Martín Lutero (IX)

Martín Lutero

Una vida tormentosa

(IX)

Dieta de Augsburgo

Al año siguiente, la Dieta fue convocada en la ciudad de Augsburgo, en la que Lutero no tomó parte por estar desterrado y recluido en la fortaleza de Coburgo, pues seguía pesando sobre su cabeza la proscripción del edicto de Worms. En su nuevo retiro su salud sufrió un serio quebranto: a finales de abril , por un absceso o apostema que se le abrió en la pierna; en mayo, porque le sobrevinieron otros dolores más fastidiosos, que le obligaron a interrumpir la traducción que estaba haciendo de los libros proféticos de la Biblia. En junio y julio mejora algo. Desde su refugio de Coburgo no dejó de escribir a sus partidarios presentes en la Dieta de Augsburgo animándoles a confesar valientemente su fe, a no ceder nada, a no dejarse engañar por el adversario. Se puede afirmar que, aún ausente de la Dieta, se hallaba presente en espíritu y actuaba más eficazmente que nadie. En la Dieta, los luteranos entregaron al Emperador los artículos de su confesión religiosa, llamada la “Confesión de Augsburgo”. La refutación católica oficial fue leída el día 3 de agosto. A fin de evitar toda apariencia polémica, los teólogos católicos la llamaron simplemente Responsio, que el propio Carlos V la hace suya, como expresión auténtica de la fe católica. Al final, la Dieta promulgó -19 de septiembre de 1530- el decreto conclusivo de la misma -el Receso-, con todas las disposiciones allí tomadas, que se convertían en ley del Imperio. En el Receso entre otras cosas se establecía el mantenimiento de la religión antigua con sus ritos vigentes en la Iglesia católica desde hace siglos.

Los años 1530-1534 fueron especialmente dolorosos para Lutero, por su quebrantada salud y por la muerte de sus padres. Ya antes, en 1528, la muerte había penetrado en su hogar para arrebatarle de la cuna a su hijita Isabel. Estando en Coburgo recibió la noticia de la muerte de su padre. Y al año justo murió su madre Margarita. Mas la muerte también le trajo por estos días motivos de exultación por la desaparición de varios adversarios.

En 1531 Lutero para reponerse de su salud se retiró a Pretsch, a orillas del Elba. En enero de 1532 sufrió un fuerte ataque, que hacía presentir la muerte. En octubre de este año tuvo lugar ña trágica desaparición de Zwinglio, que a decir verdad, más que dolerle, le alegró, viendo en ello la mano justiciera de Dios.Y un mes después moría Ecolampadio, el auxiliar más importante de Zwinglio. Meses antes, el 16 de agosto, había muerto el elector Juan de Sajonia, la más firme y poderosa columna del luteranismo en el Imperio. A este príncipe se debía en gran parte la organización pastoral y administrativa de la Iglesia luterana. Antes de su muerte hizo donación a Lutero, a su mujer y descendientes, del antiguo monasterio agustino, donde el Reformador había vivido como fraile y ahora vivía como padre de familia.

En 1531 fue creada la Liga de Esmalcalda por los príncipes luteranos, para defenderse de la Corte de justicia imperial en caso de que alguno de ellos fuera perseguido por no obedecer las conclusiones de la Dieta de Augsburgo. Esta fuerza armada llegó a ser entre 1534 y 1541 la mayor fuerza antiimperial dentro de Alemania. Fue militarmente vencida en 1547 por Carlos V. No cabe duda de que Lutero dio su aprobación a los confederados de Esmalcalda no sin titubeos al principio, pero después con decisión y entusiasmo.

Los años 1534-1540 son para Lutero de intensa actividad literaria. Reside en Wittenberg, atendiendo sus deberes de profesor en la Universidad, de predicador, de escritor y de padre de familia. En 1534 tuvo la satisfacción de ver terminada la Biblia completa, traducida por él al alemán, que tuvo gran éxito en todos los países germánicos, y que fue la única norma de fe para los luteranos. En 1535 edita un nuevo comentario a la epístola a los Gálatas.

Las dos venidas del Señor

Las dos venidas del Señor

Os anunciamos la venida de Cristo, y no sólo una, sinto también una segunda que será sin duda más gloriosa que la primera. La primera se realizó en el sufrimiento, la segunda traerá consigo la corona del reino.

Porque en nuestro Señor Jesucristo casi todo presenta una doble dimensión: Doble fue su nacimiento: uno de Dios, antes de todos los siglos; otro de la Virgen, en la plenitud de los tiempos. Doble fue venida: una en la oscuridad y calladamente, como lluvia sobre la hierba; la segunda en el esplendor de su gloria, que se realizará en el futuro.

En la primera venida fue envuelto en pañales y recostado en un pesebre; en la segunda aparecerá vestido de luz. En la primera sufrió la cruz, pasando por encima de su ignominia; en la segunda vendrá lleno de poder y de gloria, rodeado de todos los ángeles.

Por lo tanto, no nos detengamos sólo en la primera venida, sino esperemos ansiosamente la segunda. Y así como en la primera dijimos: Bendito el que viene en nombre del Señor, en la segunda repetiremos lo mismo cuando, junto con sus ángeles, salgamos a su encuentro y lo aclamemos adorándolo y diciendo de nuevo: Bendito el que viene en nombre del Señor.

(San Cirilo de Jerusalén, Catequesis)

 

Compendio de Historia Sagrada. Curso 2016-17. Clases de Religión. Lección novena. Infancia y tribulaciones de José

Lección novena

Infancia y tribulaciones de José

¿Quién era José? José era el hijo predilecto de Jacob. Éste le amaba más que a todos los otros hijos, porque le habido nacido en la vejez. Muestra de esta predilección es la túnica con mangas que le hizo. Al ver sus hermanos que su padre lo prefería a los demás, empezaron a odiarlo y le negaron el saludo.

¿Cuáles fueron los sueños de José? Un día José tuvo un sueño y se lo contó a sus hermanos, que lo odiaron aún más. Les dijo: “Escuchad el sueño que he tenido: Estábamos atando gavillas en el campo y mi gavilla se erguía y se mantenía en pie, mientras que vuestras gavillas la rodeaban y se postraban ante ella”. Sus hermanos le dijeron: “¿Acaso vas a ser tú nuestro rey o vas a someternos a tu dominio?” Y le tuvieron todavía más odio a causa de sus sueños y de sus palabras. Aún tuvo otro sueño y lo contó a sus hermanos diciendo: “He tenido otro sueño: el sol, la luna y once estrellas se postraban ante mí”. Cuando se lo contó a su padre y a sus hermanos, su padre le recriminó diciéndole: “¿Qué significa ese sueño que has tenido? ¿Es que yo, tu madre y tus hermanos vamos a postrarnos por tierra ante ti?” Sus hermanos sintieron celos de él, pero su padre meditaba todas estas cosas (Gn 37, 5-11).

¿Qué significado tienen estos sueños? En este pasaje bíblico de los sueños de José, un Padre de la Iglesia ve reflejada la futura resurrección de Cristo, a quien, cuando lo vieron en Jerusalén, lo adoraron los once discípulos, y a quien adorarán todos los Santos cuando resuciten llevando los frutos de las buenas obras, como está escrito: “Vienen con alegría llevando sus gavillas” (Sal 125, 6) (San Ambrosio, De Ioseph 2, 7).

¿Qué hicieron los hijos de Jacob para deshacerse de su hermano José, a quien tanto odiaban? Cierto día en que los hermanos de José se habían ido a pastorear las ovejas de su padre a Siquem, Jacob le dijo a José: “Tus hermanos deben estar con los rebaños en Siquem. Anda, pues, a ver cómo siguen tus hermanos y cómo está el ganado, y tráeme noticias (Gn 37, 13-14). José estuvo caminando hasta que encontró a sus hermanos en Dotán. Ellos lo vieron a lo lejos y antes de que se acercara a donde estaban, se confabularon contra él para darle muerte. Se decían unos a otros: “Mira, ahí viene ese soñador; vamos a matarlo y a echarlo en un aljibe; luego diremos que una fiera lo ha devorado; veremos en qué paran sus sueños” (Gn 37, 18-21). Entonces Rubén, queriendo salvar a José, dijo: “No le quitemos la vida. No derraméis sangre; echadlo a este pozo, en medio del desierto, pero no pongáis las manos sobre él” (Gn 37, 21-22). Con esta propuesta, el hijo mayor de Jacob salvó de la muerte a José, con la intención de devolverlo a su padre.

Se aceptó la propuesta de Rubén, y en cuanto llegó José donde estaban sus hermanos, estos lo prendieron, le quitaron la túnica y lo arrojaron al pozo. El pozo estaba vacío, sin agua. Después se sentaron a comer, y he aquí que llegó al lugar donde estaban una caravana de ismaelitas que se dirigían a Egipto. Entonces, no estando presente Rubén, dijo Judá a sus hermanos: “¿Qué sacamos con matar a nuestro hermano y ocultar su sangre? Vamos a venderlo a los ismaelitas y no pongamos las manos sobre él, pues es nuestro hermano y carne nuestra” (Gn 37, 26-27). Los hermanos asintieron. Y vendieron a José cómo esclavo a los ismaelitas por veinte monedas de plata.

¿Cómo reaccionó Jacob? Volvió Rubén al pozo y José no estaba allí. Entonces se rasgó las vestiduras, y yendo donde estaban sus hermanos les dijo: “El muchacho no aparece; ¿dónde voy a ir ahora?” Ellos tomaron la túnica de José, degollaron un cabrito y empaparon la túnica en la sangre. Después mandaron llevar la túnica con mangas a su padre, y decirle: “Hemos encontrado esto. Comprueba si es la túnica de tu hijo o no”. Él la reconoció y exclamó: “Es la túnica de mi hijo. Una fiera salvaje lo ha devorado; José ha sido despedazado”. Entonces Jacob rasgó sus vestiduras, se puso un saco a la cintura e hizo muchos días de duelo por su hijo (Gn 37, 29-34).

¿Qué pasó con José después de ser vendido a los ismaelitas? Mientras Jacob lloraba desconsolado la pérdida de su hijo José, los mercaderes ismaelitas llegaron a Egipto. Y José fue vendido de nuevo, esta vez a Putifar, cortesano del faraón y jefe de la guardia. Al poco tiempo, José obtuvo el favor y la confianza de su amo, pues todo cuanto emprendía prosperaba. Putifar nombró a José administrador de su casa confiándole todo lo que tenía.

¿Conservó José el favor de Putifar? No. José era un joven bien parecido y de bella presencia, por lo que la mujer de Putifar puso los ojos en él. Un día la mujer dijo a José: “Acuéstate conmigo”. Pero él rehusó, y dijo a la mujer: “Mira, mi amo no se preocupa de lo que hay en la casa y todo lo suyo lo ha puesto en mi mano. Él no ejerce más autoridad en esta casa que yo, y no se ha reservado nada sino a ti, porque eres su mujer. ¿Cómo voy a cometer yo semejante injusticia y a pecar contra Dios?” Y, aunque ella insistía un día y otro, José no accedió a acostarse ni a estar con ella. Pero cierto día entró él en la casa para hacer su trabajo, y no había ningún criado allí en la casa. Ella lo agarró de la ropa y le dijo: “Acuéstate conmigo”. Pero él dejando el vestido, huyó y salió afuera (Gn 39, 7-12). Entonces la mujer llamó a los criados para decirles que José, el hebreo, había querido acostarse con ella, y como prueba patente era la ropa que tenía en sus manos. Cuando Putifar llegó a la casa, su mujer le dijo: “El siervo hebreo que nos trajiste ha entrado donde yo estaba para abusar de mí, y cuando levanté la voz y grité, abandonó su ropa junto a mí, huyó fuera” (Gn 39, 17-18). Putifar creyó en las palabras calumniosas de su mujer, y apresó a José y lo metió en la cárcel.

¿Qué enseñanza se puede sacar de este episodio? José es ejemplo de hombre que vive la castidad. San Cesáreo de Arlés comenta este pasaje bíblico, diciendo: José huye para poder escapar de aquella mujer indecente. Aprende, por tanto, a huir si quieres obtener la victoria contra el ataque de la lujuria. No te avergüences de huir si deseas alcanzar la palma de la castidad. Entre todos los combates del cristiano, los más difíciles son los de la castidad, en la que la lucha es diaria y la victoria difícil. En esto no pueden faltar al cristiano actos diarios de martirio. Pues si Cristo es la castidad, la verdad y la justicia, quien obstaculiza estas virtudes es un perseguidor de Cristo; quien las intenta defender en otros o guardarlas en sí mismo, será un mártir (Sermones 41, 1-3). También San Josemaría Escrivá aconseja la huída ante el peligro de caer en la impureza: No tengas la cobardía de ser “valiente”: ¡huye! (Camino, n. 132).

¿Qué le ocurrió a José en la cárcel? Dios no abandona nunca a los que le son fieles. El Señor estaba con José y tuvo misericordia de él, haciéndole obtener gracia ante el jefe de la cárcel (Gn 39, 21). Éste dejó al cuidado de José a todos los presos y de cuanto allí se hacía. Estaban encerrados en la cárcel el copero y el panadero del rey de Egipto porque habían ofendido a su señor. Ambos tuvieron sendos sueños y José los interpretó. Al copero le dijo que en término de tres días se vería repuesto en su cargo; al panadero le anunció que, por el mismo tiempo, el faraón lo colgaría de un árbol, y los pájaros comerían su carne. Y las dos cosas ocurrieron como había predicho José. A pesar de la promesa que el copero le había hecho a José de que procuraría su libertad cuando él se viese libre, una vez que estuvo libre se olvidó de interceder por José, por lo que éste permaneció encarcelado aún dos años más.

Prólogo de la Navidad

El Adviento, prólogo de la Navidad

El Adviento, prólogo de la Navidad

El carácter festivo y de celebración que trae consigo la Navidad irrumpe en los comportamientos personales, familiares y sociales. La Navidad asoma día a día y se desparrama gozosamente en la última semana de diciembre.

Pero la Navidad o es cristiana o se vacía de sentido. Se celebra y se conmemora el nacimiento de Jesús, Hijo de Dios en nuestra carne y naturaleza. Una presencia entrañable en un recién nacido de María: os nacido el Salvador… como expresión inconfundible del amor de Dios.

Tan apretada historia, tan fuerte realidad no pueden ser entendidas ni vividas de improviso en el repentino amanecer del día 24 de diciembre. Por eso la Iglesia con sabia pedagogía establece programa y calendario que preparan tan fuerte acontecimiento. Es el Adviento, prólogo del libro de la Navidad sin cuya lectura reflexiva resulta imposible su comprensión. Cuatro semanas de catequesis y liturgia, de contemplación y ascesis preparándonos para el nacimiento de Jesús.

La navidad sin el prólogo del Adviento, queda sin contexto y sin contenido profundo. Por el contrario, tras un adviento intenso y consciente, la Navidad es un gozo nuevo y gratificante.

¿Por qué viene el Señor?

¿Por qué viene el Señor?

El Señor está cerca, nos repite la liturgia con acentos cada vez más vibrantes y apasionados.

¿Por qué viene el Señor a nosotros?

Dios viene porque quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.

Viene porque ha creado el mundo y al hombre por amor.

Viene a causa del pecado.

Viene a pesar del pecado.

Viene para quitar el pecado.

No nos extrañemos, por eso, de que en la noche de Navidad no encuentre sitio en las casas de Belén y tenga que nacer en un establo.

El Adviento de cada año nos recuerda que la gracia es más fuerte que el pecado.

(San Juan Pablo II)

Domingo II de Adviento. Ciclo A. Homilía

DOMINGO II DE ADVIENTO (A)

Lecturas: Is 11, 1-10; Rm 15, 4-9; Mt 3, 1-12

La paz, don mesiánico. En la 1ª lectura Isaías, al referirse a la llegada del Mesías –brotará un renuevo del tronco de Jesé, un vástago florecerá de su raíz (Is 11, 1)-, describe una nueva época de paz y de justicia, como don mesiánico. Cristo es Príncipe de la paz. El Señor está próximo a llegar e impartirá justicia.

Nada hay deseado más por la humanidad que la paz y, sin embargo, se observa en nuestros días que no hay paz. Hay guerras en varias partes del mundo, familias rotas con total ausencia de paz, personas angustiadas sin paz de conciencia. Y no habrá paz mientras los hombres construyan sus vidas al margen de Dios. La paz con Dios es la causa y la cima de toda concordia. Hay dos tipos de paz: aquella que los hombres son capaces de construir por sí mismos y la que es un don de Dios. La primera es frágil e insegura, porque se funda en el miedo y la desconfianza. La segunda, en cambio, es una paz fuerte y duradera, porque fundándose en la justicia y en el amor, penetra en el corazón (San Juan Pablo II).

La paz es posible. Iluminados por la fe sabemos que la razón definitiva por la que el mundo es teatro de guerras, rivalidades, odios, injusticias y tremendas desigualdades es el pecado, es decir, el desorden moral del hombre. Pero la paz es posible. El cristiano no puede caer en un absurdo pesimismo, pues Dios, fuente de toda paciencia y consuelo, ha enviado al mundo a su Hijo, y la gracia de Jesucristo puede transformar las tinieblas en luz, el odio en amor, porque donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia (Rm 5, 20).

La paz sobre la tierra nacida del amor al prójimo es imagen y efecto de la paz de Cristo. Él ha reconciliado con Dios a todos los hombres por medio de su cruz, ha dado muerte al odio en su propia carne y ha infundido el Espíritu de amor en el corazón de los hombres. La paz que sólo Dios nos puede dar, ésa que hace sentirse a los hombres y a los pueblos hermanos unos de otros, es obra de la justicia, de la verdad, del amor, de la solidaridad; los pueblos sólo la tendrá cuando los hombres sigan los dictados de la ley de Dios, abriendo las puertas de su corazón a Cristo, Príncipe de la paz.

Necesidad de la conversión. En el evangelio de la Misa vemos a Juan, el Precursor, preparando la venida del Señor. Por eso invita a la conversión y al arrepentimiento con palabras claras: Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos (Mt 3, 2). Para recibir a Cristo es preciso dar el fruto que pide la conversión. Sería hacer inútil la venida de Cristo no dejarle entrar en el corazón, no acoger el don de la conversión, no buscar el perdón de los pecados, no acudir a la reconciliación con Dios.

La inminente venida de Cristo es motivo más que suficiente para que la conversión sea pronta, sincera y cabal. Si queremos una sociedad con más verdad, justicia y misericordia, comencemos por nosotros mismos, siendo verdaderos y justos, misericordiosos y ávidos de paz. En definitiva, dando frutos de conversión.

Segundo domingo de Adviento

2º Domingo. Preparar los caminos del Señor. Ésta es la idea central del Evangelio y de toda la liturgia de este día. La indicación del Bautista no ha dejado de sonar en el mundo y nos llega ahora con su doble significado: preparar la próxima Navidad y la vuelta de Cristo al final de los tiempos. San Pablo (2ª lectura) nos concreta cómo hemos de preparar esa doble venida: ida santa y creciendo en el conocimiento de los designios que Dios tiene sobre nosotros.

Este programa se enfrenta con una con una grave obstáculo: la preocupación excesiva de los bienes de este mundo. Por eso, pedimos a Dios que mientras vamos “animosos al encuentro de su Hijo”, no permita que nos atrapen “los afanes de este mundo” (oración colecta), y nos conceda la “sabiduría para sopesar los bienes de la tierra amando intensamente los del Cielo” (oración después de la comunión).

Hemos de ser optimistas, pues esta ayuda de Dios no nos faltará: al contrario. Él llevará a buen término la obra buena que ha empezado en nosotros (2ª lectura). De este modo, seremos los Bautistas de la nueva evangelización, que hagan resonar en nuestra familia, en nuestro trabajo, entre nuestros amigos el siempre actual “preparad los caminos del Señor”.