¿Para quién es la homilía?

¿Sabéis lo que dijo i¡una niña hace algún tiempo, al oír por primera vez una homilía? Había asistido ya alguna vez a misa, en capilla privadas, cuando el sacerdote celebraba el Santo Sacrificio de espaldas a los fieles; pero, un dí -un domingo-, se dio media vuelta y empezó a hablar. Entonces la niña tiró de la manga a su madre y le preguntó: ¿A quién habla, mamá…? Su sorpresa estaba justificada, ya que un hombre que se pone a hablar de pronto ante una serie de personas, sin dirigirse a ninguna en concreto, siempre llama la atención.

Pues bien, si a ti te ocurre lo mismo que a aquella niña, te responderé: Te estoy hablando a ti. No a vosotros, en plural, Me dirijo a cada uno de vosotros, a ti en singular.

La humildad de un sacerdote santo

Un sacerdote escribió -con evidente falta de caridad, y quizás con envidia- al santo Cura de Ars y¡una carta, en la cual se leía esta frase: Señor Cura, cuando se sabte tan poca teología como usted, no se debe uno sentar en el confesonario.

La respuesta del santo Cura de Ars fue la siguiente: Mi querido y venerado compañero: ¡Cuántos motivos tengo para amaros! Vos sólo me habéis conocido bien. Puesto que sois tan buen que os dignáis interesaos por mi pobre alma, ayudadme a conseguir la gracia que pido desde hace tiempo, a fin de que sea relevado de mi cargo, del que no soy digno a causa de mi ignorancia, y pueda retirarme a un rincón para llorar allí mi pobre vida. ¡Cuánta penitencia he de hacer, , cuántas cosas he de expiar, cuántas lágrimas he de derramar!…

Cristóbal Colón y el rey Juan II de Portugal

Cristóbal Colón presentó su proyecto de llegar a las Indias navegando hacia occidente al rey Juan II de Portugal. Éste escuchaba atento. Cuando el genovés acabó su exposición, el rey le preguntó:

¿Qué deseas? Todo eso está muy bien, pero ¿necesitas dinero?

Yo no vengo a pedir, sino a dar, fue la respuesta de Colón, y añadió: Si se me ayuda a equipar unas naves para ir a las indias, devolveré lo que me hayan prestado multiplicado por cien. Aunque genovés de nacimiento, considero que Portugal es mi verdadera patria y quiero engrandecerla.

¿Cuáles serían tus condiciones si te confiara el mando de una expedición hacia el oeste?, preguntó de nuevo el rey.

Pido el título de almirante y ser virrey de las tierras que descubra.

¿Eso es todo?

Claro que no. Quiero también una décima parte de todas las ganancias.

¿Y qué más?

Como es lógico, estos derechos adquiridos serán parte de la herencia que deje a mis hijos.

El rey Juan II entonces dijo secamente: Los verdaderos portugueses no suelen vender los servicios hechos a su patria y a su soberano.

El arrepentimiento de David

El arrepentimiento de David

David en una ocasión sucumbió ante la tentación y cometió dos pecados gravísimos: adulterio y asesinato. Sin embargo, ante el arrepentimiento del rey David prevalece la misericordia de Dios, que perdona a David.

David lloró de verdad su pecado. Su arrepentimiento es ejemplar, humillándose ante el Señor y pidiéndole perdón. A pesar de sus debilidades y pecados, confió en la misericordia de Dios. Se puede decir que David es modelo de penitencia porque reconoció su pecado y así obtuvo el perdón divino. Su arrepentimiento quedó plasmado en el salmo miserere, donde con una gran belleza y profunda piedad se recoge la súplica de David pecador ante el Señor. Tan sincero fue el arrepentimiento David que durante el resto de su vida se distinguió por su penitencia y piedad.

El rey David tras haber cometido crímenes contra su prójimo, los confiesa como pecados ante Dios con arrepentimiento sincero. Desde el fondo de su corazón desea cambiar radicalmente de vida, e implora a Dios que no le niegue su amistad. Promete mostrar su agradecimiento sirviendo al Señor continuamente y enseñando a otros los caminos divinos, para que ellos también cumplan en todo la voluntad de Dios.

Ten piedad de mí, oh Dios, // según tu misericordia: // Y según la muchedumbre de tus piedades, // borra mi iniquidad. // Lávame todavía más de mi iniquidad // y límpiame de mi pecado. // Porque yo reconozco mi maldad, // y delante de mí tengo siempre mi pecado. // Contra Ti solo he pecado; // y he cometido la maldad delante de tus ojos // a fin de que perdonándome, aparezca justo en cuanto hables, // y quedes victorioso en los juicios que de Ti se forme. // Mira, pues, que fui concebido en iniquidad, // y que mi madre me concibió en pecado. // Y mira que Tú amas la verdad: // Tú me revelaste los secretos y recónditos misterios de tu sabiduría. // Me rociarás, Señor, con el hisopo, y seré purificado: // me lavarás, y quedaré más blanco que la nieve. // Infundirás en mi oído palabras de gozo, y de alegría; // con lo que se recrearán mis huesos quebrantados. // Aparta tu rostro de mis pecados, // y borra todas mis iniquidades. // Crea en mí, oh Dios, un corazón puro, // y renueva en mis entrañas el espíritu de rectitud. // No me arrojes de tu presencia, // y no retires de mí tu santo Espíritu. // Restitúyeme la alegría de tu Salvador; // y fortaléceme con un espíritu generoso. // Yo enseñaré tus caminos a los malos, // y se convertirán a Ti los impíos. // Líbrame de la sangre, oh Dios, Dios salvador mío, // y ensalzará mi lengua tu justicia. // Oh Señor, Tú abrirás mis labios; // y publicará mi boca tus alabanzas. // Que si Tú quisieras sacrificios, ciertamente te los ofreciera; // mas Tú no te complaces sólo con holocaustos. // El espíritu compungido es el sacrificio más grato para Dios: // no despreciarás, oh Dios mío, el corazón contrito y humillado (Sal 50, 3-19).

Falsos triunfadores

Falsos triunfadores

De la historia de los Juegos Olímpicos se puede sacar una lista negra con los nombres de los que quisieron gustar de los laureles del triunfo aunque para conseguirlo tuvieran que hacer uso del fraude.

Éstos son algunos de esos nombres de falsos triunfadores. El primero, se trata de un emperador. Conrado Duránter, en su obra Olimpia y los Juegos Olímpicos, escribe: Nerón, con su demencial megalomanía, se inscribe en los Juegos Olímpicos de la CCXI Olimpíada, que hace aplazar dos años por conveniencia. Obliga a crear modalidades nuevas, hasta entonces desconocidas, y en todas ellas, cuádrigas de potros, tiros de potros de a diez, etc., se hace proclamar campeón, sin que nada se pueda alegar contra la parcialidad de los jueces que así lo proclaman, a pesar de haber presenciado su caída del carro… Con su irracional proceder, siente envidia de los que le precedieron en la victoria y ordena que las estatuas de los antiguos vencedores, que se alinean en el Altis sean destruidas y arrojadas a las letrinas”.

Otro falsario fue el norteamericano Fred Lordz, que ha pasado a la historia de las Olimpíadas por ser el atleta más tramposo que ha pisado una pista.

Lordz participó en la prueba del maratón en los Juegos de San Luis, celebrados en 1904, y fue el primero en cruzar la línea de mera con un tiempo milagroso dadas las extremas condiciones en que se disputó. Pero en realidad no hubo ningún milagro. Lo excepcional del tiempo registrado tiene otra explicación: Cuando Lordz llevaba recorridos unos catorce kilómetros se sintió desfallecer, por lo que solicitó de un automovilista que seguía la prueba que le acercara al estadio. Ya en las proximidades del estadio, donde estaba situada la meta, el atleta saltó del coche, ya restablecido, y continuó corriendo hasta la cinta de meta, siendo, naturalmente, el primero en cruzarla.

Cuando estaba a punto de ser coronado vencedor por la hija del Presidente Roosevelt, el engaño fue descubierto y Lordz descalificado a perpetuidad, aunque al año siguiente fuera perdonado.

La delegación norteamericana quiso explicar el engaño diciendo que Lordz sólo había querido gastar una broma. Explicación que no convenció a nadie. Por todo ello, Lordz ha quedado marcado en la lista negra de los atletas olímpicos.

En 1976, durante la Olimpíada de Montreal, de nuevo un participante se vale del engaño para ganar. Sucedió cuando se disputaba la prueba de pentatlón moderno. En la modalidad de espada todos se admiraban con la facilidad y velocidad con que el soviético Onischenko se deshacía de sus rivales. Extrañados por su pericia, los jueces descubrieron que Onischenko había instalado en la cazoleta de su espada un ingenioso dispositivo electrónico que, manejado a voluntad, señalaba el tocado de su contrario.

Descubierto el truco a tiempo, el tramposo fue descalificado a perpetuidad. Al parecer, se daba el caso de que uno de los jueces no era ajeno a los manejos del soviético. Onischenko tenía ya 38 años y había sido medalla de plata, cuatro años antes, en Munich.

Más recientemente, el 24 de septiembre de 1988, un jamaicano con pasaporte canadiense, llamado Ben Johnson, asombró al planeta cuando ganó en Seúl la final olímpica de 100 metros con 9.79 segundos. La imagen de su llegada a la meta, con clara ventaja sobre su máximo rival Carl Lewis, el Hijo del Viento, y señalando con un dedo su indiscutible supremacía en la distancia (dos años antes ya se había proclamado campeón mundial en los Campeonatos Mundiales de Atletismo de Roma), fue vista por infinidad de ojos humanos, repetidas veces, en los Cinco Continentes.

Dos días después, el 26, a las 10.00 horas, Michella Verdier, portavoz del Comité Olímpico Internacional, confirmó oficialmente que el vencedor de la prueba de los 100 metros lisos, el canadiense Ben Johnson, había dado positivo en el control antidopaje.

Johnson ganó la carrera más importante del atletismo, pero luego, en menos de 48 horas, perdió el honor, la medalla… y sobre todo se despidió de todo ese mundo de élite y gloria de los grandes campeones. Fue suspendido por dos años y desposeído del título y de la marca (récord mundial) ganados anteriormente en Roma.

En 1996, mientras Lewis se disponía en Atlanta a participar en sus cuartos Juegos Olímpicos, con la posibilidad de ganar dos medallas de oro, que le hubieran colocarían por delante del finlandés Paavo Nurmi como plusmarquista de triunfos olímpicos, en un bar de noche de Orlando (Florida) un camarero jamaicano, con nacionalidad canadiense, Benjamín Sinclair Johnson, repartía copas y atendía a los clientes…

Helí y sus hijos

Helí y sus hijos

Helí era juez y sumo sacerdote de Israel. Un hombre justo y temeroso de Dios; y tenía dos hijos, Ofní y Finés, que eran sacerdotes del Señor en el santuario de Siló. Los hijos de Helí eran hombres depravados que no reconocían al Señor ni las obligaciones del sacerdote ante el pueblo (1 S 2, 12). La conducta llena de codicia y totalmente relajada de Ofní y Finés escandalizaba al pueblo y lo alejaba del Tabernáculo. Además cometían muchos otros crímenes acostándose con las mujeres que servían a la entrada del Tabernáculo de la Reunión. Todo el pueblo, escandalizado, le hablaba de estas fechorías a Helí, un hombre anciano y vencido, y -aunque era temeroso de Dios- fue negligente para corregir a sus hijos, y se encontró sin fuerzas para controlarlos. Al enterarse del comportamiento de Ofní y Finés, les dijo: ¿Por qué os comportáis así? Yo mismo he oído contar al pueblo esas maldades. No, hijos míos, no son buenos los rumores que oigo por todo el pueblo del Señor. Si un hombre peca contra otro, Dios podrá ser árbitro; pero si peca contra el Señor, ¿quién intercederá por él? (1 S 2, 23-25). Pero los hijos no le hicieron caso. La negligencia de Helí en corregirlos desagradó al Señor.

El Señor advirtió a Helí por medio de Samuel que su familia estaba ya reprobada y que en breve sus hijos recibirían el castigo que sus culpas merecían. El Señor dijo a Samuel: Voy a hacer en Israel algo que a quienes lo oigan les zumbarán los oídos. Aquel día cumpliré en Helí todo lo que había prometido contra su casa, desde el principio hasta el fin. Le hago saber que voy a condenar a su casa para siempre porque él sabía que sus hijos maldecían a Dios y no les reprendió. Por eso, juro a la casa de Helí que no se expiará jamás su culpa ni con sacrificio ni con ofrendas (1 S 3, 11-14). Después de oír estas palabras del Señor, Samuel le contó todo a Helí sin ocultarle nada. Entonces Helí dijo: Es el Señor. Que haga lo que considere mejor (1 S 3, 18).

Muy pronto se cumplió la amenaza divina. Habiendo atacado los filisteos a los israelitas, estos fueron derrotados. Entonces los ancianos de Israel dijeron: ¿Por qué nos ha afligido hoy el Señor con la derrota ante los filisteos? Traigamos de Siló el Arca de la Alianza del Señor y llevémosla con nosotros para que nos salve de nuestros enemigos (1 s 4, 3). Ofní y Finés llevaron el Arca de la Alianza al campamento israelita. En una nueva batalla, los filisteos derrotaron otra vez a los israelitas, y el Arca de la Alianza cayó en su poder. En la batalla murieron los hijos de Helí, Ofní y Finés.

Un mensajero fue a llevar la noticia de la derrota a Helí. “Los israelitas han huido ante los filisteos; ha sido una gran derrota para el pueblo. Además, han muerto tus hijos, Ofní y Finés, y el Arca de Dios ha sido capturada”. Al mencionar el Arca de Dios, Helí cayó de su estrado hacia atrás, hacia la puerta, se desnucó y murió porque era muy viejo y estaba débil. Había sido juez de Israel durante cuarenta años (1 S 4, 17-18).

La promesa de Jefté

La promesa de Jefté

Una vez más, los israelitas volvieron a hacer el mal a los ojos del Señor y cayeron en la idolatría, pues dieron culto a dioses falsos, abandonando el culto al Dios verdadero. Entonces se encendió la ira del Señor contra Israel, y los entregó en manos de los filisteos y de los amonitas (Jc 10, 7). Esta situación de opresión duraba ya dieciocho años, cuando los israelitas clamaron al Señor diciendo: Hemos pecado contra ti porque hemos abandonado a nuestro Dios para dar culto a los baales (Jc 10, 10). Y arrepentidos, retiraron los dioses extraños que había entre ellos y dieron culto al Señor, que se aplacó ante la desdicha de Israel.

Mientras tanto, los amonitas se prepararon para hacer la guerra a Israel. Es entonces cuando los ancianos de Galaad fueron a llamar a Jefté para decirle: Ven y serás nuestro jefe. Lucharemos contra los amonitas (Jc 11, 6). Aceptó Jefté, y se puso al frente del ejército de Israel.

Al salir hacia el campo de batalla, Jefté hizo un voto al Señor diciendo: Si pones en mis manos a los amonitas, quien salga al encuentro por las puertas de mi casa cuando regrese en paz después de luchar con los amonitas será para el Señor, lo ofreceré en holocausto (Jc 11, 30-31).

Jefté consiguió vencer a los amonitas, y la noticia de la victoria se difundió rápidamente por las distintas poblaciones. Cuando Jefté volvía a su casa en Mispá, su hija salió con tamboriles y danzas. Era hija única, ya que no tenía otros hijos ni hijas. Al verla, rasgó sus vestiduras y dijo: “¡Ay, hija mía! Me has dejado completamente abatido. Tú has venido a ser la causa de mi aflicción. Yo he hecho una promesa al Señor, y no puedo echarme atrás” (Jc 11, 34-35). Al saber la joven el voto que había hecho su padre, le exhortó a que lo cumpliese con estas palabras: Padre mío, ya que abriste tu boca ante el Señor, haz conmigo lo que prometiste puesto que el Señor te ha concedido desquitarte de tus enemigos, los amonitas (Jc 11, 36). Y añadió: Hazme este favor: déjame dos meses para que vaya a vagar por los montes y llore mi virginidad junto con mis compañeras (Jc 11, 37). Jefté se lo concedió. Al cabo de dos meses la joven volvió junto a su padre que cumplió con ella el voto que había hecho.

Jeftté imprudentemente hizo un voto temerario, y de forma precipitada. Es verdad que el voto obliga a cumplirlo, pero siempre que se trate de una promesa deliberada y libre hecha a Dios acerca de un bien posible y mejor. En el caso de Jefté la promesa consistía en algo malo, como era sacrificar a un ser humano inocente. De ahí que su acción es reprobable.