SACRAMENTO GRANDE. Homilía del Domingo XVII del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

Entonces dijo el Señor Dios: No es bueno que el hombre esté solo, voy a hacerle una ayuda adecuada para él (Gn 2, 18). Formó una mujer y la presentó al hombre (Gn 2, 22). El matrimonio, instituido por Dios, autor de la naturaleza humana, desde el inicio de la vida del hombre sobre la tierra, forma parte del designio de Dios sobre la humanidad. Por eso, dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán una sola carne (Gn 2, 24).

La Sagrada Escritura se sirve reiteradamente de la imagen del matrimonio para expresar el amor de Dios a los hombres. Del matrimonio como “obra de Dios” se trata en varios lugares tanto del Nuevo como del Antiguo Testamento. Hay unanimidad en los Santos Padres al proclamar el origen divino del matrimonio. Todos sostienen que el matrimonio ha sido querido por Dios desde el “principio”. Y por tener el matrimonio su origen en Dios, sólo a Él corresponde señalar la naturaleza, fines y propiedades esenciales del matrimonio, como lo recordó Cristo en el Sermón de la montaña.

El matrimonio no fue instituido ni establecido por obra de los hombres, sino por obra de Dios; que fue protegido, confirmado y elevado no con leyes de los hombres, sino del Autor mismo de la naturaleza, Dios, y del Restaurador de la misma naturaleza, Cristo Señor; leyes, por tanto, que no pueden estar sujetas al arbitrio de los hombres, ni siquiera al acuerdo contrario de los mismos cónyuges (Pío XI, Encíclica Casti connubii). Por tanto, lo decimos de nuevo -conviene insistir-, el matrimonio en lo que respecta a su naturaleza, fines y propiedades, no depende de la voluntad humana.

El matrimonio hunde sus raíces en el complemento natural que existe entre el hombre y la mujer, y se alimenta mediante la voluntad personal de los esposos de compartir todo su proyecto de vida, lo que tienen y lo que son.

De los dos relatos bíblicos de la Creación del hombre, leídos en la Tradición de la Iglesia a la luz de la revelación definitiva en Cristo, se desprenden algunos elementos fundamentales para comprender el plan divino sobre el matrimonio.

En primer lugar, Dios, que es Amor y vive en mismo un misterio de comunión personal de amor, ha creado al hombre, varón y mujer, a su imagen y semejanza, es decir, con la dignidad de persona, y por tanto como un ser capaz de amar y ser amado. Más aún, lo ha creado por amor y lo llama al amor, no a la soledad: ésta es la vocación fundamental e innata de todo ser humano.

En segundo lugar, varón y mujer son iguales en su dignidad de personas y, a la vez, distintos: su condición sexuada -masculina o femenina- es condición de la persona entera, que da lugar a dos modos diversos, igualmente originarios, de ser persona humana.

En tercer lugar, precisamente esa diversidad los hace complementarios: entre todas criaturas vivientes solo el varón y la mujer se reconocen como ayuda adecuada el uno para el otro en cuanto personas: como otro yo a quien es posible amar.

En cuarto lugar, en virtud de esa complementariedad natural, la atracción espontánea entre varón y mujer puede convertirse, por obra de su entrega mutua, en una unión tan profunda que hace de los dos “una sola carne”, y por tanto es indivisible (como la propia carne, que no puede separarse sin mutilación) y exige fidelidad exclusiva y perpetua (no pueden ser ya otra carne, siendo una sola).

Y por último, esa unión lleva aparejada la bendición divina de la fecundidad, como promesa y como misión conjunta del varón y la mujer hechos una sola carne por elección y entrega recíproca.

Por tanto, la dignidad personal del varón y de la mujer, y su consiguiente vocación al amor, encuentran una primera y fundamental concreción en el matrimonio: una comunión de amor fecunda, que -a semejanza del amor divino- se vuelca en dar la vida a otros y en cuidar del mundo, ámbito de la existencia humana.

De este modo, la unión conyugal es imagen visible grabada en la naturaleza humana desde su origen- de la comunión de amor personal que se da en la vida íntima de Dios, y del amor absoluto e indefectible con que Dios ama al hombre. Al mismo tiempo, y por la misma razón, es imagen de la realización plena de la vocación del hombre al amor, que culmina en la unión eterna con Dios.

El matrimonio es de institución divina, no humana. Se define así: Es la unión marital de un hombre y una mujer, entre personas legítimas, para formar una comunidad indivisa de vida. Es unión, que significa tanto el consentimiento interior y exterior por el que se contrae el matrimonio, como el vínculo permanente que nace de ese consentimiento. Y esa unión es marital, ya que el hombre y la mujer en el matrimonio se unen para llevar una legítima vida marital, entregando y recibiendo el derecho mutuo a la unión física de por sí apta para engendrar hijos.

Además, la unión debe ser de un hombre y una mujer, personas de distinto sexo. No es matrimonio, por mucho que en algunos países se haya legalizado, el llamado matrimonio homosexual. Pero también hay que fijarse en los dos artículos –un y una-, pues se excluye del concepto de matrimonio la poligamia. También se dice que esa unión debe ser entre personas legítimas, pues, por ley natural o por ley positiva, no todas las personas pueden contraer matrimonio, o bien no lo pueden contraer con determinadas personas.

Termina la definición dada con estas palabras: para formar una comunidad indivisa de vida. Con esto se quiere decir que el matrimonio es indisoluble, y exige que sea así también la unión de vida que origina: unión de vida doméstica, es decir, de habitación, mesa y lecho; unión de voluntades por la caridad y el deseo de actuar en común.

El matrimonio no es, para un cristiano, una simple institución social, ni mucho menos un remedio para las debilidades humanas: es una auténtica vocación sobrenatural (Es Cristo que pasa, n. 23). El apóstol san Pablo, en la carta que escribió a los cristianos de Éfeso, al referirse al matrimonio como sacramento, dice: Este misterio es grande, mas yo lo declaro de Cristo y de la Iglesia (Ef 5, 32). Decía san Josemaría Escrivá en una homilía que tituló El matrimonio, vocación cristiana que el matrimonio es un contrato que un hombre y una mujer hacen para siempre, porque -queramos o no. el matrimonio instituido por Jesucristo es indisoluble: signo sagrado que santifica, acción de Jesús, que invade el alma de los que se casan y les invita a seguirle, transformando toda la vida matrimonial en un andar divino en la tierra.

El matrimonio, que por voluntad de Dios continúa la obra de la primera creación, asumido en el designio total de la salvación, adquiere también en él nuevo significado y valor. Efectivamente, Jesús le ha restituido su primitiva dignidad, lo ha honrado y lo ha elevado a la dignidad de sacramento y de misterioso signo de su unión con la Iglesia.

En el siglo XIX había en Francia un profesor insigne, Federico Ozanam (beatificado por san Juan Pablo II). Enseñaba en La Sorbona. Era elocuente, estupendo. Tenía un amigo sacerdote, Lacordaire, que solía decir: Éste es tan estupendo y bueno que se hará sacerdote y llegará a ser todo un obispo. Pero no. Encontró a una señorita excelente y se casaron. A Lacordaire no le sentó bien y dijo: Pobre Ozanam, también él ha caído en la trampa. Dos años después Lacordaire viajó a Roma y fue recibido por el papa beato Pío IX. Venga, venga, padre -le dijo el Pontífice-; siempre había oído decir que Jesús instituyó siete sacramentos; ahora viene usted, me revuelve las cartas y me dice que ha instituido seis sacramentos y una trampa. No, padre, el Matrimonio no es una trampa, es un sacramento muy grande.

Cualquiera que repudie a su mujer y se una con otra, comete adulterio contra aquélla; y si la mujer repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio (Mc 10, 11-12). La indisolubilidad del matrimonio fue establecida por Dios, no es un capricho de la Iglesia. Ésta interpreta de modo autorizado el Evangelio, e igualmente hace con la Ley natural.

Nuestro Señor Jesucristo insistió en la indisolubilidad del matrimonio. Su Iglesia no debe permitir que su doctrina en esta materia sea oscurecida. Sería infiel a su Maestro si no insistiera, como lo hace, en que, quien se divorcia de su compañero o compañera de matrimonio y se casa con otro comete adulterio (San Juan Pablo II, Discurso 17.XI.1978). El divorcio es una espada de Damocles sobre el amor de los esposos: engendra incertidumbre, temor, sospechas.

El amor matrimonial es donación propia al otro, pero tan íntima y noble, tan leal y confiada, que por una parte exige todo, y por otra excluye a todos. El otro amor es un amor decapitado si admite reservas, provisionalidad, separación.

Se ha dicho: El matrimonio cristiano son las dos orillas de un río, y el puente, Dios. Mientras subsista el puente, siempre estarán unidas las orillas. Si los esposos tienen siempre en medio de ellos a Jesús, también con su oración en común, no les será difícil caminar juntos con amor, fidelidad, acuerdo mutuo, comprensión recíproca y paciencia, con paz; y sus hijos recibirán de ellos la educación mejor, el mejor buen ejemplo, el recuerdo más entrañable y saludable.

En el libro de Tobías está el consejo que da el arcángel san Rafael al joven Tobías cuando éste va a casarse con Sara: Óyeme, y te enseñaré cuáles son aquellos sobre quienes tiene potestad el demonio. Son los que abrazan con tal disposición el matrimonio, que apartan de sí y de su mente a Dios, dejándose llevar de su pasión, como el caballo y el mulo que no tienen entendimiento; ésos son sobre quienes tiene poder el demonio (Tb 6, 16-17).

Un matrimonio cristiano no puede desear cegar las fuentes de la vida. Porque su amor se funda en el Amor de Cristo, que es entrega y sacrificio… Además, como recordaba Tobías a Sara, los esposos saben quenosotros somos hijos de santos, y no podemos juntarnos a manera de los gentiles, que no conocen a Dios” (Surco, n. 846).

La Iglesia nos enseña a respetar y promover la maravillosa realidad del matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer, que es, además, el origen de la familia. Por eso, reconocer y ayudar a esta institución es uno de los mayores servicios que se pueden prestar hoy día al bien común y al verdadero desarrollo de los hombres y de las sociedades, así como la mejor garantía para asegurar la dignidad, la igualdad y la verdadera libertad de la persona humana.

Santa María, Reina de la familia, haz que todos los hombres y mujeres que han recibido la vocación cristiana al matrimonio lo vivan santamente.

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Caridad heroica de santa Teresa de Calcuta

La madre Iglesia enseña a estar cerca de quien está abandonado y muere solo. Es lo que hizo santa Teresa por las calles de Calcuta. La misericordia da la paz a quien parte y a quien permanece, haciéndonos sentir que Dios es más grande que la muerte, y que permaneciendo en Él incluso la última separación es un “hasta la vista”… esto lo había entendido bien santa Teresa. Le decían: Madre, esto es perder tiempo. Encontraba gente moribunda por la calle, gente a la que empezaban a comer el cuerpo las ratas de la calle, y ella los llevaba a casa para que pudieran morir limpios, tranquilos, acariciados, en paz. Ella les decía “hasta la vista”, a todos estos… Y ellos los esperan, allí (en el Cielo), en la puerta, para abrirles la puerta del Cielo (Papa Francisco).

Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz

El 14 de septiembre la Iglesia celebra la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. ¿por qué “exaltar” la cruz? El Padre “dio” al Hijo para salvarnos, y esto implicó la muerte de Jesús, y la muerte en la cruz. ¿Por qué? A causa de la gravedad del mal que nos esclavizaba. La cruz de Jesús expresa ambas cosas: toda la fuerza negativa del mal y toda la omnipotencia mansa de la misericordia de Dios. La cruz parece determinar el fracaso de Jesús, pero en realidad manifiesta su victoria. En el Calvario, quienes se burlaban de Él, le decían: Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz. Pero era verdadero lo contrario: precisamente porque era el Hijo de Dios estaba allí, en la cruz. Cuando dirigimos la mirada a la cruz donde estuvo Jesús clavado, contemplamos el signo del amor, del amor infinito de Dios por cada uno de nosotros y la raíz de nuestra salvación. De esa cruz brota la misericordia del Padre, que abraza al mundo entero. Por medio de la cruz de Cristo ha sido vencido el maligno, ha sido derrotada la muerte, se nos ha dado la vida, devuelto la esperanza. La cruz de Jesús es nuestra única esperanza verdadera. Por eso la Iglesia “exalta” la Santa cruz y también por eso, los cristianos bendecimos con el signo de la cruz (Papa Francisco).

Los Sacramentos

Los Sacramentos

Exposición del caso:

La madre de Alejandro inscribe al hermano pequeño de éste, que tiene ocho años, en una catequesis de preparación para la primera comunión que tiene lugar en horas extraescolares en el colegio donde estudia. Con el paso de las semanas, oye algún comentario del pequeño que le sorprende: al parecer, la primera comunión se va a retrasar mucho -dos años en total-, no quieren que se lleve vestido distinto al habitual, y de vez en cuando se celebra una Misa para los niños en una habitación acondicionada -para que puedan estar “alrededor de la mesa”-, cuando hay una capilla en el colegio.

La madre lo comenta a Alejandro, que contesta que ya lo sabía, y que en su clase decían que el responsable de esas cosas era “un poco raro”. Entonces le pide que traiga el libro de catequesis del niño. Alejandro lo trae, y empiezan a leerlo. A Alejandro le parece un poco extraño, pero no sabe decir muy bien por qué, y cuando su madre le pregunta, le contesta eso, “aparte de que, con perdón, me parece un poco acaramelado y hortera”. Su madre lee en voz alta los títulos de los capítulos que tratan de los sacramentos: “signo que despierta la conciencia cristiana”, “signo que hace presente a Jesús”, “signo que integra en la comunidad”. Le parece todo bastante ambiguo, y piensa que faltan cosas importantes. Al final, le pide a Alejandro que vaya a hablar con el responsable de esa catequesis, para aclararse sobre todo esto.

Alejandro va, aunque sin muchas ganas. El catequista le dice que antes se cometía el error de administrar sacramentos sin “evangelizar” lo suficiente, sin que por tanto significara nada o casi nada para quienes lo recibían, salvo quizás una fiesta familiar que no repercutía en la Iglesia -o peor aún, que era un derroche ostentoso, un mal ejemplo-, como podía comprobarse, puesto que no se seguía de ello una actitud “comprometida”. Alejandro empieza a enfadarse, por lo que le parece un tono altivo, y porque piensa que tanto él como su familia estaban muy contentos cuando hizo la primera comunión, y le parecía muy bien que hubiera una fiesta familiar y que le hicieran un vestido apropiado -que era el mismo que iba a “heredar” su hermano-; no veía en ello un “derroche ostentoso”, sino más bien que si había una ocasión buena para celebrar algo, era ésa, y que había “derroches” peores con motivos menos justificados, y de esos no parecía quejarse nadie. Con voz un poco más subida le dice que “no se puede quedar sin la comunión durante tanto tiempo”. El catequista se altera y empieza a decir a Alejandro que es de los que tienen una “concepción mágica” de los sacramentos, como ésos que creen que el agua bendita tiene “poderes mágicos” o van a ver en las ceremonias unos “ritos vacíos” que no significan nada, por lo menos hoy en día, como si fuera algo misterioso. Alejandro pregunta, enfadado, que si no sirve para nada que su hermano comulgue. El catequista contesta que “sirve cuando hay la adecuada preparación; tal como lo quieres tú, sirve de muy poco”. Alejandro replica que su hermano va a dejar de asistir a esa catequesis a partir de ese momento, y va a ir a otra parte donde le preparen “como Dios manda”. El catequista contesta que lo que Dios manda es la caridad fraterna, y no “formalismos rituales” que no sirven para nada si no son signos de un “compromiso con la comunidad”. Ahí acabó la conversación.

De vuelta a casa, Alejandro se pregunta si no se “habrá pasado” con su comportamiento, por el manifiesto enfado y por tomar una decisión que correspondía a su madre. Al llegar a casa se lo cuenta todo a ésta, un poco preocupado. Su madre le dice que ha hecho muy bien, y que no se preocupe; “además, a lo mejor si llego a ir yo hubiera dicho cosas peores”.

Preguntas que se formulan:

-¿Un sacramento es un signo? ¿Lo es de lo que expresan los títulos que aquí aparecen? ¿Lo es de algo más? ¿Tiene alguna particularidad el signo sacramental? ¿Cómo se define un sacramento?

-¿Depende la eficacia de un sacramento de la preparación? ¿Por qué? ¿Hasta qué punto influye la buena preparación? ¿Es verdad que en este caso serviría de poco sin la preparación que se pretende? ¿Por qué? ¿En qué debe consistir la preparación?

-¿Es conveniente recibir sacramentos, o es necesario? ¿Por qué? ¿Por qué alude el catequista a una supuesta “concepción mágica”? ¿Tiene razón? ¿Hay algo de misterio en los sacramentos?

-¿Es verdaderamente un “derroche ostentoso” lo que pretende la familia de Alejandro? ¿Por qué? ¿Es correcto el razonamiento que al respecto se hace Alejandro? ¿Es correcta la celebración de la Misa de esa catequesis? ¿Por qué? ¿Qué argumentos puedes encontrar a favor de la dignidad y la esplendidez del culto? ¿Qué sentido tiene lo que el catequista llama “formalismos rituales”? ¿Qué se celebra en la liturgia?

-¿Qué piensas de lo que se dice del agua bendita? ¿Es también un signo? ¿Tiene alguna eficacia? ¿Qué es un sacramental? ¿En qué se diferencia de un sacramento? ¿Podrías citar algún sacramental más?

-¿Ha actuado bien Alejandro? ¿Por qué? ¿Qué responderías a las dudas que tiene cuando vuelve a su casa?

Bibliografía

Vid. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1066-1075, 1127-1129, 1179-1183, 1210-1211, 1667-1673.

Comentario:

Tienen razón Alejandro y su madre cuando, hojeando el libro, piensan que “faltan cosas importantes”. En realidad, falta casi todo lo importante. La manera más sencilla de definir un sacramento es decir que es un signo sensible y eficaz de la gracia. Para este responsable de la catequesis habría que suprimir en primer lugar la palabra “eficaz”: por lo que se ve, pensar que el signo sacramental pueda ser eficaz supone considerarlo como algo “mágico”, cosa que rechaza. La gracia tampoco aparece por ningún lugar: para él, la única eficacia que considera es la de la preparación, llámese “evangelización”, “catequesis” o como se quiera. Además, no se equivoca Alejandro cuando considera que el tono del catequista es altivo. ¿No es bastante orgullo creer que lo que ha hecho la Iglesia durante casi veinte siglos es un error, que no servía de nada, hasta que han llegado algunos como él para “descubrir” que lo único verdaderamente importante es el “compromiso”, no la gracia?

Al final, se queda con el signo. Aquí estamos todos de acuerdo: un sacramento es un signo. Pero signo ¿de qué? La doctrina de la Iglesia es clara al respecto: es signo de la gracia que confiere. Si se deja de lado la gracia -y decimos “dejar de lado”, porque explícitamente no se niega-, queda… la ambigüedad, como comprueban Alejandro y su madre en el libro. Y es que si se suprime de la doctrina y la vida de la Iglesia lo sobrenatural, lo que queda es una especie de humanitarismo de perfiles desdibujados, aunque pretenda ser, eso sí, muy comprometido.

Porque la realidad es que los sacramentos no tienen nada de mágico, pero sí de misterioso. No es que sean fórmulas que activen poderes ocultos de origen desconocido. Son fórmulas -palabras unidas a un signo externo- que activan el poder oculto… de Jesucristo, que los instituyó. Son el principal cauce de la gracia de Dios, que es un misterio. En cierto modo significan al mismo Jesucristo: lo visible significa lo invisible y es su cauce de transmisión, como en Jesucristo su humanidad visible revela su divinidad invisible, y es su instrumento para llevar la salvación a los hombres. Todo esto son misterios de la fe, como se manifiesta explícitamente en la Misa, que es la celebración de un sacramento. Si en el cristianismo se pretende suprimir lo misterioso, lo que acaba por suprimirse es a Dios mismo, cuyo ser mismo es un misterio, como lo son las principales verdades que nos ha revelado.

¿Quiere esto decir que la preparación no cuenta? No, eso sería irse al otro extremo, que tampoco es cierto. Los sacramentos confieren la gracia -en general, la llamada “gracia santificante”, de la que se hablaba en el caso sobre “la elevación y caída del ángel y el hombre”, y una ayuda específica de cada sacramento llamada “gracia sacramental”- por virtud propia, pero esa gracia alcanza a cada persona en la medida en que ésta no ponga obstáculos. En algún caso esto se consigue sin esfuerzo, como en el bautismo de un recién nacido (¿qué obstáculos podría poner?), pero en otros no, porque los pecados y sus consecuencias obstaculizan a la gracia; en los peores casos, impiden su recepción, y si se recibe un sacramento sabiendo conscientemente que hay un obstáculo que impide la recepción de la gracia, se comete un grave pecado: un sacrilegio. Para la recepción con fruto está la preparación, que tendrá que ser, en cada caso, la razonablemente adecuada, sobre todo cuando se recibe un sacramento que no puede reiterarse o es, como aquí, la primera vez que se recibe.

Los sacramentos son necesarios porque la gracia es necesaria. Lo que al final dice el catequista a Alejandro es una verdad a medias, que suelen ser las peores mentiras. Es cierto que lo principal para el cristiano es la caridad, pero esa caridad es imposible de lograr sin la gracia. No olvidemos que el mandamiento de Cristo es amarse como Él nos ha amado, es decir, con el mismo amor de Dios participado en nosotros, y esto es algo sobrenatural, alcanzable sólo por medios sobrenaturales. Acierta Alejandro cuando afirma que no puede quedar su hermano tanto tiempo sin la comunión. No se puede pretender tener una vida sana sin alimento, y la Eucaristía es el alimento del alma: “En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros” (Jn 6, 53). Su necesidad, o en algún caso su gran conveniencia, es también el fundamento de que la ley de la Iglesia disponga la obligatoriedad de recibir varios: la ley debe conducir al súbdito a su bien, y en el caso de la Iglesia el bien en juego es la gracia y la salvación de los hombres.

La sabiduría de Dios no ha querido utilizar signos sin motivo. Lo que importa es lo espiritual, pero hasta lo más espiritual tiene que entrar de alguna manera por los sentidos; sin éstos, el hombre quedaría incomunicado. Y esto es así porque su naturaleza integra cuerpo y espíritu. Por eso los sacramentos “enseñan” la gracia que dan -se corresponden además con las funciones vitales-, y la Iglesia aprovecha sus ceremonias para enseñar la doctrina. Por eso, también, es conveniente exteriorizar el acontecimiento que supone la recepción de un sacramento. De ahí lo apropiado de celebrar una fiesta: ni ésta, ni el traje, ni la solemnidad de la ceremonia, sobran. No es un derroche ostentoso -podría serlo si se exageran las cosas o se aprovecha la ocasión para hacer ostentación-, sino una manifestación de fe. La pretensión de “espiritualizar” tanto la fe que se acaba suprimiendo toda manifestación externa -imágenes, fiestas, etc.- a lo único que conduce es a dejar la fe en algo ambiguo, sin contenidos definidos. Alejandro, sin ser plenamente consciente de todo esto, lo intuye, y tiene razón.

Signos son también los llamados “sacramentales”, de los que en este caso se cita uno, quizás el más conocido: el agua bendita. No son sacramentos, pero tampoco son meros signos intrascendentes: tienen efectos. Éstos se obtienen por la intercesión de la Iglesia. Como señala el catecismo, “no confieren la gracia del Espíritu Santo a la manera de los sacramentos, pero por la oración de la Iglesia preparan a recibirla (por eso es tan conveniente que encontremos uno precisamente a la entrada del templo) y disponen a cooperar con ella” (n. 1670).

¿Se comportó Alejandro correctamente? Aunque suele ser mejor esperar a tener “la cabeza fría” para tomar decisiones de este tipo, sabe contener su enfado, y sus respuestas son claras, aunque comedidas y no injuriosas. La decisión última, tal como él piensa después, debe corresponder a sus padres, pero también es verdad que los estaba representando, y que las cosas tomaron tal cariz y estaba tan clara la decisión a tomar, que podía considerarse que tenía el consentimiento tácito de sus padres para tomar una decisión -correcta, por lo demás- como la que tomó.

CARISMAS EN LA IGLESIA. Homilía del Domingo XXVI del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

Descendió el Señor en la nube y habló con él (Moisés). Luego tomó un poco del espíritu que había en Moisés y lo infundió a los setenta ancianos. Y en cuanto reposó sobre ellos el espíritu, se pusieron a profetizar, pero no volvieron a hacerlo. Se habían quedado en el campamento dos hombres, uno llamado Eldad y el otro Medad. Reposó también sobre ellos el espíritu, pues aunque no habían ido a la tienda, eran de los señalados. Y profetizaban en el campamento (Nm 11, 25-26). San Cirilo de Jerusalén, comentando este pasaje bíblico, dice: Se insinuaba lo acontecido en Pentecostés entre nosotros. En efecto, Dios prometió el espíritu a todo el pueblo, y llegó el día en que cumplió esa promesa por medio de Jesucristo que, tras su Ascensión al Cielo, envía el Espíritu Santo a la Iglesia. San Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, cita esa promesa de Dios, que está en el libro del profeta Joel: Sucederá en los últimos días, dice Dios, que derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas. Y sobre mis siervos y sobre mis siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días y profetizarán (Hch 2, 17-18).

La fuente del espíritu es Dios mismo, y puede darlo a quien quiere, por encima de las determinaciones humanas. Moisés, por su parte, con total rectitud de intención, no busca la exclusividad en la posesión y transmisión del espíritu, es decir, en la recepción del don de Dios, sino que, mirando al bien del pueblo, se alegra de la manifestación del espíritu en otras personas, e incluso lo pide para todos los israelitas. No sólo lo recibieron los que habían sido reunidos por Moisés en la tienda, sino también el espíritu reposó sobre Eldad y Medad que, habiéndose quedado en el campamento, no habían acudido a la tienda. Lo mismo ocurrió en los primeros tiempos de la Iglesia primitiva. Además de los que estaban reunidos en el cenáculo, también otros muchos recibieron el Espíritu Santo, como es el caso de Cornelio y sus familiares. San Pedro había acudido a la casa de Cornelio y estando allí hablando de Jesucristo descendió el Espíritu Santo sobre todos (Hch 10, 44). Y viendo lo sucedido, san Pedro dijo: ¿Podrá alguien negar el agua para bautizar a éstos que han recibido el Espíritu Santo igual que nosotros? (Hch 10, 47). Esta escena de la casa de Cornelio presenta cierta analogía con lo ocurrido en Pentecostés. Allí fue dado el Espíritu Santo a los primeros discípulos, todos ellos judíos. Ahora se comunica también a los gentiles, de modo inesperado e irresistible.

Volvamos al texto bíblico del libro de los Números. Un muchacho corrió a referíserlo a Moisés, y le dijo: “Eldad y Medad están profetizando en el campamento”. Josué, hijo de Nun, ayudante de Moisés desde su juventud, replicó: “Mi señor Moisés, prohíbeselo” (Nm 11, 27-28). En el Evangelio hay un pasaje parecido. Juan le dijo: “Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y no viene con nosotros y tratamos de impedírselo porque no venía con nosotros” (Mc 9, 38). Josué y Juan son dos jóvenes celosos por las cosas de Dios, pero con un celo mal enfocado. Josué pidió a Moisés que prohibiera a Eldad y a Medad que profetizaran; y el apóstol Juan no pidió a Jesús que prohibiera a uno que expulsaba demonios en su Nombre, sino que manifestó a Cristo un hecho ya consumado: se lo hemos prohibido. Las respuestas que recibieron son semejantes. Moisés dijo a Josué: ¿Estás celoso por mí? ¡Ojalá todos los del pueblo fueran profetas porque el Señor les hubiera infundido su espíritu! (Nm 11, 29). Y Jesús contestó al discípulo amado: No se lo prohibáis, pues no hay nadie que haga milagro en mi nombre y pueda a continuación hablar mal de mí. Pues el que no está contra nosotros, está por nosotros (Mc 9, 39-40).

No se lo prohibáis. Con su respuesta a Juan, Cristo previene a sus discípulos -y en ellos, a todos los cristianos- contra el exclusivismo y el espíritu de partido único en los trabajos de apostolado, que está bien expresado en el triste refrán: El bien, si no lo hago yo, ya no es bien. Asimilemos la enseñanza del Señor, porque el bien es bien, aunque no lo haga yo. San Josemaría Escrivá aconsejaba: Alégrate, si ves que otros trabajan en buenos apostolados. -Y pide, para ellos, gracia de Dios abundante y correspondencia a esa gracia. Después, tú a tu camino: persuádete de que no tienes otro (Camino, n. 965). En la Iglesia hay diversos carismas. En los últimos decenios han nacido movimientos y comunidades en los cuales la fuerza del Evangelio se deja sentir con vivacidad. Son muchos los que trabajan en la viña del Señor. Debido a la acción del Espíritu Santo, hay en la Iglesia una relación entre multiplicidad y unidad; es decir, armonía de los diversos carismas en la comunión del mismo Espíritu.

En la Iglesia primitiva vemos a san Pedro y san Pablo inseparables uno del otro, aunque cada uno tuvo una misión distinta que cumplir: san Pedro fue el primero en confesar la fe en Cristo, y fundó la primera comunidad de cristianos provenientes del pueblo elegido; san Pablo obtuvo el don de poder profundizar en la riqueza de la fe, y se convirtió en el Apóstol de los gentiles. Con carismas diversos trabajaron por una única causa: la construcción de la Iglesia de Cristo. Los ministerios y los carismas en la Iglesia, son dones del Señor resucitado y elevado al cielo. La espontaneidad de las nuevas comunidades es importante, pero es asimismo importante conservar la comunión con el Papa y con los obispos. Son ellos los que garantizan que no se están buscando senderos particulares, sino que a su vez se está viviendo en aquella gran familia de Dios que el Señor ha fundado con los doce Apóstoles (Benedicto XVI).

Dios no se deja ganar en generosidad y siembra. Siembra su presencia en nuestro mundo. Amor que nos da la certeza honda: somos buscados por Él, somos esperados por Él. Esa confianza es la que lleva al discípulo a estimular, acompañar y hacer crecer todas la buenas iniciativas que existen a su alrededor. Dios quieren que todos sus hijos participen de la fiesta del Evangelio. No impidáis todo lo bueno, dice Jesús, por el contrario, a crecer. Poner en duda la obra del Espíritu, dar la impresión de que la misma no tiene nada que ver con aquellos que “no son parte de nuestro grupo”, que no son “como nosotros”, es una tentación peligrosa. No bloquea solamente la conversión a la fe, sino que constituye una perversión de la fe. La fe abre la “ventana” a la presencia actuante del Espíritu y nos muestra que, como la felicidad, la santidad está siempre ligada a los pequeños gestos. “El que os dé a beber un vaso de agua en nombre -dice Jesús, pequeño gesto- no se quedará sin recompensa” (Mc 9, 41) (Papa Francisco).

El Señor habla de recompensa por el bien que se hace, pero no deja de advertir que los que realicen el mal -en especial, a los que escandalicen- sufrirán castigos eternos. Y así se comprende esas exhortaciones ante el peligro del escándalo: las acciones, las actitudes o comportamientos que pueden arrastrar a otros a obrar mal. Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen, mejor le es que le pongan al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y que le echen al mar. Y si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela. Más vale que entres manco en la Vida que, con las dos manos, ir a la gehenna, al fuego que no se apaga. Y si tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo. Más vale que entres cojo en la Vida que, con los dos pies, ser arrojado a la gehenna. Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo. Más vale que entres con un solo ojo en el Reino de Dios que, con los dos ojos, ser arrojado a la gehenna, donde su gusano no muere y el fuego no se apaga (Mc 9, 42-43.45.47-48). Estas advertencias van expresadas con tintes graves, que muestran aspectos de la radicalidad de la ética cristiana, y sientan las bases de la doctrina moral sobre la ocasión de pecado: estamos obligados a evitar la ocasión próxima de pecado como el pecado mismo. El bien eterno de nuestra alma es superior a toda estimación de bienes temporales.

Con la palabra gehenna, Cristo se refiere al infierno. La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, el “fuego eterno”. La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1.035). Para evitar este castigo eterno, todo aquello que nos pone en peligro próximo de pecado debe ser cortado y arrancado de nosotros.

Dios es Padre infinitamente bueno y misericordioso. Pero, por desgracia, el hombre, llamado a responderle en la libertad, puede elegir rechazar definitivamente su amor y su perdón, renunciando así para siempre a la comunión gozosa con Él. Precisamente esta trágica situación es lo que señala la doctrina cristiana cuando habla de condenación o infierno.

En la Carta de Santiago, el autor sagrado reprende con extraordinaria severidad el comportamiento y los abusos de algunos. Habéis acumulado riquezas en estos días que son los últimos. Mirad; el salario que no habéis pagado a los obreros que segaron vuestros campos está gritando; y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos. Habéis vivido sobre la tierra regaladamente y os habéis entregado a los placeres; habéis hartado vuestros corazones en el día de la matanza. Condenasteis y matasteis al justo; él no os resiste (St 5, 3-6). A esos hay que recordarles las palabras del Señor: ¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma? (Mt 16, 26).

La Iglesia continuamente implora la misericordia de Dios, que quiere que nadie perezca, sino que todos lleguen a la conversión (2 P 3, 9). En el Canon romano de la Misa le decimos a Dios: Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa, ordena en tu paz nuestros días, líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos. Y en la Liturgia de la horas hay un himno que nos habla de la misericordia de Dios: El Señor nos ha redimido por su muerte en la cruz. Por tu amor y compasión no nos dejes en poder de nuestras culpas, ilumina nuestras vidas, renovados por la sangre de tu Hijo. Hemos sido pecadores y nos hemos rebelado contra ti; no nos niegues, Padre nuestro, el abrazo de tu gran misericordia.

En su solicitud materna, la Santísima Virgen vino aquí, a Fátima, para pedir a los hombres “no ofender más a Dios nuestro Señor, que ya está muy ofendido”. Es el dolor de la Madre que la hace hablar; está en juego la suerte de sus hijos. Por eso decía a los pastorcillos: “Rezad, rezad mucho y haced sacrificio por los pecadores, que muchas almas van al infierno por no haber quien se sacrifique y pida por ellos” (San Juan Pablo II, Homilía 13.V.2000).

PROMESA DE VIDA Y RIQUEZA PARA LA HUMANIDAD. Homilía del Domingo XXV del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

Y saliendo de allí, iban caminando por Galilea; él no quería que se supiera, porque iba enseñando a sus discípulos. Les decía: “El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres; le matarán y a los tres días de haber muerto resucitará” (Mc 9, 30-31). Nuestro Señor Jesucristo anuncia repetidas veces a los apóstoles su pasión, muerte y resurrección. San Mateo cuenta a continuación de la última vez que Jesús hace este anuncio que se reunieron los príncipes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo en el palacio del sumo sacerdote, que se llamaba Caifás, y acordaron apoderarse de Jesús con engaño y darle muerte (Mt 26, 3-4). San Juan también habla de una convocatoria. Los príncipes de los sacerdotes y los fariseos convocaron el Sanedrín (Jn 11, 47). Y ¿cuál fue el motivo? Ver qué hacer con Jesús. Y la decisión tomada fue el de darle muerte. Anteriormente san Juan se refiere a otra reunión, también de los sacerdotes y fariseos. En esta ocasión Nicodemo salió en defensa de Jesús: ¿Es que nuestra Ley juzga a un hombre sin haberlo oído antes y conocer lo que ha hecho? (Jn 7, 51). ¿Hubo unanimidad en la condena del Señor? No, porque José de Arimatea, varón bueno y justo, miembro del Consejo, no estaba de acuerdo con su decisión y sus acciones (Lc 23, 50-51).

Lo tratado en esas reuniones aparece en el libro de la Sabiduría, escrito siglos antes de la pasión del Señor: Tendamos lazos al justo, que nos fastidia, se enfrenta a nuestro modo de obrar, nos echa en cara pecados contra la Ley y nos culpa de faltas contra la educación que recibimos. Veamos si son veraces sus palabras, examinemos lo que pasará en su tránsito. Pues si el justo es de verdad hijo de Dios, él le asistirá y le librará de las manos de sus enemigos. Sometámosle al ultraje y al tormento para conocer su rectitud y probar su paciencia. Condenémosle a una muerte afrentosa, pues, según él, Dios le asistirá (Sb 2, 12.17-20). Estas palabras de los impíos, dichas de forma irónica, tienen eco en los ultrajes de los escribas, fariseos, ancianos y príncipes de los sacerdotes contra Jesús en la cruz. Confió en Dios, que le salve ahora si le quiere de verdad, porque dijo:”Soy Hijo de Dios” (Mt 27, 43); Que el Cristo, el Rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que veamos y creamos (Mc 15, 32); El pueblo estaba mirando, y los jefes se burlaban de él y decían: Ha salvado a otros, que se salve a sí mismo, si él es el Cristo de Dios, el elegido (Lc 23, 35).

Jesús dice a sus apóstoles lo que le va a suceder en Jerusalén, pero ellos no entendían sus palabras y temían preguntarle (Mc 9, 32). San Marcos muestra la dificultad de los discípulos para entender las palabras de Jesús. No se les pasa por la cabeza que el Mesías tenga que sufrir y morir de forma afrentosa. Y es que únicamente con la gracia es posible entender estas verdades. Comenta san Anastasio de Antioquía: Esto que decía estaba de acuerdo con las predicciones de los profetas, que habían anunciado de antemano el final que debía tener en Jerusalén. Predecían también el motivo por el cual el Verbo de Dios, por lo demás impasible, quiso sufrir la pasión: porque era el único modo como podía ser salvado el hombre. Cosas, todas estas, que sólo las conoce Él y aquellos a quienes las revela.

¿Por qué temían preguntarle? Quizás para que su Maestro no diera más detalles de los sufrimientos que iba a padecer, lo cual les entristecería más aún. Pero si se sabe ciertamente por qué callaron cuando, estando ya en casa, les preguntó: “¿De qué hablabais por el camino?” (Mc 9, 33). Aquí el evangelista sí dice el motivo: Callaron, pues por el camino habían discutido entre sí quién era el mayor (Mc 9, 34). Lo que Jesús preguntó a sus apóstoles, una pregunta aparentemente indiscreta. Y esa pregunta también puede hacérnosla a nosotros hoy. Es como si nos dijera: ¿De qué habláis cotidianamente? ¿Cuáles son vuestras aspiraciones? Los apóstoles callaron porque les daba vergüenza decirle a Jesús de lo que hablaban. Como a los discípulos de ayer, también hoy a nosotros, nos puede acompañar la misma discusión: ¿Quién es el más importante?

El Señor sabía aprovechar las ocasiones para ir formando a los suyos. Esta vez con motivo de una discusión de sus discípulos mantenida a sus espaldas. Entonces se sentó y, llamando a los doce, les dijo: “Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todo” (Mc 9, 35). Y les habla de la actitud que deben tener, que debemos tener los cristianos. Una actitud de servicio, siguiendo el ejemplo de Cristo, pues el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir (Mc 10, 45). Jesús nos dice que la vida auténtica se vive en el compromiso concreto con el prójimo: servir, cuidar a los frágiles de nuestras familias, de nuestra sociedad, de nuestro pueblo. Son los rostros sufrientes, desprotegidos y angustiados a los que Jesús propone mirar e invita concretamente a amar.

Entre las personas más frágiles están los niños. Y tomando un niño, le puso en medio de ellos, le estrechó entre sus brazos y les dijo: “El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, no me recibe a mí sino a Aquél que me ha enviado” (Mc 9, 36-37). En los Santos Evangelios se ve la ternura de Jesús con los niños, que le hizo decir: Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis (Mc 10, 14). Los ángeles de los niños reflejan la mirada de Dios, y Dios no pierde nunca de vista a los niños. Existe una tierna y misteriosa relación de Dios con el alma de los niños. Es una relación real que Dios quiere y Dios la cuida. El niño está listo desde el nacimiento para sentirse amado por Dios. En el alma inocente de los niños está el amor de Dios. Si miramos a los niños con los ojos de Jesús, podríamos realmente entender en qué sentido protegemos a la humanidad. Los niños son una promesa de vida, y Dios vigila esta promesa desde el primer instante.

Los niños son en sí mismos una riqueza para la humanidad y también para la Iglesia, porque nos remiten constantemente a la condición necesaria para entrar en el reino de Dios: la de no considerarnos autosuficientes, sino necesitados de ayuda, de amor y perdón.

A mí me gusta decir que en una sociedad bien constituida los privilegios solamente deben ser para los niños y para los ancianos, porque el futuro de un pueblo está en manos de ellos. Los niños porque ciertamente llevarán la fuerza delante de la historia y los ancianos porque son la sede de la sabiduría de un pueblo y tienen que aportar esa sabiduría. Los horrores de la manipulación educativa que hemos vivido en las grandes dictaduras genocidas del siglo XX no han desaparecido: conservan su actualidad bajo ropajes diversos y propuestas que fuerzan a caminar a los niños por el camino dictatorial del “pensamiento único”. Me decía hace poco un gran educador: “A veces uno no sabe si con estos proyectos educativos manda al niño a la escuela o a un campo de reeducación”. Me viene a la mente el logotipo de la Sagrada Familia sobre un burrito escapando a Egipto defendiendo al Niño. A veces para defender hay que escapar. A veces hay que quedarse y proteger. A veces hay que pelear. Pero siempre hay que tener ternura (Papa Francisco).

El mismo Dios se hizo niño en Belén, y será para siempre signo de ternura y de su presencia en el mundo. El Niño de Belén es frágil, como todos los recién nacidos. No sabe hablar y, sin embargo, es la Palabra que se ha hecho carne, que ha venido a cambiar el corazón y la vida de los hombres. Este Niño, como todo niño, es débil y necesita ayuda y protección. También hoy los niños necesitan ser acogidos y defendidos desde el seno materno. Cuando los niños son recibidos, amados, custodiados, tutelados, la familia está sana, la sociedad mejora, el mundo es más humano.

Queremos para ellos un mundo mejor. En la Carta de Santiago se habla de la existencia en el mundo de envidias y espíritu de contienda, allí hay desconcierto y toda clase de maldad (St 3, 16). Es verdad, pero hay que continuar leyendo. En cambio la sabiduría que viene de lo alto es, en primer lugar, pura, además pacífica, complaciente, dócil, llena de compasión y buenos frutos, imparcial, sin hipocresía. El fruto de la justicia es sembrado con paz entre aquellos que promueven la paz (St 3, 17-18). ¿Quiénes promueven la paz? Los “pacíficos” de las Bienaventuranzas, que son -debemos ser los cristianos- los que crean a su alrededor un ambiente propicio para el desarrollo de la justicia y la santidad. Todo cristiano que se esfuerza por vivir de acuerdo con la fe recibida realiza una siembra de santidad y justicia llena de paz. Sólo así, sembrando paz y alegría, se construye un mundo más humano y más fraterno para ofrecérselos a los niños de hoy.

Vemos que en el mundo hay guerras y peleas entre los hombres. ¿De dónde proceden? El apóstol Santiago contesta, preguntando a su vez: ¿No es de vuestras pasiones que luchan en vuestros miembros? (St 4, 1). El pecado de Adán rompió la armonía que existía en el mundo; se desataron las pasiones. El hombre estropeó el mundo que Dios había creado. ¿No sabéis que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Por tanto, el que desee ser amigo de este mundo, se hace enemigo de Dios (St 4, 4).

¿Pero qué se entiende por mundo? La palabra mundo tiene varias acepciones. La primera designa al conjunto de la creación, y dentro de ella la humanidad, los hombres, a quienes Dios ama entrañablemente. En este contexto se entiende la enseñanza de san Josemaría Escrivá: El mundo no es malo, porque ha salido de las manos de Dios, porque es criatura suya, porque Yavé lo miró y vio que era bueno. En segundo lugar, mundo indica los bienes de la tierra, de suyo caducos y que pueden presentar oposición a los bienes del espíritu. Finalmente, porque los hombres malos han sido esclavizados por el pecado y por el demonio, príncipe de este mundo, el mundo es considerado a veces como enemigo de Dios y contrario a Cristo y a sus seguidores. En este sentido el mundo es malo, y por eso Jesús no es del mundo, ni lo son sus discípulos. Sí, el cristiano no es mundano, pero está en el mundo. Son cosas diferentes. Y está en medio del mundo para cristianizar la sociedad desde dentro. Un escritor francés dijo: El mundo sólo será salvado por unos cuantos hombres que estén plenamente en el mundo, pero que no se parezcan en nada al mundo.

En la tierra paz a los hombres de buena voluntad (Lc 2, 14). Ese don requiere ser implorado incesantemente en la oración. Recordemos el cartel: En la base de la paz está la oración. Este don se debe implorar y se debe acoger cada día con empeño, en las situaciones en las que nos encontramos. Le pedimos a Santa María, Reina de la paz, por este don divino para que los niños de hoy encuentren un mundo mejor.

En la fiesta de Santa Teresa de Calcuta

Madre Teresa, a lo largo de su existencia, fue una generosa dispensadora de la misericordia divina, poniéndose a disposición de todos por medio de la acogida y la defensa de la vida humana, tanto la no nacida como la abandonada y descartada. Se comprometió en la defensa de la vida, proclamando incesantemente que “el no nacido es el más débil, el más pequeño, el más pobre”. Se inclinó ante las personas desfallecidas que mueren abandonadas al borde de las calles, reconociendo la dignidad que Dios les había dado; hizo sentir su voz a los poderosos de la tierra, para que reconocieran sus culpas ante los crímenes de pobreza creada por ellos mismos. La misericordia fue para ella la “sal” que daba sabor a cada obra suya. Ella solía decir: Quizá no hablo tu idioma, pero puedo sonreír. Llevemos en el corazón la sonrisa y entreguémosla a todos los que encontremos en nuestro camino, especialmente a los que sufren. Abriremos así horizontes de alegría y esperanza a toda esa humanidad desanimada y necesitada de comprensión y ternura (Papa Francisco).