La extraordinaria gracia se enlazaba así con una de las expresiones más características de la espiritualidad medieval. El cristiano de aquellos siglos del medievo -era de fe indiscutible- sentía vivamente el atractivo de la peregrinación y fue recorriendo los caminos polvorientos de la época para visitar los grandes santuarios de la Cristiandad. El Santo Sepulcro de Jerusalén, las tumbas del Príncipe de los Apóstoles y del Apóstol de los Gentiles en Roma, y el sepulcro del Apóstol Santiago el Mayor en Compostela fueron los principales centros de peregrinación de la Edad Media.

Atraídos por los tesoros de la gracia, miles de peregrinos -cien mil, según el historiador italiano Villani- acudieron a Roma en el primer Año Santo Jubilar para purgar sus pecados y beneficiarse de la gran explosión espiritual que acompañó al hecho de dedicar un año entero a la gloria de Dios. Dante Alighieri hace alusión en su obra maestra, La Divina Comedia, a este primer jubileo.

Bonifacio VIII estableció que el Año Santo debería comenzar el día de Navidad y durar hasta la misma fecha del año siguiente, y que se celebraría cada cien años.

A causa de los grandes beneficios espirituales obtenidos en aquel “año de gracia”, el papa Clemente VI decidió que fuera más frecuente la periodicidad del Año Santo, reduciendo el intervalo de celebración a cincuenta años. Con la Bula Unigenitus Dei Filius, del 25 de enero de 1343, proclamó Año Santo Jubilar el año 1350, y añadió también la Basílica de San Juan de Letrán, además de las ya establecidas de San Pedro del Vaticano y de San Pablo extramuros, como lugar donde ganar el jubileo.

Día 16 de abril

16 de abril

Efemérides

Tal día como hoy del año 1879 murió santamente la vidente de la Virgen en Lourdes, Bernadette Soubirous.

Santa María Bernarda Soubirous

En Nevers, ciudad de Francia, santa María Bernarda Soubirous, virgen, la cual, nacida en Lourdes de una familia muy pobre, siendo aún niña asistió a las apariciones de la Inmaculada Santísima Virgen María, y después abrazó la vida religiosa y llevó una vida escondida y humilde. (Martiroligio Romano).

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Semblanza

La vidente de la Virgen en Lourdes

En la gloria de los altares

El 8 de diciembre de 1933, Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María, en Roma, el papa Pío XI canonizaba a la vidente de la Virgen en Lourdes, Bernadette, con estas palabras: En honor de la Santísima e indivisible Trinidad, para la exaltación de la fe católica y para el incremento de la religión cristiana, con la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y la Nuestra, después de madura deliberación y habiendo implorado la ayuda divina, el parecer de nuestros venerables hermanos los cardenales de la Santa Iglesia Romana, los Patriarcas, los Arzobispos y Obispos, declaramos y definimos Santa a la Beata María Bernarda Soubirous y la inscribimos en el catálogo de los Santos, estableciendo que su memoria será piadosamente celebrada todos los años en la Iglesia universal el 16 de abril, día de su nacimiento para el cielo. En la homilía, el Romano Pontífice ponderó la humildad de la nueva santa, diciendo: Esta ignorante hija de unos pobres molineros, que por toda riqueza poseía solamente el candor de su alma exquisita. Con esta solemne ceremonia se concluía un proceso relativamente breve de canonización. Nada más morir Bernadette, pronto empezó a pensarse en su beatificación. El cardenal español Vives y Tutó animó, por medio del obispo de Nevers, a la superiora general de la congregación religiosa, en cuya Comunidad de Hijas de la Caridad de Nevers profesó la vidente de Lourdes, a que diera los pasos necesarios para iniciar el proceso de beatificación. Surgió un obstáculo: la maestra de novicias que tuvo Bernadette pidió que se retrasara el comienzo del proceso hasta que ella muriera. Esta petición se tuvo en cuenta. Y por fin, desaparecido este obstáculo con la muerte de la madre Marie Thèrése Vauzou, el 20 de agosto se iniciaba el ansiado proceso. Se procedió con rapidez, y el 18 de noviembre de 1923 se declaró la heroicidad de las virtudes de la Sierva de Dios. Cuatro años después, el 14 de junio de 1925, Bernadette ya era beata.

Infancia y su familia

María Bernarda Soubirous, más conocida como Bernadette, nació en Lourdes el 7 de enero de 1844. Fue bautizada dos días después en iglesia de San Pablo, que era el templo parroquial del pueblo. Ese 9 de enero era el primer aniversario de boda de sus padres. Estos eran François Soubirous y Louise Castérot. El matrimonio, además de Bernardette, tuvo varios hijos. En total nueve, aunque sólo algunos sobrevivieron a los primeros años de vida. Bernardette era la mayor. Después ella viene Jean (nacido y fallecido en 1845); Marie -también llamada Toinette- (1846-1892), Jean Marie (1848-1851), Jean Marie (1851-1919), Justin (1855-1865), Pierre (1859-1931), Jean (nacido y fallecido en 1864) y una niña llamada Luise (fallecida poco después de su nacimiento en 1868).

Cuando nació Bernardette, la situación económica de su familia no eran del todo mala. François trabaja en el molino de Boly. Eran tiempos relativamente propicios a la familia Soubirous. Sin que se pueda decir que viva en la prosperidad, se va defendiendo. Pero muy pronto esta situación cambia radicalmente. La miseria se va haciendo creciente y los Soubirous han de abandonar el molino de Boly por el de Laborde, y después por el de Arcizac. Al no haber trigo suficiente, se cerraron muchos molinos. Por si esto fuera poco, aparecieron los molinos de vapor que definitivamente se impusieron a los tradicionales de agua. Las cosas fueron de mal en peor y en la casa de los Soubirous se llegó a pasar verdadera hambre. Sobre todo cuando, agotadas ya las últimas posibilidades, el padre de Bernardette tuvo que abandonar el oficio de molinero porque la escasez de trabajo hacía imposible desempeñarlo. Y cambió de trabajo, dedicándose a lo único que podía hacer: ofrecerse como bracero cada día en lo que fuera surgiendo. El día que encontraba trabajo estaba de suerte: ganaba unas míseras monedas, con las que podía comprar harina y aceite. Pero otros muchos otros días no había nada. En el año de las apariciones, François tenía como empleo juntar la basura del pueblo y del hospital. La madre -Louise Castérot- , mujer piadosa y preocupada por sus hijos, ocasionalmente trabajaba de costurera.

Fue una época difícil en Francia. Toda la región circundante a Lourdes padeció años de graves sequías que provocaron las pérdidas de las cosechas. Y la familia de Bernadette vivió en pobreza extrema, particularmente desde que ella cumplió 10 años. Primero, su padre perdería un ojo en un accidente de trabajo y quedó tuerto. Luego, el panadero del pueblo le acusó de haber robado sacos de harina, motivo por el cual pasó una semana en la cárcel. A pesar de tantos infortunios, la familia vivía en armonía inusual debido al amor que se profesaban entre sus miembros y a su religiosidad.

Desde muy pequeña, Bernadette, que era asmática, vivió con una salud delicada. La causa era la desnutrición, y el lamentable estado de la casa donde residía. Durante algunos años la familia Soubirous estuvo viviendo en un calabozo de la antigua cárcel de Lourdes, por entonces fuera de uso: el llamado cachot, en la calle des Petits Fossés, cedido por su propietario, un familiar de Françcois, debido a la extrema pobreza de los Soubirous, que fueron señalados en el pueblo como los que viven en el calabozo. Además de estas penalidades, siendo Bernadette aún niña, la enfermedad del cólera causó treinta y ocho muertos y centenares de afectados en Lourdes. En otoño de 1855, esa enfermedad atacó a Bernadette, dejándola sumamente debilitada. Más tarde, debido al clima frío y al ambiente de la habitación -la vieja mazmorra, llena de humedad- donde vivía toda la familia, se acentuó el asma que padecía.

Bernadette conoció la miseria hasta pasar hambre y ver a sus hermanos repartirse un mendrugo de pan. Tuvo que pedir ropa prestada cuando lavaba la suya propia. Cuando los demás niños de edad iban a la escuela, ella debía cuidar de sus hermanitos menores o guardar en el monte las ovejas de otras familias. Hasta los dieciséis años no aprendió a leer ni a escribir. Aún así, estaba empeñada en recibir la primera Comunión. Por la noche, después de muchas horas de trabajo, Bernadette repetía las fórmulas del catecismo. El catequista le decía a sus padres: Le cuesta retener de memoria el catecismo, porque no sabe leer; pero pone mucho empeño: es muy atenta y devota.

Pastora en Bartrés

En 1855, los padres de Bernadette, preocupados por la mala salud de su hija, decidieron enviarla a Bartrès, a la casa de la señora Marie Lagües, para que se recuperara. Allí, Bernadette ayudaba a la señora Lagües en las tareas de la casa y hacía de pastora, cuidando del rebaño.

Estando en Bartrès, un día recibió la visita de su padre. Éste encontró a su hija un poco triste, y le preguntó: ¿Qué te ha disgustado, Bernadette? Y la niña respondió: Mira, papá, mis corderos tienen una mancha verde en el lomo. Entonces François quiso gastarle una broma, y con toda seriedad le dijo: Si tienen el lomo verde, es que se han indigestado por comer demasiado hierba. En realidad, la mancha era la marca de una ganadero que, sin saberlo Bernadette, había pasado por el aprisco. Entonces, ¿se pueden morir?, preguntó preguntó Bernadette a su padre. Y éste respondió: Es muy posible. Al oír la respuesta de su padre, la joven pastora se puso a llorar. Françcois, secándole las lágrimas a su hija, le aclaró la verdad, que lo que le había dicho era una mentira, una broma.

Días después, Bernadette le comentaba este sucedido a una compañera suya. Ésta le dice: Pues ¡ya hace falta ser muy tonta para creer que esto que te dijo tu padre era verdad! Y Bernadette le aclara: ¡Qué quieres! Yo no he mentido jamás, y por eso no podía suponer que lo que mi padre me decía no fuese verdad.

¡Yo no he mentido jamás! Esto dijo Bernadette siendo aún casi una niña. Y esto hubo de repetir muchísimas veces a lo largo de su vida. Y quedó bien patente que nunca mentía, sobre todo, cuando tuvo que dar detalles insignificantes de su misma vida, cuando mil ojos escrutadores y mil oídos atentos estuvieron pendientes de ella a raíz de las apariciones de la Virgen, para tratar de sorprenderla en una contradicción, en una exageración, o simplemente en una vacilación. Y no lo lograron. Todos, prevenidos a favor o en contra, amigos o enemigos, creyentes o incrédulos, se sintieron subyugados por la transparente sinceridad, por el absoluto candor de la niña.

Apariciones de la Virgen

El jueves11 de febrero de 1858 Bernadette Soubirous tenía ya catorce años y fue a recoger leña con su hermana Toinette y otra niña adolescente llamada Jeanne Abadie. El día era desapacible, con una llovizna que calaba hasta los huesos. Debido a su delicado estado de salud no pudo seguir a sus acompañantes cuando había que pasar el río Gave. Decidió descalzarse, con intención de pasar el torrente. Y estando junto a una gruta que había en un lugar llamado Massabielle oyó un ruido cercano como un fuerte rumor de viento, pero Bernadette vio que todo estaba tranquilo y que las ramas de los árboles no se habían movido. Por segunda oyó el mismo rumor que le hizo mirar hacia la gruta. Allí vio a una bella señora vestida con una túnica blanca y ciñendo su cintura con una faja de color azul. La Señora recorría con sus dedos las cuentas de un rosario. Bernadette se arrodilló delante de la Aparición, sacó de su bolso su propio rosario y comenzó a rezarlo. Cuando acabó, la visión desapareció de pronto.

Así narró Bernadette la primera aparición, tal como salió de aquellos labios que jamás quisieron mentir: Casi no me había quitado una media cuando oí un rumor de viento, como cuando se acerca una tempestad. Me volví para mirar por todas partes de la pradera y vi que los árboles casi no se movían. Vislumbré, pero sin detener la vista, una agitación en las ramas y en las zarzas de la parte de la gruta. Seguí descalzándome y, cuando me disponía a meter un pie en el agua, oí el mismo ruido ante mí. Levanté los ojos y vi un montón de ramas y zarzas que iban y venían, agitadas, por debajo de la boca más alta de la gruta, mientras nada se movía a mi alrededor. Detrás de las ramas, dentro de la abertura, vi enseguida a una joven toda blanca, no más alta que yo, que me saludó con una ligera inclinación de cabeza, al tiempo que apartaba un poco del cuerpo los brazos extendidos, abriendo las manos como las Santa Vírgenes. De su brazo derecho colgaba un rosario. Tuve miedo y retrocedí. Quise llamar a mis compañeros, pero no me sentí capaz. Me froté los ojos varias veces, creía engañarme. Al levantar los ojos, vi a una jovencita que sonreía con muchísima gracia y que parecía invitarme a que me acercase a ella. Pero yo aún sentía miedo. Sin embargo, no era un miedo como el que había sentido otras veces, porque me hubiese quedado mirando siempre aquella (aquéro), y cuando se siente miedo una huye enseguida. Entonces me vino la idea de rezar. Metí la mano en el bolsillo, tomé el rosario que llevo habitualmente, me arrodillé e intenté santiguarme. Pero no pude llevarme la mano a la frente: se me cayó. Mientras , la joven se puso de lado y se volvió hacia mí. Esta vez tenía el gran rosario en la mano. Se santiguó como para empezar a rezar. A mí la mano me temblaba. Intenté santiguarme otra vez y pude hacerlo. Desde aquel momento no tuve más miedo. Yo rezaba con mi rosario. La joven deslizaba las cuentas del suyo, pero sin mover los labios. Mientras rezaba el rosario, yo miraba cuanto podía. Ella llevaba un vestido blanco que le bajaba hasta los pies, de los cuales sólo se veía la punta. El vestido quedaba cerrado muy arriba alrededor del cuello por una jareta de la que colgaba un cordón blanco. Un velo blanco, que le cubría la cabeza, descendía por sus hombros y los brazos hasta llegar al suelo. Sobre cada pie vi que tenía una rosa amarilla. La faja del vestido era azul y le caía hasta un poco más abajo de las rodillas. La cadena del rosario era amarilla, las cuentas blancas, gruesas y muy apretadas unas de otras. La joven estaba llena de vida, era muy joven y se hallaba rodeada de luz. Cuando hube terminado el rosario, me saludó sonriendo. Se retiró dentro del hueco y desapareció súbitamente. Aquella Señora no me habló hasta la tercera vez.

Tres días después, Bernadette sintió un fuerte impulso interior que hizo que fuera a la gruta. Su madre le aconsejó que llevara consigo agua bendita ante el temor de que aquello fuera algo diabólico. La joven, siguiendo el consejo materno, llenó un frasco con el agua bendita de la pila de la parroquia del pueblo. Y así el domingo siguiente a la primera aparición Bernadette va otra vez a la gruta, pero esta vez acompañada de varias personas. Una vez allí, comenzaron a rezar el rosario en espera de la aparición de la bella señora. Enseguida Bernadette vio de nuevo a la hermosa Señora, y derramó su frasco de agua bendita. La Aparición la mira con dulzura y le sonríe. La vidente se llena de alegría y cae en éxtasis.

En la tercera aparición, que tuvo lugar el 18 de febrero, Bernadette preguntó a la Señora su nombre. La Aparición no se lo dijo en aquella ocasión, pero le propuso una cita diaria durante quince días, además de decirle: No te prometo hacerte feliz en esta vida, pero sí en la otra. A partir de entonces, cada vez que la vidente acudía a su cita con la Virgen, miles de personas la acompañaba, con la consiguiente alarma de las autoridades municipales. Del 19 al 24 de febrero tuvieron lugar las apariciones cuarta a octava. La Señora y Bernadette se hablaban en confidencia, mientras las autoridades de Lourdes acusaban a la pequeña joven de perturbar el orden público y la amenazaban con la cárcel. Bernadette mantuvo una consistente actitud de calma durante los interrogatorios, sin cambiar su historia ni su actitud, ni pretender tener un conocimiento más allá de lo dicho respecto a la visión descrita. Las opiniones de los vecinos de Lourdes se dividieron. Unos asumían que la mujer que se le aparecía a Bernadette era la Virgen María. Sin embargo, la vidente nunca sostuvo en ese tiempo “haber visto a la Virgen”, y utilizaba el término Aqueró. La vidente se refería a la joven de la gruta como “Aquella” (Aqueró) y después “Señora”.

En la aparición del 24 de febrero la Virgen pide a Bernadette que haga penitencia y que la gente rece y ofrezca sacrificios. Cuando terminó la visión, todo el mundo quiere saber más detalles. Una persona le pregunta: ¿Por qué te arrastras de rodillas por la gruta, Bernadette? Y la chica responde: A la Señora le gusta que haga ese sacrificio. Me pide que hagamos penitencia por los pecadores. Cuando me lo dijo se le entristeció mucho la mirada. Ante esta respuesta, le dicen: ¿Pero sabes tú lo que es la penitencia? Y Bernadette contesta: Sí, eso sí que lo sé por las clases de Catecismo: es hacer cosas que nos cuestan, venciendo la comodidad y el gusto, para ofrecerlas por los pecadores. Entonces uno de los catequistas del colegio le pregunta: ¿Y qué es un pecador? La vidente responde con seguridad: Un pecador es aquella persona que ama el mal. El pecado es malo, feo y repugnante. La Señora me ha dicho que rece “por el mundo doliente”. Éstas han sido sus palabras.

Al día siguiente, 25 de febrero, tuvo lugar una de las apariciones más problemáticas ante la presencia de 350 personas. Según testificó Bernadette, luego de rezar el rosario la Señora le pidió que bebiera del agua del manantial y que comiera de las plantas que crecían libremente allí. Ella interpretó que debía ir a tomar agua del cercano río Gave y hacia allá se dirigió. Pero la Señora le señaló con el dedo que escarbara en el suelo. Bernadette cavó en el suelo con las manos desnudas, y ensució su rostro buscando beber donde sólo había fango. Intentó “beber” tres veces, infructuosamente. En el cuarto intento, las gotitas estaban más claras y ellas las bebió . También comió trozos de algunas de las plantas del lugar. Cuando finalmente ella tornó hacia la muchedumbre que la observaba, su cara se mostraba manchada con fango, sin que se hubiera revelado manantial alguno. Esto causó mucho escepticismo y fue vista como locura por muchos de los presentes, quienes gritaron: ¡Ella es un fraude! y ¡Ella está loca!, en tanto sus familiares, desconcertados, limpiaban la cara de la adolescente con un pañuelo, y se la llevaron a casa. Pero , durante la noche, del agujero que había cavado Bernadette comenzó a manar un agua clara y limpia que, en un ancho reguero, llegaba al río.

Durante los quince días Bernadette acude muy de mañana a la cita con la Señora. El hecho del manantial que había brotado es todo un acontecimiento. En las sucesivas apariciones la Señora le dice a la niña que se lave y beba del manantial. Ella hace lo que le pide la Virgen. La gente acude en masa y reza con piedad el rosario.

La Señora se identifica con la Inmaculada Concepción

El martes, 2 de marzo, Aquéro pidió dos cosas a Bernadette: Que se hicieran procesiones a la gruta y se construyera allí mismo una capilla en su honor. La vidente tiembla al pensar que debe presentarse ante el párroco de Lourdes, el abate Dominique Peyramale, para manifestarle el deseo de la Señora. El párroco no sale de su asombro cuando Bernadette le transmite el mensaje de la Virgen, pero antes de despedir a la joven, le dice: Pregúntale a esa Señora su nombre. Yo no obedezco a desconocidas.

La quincena ha terminado, y Bernadette permanece en su casa, rezando con intensidad y con mucho amor como se lo ha pedido la Señora. Y he aquí que en la noche del 25 de marzo, el día de la Anunciación, Bernadette siente que Aquéro la llama y acude a la gruta. Allí, la Virgen se le aparece de nuevo. Bernadette, recordando las palabras del abate Peyramale, se atrevió a acercarse a la Aparición y le preguntó con timidez: Señora, ¿tienes la bondad de decirme quién eres? La Virgen la miró sonriente, pero no contestó a su pregunta, hasta que la vidente repitió por tercera vez su pregunta. Entonces la Virgen, tras alzar sus ojos al Cielo y unir sus manos, respondió en patois lurdés: Qué soï era inmaculado councepcioû (Soy la Inmaculada Concepción). Bernadette nunca había oído esa expresión, e incluso las primeras veces pronuncia mal la palabra Concepción. Pero no importa. Ahora ya se sabe de quien se trata y por más que el demonio recurra a las peores artes la Aparición terminará por abrirse camino y triunfar por completo.

Estas palabras, cuyo significado desconocía la vidente, impresionaron vivamente al abate Peyramale, hasta el punto de hacerle creer que realmente la Virgen María se había aparecido a Bernadette. Y prueba de ello es que comenzó a dar los pasos necesarios para iniciar un proceso eclesiástico con vistas a una posible aprobación por parte de la Iglesia.

El 8 de diciembre de 1854, el papa beato Pío IX había proclamado el dogma de la Inmaculada Concepción. Este dogma sostiene la creencia de que la Virgen María, Madre de Dios, a diferencia de todos los demás seres humanos, fue preservada inmune de todas mancha de culpa original desde el primer instante de su concepción, por singular privilegio y gracia de Dios y en atención a los méritos de Jesucristo.

Bernadette refirió la revelación de la identidad de Aquéro al clero, ante todo al abate Peyramale, y también al abate Serres, al abate Pomian… Se sucedieron interrogatorios permanentes e incisivos de parte de diferentes autoridades civiles y eclesiásticas. Éstas estuvieron de acuerdo en que Bernadette poseía poca instrucción, como la mayoría de las jóvenes de Lourdes. Sin embargo, dudaron sobre la capacidad de la adolescente de haberse inventado las palabras con las cuales la Aparición se dio a conocer.

Durante la aparición del día 25 de marzo ocurrió un hecho milagroso. Bernadette sostenía un cirio encendido; durante la visión, el cirio se consumía y la llama había entrado en contacto con la piel de la vidente por más de quince minutos, sin que produjera en ella ningún signo de dolor o daño tisular. Testigos de este hecho fueron muchas personas, entre ellas el médico de Lourdes, Pierre Romaina Dozous. Éste, al terminar la visión, se aceró a Bernadette y le dijo: Déjame que vea tu mano izquierda. La adolescente se la mostró, y el médico comprobó que estaba un poco ahumada, pero no había ninguna quemadura. Entonces, Dozous acercó la llama del cirio a la mano de Bernadette, y ésta gritó: ¡Ay, doctor! ¿Qué hace? Me he quemado… Más adelante, el médico dio testimonio de este hecho asegurando que no tenía explicación natural.

Después de la aparición del día 25, la Virgen se aparecerá a Bernadette en dos ocasiones más: el 7 de abril, que es la decimoséptima aparición, y el 16 de julio, que es la última aparición, la despedida. Bernadette sabe que es la última vez que va a ver a la Virgen aquí en la tierra.

Vida sencilla y humilde

La vida de Bernadette, después de las apariciones estuvo llena de enfermedades, penalidades y humillaciones, pero con esto fue adquiriendo un grado de santidad tan gran grande que se ganó el enorme premio del cielo.

Las gentes le llevaban dinero, después de que se supieron que la Virgen Santísima se le había aparecido, pero ella jamás quiso recibir nada. Nuestra Señora le había contado tres secretos, que Bernadette nunca reveló. Probablemente uno de estos secretos era que no debería recibir dinero ni regalos de nadie, y otro, que no hiciera nada que atrajera hacia ella las miradas. Por eso se conservó siempre muy pobre y apartada de toda exhibición. Ella no era hermosa, pero después de las apariciones, sus ojos tenían un brillo que admiraba a todos.

Le costaba mucho salir a recibir visitas porque todos le preguntaban siempre lo mismo y hasta algunos declaraban que no creían en lo que eela había visto. Cuando su madre la llamaba para atender alguna visita, Bernadette se estremecía y a veces se echaba a llorar. ¡Vaya! le decía su madre-, ten valor. Y la vidente se secaba las lágrimas y salía a atender a los visitantes mostrando alegría y mucha paciencia, como si aquello no le costara ningún sacrificio.

Un día, el alcalde de Lourdes para burlarse de ella porque la Aparición le mandó que comiera hierbas amargas como sacrificio, le dijo a Bernadette: ¿Es que te confundió con una ternera? Y la joven, muy serena, le respondió: Señor alcalde, ¿a usted le sirven lechugas en el almuerzo? El alcalde contestó: Claro que sí. Y ante esta respuesta, Bernadette dijo: ¿Y es que confunden con un ternero? Todos los presentes rieron y se dieron cuenta de que la joven era humilde, pero no tonta.

El 3 de junio de 1858, fiesta del Corpus Christi, recibió la ansiada Primera Comunión. El 16 de julio siguiente acudió a la gruta y allí, por última vez en su vida mortal, vio a la Santísima Virgen. Después se estudió los acontecimientos ocurridos, siendo Bernadette varias veces interrogada. El último interrogatorio ante la comisión eclesiástica, presidida por el obispo de Tarbes, fue el 1 de diciembre de 1860. El obispo terminó emocionado, al repetir Bernadette el gesto y las palabras de la Virgen María durante la aparición del 25 de marzo: Yo soy la Inmaculada Concepción.

Y al final, el 18 de enero de 1862, el anciano obispo de Tarbes, monseñor Laurence, -hombre piadoso, prudente y lleno de sabiduría y que supo llevar muy bien el asunto de las apariciones- publicó una carta pastoral con la cual declaró que “la Inmaculada Madre de Dios se ha aparecido verdaderamente a Bernadette”. El dictamen de la comisión eclesiástica había sido: Bernadette no mentía; la aparición había sido verdadera; el culto a la Virgen de Lourdes quedaba autorizado.

Vocación

Tras las apariciones, a partir del 15 de julio de 1860, Bernadette fue acogida en el hospicio por las religiosas Hijas de la Caridad de Nevers. Y allí brotó la flor preciosa de su vocación. Hay serios indicios para suponer que la Virgen María le aconsejó la vida religiosa. Parece ser que éste fue uno de los secretos que ella guardó siempre tan celosamente. Lo cierto es que, después de una dura lucha con su timidez, se decidió por fin a pedir el ingreso en la congregación de las Hijas de la Caridad de Nevers. Y tras algunas vacilaciones por parte de las superioras debidas a la débil salud de Bernadette, fue admitida.

Antes de salir para Nevers, el martes 3 de julio de 1866, Bernadette, acompañada por dos religiosas de la Comunidad de Nevers, se dirigió a la gruta. Una vez allí, se arrodilló. En oración y con los ojos fijos en la imagen de la Virgen suspiró y entre sollozos repitió: Madre mía, Madre mía, ¿cómo podré dejarte? Se puso de pie, besó la roca y después el rosal. Al fin se arrancó de aquel lugar que tenía para ella recuerdos inolvidables. La gruta era mi cielo, habrá de decir en alguna ocasión.

La última noche la pasó con su familia en el molino Lacadé. Dejaba a los suyos casi en la miseria. Al día siguiente la acompañaron al hospicio y allí se despidieron. Fue una escena emocionante. Todos lloraban, excepto Bernadette. Después salió para Nevers.

Vida religiosa

Al llegar al convento de Nevers, la madre superiora -Joséphine Imbert- la recibe con cariño, pero con preocupación. Teme que la estancia de Bernadette turbe la paz del convento. Para la vidente de la Virgen había comenzado una nueva. Una sola vez, como excepción, se le permitió hablar de Lourdes y contar sencillamente a la comunidad lo que había sido las apariciones. Después se le impuso el silencio, que ella guardó siempre rigurosamente, evitando con extraordinaria habilidad cualquier sorpresa que le preparaban para conseguir de ella alguna palabra. Fue una religiosa más. Obediente, puntual, amante de la pobreza, trabajadora, caritativa. Pero sin ninguna distinción.

Su vida religiosa duró quince años, hasta que le llegó su dies natalis. Los primeros seis años, debido a su mala salud, se le confió trabajos no muy laboriosos. En comunidad hizo de enfermera y de sacristana. Y los nueve años restantes estuvo sufriendo dos dolorosas enfermedades: el asma y la tuberculosis. Cuando le llegaban los más terribles ataques exclamaba: Lo que pido a Nuestro Señor no es que me conceda la salud, sino que me conceda valor y fortaleza para soportar con paciencia mi enfermedad. Para cumplir lo que me recomendó la Santísima Virgen, ofrezco mis sufrimientos como penitencia por la conversión de los pecadores. A los cuatro meses de estar en el convento estuvo a punto de morir por un ataque de asma, y se le concedió hacer su profesión religiosa in articulo mortis, pues se pensó que no sobreviviría. Sus fuerzas estaban al límite de modo que, al no poder pronunciar la fórmula, monseñor Forcade la pronunció en nombre de ella. De aquella crisis salió, pero después todos los inviernos, con el frío propio de la región, o el más mínimo accidente le traían tremendos sufrimientos. Se ahogaba constantemente. Y su vida era un continuo sufrir. A ella no le extrañó tanto sufrimiento porque la Virgen le había dicho la harái feliz en el cielo, no esta tierra.

Uno de los medios que Dios tiene para que las personas santas lleguen a un altísimo grado de perfección, consiste en permitir que les llegue la incomprensión, y muchas veces de parte de sus superiores, que al hacerles la persecución piensan que con esto están haciendo una obra buena. Bernadette no fue una excepción. Tuvo como maestra de novicias a la madre Marie Thèrése Vauzou, a la que la vidente de la Virgen prácticamente estuvo sometida toda su vida religiosa. Aun después de su profesión, sintió hacia ella un despego y hasta una positiva aversión. Esto se traducía en mil pequeños incidentes, dolorosísimos para Bernadette: continuas humillaciones, e incomprensión, y hasta no pocas veces también en desconfianza.

La madre Vauzou le tenía una antipatía total y casi todo lo que Bernadette hacía lo juzgaba negativamente. Así, por ejemplo, a causa de un fuerte y dolor que la joven sufría en una rodilla, tenía que cojear un poco. Pues bien, la maestra de novicias decía que Bernadette cojeaba para que las gentes al ver a las religiosas pudiera distinguir de lejos cuál era la que había visto a la Virgen. Y cada vez que la veía cojear la reprendía, e incluso no la dejaba salir de su celda pues decía que quería llamar la atención. Y así en un sinnúmero de detalles desagradables que la hacía sufrir, pero ella jamás se quejaba ni se disgustaba por todo esto.

Por si esto fuera poco, tuvo Bernadette un tercer sufrimiento. El más terrible, pues se trató de una prueba mística, de esas que el Señor envía. Se había ofrecido Bernadette para sufrir. Y Dios aceptó sus sufrimientos. En el diario íntimo de la vidente y en algunas expresiones que se le escaparon se vislumbra la desolación y el abandono, la purificación misteriosa, el dolor penetrante y profundo que empaparon por completo su alma. Y así año tras año, a lo largo de su ejemplar y santa vida religiosa. Fue santa porque con tan edificante perfección supo vivir su vida oculta de inmolación. Esto fue lo que la santificó. Las apariciones fueron tan sólo la ocasión de que el Señor se sirvió para prepararla.

Los últimos años

Desde octubre de 1875, la historia de Bernadette se confunde con la historia de sus enfermedades. En diciembre de 1877, se vio precisada de guardar cama por los dolores en una rodilla. En febrero de 1878, tuvo una recaída de asma y sufrió vómitos de sangre. A partir de diciembre de 1878 permaneció definitivamente en la cama, pues Bernadette tenía un tumor en su pierna, más concretamente, de tuberculosis ósea en estado muy avanzado, extremadamente dolorosa. Ella no cejó en su trabajo hasta que no pudo más por los agudos ataques de asma y la enfermedad que padecía.

En algunas ocasiones su pensamiento se iba a Lourdes, pues desde en que fue a la gruta por última vez antes de irse de religiosa, jamás volvió por allí. Ella repetía: Ah quién pudiera ir hasta allá, sin ser vista. Cuando se ha visto una vez a la Santísima Virgen, se estaría dispuesto a cualquier sacrificio con tal de volverla a ver. Es tan bella.

Poco tiempo antes de su muerte, recibió la visita del obispo de Nevers. Venía a pedirle que escribiese una carta para el Papa, porque iba a Roma y quería llevársela. Y escribió: Santísimo Padre, jamás hubiera osado tomar la pluma para escribir a Vuestra Santida, yo, pobre hermanita, si nuestro digno obispo, monseñor De Ladoue, no me hubiese animado diciéndome que el medio seguro de alcanzar una bendición del Santo Padre era escribiros y que él tendría la amabilidad de llevar mi carta. Se establece una lucha entre el temor y la confianza. Yo, pobre ignorante, hermanita enferma, osar escribir al Santísimo Padre ¡jamás! Y continuó expresándole el amor que sentía por el Papa y la alegría que le dio pensar que la Santísima Virgen se había dignado, en cierta manera, confirmar la palabra del mismo Pontífice al aparecerse en Lourdes.

El Papa correspondió con una bendición, juntamente con un precioso crucifijo de plata. Era como la preparación para el episodio final de su vida. Bernadette estaba ya lista para la muerte.

Una muerte santa

Y la muerte llegó. Antes, sin embargo tuvo el consuelo de recibir la visita de Toinette, su hermana queridísima, y la de uno de los sacerdotes de Lourdes que había sido su confesor en la época de las apariciones.

La enfermedad fue agravándose. Los sufrimientos se hacían cada vez más insoportables. El domingo de Pascua de 1879, 13 de abril, parecía ya inminente el desenlace. Peru auténtica noche de Getsemaní fue la del lunes al martes de la octava de Pascua. Sufrió terriblemente y sin descanso. Un sudor helado cubría su frente. Temblaba por su propia salvación. Y así continuó hasta la mañana del 16 de abril. A eso de las once de la mañana la colocaron en un sillón con los pies en un escabel. A eso de la una acudió la comunidad. Ella miró la imagen de la Virgen y con intensidad exclamó: Yo vi la Virgen. Sí, la vi, la vi. ¡Qué hermosa era! ¡Cuánto ansío volver a verla! Minutos después quedó con los ojos fijos en un punto fijo de la pared, lanzó una exclamación de sorpresa y con la mano derecha crispada en el sillón intentó levantarse. Volvió a quedar tranquila. Así pasó el tiempo entre sufrimientos tremendos, hasta que por fin, musitando dulcemente: Ruega Señora por mí, por esta pobre pecadora. Y apretando el crucifijo contra su corazón, mientras dos gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas, entregó santamente su alma a Dios. Tenía 35 años.

Su muerte fue un auténtico triunfo. La ciudad entera se conmovió. A los funerales de Bernadette asistió una muchedumbre inmensa. Y ella empezó a conseguir milagros de Dios a favor de los que le pedían su ayuda. Pronto empezó a pensarse en su beatificación.

La causa de canonización

El proceso diocesano sobre la heroicidad de las virtudes de la vidente de la Virgen en Lourdes se abrió el 20 de agosto de 1908. El 2 de septiembre de 1909, su cadáver fue desenterrado y hallado en perfecto estado de conservación; no obstante, el crucifijo y el rosario que llevaba en las manos se encontraron cubiertos de óxido. El 25 de agosto de 1913, san Pío X inició el proceso de beatificación en Roma que, retrasado por la Primera Guerra Mundial, se reanudó el 17 de septiembre de 1917. El 14 de junio de 1925, fue beatificada por el papa Pío XI. Con motivo de la beatificación se realizó una segunda exhumación del cuerpo de Bernadette, edl cual seguía sin descomponerse, es decir, incorrupto. Los sagrados restos mortales de la santa vidente fueron trasladados a la capilla -que lleva su nombre- del antiguo convento de san Gildard de Nevers y depositados en una urna de cristal.

Finalmente, el 8 de diciembre de 1933, durante el Año Santo de la Redención y Jubileo extraordinario, Pío XI canonizó a Bernadette Soubirous, la hija del pobre molinero de Boly.

Día 15 de abril

15 de abril

Efemérides

El 15 de abril de 1889 moría en la isla de Molokai, del archipiélago de las islas Hawai, san Damián de Veuster.

San Damián de Veuster

En Kalawao, en la isla de Molokay, en Oceanía, perteneciente en la actualidad a los Estados Unidos de América, san Damián de Veuster, presbítero de la Congregación de Misioneros de los Sagrados Corazones de Jesús y de María, que, entregado a la asistencia de los leprosos, terminó él mismo contagiado de esta enfermedad. (1889) (Martirologio Romano).

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Semblanza

El santo leproso

Belga de nacimiento

El mundo de la Política y de la Prensa puede ofrecer pocos héroes comparables al Padre Damián de Molokai. Valdría la pena buscar la fuente de la inspiración de semejante heroísmo. Así es como resumió Ghandi las preguntas que suscita la vida del apóstol de los leprosos. La respuesta es bien sencilla: el amor a Dios y a los hombres, por encima de la propia vida, fue la inspiración de san Damián de Veuster.

El 3 de junio de 1995 el papa san Juan Pablo II beatificó en Bruselas al leproso entre los leprosos, como el propio Damián se definió en solidaridad absoluta con su gente. De tiempo atrás ya le habían glorificado como mártir de la Caridad. Y el 11 de octubre de 2009 fue canonizado en Roma por Benedicto XVI.

El 3 de enero de 1840 nace José de Veuster en Tremeloo, un pueblo belga cercano a Lovaina. Era el séptimo de los ocho hijos de la familia campesina De Veuster-Wouster, flamencos de Brabante. Los años de la infancia del pequeño José fueron muy felices. En su familia recibió una educación cristiana, y los días fueron transcurriendo de forma rutinaria en el cultivo de la tierra y en la obediencia a las leyes de Dios. Durante su juventud, José vio abrazar la vida religiosa a dos de sus hermanas y a uno de sus hermanos.

La vocación

José deja la escuela a los 13 años para trabajar en el campo. Su padre quiere que se dedique al negocio familiar de granos, con intención de ampliarlo. Cuando cumple 18 años, vuelve a los estudios, esta vez fuera del entorno familiar, en Braine-le Comte. Emplea su tiempo libre en solitarios paseos y escribiendo cartas a sus padres. Al mismo tiempo reflexiona sobre su posible vocación religiosa, que empezaba a despertar a través de una correspondencia frecuente con su hermano Augusto (hermano Pánfilo), novicio entonces de los Padres de los Sagrados Corazones.

Durante el verano de 1858, después de muchas horas de oración y meditación, toma la firme decisión de dedicar su vida a Dios, en la Congregación de los Sagrados Corazones. No me detengáis, porque impedir a un hijo seguir la voluntad de Dios al elegir estado, sería una ingratitud que atraería sobre vosotros un penoso castigo, escribía José de Veuster a sus padres el día de Navidad del mismo año. Ellos, buenos cristianos, accedieron a sus deseos, viendo en la vocación de su hijo una caricia de Dios. Y el 2 de febrero de 1859 José de Veuster se convirtió en el Hermano Damián, al comenzar el noviciado en la Congregación de los Sagrados Corazones.

La Congregación de los Sagrados Corazones

Esta familia religiosa había sido fundada por Pedro Coudrin y Enriqueta Aymer en Poitiers (Francia), en 1795, en la clandestinidad impuesta por la Revolución Francesa y el régimen napoleónico hasta 1815. En sus Constituciones se lee: El anuncio del Evangelio nos urge y nos hace entrar en el dinamismo interior del Amor de Cristo por su Padre y por el mundo, especialmente por los pobres, los afligidos, los marginados y los que no conocen la Buena Noticia. Buscando el Reino procuramos transformar el corazón del hombre y ampliar las relaciones fraternas y comunitarias. En solidaridad con los pobres trabajamos por una sociedad justa y reconciliada. (…) La disponibilidad para las necesidades y urgencias de la Iglesia, discernidas a la luz del Espíritu, así como la adaptabilidad a las circunstancias y acontecimientos, son rasgos heredados de nuestros fundadores. El espíritu misionero nos hace libres y disponibles para ejercer nuestro servicio apostólico allá donde seamos enviados a llevar y acoger la Buena Noticia.

Palabras que Damián graba a fuego en su alma. Su vida religiosa comienza con un horizonte de esperanza y con el deseo de llevar el Evangelio de Cristo a lejanas tierras. Pedía cada noche ante la imagen de san Francisco Javier que se cumplieran los deseos de ser un misionero, escribió su maestro de novicios.

En el lejano Pacífico

El mismo año que nació, en las lejanas islas Hawai reinaba el rey canaco Kamehameha III. Su abuelo, el gran Napoleón del Pacífico, cincuenta años atrás, había unificado las islas del paradisíaco archipiélago y fundado un reino. Y en ese año de 1840 llegó a Hawai la terrible y temida lepra. Enfermedad maldita, insidiosa, lenta, que llega sin avisar. El bacilo ataca la piel y anestesia las células nerviosas en un trabajo metódico de años. Ulcera, llaga, desfigura y, sólo al final del largo proceso, causa la muerte.

Acompañando a la lepra, otras enfermedades: sífilis, cólera, sarampión y peste bubónica -combinación de horror-, se habían introducido en aquel paraíso del Pacífico. Los súbditos de Kamehameha fueron diezmados. Cuando la lepra más lenta, pero inexorable, se reveló en toda su crudeza, el Gobierno canaco reaccionó como hasta entonces lo habían hecho todos los gobiernos del mundo: aislando a los enfermos, arrojándoles fuera de la comunidad. En el ritual de Cambrai, de 1503, el leproso asistía a la misa de difuntos al lado de un ataúd y vestido de negro. Después se le llevaba a un lugar apartado.

En las Hawai, no había lugar para los rituales. Los enfermos, cazados en sus chozas, arrancados de sus familias, eran embarcados en almadias hacia la isla de Molokai. Allí quedaban confinados en Kalaupapa, una lengua de tierra aislada por una barrera montañosa infranqueable. Para el canaco, pueblo de fuertes vínculos familiares y muy marcado por la comunidad, el aislamiento era peor que la lepra. Kalaupapa era sinónimo de tumba.

Profesión religiosa

El estallido de la epidemia hawaiana se produjo con toda su virulencia en 1860. Y a partir del 1866 datan las primeras expulsiones masivas. En el Viejo Continente europeo, el 7 de octubre del 1860, en un pueblecito de las afueras de París, Picpus, en la Casa General de la Congregación de los Sagrados Corazones, el novicio Damián hace su profesión religiosa. Dieciséis meses duró su noviciado, comenzado en Lovaina y terminado en la Casa Central de París. Durante esta etapa de su vida fue afianzándose en la vida de piedad. Era un joven lleno de vitalidad y bondad. Dócil y obediente, era a la vez íntegro e impulsivo. Tuvo un maestro experimentado, a quien apreció y recordó toda la vida. Éste dijo de Damián: En mi larga experiencia, jamás he encontrado un carácter más amable y sociable.

Ya profeso, vuelve a Lovaina para cursar estudios de teología en la Universidad. Mientras tanto, su hermano Pánfilo prepara su viaje como misionero a las islas Hawai. La Iglesia Católica, tras dos décadas de persecuciones alentadas por los metodistas norteamericanos, ha logrado de la monarquía canaca la libertad de religión. Y son los Padres de los Sagrados Corazones los encargados de abrir brecha. Pánfilo tiene que formar parte de las primeras expediciones, pero la Providencia dispone otra cosa, y Pánfilo cae enfermo de tifus cuando estaba atendiendo a los apestados.

Misionero

El 2 de noviembre de 1863, sustituyendo a su hermano enfermo, Damián embarca en el puerto alemán de Bremen con destino a Honolulú. Está en la plenitud de su juventud, sin cumplir aún los 24 años, y sin haber sido todavía ordenado sacerdote. Pero empieza a ver realizada su ilusión de ser misionero. Antes de zarpar escribe a sus padres una carta de despedida: Pedid a Dios que tenga el coraje de cumplir en todo, en cualquier lugar y siempre, la santa voluntad de Dios: en eso consiste toda nuestra vida… En nuestras oraciones sobre todo, pensemos los unos en los otros y unámonos siempre a los Sagrados Corazones de Jesús y de María. En ellos permanezco siempre. Vuestro hijo afectuoso.

Tras 139 días de navegación sin escalas, el “R. W. Wood”, en el que viajaba Damián con un grupo de religiosos de su Congregación, atracó en el puerto de Honolulú el 19 de marzo, festividad de San José, de 1864. Sería imposible para mí explicaros la inmensa alegría de los misioneros -escribía Damián a sus padres inmediatamente después de desembarcar- cuando se ve el nuevo país que deben regar con su sudor cada día para ganar a estas almas para Dios.

El 21 de mayo del mismo año fue ordenado sacerdote por el obispo Maigret en la catedral de Nuestra Señora de la Paz de Honolulú. Emocionado, tembloroso, con el olor aún de crisma de su consagración, escribe a sus padres: Ya soy sacerdote… Ya soy misionero… Si el Señor está conmigo, no tengo nada que temer y todo lo podré, como San Pablo en Aquel que me conforta… No tengáis la menor inquietud por mí, porque cuando se sirve a Dios, se es feliz en cualquier parte.

Molokai

Su encuentro con Molokai no será inmediato. Durante más de ocho años evangelizará en Puna y Kohala en la isla Hawai. Allí aprenderá la lengua canaca, conocerá íntimamente a su pueblo y será testigo de la continua degradación de sus condiciones de vida. También se degrada aún más, si es posible, la vida en la leprosería Kalawao, situada en la península de Kalaupapa de la isla de Molokai. Los leprosos, muertos en vida, sin fe en la que apoyarse, reciben a los recién llegados con una sentencia: En este lugar no hay ley.

Y efectivamente, así era. El aquí ya no hay ley convierte a los débiles en esclavos y a los niños en juguetes sexuales. La angustia y la desesperación eran compañeras de la enfermedad. Había que ahogarlas en el alcohol y el sexo, por lo que la inmoralidad y la depravación imperaban en aquel cementerio viviente. No fue pura poesía haber llamado a Molokai el paraíso infernal o el pueblo de los locos.

Entre los leprosos

Estando Damián en Kohala, el periódico hawaiano Nuhou hace una llamada a un noble sacerdote cristiano, predicador o hermana que quisiera ir y consolar permanentemente a esos desgraciados, refiriéndose a los muertos vivos, exiliados en Kalawao. Damián se ofrece voluntario para ir a aquel infierno en la tierra, para extender el Evangelio, para dar testimonio del amor y la ternura de Dios a los hombres, sobre todo, a los más pobres y abandonados. Y el 10 de mayo de 1873 llega a la leprosería de Kalawao, acompañado de 50 leprosos que iban a ser recluidos en la colonia, y algunas cabezas de ganado que llevaban para su sustento.

El Padre Damián, primero se vence a sí mismo. Ánimo, José, muchacho, que aquí vas a estar toda tu vida, se alentaba a menudo desde su primer día en Molokai. Vence también la repugnancia de la enfermedad y acaricia a los enfermos; comparte su comida; fuma en las mismas pipas; construye carreteras, orfelinatos, traídas de agua, cementerios y lazaretos; evangeliza, predica y, sobre todo, por encima de todo, ama. Al poco tiempo de estar en Molokai, escribe a su hermano: Esto puede darte una idea de mi trabajo diario. Imagínate una colección de chozas con 800 leprosos. Sin médico. Todas las mañanas después de mi misa, que va seguida siempre de una instrucción, voy a visitar a los enfermos. Al entrar en cada choza, empiezo por ofrecerme a escuchar en confesión. A los que rechazan esta ayuda espiritual no se les niega la asistencia corporal, que se da a todo sin distinción. En lo que a mí se refiere, me hago leproso con los leprosos, para ganarlos a todos a Cristo Jesús.

Su secreto

El secreto de Damián es Jesús, vivir y actuar como Jesús. Es el centro y razón de su vida. Sentirse con Él y Él, confidente y consolador. Un hermoso texto de su cuaderno íntimo explica su vida generosa de entrega: El ver lo que las almas han costado a Jesucristo, debe inspirarnos el mayor celo por la salvación de todo el mundo. Debemos entregarnos a todo cuanto pueda contribuir a la salvación de las almas. Debemos darnos a todos sin excepción. Debemos darnos sin reserva. La medida de nuestro celo es la de Jesucristo.

Desde 1886 a 1873, año en que llega Damián a la leprosería de Kalawao, sobre 797 leprosos internados, habían muerto 311, un 40%. En 1880 escribe el Padre Damián: Desde que estoy aquí, he enterrado a 190 ó 200 todos los años y los que quedan son más de 700. Las estadísticas oficiales dan, para los 17 años de estancia del misionero belga, 3.137 ingresados y 2.242 defunciones. Una media de 2,5 por semana. Murieron cientos ante los ojos del misionero, envueltos en el humo de su pipa para soportar el olor. Ayer por la mañana, después de auxiliar a un leproso en su pequeña jaula, fui a casa como un borracho, no podía tenerme en pie, su aliento fétido había afectado mi cerebro, contó en 1874.

Su fortaleza en Dios

Damián se fue a vivir con los leprosos, a enterrarse con ellos. No sólo convivió con su enfermedad. Convivió también con su pobreza, llegando a ser tan pobre, que no supo que lo era. Llegó al corazón de aquellos seres sufrientes y marginados, porque los tocó, los abrazó con el saludo hawaiano tradicional, conversó con ellos en su propia lengua, vendó sus heridas, amputó cuando fue necesario sus dedos y sus pies, compartió con ellos su pipa, comió el plato de poi, rió con ellos, jugó con sus hijos enfermos, no mostró ningún signo de repulsión ante sus desfiguraciones… Damián fue aceptado por los enfermos de lepra como uno de ellos. Siembro la buena semilla -escribió- entre lágrimas. De la mañana a la noche estoy en medio de miserias físicas y morales que destrozan el corazón. Sin embargo, me esfuerzo por mostrarme siempre alegre, para levantar el coraje de mis pobres enfermos.

De la diaria adoración del Santísimo Sacramento sacó las fuerzas necesarias. En 1886 escribió: Por ser la Santa Eucaristía el pan del sacerdote, me siento feliz, muy contento y resignado en la situación un tanto excepcional en la que la Divina Providencia me ha colocado… Sin la presencia constante de nuestro Divino Maestro en mi pobre capilla, jamás podría haber perseverado en unir mi suerte a la de los pobres leprosos de Molokai. Él supo desde el primer momento que comenzar no es difícil, sino que la dificultad está en perseverar. Y perseveró aun reconociendo que le costó. Claramente lo dijo: Resulta repulsivo verlos, sin duda, pero tienen un alma rescatada al precio de la Sangre del Salvador. También Él, en su misericordia, consoló a los leprosos. Si yo no puedo curarlos, sí que dispongo de los medios para consolarlos. Confío en que muchos, purificados de la lepra del alma por los sacramentos, sean dignos, un día del cielo. En otra ocasión confesó: La vista de mis queridos leprosos resulta repugnante… Un día, durante la Misa solemne, estuve a punto de abandonar el altar para respirar aire puro; el recuerdo de Nuestro Señor al abrir la tumba de Lázaro me retuvo.

Un leproso más

Ocurrió en diciembre de 1884. Damián sabía desde el verano que estaba leproso y ya la noticia había corrido como la pólvora por todo el archipiélago. Pero en vísperas de la Navidad, todavía su cuerpo no mostraba las infames señales. Viajó desde Molokai a Honolulú, en una de sus escapadas de la leprosería. El viaje le había fatigado y, en el convento, alguien se preocupó de que le prepararan un baño caliente para sus cansados pies. Damián metió el pie izquierdo en el balde de agua hirviente y no sintió dolor alguno. Al partir de aquel momento pudo decir: nosotros los leprosos. Esta frase atravesó como un dardo de amor al corazón del pueblo más miserable de la tierra. A la terrible sentencia En este lugar no hay ley, Damián opone su Nosotros los leprosos que le acompañará hasta la muerte. En una carta al padre Fouesnel escribió en octubre de 1885: Estoy leproso. ¡Bendito sea el Buen Dios!

Cuando el Gobierno propuso pasarle un sueldo, él se rebeló: Aunque me ofrecieran todos los tesoros de la tierra, no permanecería ni cinco minutos en esta isla de Molokai. Lo que me sujeta aquí es tan sólo Dios y la salvación de las almas.

Muerte

Después de cuatro terribles años de sufrimiento, con el cuerpo totalmente llagado, el 15 de abril de 1889 moría el Padre Damián en Molokai como un leproso más. Antes de morir pronunció estas palabras: ¡Qué dulce es morir hijo de los Sagrados Corazones! Por la herida del costado abierto, Jesús había mostrado la causa verdadera de su muerte: su Corazón. Fue también el amor, más que la lepra, quien llevó a Damián temprano a la muerte.

Día 14 de abril

14 de abril

¿Quién es quién?

San Kizito

Kizito nació en 1872. Fue nombrado paje del rey de Buganda, actual Uganda. En aquella época, los mejores jóvenes eran llevados al palacio del rey, donde se preparaban para ser gobernantes o militares.

Kizito conoció la fe cristiana a través de los Padres Blancos, religiosos misioneros; y se convirtió en un fiel seguidor de Jesús. En 1885, el rey de Buganda empezó a perseguir a los cristianos. Kizito tenía miedo de morir sin haber sido bautizado. Pero su catequista, san Carlos Lwanga, le bautizó y le dijo: Cuando llegue la prueba decisiva, yo te tomaré de la mano. Si tenemos que morir por Jesús, moriremos juntos, mano con mano. Al día siguiente, 3 de junio de 1886, los dos murieron martirizados. Kizito tenía trece años.

Carlos, Kizito y otros veinte mártires ugandeses fueron declarados santos en 1964. El día de su fiesta, 3 de junio, cientos de miles da católicos ugandeses y de otros países africanos peregrinan al santuario de Namugongo, en Uganda, para rezar juntos. Este templo fue construido en el lugar donde Kizito y sus compañeros dieron su vida por Jesús.

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En su viaje apostólico a Benín, el papa Benedicto XVI, dirigiéndose a los niños les puso como ejemplo a san Kizito: Algunos de vosotros habéis hecho ya la primera comunión, otros os estáis preparando para hacerla. El día de mi primera comunión fue uno de los más bonitos de mi vida. También para vosotros, ¿no es verdad? Y, ¿sabéis por qué? No sólo por los lindos vestidos, los regalos o el banquete de fiesta, sino principalmente porque en ese día recibimos por primera vez a Jesús-Cristo. Cuando yo comulgo, Jesús viene a habitar dentro de mí. Tengo que recibirlo con amor y escucharlo con atención. En lo más profundo del corazón, le puedo decir por ejemplo: “Jesús, yo sé que tú me amas. Dame tu amor para que te ame y ame a los demás con tu amor. Te confío mis alegrías, mis penas y mi futuro”. Queridos niños, no dudéis en hablar de Jesús a los demás. Es un tesoro que hay que saber compartir con generosidad. En la historia de la Iglesia, el amor a Jesús ha llenado de valor y fuerza a muchos cristianos, incluso a niños como vosotros. Así, a san Kizito, un muchacho ugandés, lo mataron porque él quería vivir según el bautismo que acababa de recibir. Kizito rezó. Había comprendido que Dios no sólo es importante sino que lo es todo.

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Anécdota

En muy poco tiempo Alejandro Magno pacificó Grecia, lo cual extrañó a un viejo general: –¿Cómo pudiste hacerlo tan pronto?, preguntó. –No dejando nada para el día siguiente, contestó Alejandro.

Bien, siempre queda el “mañana”. Sin embargo, sé, en mis momentos de sinceridad, que ha habido demasiados “mañana”, y que “mañana” lo dejaré aún para “mañana”. ¡Ayúdame, Señor, a convertir el “mañana” en “hoy”! (Del diario de un párroco).

Día 13 de abril

13 de abril

Memoria libre de san Martín I (Conmemoración si es Cuaresma)

San Martín I, papa y mártir, que tras condenar la herejía de los monotelitas en el Concilio de Letrán, por orden del emperador Constante II fue arrancado de su sede por el exarca Calíopa, que entró por la fuerza en la Basílica de Letrán, y lo envió a Constantinopla, donde primero quedó encerrado en una dura mazmorra bajo estrecha vigilancia y después fue desterrado al Quersoneso, actual Crimea, lugar en el que, pasados unos dos años, concluyeron sus tribulaciones y alcanzó la corona eterna. (656) (Martirologio Romano).

Memoria libre de san Hermenegildo (Conmemoración si es Cuaresma)

En Tarragona, ciudad de Hispania, san Hermenegildo, mártir, que, siendo hijo de Leovigildo, rey arriano de los visigodos, se convirtió a la fe católica por mediación de san Leandro, obispo de Sevilla. Recluido en la cárcel por disposición del rey, al haberse negado a recibir la comunión de manos de un obispo arriano, el día de la fiesta de Pascua fue degollado por mandato de su propio padre. (586) (Martirologio Romano).

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Efemérides

Tal día como hoy del año 1059, el papa Nicolás II promulgó un decreto por el cual reservaba la elección pontificia exclusivamente a los cardenales.

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Los cardenales, electores del Papa

El papa Nicolás II, con la constitución In nomine Domini, fechada el 13 de abril de 1059, fue quien estableció que la elección del romano pontífice era asunto exclusivo de los cardenales. Esta norma fue confirmada por el papa Alejandro III con la constitución Licet de vitanda, en la que indicaba, además, que la mayoría requerida para la elección del papa era la de dos tercios de los votos.

En la constitución Universi Dominici Gregis, promulgada por el papa san Juan Pablo II el 23 de febrero de 1996, que trata sobre la vacante de la sede apostólica y la elección del romano pontífice, en el artículo 33 dice: El derecho de elegir al Romano Pontífice corresponde únicamente a los Cardenales de la Santa Iglesia Romana, con exclusión de aquellos que, antes del día de la muerte del Sumo Pontífice o del día en el cual la Sede Apostólica quede vacante, hayan cumplido 80 años de edad. El número máximo de Cardenales electores no debe superar los ciento veinte. Queda absolutamente excluido el derecho de elección activa por parte de cualquier otra dignidad eclesiástica o la intervención del poder civil de cualquier orden o grado.

La misma constitución afirma que ningún cardenal elector podrá ser excluido de la elección, activa o pasiva, por ningún motivo o pretexto. Es decir, no puede ser excluido ni siquiera a causa de alguna censura o de algún impedimento, pues se considera la censura o el impedimento en suspenso durante la celebración del cónclave.

En la historia de las elecciones pontificias sólo algunos cardenales fueron privados de la elección activa y pasiva. Julio II privó de este derecho a los cardenales Carvajal y al de San Severino, partidarios de Luis XII, que habían participado en el conciliábulo de Pisa del año 1511; León X al cardenal genovés Sauli; Clemente XII, al cardenal Coscia, que había abusado de la confianza de Benedicto XIII; en el consistorio del 13 de febrero de 1786, Pío VI privó de este derecho por un cierto tiempo al cardenal de Rohan. Son casos contados, que se han dado en la historia excepcionalmente.

La norma de no excluir a ningún cardenal por motivos de censuras fue establecida por Clemente V en la bula Ne Romani, del año 1211, y recogida en las constituciones referentes a la elección del papa de Pío IV (In eligendis), Gregorio XV (Aeterni Patris Filius), san Pío X (Vacante Sede Apostolica), Pío XII (Vacantis Apostolicae Sedis), Pablo VI (Romano Pontifici Eligendo) y san Juan Pablo II (Universi Dominici Gregis).

El derecho a participar en el cónclave se adquiere en el momento de ser creado cardenal y publicado en consistorio, según el artículo 36 de la constitución Universi Dominici Gregis, que dice: Un Cardenal de la Santa Iglesia Romana, que haya sido creado y publicado en Consistorio, tiene por eso mismo el derecho a elegir al Pontífice según el n. 33 de la presente Constitución, aunque no se le hubiera impuesto la birreta, entregado el anillo, ni hubiera prestado juramento. En cambio, no tienen este derecho los Cardenales depuestos canónicamente o que hayan renunciado, con el consentimiento del Romano Pontífice, a la dignidad cardenalicia. Además, durante la Sede vacante, el Colegio de los Cardenales no puede readmitir o rehabilitar a éstos.

Durante algún tiempo fue una cuestión controvertida el momento de la adquisición de este derecho. San Pío V, mediante decreto fechado el día 26 de enero de 1571, resolvió la cuestión estableciendo el criterio que actualmente vige. No son electores los cardenales creados pero reservados in pectore.

La exclusión del cónclave de los cardenales octogenarios es reciente. Fue el papa Pablo VI quien, mediante el motu proprio Ingravescentem aetatem, estableció que los cardenales, al cumplir los ochenta años de edad pierden el derecho de elegir al romano pontífice y, por lo tanto, de entrar en el cónclave.

En la constitución Romano Pontifici Eligendo, se determinaba que el derecho de elegir al romano pontífice corresponde a todos los cardenales que no han superado los ochenta años de edad al momento del ingreso en el cónclave. La constitución Universi Dominici Gregis establece excluye a los que ya han cumplido ochenta años de edad en el momento de producirse la vacante de la Sede Apostólica. Por tanto, el cardenal que cumpliera ochenta años habiendo ya fallecido el papa y antes de comenzar el cónclave no pierde el derecho de la elección activa. Según lo legislado por Pablo VI, sí lo perdía.