Domingo XVII del Tiempo Ordinario. Ciclo C.

Dios es rico en misericordia, es un Dios que perdona. No hay límites para su perdón. La misericordia divina muestra a un Dios capaz de una paciencia infinita, con un amor tan grande por el hombre que soporta todo y todo perdona. Ningún pecado, aunque sea un abismo de corrupción, agotará mi Misericordia. Aunque el alma sea como un cadáver en plena putrefacción, y no tenga humanamente ningún remedio, ante Dios sí lo tiene, le fue revelado a santa Faustina Kowalska por Nuestro Señor.

En el juicio contra Jesús en el pretorio, Poncio Pilato preguntó al Señor: ¿De dónde eres tú? (Jn 19, 9). Pero Jesús permaneció callado, sin responder a la pregunta. Sorprendido el procurador romano por este silencio, le dijo: ¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte? (Jn 19, 10). Ahora Jesús sí habla para aclararle a Pilato de dónde le viene ese poder: No tendría contra mi ningún poder, si no se te hubiera dado de arriba; por eso, el que me ha entregado a ti tiene mayor pecado (Jn 19, 11). No dice Jesús que Poncio Pilato esté libre de pecado, sino que el pecado de las autoridades religiosas de los judíos, que fueron quienes entregaron Jesús al procurador, es mayor.

De aquí se deduce que no todos los pecados tienen la misma gravedad. Los pecados por su gravedad se clasifican en mortales y en veniales. Y entre los mortales hay pecados que claman al cielo, porque son gravísimos. El Catecismo de la Iglesia Católica hace referencia a estos últimos pecados. La tradición catequética recuerda también que existen “pecados que claman al cielo”. Claman al cielo: la sangre de Abel; el pecado de los sodomitas; el clamor del pueblo oprimido en Egipto, el lamento del extranjero, de la viuda y el huérfano; la injusticia con el asalariado (n. 1867).

En el Génesis se habla del pecado de los habitantes de Sodoma. Se ha extendido un gran clamor contra Sodoma y Gomorra, y su pecado es gravísimo; bajaré y veré si han obrado en todo según ese clamor que contra ella ha llegado hasta mí, y si no es así lo sabré (Gn 18, 20-21). Era un pecado carnal contra la naturaleza. Y Dios decidió destruir esas dos ciudades, pero antes quiso que Abrahán supiera lo que iba a hacer.

Al enterarse, el Patriarca intercedió por Sodoma y Gomorra. Es un pasaje de la Biblia en el que se ve cómo Dios está dispuesto a perdonar y se palpa la misericordia divina. Dios, a ruego de Abrahán, va bajando el número de inocentes que debían haber en Sodoma para salvar aquellas ciudades contra las que hay una acusación fuerte. Primero, 50, luego, 45; después, sólo 40, a continuación la cifra baja a 30; ante la insistencia del Patriarca, el número queda en 20; y por último, en 10. En atención a los diez no la destruiré. Con estas palabras, Dios nos hace ver cómo la salvación de muchos, incluso pecadores, puede venir por la fidelidad de unos pocos justos. Desgraciadamente, ni siquiera había diez inocentes. Sólo Lot estaba libre del pecado contra natura que practicaban los sodomitas. Su pecado es gravísimo. De esta forma la Biblia indica la malicia de los actos homosexuales.

La Iglesia, al hablar de la homosexualidad, distingue las tendencias homosexuales que presentan algunas personas -hombres y mujeres- de los actos homosexuales. Estos son presentados en la Sagrada Escritura como depravaciones graves, y la Tradición ha declarado que son intrínsecamente desordenados. Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2358).

Respecto a las personas que experimentan una atracción sexual, exclusiva o predominante, hacia personas del mismo sexo, que no han elegido su condición homosexual, la Iglesia dice que deben ser acogidas con respeto, compasión y delicadeza, evitando, respecto a ellas, todo signo de discriminación injusta. Estas personas están llamadas a la castidad. Mediante virtudes de dominio de sí mismo que eduquen la libertad interior, y a veces mediante el apoyo de una amistad desinteresada, de la oración y la gracia sacramental, pueden y deben acercarse gradual y resueltamente a la perfección cristiana (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2359).

En su intercesión por Sodoma y Gomorra, Abrahán argumenta desde una visión de responsabilidad colectiva, tal como era entendida antiguamente en Israel: todo el pueblo participaba de la misma suerte, aunque no todos hubiesen pecado, pues el pecado de unos afectaba a todos. Según aquella mentalidad, si en la ciudad hubiese habido suficiente número de justos -Abrahán no se atreve a bajar de diez- Dios no la hubiera destruido. Y en el caso de que los sodomitas se hubiesen arrepentido de su pecado, el Señor no hubiera llevado a cabo su amenaza. Pero no hubo tal arrepentimiento, sino que estaban obcecados en el pecado, como se deduce de lo que ocurrió al llegar a la ciudad dos hombres, que en realidad eran ángeles con forma humana. Lot acogió en su casa a esos dos hombres. Entonces los hombres de la ciudad, hombres de Sodoma, tanto jóvenes como viejos, todo el pueblo a la vez, rodearon la casa. Llamaron a Lot y le preguntaron: “¿Dónde están los hombres que entraron anoche en tu casa? Sácanoslos para que los conozcamos (Gn 19, 4-5).

El desenlace del episodio de Sodoma y Gomorra muestra que Dios, aunque destruye esas ciudades, salva a los justos que vivían en ellas (Lot y su familia). Dios no castiga al justo con el pecador, como pensaba Abrahán, sino que hace perecer o salva a cada uno según su conducta.

También san Pablo habla de ese Dios que perdona, que es capaz de dar vida donde sólo hay muerte. Estabais muertos por vuestros pecados; pero Dios os dio vida en Cristo, perdonándoos todos los pecados (Col 2, 13). A pesar de nuestras miserias y pecados, confiemos en un Dios que perdona al pecador que se arrepiente, que contrito acude al sacramento de la Penitencia. Antes había escrito sobre el Bautismo y la resurrección. Sepultados con Él por medio del Bautismo, también fuisteis resucitados con Él mediante la fe en el poder de Dios, que lo resucitó entre los muertos (Col 2, 12). El Apóstol, evocando el rito de inmersión en el agua, habla del Bautismo como un sepultura -señal cierta de haber muerto al pecado-, y de la resurrección a una vida nueva: la vida de la gracia. Mediante este sacramento somos asociados a la muerte y sepultura de Cristo para que también podamos resucitar con Él.

Dios escucha nuestra oración, no hace oídos sordos a nuestras peticiones. El mismo Jesús nos enseñó cómo dirigirnos a Dios. Cuando sus discípulos le dijeron enséñanos a orar, Él dijo: Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino; nuestro pan cotidiano dánosle cada día; y perdónanos nuestros pecados, puesto que también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos deje caer en la tentación (Lc 11, 2-4). El texto del Padrenuestro que presenta san Lucas es más breve del que se contiene en el Evangelio según san Mateo. En éste se especifican siete peticiones, y en el de san lucas sólo cuatro. Pero en los dos textos aparece la petición del perdón de nuestros pecados y la del que nos libre de caer en la tentación. Y Dios perdona y nos ayuda a vencer a Satanás que nos tienta.

Pedimos a Dios que perdone nuestros pecados. Todos estamos necesitados de reconciliación, pues todos hemos pecado. Continuamente experimentamos en nosotros, no sin dolor, que, en lugar de dejarnos llevar por el espíritu de Cristo y hacer la voluntad de Dios, seguimos el espíritu de este mundo y contradecimos lo que somos como cristianos. Necesitamos de la misericordia de Dios más grande que todas nuestras infidelidades. Pero Dios quiere que nosotros seamos también misericordiosos, que sepamos perdonar de todo corazón las ofensas que nos puedan hacer.

Y no nos deje caer en la tentación. No es pecado sentir la tentación, sino consentir en ella. También es pecado ponerse voluntariamente en ocasión próxima de pecar. Y ¿por qué permite Dios que seamos tentados por el demonio? Dios permite que seamos tentados para probar nuestra fidelidad, para ejercitarnos en las virtudes y acrecentar, con la ayuda de la gracia, nuestros merecimientos. En esta última petición del Padrenuestro rogamos al Señor que nos dé su gracia para no ser vencidos en la prueba, o que nos libre de ésta si no fuéramos a superarla.

Abrahán intercedió a Dios con confianza, pues sabía que Dios obra justamente. ¿Vas a destruir al justo con el malvado? Quizá haya cincuenta justos dentro de la ciudad; ¿la vas a destruir?, ¿no la perdonarás en atención a los cincuenta justos que haya dentro de ella? Lejos de ti hacer tal cosa; matar al justo con el malvado, y equiparar al justo y al malvado; lejos de ti. ¿Es que el juez de toda la tierra no va a hacer justicia? (Gn 18, 23-25). Nuestra oración ha de ser constante y confiada, porque el mismo Señor nos anima a no decaer en nuestra petición constante a Dios. Además, Él nos ha dicho: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá; porque todo el pide, recibe; y el que busca, encuentra; y a quien llama, se le abrirá (Lc 11, 9-10).

No tengamos miedo a pasarnos pidiendo demasiado: seamos atrevidos, como los niños pequeños, que a Jesucristo y a su Madre bendita les gusta este atrevimiento, clara manifestación de amor y de confianza sin límites. Hagamos como Abrahán. Interceder, pedir en favor de otro, es, desde Abraham, lo propio de un corazón conforme a la misericordia de Dios. En el tiempo de la Iglesia, la intercesión cristiana participa de la de Cristo: es la expresión de la comunión de los santos. En la intercesión, el que ora busca no su propio interés sino el de los demás, hasta rogar por los que le hacen mal (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2635). Recuérdese a Esteban rogando por sus verdugos, como Jesús.

Persevera en la oración. -Persevera, aunque tu labor parezca estéril. -La oración es siempre fecunda (Camino, n. 101). La oración es siempre eficaz. Lo dice la Escritura: La oración ferviente del justo tiene gran eficacia. El profeta Elías, que era un hombre de la misma condición que nosotros, oró fervorosamente para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra durante tres años y seis meses; y oró de nuevo, el cielo envió la lluvia y la tierra produjo sus frutos (St 5, 16-18).

El fundamento de esta eficacia de la oración es la bondad del Padre, pero también la mediación de Cristo ante Él y la acción del Espíritu Santo, que intercede por nosotros (Rm 8, 27) según los designios de Dios. En efecto, nosotros no sabemos cómo pedir (Rm 8, 26) y a veces no somos escuchados porque pedimos mal. Para apoyar la oración, que Cristo y el Espíritu hacen brotar en nuestro corazón, interviene María con su intercesión materna.

¿Cómo rezamos? ¿Acudimos al Señor con humildad, confianza y perseverancia, o nos cansamos fácilmente cuando no nos escucha enseguida? ¿Estamos plenamente convencidos de que la oración ha sido y será siempre el arma poderosa para el servicio de las almas?

La misericordia de Santa María adelanta el comienzo de los milagros de Jesús. Su ruego es siempre eficaz. En nuestras peticiones a Dios pongamos por intercesora a la Madre de Dios.

Domingo XIV del Tiempo Ordinario. Ciclo C

Designó el Señor a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos delante de sí, a todas las ciudades y sitios a donde él había de ir (Lc 10, 1). Entre los que seguían al Señor y habían sido llamados por Él, además de los doce apóstoles, había numerosos discípulos, los nombres de la mayoría son desconocidos; sin embargo, entre ellos se contaban con toda seguridad aquellos que estuvieron con Jesús desde el bautismo de Juan hasta la Ascensión del Señor: por ejemplo, José llamado Barsabas, y Matías. De modo semejante podemos incluir a Cleofás y su compañero, a quienes Cristo resucitado se les apareció en el camino de de Emaús. De entre todos aquellos discípulos, el Señor elige setenta y dos para una misión concreta. Les exige, lo mismo que a los Apóstoles, total desprendimiento y abandono completo en la Providencia divina.

Comenta el papa Francisco este versículo evangélico: Jesús no es un misionero aislado, no quiere realizar su misión solo, sino que implica a sus discípulos. Les manda a las aldeas, de dos en dos, a anunciar que el Reino de Dios está cerca. ¡Esto es muy hermoso! Jesús no quiere obrar solo, vino a traer al mundo el amor de Dios y quiere difundirlo con el estilo de la comunión, con el estilo de la fraternidad. Por ello forma una comunidad de discípulos, que es una comunidad misionera. Inmediatamente los entrena para la misión, para ir. La finalidad es anunciar el Reino de Dios, ¡y esto es urgente! También hoy es urgente.

Y también hoy Cristo llama y envía. Cada cristiano debe cumplir la misión que le haya sido encomendada por Dios. Podemos establecer un paralelismo entre los Apóstoles y los setenta y dos discípulos con los ministros sagrados de la Iglesia y los laicos. Todos son enviados por el Señor, pero con funciones distintas. La Iglesia, en nombre del Señor, ruega encarecidamente a todos los laicos que respondan gustosamente, con generosidad y prontitud de ánimo, a la voz de Cristo que en esta hora los invita con mayor insistencia, y a los impulsos del Espíritu Santo (Concilio Vaticano II, Decreto Apostolicam actuositatem). Que sientan que es el propio Señor quien les invita a estar más unidos con Él y que se asocien a su misión salvadora. En los comienzos del tercer milenio del cristianismo, Cristo Jesús de nuevo envía a sus discípulos´-el nombre de cristiano significa discípulo de Cristo- a todas las ciudades y lugares para anunciar el Reino de Dios.

Hoy, en este envío de Jesús, están presentes los escenarios y los desafíos siempre nuevos de la misión evangelizadora de la Iglesia, y todos somos llamados a esta nueva “salida” misionera. Si la Iglesia es misionera por su naturaleza, la vocación cristiana nace necesariamente dentro de una experiencia de misión.

Para difundir el Evangelio por toda la redondez de la tierra, Dios cuenta con nosotros. Como los Apóstoles, también los cristianos del siglo XXI encontraremos dificultades en la difusión de la Palabra. Ya nos avisó Jesucristo: Mirad que os mando como corderos en medio de lobos (Lc 10, 3). Pero no olvidemos que los primeros cristianos, a pesar de las persecuciones, convirtieron al cristianismo todo un imperio pagano. Igualmente, con nuestro apostolado, conseguiremos cambiar el ambiente laicista de la sociedad actual por una sociedad más humana, más cristiana y más de Dios.

Cristo quiere inculcar a sus discípulos la audacia apostólica; por eso dice “yo os envío”, a lo que comenta san Juan Crisóstomo: Esto basta para daros ánimo, esto basta para que tengáis confianza y no temáis a los que os atacan. La audacia de los Apóstoles y de los discípulos venía de la segura confianza de haber sido enviados por el mismo Dios: actuaban, como explicó el mismo san Pedro al los miembros del Sanedrín, en el nombre de Jesucristo Nazareno, pues no se ha dado a los hombres otro nombre debajo del cielo por el cual podemos salvarnos (Hch 4, 12).

Los Apóstoles eran personas sencillas, no eran escribas, doctores de la Ley, ni pertenecían a la clase sacerdotal. ¿Cómo pudieron, con sus limitaciones y combatidos por las autoridades, llenar Jerusalén con su enseñanza? ¿De dónde les venía la alegría y la valentía del anuncio, a pesar de los obstáculos y las violencias? Está claro que sólo puede explicar este hecho la presencia del Señor Resucitado con ellos y la acción del Espíritu Santo. Cuando una persona conoce verdaderamente a Jesucristo y cree en Él, experimenta su presencia en la vida y no puede dejar de comunicar esta experiencia (Papa Francisco).

Los setenta y dos volvieron muy contentos y le dijeron: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre” (Lc 10, 17). Aquellos discípulos, después de haber recorrido pueblos y aldeas enviados por Jesús, comprobaron la eficacia de su apostolado, de haber sido instrumentos en las manos de Dios para la difusión del Evangelio. De ahí su alegría. Evangelio significa buena noticia. Por eso, el mensaje evangélico es siempre una invitación a la alegría, algo que se recibe con gozo.

Viendo la alegría de los discípulos Jesús les dice: No estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están escritos en el Cielo (Lc 10, 20). Con estas palabras, el Señor corrige la actitud de los discípulos, haciéndoles ver que los verdaderos motivos de la alegría están en la esperanza del Cielo, y no en el poder de hacer milagros que les había dado para esa misión –os he dado el poder de pisar sobre serpientes y escorpiones, y sobre todo poder del enemigo, y nada os podrá hacer daño (Lc 10, 19)-. Más importante a los ojos de Dios que hacer milagros es cumplir en cada momento su Voluntad santísima. Además, no debemos gloriarnos como si fuésemos nosotros los protagonistas: el protagonista es uno solo, ¡es el Señor! Adoptemos la actitud de san Pablo: (14) Lejos de mí gloriarme sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo (Ga 6, 14)..

Al difundir el Evangelio, los cristianos somos sembradores de paz y de alegría. Deber de cada cristiano es llevar la paz y la felicidad por los distintos ambientes de la tierra, en una cruzada de reciedumbre y de alegría, que remueva los corazones mustios y podridos, y los levante hacia Él (San Josemaría Escrivá). Esa paz y esa alegría sólo se pueden encontrar en Cristo. Por eso el cristianismo es alegría. Y nada puede producir mayor satisfacción que llevar tantas almas a la luz y al calor de Cristo.

La misión de llevar la luz a todas las naciones, indicando a los hombres el verdadero camino. “Id a Belén, allí nació Cristo; id a Nazaret, allí pasó los treinta años de su vida oculta; deteneos en las riberas del lago de Galilea y en tantos lugares de Tierra Santa, donde Él enseñó y realizó milagros, dando signos de su poder divino; y, sobre todo, id a Jerusalén, donde fue crucificado para quitar los pecados del mundo y revelarse como Redentor del hombre, id a Jerusalén, donde resucitó al tercer día, manifestando el poder de vida que hay en Él, vida que es más fuerte que la muerte física y espiritual” (San Juan Pablo II).

Hay personas que para encontrar la felicidad emprenden caminos distintos al que conduce a Dios. Y fracasan en su búsqueda. Sólo encuentran infelicidad y tristeza. La experiencia de todos los que, de una forma u otra, volvieron la cara hacia otro lado (donde no estaba Dios), ha sido siempre la misma: han comprobado que lejos de Dios no hay alegría verdadera. Sólo los que aceptan el Evangelio pueden realizar la maravillosa tarea de salpicar de alegría a las personas con las que se relacionan. La paz y la misericordia de Dios vengan sobre todos los que se ajustan a esta norma (Ga 6, 16).

La alegría es compatible con la contradicción, con el sufrimiento, con el dolor, que es donde se prueba el amor. Dios es un Padre lleno de ternura que acoge, ayuda y perdona. Por eso, a quien permanece unido a Dios, que es la alegría de su vida, nada le causa tristeza.

El profeta Isaías también habla de alegría, nos invita al gozo. ¡Alegraos con Jerusalén y regocijaos por ella cuantos la amáis; exultad de gozo con ella cuantos le hacíais duelo! (Is 66, 10). Y el motivo de esta alegría es Dios. Lo veréis y se alegrará vuestro corazón (Is 66, 14). Un Dios lleno de bondad y solicitud amorosa para todos sus hijos. Esta ternura paternal de Dios puede ser expresada también mediante la imagen de la maternidad, como hace Isaías: Como alguien a quien su madre consuela, así Yo os consolaré (Is 66, 13). Cuando designamos a Dios con el nombre de “Padre” es para indicar que Dios es origen primero de todo y autoridad transcendente, pero conviene recordar que Dios transciende la distinción humana de los sexos. No es hombre ni mujer. Transciende también la paternidad y la maternidad humana, aunque sea su origen y medida.

Cristo envía a sus discípulos para la misión de anunciar el Reino de Dios. Pero antes de que estos partieran, les da unas instrucciones. Lo primero que les dice es que se necesitan más obreros en la viña del Señor con estas palabras: La mies es mucha, y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies (Lc 10, 2). También en nuestros días se necesitan apóstoles. Y por eso san Juan Pablo II les decía a los jóvenes -porvenir del mundo y esperanza de la Iglesia-: Cada generación necesita nuevos apóstoles. Es aquí donde surge una misión especial para vosotros. Sois los primeros apóstoles y evangelizadores del mundo juvenil, atormentado, hoy, por tantos retos y amenazas. Ante todo vosotros podéis serlo y nadie os puede reemplazar en vuestro ambiente de estudio, de trabajo y de recreo. Son muchos vuestros coetáneos que no conocen a Cristo, o no lo conocen lo suficiente. Por consiguiente, no podéis permanecer callados o indiferentes. Debéis tener el valor de hablar de Cristo, de dar testimonio de vuestra fe a través de vuestro estilo de vida inspirado en el Evangelio. San Pablo escribe: “¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!” Cristo confía en vosotros y cuenta con vuestra colaboración. ¡Cristo tiene necesidad de vosotros! ¡Responded a su llamamiento con el valor y el entusiasmo característicos de vuestra edad!

Una de las recomendaciones que Jesucristo da a los setenta y dos discípulos es ésta: En la casa en que entréis, decid primero: Paz a esta casa. Y si hubiere allí un hijo de paz, vuestra paz reposará sobre él; si no, se volverá a vosotros (Lc 10, 5-6). “Hijo de paz” es todo hombre que está dispuesto a recibir la doctrina del Evangelio que trae la paz de Dios. La recomendación del Señor a los discípulos de que anuncien la paz ha de ser una constante en toda acción apostólica de los cristianos: El apostolado cristiano no es un programa político, ni una alternativa cultural: supone la difusión del bien, el contagio del deseo de amar, una siembra concreta de paz y de alegría (Es Cristo que pasa, n. 124). El sentir la paz en nuestra alma y a nuestro alrededor es señal inequívoca de que Dios viene a nosotros, y un fruto del Espíritu Santo. Porque así dice el Señor: “Yo haré derivar hacia ella, como un río, la paz, como un torrente en crecida, las riquezas de las naciones” (Is 66, 12).

Cristo es nuestra paz. Él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa (Ef 2, 14). Si la paz es anhelo de todas las personas de buena voluntad, para los discípulos de Cristo es mandato permanente que compromete a todos; es misión exigente que los impulsa a anunciar y testimoniar “el evangelio de la paz”, proclamando que el reconocimiento de la plena verdad de Dios es condición previa e indispensable para la consolidación de la verdad de la paz.

A Santa María, Regina pacis, le pedimos que se acerque para todos el tiempo de la paz y de la libertad, el tiempo de la verdad, de la justicia y de la esperanza, que será solamente posible con el anuncio del Reino de Dios.

Solemnidad de San Pedro y San Pablo. Ciclo C

Llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?” (Mt 16, 13). Con toda sencillez, los Apóstoles dicen a Jesús lo que han oído de la gente: Ellos dijeron: “Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas” (Mt 16, 14). Todos los que seguían al Señor lo tenían como profeta, pero nadie dijo que fuera el Mesías esperado.

Si hoy día preguntáramos:¿Quién es Jesús de Nazaret?, quizás -y sin quizás- nos daríamos cuenta del desconocimiento que hay de Cristo. Algunos contestarían: Un desconocido; otros: Un hombre del pasado; hay quien diría: Un revolucionario; algún intelectual es posible que respondiera diciendo: Un pensador; no faltarían los que dijeran: Un político.

Todas estas respuestas no son verdaderas. ¿Un desconocido? No, porque quien quiera puede conocer su vida, y sus enseñanzas las encontrará en las páginas del Evangelio. ¿Un hombre del pasado? Tampoco, porque Cristo vive. Es siempre actual. Su mensaje está dirigido a todos los hombres de todas las épocas. Su palabra, por ser divina, es eterna. Jesucristo es el mismo ayer y hoy y por los siglos (Hb 13, 8). ¿Un revolucionario? No, porque vino a predicar la caridad, el amor fraterno entre todos los hombres. Dio cumplimiento a la Ley. No utilizó medios violentos. Aceptó la situación política de su país. Bien claro dijo: Dad a Dios lo que es de Dios, y al César, lo que es del César (Mt 22, 21). ¿Un político? Rotundamente no. Cuando quisieron hacerle rey después del milagro de la multiplicación de los panes, Él rehusó, se alejó de aquel lugar para evitar una proclamación ajena a su verdadera misión. Su misión no era libertar a su pueblo del poder romano, sino la de salvar al hombre. Por eso no acepta la posición de quienes mezclaban las cosas de Dios con actitudes meramente políticas. En su diálogo con Poncio Pilato explicó que su Reino no es de este mundo (Jn 18, 36). ¿Un pensador? Según el Diccionario de la Lengua Española, pensador es la persona que se dedica a estudios muy elevados y profundiza mucho en ellos. Por tanto, la respuesta es también negativa. No aparece en los Evangelios que Cristo se dedicara a esos estudios.

Si no es político, ni pensador, ni revolucionario… ¿Es acaso el fundador de otra nueva religión? La respuesta es sí, pero con un matiz. Sí fundó la Iglesia. No una nueva religión sin más, sino la única verdadera, la auténtica, la querida por Dios: la Religión Católica. En el Evangelio se ve como el Señor va dando distintos pasos a lo largo de su vida pública hasta llevar a cabo la fundación de la Iglesia.

Volvamos a la escena evangélica de Cesarea de Filipo. Después de oír las respuestas dadas por sus discípulos, el Señor les dijo: “Y vosotros ¿quién decís que soy yo?” Simón Pedro contestó: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 15-16). El Señor no pide a los Apóstoles una opinión, más o menos favorable, sino la firmeza de la fe. Esta pregunta del Señor es la más importante, con la que Jesús se dirige directamente a aquellos que lo han seguido, para verificar su fe. San Pedro, en nombre de todos, exclama con naturalidad: Tú eres el Cristo, manifestando la fe en su Maestro. Dentro de la sencillez del relato queda claro el papel de Pedro: se adelanta a todos los demás afirmando la mesianidad de Jesús.

Con el apóstol Pedro, también nosotros confesamos que Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios, el Mesías. Jesucristo es el Hijo de Dios hecho hombre, Dios mismo, el Salvador del mundo. Cristo es el Hijo de Dios, que os descubre el rostro amoroso del Padre. Él es el maestro, el único cuyas enseñanzas no pasan, el único que os enseña con autoridad. Él es el amigo que dice a sus discípulos: “No deseo llamaros siervos… porque os he llamado amigos” (Jn 15, 15). Y demuestra su amistad entregando su vida por nosotros (San Juan Pablo II).

“Cristo” significa ungido y es nombre de honor y de oficio. En la Antigua Ley se ungía a los sacerdotes y a los reyes, a quienes había mandado Dios que se ungiesepor la dignidad de su cargo; también hubo costumbre de ungir a los profetas en cuanto eran intérpretes e intermediarios de Dios. Pero al venir al mundo Jesucristo, nuestro Salvador, recibió el estado y las obligaciones de los tres oficios de sacerdote, rey y profeta, y por esta causa fue llamado Cristo (Catecismo Romano, I, 3,7).

Jesús queda impresionado con la fe de Pedro, reconoce que ésta es fruto de una gracia especial de Dios Padre. Por eso le dijo: “Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos” (Mt 16, 13-19). Aquí se ve con claridad la intención Cristo de establecer un Primado en la Iglesia

Desde la primera vez que vio a Simón, el Señor le dio un nuevo nombre: “Pedro”, que en la lengua de Jesús suena Kefa, una palabra que significa “roca”.Y sobre esta roca Cristo edifica su Iglesia. A veces se ha comparado a la Iglesia a una barca sacudida por el oleaje y los vendavales de la historia; pero en esa barca es Jesucristo quien lleva el timón, y así conduce a los creyentes al puerto seguro de la nueva vida. Tenemos la seguridad de que la barca de Pedro no se hundirá. Cristo está dentro de la barca, vive en la Iglesia, y por eso las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Todo lo demás, todo lo humano pasa; pero la Iglesia permanece siempre idéntica a sí misma, como Cristo la quiso. Cristo está presente, y la barca no se puede hundir, aunque, a veces, se vea zarandeada de un lado para otro. Esta asistencia divina es lo que hace inquebrantable nuestra fe en la Iglesia, frente a todas las contingencias humanas, en medio de todas las tempestades.

Jesús promete a Simón Pedro el Primado sobre toda la Iglesia. Promesa que tiene su cumplimiento después de la Resurrección del Señor. Al conferirle el Primado, son dados poderes supremos a san Pedro para el bien de la Iglesia. Como ésta ha de durar hasta el fin de los tiempos, esos poderes se transmitirán a aquellos que sucedan al Príncipe de los Apóstoles a lo largo de la historia.

¿Quiénes son los sucesores de san Pedro? Todos los que sucesivamente han sido obispo de Roma, es decir, los papas. ¿Cuál es la misión del Papa en la Iglesia? La respuesta viene del Magisterio de la Iglesia: El Papa, Obispo de Roma y sucesor de san Pedro, es el perpetuo y visible principio y fundamento de la unidad de la Iglesia. Es el Vicario de Cristo, cabeza del colegio de los obispos y pastor de toda la Iglesia, sobre la que tiene, por institución divina, la potestad plena, suprema, inmediata y universal (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica).

Los sucesores del Príncipe de los Apóstoles, los Papas, son en primer lugar Obispo de Roma y, por tanto gozan del Primado de jurisdicción sobre toda la Iglesia. El Papa es la Cabeza visible de la única verdadera Iglesia que ha recibido de Cristo todos los medios de salvación: la fe y los sacramentos. Pero su misión es la de servir, como indica el título más usado por los papas desde san Gregorio I Magno: Servus servorum Dei, Siervo de los siervos de Dios. Es el Buen Pastor que guía a las ovejas del rebaño de Cristo hacia los anchos pastos, en verdes praderas.

Todos los católicos hemos de ir cum Petro, unidos al Papa, porque sin unión con el Vicario de Cristo, no puede haber, para un católico, unión con Cristo (San Josemaría Escrivá). Nuestro amor a la Iglesia nos lleva a identificarnos con el Vicario de Cristo.

Rezar por la persona del Papa es uno de los más gratos deberes de caridad que tenemos los cristianos. Y es algo que siempre se ha vivido en la Iglesia. En los Hechos de los Apóstoles se narran las primeras persecuciones contra los cristianos. Por aquel tiempo el rey Herodes echó mano a algunos de la Iglesia para maltratarlos. Hizo morir por la espada a Santiago, el hermano de Juan. Al ver que esto les gustaba a los judíos, llegó también a prender a Pedro. Eran los días de los Azimos. Le apresó, pues, le encarceló y le confió a cuatro escuadras de cuatro soldados para que le custodiasen, con la intención de presentarle delante del pueblo después de la Pascua. Así pues, Pedro estaba custodiado en la cárcel, mientras la Iglesia oraba insistentemente por él a Dios (Hch 12, 1-5).

San Lucas, que recogió en su Evangelio las palabras de Cristo acerca de la oración perseverante, pone en los Hechos de los Apóstoles de manifiesto la eficacia que Dios concede a la oración de toda la comunidad cristiana en favor de Pedro. El Señor desea que sus designios providentes de salvar al que ha constituido Cabeza visible de su Iglesia para el bien de los fieles sean como una respuesta a los ruegos confiados de los cristianos.

El Señor asiste a Pedro mediante una acción poderosa de un ángel. Estando el Apóstol en la prisión encadenado y custodiado por soldados, y mientras dormía de pronto se presentó el Ángel del Señor y la celda se llenó de luz. Le dio el ángel a Pedro en el costado, le despertó y le dijo: “Levántate aprisa”. Y cayeron las cadenas de sus manos. Le dijo el ángel: “Cíñete y cálzate las sandalias”. Así lo hizo. Añadió: “Ponte el manto y sígueme”. Y salió siguiéndole. No acababa de darse cuenta de que era verdad cuanto hacía el ángel, sino que se figuraba ver una visión. Pasaron la primera y segunda guardia y llegaron a la puerta de hierro que daba a la ciudad. Esta se les abrió por sí misma. Salieron y anduvieron hasta el final de una calle. Y de pronto el ángel le dejó. Pedro volvió en sí y dijo: “Ahora me doy cuenta realmente de que el Señor ha enviado su ángel y me ha arrancado de las manos de Herodes” (Hch 12, 7-11). Este extraordinario acontecimiento manifiesta la solicitud del Cielo y el cuidado amoroso con el que Dios dirige y auxilia a quienes ha confiado una misión. No disminuirán sus trabajos pero verán por sí mismos que el señor vigila y protege sus pasos.

También san Pablo es objeto del auxilio divino. A Timoteo le escribe: Nadie me asistió en mi primera defensa, sino que todos me abandonaron; que no les sea tenido en cuenta. Pero el Señor me apoyó y me dio fuerzas para que, por mi medio, se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todos los gentiles. Y fui librado de la boca del león. El Señor me librará de toda obra mala y me salvará guardándome para su Reino celestial (2 Tm 4, 16-18). El Apóstol destaca el contraste entre el comportamiento de los hombres y el de Dios. Frente a las complicaciones que pudieran surgir por acompañar o defender a san Pablo, algunos de sus amigos, e incluso de sus íntimos, lo dejaron solo. En cambio Dios no lo abandonó. Cuando dice: El Señor me librará de todo mal, no se refiere a que Dios le librará del martirio, sino que expresa su confianza en que Dios le mantendrá firme en toda tentación, y finalmente le concederá la salvación en el Cielo.

La Iglesia celebra a san Pedro y a san Pablo el mismo día. Pedro fijó su sede en Roma por ser la capital del imperio: así sería más fácil y rápida la extensión por el mundo entero de la fe que llevaba en su corazón y en su alma, una fe capaz de remover las montañas. Desde entonces, la Iglesia, fundada por Cristo, es Romana. También Pablo vino a Roma. Los dos Apóstoles coincidieron en la Urbe, que de caput mundi, cabeza del mundo, se convirtió en caput Ecclesiae, cabeza de la Iglesia (Beato Álvaro del Portillo). Los dos apóstoles sufrieron el martirio en la Ciudad Eterna. La gloriosa herencia de Pedro y Pablo es una llamada a vivir las virtudes cristianas, de modo particular la fe y la caridad. La fe en Jesús: como Mesías e Hijo de Dios, que Pedro profesó primero y que Pablo anunció a la gente; y la caridad, que la Iglesia de Roma está llamada a servir con horizonte universal.

Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam!, es una jaculatoria que solía decir con frecuencia san Josemaría Escrivá. Que todos, bien unidos al Papa, vayamos a Jesús, por María.

Domingo XII del Tiempo Ordinario. Ciclo C.

Derramaré sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de perdón y de oración, y volverán sus ojos hacia mí, al que traspasaron. Le harán duelo como de hijo único, lo llorarán como se llora al primogénito (Za 12, 10). El profeta Zacarías habla de un personaje cuya misteriosa muerte tiene efectos parecidos a los de la del Siervo de Yavé, recogidos en el libro de Isaías, puesto que a partir de ella Judá y Jerusalén encontrarán la expiación del pecado y abandonarán completamente la idolatría.

¿Quién fue este personaje? Algunos comentaristas de la Biblia dicen que es posible que Zacarías haga una alusión a la muerte de Zorobabel, el último descendiente de la dinastía davídica mencionado en el Antiguo Testamento, tras la que habría llegado la paz. O quizá el autor sagrado está hablando de algún rey como Josías que siendo bueno y piadoso murió de forma violenta a manos de los enemigos. En cualquier caso esa persona llorada era figura de Jesucristo clavado en la cruz al que se vuelve la mirada del hombre pecador como dice san Juan en su evangelio. Al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto brotó sangre y agua. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: “No le quebrarán un hueso”; y en otro lugar la Escritura dice: “Mirarán al que traspasaron” (Jn 19, 33-34.36-37). Quien no se enamora de Dios contemplando a Jesús crucificado, no se enamorará jamás.

Al descubrir la grandeza del amor de Dios, nuestro corazón se estremece ante el horror y el peso del pecado y comienza a temer ofender a Dios por el pecado y verse separado de Él. El corazón humano se convierte mirando al que nuestros pecados traspasaron (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1.432).

Del costado abierto de Cristo brotó sangre y agua. Se cumplió lo profetizado por Zacarías: Derramaré (…) un espíritu de perdón y de oración. La sangre y el agua que brotaron del costado traspasado de Jesús son figura del Bautismo y de la Eucaristía, y de todos los Sacramentos, verdaderos manantiales de la gracia que, con el perdón de los pecados (Bautismo y Penitencia), nos abre la puerta de la auténtica vida y nos da el alimento necesario (los demás Sacramentos, que aumentan la gracia, especialmente el de la Eucaristía) para alcanzar la vida eterna.

También esa sangre y agua son figura de la Iglesia, como enseñó el Concilio Vaticano II: Su comienzo (de la Iglesia) y crecimiento están simbolizados en la sangre y en el agua que manaron del costado abierto de Cristo crucificado (Constitución Lumen gentium, n. 3). La Iglesia fundada por Nuestro Señor tiene como finalidad única transmitir y garantizar la verdad que Él ha revelado y mantener vivos y actuales los medios de salvación que ha instituido, es decir, los sacramentos y la oración.

Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Cuantos habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo (Ga 3, 26-27)escribe san Pablo a los cristianos de Galacia.Ahora, con la venida de Cristo a la tierra, la gracia y los frutos de la Redención alcanzan no sólo al pueblo elegido (la casa de David y los habitantes de Jerusalén)sino a todos los pueblos de tierra, y a todos los hombres de todas las épocas. Por el Bautismo recibimos la fe en Cristo, se nos perdona los pecados y nos hacemos miembros de la Iglesia. Y desaparece toda diferencia entre los creyentes. No hay judío y griego, esclavo o libre, hombre y mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. Y si sois de Cristo, sois descendencia de Abrahán y herederos según la promesa (Ga 3, 28-29). No hay, pues, más que una raza: la raza de los hijos de Dios. No hay más que un color: el color de los hijos de Dios. Y no hay más que una lengua: ésa que habla al corazón y a la cabeza, sin ruido de palabras, pero dándonos a conocer a Dios y haciendo que nos amemos los unos a los otros (Es Cristo que pasa, n. 106).

Hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Pero ¿quién es este Jesús? Los tres evangelios sinópticos recogen la confesión de san Pedro en Cesarea de Filipo. Después de haber hecho oración el Señor preguntó a los apóstoles: ¿Quién dicen las gentes que soy yo? (Lc 9, 18). Según cuentan los evangelistas, aquellas multitudes que seguían a Jesús no sabían bien quién era. Para algunos era Juan el Bautista; para otros, Elías o Jeremías; la mayoría creía que se trataba de un nuevo profeta o alguno de los antiguos profetas resucitado. Y vosotros ¿quién decís que soy yo? (Lc 9, 20). La respuesta sale de la boca de Pedro: El Cristo de Dios (Lc 9, 20). Sí, es el Hijo de Dios vivo (Mt 16, 16) hecho hombre. Dios mismo. El Salvador del mundo.

Hoy día hay quiénes desconocen a Cristo o tienen una idea borrosa de Él. Y lo que es peor: se le rechaza, como ocurrió en el siglo I: Vino a salvar al mundo, y los suyos le han entregado ante Pilatos. / Nos enseñó el camino del bien, y lo arrastran por la vía del Calvario. / Ha dado ejemplo en todo, y prefieren a un ladrón homicida. / Nació para perdonar, y -sin motivo- le condenan al suplicio. / Llegó por senderos de paz, y le declaran la guerra. / Era la Luz, y lo entregan en poder de las tinieblas. / Traía Amor, y le pagan con odio. / Vino para ser Rey, y le coronan de espinas. / Se hizo siervo para liberarnos del pecado, y le clavan en la Cruz. / Tomó carne para darnos Vida, y nosotros le recompensamos con la muerte (Via Crucis Estación 13ª, n. 1).

Ahora que cada uno se pregunte: ¿Quién Cristo para mí? ¿Es mi todo, el camino donde quiero poner enteramente mis pisadas? Y es posible que las personas que están a nuestro alrededor no sepan quién es Cristo o tengan una imagen borrosa de Él. Considera además que la gente, ante el ejemplo que ofreces con tu vida, también te pregunta directa o indirectamente: ¿quién es ese Cristo al que tú amas? (Javier Echevarría).

Después de la confesión de san Pedro en la divinidad de Jesús, Éste ordenó a sus discípulos que no lo dijeran a nadie. Y añadió que el Hijo del Hombre debía padecer mucho y ser rechazado (Lc 9, 22). Esta profecía de Cristo la vemos también cumplirse en nuestros días. Con la guerra y el terrorismo se rechaza el mensaje cristiano de paz; con la cultura de la muerte, con las leyes abortistas y otras a favor de la eutanasia también se rechaza a Jesús, que es Vida; se le rechaza con costumbres permisivas en materia de sexualidad que son contrarias a la moral cristiana; se rechaza a Cristo, que es la Verdad, cuando se emplea la mentira como arma para lograr objetivos políticos o para manipular la información; se le rechaza a quien vino a instaurar un Reino de paz y justicia cuando, en vez de ser justos, se comete todo tipo de atropellos e injusticias contra los más débiles y desamparados.

No podemos quedarnos callados. Digamos, y bien alto: ¡Al margen de Cristo no hay paz! ¡No! ¡Jamás! ¡Al margen de Cristo, todos los ideales llevan al fracaso! ¡Lejos de Cristo no hay eternidad, que es lo que debemos aspirar! ¡Al margen de Cristo la vida se llena de rabia y desesperación!

Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz cada día, y que me siga (Lc 9, 23). La misión de Cristo pasa por la cruz. Por tanto, quien quiera seguirle, no puede pretender otro camino. La pasión y la cruz son episodios claves en la vida del Señor, y por ello son también el primer peldaño de la vida cristiana: Aquel que ama los placeres, que busca sus comodidades, que huye de las ocasiones de sufrir, que se inquieta, que murmura, que reprende y se impacienta porque la cosa más insignificante no marcha según su voluntad y deseo, el tal, de cristiano sólo tiene el nombre; solamente sirve para deshonrar su religión, pues Jesucristo ha dicho: “Aquel que quiera venir en pos de mí, renúnciese a sí mismo, lleve su cruz todos los días de su vida y sígame (San Juan Bautista María Vianney, Sermón sobre la penitencia del Miércoles de Ceniza).

Hay cristianos que se quedan sin Cristo por que lo bajan demasiado pronto de la cruz, y hay cristianos que, por quedarse sólo en la cruz, también se quedan sin Cristo. Y es que Cristo y la Cruz, por especial designio de la voluntad del Padre, van ineludiblemente unidos. Aprendamos a amar la Cruz, a aceptarla como nuestra herencia, como norma de nuestra vida y a llevarla en silencio, pues solamente, con la ayuda de la gracia de Dios, los santos pudieron soportar tantas pesadas cruces (Cardenal Merry del Val).

No nos dejemos engañar por los que quieren introducir en nuestros corazones ideales distintos e, incluso, opuestos a los de nuestra fe. Sólo en Cristo está la solución de todos nuestros problemas. Él es quien libera al hombre del pecado y de toda esclavitud; Él es la luz que brilla en medio de las tinieblas; Él es quien da a la vida el sentido por el que vale la pena vivir, amar, trabajar, sufrir. Hagamos presente a Cristo entre los hombres viviendo correctamente nuestra fe. Esto es lo que Dios quiere y lo que necesita el mundo. El cristianismo no puede dimitir de la cruz: la vida cristiana no es posible sin el peso fuerte y grande del deber.

No olvidéis que estar con Jesús es, seguramente, toparse con su Cruz. Cuando nos abandonamos en las manos de Dios, es frecuente que Él permita que saboreemos el dolor, la soledad, las contradicciones, las calumnias, las difamaciones, las burlas, por dentro y por fuera: porque quiere conformarnos a su imagen y semejanza, y tolera también que nos llamen locos y que nos tomen por necios (San Josemaría Escrivá).

Santa María, llena de confianza, se pone en las manos de Dios, abandonándose a su voluntad; cuando la misión de su Hijo lo exige, se aparta; y, al mismo tiempo, Ella es la mujer valiente que, mientras los discípulos huyen, está al pie de la cruz. Por eso le pedimos que, ante los inevitables sufrimientos y las dificultades de cada día, nos ayude a tener fija nuestra mirada en Cristo. Madre, ayúdanos a no tener miedo en seguirlo hasta el fondo, incluso cuando nos parece que la cruz pesa demasiado. Haz que comprendamos que ésta es la única senda que lleva a la cumbre de la salvación eterna.

Sagrado Corazón de Jesús. Ciclo C

En las tres lecturas de la liturgia de la Palabra de Misa de la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús se hace referencia, aunque sin nombrarla, a la misericordia de Dios. Tanto en el pasaje bíblico del Antiguo Testamento (del profeta Ezequiel) como en el texto evangélico aparece la figura del pastor que cuida de sus ovejas, y si una se ha perdido va en busca de ella. En la Carta del Apóstol se habla del amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado (Rm 5, 5). El amor del que habla san Pablo es, a la vez, el amor con que Dios nos ama, y el amor que Dios pone en nuestras almas para que le podamos amar. Y es que la fiesta del Sagrado Corazón es la fiesta del amor, pues el Corazón de Jesús es misericordioso, es la ternura de Dios. El Señor quiso mostrarnos su corazón como un corazón amante, un corazón que tanto nos ama. La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros (Rm 5, 8).

Dios es misericordioso. Creó al hombre y le ofreció su amistad. En el Paraíso reinaba la amistad entre Dios y el hombre. Cuando éste por desobediencia perdió esa amistad, Dios compasivo no abandonó a su criatura al poder de la muerte, sino que le prometió un futuro Redentor y ofreció de nuevo su amistad al género humano. Y la enemistad introducida por el pecado de Adán fue sustituida por la amistad que nos obtuvo Cristo con su muerte en la Cruz. La medida de la misericordia de Dios, de su amor por nosotros se pone de manifiesto en la reconciliación de que habla san Pablo: Si cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida! (Rm 5, 10). Esta reconciliación tuvo lugar en el Calvario, cuando Cristo murió en la Cruz. Allí, dando muerte en sí mismo a la enemistad, estableció la paz y nos reconcilió con Dios.

Cuando todavía estábamos sin fuerzas, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos. ¡Con cuánta más razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvos de la cólera! Y no solamente eso, sino que también nos gloriamos en Dios, por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido ahora la reconciliación (Rm 5, 6.10-11). La esperanza en Cristo Jesús no defrauda. En Él confiamos. ¡Cuántas veces hemos dicho la jaculatoria: Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío! Sabemos bien de quien nos fiamos. Tenemos la seguridad, la certeza que jamás quedaremos defraudados. Jesús permanece siempre fiel, no traiciona jamás. Aun cuando nos equivocamos, Él nos espera siempre para perdonarnos: es el rostro del Padre misericordioso. Esta fidelidad del Señor manifiesta la humildad de su corazón: Jesús no vino a conquistar a los hombres como los reyes y los poderosos de este mundo, sino que vino a ofrecer amor con mansedumbre y humildad (Papa Francisco). La fidelidad de Dios nos enseña a acoger la vida como acontecimiento de su amor.

Jesús, durante su vida, su agonía y su pasión nos ha conocido y amado a todos y a cada uno de nosotros: El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí (Ga 2, 20). Nos ha amado a todos con un corazón humano.

El Corazón de Jesús es el corazón que más ha amado y sigue amando a todos los hombres, también a los que lo traspasaron con la lanza. Un corazón traspasado por nuestros pecados y para nuestra salvación, es considerado como el principal indicador y símbolo… del amor con que el divino Redentor ama continuamente al eterno Padre y a todos los hombres (Pío XII, Encíclica Hauretis aquas). De este sacratísimo corazón brotó la fuerza del agua y de la sangre: los sacramentos del Bautismo y de la Eucaristía, en los que nos infunde y alimenta nuestra fe y nuestro amor a Dios y a nuestro prójimo.

La devoción al Corazón traspasado de Jesucristo fue muy común en la Edad Media. Más tarde, ya en la Edad Moderna, las apariciones a Santa Margarita María de Alacoque dieron un gran impulso a todo lo referente al Sagrado Corazón de Jesús. El mismo Jesucristo expresó su deseo a la santa de que instituyera la fiesta del Sagrado Corazón. He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres, y de los cuales es tan poco amado. Se trata, pues, de una fiesta de reparación al Amor que no es amado, reparación honrosa que glorifica los triunfos pacíficos de ese Amor eterno.

En el texto de Ezequiel, el profeta enseña que es Dios mismo quien se constituye en pastor para su pueblo. Así dice el Señor Dios: Aquí estoy yo; yo mismo cuidaré de mi rebaño y velaré por él (Ez 34, 11). Y es un pastor solícito de sus ovejas: les pasa revista una por una, las atiende y las cuida. Como un pastor vela por su rebaño cuando se encuentra en medio de sus ovejas dispersas, así velaré yo por mis ovejas. Las recobraré de todos los lugares donde se habían dispersado en día de nubes y brumas. Yo mismo apacentaré mis ovejas y yo las llevaré a reposar, oráculo del Señor Dios (Ez 34, 12.15). Es el buen pastor que busca la oveja perdida, hace volver a la descarriada, cura a la herida, conforta a la enferma (Ez 34, 16).

Este bello oráculo resuena en los labios de Jesucristo al exponer la alegoría del Buen Pastor que cuida de sus ovejas, al enseñar que se identifica con el Padre celestial en la alegría de encontrar a la oveja perdida. El pasaje evangélico es el de la parábola de la oveja perdida, narrada por relatada por san Lucas. ¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va a buscar la que se perdió hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, la pone contento sobre sus hombros; y llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos, y les dice: “Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido”.

En esta parábola Jesucristo graba su propia imagen, la imagen de Aquél que sigue la oveja perdida hasta las montañas y hasta los espinos y abrojos de los pecados de este mundo, dejándose herir por la corona de espinas de estos pecados, para tomar la oveja sobre sus hombros y llevarla a casa. Él lleva a cuestas la oveja perdida, enferma o débil, para conducirla al redil, a las aguas de la vida. Para los Padres de la Iglesia, la oveja perdida es la humanidad, que andaba descarriada por el desierto de la vida sin encontrar la senda hacia Dios. Pero el Hijo de Dios no consistió que ocurriera esto, y no abandonó a la humanidad a una situación tan miserable. El Verbo, descaminada la humanidad por el pecado, sale a su encuentro en la Encarnación. Se alzó en pie, abandonó la gloria del cielo, para ir en busca de la oveja e ir tras ella, incluso hasta la cruz. La puso sobre sus hombros, cargó con nuestra humanidad, nos lleva a nosotros mismos, pues Él es el buen pastor, que ofrece su vida por las ovejas. Al asumir la naturaleza humana, Él mismo cargó con nuestros pecados.

En los Santos Evangelios vemos cómo Jesús busca a las ovejas perdidas: la samaritana, Zaqueo, la mujer pecadora que le ungió con perfume… La conversión de estas ovejas produjo alegría en el Cielo. Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión (Lc 15, 7). No quieren decir estas palabras que el Señor no estime la perseverancia de los justos, sino que aquí destaca el gozo de Dios y de los bienaventurados ante el pecador que se convierte. Es una clara llamada al arrepentimiento y a no dudar nunca del perdón de Dios.

Y también vemos cómo el corazón de Nuestro Señor se compadece al ver a muchedumbres extenuadas y abandonadas como ovejas que no tienen pastor (Mt 9, 36). Jesús se conmovió al ver al pueblo, porque sus pastores -los dirigentes religiosos- en lugar de guiarlo y cuidarlo, lo descarriaban, comportándose más como lobos que como verdaderos pastores de su propio rebaño. Cristo ve en la situación de su tiempo cumplida una profecía de Ezequiel en la que Dios por medio del profeta, increpa a los malos pastores de Israel, en sustitución de los cuales enviará al Mesías. En Él se cumplen estas palabras: Las sacaré de en medio de los pueblos, las reuniré de los países, y las llevaré de nuevo a su suelo. Las pastorearé por los montes de Israel, por los barrancos y por todos los poblados de esta tierra.Las apacentaré en buenos pastos Su aprisco estará en los montes altos Israel. Allí reposarán en un aprisco bueno; y encontrarán abundantes pastos en los montes de Israel (Ez 34, 14-15).

En abierta oposición a los falsos pastores, Jesús se presenta como el verdadero y único Pastor del pueblo. Jesús nos dice: Yo conozco a mis ovejas. Es conocer una por una, con su nombre. Así nos conoce Dios: no nos conoce en grupo, sino uno a uno. Porque el amor no es un amor abstracto, o general para todos; es un amor por cada uno. Y así nos ama Dios. Dios se hace cercano por amor y camina con su pueblo. Y este caminar llega a un punto inimaginable: jamás se podría pensar que el Señor mismo se hace uno de nosotros y camina con nosotros, y permanece con nosotros, permanece en su Iglesia, se queda en la Eucaristía, se queda en su Palabra, se queda en los pobres y se queda con nosotros caminando. Ésta es la cercanía. El pastor cercano a su rebaño, a sus ovejas, a las que conoce una por una (Papa Francisco).

Nuestro Señor Jesucristo quiso que en su Iglesia -el nuevo Pueblo de Dios- hubiera pastores puestos por el Espíritu Santo para regir el Pueblo de Dios. Y estos pastores son los obispos y los sacerdotes. Un sacerdote, un pastor de almas debe preocuparse ante todo por los que creen y viven con la Iglesia, por los que buscan en ella el camino de la vida. Pero también debe salir siempre de nuevo “a los caminos y cercados” para llevar la invitación de Dios a su banquete también a los hombres que hasta ahora no han oído hablar para nada de Él o no han sido tocados interiormente por Él.

El verdadero pastor -no el mercenario- conoce a sus ovejas y ellas lo conocen a él. Su conocimiento debe ser siempre también un conocimiento de las ovejas con el corazón. Pero a esto sólo podemos llegar si el Señor ha abierto nuestro corazón, si nuestro conocimiento no vincula las personas a nuestro pequeño yo privado, a nuestro pequeño corazón, sino que, por el contrario, les hace sentir el corazón de Jesús, el corazón del Señor. Debe ser un conocimiento con el corazón de Jesús, un conocimiento orientado a Él, un conocimiento que no vincula la persona a mí, sino que la guía hacia Jesús, haciéndolo así libre y abierto (Benedicto XVI). Recemos por los pastores de la Iglesia, por todos los obispos -y de manera especial por el Obispo de Roma- y todos los sacerdotes para que tengan en su corazón los mismos sentimientos del Corazón de Jesús. Decía el beato Palafox: Que los buenos pastores han de ser más madres que Padres de sus feligreses, y en ningún caso Señores (Trompeta de Ezequiel).

El dulcísimo Corazón de María latió al unísono con el Corazón de su Hijo. Por eso le pedimos que nos consiga de Dios la misma gracia para cada uno de nosotros.

Natividad de San Juan Bautista. Ciclo C

Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. No era él la luz, sino que debía dar testimonio de la luz (Jn 1, 6-8). Juan Bautista, el Precursor del Señor, aparece en un momento muy concreto de la Historia de la Salvación para dar testimonio de Jesucristo ante los hombres. Así dirá san Agustín: Porque el Verbo Encarnado era hombre y ocultaba su divinidad, le precedió un gran hombre con la misión de dar testimonio a favor del que era más que hombre.

Se puede decir que todo el Antiguo Testamento, desde los mismos orígenes de la humanidad, es una larga espera y una preparación para la venida de Nuestro Señor Jesucristo. Así los Patriarcas y Profetas anunciaron de diversas maneras la salvación que vendría por el Mesías. Pero Juan Bautista, el más grande nacido de mujer, pudo señalar con el dedo al propio Mesías, siendo el testimonio del Bautista la culminación de todas las profecías.

El hombre enviado por Dios llamado Juan viene a ser como la línea divisoria entre los dos testamentos, el Antiguo y el Nuevo. Comenta san Agustín: Porque personifica lo antiguo, nace de padres ancianos; porque personifica lo nuevo, es declarado profeta en el seno de su madre. Aún no ha nacido y, al venir la Virgen María, salta de gozo en las entrañas de su madre. Con ello queda ya señalada su misión, aún antes de nacer; queda demostrado de quién es precursor, antes de que él lo vea.

La misión de Juan Bautista como testigo de Jesucristo es tan importante que los Evangelios Sinópticos comienzan la narración del ministerio público de Jesús por ese testimonio del Precursor. Los discursos de san Pedro y los de san Pablo, recogidos en los Hechos de los Apóstoles, también aluden al testimonio del Bautista. El Evangelio según san Juan lo menciona siete veces. Sabemos, además, que el apóstol san Juan había sido discípulos de san Juan Bautista antes de serlo de Jesús, y que precisamente el Precursor del Señor fue quien lo había encaminado hacia Cristo.

Los escritos neotestamentarios enseñan la transcendencia de la misión de san Juan, al mismo tiempo que la clara conciencia de éste de no ser más que el Precursor inmediato del Mesías prometido; por eso insiste claramente en su papel de testigo del Señor y en su misión de preparar el camino al Mesías.

El evangelista san Lucas narra el nacimiento de san Juan Bautista. Antes hace referencia a la aparición del arcángel san Gabriel para anunciar a Zacarías que su mujer santa Isabel va a tener un hijo. Tanto Zacarías como santa Isabel eran personas santas. Es un ejemplo de matrimonio santo. Ambos se ayudarían en su vida de piedad. No tenían hijos pues santa Isabel era estéril. Cuando el ángel les comunicó que tendría un hijo, los dos eran ya de edad avanzada (Lc 1, 7).

Se le cumplió a Isabel el tiempo de dar a luz, y tuvo un hijo. Oyeron sus vecinos y parientes que el Señor le había hecho gran misericordia, y se congratulaban con ella (Lc 1, 57-58). La Iglesia celebra tres natividades: la de Jesucristo (25 de diciembre), la de Santa María (8 de septiembre) y la de san Juan Bautista (24 de junio). El nacimiento del Precursor está relatado en tercer Evangelio. ¿Por qué se celebra el nacimiento de Juan? Normalmente se celebra de los santos el dies natalis, es decir, el día del nacimiento a la vida eterna que tiene lugar en el momento de su muerte, pero no el de su nacimiento a esta vida terrena. Sin embargo, en la liturgia está la solemnidad de la Natividad de san Juan Bautista porque éste, aunque concebido en pecado -el pecado original- como los demás hombres, sin embargo nació sin él porque fue santificado en las entrañas de su madre santa Isabel ante la presencia de Jesucristo (entonces en el seno de María) y de la Santísima Virgen. Al recibir este beneficio divino san Juan manifiesta su alegría saltando de gozo en el seno materno.

San Juan Crisóstomo comenta este hecho: Ved qué nuevo y admirable es este misterio. Aún no ha salido del seno y ya habla mediante saltos; aún no se le permite clamar y ya se le escucha por los hechos; aún no ve la luz y ya indica cuál es el sol ; aún no ha nacido y ya se apresura a hacer de Precursor. Estando presente el Señor no puede contenerse ni soporta esperar los plazos de la naturaleza, sino que trata de romper la cárcel del seno materno y se cuida de dar testimonio de que el Salvador está a punto de llegar.

Al Bautista se le puede aplicar perfectamente estas palabras del profeta Isaías: El Señor desde el seno materno me llamó; desde las entrañas de mi madre recordó mi nombre (Is 49, 1). Y también las del libro de Jeremías: Antes de formarte en el vientre, te escogí; antes de que salieras del seno materno, te consagré: te nombré profeta de los gentiles (Jr 1, 5). Su nombre es Juan, que significa Yavé es favorable. También hay otros significados: El fiel a Dios, Dios es misericordioso o Dios ha perdonado.

Y sucedió que al octavo día fueron a circuncidar al niño, y querían ponerle el nombre de su padre, Zacarías, pero su madre, tomando la palabra, dijo: “No; se ha de llamar Juan”. Le decían: “No hay nadie en tu parentela que tenga ese nombre”. Y preguntaban por señas a su padre cómo quería que se le llamase. Él pidió una tablilla y escribió: “Juan es su nombre”. Y todos quedaron admirados (Lc 1, 59-63). Con la imposición del nombre de Juan se cumplió lo que había mandado Dios a Zacarías por medio del arcángel san Gabriel.

Por su incredulidad a lo que el ángel le dijo, Zacarías había quedado mudo. A pesar de saber que el anuncio de Gabriel venía de parte de Dios, no lo creyó posible al considerar solamente la incapacidad suya y de su mujer, olvidándose de la omnipotencia divina. El mismo arcángel explicará a la Virgen María, refiriéndose a la concepción del Bautista, que para Dios no hay nada imposible (Lc 1, 37). Cuando Dios pide nuestra colaboración en una empresa suya, hemos de contar más con su omnipotencia que con nuestras escasas fuerzas.

El castigo de la mudez acabó cuando escribió en la tablilla Juan es su nombre. Al punto se abrió su boca y su lengua, y hablaba bendiciendo a Dios (Lc 1, 64). En este hecho milagroso se cumplió exactamente lo que había profetizado el ángel a Zacarías, cuando el anuncio de la concepción y nacimiento del Bautista. Observa san Ambrosio: Con razón se soltó enseguida su lengua, porque la fe desató lo que había atado la incredulidad. Es un caso semejante al del apóstol santo Tomás, que se había resistido a creer en la Resurrección del Señor, y creyó después de las pruebas evidentes. Con estos dos hombres Dios hace el milagro y vence su incredulidad; pero ordinariamente Dios nos exige fe y obediencia sin realizar nuevos milagros. Por eso reprendió y castigó a Zacarías, y reprochó al apóstol santo Tomás: Porque me has visto has creído; bienaventurado los que sin haber visto han creído (Jn 20, 29).

En el relato de la circuncisión de Juan Bautista, san Lucas hace notar el asombro de los que lo presenciaron. Invadió el temor a todos sus vecinos, y en toda la montaña de Judea se comentaban todas estas cosas; todos los que las oían las grababan en su corazón, diciendo: “Pues ¿qué será este niño?” Porque, en efecto, la mano del Señor estaba con él (Lc 1, 65-66). Este niño había sido elegido por Dios para una misión, y a los que Dios elige para una misión los dispone y prepara de suerte que resulten idóneos para desempeñar la misión para la que fueron elegidos (Santo Tomás de Aquino).

¿Y cuál fue la misión de Juan? Responde a esta pregunta el papa Francisco: ¿Qué hizo Juan? Ante todo anunció al Señor. Anunció que estaba cerca el Salvador, el Señor; que estaba cerca el Reino de Dios. Un anuncio que él había realizado con fuerza: bautizaba y exhortaba a todos a convertirse. Juan era un hombre fuerte y anunciaba a Jesucristo: fue el profeta más cercano a Jesucristo. Tan cercano que precisamente él lo indicó a los demás. Cuando vio a Jesús, exclamó: “¡Es aquél!” Juan tenía mucha autoridad moral, mucha. Toda la gente iba él. El Evangelio dice que los escribas se acercaban para preguntarle: “¿Qué debemos hacer?” Lo mismo hacía el pueblo y los soldados. “¡Convertíos!” era la respuesta de Juan, y “no estaféis”.

Con sinceridad y valentía el Bautista predicaba las exigencias morales para recibir al Mesías. A todos -fariseos, publicanos, soldados- les pedía una profunda renovación interior, una conversión de corazón que les llevara a vivir las normas de la justicia y de la honradez. A veces empleó palabras fuertes hablando con crudeza, por ejemplo, cuando dijo a la muchedumbre: Raza de víboras, ¿quién os enseñó a huir de la ira venidera? (Lc 3, 7), por lo que se puede poner en su boca las palabras de Isaías: Hizo mi boca como espada afilada, en la sombra de su mano me escondió; hizo de mí como saeta aguda, y me guardó en su aljaba (Is 49, 2). Como el profeta, se sabe elegido por Dios desde el seno materno para siervo suyo, para hacer que Jacob vuelva a él, y que Israel se le una (Is 49, 5). Su misión es preparar el camino del Señor, la luz verdadera, que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (Jn 1, 9), el cual ha sido puesto para ser luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta los extremos de la tierra (Is 49, 6).

El Precursor del Señor existe para proclamar, para ser voz de una Palabra. La Palabra no es él, es otro. El misterio de Juan es que nunca se adueña de la Palabra. Es voz, no Palabra; luz, pero no propia. San Pablo, en la sinagoga de Antioquía de Pisidia, habla de la misión del Bautista: De la descendencia de éste (David), Dios, según la Promesa, ha suscitado para Israel un Salvador, Jesús. Juan predicó como precursor, ante su venida, un bautismo de conversión a todo el pueblo de Israel. Al final de su carrera, Juan decía: “Yo no soy el que vosotros os pensáis, sino mirad que viene detrás de mí aquel a quien no soy digno de desatar las sandalias de los pies” (Hch 13, 23-25).

Juan Bautista cumplió su misión. Jesucristo destacó con claridad su voluntad recia y su empeño en cumplir la misión que Dios le había encomendado. Su vida estuvo al servicio del plan salvífico de Dios, de la redención obrada por Cristo. Él preparó el camino del Señor, predicando la necesidad de hacer penitencia y anunciando que el Mesías ya había llegado. Mostró a sus discípulos al Cordero de Dios. Es el pregonero de la Salvación. Pero simple pregonero, simple voz que anuncia.

También a nosotros se nos pide esta tarea: Preparar el camino, anunciar a Cristo. No es tarea fácil, pero es lo que Dios nos pide y contamos con su ayuda. También debemos pedir a nuestros coetáneos un cambio de mentalidad y de costumbres a los hombres sumergidos en una sociedad descristianizada. Nos imaginamos a san Juan ir a contracorriente y a nosotros no nos queda otro remedio. Vemos como muchos semejantes nuestros viven como si Dios no existiera, una ausencia de lo trascendente en el horizonte de una gran mayoría de los seres humanos, una indiferencia religiosa, y lo que es peor, como se rechaza a Dios (en las leyes, familias, escuelas…) en nombre del bien de la humanidad. Y como Juan Bautista lo haremos nuestra tarea con humildad, valentía y espíritu de oración.

San Juan tuvo un breve tiempo de vida, un breve tiempo para anunciar la Palabra de Dios. Acabó mal, víctima de un hombre débil y lujurioso. Fue decapitado por orden del tetrarca de Galilea Herodes Antipas: el precio de un espectáculo para la corte en un banquete. Su cabeza acabó sobre una bandeja como gran regalo de una bailarina a una adúltera. En Juan está la imagen y la vocación de un discípulo. La fuente de esta actitud de discípulo ya se reconoce en el episodio evangélico de la visita de María a Isabel, cuando Juan saltó de alegría en el seno de su madre. Jesús y Juan, en efecto, eran primos y tal vez se encontraron después. Pero ese primer encuentro llenó de alegría, de mucha alegría, el corazón de Juan. Y lo transformó en discípulo, en el hombre que anuncia a Jesucristo, que no se pone en el lugar de Jesucristo y que sigue el camino de Jesucristo (Papa Francisco).

El Bautista cumplió su misión de anunciar al Señor. Cuando le preguntaron: ¿Tú quién eres? (Jn 1, 22), él respondió: Yo soy la voz que grita en el desierto (Jn 1, 23). San Juan era la voz; pero el Señor era la Palabra que en el principio ya existía (Jn 1, 1). El Precursor era una voz pasajera, Cristo la Palabra eterna desde el principio. Esa voz grita también hoy en los desiertos de la humanidad, que son -¿cuáles son los desiertos de hoy?- las mentes cerradas y los corazones duros, y nos hace preguntarnos si en realidad estamos en el buen camino, viviendo una vida según el Evangelio. Hoy, como entonces, nos advierte con las palabras del profeta Isaías: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos (Is 49, 4). Es una apremiante invitación a abrir el corazón y acoger la salvación que Dios nos ofrece incesantemente, casi con terquedad, porque nos quiere a todos libres de la esclavitud del pecado.

El pasaje evangélico de la circuncisión de san Juan acaba diciendo: El niño crecía y su espíritu se fortalecía; vivió en los desiertos hasta el día de su manifestación a Israel (Lc 1, 80). Pidamos a la Virgen María para cada uno de nosotros el crecimiento en la vida de piedad y el fortalecimiento del espíritu para que, como el Precursor del Señor, sepamos anunciar a Jesucristo a las personas que están en los desiertos de hoy. Y hay muchas formas de desierto: el desierto de la pobreza, el desierto del hambre y de la sed; el desierto del abandono, de la soledad, del amor quebrantado. Existe también el desierto de la oscuridad de Dios, del vacío de las almas que ya no tienen conciencia de la dignidad y del rumbo del hombre (Benedicto XVI). Pongámonos en camino como Cristo para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquél que nos da la vida, y la vida en plenitud.

Domingo XIII del Tiempo Ordinario. Ciclo C

Derramaré sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de perdón y de oración, y volverán sus ojos hacia mí, al que traspasaron. Le harán duelo como de hijo único, lo llorarán como se llora al primogénito (Za 12, 10). El profeta Zacarías habla de un personaje cuya misteriosa muerte tiene efectos parecidos a los de la del Siervo de Yavé, recogidos en el libro de Isaías, puesto que a partir de ella Judá y Jerusalén encontrarán la expiación del pecado y abandonarán completamente la idolatría.

¿Quién fue este personaje? Algunos comentaristas de la Biblia dicen que es posible que Zacarías haga una alusión a la muerte de Zorobabel, el último descendiente de la dinastía davídica mencionado en el Antiguo Testamento, tras la que habría llegado la paz. O quizá el autor sagrado está hablando de algún rey como Josías que siendo bueno y piadoso murió de forma violenta a manos de los enemigos. En cualquier caso esa persona llorada era figura de Jesucristo clavado en la cruz al que se vuelve la mirada del hombre pecador como dice san Juan en su evangelio. Al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto brotó sangre y agua. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: “No le quebrarán un hueso”; y en otro lugar la Escritura dice: “Mirarán al que traspasaron” (Jn 19, 33-34.36-37). Quien no se enamora de Dios contemplando a Jesús crucificado, no se enamorará jamás.

Al descubrir la grandeza del amor de Dios, nuestro corazón se estremece ante el horror y el peso del pecado y comienza a temer ofender a Dios por el pecado y verse separado de Él. El corazón humano se convierte mirando al que nuestros pecados traspasaron (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1.432).

Del costado abierto de Cristo brotó sangre y agua. Se cumplió lo profetizado por Zacarías: Derramaré (…) un espíritu de perdón y de oración. La sangre y el agua que brotaron del costado traspasado de Jesús son figura del Bautismo y de la Eucaristía, y de todos los Sacramentos, verdaderos manantiales de la gracia que, con el perdón de los pecados (Bautismo y Penitencia), nos abre la puerta de la auténtica vida y nos da el alimento necesario (los demás Sacramentos, que aumentan la gracia, especialmente el de la Eucaristía) para alcanzar la vida eterna.

También esa sangre y agua son figura de la Iglesia, como enseñó el Concilio Vaticano II: Su comienzo (de la Iglesia) y crecimiento están simbolizados en la sangre y en el agua que manaron del costado abierto de Cristo crucificado (Constitución Lumen gentium, n. 3). La Iglesia fundada por Nuestro Señor tiene como finalidad única transmitir y garantizar la verdad que Él ha revelado y mantener vivos y actuales los medios de salvación que ha instituido, es decir, los sacramentos y la oración.

Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Cuantos habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo (Ga 3, 26-27)escribe san Pablo a los cristianos de Galacia.Ahora, con la venida de Cristo a la tierra, la gracia y los frutos de la Redención alcanzan no sólo al pueblo elegido (la casa de David y los habitantes de Jerusalén)sino a todos los pueblos de tierra, y a todos los hombres de todas las épocas. Por el Bautismo recibimos la fe en Cristo, se nos perdona los pecados y nos hacemos miembros de la Iglesia. Y desaparece toda diferencia entre los creyentes. No hay judío y griego, esclavo o libre, hombre y mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. Y si sois de Cristo, sois descendencia de Abrahán y herederos según la promesa (Ga 3, 28-29). No hay, pues, más que una raza: la raza de los hijos de Dios. No hay más que un color: el color de los hijos de Dios. Y no hay más que una lengua: ésa que habla al corazón y a la cabeza, sin ruido de palabras, pero dándonos a conocer a Dios y haciendo que nos amemos los unos a los otros (Es Cristo que pasa, n. 106).

Hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Pero ¿quién es este Jesús? Los tres evangelios sinópticos recogen la confesión de san Pedro en Cesarea de Filipo. Después de haber hecho oración el Señor preguntó a los apóstoles: ¿Quién dicen las gentes que soy yo? (Lc 9, 18). Según cuentan los evangelistas, aquellas multitudes que seguían a Jesús no sabían bien quién era. Para algunos era Juan el Bautista; para otros, Elías o Jeremías; la mayoría creía que se trataba de un nuevo profeta o alguno de los antiguos profetas resucitado. Y vosotros ¿quién decís que soy yo? (Lc 9, 20). La respuesta sale de la boca de Pedro: El Cristo de Dios (Lc 9, 20). Sí, es el Hijo de Dios vivo (Mt 16, 16) hecho hombre. Dios mismo. El Salvador del mundo.

Hoy día hay quiénes desconocen a Cristo o tienen una idea borrosa de Él. Y lo que es peor: se le rechaza, como ocurrió en el siglo I: Vino a salvar al mundo, y los suyos le han entregado ante Pilatos. / Nos enseñó el camino del bien, y lo arrastran por la vía del Calvario. / Ha dado ejemplo en todo, y prefieren a un ladrón homicida. / Nació para perdonar, y -sin motivo- le condenan al suplicio. / Llegó por senderos de paz, y le declaran la guerra. / Era la Luz, y lo entregan en poder de las tinieblas. / Traía Amor, y le pagan con odio. / Vino para ser Rey, y le coronan de espinas. / Se hizo siervo para liberarnos del pecado, y le clavan en la Cruz. / Tomó carne para darnos Vida, y nosotros le recompensamos con la muerte (Via Crucis Estación 13ª, n. 1).

Ahora que cada uno se pregunte: ¿Quién Cristo para mí? ¿Es mi todo, el camino donde quiero poner enteramente mis pisadas? Y es posible que las personas que están a nuestro alrededor no sepan quién es Cristo o tengan una imagen borrosa de Él. Considera además que la gente, ante el ejemplo que ofreces con tu vida, también te pregunta directa o indirectamente: ¿quién es ese Cristo al que tú amas? (Javier Echevarría).

Después de la confesión de san Pedro en la divinidad de Jesús, Éste ordenó a sus discípulos que no lo dijeran a nadie. Y añadió que el Hijo del Hombre debía padecer mucho y ser rechazado (Lc 9, 22). Esta profecía de Cristo la vemos también cumplirse en nuestros días. Con la guerra y el terrorismo se rechaza el mensaje cristiano de paz; con la cultura de la muerte, con las leyes abortistas y otras a favor de la eutanasia también se rechaza a Jesús, que es Vida; se le rechaza con costumbres permisivas en materia de sexualidad que son contrarias a la moral cristiana; se rechaza a Cristo, que es la Verdad, cuando se emplea la mentira como arma para lograr objetivos políticos o para manipular la información; se le rechaza a quien vino a instaurar un Reino de paz y justicia cuando, en vez de ser justos, se comete todo tipo de atropellos e injusticias contra los más débiles y desamparados.

No podemos quedarnos callados. Digamos, y bien alto: ¡Al margen de Cristo no hay paz! ¡No! ¡Jamás! ¡Al margen de Cristo, todos los ideales llevan al fracaso! ¡Lejos de Cristo no hay eternidad, que es lo que debemos aspirar! ¡Al margen de Cristo la vida se llena de rabia y desesperación!

Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz cada día, y que me siga (Lc 9, 23). La misión de Cristo pasa por la cruz. Por tanto, quien quiera seguirle, no puede pretender otro camino. La pasión y la cruz son episodios claves en la vida del Señor, y por ello son también el primer peldaño de la vida cristiana: Aquel que ama los placeres, que busca sus comodidades, que huye de las ocasiones de sufrir, que se inquieta, que murmura, que reprende y se impacienta porque la cosa más insignificante no marcha según su voluntad y deseo, el tal, de cristiano sólo tiene el nombre; solamente sirve para deshonrar su religión, pues Jesucristo ha dicho: “Aquel que quiera venir en pos de mí, renúnciese a sí mismo, lleve su cruz todos los días de su vida y sígame (San Juan Bautista María Vianney, Sermón sobre la penitencia del Miércoles de Ceniza).

Hay cristianos que se quedan sin Cristo por que lo bajan demasiado pronto de la cruz, y hay cristianos que, por quedarse sólo en la cruz, también se quedan sin Cristo. Y es que Cristo y la Cruz, por especial designio de la voluntad del Padre, van ineludiblemente unidos. Aprendamos a amar la Cruz, a aceptarla como nuestra herencia, como norma de nuestra vida y a llevarla en silencio, pues solamente, con la ayuda de la gracia de Dios, los santos pudieron soportar tantas pesadas cruces (Cardenal Merry del Val).

No nos dejemos engañar por los que quieren introducir en nuestros corazones ideales distintos e, incluso, opuestos a los de nuestra fe. Sólo en Cristo está la solución de todos nuestros problemas. Él es quien libera al hombre del pecado y de toda esclavitud; Él es la luz que brilla en medio de las tinieblas; Él es quien da a la vida el sentido por el que vale la pena vivir, amar, trabajar, sufrir. Hagamos presente a Cristo entre los hombres viviendo correctamente nuestra fe. Esto es lo que Dios quiere y lo que necesita el mundo. El cristianismo no puede dimitir de la cruz: la vida cristiana no es posible sin el peso fuerte y grande del deber.

No olvidéis que estar con Jesús es, seguramente, toparse con su Cruz. Cuando nos abandonamos en las manos de Dios, es frecuente que Él permita que saboreemos el dolor, la soledad, las contradicciones, las calumnias, las difamaciones, las burlas, por dentro y por fuera: porque quiere conformarnos a su imagen y semejanza, y tolera también que nos llamen locos y que nos tomen por necios (San Josemaría Escrivá).

Santa María, llena de confianza, se pone en las manos de Dios, abandonándose a su voluntad; cuando la misión de su Hijo lo exige, se aparta; y, al mismo tiempo, Ella es la mujer valiente que, mientras los discípulos huyen, está al pie de la cruz. Por eso le pedimos que, ante los inevitables sufrimientos y las dificultades de cada día, nos ayude a tener fija nuestra mirada en Cristo. Madre, ayúdanos a no tener miedo en seguirlo hasta el fondo, incluso cuando nos parece que la cruz pesa demasiado. Haz que comprendamos que ésta es la única senda que lleva a la cumbre de la salvación eterna.

Domingo XVI del Tiempo Ordinario. Ciclo C.

El autor sagrado, después de narrar la obra de la Creación realizada por Dios, dice: Descansó en el día séptimo de toda la obra que había hecho (Gn 2, 2). El “descanso” de Dios sirve de modelo al hombre. Éste, descansando, reconoce que la creación depende y pertenece en definitiva a Dios, y que Dios mismo cuida de ella. El descanso que aquí vemos como un ejemplo dado por el Creador, lo encontramos en forma de mandamiento en el Decálogo. Guarda el día del sábado para santificarlo, como te ha mandado el Señor, tu Dios. Durante seis días trabajarás y harás todas tus labores, pero el día séptimo es de descanso, consagrado al Señor, tu Dios. No harás ninguna labor (Dt 5, 12-14).

El sábado, el día dedicado a Dios por los judíos, tiene un triple significado: a) obligado descanso del trabajo de cada día; b) reconocimiento de Dios como Señor de la creación y contemplación gozosa de ésta; c) anticipo del descanso y alegría definitivos tras on el paso del hombre por este mundo.

Con el paso del tiempo los rabinos complicaron el precepto divino, y en la época de Jesús habían hecho una clasificación de hasta 39 especies de trabajos prohibidos. Y de esta forma el reposo sabático, a fuerza de casuística y rigorismo, fue convirtiéndose para los judíos en una práctica agobiante que el Señor corrige en el Evangelio. La Iglesia, desde la época apostólica, celebra el domingo en lugar del sábado, recordando la Resurrección del Señor; y a propósito del descanso dominical y de su sentido, enseña: La institución del Día del Señor contribuye a que todos disfruten del tiempo de descanso y de solaz suficiente que les permita cultivar su vida familiar, cultural, social y religiosa (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2184).

El descanso es algo bueno. El Señor se apareció a Abrahán junto a la encina de Mambré, mientras él estaba sentado a la puerta de la tienda, porque hacía calor (Gn 18, 1). Podemos imaginarnos a Abrahán cansado del ajetreo de la jornada, de un trabajo intenso en las tareas del pastoreo de sus rebaños. Para recuperar fuerzas, se sienta a descansar. Y he aquí que alzó la vista y vio tres hombres en pie frente a él. A verlos, corrió a su encuentro desde la puerta de la tienda y se prosternó en tierra, diciendo: “Señor, si he alcanzado tu favor, no pases de largo junto a tu siervo” (Gn 18, 2-3). Este pasaje bíblico es una teofanía: Dios se manifiesta a Abrahán en Mambré. Es una manifestación revestida de carácter misterioso: los tres hombres representan a Dios. Por eso Abrahán les habla en singular unas veces y otras, en plural. Haré que traigan agua para que os lavéis los pies y descanséis junto al árbol (Gn 18, 4). Este empleo del singular y del plural ha hecho que algunos Padres de la Iglesia hayan interpretado esta aparición como un anuncio anticipado del misterio de la Santísima Trinidad. También hay quienes han visto en aquellos misteriosos personajes a Dios y a dos ángeles.

Vemos a Abrahán interrumpir su descanso para atender a aquellos personajes con apariencia de hombres, para vivir unas obras de misericordia: dar de comer y acoger al peregrino. Los judíos criticaron que Jesucristo curara en sábado. San Lucas narra que un sábado Jesús entró en una sinagoga, y vio a una mujer encorvada sin poder enderezarse. Y la enderezó, curándola de su enfermedad. Hizo una obra de caridad. El jefe de la sinagoga, celoso en apariencia de la observancia del sábado prescrita en la Ley, se indignó y reprobó públicamente a Nuestro Señor diciendo a los que estaban presentes en la sinagoga: Seis días hay en los que es necesario trabajar; venid, pues, en ellos para ser curados, y no en día de sábado (Lc 13, 15). Jesús censura con energía la interpretación torcida de la Ley que hace el jefe de la sinagoga y pone de relieve la necesidad de la misericordia y de la comprensión, que es lo que agrada Dios.

“Traeré un pedazo de pan para que cobréis fuerzas antes de seguir, ya que habéis pasado junto a vuestro siervo”. Contestaron: “Bien, haz lo que dices”. Abrahán entró corriendo en la tienda donde estaba Sara y le dijo: “Aprisa, tres cuartillos de flor de harina, amásalos y haz una hogaza”. El corrió a la vacada, escogió un ternero hermoso y se lo dio a un criado para que lo guisase enseguida. Tomó también cuajada, leche, y el ternero guisado y se lo sirvió. Mientras él estaba en pie bajo el árbol, ellos comieron (Gn 18, 5-8). Es un ejemplo hermoso de hospitalidad.

Dios hablaba con Abrahán directamente, como lo hiciera con Adán antes del pecado. Y Abrahán, por su parte, acoge a Dios mediante la hospitalidad. Habiendo creído en Dios, marchando en su presencia y alianza con Él, el patriarca está dispuesto a acoger en su tienda al Huésped misterioso: es la admirable hospitalidad de Mambré, preludio de la anunciación del verdadero Hijo de la promesa. Desde entonces, habiéndole confiado Dios su plan, el corazón de Abrahán está en consonancia con la compasión del Señor hacia los hombres y se atreve a interceder por ellos con una audaz confianza (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2571). Abrahán intercede a Dios para que no sea destruida Sodoma.

Acojamos a Dios en nuestra vida abriéndole las puertas de nuestro corazón. No tengamos miedo de que con su grandeza pueda quitarnos algo de nuestra libertad, de nuestro espacio vital. Dios no oprime nuestra vida, sino que la eleva y la hace grande: precisamente entonces se hace grande con el esplendor de Dios. El hecho de que nuestros primeros padres pensaran lo contrario fue el núcleo del pecado original. Temían que, si Dios era demasiado grande, quitara algo a su vida. Pensaban que debían apartar a Dios a fin de tener espacio para ellos mismos. Esta ha sido también la gran tentación de la época moderna, de los últimos tres o cuatro siglos. Cada vez más se ha pensado y dicho: “Este Dios no nos deja libertad, nos limita el espacio de nuestra vida con todos sus mandamientos. Por tanto, Dios debe desaparecer; queremos ser autónomos, independientes. Sin este Dios nosotros seremos dioses, y haremos lo que nos plazca” (Benedicto XVI).

Lo mismo sucede en la época moderna. Se piensa que apartando a Dios vamos a ser más libres, y así poder hacer lo que nos apetezca sin tener que obedecer a nadie. Pero cuando Dios desaparece, el hombre no llega a ser más grande; al contrario, pierde la dignidad divina, pierde el esplendor de Dios en su rostro. Es importante que Dios esté presente en nosotros. Eso significa hacer espacio a Dios cada día en nuestra vida, comenzando desde la mañana con la oración y luego dando tiempo a Dios, dando el domingo a Dios.

La hospitalidad es una obra de misericordia: Dar posada al peregrino. En nuestros días se puede vivir esto, entre las muchas formas que hay, acogiendo en el propio hogar a un niño del tercer mundo durante el período de vacaciones, o por más tiempo; y contribuyendo al sostenimiento de centros de acogida para inmigrantes o albergues para los sin techo.

Después le dijeron: “¿Dónde está Sara tu mujer?” Contestó: “Aquí en la tienda”. Añadió uno: “Cuando vuelva a verte, dentro del tiempo de costumbre, Sara habrá tenido un hijo” (Gn 18, 9-10). Dios premia la hospitalidad de Abrahán concediéndole un hijo.

En el Evangelio hay un pasaje en el cual vemos cómo Cristo va a descansar en casa de unos amigos. Entró Jesús en aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Ésta tenía una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Y Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio; hasta que se paró y dijo: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado con el servicio? Dile que me eche una mano”. Pero el Señor le contestó: “Marta, Marta: andas inquieta y nerviosa con tantas cosas: sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán (Lc 10, 38-42).


Cristo es acogido con cariño por aquellos amigos suyos. Sabemos que Marta y María eran hermanos de Lázaro, el que resucitó Jesús. El Señor se encuentra a gusto en aquella casa. Descansa, pero no desaprovecha la ocasión de realizar unas obras de misericordia: enseñar con su palabra y corregir a Marta, dándole un buen consejo.

Marta y María: María, a los pies de Jesús, “escuchaba su palabra”, mientras que Marta estaba ocupada en muchos servicios. Ambas ofrecen acogida al Señor que está de paso, pero lo hacen de modo diverso. María se pone a los pies de Jesús, en escucha; Marta en cambio se deja absorber por las cosas que hay que preparar, y está tan ocupada que se dirige a Jesús diciendo: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano” (Jn 10, 40). Y Jesús le responde reprendiéndola con dulzura: “Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; sólo una es necesaria”. No se trata de la contraposición entre dos actitudes: la escucha de la Palabra del Señor, la contemplación, y el servicio concreto al prójimo. Son dos aspectos, ambos esenciales para nuestra vida cristiana; aspectos que nunca se han de separar, sino vivir en profunda unidad y armonía. ¿Por qué Marta recibe la reprensión, si bien hecha con dulzura? Porque consideró esencial sólo lo que estaba haciendo, es decir, estaba demasiado absorbida y preocupada por las cosas que había que “hacer”. En un cristiano, las obras de servicio y de caridad nunca están separadas de la fuente principal de cada acción nuestra: es decir, la escucha de la Palabra del Señor, el estar a los pies de Jesús, con la actitud del discípulo (Papa Francisco).

Marta, Marta: andas inquieta y nerviosa con tantas cosas: sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán. Estas palabras del Señor es una advertencia para todos los que se dejan llevar por el activismo y descuidan la oración. No dice el evangelista de María que estaba sentada cerca de Jesús, sino junto a sus pies; es para manifestar la presteza, la asiduidad, el deseo que tenía de oírlo y el gran respeto que le profesaba. ¡Que las ocupaciones terrenas no nos impidan lo único necesario: fomentar la amistad con Dios, escuchándole y hablándole en la oración!

El Señor no vitupera la hospitalidad, sino el cuidado por muchas cosas, esto es, la absorción y el tumulto. Y vean cómo el Señor nada dijo primero a Marta; mas cuando ella intentaba distraer a su hermana, entonces el Señor, habida ocasión, la corrigió. La hospitalidad es honrada mientras que nos atrae a las cosas necesarias; mas cuando empieza a estorbar a lo más útil, es manifiesto que la atención a las cosas divinas es más honrable. (Teofilato).

Para cumplir la vocación de la caridad -el servicio de la mesa-, sin que fuera en detrimento de la oración y del servicio de la Palabra, los apóstoles se reservaron para sí su oficio principal y eligieron a los diáconos para atender a las viudas y el servicio de las mesas comunes. Que cada uno ahora se pregunte si ayuda en la parroquia a las obras asistenciales de caridad y procura descargar de trabajo a los sacerdotes para que éstos puedan dedicar más tiempo a la administración de los Sacramentos y a la predicación del Evangelio.

Dios me ha nombrado ministro de la Iglesia, asignándome la tarea de anunciaros a vosotros su mensaje completo: el misterio que Dios ha tenido escondido desde siglos y generaciones y que ahora ha revelado a su pueblo santo (Col 1, 25-26), escribe san Pablo a los cristianos de Colosas. El papa Benedicto XVI en varias ocasiones se refirió a los mártires de Abitina:“Sine dominico non possumus”. Precisamente de aquí brota nuestra oración: que también nosotros, los cristianos de hoy, recobremos la conciencia de la importancia decisiva de la celebración dominical y tomemos de la participación en la Eucaristía el impulso necesario para un nuevo empeño en el anuncio de Cristo, “nuestra paz” (Ef 2, 14), al mundo.

Necesitamos la Eucaristía para afrontar la fatiga y el cansancio del viaje. El domingo, día del Señor, es la ocasión propicia para sacar fuerzas de él, que es el Señor de la vida. Por tanto, el precepto festivo no es un deber impuesto desde afuera, un peso sobre nuestros hombros. Al contrario, participar en la celebración dominical, alimentarse del Pan eucarístico y experimentar la comunión de los hermanos y las hermanas en Cristo, es una necesidad para el cristiano; es una alegría; así el cristiano puede encontrar la energía necesaria para el camino que debemos recorrer cada semana. Seguir la palabra de Dios, estar con Cristo, significa para el hombre realizarse a sí mismo; perderlo equivale a perderse a sí mismo. El Apóstol de las gentes nos ha anunciado el mensaje salvífico de Cristo. Y nosotros anunciemos a este Cristo, amonestemos a todos, enseñemos a todos, con todos los recursos de la sabiduría, para que todos lleguen a la madurez en su vida de Cristo (Col 1, 28), y después de esta vida, al Cielo, donde el descanso será eterno.

Pidamos ayuda a Santa María para que sepamos aprovechar el domingo como día de descanso y de tributar a Dios el culto que le es debido.

Solemnidad del Corpus Christi. Ciclo C

Porque yo recibí del Señor lo que os he transmitido: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: “Éste es mi cuerpo que se da por vosotros; haced esto en conmemoración mía”. Y de la misma manera, después de cenar, tomó el cáliz, diciendo: “Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre. Cuantas veces lo bebáis, hacedlo en conmemoración mía”. Pues cada vez que coméis este pan y bebéis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga (1Co11, 23-26). Este texto de san Pablo está incluido en la liturgia de la Palabra de la misa de la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. Y es una clara manifestación de la fe en el misterio de la Eucaristía que, desde los inicios de la Iglesia, viven los primeros cristianos.

San Pablo escribe estas palabras hacia el año 57 -unos veintisiete años después de la institución de la Eucaristía-, recordando a los corintios lo que les había enseñado unos años antes, cuando hacia el año 51 estuvo por primera vez en Corinto. El Apóstol de los gentiles dice: Recibí del Señor, que puede expresarse: Recibí por la Tradición que se remonta hasta el mismo Cristo. También nosotros, refiriéndonos a las enseñanzas de la Iglesia, podemos decir que las recibimos de Cristo, porque Jesucristo instituyó en la Iglesia un magisterio vivo y auténtico, investido de su propia autoridad, y quiso que las enseñanzas doctrinales de este magisterio fuesen recibidas como las suyas propias.

Este relato paulino de la institución de la Eucaristía es uno de los cuatro que aparecen en el Nuevo Testamento. Los otros tres están en los evangelios sinópticos. El texto contiene los puntos fundamentales de la fe cristiana sobre el misterio eucarístico: 1) Institución de este Sacramento por Jesucristo y presencia real del Señor. 2) Institución del sacerdocio cristiano. 3) La Eucaristía, Sacrificio del Nuevo Testamento o Santa Misa.

Es certeza para los cristianos: el pan se convierte en carne, y el vino en sangre, se proclama en la secuencia de la misa del Corpus Christi. Esta fiesta de la Eucaristíanació con la finalidad precisa de reafirmar abiertamente la fe del pueblo de Dios en Jesucristo vivo y realmente presente en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía. Además se nos invita a adorar, alabar y dar públicamente las gracias al Señor, que en el sacramento eucarístico Jesús sigue amándonos hasta el extremo (Jn 13, 1), hasta el don de su cuerpo y de su sangre.

El sacerdocio ministerial ha nacido en el cenáculo junto con la Eucaristía. Jesucristo, al instituir la Eucaristía, mandó que se repitiera hasta el fin de los tiempos instituyendo así el sacerdocio. Nuestro Señor en la Última Cena ofreció a Dios Padre su cuerpo y su sangre bajo las especies de pan y de vino, y bajo los símbolos de esas mismas cosas los entregó, para que lo tomaran, a sus Apóstoles, a quienes entonces constituía sacerdotes del Nuevo Testamento, y a ellos y a sus sucesores en el sacerdocio les mandó -con las palabras: “Haced esto en conmemoración mía”- que lo ofrecieran. Así lo entendió y enseñó siempre la Iglesia (Concilio de Trento). De ahí que sea la Eucaristía la principal y central razón de ser del Sacramento del sacerdocio nacido efectivamente en el momento de la institución de la Eucaristía y a la vez que ella (San Juan Pablo II).

Cuando Jesucristo manda a sus Apóstoles haced esto en conmemoración mía, no se trata de recordar meramente su cena, sino de renovar su propio sacrificio pascual del calvario, que ya está anticipadamente presente en la Última Cena. La Misa no es una pura y simple conmemoración de la Pasión y Muerte de Jesucristo, sino un Sacrificio propio y verdadero por el que el Sumo Sacerdote, mediante su inmolación incruenta, repite lo que una vez hizo en la Cruz, ofreciéndose enteramente al Padre como víctima gratísima. Una sola e idéntica es la Víctima; y el que ahora se ofrece por ministerio de los sacerdotes, es el mismo que entonces se ofreció a Sí mismo en la Cruz, siendo sólo distinta la manera de ofrecerse (Concilio de Trento).

El pasaje del Antiguo Testamento de la misa del Corpus Christi es el encuentro de Abrahán con Melquisedec. Entonces Melquisedec, rey de Salem, presentó pan y vino, pues era sacerdote del Dios Altísimo, y le bendijo diciendo: “¡Bendito sea Abrán del Dios Altísimo, creador de cielos y tierra, (20) y bendito sea el Dios Altísimo, que entregó a tus enemigos en tus manos!” Y le dio Abrán el diezmo de todo (Gn 14, 18-20). En Salem se adoraba al verdadero Dios, creador del cielo y de la tierra, con el nombre de Dios Altísimo. El pan y el vino son ofrecidos entre las primicias de la tierra como sacrificios en señal del reconocimiento al Creador. A Melquisedec se le atribuye un carácter sacerdotal anterior y más excelso que el de la familia de Aarón, cuando se canta al Rey Mesías: Tú eres sacerdote eterno según el orden de Melquisedec (Sal 110, 4).

En el Nuevo Testamento, la misteriosa figura sacerdotal de Melquisedec es presentada como tipo del sacerdocio de Cristo, ya que éste, sin pertenecer a la familia de Aarón, es realmente sacerdote eterno. En efecto, este Melquisedec, rey de Salem, sacerdote de Dios Altísimo, que salió al encuentro de Abrahán cuando regresaba de la derrota de los reyes, y le bendijo, al cual dio Abrahán el diezmo de todo, y cuyo nombre significa, en primer lugar, “rey de justicia” y, además, rey de Salem, es decir, “rey de paz”, sin padre, ni madre, ni genealogía, sin comienzo de días, ni fin de vida, asemejado al Hijo de Dios, permanece sacerdote para siempre (Hb 7, 1-3). La liturgia cristiana ha vista prefigurada la Eucaristía en el pan y el vino presentados por Melquisedec: éste es contemplado por la Tradición como figura de los sacerdotes de la Nueva Ley.

El episodio del evangelio de la misa del día del Corpus Christi es el del milagro de la multiplicación de los cinco panes y los dos peces. El día había comenzado a declinar, y acercándose los Doce, le dijeron: “Despide a la gente para que vayan a los pueblos y aldeas del contorno y busquen alojamiento y comida, porque aquí estamos en un lugar deshabitado”. Él les dijo: “Dadles vosotros de comer”. Pero ellos respondieron: “No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente”. Pues había como cinco mil hombres. Él dijo a sus discípulos: “Haced que se acomoden por grupos de unos cincuenta”. Lo hicieron así, e hicieron acomodarse a todos. Tomó entonces los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición y los partió, y los iba dando a los discípulos para que los fueran sirviendo a la gente. Comieron todos hasta saciarse. Se recogieron los trozos que les habían sobrado: doce canastos (Lc 9, 12-17).

Fijémonos en los gestos del Señor en la realización de este milagro. Ordena a los discípulos que hagan sentar a la gente, luego toma los cinco panes y los dos peces, da gracias al Padre y los distribuye. Estos gestos anticipan la Última Cena, que dan al pan de Jesús su significado más auténtico. El pan de Dios es Jesús mismo. Al comulgar con Él, recibimos su vida en nosotros y nos convertimos en hijos del Padre celestial y hermanos entre nosotros. Recibiendo la comunión nos encontramos con Jesús realmente vivo y resucitado. Participar en la Eucaristía significa entrar en la lógica de Jesús, la lógica de la gratuidad, de la fraternidad.

El milagro consistió en que los trozos de pan se multiplicaron en las manos de Jesús. Luego los discípulos los repartieron a la muchedumbre. Es de destacar la manera de actuar del Señor: busca la libre cooperación del hombre; a la hora de hacer el milagro quiere que los discípulos aporten los panes y los peces, y su propia actividad. También hay que subrayar comieron todos. La Eucaristía es para todos. Es deseo de Jesucristo y de la Iglesia que todos los fieles se acerquen con frecuencia al sagrado convite, porque la comunión nos da fuerza para superar la concupiscencia, para borrar las culpas veniales en las que diariamente incurrimos y para evitar los pecados graves a los que la debilidad de la naturaleza humana está expuesta.

La Eucaristía, además de ser una llamada a la santidad, es también una invitación a la entrega de sí a los hermanos. Cristo, antes de realizar el milagro, pide la contribución de aquellos panes y peces. Una aportación pobre pero necesaria, que Él transformó en don de amor para todos.

El papa Francisco comenta este pasaje evangélico diciendo: ¿Cómo es posible que demos de comer a una multitud? “No tenemos más que cinco panes y dos peces”. Pero Jesús no se desanima: pide a sus discípulos que hagan sentarse a la gente, eleva los ojos al cielo, reza la bendición, parte los panes y los da a los discípulos para que los distribuyan. Es un momento de profunda comunión: la multitud saciada por la palabra del Señor se nutre ahora por su pan de vida. Y todos se saciaron. Nosotros somos la multitud del Evangelio, también nosotros buscamos seguir a Jesús para escucharle, para entrar en comunión con Él en la Eucaristía, para acompañarle y para que nos acompañe. Preguntémonos: ¿Cómo sigo yo a Jesús? Jesús habla en silencio en el Misterio de la Eucaristía y cada vez nos recuerda que seguirle quiere decir salir de nosotros mismos y hacer de nuestra vida no una posesión nuestra, sino un don a Él y a los demás.

He aquí el pan de los ángeles, pan de los peregrinos, verdadero pan de los hijos (Secuencia). Dios alimentó a los israelitas en su peregrinación por el desierto con el maná. Además del hambre física, el hombre lleva en sí otra hambre, un hambre de vida, hambre de amor, hambre de eternidad. El signo del maná -con toda la experiencia del Éxodo- contenía en sí esta dimensión: era figura de un alimento que satisface esta profunda hambre que hay en el hombre. Jesús nos da este alimento, es más, es Él mismo el pan vivo (Jn 6, 51) que da la vida al mundo. Su Cuerpo es verdadero alimento bajo la especie del pan; su Sangre es verdadera bebida bajo la especie del vino. No es un simple alimento con el cual saciar nuestro cuerpo, como el maná; el Cuerpo de Cristo es el pan de los últimos tiempos, capaz de dar vida, y vida eterna, porque la esencia de este pan es el Amor. Por tanto, el maná era figura de la Eucaristía que es el alimento reservado a los que en el bautismo han sido liberados de la esclavitud y han llegado a ser hijos, y por la gracia de Dios nosotros somos hijos; es el alimento que los sostiene en el largo camino del éxodo a través del desierto de la existencia humana (Benedicto XVI).

El relato del milagro acaba haciendo constar la abundancia de los panes multiplicados, pues se recogieron los trozos que les habían sobrado: doce canastos. Aquí podemos ver lo que sucede en el Santo Sacrificio de la Misa. Después de distribuirse la comunión a los fieles, las sagradas Formas que quedan se reservan en el sagrario. ¿Para qué? Para poder llevar la comunión a los enfermos y para la adoración del Santísimo Sacramento, manifestando nuestra fe en la Eucaristía. Arrodillarse ante la Eucaristía es una profesión de libertad: quien se inclina ante Jesús no puede y no debe postrarse ante ningún poder terreno, por más fuerte que sea (Benedicto XVI). Los cristianos sólo nos arrodillamos ante Dios, ante el Santísimo Sacramento, porque sabemos y creemos que en él está presente el único Dios verdadero, que ha creado el mundo y lo ha amado hasta el punto de entregar a su Hijo único.

La adoración es oración que prolonga la celebración y la comunión eucarística; en ella el alma sigue alimentándose: se nutre de amor, de verdad, de paz; se alimenta de esperanza, pues Aquél ante el cual nos postramos no nos juzga, ni nos aplasta, sino que nos libera y nos transforma.

Existe un vínculo estrechísimo entre la Eucaristía y Santa María, pues la carne de Cristo en la Eucaristía es, sacramentalmente, la carne asumida de la Virgen. Por eso María guía a los fieles a la Eucaristía.

Solemnidad de la Santísima Trinidad. Ciclo C

Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir. Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho: Recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros (Jn 16, 12-15). Son palabras de Jesucristo pronunciadas en el cenáculo durante la Última Cena. Jesús, consciente de su ya cercana muerte, se despide de los Apóstoles ante su inminente partida. En esta despedida, Nuestro Señor da consuelo a los discípulos con la promesa de su vuelta y del envío del Espíritu Santo que les mostrará la verdad completa, el que lleva a la plena comprensión de la verdad revelada por Cristo.

En esas palabras se alude a las tres Personas divinas, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Jesucristo revela aquí algunos aspectos del misterio de la Santísima Trinidad. Enseña la igualdad de naturaleza de las tres divinas Personas al decir que todo lo que tiene el Padre es del Hijo, que todo lo que tiene el Hijo es del Padre y que el Espíritu Santo posee también que es común al Padre y al Hijo, es decir, la esencia divina.

La Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios mismo; la verdad principal que Dios nos ha revelado. En Dios hay tres Personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Cada persona es Dios, pero no son tres dioses, sino un solo Dios. La razón humana no es capaz de llegar a descubrir esta verdad si cuenta sólo con su esfuerzo y los medios a su alcance. Es uno de los misterios escondidos en el ser de Dios, que no pueden ser conocidos si no nos son revelados desde lo alto. Jesucristo es quien nos reveló el misterio trinitario.

La Santísima Trinidad es comunión de Personas divinas, las cuales son una con la otra, una para la otra y una en la otra: esta comunión es la vida de Dios, el misterio de amor del Dios vivo: Y Jesús nos reveló este misterio. Él nos habló de Dios como Padre; nos habló del Espíritu Santo como Consolador, y nos habló de sí mismo como Hijo de Dios.

Dios se manifestó progresivamente al hombre a través de la creación y de la historia del pueblo elegido, que alcanzó su transparencia completa en Jesús de Nazaret. En el Antiguo Testamento hay alusiones veladas al misterio de la Trinidad. Sin embargo, es en Nuevo Testamento donde claramente se revela el dogma trinitario. La primera vez que se habla de las Tres Personas divinas es en la Anunciación; luego, en el Bautismo de Jesús, cuando los cielos se abren, se oye la voz del Padre y aparece el Espíritu Santo en forma de paloma; y momentos antes de su Ascensión al Cielo, Jesucristo cita explícitamente al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

La Trinidad es el fin último hacia el cual está orientada nuestra peregrinación terrenal. El camino de la vida cristiana es un camino esencialmente trinitario. Todo, en la vida cristiana, gira alrededor del misterio trinitario y se cumple en orden a este misterio infinito. Intentemos, por tanto, mantener siempre elevado el tono de nuestra vida, recordándonos para qué fin, para qué gloria existimos, trabajamos, luchamos, sufrimos. Y a qué inmenso premio estamos llamados… Este misterio abraza toda nuestra vida y todo nuestro ser cristiano (Papa Francisco).

Él (Espíritu Santo) me dará gloria. Acción propia del Espíritu Santo será glorificar a Cristo, recordando y aclarando a los discípulos lo que el Maestro les enseñó. Los hombres, al reconocer al Padre a través del Hijo movidos por el Espíritu Santo, glorifican a Cristo; y glorificar a Cristo es lo mismo que dar gloria a Dios. La Iglesia, iluminada por las palabras del Maestro, cree que el hombre, hecho a imagen del Creador, redimido con la sangre de Cristo y santificado por la presencia del Espíritu Santo, tiene como fin último de su vida ser “alabanza de la gloria de Dios”, haciendo así que cada una de sus acciones refleje su esplendor (San Juan Pablo II, Encíclica Veritatis splendor, n. 10).

Alabar al Señor es el fin de la vida del hombre, la única razón de su existencia. La creación entera es un canto de alabanza a Dios. Y nuestra vida en la tierra, toda nuestra actividad, debe estar informada por esta suprema aspiración. Para que nuestra vida sea limpia y recta, canto enamorado a Dios que nos creó, tenemos que acudir a Jesucristo.

Una famosa cantante de ópera comenzó a perder la voz. Tenía un mal incurable. Era necesaria una operación quirúrgica. Antes de entrar en el quirófano, los médicos le dijeron: Ya no podrá usted cantar y ni siquiera hablar jamás. La diva, con una sonrisa en los labios, dijo: Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo. Éstas fueron las últimas palabras que pronunció.

El Gloria es una oración a la Santísima Trinidad, un himno de alabanza a Dios que distingue a las tres Personas divinas. La gloria de Dios es el fin de toda la creación. El cristiano, al recitar esta oración, se une al coro integrado por todos los ángeles y santos del Cielo, y por muchísimos otros hombres y mujeres que aún peregrinan en esta vida terrena y que cantan este himno de glorificación a Dios. El Gloria es, además, una profesión de fe en el misterio de Dios Uno y Trino. Estemos, pues, atentos siempre que recemos el Gloria.

San Pablo, en la Carta a los Romanos,el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado (Rm 5, 5). El amor del que habla es, a la vez, el amor con que Dios nos ama -que se manifiesta en el envío del Espíritu Santo-, y el amor que Dios pone en nuestras almas para que le podamos amar. Dios no está solamente en el origen del amor, sino que en Jesucristo nos llama a imitar su modo mismo de amar. Amar a Dios es exclusivamente un don de Dios. El mismo, que, sin ser amado, ama, nos concedió que le amásemos. Fuimos cuando todavía éramos desagradables, para que se nos concediera algo con que agradarle. En efecto, el Espíritu del Padre y del Hijo, a quien amamos con el Padre y el Hijo, derrama la caridad en nuestros corazones (Concilio II de Orange).

Dios nos ama, nos ama de verdad, y nos ama en gran medida. Esta es la expresión más sencilla que resume todo el Evangelio, toda la fe, toda la teología: Dios nos ama con amor gratuito y sin medida. Y amor con amor se paga, se suele decir. El camino del amor a Dios -amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma- es un camino de amor; es un camino de fidelidad. Al Señor le complace hacer la comparación de este camino con el amor nupcial. Y esta fidelidad nos impone expulsar los ídolos, descubrirlos, ocultos, en nuestra personalidad, en nuestro modo de vivir; y nos hacen infieles en el amor (Papa Francisco).

El Padre y el Hijo y el Espíritu Santo es un torrente de vida y de calor, de plenitud y felicidad, Dios en sí mismo es un derramarse en amor, y en esta infinitud de amor está llamado a participar el ser humano. San Juan recoge en su evangelio estas palabras de Cristo: Si alguno me ama, guardará mi doctrina y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada en él (Jn 14, 23); y san Pablo nos escribe: ¿No sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu Santo habita en vosotros (1 Co 3, 16). La Santísima Trinidad habita en nuestra alma en gracia y nos ayuda a tener presencia de Dios, a ser contemplativos. No estamos destinados a una felicidad cualquier, porque hemos sido llamados a penetrar en la intimidad divina, a conocer y amar a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo y, en la Trinidad y en la Unidad de Dios, a todos los ángeles y a todos los hombres (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 133).

En el libro Proverbios hay un espléndido canto de la Sabiduría personificada. El Señor me tuvo al principio de sus caminos, antes de que hiciera cosa alguna, desde antaño. Desde la eternidad fui formada, desde el principio, antes que la tierra. Cuando no existían los abismos fui engendrada, cuando no había fuentes cargadas de agua. Antes que los montes fuesen asentados, antes que las colinas, fui engendrada. No había hecho aún la tierra ni los campos, ni el polvo primordial del orbe. Cuando asentó los cielos, allí estaba yo, cuando trazó un círculo sobre la faz del abismo, cuando arriba condensó las nubes, cuando afianzó las fuentes del abismo, cuando al mar dio su precepto- y las aguas no rebasarán su orilla -cuando asentó los cimientos de la tierra, yo estaba allí, como arquitecto, y era yo todos los días su delicia, jugando en su presencia en todo tiempo, jugando por el orbe de su tierra; y mis delicias están con los hijos de los hombres (Pr 8, 22-31).

En este canto se manifiesta la relación entre Sabiduría y creación del mundo y del hombre. La Sabiduría está junto a Dios en la creación (Yo estaba allí) y se goza especialmente en su relación con el hombre (Mis delicias están con los hijos de los hombres). Aparece descrita con unos rasgos personales que preparan para comprender más adelante, en el progreso de la Revelación, el misterio de la Santísima Trinidad. En el Prólogo del Evangelio según San Juan se describe una relación entre Dios y el Verbo –En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios (Jn 1, 1)-que recuerda en parte el canto de la Sabiduría. La dignidad que tiene la Sabiduría en el canto de los Proverbios es atribuida a Cristo en algunos escritos del Nuevo Testamento: en la Carta a los Colosenses se le designa como primogénito de toda criatura (Col 1, 15) y en el Apocalipsis como principio de la creación de Dios (Ap 3, 14). Y en este sentido el canto de la Sabiduría se lee en la liturgia de Iglesia en la solemnidad de la Santísima Trinidad.

Desde el siglo VI se incluye este pasaje en la Misa de la Natividad de la Virgen María. De este modo, la Iglesia reconoce que, así el Verbo es Dios desde la eternidad y está activo en la creación del mundo, la Madre del Salvador de algún modo también había de estar en la mente de Dios “desde el comienzo”. María, la Santísima Madre de Dios, la siempre Virgen, es la obra maestra de la Misión del Hijo y del Espíritu Santo en la Plenitud de los tiempos. Por primera vez en el designio de Salvación y por que Espíritu la ha preparado, el Padre encuentra la Morada en donde su Hijo y su Espíritu pueden habitar entre los hombres. Por ello, los más bellos textos sobre la sabiduría, la tradición de la Iglesia los ha entendido frecuentemente con relación a María.: María es cantada y representada en la Liturgia como el “Trono de la Sabiduría” (Catecismo de la Iglesia Católica, n.721).

Santa María es aclamada bajo el impulso del Espíritu Santo como “la madre de mi Señor” desde antes del nacimiento de su Hijo. Ella concibió como hombre por obra del Espíritu Santo, al Hijo eterno del Padre. Por eso la saludamos diciendo: Dios te salve, María, Hija de Dios Padre. Dios te salve, María, Madre de Dios Hijo. Dios te salve, María, Esposa de Dios Espíritu Santo… ¡Más que tú, sólo Dios! (San Josemaría Escrivá, Camino n. 496).