Compendio de Historia de la Iglesia. Curso 2017-18. Clases de Religión. Lección 19ª (La evangelización en Oceanía)

La evangelización en Oceanía

¿Cuándo llegó el Evangelio al archipiélago oceánico? A excepción de las islas Marianas y Carolinas, evangelizadas en los siglos XVII y XVIII por los jesuitas, todo el inmenso espacio restante, cuajado de puntitos de diminutas islas, recibió al principio del siglo XIX la primera semilla evangélica llevada por los misioneros de la congregación de los Padres de los Sagrados Corazones, también conocidos por los Padres de Picpus. Por tanto, las misiones católicas de Oceanía cuentan con poco más de dos siglos. Anteriormente, las exploraciones de Cook (1768-1779) atrajeron la atención del mundo civilizado sobre esas regiones que sólo imperfectamente se conocían desde el siglo XVI, por los viajes de Abreu, Serras y Magallanes. Éste último -portugués pero al servicio de la corona de España- fue el primer europeo que tocó las islas de Oceanía en 1529; y aunque hubo episodios aislados de una acción misionera en el siglo XVII, estos no tuvieron éxito. A finales del siglo XVIII fueron misioneros protestantes los primeros que llegaron para establecerse de forma definitiva, lo que dificultó al apostolado católico con las llamadas esferas de influencia impuestas por los protestantes.

Además de los Padres de Picpus, también llegaron los Padres de la Sociedad de María (Padres Maristas) y los Misioneros del Sagrado Corazón (Padres de Issoudun). A estos tres institutos misioneros se les confió la evangelización de Oceanía. Más tarde, en la segunda mitad del siglo XIX, llegaron misioneros de otras órdenes religiosas

¿Cómo comenzó el catolicismo en Australia? Al independizarse los Estados Unidos de Inglaterra, los presidiarios de Inglaterra fueron deportados a Australia. Con ellos, en el año 1798, llegaron los primeros católicos irlandeses, entre ellos tres sacerdotes: Harold, O’Neill y Dixon, a los cuales se les prohibió ejercer su ministerio. Por tanto, el catolicismo en Australia nació y creció en prisión. Se resume la situación de los primeros años en las circunstancias de la primera Misa de que queda constancia: fue celebrada en Sydney en mayo de 1803 para una concentración de prisioneros, bajo estrictas regulaciones gubernativas, con vigilancia de policía, por el sacerdote recluso irlandés, padre James Dixon, detenido por supuesta complicidad en la rebelión irlandesa de 1798.

Al poco tiempo los sacerdotes fueron repatriados. En el 1810 el último volvía a Irlanda,

dejando unos seis mil deportados católicos. Entonces la Santa Sede decidió enviar como prefecto apostólico al cisterciense irlandés Jeremías Flynn, pero la violencia del gobernador de Australia fue tal que tuvo que irse. Hasta 1820 la fe fue preservada por unos cuantos seglares católicos, rehusando el Gobierno permitir el ministerio sacerdotal. Tanto el Gobierno como la sociedad de la colonia eran hostiles al catolicismo, promocionando exclusivamente la religión anglicana, incluso por la fuerza, considerando al catolicismo una superstición ignorante, identificada con los intentos de rebelión irlandesa, y generalmente como una amenaza al buen orden social. En consecuencia, a los católicos se les negaba la libertad de culto si eran reclusos o se les concedía una tolerancia muy limitada si eran libres.

En 1820, el Gobierno británico nombró dos capellanes católicos, irlandeses, los Padres Therry y Connolly. El Padre Therry (1790-1864) era un sacerdote de una energía apostólica prodigiosa y valiente. Inmediatamente puso manos a la obra para acometer la ingente tarea de proporcionar auxilios espirituales a los 10.000 católicos aproximadamente que había en la población de la colonia (unos 30.000 en total). Inició la construcción de una iglesia y se vio envuelto en fuertes disputas con las autoridades civiles en su intento por asegurar la libertad de las prácticas religiosas para los católicos. Llegó a ser el héroe de la comunidad católica, tanto de los reclusos como de los libres, y una constante molestia para el Gobierno. La aprobación en 1829 de un Acta de Emancipación para los católicos, seguida del nombramiento de un gobernador más condescendiente, mejoró la situación de aquéllos en la colonia, buscando el Gobierno en 1833 la designación de una jerarquía eclesiástica con quien poder tratar, al establecer sus relaciones con la religión católica. En aquella fecha Australia era parte de una provincia eclesiástica que incluía África del Sur, isla Mauricio y Madagascar, gobernada por benedictinos ingleses. Por consiguiente, se hizo el nombramiento de un vicario general benedictino inglés, William Ullathorne (1806-89), aun cuando el laicado católico en Australia era casi exclusivamente irlandés. Ullathorne quedó aterrado del estado de vicio, e irreligiosidad de la población penal y de la terrible escasez de sacerdotes: sólo cinco para unos 16.000 católicos esparcidos. Pidió el nombramiento urgente de un obispo, siendo designado el benedictino inglés John Bede Polding (1794-1877) en 1835.

¿Cuál fue el desarrollo posterior de la Iglesia en Australia? El arzobispo Polding era un sacerdote con una fogosidad y un amor sorprendentes, de grandes aptitudes misioneras. Sin embargo, no fue un buen administrador; deficiencia acentuada por sus frecuentes y prolongadas ausencias en viajes misionales a zonas remotas. Tuvo el deseo de establecer un monasterio benedictino como centro y forma básica de la vida católica en la Australia misional, pero no pudo llevar a cabo su proyecto. El episcopado de Polding levantó pronto serios problemas, si bien tal estado de cosas se redujo a la diócesis de Sydney. En 1840, se constituyó una jerarquía eclesiástica australiana para llevar el ritmo de la rápida expansión en la colonia; Sydney, Hobart y Adelaida en 1842, Australia Occidental en 1846 y Melbourne en 1847, con Polding de arzobispo. Todos los obispos entre los años de 1840 y 1860 tuvieron dificultades por parte de algunos grupos de sacerdotes y laicos. Los orígenes de estos problemas fueron tres principalmente: el radical movimiento igualitario que era general dentro de la población de la colonia en aquel tiempo, la reacción insubordinada de 50 años de catolicismo vivido sin la autoridad del clero y las corrientes de pensamiento asociadas con los movimientos católicos liberales de Europa e Inglaterra. La fermentación fue particularmente intensa en Sydney, donde a finales de la década de los años de 1850 un grupo de laicos descontentos protestó de la administración de Polding, protesta a la que contribuyó también la resistencia de aquéllos casi todos eran de origen irlandés a la administración llevada por obispo inglés. La principal conclusión fue la necesidad de más sacerdotes. La emigración libre a Australia se había incrementado rápidamente desde la década de 1840 y con el descubrimiento de las minas de oro alcanzó dimensiones de riada durante la fiebre del oro en la época victoriana de la década de 1850. Los nuevos colonos católicos eran casi todos irlandeses y éstos pedían clero irlandés, afirmando que los benedictinos por ser ingleses querían impedirlo. Finalmente, la política benedictina de Polding terminó por orden de Roma. Después de 1865, en unos pocos años, una serie de nuevos nombramientos de obispos realizada directamente desde Irlanda calmó la situación.

¿Qué problema surgió en la segunda mitad del siglo XIX? Entre los años 1860 y 1870 surge un nuevos problema: la amenaza externa planteada por un movimiento en toda Australia para reorganizar la educación pública. El problema de la educación se planteó en los siguientes términos: el Gobierno retiraría sus asignaciones para ayuda a la educación de carácter confesional que serían ahora dedicadas exclusivamente al sistema de educación pública, la cual sería libre, obligatoria y laica. Todos los obispos se opusieron a los proyectados cambios en fuertes disputas públicas en la década de 1870, en donde condenaron el principio de educación laicista, que quitaba a los padres la libertad para elegir escuelas para sus hijos. En su primera etapa, esta confrontación fue dirigida por el arzobispo Polding y el obispo Goold de Melbourne (1812-86), encontrando más tarde una jefatura decidida y elocuente en el arzobispo Vaughan (1838-83), que sucedió a Polding en 1877. El resultado fue una serie de Actas sobre educación laica entre 1872 y 1880 a las cuales los obispos respondieron con acuerdos de construir y financiar un sistema independiente de educación católica, con órdenes religiosas dedicadas a la enseñanza. Esta situación continúa y el sistema educativo ha absorbido muchas de las energías del catolicismo australiano, siendo también una fuente de fricción entre la Iglesia y el Estado.

¿Quiénes evangelizaron Nueva Zelanda? La evangelización de este país fue confiada a los Padres Maristas en el año 1833. Cinco años después, los católicos apenas eran unos trescientos. A mitad del siglo XX ya eran unos doscientos mil.

¿Hubo persecución contra los católicos? El mayor obstáculo que encontraron los misioneros católicos fue el concepto que los indígenas se habían hecho del hombre blanco como un explotador y sin escrúpulos. Esto provocó en ciertos casos reacciones violentas, y algunos misioneros regaron con su sangre los cimientos de las comunidades que estaban fundando. Entre quienes iniciaron y continuaron la tarea misionera hubo santos y mártires que constituyen la mayor gloria del pasado de la Iglesia en Oceanía. Destacan entre esos testigos de la fe san Pedro Chanel, padre marista francés, martirizado en 1841 en la isla de Futuna; los beatos Diego Luis de San Vitores y Pedro Calungsod, asesinados juntos en 1672 en Guam; el beato Giovanni Mazzucconi, martirizado en 1851 en la isla de Woodlark, y el beato Pedro To Rot, asesinado en Nueva Bretaña en 1945 a finales de la segunda guerra mundial. Junto con muchos otros, estos héroes de la fe cristiana contribuyeron, cada uno a su manera, a implantar la Iglesia en las islas de Oceanía.

Nunca se valorá suficientemente el heroísmo de los misioneros que evangelizaron Oceanía, las múltiples islas del Pacífico, en condiciones muy difíciles, condenados a menudo a la soledad por falta de comunicaciones, y en el pasado, a rivalidades con los ingleses protestantes de varias denominaciones. Entre los misioneros que han vivido, trabajado y muerto anunciando la Buena Nueva en este continente se encuentra san Damián Veuster, de nacionalidad belga y misionero de la Congregación de los Sagrados Corazones, que trabajó en Molokai, una isla entre Honolulú y Hawai, donde vivían cientos de leprosos en la más absoluta miseria física y moral. El Padre Damián se hizo leproso con los leprosos, con el fin de ganarlos a todos para Jesucristo. En el año 1889 murió consumido por la lepra y por una vida de entrega total, cuando tan sólo tenía 48 años de edad.

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Compendio de Historia de la Iglesia. Curso 2017-18. Clases de Religión. Lección 18ª (Los mártires de Uganda)

Los mártires de Uganda

¿Cuáles son los santos africanos de la época moderna? La gloria y esplendor del período contemporáneo de la evangelización en África quedan ilustrados de modo admirable por los santos que el África moderna ha dado a la Iglesia. El beato Pablo VI manifestó con elocuencia esta realidad al canonizar a los mártires de Uganda en la Basílica de san Pedro: Estos mártires africanos vienen a añadir a ese catálogo de vencedores, que es el martirologio, una página trágica y magnífica, verdaderamente digna de sumarse a aquellas maravillosas de la antigua África (…). El África, bañada por la sangre de estos mártires, primicias de la nueva era -y Dios quiera que sean los últimos, pues tan precioso y tan grande fue su holocausto- resurge libre y redimida.

La serie de santos que África da a la Iglesia, serie que es su mayor título de honor, continúa creciendo. Entre los más recientes están: la beata Clementina Anwarite, virgen y mártir del Congo; la beata Victoria Rasoamanarivo, de Madagascar, y santa Josefina Bakhita, de Sudán. También el beato Isidoro Bakanja, mártir del Congo.

¿Quiénes fueron los mártires de Uganda? En el año 1886 san Carlos Lwanga y doce compañeros, todos ellos de edades comprendidas entre los catorce y los treinta años, pertenecientes a la corte de jóvenes nobles o al cuerpo de guardia del rey Mwanga, que como neófitos o seguidores de la fe católica, por no ceder a los deseos impuros del monarca, murieron en la colina Namugongo, en Uganda, degollados o quemados vivos. De 1885 a 1889, en la persecución contra los cristianos decretada por el rey Mwanga fueron murieron mártires 22 católicos y 23 anglicanos.

El joven rey Mwanga, influenciado por algunas de sus amistades árabes, empezó a practicar la homosexualidad y decidió eliminar de su reino al cristianismo. Y comenzó con la ejecución de los primeros mártires jóvenes anglicanos, incluido el obispo anglicano James Hannington. Esto hizo que el seminarista católico José Mkasa, amigo personal del rey en su juventud, a hacer de profeta Natán ante el rey asesino. Pero a diferencia del rey David, que se arrepintió de sus culpas, Mwanga respondió asesinando a quien le reprochaba su comportamiento. José murió decapitado y quemado no sin antes haber perdonado de corazón al rey, por el cual oró para su conversión.

Carlos Lwanga, sustituyó al primer mártir católico en el liderazgo de la comunidad católica de la corte. Una de las preocupaciones del nuevo líder cristiano era la de proteger a los jóvenes cristianos de los deseos lujuriosos del monarca. Cuando uno de los pajes se opuso a mantener relaciones sexuales con el soberano, el mismo rey le preguntó cuál era su razón para rechazarle. El paje le dijo que estaba recibiendo el catecumenado cristiano de manos de Daniel Ssebuggwawo. El rey montó en ira y tras llamar a Daniel a su presencia le atravesó el cuello con una lanza. No contento con ello, convocó a toda la corte para el día siguiente. Carlos Lwanga, previendo lo que habría de ocurrir al día siguiente, bautizó a los cuatro catecúmenos que aún no habían recibido las aguas bautismales. Y en la mañana del 25 de mayo de 1886, el rey Mwanga separó del resto de su corte a todos los cristianos que había en la misma, incluidos quince varones menores de 25 años. Tras conminarles inútilmente a que abandonaran su fe, les condenó a muerte, sentencia que se ejecutó en parte ese mismo día y también en días posteriores. Uganda recuerda el 3 de junio como el de más martirios, tanto de anglicanos como de católicos.

De estos mártires dijo el papa Francisco durante su viaje apostólico a Uganda: Los santos José Mkasa y Carlos Lwanga que, después de haber sido instruidos por otros en la fe, han querido transmitir el don que habían recibido. Lo hicieron en tiempos difíciles. No estaba amenazada solamente su vida, sino también la de los muchachos más jóvenes confiados a sus cuidados. Dado que ellos habían cultivado la propia fe y habían crecido en el amor de Cristo, no tuvieron miedo de llevar a Cristo a los demás, aun a precio de la propia vida. Su fe se convirtió en testimonio; venerados como mártires, su ejemplo sigue inspirando hoy a tantas personas en el mundo. Ellos siguen proclamando a Jesucristo y el poder de la cruz (Papa Francisco, Homilía en el Santuario de los mártires de Uganda).

LA SIEMBRA DE LA PALABRA DE DIOS. Homilía del Domingo XI del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

El apóstol san Pablo, en su segunda carta a los cristianos de Corinto, escribe: Siempre estamos llenos de buen ánimo, aun sabiendo que mientras moramos en el cuerpo, estamos en destierro lejos del Señor, pues caminamos en la fe y no en la visión (2 Co 5, 6-7). Dios nos ha creado para que gocemos de la visión beatífica, para que le veamos tal cual es, cara a cara. En esta tierra estamos en camino hacia la casa del Padre. Vivimos de fe. Esta tierra no es nuestra patria; estamos en ella como de paso, cual peregrinos. Nuestra patria es el Cielo, que hay que merecer con la gracia de Dios y nuestras buenas acciones. Nuestra casa no es la que habitamos al presente, que nos sirve tan sólo de morada pasajera; nuestra casa es la eternidad (San Alfonso María de Ligorio, Sermones abreviados 16, 1, 2).

Fe, pero también caminamos con esperanza y con el deseo de vivir junto al Señor. Este deseo hará que no perdamos de vista que aquí, en la tierra, hemos de esforzarnos por ser gratos a Dios.

Después que mi piel se haya destruido, desde mi carne veré a Dios. Yo lo veré por mí mismo, mis ojos lo contemplarán y no otro (Jb 19, 26-27). Este pasaje bíblico nos recuerda una de las verdades de la fe: después de la muerte, si hemos sido fieles a las exigencias de nuestra vocación cristiana, nos espera la felicidad eterna, que deriva de la contemplación de Dios y de la participación en la vida divina. Y, en el fin de los tiempos, cuando el Señor vuelva glorioso sobre la tierra, esperamos la resurrección de la carne.

El camino del Cielo es el cumplimiento de la voluntad de Dios, no el repetir su nombre. No todo el que dice: ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos (Mt 7, 21). La voluntad de Dios está expresada en el Decálogo. Hay una una estrecha relación entre la vida eterna y la obediencia a los mandamientos de Dios: los mandamientos indican al hombre el camino de la vida eterna y a ella conducen.

Porque todos debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba conforme a lo bueno o malo que hizo durante su vida mortal (2 Co 5, 10). Aquí san Pablo se refiere al juicio particular. El Magisterio de la Iglesia afirma la existencia de este juicio: Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1.022). La sentencia de premio (el Cielo) o castigo (el Infierno) depende de los merecimientos del alma durante su vida en la tierra, ya que con la muerte termina el tiempo y la posibilidad de merecer.

Meditar sobre los novísimos (muerte, juicio, infierno y cielo) hace mucho bien. El pensar que Dios nos puede llamar en cualquier momento nos ayuda a vivir siempre bien preparados para comparecer ante el Señor; creer en el Cielo que hay que ganar nos estimula a hacer méritos para conseguirlo; y la existencia del Infierno que hay que evitar hace que luchemos para vencer las tentaciones y no pecar.

El tercer misterio luminoso es El anuncio del Reino de Dios invitando a la conversión. Jesucristo ha venido a la tierra a salvar a toda la humanidad de la esclavitud del pecado, del demonio y de la muerte, y abrir así el camino de salvación. Y quiso decirnos que su deseo es tenernos a todos en el paraíso; y que el infierno, de lo que se habla poco en nuestro tiempo, existe y es eterno para todos los que cierren su corazón a su amor.

Todos los hombres están llamados a entrar en el Reino. Anunciado en primer lugar a los hijos de Israel, este reino mesiánico está destinado a acoger a los hombres de todas las naciones. Para entrar en él, es necesario acoger la palabra de Jesús (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 543). Escribe san Pablo a los cristianos de Roma: …todo el que invocare el nombre del Señor será salvo. Pero ¿cómo invocarán a Aquél en quien no han creído? Y ¿cómo creerán sin haber oído de Él? Y ¿cómo oirán si nadie les predica? Y ¿cómo predicarán si no son enviados? (Rm 10, 13-15).

El Reino de Dios viene a ser como un hombre que echa la semilla sobre la tierra, y, duerma o vele noche y día, la semilla nace y crece, sin que él sepa cómo (Mc 4, 26-27). La semilla que hay que esparcir es la Palabra de Dios, la doctrina de Cristo. Si hay siembra, siempre habrá fruto. La siembra se realiza con la catequesis, que es una de las tareas primordiales de la Iglesia, a la que siempre ha dedicado sus energías. Se ha dicho que un pueblo que no conoce el Catecismo es un pueblo muerto, como muere sin agua la semilla en el campo.

La Palabra de Dios se compara a una pequeña semilla sembrada en el campo: los que escuchan con fe y se unen al pequeño rebaño de Cristo han acogido el Reino; después la semilla, por sí misma, germina y crece hasta el tiempo de la siega (Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, n. 5).

Y con muchas parábolas semejantes les anunciaba la palabra, conforme a lo que podían entender (Mc 4, 33). En nuestros días la tarea evangelizadora de la Iglesia es urgente, pues una gran indiferencia religiosa colorea de incredulidad el globo terráqueo. Un desinterés -cada vez mayor- por la formación en la fe recibida se palpa en la vida de muchos cristianos. Hay quienes olvidan que la fe es vida, que las verdades religiosas hay que convertirlas en motor de la propia vida, procurando que influyan en la conducta cotidiana. Bastantes personas bautizadas viven despreocupadas en lo que se refiere a la Religión.

Ante este panorama, hay que reaccionar. Hemos de ser puntos de luz ahora que hay tanta oscuridad e ignorancia de Dios; hemos de ser fuego para encender tantas almas que están apagadas; hemos de ser torrente de ilusión para contagiar nuestros ideales cristianos a los demás; hemos de ser fermento de caridad para romper las cadenas del odio reavivado por los enemigos de la Iglesia; hemos de ser de los que anuncian el Evangelio de la paz y cosas buenas para superar el mal con el bien.

Hay que catequizar a todos los hombres, pero quizá con mayor urgencia a los niños y a los jóvenes. Una catequesis que debe empezar en el ambiente familiar. Los padres deben ser los primeros catequistas de sus hijos; transmisores del Cristianismo desde la alegría, pues Dios está vivo y es la fuente de la alegría y de la felicidad. Sí, catequesis en la familia, pero también en las parroquias y en los colegios con ideario cristiano.

La catequesis no es otra cosa que repetir las verdades del Evangelio, y de esto es de lo que tiene necesidad tantos y tantos que no conocen el misterio de Jesucristo ni la Iglesia fundada por Él. Es la enseñanza de la Doctrina cristiana que todo bautizado, está obligado a aprender para cumplir sus obligaciones de cristiano; y cuyas partes principales son las verdades que se deben creer, los mandamientos que hay que cumplir, y los medios que tiene a su disposición para santificarse: la oración y los sacramentos.

Repasemos con alguna frecuencia el Catecismo de la Iglesia Católica. Nos vendrá muy bien para combatir la ignorancia religiosa con la doctrina; para catequizar con don de lenguas; para fomentar la vida de piedad, orientando el alma hacia el amor a Dios, a la Sagrada Eucaristía y a la Santísima Virgen; para enseñar a rezar, explicando a quién se reza y por qué se reza.

Otra de las parábolas del Señor es la de cizaña. También aquí se habla de sembrar y del Reino de los Cielos. Éste es como un hombre que sembró buena semilla en el campo (Mt 13, 24). Más adelante el mismo Cristo dice que el que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo (Mt 13, 27-28). El Señor siembra la palabra, pero también el diablo siembra, y lo que siembra es el mal, la cizaña. En la parábola se dice: Pero, mientras dormían los hombres, vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue (Mt 13, 25). A veces nos dormimos. Mal sueño. El diablo no se toma vacaciones; aprovecha todas las ocasiones para hacer el mal. Por eso, los cristianos hemos de estar siempre vigilantes. Ahoguemos el mal en abundancia de bien. Tenemos que hacer fructificar la semilla sembrada por el Señor dando a conocer las enseñanzas evangélicas. Y aunque la cizaña sea abundante, al final el triunfo será de Cristo.

No es fácil distinguir entre el trigo y la cizaña hasta que no aparece la espiga granada, como tampoco a veces es fácil separar el bien del mal. Por eso el hombre que sembró semilla buena no se precipitó. Cuando sus siervos le dicen: ¿Quieres que vayamos arrancarla? (Mt 13, 28), les responde: No, no vaya a ser que, al arrancar la cizaña, arranquéis también con ella el trigo . Dejad que crezcan juntos hasta siega. Y al tiempo de la siega les diré a los segadores: “Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla; el trigo, en cambio, almacenadlo en mi granero” (Mt 13, 29-30).

Vemos la paciencia de Dios. La parábola es una advertencia y un aviso. Dios tiene paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie se pierda, sino que todos se conviertan (2 P 3, 9), pero exige obras que avalen la conversión. El tiempo de la siega es el fin del mundo, el día del Juicio Universal. Al final, Cristo -Hijo del hombre triunfante- juzgará a todos y dará a cada uno su merecido.

El campo es el mundo. Por otra parábola del Señor -la del sembrador- sabemos que no toda semilla que es arrojada al campo da fruto, por diversos motivos (cae junto al camino y es pisoteada o se la come los pájaros; o cae sobre piedras o en medio de las espinas), pero hay una parte que cayó en la tierra buena, y cuando nació dio fruto al ciento por uno (Lc 8, 8). Estamos llamados a trabajar en ese campo que es el mundo entero, a gastar nuestros días en una tarea de siembra, a preparar una tierra para que la simiente esparcida a voleo por el Sembrador Divino dé un fruto al ciento por uno.

Esta tarea consiste en llevar los tesoros de la fe a los confines de la tierra; en encauzar la energía que brota de la juventud hacia el inmenso mar sin fondo del amor de Dios; en sacudir de su poltronería a los cristianos aburguesados. Hay que labrar la tierra arrancando la mala hierba de las pasiones, hasta convertirla en buena tierra donde la semilla arraigue. Entonces habrá frutos de santidad y verdaderos milagros de la gracia, como brotar un amor ardiente por Jesucristo en los corazones de aquellos que en el desierto de sus vidas, de esa vidas sin Cristo, se inclinaban hacia la tierra como plantas sin agua; florecer en la tierra joven alegría donde antes sólo había tristeza; generosidad en medio de un campo sembrado de hipocresía por el enemigo de la verdad; libertad en ojos llorosos bañados por lágrimas de esclavitud.

Cuando llegue el momento de mayor dificultad -que lo habrá-, las horas de cansancios y fatigas, y tengamos que soportar en esta siembra de la Palabra de Dios el peso del día y del calor, acudamos a Santa María. Ella hará que recobremos fuerzas para seguir trabajando con ilusión y vibración apostólica en la viña del Señor.

La Jerarquía de la Iglesia

Compendio de Historia de la Iglesia. Curso 2017-18. Clases de Religión. Lección 18ª (Tercera fase evangelizadora de África)

Tercera fase evangelizadora de África

¿En qué siglo empezó la tercera fase de la evangelización de África? Una vez evangelizado el Nuevo Mundo -América-, la actividad misionera de la Iglesia Católica abrió sus horizontes en el Continente Negro. Y durante el siglo XIX fueron muchas las expediciones de misioneros que van saliendo de Europa a diversas regiones de África. Esta tercera fase de evangelización es un período caracterizado por un esfuerzo extraordinario, llevado a cabo por los grandes apóstoles y animadores de las misiones africanas. Es la fase de la reorganización definitiva y completa de las misiones en África y de la creación de sociedades misioneras especializadas, y las obras de auxilio a las misiones. En este período ha habido un rápido crecimiento de la Iglesia en África, pues los africanos respondieron muy generosamente a la llamada de Cristo. Verdaderamente los frutos de los misioneros en el África negra es una maravilla de la gracia de Dios.

¿Cuáles han siglo las principales sociedades misioneras que han evangelizado África en el siglo XIX? Las más importantes son: la Congregación del Espíritu Santo; los Padres Blancos y las Hermanas Blancas; y las Misiones Africanas de Verona (Combonianos).

La Congregación del Espíritu Santo fue fundada por el sacerdote francés Claude-François Poullart des Places, el 27 de mayo de 1703. Son conocidos como los Espiritanos. La Congregación de los Padres Blancos -“misioneros de África”, como se llamaron al principio- fue fundada por el cardenal Lavigerie, movido por el deseo de promover el apostolado misional de África. El Instituto de los Misioneros Combonianos del Corazón de Jesús fue fundado el 1 de julio de 1867 por san Daniel Comboni, para dedicarse a la evangelización de los pueblos no suficientemente evangelizados o que no han conocido nunca de Cristo, especialmente en África.

La labor misionera en África ha sido prodigiosa: enseñanza, promoción del africano a la cultura europea, siembra de las ideas de igualdad y fraternidad entre todos los hombres hijo del mismo Padre, lucha contra la esclavitud y la segregación racial, defensa de los derechos de los africanos, actuando valientemente, cuando así era necesario, ante los mismos poderes coloniales.

¿Cómo ha sido la expansión del cristianismo en África durante el siglo XX? Verdaderamente espectacular. Del medio millón de católicos que había en 1900 se pasó en más treinta millones al final del siglo XX. La Santa Sede fue creando vicariatos apostólicos a la vez que favorecía a las sociedades misioneras. Además se van transformando las misiones en diócesis, en las cuales se va formando el clero autóctono.

En 1930 se consagró un obispo etíope católico, y en 1939 tuvo lugar la ordenación episcopal de obispos negros en Uganda y en Madagascar. En 1952 hay cuatro nuevos obispos africanos. En la apertura del Concilio Vaticano II, 58 padres conciliares son africanos. El número de obispos de África iba creciendo con rapidez según avanzaba el siglo. A finales de 1969 hay en África 135 obispos africanos de un total de 325, 32 arzobispos de un total de 46 y cinco cardenales.

CON CRISTO, LA VICTORIA ES NUESTRA. Homilía del Domingo X del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

A imagen tuya creaste al hombre y le encomendaste el universo entero, para que, sirviéndote sólo a ti, su Creador, dominara todo lo creado. Y cuando por desobediencia perdió tu amistad, no lo abandonaste al poder de la muerte, sino que, compadecido, tendiste la mano a todos, para que te encuentre el que te busca (Plegaria eucarística IV). Estas pocas palabras son como un canto a la misericordia de Dios, y una llamada a la esperanza porque cuando el hombre pecó, Dios se compadeció de él y decidió salvarle. Por tanto, no perdamos nunca la esperanza.

El hombre, creado por Dios, desobedece un mandato divino, y enseguida experimenta los efectos del pecado. Yavé Dios llamó al hombre y le dijo: “¿Dónde estás?” Éste contestó: “Te oí andar por el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo; por eso me escondí”. Él replicó: “¿Quién te ha hecho ver que estabas desnudo? ¿Has comido acaso del árbol del que te prohibí comer?” (Gn 3, 9-11). El hombre y la mujer han conocido el mal y lo proyectan, antes que nada, a lo que les es más propio e inmediato: sus propios cuerpos. Se ha roto la armonía interior, descrita así por el autor sagrado: Ambos estaban desnudos, el hombre y su mujer, y no sentían vergüenza (Gn 2, 25). Por el pecado surgió la concupiscencia. El dominio de las facultades espirituales del alma sobre el cuerpo se quiebra. Y al mismo tiempo, se rompió la amistad entre el hombre y Dios. El hombre rehuye su presencia para no ser visto por su Creador en su desnuda realidad, que no es otra que la de ser pecador. ¡Como si Dios no conociese lo que ha pasado!

Y hay una tercera ruptura. También se rompió la armonía entre el hombre y la mujer: él la culpa a ella. Dijo el hombre: “La mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí” (Gn 3, 12). A partir de entonces la unión entre el hombre y la mujer es sometida a tensiones y sus relaciones estarán marcadas por el deseo y el dominio.

También la mujer se excusa ante Dios, echando las culpas a la serpiente. Dijo, pues, Yavé Dios a la mujer: “¿Por qué lo has hecho?” Y contestó la mujer: “La serpiente me sedujo, y comí” (Gn 3, 13). Pero los tres -el hombre, la mujer y la serpiente han tenido su parte de responsabilidad, por lo que a los tres se les anuncia el castigo. He aquí las palabras de Dios dirigidas a la serpiente: Por haber hecho esto, maldita seas entre todas las bestias y entre todos los animales del campo. Sobre tu vientre caminarás, y polvo comerás todos los días de tu vida. Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y el suyo: él te pisará la cabeza mientras tú le herirás en el talón (Gn 3, 14-15).

El castigo que Dios impone a la serpiente incluye el enfrentamiento perpetuo entre la mujer y el diablo, entre la humanidad y el mal, con la promesa de la victoria por parte del hombre. Por eso se ha llamado a este pasaje el “Protoevangelio”, el primer anuncio que recibe la humanidad de la buena noticia del Redentor. La victoria sobre el diablo la llevará a cabo un descendiente de la mujer, el Mesías. La Iglesia siempre ha entendido estos versículos del “Protoevangelio” en sentido mesiánico referidos a Jesucristo, y ha visto en la mujer, madre del Salvador prometido, a la Virgen María.

Nuestros primeros padres -Adán y Eva- fueron expulsados del paraíso terrenal por desobedecer a Dios. Salieron tristes por haber perdido la amistad con Dios y los dones sobrenaturales y preternaturales, pero con la esperanza del Mesías. Por eso recorremos el camino de la vida con esperanza. A pesar de las muchas dificultades que podamos tener, sabemos que en esperanza fuimos salvados (Rm 8, 24). Una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino. (Benedicto XVI, Encíclica Spe salvi, n. 1).

Dios no es un Dios que desde su inmutable serenidad espiritual presida impasible la suerte de los hombres y el curso de la historia. Es un Dios vivo, que ve la miseria del hombre y escucha sus clamores. Es un Dios que se interesa por la vida, un Dios que libera y guía, un Dios que interviene en la historia y abre camino a una nueva historia. Es un Dios de esperanza.

San Pablo también nos habla de esperanza: Quien resucitó al Señor Jesús también nos resucitará con Jesús y nos pondrá a su lado con vosotros. Porque todo es para vuestro bien (2 Co 4, 14-15). La esperanza de conseguir una gloria eterna. Esta vida terrena no está exenta de tribulaciones, y tiene fin. Por eso nosotros no ponemos nuestros ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las visibles son pasajeras, y en cambio las invisibles, eternas (2 Co 4, 18).

Ante realidades sociales difíciles y complejas es preciso reforzar la esperanza, que se funda en la fe y se expresa en una oración incansable. La oración es la que mantiene encendida la llama de la fe. La esperanza cristiana nos mueve, de una parte, a no perder nunca de vista la meta última de nuestra peregrinación terrena, que es la posesión de Dios en el Cielo; y, de otra, a alcanzar paz en la lucha, firmeza en las dificultades, victoria en las tentaciones, aunque de cuando en cuando caigamos por tierra, a causa de la debilidad humana, y hayamos de levantarnos (Javier Echevarría, Carta 1.I.1998, Romana n. 26).

El linaje de la mujer aplastará la cabeza de la serpiente. Jesucristo ha venido a la tierra a arrancar el dominio que el demonio tenía sobre el mundo, con una lucha incesante, y siempre vence. Por eso, cuan seamos tentados por Satanás, acudamos pronto al Señor. Con su ayuda rechazaremos la tentación, saldremos victoriosos. Los Santos Evangelios repetidas veces muestra el poder del Señor sobre el demonio y las fuerzas diabólicas. Un tipo de milagros que realiza Cristo es expulsión de demonios en personas poseídas por espíritus malignos (expulsa los demonios del poseso de Gerasa; hace hablar a un poseso mudo…). Las expulsiones de demonios que narran los evangelistas vienen resumidas en los Hechos de los Apóstoles, en el discurso de san Pedro ante Cornelio y su familia. Hablando de Cristo dijo: Pasó haciendo el bien y sanando a todos los que habían caído bajo el poder del diablo (Hch 10, 38).

En una ocasión llevaron ante Jesús a un endemoniado ciego y mudo. Y lo curó, de manera que el mudo hablaba y veía. Entonces los fariseos y escribas dijeron: Está poseído por Beelzebul y por el príncipe de los demonios expulsa los demonios (Mc 3. 22). Con estas palabras acusan a Cristo de ser instrumento del diablo. La obstinación de los enemigos de Jesús no cede ante la evidencia del milagro. Puesto que no pueden negar el valor extraordinario del hecho, lo atribuyen a artes demoníacas, con el intento de negar que Jesús es el Mesías. El Señor les replica con un razonamiento que no permite escapatoria, y después de preguntarles: ¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? (Mc 3, 23), dice: Yo expulso los demonios por el Espíritu de Dios (Mt 12, 28). Las expulsiones de demonios que hace son pruebas evidentes de que con Él ha llegado el Reino de Dios y, por tanto, el diablo –príncipe de este mundo (Jn 12, 31)- ha sido arrojado fuera, bien lejos de sus dominios.

Después de referirse al poder por el cual expulsa los demonios, Jesús dice: Cuando uno es fuerte y está bien armado custodia su palacio, sus bienes están seguros; pero si llega otro más fuerte y le vence, le quita sus armas en las que confiaba y reparte su botín (Lc 11, 21-22). El fuerte y bien armado es el demonio, que con su poder tenía esclavizado al hombre; pero Jesucristo, más fuerte que él, ha venido, le ha vencido y le ha desalojado de donde se había enseñoreado. Por eso, por muy fuertes que sean los ataques del demonio, con Cristo no hay nada qué temer. Pero tengamos en cuenta que el demonio no descansa en su lucha contra el hombre. No se toma vacaciones, solía decir san Josemaría Escrivá. Una vez rechazado por la gracia de Dios, de nuevo ataca. Conocedor de esto, san Pedro nos recomienda vivir sobrios y vigilantes porque vuestro enemigo el diablo da vueltas alrededor de vosotros con león rugiente buscando a quien devorar: resistidle fuertes en la fe (1 P 5, 8-9).

Este poder de expulsar demonios Jesucristo se lo ha dado a su Iglesia. En mi nombre expulsarán demonios (Mc 16, 17). Cuando volvieron los discípulos después de la misión que el Señor les ha encomendado –los envió de dos en dos delante de él a toda ciudad y lugar donde él había de ir (Lc 10, 1)-, dijeron llenos de alegría a su Maestro: ¡Señor! hasta los demonios se nos sometían en tu nombre (Lc 10, 17). Y Jesús les dijo: Veía yo a Satanás caer del cielo como un rayo (Lc 10, 18). Y es que desde Cristo el demonio se bate en retirada, pues ha sido vencido.

Jesús acompaña su palabra con signos y milagros para atestiguar que el Reino está presente en Él, el Mesías. Si bien cura a algunas personas, Él no ha venido para abolir todos los males de esta tierra, sino ante todo para liberarnos de la esclavitud del pecado. La expulsión de los demonios anuncia que su Cruz se alzará victoriosa sobre “el príncipe de este mundo” (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 108).

Con los exorcismos se expulsan los demonios de las personas poseídas por el diablo. Las expulsiones de demonios que se realizan en nombre de Jesús tienen una gran importancia en la historia de la salvación. Además, para alejar al demonio está el agua bendita. Santa Teresa de Jesús recomendaba: Tenga agua bendita junto a sí, que no hay cosa con que más huya. Y lo decía por experiencia propia. Estaba una vez en un oratorio, y aparecióme hacia el lado izquierdo, de abominable figura; en especial miré la boca, porque me habló, que la tenía espantable. Parecía le salía una gran llama del cuerpo, que estaba toda clara, sin sombra. Díjome espantablemente que bien me había librado de sus manos, mas que él me tornaría a ellas. Yo tuve gran temor y santigüéme como pude, y desapareció y tornó luego. Por dos veces me acaeció esto. Yo no sabía qué me hacer. Tenía allí agua bendita y echélo hacia aquella parte, y nunca más tornó. De muchas veces tengo experiencia que no hay cosa con que huyan más para no tornar.

Estando Jesús hablando, llegan su madre y sus hermanos, y quedándose fuera, le envían a llamar. Estaba mucha gente sentada a su alrededor. Le dicen: “¡Oye!, tu madre, tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan” (Mc 3, 32-33). En arameo -la lengua hablada por Jesús- se usaba la expresión “hermanos”, para designar también a los sobrinos, primos y parientes en general. Así, en el Génesis aparecen Abrahán y su sobrino Lot, y en algún momento se refieren a ellos como hermanos. Por eso, la Iglesia siempre ha entendido este pasaje como no referidos a otros hijos de la Virgen María. Estos hermanos aludidos son, pues, parientes próximos de Jesús.

Enterado del aviso, Jesús dice: ¿Quién es mi madre y quiénes mis hermanos? (Mc 3, 33), se pregunta Cristo, y Él mismo da la respuesta: Quien hace la voluntad de Dios (Mc 3, 35). El Señor afirma que el cumplimiento de la voluntad de Dios otorga un parentesco con Él más estrecho que el natural de la sangre. Por eso, la inclusión aquí de la Madre de Jesús es muy significativa ya que la Virgen María es la criatura que mejor ha correspondido al querer de Dios.

El camino del Cielo es el cumplimiento de la voluntad de Dios, no el repetir su nombre. No todo el que dice: ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos (Mt 7, 21). Por eso le decimos al Señor, con palabras del Salmista: Enséñame a hacer tu voluntad, porque eres mi Dios (Sal 146, 10). Y también se lo pedimos a Santa María.

Compendio de Historia de la Iglesia. Curso 2017-18. clases de Religión. Lección 18ª (Segunda evangelización del Continente negro)

Segunda evangelización del Continente negro

¿Cuándo comenzó la segunda fase de la evangelización? En el siglo XV. En las islas Canarias, colonizadas en el año1402, comenzaron a trabajar misioneros franciscanos protegiendo los derechos de los guanches. Los resultados no se hicieron esperar. En 1476 las poblaciones de las cuatro islas mayores se habían convertido al catolicismo.

En los siglos XV y XVI, la exploración de la costa africana por parte de los portugueses fue acompañada pronto por la evangelización de las regiones de África situadas al sur del Sahara. Este esfuerzo afectaba, entre otras zonas, a las regiones del actual Benín, Santo Tomé, Angola, Mozambique y Madagascar.

Los sistemáticos descubrimientos del príncipe portugués Enrique el Navagante llevan en sus naves misioneros, como los franciscanos que llegaron con Diego Cao al Congo en el año 1484 donde empezó una rápida y espectacular conversión a la fe católica. A la acción evangelizadora del Congo siguió una evangelización, también rápida pero superficial, de las regiones de la costa oriental (sobre todo de Mozambique) y de Madagascar. En el año 1493, el papa Alejandro VI confirió a los reyes de España y Portugal un derecho de “patronato” sobre las misiones en zonas de influencia de cada uno de los dos países.

También hubo varias tentativas de misión en las costas de África occidental, pero fracasaron, sobre todo por las continuas muertes de los misioneros. Capuchinos y jesuitas trataron de dar nueva vida a la misión del Congo, pero sin resultados suficientes y duraderos. Mozambique progresó temporalmente, siendo erigido en vicariato apostólico, dependiente de Goa, en 1612.

¿En qué año llegaron los misioneros a Angola? En el 1491. Quinientos años después san Juan Pablo II, en viaje apostólico a Angola para conmemorar el V centenario de la evangelización del país, dijo en Luanda en la homilía que pronunció el domingo de Pentecostés de 1992: Los Hechos de los Apóstoles describen por su nombre a los habitantes de los sitios que tomaron parte directamente en el nacimiento de la Iglesia por el soplo del Espíritu Santo: “todos los oímos hablar en nuestra lengua las maravillas de Dios” (Hch 2, 11). Hace quinientos años a ese coro de lenguas se añadieron los pueblos de Angola. En aquel momento, en vuestra patria africana, se renovó el Pentecostés de Jerusalén. Vuestros antepasados oyeron el mensaje de la Buena Nueva, que es la lengua del Espíritu. Sus corazones acogieron por primera vez esta palabra e inclinaron su cabeza en la fuente del agua bautismal, en la que el hombre, por obra del Espíritu Santo, muere con Cristo crucificado y renace a una vida nueva en su resurrección (…). Ese mismo Espíritu fue el que impulsó a aquellos hombres de fe, los primeros misioneros, que en 1491, llegaron hasta la desembocadura del río Zaire, en Pinda, iniciando una auténtica epopeya misionera. Fue el Espíritu Santo, que obra a su modo en el corazón de los hombres, quien movió al gran rey del Congo Nzinga-a-Nkuwu a pedir misioneros para anunciar el Evangelio. Fue el Espíritu Santo quien animó la vida de aquellos primeros cuatro cristianos angoleños que, al regresar de Europa, dieron testimonio del valor de la fe cristiana. Después de los primeros misioneros, vinieron muchos más de Portugal y de otros países de Europa, para continuar, ampliar y consolidar la obra comenzada.

¿Qué hechos son reseñables de esta segunda fase? Durante este período se erigieron un cierto número de sedes episcopales y una de las primicias de esta acción misionera fue la consagración en Roma, en 1518, por parte de León X, de don Enrique, hijo de don Alfonso I, rey del Congo, como obispo titular de Útica. Don Enrique llegó a ser así el primer obispo autóctono del África negra. En aquella época, exactamente en el año 1622, el papa Gregorio XV erigió con carácter estable la Congregación De Propaganda Fide con el fin de organizar y desarrollar mejor las misiones.

Por diversas dificultades, la segunda fase de la evangelización de África se concluyó en el siglo XVIII con la extinción de casi todas las misiones en las regiones al sur del Sahara.