Conferencias cuaresmales. Tema 16

La Resurrección del Señor

Los cuatro evangelistas narran el hecho de la Resurrección del Señor. Lo acontecido en aquella mañana del primer día de la semana es el tema principal de la predicación de los apóstoles: Y los apóstoles daban testimonio con gran fortaleza de la resurrección del Señor Jesús (Hch 4, 33). Si no fuera así, no tendría sentido nuestra fe: Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe es vana (1 Co 15, 17).

El 26 de marzo del año 2000, san Juan Pablo II celebró la Santa Misa en la Iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén. Al inicio de la homilía, el Santo Padre dijo: Aquí, en la Basílica del Santo Sepulcro, me arrodillo ante el lugar de su sepultura: “Ved el lugar donde le pusieron”. (…) La tumba está vacía. Es un testimonio silencioso del evento central de la historia humana: la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo.

Cristo vive. Ésta es la gran verdad que llena de contenido nuestra fe. Jesús, que murió en la cruz, ha resucitado, ha triunfado de la muerte, del poder de las tinieblas, del dolor y de la angustia (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 102). La Iglesia celebra con júbilo el triunfo de Cristo, su Resurrección, que es la prueba mayor de la divinidad de Nuestro Señor. La fe de los cristianos es la Resurrección de Cristo; esto es lo que tenemos por cosa grande: el creer que resucitó (San Agustín).

La Buena Nueva de la Resurrección nunca puede ser separada del misterio de la Cruz (…) La Resurrección de Jesús es el sello definitivo de todas las promesas de Dios, el lugar del nacimiento de una humanidad nueva y resucitada. (…) En el umbral de un nuevo milenio, los cristianos pueden y deben mirar al futuro con gran confianza en la potencia gloriosa del Resucitado de hacer nuevas todas las cosas (San Juan Pablo II, Homilía)

La Resurrección de Jesucristo es prenda de nuestra resurrección. Mas ahora Cristo ha resucitado de entre los muertos, como primicia de los que murieron. Puesto que por un hombre vino la muerte, también por un hombre la resurrección de los muertos (1 Co 15, 20-21). Y en la Carta de san Pablo a los filipenses leemos: Esperamos un Salvador, el Señor Jesucristo, que transformará el cuerpo de nuestra humillación, conforme a su cuerpo glorioso, según el poder que Él tiene de someter a Sí todas las cosas (Flp 3, 20-21).

Nuestra resurrección espiritual en Jesucristo: ¿O ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, sepultados juntamente con Él por medio del bautismo en orden a la muerte, para que como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminaremos en nueva vida (Rm 6, 3-4); Por consiguiente, si habéis resucitado con Cristo buscad las cosas de arriba donde Cristo está sentado a la diestra de Dios; pensad en lo de arriba no en las cosas de la tierra. Estáis muertos y vuestra vida permanece oculta con Cristo en Dios (Col 3, 1-3).

Por eso, fe en la resurrección del Señor, fe en que resucitaremos corporalmente un día. Fe también en esas resurrecciones espirituales después de nuestras caídas y miserias: todo lo puedo en Aquél que me conforta (Flp 4, 13). El bautismo ha puesto en nosotros el germen de la gracia, que -cuando la hemos perdido- recuperamos por la penitencia. Necesidad de continuas conversiones, para vivir vida sobrenatural.

Lo que de verdad me interesa es que Cristo haya resucitado, porque es el único hecho que me lleva a pensar que, si el poder de Dios se ejerció en Él, puedo yo tener la esperanza de que se ejerza también misericordiosamente en mí (Teresa Berganza).

San Mateo recoge en su evangelio estas palabras de Cristo: El que persevere hasta el fin, se salvará (Mt 10,22). Ahora le pedimos a Dios que nos ayude a perseverar en el camino emprendido. Y esta perseverancia supone recomenzar cada día. Que cada acto de contrición señale un nuevo paso. Comenzar es de todos; perseverar, de santos. Que tu perseverancia no sea consecuencia ciega del primer impulso, obra de la inercia: que sea una perseverancia reflexiva (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 983).

Confianza en Dios, porque el que ha empezado en vosotros la buena obra, la llevará a cabo hasta el día de Cristo Jesús (Flp 1, 6). Además: Pues yo os digo: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y os abrirán. Porque el que pide recibe; y el busca, halla, y al que llama, han de abrirle (Lc 11, 9-10). Seguiremos teniendo que luchar. Y avanzar paso a paso en el camino de nuestra santificación. Aunque me canse, aunque no pueda, aunque reviente, aunque me muera (Santa Teresa de Jesús).

San Damián de Molokai, más conocido como el Padre Damián, fue a Molakai, donde estaban los leprosos. Al poco tiempo de estar en aquel infierno de la tierra escribe: Comenzar no es difícil, la dificultad es perseverar. Y persevera aun conociendo que le cuesta. La vista de mis queridos leprosos resulta repugnante… Un día, durante la Misa solemne, estuve a punto de abandonar el altar para respirar aire puro; el recuerdo de Nuestro Señor al abrir la tumba de Lázaro me retuvo.

En el campamento de la IPS (milicia universitaria) se estudiaba las ordenanzas militares. Una de ellas era muy escueta: El Oficial que recibiere la orden de mantener su posición, a toda costa lo hará. Tampoco caben vacilaciones en los hombres de Dios.

Escribió un Padre de la Iglesia: Por una sola razón Dios quiere que los hombres le sirvan: porque, siendo bueno y misericordioso, desea llenar de bienes a quienes perseveran en su servicio. Dios no necesita de nadie, pero el hombre tiene necesidad de la comunión con Dios: perseverar y permanecer en el servicio divino (San Ireneo de Lyon).

Enemigo de la perseverancia: el desaliento, al ver que llegan momentos de lucha: echo de ver otra ley en mis miembros, la cual resiste a la ley de mi espíritu y me sujeta a la ley del pecado, que está en los miembros de mi cuerpo. ¡Oh, qué hombre tan infeliz soy! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? La gracia de Dios por Jesucristo Señor nuestro (Rm 7, 23-24). Y diremos con el Salmista: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? (Sal 26, 1).

A los cristianos nos está prohibido el desaliento por fuertes que sean las contrariedades que se presenten en el camino. Tenemos que seguir caminando. Se hace y se rehace la vida cuantas veces sea preciso. Todo menos pararse. Si hay que llorar, se llora, pero caminando. No te detengas. Si el aluvión ha anegado tu alma, la amistad con Dios, has de levantarte ¡en seguida! Deja en el barro tu orgullo, abandona el lugar del tropiezo, pide perdón y… ¡adelante! Si cien veces has caído, cien veces tienes que levantarte.

Si a pesar de vuestro esfuerzo personal por seguir a Cristo, alguna vez sois débiles no viviendo conforme a su ley de amor, a sus mandamientos, ¡no os desaniméis! ¡Cristo sigue esperando! Él, Jesús, es el Buen Pastor que carga con la oveja perdida sobre sus hombros y la cuida con cariño para que sane. Cristo es el amigo que nunca defrauda (San Juan Pablo II).

Conveniencia de hacer propósitos concretos. Un propósito que nos puede ayudar mucho: constancia en la confesión y en la dirección espiritual.

En estos días no ha cambiado el mundo. Pero puede haber ocurrido algo mucho más importante: que hayamos descubierto que no son las cosas las que tienen que cambiar, sino que hemos de cambiar nosotros, divinizarnos y, a la vez, hacer nuevas todas las cosas. Las mismas cosas que hacíamos las podemos ahora vivir con una dimensión nueva: si somos fieles a esos propósitos, que libremente queremos hacer, convencidos de que no serán un peso, o mejor, de que es el peso de las alas que nos permiten volar, volar hacia arriba, en lugar de arrastrarnos.

Cada ser humano tiene bien experimentado en su propia alma esa tensión espiritual entre el pecado y la gracia, entre las pasiones malas y las virtudes, entre el deseo de amar a Dios y el atractivo de las cosas mundanas. Pero comprendemos también, por propia experiencia, cómo se facilita esa lucha interior cuando nos acogemos a la protección maternal de la Santísima Virgen.

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Homilía del séptimo domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

En el libro I Samuel narra como en una ocasión David puedo deshacerse de Saúl. Éste perseguía a David para matarlo. David y Abisay llegaron donde la tropa de noche y encontraron a Saúl acostado, durmiendo en el centro del campamento con su lanza a su cabecera clavada en tierra. Abisay dijo a David: “Dios pone hoy a tu enemigo en tus manos. Déjame ahora clavarle en tierra con su lanza. No necesitaré repetir el golpe” (1 S 26, 7-8). Sin embargo, David no permitió que Abisay matara a Saúl, diciéndole: No lo mates. ¿Quién alzó su mano contra el ungido del Señor y quedó impune? (1 S 26, 9). Sólo Dios tiene la última palabra y Él decidirá el momento y el modo de la muerte de Saúl. El texto bíblico pone de manifiesto la compasión y misericordia del futuro rey de Israel, pues la misericordia es una perfección propia de Dios y por tanto una virtud que debe usar todo representante suyo y todo el que quiera parecerse a Él.

David dijo a Saúl: El Señor te ha entregado hoy a mis manos, pero yo no he querido extender mi mano contra el ungido del Señor (1 S 26, 23). Vemos cómo David tuvo misericordia. Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia (Mt 5, 7). Misericordiosos son los que comprenden los defectos que pueden tener los demás, los que perdonan, disculpan y ayudan. Seamos misericordiosos siempre con el prójimo. Dios siempre quiere la misericordia y no la condena hacia todos. Quiere la misericordia del corazón, porque Él es misericordioso y sabe comprender bien nuestras miserias, nuestras dificultades y también nuestros pecados. ¡Señor, concédenos un corazón misericordioso!

Siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia. Es fuente de alegría, de serenidad y de paz. Es condición para nuestra salvación. Misericordia: es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad. Misericordia: es el acto último y supremo por el cual Dios viene a nuestro encuentro. Misericordia: es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida. Misericordia: es la vía que une Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados no obstante el límite de nuestro pecado (Papa Francisco, Bula Misericordiae Vultus, n. 2).

La venganza y el tomarse la justicia por su cuenta no son actos propios del cristiano. La enseñanza del Señor es clara: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian (Lc 6, 27-28). Estas palabras de Jesucristo bien podrían considerarse como el núcleo del mensaje evangélico en lo que se refiere al amor y misericordia que los cristianos debemos tener con los demás y que se manifiestan sobre todo en el perdón. Por tanto, no son acordes con la doctrina de Cristo el odio y la venganza.

Respecto a la venganza hay que decir que no es lo mismo desear vengarse que querer que se haga justicia. Por ejemplo, si se produce un acto terrorista no es pecado desear que los criminales sean apresados, juzgados y condenados, porque lo que se quiere es que se haga justicia, y la justicia es algo bueno. La ley de talión ya no es válida; ha sido reemplazada por la ley evangélica que está basada en la caridad. Jesucristo da el definitivo avance, en el que juega un papel primordial el sentido del perdón y la superación del orgullo. La caridad presupone e impregna la justicia. No podemos seguir a Jesús por el camino de la caridad si no nos queremos antes entre nosotros, si no nos esforzarnos en colaborar, en comprendernos recíprocamente y en perdonarnos, reconociendo cada uno sus propias limitaciones y sus propios errores. Debemos hacer las obras de misericordia, pero con misericordia. Con el corazón ahí. Las obras de caridad, con caridad, con ternura y siempre con humildad (Papa Francisco) .

El cristiano debe seguir el ejemplo del Señor. Cristo, cuando todavía éramos pecadores, indiferentes, murió por nosotros. Él nos amó primero (1 Jn 4, 19), y así debemos hacer también nosotros. Amemos sin interés, sin esperar nada a cambio, sin pararnos a ver si el otro es amigo o enemigo. No esperes a ser amado por el otro, sino que tú adelántate y empieza, nos recomendaba san Juan Crisóstomo. El Señor nos pide que amemos a todos, hasta nuestros enemigos; que nos hagamos prójimos del más lejano. Esta llamada al amor perfecto no está reservada de modo exclusivo a una élite de personas. La invitación se dirige a todos, porque es una radicalización del mandamiento del amor al prójimo.

Un testimonio valioso es el de Kim Phuc, que fue embajadora de la UNESCO para la cultura de la paz. Cuando tenía nueve años una fotografía suya dio la vuelta al mundo. La instantánea en la que sale desnuda, huyendo del horror por una carretera, en Vietnam, con su cuerpo abrasado por el fortísimo napalm, fue todo un símbolo y ganadora del Pulitzer. El napalm no ha podido destruir mi futuro, no ha podido matar mi amor. No podía olvidar, porque todos los días veía las quemaduras. Le preguntaba a Dios: ¿Dónde estás? ¿Existes realmente? En Navidad de aquel año me convertí al cristianismo. Hallé la paz en mi corazón. Gracias a esa fe, que encontré con 19 años, hoy puedo hablar de perdón y de amor. Esa imagen me dio oportunidad de compartir el amor y el perdón con gentes de todo el mundo. Ésa era mi misión. Puedo ayudar con mi mensaje.

San Lucas coloca en su Evangelio a continuación de las bienaventuranzas, unas palabras de Cristo que bien podrían considerarse como el núcleo de la doctrina del Señor en lo que se refiere al amor y misericordia que los cristianos debemos tener con los demás y que se manifiestan, sobre todo, en el perdón. El mismo Jesús, a lo largo de su vida terrena, y de modo especial en la cruz, nos ha dado ejemplo.

Comienza el Señor enumerando algunas injurias que podemos sufrir y la manera de responder a ellas. Al que te hiere en la mejilla preséntale también la otra, y al que te quite el manto no le niegues tampoco la túnica. Da a todo el que te pida, y al que toma lo tuyo no se lo reclames (Lc 6, 29-30). El estilo semita, amigo de contraste, resalta con fuerza la enseñanza que queda resumida en el consejo que Jesús dice a continuación: Haced a los hombres lo mismo que quisierais que ellos os hicieseis a vosotros (Lc 6, 31). Esta sentencia de Cristo ofrece un criterio práctico para reconocer el alcance de nuestras obligaciones y de nuestra caridad hacia los demás.

¿Qué quiso decir Jesucristo con presentar la otra mejilla? La respuesta nos la santo Tomás de Aquino: Hay que entender la Sagrada Escritura a la luz del ejemplo de Cristo y de otros santos. Cristo no presentó la otra mejilla al ser abofeteado en casa de Anás ni tampoco san Pablo cuando, según nos cuentan los Hechos de los Apóstoles, fue azotado en Filipos. Por eso, no hay que entender que Cristo haya mandado a la letra ofrecer la otra mejilla al que te hiere en una; sino que esto debe entenderse en cuanto a la disposición interior; es decir, que si es necesario debemos estar dispuestos a que no se turbe nuestro ánimo contra el que nos hiere, y a estar preparados para soportar algo semejante e incluso más. Así hizo el Señor cuando entregó su cuerpo a la muerte (Comentarios sobre San Juan, 18, 37).

El comportamiento del cristiano debe ser el propio de un hijo de Dios que quiere imitar a su padre misericordioso. Su conducta no puede ser como la de un no creyente. Esto está expresado en estas palabras de Jesús: Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tendréis?, pues también los pecadores aman a quienes los aman. Y si hacéis bien a quienes os hacen el bien, ¿qué mérito tendréis?, pues también los pecadores hacen lo mismo. Y si prestáis a aquellos a quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tendréis?, pues también los pecadores prestan a los pecadores para recibir otro tanto (Lc 6, 32-34). Lo que pide el Señor a sus seguidores es mucho más. Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros. Como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos por otros (Jn 13, 34-35). La caridad cristiana es desinteresada, heroica. Así lo han entendido los santos.

No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados. Perdonad y seréis perdonados (Lc 6, 37). Somos muy dados a juzgar a los demás, pero no tenemos esa misión aquí en la tierra. Todos seremos juzgados por Jesucristo. Además, es muy fácil condenar, como hacían los fariseos. Es fácil, pero no es cristiano. Lo que sí debemos hacer es rezar por los que están equivocados, y perdonar siempre. Jesús propone a quien le sigue la perfección del amor: un amor cuya única medida es no tener medida, de ir más allá de todo cálculo. El amor al prójimo es una actitud tan fundamental que Jesús llega a afirmar que nuestra relación con Dios no puede ser sincera si no queremos hacer las paces con el prójimo.

Perdonando a quienes nos han ofendido, nos hacemos semejantes a nuestro Padre Dios. Si Dios tiene misericordia del pecador, cuánto más nosotros, pecadores, que sabemos por experiencia propia de la miseria del pecado, debemos perdonar a los demás. Saber perdonar, renunciar a la venganza, tener paciencia con los defectos del prójimo, son rasgos de la misericordia propia de los hijos de Dios.

¡Señor, que sólo sepa amar y nunca me sienta ofendido! Y así, lejos de nuestra conducta, por tanto, el recuerdo de las ofensas que nos hayan hecho, de las humillaciones que hayamos padecido -por injustas, inciviles y toscas que hayan sido-, porque es impropio de un hijo de Dios tener preparado un registro, para presentar una lista de agravio (Amigos de Dios, n. 309).

Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso (Lc 6, 36). El modelo de misericordia que Cristo nos propone es Dios mismo. La manera de llegar a la cercanía de Dios es la misericordia, y por eso Jesús, Hijo de Dios, es la encarnación de la misericordia divina. San Pablo escribe: Como el hombre terreno, así son los hombres terrenos; como el celestial, así son los celestiales. Y como hemos llevado la imagen del hombre terreno, llevaremos también la imagen del hombre celestial (1 Co 15, 48-49). En la medida que nos asemejemos a Dios, Padre de misericordia, aunque seamos hijos de Adán, seremos del Cielo.

Acudamos a la Virgen María, modelo de perfecto de caridad, pidiéndole que cada uno de nosotros sepamos asimilar y vivir la enseñanza de Cristo sobre la manera de tratar y amar a nuestros semejantes.

Un jabón maravilloso

Un predicador inglés, Mac Nabb, hablando en Hyde Park, se había referido a la Iglesia. Al terminar, uno pide la palabra y dice: Bonito lo que ha dicho. Pero yo conozco algunos sacerdotes católicos que no han estado con los pobres y se han hecho ricos. Conozco también maridos católicos que han traicionado a su mujer. No me gusta esta Iglesia formada por pecadores.

El padre le dijo: Tiene algo de razón. Pero ¿puedo hacer una objeción?

Veamos.

Perdone, pero si no me equivoco, lleva usted el cuello de la camisa un poco sucio.

Sí, lo reconozco.

Pero ¿está sucio porque no ha empleado jabón o porque ha utilizado el jabón y no ha servido para nada?

No, no he usado jabón.

Pues bien, la Iglesia Católica tiene un jabón excelente: Evangelio, sacramentos, oración; Evangelio leído y vivido; sacramentos celebrados del modo debido; y oración bien hecha, serían un jabón maravilloso capaz de hacernos santos a todos. No somos todos santos por no haber utilizado bastante este jabón.

Modelo para un cuadro

La verdadera devoción a María nos debe llevar a imitarla y a tratar de parecernos más a ella cada día: los hijos deben parecerse a su Madre.

En cierta ocasión, un pintor famoso iba a dibujar una Inmaculada. Buscando el rostro de una joven que pudiera servirle de modelo, se fijó en una que correspondía al ideal que se había formado en su imaginación. Se acercó a la joven y le pidió si estaría dispuesta a posar en su taller para servir de modelo de una imagen de la Virgen. La joven se quedó sorprendida; pero, después de serenarse, dijo al artista: Hoy no puede ser; iré mañana.

Al día siguiente, después de los saludos previos, dijo la joven al pintor: Ayer no me atreví a servir de modelo para una imagen de la Inmaculada porque estaba en pecado. Esta mañana me he confesado y ahora podré servir menos indignamente.

Mesías

Mesías. Término hebreo. Significa: ungido. Con esta palabra se designaba en el Antiguo Testamento al futuro salvador de Israel, cuya venida anunciaban los profetas. Y es título aplicado a Jesucristo como Salvador del mundo.

Manifestaciones mesiánicas de Cristo

Durante su vida pública, Jesús de Nazaret se manifestó varias veces como el Mesías anunciado por los profetas.

a) En primer lugar, en su bautismo en el río Jordán (cfr. Mt 3, 13-17).

b) Con sus milagros, que asombraban a los apóstoles y a las multitudes (cfr. Jn 6, 1-15).

c) Con sus enseñanzas, que llevan a las gentes a exclamar: Jamás nadie ha hablado como este hombre (Jn 7, 46).

d) Pedro lo confiesa abiertamente: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo (cfr. Mt 16, 13-16).

e) Después de resucitar a Lázaro, las multitudes entusiasmadas le vitorean en su entrada triunfal en Jerusalén: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel! (cfr. Jn 12, 12-18).

Homilía del sexto domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

En el libro de Jeremías leemos: Maldito el varón que confía en el hombre y pone en la carne su apoyo, mientras su corazón se aparta del Señor. Será como matojo de la estepa, que no verá venir la dicha, pues habita en terrenos resecos del desierto, en tierra salobre e inhóspita. Bendito el varón que confía en el Señor, y el Señor es su confianza. Será como árbol plantado junto al agua, que extiende sus raíces a la corriente, no teme que llegue el calor, y sus hojas permanecerán lozanas, no se inquietará en año de sequía, ni dejará de dar frutos (Jr 17, 5-8). Estas palabras del profeta referidas al árbol frondoso son casi idénticas a las del Salmo 1. Con ellas Jeremías ilustra la perdición a la que se ve arrastrado el hombre que confía en sí mismo, frente a la prosperidad del que se fía de Dios.

Preguntémonos: ¿Dónde he puesto mi confianza? Si la hemos puesto en algo -o en alguien- fuera de Dios, hay que rectificar. Aconsejaba san Bernardo: Fíate enteramente de Dios, encomiéndate a Él, descarga en su providencia todos tus cuidados. Y Él te sustentará, de modo que confiadamente puedas decir: “el Señor anda solícito por mí” (Sal 39, 18). Y san Josemaría Escrivá dejó escrito: ¡Es una locura confiar en Dios…!, dicen. -¿Y no es más locura confiar en sí mismo, o en los demás hombres?

Pongamos toda nuestra confianza en Dios, porque Él no sólo nos conoce, sino también nos ama, quiere nuestro bien. Nos conoce mejor de lo que nos conocemos nosotros mismos. Nos ama aunque muchas veces ese amor no se hace visible. Es un Dios vivo y vivificador, que nos ofrece felicidad. Podemos confiar en Él. Es lo que hizo san Juan Pablo II. En su testamento escribió: Expreso la más profunda confianza en que, a pesar de toda mi debilidad, el Señor me concederá toda la gracia necesaria para afrontar según su Voluntad cualquier tarea, prueba y sufrimiento que quiera pedir a su siervo, en el transcurso de la vida.

Bien se puede aplicar a la imagen del árbol plantado junto al agua las palabras del comentario de santo Tomás de Aquino al primer salmo: Así pues, toma la comparación del árbol, del que se consideran tres cosas, a saber, el ser plantado, el dar fruto, y el conservarse. Para ser plantado es necesaria una tierra humedecida por las aguas, pues de otro modo se secaría; y por esto dice: que está plantado a las corrientes de las aguas, es decir, junto a las corrientes de las gracias: El que cree en mí… de su seno correrán ríos de agua viva” (Jn 7, 37-38). Y quien tenga sus raíces junta a esta agua fructificará haciendo buenas obras; y por esto es lo que sigue: el cual dará su fruto. “Pero el fruto del espíritu es caridad, alegría, paz, y paciencia, generosidad, bondad, fidelidad”, etc., (Ga 5, 22). (…) Y no se seca. Por el contrario, se conserva. Ciertos árboles se conservan en su substancia, pero no en sus hojas, pero otros se conservan también en sus hojas: así también los justos, (…) no serán abandonados por Dios ni siquiera en las obras más pequeñas y exteriores. “Pero los justos germinarán como una hoja verde” (Pr 11, 28).

El hombre justo confía en Dios, busca y encuentra en la Ley de Dios el criterio para orientar su vida. Será feliz porque tendrá éxito. La imagen del árbol frondoso significa la prosperidad y el bienestar. Jesucristo proclamará definitivamente quien es el hombre “dichoso” o “bienaventurado”: aquel que pertenece al Reino de los Cielos. Bienaventurado significa feliz, dichoso. Y el Señor señala con las Bienaventuranzas los caminos para llegar a la felicidad verdadera, bien diferente de los que el hombre suele escoger. Para muchas personas la felicidad está en el dinero, en el poder, en el placer… Pero se equivocan, la felicidad sólo se puede encontrar en Cristo.

A diferencia de san Mateo, san Lucas sólo cita cuatro bienaventuranzas. Sin embargo, a continuación de ellas, pone las imprecaciones, también en número de cuatro. Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. Bienaventurados los que ahora padecéis hambre, porque seréis saciados. Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis. Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como maldito, por causa del Hijo del hombre. Alegraos en aquel día y regocijaos, porque vuestra recompensa es grande en el Cielo; pues de este modo se comportaban sus padres con los profetas. Pero ¡ay de vosotros los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros los que ahora estáis hartos, porque tendréis hambre! ¡Ay de vosotros los que ahora reís, porque gemiréis y lloraréis! ¡Ay cuando los hombres hablen bien de vosotros, pues de este modo se comportaban sus padres con los falsos profetas! (Lc 6, 20-26).

En el pasaje evangélico que hemos leído están las cuatro bienaventuranzas y las cuatro imprecaciones pronunciadas por Cristo ante una gran muchedumbre. Igual que muchos suelen cometer el inmenso error de silenciar la existencia del infierno, mutilando así la doctrina de la Iglesia, también hay quienes omiten las imprecaciones salidas de la boca del Señor. Con estas imprecaciones, Jesús condena: la avaricia y apego a los bienes del mundo; el excesivo cuidado del cuerpo, la gula; la alegría necia y la búsqueda de la propia complacencia en todo; la adulación y el afán desordenado de gloria humana. Vicios que son muy comunes en el mundo, y ante los cuales el cristiano debe estar vigilante para no dejarse arrastrar por ellos.

La inclinación al mal es una realidad. Es cómodo dejarse arrastrar por los vicios. Para vivir las virtudes hay que esforzarse. El mal hay que superarlo con el bien. No hay que asustarse de la debilidad de nuestra naturaleza. La gracia de Cristo y sus sacramentos están a nuestra disposición. Mientras marchemos por el sendero transformador de las bienaventuranzas, estamos venciendo el mal; estamos convirtiendo las tinieblas en luz (San Juan Pablo II).

Los pobres, los hambrientos, los que lloran y los que son rechazados manifiestan una misma actitud del alma: la necesidad. Necesitados esencialmente de Dios debemos sentirnos todos. La necesidad es una actitud humilde del hombre que le capacita para confiar en Dios de un modo absoluto e incondicional. Es la actitud del hombre que no se satisface con los bienes y consuelos de este mundo y tiene puesta su esperanza última más allá de estas cosas.

Bienaventurados los pobres… Son pobres aquellas personas que aman la pobreza para agradar más a Dios. La pobreza cristiana, exige el desprendimiento de los bienes materiales y una austeridad en el uso de ellos. La pobreza, en el sentido que le da Jesús -el sentido de los profetas-, presupone sobre todo estar libres interiormente de la avidez de posesión y del afán de poder. Se trata de una realidad mayor que una simple repartición diferente de los bienes, que se limitaría al campo material y más bien endurecería los corazones. Ante todo, se trata de la purificación del corazón, gracias a la cual se reconoce la posesión como responsabilidad, como tarea con respecto a los demás, poniéndose bajo la mirada de Dios y dejándose guiar por Cristo que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros (Benedicto XVI, Homilía 9.IV.2006).

Aquellos ricos que por herencia o por medio de un trabajo honrado abundan en bienes son realmente pobres si no se apegan a esos bienes, y como consecuencia de ese desprendimiento saben emplearlos en beneficio de los demás, según Dios les pide. En el Antiguo Testamento aparecen personajes como los Patriarcas (Abrahán, Isaac y Jacob) a quienes, aun poseyendo muchas riquezas, se le puede aplicar la bienaventuranza de los pobres.

¡Ay de los ricos…! Y hay que entender por ricos aquellos que se afanan en acumular bienes sin atender a la licitud o ilicitud de los medios empleados, y que además ponen en estas riquezas su felicidad, como si fuesen su último fin. El apego a las riquezas, a la falsa seguridad en uno mismo, cierra el alma a Dios, y, por tanto, a la verdadera felicidad. Ésta es la enseñanza que se saca de esta imprecación. El Señor nos invita a no contentarnos con la pobre felicidad que nos pueden dar unos bienes pasajeros y nos anima a desear aquellos que Él tiene preparados para nosotros.

Bienaventurados los que ahora padecéis hambre… San Mateo especifica más que san Lucas al añadir: y sed de justicia. La justicia, en el lenguaje de la Biblia, coincide con lo que hoy día suele llamarse santidad. El Señor exige no un simple deseo vago de justicia, sino tener hambre y sed de ella, esto es, amar y buscar con todas las fuerzas aquello que hace justo al hombre delante de Dios. El que de verdad quiere la santidad cristiana tiene que querer los medios que la Iglesia ofrece y enseña a vivir a todos los hombres: frecuencia de sacramentos, trato íntimo con Dios en la oración, fortaleza en cumplir con los deberes familiares, profesionales, sociales.

¡Ay de vosotros los que ahora estáis hartos…! Se puede considerar destinatarios de esta imprecación al rico Epulón y al hombre rico que sus tierras dieron mucho fruto, y decidió destruir sus graneros para construir otros mayores para guardar su cosecha. Los dos están satisfechos de sus bienes, de sus goces, de sus placeres… pero no hicieron lo más importante, como era preocuparse por su alma. Para Epulón la felicidad estaba en los espléndidos banquetes. El hombre rico se dedicó en atesorar para sí. Puso su felicidad en la posesión de bienes materiales. Y después ambos se encontraron con un corazón vacío, con hambre de felicidad.

Bienaventurados los que ahora lloráis… Éstos son todos los que están afligidos por alguna causa y, de modo particular, a quienes están verdaderamente arrepentidos de sus pecados, o apenados por las ofensas que otros hacen a Dios, y que llevan su sufrimiento con amor y deseos de reparación. El Espíritu de Dios consolará con paz y alegría, aun en este mundo, a los que lloran los pecados, y después participarán de la plenitud de la felicidad y de la gloria del cielo.

¡Ay de vosotros los que ahora reís…! Los impíos, los que no reconocen a Dios, se jactan de su fuerza y de sus pasiones. Su boca está llena de insultos, engaños y abusos; su lengua encubre opresión y malicia (Sal 10, 7). Piensan que su maldad no tendrá castigo. Y no solamente son impíos, sino necios y faltos de conocimiento. Insultan al justo y oprimen a los humildes. Para ellos, la vida les sonríe…, pero no podrán imponerse sobre los justos, porque el definitiva, es el Señor quien juzga la conducta de unos y otros. Los impíos serán como polvo que dispersa el viento. Por ello, los impíos no se levantarán en el juicio, ni los pecadores en la asamblea de los justos. Porque el Señor vela sobre el camino de los justos, mientras el de los impíos acaba en perdición (Sal 1, 4-6). Y la perdición no es otra cosa que la condenación eterna en el infierno, y allí será el llanto y el rechinar de dientes (Lc 13, 28).

Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien… El sentido de esta bienaventuranza es el siguiente: bienaventurados los que padecen persecución por ser santos o por su empeño de ser santos, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Por tanto, es bienaventurado el que padece persecución por ser fiel a Jesucristo, y la lleva no sólo con paciencia sino con alegría. En la vida del cristiano se presentan circunstancias heroicas, en las que no caben términos medios; o se es fiel a Jesucristo jugándose la honra, la vida y los bienes, o se reniega de Él. En la historia de la Iglesia están los mártires. El cristiano que es fiel a la doctrina de Jesucristo es de hecho también un “mártir” (testigo) que refleja o cumple esta bienaventuranza, aun sin llegar a la muerte corporal.

¡Ay cuando los hombres hablen bien de vosotros…! Benedicto XVI dijo en una entrevista: Si un papa no recibiera más que aplausos, debería preguntarse qué es lo que no está haciendo bien. En la segunda mitad del siglo XX, el obispo de una diócesis caía muy bien a los enemigos de la Iglesia. Un día recibió una breve carta, cuyo contenido era: Señor obispo, ¿no se ha parado usted en pensar porque cae tan bien a personas alejadas de la fe y a los enemigos de la Iglesia ? Pues, medítelo.

Si se predica que Cristo ha resucitado de entre los muertos, ¿cómo dicen algunos de vosotros que no hay resurrección de los muertos? (1 Co 15, 12). San Pablo habla de la resurrección los muertos. Después de la muerte hay vida -vida eterna-, pero sólo para aquellos que han puesto su confianza en Dios. Para los demás, hay condenación eterna. He aquí nuestra oración: Señor, que con la muerte y la resurrección revelas el amor del Padre, nosotros creemos en ti y con confianza te repetimos hoy: Jesús, confío en ti, ten misericordia de nosotros y del mundo entero (San Juan Pablo II).

Es fundamental poner toda nuestra energía y confianza en Cristo. Sólo Él tiene palabras de vida eterna (Jn, 6, 68). Cristo ha resucitado de entre los muertos, como primicia de los que mueren (1 Co 15, 20). La confianza en Dios nos hace hombres libres, sin estar ahogados por el materialismo ambiental, ni atados por la esclavitud de sus ídolos: el poder, el consumo, el placer; sin ceder al conformismo; sin ser intimidados por las persecuciones o las más sutiles oposiciones que intentan marginar a los cristianos.

En el Evangelio se dice que entre los parientes de Jesús hubo algunos que a un cierto punto no compartieron su modo de vivir y de predicar. Pero su Madre lo siguió siempre fielmente, confió plenamente en su Hijo. Y al final, gracias a la fe de María, los familiares entraron a formar parte de la primera comunidad cristiana. Pidamos a María que nos ayude también a nosotros en confiar en Jesús, incluso en los momentos difíciles de la vida, cuando todo cuesta.

¿CÓMO VENCER LAS TENTACIONES? Homilía del I Domingo de Cuaresma. Año 2019

Después de ser bautizado por Juan el Bautista, Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó del Jordán, y fue conducido por el Espíritu al desierto donde estuvo cuarenta días y fue tentado por el diablo. No comió nada en estos días y, al cabo de ellos, tuvo hambre (Lc 4, 1-2). Antes de comenzar su obra mesiánica, y por tanto, de promulgar la Nueva Ley -la Ley evangélica o Nuevo Testamento- el Señor se prepara con la oración y el ayuno en el desierto. Moisés había procedido de modo semejante antes de promulgar, en nombre de Dios, la Antigua Ley del Sinaí. También Elías caminó cuarenta días en el desierto para llevar a cabo su misión de hacer renovar el cumplimiento de la Ley.

La Iglesia se une todos años, durante los cuarenta días de Cuaresma, al Misterio de Jesús en el desierto; y siguiendo los pasos del Señor establece durante este tiempo cuaresmal el ayuno, que hemos de vivir con espíritu de piedad y de penitencia. Se puede decir que Cristo introdujo la tradición del ayuno de cuarenta días en el año litúrgico de la Iglesia, porque Él mismo “ayunó cuarenta días y cuarenta noches” antes de comenzar a enseñar. Con este ayuno cuaresmal la Iglesia, en cierto modo, está llamada a seguir a su Maestro y Señor si quiere predicar eficazmente su Evangelio (San Juan Pablo II).

El retiro de Jesús en el desierto nos invita a prepararnos con la oración y la penitencia antes de emprender cualquier actividad o decisión importante en nuestra vida, y nos recuerda que debemos acercarnos al Señor mediante una oración más continua y una penitencia más intensa. La oración es la fuerza del cristiano y de cada creyente. En la debilidad y en la fragilidad de nuestra vida, podemos dirigirnos a Dios con confianza de hijos y entrar en comunión con Él. Y la penitencia, el ayuno, comporta la elección de una vida sobria, en su estilo; una vida que no derrocha.

El ayuno no sólo se refiere a la comida. En un sermón, san Bernardo decía: Ayunen los ojos de toda mirada curiosa… Ayunen los oídos, no atendiendo a las palabras vanas y a cuanto no sea necesario para la salud del alma… Ayune la lengua de la difamación y la murmuración, de las palabras vanas, inútiles… Ayune la mano de estar ociosa y de todas las obras que no sean mandadas; pero ayune mucho más el alma misma de los vicios y pecados, y de imponer la propia voluntad y juicio. Pues sin este ayuno, todos los demás son reprobados por Dios.

Podemos ver un campo inmenso a la hora de examinarnos sobre el ayuno, la templanza, la sobriedad. En primer lugar veamos si somos sobrios en la comida y en la bebida. Y después, sobre el uso de internet, de los móviles y tabletas, del tiempo que dedicamos a la televisión o en leer la prensa o en ver retransmisiones deportivas. Quizás nos pueda ayudar en anotar las horas o el tiempo que empleamos al mes en ver partidos de fútbol o de tenis, carreras de motos y de fórmula 1, películas y series televisivas, en oír música, en practicar deporte. No son cosas prohibidas; es más, hay que hacer deporte y estar enterados de lo que ocurre en el mundo; descansar viendo una buena película, seguir los acontecimientos deportivos…, pero una persona entregada a Dios que no se privara algunas veces de ver algunos de estos eventos televisados, poca o nula entrega tiene. Y una vez anotadas esas horas, con sinceridad con uno mismo y en la presencia de Dios, ver si no nos hemos pasado tres pueblos, por emplear una expresión que últimamente se utiliza para designar algo que es exagerado. Dice el refrán: Las cosas claras y el chocolate espeso. Y es lo que le dijo un vicario a un sacerdote: Tú confundes la pastoral juvenil con irte a tomar cervezas con los jóvenes.

San Lucas narra las tentaciones de Jesús así: Entonces el diablo le dijo: “Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan”. Jesús le respondió: “Está escrito: No sólo de pan vive el hombre”. Llevándole a una altura le mostró en un instante todos los reinos de la tierra; y le dijo el diablo: “Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, porque a mí me ha sido entregada, y se la doy a quien quiero. Si, pues, me adoras, toda será tuya”. Jesús le respondió: Está escrito: Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él darás culto”. Le llevó a Jerusalén, y le puso sobre el alero del Templo, y le dijo: “Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo; porque está escrito: A sus ángeles te encomendará para que te guarden. Y: En sus manos te llevarán para que no tropiece tu pie en piedra alguna”. Jesús le respondió: “Está dicho: No tentarás al Señor tu Dios” (Lc 4, 3-12).

Todos los personajes más importantes de la Historia Sagrada fueron tentados: nuestros primeros padres (Adán y Eva), Abrahán, Moisés, David, el mismo pueblo elegido. Y también Jesucristo. Su actitud tajante ante las tentaciones de Satanás es una lección para nosotros. Él rechaza decididamente todas las tentaciones y ratifica la firme voluntad de seguir la senda establecida por el Padre, sin compromiso alguno con el pecado y con la lógica del mundo. El papa Francisco hace la siguiente consideración: Mirad bien cómo responde Jesús. Él no dialoga con Satanás, como había hecho Eva en el paraíso terrenal. Jesús sabe bien que con Satanás no se puede dialogar, porque es muy astuto. Por ello, Jesús, en lugar de dialogar como había hecho Eva, elige refugiarse en la Palabra de Dios y responde con la fuerza de esta Palabra. Acordémonos de esto: en el momento de la tentación, de nuestras tentaciones, nada de diálogo con Satanás, sino siempre defendidos por la Palabra de Dios. Y esto nos salvará.

El diablo quiso engañar al Señor con falsas esperanzas mesiánicas: el bienestar económico, indicado por la posibilidad de convertir las piedras en pan; el estilo espectacular y milagrero, con la idea de tirarse desde el punto más alto del templo de Jerusalén y hacer que los ángeles le salven; y, por último, el atajo del poder y del dominio, a cambio de un acto de adoración a Satanás. Son tres grupos de tentaciones, también nosotros las conocemos bien.

La vida de Jesús fue una lucha: Él vino para vencer el mal, para vencer al príncipe de este mundo, para vencer al demonio. Sintió en su vida las tentaciones y también las persecuciones. También nosotros cristianos somos tentados, objeto del ataque del demonio, porque el espíritu del mal no quiere nuestra santidad, no quiere el testimonio cristiano, no quiere que seamos discípulos de Jesús. Lo explica Benedicto XVI: La serpiente intenta continuamente hacer creer a los hombres que Dios debe desaparecer, para que ellos puedan llegar a ser grandes; que obstaculiza nuestra libertad y que por eso debemos desembarazarnos de Él. Todos los hombres experimentamos la fuerza y la insistencia del tentador, que nos inducen a perder la confianza en Dios y a hacer caso omiso de sus preceptos; pero, al mismo tiempo, si luchamos para no caer en la tentación, Dios nos ayuda con su gracia a vencer.

No debemos acercarnos al diablo ni dialogar con él. Es peligroso porque sabe seducir. Se disfraza de ángel de luz, pero es un ángel de sombra, un ángel de muerte. Si no dialogamos con el tentador, no pasa nada. El diablo es como un perro rabioso encadenado, que sólo muerde a quien se acerca a él aunque sea para hacerle una caricia. Acercarse al diablo sería, por ejemplo, leer un libro inmoral o herético, navegar en internet por páginas poco recomendables desde el punto de vista moral, frecuentar malas amistades que incitan a pecar, ver programas de televisión o películas con escenas de sexo explícito, asociarse con otros que llevan un negocio oscuro…, y un etcétera que tiende al infinito.

El pueblo israelita, durante la esclavitud que padecía en Egipto, acudió a Dios. Y Dios escuchó su petición. Leemos en el Deuteromonio: Nosotros clamamos al Señor, Dios de nuestros padres, y el Señor escuchó nuestra voz; vio nuestra miseria, nuestras penalidades y nuestra opresión, y el Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte y tenso brazo en medio de gran terror, señales y prodigios. Nos trajo aquí y nos dio esta tierra, tierra que mana leche y miel (Dt 26, 7-9). Y el libro del Éxodo narra la experiencia del pueblo de Israel que, habiendo salido de Egipto, peregrinó por el desierto del Sinaí durante cuarenta años antes de llegar a la tierra prometida. A lo largo de aquel largo viaje, los judíos experimentaron toda la fuerza y la insistencia del tentador, que los inducían a perder la confianza en el Señor y a volver a atrás; pero, al mismo tiempo, gracias a la mediación de Moisés, aprendieron a escuchar la voz de Dios, que los invitaba a convertirse en su pueblo santo. Dios, por medio de Moisés, ordenó a su pueblo: El sacerdote tomará de tu mano la cesta y la depositará ante el altar del Señor, tu Dios. Las depositarás ante el Señor, tu Dios y te postrarás ante el Señor tu Dios (Dt 26, 4.10).

La tentación de la idolatría estuvo presente durante la peregrinación de los israelitas por el desierto. También diablo tentó a Jesucristo para que cayera en la idolatría, diciéndole: si me adoras… Hoy día también Satanás tienta con este pecado. La idolatría no se refiere sólo a los cultos falsos del paganismo. Es una tentación constante de la fe. Consiste en divinizar lo que no es Dios. Hay idolatría desde el momento en que el hombre honra y reverencia a una criatura en lugar de Dios. Trátase de dioses o de demonios (por ejemplo, el satanismo), de poder, de placer, de la raza, de los antepasados, del Estado, del dinero, etc. (Catecismo de la Iglesia Católica, 2113).

Pidamos también nosotros a Dios que nos ayude con su gracia para que no caigamos en el momento de la tentación. Él siempre oye nuestra súplica. Pues todo el que invoque el nombre del Señor se salvará (Rm 10, 13). Y como Dios está de nuestra parte, la victoria es segura. Sólo en Jesucristo está la salvación. Si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo. Pues con el corazón se cree para conseguir la justicia, y con la boca se confiesa para conseguir la salvación (Rm 10, 9-10).

En una de las tentaciones que tuvo santa Catalina de Siena, esta gran santa empezó a luchar acudiendo al Señor para vencer la tentación. Pero la tentación no cedía sino que cada vez era más fuerte. La santa se esforzaba más en luchar y en insistir al Señor para que no la dejara sola en aquellos momentos. La tentación arreciaba y el Señor parecía no oír a la santa. Al final salió victoriosa santa Catalina. Después, en una de las conversaciones que la santa tenía con el Señor, le preguntó que dónde se había metido cuando le estaba llamando, ya que no había recibido ninguna respuesta. El Señor le respondió: Estaba dentro de ti viendo como luchabas.

También acudiremos a la Virgen cuando seamos tentados. Iremos donde la madre, como los niños cuando se ven amenazados por algún peligro, tienen pesadillas o sienten miedo. Iremos a la Virgen, que Madre nuestra es. Ella siempre nos protegerá. Con su ayuda, en todas las batallas que nos presente el demonio, venceremos.