Apostolado

Jesús no tiene ninguna dificultad en encontrarse con los samaritanos, considerados herejes, cismáticos, separados de los judíos. Su actitud nos da a entender que confrontarse con los que son diferentes de nosotros puede hacernos crecer. Jesús, cansado del viaje, no duda en pedir de beber a la mujer samaritana. Su sed, lo sabemos, va mucho más allá de la sed física: es también sed de encuentro, deseo de entablar un diálogo con aquella mujer, ofreciéndole así la posibilidad de un camino de conversión interior. Jesús es paciente, respeta a la persona que tiene ante él, se revela a ella gradualmente. Su ejemplo alienta a buscar una confrontación pacífica con el otro. Para entenderse y crecer en la caridad y en la verdad, es preciso detenerse, acogerse y escucharse (Papa Francisco).

Anécdota de san Juan XXIII

El cardenal Frings pronunció en 1961 en Génova una conferencia que trataba sobre el Concilio que se iba a celebrar. Se la había escrito Ratzinger. Fue un poco polémica. Más tarde, el cardenal fue llamado por san Juan XXIII. Frings pensó que al Papa no le había gustado la conferencia (fue publicada). Al llegar al Vaticano, san Juan XXIII le dijo: “Eminencia, debo darle las gracias. Leí anoche su discurso. ¡Qué feliz coincidencia de pensamiento!” Frings respondió: “Santo Padre, la conferencia no la escribí yo, sino un joven catedrático”. A ello replicó el Papa: “Señor cardenal, tampoco yo escribí mi última encíclica. Lo importante es con qué se identifica uno”.

Libro de las letanías (XXVI): Letanía de San Gabriel

Letanía de san Gabriel

V/. Señor, ten piedad de nosotros
R/. Señor, ten piedad de nosotros

V/. Cristo, ten piedad de nosotros

R/. Cristo, ten piedad de nosotros
V/. Señor, ten piedad de nosotros
R/. Señor, ten piedad de nosotros

V/. Jesucristo, óyenos
R/. Jesucristo, óyenos

V/. Jesucristo, escúchanos

R/. Jesucristo, escúchanos

A las siguientes invocaciones se responde: ten piedad de nosotros

Dios Padre celestial, creador de los Ángeles
Dios Hijo Redentor del mundo, señor de los Ángeles
Dios Espíritu Santo, vida de los Ángeles

Santísima Trinidad, un solo Dios verdadero, delicia de todos los Ángeles

A las siguientes invocaciones se responde: ruega por nosotros

Santa María, Reina de los Ángeles

San Gabriel Arcángel

Embajador de Dios Padre

Servidor del Verbo, Luz eterna

Locutor de la Encarnación

Mensajero de la Esperanza

Protector contra el Maligno

Guardián de nuestro Bautismo

Patrono de los sacerdotes

Escudo de la castidad

Guía de los desorientados

Consejero de los confundidos

Músico celestial

A la siguiente invocación se responde: rogad por nosotros

Todos los santos Ángeles

V/. Cristo, óyenos
R/. Cristo, óyenos

V/. Cristo, escúchanos

R/. Cristo, escúchanos

V/. Señor, ten piedad de nosotros
R/. Señor, ten piedad de nosotros

V/. Cristo, ten piedad de nosotros

R/. Cristo, ten piedad de nosotros
V/. Señor, ten piedad de nosotros
R/. Señor, ten piedad de nosotros

V/. El Señor manda a sus ángeles

R/. Para cuidarnos en todos los caminos

Oremos: Dios todopoderoso, que nos ama con amor eterno, envíanos a tus Ángeles para ser defendidos del Maligno, y haz que la Sangre preciosa de tu Hijo, y los ruegos de la Santísima Virgen María, en medio de los peligros nos refugiemos en ti. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

TRES PARÁBOLAS SOBRE EL REINO DE LOS CIELOS. Homilía del Domingo XVII del Tiempo Ordinario. (Ciclo A)

En el libro 1 Reyes se cuenta la petición que hizo Salomón al comienzo de su reinado a Dios. El Señor le dijo: Pide qué quieres que te dé (1 R 3, 5). El joven rey, consciente de su responsabilidad, respondió a Dios diciendo: Concede a tu siervo un corazón dócil para juzgar a tu pueblo y para saber discernir entre el bien y el mal. Pues, ¿quién podrá juzgar a tu pueblo siendo éste tan grande? (1 R 3, 9). La petición de Salomón fue grata a Dios porque está hecha con humildad y tiene como objeto, no cosas materiales, sino discernimiento o sabiduría para administrar justicia entre el pueblo. Es así un anticipo del orden que, según la enseñanza de Cristo, ha de tener la oración de petición.

En la carta que escribió san Clemente I a los cristianos de Corinto está esta oración: Te pedimos, Señor, que seas nuestra ayuda y defensa. Libra a aquellos de entre nosotros que se hallan en tribulación, compadécete de los humildes, levanta a los caídos, socorre a los necesitados, cura a los enfermos, haz volver a los miembros de tu pueblo que se han desviado; da alimento a los que padecen hambre, libertad a nuestros cautivos, fortaleza a los débiles, consuelo a los pusilánimes; que todos los pueblos de la tierra sepan que tú eres Dios y no hay otro, y que Jesucristo es tu siervo, y que nosotros somos tu pueblo, el rebaño que tú guías.

Cuando hay humildad en la oración y se pide son cosas buenas, como hizo Salomón, Dios concede esos bienes. Lo dice el mismo Cristo: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, y quien busca halla, y al que llama se le abre (Lc 11, 9-10). Y la respuesta de Dios a la petición de Salomón es: Porque has hecho esta petición y no has pedido para ti ni muchos años, ni riquezas, ni la vida de tus enemigos, sino que pediste para ti discernimiento, mira que yo he obrado según tus palabras: te he dado un corazón sabio e inteligente; hasta tal punto que no ha habido antes otro como tú, ni existirá después (1 R 3, 11-12).

El Padrenuestro -la oración que nos enseñó Jesucristo- es un ejemplo de oración de petición. En el Padre Nuestro, las tres primera peticiones tienen por objeto la gloria del Padre: la santificación de su nombre, la venida del reino y el cumplimiento de la voluntad divina. Las otras cuatro presentan al Padre nuestros deseos: estas peticiones conciernen a nuestra vida para alimentarla o para curarla del pecado y se refieren a nuestro combate por la victoria del Bien sobre el Mal. Con el “Amén” final expresamos nuestro “fiat” respecto a las siete peticiones: “Así sea” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2857; n. 2865).

En la Plegaria eucarística I -también llamada Canon romano- le pedimos a Dios lo más importante: líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos, que es lo mismo que pedirle la perseverancia final. El apóstol san Pablo escribe a los cristianos de Roma: Sabemos que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios, de los que son llamados según su designio. Porque a los que de antemano eligió también predestinó para que fuesen conformes con la imagen de su Hijo, a fin de que él sea primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó también los llamó , y a los que llamó también los justificó, y a los que justificó también los glorificó (Rm 8, 28-30).

Estas palabras inspiradas nos llenan de confianza en Dios. Estamos en este mundo en tensión entre lo que ya poseemos y somos y lo que anhelamos. Pero nada del porvenir es dejado por Dios al acaso. Elección, predestinación, llamamiento, justificación y glorificación forman parte del designio salvador de Dios. Omnia in bonum! (todo para bien). Al igual que Jesús llamó a los apóstoles, también llama a cada hombre para que le siga. Sí, cada hombre, en su sitio y en sus propias circunstancias, tiene una vocación dada por Dios y de su cumplimiento dependen muchas cosas queridas por la voluntad divina: De que tú y yo nos portemos como Dios quiere -no lo olvides- dependen muchas cosas grandes (Camino, n. 755). Cada uno de nosotros tiene que entender y creer: Dios me llama. Desde la eternidad, Dios nos ha amado como personas únicas e irrepetibles. Él nos llama y su llamada se realiza a través de la persona de Jesucristo, que nos dice, como ha dicho a los apóstoles: Ven y sígueme.

Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1 Tm 2, 4), es decir, al conocimiento de Cristo Jesús. El seguimiento de Cristo da la felicidad al hombre. Sólo Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios y de María, la Palabra eterna del Padre, que nació hace dos mil años en Belén de Judá, puede satisfacer las aspiraciones más profundas del corazón humano. Y además es el camino de la gloria, pues Jesús vino a buscar a todos los hombres y mujeres (llamamiento). Como buen samaritano de la familia humana, se ha acercado a la gente para sanarla de sus pecados (justificación) y de las heridas que la vida inflige, y llevarla a la casa del Padre (glorificación).

El Reino de los Cielos (la casa del Padre), es presentado por Cristo como el valor supremo, lo máximo que puede aspirar el hombre, en dos parábolas: la del tesoro escondido y la de la perla. En las dos, el Señor se refiere a la actitud del hombre para alcanzarlo. El Reino de los Cielos es como un tesoro escondido en el campo que, al encontrarlo un hombre, lo oculta y, en su alegría, va y vende cuanto tiene y compra aquel campo. Asimismo el Reino de los cielos es como un comerciante que busca perlas finas y, cuando encuentra una perla de gran valor, va y vende todo cuanto tiene y la compra (Mt 13, 44-46).

Aún siendo muy parecidas las dos parábolas, hay ligeras diferencias en la enseñanza de ambas: el tesoro significa la abundancia de dones; la perla, la belleza del Reino. El tesoro se presenta de improviso, la perla supone, en cambio, una búsqueda esforzada; pero en ambos casos el que encuentra queda inundado de un profundo gozo. Así es la fe, la vocación, la verdadera sabiduría, el deseo del cielo: a veces se presenta de modo inesperado, otras sigue a una intensa búsqueda. Sin embargo, la actitud del hombre es idéntica en ambas parábolas y está descrita con los mismos términos: va, vende cuanto tiene y compra. El desprendimiento, la generosidad, es condición indispensable para alcanzarlo. Decía santa Teresa de Jesús que es exigible esa generosidad por parte del hombre porque Dios nunca falta de ayudar a quien por Él se determina a dejarlo todo. Y san Josemaría Escrivá: Quien entiende el reino que Cristo propone advierte que vale la pena jugarse todo para conseguirlo… el reino de los cielos es una conquista difícil: nadie está seguro de alcanzarlo, pero el clamor humilde del hombre arrepentido logra que se abran sus puertas de par en par (Es Cristo que pasa, n. 180).

Quien elige a Jesús encuentra el tesoro mayor, la perla preciosa, que da valor a todo lo demás, porque Él es la Sabiduría divina encarnada que vino al mundo para que la humanidad tenga vida en abundancia. Y quien acoge la bondad, la belleza y la verdad superiores de Cristo, en quien habita toda la plenitud de Dios, entra con Él en su reino, donde los criterios de valor de este mundo ya no cuentan e incluso quedan completamente invertidos (Benedicto XVI, Homilía 6.V.2006).

Dios convoca a todos los hombres al Reino de los Cielos. Y la Iglesia hace eco de esta convocatoria. Sin embargo, hay quienes hacen oídos sordos a esta llamada, y no se muestran dignos: al final los ángeles separarán a los buenos de los malos. Y también el Señor lo explica con otra parábola: la de la red barredera. Asimismo el Reino de los Cielos es como una red barredera que se echa en el mar y recoge toda clase de cosas. cuando está llena la arrastran a la orilla, y se sientan para echar lo bueno en cestos, y lo malo tirarlo fuera. Así será el fin del mundo: saldrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos y los arrojarán al horno del fuego. Allí habrá llanto y rechinar de dientes (Mt 13, 47-50).

Esta parábola está referida en un ambiente de pescadores. La red barredera es larga, y al extenderla entre dos barcas y arrastrarla recoge, junto con toda clase de peces, otras muchas cosas: algas, hierbas, diversos objetos… Algunos han visto en la red a la Iglesia, y en el mar, al mundo. La enseñanza que encierra es la verdad del juicio: al final de los tiempos juzgará Dios y separará a los buenos de los malos. Es significativa la reiterada alusión del Señor a las postrimerías (o novísimos), especialmente al juicio y al infierno; con su divina pedagogía sale al paso de la facilidad del hombre para olvidarse de estas verdades. Todas estas cosas se dicen para que nadie pueda excusarse basado en su ignorancia, que únicamente cabría si se hubiera hablado con ambigüedad sobre el suplicio eterno (San Gregorio Magno).

Jesucristo habla del infierno cuando se refiere al horno de fuego donde habrá llanto y rechinar de dientes. Es de fe definida que existe el infierno. Aunque alguno se pregunte, ¿realmente existe el infierno? La respuesta es afirmativa. Sí, el infierno existe. Para negar su existencia habría que arrancar páginas enteras del Evangelio o manipular sus textos y olvidar todo lo que la Iglesia dice sobre este castigo. Cristo habló con claridad meridiana de la eternidad de las penas del infierno.

Hay que reconocer que es una verdad que resulta impopular hablar de ella, pero no se puede omitir en la catequesis. El Catecismo de la Iglesia Católica la expresa así: La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de su muerte y allí sufren las penas del infierno, el “fuego eterno”. Se debe exponer la fe católica sobre el infierno con completa fidelidad a la doctrina del Evangelio. Es necesario evitar cualquier tentación de atenuar esta verdad de fe.

Dios no quiere que nadie perezca, sino que todos lleguen a la conversión (2 P 3, 9). La voluntad salvífica de Dios queda manifestada tanta en la muerte amorosa en la Cruz de su Hijo como en las graves advertencias que nos hace Jesucristo de la terrible realidad del infierno. Si tu ojo derecho te escandaliza, arráncalo y arrójalo lejos de ti, porque te conviene más perder uno de tus miembros antes de que tu cuerpo entero sea arrojado al infierno (Mt 5, 29). ¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma? (Mt 16, 26).

Dios no predestina a nadie a ir al infierno; para que eso suceda es necesaria una aversión voluntaria a Dios (pecado mortal), y persistir en él hasta el final. La existencia del infierno nos enfrenta con la realidad de nuestra libertad: tenemos toda la gracia para vencer y ser felices aquí y en la otra vida. Pero somos libres de construir nuestra vida desoyendo a Dios, de hacernos desgraciados aquí y para siempre. Sin embargo, no hay que tener miedo a la libertad. El Señor nos ha dejado con libertad, que es un bien muy grande y el origen de muchos males, pero también es el origen de la santidad y del amor (San Josemaría Escrivá). Queremos hacer uso de nuestra libertad para amar al Señor con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente.

La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira (Catecismo de la Iglesia Católica). La existencia de este lugar de castigo constituye un llamamiento a la conversión. También habla de la necesidad de hacer apostolado: no podemos dejar a la gente que viva en pecado, que ponga en peligro su felicidad eterna. Seamos conscientes de que junto a nosotros pueden vivir personas que no están habitualmente en gracia de Dios. Sintamos la urgencia grave de ayudarles, de decirles la verdad de su situación.

En la Salve le pedimos a la Virgen María que nos mire con ojos misericordiosos y que ruegue por nosotros, intercediendo ante su santísimo Hijo, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo. Es decir, para que nos encontremos entre los elegidos de Dios y entremos en el Reino de los Cielos que el mismo Dios nos ha preparado y prometido como premio a nuestra fidelidad al Evangelio.

Libro de las letanías (XXV): Letanía de San Rafael

Letanía de san Rafael

A las siguientes invocaciones se responde: ruega por nosotros

San Rafael Arcángel
San Rafael, que habéis librado al joven Tobías de todos los peligros
San Rafael, que habéis liberado a Sara del poder del demonio
San Rafael, que habéis ayudado a Tobías y Sara en su matrimonio
San Rafael, que habéis librado a Tobías del peligro del pez
San Rafael, que habéis dado la felicidad a toda la familia de Tobías
San Rafael, medicina de Dios
San Rafael, protector de los viajeros y caminantes
San Rafael, médico celestial
San Rafael, que ofreces nuestras oraciones a Dios
San Rafael, auxilio y protector de los marineros y de los médicos
San Rafael, amigo inseparable y compañero de camino
San Rafael, ayuda para los que se confiesan y se reconcilian con Dios
San Rafael, ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte.
Amén.

Oremos: Oh Dios, que has escogido entre todos los ángeles del cielo a san Rafael para acompañar a los viajeros y protegerlos de todos los peligros de esta vida y llevarlos sanos y salvos a la patria celestial, te pedimos que nos ayude con su intercesión durante nuestro peregrinaje terrestre y nos libre de todo mal. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Llibro de las letanías (XXIV): Letanía a San Miguel Arcángel

Letanía de san Miguel Arcángel

V/. Cristo, óyenos

R/. Cristo, óyenos

V/. Cristo, escúchanos

R/. Cristo, escúchanos

V/. Señor, ten piedad de nosotros

R/. Señor, ten piedad de nosotros

V/. Cristo, ten piedad de nosotros

R/. Cristo, ten piedad de nosotros

V/. Señor, ten piedad de nosotros

R/. Señor, ten piedad de nosotros

A las siguientes invocaciones se responde: ruega por nosotros

San Miguel

Tú, cuyo nombre es un relámpago

Tú, cuyo nombre es un himno a Dios

Serafín del incensario de oro

Elevada llamadle amor divino

Perfecto adorador de Dios

Modelo de sumisión amorosa

Modelo de pronta obediencia

Leal servidor de Dios

Primer heraldo de la verdad

Primer defensor de la fe

Primer testigo de Dios

Instigador de la lucha contra Satanás

Ángel apóstol de los ángeles

Celador del Reino de Dios

Primer defensor de la justicia

Primer vengador del buen derecho

Abogado nuestro

Portador de las llaves del abismo

Tú que encadenas a Satanás

Justiciero de Dios

Portaestandarte de la Trinidad

Guerrero de armas de luz

Espada de Dios

Terror de los traidores y de los perjuros

Terror de los orgullosos demonios

Centella de Dios

Tú que llevas las siete estrellas

Vencedor de la primera guerra

Virrey de los ejércitos de Dios

Inspirador de valentía

Tú que guerreas por el mundo

Defensor de los hijos de Dios

Ángel que vale por mil ejércitos

Esperanza de los combatientes

Intrépido soldado de Dios

Refuerzo dado a las justas causas

Liberador de los oprimidos

Caballero de Dios

Ángel de los pastores de Navidad

Ángel de Cristo en agonía

Ángel de la aurora pascual

Consejero de Constantino

Guerrero del castillo del Sant Ángel

Protector de la unidad católica de España y de las Naciones Hispanoamericanas

Cantor de los gozos marianos

Espejo del Altísimo

Ángel vicario del Verbo

Protector de la Iglesia militante

Consolador de la Iglesia purgante

Honor de la Iglesia triunfante

Tú, que recibes la confesión de nuestros pecados

Tú, a quien la Iglesia implora en nuestra última hora

Tú, cuya potente voz despertará a los muertos

Introductor de las almas al cielo

Asistente de Cristo en el Gran Día

Heraldo de las sentencias eternas

Precantor de las alabanzas divinas

El más elevado de los serafines

Príncipe de los nueve coros de Ángeles

Oremos. San Miguel Arcángel, defiéndenos en la lucha. Sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio. Que Dios manifieste sobre él su poder, es nuestra humilde súplica. Y tú, oh Príncipe de la Milicia Celestial, con el poder que Dios te ha conferido, arroja al infierno a Satanás, y a los demás espíritus malignos que vagan por el mundo para la perdición de las almas. Amén.

Unción de los enfermos

Quisiera hablar hoy del sacramento de la unción de los enfermos que nos permite tocar con la mano la compasión de Dios por el hombre. En el pasado se lo llamaba “extremaunción”, porque se entendía como confort espiritual en el momento de la muerte. Hablar en cambio de “unción de los enfermos”, nos ayuda a ampliar la mirada a la experiencia de la enfermedad y del sufrimiento, en el horizonte de la misericordia de Dios.

Hay una imagen bíblica que expresa en toda su profundidad el misterio que aparece en la unción de los enfermos. Es la parábola del buen samaritano en el Evangelio de Lucas. Cada vez que celebramos tal sacramento, el Señor Jesús en la persona del sacerdote, se vuelve cercano a quien sufre o está gravemente enfermo o es anciano.

Dice la parábola, que el buen samaritano se hace cargo del hombre enfermo, poniendo sobre sus heridas, aceite y vino. El aceite nos hace pensar al que es bendecido por el obispo cada año en la misa crismal del jueves santo, justamente teniendo en vista la unción de los enfermos. El vino en cambio es signo del amor y de la gracia de Cristo que nacen del don de su vida por nosotros, y expresan en toda su riqueza en la vida sacramental de la Iglesia.

Y al final la persona que sufre es confiada a un posadero para que pueda seguir cuidándolo sin ahorrar gastos. Ahora, ¿quién es este posadero? La Iglesia y la comunidad cristiana, somos nosotros a quienes cada día el Señor Jesús confía a quienes están afligidos en el cuerpo y en el espíritu para que podamos seguir poniendo sobre ellos y sin medida, toda su misericordia de salvación.

Este mandato es reiterado de manera explícita y precisa en la carta de Santiago. Se recomienda que quien está enfermo llame a los presbíteros de la Iglesia, para que ellos recen por él ungiéndolo con aceite en nombre del Señor, y la oración hecha con fe salvará al enfermo. El Señor lo aliviará y si cometió pecados le serán perdonados. Se trata por lo tanto de una praxis que se usaba ya en el tiempo de los apóstoles. Jesús, de hecho, le enseñó a sus discípulos a que tuvieran su misma predilección por los que sufren y les transmitió su capacidad y la tarea de seguir dando en su nombre y según su corazón, alivio y paz, a través de la gracia especial de tal sacramento.

Esto, entretanto, no tiene que hacernos caer en la búsqueda obsesiva del milagro o de la presunción de poder obtener siempre y de todos modos la curación. Pero la seguridad de la cercanía de Jesús al enfermo, también al anciano, porque cada anciano o persona con más de 65 años puede recibir este sacramento. Es Jesús que se acerca.

Pero cuando hay un enfermo y se piensa: “llamemos al cura, al sacerdote”. “No, no lo llamemos, trae mala suerte, o el enfermo se va a asustar”. Por qué, porque se tiene un poco la idea que cuando hay un enfermo y viene el sacerdote, después llegan las pompas fúnebres, y eso no es verdad.

El sacerdote, viene para ayudar al enfermo o al anciano, por esto es tan importante la visita del sacerdote a los enfermos. Llamarlo para que a un enfermo le dé la bendición, lo bendiga, porque es Jesús que llega, para darle ánimo, fuerza, esperanza y para ayudarlo. Y también para perdonar los pecados y esto es hermoso.

No piensen que esto es un tabú, porque siempre es lindo saber que en el momento del dolor y de la enfermedad nosotros no estamos solos. El sacerdote y quienes están durante la unción de los enfermos representan de hecho a toda la comunidad cristiana, que como un único corazón, con Jesús se acerca entorno a quien sufre y a sus familiares, alimentando en ellos la fe y la esperanza y apoyándolos con la oración y el calor fraterno. Pero el confort más grande viene del hecho que quien se vuelve presente en el sacramento es el mismo Señor Jesús, que nos toma por la mano y nos acaricia como hacía Él con los enfermos. Y nos recuerda que le pertenecemos y que ni siquiera el mal y la muerte nos podrán separar de Él.

Tengamos esta costumbre de llamar al sacerdote para nuestros enfermos, no digo para los resfriados de tres o cuatro días, pero cuando se trata de una enfermedad seria, para que el sacerdote venga a darle también a nuestros ancianos este sacramento, este confort, esta fuerza de Jesús para ir adelante. Hagámoslo. Gracias (Papa Francisco).