Fiesta de la Transfiguración del Señor. Homilía (Ciclo B)

La Transfiguración del Señor nos ofrece un mensaje de esperanza: nos invita a encontrar a Jesús, para estar al servicio de los hermanos. La subida al monte Tabor nos induce a reflexionar sobre la importancia de separarse de las cosas mundanas, para emprender un camino hacia lo alto y contemplar a Jesús. Se trata de ponernos a la escucha atenta y orante de Cristo, el Hijo amado del Padre, buscando momentos de oración que permitan la acogida dócil y alegre de la Palabra de Dios. En esta separación de las cosas mundanas, estamos llamados redescubrir el silencio pacificador y regenerador de la meditación del Evangelio, de la lectura de la Biblia, que conduce hacia una meta rica de belleza, de esplendor y de alegría. Y cuando nosotros nos ponemos así, con la Biblia en la mano, en silencio, comenzamos a escuchar esta belleza interior, esta alegría que genera la Palabra de Dios en nosotros (Papa Francisco, Homilía 6.VIII.2017).

Toda la Sagrada Escritura desde el principio hasta el final, está impregnada del misterio del Verbo encarnado, señalado oscuramente en el Antiguo Testamento y revelado plenamente en el Nuevo, hasta el punto que san Jerónimo afirma con vigor: Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo mismo. La Biblia nos habla de Jesucristo; en ella contemplamos el rostro del Señor. En la liturgia de la Palabra de la Misa de la Transfiguración del Señor vemos como las tres lecturas -la del Antiguo Testamento, la de la carta apostólica y la del Evangelio- están relacionadas cada una con las otras dos y centradas en Cristo.

La primera lectura es una profecía del juicio divino. Mientras yo contemplaba se levantaron unos tronos y un anciano en días se sentó. Su vestido era blanco como nieve; el cabello de su cabeza como lana pura; su trono, llamas de fuego, con ruedas de fuego llameante. Un río de fuego corría y manaba delante de él. Miles de millares le servían, miríadas de miríadas estaban en pie delante de él. El tribunal se sentó, y se abrieron los libros (Dn 7, 9-10). La simbología remite a Dios en su trono celeste, rodeado de gloria y de ángeles, dispuesto a juzgar y a castigar, pero también a premiar. Siguiendo a los profetas y a Juan Bautista, Jesús anunció en su predicación el juicio del último día. Para los que obraron el bien la recompensa será el ver a Jesucristo transfigurado en la gloria del Cielo.

La Iglesia cuando proclama en el Credo que Cristo se sentó a la derecha del Padre confiesa que fue a Cristo a quien se le dio el imperio. Sentarse a la derecha del Padre significa la inauguración del reino del Mesías, cumpliéndose la visión del profeta Daniel: He aquí que con las nubes del cielo venía como un hijo de hombre. A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás (Dn. 7, 13-14). Durante su vida en la tierra, el Señor se aplicó a Sí mismo el título de Hijo de hombre uniéndolo a su pasión y a su segunda venida. Al final de los tiempos, Jesucristo vendrá de nuevo a la tierra para juzgar a todos hombres, y tras el juicio, se le da el reino universal y eterno.

En la segunda lectura, el apóstol san Pedro da testimonio de la Transfiguración. Os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo, no siguiendo fábulas ingeniosas, sino después de haber visto con nuestros propios ojos su majestad. Porque recibió de Dios Padre honor y gloria, cuando la sublime Gloria le dirigió esta voz: “Éste es mi Hijo muy amado en quien me complazco”. Nosotros mismos escuchamos esta voz, venida del cielo, estando con él en el monte santo (2 P 1, 16-18). Al referirse al poder de Jesús, san Pedro reconoce que Cristo es Dios y es omnipotente como el Padre. Al igual que el profeta Daniel dice que se le dio honor y gloria. Y cuando menciona la majestad de Jesucristo le está aplicando un atributo divino que tiene por ser Dios, atributo que posee desde siempre; y la “voz” del Padre confirma su naturaleza divina. Este modo sencillo de argumentar muestra que si Jesucristo dejó entrever su divinidad momentáneamente, también podrá manifestarse en plenitud y para siempre al final de los tiempos, cuando venga sobre las nubes el Hijo del hombre del Cielo.

El pasaje del Evangelio es de san Marcos. Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, Santiago y Juan, y los lleva, a ellos solos, aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos, y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo. Se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús (Mc 9, 2-4). Comienza el evangelista diciendo seis días después. ¿Después de qué? De la confesión de san Pedro en Cesarea de Filipo y de la posterior predicción que hizo Jesús de su Pasión y Gloria. Se narra la manifestación de la gloria del Hijo de Dios a tres de sus discípulos (Pedro, Santiago y Juan). Desde la Encarnación la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo estaba habitualmente oculta tras su Santísima Humanidad. Aprendamos de esa actitud de Jesús. En su vida terrena, no ha querido ni siquiera la gloria que le pertenecía, porque teniendo derecho a ser tratado como Dios, ha asumido la forma de siervo, de esclavo (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa n. 62). Mas Cristo quiso manifestar precisamente a estos tres discípulos predilectos, que iban a ser columnas de la Iglesia, el esplendor de su gloria divina con el fin de que cobraran alientos para seguir el difícil y áspero camino que les quedaba por recorrer, fijando la mirada en la meta gozosa que les esperaba al final. Por esta razón fue conveniente que Cristo manifestara la claridad de su gloria.

Jesús no solamente se transfiguró para alentar a Pedro, Santiago y a Juan, sino también a todos los cristianos, a nosotros discípulos suyos del siglo XXI, que en esperanza fuimos salvados (Rm 8, 2), para que afrontemos los retos de la vida presente con la esperanza del Cielo. Nuestro presente, el día a día, por este valle de lágrimas, es un presente fatigoso, pero hay que vivirlo y aceptarlo porque nos lleva hacia una meta, de la que podemos estar seguros y que es tan grande que justifica el esfuerzo del caminar terreno. Esa meta es el Monte Tabor, el Cielo, donde nos espera Jesucristo lleno de poder y gloria.

La esperanza cristiana nos mueve, de una parte, a no perder nunca de vista la meta última de nuestra peregrinación terrena, que es la posesión de Dios en el Cielo; y, de otra, a alcanzar paz en la lucha, firmeza en las dificultades, victoria en las tentaciones, aunque de cuando en cuando caigamos por tierra, a causa de la debilidad humana, y hayamos de levantarnos (Javier Echevarría, Carta 1.I.1998, Romana n. 26). No hay que olvidar nunca que navegamos por los mares de la vida, en medio de tormentas y tempestades, con vientos huracanados y con los escollos de las dificultades cotidianas, pero siempre con la esperanza del Cielo, con la aspiración de llegar hasta Dios, de gozar de la gloria eterna.

Teniendo en cuenta Quién se encarna (la dignidad de la persona y la gloria de su alma), era conveniente la gloria del cuerpo de Jesús. Pero teniendo en cuenta para qué se encarna (la finalidad de la encarnación), no era conveniente, de modo habitual, dicha gloria. Cristo muestra su gloria en la Transfiguración para movernos al deseo de la gloria divina que se nos dará, y así, con esta esperanza, entendamos que los padecimientos del tiempo presente no pueden compararse con aquella gloria que se ha de manifestar en nosotros (Rm 8, 18).

Tomando la palabra Pedro, dice a Jesús: “Maestro, qué bien estamos bueno aquí. Hagamos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Y es que no sabía lo que decía, porque estaban llenos de terror (Mc 9, 5-6). Comenta el Papa Francisco estos dos versículos: “Qué bien se está aquí”, exclamó Pedro, después de haber visto al Señor Jesús transfigurado, revestido de gloria. ¿Podemos repetir también nosotros esas palabras? Pienso que sí, porque para todos nosotros es bueno estar aquí, en torno a Jesús. Él es quien nos acoge y se hace presente en medio de nosotros. Y en el Evangelio hemos escuchado también las palabras del Padre: “Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadlo”. Por tanto, si por una parte es Jesús el que nos acoge; por otra, también nosotros queremos acogedlo, ponernos a la escucha de su palabra, porque precisamente acogiendo a Jesucristo, Palabra encarnada, es como el Espíritu nos transforma, ilumina el camino del futuro, y hace crecer en nosotros las alas de la esperanza para caminar con alegría (1.III.2015).

Qué bien se está junto a Cristo, y no solamente cuando las cosas van bien. Los tres apóstoles están llenos de gozo viendo a Cristo transfigurado. Gozo que tendremos en el cielo contemplando a Dios cara a cara; y a Jesucristo con su santísima Humanidad llena de gloria. Los apóstoles quedaron extasiados, viendo a su Maestro transfigurado. Sin embargo, más adelante, cuando le vean desfigurado, varón de dolores, le abandonarán y huirán. Sólo Juan estuvo al pie de la cruz. Que cada uno de nosotros acompañemos a Jesús, en los misterios de luz y en los de dolor. Pero como Pedro, somos débiles, y de ahí nuestra petición: Señor, aumenta mi fe, líbrame del peor mal -el pecado- que me aleja de Ti.

Y cuando bajaban del monte les ordenó que a nadie contasen lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos (Mc 9, 9). Al finalizar la experiencia maravillosa de la Transfiguración, los discípulos bajaron del monte con ojos y corazón transfigurados por el encuentro con el Señor. Es el recorrido que podemos hacer también nosotros. La meditación de este misterio de la vida del Señor nos ha llevado con los ojos de la fe al monte Tabor a contemplar a Cristo glorioso. Ahora, después de considerar esa escena, transformados por la presencia de Cristo, procuremos ser signo del amor vivificante de Dios en medio del mundo en que vivimos y testimoniar nuestra fe en Jesús Resucitado y Glorioso en el Cielo, y en la gloria que nos espera. Porque la Transfiguración fue un cierto signo o anticipo no sólo de la glorificación de Cristo, sino también de la nuestra. Pues, como escribió san Pablo: El espíritu mismo testifica a una con nuestro espíritu que somos hijos de Dios; y si hijos, también herederos; herederos de Dios, coherederos con Cristo; puesto si padecemos con él, junto con él seremos glorificados (Rm 8, 16-17).

Ellos observaron esta recomendación, discutiendo entre sí qué era eso de “resucitar de entre los muertos” (Mc 9, 10). La verdad de la resurrección de los muertos estaba ya revelada en el Antiguo Testamento, y los judíos piadosos creían en ella. Sin embargo, los discípulos no eran capaces de entender la verdad profunda de la Muerte y Resurrección del Señor, porque sólo consideraban el aspecto glorioso y triunfador del Mesías, a pesar de que también estaban profetizados sus sufrimientos y su muerte. De ahí sus disquisiciones que no se atreven a preguntar directamente al Señor por su Resurrección.

La Virgen María, con su protección maternal, nos ayudará a subir al Tabor celestial, donde veremos a Jesucristo con toda la gloria y majestad propias de Dios.

Domingo XVII del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)

En los Santos Evangelios se narran dos multiplicaciones de panes realizadas por Jesucristo. También el Antiguo Testamento, el libro II Reyes, está el prodigio realizado por el profeta Eliseo de dar de comer a un centenar de hombres con unos pocos panes. Son pasajes semejantes, pero con algunas diferencias.

Vino un hombre de Balalisá trayendo en la alforja el pan de las primicias, veinte panes de cebada y grano reciente para el profeta del Señor. Eliseo dijo: “Dáselo a la gente para que coman”. El criado replicó: “¿Qué hago yo con esto para cien personas?” Eliseo insistió: “Dáselo a la gente para que coman. Porque esto dice el Señor: Comerán y sobrará”. El criado se los sirvió a la gente: comieron y sobró, como había dicho el Señor (2 R 4, 42-44). ¿Qué era el pan de las primicias? Era una ofrenda que se hacía a Dios. Por tanto, ese pan estaba destinado a Dios. El hombre de Balalisá ofreció el pan a Eliseo por ser profeta del Señor; pero éste, con un gesto compasivo, dada la carestía existente, quiere compartirlo.

En la segunda multiplicación de los panes obrada por Cristo, tanto san Mateo como san Marcos recogen las palabras del Señor antes del realizar el milagro. Me da mucha pena la muchedumbre, porque ya llevan tres días conmigo y no tienen qué comer (Mt 15, 32 y Mc 8, 2). Jesús que es la misericordia personalizada se enternece viendo a aquella de multitud de personas carentes de alimento. El Señor es sensible a las necesidades espirituales y materiales de los hombres. Y toma la iniciativa para satisfacer el hambre de aquella multitud. El milagro de multiplicar los panes es una muestra de cómo Dios premia la perseverancia en su seguimiento: la muchedumbre ha estado pendiente de la palabra de Jesús -verdadero alimento del espíritu-, olvidándose de todo lo demás, incluso del alimento corporal.

Volviendo al pasaje del Antiguo Testamento, nos preguntamos: ¿Quiénes eran aquellos cien hombres? Probablemente esos hombres pertenecían a los círculos proféticos con los que vivía Eliseo. Éste a la vez que ordena a su criado que reparta el pan pronuncia un oráculo que ha recibido de Dios –Comerán y sobrará-, y el prodigio se realiza. También Jesucristo obrará el milagro de multiplicar los panes, y lo hará asimismo tras la objeción del apóstol Felipe –Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco (Jn 6, 7)- parecida a las del criado de Eliseo (¿Qué hago yo con esto para cien personas?). Pero Jesús realiza el milagro por propia iniciativa y alimenta a muchísimas más personas, a cinco mil hombres según el relato de san Juan.

San Juan cuenta que estando Jesús en la ribera del mar de Tiberíades, mucha gente le seguía porque veían las señales que realizaba en los enfermos. Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos (Jn 6, 2-3). Al ver Jesús aquel gentío preguntó a Felipe: “¿Dónde vamos a comprar panes para que coman éstos?” Se lo decía para probarle, porque él sabía lo que iba a hacer (Jn 6, 5-6). Ya hemos hecho referencia a la respuesta del apóstol, a la objeción que puso. También Andrés habla de la imposibilidad de dar de comer a tantísima gente. Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos? (Jn 6, 9). Pero para Dios no hay nada imposible. Hizo que la gente se recostara sobre la hierba y tomando los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, todo lo que quisieron (Jn 6, 11).

Éste es el milagro de la multiplicación de los panes. Su corazón misericordioso le llevó a Jesús a saciar a aquella multitud hambrienta. Este gesto de Jesús es una llamada para que también nosotros seamos misericordiosos con nuestros hermanos, con los que padecen necesidad. Dar de comer al hambriento es una de las obras de misericordia. Reflexionemos sobre la práctica de la limosna, que es una manera de ayudar a los necesitados.

El hombre tiene una tendencia a apegarse a los bienes terrenales. La limosna nos ayuda a no dejarnos llevar por esa tendencia, educándonos a socorrer al prójimo en sus necesidades y a compartir con los demás lo que poseemos por bondad divina. En el relato del milagro vemos como un joven pone a disposición del Señor todo lo que tiene: cinco panes y dos peces. Y comenta el Papa Francisco: Jesús esperaba justamente eso. Ordena a los discípulos que hagan sentar a la gente, luego toma los panes y los peces, da gracias al Padre y los distribuye. Estos gestos anticipan los de la última Cena, que dan al pan de Jesús su significado más auténtico. El pan de Dios es Jesús mismo. Al comulgar con Él, recibimos su vida en nosotros. Jesús sacia no sólo el hambre material, sino el más profundo, el hambre de sentido de la vida, el hambre de Dios.

Con el diálogo previo del Señor con Felipe y Andrés, y la realización del milagro, Jesús enseña también a sus discípulos a confiar en Él ante las dificultades que encontrarán en sus futuras tareas apostólicas, emprendiéndolas con los medios que tengan, aunque sean insuficientes, como en este caso lo eran los cinco panes y los dos peces. Él aportará lo que falta. En la vida cristiana hay que poner al servicio del Señor lo que tengamos, aunque nos parezca muy poco. El Señor sabrá multiplicar la eficacia de esos medios tan insignificantes.

En el mundo vemos gente muy necesitada. Ante el sufrimiento, la soledad, la pobreza y la dificultades de tantas personas, ¿qué podemos hacer nosotros? Cristo nos da ejemplo: se conmovió y puso remedio. Sí, ¿qué podemos hacer? Podemos ofrecer ese poco que tenemos: alguna hora de tiempo para acompañar a esa persona que vive sola, algún talento -dinero- para paliar en algo a algún pobre, alguna competencia que sirva de ayuda a quien está en dificultad… ¿Quién de nosotros no tiene sus “cinco panes y dos peces”? ¡Todos los tenemos! Si estamos dispuestos a ponerlos en manos del Señor, bastarían para que en el mundo hubiera un poco más de amor, de paz, de justicia y, sobre todo, de alegría (Papa Francisco).

No viven el espíritu evangélico los que poseen riquezas terrenas y las utilizan para sí mismos. Fuerte es el reproche que san Juan dirige a los que pasan de largo ante los que sufren en la indigencia y en el abandono Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios? (1 Jn 3, 17). Socorrer a los necesitados es un deber de justicia aun antes que un acto de caridad.

San Pablo en la Carta a los Efesios enumera unas virtudes que constituyen diversas manifestaciones de la caridad. Os exhorto (…) a que viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados, con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor, poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz (Ef 4, 1-3). La caridad no tiene su origen en el hombre, sino en Dios. Por eso procuramos seguir a Jesús por el camino de la caridad, haciendo las obras de misericordia con amor, teniendo un corazón a la medida del corazón de Cristo y sabiendo compadecernos de los que padecen cualquier tipo de necesidad. Entonces viviremos la caridad con ternura y siempre con humildad.

Para el cristiano, la limosna no es simple filantropía: es más bien una expresión concreta de la caridad, la virtud teologal que exige la conversión interior al amor de Dios y de los hermanos, a imitación de Jesucristo, que muriendo en la cruz se entregó a sí mismo por nosotros. No es limosna desprenderse de lo que sobra como ropa vieja, o dar calderilla sin apenas valor; sino compartir bienes materiales.

La limosna cristiana tiene que hacerse en secreto. Que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en lo oculto (Mt 6,3-4); que se haga para mayor gloria de Dios, y no para la nuestra. Hay que evitar que la ayuda al hermano necesitado se transforme en una manera de llamar la atención. Si al cumplir una buena acción no tenemos como finalidad la gloria de Dios y el verdadero bien del prójimo, sino que más bien aspiramos a satisfacer un interés personal o simplemente a obtener la aprobación de los demás, no estamos viviendo la caridad. De ordinario, la gente es muy poco generosa con su dinero -me escribes-. Conversación, entusiasmos bulliciosos, promesas, planes. -A la hora del sacrificio, son pocos los que “arriman el hombro”. Y, si dan, ha de ser con una diversión interpuesta -baile, tómbola, cine, velada- o anuncio y lista de donativos en la prensa. -Triste es el cuadro: sé tú también de los que no dejan que su mano izquierda, cuando dan limosna, sepa lo que hace la derecha (San Josemaría Escrivá).

Después de narrar el milagro, el evangelista san Juan continúa el relato diciendo: Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: “Recoged los trozos sobrantes para que nada se pierda”. Los recogieron, pues, y llenaron doce canastos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido (Jn 6, 12-13). De nuevo se cumple el oráculo del Señor: Comerán y sobrará. El mandato de recoger los trozos sobrantes encierra otra enseñanza del Señor: los bienes materiales, por ser dones de Dios, no se deben desperdiciar, sino que han de ser usados con espíritu de pobreza. Y dijo el beato Pablo VI, comentando este mandato del Señor: ¡Qué hermosa lección de economía, en el sentido más noble y más pleno de la palabra para nuestra época dominada por el derroche! Lleva consigo además la condena de toda una concepción de la sociedad en la que hasta el mismo consumo tiende a convertirse en su propio bien, despreciando a los que se ven necesitados y en detrimento, en definitiva, de los que creen ser sus beneficiarios, incapaces ya de percibir que el hombre está llamado a un destino más alto.

El relato del milagro de la multiplicación de los panes en el Evangelio según san Juan acaba resaltando el asombro de la multitud. Al ver la gente la señal que había realizado, decía: “Éste es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo”. Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, se retiró de nuevo al monte él solo (Jn 6, 14-15). La fe que el milagro suscitó en aquellos hombres era todavía muy imperfecta: reconocen a Jesús como el Mesías prometido, pero piensan en un mesianismo terreno y nacionalista, por eso querían hacerle rey, un rey que había de librarlos de la dominación romana. El Señor, para evitar una proclamación popular ajena a su misión redentora, se limitó a irse de aquel lugar. De esta forma nos enseña que no se puede confundir el cristianismo con una ideología social o política, por noble que sea.

Comentó san Juan Pablo II esta actitud de Jesús, no permitiendo ser proclamado rey, diciendo: Los Evangelios muestran claramente cómo para Jesús era una tentación lo que alterara su misión de Servidor de Yavé. No acepta la posición de quienes mezclaba las cosas de Dios con actitudes meramente políticas. La perspectiva de su misión es mucho más profunda. Consiste en la salvación integral por un amor transformante, pacificador, de perdón y reconciliación. No cabe duda, por otra parte, que todo esto es muy exigente para la actitud del cristiano que quiere servir de verdad a los hermanos más pequeños, a los pobres, a los necesitados, a los marginados; en una palabra, a todos los que reflejan en sus vidas el rostro doliente del Señor.

Santa María está desde siempre presente en el corazón, en la devoción y, sobre todo, en el camino de fe del pueblo cristiano. La Madre de Dios ha compartido nuestra condición, ha debido caminar por los mismos caminos que recorremos nosotros, a veces difíciles y oscuros, ha debido avanzar en la “peregrinación de la fe”. A Ella le pedimos que seamos siempre generosos, aportando nuestros “cinco panes y dos peces” en beneficio de nuestros hermanos necesitados.

Solemnidad del Apóstol Santiago el Mayor. Homilía (Ciclo B)

En la fiesta de Santiago el Mayor, la liturgia de la Palabra de la Misa nos hace contemplar la figura de un apóstol, al que España lo venera como maestro de nuestra fe: lejos de las ambiciones de su juventud, Santiago llegó a los confines de la tierra entonces conocida, para servir y entregar su vida por Jesucristo y por el Evangelio. En la vida y la obra evangelizadora del que anunció el mensaje salvífico del Señor e hizo que naciera en España la fe en nuestro Salvador, tenemos un modelo excelente de discípulo del Divino Maestro. Esta fiesta nos recuerda año tras año que la Iglesia en España ha nacido regada por la sangre de los mártires; y que en los momentos más críticos de su historia ha encontrado la fuente de su fidelidad en la profesión de la fe en el Evangelio, vivida y renovada en la comunión de la Iglesia Católica.

Veinte siglos después de la tarea evangelizadora de Santiago en tierras hispanas, un sucesor del san Pedro -san Juan Pablo II-, al pisar por vez primera suelo español, dijo: Vengo atraído por una historia admirable de fidelidad a la Iglesia y de servicio a la misma, escrita en empresas apostólicas y en tantas grandes figuras que renovaron esa Iglesia, fortalecieron su fe, la defendieron en momentos difíciles y le dieron nuevos hijos en enteros continentes. En efecto, gracias sobre todo a esa simpar actividad evangelizadora, la porción más numerosa de la Iglesia de Cristo habla y reza a Dios en español. Tras mis viajes apostólicos, sobre todo por tierras de Hispanoamérica y Filipinas, quiero decir en este momento singular: ¡Gracias, España; gracias, Iglesia en España, por tu fidelidad al Evangelio y a la Esposa de Cristo! (Discurso 31.X.1978). Y nosotros damos gracias al apóstol Santiago que nos trajo la fe de Cristo.

Sí, fidelidad a la fe recibida también en momentos históricos difíciles como fue época de las persecuciones de los emperadores romanos, ya que Hispania la componía era tres provincias del Imperio; época de numerosos mártires (santos Fructuoso, Eulogio y Augerio, en Tarragona; santa Eulalia, en Mérida; santa Engracia, san Vicente e innumerables mártires en Zaragoza; los niños Justo y Pastor, entre otros). Otra época difícil fue la arriana de los godos hasta el rey Recaredo, en la que murió mártir san Hermenegildo. Después vino el califato de Córdoba y dominación musulmana. Mártires de este tiempo fueron los hermanos santa María y san Walabonso, de Niebla; santa Flora y san Pelayo. Ya en la edad moderna, la Iglesia en España permaneció fiel a Roma durante la herejía luterana y la propagación del Protestantismo por Europa. Y en el siglo XX, durante la cruel persecución religiosa de los comunistas, donde los mártires son incontables. Esta fidelidad a Cristo, a pesar de persecuciones y herejías, en gran parte es debida a la protección desde el Cielo del santo Patrón de España.

La evangelización de España iniciada por Santiago no terminará hasta el fin de los tiempos. Ahora nos toca a nosotros llevarla a cabo. Y acudimos a María, Estrella de la Evangelización, pidiéndole luz y ayuda para alcanzar las metas que nos proponemos. Ella fue quien marchó delante en la evangelización de los comienzos, alumbrando el camino, y es quien ahora va en primer lugar, iluminando nuestro propio camino y el apostolado personal que realizamos en los ambientes que frecuentamos.

Los apóstoles daban testimonio con gran poder de la resurrección del Señor Jesús. Y gozaban todos de gran simpatía (Hch 4, 33). En la primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, está narrada la actividad de los Apóstoles en Jerusalén, antes de la dispersión por todo el mundo. Su testimonio no sólo estaba en sus palabras, sino también en sus virtudes. Según hace notar san Lucas, los jerosolimitanos acogieron bien el mensaje que les transmitían, pues gozaban de su simpatía. Además, por mano de los apóstoles se obraban muchos milagros y prodigios entre el pueblo (Hch 5, 12). El Señor, cuando envió a los Apóstoles a predicar el Evangelio al mundo entero, les dice que les acompañarán milagros. En mi nombre expulsarán demonios, hablarán lenguas nuevas, tomarán serpientes y, si bebieran algún veneno, no les dañarán; impondrán las manos sobre los enfermos y quedarán curados (Mc 16, 17-18). Los milagros acompañan siempre la Revelación de Dios a los hombres y forman parte de ella. Revelación que acabó con la muerte de san Juan, el último de los Apóstoles en morir.

Los milagros recomiendan a los hombres el mensaje evangélico. Son acciones de Dios que apoyan la verdad de la predicación de sus mensajeros. Sin obrar milagros y prodigios, los discípulos de Jesús no habrían movido a sus oyentes a abandonar, por nuevas doctrinas y verdades, su religión tradicional y abrazar con peligro de la vida las enseñanzas que les anunciaban (Orígenes, Contra Celso I, 46). Y san Efrén comenta: Los milagros de los Apóstoles hicieron creíbles la Ascensión y Resurrección del Señor. Los Apóstoles siguen los pasos del Señor, que apoyó y confirmó su predicación con milagros para excitar y robustecer la fe de los oyentes, no para ejercer coacción sobre ellos (Concilio Vaticano II, Dignitatis humanae n. 11).

Los milagros existen, también en nuestro tiempo. Los hombres de disposición recta no tienen generalmente dificultades para reconocer y aceptar los milagros. El sentido común y sobre todo un instinto religioso les dicen que son posibles, porque todo vive y existe para Dios. Sólo el perjuicio y la resistencia a la conversión interior y al cambio de vida pueden cerrar los ojos y negar lo que para un hombre de buena voluntad resulta evidente. Y son verdaderos milagros las conversiones que se producen: personas alejadas de Dios que vuelven como el hijo pródigo a la casa paterna, con verdadero arrepentimiento.

Santiago llevó a cabo la primera evangelización de España; ahora en este comienzo del tercer milenio del cristianismo, nos corresponde realizar una nueva evangelización, pues aunque nuestro país es de antigua tradición cristiana, hoy día está invadido por un neopaganismo. El proceso de secularización actual constituye un gran desafío al mensaje evangélico. Por tanto, nos incumbe -de manera especial- dar testimonio de la fe y comprometernos a llevar a los demás el Evangelio de Cristo, Camino, Verdad y Vida; como también construir una nueva civilización del amor, de la justicia y de la paz, basada en la doctrina de la Iglesia.

Con el ejemplo de Santiago y de los demás Apóstoles, procuremos evangelizar teniendo en cuenta lo que se ha denominado los diez mandamientos del Apóstol de todos los tiempos.

1º Preocupación por el bien espiritual y corporal de los hombres. Predicad: el Reino de los cielos se acerca. Curad a los enfermos. Resucitad a los muertos. Limpiad a los leprosos. Arrojad a los demonios (Mt 10, 7-8).

2º Generosidad. Lo que graciosamente recibisteis dadlo gratuitamente (Mt 10, 8).

3º Desprendimiento. No toméis oro ni plata, ni llevéis dinero en vuestras bolsas. Digno es el obrero a su salario (Mt 10, 9-10).

4º Constancia. Cuando lleguéis a una ciudad o a una villa predicad a los hombres dignos que haya en ella y no os marchéis hasta haberlos instruido debidamente (Mt 10, 11) .

5º Amor a la paz. Cuando lleguéis a una casa saludad diciendo: Paz a esta casa (Lc 10, 5).

6º Prudencia. Sed prudentes como serpientes y sencillos como palomas. Precaveos de los hombres (Mt 10, 16) .

7º Confianza. No os preocupéis por lo que habéis de decir, ni de la manera que lo habéis de decir. En cada momento se os dirá lo que habéis de hablar. Todos los cabellos de vuestra cabeza están contado (Mt 10, 19).

8º Fortaleza de ánimo. No he venido a traer la paz, sino la guerra (Mt 10, 34).

9º Sacrificio. El que ama a su padre o a su madre más que a Mí no es digno de Mí (Mt 10, 37).

10º Perseverancia. El que persevere hasta el fin se salvará (Mt 24, 13).

En el pasaje evangélico de la Misa está la petición que hace la madre Juan y Santiago a Jesús. Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró como para pedirle algo. Él le dijo: “¿Qué quieres?” Dícele ella: “Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino” (Mt 20, 20-21). El Señor pregunta a los hijos de Zebedeo: “¿Podéis beber el cáliz que yo voy a beber?” Le dijeron: “Sí, podemos” (Mt 20, 22). Los discípulos Santiago y Juan, los cuales -sostenidos por su madre- querían sentarse a la derecha y a la izquierda de Jesús en el reino de Dios. Con la imagen del cáliz, Jesús les da la posibilidad de asociarse completamente a su destino de sufrimiento, pero sin garantizarles los puestos de honor que ambicionaban. Su respuesta es una invitación a seguirlo es una invitación a seguirlo por la vía del amor y el servicio, rechazando la tentación mundana de querer sobresalir y mandar sobre los demás (Papa Francisco, Homilía 18.X.2015). La respuesta de los dos apóstoles es clara: sí están dispuestos a sufrir persecuciones y el martirio por seguirle a Él. Y bien pronto Santiago dio su vida por el Señor. Fue el primer apóstol en ser mártir, y del único del que se menciona su muerte. Por aquel tiempo el rey Herodes echó mano a algunos de la Iglesia para maltratarlos. Hizo morir por la espada a Santiago, el hermano de Juan (Hch 12, 1-2).

Al oír el ruego de la madre, los otros diez se indignaron contra los dos hermanos (Mt 20, 24). Comenta san Juan Crisóstomo: Ya véis cuán imperfectos eran todos, tantos aquellos que pretendían una precedencia sobre los otros diez, como también los otros diez que envidiaban a sus dos colegas. Pero si nos fijamos en su conducta posterior, observamos que están ya libres de esta clase de aspiraciones. El mismo juan, uno de los protagonistas de este episodio, cede siempre el primer lugar a Pedro, tanto en la predicación como en la realización de los milagros, como leemos en los “Hechos de los Apóstoles”. En cuanto a Santiago, no vivió por mucho tiempo; ya desde el principio se dejó llevar de su gran vehemencia y, dejando a un lado toda aspiración humana, obtuvo bien pronto la gloria inefable del martirio (Homilías sobre el Evangelio de san Mateo).

Una antigua tradición transmitida oralmente, cuenta que la predicación de Santiago no fue bien recibida, en un principio, por los moradores de la península ibérica; que los frutos de su dedicación al ministerio apostólico eran escasos. Desalentado, estaba a punto de abandonar la empresa, cuando el Señor quiso que su Santísima Madre -que aún vivía en carne mortal- se le apareciese a las orillas del río Ebro: le llenó de ánimos, asegurándole que sus trabajos no quedarían estériles. En este hecho prodigioso vemos reflejada la creencia universal de la Iglesia en la eficaz ayuda de la Virgen a los apóstoles de su Hijo.

Pidamos al Apóstol Santiago, Patrón de España, cuyos restos guarda nuestra patria como la más sagrada de las reliquias, que la fe que él nos predicó se conserve siempre en nuestro país. Y que España siempre sea la tierra de María Santísima, porque el amor y la devoción a la Madre de Dios que aprendimos de él continúen siendo una característica de la fe de nuestro pueblo.

Domingo XVII del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)

En los Santos Evangelios se narran dos multiplicaciones de panes realizadas por Jesucristo. También el Antiguo Testamento, el libro II Reyes, está el prodigio realizado por el profeta Eliseo de dar de comer a un centenar de hombres con unos pocos panes. Son pasajes semejantes, pero con algunas diferencias.

Vino un hombre de Balalisá trayendo en la alforja el pan de las primicias, veinte panes de cebada y grano reciente para el profeta del Señor. Eliseo dijo: “Dáselo a la gente para que coman”. El criado replicó: “¿Qué hago yo con esto para cien personas?” Eliseo insistió: “Dáselo a la gente para que coman. Porque esto dice el Señor: Comerán y sobrará”. El criado se los sirvió a la gente: comieron y sobró, como había dicho el Señor (2 R 4, 42-44). ¿Qué era el pan de las primicias? Era una ofrenda que se hacía a Dios. Por tanto, ese pan estaba destinado a Dios. El hombre de Balalisá ofreció el pan a Eliseo por ser profeta del Señor; pero éste, con un gesto compasivo, dada la carestía existente, quiere compartirlo.

En la segunda multiplicación de los panes obrada por Cristo, tanto san Mateo como san Marcos recogen las palabras del Señor antes del realizar el milagro. Me da mucha pena la muchedumbre, porque ya llevan tres días conmigo y no tienen qué comer (Mt 15, 32 y Mc 8, 2). Jesús que es la misericordia personalizada se enternece viendo a aquella de multitud de personas carentes de alimento. El Señor es sensible a las necesidades espirituales y materiales de los hombres. Y toma la iniciativa para satisfacer el hambre de aquella multitud. El milagro de multiplicar los panes es una muestra de cómo Dios premia la perseverancia en su seguimiento: la muchedumbre ha estado pendiente de la palabra de Jesús -verdadero alimento del espíritu-, olvidándose de todo lo demás, incluso del alimento corporal.

Volviendo al pasaje del Antiguo Testamento, nos preguntamos: ¿Quiénes eran aquellos cien hombres? Probablemente esos hombres pertenecían a los círculos proféticos con los que vivía Eliseo. Éste a la vez que ordena a su criado que reparta el pan pronuncia un oráculo que ha recibido de Dios –Comerán y sobrará-, y el prodigio se realiza. También Jesucristo obrará el milagro de multiplicar los panes, y lo hará asimismo tras la objeción del apóstol Felipe –Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco (Jn 6, 7)- parecida a las del criado de Eliseo (¿Qué hago yo con esto para cien personas?). Pero Jesús realiza el milagro por propia iniciativa y alimenta a muchísimas más personas, a cinco mil hombres según el relato de san Juan.

San Juan cuenta que estando Jesús en la ribera del mar de Tiberíades, mucha gente le seguía porque veían las señales que realizaba en los enfermos. Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos (Jn 6, 2-3). Al ver Jesús aquel gentío preguntó a Felipe: “¿Dónde vamos a comprar panes para que coman éstos?” Se lo decía para probarle, porque él sabía lo que iba a hacer (Jn 6, 5-6). Ya hemos hecho referencia a la respuesta del apóstol, a la objeción que puso. También Andrés habla de la imposibilidad de dar de comer a tantísima gente. Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos? (Jn 6, 9). Pero para Dios no hay nada imposible. Hizo que la gente se recostara sobre la hierba y tomando los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, todo lo que quisieron (Jn 6, 11).

Éste es el milagro de la multiplicación de los panes. Su corazón misericordioso le llevó a Jesús a saciar a aquella multitud hambrienta. Este gesto de Jesús es una llamada para que también nosotros seamos misericordiosos con nuestros hermanos, con los que padecen necesidad. Dar de comer al hambriento es una de las obras de misericordia. Reflexionemos sobre la práctica de la limosna, que es una manera de ayudar a los necesitados.

El hombre tiene una tendencia a apegarse a los bienes terrenales. La limosna nos ayuda a no dejarnos llevar por esa tendencia, educándonos a socorrer al prójimo en sus necesidades y a compartir con los demás lo que poseemos por bondad divina. En el relato del milagro vemos como un joven pone a disposición del Señor todo lo que tiene: cinco panes y dos peces. Y comenta el Papa Francisco: Jesús esperaba justamente eso. Ordena a los discípulos que hagan sentar a la gente, luego toma los panes y los peces, da gracias al Padre y los distribuye. Estos gestos anticipan los de la última Cena, que dan al pan de Jesús su significado más auténtico. El pan de Dios es Jesús mismo. Al comulgar con Él, recibimos su vida en nosotros. Jesús sacia no sólo el hambre material, sino el más profundo, el hambre de sentido de la vida, el hambre de Dios.

Con el diálogo previo del Señor con Felipe y Andrés, y la realización del milagro, Jesús enseña también a sus discípulos a confiar en Él ante las dificultades que encontrarán en sus futuras tareas apostólicas, emprendiéndolas con los medios que tengan, aunque sean insuficientes, como en este caso lo eran los cinco panes y los dos peces. Él aportará lo que falta. En la vida cristiana hay que poner al servicio del Señor lo que tengamos, aunque nos parezca muy poco. El Señor sabrá multiplicar la eficacia de esos medios tan insignificantes.

En el mundo vemos gente muy necesitada. Ante el sufrimiento, la soledad, la pobreza y la dificultades de tantas personas, ¿qué podemos hacer nosotros? Cristo nos da ejemplo: se conmovió y puso remedio. Sí, ¿qué podemos hacer? Podemos ofrecer ese poco que tenemos: alguna hora de tiempo para acompañar a esa persona que vive sola, algún talento -dinero- para paliar en algo a algún pobre, alguna competencia que sirva de ayuda a quien está en dificultad… ¿Quién de nosotros no tiene sus “cinco panes y dos peces”? ¡Todos los tenemos! Si estamos dispuestos a ponerlos en manos del Señor, bastarían para que en el mundo hubiera un poco más de amor, de paz, de justicia y, sobre todo, de alegría (Papa Francisco).

No viven el espíritu evangélico los que poseen riquezas terrenas y las utilizan para sí mismos. Fuerte es el reproche que san Juan dirige a los que pasan de largo ante los que sufren en la indigencia y en el abandono Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios? (1 Jn 3, 17). Socorrer a los necesitados es un deber de justicia aun antes que un acto de caridad.

San Pablo en la Carta a los Efesios enumera unas virtudes que constituyen diversas manifestaciones de la caridad. Os exhorto (…) a que viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados, con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor, poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz (Ef 4, 1-3). La caridad no tiene su origen en el hombre, sino en Dios. Por eso procuramos seguir a Jesús por el camino de la caridad, haciendo las obras de misericordia con amor, teniendo un corazón a la medida del corazón de Cristo y sabiendo compadecernos de los que padecen cualquier tipo de necesidad. Entonces viviremos la caridad con ternura y siempre con humildad.

Para el cristiano, la limosna no es simple filantropía: es más bien una expresión concreta de la caridad, la virtud teologal que exige la conversión interior al amor de Dios y de los hermanos, a imitación de Jesucristo, que muriendo en la cruz se entregó a sí mismo por nosotros. No es limosna desprenderse de lo que sobra como ropa vieja, o dar calderilla sin apenas valor; sino compartir bienes materiales.

La limosna cristiana tiene que hacerse en secreto. Que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en lo oculto (Mt 6,3-4); que se haga para mayor gloria de Dios, y no para la nuestra. Hay que evitar que la ayuda al hermano necesitado se transforme en una manera de llamar la atención. Si al cumplir una buena acción no tenemos como finalidad la gloria de Dios y el verdadero bien del prójimo, sino que más bien aspiramos a satisfacer un interés personal o simplemente a obtener la aprobación de los demás, no estamos viviendo la caridad. De ordinario, la gente es muy poco generosa con su dinero -me escribes-. Conversación, entusiasmos bulliciosos, promesas, planes. -A la hora del sacrificio, son pocos los que “arriman el hombro”. Y, si dan, ha de ser con una diversión interpuesta -baile, tómbola, cine, velada- o anuncio y lista de donativos en la prensa. -Triste es el cuadro: sé tú también de los que no dejan que su mano izquierda, cuando dan limosna, sepa lo que hace la derecha (San Josemaría Escrivá).

Después de narrar el milagro, el evangelista san Juan continúa el relato diciendo: Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: “Recoged los trozos sobrantes para que nada se pierda”. Los recogieron, pues, y llenaron doce canastos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido (Jn 6, 12-13). De nuevo se cumple el oráculo del Señor: Comerán y sobrará. El mandato de recoger los trozos sobrantes encierra otra enseñanza del Señor: los bienes materiales, por ser dones de Dios, no se deben desperdiciar, sino que han de ser usados con espíritu de pobreza. Y dijo el beato Pablo VI, comentando este mandato del Señor: ¡Qué hermosa lección de economía, en el sentido más noble y más pleno de la palabra para nuestra época dominada por el derroche! Lleva consigo además la condena de toda una concepción de la sociedad en la que hasta el mismo consumo tiende a convertirse en su propio bien, despreciando a los que se ven necesitados y en detrimento, en definitiva, de los que creen ser sus beneficiarios, incapaces ya de percibir que el hombre está llamado a un destino más alto.

El relato del milagro de la multiplicación de los panes en el Evangelio según san Juan acaba resaltando el asombro de la multitud. Al ver la gente la señal que había realizado, decía: “Éste es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo”. Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, se retiró de nuevo al monte él solo (Jn 6, 14-15). La fe que el milagro suscitó en aquellos hombres era todavía muy imperfecta: reconocen a Jesús como el Mesías prometido, pero piensan en un mesianismo terreno y nacionalista, por eso querían hacerle rey, un rey que había de librarlos de la dominación romana. El Señor, para evitar una proclamación popular ajena a su misión redentora, se limitó a irse de aquel lugar. De esta forma nos enseña que no se puede confundir el cristianismo con una ideología social o política, por noble que sea.

Comentó san Juan Pablo II esta actitud de Jesús, no permitiendo ser proclamado rey, diciendo: Los Evangelios muestran claramente cómo para Jesús era una tentación lo que alterara su misión de Servidor de Yavé. No acepta la posición de quienes mezclaba las cosas de Dios con actitudes meramente políticas. La perspectiva de su misión es mucho más profunda. Consiste en la salvación integral por un amor transformante, pacificador, de perdón y reconciliación. No cabe duda, por otra parte, que todo esto es muy exigente para la actitud del cristiano que quiere servir de verdad a los hermanos más pequeños, a los pobres, a los necesitados, a los marginados; en una palabra, a todos los que reflejan en sus vidas el rostro doliente del Señor.

Santa María está desde siempre presente en el corazón, en la devoción y, sobre todo, en el camino de fe del pueblo cristiano. La Madre de Dios ha compartido nuestra condición, ha debido caminar por los mismos caminos que recorremos nosotros, a veces difíciles y oscuros, ha debido avanzar en la “peregrinación de la fe”. A Ella le pedimos que seamos siempre generosos, aportando nuestros “cinco panes y dos peces” en beneficio de nuestros hermanos necesitados.

Domingo XVI del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)

Y al desembarcar, vio Jesús una gran multitud, y se llenó de compasión, porque estaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas (Mc 6, 34). El papa Francisco comentando este versículo evangélico se fija en tres verbos: ver, compadecerse y enseñar, y los llama los verbos del Pastor. Jesús, Dios y hombre verdadero, tiene un corazón misericordioso. Cuando ve a aquellas gentes, las mira con atención. Su mirada no es la de un sociólogo o de un reportero gráfico, porque Él mira siempre con “los ojos del corazón”. Y siente compasión al ver la necesidad espiritual que tienen. Estaba profetizado: Se muere mi pueblo por falta de doctrina (Os 4, 6). Aquella gente necesita instrucción y esta necesidad quiere subsanarla el Señor por medio de la predicación. Y es lo que hace.

“Ver y tener compasión”, configuran a Jesús como Buen Pastor. Incluso su compasión, no es solamente un sentimiento humano, sino que es la conmoción del Mesías en quien se hizo carne la ternura de Dios. Y de esta compasión nace el deseo de Jesús de alimentar a la multitud con el pan de su “Palabra”, es decir, enseñar la Palabra de Dios a la gente. Jesús ve, Jesús tiene compasión, Jesús nos enseña (Papa Francisco).

En el libro del profeta Jeremías está esta queja del Señor: ¡Ay de los pastores que dejan perderse y desparramarse las ovejas de mis pastos! (Jr 23, 1). Son malos pastores que no apacientan a Israel, al pueblo de Dios. El Señor dice claramente que se ocupará de castigar la maldad (Jr 23, 2) de sus obras. Desgraciadamente es algo que siempre ha habido. Si se especifica en la Sagrada Escritura que hay buenos pastores, es porque también hay pastores que son malos. Los buenos pastores llevan a las ovejas a los pastos para que se alimenten de la doctrina cierta y segura de la Iglesia; los malos pastores hacen que sus ovejas coman las malas hierbas de la confusión doctrinal y moral. Los primeros están siempre disponibles para curar a los fieles con los sacramentos de sanación (Penitencia y Unción de los enfermos); los segundos no ven la necesidad de aplicar estos remedios medicinales a las enfermedades del alma. El buen pastor da ejemplo con su vida entregada al servicio de los fieles; el mal pastor con frecuencia escandaliza con su comportamiento mundano.

El buen pastor, el verdadero cristiano tiene este celo dentro: que nadie se pierda. Y por esto no tiene miedo de mancharse las manos. Va adonde debe ir. Arriesga su vida, arriesga su fama, arriesga perder su comodidad, su estatus, también perder en la carrera eclesiástica, pero es buen pastor (Papa Francisco).

Después de la queja sobre los malos pastores, viene la promesa del Señor que pondrá sobre las ovejas pastores que las apacienten, para que no teman, ni se espanten, ni falte alguna (Jr 23, 4). Apoyándose en este versículo, san Juan Pablo II habla de la presencia continua de buenos pastores en el nuevo Pueblo Dios que es la Iglesia. Con estas palabras del profeta Jeremías Dios promete a su pueblo no dejarlo nunca privado de pastores que lo congreguen y los guíen. La Iglesia, Pueblo de Dios, experimenta siempre el cumplimiento de este anuncio profético y, con alegría, da continuamente gracias al Señor. Sabe que Jesucristo mismo es el cumplimiento vivo, supremo y definitivo de la promesa de Dios: “Yo soy el Buen Pastor” (Jn 10, 11). Él, “el gran Pastor de las ovejas” (Hb 13, 20), encomienda a los apóstoles y a sus sucesores el ministerio de apacentar la grey de Dios (San Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, n. 1).

Jesús se llama a sí el Buen Pastor, ese pastor que apacienta las ovejas y las lleva a buenos pastos. Los profetas del Antiguo Testamento dieron el título de “pastor de Israel” al futuro descendiente de David, al Mesías que tenía que venir. En el Evangelio se ve a Cristo compadecido por una gran multitud, porque estaban como ovejas que no tienen pastor. Ejerce de pastor dando el alimento de su palabra, esa palabra de vida eterna. Jesús es el verdadero pastor de Israel porque es el Hijo del hombre, que quiso compartir la condición de los seres humanos para darles la vida nueva y conducirlos a la salvación (Benedicto XVI).

Además, el Espíritu Santo ha puesto Pastores para regir el Pueblo de Dios. En primer lugar está el Papa, sucesor de san Pedro, a quien confió Cristo apacentar sus ovejas y corderos. El Romano Pontífice es pastor de todos los fieles, por lo que debe procurar el bien común de la Iglesia universal y el de todas las iglesias particulares. En cada diócesis, el Obispo es el pastor de la grey que se le ha confiado. Y los sacerdotes también participan del oficio de pastor.

Estos pastores, partícipes de la misma misión de Cristo, están llamados a sembrar la semilla de la Palabra de Dios, a distribuir la misericordia divina y a alimentar a los fieles en la mesa del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Y también a seguir el ejemplo del Buen Pastor que da su vida por las ovejas (Jn 10, 11) y las conoce, con un conocimiento del corazón, propio de quien ama y de quien es amado; de quien es fiel y de quien sabe que, a su vez, puede fiarse; un conocimiento de amor, en virtud del cual el Pastor invita a los suyos a seguirlo, y que se manifiesta plenamente en el don que les hace de la vida eterna (Benedicto XVI).

Recemos por los pastores de la Iglesia, por todos los obispos, incluido el obispo de Roma, por todos los sacerdotes, por todos. Por favor, os pido que nos ayudéis: ayudarnos a ser buenos pastores. San Cesáreo de Arlés explicaba cómo el pueblo de Dios debe ayudar al pastor, y ponía este ejemplo: cuando el ternerillo tiene hambre va donde la vaca, a su madre, para tomar la leche. Pero la vaca no se la da enseguida: parece que la conserva para ella. ¿Y qué hace el ternerillo? Llama con la nariz a la teta de la vaca, para que salga la leche. ¡Qué hermosa imagen! “Así vosotros -dice este santo- debéis hacer con los pastores: llamar siempre a su puerta, a su corazón, para que os den la leche de la doctrina, la leche de la gracia, la leche de la guía”. Y os pido, por favor, que importunéis a los pastores, que molestéis a los pastores, para que os demos la leche de la gracia, de la doctrina y de la guía (Papa Francisco).

La fiel predicación del Evangelio está encomendada a los pastores de la Iglesia. Es indudable que Jesucristo instituyó en la Iglesia un magisterio vivo, auténtico y perpetuo, investido de su propia autoridad, revestido del espíritu de verdad, confirmado por milagros, y que quiso y muy severamente ordenó que las enseñanzas doctrinales de este magisterio fuesen recibidas como las suyas propias (Concilio Vaticano II). Los fieles, ovejas del rebaño del Buen Pastor, deben aceptar el magisterio de la Iglesia, pues no se puede creer en Cristo sin creer en la Iglesia; no se puede creer con fe católica en la Iglesia sin creer en su irrenunciable magisterio. La fidelidad a Cristo implica, pues, fidelidad a la Iglesia, y la fidelidad a la Iglesia conlleva a su vez la fidelidad al magisterio (San Juan Pablo II).

También Jeremías profetiza: Mirad que días vienen -oráculo del Señor- en que suscitaré a David un brote justo, que rija como rey y sea prudente, y ejerza el derecho y la justicia en la tierra. En sus días estará a salvo Judá, e Israel vivirá en seguridad. Y este es el nombre con que te llamarán: “El Señor, nuestra Justicia” (Jr 23, 5-6). Es el anuncio de la llegada de un descendiente de David, que aportará una nueva etapa de prosperidad y salvación. Este brote justo que designa al rey venidero llegará a ser un término para referirse al futuro Mesías, como aparece en el libro del profeta Zacarías –Este es el hombre, cuyo nombre es Brote, pues brotará de sus propias raíces y reconstruirá el Templo del Señor (Zac 6, 12); Yo voy a traer a mi siervo “Brote” (Zac 3, 8)-. El Mesías prometido será descendiente legal de David, puesto que el Señor lo garantiza al llamarlo “brote justo” o brote legítimo. Ya en el Nuevo Testamento, en el cántico Benedictus, pronunciado por Zacarías, con motivo del nacimiento de san Juan Bautista, se dice que Dios ha suscitado para nosotros el poder salvador en la casa de David su siervo, como lo había anunciado desde antiguo por boca de sus santos profetas (Lc 1, 69-70).

En la nueva era que anuncia Jeremías reinará la justicia porque habrá paz y seguridad plena: será la época definitiva de salvación. Zacarías dice del Mesías que guiará nuestros pasos por el camino de paz (Lc 1, 79), y hará que sirvamos, sin temor, con santidad y justicia en su presencia (Lc 1, 74-75). Y san Pablo también se refiere a la paz que ha traído Cristo a la tierra. Mas ahora, en Cristo Jesús, vosotros, los que en otro tiempo estabais lejos, habéis llegado a estar cerca por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad, anulando en su carne la Ley de los mandamientos con sus preceptos, para crear en sí mismo, de los dos, un solo Hombre Nuevo, haciendo la paz, y reconciliar con Dios a ambos en un solo Cuerpo, por medio de la cruz, dando en sí mismo muerte a la Enemistad. Vino a anunciar la paz: paz a vosotros que estabais lejos, y paz a los que estaban cerca. Pues por él, unos y otros tenemos libre acceso al Padre en un mismo Espíritu (Ef 2, 13-18).

Él es nuestra paz. La división que existía en el género humano entre judíos y gentiles ha sido abolida por Cristo mediante su muerte en la Cruz. De ahí que la paz entre los hombres, superando todas las diferencias, sólo puede encontrarse a través de la gracia de Cristo.

En nuestros días, en los que vemos al mundo amenazado por nubes tenebrosas de violencia y de guerra, las palabras del apóstol Pablo a los cristianos de Éfeso es un rayo de luz penetrante, un clamor de confianza y optimismo. El divino Niño nacido en Belén lleva en sus pequeñas manos, como un don, el secreto de la paz para la humanidad. ¡Él es el Príncipe de la paz!

Cuando el hombre olvida su destino eterno y el horizonte de su vida se limita a la existencia terrena, se contenta con una paz ficticia, con una tranquilidad sólo exterior a la que pide la salvaguardia del máximo bienestar material que puede alcanzarse con el mínimo de esfuerzo. De este modo, construye una paz imperfecta e inestable, pues no está radicada en la dignidad de la persona humana, hecha a imagen y semejanza de Dios y llamada a la filiación divina. Vosotros jamás tenéis que contentaros con estos sucedáneos de paz; sería un grave error, cuyo fruto produciría la más amarga de las desilusiones (San Juan Pablo II).

El Señor te conceda la paz (Nm 6, 26). Pidamos al Señor que nos conceda la paz; paz para cada uno de nosotros, para nuestras familias y para el mundo entero. Aspiramos a vivir en paz, pero la paz verdadera, la que anunciaron los ángeles en la noche de Navidad, no es conquista del hombre o fruto de acuerdos políticos; es ante todo don divino, que es preciso implorar constantemente y, al mismo tiempo, compromiso que es necesario realizar con paciencia, siempre dóciles a los mandatos del Señor. Pues la verdadera paz es la que sólo Dios, por medio de Jesucristo, nos puede dar; la paz que es obra de la justicia, de la verdad, del amor, de la solidaridad; la paz que los pueblos sólo gozan cuando siguen los dictados de la ley de Dios; la paz que hace sentirse a los hombres y a los pueblos hermanos unos con otros.

Santa María, toma bajo tu protección materna a toda la familia humana, a la que con todo afecto a Ti, Madre, confiamos. Que se acerque para todos el tiempo de la paz y de la libertad, el tiempo de la verdad, de la justicia y de la esperanza.

Domingo XV del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)

Una de las obras de misericordia se refiere a la hospitalidad (Dar posada al peregrino). En el Juicio final el Señor tendrá en cuenta de cómo se ha vivido la hospitalidad. A los santos les dirá: Era forastero y me acogisteis (Mt 25, 35); y a los condenados: Era forastero, y no me acogisteis (Mt 25, 43). San Marcos cuenta que Jesús comenzó a enviar a sus apóstoles a los pueblos y aldeas para que anunciasen la llegada del Reino de Dios y les dio poder sobre los espíritus inmundos (Mc 6, 7). Entre otras recomendaciones, les dijo: Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta marchar de allí (Mc 6, 10).

La hospitalidad es algo central en la espiritualidad cristiana. Jesús, como buen maestro, envía a sus discípulos a vivir la hospitalidad. Les dice: Quedaos en la casa donde entréis. Los envía a aprender a vivir una de las características fundamentales de la comunidad creyente. Podríamos decir que cristiano es aquel que aprendió a hospedar, que aprendió a alojar. En la lógica del Evangelio no se convence con los argumentos, con las estrategias, con las tácticas, sino simplemente aprendiendo a alojar, a hospedar. Hospitalidad con el hambriento, con el sediento, con el forastero, con el desnudo, con el enfermo, con el preso, con el leproso, con el paralítico. Hospitalidad con el que no piensa como nosotros, con el que no tiene fe o la ha perdido (Papa Francisco).

También Cristo Jesús les dice a los apóstoles cuando estos son enviados por Él a predicar que no tomasen para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja; y que fueran calzados con sandalias y no llevaran dos túnicas (Mc 6, 8-9). Jesucristo exige estar libre de cualquier clase de ataduras a la hora de predicar el Evangelio. El discípulo, que tiene el encargo de anunciar el mensaje salvífico del Señor a las gentes, no debe poner su confianza en los medios humanos, sino en la Providencia de Dios. Lo que pueda necesitar para vivir dignamente se lo han de procurar los mismos beneficiarios de la predicación, pues el obrero merece su sustento (Mt 10, 10). Tanta debe ser la confianza en Dios del que predica que ha de estar seguro que no ha de faltarle lo necesario para vivir, aunque él no pueda procurárselo; puesto que no debe ocuparse menos de las cosas eternas, por ocuparse de las temporales (San Beda).

Cuando un cristiano está apegado a los bienes, da la mala impresión de un cristiano que quiere tener dos cosas: el cielo y la tierra. Y Jesús indica la cruz y las persecuciones. Esto quiere decir negarse a sí mismo, llevar cada día la cruz… La gratuidad en seguir a Jesús es la respuesta a la gratuidad del amor y de la salvación que nos da Jesús. Qué feo es ver a un cristiano -sea laico, consagrado, sacerdote, obispo- cuando se ve que busca dos cosas: seguir a Jesús y a los bienes, seguir a Jesús y seguir el mundanismo. Esto es un antitestimonio que aleja a la gente de Jesús (Papa Francisco).

Si algún lugar no os recibe y no os escuchan, marchaos de allí sacudiendo el polvo de la planta de vuestros pies, en testimonio contra ellos (Mc 6, 11). El hombre debe prestar atención al anuncio del Evangelio, y creer en la palabra de Jesús. Si la acepta y persevera en ella, recibe el consuelo de su alma, la paz de su espíritu y la salvación. Pero si la rechaza, no está exento de culpabilidad y Dios le juzgará por su cerrazón a la gracia que se le ha ofrecido.

En la vida de la Iglesia, gracias a instituciones, fundaciones, órdenes monásticas, congregaciones religiosas, han surgido a lo largo de su historia hospitales para enfermos y pobres, asilos para ancianos, albergues para peregrinos, orfanatos para niños huérfanos. Siendo la hospitalidad una faceta muy importante de la caridad cristiana. De modo especial en Occidente la hospitalidad alcanza gran relevancia e influencia en las rutas y centros de peregrinaciones. En la actualidad, hay muchos centros de acogida para inmigrantes y para los sin techos llevados por instituciones eclesiales. Pero preguntémonos cada uno: ¿Cómo vivo yo la hospitalidad? Una forma de vivirla es ayudando económicamente a algunas de las muchas instituciones que se dedican a esta obra de misericordia.

Los apóstoles, obedientes a Cristo, predicaron a la gente que hiciera penitencia y expulsaban muchos demonios, y ungían con óleo a muchos enfermos y los curaban (Mc 6, 13). San Marcos es el único evangelista que habla de una unción con aceite a los enfermos. El aceite se utilizaba en tiempos de Jesús para curar las heridas, y los apóstoles lo emplearon también para curar milagrosamente las enfermedades corporales, según el poder que Nuestro Señor les confirió. De ahí el uso del aceite como materia del sacramento de la Unción de los enfermos, que cura las heridas del alma e incluso las del cuerpo, si conviene. En este versículo hay que ver “insinuado” el sacramento de la Unción de los enfermos, que será instituido por Jesucristo, y más tarde recomendado y promulgado a los fieles por el apóstol Santiago el Menor.

Y ya que se ha hecho referencia a la Unción de los enfermos es conveniente saber quiénes son los que lo pueden recibir. Hay que aclarar que la Unción de los enfermos no es un sacramento sólo para aquellos que están a punto de morir, sino para todo católico que, habiendo llegado al uso de razón, comienza a estar en peligro de muerte por enfermedad o por vejez, aunque el peligro no sea extremo. También puede darse la Unción a un enfermo que va a ser intervenido quirúrgicamente, con tal que una enfermedad grave sea la causa de dicha operación.

Amós cuenta cómo Dios le tomó de detrás del rebaño y Yavé me dijo: Vete, profetiza a mi pueblo Israel (Am 7, 15). Y aunque Amós no era profeta ni hijo de profeta (Am 7, 14) hizo lo que Dios le pedía: profetizar. Ya en el Nuevo Testamento Cristo llamó a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos (Mc 6, 7). Los apóstoles se marcharon y predicaron como el Señor les había mandado. En ambos casos (el del profeta Amós y el de los apóstoles) hay una llamada de Dios y una misión: anunciar la palabra de Dios, dar a conocer el misterio de su voluntad.

Y es también lo que hace el apóstol san Pablo: En Carta a los Efesios, escribe: Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo (…), ya que en él nos eligió antes de la creación del mundo para que fuéramos santos (Ef 1, 3-4). Además, hemos sido predestinados a ser sus hijos adoptivos por Jesucristo (Ef 1, 5). Ésta es la Buena Nueva: Dios nos ha creado para compartir su misma vida; nos llama a ser sus hijos, miembros vivos del Cuerpo místico de Cristo, templos luminosos del Espíritu del Amor. Nos llama a ser “suyos”: quiere que todos seamos santos (San Juan Pablo II). La participación en la santidad de Dios mismo es la vocación de todos, ¡de cada uno y de cada una!

San Pablo habla de esperanza, porque se refiere al fruto de la obra redentora del Señor: la liberación de la más profunda esclavitud, que es del pecado. En Cristo tenemos por medio de su sangre la redención, el perdón de los delitos, según la riqueza de su gracia ha prodigado sobre nosotros en toda sabiduría e inteligencia, dándonos a conocer el Misterio de su voluntad (Ef 1, 7-9). Y con el perdón de los pecados, ha sido restaurada la verdadera dignidad del hombre.

La Iglesia, que no cesa de contemplar el conjunto del misterio de Cristo, sabe con toda la certeza de la fe que la Redención llevada a cabo por medio de la Cruz, ha vuelto a dar definitivamente al hombre la dignidad y el sentido de su existencia en el mundo, sentido que había perdido en gran medida a causa del pecado (San Juan Pablo II, Encíclica Redemptoris hominis, n. 10). Es así como se manifiestan la sabiduría e inteligencia divinas respecto al hombre.

El cristiano se sabe elegido por Dios para que sea santo. Y para ser santo hay que tener un trato con Dios a lo largo de la jornada -trabajo y descanso, vida familiar y apostolado-. ¿En qué consiste la santidad? En ser de Dios. Y esto es darle todo cuanto tenemos, puesto que todo nos viene de Dios. Ser de Dios es darle nuestra inteligencia con todos nuestros pensamientos, con todas nuestras ideas… Pero también hay que darle nuestro corazón, de tal forma que nuestros deseos, afectos, amores y voluntad sean para Dios. Con palabras de san Josemaría Escrivá, podemos decir: “No hay otro camino; o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca”. El Señor sigue llamando a muchos al sacerdocio y a la vida consagrada; pero ahora, como en todas las épocas, Él llama a la mayor parte de los hombres y de las mujeres para que sean santos y le sirvan en medio del mundo, en las fábricas y en los hospitales, en las universidades, en el deporte, en todos los ambientes donde se puede realizar cualquier trabajo humano honesto (San Juan Pablo II).

También el cristiano es consciente de ese gran don que Dios nos ha concedido. Por beneplácito de su voluntad (Ef 1, 5) nos llamamos y somos hijos de Dios (1 Jn 3, 2). La filiación divina del cristiano tiene su fuente en Jesucristo. Él, que es el Hijo único consustancial del Padre, ha asumido la naturaleza humana para hacer a los hombres hijos de Dios por adopción. Dios quiso que el misterio de nuestra filiación divina nos fuese revelado con toda claridad dándonos a Cristo, su Hijo hecho hombre. Él es el Camino para ir al Padre, porque por su Humanidad Santísima nos introduce en su Filiación al Padre.

Esa relación de adopción no es algo solamente jurídico, de tipo externo y puramente accidental. La adopción divina afecta a todo el ser del hombre y lo introduce en la misma vida de Dios. La filiación divina es el mayor de los dones que Dios ha concedido en esta tierra. ¡Bendito sea Dios!, exclamamos con san Pablo al considerar esta realidad gozosa, pues es propio de los hijos manifestar abiertamente el reconocimiento y el amor debidos a su padre.

En él (Cristo) también vosotros, tras haber oído la Palabra de la verdad, el Evangelio de vuestra salvación, y creído también en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la Promesa, que es prenda de nuestra herencia, para redención del Pueblo de su posesión, para alabanza de su gloria (Ef 1, 13-14). San Pablo reconoce la grandeza del plan salvífico de Dios en la realización de las promesas al pueblo judío mediante Jesucristo, aún ve mayor prodigio en la llamada a los gentiles a participar de la misma promesa. El ser sellado con el Espíritu Santo significa el haber sido recibidos por Dios e incorporados a su Iglesia, en orden a la salvación reservada antes sólo a Israel.

La Iglesia es el nuevo Pueblo de Dios que ha sido adquirido por Dios al precio de la Sangre de su Hijo. Al pueblo del Antiguo Testamento ha sucedido el pueblo de los creyentes en Cristo, cualquiera que sea su procedencia. Todos forman ya la Iglesia, el Pueblo de los elegidos.

Santa María también a nosotros como a los criados de las bodas de Caná nos pide: Haced lo que Él os diga. Sí, Madre, nos comprometemos a hacer lo que Jesús nos diga. Y lo haremos con esperanza, confiados en las sorpresas de Dios y llenos de alegría.

Domingo XIV del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)

En el lenguaje normal se emplea con frecuencia antropomorfismos para referirse a Dios. Y así se dice que estamos en las manos de Dios. En el Antiguo Testamento se habla repetidas veces del corazón de Dios, considerado como el órgano de su voluntad: el hombre es juzgado en referencia al corazón de Dios. Por ejemplo, a causa del dolor que su corazón siente por los pecados del hombre, Dios decide el diluvio, pero después se conmueve ante la debilidad humana y perdona.

En el libro de Oseas se describe de manera muy clara los sentimientos del corazón de Dios respecto a su pueblo, del amor con que el Señor se dirigió a Israel en el alba de su historia: Cuando Israel era niño, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo (Os 11, 1). Sin embargo, a pesar de esta incansable predilección divina, Israel responde con indiferencia e incluso con ingratitud. Cuanto más los llamaba, más se alejaban de mí (Os 11, 2), es la queja que sale de la boca del Señor. Pero a pesar de la indiferencia e ingratitud del pueblo elegido, Dios no abandona a Israel en manos de sus enemigos, pues mi corazón se conmueve en mi interior, y a la vez se estremecen mis entrañas (Os 11, 8) dice el Creador del mundo.

Dios envió profetas a Israel para que volviera al buen camino. Uno de ellos es Ezequiel. Éste oyó que el Señor le hablaba: Yo te envío a los israelitas, a la nación de los rebeldes, que se han rebelado contra mí. Ellos y sus padres me han sido contumaces hasta este mismo día. Los hijos tienen la cabeza dura y el corazón empedernido; hacia ellos te envío para decirles: Así dice el Señor Yavé. Y ellos, escuchen o no escuchen, ya que son una casa de rebeldía, sabrán que hay un profeta en medio de ellos (Ez. 2, 3-5). Ezequiel comunica al pueblo lo que Dios le dice, sabiendo que transmite un mensaje divino, que no es suyo, y lo hace con fortaleza y perseverancia, aunque sus oyentes no lo acepten, o lo rechacen.

San Agustín dice: Los profetas de Dios son aquellos que dicen lo que escuchan de Dios, y un profeta de Dios no es otro que aquel que expresa las palabras de Dios a los hombres que, por su parte, no pueden o no merecen entender a Dios. Ezequiel, consciente de ser profeta y, por tanto, representante de Dios en medio del pueblo, exige con autoridad a sus conciudadanos atención a su mensaje.

La Revelación divina, llamada con toda propiedad Palabra de Dios, se ha desarrollado en distintas etapas a lo largo de la historia de la Salvación. En diversos momentos y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas. En estos últimos días nos ha hablado por medio de su Hijo (Hb 1, 1-2). El Señor Jesucristo, Verbo de Dios encarnado y divino Maestro que abrió la mente y el corazón de sus discípulos a la inteligencia de las Escrituras, guíe y sostenga siempre nuestra actividad. Los Apóstoles acogieron la palabra de salvación y la transmitieron a sus sucesores como una joya preciosa custodiada en el cofre seguro de la Iglesia: sin la Iglesia esta perla corre el riesgo de perderse o hacerse añicos.

La Iglesia es el nuevo Pueblo de Dios, y a diferencia con Israel, siempre ha sido fiel a Dios. A veces se ha comparado a la Iglesia a una barca sacudida por el oleaje y los vendavales de la historia; pero en esa barca es Jesucristo quien lleva el timón, y así conduce a los creyentes al puerto seguro de la nueva vida.

¡Qué grande es el amor de Dios! Es más fuerte que el amor de una madre a sus hijos, más que el de un esposo a su amada. El evangelista san Juan lo dice con estas palabras: Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único (Jn 3, 16). Y si el amor de Dios a Israel es comparado al amor de un padre a su hijo, ¿cuánto será el amor de Dios a su Iglesia? Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella para santificarla, purificándola, mediante el lavado del agua con la palabra, a fin de presentársela a sí gloriosa, sin mancha o arruga o cosa semejante, sino santa e intachable (Ef 5, 25‑27).

Sabrán que hay un profeta en medio de ellos. En el libro del Deuteronomio Moisés dice al pueblo: El Señor, tu Dios, te suscitará un profeta como yo de entre tus hermanos. A él le escucharéis (Dt 18, 15). Moisés conversaba “cara a cara” con Dios. En Jesús se cumple la promesa del nuevo profeta. En Él se ha hecho realidad lo que en Moisés era sólo imperfecto: Él vive ante el rostro de Dios no sólo como amigo, sino como Hijo, vive en la más íntima unidad con el Padre (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret). Cristo, Hijo único de Dios, nos da a conocer al Padre.

San Marcos cuenta que Jesús fue a Nazaret, y en día de sábado entró en la sinagoga y comenzó a enseñar. La multitud, al oírle, quedaba maravillada, y decía: “¿De dónde le viene esto? y ¿qué sabiduría es ésta que le ha sido dada?” (Mc 6, 2). Pero el Señor no fue bien acogido. La extrañeza y la envidia hicieron que sus paisanos se escandalizaran de Él. No hay profeta menospreciado sino en patria (Mt 13, 57), cumpliéndose a la letra vino a los suyos y los suyos no le recibieron (Jn 1, 11). Jesús se maravilló de la falta de fe de los nazarenos.

Éste es mi Hijo amado; escuchadlo (Mt 17, 5). Es la voz de Dios que nos dice que escuchemos el mensaje de su Hijo. Escuchar a Cristo y obedecer su voz: éste es el camino real, el único que conduce a la plenitud de la alegría y del amor. La Sagrada Escritura no es algo que pertenezca al pasado. El Señor no habla en el pasado, sino que habla en el presente, Él habla hoy con nosotros, nos concede su luz, nos muestra el camino de la vida, nos regala su comunión y nos prepara y nos abre así a la paz. La Palabra de Dios ha sido confiada a la Iglesia para alimentar la fe y guiar a la vida de caridad de los cristianos. El mensaje de Cristo nos ha sido transmitido por la Iglesia. El Evangelio es novedad. Y se nos pide esta docilidad a su novedad. Dios debe ser recibido con esta apertura a la novedad. Y esta actitud se llama docilidad. ¿Soy yo dócil a la Palabra de Dios o hago siempre lo que yo creo que es la Palabra de Dios? (Papa Francisco).

Sólo en el Evangelio de Jesús está la salvación esperada y deseada. Por eso, la vida cristiana precisa una asidua y constante meditación de la Sagrada Escritura -especialmente del Nuevo Testamento-, en la oración personal. El profeta Ezequiel fue enviado por Dios a los israelitas, a la nación de los rebeldes, que se han rebelado contra mí. Ya en los inicios de la Iglesia primitiva, el Señor envió a san Pablo para anunciar el Evangelio y difundir la Palabra de Dios a todo un mundo pagano.

En el Nuevo Testamento además de los Santos Evangelios hay otros libros. La mayor parte de ellos son cartas del apóstol san Pablo. Éste fue elegido por el Señor como instrumento suyo para una misión bien concreta: Para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel (Hch 9, 15). No le promete el Señor una vida fácil, sino que habrá de sufrir por causa de mi nombre (Hch 9, 17). Y efectivamente, la vida de san Pablo estuvo llena de dificultades. Pero en todo momento era consciente de la ayuda de la gracia. Por eso me complazco en mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues, cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte (2 Co 12, 10).

Para que no me engría, me fue clavado un aguijón en la carne, un ángel de Satanás para que me abofetee, y no me envanezca (2 Co 12, 7). Son palabras del apóstol san Pablo, que muestran una humildad admirable. Se refiere a las debilidades que el Señor permite en él. Todas las personas humanas, a excepción de la Virgen María, hemos sido concebidos en pecado. Por el bautismo se nos quitó el pecado original, pero arrastramos las heridas de dicho pecado, tenemos el fomes peccati, la inclinación al mal. También san Pablo sentía la concupiscencia de la carne. Y para no caer en la tentación, acudía a Dios. Rogué al Señor que se alejase de mí (2 Co 12, 8) aquel ángel de Satanás, que me librase del aguijón que tenía clavado en mi carne. Ante la petición que le hacía el Apóstol de los gentiles, el Señor le dijo: Te basta mi gracia, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza (2 Co 12, 9). Esta petición de san Pablo y la respuesta del Señor nos recuerdan la necesidad de pedir ayuda a Dios ante las dificultades.

La vida hombre en la tierra es tiempo de lucha sin tregua. El diablo, empeñado en devorar la vida de Cristo en nosotros, incansablemente promueve planes para hacernos tropezar. Para vencer, nunca nos faltará la gracia. Éste es el mensaje que dejó san Juan Pablo II a los jóvenes españoles en su primer viaje apostólico a España: El mal es una realidad. Superarlo en el bien es una gran empresa. Brotará de nuevo con la debilidad del hombre, pero no hay que asustarse. La gracia de Cristo y sus sacramentos están a nuestra disposición.

La Sagrada Escritura atestigua la influencia nefasta de aquél a quien Jesús llama “homicida desde el principio”. En el libro del Éxodo se narra como a largo de la travesía del pueblo de Israel por el desierto, los judíos experimentaron toda la fuerza y la insistencia del tentador, que los inducían a perder la confianza en el Señor y a volver a atrás. La serpiente intenta continuamente hacer creer a los hombres que Dios debe desaparecer, para que ellos puedan llegar a ser grandes; que obstaculiza nuestra libertad y que por eso debemos desembarazarnos de Él (Benedicto XVI).

Se ha dicho que Satanás no tienta a los que ya le pertenecen; ¿para qué?: ya está sumergidos en el fango del pecado. Procura arrastrar a los que son fieles al Señor, a los que contagian a otros el amor de Dios que llevan en el corazón. Nuestro Señor Jesucristo quiso enseñarnos, al permitir ser tentado por el diablo en el desierto, cómo hemos de pelear y vencer cuando nos vengan tentaciones: con la confianza en Dios y la oración, con la gracia divina y con la fortaleza.

En esta peregrinación en que consiste ahora nuestra vida, no puede dejar de haber tentaciones, porque nuestro mejoramiento se realiza a través de la tentación, y nadie se conoce a sí mismo si no es tentado, ni nadie puede ser coronado si no hubiese vencido, y no puede vencer si no hubiese luchado, y no puede luchar si no hubiese tenido tentaciones ni enemigo (San Agustín). La diferencia entre un pecador y un santo no radica en que uno tiene más tentaciones que el otro, sino en que el segundo no se deja vencer por los asaltos más violentos, en tanto que el primero cede ante la más leve tentación. La santidad cristiana no consiste en ser impecables, sino en la lucha por no ceder y por volver a levantarse siempre, después de cada caída. Y no deriva tanto de la fuerza de voluntad del hombre, sino más bien del esfuerzo para no obstaculizar nunca la acción de la gracia en la propia alma.

Que la Virgen María, modelo de docilidad y obediencia a la Palabra de Dios, nos enseñe a acoger plenamente la riqueza inagotable de la Sagrada Escritura.

Solemnidad de San Pedro y San Pablo. Homilía (Ciclo B)

Celebra la liturgia de la Iglesia en un mismo día a san Pedro y san Pablo, santos Patronos de Roma, y columnas de la Iglesia Católica. Ambos murieron mártires en la persecución contra los cristianos decretada por el emperador Nerón. El Príncipe de los Apóstoles, crucificado; y el Apóstol de los gentiles, decapitado. Sus restos mortales, custodiados en las dos basílicas dedicadas a ellos, son muy queridos por los romanos y por los numerosos peregrinos que desde cuatro puntos cardinales vienen a la Ciudad eterna a venerarlos.

En el episodio del Evangelio que se lee en la Misa de los dos Apóstoles está la pregunta que hace Jesucristo a sus discípulos. Y vosotros ¿quién decís que soy yo? (Mt 16, 15). Pedro, y con él la Iglesia de ayer, de hoy y de siempre, responde, por la gracia de Dios, la verdad: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo (Mt 16, 16). A lo largo de la historia se ha dado varias respuestas a la pregunta ¿Quién es Cristo? Hay quienes dicen que es un hombre bueno que existió en el pasado; otros, un revolucionario o un político. Sí, Jesús ha sido definido de distintas maneras, se ha dicho de Él que fue un gran profeta de la justicia y del amor; un sabio maestro de la vida; un soñador de los sueños de Dios. Pero la respuesta exacta fue la que dio Simón Pedro, inspirado por Dios.

Oída la respuesta del Apóstol, Jesús le dijo: Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia (Mt 16, 17-18). Con estas palabras Cristo prometió san Pedro la primacía sobre toda la Iglesia. Después de su resurrección, el Señor le confirió el primado jerárquico, constituyéndole en jefe de los Apóstoles y Cabeza visible del nuevo Pueblo de Dios.

Durante la vida de Jesús sobresale Simón Pedro por su espontaneidad, que le hace actuar como el primero de los Doce. En la Transfiguración es quien se dirige a Jesús rogándole hacer tres tiendas; en otra ocasión, le pregunta el número de veces que es necesario perdonar las ofensas; también es él quien recuerda a su Divino Maestro que ellos -los Apóstoles- lo han dejado todo por seguirle, y pregunta qué recompensa tendrán;después del discurso eucarístico de Cristo en la sinagoga de Cafarnaún es quien responde en nombre de los Apóstoles a la pregunta de su Cristo, si ellos también se querían ir. Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna (Jn 6, 68).

Esta singular característica de Pedro es reconocida en varias ocasiones por el mismo Jesús: se dirige a él al tener que reprender la poca credulidad de los discípulos en las predicciones que hizo de su Pasión y Muerte; le increpa, aun estando los otros apóstoles, por no haber sabido velar una hora con Él en Getsemaní; en otro momento lo asocia a su persona y a sus obligaciones al pagar el tributo del templo reclamado por los recaudadores del dracma; después de la Resurrección, el Señor se aparece primeramente a Pedro, como testimonia el evangelista san Lucas y confirma el Apóstol Pablo. Ciertamente, toda la serie de atenciones que Jesús tiene con Pedro reviste un significado único, que es el de querer darle la primacía sobre los demás Apóstoles y, por tanto, constituirle en Cabeza visible de la Iglesia naciente.

Simón Pedro fue puesto en la cúspide del Colegio Apostólico, no como el primero entre iguales, sino como Vicario de Cristo, y esto lo comprendieron los demás Apóstoles respetando con obediencia las especiales prerrogativas concedidas a san Pedro. Éste fue consciente desde el primer momento de su primacía. Así, el mismo día de Pentecostés, se le ve, lleno del Espíritu Santo, dirigiéndose a los judíos; en la elección de san Matías desempeñó una función singular de indudable primacía; los primeros cristianos reconocieron la disposición del Señor de que fuera él quien abriera las puertas de la Iglesia a los gentiles, como una prueba más de que poseía preeminencia sobre el resto de los Apóstoles; en el concilio de Jerusalén fue también el Príncipe de los Apóstoles quien pronunció la palabra decisiva a los preceptos morales de los judíos; es él quien castigó severamente a los esposos Ananías y Safira, por mentir sobre el precio del campo que habían vendido; y, es él quien amenazó con la venganza divina a Simón el Mago por su pretensión de comprar con dinero el poder de otorgar el Espíritu Santo.

San Juan cuenta el primer encuentro de Jesús con san Pedro. El evangelista y san Andrés cuando conocieron a Cristo permanecieron con Él varias horas. Después de estar con el Señor, Andrés va donde su hermano Simón y le dice: Hemos encontrado al Mesías (que significa el Cristo (Jn 1, 41), y lo llevó hasta Jesús. Éste mirándolo le dijo: Tú eres Simón, el hijo de juan; tú te llamarás Cefas (que significa piedra) (Jn 1, 42). Comenta el papa Francisco: Ésta es la primera mirada. ¿Cómo está el alma de Pedro en esa primera mirada? Entusiasmado. El primer ímpetu es ir con el Señor… n la noche del Jueves Santo, cuando Pedro niega a Jesús tres veces, lo ha perdido todo. Ha perdido su amor, y, cuando el Señor cruza su mirada, llora. El Evangelio de Lucas dice que Pedro lloró amargamente. Este entusiasmo de seguir a Jesús se ha convertido en llanto, porque él ha pecado: él ha negado a Jesús. Esa segunda mirada cambia el corazón de Pedro, más que antes, y es un cambio de conversión al amor (Homilía 22.V.2015).

Hay una tercera mirada de Jesús a Pedro. Ésta está recogida en la tradición. Durante la persecución de Nerón, Pedro quería abandonar Roma. Pero intervino el Señor, saliéndole al encuentro. Pedro se dirigió a Él preguntando: “¿A dónde vas, Señor?”, y el Señor, mirándole, le respondió inmediatamente: “Voy a Roma, a fin de ser crucificado por segunda vez”. Pedro volvió a Roma y en la Ciudad Eterna permaneció hasta el momento de la su crucifixión.

La segunda lectura de la Misa, de la segunda carta de san Pablo a Timoteo, empieza con este versículo: El Señor me asistió y me fortaleció para que, por medio de mí, se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todos los gentiles (2 Tm 4, 17). Estas palabras de san Pablo a Timoteo resumen la tarea apostólica del Apóstol de los gentiles. A partir del momento de su conversión puso todas sus energías al servicio exclusivo de Jesucristo y de su Evangelio. Desde entonces su vida fue la de un apóstol deseoso de cumplir su misión de propagar por todos los rincones de la tierra el mensaje salvífico de Jesús. No repara en sacrificios y se entrega sin reservas a su tarea apostólica.

Con su conducta, san Pablo nos enseña que lo que cuenta es poner en el centro de nuestra vida a Jesucristo, estar en comunión con Cristo y con su palabra. Además, nos hace ver la dimensión universal del apostolado. De cien, nos interesa cien, decía san Josemaría Escrivá. Y es lo que hizo san Pablo, que se dedicó a dar a conocer la buena nueva, es decir, el anuncio de gracia destinado a reconciliar al hombre con Dios, consigo mismo y con los demás.

En el apostolado de san Pablo no faltaron dificultades, que afrontó con valentía por amor de Cristo. Sufrió toda clase de penalidades, experimentado en prisiones, en azotes, en peligros de muerte, en trabajos, nada le hace detenerse en su predicación. Él mismo escribe sus padecimientos en la Primera carta a los corintios. El joven Saulo se ha convertido en un gigante que recorre todo un imperio anunciando a Cristo.

Hoy encontramos un ambiente difícil para el apostolado, pero no más difícil que el que se encontraron los Apóstoles. Estos predicaron el Evangelio llenos de fe y cristianizaron un mundo pagano. Preguntémonos: ¿Cómo es nuestra fe a la hora del apostolado? ¿Estamos verdaderamente convencidos de que, como escriba San Juan, “ésta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe”? ¿Sabemos actuar en consecuencia? ¿Afrontamos las dificultades que puedan presentarse con espíritu optimista, con moral de victoria? Y para eso, ¿apoyamos cada actividad apostólica concreta en la oración y en el sacrificio? ¿Damos testimonio de nuestra fe, yendo contra corriente si es preciso? (Javier Echevarría).

San Pablo, enamorado del Señor, sin más medio que la fe en Cristo Crucificado y Resucitado, y animado por una esperanza segura y alegre, realizó varios viajes por la ribera del Mediterráneo para implantar en ciudades y naciones la enseñanza del Maestro divino. Se esforzó continuamente por incrementar el número de los discípulos de Cristo. No desaprovechó ninguna oportunidad para anunciar al que para muchos era el dios desconocido.

Fue el Espíritu Santo quien impulsó a Pablo a anunciar las grandes obras de Dios. Predicar el Evangelio no es para mí motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe; y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio! (1 Co 9, 16). Cada uno de nosotros también debe sentirse enviado por Dios para dar testimonio de Cristo en la sociedad de nuestros días. Es la hora de emprender una nueva evangelización y no se puede faltar a esa llamada urgente que nos hace Dios.

En la primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles se narra la persecución de Herodes Agripa contra los cristianos y la prisión y milagrosa liberación de san Pedro. Estando el Príncipe de los Apóstoles encarcelado la Iglesia oraba insistentemente por él a Dios (Hch 12, 5). San Juan Crisóstomo, comentando este hecho, dice en una de sus homilías: Observad los sentimientos de los fieles hacia sus pastores. No recurren a disturbios ni a rebeldía, sino a la oración, que es el remedio invencible. No dicen: hombres insignificantes como somos, es inútil que oremos por él. Rezaban por amor y no pensaban nada semejante. ¿Veis lo que hacían los perseguidores sin pretenderlo? Hacían a unos más firmes en las pruebas y a otros más celosos y amantes. Aquellos cristianos de la primitiva Iglesia de Jerusalén conocían las palabras del Señor acerca de la oración perseverante. Por eso rezan. Y el autor sagrado pone de manifiesto la eficacia que Dios concede a la oración de toda la comunidad en favor de Pedro. El Señor desea que sus designios providentes de salvar a Simón Pedro para bien de la Iglesia sean como una respuesta a los ruegos confiados de los cristianos.

Igual que aquellos primeros cristianos de Jerusalén oraron por Pedro, los católicos debemos rezar por el Papa, que es uno de los deberes más gratos de nuestra caridad de cristianos. Por tanto, recemos y hagamos rezar a mucha gente por el Papa; que pueda contar también con la oración de los niños y los enfermos, que tan grata es a Dios y tan derechamente sube hasta el corazón de Cristo. Amamos con toda el alma al Papa, sea quien sea, porque es el Vicario de Cristo, ese cariño y veneración han de manifestarse con mucha oración y mucha mortificación por la persona, la salud y las intenciones del actual Romano Pontífice (Javier Echevarría). Y siempre le pediremos a Santa María, Madre de la Iglesia, por la persona e intenciones del Romano Pontífice.

Domingo XIII del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)

El primer hombre fue no solamente creado bueno, sino también constituido en la amistad con su creador y en armonía consigo mismo y con la creación en torno a él; amistad y armonía tales que no serán superadas más que por la gloria de la nueva creación en Cristo (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 374). Dios concedió a Adán unos dones sobrenaturales (por ejemplo, la gracia) y otros preternaturales (verbigracia, la inmortalidad), además de los naturales, que son los debidos a la propia naturaleza humana.

La Iglesia enseña que nuestros primeros padres Adán y Eva fueron constituidos en un estado de santidad y de justicia original. Esta gracia de la santidad original era una participación de la vida divina.

Por la irradiación de esta gracia, todas las dimensiones de la vida del hombre estaban fortalecidas. Mientras permaneciese en la intimidad divina, el hombre no debía ni morir ni sufrir. La armonía interior de la persona humana, la armonía entre el hombre y la mujer, y, por último, la armonía entre la primera pareja y toda la creación constituía el estado llamado de “justicia original” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 376).

Dios, que creó al hombre con la formidable posibilidad de no morir –posse non mori, como decía san Agustín- al apartarse de Él por el pecado le condenó a la muerte; o si se prefiere, se condenó a sí mismo. En la muerte humana, Dios revela que sólo hay vida en comunión con Él, que sin Él el hombre no puede vivir.

Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes (Sb 1, 13). Dios creó al hombre para la eternidad. Y a pesar de que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte (Rm 5, 12), el hombre continúa teniendo un destino eterno. Actualmente se habla poco, o casi nada, de los Novísimos. Rara vez se hace referencia en la predicación del infierno. Benedicto XVI, en la encíclica Spe Salvi, sí habló de los Novísimos.

La muerte física es inevitable. La que sí se puede y se debe evitar es la muerte espiritual, la verdadera muerte, que consiste en la separación definitiva de Dios.

Hoy se suele pensar: “¿Qué es el pecado? Dios es grande y nos conoce; por tanto, el pecado no cuenta; al final Dios será bueno con todos”. Es una hermosa esperanza. Pero está la justicia y está también la verdadera culpa (Benedicto XVI). Dios es misericordioso, pero también es justo. Jesús vino para decirnos que quiere que todos vayamos al paraíso, y que el infierno existe y es eterno para los que cierran el corazón a su amor. Van, pues, los que no tienen ningún elemento sobre el cual pueda apoyarse el amor de Dios, los que ya no tienen en sí mismos un mínimo de capacidad de amar (Benedicto XVI).

Mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo y la experimentan quienes le pertenece (Sb 2, 24). Todos pasaremos por el trance de la muerte, pero para quien muere en amistad con Dios, con su alma en gracia, limpia de pecado mortal, después de la muerte está la Vida eterna. Ahora bien, quien muere en estado de pecado experimentará la muerte eterna, las penas eternas del infierno.

El error de los no creyentes es pensar que después de la muerte no hay nada más. Y con este razonamiento sus vidas van unidas al pecado, pues ignoran los designios divinos, el mensaje salvífico de Cristo. Y no pocas veces los ateos y agnósticos desprecian la vida de los justos.

Cuando se pierde el sentido del pecado y no se quiere reconocer que después de la muerte está el juicio de Dios, no se conoce la posibilidad del infierno, del fracaso radical y definitivo de la vida; no se ve la necesidad de la reconciliación con Dios, de pedirle perdón por los pecados en el sacramento de la Penitencia; no se es consciente de la necesidad de la purificación. Las almas que están heridas y enfermas, como es la experiencia de todos, no sólo necesitan consejos, sino también una auténtica renovación, que únicamente puede venir del poder de Dios (Benedicto XVI). Cristo concedió a su Iglesia el poder de perdonar los pecados, y lo hace por medio del sacramento de la Penitencia.

El último artículo del Credo dice: Creo en la vida eterna. Y el anterior es: Creo en la resurrección de la carne. Así pues, el Credo cristiano culmina en la proclamación de dos verdades de fe: la resurrección de los muertos al fin de los tiempos y la vida eterna. Dijo un escritor eclesiástico: La resurrección de los muertos es esperanza de los cristianos; somos cristianos por creer en ella (Tertuliano).

De los milagros que realizó Jesucristo destaca tres resurrecciones: la de su amigo Lázaro; la del hijo de la viuda de Naín; y la de la hija de Jairo. Vamos a fijarnos en esta última, siguiendo los relatos que hacen los evangelistas san Mateo, san Marcos y san Lucas.

Jairo es un personaje importante, arquisinagogo. Viendo a su hija enferma de gravedad acude a Jesús. Dejemos que sea el mismo Jairo quien lo cuente: Me decidí a acercarme a Jesús de Nazaret. Avancé rápidamente. Tenía prisa, pues mi hija estaba muriéndose. Afortunadamente los que estaban alrededor de Jesús me facilitaron el que pudiese llegar hasta él. Nada más verme delante de Jesús, me postré ante él. Lo hice como manifestación de respeto. “Maestro, mi hija, la única que Dios me ha dado, está en las últimas. Los médicos dicen que no pueden hacer nada por salvarla. Ven, impón tus manos sobre ella para que se salve y viva. Es aún una niña…”, y me puse a llorar. Ante mi súplica, noté cómo el Nazareno se movió a compasión. Al instante se puso en camino hacia mi casa. En medio de la inmensa amargura de mi corazón, sentí que en mi corazón se abría paso a una esperanza: Jesús podría devolverle la salud a mi hija. Pero poco después vi llegar a unos sirvientes de mi casa. Aquellos criados me dijeron: “Tu hija ha muerto; ¿para qué molestar ya al Maestro?” Me quedé paralizado. Sentí un inmenso dolor. No sabía qué decirle a Jesús. Y cuando me disponía a irme con toda prisa a mi casa para llorar a mi hija muerta, Jesús me dijo: “No temas, ten sólo fe”.

Cristo tiene compasión. Es la encarnación de la misericordia de Dios. No es ajeno a nuestras miserias. Cuando parece que ya no hay nada qué hacer, el Señor pide que tengamos fe en Él, pues sólo Él tiene palabras de vida eterna. Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en Mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en Mí no morirá para siempre (Jn 11, 25). Sobre el cristiano la muerte no tiene la última palabra; el que vive en Cristo no muere para quedar muerto; muere para resucitar a la Vida eterna.

Sigamos con el relato. Ya cerca de la casa, comencé a oír las lamentaciones de las plañideras, la música fúnebre y el llanto de familiares y amigos que estaban velando el cadáver de mi hija. Al entrar en la habitación del duelo, abracé a mi mujer que estaba hecha un mar de lágrimas. Y no sé por qué, le señalé a Jesús, diciéndole lo mismo que él me había dicho: “Ten fe”. El Maestro, antes de entrar en la estancia mortuoria, dijo a los que estaban allí: “¿Qué alboroto y qué lloros son estos? La niña no está muerta; está dormida”. No había la menor duda que mi hija estaba realmente muerta, por eso los allí presentes se rieron en plan de burla.

No ha muerto, sino que duerme (Mc 5, 39). Estas palabras contrastaban claramente con las de los sirvientes: Tu hija ha muerto. No fue la única vez que Cristo se refirió a la muerte como un sueño. ¿Qué explicación hay? Se ha dado la siguiente: Estaba muerta para los hombres, que no podían despertarla; para Dios dormía, porque su alma vivía sometida al poder divino, y la carne descansaba para la resurrección. Las palabras que dijo Jesús revelan que la muerte es para Dios nada más que un sueño, porque él puede despertar a la vida cuando quiere. Es lo mismo que ocurrió con la muerte y resurrección de Lázaro. Jesús nos dijo: “Nuestro amigo Lázaro duerme; pero voy a despertarle del sueño”. Y sus discípulos pensaron que se trataba del sueño natural. Entonces él claramente afirmó: “Lázaro ha muerto”. Que Jesucristo hablara de sueño al referirse a la muerte es porque para él no hay más muerte verdadera que el eterno castigo.

Haciendo caso omiso a las risas que había provocado con sus palabras, Jesús hizo salir a todos de la sala donde estaba la niña, y entró él, pero sin permitir que entraran con él más que Jairo, su mujer y tres de los apóstoles (Pedro, Santiago y Juan). Se acercó a la niña, la cogió de la mano y le dijo: Talitha qumi, que significa: “Contigo hablo, niña, levántate”. Y la niña se levantó inmediatamente y su puso a andar. Tenía doce años. Y luego, Jesús dijo a los padres, con inmenso cariño, que dieran de comer a la niña.

El alimento hace que conservemos la salud, la vida; da fuerzas. Cristo ha querido dejarnos un alimento para fortalecernos espiritualmente. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre (Jn 6, 51). Este pan que nos da es su propia carne, el único pan verdadero y alimento sustancial de las almas. Alimentados con la Eucaristía llegaremos al Cielo, tendremos vida después de la muerte. Decía san Agustín: Quienes se nutren de Cristo morirán con la muerte terrena y temporal, pero vivirán eternamente, porque Cristo es la vida imperecedera.

Nutridos con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, seremos fuertes en la fe, testigos de esperanza para todos y activos en las múltiples aplicaciones de la caridad; superaremos las insidias del mal; venceremos las tentaciones del egoísmo. Nuestra unión con Jesús Sacramentado se traducirá en amor verdadero a todos los hombres, empezando por quienes están más próximos.

Sólo después de resucitada la hija de Jairo fue cuando Jesús dijo que le dieran de comer. Y era lo lógico. Lo contrario hubiera sido un disparate. No se puede dar de comer a un cadáver. El mejor de los alimentos no sirve para nada a los que están muertos. Por tanto, la Comunión no es para las personas que tienen su alma muerta por el pecado. Para recibirla con frutos, hay que estar en gracia de Dios. Si uno tiene algún pecado grave, antes de comulgar debe confesarse, resucitar a la vida de la gracia mediante el sacramento de la Penitencia.

En la Liturgia de las horas hay un himno precioso que se reza al final del día, en las Completas, que es la oración antes del descanso nocturno. Cuando al fin de la jornada me concedas el descanso, cuando sienta ya mi nada, para entrar en tu remanso, ¡ven a buscarme, Señor! Cuando a tus playas eternas de mi vida la barquilla llegue a tocar las arenas, de sus aguas a la orilla, ¡sal a buscarme, Señor! Cuando el gozo de la muerte me descubra tu semblante, cuando con gozo anhelante reciba tu abrazo fuerte, ¡no me sueltes ya, Señor! (Himno de completas).

Santa María fue asunta en cuerpo y alma al Cielo. La Asunción de la Virgen es para nosotros un signo de segura esperanza y de consolación, y nos impulsa a mirar al Cielo, morada eterna y meta de nuestra vida.

Solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista. Homilía (Ciclo B)

En el Santoral de la Iglesia se veneran personas que han sido declaradas beatas o santas en una fecha determinada del calendario. Actualmente la Iglesia Católica continúa la costumbre paleocristiana de conmemorar el aniversario de la muerte de los mártires. Siguiendo esa praxis, también para la mayoría de los santos no mártires su día de celebración en la liturgia es el del aniversario de su dies natalis, es decir, el día que dejó este mundo para entrar en el Cielo. Hay otros santos que son venerados en día distinto del aniversario de su muerte. Pero solamente hay uno del que se celebra en el día de su nacimiento. Es san Juan Bautista. Por lo que en el Calendario Litúrgico aparecen tres Natividades: la de Jesucristo, el 25 de diciembre; la de la Virgen María, el 8 de septiembre; y la san Juan Bautista, el 24 de junio.

En el Martirologio Romano, el día de la Natividad del Precursor del Señor, se lee: Solemnidad de la Natividad de san Juan Bautista, Precursor del Señor, que, estando aún en el seno materno, al quedar lleno del Espíritu Santo exultó de gozo por la próxima llegada de la salvación del género humano. Su nacimiento profetizó la Natividad de Cristo el Señor, y su existencia brilló con tal esplendor de gracia, que el mismo Jesucristo dijo no haber entre los nacidos de mujer nadie tan grande como Juan Bautista. San Juan Bautista, aunque concebido en pecado -el pecado original- como los demás hombres, sin embargo, nació sin él porque fue santificado en las entrañas de su madre santa Isabel ante la presencia de Jesucristo (entonces en el seno de María) y de la Santísima Virgen. Al recibir este beneficio divino san Juan manifiesta su alegría saltando de gozo en el seno materno.

Esta solemnidad se celebra en el día más largo del año, el día de más luz del sol, y tiene su simbolismo, porque en las tinieblas del mundo antes del nacimiento de Cristo, Juan era el hombre de la luz: no de una luz propia, sino de una luz reflejada, como la luz de la luna que refleja la del sol. Y cuando Jesús comenzó a predicar, la luz de Juan empezó a disiparse, a disminuir, a desvanecerse. Él mismo lo dice con claridad al hablar de su propia misión: Es necesario que Él (Jesús) crezca y yo disminuya (Jn 3, 30).

Cuando el ángel anunció a Zacarías de que su mujer Isabel iba a concebir y tener un hijo, que será para ti gozo y alegría (Lc 1, 14). Hay tres motivos de gozo por el nacimiento de Juan: primero, porque Dios le concederá una santidad extraordinaria –Este hijo tuyo será un gran servidor del Señor (Lc 1, 15)-; segundo, porque será instrumento de salvación para muchos –convertirá a muchos de los hijos de Israel al Señor su Dios (Lc 1, 16); y tercero, porque toda su vida y actividad serán una preparación para la venida del Mesías esperado –irá delante de él (Jesús) con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y a los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto (Lc 1, 17)-.

Este hijo tuyo será un gran servidor del Señor. ¡Qué cosa más estupenda: servir a Dios! En un catecismo antiguo estaba esta pregunta: ¿Para qué nos ha creado Dios? Y se respondía: Para amar y servir a Dios en este mundo y gozar de Él en el cielo. San Juan Bautista cumplió su misión. Jesucristo destacó con claridad su voluntad recia y su empeño en cumplir la misión que Dios le había encomendado. Su vida estuvo al servicio del plan salvífico de Dios, de la redención obrada por Cristo. Él preparó el camino del Señor, predicando la necesidad de hacer penitencia y anunciando que el Mesías ya había llegado. Mostró a sus discípulos al Cordero de Dios. Es el pregonero de la Salvación. Pero simple pregonero, simple voz que anuncia.

En san Juan Bautista se cumplen dos anuncios proféticos del profeta Malaquías, en los que se dice que Dios enviará a un mensajero delante de Él para prepararle el camino. Él preparó la venida del Mesías. Por eso Cristo dirá: Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿Un profeta? Sí, os digo, y más que un profeta. Éste es de quien está escrito: He aquí que envío mi mensajero delante de ti, que preparará por delante tu camino (Lc 7, 26-27).

En la primera lectura de la Misa está este versículo: El Señor me llamó desde el seno materno, desde las entrañas de mi madre pronunció mi nombre (Is 49, 1). Estas palabras del profeta Isaías también las pudo decir san Juan Bautista; y añadir, y me santificó. La misión para la que fue llamado el Bautista por Dios fue la de ser Precursor del Señor. Además Juan fue imitador de Cristo. En tal medida que, en aquellos tiempos, los fariseos y los doctores creían que él era el mesías. Incluso Herodes, que lo había asesinado, creía que Jesús fuese Juan. Precisamente esto muestra hasta qué punto el Bautista siguió el camino de Jesús, sobre todo en el camino del abajamiento. Juan se humilló, se abajó hasta el final, hasta la muerte. El mismo estilo vergonzoso de muerte del Señor (Papa Francisco).

San Pablo, en la sinagoga de Antioquía de Pisidia, hablando a los israelitas allí reunidos, al referirse cómo Dios de la descendencia de David hizo surgir un Salvador, Jesús, citó al Precursor: Juan había predicado, ante la proximidad de su venida, un bautismo de penitencia a todo el pueblo de Israel. Cuando estaba Juan para terminar su carrera decía: ¿Quién pensáis que soy? No soy yo, sino mirad que detrás de mí viene uno a quien no soy digno de desatar el calzado de los pies (Hch 13, 24-25). Efectivamente, Juan ante todo anunció al Señor, diciendo que ya estaba cerca; que era el Salvador y que había venido a traer el Reino de Dios. Predica acerca de Cristo que viene después. Exhortaba al pueblo a la conversión ante la inminente venida del Mesías. Era un hombre fuerte y anunciaba a Jesucristo: fue el profeta más cercano a Jesucristo. Tan cercano que precisamente él lo indicó a los demás. Cuando vio a Jesús, exclamó: “¡Es aquél!”

La gente, de toda condición, acudía a él, porque tenía autoridad moral. Los escribas se acercaban para preguntarle: ¿Qué debemos hacer? (Lc 3, 10). Lo mismo hacía el pueblo y los soldados. “¡Convertíos!” era la respuesta de Juan, y “no estaféis”. Con sinceridad y valentía san Juan Bautista descubre a cada uno su falta. A los publicanos les dice: No exijáis más de lo que se os señalado (Lc 3, 13); a los soldados: No hagáis extorsión, ni denunciéis con falsedad, y contentaos con vuestra paga (Lc 3, 14). Y exige de todos -fariseos, publicanos, soldados- una profunda renovación interior en el mismo ejercicio de su profesión, que les lleve a vivir las normas de la justicia y de la honradez.

Y nosotros debemos también pedir un cambio de mentalidad y de costumbres a los hombres sumergidos en una sociedad descristianizada. Nos imaginamos a san Juan ir a contracorriente y a nosotros no nos queda otro remedio. Vemos como muchos semejantes nuestros viven como si Dios no existiera, una ausencia de lo trascendente en el horizonte de una gran mayoría de los seres humanos, una indiferencia religiosa, y lo que es peor, como se rechaza a Dios (en las leyes, familias, escuelas…) en nombre del bien de la humanidad.

La vida de san Juan Bautista nos invita a un examen de conciencia. Preguntémonos: ¿Anunciamos a Jesucristo? ¿Progresamos o no progresamos en nuestra condición de cristianos como si fuese un privilegio? ¿Vamos por el camino de Jesucristo, el camino de la humillación, de la humildad, del abajamiento para el servicio?

El texto evangélico de la Misa es el del nacimiento de san Bautista. Ocurrieron una serie de hechos prodigiosos que en toda la montaña de Judea se comentaban todas estas cosas; todos los que las oían las grababan en su corazón, diciendo: “Pues ¿qué será este niño?” Porque, en efecto, la mano del Señor estaba con él. El niño crecía y su espíritu se fortalecía; vivió en los desiertos hasta el día de su manifestación a Israel (Lc 1, 65-66.80). La noticia de la aparición de un nuevo profeta corrió rápidamente por todo Israel. Hacía ya más de cuatro siglos sin que un enviado de Dios hablara al pueblo judío. Y aparece Juan con la misión de preparar a otros el camino hacia Jesús. Ésta era su vocación y para esto vino al mundo.

Sabemos el momento histórico del comienzo de la predicación del Precursor del Señor. El año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea; estando Herodes a cargo de la provincia de Galilea; bajo el pontificado de Anás y Caifás, Dios dirigió su palabra a Juan, hijo de Zacarías, que estaba en el desierto (Lc 3, 1-2). El Bautista se presenta predicando la necesidad de hacer penitencia. Prepara el camino del Señor.

Con su vida austera, el Bautista da ejemplo de las disposiciones penitenciales para recibir al Señor. Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas. Todo barranco será rellenado, y todo monte y collado allanado, y los caminos tortuosos rectificados, y los ásperos serán suavizados (Lc 3, 4‑6). Todo hombre debe hacer penitencia de sus pecados, rectificar su vida para recibir la gracia especial que trae el Mesías. Todo esto viene a significar ese allanar los montes, rectificar y suavizar los caminos de que habla el Precursor.

También a nosotros se nos pide preparar el camino, anunciar a Cristo. Notas características de la personalidad de san Juan son la humildad, la valentía y el espíritu de oración. Pidámoselas a Dios para cada uno de nosotros.

San Juan Bautista cumplió su misión de dar a conocer a Cristo. Al final de su vida, estando en la cárcel por su amor a la verdad, envió discípulos suyos a Jesús para que preguntasen: ¿Eres tú el que ha de venir, o hemos de esperar a otro? (Mt 11, 3). Juan sabe bien quién es Jesús. Él lo ha anunciado: El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn 1, 29). Ahora está encarcelado por orden del rey Herodes Antipas, pero continúa su misión de dar a conocer a Cristo. Juan conoce bien a los que le siguen; sabe de su vacilación para aceptar a Jesús de Nazaret como el Mesías prometido. Por eso envía a sus discípulos a Jesús. Su deseo es que conozcan a Cristo, que sepan que ya ha venido el Mesías. Se han cumplido los tiempos mesiánicos. Ésta es la razón por la que el Bautista envía la embajada que narra san Mateo en su evangelio. Juan encamina a los suyos a Cristo. Cada uno de nosotros debemos detenernos a contemplar a Cristo, meditando los santos Evangelios. Y encaminar a nuestros amigos, a las personas que conocemos hacia el Señor. Que busquen el rostro siempre amabilísimo del Señor.

Santa María al conocer que su prima Isabel había concebido un hijo acudió a la casa de su pariente para prestarle los servicios que necesitara. Este acto de caridad de la Virgen hizo posible que Juan Bautista fuera santificado en el seno de su madre por la presencia del Señor en las purísimas entrañas de su Madre.