Santa Misa

Misa. Es el sacrificio de la Nueva Ley, instituido por Nuestro Señor Jesucristo, en el cual ofrecemos a Dios el Cuerpo y la Sangre del mismo Jesucristo, bajo las apariencias o especies de pan y vino. La Misa, asimismo, es la renovación sacramental del sacrificio de la Cruz, ofrecido por Cristo para la salvación del mundo.

Una consideración de Benedicto XVI

En cada Misa, el encuentro con la Palabra de Dios nos introduce en la participación del misterio de la cruz y resurrección de Cristo y de este modo nos introduce en la Mesa eucarística, en la unión con Cristo. En el altar está presente al que los Magos vieron acostado entre pajas: Cristo, el Pan vivo bajado del cielo para dar la vida al mundo, el verdadero Cordero que da su propia vida para la salvación de la humanidad (Mensaje a los jóvenes 18.VIII.2005).

Un cuadro poco conocido

En Roma hay un cuadro magnífico, titulado La última Misa. En él se representan los preludios del fin del mundo. En el fondo, un sacerdote va a terminar la Santa Misa, mientras los ángeles, inclinados sobre sus trompetas, esperan que acabe, para sonar la hora tremenda de la divina justicia. Este cuadro es obra del célebre pintor Leonardo de Vinci, el cual quería decir con esto que sin la Misa, estaría al presente el mundo hundido bajo el peso de sus crímenes.

Milagros

Milagro. Es un hecho producido por una intervención especial de Dios, que escapa al orden de las causas naturales por Él establecido, y destinado a un fin espiritual.

Los milagros de Jesucristo

Los milagros ocupan un puesto de extraordinaria relevancia en la vida pública de Jesucristo y son una prueba muy poderosa de su divinidad. Por una parte, están los 39 milagros que se mencionan expresamente en los Evangelios y que manifiestan el poder de Jesús sobre todos los ámbitos de la realidad: poder sobre la naturaleza física, poder sobre las enfermedades del hombre, poder sobre los espíritus malignos, poder sobre la muerte… Pero, además, es preciso añadir a esos 39 milagros otros 21 textos evangélicos que dicen que Cristo hizo otros muchos milagros (cfr. Mc 6, 56 y Mt 14, 34-36). El mismo Jesús presentó los milagros como signos de su divinidad.

Los verdaderos patriotas

Cristóbal Colón presentó su proyecto de llegar a las Indias navegando hacia occidente al rey Juan II de Portugal. Éste escuchaba atento. Cuando el genovés acabó su exposición, el rey le preguntó:

¿Qué deseas? Todo eso está muy bien, pero ¿necesitas dinero?

Yo no vengo a pedir, sino a dar, fue la respuesta de Colón, y añadió: Si se me ayuda a equipar unas naves para ir a las indias, devolveré lo que me hayan prestado multiplicado por cien. Aunque genovés de nacimiento, considero que Portugal es mi verdadera patria y quiero engrandecerla.

¿Cuáles serían tus condiciones si te confiara el mando de una expedición hacia el oeste?, preguntó de nuevo el rey.

Pido el título de almirante y ser virrey de las tierras que descubra.

¿Eso es todo?

Claro que no. Quiero también una décima parte de todas las ganancias.

¿Y qué más?

Como es lógico, estos derechos adquiridos serán parte de la herencia que deje a mis hijos.

El rey Juan II entonces dijo secamente: Los verdaderos portugueses no suelen vender los servicios hechos a su patria y a su soberano.

Creada a imagen de Dios

Una noche, en una calle de Londres, varios hombres sentados en la terraza de un bar, miraban a la gente rica que salía del teatro y tomaba cada uno su lujoso coche para volver a sus hogares. De ahí que la conversación girase sobre la igualdad de los hombres.

Cada hombre -dijo un americano- tiene los mismos derechos que cualquier otro vecino. Todos los hombres han nacido libres e iguales.

Esto no son más que palabras -replicó un obrero inglés-. Los hombres no han nacido iguales. Unos nacen millonarios; otros, en un hospicio.

Es verdad -observó el camarero-. Y algunos vienen a este mundo dotados de gran cerebro y salud exuberante, y otros, al contrario.

Serán todos iguales cuando hayan muerto -dijo un comunista ruso-. Un hombre no es más importante que otro, porque ninguno de ellos importa nada en absoluto. Lo único que cuenta es la masa de la humanidad; la totalidad de la comunidad humana. La vida individual no cuenta.

Tomó la palabra un árabe y dijo: Los hombres son libres e iguales solamente cuando son verdaderos creyentes en el Profeta. Los infieles, en cambio, son verdaderos esclavos; ésta es la voluntad de Alá.

¿Y usted qué piensa?, preguntó el camarero a un anciano.

Yo creo que todos los hombres son iguales ante los ojos de Dios -respondió. Y echando mano al bolsillo, sacó un puñado de monedas de cobre y las extendió sobre la mesa y prosiguió: Aquí tenéis estos peniques: unos son nuevos y relucientes; otros, gastados, delgado, feos; todos son diferentes, pero todos son peniques y tienen el mismo valor. Y sobre todo, todos llevan la imagen del rey.

Toda alma humana, creada por Dios a su imagen, es preciosa a los ojos de Dios, está destinada al cielo y redimida por la sangre de Cristo.

Recuperó la humanidad perdida

Hace unos años, el célebre comandante del campo de concentración de Auschwitz, Rudolf Hess, esperaba la pena de muerte en la prisión de Wadowice. El 12 de abril de 1947 escribió espontáneamente: La conciencia me obliga a hacer esta declaración: Como comandante del campo de exterminio de Auschwitz (…) he causado un gravísimo daño a la humanidad (…). Solamente en las prisiones polacas he comprendido qué es la humanidad. A pesar de lo que he hecho, me han tratado como a un hombre. En el alma de Hess, conmovida por el sonido de las campanas de las iglesias de Wadowice, maduró la nostalgia de la paz con Dios. Pidió un sacerdote. Desde Cracovia fue el P. Lhon, jesuita, antiguo profesor de la Universidad Gregoriana de Roma, que escuchó su confesión. Luego hablaron largamente. Al despedirse, Hess se puso firme ante el sacerdote, y dijo: Le doy las gracias por haberme ayudado a encontrar de nuevo la humanidad perdida.

(J. Ablewicz, Seréis mis testigos)

Su última ordenación

En 1964 se publicó un libro que reunía 350 testimonios de sacerdotes que contaban cómo habían llegado al sacerdocio. Uno, de cincuenta y seis años de edad y treinta de ministerio sacerdotal, escribió: El día de la confirmación, cuando yo tenía once o doce años, el obispo dijo en la homilía: “Quizás entre los niños aquí presentes haya algunos a quienes podré imponer las manos una segunda vez, para que sean sacerdotes”. Quedé tan afectado por esta frase del obispo, que fue para mí como la voz de Cristo. Aquellas palabras no me abandonaron. La tarde de aquel día en que recibí la Confirmación estaba en el campo, contemplando a las vacas, y aun hoy sería capaz de señalar el lugar donde escuché la frase que había oído por la mañana. Quedé prendido por la voz de Cristo. Y fue el mismo obispo quien me impuso las manos por segunda vez, para ordenarme sacerdote. Fue su última ordenación.

Ésta es la fuerza del sacramento de la Confirmación, que proviene de la Sangre de Cristo.

Aceptó la elección como una cruz

En el cónclave de agosto de 1903 fue elegido papa el patriarca de Venecia, cardenal José Sarto.

El cardenal Oreglia, decano del Sacro Colegio y camarlengo de la Santa Iglesia Romana, se acerca al trono del patriarca de Venecia para recibir su aceptación del sumo pontificado.

¿Aceptas la elección que acaba de hacerse de tu persona en calidad de papa?

Un momento de silencio, y el elegido contesta:

Que ese cáliz se aparte de mí. Sin embargo, que se haga la voluntad de Dios.

La contestación no fue considerada válida, y el cardenal decano insiste:

¿Aceptas la elección que acaba de ser hecha de tu persona en calidad de papa?

El cardenal Sarto contesta:

Acepto como una cruz.

¿Cómo quieres ser llamado?

Puesto que debo sufrir, tomo el nombre de los que han sufrido: me llamaré Pío.

El desconsuelo de una niña

Francisca Javiera del Valle, autora del libro Decenario del Espíritu Santo, cuando tenía 10 años, fue cierto día a la ermita de Nuestra Señora de la Piedad. Iba con frecuencia. Esta vez se fijó con detenimiento en la imagen de la Virgen, y observó que en los ojos de Santa María relucían unas lágrimas. La niña pensó para sus adentros: Llora la Virgen. ¡Si yo consiguiese secar esas lágrimas! Ni corta ni perezosa, cogió una silla y con su pañuelo comenzó a frotar las lágrimas que veía en los ojos maternales de María.

Esas lágrimas, que el artista había puesto en la sagrada imagen, eran simuladas y la chiquilla no pudo conseguir su intento. Pero en su mente infantil brotó la idea: Llora la Virgen por su Hijo muerto por las heridas que le han hecho. Y con toda ingenuidad intentó borrar las heridas que veía en el cuerpo muerto de Jesús junto a la Virgen Dolorosa. Nada consiguió. Su corazón se afectó profundamente y volvió llorando, toda desconsolada, por no poder aliviar el dolor de la Madre de Dios.

Hay que utilizar el jabón

Un predicador inglés, Mac Nabb, hablando en Hyde Park, se había referido a la Iglesia. Al terminar, uno pide la palabra y dice: Bonito lo que ha dicho. Pero yo conozco algunos sacerdotes católicos que no han estado con los pobres y se han hecho ricos. Conozco también maridos católicos que han traicionado a su mujer. No me gusta esta Iglesia formada por pecadores.

El padre le dijo: Tiene algo de razón. Pero ¿puedo hacer una objeción?

Veamos.

Perdone, pero si no me equivoco, lleva usted el cuello de la camisa un poco sucio.

Sí, lo reconozco.

Pero ¿está sucio porque no ha empleado jabón o porque ha utilizado el jabón y no ha servido para nada?

No, no he usado jabón.

Pues bien, la Iglesia Católica tiene un jabón excelente: Evangelio, sacramentos, oración; Evangelio leído y vivido; sacramentos celebrados del modo debido; y oración bien hecha, serían un jabón maravilloso capaz de hacernos santos a todos. No somos todos santos por no haber utilizado bastante este jabón.

(Juan Pablo I)

No se atrevió…

La verdadera devoción a María nos debe llevar a imitarla y a tratar de parecernos más a ella cada día: los hijos deben parecerse a su Madre.

En cierta ocasión, un pintor famoso iba a dibujar una Inmaculada. Buscando el rostro de una joven que pudiera servirle de modelo, se fijó en una que correspondía al ideal que se había formado en su imaginación. Se acercó a la joven y le pidió si estaría dispuesta a posar en su taller para servir de modelo de una imagen de la Virgen. La joven se quedó sorprendida; pero, después de serenarse, dijo al artista: Hoy no puede ser; iré mañana.

Al día siguiente, después de los saludos previos, dijo la joven al pintor: Ayer no me atreví a servir de modelo para una imagen de la Inmaculada porque estaba en pecado. Esta mañana me he confesado y ahora podré servir menos indignamente.