Día 7 de marzo

7 de marzo

Memoria obligatoria de santa Perpetua y de santa Felicidad (Conmemoración si es Cuaresma)

Memoria de santa Perpetua y santa Felicidad, mártires, que en tiempo del emperador Septimio Severo fueron detenidas en Cartago, actual Túnez, junto con otros catecúmenos. Perpetua, matrona de unos veinte años, era madre de un niño lactante, mientras que Felicidad, su esclava, estaba entonces embarazada, por lo cual, según las leyes, no podía ser martirizada hasta que diese a luz. Llegado el momento, en medio de los dolores del parto se alegró de ser expuesta a las fieras, y así, con rostro alegre, pasaron las dos de la cárcel al anfiteatro, seguras de partir hacia el cielo. (203) (Martirologio Romano).

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Efemérides

Tal día como el de hoy del año 1274 murió santo Tomás de Aquino. El Doctor Angélico se encaminaba hacia la ciudad francesa de Lyon para asistir al Concilio II de Lyon que había convocado el papa beato Gregorio X. Durante el camino tuvo un accidente y quedó gravemente malherido. Tomás pidió ser trasladado al cercano monasterio benedictino de Fosanova. Y allí, a petición de los monjes del monasterio, hizo un comentario al libro bíblico del Cantar de los cantares. El día 7 de marzo de 1274 entregó santamente su alma a Dios. Se ha dicho del Aquinate que ha sido el santo más sabio y el sabio más santo.

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Anécdotas

Temor a ofender a Dios

Se cuenta que en el siglo V, Arcadio, Emperador de Constantinopla, instigado por su esposa la emperatriz Eudoxia, quiso castigar a san Juan Crisóstomo. Cinco cortesanos propusieron diversos medios. Mandadlo al destierro, dijo uno. Quitadle los bienes, añadió otro. Metedle en la cárcel cargado de cadenas. Un tercero sugirió: Quitadle la vida. El último, por fin dijo al Emperador: Si lo mandáis al destierro estará contento, sabiendo que en todas partes tiene a Dios; si le despojáis de sus bienes, no se los quitáis a él sino a los pobres; si lo encerráis en un calabozo, besará las cadenas; si lo condenáis a muerte, le abrís las puertas del cielo. Hacedle pecar. No teme más que al pecado…

Trabajo con visión sobrenatural

Un hombre que encontró a varios obreros en una cantera preguntó al primero: ¿Qué haces? Le respondió: Trabajo la piedra. Replicóle el segundo: Alimento a mi familia. Afirmó el tercero: Construyo una catedral. Así todo cristiano debería poder responder en cada uno de sus actos: Edifico la ciudad de Dios.

Día 6 de marzo

6 de marzo

¿Quién es quién?

San Tarsicio

A san Tarsicio (siglo III) se le conoce como el niño mártir de la Eucaristía y Patrón de los monaguillos. Ésta es su historia: Valeriano, emperador romano duro y sanguinario, perseguía a los cristianos como enemigos del Imperio y estaba dispuesto a acabar con ellos. Los cristianos se escondían en las catacumbas o cementerios romanos para poder celebrar la Eucaristía. Con alguna frecuencia, los soldados los sorprendían llevándolos al martirio.

Un día que celebraba la Eucaristía el papa Sixto en las catacumbas, se acordó de los cristianos que estaban en la cárcel y que no tenían sacerdote y sintió gran lástima hacia ellos porque no podían fortalecer su espíritu para resistir en la lucha, si no recibían el cuerpo del Señor. Pero, ¿quién sería el alma generosa que se ofreciera para llevarles el Cuerpo de Cristo? Muchos se ofrecieron voluntarios, entre ellos Tarsicio, que tenía once años. Tarsicio dijo al Papa: Padre, nadie sospechará de mí por mis pocos años.

El Papa tomó las Sagradas Formas y las colocó con gran devoción en un relicario, diciéndole a Tarsicio: Cuídalas bien, hijo mío. El niño dijo: Descuide, Padre, que nadie las tocará; antes pasarán por mi cadáver.

Al poco rato de salir de las catacumbas, se encontró Tarsicio con unos muchachos de su edad que estaban jugando. Hola, Tarsicio, juega con nosotros. Necesitamos un compañero. Tarsicio, mientras apretaba sus manos sobre su pecho, dijo: No, no puedo. Otra vez será.

Entonces, uno de aquellos mozalbetes exclamó: A ver, a ver. ¿Qué llevas ahí escondido? Se acercaron a él, lo zarandearon y lo derribaron a tierra. Los agresores intentaron abrir los brazos de Tarsicio sin conseguirlo. Entonces comenzaron darle pedradas, cada vez con más fuerza y más rabia. Tarsicio, en el suelo, iba derramando su sangre. Todo inútil. Ellos no se saldrán con la suya, pensaba para sí Tarsicio, mientras encomendaba su alma a Dios. Por nada del mundo permitió que le robasen aquellos Misterios a los que amaba más que a sí mismo.

Momentos después pasó por allí Cuadrado, un fornido soldado que estaba en el periódo de catecumenado y que por eso conocía a Tarsicio. Al verle, los brutales niños huyeron corriendo. Poco después, Tarsicio agonizó llevado en brazos de Cuadrado hacia las catacumbas donde estaba el Papa. Al llegar, Tarsicio ya había entregado su alma a Dios.

El 15 de agosto se conmemora a este santo niño mártir. El elogio que viene en el Martirologio Romano es el siguiente: En Roma, en el cementerio de Calixto, en la vía Apia, conmemoración de san Tarsicio, mártir, que al defender la Santísima Eucaristía de Cristo de una furiosa turba de gentiles que intentaban profanarla, prefirió ser apedreado hasta la muerte antes que estregar las sagradas formas a los perros. (c. 257).

Día 5 de marzo

5 de marzo

La fecha de la Semana Santa

Este artículo fue escrito en el año 1995 por Fernando Pizarro Cabello, Dr. Ingeniero Agrómono

Se ha preguntado usted alguna vez: ¿Por qué la Semana Santa no cae todos los años en la misma fecha? A poco que se piense se ve que es imposible que la fecha de comienzo sea siempre la misma, por una razón muy sencilla: el Domingo de Ramos tiene que caer, naturalmente, en domingo y, como cada año los domingos caen en días diferentes, eso explica que el comienzo de la Semana Santa sea variable. Pero esta razón no es suficiente para justificar las grandes variaciones en las fechas de Semana Santa, cuyo comienzo va desde mediados de marzo hasta la mitad de abril. Se trata de un asunto complicado cuya clave está en la fijación de la fecha del Domingo de Resurrección, fecha que, a su vez está muy relacionada con la pascua de los judíos.

La Resurrección del Señor es una de las fiestas más importantes de la Iglesia católica, que ha querido dar la mayor solemnidad a una celebración que representa el tránsito de la muerte a la vida. Además, los primeros cristianos quisieron diferenciarse de los judíos, que celebraban la pascua hebrea con un simbolismo de muerte, frente al significado cristiano de la resurrección, y para destacar la diferencia, se eligió para la Pascua cristiana un día próximo pero diferente del de la pascua hebrea.

Jesucristo celebró con sus discípulos la pascua hebrea. Al día siguiente fue crucificado y dos días después resucitó. Se sabe que el día que resucitó era después del sabat hebreo, es decir, lo que nosotros llamamos domingo. Tenemos, por tanto, que el día de la resurrección es el primer domingo después de la pascua de los judíos.

La pascua hebrea tenía, y sigue teniendo, un gran significado religioso dentro del judaísmo, pero su origen, como tantas otras celebraciones en todas las religiones del mundo, tenía unos condicionamientos astronómicos: se remonta a una arcaica celebración familiar que coincidía con la primera luna llena después del equinoccio de primavera, en la que los pastores solemnizaban la partida (de ahí su significado como tránsito) hacia los pastos de verano. Esta celebración adquirió un nuevo significado con la salida de los hebreos de Egipto. La Pascua judía conmemora, por tanto, la partida de los israelitas hacia la tierra prometida.

La Iglesia católica quiso mantener muchos de los símbolos que coincidían en su día más solemne: la celebración de la resurrección debía ser en domingo y, además, debía haber pasado la primera luna llena después del equinoccio de primavera. Por cierto, esta misma fecha del equinoccio es también variable, ya que el hecho que la determina (el paso del sol por el punto vernal de la elíptica) puede producirse entre el 20 y el 22 de marzo. Pero, a efectos litúrgicos, la iglesia definió en el Concilio de nicea que la primavera empieza el 21 de marzo esté donde esté el sol.

Ya tenemos, por tanto, los condicionamientos para fijar la fecha del Domingo de Resurrección: primer domingo después de la primera luna llena que ocurras después o el 21 de marzo, con una excepción: ese domingo no puede coincidir con el propio plenilunio.

Lo más pronto que puede presentarse la Semana Santa ocurre cuando se dan dos condiciones:

1ª Que la luna llena sea el 21 de marzo.

2ª Que ese día sea sábado.

En ese caso, el domingo siguiente, es decir el 22 de marzo, es el Domingo de Resurrección. Para la fecha más tardía, también tienen que darse dos coincidencias:

1ª Que la primera luna llena después del equinoccio sea lo más tarde posible. Esta situación se presenta cuando hay luna llena justamente el día antes del equinoccio, es decir, el 20 de marzo. Como el mes lunar tiene 29 días, la siguiente luna llena tendrá lugar el 18 de abril (20 de marzo + 29 días – 31 días que tiene marzo = 18 de abril).

2ª Que ese día sea domingo. Ya que el Domingo de Resurrección no puede coincidir con el plenilunio habrá que esperar para tal celebración hasta el domingo siguiente, es decir, el 25 de abril.

Vemos, por tanto, que el Domingo de Resurrección oscila entre el 22 de marzo y el 25 de abril. Como ejemplo, veamos el caso de este año de 1995. El 21 de marzo la luna estaba en fase menguante, aproximándose al cuarto. La primera luna llena después de esa fecha es el sábado 15 de abril. Por tanto, el domingo siguiente, el 16 de abril, es el Domingo de Resurrección y siete días antes, el 9 de abril, es el Domingo de Ramos con el que empieza la Semana Santa.

Día 4 de marzo

4 de marzo

Memoria libre de san Casimiro (Conmemoración si es Cuaresma)

San Casimiro, hijo del rey de Polonia, que, siendo príncipe, destacó por su celo en la fe, por la castidad y la penitencia, la benignidad hacia los pobres y la devota veneración a la Eucaristía y a la Bienaventurada Virgen María, y, aún joven, consumido por la tuberculosis, descansó piadosamente en la ciudad de Grodno, cerca de Vilna, en Lituania. (1484) (Martirologio Romano).

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Historia bíblica

El sacrificio de Abrahán

Dios para probar la fe y obediencia de Abrahán, le dijo: Toma a tu hijo, a tu único hijo, al que tú amas, a Isaac, y vete a la región de Moria. Allí lo ofrecerás en sacrificio, sobre un monte que yo te indicaré (Gn 22, 2). Abrahán pudo haber considerado cómo podría ser esto que Dios le pedía con las promesas que le había hecho el mismo Dios de que sería padre de una multitud de pueblos, con una descendencia tan numerosa como las estrellas del cielo. Pero no lo hizo, sino que sin vacilar ni un solo instante se dispuso a obedecer. Muy de mañana Abrahán se levantó, aparejó su asno, se llevó consigo a dos siervos y a su hijo Isaac, cortó la leña del sacrificio, se puso en camino y se dirigió al lugar que le había dicho Dios (Gn 22, 3).

Cuando llegaron al pie del monte, tomó Abrahán la leña del sacrificio y se la cargó a su hijo Isaac, mientras él llevaba en la mano el fuego y el cuchillo; y se pusieron en marcha los dos juntos (Gn 22, 6). Cuando iban caminando, Isaac dijo a su padre: “Aquí está el fuego y la leña, pero ¿dónde está el cordero para el sacrificio?” Respondió Abrahán: “Dios proveerá el cordero para el sacrificio, hijo mío”. Una vez que llegaron al sitio designado por Dios, Abrahán construyó un altar y colocó la leña; luego ató a su hijo y lo puso sobre la leña. Abrahán alargó la mano y empuñó el cuchillo para inmolar a su hijo. Pero en aquel instante oyó una voz desde el cielo, y le dijo: No extiendas tu mano hacia el muchacho ni le hagas nada, pues ahora he comprobado que temes a Dios y por obedecerme no perdonas ni a tu único hijo (Gn 22, 12). Levantó la vista Abrahán y vio a sus espaldas un carnero enredado en la maleza por los cuernos y lo ofreció en sacrificio en vez de su hijo.

A Dios le bastó ver la intención sincera de Abrahán de cumplir lo que se le pedía. Con ello es ya como si lo hubiera realizado. Y por eso, Dios le dijo: Ya que por obedecerme no has perdonado ni aún a tu único hijo, te colmaré de bendiciones y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y las arenas de las playas; y tu descendencia se adueñará de las ciudades de sus enemigos. En tu descendencia serán bendecidos todos los pueblos de la tierra porque has obedecido a mi voz (Gn 22, 16-18).

El joven Isaac, subiendo al monte Moria cargado con la leña que debía consumirle en sacrificio, es la más perfecta figura de Jesucristo cuando, con la cruz a cuesta, se encaminó al monte Calvario para ser inmolado por la salvación de los hombres.

Día 3 de marzo

3 de marzo

Meditación

Almas de Eucaristía

Suponiendo que uno de los discípulos de Emaús hubiera escrito sus “Memorias”, he aquí un párrafo de las mismas. Ya en las mismas puertas de Emaús, aquel hombre hizo ademán de seguir adelante. Fue entonces, cuando de nuestros labios salió una súplica. “Quédate con nosotros, pues el día ya declina”. Era verdad que estaba oscureciendo, pero lo dijimos sólo como una excusa para convencerle de que no nos privara de su presencia, para poder continuar aquel coloquio ambulante en nuestra casa, para que compartiera nuestra cena. No nos resignábamos a perder tan pronto la compañía de aquel compañero misterioso de viaje que había consolado nuestros corazones y nos había dado luces para entender los designios divinos. No se hizo rogar. Accedió y entró en nuestra casa.

Quédate con nosotros, porque se hace tarde y está ya anocheciendo (Lc 24, 29). Los discípulos de Emaús, desanimados, piden a Cristo que se quede, que permanezca con ellos, porque sin Él la vida se hace noche, oscuridad. El Señor ha cumplido su promesa: Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28, 20). “Quédate con nosotros, suplicaron, y Él aceptó. Poco después el rostro de Jesús desaparecería, pero el Maestro se había quedado veladamente en el “pan partido”, ante el cual se habían abierto sus ojos (San Juan Pablo II, Carta apostólica Mane nobiscum Domine, n. 1).

Misterio de luz es la institución de la Eucaristía, en la cual Cristo se hace alimento con su Cuerpo y su Sangre bajo las especies del pan y del vino, dando testimonio de su amor por la humanidad “hasta el extremo”, y por cuya salvación se ofrecerá en sacrificio (San Juan Pablo II, Carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, n. 21). La presencia real del Señor ha de ser polo de atracción. Recibir la Eucaristía es entrar en profunda comunión con Jesús: Permaneced en mí y yo en vosotros (Jn 15, 4).

Ardientemente deseó Jesucristo la llegada de aquel instante, porque es el momento de la efusión de amor más íntima, del mayor derroche de amor. Para dejarnos una prenda de este amor, para no alejarse nunca de nosotros y hacernos partícipes de su Pascua, instituyó la Eucaristía como memorial de su muerte y de su resurrección.

Con un trozo de pan en sus manos, y con el cáliz lleno de vino, Jesús afirma categóricamente que, bajo esas apariencias, está presente Él mismo; y ofrece en alimento su Carne y en bebida su Sangre, como había prometido meses atrás en la sinagoga de Cafarnaún: Esto es mi cuerpo, que es entregado por vosotros (…). Y del mismo modo el cáliz, después de haber cenado, diciendo: Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros (Lc 22, 19-20).

Las palabras de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, hacen realmente presentes su Cuerpo y su Sangre bajo las apariencias del pan y del vino, para alimento de las almas, anticipando el Sacrificio de la Cruz. Después, deja en herencia a los apóstoles el don del sacerdocio: Haced esto en memoria mía (Ibidem).

Con el paso del tiempo, los apóstoles -y con ellos, la Iglesia entera- irán profundizando en la riqueza insondable de este misterio de fe y de amor, y desentrañando su valor salvífico.

La fe nos pide que, ante la Eucaristía, seamos conscientes de que estamos ante Cristo mismo. Jesucristo está realmente presente en la Sagrada Forma: con su Cuerpo, con su Sangre, con su Alma, con su Divinidad. Tratemos bien al Señor presente en la Eucaristía. “¡Tratádemelo bien, tratádmelo bien!”, decía entre lágrimas un anciano Prelado a los nuevos Sacerdotes que acababa de ordenar. -¡Señor!: ¡Quién me diera voces y autoridad para clamar de este modo al oído y al corazón de muchos cristianos, de muchos! (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 531). Este prelado no era otro que el beato Manuel González, el obispo de los Sagrarios abandonados. Durante cuatro largo años el obispo gobernó su diócesis -Málaga- desde el destierro, primero en Gibraltar, después en Ronda, y por último desde Madrid. En esta capital ordenó el 15 de junio de 1934 a catorce presbíteros, de los cuales siete cayeron víctimas del furor de persecución roja en el segundo semestre de 1936. Al finalizar la ceremonia fue cuando dijo: ¡Tratádmelo bien, tratádmelo bien!

No sería la primera que hiciera esta petición. En otra ocasión recordando a san Juan de Ávila, dijo a las primeras religiosas de la Congregación que había fundado: ¡Que me lo tratéis bien, que es Hijo de buena Madre! Efectivamente, el Apóstol de Andalucía, el Maestro Ávila, se dirigió a un sacerdote, mientras éste celebraba la Santa Misa, para reprenderle cariñosamente por la ligereza con que trataba a Hijo de tan buen Padre.

En el sacramento de la Eucaristía el Salvador, encarnado en el seno de María hace ya más de veinte siglos, continúa ofreciéndose a la humanidad como fuente de vida divina. Se ha cumplido la promesa del Pan de Vida que hizo el Señor en la sinagoga de Cafarnaún, después de la multiplicación de los panes y los peces, para que nos demos cuenta de su omnipotencia.

La presencia real de Nuestro Señor Jesucristo en este sacramento, con su cuerpo y sangre, alma y divinidad, bajo las especies consagradas (…) nos recuerda que el Dios de nuestra fe no es un ser lejano, sino un Dios muy próximo, cuyas delicias son estar con los hijos de los hombres. Un Padre que nos envía a su Hijo para que tengamos vida y la tengamos en abundancia. Un Hijo y hermano nuestro, que con su encarnación se ha hecho verdaderamente hombre, sin dejar de ser Dios, y ha querido quedarse entre nosotros hasta la consumación del mundo (San Juan Pablo II, Discurso 31.X.1982).

Jesús está en el Sagrario y podemos hablarle como hacían sus discípulos y contarle lo que nos ilusiona o nos preocupa. Y siempre encontramos a Cristo atentísimo hacia lo nuestro. Jamás encontraremos un oyente tan atento, tan bien dispuesto para lo que le contamos o pedimos. Allí, el Señor, nos espera siempre pacientemente.

Contemplando la Santísima Eucaristía con ojos de fe, vemos hecho realidad lo que san Pablo escribía en una de sus epístolas: me amó y se entregó por mí (Ga 2, 20). Jesucristo me amó y se entregó a Sí mismo por mí. Se ha quedado, por amor, entre nosotros; y nos ofrece su ser entero de hombre y de Dios. Cualquier persona, hombre o mujer, enfermo o sano, pecador o justo, puede aplicarse con toda verdad estas palabras del Apóstol de los gentiles: por mí. Mi Dios vuelca toda su grandeza en mí, cuando le recibo.

¿Correspondo a esta locura de amor de Cristo con mi cariño y veneración a la Sagrada Eucaristía? ¿El Sagrario constituye para mí el necesario punto de referencia que hace que mi alma se escape para acompañar al Señor en el Sagrario de la iglesia más cercana? ¿Le saludo con una genuflexión pausada, llena de amor, hablándole con el corazón? ¿Le acompaño durante la jornada, al menos con el deseo? ¿Vivo con amor y agradecimiento las prácticas de piedad eucarísticas? ¿Llevo a las personas que trato a la piedad eucarística? ¿Enseño a la gente a adorar a Jesús Sacramentado?

Abrirnos a las dimensiones del Misterio eucarístico: para volar alto es preciso que el Espíritu Santo nos eleve por encima de las cosas de la tierra y que nos ilumine con los rayos del divino Sol -Cristo- en la Eucaristía.

Ante esta realidad de la presencia de Cristo en el Santísimo Sacramento hagamos muchos actos de fe y de adoración; de reparación y dolor por las faltas de amor y delicadeza. Y cuidemos la acción de gracias después de haber recibido al Señor.

Dios tiene un rostro. Dios tiene un nombre. En Cristo, Dios se ha encarnado y se entrega a nosotros en el misterio de la Santísima Eucaristía. La Palabra es carne. Se entrega a nosotros bajo las apariencias del pan, y así se convierte verdaderamente en el Pan del que vivimos. Los hombres vivimos de la Verdad. Esta Verdad es Persona: nos habla y le hablamos. La iglesia es el lugar del encuentro con el Hijo del Dios vivo, y así es el lugar de encuentro entre nosotros. Ésta es la alegría que Dios nos da: que él se ha hecho uno de nosotros, que podemos casi tocarlo y que Él vive con nosotros. Realmente, la alegría de Dios es nuestra fuerza (Benedicto XVI, Homilía 10.XII.2006).

La Eucaristía tiene una dimensión apostólica. Cleofás y su compañero, tras haber reconocido al Señor, se levantaron al momento (Lc 24, 33) para ir a comunicar la buena noticia de la resurrección de Cristo. Cuando se ha tenido verdadera experiencia del Resucitado, alimentándose de su cuerpo y de su sangre, no se puede guardar la alegría sólo para uno mismo. El encuentro con Cristo, profundizado continuamente en la intimidad eucarística, suscita en la Iglesia y en cada cristiano la exigencia de evangelizar y dar testimonio (San Juan Pablo II, Carta Apostólica Mane nobiscum, Domine).

No se puede guardar la alegría para uno mismo: Y al instante se levantaron y regresaron a Jerusalén (Lc 24, 33). Ser almas de Eucaristía significa ser almas de vida interior, almas contemplativas, llenas de afán apostólico, como enseña san Josemaría Escrivá de un modo constante: Jesús se quedó en la Eucaristía por amor…, por ti. (…) -Se quedó, para que le comas, para que le visites y le cuentes tus cosas y, tratándolo en la oración junto al Sagrario y en la recepción del Sacramento, te enamores más cada día, y hagas que otras almas -¡muchas!- sigan igual camino (San Josemaría Escrivá, Santo Rosario, Anexo, 5º misterio de luz).

En nuestro apostolado, que recordemos a todos la presencia real de Jesucristo en los sagrarios, a la que a veces, tan insuficientemente correspondemos. Con nuestra palabra y con nuestro ejemplo no dejemos de repetir que en cada Sagrario nos espera Cristo Jesús, Luz verdadera con la cual nuestras vidas pueden iluminarse y transformarse.

Entremos en la “Escuela de María” para aprender a amar a Jesús sacramentado. Qué fácil resulta contemplar a Santa María en el misterio eucarístico. Existe, pues, un vínculo estrechísimo entre la Eucaristía y la Virgen María, que la piedad medieval acuñó en la expresión caro Christi, caro Mariae: la carne de Cristo en la Eucaristía es, sacramentalmente, la carne asumida de la Virgen María (San Juan Pablo II, Alocución, 13.VI.93).

¿Cómo imaginar los sentimientos de Santa María al escuchar de la boca de Pedro, Juan, Santiago y los otros apóstoles, las palabras de la Última Cena: éste es mi cuerpo que es entregado por vosotros? Aquel cuerpo entregado como sacrificio y presente en los signos sacramentales, ¡era el mismo cuerpo concebido en su seno! Recibir la Eucaristía debía significar para Santa María como si acogiera de nuevo en su seno el corazón que había latido al unísono con el suyo y revivir lo que había experimentado en primera persona al pie de la Cruz. Que Ella nos impulse y guíe al encuentro con su Hijo en el misterio eucarístico.

Día 2 de marzo

2 de marzo

Efemérides

Tal día como hoy del año 1459 nació Adriano VI. El último papa no italiano a san Juan Pablo II se llamaba Adriano Florensz y nació el 2 de marzo de 1459 en Utrecht (Holanda). Al subir a la Sede de San Pedro no cambió de nombre. Después de él sólo ha habido un papa que cambió de nombre. Éste fue Marcelo II, que antes de ser obispo de Roma era el cardenal Marcelo Cervini.

Adriano Florensz hizo sus estudios en la Universidad de Lovaina, doctorándose en Teología en 1492. En el año 1507 el emperador Maximiliano I de Alemania le escogió como preceptor de su nieto el archiduque Carlos, futuro emperador Carlos, cuando éste tenía sólo siete años. Más tarde fue nombrado obispo de Tortosa (España). A petición de Carlos V de Alemania (y I de España) fue creado cardenal. El emperador alemán, que además era rey de España, confió a Adriano importantes cargos civiles, entre otros el de regente de España

Estando en la ciudad española de Vitoria le llegó la noticia de que en el cónclave celebrado en Roma por la muerte del papa León X había sido elegido papa. Decidió conservar su nombre de pila, siendo, pues, Adriano VI. En Roma no fue bien recibido por su condición de extranjero.

Consciente de su deber de jefe de la Iglesia emprendió una reforma de la vida eclesiástica, pues creía sinceramente que los desórdenes que afligían a la Iglesia eran un castigo de Dios por los descarríos de la Cristiandad y especialmente de sus pastores y prelados. Graves abusos habían prevalecido incluso en Roma, y por esto Adriano VI se propuso comenzar la reforma por la curia romana.

Además, una de sus primeras preocupaciones fue frenar la herejía luterana en Alemania. A la Dieta de Nuremberg (año 1522) envió como legado pontificio al teólogo Chieragati. De suma importancia para conocer la mente de Adriano VI son las instrucciones privadas y confidenciales que dio a Chieragati acerca delo modo de comportarse en la Dieta. Mirando valerosamente a la realidad de las cosas, escribió: Nos consta que incluso cerca de esta santa cátedra, hace muchos años , tuvieron lugar muchas acciones indignas, abusos de las cosas eclesiásticas y excesos, y que todo esto ha ido empeorando. Así, no es de maravillar que la enfermedad de la cabeza haya pasado a los miembros, del Papa a los prelados. Nosotros todos, prelados y eclesiásticos, nos hemos alejado del recto camino y desde largo tiempo atrás no ha habido uno que haya obrado como debía. Por esto hemos de rendir a Dios el debido honor y humillarnos en su presencia. Cada uno de nosotros ha de reflexionar sobre las causas de su caída y juzgarse a sí mismo más bien que aguardar a que sea juzgado por Dios en el día de su cólera. Por lo mismo tú has de prometer en nombre nuestro que haremos cuanto esté en nuestra mano para que la corte humana, en la que tuvo origen el mal, se mejore y que como de aquí vino la enfermedad, también de aquí venga la curación.

El pontificado de Adriano VI fue breve. Ni siquiera llegó a dos años. El papa holandés murió el 14 de septiembre de 1523.

Día 1 de marzo

1 de marzo

Anécdota

Los caballeros derrotados

Al comienzo el reinado de Carlos I hubo cierta tirantez entre el joven monarca, que había llegado a España en el año 1517, y sus nuevos súbditos. Tirantez que originó una sublevación contra el poder real que tuvo lugar en varias ciudades castellanas, durante los años 1520 y 1521. A esta rebelión se le ha llamado el Movimiento de las Comunidades.

Concluyó la revuelta con el triunfo de las tropas realistas. Los jefes comuneros -Padilla, Bravo y Maldonado-, después de ser derrotados, fueron apresados y ajusticiados.

Antes de la ejecución, dijo Padilla a Bravo: -Señor Juan Bravo, ayer era día de pelear como caballeros, y hoy de morir como cristianos.

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Para todos los hombres es muy importante el momento de dejar este mundo para entrar en el día sin fin de la eternidad. En ese instante lo que verdaderamente interesa es tener el alma limpia de pecado, morir como buenos cristianos. Y para asegurarse una buena muerte, lo que hay que procurar es llevar siempre una auténtica vida cristiana. Normalmente, como se vive se muere. Es algo que nunca se debe olvidar.

La vida de cada uno es lo que más le interesa. La vida del cristiano, cuando ha tomado conciencia de la grandeza de su destino eterno -gozar de Dios para siempre-, es, ante todo, una Persona: Jesucristo, que debe ser amado y, en consecuencia, imitado.

El Cristianismo es un programa lleno de vida. Ante la experiencia de la muerte, repite incansablemente: Creo en la vida eterna. Sin embargo, muchos no lo aceptan; otros, ignoran las enseñanzas de Cristo; y, en consecuencia, la sociedad toma derroteros opuestos a la Ley de Dios: el hedonismo, el divorcio, el aborto, el control de natalidad, los medios contraconceptivos.

Ser cristiano quiere decir poner en práctica el mensaje evangélico, que implica -entre otras cosas- la castidad, la defensa de la vida, la indisolubilidad del matrimonio y el no cegar las fuentes de la vida. No queda más remedio que ir contracorriente y rechazar con energía ideales distintos e incluso opuestos a los de la fe cristiana.

Y cuando llegue la muerte, ese primer paso que hay que dar para la resurrección, el cristiano cuya conducta ha sido coherente con su fe, comprueba que ha valido la pena ser fiel a Dios.