Homilía del décimo quinto domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

Leemos en el Deuteronomio como Dios por medio de Moisés pide al Pueblo elegido que guarde sus mandamientos y sus leyes. Y le dice: El presente mandamiento que hoy te ordeno no es imposible para ti, ni inalcanzable (Dt 30, 11). El autor sagrado expresa esta posibilidad de cumplir la Ley de Dios de manera bellísima y admirable, a través de dos hermosas metáforas, compuestas con un cierto ritmo poético. No está en los cielos para decir: “¿Quién podrá ascender por nosotros a los cielos a traerlo y hacérnoslo oír, para que lo pongamos por obra?” Tampoco está allende los mares para decir: “¿Quién podrá cruzar por nosotros el mar a traerlo y hacérnoslo oír, para que lo pongamos por obra?” (Dt 30, 12-13). Lo que Dios pide no es algo inalcanzable. No es necesario cruzar el mar ni subir al firmamento. El mandamiento está muy cerca de ti: está en tu boca y en tu corazón, para que lo pongas por obra (Dt 30, 14). El texto griego de los LXX, añade a este versículo y en tus manos. Y lo comenta Teodoreto de Ciro diciendo: Se significa por la boca la meditación de las palabras divinas; por el corazón, a su vez, la prontitud del ánimo; por las manos la ejecución de los mandamientos.

Los israelitas podían cumplir con los preceptos del Señor. En la Antigua Ley, aunque no se disponía de la gracia ganada por Cristo, la Providencia divina ayudaba a los israelitas a cumplir sus exigencias en previsión de esa gracia. Y el pueblo cristiano, que posee la Nueva Ley y la Nueva alianza, está en circunstancias aún mejores que el antiguo pueblo, puesto que ha recibido la gracia de Cristo. Por esto, el Concilio de Trento enseña que Dios no manda cosas imposibles, sino que al mandar avisa que hagas lo que puedas y pidas lo que no puedas, y ayuda para que puedas.

El evangelista san Lucas cuenta: Un doctor de la Ley se levantó y dijo para tentarle: “Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?” Él le contestó: “¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees?” Y éste le respondió: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo”. Y le dijo: “Has respondido bien: haz esto y vivirás” (Lc 10, 25-28). El Señor enseña que el camino para conseguir la vida eterna consiste en el cumplimiento fiel de la Ley de Dios. Los Diez Mandamientos, que entregó Dios a Moisés en el monte Sinaí, son la expresión concreta y clara de la Ley natural, que ha sido impresa en la conciencia de cada hombre. Por tanto, la Ley natural, expresada en los Diez Mandamientos no puede cambiar, ni pasar de moda, ya que no depende de la voluntad del hombre ni de las circunstancias cambiantes de los tiempos.

En esta conversación de Jesús con el doctor de la Ley se encierra también otra enseñanza fundamental: la Ley de Dios no es algo negativo, no hacer, sino algo claramente positivo, es amor; la santidad, a la que todos los bautizados están llamados, no consiste tanto en no pecar, sino en amar, en hacer cosas positivas, en dar frutos de amor de Dios. Cuando el Señor hable del Juicio Final hará referencia a este aspecto positivo de la Ley de Dios. El premio de la vida eterna se concederá a los que hicieron el bien.

Y un último detalle. Jesucristo no desaprovecha la ocasión para invitar a su interlocutor a que lleve una vida conforme a la Ley de Dios: haz esto y vivirás. Sigamos el ejemplo del Señor, y siempre que alguien nos pregunte sobre religión, o cuando damos formación cristiana o hablamos de la doctrina católica, que no nos conformemos con haber informado, sino que demos un paso más, como hizo Cristo, animar a los que nos han preguntado o nos han estando escuchando a vivir según las enseñanzas de la Iglesia, que no son otras que las del mismo Jesús.

La inmutabilidad del Decálogo lo expresaba san Josemaría Escrivá diciendo: Lo que es verdad, y lo era ayer, y lo era hace veinte siglos, ¡sigue siéndolo ahora! Lo que era falso no se puede convertir en verdad. Lo que era un vicio, no es una virtud. Yo no puedo decir lo contrario. ¡Sigue siendo un vicio! Cualquier transgresión de algún mandamiento de la Ley de Dios ha sido pecado ayer, lo es hoy y lo será mañana.

En el pasaje evangélico que hemos leído, Jesús alaba y acepta el resumen de la Ley que hace el escriba judío. La contestación está tomada del Deuteronomio y era una oración que los judíos repetían con frecuencia. Esta misma respuesta da el Señor cuando le preguntan cuál es el mandamiento principal de la ley, para terminar diciendo: De estos dos mandamientos pende toda la Ley y los Profetas (Mt 22, 40).

Hay una jerarquía y un orden en estos dos mandamientos que constituyen el doble precepto de la caridad: ante todo y sobre todo amar a Dios por sí mismo; en segunda lugar, y como consecuencia de lo anterior, amar al prójimo, porque ésta es la voluntad explícita de Dios. Bien claro lo dijo Juan Pablo I: Debemos amar “a Dios y al hombre”. Pero nunca al hombre más que a Dios, contra Dios o tanto como Dios. En otros términos, el amor de Dios es superior, pero no exclusivo (Discurso 27.IX.1978).

¿Y quién es mi prójimo? (Lc 10, 29), es la pregunta que el doctor de la Ley hace a Cristo, y es la pregunta que cada uno de nosotros debemos hacernos. Nuestro Señor contesta con la parábola del buen samaritano. Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos salteadores que, después de haberle despojado, le cubrieron de heridas y se marcharon, dejándolo medio muerto. Bajaba casualmente por el mismo camino un sacerdote; y, viéndole, pasó de largo. Asimismo, un levita, llegando cerca de aquel lugar, lo vio y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de camino llegó hasta él, y al verlo se movió a compasión, y acercándose vendó sus heridas echando en ellas aceite y vino; lo hizo subir sobre su propia cabalgadura, lo condujo a la posada y él mismo lo cuidó. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: ‘Cuida de él, y lo que gastes de más te lo daré a mi vuelta’. ¿Cuál de estos tres te parece que fue el prójimo de aquel que cayó en manos de los salteadores?” Él le dijo: “El que tuvo misericordia con él”. “Pues anda, -le dijo entonces Jesús-, y haz tú lo mismo” (Lc 10, 30-37).

Comentando esta parábola, el papa Francisco decía: ¿Por qué elige Jesús a un samaritano como protagonista de la parábola? Porque los samaritanos eran despreciados por los judíos, por las diversas tradiciones religiosas. Sin embargo, Jesús muestra que el corazón de ese samaritano es bueno y generoso y que él pone en práctica la voluntad de Dios, que quiere la misericordia más que los sacrificios. Dios siempre quiere la misericordia y no la condena hacia todos. Quiere la misericordia del corazón, porque Él es misericordioso y sabe comprender bien nuestras miserias, nuestras dificultades y también nuestros pecados. A todos nos da este corazón misericordioso. El samaritano hace precisamente esto: imita la misericordia de Dios, la misericordia hacia quien está necesitado.

Antes del samaritano, habían pasado dos personas relacionadas con el culto del Templo del Señor. Vieron al pobrecillo, pero siguieron su camino sin detenerse. Es muy probable que Nuestro Señor corrigiera con esta parábola una de las deformaciones y exageraciones a las que había llegado la falsa piedad judaica entre sus contemporáneos. Según la Ley de Moisés en contacto con los cadáveres hacía contraer la impureza legal, que se reparaba con diversas abluciones o lavados. Esas disposiciones no estaban dadas para impedir el auxilio a los heridos o enfermos, sino para otros fines secundarios higiénicos y de respeto a los cadáveres. La aberración del sacerdote y del levita de la parábola consistió en que, ante la duda de si el hombre asaltado por los ladrones estaba muerto o no, antepusieron una mala interpretación de un precepto secundario y ritual de la Ley, frente al mandamiento más importante: el amor al prójimo y la ayuda que se le prestar.

A ninguno de nosotros nos está permitido pasar de largo, con cruel indiferencia como hicieron el sacerdote y el levita, ante el dolor del prójimo, de ese hermano que quizás no conozcamos, pero que también es hijo de nuestro Padre Dios. Que seamos como el buen samaritano que se para junto al sufrimiento de otro hombre de cualquier género que sea; que se conmueve ante la desgracia del prójimo; que ofrece ayuda. Y en esa ayuda pone todo su corazón y no ahorra ni siquiera medios materiales.

El samaritano, cuando vio a ese hombre, sintió compasión. Se acercó, le vendó las heridas, poniendo sobre ellas un poco de aceite y de vino; luego lo cargó sobre su cabalgadura, lo llevó a un albergue y pagó el hospedaje por él… En definitiva, se hizo cargo de él: es el ejemplo del amor al prójimo. Quien experimenta la misericordia divina, se siente impulsado a ser artífice de misericordia entre los últimos y los pobres. En estos “hermanos más pequeños” Jesús nos espera; recibamos misericordia y demos misericordia.

Ante las necesidades del prójimo, no dudemos nunca de asumir una actitud constante de ayuda, servicio, amor, caridad con todos y, sobre todo, con los más necesitados y los que padecen mayor dolor, porque en ellos encontraremos a Cristo que sufre, a Cristo que pasó por la tierra haciendo el bien, y que se identifica tanto con los que sufren, que considera a Él mismo dirigidas todas las atenciones que se tienen con una persona doliente. Cuando nos acercamos con ternura a los que necesitan atención, llevamos la esperanza y la sonrisa de Dios en medio de las contradicciones del mundo. Cuando la entrega generosa hacia los demás se vuelve el estilo de nuestras acciones, damos espacio al Corazón de Cristo y el nuestro se inflama, ofreciendo así nuestra aportación a la llegada del Reino de Dios.

El primer mandamiento lleva consigo el reconocimiento de Dios como creador. Y por medio del Verbo se hizo todo, y sin Él no se hizo nada de lo que se ha hecho (Jn 1, 3). Esto lo expresa san Pablo en la Carta a los Colosenses: El cual es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda criatura, porque en él fueron creadas todas las cosas en los cielos y sobre la tierra, las visibles y las invisibles, ya sean los tronos o las dominaciones, ya los principados o las potestades. Todo ha sido creado por Él y para Él. Él es antes que todas las cosas y todas subsisten en Él (Col 1, 15-17). Aquí se afirma que el señorío de Cristo abarca al cosmos en todo su conjunto, como consecuencia de su acción creadora, ya que todo ha sido por Él. Por tanto, a Cristo le corresponde todo el honor, el poder y la gloria por siempre.

La Iglesia, iluminada por las palabras del Maestro, cree que el hombre, hecho a imagen del Creador, redimido con la sangre de Cristo y santificado por la presencia del Espíritu Santo, tiene como fin último de su vida ser alabanza de la gloria de Dios, haciendo así que cada una de sus acciones refleje su esplendor (San Juan Pablo II, Encíclica Veritatis splendor, n. 10). Alabar al Señor es el fin de la vida del hombre, la única razón de su existencia. La creación entera es un canto de alabanza a Dios. Y nuestra vida en la tierra, toda nuestra actividad, debe estar informada por esta suprema aspiración. Para que nuestra vida sea limpia y recta, canto enamorado a Dios que nos creó, tenemos que acudir a Jesucristo.

Él (Cristo) es también la cabeza del cuerpo, que es la Iglesia (Col 1, 18). Esta imagen muestra la relación de Cristo con la Iglesia, a la que envía su gracia generosamente para dar la vida a todos sus miembros. Con la gracia podemos vivir la Ley de Dios, venciendo las tentaciones.

La Iglesia está llamada a hacer que en el mundo resplandezca la luz de Cristo, reflejándola en sí misma como la luna refleja la luz del Sol. En la Iglesia se han cumplido las antiguas profecías referidas a la ciudad santa de Jerusalén, como la estupenda profecía de Isaías: ¡Levántate, brilla Jerusalén, que llega tu luz (…)! Caminarán los pueblos a tu luz; los reyes al resplandor de tu aurora (Is 60, 1-3). Esto lo deberán realizar los discípulos de Cristo; después de aprender de Él a vivir según el estilo de la Bienaventuranzas, deberán atraer a todos los hombres hacia Dios mediante el testimonio del amor: Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo (Mt 5, 16).

Además, la Iglesia nunca puede sentirse dispensada del ejercicio de la caridad como actividad organizada de los creyentes y, por otro lado, nunca habrá situaciones en las que no haga falta la caridad de cada cristiano individualmente, porque el hombre, más allá de la justicia, tiene y tendrá siempre necesidad de amor (Benedicto XVI, Encíclica Deus caritas est). El verdadero amor se traduce en gestos que no excluyen a nadie, a ejemplo del buen samaritano, el cual, con gran apertura de espíritu, ayudó a un desconocido necesitado, al que encontró “por casualidad” a la vera del camino.

María Santísima, Madre de la Misericordia, ayudarnos a encarnar en la vida diaria la figura del buen samaritano.

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El cuarto Mandamiento

El cuarto Mandamiento

Exposición del caso:

La madre de Patricio ha estado siempre muy pendiente de su educación. Desde el primer momento ha procurado que no le faltara nada, tanto en lo material como en lo espiritual. Escogió para él el colegio que según sus referencias mejor cuidaba la formación humana y cristiana. Siempre ha estado pendiente de lo que hacían sus hijos y con quiénes salían. Se esforzaba más si cabe viendo que su marido, un prestigioso médico, estaba muy absorbido por su trabajo, de forma que apenas podía estar con su familia, y cuando lo estaba adoptaba una postura pasiva debido sobre todo al cansancio. De hecho, Patricio había dicho alguna vez que apenas conocía a su padre.

Un día, Patricio habla con su madre y le dice que ha decidido dedicar su vida por entero a Dios, y que lo comenta con ella antes de dar el paso por ser su madre. Ante la sorpresa de Patricio, su madre reacciona violentamente. Le dice que “ni lo piense”, y, gritando, que “quién le ha metido esas ideas en la cabeza”. Añade que tiene que obedecerla “porque es su madre”, que con 15 años es demasiado pequeño para pensar una cosa así, y que no puede tomar esa decisión “porque todavía no sabe nada de la vida”; “cuando seas mayor haces lo que te dé la gana, pero ahora ni hablar”. Patricio se queda desconcertado.

A partir de ese momento se suceden los acontecimientos. Al cabo de pocos días, su madre traslada a Patricio de colegio, pasándole a uno con prestigio, pero en el que no se cuida nada la formación cristiana. Aprovecha el traslado para prohibir a su hijo que siga saliendo con sus anteriores amigos. Patricio va dándose cuenta que se han relajado prohibiciones anteriores: ya no le importa a su madre que el fin de semana vuelva tarde por la noche a casa, y poco -o por lo menos, menos que antes- lo que pueda ver por la televisión. Cuando llega el verano, la envía al extranjero para aprender idiomas, y se encuentra con que el sitio es un internado mixto donde el ambiente moral es francamente bajo.

Pasado el desconcierto inicial, Patricio se enfada por esa reacción de su madre, pues le parece injustificada. Piensa que eso le pasa por portarse bien y contarle las cosas. Se dice a sí mismo que su vida es suya, y se distancia de su madre. Cada vez que ésta le dice algo, Patricio le lleva la contraria, y si le pide o le manda algo, discute y grita. Se da incluso el caso, con los ánimos encrespados, de llamar a su madre “imbécil” y alguna otra cosa peor sonante.

Andando un día por la calle, Patricio se encuentra con uno de sus antiguos amigos, y le cuenta todo lo que ha pasado. En ese momento, se da cuenta de algo que no había detectado antes: cuando más furioso y díscolo estaba con su madre, antes acababa cediendo en lo que ella quería, y peor se portaba, dejándose llevar en la práctica por sus planteamientos. Ve con cierta envidia a su amigo, contento, como siempre, a diferencia de él, que -entonces lo percibe con claridad- se está echando a perder. Debe cambiar su conducta, aunque en principio no tiene claro cómo. De momento, al menos, decide dos cosas: serenarse y volver a hablar con su amigo para que le ayude a salir de esa situación, pues él solo se siente incapaz.

Preguntas que se formulan:

-¿Cumplía bien el padre de Patricio con sus deberes familiares? ¿Por qué? ¿Es justificable su conducta? ¿Hacía bien su madre en redoblar sus esfuerzos tratando de suplirle, o debería más bien esforzarse en implicarle en esos asuntos?

-¿Tiene algún límite la obediencia a los padres? ¿Tenía Patricio que obedecer a su madre respecto de su decisión? ¿Por qué? ¿Es correcto decir que cuando sea mayor puede “hacer lo que le dé la gana”? Si es así, ¿cuándo se puede decir que “se es mayor”? ¿Cómo juzgas los argumentos que su madre da a Patricio? ¿Por qué crees que reacciona así?

-¿Cómo valoras moralmente el comportamiento de la madre? ¿Comete algún pecado grave? ¿Son pecados sólo contra el 4º mandamiento, o también contra algún otro? ¿Cómo juzgas moralmente cada una de las medidas que toma?

-¿Cómo valoras moralmente el comportamiento de Patricio? ¿Comete algún pecado comportándose así con su madre? ¿Está justificada su reacción por la conducta de su madre?

-¿Cuál es el motivo de que cuando más furioso y díscolo está Patricio, antes acaba cediendo? ¿Hace bien comentando su situación con su amigo? ¿Y citándose con él a pesar de la prohibición materna? ¿Por qué? ¿Qué aconsejarías a Patricio?

Bibliografía

Vid. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 532-534, 902, 2196-2206, 2214-2233.

Comentario:

El cuarto mandamiento se suele formular como “honrarás a tu padre y a tu madre”. Pero se refiere a esa cualificación que, por la peculiaridad de la relación, tiene la caridad con el prójimo. Hay que querer a todo el mundo, pero con algunas personas hay vínculos especiales que cualifican esa caridad. Y entre estos vínculos destaca el parentesco. Y en éste destaca, aparte de la relación entre esposos, la relación padres-hijos. Por eso, el mandamiento se refiere por igual a hijos como a padres. Pero “por igual” no significa que los deberes de cada uno sean idénticos, pues la posición de cada cual es distinta. Y de esta posición derivarán los deberes específicos.

El deber absoluto, tanto de unos como de otros, es quererse. Y quererse de manera especial, pues especial es su relación. Pero este quererse tiene matices distintos en cada caso.

En el caso de los hijos, querer a los padres en cuanto tales lleva a honrarles. Se lo deben tanto por la posición que ocupan -la de hijos- como por el agradecimiento que les deben: han recibido de ellos la vida, y después los cuidados tanto materiales como espirituales, si éste es el caso. Por eso faltar al respeto está mal -es un pecado-, sin que pueda servir de excusa el convencimiento de que tienen razón. No hay por qué expresar ese convencimiento irrespetuosamente, ni menos aún de modo insultante. Por eso es fácil deducir que el comportamiento final de Patricio no es precisamente ejemplar.

En el caso de los padres, hay que entender bien qué significa querer a los hijos. Dice el refrán que hay cariños que matan. Y es verdad, porque hay cariños que, bajo las mejores apariencias, esconden una buena dosis de egoísmo. Los padres deben distinguir bien el querer el bien de los hijos del quererlos para ellos. Los hijos no son propiedad de sus padres, ni de pequeños ni de grandes. No pueden por tanto pretender que configuren su vida según el gusto de sus padres. En la medida en que los hijos tengan la responsabilidad suficiente, corresponde a ellos decidir sobre sus vidas: qué estudios van a elegir, dónde pretenden trabajar, con quién se piensan casar…, o si no se piensan casar, no por irresponsables, sino por lo contrario: porque responsablemente han escogido seguir a Dios por otro camino. El que “se les vaya” el hijo es, tarde o temprano, lo natural, lo que debe ser. Y ese “les” indica un sentido de propiedad inaceptable: no pueden pretender “conservarles”. Educar es precisamente enseñar a los hijos a valerse por sí mismos. Y, conforme lo aprenden, eligen por sí mismos…, y se van. Educar, en el fondo, es preparar a los hijos precisamente para que se vayan. Lo cual no implica, ni puede entenderse así, que se les quiera menos. Bien entendido, debe ser al revés: poderse ir debe dejar en el hijo el profundo agradecimiento de que ello ha sido posible por la educación que ha recibido de sus padres; y, en los padres, debe dejar la satisfacción del deber cumplido, aunque resulte costosa la separación física.

¿Podría decirse que, en este caso, la madre de Patricio piensa honradamente que todavía no tiene responsabilidad para una decisión de este calibre? Podría pensarlo así, pero los hechos demuestran que no es honradamente. Si pensara que todo el problema es lo prematuro de la decisión, sencillamente pediría a su hijo que esperase, y no hubiera hecho todo lo que estaba de su parte para impedir en el futuro esa decisión. Sería ingenuo engañarse: si Patricio mantuviera su decisión a los 18 años, tampoco se hubiera conformado.

¿Pero no era la señora una buena cristiana, al menos al principio? Parece que sí, pero algo fallaba… Parece que sí lo era, pero siempre y cuando le salieran bien las cosas, o sea, más o menos a su gusto. Y cuando ese amor a Dios se pone a prueba, se viene abajo. Y la prueba lo que prueba es la autenticidad del amor. Su conducta posterior pone de manifiesto que, si bien puede que “amara a Dios”, desde luego no lo hacía “sobre todas las cosas”. Y, tarde o temprano, de una manera o de otra, Dios pide a las personas que muestren que su amor hacia Él, y por tanto la obediencia a sus planes, es sobre todas las cosas, incluidos los planes para la propia vida… o para la de los hijos.

Lo dicho hasta ahora proporciona los fundamentos para calibrar las obligaciones “relativas”. Las llamamos así porque normalmente no son permanentes, no duran toda la vida, y no tienen siempre el mismo alcance. Por parte de los padres, se trata de la manutención y educación. El que vayan dirigidas en último término a que los hijos sean capaces de valerse por sí mismos ya indica su alcance: mientras y en la medida en que necesitan de ello. Hablamos de manutención y educación: el ser humano no es pura materia, y no necesita sólo atención material. Por eso es erróneo pensar que los padres cumplen su misión cuando “les dan de todo”, si ese “todo” no pasa de ser material…, o incluso cuando incluye un buen colegio. Los padres necesitan del colegio para completar su labor educativa, pero no pueden sentirse “liberados” de la responsabilidad de educar por ello: esa responsabilidad es indelegable, no pueden abdicar de ella. Y, obviamente, cuando hablamos de “los padres” nos referimos a dos: el padre y la madre. Ninguno puede faltar, ni por tanto dejar completamente esa responsabilidad en manos del otro. Por eso, aun comprendiendo que seguramente estaría ocupadísimo -y la profesión elegida en el caso se presta a ello-, puede deducirse que el padre de Patricio incumple gravemente su deber como padre. No cabe pensar que ya cumple su parte con llevar a casa una buena cantidad de dinero todos los meses, y pagar un buen colegio.

Cuando los padres son cristianos, tienen además el deber de educar a sus hijos en la fe. Es su obligación como padres, y es asimismo misión que les encomienda la Iglesia. Es una obligación muy grave, y por tanto grave su incumplimiento por parte de la madre de Patricio a partir del suceso descrito. Porque a partir de ese momento, hace exactamente lo contrario de lo que debería hacer. Es incluso un grave escándalo, porque lo que hace es favorecer en su hijo el pecado, sea en relación a la fe como a la pureza.

La correspondencia de los hijos a esta atención de sus padres es la obediencia. La obediencia está en relación con la dependencia. Por eso, por un lado, no puede hacerse depender de una edad concreta. Así, por ejemplo, no puede un hijo considerar que está eximido de respetar el horario o las normas de convivencia de la casa de sus padres por el hecho de tener la mayoría de edad legal. ¿Por qué? Pues precisamente porque la casa en la que vive es la de sus padres, no la suya propia. Pero no cabe pensar que hay un deber propiamente de obediencia en asuntos que pertenecen a la decisión responsable sobre la vida propia. Y menos aún cuando está Dios por medio: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5, 29).

Lo narrado en el caso muestra el deterioro que produce el pecado, que, si no se endereza, lleva a nuevos pecados. Se aprecia en el comportamiento de la madre. Es también la explicación a lo que detecta Patricio: cede cuando se porta peor, porque es entonces cuando más vulnerable es al mal. Por fortuna, la formación que ha recibido no cae en saco roto -nunca lo hace-, y le permite darse cuenta y empezar a reaccionar. Es entonces cuando más se pone de relieve el valor de una buena amistad, de una amistad fiel. Fiel a Dios y a esa amistad.

Homilía del décimo cuarto domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

Designó el Señor a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos delante de sí, a todas las ciudades y sitios a donde él había de ir (Lc 10, 1). Entre los que seguían al Señor y habían sido llamados por Él, además de los doce apóstoles, había numerosos discípulos, los nombres de la mayoría son desconocidos; sin embargo, entre ellos se contaban con toda seguridad aquellos que estuvieron con Jesús desde el bautismo de Juan hasta la Ascensión del Señor: por ejemplo, José llamado Barsabas, y Matías. De modo semejante podemos incluir a Cleofás y su compañero, a quienes Cristo resucitado se les apareció en el camino de de Emaús. De entre todos aquellos discípulos, el Señor elige setenta y dos para una misión concreta. Les exige, lo mismo que a los Apóstoles, total desprendimiento y abandono completo en la Providencia divina.

Comenta el papa Francisco este versículo evangélico: Jesús no es un misionero aislado, no quiere realizar su misión solo, sino que implica a sus discípulos. Les manda a las aldeas, de dos en dos, a anunciar que el Reino de Dios está cerca. ¡Esto es muy hermoso! Jesús no quiere obrar solo, vino a traer al mundo el amor de Dios y quiere difundirlo con el estilo de la comunión, con el estilo de la fraternidad. Por ello forma una comunidad de discípulos, que es una comunidad misionera. Inmediatamente los entrena para la misión, para ir. La finalidad es anunciar el Reino de Dios, ¡y esto es urgente! También hoy es urgente.

Y también hoy Cristo llama y envía. Cada cristiano debe cumplir la misión que le haya sido encomendada por Dios. Podemos establecer un paralelismo entre los Apóstoles y los setenta y dos discípulos con los ministros sagrados de la Iglesia y los laicos. Todos son enviados por el Señor, pero con funciones distintas. La Iglesia, en nombre del Señor, ruega encarecidamente a todos los laicos que respondan gustosamente, con generosidad y prontitud de ánimo, a la voz de Cristo que en esta hora los invita con mayor insistencia, y a los impulsos del Espíritu Santo (Concilio Vaticano II, Decreto Apostolicam actuositatem). Que sientan que es el propio Señor quien les invita a estar más unidos con Él y que se asocien a su misión salvadora. En los comienzos del tercer milenio del cristianismo, Cristo Jesús de nuevo envía a sus discípulos´-el nombre de cristiano significa discípulo de Cristo- a todas las ciudades y lugares para anunciar el Reino de Dios.

Hoy, en este envío de Jesús, están presentes los escenarios y los desafíos siempre nuevos de la misión evangelizadora de la Iglesia, y todos somos llamados a esta nueva “salida” misionera. Si la Iglesia es misionera por su naturaleza, la vocación cristiana nace necesariamente dentro de una experiencia de misión.

Para difundir el Evangelio por toda la redondez de la tierra, Dios cuenta con nosotros. Como los Apóstoles, también los cristianos del siglo XXI encontraremos dificultades en la difusión de la Palabra. Ya nos avisó Jesucristo: Mirad que os mando como corderos en medio de lobos (Lc 10, 3). Pero no olvidemos que los primeros cristianos, a pesar de las persecuciones, convirtieron al cristianismo todo un imperio pagano. Igualmente, con nuestro apostolado, conseguiremos cambiar el ambiente laicista de la sociedad actual por una sociedad más humana, más cristiana y más de Dios.

Cristo quiere inculcar a sus discípulos la audacia apostólica; por eso dice “yo os envío”, a lo que comenta san Juan Crisóstomo: Esto basta para daros ánimo, esto basta para que tengáis confianza y no temáis a los que os atacan. La audacia de los Apóstoles y de los discípulos venía de la segura confianza de haber sido enviados por el mismo Dios: actuaban, como explicó el mismo san Pedro al los miembros del Sanedrín, en el nombre de Jesucristo Nazareno, pues no se ha dado a los hombres otro nombre debajo del cielo por el cual podemos salvarnos (Hch 4, 12).

Los Apóstoles eran personas sencillas, no eran escribas, doctores de la Ley, ni pertenecían a la clase sacerdotal. ¿Cómo pudieron, con sus limitaciones y combatidos por las autoridades, llenar Jerusalén con su enseñanza? ¿De dónde les venía la alegría y la valentía del anuncio, a pesar de los obstáculos y las violencias? Está claro que sólo puede explicar este hecho la presencia del Señor Resucitado con ellos y la acción del Espíritu Santo. Cuando una persona conoce verdaderamente a Jesucristo y cree en Él, experimenta su presencia en la vida y no puede dejar de comunicar esta experiencia (Papa Francisco).

Los setenta y dos volvieron muy contentos y le dijeron: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre” (Lc 10, 17). Aquellos discípulos, después de haber recorrido pueblos y aldeas enviados por Jesús, comprobaron la eficacia de su apostolado, de haber sido instrumentos en las manos de Dios para la difusión del Evangelio. De ahí su alegría. Evangelio significa buena noticia. Por eso, el mensaje evangélico es siempre una invitación a la alegría, algo que se recibe con gozo.

Viendo la alegría de los discípulos Jesús les dice: No estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están escritos en el Cielo (Lc 10, 20). Con estas palabras, el Señor corrige la actitud de los discípulos, haciéndoles ver que los verdaderos motivos de la alegría están en la esperanza del Cielo, y no en el poder de hacer milagros que les había dado para esa misión –os he dado el poder de pisar sobre serpientes y escorpiones, y sobre todo poder del enemigo, y nada os podrá hacer daño (Lc 10, 19)-. Más importante a los ojos de Dios que hacer milagros es cumplir en cada momento su Voluntad santísima. Además, no debemos gloriarnos como si fuésemos nosotros los protagonistas: el protagonista es uno solo, ¡es el Señor! Adoptemos la actitud de san Pablo: (14) Lejos de mí gloriarme sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo (Ga 6, 14)..

Al difundir el Evangelio, los cristianos somos sembradores de paz y de alegría. Deber de cada cristiano es llevar la paz y la felicidad por los distintos ambientes de la tierra, en una cruzada de reciedumbre y de alegría, que remueva los corazones mustios y podridos, y los levante hacia Él (San Josemaría Escrivá). Esa paz y esa alegría sólo se pueden encontrar en Cristo. Por eso el cristianismo es alegría. Y nada puede producir mayor satisfacción que llevar tantas almas a la luz y al calor de Cristo.

La misión de llevar la luz a todas las naciones, indicando a los hombres el verdadero camino. “Id a Belén, allí nació Cristo; id a Nazaret, allí pasó los treinta años de su vida oculta; deteneos en las riberas del lago de Galilea y en tantos lugares de Tierra Santa, donde Él enseñó y realizó milagros, dando signos de su poder divino; y, sobre todo, id a Jerusalén, donde fue crucificado para quitar los pecados del mundo y revelarse como Redentor del hombre, id a Jerusalén, donde resucitó al tercer día, manifestando el poder de vida que hay en Él, vida que es más fuerte que la muerte física y espiritual” (San Juan Pablo II).

Hay personas que para encontrar la felicidad emprenden caminos distintos al que conduce a Dios. Y fracasan en su búsqueda. Sólo encuentran infelicidad y tristeza. La experiencia de todos los que, de una forma u otra, volvieron la cara hacia otro lado (donde no estaba Dios), ha sido siempre la misma: han comprobado que lejos de Dios no hay alegría verdadera. Sólo los que aceptan el Evangelio pueden realizar la maravillosa tarea de salpicar de alegría a las personas con las que se relacionan. La paz y la misericordia de Dios vengan sobre todos los que se ajustan a esta norma (Ga 6, 16).

La alegría es compatible con la contradicción, con el sufrimiento, con el dolor, que es donde se prueba el amor. Dios es un Padre lleno de ternura que acoge, ayuda y perdona. Por eso, a quien permanece unido a Dios, que es la alegría de su vida, nada le causa tristeza.

El profeta Isaías también habla de alegría, nos invita al gozo. ¡Alegraos con Jerusalén y regocijaos por ella cuantos la amáis; exultad de gozo con ella cuantos le hacíais duelo! (Is 66, 10). Y el motivo de esta alegría es Dios. Lo veréis y se alegrará vuestro corazón (Is 66, 14). Un Dios lleno de bondad y solicitud amorosa para todos sus hijos. Esta ternura paternal de Dios puede ser expresada también mediante la imagen de la maternidad, como hace Isaías: Como alguien a quien su madre consuela, así Yo os consolaré (Is 66, 13). Cuando designamos a Dios con el nombre de “Padre” es para indicar que Dios es origen primero de todo y autoridad transcendente, pero conviene recordar que Dios transciende la distinción humana de los sexos. No es hombre ni mujer. Transciende también la paternidad y la maternidad humana, aunque sea su origen y medida.

Cristo envía a sus discípulos para la misión de anunciar el Reino de Dios. Pero antes de que estos partieran, les da unas instrucciones. Lo primero que les dice es que se necesitan más obreros en la viña del Señor con estas palabras: La mies es mucha, y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies (Lc 10, 2). También en nuestros días se necesitan apóstoles. Y por eso san Juan Pablo II les decía a los jóvenes -porvenir del mundo y esperanza de la Iglesia-: Cada generación necesita nuevos apóstoles. Es aquí donde surge una misión especial para vosotros. Sois los primeros apóstoles y evangelizadores del mundo juvenil, atormentado, hoy, por tantos retos y amenazas. Ante todo vosotros podéis serlo y nadie os puede reemplazar en vuestro ambiente de estudio, de trabajo y de recreo. Son muchos vuestros coetáneos que no conocen a Cristo, o no lo conocen lo suficiente. Por consiguiente, no podéis permanecer callados o indiferentes. Debéis tener el valor de hablar de Cristo, de dar testimonio de vuestra fe a través de vuestro estilo de vida inspirado en el Evangelio. San Pablo escribe: “¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!” Cristo confía en vosotros y cuenta con vuestra colaboración. ¡Cristo tiene necesidad de vosotros! ¡Responded a su llamamiento con el valor y el entusiasmo característicos de vuestra edad!

Una de las recomendaciones que Jesucristo da a los setenta y dos discípulos es ésta: En la casa en que entréis, decid primero: Paz a esta casa. Y si hubiere allí un hijo de paz, vuestra paz reposará sobre él; si no, se volverá a vosotros (Lc 10, 5-6). “Hijo de paz” es todo hombre que está dispuesto a recibir la doctrina del Evangelio que trae la paz de Dios. La recomendación del Señor a los discípulos de que anuncien la paz ha de ser una constante en toda acción apostólica de los cristianos: El apostolado cristiano no es un programa político, ni una alternativa cultural: supone la difusión del bien, el contagio del deseo de amar, una siembra concreta de paz y de alegría (Es Cristo que pasa, n. 124). El sentir la paz en nuestra alma y a nuestro alrededor es señal inequívoca de que Dios viene a nosotros, y un fruto del Espíritu Santo. Porque así dice el Señor: “Yo haré derivar hacia ella, como un río, la paz, como un torrente en crecida, las riquezas de las naciones” (Is 66, 12).

Cristo es nuestra paz. Él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa (Ef 2, 14). Si la paz es anhelo de todas las personas de buena voluntad, para los discípulos de Cristo es mandato permanente que compromete a todos; es misión exigente que los impulsa a anunciar y testimoniar “el evangelio de la paz”, proclamando que el reconocimiento de la plena verdad de Dios es condición previa e indispensable para la consolidación de la verdad de la paz.

A Santa María, Regina pacis, le pedimos que se acerque para todos el tiempo de la paz y de la libertad, el tiempo de la verdad, de la justicia y de la esperanza, que será solamente posible con el anuncio del Reino de Dios.

Homilía del décimo tercero domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

En el libro 1 Reyes se cuenta que Dios mandó a Elías a ungir a Eliseo como profeta sucesor suyo. Y después narra la vocación de Eliseo. Elías se marchó de allí y encontró a Eliseo, hijo de Safat, que estaba arando con doce yuntas de bueyes por delante; él estaba con la duodécima. Elías pasó junto a él y le echó el manto por encima. Él dejó los bueyes y corrió detrás de Elías diciendo: “Permíteme ir a besar a mi padre y a mi madre, y te seguiré”. Le respondió: “Vete y luego vuelva, porque ¿qué es lo que te hecho?” Aquél se dio la vuelta, tomó la yunta de bueyes y la sacrificó. Con los yugos de los bueyes coció la carne y la repartió a la gente para que comieran. Después se preparó y siguió a Elías poniéndose a su servicio (1 R 19, 19-21).

La respuesta de Eliseo a la llamada de Elías es ejemplar: deja todo y se pone al servicio del profeta. Así será también la respuesta de los apóstoles a Jesús y así habrá de ser la respuesta a la vocación cuando el Señor llama a una misión que exige dejarlo. En el pasaje bíblico vemos cómo el seguimiento a la vocación no está reñida con el cuarto mandamiento del Decálogo. Permíteme ir a besar a mi padre y a mi madre. Aunque el autor sagrado no dice nada, los padres de Eliseo no se opusieron a que su hijo siguiera al profeta Elías. Y después de haber cumplido un deber filial, Eliseo se hace discípulo de Elías.

Nunca unos padres cristianos han de obstaculizar la vocación divina de sus hijos, sea la que sea. Pueden, sí, dar su consejo prudente, facilitar el conocimiento de todas las circunstancias que consideren que hay que tener en cuenta, pero respetando absolutamente la libertad de las conciencias. Dios siempre llama en el momento apropiado. Si los padres se opusieran, correrían el riesgo de hacer un daño a veces irreparable, porque la tardanza y la resistencia pueden apagar la llama que ha encendido el Amor divino. Me gustaría gritar al oído de tantas y de tantos: no es sacrificio entregar los hijos al servicio de Dios: es honor y alegría (Surco, n. 22).

San Lucas relata en su evangelio que uno se acercó a Cristo y le dijo: “Te seguiré, Señor, pero primero permíteme despedirme de los de mi casa”. Jesús le dijo: “Nadie que pone su mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios” (Lc 9, 61-62). Aquí, en este pasaje evangélico, vemos que la llamada de Jesús es más apremiante que la de Elías. Y es que obedecer a la llamada del Señor supone radicalidad en la entrega. No se sabe si Jesús permitió a aquel que se despidiera de su familia, pero sí que le advirtió -quizás por si se echaba atrás en su decisión- de la necesidad del desprendimiento de las criaturas para estar totalmente al servicio del Reino de Dios.

Durante el tiempo que Eliseo está con Elías fue aprendiendo de éste, para que cuando Elías sea arrebatado al cielo, él se quede en Israel como profeta. Igualmente ocurre con los apóstoles. Estos aprenden del Divino Maestro. Después de la Ascensión, los apóstoles anunciarán la buena nueva a todas las gentes. Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y han palpado nuestras manos a propósito del Verbo de la vida (…) os lo anunciamos (1 Jn 1, 1.3).

Una de las cosas que aprendieron los apóstoles de Cristo es que el celo por las cosas de Dios no debe ser áspero ni violento. Cuenta san Lucas que Juan y Santiago, indignados por no ser bien recibidos en una aldea de samaritanos, piden a Jesús: Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma? (Lc 9, 54). A los hijos de Zebedeo, por el carácter impulsivo de ambos, se les llamó hijos del trueno. Bien se explica el apelativo por su reacción y deseo de venganza contra los samaritanos que no les recibieron bien. Pero los dos aprendieron de la mansedumbre del Maestro. Corregidos por el mismo Cristo por ese afán de venganza, asimilaron la enseñanza.

¿En cuántas ocasiones, al ver tantas injusticias, hemos dirigidos al cielo la misma petición que la de los hijos del trueno? Pero Cristo nos enseña que la virtud perfecta no guarda ningún deseo de venganza, y que donde está presente la verdadera caridad no tiene lugar la ira y, en fin, que la debilidad no debe ser tratada con dureza, sino que debe ser ayudada. La indignación debe estar lejos de las almas santas y el deseo de venganza lejos de las almas grandes (San Ambrosio).

Mientras iban de camino, uno le dijo: “Te seguiré adonde vayas”. Jesús le dijo: “Las zorras tienen sus guaridas y los pájaros del cielo sus nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar su cabeza” (Lc 9, 57-58). Una de las exigencias de la vida cristiana es vivir la virtud de la pobreza. Cristo fue pobre y, en más de una ocasión, hizo elogios de la pobreza. Vivimos en una sociedad de consumo. Hemos de estar vigilantes para nos apegarnos a los bienes materiales. Donde está vuestro corazón, allí está vuestro tesoro (Lc 12, 34). ¡Qué triste sería tener puesto el corazón en bienes caducos y no tenerlo puesto en Dios! Jesús nos advierte: No podéis servir a Dios y a las riquezas (Mt 6, 24). Nadie puede servir a dos señores.

Dios no condena las riquezas, ni a quien las posee legítimamente; sí condena, en cambio, el apego a las mismas y el poner en los bienes materiales toda la confianza. La Iglesia, en relación a los bienes temporales, enseña que el hombre, al usarlas, no debe tener las cosas exteriores que legítimamente posee como exclusivamente suyas, sino también como comunes, en el sentido de que no le aprovechen a él solamente, sino también a los demás (Concilio Vaticano II, Constitución Gaudium et spes, n. 69 ).

Ser cristiano no es tarea fácil ni cómoda: es necesaria la abnegación y poner el amor a Dios antes que nada. Si a pesar de vuestro esfuerzo personal por seguir a Cristo, alguna vez sois débiles no viviendo conforme a su ley de amor, a sus mandamientos, ¡no os desaniméis! ¡Cristo os sigue esperando! Él, Jesús, es el Buen Pastor que carga con la oveja perdida sobre sus hombros y la cuida con cariño para que sane (San Juan Pablo II).

San Damián de Molokai, al poco tiempo de estar con los leprosos, escribió: Comenzar no es difícil, la dificultad es perseverar. Y persevera aun reconociendo que le cuesta. La vista de mis queridos leprosos resulta repugnante… Un día, durante la Misa solemne estuve a punto de abandonar el altar para respirar aire puro; el recuerdo de Nuestro Señor al abrir la tumba de Lázaro me retuvo.

Buscar a Jesús personalmente con el ansia y el gozo de descubrir la verdad, da honda satisfacción interior y gran fuerza espiritual para poner en práctica después lo que Él exige, aunque cueste sacrificio.

¿Has descubierto ya a Cristo, que es la verdad? La verdad es la exigencia más profunda del espíritu humano. Los jóvenes, sobre todo, están sedientos de la verdad sobre Dios, el hombre, la vida y el mundo. Cristo es la palabra de verdad pronunciada por Dios mismo como respuesta a todos los interrogantes del corazón humano. Es El quien nos revela plenamente el misterio del hombre y del mundo (San Juan Pablo II, Mensaje a los jóvenes, 1989).

Si vosotros permanecéis en mi palabra, sois en verdad discípulos míos, conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres (Jn 8, 31-32). Y Jesucristo es la Verdad hecha Persona. Con qué fuerza decía san Juan Pablo II: La Verdad es Jesucristo. Amad la Verdad; vivid en la Verdad; llevad la Verdad al mundo; sed testigos de la Verdad; Jesús es la Verdad que salva; Él es la Verdad entera hacia la cual nos guiará el espíritu de la Verdad. ¡Busquemos la Verdad en Cristo, en su Iglesia!, pero seamos coherentes; amemos la Verdad, vivamos la Verdad, proclamemos la Verdad; ¡oh, Cristo! ¡Enséñanos la Verdad! ¡Sé para nosotros la única Verdad! (Discurso 19.VIII.1989).

Y al comienzo de su pontificado, Benedicto XVI decía: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida. Quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada -absolutamente nada- de lo que hace la vida libre, bella y grande. Sólo con la amistad con Jesús se experimenta lo que es bello y lo que nos libera. Cuanto más le amamos, cuanto más lo conocemos, tanto más crece nuestra verdadera libertad. Poniendo nuestra voluntad en las manos de Dios, nos da la verdadera libertad. Cristo es la Verdad que nos hace libres, que nos liberado del yugo del pecado.

Para esta libertad Cristo nos ha liberado. Manteneos, por eso, firmes, y no os dejéis sujetar de nuevo bajo el yugo de la servidumbre (Ga 5, 1). La libertad del cristiano es fruto de la obra redentora de Cristo. Para san Pablo, la libertad no significa libertinaje. Por eso escribe a los cristianos de Galacia: Fuisteis llamados a la libertad. Pero que esta libertad no sea pretexto para la carne, sino servíos unos a otros por amor. Porque la carne tiene deseos contrarios al espíritu, y el espíritu tiene deseos contrarios a la carne, porque ambos se oponen entre sí, de modo que no podéis hacer los que os gustaría (Ga 5, 13.17). Quien da satisfacción a la concupiscencia de la carne pierde la libertad, ya no puede hacer lo que le gustaría hacer.

La libertad quiere decir que el hombre es capaz de caminar hacia Dios, su verdadero y último fin. Se es libre cuando se es conducido por el espíritu de Dios. Por eso el Apóstol de los gentiles insiste: Caminad en el Espíritu (Ga 5, 16). Este Espíritu da fuerza al espíritu humano -el alma- para superar las inclinaciones de la carne, cuyas obras son la fornicación, la impureza, la lujuria (Ga 5, 19), que esclavizan al hombre. Por los pecados de la carne el hombre queda de tal manera sujeto a los caprichos de la pasión, que rebaja su dignidad racional a la de un simple bruto incapaz de dominar el instinto. Además, con estos pecados el hombre mancha y pervierte su propio cuerpo, reduciéndolo a simple instrumento de placer. Y, sobre todo, infringe un mandato positivo de Dios y frustra la voluntad divina que a todos llama a hacer de su cuerpo un templo del Espíritu Santo y un miembro vivo del Cuerpo Místico de Cristo.

En los momentos en que nos asalte la duda, la dificultad, el desconsuelo, que acudamos rápidamente a Santa María, que es para nosotros consolación y paz. La Madre de Dios nos pide nuestro sí. Nos pide la entrega radical a Cristo. Nos pide que nos atrevamos a seguirle poniendo nuestras vidas en las manos de Dios, para que nos convirtamos en instrumentos de un mundo mejor que éste en que vivimos. La Virgen espera de nosotros que respondamos generosamente a la llamada de su Hijo si Él nos lo pide todo.

Homilía de la Solemnidad de San Pedro y de San Pablo. (Año 2019)

Llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?” (Mt 16, 13). Con toda sencillez, los Apóstoles dicen a Jesús lo que han oído de la gente: Ellos dijeron: “Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas” (Mt 16, 14). Todos los que seguían al Señor lo tenían como profeta, pero nadie dijo que fuera el Mesías esperado.

Si hoy día preguntáramos: ¿Quién es Jesús de Nazaret?, quizás -y sin quizás- nos daríamos cuenta del desconocimiento que hay de Cristo. Algunos contestarían: Un desconocido; otros: Un hombre del pasado; hay quien diría: Un revolucionario; algún intelectual es posible que respondiera diciendo: Un pensador; no faltarían los que dijeran: Un político.

Todas estas respuestas no son verdaderas. ¿Un desconocido? No, porque quien quiera puede conocer su vida, y sus enseñanzas las encontrará en las páginas del Evangelio. ¿Un hombre del pasado? Tampoco, porque Cristo vive. Es siempre actual. Su mensaje está dirigido a todos los hombres de todas las épocas. Su palabra, por ser divina, es eterna. Jesucristo es el mismo ayer y hoy y por los siglos (Hb 13, 8). ¿Un revolucionario? No, porque vino a predicar la caridad, el amor fraterno entre todos los hombres. Dio cumplimiento a la Ley. No utilizó medios violentos. Aceptó la situación política de su país. Bien claro dijo: Dad a Dios lo que es de Dios, y al César, lo que es del César (Mt 22, 21). ¿Un político? Rotundamente no. Cuando quisieron hacerle rey después del milagro de la multiplicación de los panes, Él rehusó, se alejó de aquel lugar para evitar una proclamación ajena a su verdadera misión. Su misión no era libertar a su pueblo del poder romano, sino la de salvar al hombre. Por eso no acepta la posición de quienes mezclaban las cosas de Dios con actitudes meramente políticas. En su diálogo con Poncio Pilato explicó que su Reino no es de este mundo (Jn 18, 36). ¿Un pensador? Según el Diccionario de la Lengua Española, pensador es la persona que se dedica a estudios muy elevados y profundiza mucho en ellos. Por tanto, la respuesta es también negativa. No aparece en los Evangelios que Cristo se dedicara a esos estudios.

Si no es político, ni pensador, ni revolucionario… ¿Es acaso el fundador de otra nueva religión? La respuesta es sí, pero con un matiz. Sí fundó la Iglesia. No una nueva religión sin más, sino la única verdadera, la auténtica, la querida por Dios: la Religión Católica. En el Evangelio se ve como el Señor va dando distintos pasos a lo largo de su vida pública hasta llevar a cabo la fundación de la Iglesia.

Volvamos a la escena evangélica de Cesarea de Filipo. Después de oír las respuestas dadas por sus discípulos, el Señor les dijo: “Y vosotros ¿quién decís que soy yo?” Simón Pedro contestó: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 15-16). El Señor no pide a los Apóstoles una opinión, más o menos favorable, sino la firmeza de la fe. Esta pregunta del Señor es la más importante, con la que Jesús se dirige directamente a aquellos que lo han seguido, para verificar su fe. San Pedro, en nombre de todos, exclama con naturalidad: Tú eres el Cristo, manifestando la fe en su Maestro. Dentro de la sencillez del relato queda claro el papel de Pedro: se adelanta a todos los demás afirmando la mesianidad de Jesús.

Con el apóstol Pedro, también nosotros confesamos que Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios, el Mesías. Jesucristo es el Hijo de Dios hecho hombre, Dios mismo, el Salvador del mundo. Cristo es el Hijo de Dios, que os descubre el rostro amoroso del Padre. Él es el maestro, el único cuyas enseñanzas no pasan, el único que os enseña con autoridad. Él es el amigo que dice a sus discípulos: “No deseo llamaros siervos… porque os he llamado amigos” (Jn 15, 15). Y demuestra su amistad entregando su vida por nosotros (San Juan Pablo II).

“Cristo” significa ungido y es nombre de honor y de oficio. En la Antigua Ley se ungía a los sacerdotes y a los reyes, a quienes había mandado Dios que se ungiesepor la dignidad de su cargo; también hubo costumbre de ungir a los profetas en cuanto eran intérpretes e intermediarios de Dios. Pero al venir al mundo Jesucristo, nuestro Salvador, recibió el estado y las obligaciones de los tres oficios de sacerdote, rey y profeta, y por esta causa fue llamado Cristo (Catecismo Romano, I, 3,7).

Jesús queda impresionado con la fe de Pedro, reconoce que ésta es fruto de una gracia especial de Dios Padre. Por eso le dijo: “Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos” (Mt 16, 13-19). Aquí se ve con claridad la intención Cristo de establecer un Primado en la Iglesia

Desde la primera vez que vio a Simón, el Señor le dio un nuevo nombre: “Pedro”, que en la lengua de Jesús suena Kefa, una palabra que significa “roca”.Y sobre esta roca Cristo edifica su Iglesia. A veces se ha comparado a la Iglesia a una barca sacudida por el oleaje y los vendavales de la historia; pero en esa barca es Jesucristo quien lleva el timón, y así conduce a los creyentes al puerto seguro de la nueva vida. Tenemos la seguridad de que la barca de Pedro no se hundirá. Cristo está dentro de la barca, vive en la Iglesia, y por eso las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Todo lo demás, todo lo humano pasa; pero la Iglesia permanece siempre idéntica a sí misma, como Cristo la quiso. Cristo está presente, y la barca no se puede hundir, aunque, a veces, se vea zarandeada de un lado para otro. Esta asistencia divina es lo que hace inquebrantable nuestra fe en la Iglesia, frente a todas las contingencias humanas, en medio de todas las tempestades.

Jesús promete a Simón Pedro el Primado sobre toda la Iglesia. Promesa que tiene su cumplimiento después de la Resurrección del Señor. Al conferirle el Primado, son dados poderes supremos a san Pedro para el bien de la Iglesia. Como ésta ha de durar hasta el fin de los tiempos, esos poderes se transmitirán a aquellos que sucedan al Príncipe de los Apóstoles a lo largo de la historia.

¿Quiénes son los sucesores de san Pedro? Todos los que sucesivamente han sido obispo de Roma, es decir, los papas. ¿Cuál es la misión del Papa en la Iglesia? La respuesta viene del Magisterio de la Iglesia: El Papa, Obispo de Roma y sucesor de san Pedro, es el perpetuo y visible principio y fundamento de la unidad de la Iglesia. Es el Vicario de Cristo, cabeza del colegio de los obispos y pastor de toda la Iglesia, sobre la que tiene, por institución divina, la potestad plena, suprema, inmediata y universal (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica).

Los sucesores del Príncipe de los Apóstoles, los Papas, son en primer lugar Obispo de Roma y, por tanto gozan del Primado de jurisdicción sobre toda la Iglesia. El Papa es la Cabeza visible de la única verdadera Iglesia que ha recibido de Cristo todos los medios de salvación: la fe y los sacramentos. Pero su misión es la de servir, como indica el título más usado por los papas desde san Gregorio I Magno: Servus servorum Dei, Siervo de los siervos de Dios. Es el Buen Pastor que guía a las ovejas del rebaño de Cristo hacia los anchos pastos, en verdes praderas.

Todos los católicos hemos de ir cum Petro, unidos al Papa, porque sin unión con el Vicario de Cristo, no puede haber, para un católico, unión con Cristo (San Josemaría Escrivá). Nuestro amor a la Iglesia nos lleva a identificarnos con el Vicario de Cristo.

Rezar por la persona del Papa es uno de los más gratos deberes de caridad que tenemos los cristianos. Y es algo que siempre se ha vivido en la Iglesia. En los Hechos de los Apóstoles se narran las primeras persecuciones contra los cristianos. Por aquel tiempo el rey Herodes echó mano a algunos de la Iglesia para maltratarlos. Hizo morir por la espada a Santiago, el hermano de Juan. Al ver que esto les gustaba a los judíos, llegó también a prender a Pedro. Eran los días de los Azimos. Le apresó, pues, le encarceló y le confió a cuatro escuadras de cuatro soldados para que le custodiasen, con la intención de presentarle delante del pueblo después de la Pascua. Así pues, Pedro estaba custodiado en la cárcel, mientras la Iglesia oraba insistentemente por él a Dios (Hch 12, 1-5).

San Lucas, que recogió en su Evangelio las palabras de Cristo acerca de la oración perseverante, pone en los Hechos de los Apóstoles de manifiesto la eficacia que Dios concede a la oración de toda la comunidad cristiana en favor de Pedro. El Señor desea que sus designios providentes de salvar al que ha constituido Cabeza visible de su Iglesia para el bien de los fieles sean como una respuesta a los ruegos confiados de los cristianos.

El Señor asiste a Pedro mediante una acción poderosa de un ángel. Estando el Apóstol en la prisión encadenado y custodiado por soldados, y mientras dormía de pronto se presentó el Ángel del Señor y la celda se llenó de luz. Le dio el ángel a Pedro en el costado, le despertó y le dijo: “Levántate aprisa”. Y cayeron las cadenas de sus manos. Le dijo el ángel: “Cíñete y cálzate las sandalias”. Así lo hizo. Añadió: “Ponte el manto y sígueme”. Y salió siguiéndole. No acababa de darse cuenta de que era verdad cuanto hacía el ángel, sino que se figuraba ver una visión. Pasaron la primera y segunda guardia y llegaron a la puerta de hierro que daba a la ciudad. Esta se les abrió por sí misma. Salieron y anduvieron hasta el final de una calle. Y de pronto el ángel le dejó. Pedro volvió en sí y dijo: “Ahora me doy cuenta realmente de que el Señor ha enviado su ángel y me ha arrancado de las manos de Herodes” (Hch 12, 7-11). Este extraordinario acontecimiento manifiesta la solicitud del Cielo y el cuidado amoroso con el que Dios dirige y auxilia a quienes ha confiado una misión. No disminuirán sus trabajos pero verán por sí mismos que el señor vigila y protege sus pasos.

También san Pablo es objeto del auxilio divino. A Timoteo le escribe: Nadie me asistió en mi primera defensa, sino que todos me abandonaron; que no les sea tenido en cuenta. Pero el Señor me apoyó y me dio fuerzas para que, por mi medio, se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todos los gentiles. Y fui librado de la boca del león. El Señor me librará de toda obra mala y me salvará guardándome para su Reino celestial (2 Tm 4, 16-18). El Apóstol destaca el contraste entre el comportamiento de los hombres y el de Dios. Frente a las complicaciones que pudieran surgir por acompañar o defender a san Pablo, algunos de sus amigos, e incluso de sus íntimos, lo dejaron solo. En cambio Dios no lo abandonó. Cuando dice: El Señor me librará de todo mal, no se refiere a que Dios le librará del martirio, sino que expresa su confianza en que Dios le mantendrá firme en toda tentación, y finalmente le concederá la salvación en el Cielo.

La Iglesia celebra a san Pedro y a san Pablo el mismo día. Pedro fijó su sede en Roma por ser la capital del imperio: así sería más fácil y rápida la extensión por el mundo entero de la fe que llevaba en su corazón y en su alma, una fe capaz de remover las montañas. Desde entonces, la Iglesia, fundada por Cristo, es Romana. También Pablo vino a Roma. Los dos Apóstoles coincidieron en la Urbe, que de caput mundi, cabeza del mundo, se convirtió en caput Ecclesiae, cabeza de la Iglesia (Beato Álvaro del Portillo). Los dos apóstoles sufrieron el martirio en la Ciudad Eterna. La gloriosa herencia de Pedro y Pablo es una llamada a vivir las virtudes cristianas, de modo particular la fe y la caridad. La fe en Jesús: como Mesías e Hijo de Dios, que Pedro profesó primero y que Pablo anunció a la gente; y la caridad, que la Iglesia de Roma está llamada a servir con horizonte universal.

Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam!, es una jaculatoria que solía decir con frecuencia san Josemaría Escrivá. Que todos, bien unidos al Papa, vayamos a Jesús, por María.

Homilía de la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Ciclo C

En las tres lecturas de la liturgia de la Palabra de Misa de la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús se hace referencia, aunque sin nombrarla, a la misericordia de Dios. Tanto en el pasaje bíblico del Antiguo Testamento (del profeta Ezequiel) como en el texto evangélico aparece la figura del pastor que cuida de sus ovejas, y si una se ha perdido va en busca de ella. En la Carta del Apóstol se habla del amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado (Rm 5, 5). El amor del que habla san Pablo es, a la vez, el amor con que Dios nos ama, y el amor que Dios pone en nuestras almas para que le podamos amar. Y es que la fiesta del Sagrado Corazón es la fiesta del amor, pues el Corazón de Jesús es misericordioso, es la ternura de Dios. El Señor quiso mostrarnos su corazón como un corazón amante, un corazón que tanto nos ama. La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros (Rm 5, 8).

Dios es misericordioso. Creó al hombre y le ofreció su amistad. En el Paraíso reinaba la amistad entre Dios y el hombre. Cuando éste por desobediencia perdió esa amistad, Dios compasivo no abandonó a su criatura al poder de la muerte, sino que le prometió un futuro Redentor y ofreció de nuevo su amistad al género humano. Y la enemistad introducida por el pecado de Adán fue sustituida por la amistad que nos obtuvo Cristo con su muerte en la Cruz. La medida de la misericordia de Dios, de su amor por nosotros se pone de manifiesto en la reconciliación de que habla san Pablo: Si cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida! (Rm 5, 10). Esta reconciliación tuvo lugar en el Calvario, cuando Cristo murió en la Cruz. Allí, dando muerte en sí mismo a la enemistad, estableció la paz y nos reconcilió con Dios.

Cuando todavía estábamos sin fuerzas, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos. ¡Con cuánta más razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvos de la cólera! Y no solamente eso, sino que también nos gloriamos en Dios, por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido ahora la reconciliación (Rm 5, 6.10-11). La esperanza en Cristo Jesús no defrauda. En Él confiamos. ¡Cuántas veces hemos dicho la jaculatoria: Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío! Sabemos bien de quien nos fiamos. Tenemos la seguridad, la certeza que jamás quedaremos defraudados. Jesús permanece siempre fiel, no traiciona jamás. Aun cuando nos equivocamos, Él nos espera siempre para perdonarnos: es el rostro del Padre misericordioso. Esta fidelidad del Señor manifiesta la humildad de su corazón: Jesús no vino a conquistar a los hombres como los reyes y los poderosos de este mundo, sino que vino a ofrecer amor con mansedumbre y humildad (Papa Francisco). La fidelidad de Dios nos enseña a acoger la vida como acontecimiento de su amor.

Jesús, durante su vida, su agonía y su pasión nos ha conocido y amado a todos y a cada uno de nosotros: El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí (Ga 2, 20). Nos ha amado a todos con un corazón humano.

El Corazón de Jesús es el corazón que más ha amado y sigue amando a todos los hombres, también a los que lo traspasaron con la lanza. Un corazón traspasado por nuestros pecados y para nuestra salvación, es considerado como el principal indicador y símbolo… del amor con que el divino Redentor ama continuamente al eterno Padre y a todos los hombres (Pío XII, Encíclica Hauretis aquas). De este sacratísimo corazón brotó la fuerza del agua y de la sangre: los sacramentos del Bautismo y de la Eucaristía, en los que nos infunde y alimenta nuestra fe y nuestro amor a Dios y a nuestro prójimo.

La devoción al Corazón traspasado de Jesucristo fue muy común en la Edad Media. Más tarde, ya en la Edad Moderna, las apariciones a Santa Margarita María de Alacoque dieron un gran impulso a todo lo referente al Sagrado Corazón de Jesús. El mismo Jesucristo expresó su deseo a la santa de que instituyera la fiesta del Sagrado Corazón. He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres, y de los cuales es tan poco amado. Se trata, pues, de una fiesta de reparación al Amor que no es amado, reparación honrosa que glorifica los triunfos pacíficos de ese Amor eterno.

En el texto de Ezequiel, el profeta enseña que es Dios mismo quien se constituye en pastor para su pueblo. Así dice el Señor Dios: Aquí estoy yo; yo mismo cuidaré de mi rebaño y velaré por él (Ez 34, 11). Y es un pastor solícito de sus ovejas: les pasa revista una por una, las atiende y las cuida. Como un pastor vela por su rebaño cuando se encuentra en medio de sus ovejas dispersas, así velaré yo por mis ovejas. Las recobraré de todos los lugares donde se habían dispersado en día de nubes y brumas. Yo mismo apacentaré mis ovejas y yo las llevaré a reposar, oráculo del Señor Dios (Ez 34, 12.15). Es el buen pastor que busca la oveja perdida, hace volver a la descarriada, cura a la herida, conforta a la enferma (Ez 34, 16).

Este bello oráculo resuena en los labios de Jesucristo al exponer la alegoría del Buen Pastor que cuida de sus ovejas, al enseñar que se identifica con el Padre celestial en la alegría de encontrar a la oveja perdida. El pasaje evangélico es el de la parábola de la oveja perdida, narrada por relatada por san Lucas. ¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va a buscar la que se perdió hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, la pone contento sobre sus hombros; y llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos, y les dice: “Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido”.

En esta parábola Jesucristo graba su propia imagen, la imagen de Aquél que sigue la oveja perdida hasta las montañas y hasta los espinos y abrojos de los pecados de este mundo, dejándose herir por la corona de espinas de estos pecados, para tomar la oveja sobre sus hombros y llevarla a casa. Él lleva a cuestas la oveja perdida, enferma o débil, para conducirla al redil, a las aguas de la vida. Para los Padres de la Iglesia, la oveja perdida es la humanidad, que andaba descarriada por el desierto de la vida sin encontrar la senda hacia Dios. Pero el Hijo de Dios no consistió que ocurriera esto, y no abandonó a la humanidad a una situación tan miserable. El Verbo, descaminada la humanidad por el pecado, sale a su encuentro en la Encarnación. Se alzó en pie, abandonó la gloria del cielo, para ir en busca de la oveja e ir tras ella, incluso hasta la cruz. La puso sobre sus hombros, cargó con nuestra humanidad, nos lleva a nosotros mismos, pues Él es el buen pastor, que ofrece su vida por las ovejas. Al asumir la naturaleza humana, Él mismo cargó con nuestros pecados.

En los Santos Evangelios vemos cómo Jesús busca a las ovejas perdidas: la samaritana, Zaqueo, la mujer pecadora que le ungió con perfume… La conversión de estas ovejas produjo alegría en el Cielo. Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión (Lc 15, 7). No quieren decir estas palabras que el Señor no estime la perseverancia de los justos, sino que aquí destaca el gozo de Dios y de los bienaventurados ante el pecador que se convierte. Es una clara llamada al arrepentimiento y a no dudar nunca del perdón de Dios.

Y también vemos cómo el corazón de Nuestro Señor se compadece al ver a muchedumbres extenuadas y abandonadas como ovejas que no tienen pastor (Mt 9, 36). Jesús se conmovió al ver al pueblo, porque sus pastores -los dirigentes religiosos- en lugar de guiarlo y cuidarlo, lo descarriaban, comportándose más como lobos que como verdaderos pastores de su propio rebaño. Cristo ve en la situación de su tiempo cumplida una profecía de Ezequiel en la que Dios por medio del profeta, increpa a los malos pastores de Israel, en sustitución de los cuales enviará al Mesías. En Él se cumplen estas palabras: Las sacaré de en medio de los pueblos, las reuniré de los países, y las llevaré de nuevo a su suelo. Las pastorearé por los montes de Israel, por los barrancos y por todos los poblados de esta tierra. Las apacentaré en buenos pastos Su aprisco estará en los montes altos Israel. Allí reposarán en un aprisco bueno; y encontrarán abundantes pastos en los montes de Israel (Ez 34, 14-15).

En abierta oposición a los falsos pastores, Jesús se presenta como el verdadero y único Pastor del pueblo. Jesús nos dice: Yo conozco a mis ovejas. Es conocer una por una, con su nombre. Así nos conoce Dios: no nos conoce en grupo, sino uno a uno. Porque el amor no es un amor abstracto, o general para todos; es un amor por cada uno. Y así nos ama Dios. Dios se hace cercano por amor y camina con su pueblo. Y este caminar llega a un punto inimaginable: jamás se podría pensar que el Señor mismo se hace uno de nosotros y camina con nosotros, y permanece con nosotros, permanece en su Iglesia, se queda en la Eucaristía, se queda en su Palabra, se queda en los pobres y se queda con nosotros caminando. Ésta es la cercanía. El pastor cercano a su rebaño, a sus ovejas, a las que conoce una por una (Papa Francisco).

Nuestro Señor Jesucristo quiso que en su Iglesia -el nuevo Pueblo de Dios- hubiera pastores puestos por el Espíritu Santo para regir el Pueblo de Dios. Y estos pastores son los obispos y los sacerdotes. Un sacerdote, un pastor de almas debe preocuparse ante todo por los que creen y viven con la Iglesia, por los que buscan en ella el camino de la vida. Pero también debe salir siempre de nuevo “a los caminos y cercados” para llevar la invitación de Dios a su banquete también a los hombres que hasta ahora no han oído hablar para nada de Él o no han sido tocados interiormente por Él.

El verdadero pastor -no el mercenario- conoce a sus ovejas y ellas lo conocen a él. Su conocimiento debe ser siempre también un conocimiento de las ovejas con el corazón. Pero a esto sólo podemos llegar si el Señor ha abierto nuestro corazón, si nuestro conocimiento no vincula las personas a nuestro pequeño yo privado, a nuestro pequeño corazón, sino que, por el contrario, les hace sentir el corazón de Jesús, el corazón del Señor. Debe ser un conocimiento con el corazón de Jesús, un conocimiento orientado a Él, un conocimiento que no vincula la persona a mí, sino que la guía hacia Jesús, haciéndolo así libre y abierto (Benedicto XVI). Recemos por los pastores de la Iglesia, por todos los obispos -y de manera especial por el Obispo de Roma- y todos los sacerdotes para que tengan en su corazón los mismos sentimientos del Corazón de Jesús. Decía el beato Palafox: Que los buenos pastores han de ser más madres que Padres de sus feligreses, y en ningún caso Señores (Trompeta de Ezequiel).

El dulcísimo Corazón de María latió al unísono con el Corazón de su Hijo. Por eso le pedimos que nos consiga de Dios la misma gracia para cada uno de nosotros.

Homilía de la Solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista. Ciclo C

Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. No era él la luz, sino que debía dar testimonio de la luz (Jn 1, 6-8). Juan Bautista, el Precursor del Señor, aparece en un momento muy concreto de la Historia de la Salvación para dar testimonio de Jesucristo ante los hombres. Así dirá san Agustín: Porque el Verbo Encarnado era hombre y ocultaba su divinidad, le precedió un gran hombre con la misión de dar testimonio a favor del que era más que hombre.

Se puede decir que todo el Antiguo Testamento, desde los mismos orígenes de la humanidad, es una larga espera y una preparación para la venida de Nuestro Señor Jesucristo. Así los Patriarcas y Profetas anunciaron de diversas maneras la salvación que vendría por el Mesías. Pero Juan Bautista, el más grande nacido de mujer, pudo señalar con el dedo al propio Mesías, siendo el testimonio del Bautista la culminación de todas las profecías.

El hombre enviado por Dios llamado Juan viene a ser como la línea divisoria entre los dos testamentos, el Antiguo y el Nuevo. Comenta san Agustín: Porque personifica lo antiguo, nace de padres ancianos; porque personifica lo nuevo, es declarado profeta en el seno de su madre. Aún no ha nacido y, al venir la Virgen María, salta de gozo en las entrañas de su madre. Con ello queda ya señalada su misión, aún antes de nacer; queda demostrado de quién es precursor, antes de que él lo vea.

La misión de Juan Bautista como testigo de Jesucristo es tan importante que los Evangelios Sinópticos comienzan la narración del ministerio público de Jesús por ese testimonio del Precursor. Los discursos de san Pedro y los de san Pablo, recogidos en los Hechos de los Apóstoles, también aluden al testimonio del Bautista. El Evangelio según san Juan lo menciona siete veces. Sabemos, además, que el apóstol san Juan había sido discípulos de san Juan Bautista antes de serlo de Jesús, y que precisamente el Precursor del Señor fue quien lo había encaminado hacia Cristo.

Los escritos neotestamentarios enseñan la transcendencia de la misión de san Juan, al mismo tiempo que la clara conciencia de éste de no ser más que el Precursor inmediato del Mesías prometido; por eso insiste claramente en su papel de testigo del Señor y en su misión de preparar el camino al Mesías.

El evangelista san Lucas narra el nacimiento de san Juan Bautista. Antes hace referencia a la aparición del arcángel san Gabriel para anunciar a Zacarías que su mujer santa Isabel va a tener un hijo. Tanto Zacarías como santa Isabel eran personas santas. Es un ejemplo de matrimonio santo. Ambos se ayudarían en su vida de piedad. No tenían hijos pues santa Isabel era estéril. Cuando el ángel les comunicó que tendría un hijo, los dos eran ya de edad avanzada (Lc 1, 7).

Se le cumplió a Isabel el tiempo de dar a luz, y tuvo un hijo. Oyeron sus vecinos y parientes que el Señor le había hecho gran misericordia, y se congratulaban con ella (Lc 1, 57-58). La Iglesia celebra tres natividades: la de Jesucristo (25 de diciembre), la de Santa María (8 de septiembre) y la de san Juan Bautista (24 de junio). El nacimiento del Precursor está relatado en tercer Evangelio. ¿Por qué se celebra el nacimiento de Juan? Normalmente se celebra de los santos el dies natalis, es decir, el día del nacimiento a la vida eterna que tiene lugar en el momento de su muerte, pero no el de su nacimiento a esta vida terrena. Sin embargo, en la liturgia está la solemnidad de la Natividad de san Juan Bautista porque éste, aunque concebido en pecado -el pecado original- como los demás hombres, sin embargo nació sin él porque fue santificado en las entrañas de su madre santa Isabel ante la presencia de Jesucristo (entonces en el seno de María) y de la Santísima Virgen. Al recibir este beneficio divino san Juan manifiesta su alegría saltando de gozo en el seno materno.

San Juan Crisóstomo comenta este hecho: Ved qué nuevo y admirable es este misterio. Aún no ha salido del seno y ya habla mediante saltos; aún no se le permite clamar y ya se le escucha por los hechos; aún no ve la luz y ya indica cuál es el sol ; aún no ha nacido y ya se apresura a hacer de Precursor. Estando presente el Señor no puede contenerse ni soporta esperar los plazos de la naturaleza, sino que trata de romper la cárcel del seno materno y se cuida de dar testimonio de que el Salvador está a punto de llegar.

Al Bautista se le puede aplicar perfectamente estas palabras del profeta Isaías: El Señor desde el seno materno me llamó; desde las entrañas de mi madre recordó mi nombre (Is 49, 1). Y también las del libro de Jeremías: Antes de formarte en el vientre, te escogí; antes de que salieras del seno materno, te consagré: te nombré profeta de los gentiles (Jr 1, 5). Su nombre es Juan, que significa Yavé es favorable. También hay otros significados: El fiel a Dios, Dios es misericordioso o Dios ha perdonado.

Y sucedió que al octavo día fueron a circuncidar al niño, y querían ponerle el nombre de su padre, Zacarías, pero su madre, tomando la palabra, dijo: “No; se ha de llamar Juan”. Le decían: “No hay nadie en tu parentela que tenga ese nombre”. Y preguntaban por señas a su padre cómo quería que se le llamase. Él pidió una tablilla y escribió: “Juan es su nombre”. Y todos quedaron admirados (Lc 1, 59-63). Con la imposición del nombre de Juan se cumplió lo que había mandado Dios a Zacarías por medio del arcángel san Gabriel.

Por su incredulidad a lo que el ángel le dijo, Zacarías había quedado mudo. A pesar de saber que el anuncio de Gabriel venía de parte de Dios, no lo creyó posible al considerar solamente la incapacidad suya y de su mujer, olvidándose de la omnipotencia divina. El mismo arcángel explicará a la Virgen María, refiriéndose a la concepción del Bautista, que para Dios no hay nada imposible (Lc 1, 37). Cuando Dios pide nuestra colaboración en una empresa suya, hemos de contar más con su omnipotencia que con nuestras escasas fuerzas.

El castigo de la mudez acabó cuando escribió en la tablilla Juan es su nombre. Al punto se abrió su boca y su lengua, y hablaba bendiciendo a Dios (Lc 1, 64). En este hecho milagroso se cumplió exactamente lo que había profetizado el ángel a Zacarías, cuando el anuncio de la concepción y nacimiento del Bautista. Observa san Ambrosio: Con razón se soltó enseguida su lengua, porque la fe desató lo que había atado la incredulidad. Es un caso semejante al del apóstol santo Tomás, que se había resistido a creer en la Resurrección del Señor, y creyó después de las pruebas evidentes. Con estos dos hombres Dios hace el milagro y vence su incredulidad; pero ordinariamente Dios nos exige fe y obediencia sin realizar nuevos milagros. Por eso reprendió y castigó a Zacarías, y reprochó al apóstol santo Tomás: Porque me has visto has creído; bienaventurado los que sin haber visto han creído (Jn 20, 29).

En el relato de la circuncisión de Juan Bautista, san Lucas hace notar el asombro de los que lo presenciaron. Invadió el temor a todos sus vecinos, y en toda la montaña de Judea se comentaban todas estas cosas; todos los que las oían las grababan en su corazón, diciendo: “Pues ¿qué será este niño?” Porque, en efecto, la mano del Señor estaba con él (Lc 1, 65-66). Este niño había sido elegido por Dios para una misión, y a los que Dios elige para una misión los dispone y prepara de suerte que resulten idóneos para desempeñar la misión para la que fueron elegidos (Santo Tomás de Aquino).

¿Y cuál fue la misión de Juan? Responde a esta pregunta el papa Francisco: ¿Qué hizo Juan? Ante todo anunció al Señor. Anunció que estaba cerca el Salvador, el Señor; que estaba cerca el Reino de Dios. Un anuncio que él había realizado con fuerza: bautizaba y exhortaba a todos a convertirse. Juan era un hombre fuerte y anunciaba a Jesucristo: fue el profeta más cercano a Jesucristo. Tan cercano que precisamente él lo indicó a los demás. Cuando vio a Jesús, exclamó: “¡Es aquél!” Juan tenía mucha autoridad moral, mucha. Toda la gente iba él. El Evangelio dice que los escribas se acercaban para preguntarle: “¿Qué debemos hacer?” Lo mismo hacía el pueblo y los soldados. “¡Convertíos!” era la respuesta de Juan, y “no estaféis”.

Con sinceridad y valentía el Bautista predicaba las exigencias morales para recibir al Mesías. A todos -fariseos, publicanos, soldados- les pedía una profunda renovación interior, una conversión de corazón que les llevara a vivir las normas de la justicia y de la honradez. A veces empleó palabras fuertes hablando con crudeza, por ejemplo, cuando dijo a la muchedumbre: Raza de víboras, ¿quién os enseñó a huir de la ira venidera? (Lc 3, 7), por lo que se puede poner en su boca las palabras de Isaías: Hizo mi boca como espada afilada, en la sombra de su mano me escondió; hizo de mí como saeta aguda, y me guardó en su aljaba (Is 49, 2). Como el profeta, se sabe elegido por Dios desde el seno materno para siervo suyo, para hacer que Jacob vuelva a él, y que Israel se le una (Is 49, 5). Su misión es preparar el camino del Señor, la luz verdadera, que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (Jn 1, 9), el cual ha sido puesto para ser luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta los extremos de la tierra (Is 49, 6).

El Precursor del Señor existe para proclamar, para ser voz de una Palabra. La Palabra no es él, es otro. El misterio de Juan es que nunca se adueña de la Palabra. Es voz, no Palabra; luz, pero no propia. San Pablo, en la sinagoga de Antioquía de Pisidia, habla de la misión del Bautista: De la descendencia de éste (David), Dios, según la Promesa, ha suscitado para Israel un Salvador, Jesús. Juan predicó como precursor, ante su venida, un bautismo de conversión a todo el pueblo de Israel. Al final de su carrera, Juan decía: “Yo no soy el que vosotros os pensáis, sino mirad que viene detrás de mí aquel a quien no soy digno de desatar las sandalias de los pies” (Hch 13, 23-25).

Juan Bautista cumplió su misión. Jesucristo destacó con claridad su voluntad recia y su empeño en cumplir la misión que Dios le había encomendado. Su vida estuvo al servicio del plan salvífico de Dios, de la redención obrada por Cristo. Él preparó el camino del Señor, predicando la necesidad de hacer penitencia y anunciando que el Mesías ya había llegado. Mostró a sus discípulos al Cordero de Dios. Es el pregonero de la Salvación. Pero simple pregonero, simple voz que anuncia.

También a nosotros se nos pide esta tarea: Preparar el camino, anunciar a Cristo. No es tarea fácil, pero es lo que Dios nos pide y contamos con su ayuda. También debemos pedir a nuestros coetáneos un cambio de mentalidad y de costumbres a los hombres sumergidos en una sociedad descristianizada. Nos imaginamos a san Juan ir a contracorriente y a nosotros no nos queda otro remedio. Vemos como muchos semejantes nuestros viven como si Dios no existiera, una ausencia de lo trascendente en el horizonte de una gran mayoría de los seres humanos, una indiferencia religiosa, y lo que es peor, como se rechaza a Dios (en las leyes, familias, escuelas…) en nombre del bien de la humanidad. Y como Juan Bautista lo haremos nuestra tarea con humildad, valentía y espíritu de oración.

San Juan tuvo un breve tiempo de vida, un breve tiempo para anunciar la Palabra de Dios. Acabó mal, víctima de un hombre débil y lujurioso. Fue decapitado por orden del tetrarca de Galilea Herodes Antipas: el precio de un espectáculo para la corte en un banquete. Su cabeza acabó sobre una bandeja como gran regalo de una bailarina a una adúltera. En Juan está la imagen y la vocación de un discípulo. La fuente de esta actitud de discípulo ya se reconoce en el episodio evangélico de la visita de María a Isabel, cuando Juan saltó de alegría en el seno de su madre. Jesús y Juan, en efecto, eran primos y tal vez se encontraron después. Pero ese primer encuentro llenó de alegría, de mucha alegría, el corazón de Juan. Y lo transformó en discípulo, en el hombre que anuncia a Jesucristo, que no se pone en el lugar de Jesucristo y que sigue el camino de Jesucristo (Papa Francisco).

El Bautista cumplió su misión de anunciar al Señor. Cuando le preguntaron: ¿Tú quién eres? (Jn 1, 22), él respondió: Yo soy la voz que grita en el desierto (Jn 1, 23). San Juan era la voz; pero el Señor era la Palabra que en el principio ya existía (Jn 1, 1). El Precursor era una voz pasajera, Cristo la Palabra eterna desde el principio. Esa voz grita también hoy en los desiertos de la humanidad, que son -¿cuáles son los desiertos de hoy?- las mentes cerradas y los corazones duros, y nos hace preguntarnos si en realidad estamos en el buen camino, viviendo una vida según el Evangelio. Hoy, como entonces, nos advierte con las palabras del profeta Isaías: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos (Is 49, 4). Es una apremiante invitación a abrir el corazón y acoger la salvación que Dios nos ofrece incesantemente, casi con terquedad, porque nos quiere a todos libres de la esclavitud del pecado.

El pasaje evangélico de la circuncisión de san Juan acaba diciendo: El niño crecía y su espíritu se fortalecía; vivió en los desiertos hasta el día de su manifestación a Israel (Lc 1, 80). Pidamos a la Virgen María para cada uno de nosotros el crecimiento en la vida de piedad y el fortalecimiento del espíritu para que, como el Precursor del Señor, sepamos anunciar a Jesucristo a las personas que están en los desiertos de hoy. Y hay muchas formas de desierto: el desierto de la pobreza, el desierto del hambre y de la sed; el desierto del abandono, de la soledad, del amor quebrantado. Existe también el desierto de la oscuridad de Dios, del vacío de las almas que ya no tienen conciencia de la dignidad y del rumbo del hombre (Benedicto XVI). Pongámonos en camino como Cristo para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquél que nos da la vida, y la vida en plenitud.