Tiempo del Espíritu Santo

¡Queridos hermanos y hermanas! El tiempo pascual que con alegría estamos viviendo, guiados por la liturgia de la Iglesia, es por excelencia el tiempo del Espíritu Santo donado “sin medida” (cf. Jn 3, 34) de Jesús crucificado y muerto. Este tiempo de gracia se concluye con la fiesta de Pentecostés, en la que la Iglesia revive la efusión del Espíritu sobre María y los Apóstoles reunidos en oración en el Cenáculo.

¿Pero quién es el Espíritu Santo? En el Credo profesamos con fe: “Creo en el Espíritu Santo que es Señor y da la vida”. La primera verdad a la que nos unimos en el Credo es que el Espíritu Santo es Kýrios, Señor. Lo que significa que Él es verdaderamente Dios como lo son el Padre y el Hijo, objeto, por nuestra parte, del mismo acto de adoración y de glorificación que dirigimos al Padre y al Hijo. El Espíritu Santo, de hecho, es la tercera Persona de la Santísima Trinidad; es el gran don del Cristo Resucitado que abre nuestra mente y nuestro corazón a la fe en Jesús como el hijo enviado del Padre que nos guía a la amistad, a la comunión con Dios.

Pero quisiera detenerme sobre todo en el hecho de que el Espíritu Santo es la fuente inagotable de la vida de Dios en nosotros. El hombre de todos los tiempo y de todos los lugares desea una vida plena y bella, justa y buena, una vida que no sea amenazada por la muerte, sino que pueda madurar y crecer hasta su plenitud. El hombre es como un viajero que, atravesando los desiertos de la vida, tiene sed de un agua viva, efusiva y fresca, capaz de saciar profundamente su deseo profundo de luz, de amor, de belleza y de paz. ¡Todos sentimos este deseo! Y Jesús nos dona esta agua viva: esta es el Espíritu Santo, que procede del Padre y que Jesús reserva en nuestros corazones. “Yo he venido para que tengáis vida y vida en abundancia”, nos dice Jesús (Jn 10, 10).

Jesús promete a la Samaritana darle “un agua viva”, con sobreabundancia y para siempre, a todos lo que lo reconocen como el Hijo enviado por el Padre para salvarnos (cf. Jn 4, 5-26; 3-17). Jesús ha venido a darnos esta “agua viva” que es el Espíritu Santo, para que nuestra vida sea guiada por Dios, sea animada por Dios, se nutrida por Dios. Cuando nosotros decimos que el cristiano es un hombre espiritual entendemos precisamente esto: el cristiano es una persona que piensa y actúa según Dios, según el Espíritu Santo. Os hago una pregunta y nosotros, ¿pensamos según Dios? ¿Actuamos según Dios? o ¿nos dejamos guiar por tantas otras cosas que no son precisamente Dios? Cada uno de nosotros debe responder a esto en su corazón.

A este punto podemos preguntarnos: ¿por qué esta agua puede apagar nuestra sed definitivamente? Nosotros sabemos que el agua es esencial para la vida, sin este agua se muere, ésta sacia, lava, hace fecunda la tierra. En la carta a los Romanos encontramos esta expresión, escuchadla: El amor de Dios ha sido reversado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado (5, 5). El “agua viva”, el Espíritu Santo, Don del Resucitado que mora en nosotros, nos purifica, nos ilumina, nos renueva, nos transforma porque nos hace partícipes de la vida misma de Dios que es Amor. Por esto, el apóstol Pablo afirma que la vida del cristiano está animada por el Espíritu y de sus frutos, que son “amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí” (Ga 5, 22-23). El Espíritu Santo nos introduce en la vida divina como “hijos en el Hijo Unigénito”. En otro momento de la Carta a los Romanos, que hemos recordado más veces, san Pablo lo sintetiza con estas palabras: “todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y vosotros… recibisteis el espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar ¡Abba Padre! El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos de Cristo, ya que sufrimos con él, para ser también con él glorificados” (Rm 8, 14-17). Éste es el don precioso que el Espíritu Santo lleva a nuestro corazones: la vida misma de Dios, vida de verdaderos hijos, una relación de confidencia, de libertad y de confianza en el amor y en la misericordia de Dios, que tiene como efecto también una mirada nueva hacia los demás, cercanos y lejanos, vistos siempre como hermanos y hermanas en Jesús para respetar y amar. El Espíritu Santo nos enseña a mirar con los ojos de Cristo, a vivir la vida como la ha vivido Cristo, a comprender la vida como la ha comprendido Cristo. Es por eso que el agua viva que es el Espíritu Santo sacia nuestra vida, porque nos dice que somos amados por Dios como hijos, que podemos amar a Dios como sus hijos y que con su gracia podemos vivir como hijos de Dios, como Jesús. Y nosotros, escuchamos al Espíritu Santo. ¿Qué nos dice el Espíritu Santo? Dios te ama, nos dice esto, Dios te ama, Dios te quiere. ¿Amamos verdaderamente a Dios y a los otros, como Jesús? Dejémonos guiar por el Espíritu Santo, dejemos que nos hable al corazón, que nos diga esto: que Dios es amor, que Él siempre nos espera, que Él es Padre y nos ama como verdadero papá, nos ama por entero. Y esto solamente lo dice el Espíritu Santo al corazón. Escuchemos al Espíritu Santo y vayamos adelante por este camino del amor, de la misericordia y del perdón. ¡Gracias! (Papa Francisco).

Rechazó una invitación divina

¡Los jóvenes apóstoles! Pensad en Pedro, Santiago, Juan, Natanael, cómo se fueron encontrando con Jesús. Otro joven es el joven rico, que se acerca a Jesús con una vida intachable, un muchacho bueno, y le dice: “¿Qué tengo que hacer para madurar mi vida, para heredar la vida eterna?” Jesús le dice: “Cumple los mandamientos y anda adelante”. “Sí ya los cumplí siempre”. El Evangelio dice que: “Jesús lo amó”, y entonces le dijo: “Mira, te falta una cosa: da todo lo que tienes a los pobres y ven conmigo, a predicar el Evangelio”. Y ese chico se fue triste. Se fue triste porque tenía mucho dinero y no se animó a dejarlo todo por Jesús. Y se fue con SU dinero y con SU tristeza. Los primeros estaban con su alegría, con esa hermosa alegría que daba el encuentro con Jesús. Éste se fue con su tristeza (Papa Francisco).

La Ascensión del Señor a los Cielos

 

El Catecismo de la Iglesia Católica afirma que “la elevación en la Cruz significa y anuncia la elevación en la Ascensión al cielo” (n. 662). La ascensión de Jesús tiene lugar concretamente en el Monte de los olivos, cerca del lugar donde se había retirado en oración antes de la pasión para permanecer en profunda unión con el Padre: una vez más vemos que la oración nos dona la gracia de vivir fieles al proyecto de Dios (Papa Franisco).

La vida terrena de Jesús culmina con el acontecimiento de la Ascensión, es decir, cuando Él pasa de este mundo al Padre y es elevado a su derecha. Mientras sube a la Ciudad Santa, donde tendrá lugar su éxodo de esta vida, Jesús ve ya la meta, el Cielo, pero sabe bien que el camino que le vuelve a llevar a la gloria del Padre pasa por la Cruz, a través de la obediencia al designio divino de amor por la humanidad. También nosotros debemos tener claro, en nuestra vida cristiana, que entrar en la gloria de Dios exige la fidelidad cotidiana a su voluntad, también cuando requiere sacrificio, requiere a veces cambiar nuestros programas (Papa Franisco).

Con la Ascensión, el Hijo de Dios llevó junto al Padre nuestra humanidad que Él asumió y quiere atraer a todos hacia sí, llamar a todo el mundo para que sea acogido entre los brazos abiertos de Dios, para que, al final de la historia, toda la realidad sea entregada al Padre (Papa Francisco).

Compendio de Historia Sagrada. Curso 2016-17. Clases de Religión. Lección trigésima primera. Apogeo y ruina del imperio babilónico

Lección trigésima primera

Apogeo y ruina del imperio babilónico

¿Cómo comienza el libro del profeta Daniel? El libro de Daniel comienza contando cómo Daniel, uno de los jóvenes judíos deportados a Babilonia, y tres compañeros suyos (Ananías, Misael y Azarías) entraron al servicio del rey Nabucodonosor II. Y cómo reciben de Dios una sabiduría extraordinaria. Además, el Señor concedió a Daniel la capacidad de interpretar visiones y sueños.

En el libro de este profeta buena parte del contenido es más legendario que histórico, por lo que conviene tener cierta cautela a la hora de tomar todo lo narrado como histórico. Por ejemplo, en el capítulo 6, donde se narra el episodio de Daniel en el foso de los leones, aparece Darío el Medo. De este personaje no hay noticia alguna en la historia. El hecho de contar este episodio es una forma de recalcar cómo Dios salva a los que cumplen las exigencias de la religión judía.

¿Cuál fue el primer sueño que interpretó Daniel? Nabucodonosor tuvo un sueño que le llenó de preocupaciones, pues no consiguió recordarlo, y le dejó un poco trastornado. Llamó a los magos, astrólogos y adivinos de su imperio, y ninguno de ellos supo decirle al rey cuál era su sueño y la interpretación del mismo. Entonces Daniel, después de haber invocado al Señor, se presentó ante el rey para darle a conocer el sueño y su interpretación. Tú, oh rey, estabas mirando y apareció una gran estatua. Era una estatua enorme; su brillo extraordinario resplandecía ante ti, y su aspecto era terrible. Aquella estatua tenía la cabeza de oro fino, el pecho y los brazos de plata, el vientre y los muslos de bronce, las piernas de hierro, y los pies parte de hierro y parte de barro. Seguías mirando hasta que una piedra se desprendió sin intervención de mano alguna, golpeó la estatua sobre los pies de hierro y de barro, y los hizo pedazos. Entonces se hicieron pedazos a la vez el hierro, el barro, el bronce, la plata y el oro, y fueron como el tamo de una era en verano; el viento se los llevó y desaparecieron sin dejar rastro. Y la piedra que golpeó la estatua se convirtió en una montaña y llenó toda la tierra (Dn 2, 31-35).

¿Cuál la interpretación que le dio a ese sueño? Daniel continuó diciendo: Éste es el sueño: su interpretación la vamos a exponer al rey. Tú, majestad, eres rey de reyes, a quien el Dios del cielo ha entregado el reino, el poder, la fuerza y la gloria, y en cuyas manos ha puesto todo lugar donde habitan los hombres, las bestias del campo y las aves del cielo; tu dominio se extiende sobre todos ellos. Tú eres la cabeza de oro. En tu lugar se establecerá después otro reino inferior a ti; y luego otro tercer reino de bronce, que dominará toda la tierra. Habrá después un cuarto reino, fuerte como el hierro; y lo mismo que el hierro rompe y machaca todo, como hierro demoledor él romperá y triturará a todos ellos. Los pies y dedos que viste, parte de barro de alfarero y parte de hierro, será un reino dividido, pero que tendrá la fuerza del hierro, porque viste hierro mezclado con barro de arcilla. Como los dedos de los pies, parte de hierro y parte de barro, parte del reino será fuerte y parte será débil. Como viste el hierro mezclado con barro de arcilla, así se mezclarán ellos mediante descendencia humana, pero no llegarán a unirse el uno con el otro, lo mismo que el hierro no se fusiona con el barro. En los días de esos reyes el Dios del cielo suscitará un reino que nunca será destruido, y ese reino no pasará a otro pueblo; destruirá y acabará con todos los demás reinos, y él permanecerá por siempre. Tal como viste que de la montaña se desprendió una piedra sin intervención humana, y que destrozó el hierro, el bronce, el barro, la plata y el oro, así el Gran Dios da a conocer al rey lo que sucederá después de esto. El sueño es verdadero y la interpretación cierta (Dn 2, 36-45). Apenas acabó de hablar Daniel, el rey Nabucodonosor cayó rostro en tierra, y exclamó: Verdaderamente vuestro Dios es Dios de dioses y Señor de reyes, el que revela los secretos, pues tú fuiste capaz de desvelar este secreto (Dn 2, 47); y después colmó de honores a Daniel y a sus compañeros.

¿Cuál es el mensaje de la interpretación del sueño? La interpretación dada por Daniel anuncia que, tras los reinos de este mundo que se han ido sucediendo a lo largo de la historia, llegará un reino eterno instaurado por Dios mismo por encima de todas las posibilidades humanas. El cristiano ve aquí el reino de Cristo, si bien no se trata de un reino de carácter terreno y político sino espiritual, como dijo Jesús al procurador romano Poncio Pilato: Mi reino no es de este mundo (Jn 18, 36).

¿Gozaron siempre los compañeros de Daniel del favor real? No. Nabucodonosor era muy engreído y orgulloso. Con motivo de sus importantes victorias sobre sus enemigos se llenó de soberbia y se hizo representar por una estatua de oro, y mandó que la adorasen todos sus súbditos y vasallos. Un heraldo del rey proclamó: A vosotros, pueblos, naciones y lenguas, se os ordena: en el momento en que oigáis tocar el cuerno, la flauta, la cítara, el laúd, el arpa, la vihuela y toda clase de instrumentos, os postraréis y adoraréis la estatua que ha erigido el rey Nabucodonosor. Quien no se postre y adore será inmediatamente arrojado al horno encendido (Dn 3, 4-6). Pero Ananías, Misael y Azarías no se postraban ante la estatua, y por esto fueron acusados ante el rey. Hay unos hombres judíos a los que pusiste en la administración de la provincia de Babilonia, Sadrac, Mesac y Abed-Negó (estos eran los nuevos nombres de los compañeros de Daniel), y estos hombres no obedecen el decreto real, ni sirven a tus dioses, ni adoran la estatua de oro que has erigido (Dn 3, 12). Entonces el rey mandó traer a los tres jóvenes hebreos y les preguntó por qué no adoraban la estatua de oro. Sadrac, Mesac y Abed-Negó contestaron al rey Nabucodonosor diciendo: “Nosotros no necesitamos darte respuesta sobre esto. Si existe nuestro Dios, al que adoramos, Él puede librarnos del horno encendido, y Él nos librará, oh rey de tus manos. Y si no lo hiciera, que te conste, majestad, que nosotros ni servimos a tus dioses ni adoramos la estatua de oro que has erigido” (Dn 3, 16-18). Ante esta respuesta, el rey ordenó que los tres jóvenes fueran arrojados al horno. Pero un ángel del Señor los preservó del fuego, de modo que andaban por medio de las llamas bendiciendo a Dios y cantando alabanzas. En vista de tal prodigio, dispuso Nabucodonosor que los sacasen del horno, y glorificó al Dios de Israel.

¿Castigó Dios la soberbia de Nabucodonosor? Sí. Mientras Nabucodonosor II se hacía adorar como una divinidad, tuvo Daniel el valor necesario para anunciarle que algún día habría de verse reducido a la condición de las bestias, y obligado a separarse de las personas por algún tiempo. Y tal como lo profetizó Daniel, ocurrió. Al cabo de doce meses estaba paseando el rey por el palacio real de Babilonia y contemplaba la magnificencia de las obras que había mandado hacer en la capital de su reino, mientras decía: ¿No es ésta la gran Babilonia que yo he edificado para residencia real conforme a la grandeza de mi poder y según la gloria de mi majestad? (Dn 4, 27). Todavía estaba Nabucodonosor autoensalzándose cuando oyó una voz del cielo, diciéndole: A ti te hablan, rey Nabucodonosor. Se te ha quitado el reino. Te apartarán de los hombres y vivirás con las bestias del campo; te darán a comer hierba como a los toros, y así pasarás siete años hasta que reconozcas que el dominio del Altísimo está por encima del reinado de los hombres y que Él lo da a quien quiere (Dn 4, 28-29). Y al instante se cumplió esta palabra. Nabucodonosor fue alejado de los hombres, comía hierba como los toros y su cuerpo se empapaba del rocío del cielo, hasta que el cabello le creció como las plumas de las águilas, y las uñas como las de las aves (Dn 4, 30). Sin embargo, al cabo de un tiempo recobró la razón, se humilló ante Dios, y volvió a ocupar el trono, reinando a partir de entonces con más esplendor que antes.

¿Por qué Daniel fue arrojado a un foso con leones? Un sucesor de Nabucodonosor, Darío el Medo, viendo cómo Daniel sobresalía entre los ministros y los sátrapas porque poseía un espíritu superior, pensó ponerlo al frente de todo el reino. Entonces los cortesanos acusaron a Daniel de no obedecer las leyes del rey. Éste, que apreciaba mucho a Daniel, cuando oyó la acusación se disgustó mucho, y se puso a pensar la manera de salvarlo, pues la pena por no obedecer los decretos reales era ser arrojado al foso de los leones. Pero los acusadores le dijeron al rey: Sabes, majestad, que la ley de medos y persas es que cualquier prohibición o decreto que el rey haya establecido no se puede cambiar (Dn 6, 16). Entonces el rey, muy a pesar suyo, mandó que Daniel fuera arrojado al foso de los leones. Pero Dios preservó a Daniel de las garras de los leones, enviando un ángel que cerró las fauces de aquellas fieras. Al cabo de siete días, el rey vio con asombro vivo a Daniel, sin ningún rasguño, porque había confiado en Dios. Luego ordenó el rey que los calumniadores fueron arrojados al foso de los leones y no habían llegado aún al suelo del foso y ya los leones los habían atrapado y triturado todos sus huesos.

En vista de este milagro, el rey Darío escribió a todos los pueblos, naciones y lenguas que pueblan toda la tierra: Que aumente vuestra paz. De mi parte queda establecido el decreto de que en todos los dominios de mi reino se tiemble y se tema ante el Dios de Daniel. Él es el Dios vivo, que permanece por los siglos. Su reino no será destruido, su imperio dura hasta el fin. Él salva y libra, hace prodigios y milagros en el cielo y en la tierra. Él salvó a Daniel del poder de los leones (Dn 6, 26-28). Después de este suceso, Daniel prosperó en el reinado de Darío y en el reinado de Ciro el Persa.

¿Cómo fue la ruina de Babilonia? Al poderoso imperio babilónico le llegó la hora de su fin, de ser destruido, cuando Ciro, rey de Persia, después de haber conquistado los reinos de Media y Lidia, dirigió sus ejércitos contra el de Babilonia. En el año 539 antes de Cristo el rey Nabónido fue vencido y capturado en Borsipa, ciudad caldea. Baltasar (en el libro de Daniel figura como rey, aunque sólo era gobernador de Babilonia) tomó las riendas del poder y creyéndose seguro detrás de las fortificadas murallas de la capital, descuidó la defensa de la ciudad, pues no se preocupaba más en placeres y orgías.

En un gran banquete que dio Baltasar a sus nobles, se puso a beber vino. Bajo el efecto del vino, Baltasar mandó traer los vasos de oro y plata que su padre; Nabucodonosor, se había llevado del Templo de Jerusalén, y que bebieran en ellos el rey, sus nobles, sus mujeres y sus concubinas. Cuando trajeron los vasos de oro que se habían llevado de Templo de Jerusalén, bebieron en ellos el rey, sus nobles, sus mujeres y sus concubinas. Bebían vino y alababan a sus dioses de oro y plata, de bronce y de hierro, de madera y piedra. En aquel momento aparecieron unos dedos de mano humana y escribieron frente al candelabro sobre el revoque del muro del palacio real; y el rey veía la palma de la mano que iba escribiendo. Entonces el semblante del rey palideció y sus pensamientos le turbaron; las articulaciones de las caderas se le aflojaron y las rodillas le chocaban una contra otra (Dn 5, 2-6). Aterrorizado Baltasar mandó llamar a los sabios de Babilonia, pero ninguno supo siquiera leer aquel misterioso escrito.

Entonces se acordó de Daniel, y le hizo comparecer. Una vez en su presencia, Baltasar le dijo a Daniel: He oído acerca de ti que puedes dar interpretaciones y resolver problemas; pues bien, si logras leer lo escrito y darme a conocer su interpretación, vestirás de púrpura, llevarás al cuello un collar de oro y serás el tercero en autoridad en el reino (Dn 5, 16). Daniel rechazó todos aquellos honores y le dijo a Baltasar: Yo leeré al rey lo escrito y le daré a conocer su interpretación (Dn 5, 17). Y después de recordarle a Baltasar la conducta soberbia del rey Nabucodonosor y su castigo hasta que reconoció el dominio del Dios Altísimo, le dijo: Te has alzado contra el Señor del cielo y te han traído los vasos de su Templo, y tú, tus nobles, tus mujeres y tus concubinas habéis bebido vino en ellos. Has ensalzado a dioses de plata y de oro, de bronce y de hierro, de madera y de piedra, que ni ven, ni oyen, ni conocen; mientras que al Dios en cuyas manos está tu vida y al que pertenecen todos tus caminos no lo has glorificado. Por eso, Él, por su parte, ha enviado la palma de esa mano que ha grabado el escrito. Éste es el escrito grabado: Mené, mené, teqel y ufarsin. Y la interpretación de las palabras es ésta: Mené: Dios ha contado los días de tu reinado y les ha señalado el final; Tequel: ha sido pesado en la balanza, y se te encuentra falto de peso; Ufarsin: tu reino ha sido dividido, y entregado a medos y persas (Dn 5, 23-28).

¿Se cumplió lo anunciado en aquellas misteriosas palabras? El terrible vaticinio se cumplió aquella misma noche, pues fue asesinado Baltasar. Y los persas, después de haber desviado las aguas del río Éufrates, penetraron en Babilonia por el cauce de aquel río, y se apoderaron de la ciudad. Poco tiempo después Ciro entró triunfalmente en la capital entre las aclamaciones del pueblo y de los sacerdotes, y presenció el asalto y la toma de la formidable ciudadela de Nabucodonosor II, que se resistía. Tomado el palacio real, el imperio de Babilonia pasó a manos de Ciro. Era el año 538 antes de Cristo.

Libro de las letanías (VIII): Afectos de amor a Jesús

Afectos de amor a Jesús

Jesús amadísimo, que por tantos medios habéis procurado ganar el amor de mi pobre corazón; oíd los suspiros de este indigno siervo vuestro, que os pide perdón de todos sus pecados y os dice con toda sinceridad:

A las siguientes invocaciones se contesta: Os amo, dulcísimo Jesús

Con todo mi corazón,

Con toda mi alma,

Con todas mis fuerzas

Sobre todos los bienes de la tierra,

Sobre todos los placeres del mundo,

Sobre todas las dignidades y honores,

Sobre todos los deudos y amigos,

Más que a mí mismo,

Más que a todos los Ángeles y Santos,

Más que cuanto existe fuera de Vos,

Porque sois infinitamente bueno,

Porque sois infinitamente santo,

Porque sois infinitamente hermoso,

Porque sois infinitamente sabio,

Porque sois infinitamente grande,

Porque sois infinitamente misericordioso,

Porque sois infinito en vuestras perfecciones y atributos,

Por el amor con que nos creaste y nos conserváis,

Por el amor con que os hicisteis Niño y nacisteis en un establo,

Por el amor con que os sometisteis a todas las miserias humanas, menos al pecado,

Por el amor con que sufristeis ser azotado, coronado de espinas, escarnecido

y crucificado,

Por el amor con que instituisteis el Santísimo Sacramento del Altar,

Por el amor que os movió a darnos a María por Madre,

Por el amor con que instituisteis la Iglesia con su Jerarquía y sus Sacramentos,

Por los infieles que no os conocen,

Por los herejes y cismáticos que os niegan,

Por los incrédulos e impíos que os blasfeman,

Por los malos cristianos que os ofenden,

Por las almas a Vos consagran que os deshonran,

Por las alma tibias y desamoradas que amargan vuestro corazón,

Por los demonios y condenados al infierno, que nunca tendrán la dicha de amaros,

A las siguientes invocaciones se contesta: Os amaré, dulcísimo Jesús

En la paz y en la tribulación,

En la abundancia y en la pobreza,

En la prosperidad y en la desgracia,

En la honra y en el desprecio,

En la alegría y en la tristeza,

En la vida y en la muerte,

En el tiempo y en la eternidad,

A las siguientes invocaciones se contesta: Os pido, dulcísimo Jesús

Que os ame mucho,

Que os ame siempre,

Que muera en vuestro amor,

Que muera por vuestro amor,

Que ame el padecer por vuestro amor,

Que por amor cumpla vuestros mandamientos y siga vuestros consejos,

Que me concedáis ganaros muchas almas para que todos os amemos,

Que enviéis a vuestra Iglesia grandes Santos, Apóstoles de vuestro amor,

Oración: Oh Dios, que prometisteis a vuestros amadores bienes invisibles; infundid en nuestros corazones el afecto de vuestro amor, para que, amándoos en todas y sobre todas las cosas, consigamos el cumplimiento de vuestras promesas, superiores a todo deseo. Vos que vivís y reináis por todos los siglos de los siglos. Amén.

Zaqueo

El evangelio de Lucas nos muestra a Jesús que en su camino hacia Jerusalén entra en la ciudad de Jericó. Esta es la última etapa de un viaje que reasume en sí el sentido de toda la vida de Jesús, dedicada a intentar salvar a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Pero cuanto más el camino se acerca a la meta, tanto más entorno de Jesús se va cerrando el círculo de hostilidad.

Y justamente en Jericó sucedió uno de los eventos más gozosos narrados por san Lucas: la conversión de Zaqueo. Este hombre es una oveja perdida, es despreciado y “excomulgado” porque es un publicano, más aún, el jefe de los publicanos de la ciudad, amigo de los odiados ocupantes romanos, un ladrón y un explotador. Una “linda figura…” es así.

Impedido de acercarse a Jesús, probablemente debido a su mala fama y siendo pequeño de estatura, Zaqueo se trepa a un árbol para poder ver al Maestro que pasa. Este gesto exterior, un poco ridículo, expresa entretanto el acto interior del hombre que intenta ponerse por encima de la multitud para tener un contacto con Jesús. Zaqueo mismo, no entiende el sentido profundo de su gesto, no sabe bien por qué hace esto pero lo hace. Tampoco osa esperar que pueda ser superada la distancia que lo separa del Señor, se resigna a verlo solamente pasar.

Pero Jesús cuando llega cerca de ese árbol lo llama por su nombre: Zaqueo, baja rápido, porque hoy voy a detenerme en tu casa. Aquel hombre pequeño de estatura, rechazado por todos y distante de Jesús está como perdido en el anonimato. Pero Jesús lo llama y aquel nombre, Zaqueo, en el idioma de aquel tiempo tiene un hermoso significado lleno de alusiones. Zaqueo de hecho significa: Dios recuerda.

Y Jesús va a la casa de Zaqueo, suscitando las críticas de toda la gente de Jericó: porque también en aquel tiempo de habladurías había tanto. Y la gente decía: ¿pero cómo, con toda la buena gente que hay en la ciudad va a quedarse nada menos que con aquel publicano? Sí, porque él estaba perdido y Jesús dice: Hoy en esta casa vino la salvación, porque también él es hijo de Abrahán. En la casa de Zaqueo aquel día entró la alegría, entró la paz, entró la salvación, entró Jesús.

No hay profesión ni condición social, no hay pecado o crimen de cualquier tipo que sea, que pueda borrar de la memoria y del corazón de Dios uno solo de sus hijos. Dios recuerda, siempre, no se olvida de nadie de los que ha creado; él es padre, siempre a la espera vigilante y amorosa con el deseo de ver renacer en el corazón del hijo el deseo de volver a casa. Y cuando reconoce aquel deseo, aunque fuera solamente dado a entender, y tantas veces casi inconsciente, le está a su lado y con su perdón vuelve más leve el camino de la conversión y del regreso.

Miremos a Zaqueo hoy en el árbol, ridículo, pero es un gesto de salvación, pero yo te digo a ti, si tú tienes un peso sobre tu consciencia, si tú tienes vergüenza de tantas cosas que has cometido, detente un poco, no te asustes, piensa que alguien te espera porque nunca ha dejado de acordarse de ti, de recordarte, y ese es tu padre Dios. Trépate, como ha hecho Zaqueo, sube sobre el árbol del deseo de ser transformado. Yo les aseguro que no serán desilusionados. Jesús, es misericordioso y nunca se cansa de perdonarnos. Así es Jesús.

Dejemos nosotros también que Jesús nos llame por nuestro nombre. En lo profundo de nuestro corazón escuchemos su voz que nos dice: Hoy tengo que quedarme en tu casa, yo quiero detenerme en tu casa, en tu corazón, o sea en tu vida. Recibámoslo con alegría. El puede cambiarnos, puede transformar nuestro corazón de piedra en corazón de carne. Puede liberarnos del egoísmo y hacer de nuestra vida un dono de amor. Jesús puede hacerlo, déjate mirar por Jesús.

La misión de la Iglesia

¿Qué misión tiene el pueblo de Dios? La de llevar al mundo la esperanza y la salvación de Dios: ser signo del amor de Dios que llama a todos a la amistad con Él; ser levadura que hace fermentar toda la masa, sal que da sabor y preserva de la corrupción, ser una luz que ilumina. En nuestro entorno, basta con abrir un periódico, vemos que la presencia del mal existe, que el Diablo actúa. Pero quisiera decir en voz alta: ¡Dios es más fuerte! Porque Él es el Señor, el único Señor. Y desearía añadir que la realidad a veces oscura, marcada por el mal, puede cambiar si nosotros, los primeros, llevamos a ella la luz del Evangelio, sobre todo con nuestra vida (Papa Francisco).