Compendio de Historia de la Iglesia. Curso 2017-18. Clases de Religión. Lección 22ª (El Pontificado de san Juan Pablo II)

El Pontificado de san Juan Pablo II

¿Quién fue el Papa que condujo a la Iglesia al tercer milenio del cristianismo? San Juan Pablo II. En octubre de 1978, poco menos de dos meses después del cónclave que eligió a Juan Pablo I, los cardenales son llamados de nuevo a Roma por la muerte inesperada del Papa. Del cónclave sale elegido el cardenal polaco Karol Wojtyla, que toma el nombre de su inmediato predecesor. Al papa recién elegido se le acerca un compatriota suyo, el primado de Polonia, cardenal Stefan Wyszynski, para decirle: La tarea del nuevo Papa consistirá en introducir a la Iglesia en el tercer milenio. Aún quedaban más de dos decenios para el año 2000. San Juan Pablo II aceptó el reto, y desde el comienzo de su Pontificado puso su mirada en el Año Jubilar 2000.

¿Por qué se le atribuye a san Juan Pablo II el calificativo de Magno? San Juan Pablo II fue testigo del mensaje de salvación ciertamente a través de su vastísimo magisterio, pero más aún si cabe, con su propia persona. En todos los países que recorrió en sus numerosos viajes apostólicos, su persona y sus gestos eran portadores de la verdad de Cristo y de su pasión por el hombre. No fue sólo un heraldo del Evangelio, sino también un testigo del poder transformador de Cristo en la vida y en la historia de los hombres. Su nombre ocupa un lugar destacado en la historia de la Iglesia. Con sus enseñanzas y el ejemplo de su vida, san Juan Pablo II indicó al hombre en su peregrinar terreno la senda de la santidad, pues vivió entregado a la Iglesia y la dirigió con amor apasionado y con una fidelidad inquebrantable a Cristo, y en Cristo y por Cristo, por el bien de todos los hombres a cuyo encuentro iba no sólo en las audiencias romanas, sino en su peregrinar apostólico por el mundo anunciando la Buena Nueva del mensaje de Jesús de Nazaret.

¿Fue san Juan Pablo II un papa viajero? Sí. Derrochando energía y soportando con fortaleza largos trayectos, interminables saludos a personas, así como bruscos cambios de clima y de husos horarios, san Juan Pablo II llevó el mensaje de Cristo a los cinco Continentes, hablando casi siempre a las gentes en sus propias lenguas. Con estos viajes realizó la tarea encomendada por Jesucristo al primer Obispo de Roma: Confirma a tus hermanos (Lc 22, 32). Los viajes del Papa contribuyeron a impulsar las Iglesias locales y a una más profunda evangelización de los fieles, además de generar en muchos no católicos una corriente de simpatía hacia la Iglesia Católica. Algunos de los viajes se recuerdan por el particular alcance ecuménico, por ejemplo, sus visitas a Turquía, Inglaterra, Finlandia, Rumanía, Georgia, Grecia y Armenia.

Los números hablan por sí mismos. 104 viajes apostólicos fuera de Italia y 146 por este país; 129 naciones visitadas, estando en 616 ciudades. En Roma, de las 333 parroquias, visitó 317.

¿Qué acontecimiento cambió el curso de la historia en el Este europeo? La caída del telón de acero. En la Europa del Este, a finales de la década de los ochenta del siglo XX se produjo un hecho calificado por muchos de milagroso: el hundimiento del Imperio soviético. Resulta casi increíble el modo en que los sucesos de 1989 cambiaron la forma de vivir de aquellos millones de personas al otro lado del “telón de acero”. Símbolo del derrumbe del imperio soviético fue la desaparición del muro de Berlín, ocurrida en la noche del 9 de noviembre de 1989. El estilo de vida en las naciones “satélites” de la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas), escrupulosamente controlado por los comunistas durante más de cuarenta años, se transformó, “de repente”, en una aspiración hasta entonces sólo anhelada secretamente: la aspiración a la libertad. La elección de un cardenal del Este para la Sede de San Pedro fue determinante para que se produjera el milagro, el final del comunismo. La fumata blanca del 16 de octubre de 1978, además del anuncio gozoso del Habemus Papam!, fue un brillo de esperanza de que algo iba a cambiar en el Este de Europa. Poco más de una semana de haber sido elegido papa, san Juan Pablo II dijo: La Iglesia del Este ha dejado de ser la Iglesia del silencio, porque el Papa habla en su nombre.

Los comunistas pretendieron arrancar la fe de los pueblos sometidos, pero la pretensión de construir un mundo sin Dios e incluso contra Dios se ha revelado ilusoria -decía san Juan Pablo II en 1990-. No podía ser de otra manera. Sólo seguía siendo un misterio el momento en que se manifestaría el fracaso de esa pretensión.

El protagonismo de san Juan Pablo II en los acontecimientos que, desde 1981 a 1989, se produjeron en la Europa del Este, incluida la URSS, no fue político. El Papa deseaba la caída del comunismo, pero su actuación quedó siempre dentro del campo de su ministerio: la defensa y predicación de los valores cristianos, morales, éticos, del individuo y de la sociedad. En todo momento quiso abrir una brecha en el mundo hermético e inhumano del comunismo por la que entrara Cristo. San Juan Pablo II ha pasado a la historia como el restaurador del humanismo cristiano frente al materialismo marxista, como abanderado de la libertad y de los derechos humanos, profundamente convencido de que la libertad religiosa es el fundamento de las demás libertades.

¿Cuáles son los documentos más importantes del último pontificado del siglo XX? En el campo de la doctrina, el Catecismo de la Iglesia Católica. En el terreno jurídico el Código de Derecho Canónico para la Iglesia latina y el Código de cánones de las Iglesias Orientales. Sobre la cuestión social, las encíclicas Sollicitudo rei socialis, Laborem exercens y Centessimus anuus. También están la exhortación Familiaris consortio, que trata de la familia; y la carta apostólica Mulieris dignitatem, sobre la dignidad de la mujer en la sociedad. Además, en el tema de la moral cristiana está la encíclica Veritatis splendor. Y sobre la vida humana, la encíclica Evangeliun vitae.

Pero hay muchos otros documentos, también importantes. El magisterio de san Juan Pablo II está fundamentalmente en 14 encíclicas, 15 exhortaciones apostólicas y 11 cartas apostólicas. Además están los discursos, homilías, mensajes y alocuciones. En sus escritos trató de variados temas, todos exigidos por su misión magisterial. Temas tratados: el trabajo humano, el ecumenismo, la actividad misionera de la Iglesia, la doctrina social de la Iglesia, la moral cristiana, la vida humana, la relación entre fe y razón, la catequesis, la familia, la consagración religiosa, el sacramento de la Penitencia, los laicos, los sacerdotes, los obispos, el sentido salvador del dolor y la enfermedad, la dignidad de la mujer, la ordenación sacerdotal reservada sólo a los varones, las Iglesias Orientales, la naturaleza de la Conferencias episcopales, el sentido cristiano y religioso del domingo, el Santo Rosario, la Eucaristía.

También hay documentos dedicados a la Santísima Trinidad (encíclicas Redemptor hominis, Dives in misericordia y Dominum et vivificantem), a la Santísima Virgen María (encíclica Redemptoris Mater), a san José (exhortación Redemptoris Custos); y otros sobre la Iglesia en los cinco Continentes. Y por último, dos cartas apostólicas relacionadas con el paso de un milenio a otro: Tertio millennio adveniente y Novo millennio ineunte.

¿Qué fue el principal conflicto solucionado? El de la teología de la liberación. Esta doctrina heterodoxa, defendida por los que postulaban un cristianismo-marxista, favorecida por la clamorosa situación de pobreza y de injusticia, hizo estragos en el continente americano sembrando guerrilla y discordia. Inducía a la lucha de clases, abría una brecha de descatequización por la que entraban las sectas, sembraba secularismos, vaciaba de contenido religioso el mensaje evangélico.

Consciente san Juan Pablo II de que Hispanoamérica era un continente golpeado por la pobreza, mucha de la cual era consecuencia de graves injusticias, alentó y bendijo todo cuanto se hiciera para mejorar su suerte, para liberar a aquellos países de las ataduras de la miseria y de la ignorancia, para que resplandeciera en todos los hombres la dignidad propia de la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios. Pero dejó bien claro: La metodología de la violencia no tiene justificación racional y aún menos cristiana. Frente a los métodos de la violencia es necesario realizarse en la verdad, construirse sobre la justicia, ser animada desde el amor y efectuarse en la libertad.

Para clarificar ideas, la Congregación para la Doctrina de la Fe intervino con dos instrucciones: Libertatis nuntius, y Libertatis conscientia. En estos documentos se autorizaba la validez de la expresión teología de la liberación siempre que fuera bien entendida y reafirmara el sentido genuino de la liberación predicada por Cristo. La liberación –se lee en el primer documento citado- es ante todo y principalmente liberación de la esclavitud radical del pecado. Su fin y su término es la libertad de los hijos de Dios, don de la gracia. (…) Algunos se sienten tentados a poner el acento de modo unilateral sobre la liberación de las esclavitudes de orden terrenal y temporal, de tal manera que parecen hacer pasar a un segundo plano la liberación del pecado, y por ello no se le atribuye prácticamente la importancia primaria que le es propia. Existe una auténtica teología de la liberación: la que está enraizada en la Palabra de Dios, debidamente interpretada. Pero junto a ellas, hay otras teologías de la liberación cuya interpretación del Evangelio se aparta gravemente de la fe de la Iglesia y que son, por tanto, heterodoxas. Y en la Libertatis conscientia expresamente se dice que la opción preferencial de la Iglesia por los pobres no es exclusiva ni excluyente, pues no puede ser en modo alguno una opción partidista y de naturaleza conflictiva.

¿Hubo algún que otro asunto grave? El pontificado de san Juan Pablo II estuvo sembrado de dificultades, pero el Papa no se arredró ante los problemas y trató de solucionarlos. Y con ganas de entrar como capitán de la milicia cristiana en el nuevo milenio.

San Juan Pablo II se encontró con el asunto espinoso de la compleja situación de la Iglesia en Holanda desde los años del postconcilio. La Iglesia en Holanda había tenido, en los años cincuenta y primeros de los sesenta, una enorme vitalidad social y misionera. Los católicos holandeses, minoría en el país (40% de la población), eran extremadamente fieles a Roma. A principios de la década de los setenta, la comunidad católica entra en un rápido proceso de contestación y sufre una desintegración profunda. Al comienzo del pontificado de san Juan Pablo II la Iglesia en Holanda está sumida en una grave crisis, la mayor de su historia.

En mayo de 1985 viajó san Juan Pablo II a los Países Bajos. En vísperas de la llegada del Papa, el arzobispo de Utrecht, Adrianus Johannes Simonis, declaraba que aquel viaje apostólico ayudaría a superar las divisiones, y explicaba las realidades del país diciendo: Existe entre nosotros una división en la interpretación del Vaticano II, e incluso de la Sagrada Escritura. El holandés es un pueblo teológico. Un holandés es un teólogo; dos hacen una Iglesia; tres, un cisma. No quiero decir con esto que exista cisma, pero división sí que hay.

Poner orden en medio de un tremendo confusionismo doctrinal era empresa ardua y compleja. Ya el beatoPablo VI en los años postconciliares había dicho varias veces no a las iniciativas de algunos grupos progresistas de católicos holandeses: No al Catecismo de 1966; no al Concilio Pastoral que hizo clausurar en 1970; no a los candidatos al episcopado indicados por los capítulos de las catedrales. San Juan Pablo II decidió convocar para enero de 1980 un Sínodo particular de la Iglesia holandesa, en Roma, como medio para resolver la crisis. La finalidad del Sínodo era estimular la comunión: entre la comunidad eclesial y la Trinidad, entre los mismos bautizados, entre los fieles y sus obispos, entre los propios obispos y el Papa. Durante el desarrollo del Sínodo, san Juan Pablo II hizo cuanto pudo para que el encuentro -momento decisivo de reflexión- se desarrollase en un espíritu colegial. Y al final, el Pontífice lo calificó como un período gozoso y un período de un verdadero diálogo de salvación.

Un silencio esperanzador siguió al Sínodo. Pronto la frontera entre el sacerdocio ministerial y el sacerdocio común de los fieles, que había quedado difuminada y como perdida en la niebla de la confusión de los llamados agentes pastorales, volvió a quedar delimitada. Las aguas, aunque lentamente, empezaron a volver a su cauce. La unidad de los fieles, y de ellos con sus obispos, y de todos con Roma, fue restablecida.

¿Qué espina se le clavó en el corazón paternal de san Juan Pablo II? El cisma ocasionado por el obispo francés Marcel Lefêbvre. El Papa había decidido llevar a la práctica todas las enseñanzas y prescripciones del Concilio Vaticano II, y se encontró con la oposición de Lefêbvre, que no las aceptaba. Con corazón de padre, el Papa entabló el diálogo para la reconciliación, pero resultó infructuoso. Y cuando el prelado francés hizo saber a la Santa Sede su decisión de conferir la ordenación episcopal, sin mandato apostólico, a cuatro sacerdotes, san Juan Pablo II, ante el posible cisma, escribió a Lefêbvre pidiéndole por las llagas de Cristo nuestro redentor que no lo hiciera. El obispo galo consumó su acto de rebeldía sin atender a la petición del Papa.

¿Cuáles fueron las celebraciones importantes en el último cuarto del siglo XX? El Año Santo de 1983 para conmemorar el MCML aniversario de la Redención de Cristo; el Gran Jubileo del año 2000; y el Año Mariano en el bimilenario del nacimiento de la Santísima Virgen. También tuvieron su importancia la celebración de las Jornadas Mundiales de la Juventud en diversas partes del mundo y la de los Encuentros de las Familias. Además de las ceremonias de beatificación y de canonización.

¿Qué novedades hubo respecto a la vida de piedad? La más significativa es la inclusión de los misterios luminosos o de luz en el Santo Rosario. También las letanías lauretanas se vieron enriquecidas con dos invocaciones más: Mater ecclesiae y Regina familiae. Además está la institución de la fiesta de la Divina Misericordia.

¿Fue el siglo XX un período floreciente para la Iglesia? Sí. Se puede decir que es el Siglo de oro del Papado. Varios papas están ya en los altares (san Pío X, san Juan XXIII, beato Pablo VI y san Juan Pablo II), y otros en procesos de canonización (Pío XII y Juan Pablo I). Pero especialmente están los santos del siglo XX. Entre ellos: santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), pensadora alemana de origen judío, convertida al catolicismo y profesa en la Orden del Carmelo. Murió en el campo de concentración de Auschwitz; santa Josefina Bakhita, sudanesa, flor africana que conoció las angustias del secuestro y de la esclavitud y que se abrió admirablemente a la gracia en Italia, junto a las hijas de santa Magdalena de Canosa; san Josemaría Escrivá, el santo de la vida ordinaria; santa Faustina Kowalska, difusora de la devoción a la Divina Misericordia; san Pío de Pietrelcina, fraile capuchino apóstol del sacramento de la Penitencia; santa Juana Batetta Molla, madre de familia que prefirió llevar a término la gestación de su cuarta hija, aun sabiendo que el precio de ese nacimiento sería su propia muerte; santa Ángela de la Cruz, fundadora de la Congregación de las Hermanas de la Compañía de la Cruz; santa Teresa de Calcuta, religiosa entregada a atender a los “más pobres entre los pobres”; el beato Carlos I, último emperador de Austria, y otros muchos más.

También surgieron los movimientos eclesiales. Son comunidades dentro de la Iglesia que tienen una determinada forma de llevar a cabo o vivir la fe católica. Algunas están dedicadas a la evangelización y actividad misionera. Se denominan movimientos laicos para diferenciarlos de los religiosos. Tras el Concilio Vaticano II aparecieron bastantes de estos movimientos, entre ellos: Camino Neocatecumenal, Movimiento de los Focolares; Comunión y Liberación; Renovación carismática Católica; Regnum Chriti; Comunidad de Sant’Egidio; y Movimiento apostólico de Schonstatt.

Y con luz propia ilumina todo el siglo las apariciones de la Virgen María en Fátima a tres niños. En un aniversario de la primera aparición (13 de mayo), el Papa sufrió un atentado en la Plaza de San Pedro. Después del atentado del 13 de mayo de 1981, a Su Santidad le pareció claro que había sido “una mano materna quien guió la trayectoria de la bala”, permitiendo al “Papa agonizante” que se detuviera “a las puertas de la muerte”, dijo el cardenal Sodano.

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RECOMENDACIONES DEL SEÑOR. Homilía del Domingo XV del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

Una de las obras de misericordia se refiere a la hospitalidad (Dar posada al peregrino). En el Juicio final el Señor tendrá en cuenta de cómo se ha vivido la hospitalidad. A los santos les dirá: Era forastero y me acogisteis (Mt 25, 35); y a los condenados: Era forastero, y no me acogisteis (Mt 25, 43). San Marcos cuenta que Jesús comenzó a enviar a sus apóstoles a los pueblos y aldeas para que anunciasen la llegada del Reino de Dios y les dio poder sobre los espíritus inmundos (Mc 6, 7). Entre otras recomendaciones, les dijo: Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta marchar de allí (Mc 6, 10).

La hospitalidad es algo central en la espiritualidad cristiana. Jesús, como buen maestro, envía a sus discípulos a vivir la hospitalidad. Les dice: Quedaos en la casa donde entréis. Los envía a aprender a vivir una de las características fundamentales de la comunidad creyente. Podríamos decir que cristiano es aquel que aprendió a hospedar, que aprendió a alojar. En la lógica del Evangelio no se convence con los argumentos, con las estrategias, con las tácticas, sino simplemente aprendiendo a alojar, a hospedar. Hospitalidad con el hambriento, con el sediento, con el forastero, con el desnudo, con el enfermo, con el preso, con el leproso, con el paralítico. Hospitalidad con el que no piensa como nosotros, con el que no tiene fe o la ha perdido (Papa Francisco).

También Cristo Jesús les dice a los apóstoles cuando estos son enviados por Él a predicar que no tomasen para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja; y que fueran calzados con sandalias y no llevaran dos túnicas (Mc 6, 8-9). Jesucristo exige estar libre de cualquier clase de ataduras a la hora de predicar el Evangelio. El discípulo, que tiene el encargo de anunciar el mensaje salvífico del Señor a las gentes, no debe poner su confianza en los medios humanos, sino en la Providencia de Dios. Lo que pueda necesitar para vivir dignamente se lo han de procurar los mismos beneficiarios de la predicación, pues el obrero merece su sustento (Mt 10, 10). Tanta debe ser la confianza en Dios del que predica que ha de estar seguro que no ha de faltarle lo necesario para vivir, aunque él no pueda procurárselo; puesto que no debe ocuparse menos de las cosas eternas, por ocuparse de las temporales (San Beda).

Cuando un cristiano está apegado a los bienes, da la mala impresión de un cristiano que quiere tener dos cosas: el cielo y la tierra. Y Jesús indica la cruz y las persecuciones. Esto quiere decir negarse a sí mismo, llevar cada día la cruz… La gratuidad en seguir a Jesús es la respuesta a la gratuidad del amor y de la salvación que nos da Jesús. Qué feo es ver a un cristiano -sea laico, consagrado, sacerdote, obispo- cuando se ve que busca dos cosas: seguir a Jesús y a los bienes, seguir a Jesús y seguir el mundanismo. Esto es un antitestimonio que aleja a la gente de Jesús (Papa Francisco).

Si algún lugar no os recibe y no os escuchan, marchaos de allí sacudiendo el polvo de la planta de vuestros pies, en testimonio contra ellos (Mc 6, 11). El hombre debe prestar atención al anuncio del Evangelio, y creer en la palabra de Jesús. Si la acepta y persevera en ella, recibe el consuelo de su alma, la paz de su espíritu y la salvación. Pero si la rechaza, no está exento de culpabilidad y Dios le juzgará por su cerrazón a la gracia que se le ha ofrecido.

En la vida de la Iglesia, gracias a instituciones, fundaciones, órdenes monásticas, congregaciones religiosas, han surgido a lo largo de su historia hospitales para enfermos y pobres, asilos para ancianos, albergues para peregrinos, orfanatos para niños huérfanos. Siendo la hospitalidad una faceta muy importante de la caridad cristiana. De modo especial en Occidente la hospitalidad alcanza gran relevancia e influencia en las rutas y centros de peregrinaciones. En la actualidad, hay muchos centros de acogida para inmigrantes y para los sin techos llevados por instituciones eclesiales. Pero preguntémonos cada uno: ¿Cómo vivo yo la hospitalidad? Una forma de vivirla es ayudando económicamente a algunas de las muchas instituciones que se dedican a esta obra de misericordia.

Los apóstoles, obedientes a Cristo, predicaron a la gente que hiciera penitencia y expulsaban muchos demonios, y ungían con óleo a muchos enfermos y los curaban (Mc 6, 13). San Marcos es el único evangelista que habla de una unción con aceite a los enfermos. El aceite se utilizaba en tiempos de Jesús para curar las heridas, y los apóstoles lo emplearon también para curar milagrosamente las enfermedades corporales, según el poder que Nuestro Señor les confirió. De ahí el uso del aceite como materia del sacramento de la Unción de los enfermos, que cura las heridas del alma e incluso las del cuerpo, si conviene. En este versículo hay que ver “insinuado” el sacramento de la Unción de los enfermos, que será instituido por Jesucristo, y más tarde recomendado y promulgado a los fieles por el apóstol Santiago el Menor.

Y ya que se ha hecho referencia a la Unción de los enfermos es conveniente saber quiénes son los que lo pueden recibir. Hay que aclarar que la Unción de los enfermos no es un sacramento sólo para aquellos que están a punto de morir, sino para todo católico que, habiendo llegado al uso de razón, comienza a estar en peligro de muerte por enfermedad o por vejez, aunque el peligro no sea extremo. También puede darse la Unción a un enfermo que va a ser intervenido quirúrgicamente, con tal que una enfermedad grave sea la causa de dicha operación.

Amós cuenta cómo Dios le tomó de detrás del rebaño y Yavé me dijo: Vete, profetiza a mi pueblo Israel (Am 7, 15). Y aunque Amós no era profeta ni hijo de profeta (Am 7, 14) hizo lo que Dios le pedía: profetizar. Ya en el Nuevo Testamento Cristo llamó a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos (Mc 6, 7). Los apóstoles se marcharon y predicaron como el Señor les había mandado. En ambos casos (el del profeta Amós y el de los apóstoles) hay una llamada de Dios y una misión: anunciar la palabra de Dios, dar a conocer el misterio de su voluntad.

Y es también lo que hace el apóstol san Pablo: En Carta a los Efesios, escribe: Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo (…), ya que en él nos eligió antes de la creación del mundo para que fuéramos santos (Ef 1, 3-4). Además, hemos sido predestinados a ser sus hijos adoptivos por Jesucristo (Ef 1, 5). Ésta es la Buena Nueva: Dios nos ha creado para compartir su misma vida; nos llama a ser sus hijos, miembros vivos del Cuerpo místico de Cristo, templos luminosos del Espíritu del Amor. Nos llama a ser “suyos”: quiere que todos seamos santos (San Juan Pablo II). La participación en la santidad de Dios mismo es la vocación de todos, ¡de cada uno y de cada una!

San Pablo habla de esperanza, porque se refiere al fruto de la obra redentora del Señor: la liberación de la más profunda esclavitud, que es del pecado. En Cristo tenemos por medio de su sangre la redención, el perdón de los delitos, según la riqueza de su gracia ha prodigado sobre nosotros en toda sabiduría e inteligencia, dándonos a conocer el Misterio de su voluntad (Ef 1, 7-9). Y con el perdón de los pecados, ha sido restaurada la verdadera dignidad del hombre.

La Iglesia, que no cesa de contemplar el conjunto del misterio de Cristo, sabe con toda la certeza de la fe que la Redención llevada a cabo por medio de la Cruz, ha vuelto a dar definitivamente al hombre la dignidad y el sentido de su existencia en el mundo, sentido que había perdido en gran medida a causa del pecado (San Juan Pablo II, Encíclica Redemptoris hominis, n. 10). Es así como se manifiestan la sabiduría e inteligencia divinas respecto al hombre.

El cristiano se sabe elegido por Dios para que sea santo. Y para ser santo hay que tener un trato con Dios a lo largo de la jornada -trabajo y descanso, vida familiar y apostolado-. ¿En qué consiste la santidad? En ser de Dios. Y esto es darle todo cuanto tenemos, puesto que todo nos viene de Dios. Ser de Dios es darle nuestra inteligencia con todos nuestros pensamientos, con todas nuestras ideas… Pero también hay que darle nuestro corazón, de tal forma que nuestros deseos, afectos, amores y voluntad sean para Dios. Con palabras de san Josemaría Escrivá, podemos decir: “No hay otro camino; o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca”. El Señor sigue llamando a muchos al sacerdocio y a la vida consagrada; pero ahora, como en todas las épocas, Él llama a la mayor parte de los hombres y de las mujeres para que sean santos y le sirvan en medio del mundo, en las fábricas y en los hospitales, en las universidades, en el deporte, en todos los ambientes donde se puede realizar cualquier trabajo humano honesto (San Juan Pablo II).

También el cristiano es consciente de ese gran don que Dios nos ha concedido. Por beneplácito de su voluntad (Ef 1, 5) nos llamamos y somos hijos de Dios (1 Jn 3, 2). La filiación divina del cristiano tiene su fuente en Jesucristo. Él, que es el Hijo único consustancial del Padre, ha asumido la naturaleza humana para hacer a los hombres hijos de Dios por adopción. Dios quiso que el misterio de nuestra filiación divina nos fuese revelado con toda claridad dándonos a Cristo, su Hijo hecho hombre. Él es el Camino para ir al Padre, porque por su Humanidad Santísima nos introduce en su Filiación al Padre.

Esa relación de adopción no es algo solamente jurídico, de tipo externo y puramente accidental. La adopción divina afecta a todo el ser del hombre y lo introduce en la misma vida de Dios. La filiación divina es el mayor de los dones que Dios ha concedido en esta tierra. ¡Bendito sea Dios!, exclamamos con san Pablo al considerar esta realidad gozosa, pues es propio de los hijos manifestar abiertamente el reconocimiento y el amor debidos a su padre.

En él (Cristo) también vosotros, tras haber oído la Palabra de la verdad, el Evangelio de vuestra salvación, y creído también en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la Promesa, que es prenda de nuestra herencia, para redención del Pueblo de su posesión, para alabanza de su gloria (Ef 1, 13-14). San Pablo reconoce la grandeza del plan salvífico de Dios en la realización de las promesas al pueblo judío mediante Jesucristo, aún ve mayor prodigio en la llamada a los gentiles a participar de la misma promesa. El ser sellado con el Espíritu Santo significa el haber sido recibidos por Dios e incorporados a su Iglesia, en orden a la salvación reservada antes sólo a Israel.

La Iglesia es el nuevo Pueblo de Dios que ha sido adquirido por Dios al precio de la Sangre de su Hijo. Al pueblo del Antiguo Testamento ha sucedido el pueblo de los creyentes en Cristo, cualquiera que sea su procedencia. Todos forman ya la Iglesia, el Pueblo de los elegidos.

Santa María también a nosotros como a los criados de las bodas de Caná nos pide: Haced lo que Él os diga. Sí, Madre, nos comprometemos a hacer lo que Jesús nos diga. Y lo haremos con esperanza, confiados en las sorpresas de Dios y llenos de alegría.

Historia de la Iglesia

Historia de la Iglesia

Exposición del caso:

A Ricardo no le hizo mucha ilusión oír que en Navidades unos tíos suyos iban a pasar casi una semana en la ciudad, y estarían con ellos. Le deshacía algunos planes, y a decir verdad tampoco sus padres parecían muy ilusionados con la visita, sobre todo su padre, probablemente porque el visitante era tío materno de Ricardo. Tenían los tíos una hija de la misma edad de Ricardo, y, como era de esperar, a éste le pidieron que entretuviera a su prima.

No se hablaba mucho en casa de esa rama de la familia, por lo que Ricardo apenas los conocía. Preguntó, y la respuesta de su padre le hizo entender otro de los motivos por los que su visita no era muy deseada: “Mira, tú sabes que comunistas, lo que se dice ‘comunistas-comunistas’, apenas quedan; pues bien, tu tío es uno de ellos. Y de los de antes, los que achacaban a los curas y frailes todos los males habidos y por haber. Por cierto, que ese tema mejor no sacarlo”.

Por fin llegaron los visitantes. Presentaron a Ricardo a su prima, Dolores. Parecía simpática, y Ricardo se propuso averiguar si ella tenía las mismas ideas que su padre. Hablaron, jugaron con un videojuego, y en un momento dado, Ricardo preguntó a su prima si le acompañaba a Misa. -“No, no voy”, fue la respuesta. -“Pero…, ¿nunca?” -“No”. -“¿Cómo así? ¿Piensas lo mismo que tu padre?” -“¿Mi padre? Si es un fósil…” -“¿Qué?” -“Que está más anticuado que un dinosaurio. Pero en alguna cosa tiene razón”. -“¿En qué cosas?” -“En que la Iglesia es intragable. Lo único que han hecho es conservar su poder predicando a todo el mundo que tenían que tragarse lo que ellos dijeran, y si no, palo. Y siempre aliándose con el poder, o consiguiéndolo”. Ricardo se quedó desconcertado: nunca había visto a alguien que dijera eso con tanto convencimiento. Intentó replicar algo, pero en vano. Si se refería a la doctrina, Dolores contestaba que era una ideología al servicio del poder. Si hacía alusión a “tantos santos y mártires como ha habido”, la respuesta era que siempre había gente con el “coco comido” por la ideología, y ahí tenía como ejemplo a los terroristas. “Terroristas”, pensaba Ricardo; “terroristas: está comparando a los terroristas con los mártires, ¡alucina! Ya sólo falta que hable de la Inquisición y Galileo”. Y habló: “control ideológico de la ciencia”, “policía ideológica”, y otros términos parecidos fueron los que oyó Ricardo, que pensaba que hasta entonces había oído “pegas”, pero no “una cabeza al revés” como entonces.

Tras un buen rato de discusión, tuvieron que ir a cenar con los demás. -“¿De qué hablabais con tanto acaloramiento?”, preguntó ingenuamente la madre de Ricardo. -“De nada; de nada importante”, contestó Ricardo. Y entonces tuvo una idea. -“Bueno, sí. Hablábamos de… de Rusia; de lo que era Rusia antes”. -“¡Ah! ¿Y qué era Rusia antes?”, preguntó el padre de Dolores. -“Bueno, ésta -señaló a su prima- lo define muy bien: ideología al servicio del poder, control ideológico de la ciencia, represión policial de cualquier disidencia, y cosas así. Tiene una mentalidad muy independiente”. Dolores intentó protestar, pero la cara de enfado de su padre mostraba que no creía en sus protestas. Cuando, antes de despedirse, volvieron a estar a solas los dos, Dolores, enfadada, se dirigió a su primo: -“¿Por qué has mentido así?” -“Es que en el fondo es verdad. De lo que tú hablabas no era la Iglesia. La Iglesia no es así. Eso es lo que era Rusia, o sitios así. ¿Por qué no te enteras bien, que conoces la Iglesia sólo de oídas, y ya sabes de dónde proceden esas ideas? ¿No sabías que la gente suele proyectar sus propios fallos en los demás? ¡Anda, piénsalo! Y perdona…” Dolores se fue enfadada. Tardó un año en dar señales de vida. Pero cuando las dio, fue llamando por teléfono: “¿Ricardo? ¿Te importa que vaya un día a verte y hablamos sobre lo de la otra vez…?”

Preguntas que se formulan:

-¿Puedes ver en la Historia de la Iglesia manifestaciones de su carácter sobrenatural? ¿Cuáles? ¿Qué prometió Jesucristo para su Iglesia a lo largo de los siglos? ¿A qué se refiere la asistencia del Espíritu Santo a la Iglesia? ¿Cómo puede cumplirse, si en la Iglesia hay justos y pecadores?

-¿Cómo han sido, en términos generales, las relaciones de la Iglesia con los poderes terrenos? ¿Ha sufrido presiones para adaptar su doctrina a la voluntad de éstos? ¿Ha sufrido persecuciones por ello? ¿De qué tipo? ¿Ha cedido a los deseos de los poderes establecidos?

-¿Hay muchos testimonios de santidad en la Iglesia a lo largo de los siglos? ¿Se pueden encontrar testimonios semejantes fuera de la Iglesia? ¿Cuál es la diferencia? ¿Han dado la vida por lo que creían otras personas aparte de los mártires? ¿Cuál es la diferencia con éstos?

-¿Puede decirse que la Iglesia tiene que ver en el desarrollo de la ciencia y la cultura de occidente? ¿En qué sentido? ¿Ha sido la Iglesia alguna vez un obstáculo para el desarrollo de la ciencia? ¿Ha sido un estímulo? ¿Por qué? ¿Tiene sentido hablar de cultura y de civilización cristianas? ¿Qué sentido tiene? ¿Ha sido la Iglesia un obstáculo para la libertad de expresión o pensamiento?

Bibliografía

Vid. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 765, 768, 827-828, 853-854.

Comentario:

Dolores y su padre representan la evolución de un pensamiento, que va de un marxismo “ortodoxo”, pasando por una especie de marxismo “light” (son diversos los “apellidos”), hasta el llamado “socialismo liberal”, que no raramente desemboca en un verdadero escepticismo. A veces, a diferencia del caso aquí expuesto, no han hecho falta dos generaciones, sino que todo ese proceso se ha dado en la misma persona. Pero el caso es que se conserva el mismo rechazo hacia la religión. Dolores lo hereda, así como un desconocimiento hacia ésta que acaba por inquietarla, porque se da cuenta de que en realidad habla de lo que no sabe.

A Dolores la han educado con conceptos marxistas. Uno de ellos es que las ideas son un resultado de la configuración social: pura ideología, al servicio de los intereses de clase. El marxismo cae, sobre todo al caer en Rusia, y todo aquello ya es para Dolores “un fósil”. Pero sigue juzgando las cosas con el esquema mental heredado, el único que ha aprendido. Así, lo que se piensa debe ser pura ideología interesada, y por eso la doctrina acaba siendo “ideología al servicio del poder”. Por eso no puede entender que alguien sinceramente ponga su vida al servicio de lo que cree. Al ser eso una “comedura de coco”, en este aspecto no ve distinción entre un mártir y un terrorista, para asombro de Roberto.

Lo que piensa Dolores es un producto típico de una cabeza con una ideología dentro. Ésta, como sucede con las ideologías, proporciona un esquema previo -un prejuicio- en el que debe encajar la realidad. Y eso es lo que hace con la Iglesia y con su historia. No se trata, al estudiar la historia, de ver qué sucedió realmente, sino en ver cómo encajar los episodios en el esquema previo. Si para ello hay que desfigurar algo, se desfigura, aunque desde la ideología se dirá que se “desenmascara”, dando así la apariencia de que es una interpretación inteligente, que no se deja engañar por lo que las cosas parece que son. A la vez, de manera más consciente o más inconsciente, para que encaje con el esquema ideológico se toma de la riqueza de los hechos históricos lo que más conviene. Se toman así por anecdóticos aspectos esenciales, y viceversa: se colocan como centrales sucesos anecdóticos. Es, por ejemplo, el caso de Galileo, y en cierto modo también el de la Inquisición. Tiene bastante razón Ricardo cuando dice que en el fondo habla de lo que era Rusia, porque desde ese esquema -las ideas, las convicciones, como meros instrumentos para lograr o retener el poder-, el esquema que practicó el comunismo (y otras ideologías), juzga a la Iglesia y su doctrina. Y lo único que puede ser eficaz para mostrar a una persona como Dolores que carece de objetividad, no es tanto discutir los puntos concretos que se plantean, sino hacer ver que se juzga la realidad desde un esquema ideológico preestablecido.

Por lo demás, ¿qué nos enseña la historia de la Iglesia? Enseña una historia de santidades en medio de las miserias humanas, algunas en su mismo seno. Y eso sólo tiene una explicación donde entra lo sobrenatural. Enseña que hay quien da su vida por la fe; se dan casos de quien da su vida por otro ideal, pero sólo los mártires mueren perdonando, y eso sólo se explica desde lo sobrenatural. Enseña que ha mantenido su doctrina en medio de la compleja historia humana y ante grandes presiones para que la “adaptara” al gusto de la época -no ocurre sólo en nuestros días-, y eso sería imposible sin la asistencia divina. Enseña que se ha mantenido a lo largo de los siglos, ante constantes intentos de apoderarse de ella, someterla, desfigurarla o simplemente destruirla, y esa resistencia tampoco admite una explicación puramente humana. Enseña también, por supuesto, que en las civilizaciones cristianas es donde más ha progresado la ciencia. En resumidas cuentas, la historia de la Iglesia es la historia de un milagro. Por eso es de gran ayuda conocerla bien.

Compendio de Historia de la Iglesia. Curso 2017-18. Clases de Religión. Lección 21ª (Los años postconciliares)

Los años postconciliares

¿Qué fue la “crisis postconciliar”? Después de la clausura del Concilio Vaticano II hubo en la Iglesia un tiempo de crisis. Los años posconciliares fueron particularmente tormentosos para la vida de la Iglesia. Algunos pretendieron una nueva Iglesia diversa u opuesta a la Iglesia de Cristo, rompiendo radicalmente con todo lo anterior, y con total olvido de dos milenios de historia cuajada de frutos de santidad y de fidelidad absoluta al depósito de fe revelado plenamente en Jesucristo. En el año 1972 el beato Pablo VI dijo: Creíamos que después del Concilio vendría un día de sol para la historia de la Iglesia, pero en cambio ha llegado un día nublado, tormentoso, oscuro, lleno de búsquedas e incertidumbres y no resulta fácil transmitir la alegría de la comunión.

Muchas esperanzas quedaron cruelmente defraudadas. Fueron muchos los abusos que se cometieron en nombre de un pretendido “espíritu conciliar”, que nada tenía que ver con el genuino espíritu del Vaticano II ni con la letra de sus documentos. El abuso en materia litúrgica estaba a la orden del día, siendo especialmente maltratados los Sacramentos. Las normas emanadas de la autoridad eclesiástica eran objeto de réplica contestataria. Privados del catecismo, en unos casos; desorientados por catecismos heréticos, en otros; adoctrinados por teólogos que, en lugar de proporcionarles nociones claras y concisas, les obsequiaban con sus dudas, los cristianos ya no sabían en qué debían creer o no creer, y sufrían, mientras proseguía la desbandada silenciosa de los fieles que iba despoblando los templos, a la vez que muchos conventos se vaciaban no tan silenciosamente.

La “crisis postconciliar” se dejó sentir sobre todo en los miembros del clero -secular y regular-, de las congregaciones religiosas y también en los miembros de la Acción Católica y de otras organizaciones eclesiales. Además de los abusos litúrgicos y disciplinares, hubo una caída y abandono de las vocaciones sacerdotales y religiosas.

¿Cuál es el documento más importante del beato Pablo VI? En la clausura del Año de la Fe que había sido proclamado para conmemorar el XIX Centenario del martirio de los santos apóstoles Pedro y Pablo, el beato Pablo VI publicó El Credo del Pueblo de Dios, que presenta, de forma sencilla y profunda, algunas verdades de fe más atacadas por algunas corrientes teológicas. En él, el Papa hace una hermosa profesión de fe, reafirmando las verdades que el Cuerpo Místico de Cristo cree y vive, tomando así una firme postura ante los no pocos intentos de agresión que sufría la fe cristiana.

Pero el documento más importante fue la encíclica Humanae vitae. Ningún documento anterior del Magisterio pontificio había sido publicado en medio de tan amargo vendaval como éste. Esta encíclica aborda una cuestión de gran transcendencia: la regulación de la natalidad. En ella la suprema autoridad de la Iglesia recordaba a todos los hombres de buena voluntad otra aplicación de aquel lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre: el acto sexual conyugal y la procreación forman una parte de un todo lleno de amor que al hombre no le es lícito romper poniendo barreras químicas o físicas que separen el aspecto unitivo del aspecto procreativo.

La Humanae vitae fue mal recibida en el mundo laico y menos que con “obediencia obsequiosa” en algunos ambientes católicos. En torno a ella se polarizó la contestación eclesial. Mas la impopularidad de la medida adoptada no hizo mella en el beato Pablo VI, convencido hasta el final de su vida de haber tomado la decisión en plena fidelidad a su carga de pastor.

¿Qué otras luces hay en este Pontificado? En la clausura de la 3ª sesión del Concilio Vaticano II, el beato Pablo VI proclamó a la Virgen María Madre de la Iglesia. También están los viajes apostólicos realizados por el Papa fuera de Italia, empezando por el de Tierra Santa, sin precedentes en toda la historia del Papado. De principal importancia fue el realizado a Nueva York para pronunciar un discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas. En aquella ocasión hizo una enérgica defensa de la vida humana: La vida del hombre es sagrada. Nadie está autorizado a atentar contra ella. En esta asamblea el respeto a la vida, incluso en lo que se refiere al gran problema de la natalidad, debe encontrar su más alta profesión y su más razonable defensa. Os corresponde a vosotros la tarea de hacer que el pan sea suficientemente abundante en la mesa de la humanidad y de no favorecer un control artificial de los nacimientos, que sería irracional, con el fin de que disminuyan los convidados al banquete de la vida.

Además están las reformas que hizo en la Iglesia. Estas reformas, recomendadas por el Concilio Vaticano II, iban encaminadas a presentar la misión sobrenatural de la Iglesia de forma que respondiera a las exigencias pastorales del mundo actual. Por propia iniciativa, el beato Pablo VI promovió algunos cambios disciplinares, especialmente sobre las facultades ordinarias de los Obispos; e instituyó el Sínodo de Obispos.

La reforma más significativa fue la de la Liturgia. De especial importancia fueron los siguientes documentos: la constitución apostólica Missale Romanum, con la que promulgó el Misal Romano reformado por mandato del Vaticano II; el motu proprio Mysterii Paschalis, con el nuevo calendario litúrgico; y la constitución apostólica Laudis Canticum, con la nueva Liturgia de las Horas.

Además está la institución de la fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, introducida en el calendario litúrgico propio de España a instancias del venerable José María García Lahiguera. La primera vez que se celebró esta fiesta fue 6 de junio de 1974, jueves posterior a Pentecostés.

Compendio de Historia de la Iglesia. Curso 2017-18. Clases de Religión. Lección 21ª (El Concilio Vaticano II)

El Concilio Vaticano II

¿Por qué el siglo XX se le denominado el siglo de las persecuciones? En ningún otro siglo la Iglesia ha sufrido tantas persecuciones como en el siglo XX. El 7 de mayo del Año Santo 2000, dentro de las celebraciones jubilares, tuvo lugar la Conmemoración de los testigos de la fe. En esta celebración, el papa san Juan Pablo II tenía especialmente presentes a los mártires del siglo XX, muchos de los cuales lo fueron a causa del nazismo, del comunismo y de las luchas raciales o tribales. En países como México, con la guerra de los “cristeros”; España, durante la guerra civil; Alemania, en la época nazi; y los del telón de acero, sometidos a la dictadura soviética de carácter marcadamente ateo, el número de mártires fue muy elevado. Personas de todas clases sociales sufrieron por su fe, pagando con la sangre su adhesión a Cristo y a la Iglesia, o soportando con valentía largos años de prisión o privaciones de todo tipo por no ceder a una ideología transformada en un régimen dictatorial despiadado.

Durante las casi dos décadas del pontificado de Pío XII, la Iglesia sufrió persecuciones sangrientas en los países dominados por el comunismo. Es lo que ocurrió sobre todo en China, país en el que Pío XII había instituido una jerarquía autóctona en 1946. Triunfante la revolución marxista en 1949, comenzó enseguida la eliminación sistemática de la Iglesia, arruinando una floreciente cristiandad. En 1957 las autoridades comunistas crearon la llamada Iglesia patriótica china con consagraciones de obispos no permitidas por Roma. La protesta de Pío XII no se hizo esperar.

En la Unión Soviética se recrudeció la persecución de los cristianos, especialmente en Ucrania, que contaba con cuatro millones y medio de católicos. En este país se desencadenó una brutal lucha de aniquilación contra los cristianos vinculados a Roma. Persecución que se extendió a las naciones que habían caído en la órbita soviética. El Papa hizo cuanto estuvo en sus manos por evitar o disminuir estas persecuciones, que alcanzaron en Europa su máxima cota con el proceso del cardenal húngaro Mindszenty.

¿Qué acontecimientos importantes hubo durante el Pontificado de Pío XII? El de mayor magnitud fue la proclamación del dogma de la Asunción de la Virgen María a los Cielos en cuerpo y alma. También es digno de reseñar las celebraciones del Año Santo de 1950 y del Año Mariano de 1954. Éste último para conmemorar el I Centenario del Dogma de la Inmaculada Concepción. Además está la institución de la fiesta de San José Artesano, cuya memoria litúrgica es el 1º de mayo; y las canonizaciones, entre otras, de san Pío X, santa María Goretti, santa Gema Galgani, santo Domingo Savio y san Antonio María Claret. En el campo litúrgico, la reforma de las celebraciones de la Semana Santa.

¿Sobresalió Pío XII por su magisterio? Sí. Pío XII debió sentir especialmente la responsabilidad de su misión de enseñar, pues de su pontificado sobresale, sin desmerecer otros aspectos, su magisterio. Habló y escribió continuamente, ante toda clase de personas y sobre toda clase de temas. Ninguna cuestión, grande o pequeña, de interés para el hombre y para su época escapó a su estudio y a su enseñanza.

Las principales encíclicas son: Mystici Corporis, que tuvo gran importancia teológica. En ella se describe a la Iglesia como el Cuerpo Místico de Cristo y se estudia la naturaleza misma de la Iglesia, fijando la unidad de la Iglesia carismática y de la Iglesia institucional en una única realidad, la Iglesia de Jesucristo, frente a movimientos espiritualistas exagerados que propugnaban una división que hubiera vaciado de contenido el Cuerpo Místico de Cristo; Divino afflante Spiritu, que vino a ser como un complemento de la anterior, en la que promueve el estudio de la Biblia como un medio de conocer mejor a Dios, y de esta forma evitar la ignorancia, que arrastra a tantos hombres fuera de la verdadera fe; Mediator Dei, en la que Pío XII alentaba a los fieles a expresar su fe mediante una liturgia que fuera exponente de su piedad y de su formación; y Humani generis, fue la que alcanzó mayor resonancia pues conecta plenamente con el pensamiento de san Pío X. Su tema es la ciencia y el pensamiento moderno.

¿Qué ocurrió en el mundo cuándo llegó la paz? Después de la Segunda Guerra Mundial en el mundo se produjeron cambios. La Unión Soviética sojuzgó a la Europa del Este y otros países donde el cristianismo vivía en estado de opresión. Se creó una gran tensión entre los dos bloques: el de la Unión Soviética y las naciones satélites de su órbita y el de Norteamérica y los países occidentales, que desembocó en la guerra fría. En el mundo libre, junto con un mayor fervor religioso, avanzó también el materialismo y el secularismo, que se oponían a la vida cristiana y trataban de cambiar las costumbres. Las mayores alegrías de Pío XII provinieron del impulso al apostolado de los laicos representados por nuevas instituciones de la Iglesia -como por ejemplo, el Opus Dei, fundado en 1928 por san Josemaría Escrivá, aprobado por Pío XII en 1950 y erigido en prelatura personal por san Juan Pablo II en 1982; y los institutos seculares-; y el desarrollo de otras instituciones ya existentes, como la Acción Católica.

¿Un “papa de transición”? San Juan XXIII tenía 77 años de edad cuando fue elegido papa. Esto hizo que muchos pensaran que sería un “papa de transición”. Sin embargo, con su pontificado dio un giro importante en la vida de la Iglesia, y un extraordinario impulso al ecumenismo; y de su magisterio sobresalen dos encíclicas: Pacem in terris y Mater et Magistra, fruto de su interés por los temas sociales, la paz y la cooperación internacional. Pero lo más importante de su pontificado fue la convocatoria de un concilio ecuménico, con objeto de renovar la vida de la Iglesia y adaptar la disciplina eclesiástica a las condiciones de los tiempos modernos.

¿Cuáles son los documentos más importantes del Concilio Vaticano II? La primera sesión del Concilio se celebró en otoño de 1962. Fue la única de san Juan XXIII. En esta sesión no se aprobó ningún documento. Las siguientes sesiones (2ª, 3ª y 4ª) se celebraron en el cuarto trimestre de los años 1963, 1964 y 1965, todas ellas ya durante el pontificado del beato Pablo VI. El Vaticano II trazó un importante programa de renovación cristiana que plasmó en sus documentos, especialmente en cuatro constituciones: Constitución Sacrosanctum concilium, sobre la Liturgia; Constitución dogmática Dei Verbum, sobre la Sagrada Escritura; Constitución pastoral Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo; y Constitución dogmática Lumen gentium, sobre la Iglesia.

Los puntos principales de las enseñanzas del Concilio Vaticano II son: a) la colegialidad de los obispos; b) la autoridad eclesial entendida como servicio; c) el impulso a la evangelización; d) la llamada universal a la santidad; e) la importancia del papel de los laicos; f) la santificación del trabajo profesional; g) la libertad religiosa; y h) el ecumenismo.

¿Qué fiesta de la Virgen adquirió mayor importancia con la reforma litúrgica a raíz del Concilio Vaticano II? La fiesta de la Maternidad Divina de Santa María. Se celebraba el día 11 de octubre. En el calendario litúrgico actual el día 1 de enero es la solemnidad de Santa María, Madre de Dios. La maternidad divina es el hecho central que llena de luz la vida de María, y explica los innumerables privilegios con que Dios quiso adornarla; una verdad que los cristianos profesaron desde los orígenes de la Iglesia.

Cuando Nestorio, en el primer tercio del siglo V, negó a María el título de theotocos -Madre de Dios-, todo el orbe cristiano reaccionó en defensa de la verdad católica; y el III Concilio Ecuménico reunido en Éfeso (año 431) proclamó solemnemente a María como Madre de Dios. Dos siglos y medio después el Concilio III de Constantinopla (año 681) recogió como fórmula conciliar de fe el primer anatematismo de la II Carta de san Cirilo a Nestorio: Si alguno no confiesa que el Emmanuel es verdaderamente Dios y que por eso la Santísima Virgen es Madre de Dios, puesto que engendró según la carne al Verbo de Dios encarnado, sea anatema (Concilio de Éfeso, Anatematismos o capítulos de Cirilo, can. 1).

DEBILIDAD DEL HOMBRE Y FORTALEZA DE DIOS. Homilía del Domingo XIV delTiempo Ordinario (Ciclo B)

En el lenguaje normal se emplea con frecuencia antropomorfismos para referirse a Dios. Y así se dice que estamos en las manos de Dios. En el Antiguo Testamento se habla repetidas veces del corazón de Dios, considerado como el órgano de su voluntad: el hombre es juzgado en referencia al corazón de Dios. Por ejemplo, a causa del dolor que su corazón siente por los pecados del hombre, Dios decide el diluvio, pero después se conmueve ante la debilidad humana y perdona.

En el libro de Oseas se describe de manera muy clara los sentimientos del corazón de Dios respecto a su pueblo, del amor con que el Señor se dirigió a Israel en el alba de su historia: Cuando Israel era niño, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo (Os 11, 1). Sin embargo, a pesar de esta incansable predilección divina, Israel responde con indiferencia e incluso con ingratitud. Cuanto más los llamaba, más se alejaban de mí (Os 11, 2), es la queja que sale de la boca del Señor. Pero a pesar de la indiferencia e ingratitud del pueblo elegido, Dios no abandona a Israel en manos de sus enemigos, pues mi corazón se conmueve en mi interior, y a la vez se estremecen mis entrañas (Os 11, 8) dice el Creador del mundo.

Dios envió profetas a Israel para que volviera al buen camino. Uno de ellos es Ezequiel. Éste oyó que el Señor le hablaba: Yo te envío a los israelitas, a la nación de los rebeldes, que se han rebelado contra mí. Ellos y sus padres me han sido contumaces hasta este mismo día. Los hijos tienen la cabeza dura y el corazón empedernido; hacia ellos te envío para decirles: Así dice el Señor Yavé. Y ellos, escuchen o no escuchen, ya que son una casa de rebeldía, sabrán que hay un profeta en medio de ellos (Ez. 2, 3-5). Ezequiel comunica al pueblo lo que Dios le dice, sabiendo que transmite un mensaje divino, que no es suyo, y lo hace con fortaleza y perseverancia, aunque sus oyentes no lo acepten, o lo rechacen.

San Agustín dice: Los profetas de Dios son aquellos que dicen lo que escuchan de Dios, y un profeta de Dios no es otro que aquel que expresa las palabras de Dios a los hombres que, por su parte, no pueden o no merecen entender a Dios. Ezequiel, consciente de ser profeta y, por tanto, representante de Dios en medio del pueblo, exige con autoridad a sus conciudadanos atención a su mensaje.

La Revelación divina, llamada con toda propiedad Palabra de Dios, se ha desarrollado en distintas etapas a lo largo de la historia de la Salvación. En diversos momentos y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas. En estos últimos días nos ha hablado por medio de su Hijo (Hb 1, 1-2). El Señor Jesucristo, Verbo de Dios encarnado y divino Maestro que abrió la mente y el corazón de sus discípulos a la inteligencia de las Escrituras, guíe y sostenga siempre nuestra actividad. Los Apóstoles acogieron la palabra de salvación y la transmitieron a sus sucesores como una joya preciosa custodiada en el cofre seguro de la Iglesia: sin la Iglesia esta perla corre el riesgo de perderse o hacerse añicos.

La Iglesia es el nuevo Pueblo de Dios, y a diferencia con Israel, siempre ha sido fiel a Dios. A veces se ha comparado a la Iglesia a una barca sacudida por el oleaje y los vendavales de la historia; pero en esa barca es Jesucristo quien lleva el timón, y así conduce a los creyentes al puerto seguro de la nueva vida.

¡Qué grande es el amor de Dios! Es más fuerte que el amor de una madre a sus hijos, más que el de un esposo a su amada. El evangelista san Juan lo dice con estas palabras: Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único (Jn 3, 16). Y si el amor de Dios a Israel es comparado al amor de un padre a su hijo, ¿cuánto será el amor de Dios a su Iglesia? Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella para santificarla, purificándola, mediante el lavado del agua con la palabra, a fin de presentársela a sí gloriosa, sin mancha o arruga o cosa semejante, sino santa e intachable (Ef 5, 25‑27).

Sabrán que hay un profeta en medio de ellos. En el libro del Deuteronomio Moisés dice al pueblo: El Señor, tu Dios, te suscitará un profeta como yo de entre tus hermanos. A él le escucharéis (Dt 18, 15). Moisés conversaba “cara a cara” con Dios. En Jesús se cumple la promesa del nuevo profeta. En Él se ha hecho realidad lo que en Moisés era sólo imperfecto: Él vive ante el rostro de Dios no sólo como amigo, sino como Hijo, vive en la más íntima unidad con el Padre (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret). Cristo, Hijo único de Dios, nos da a conocer al Padre.

San Marcos cuenta que Jesús fue a Nazaret, y en día de sábado entró en la sinagoga y comenzó a enseñar. La multitud, al oírle, quedaba maravillada, y decía: “¿De dónde le viene esto? y ¿qué sabiduría es ésta que le ha sido dada?” (Mc 6, 2). Pero el Señor no fue bien acogido. La extrañeza y la envidia hicieron que sus paisanos se escandalizaran de Él. No hay profeta menospreciado sino en patria (Mt 13, 57), cumpliéndose a la letra vino a los suyos y los suyos no le recibieron (Jn 1, 11). Jesús se maravilló de la falta de fe de los nazarenos.

Éste es mi Hijo amado; escuchadlo (Mt 17, 5). Es la voz de Dios que nos dice que escuchemos el mensaje de su Hijo. Escuchar a Cristo y obedecer su voz: éste es el camino real, el único que conduce a la plenitud de la alegría y del amor. La Sagrada Escritura no es algo que pertenezca al pasado. El Señor no habla en el pasado, sino que habla en el presente, Él habla hoy con nosotros, nos concede su luz, nos muestra el camino de la vida, nos regala su comunión y nos prepara y nos abre así a la paz. La Palabra de Dios ha sido confiada a la Iglesia para alimentar la fe y guiar a la vida de caridad de los cristianos. El mensaje de Cristo nos ha sido transmitido por la Iglesia. El Evangelio es novedad. Y se nos pide esta docilidad a su novedad. Dios debe ser recibido con esta apertura a la novedad. Y esta actitud se llama docilidad. ¿Soy yo dócil a la Palabra de Dios o hago siempre lo que yo creo que es la Palabra de Dios? (Papa Francisco).

Sólo en el Evangelio de Jesús está la salvación esperada y deseada. Por eso, la vida cristiana precisa una asidua y constante meditación de la Sagrada Escritura -especialmente del Nuevo Testamento-, en la oración personal. El profeta Ezequiel fue enviado por Dios a los israelitas, a la nación de los rebeldes, que se han rebelado contra mí. Ya en los inicios de la Iglesia primitiva, el Señor envió a san Pablo para anunciar el Evangelio y difundir la Palabra de Dios a todo un mundo pagano.

En el Nuevo Testamento además de los Santos Evangelios hay otros libros. La mayor parte de ellos son cartas del apóstol san Pablo. Éste fue elegido por el Señor como instrumento suyo para una misión bien concreta: Para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel (Hch 9, 15). No le promete el Señor una vida fácil, sino que habrá de sufrir por causa de mi nombre (Hch 9, 17). Y efectivamente, la vida de san Pablo estuvo llena de dificultades. Pero en todo momento era consciente de la ayuda de la gracia. Por eso me complazco en mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues, cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte (2 Co 12, 10).

Para que no me engría, me fue clavado un aguijón en la carne, un ángel de Satanás para que me abofetee, y no me envanezca (2 Co 12, 7). Son palabras del apóstol san Pablo, que muestran una humildad admirable. Se refiere a las debilidades que el Señor permite en él. Todas las personas humanas, a excepción de la Virgen María, hemos sido concebidos en pecado. Por el bautismo se nos quitó el pecado original, pero arrastramos las heridas de dicho pecado, tenemos el fomes peccati, la inclinación al mal. También san Pablo sentía la concupiscencia de la carne. Y para no caer en la tentación, acudía a Dios. Rogué al Señor que se alejase de mí (2 Co 12, 8) aquel ángel de Satanás, que me librase del aguijón que tenía clavado en mi carne. Ante la petición que le hacía el Apóstol de los gentiles, el Señor le dijo: Te basta mi gracia, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza (2 Co 12, 9). Esta petición de san Pablo y la respuesta del Señor nos recuerdan la necesidad de pedir ayuda a Dios ante las dificultades.

La vida hombre en la tierra es tiempo de lucha sin tregua. El diablo, empeñado en devorar la vida de Cristo en nosotros, incansablemente promueve planes para hacernos tropezar. Para vencer, nunca nos faltará la gracia. Éste es el mensaje que dejó san Juan Pablo II a los jóvenes españoles en su primer viaje apostólico a España: El mal es una realidad. Superarlo en el bien es una gran empresa. Brotará de nuevo con la debilidad del hombre, pero no hay que asustarse. La gracia de Cristo y sus sacramentos están a nuestra disposición.

La Sagrada Escritura atestigua la influencia nefasta de aquél a quien Jesús llama “homicida desde el principio”. En el libro del Éxodo se narra como a largo de la travesía del pueblo de Israel por el desierto, los judíos experimentaron toda la fuerza y la insistencia del tentador, que los inducían a perder la confianza en el Señor y a volver a atrás. La serpiente intenta continuamente hacer creer a los hombres que Dios debe desaparecer, para que ellos puedan llegar a ser grandes; que obstaculiza nuestra libertad y que por eso debemos desembarazarnos de Él (Benedicto XVI).

Se ha dicho que Satanás no tienta a los que ya le pertenecen; ¿para qué?: ya está sumergidos en el fango del pecado. Procura arrastrar a los que son fieles al Señor, a los que contagian a otros el amor de Dios que llevan en el corazón. Nuestro Señor Jesucristo quiso enseñarnos, al permitir ser tentado por el diablo en el desierto, cómo hemos de pelear y vencer cuando nos vengan tentaciones: con la confianza en Dios y la oración, con la gracia divina y con la fortaleza.

En esta peregrinación en que consiste ahora nuestra vida, no puede dejar de haber tentaciones, porque nuestro mejoramiento se realiza a través de la tentación, y nadie se conoce a sí mismo si no es tentado, ni nadie puede ser coronado si no hubiese vencido, y no puede vencer si no hubiese luchado, y no puede luchar si no hubiese tenido tentaciones ni enemigo (San Agustín). La diferencia entre un pecador y un santo no radica en que uno tiene más tentaciones que el otro, sino en que el segundo no se deja vencer por los asaltos más violentos, en tanto que el primero cede ante la más leve tentación. La santidad cristiana no consiste en ser impecables, sino en la lucha por no ceder y por volver a levantarse siempre, después de cada caída. Y no deriva tanto de la fuerza de voluntad del hombre, sino más bien del esfuerzo para no obstaculizar nunca la acción de la gracia en la propia alma.

Que la Virgen María, modelo de docilidad y obediencia a la Palabra de Dios, nos enseñe a acoger plenamente la riqueza inagotable de la Sagrada Escritura.

Compendio de Historia de la Iglesia. Curso 2017-18. Clases de Religión. Lección 20ª (Pío XII y la Segunda Guerra Mundial)

Pío XII y la Segunda Guerra Mundial

¿Quién ocupaba la sede de san Pedro durante la Segunda Guerra Mundial? Pío XII. Fue elegido papa en una de las horas más graves de la Iglesia. Por segunda vez, un conflicto inhumano va a devastar Europa, destrozar países y sacudir los estratos de la civilización. Desde el día de su coronación -12 de marzo de 1939- consagró la totalidad de sus esfuerzos para impedir la guerra que era inminente. El 24 de agosto de 1939, una semana antes del comienzo de la guerra dirigió un llamamiento a la razón, cuyo contenido fundamental es éste: Nada se pierde con la paz; todo puede perderse con la guerra.

El día 1 de septiembre de 1939 los alemanes ocupan Dantzig y su pasillo, y la Wehrmacht desencadena una formidable ofensiva contra Polonia. Dos días después, Francia e Inglaterra declaraban la guerra a Alemania. Había estallado el mayor conflicto bélico de toda la historia de la Humanidad.

¿Cuáles fueron los principales esfuerzos de Pío XII por la paz? Iniciada la guerra, Pío XII intentó impedir la planetización del conflicto. Virtualmente prisionero en el Vaticano, utilizó la radio para hacer oír su voz pacificadora. Desde el principio de las hostilidades, por encargo del Papa, se creó en el Vaticano un comité de ayuda a las víctimas y un servicio de información en favor de los prisioneros, refugiados y deportados.

Pío XII hizo todo lo posible por mantener a Italia al margen de la contienda, sin resultado positivo. Convertida Italia en beligerante, el Estado Vaticano queda aislado en medio del furioso torrente de la guerra. Por el artículo 24 de los Pactos Lateranenses el Papa está obligado a no inmiscuirse en política. Y de hecho mantiene la más rigurosa neutralidad, pero sin dejarse enredar en la propaganda de uno o de otro bando y conservando toda su independencia para condenar lo que no se puede justificar ni moral ni políticamente.

Con el ataque alemán a Rusia el 22 de junio de 1941, y el ataque japonés a Pearl Harbor el 7 de diciembre del mismo año, la guerra adquiere proporciones universales. Pío XII insistió en la necesidad de orar y de hacer penitencia para obtener de Dios el señalado beneficio de la paz. Acudió a la Basílica de Santa María la Mayor para implorar en fervorosa plegaria la paz a la Santísima Virgen, a la vez que realizó gestiones diplomáticas para abreviar los sufrimientos de la Humanidad.

¿Protegió el Papa a los judíos? Sí. Durante la guerra fue infatigable la acción de paz de Pío XII en favor de los prisioneros, los perseguidos y los refugiados. Con respecto al espantoso genocidio judío es injurioso reprocharle a Pío XII actitudes reservadas. El silencio, al principio, del Papa ante las deportaciones judías y la violación de los derechos humanos se debió al temor de que una denuncia contundente pudiera empeorar la situación. El 13 de mayo de 1940 dijo al Embajador italiano que realmente tendría que pronunciar palabras de fuego sobre los horrores cometidos por los nazis en Polonia y que sólo le contenía para no hacerlo el saber que, de hablar, la suerte de los polacos sería peor. Tenía muy presente las reacciones de los nazis como consecuencia de la encíclica Mit brennender Sorge de su predecesor Pío XI. A pesar de todo, cuando tuvo conocimiento de la existencia de campos de exterminio, alzó su voz en el mensaje navideño de 1942 para referirse a esos cientos miles de hombres que, sin culpa alguna por su parte, sólo por el hecho de su nacionalidad o de su raza, son entregados a una muerte rápida o lenta. En virtud de sus experiencias con el nacionalsocialismo, Pío XII y sus colaboradores estaban persuadidos de que una protesta inflamada no sólo no haría parar la máquina asesina nazi sino que la aceleraría.

En la época de la ocupación alemana de Roma, centenares de perseguidos se refugiaron en las basílicas romanas y demás edificios de la Santa Sede extramuros del Vaticano. Nadie que solicitaba asilo en el Estado Papal fue rechazado. No había diferencias por motivo de raza ni de religión. Fueron acogidos católicos, protestantes, judíos.

El 28 de noviembre de 1943 el Gran Rabino de Roma, Zolli, solicitó la protección del Santo Padre. Los nazis y los neofascistas habían exigido a los judíos residentes en Roma la entrega de un millón de liras y cien libras de oro, amenazándoles con saquear sus casas y llevarlos a campos de concentración si no lo hacían. Los judíos consiguieron el dinero, pero no la cantidad exigida del precioso metal. Entonces Pío XII ordenó fundir muchos vasos sagrados para poder socorrer a aquellos hombres de una fe distinta. A las veinticuatro horas los judíos pagaban el injusto tributo.

En la ayuda a los judíos el Papa encontró una inestimable ayuda en el embajador Weizsäcker y en el diplomático alemán Albrecht von Kessel. En la redada de la Gestapo del 16 de octubre de 1943 si no fueron arrestadas las ocho mil personas previstas, la causa estuvo en la hábil cooperación entre la Embajada alemana ante la Santa Sede y la Curia romana. Es Kessel quien sugirió la redacción de una carta de protesta, firmada por el obispo austríaco residente en Roma, Aloius Hudal. Dicha carta sirvió a Weizsäcker como apoyo a sus argumentaciones ante el Gobierno de Berlín. Por motivos tácticos se añadieron en la carta algunas observaciones diplomáticas sobre los jefes nazis y las buenas relaciones entre el Vaticano y Alemania: se trataba de argumentar que el arresto de los judíos bajo las ventanas del Papa era un acto perjudicial para la política alemana. Desgraciadamente, el objetivo no se consiguió del todo. Mil judíos son trasladados al norte de Italia, en un viaje sin retorno para la mayor parte de ellos. Pero se había conseguido salvar a siete mil.

¿Cómo se ayudó a los prófugos? Cuando se produjo en 1943 la capitulación de Italia y el cambio de régimen, la situación se convirtió en caótica. Pío XII se preocupó por el socorro de los indigentes, de los huérfanos, de los niños, de los prófugos y emigrados, de los prisioneros de guerra, de todos aquellos, en fin, que por la fuerza aciaga de las circunstancias se hallaban sumidos en el profundo abismo del dolor, del hambre o de la miseria. Creó la Comisión Pontificia de asistencia a los prófugos para aliviar la triste situación de los que, tras haberlo perdido todo, se veían forzados a vagar errantes por los caminos de Italia sin encontrar el fin de su desdichada peregrinación.

También a los demás países ocupados por los nazis llegó la acción benéfica del Papa. A los obispos de Francia, Bélgica y Luxemburgo envió considerables sumas de dinero para socorrer a los pobres y reparar los daños causados por las operaciones bélicas. Igualmente se mandaron subsidios extraordinarios a las misiones de Escandinavia y a las poblaciones eslovenas, croatas y serbias; alimentos a Grecia y a Polonia, y considerables auxilios a los polacos diseminados en Francia, Hungría, Suiza y otros lugares. En las Nunciaturas funcionaban oficinas especiales para consuelo y ayuda de los prófugos.