Compendio de Historia Sagrada. Curso 2016-17. Clases de Religión. Lección decimoctava. Entrada en la Tierra prometida

Lección decimoctava

Entrada en la Tierra Prometida

¿Quién era Josué? Fue uno de los que exploraron la tierra que Dios había de dar a los israelitas. Josué y Caleb fueron los dos únicos exploradores de los doce que confiaron en el poder de Dios para conquistar la Tierra prometida. Josué siempre permaneció fiel a Dios, incluso cuando el pueblo cayó en la idolatría fabricándose un becerro de oro. Él -también Caleb- fue exceptuado del castigo divino por el cual los judíos mayores de veinte años murieron en el desierto. Era hijo de Nun, y al principio se llamaba Oseas. Fue servidor de Moisés, y éste, antes de morir, le designó sucesor suyo. Las tribus del Israel lo reconocieron unánimemente por jefe, y Dios confirmó su elección y autoridad.

¿Estuvo Dios con Josué como con Moisés? Sí. El Señor habló a Josué diciendo: Moisés, mi siervo, ha muerto. Ahora levántate y tú, junto con todo este pueblo, pasa el Jordán camino de la tierra que Yo doy a los hijos de Israel. Os he dado todos los lugares adonde lleguen vuestras pisadas, tal como prometí a Moisés. Vuestro territorio se extenderá desde el desierto y el Líbano hasta el gran río Eufrates y abarcará toda la tierra de los hititas hasta el Mar Grande por occidente. Nadie se te resistirá en toda tu vida. Lo mismo que estuve con Moisés, estaré contigo. No te rechazaré ni te abandonaré. Tú sé fuerte y valiente. Tú vas a repartir a este pueblo la tierra que juré a sus padres que iba a darles. Sé muy fuerte y valiente para custodiar y llevar a la práctica toda la Ley que te mandó mi siervo Moisés. No te desvíes ni a la derecha ni a la izquierda y tendrás éxito allí donde vayas. Que no se aparte de tus labios el libro de esta Ley. Medítalo día y noche para llevar a la práctica todo lo que está escrito en él. Así triunfarás en tus caminos y tendrás éxito. ¿No te he mandado que seas fuerte y valiente? Pues no te acobardes ni tengas miedo, que el Señor, tu Dios, está allá donde vayas (Jos 1, 2-9).

¿Cómo atravesaron los israelitas el río Jordán? Los israelitas tenían que pasar el Jordán para llegar a los territorios que debían conquistar. Después de estar acampados durante tres días en la ribera oriental del río, Josué se dirigió al pueblo: Purificaos, que el Señor va a hacer mañana cosas prodigiosas en medio de vosotros (Jos 3, 5). Y a los sacerdotes les mandó: Levantad el Arca de la Alianza y pasad delante del pueblo (Jos 3, 6). Una vez que los sacerdotes hicieron lo que Josué les había ordenado, Dios dijo a Josué: Da esta orden a los sacerdotes que llevan el Arca de la Alianza: “Cuando lleguéis a la orilla del Jordán, deteneos” (Jos 3, 8).

Después Josué dijo a los israelitas: Vais a saber que el Dios vivo está en medio de vosotros y os quitará de delante al cananeo, al hitita, al jeveo, al perezeo, al guirgaseo, al amorreo y al jebuseo. Mirad, el Arca del Señor de toda la tierra va a cruzar el Jordán delante de vosotros. Tomad, pues, doce hombres de las tribus de Israel, un hombre por cada tribu. Cuando los sacerdotes que llevan el Arca del Señor, el Señor de toda la tierra, apoyen la planta de sus pies en las aguas del Jordán, las aguas del Jordán se dividirán y las aguas que bajan desde arriba se alzarán como un dique (Jos 3 10-13).

Obedecieron los sacerdotes y el pueblo haciendo que el Arca de la Alianza marchase delante del ejército, y cuando los sacerdotes que la llevaban entraron en el cauce del río se abrieron las aguas para dejar el paso libre a los israelitas que atravesaron el Jordán a pie enjuto.

¿Encontraron obstáculos los israelitas en la conquista de la tierra de promisión? El primer obstáculo había sido el paso del Jordán, pero había otros obstáculos que superar. Los hebreos se encontraron con poblaciones fortificadas que tendrían que tomar a viva fuerza, y con gentes fuertes y aguerridas a las que sería indispensable someter por las armas. Los principales de aquellos pueblos eran: al norte, los sidonios, los jeveos e hititas; en el centro, los fereseos y guirgeseos; al mediodía, los jebuseos, heteos y kenitas; y al oeste, en la costa meridional, los filisteos.

¿Cómo fue la toma de Jericó? Estando Jericó rodeada por los israelitas, el Señor dio instrucciones a Josué para la toma de la ciudad. Mira, pongo en tus manos Jericó, a su rey y a sus valientes guerreros. Que todos los combatientes rodeen la ciudad dándole una vuelta. Así haréis durante seis días. Siete sacerdotes llevarán trompetas de cuerno de carnero delante del arca. El día séptimo dad la vuelta a la ciudad siete veces, y que los sacerdotes hagan sonar las trompetas. Cuando suene el cuerno de carnero, cuando escuchéis el sonido de la trompeta, que todo el pueblo dé un gran alarido: la muralla de la ciudad se desplomará sobre sí misma. Entonces el pueblo se lanzará al asalto, cada uno hacia lo que tenga delante (Jos 6, 2-5).

La orden del Señor fue exactamente cumplida, y las murallas de Jericó se vinieron abajo. Los israelitas entraron en la ciudad, que fue destruida de uno a otro extremo, y sus habitantes fueron muertos.

¿Continuaron los israelitas su marcha victoriosa? Después de Jericó, conquistaron Ay. Los habitantes de Gabaón se quedaron espantados al tener noticias de las victorias de los judíos y se apresuraron a hacer una alianza con Josué. Sin embargo, los pueblos del centro y del sur, lejos de someterse, se aliaron contra Israel, por instigación y bajo el mando de Adoní-Sédec, rey de Jerusalén. Éste había mandado decir a los reyes de los pueblos del mediodía y del este: Venid, ayudadme. Vamos a asediar Gabaón pues ha hecho la paz con Josué y con los israelitas (Jos 10, 4).

Los reyes que se aliaron contra Josué fueron: Adoní-Sédec, rey de Jerusalén; Hoham, rey de Hebrón; Piram, rey de Yarmut; Yafia, rey de Laquis; y Debir, rey de Eglón. Estos cinco reyes amorreos unieron sus fuerzas, subieron con sus tropas y acamparon junto a Gabaón para asediarla. Y se trabó una batalla. Josué cargó sobre los amorreos por sorpresa y les infligió una tremenda derrota.

Durante el combate, Josué temió que la noche se echara encima y no pudiera concluir la victoria sobre sus enemigos. Entonces Josué habló al Señor y dijo en la presencia de Israel: “¡Sol, detente en Gabaón, y tú, luna, en el valle de Ayalón!” Y se detuvo el sol y la luna se paró hasta que el pueblo se vengó de sus enemigos (Jos 10, 12-13).

¿Y los pueblos del norte? Cuando llegó la noticia de la victoria de Israel a Yahín, rey de Jasor, ésta avisó a Yohab, rey de Madón, a Acsaf, de Simrón, y a los reyes que estaban al norte, en la montaña, en la estepa al sur de Genesaret, en la llanura y en las regiones costeras de Dor, y al cananeo del este y del oeste, al amorreo, al hitita, al perezeo y al jebuseo de la montaña, y al jeveo que está al pie del Hermón en la tierra de Mispá. Salieron con todas sus tropas, una enorme muchedumbre tan numerosa como la arena de la orilla del mar, y con multitud de caballos y carros. Todos aquellos reyes se aliaron, vinieron y acamparon todos juntos al lado de las aguas de Meron para luchar contra Israel (Jos 11, 1-5). Mas también fueron vencidos y muertos por Josué y toda su tropa. De este modo, los israelitas conquistaron Canaán, la Tierra prometida. Los territorios conquistados fueron repartidos echando suertes entre las doce tribus de Israel. A los descendientes de Leví no se les dieron tierras, porque el Señor les había asignado el diezmo de todos los frutos que se recolectasen; y tuvieron por residencia cuarenta y ocho ciudades diseminadas en todas las tribus. Estas ciudades son conocidas como las ciudades de los levitas.

¿Tan rápida fue la conquista de Palestina? No. A pesar de lo que dice el libro de Josué, la conquista de Palestina fue gradual. Lo pone de manifiesto el libro de los Jueces. Esta conquista no concluyó hasta David, pues fue este rey quien expulsó a los jebuseos de Jerusalén.

¿Cuánto tiempo gobernó Josué a Israel después de entrar en la Tierra prometida? Dieciocho años. Y cuando Josué comprendió que se acercaba el fin de su vida, reunió en Siquem a todo Israel, a sus ancianos, a sus príncipes, a sus jueces y a sus capataces para exhortarles a que permaneciesen fieles a Dios. Josué dijo al pueblo: No podréis servir al Señor porque Dios es santo y es un Dios celoso; no pasará por encima de vuestros delitos y de vuestros pecados. Si abandonáis al Señor y servís a dioses extranjeros, se volverá, os maltratará y os consumirá después de haberos favorecido (Jos 24, 19-20). Al oír estas palabras, el pueblo dijo a Josué: Serviremos al Señor, nuestro Dios, y obedeceremos su voz (Jos 24, 24). Y aquel día Josué hizo una alianza con el pueblo y le impuso leyes y normas. Después de esto murió Josué, el siervo del Señor. Tenía ciento diez años.

¿Qué significa el nombre de Josué? El nombre de Josué, en hebreo Yehosúa, significa “el Señor salva” o “Salvador”. Hace referencia a su misión: salvar al pueblo. Este nombre, que también llevaron otros personajes de Israel, es el mismo que tuvo Jesús, de quien Josué es figura. ¿Con cuánta más verdad entenderemos que debe ser llamado con este nombre nuestro Salvador? Porque ha traído la vida, la libertad y la eterna salvación, no a un pueblo cualquiera, sino a los hombres todos de todos los tiempos; no en verdad oprimidos por hambre o por dominio de los egipcios o babilonios, sino sentados en la sombra de la muerte y sujetos con las durísimas cadenas del pecado y del demonio; que ha adquirido para ellos el derecho y la herencia del Reino celestial; que nos ha reconciliado con Dios, su eterno Padre: en aquéllos vemos representado a Cristo nuestro Señor, que enriqueció al género humano con todos los bienes que hemos indicado (Catecismo Romano 1,3,6).

¿Qué enseñanza se puede sacar de las batallas de Josué? Del mismo modo que Dios auxilió a Josué y le dio la victoria en las batallas, bendecirá y auxiliará a los que sostengan combates por su santa causa, siempre que tengan confianza en Él.

Guadalupe Ortiz de Landázuri (VII)

Buscó la santidad en el ejercicio de su profesión

Guadalupe vivió con la mirada puesta en Dios, diciéndole como el salmista: “¡Dame a conocer el camino que he de seguir!” El Señor contestó a su ruego, y toda su vida no fue otra cosa que cumplir con lo que Dios le fue pidiendo a través de su vocación al Opus Dei: buscar la santidad en las tareas y ocupaciones de la vida ordinaria en medio del mundo. No tuvo otra meta que vivir con fidelidad el espíritu de la Obra, por eso llenó su tiempo de trabajo bien hecho, cara a Dios. Cuando en 1940 se licenció en Ciencias Químicas en Madrid, como le entusiasmaba su carrera y le gustaba la investigación, pensó en dedicarse a la docencia universitaria.

Por su gran capacidad de concentración, realizó el trabajo intelectual con facilidad y el tiempo le cundía mucho. Pero su actividad profesional no se limitó a la química y a la docencia, pues desarrolló una gran variedad de actividades laborales: se ocupó también de trabajos referentes a la puesta en marcha y dirección de residencias universitarias, centros de capacitación para la mujer, actividades educativas con métodos pedagógicos avanzados, atención de Administraciones domésticas de Centros del Opus Dei, tareas de gobierno y de formación a distintos niveles… tanto en España como en México. Se puede decir que hizo realidad lo que escribió san Josemaría: “Las tareas profesionales -también el trabajo del hogar es una profesión de primero orden- son testimonio de la dignidad de la criatura humana; ocasión de desarrollo de la propia personalidad; vínculo de unión con los demás; fuente de recursos; medio de contribuir a la mejora de la sociedad, en la que vivimos, y de fomentar el progreso de la humanidad entera…” (1).

Afrontó y asumió los cambios de ocupaciones con la ilusión de servir y el deseo que recogen las palabras de Surco: “Cargos… ¿arriba o abajo? -¡Qué más te da!… Tú -así lo aseguras- has venido a ser útil, a servir, con una disponibilidad total: pórtate en consecuencia” (2). Muchos testimonios reflejan su modo de trabajar, con perfección y rectitud, de cara a Dios. Entre otros:

tenía una fuerza de ánimo extraordinaria. Su optimismo le llevaba a mirar siempre más allá, hacia delante, a lo que quedaba por hacer… y siempre creía que no hacía lo suficiente…;

tenía la responsabilidad de que las cosas funcionaran bien en todos los sitios y por lo mismo, cuando era necesario, nos hacía ver lo que no estaba bien, para que nos corrigiésemos, y lo hacía con mucho cariño y delicadexza;

vivía para las demás. En el trabajo, a pesar del desorden que produce “vivir para los demás”, era muy metódica, aprovechando muy bien el tiempo, con alegría y sentido del humor.

En 1957 fue intervenida quirúrgicamente de una grave estenosis mitral y su salud quedó seriamente limitada. Sin embargo, siguió desarrollando una gran actividad; su cardiopatía pasaba inadvertida a quienes la trataban fuera de su intimidad. No solía hablar de su dolencia y nuca perdió la fuerza de ánimo y el optimismo: se puede decir que no se detuvo hasta que no pudo más y ese día fue el último de su vida.

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(1) San Josemaría Escrivá de Balaguer, Forja, n. 702, ed. Rialp, Madrid 1987

(2) San Josemaría Escrivá de Balaguer, Surco, n. 705, ed. Rialp, Madrid 1986

CONFIANZA EN DIOS. Homilía del Domingo VIII del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

En el libro del profeta Isaías leemos: Pero dice Sión: “Yavé me ha abandonado, el Señor me ha olvidado”. -¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ésas llegasen a olvidar, yo no te olvido (Is 49, 14-15). Dios promete no olvidarse de nadie, no abandonar nunca a su criatura. Sabemos que Dios tiene siempre los ojos abiertos hacia nosotros, también cuando parece que es de noche (Juan Pablo I). Por eso es fundamental poner toda nuestra confianza en Dios, pues dice lo que hace y hace lo que dice. Él cumple sus promesas.

Dios cuida de sus criaturas, especialmente del hombre, creado a imagen y semejanza de Él. Lo dice claramente el Señor: Mirad las aves del cielo: no siembran, ni siegan, ni almacenan en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿Es que no valéis vosotros mucho más que ellas? (Mt 6, 26). El hombre es la única criatura en la tierra que Dios ha amado por sí misma, pues todas las demás fueron creadas para que estuviesen al servicio del hombre. Sólo el hombre es capaz de conocer y amar a su Creador; sólo él está llamado a participar, por el conocimiento y el amor, en la vida de Dios. Para este fin ha sido creado y ésta es la razón fundamental de su dignidad. Señor, ¿qué es el hombre para que le des importancia, para que te ocupes de él? Porque te ocupas ciertamente de él, demuestra tu solicitud y tu interés para con él. Llegas hasta enviarle tu Hijo único, le infundes tu Espíritu, incluso le prometes la visión de tu rostro.

Dios no es un Dios lejano, demasiado distante y demasiado grande como para ocuparse de nuestras bagatelas. Dado que es grande, puede interesarse también de las cosas pequeñas. Dado que es grande, el alma del hombre, el hombre mismo, creado por el amor eterno, no es algo pequeño, sino que es grande y digno de su amor. Dios nos conoce. Nos conoce mejor de lo que nos conocemos nosotros mismos. Nos ama, aun cuando ese amor está muchas veces oculto. Es un Dios que nos ofrece futuro. No es un Dios de muertos, sino el Dios vivo y vivificador. Podemos confiar en Él.

¡Es una locura confiar en Dios…!, dicen. -¿Y no es más locura confiar en sí mismo, o en los demás hombres? (San Josemaría Escrivá). Locura es dejarse ahogar por el materialismo ambiental; buscar la seguridad en el dinero; esclavizarse por los ídolos del poder, consumo y placer. En el evangelio, Jesús pone de relieve el valor de las realidades corrientes de la vida, a la vez nos pide que confiemos en la Providencia divina, y nos inculca el abandono sereno en las manos de Dios. Y podremos decir con el Salmista: Dios mío, en Ti confío, no quede yo defraudado; que no triunfen de mí mis enemigos; pues los que esperan en Ti no quedarán confundidos (Sal 24, 2-3).Y podremos decir con el Salmista: Dios mío, en Ti confío, no quede yo defraudado; que no triunfen de mí mis enemigos; pues los que esperan en Ti no quedarán confundidos (Sal 24, 2-3).

No andéis agobiados, pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir (Mt 6, 31). Durante el desarrollo del Concilio Vaticano II, el cardenal Ottaviani dio testimonio de su familia, fundada en Cristo. Él era el undécimo de doce hijos de un pobre obrero manual. Sus padres, dijo, no dudaron nunca de la Providencia; creyeron en las palabras de Cristo sobre las aves del cielo que no siembran, ni siegan, ni llenan los graneros, pero que son alimentadas por el Padre celestial… Creían que la primera preocupación debe ser la de buscar el reino de Dios, convencidos de que la Providencia les daría más de lo necesario para vivir.

Nuestro Padre celestial sabe bien que tenemos necesidad de diversas cosas materiales. Pero sepamos buscarlas y usarlas en conformidad con su voluntad. Los valores que se pueden “tener”, jamás deben convertirse en nuestro último fin. Jamás hay que tender hacia los bienes materiales de esta manera, ni usarlos de ese modo, como si fueran un fin en sí mismo. Por tanto, no os preocupéis por el mañana, porque el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta su contrariedad (Mt 6, 34).

La confianza en Dios hizo escribir al salmista: Es el Señor mi pastor; nada me falta. Me hace recostar en verdes pastos y me lleva a frescas aguas. Recrea mi alma y me lleva por las rectas sendas, por amor de su nombre. Aunque haya de pasar por un valle tenebroso, no temo mal alguno, porque tú estás conmigo. Tu báculo y tu cayado son mi consuelo.

Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se os añadirán (Mt 6, 33). ¿Qué decir de una persona que hiciese gran provisión de cosas que se deterioran y se pierden, y dejara las piedras preciosas, el oro, los diamantes, que podría conservar haciendo con ellos una gran fortuna? Pues eso justamente hacemos nosotros; nos prendamos de la materia y pensamos poco en ganar el Cielo, único y verdadero tesoro (Santo Cura de Ars).

Estamos en manos de Dios, y las manos de Dios son buenas, las de un Padre que quiere lo mejor para sus hijos. Y en Dios está nuestro bien, nuestra libertad y nuestra grandeza. El hombre que se abandona totalmente en las manos de Dios no se convierte en un títere de Dios, en una persona aburrida y conformista; no pierde su libertad. Sólo el hombre que se pone totalmente en manos de Dios encuentra la verdadera libertad, la amplitud grande y creativa de la libertad del bien. El hombre que se dirige hacia Dios no se hace más pequeño, sino más grande, porque gracias a Dios y junto con Él se hace grande, se hace divino, llega a ser verdaderamente él mismo. El hombre que se pone en manos de Dios no se aleja de los demás, retirándose a su salvación privada; al contrario, sólo entonces su corazón se despierta verdaderamente y él se transforma en una persona sensible y, por tanto, benévola y abierta (Benedicto XVI).

Un ejemplo de abandono en Dios nos lo dio San Francisco de Sales. Este santo, de vez en cuando, tenía la siguiente tentación. El demonio le decía: ¡Todo es inútil, estás predestinado al infierno! ¡Vendrás allí conmigo! Y el santo Obispo de Ginebra, con total abandono en las manos de Dios, rezaba: ¡Dios mío! Si no he de poder amaros en la otra vida, que aproveche ésta, aquí abajo, para amaros y serviros. Venció. Ahora goza de Dios en el Cielo.

Es fundamental poner toda nuestra energía y confianza en Cristo. De este modo podremos hacernos hombres libres, sin dejarnos ahogar por el materialismo ambiental, ni atar por la esclavitud de sus ídolos: el poder, el consumo, el placer; sin ceder al conformismo; sin ser intimidados por las persecuciones o las más sutiles oposiciones que intentan marginar a los cristianos.

En el evangelio está el pasaje del joven que rechazó la invitación divina de seguir a Cristo porque tenía riquezas. La enseñanza que encierra este pasaje es la siguiente: Si un hombre pone su seguridad en las riquezas de este mundo no alcanza el sentido pleno de la vida y la verdadera alegría; por el contrario, si, fiándose de la palabra de Dios, renuncia a sí mismo y a sus bienes por el reino de los cielos, aparentemente pierde mucho, pero en realidad lo gana todo (Benedicto XVI, Homilía 15.X.2006).

No podéis servir a Dios y a las riquezas (Mt 6, 24). La Sagrada Escritura no condena las riquezas en sí mismas, ni el poseerlas legítimamente; sí condena, en cambio, el apego a las mismas y el poner en ellas la confianza. La Iglesia, en relación a los bienes temporales, enseña que el hombre, al usarlas, no debe tener las cosas exteriores que legítimamente posee como exclusivamente suyas, sino también como comunes, en el sentido de que no le aprovechen a él solamente, sino también a los demás (Concilio Vaticano II).

Con frecuencia, los bienes materiales son como agua salada para el sediento, que en vez de satisfacer el ansia de felicidad, la intensifica. La pobreza, en el sentido que le da Jesús, presupone sobre todo estar libres interiormente de la avidez de posesión y del afán de poder. Se trata de la purificación del corazón, gracias a la cual se reconoce la posesión como responsabilidad, como tarea con respecto a los demás.

Al atardecer de nuestra vida seremos juzgados en el amor (San Juan de la Cruz). Confianza en Dios y en su infinita misericordia cuando nos llegue el momento de presentarnos ante Él. San Pablo escribe a los cristianos de Corinto: Cierto que mi conciencia nada me reprocha; mas no por eso quedo justificado. Mi juez es el Señor (1 Co 4, 4). Seremos juzgados por Jesucristo que es juez justo y misericordioso. De Él recibirá la alabanza que le corresponda (1 Co 4, 5).

Si en esta vida hemos procurado ser servidores de Dios y administradores de los misterios de Dios (1 Co 4, 1), y fieles en esa administración que Dios nos ha confiado, la recompensa será la bienaventuranza eterna. Dios no se deja ganar en generosidad. Qué bien lo expresaron santa Teresa de Jesús y el beato Álvaro del Portillo: No suele su Majestad pagar mal la posada si le hacen buen hospedaje (Camino de perfección, 34, 9). El negocio más grande que podemos hacer es invertir en el Banco de Dios. Él ha dicho que nos da el ciento por uno, y no hay ningún Banco que dé tanto. Y, después, la vida eterna. Vale la pena decir que sí y ser generosos, porque Dios es buen pagador, y por mucho que hagamos por Él será siempre poco, porque el Señor hace más por nosotros.

La Virgen María confió totalmente a Dios, prestándole el homenaje del entendimiento y asentimiento de la voluntad a la revelación hecha por Él. Así cooperó a la salvación de los hombres con fe y obediencia libres. Y lo atado por la Eva por desconfiar de Dios, fue desatado por la Santa María por confiar en Dios.

Compendio de Historia Sagrada. Curso 2016-17. Clases de Religión. Lección decimoséptima. Peregrinación por el desierto

Lección decimoséptima

Peregrinación por el desierto

¿Cuánto tiempo estuvieron los israelitas al pie del monte Sinaí? La estancia de los hebreos al pie del monte Sinaí, donde estuvieron acampados, duró un año completo. Trascurrido este tiempo, los israelitas volvieron a emprender la marcha, dirigiéndose a la Tierra prometida a través del desierto de Farán.

¿Exploraron los judíos la tierra que habían de conquistar? Después de haber partido de Horeb llegaron los israelitas a Cadés-Barnea, situado en el límite meridional de la tierra de Canaán. Allí Moisés dijo al pueblo: Habéis llegado a las montañas del amorreo, que el Señor, nuestro Dios, nos da. Mira, el Señor, tu Dios, te ha dado el país. Sube, toma posesión de él, como te ha dicho el Señor, Dios de tus padres. No temas ni te asustes (Dt 1, 20-21). Pero el pueblo dijo a Moisés: Enviemos por delante hombres que exploren el país, y nos informen acerca del camino por donde hemos de subir y de las ciudades en que hemos de entrar (Dt 1, 22). Entonces Moisés escogió a doce hombres, uno por cada tribu, para que se adelantaran y reconocieran el país que los israelitas habían de conquistar. Entre los elegidos estaban Caleb y Oseas. A este último, Moisés le cambió el nombre por el de Josué.

¿Cuál fue el resultado de la exploración? A los cuarenta días volvieron aquellos exploradores trayendo riquísimos frutos del país, entre los cuales había un sarmiento de vid con un racimo tan extraordinariamente grande, que se necesitaban dos hombres para transportarlo. Fueron donde estaban Moisés, Aarón y toda la comunidad de los hijos de Israel, e informaron de palabra y mostraron los frutos. Llegamos a la tierra donde nos enviaste, que, ciertamente, mana leche y miel, y éstos son sus frutos. Pero el pueblo que habita en ella es poderoso, y las ciudades están muy fortificadas y son muy grandes; y también vimos allí a los descendientes de Anac. Amalec habita en la región del Négueb; el hitita, el jebuseo y el amorreo habitan en el monte, y el cananeo habita junto al mar y a la orilla del Jordán (Nm 13, 27-29). Al oír esto, los israelitas se llenaron de terror y espanto, y comenzaron a murmurar pública y violentamente de Dios y de Moisés, diciendo: ¡El Señor nos ha sacado del país de Egipto porque nos odia, para entregarnos en manos del amorreo y aniquilarnos! ¿Adónde vamos a subir? Nuestros hermanos nos han destrozado el corazón al decir: “Es gente más alta y corpulenta que nosotros; sus ciudades son grandes y fortificadas hasta el cielo, e incluso hemos visto gigantes allí” (Dt 1, 27-28).

Entonces Caleb cortó la murmuración del pueblo contra Moisés y dijo: “Subamos con decisión y apoderémonos de ella, pues sin duda lo conseguiremos”. Pero los hombres que habían subido con él replicaron: “No podemos atacar a este pueblo, porque es más fuerte que nosotros”. Y denigraron ante los hijos de Israel la tierra que habían explorado, diciendo: “La tierra que hemos atravesado en nuestra exploración es una tierra que devora a sus habitantes. Todo el pueblo que vimos en ella son gente de gran estatura: allí vimos a los gigantes descendientes de Anac, el gigante; nosotros nos veíamos como unos saltamontes, y lo mismo les parecíamos a ellos” (Nm 13, 30-33). Estas palabras hicieron que cundiera el pánico entre los israelitas, y se decían unos a otros: “Nombremos a un jefe y volvamos a Egipto” (Nm 14, 4). Sin embargo, Josué y Caleb les exhortaban a tener confianza en Dios y a continuar la marcha. Pero toda la comunidad hablaba de apedrearlos (Nm 14, 10).

¿Castigó Dios esta rebelión de los judíos? Estas murmuraciones y la falta de confianza en Dios, hicieron que el Señor decidiera castigar al pueblo, y dijo a Moisés: ¿Hasta cuándo me injuriará este pueblo, y hasta cuándo no creerán en mí a pesar de todos los signos que he obrado entre ellos? Los castigaré con la peste y los rechazaré, y te daré una nación más grande y fuerte que ellos (Nm 14, 11-12). Ante esta amenaza divina, Moisés intercedió a Dios a favor del pueblo israelita, y consiguió que Dios no cumpliera su amenaza de destruir todo el pueblo elegido. Sin embargo, el Señor castigó a los que habían murmurado. Dios ordenó a Moisés que dijera al pueblo: ¡Vivo Yo!, oráculo del Señor: según habéis hablado a mis oídos, así os he de hacer. En este desierto quedarán vuestros cadáveres, todos los que fuisteis censados, todos y cada uno, de veinte años para arriba, los que habéis murmurado contra mí. No creáis que vais a entrar en la tierra que juré que ibais a habitar, excepto Caleb, hijo de Yefuné, y Josué, hijo de Nun. Pero vuestros niños (…) los llevaré y conocerán la tierra que vosotros habéis despreciado. Vuestros cadáveres -vosotros mismos- quedarán en este desierto. (…) Yo, el Señor, he hablado y ¿no voy a hacer esto a toda esta comunidad malvada que se ha confabulado contra mí? En este desierto se consumirán y ahí morirán (Nm 14, 28-32.35). Moisés refirió estas palabras a todos los hijos de Israel, y el pueblo se afligió mucho

¿Hubo alguna que otra rebelión? Sí, hubo varias, entre otras, el motín de Coré, Datán y Abiram. Después del severo castigo, los israelitas se pusieron en marcha. Durante los treinta y ocho años siguientes continuaron peregrinando por el desierto. Cuando llegaron al torrente Záred, ya habían muerto todos los hombres en edad militar, como el Señor les había jurado.

Coré, Datán y Abiram se rebelaron contra el Señor, usurpando las funciones sacerdotales y reclamando el sacerdocio que Dios había conferido únicamente a la familia de Aarón. Los tres fueron tragados por la tierra, con todo lo que les pertenecía, en castigo por la sedición y por haber murmurado de Moisés y Aarón. También los doscientos cincuenta hombres que le apoyaron fueron devorados por el fuego.

¿Cómo fue confirmada la elección de Aarón para el sacerdocio? Por medio de un hecho prodigioso. Moisés colocó en la Tienda de la Reunión delante del Testimonio, por orden expresa de Dios, doce varas, cada una con el nombre de una tribu; el de Aarón se hallaba escrito en la vara de la tribu de Leví. Al día siguiente vino Moisés a la tienda del Testimonio y la vara de Aarón, la de la casa de Leví, había florecido: brotó yemas y flores, y produjo almendras maduras (Nm 17, 23). Con el prodigio de la vara florecida se da pleno relieve a la preeminencia de la tribu de Aarón sobre todas las demás. Pero no florece porque sea de más valía, puesto que todas las varas son iguales, sino porque Dios la ha elegido por pura benevolencia; la producción de flores y frutos es símbolo de vitalidad y de bendición divina.

La vara de Aarón fue conservada en el Arca de la Alianza. Y el Señor habló a Aarón: Tú, tus hijos y tu casa paterna tendréis la responsabilidad del santuario; tú y tus hijos tendréis la responsabilidad de vuestro sacerdocio. (…) Tú y tus hijos ejercitaréis vuestro sacerdocio en todo lo que guarda relación con el altar y lo que queda en el interior del velo. Os doy como don vuestro sacerdocio, para que sea vuestro trabajo. El que no sea de familia sacerdotal que se entrometa morirá (Nm 18, 1.7).

¿Entró Moisés en la tierra de promisión? Cuando los israelitas llegaron al desierto de Sin, se establecieron en Cadés. Era el primer mes del año cuadragésimo después de la salida de Egipto. En Cadés murió María, la hermana de Moisés, y fue sepultada. El empadronamiento que entonces hizo Moisés, le demostró que una nueva generación había sucedido ya a la de los murmuradores contra quienes se había dictado el decreto de exclusión, en aquel mismo lugar, treinta y ocho años antes. Por fin, iba a realizarse la promesa que Dios había hecho a los patriarcas Abrahán, Isaac y Jacob. Sin embargo, Dios le había hecho saber a Moisés que moriría antes de llegar a la Tierra prometida, objeto de sus deseos, hacia la cual conducía a los hijos de Israel desde hacía cuarenta años.

¿Por qué? En Cadés faltó el agua a los hebreos, y éstos se rebelaron contra Moisés diciendo: ¡Ojalá hubiéramos parecido cuando nuestros hermanos perecieron ante el Señor! ¿Por qué habéis traído a la asamblea del Señor a este desierto, para que en él muramos nosotros y nuestro ganado (Nm 20, 3-4). Entonces Moisés acudió a Dios, y éste le dijo: Toma la vara y reúne a la comunidad, junto con Aarón, tu hermano. Hablaréis a la roca a la vista de ellos, y dará su agua. Harás manar para ellos agua de la roca y darás a beber a la comunidad y a su ganado (Nm 20, 8). Moisés no se contentó con hablar a la roca, sino que le dio dos golpes con su vara, como si hubiese dudado del poder bondadoso de Dios para un pueblo tan ingrato. El agua manó de la roca en abundancia; y bebieron los judíos y su ganado. Pero Dios se mostró ofendido de aquella duda o vacilación de su siervo. Fue entonces cuando dijo a Moisés y a Aarón: Puesto que no habéis creído en mí y no me habéis santificado a los ojos de los hijos de Israel, por eso no haréis entrar a este pueblo en la tierra que les he dado (Nm 20, 12). Las aguas que manaron de la roca son las aguas de Meribá, donde los hijos de Israel se rebelaron contra el Señor, y Él mostró su santidad (Nm 20, 13).

¿Por qué se dice que Moisés dudó cuando el relato bíblico no hace mención a esta duda? Efectivamente, el texto bíblico no dice en qué consistió tal pecado, tal vez sea el hecho de golpear la roca dos veces por falta de fe, o en el acto mismo de golpearla, siendo que Dios les había ordenado hablar a la roca. El castigo también alcanza a Aarón, porque acompaña a Moisés, de tal forma que ambos son partícipes del pecado de desconfianza en Dios.

¿Tiene algún significado aquella roca? Aquella roca prefiguraba a Cristo, como enseña san Pablo: Todos bebieron de la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que los seguían; y la roca era Cristo. Pero la mayoría de ellos no agradaron a Dios, pues sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto (1 Co 10, 4-5). Algunos Padres de la Iglesia interpretaron alegóricamente que la roca es Jesucristo, y el agua la gracia que brota del costado abierto del Señor; el golpear dos veces significa los dos maderos que forman la cruz. Moisés representa a los judíos, pues lo mismo que Moisés dudó y golpeó la piedra, el pueblo judío crucificó a Cristo, no creyendo que era el Hijo de Dios.

¿Por qué hizo Moisés una serpiente de bronce? Los israelitas, en su peregrinación por el desierto, después de estar acampado al pie del monte Hor, partieron camino del mar Rojo rodeando la tierra de Edom, y en el camino desfalleció el ánimo del pueblo. El pueblo habló contra Dios y contra Moisés: “¿Por qué nos habéis hecho subir de Egipto para morir en este desierto, donde no hay pan ni agua y nuestra alma no puede más con este alimento tan ligero?” (Nm 21, 5). Y esta vez los castigó Dios enviándoles unas serpientes venenosas, que mordieron a muchos del pueblo. Como consecuencia de las mordeduras, murió mucha gente de Israel. Entonces los hebreos acudieron a Moisés para decirle: Hemos pecado porque hemos hablado contra el Señor y contra ti. Ruega al Señor que aparte de nosotros las serpientes (Nm 21, 7). Moisés se dirigió a Dios intercediendo por el pueblo. Y el Señor mandó hacer a Moisés una serpiente de bronce y que la pusiera sobre un mástil, para que el que fuera mordido mirara a la serpiente de bronce y quedaría instantáneamente curado.

¿Tiene algún significado la serpiente de bronce? Sí. Ante la protesta del pueblo, con el consiguiente castigo de Dios, Moisés se convierte una vez más en intercesor del pueblo. En el pasaje bíblico se resalta que quien curaba no era la serpiente, sino la misericordia de Dios, mientras que la serpiente de bronce era una señal de la salvación que Dios ofrece a todos los hombres. La serpiente de bronce se menciona en el Evangelio como tipo de Cristo clavado en la cruz, causa de salvación para cuantos dirigen a Él su mirada con fe: Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es preciso que sea levantado el Hijo del Hombre, para que todo el crea tenga vida eterna en él (Jn 3, 14-15). En el Evangelio se contempla la acción salvadora de la serpiente levantada en lo alto aludiendo al levantamiento de Jesús en la cruz y a su eficacia salvífica. Cuando Cristo es alzado sobre todas las realidades humanas, eleva todas las cosas hacia él, de modo que su glorificación es medio de curación definitiva para toda la humanidad.

¿Facilitaron los pueblos del desierto el paso de los israelitas? No. Como el rey de Edom no permitió que los israelitas atravesaran sus tierras para entrar en Canaán, éstos se vieron obligados a volver atrás hasta Elat, y contornear los montes de Seír. Luego avanzaron hacia el norte hasta el confín de los dominios amorreos. Moisés envió mensajeros a Sijón, rey de los amorreos, para solicitar que le permitiera pasar por su territorio; pero recibidos por aquél como enemigos, tuvieron los israelitas que recurrir a las armas, y lo derrotaron completamente. Og, rey de Basán, que salió con su ejército a hacer frente a Israel, también fue derrotado. En virtud de estas victorias se posesionaron los israelitas de la mayor parte de la ribera izquierda del Jordán y acamparon en las llanuras de Moab, a la altura de Jericó.

¿Cómo reaccionaron los moabitas al ver lo que Israel había hecho a los amorreos? Balac, rey de Moab, se asustó mucho al ver que el pueblo judío era numeroso, y se llenó de inquietud. Entonces llamó a un célebre adivino de Mesopotamia, llamado Balaam, y le dijo: Un pueblo que ha salido de Egipto y cubre la superficie de la tierra, se ha establecido frente a mí. Ven, por favor, ahora, maldíceme a este pueblo, porque es más fuerte que yo, a ver si puedo derrotarlo y expulsarlo de esta tierra, pues sé que aquél a quien tú bendices es bendito, y aquél a quien tú maldices es maldito (Nm 22, 5-6).

¿Llegó Balaam a maldecir a Israel? No, porque cuando se puso en camino montado en su burra, se encendió la ira de Dios por su marcha, y un ángel del Señor se plantó en su camino en actitud hostil. Él cabalgaba sobre su burra, e iba con él dos muchachos. La burra vio al ángel del Señor firme en el camino con una espada desenvainada en su mano. La burra se apartó del camino y tiró por el campo. Balaam golpeó a la burra para que volviera al camino. El ángel del Señor estaba firme en el sendero entre viñas con una cerca a cada lado. La burra vio al ángel del Señor y se arrimó a la tapia, y apretó la pierna de Balaam contra la tapia, y éste volvió a golpearla. El ángel del Señor se interpuso de nuevo situándose en un sitio estrecho que no dejaba lugar ni a derecha ni a izquierda. La burra vio al ángel del Señor y se echó al suelo debajo de Balaam. Se encendió la ira de Balaam y golpeó a la burra con el bastón (Nm 22, 22-27). Entonces Dios hizo que la burra hablase para quejarse de los golpes recibidos. ¿Qué te he hecho para que me hayas golpeado tres veces? (Nm 22, 28). Y en ese momento se le abrieron los ojos a Balaam que vio al ángel del Señor plantado en el camino con su espada desenvainada en la mano. El adivino, sobrecogido, se postró en tierra y prometió volverse. Sin embargo, el ángel del Señor le dijo que siguiera, pero dirás sólo las palabras que yo te diga (Nm 22, 35).

¿Cuáles fueron esas palabras? Subió Balaam en compañía de Balac, rey de los moabitas, a la cima de un monte, desde el cual se veía todo el campamento de los hijos de Israel. Y una vez allí, inspirado por el Señor, no profirió más que bendiciones, en lugar de las maldiciones que Balac esperaba. Y al final dijo: Lo vislumbro, pero no es ahora; lo diviso, pero no de cerca: de Jacob viene en camino una estrella, en Israel se ha levantado un cetro. Tritura las sienes de Moab y el cráneo de todos los hijos de Set. Edom será conquistado, Seír, su enemigo, será invadido, mientras Israel ratifica su poder. El dominador que viene de Jacob aniquilará lo que quede en la ciudad (Nm 24, 17-19).

¿Qué interpretación hay que darle a este oráculo? Se anuncia la llegada de un rey, simbolizado en la estrella y en cetro. Puede ser una referencia al rey David y su estrella, y a Cristo; pues, este texto se interpreta en sentido mesiánico. Así la tradición judía unió al advenimiento del Mesías con la aparición de una estrella. En el Evangelio según San Mateo aparece una estrella en el relato de los Magos que fueron a adorar a Jesús recién nacido. Los Padres de la Iglesia interpretaron que la estrella que predijo Balaam es la misma de vieron los Magos. De esta interpretación dedujeron que los Magos venían de Mesopotamia, de donde procedía también Balaam. Este rey destruirá a los hijos del tumulto (o de la discordia), es decir, a todos los enemigos, y los someterá a su imperio.

¿Vio Moisés la Tierra prometida? Sí, pero no entró en ella. Sabiendo Moisés que se acercaba la hora de su muerte, reunió a los hijos de Israel, a los que había sacado de Egipto para llevarlos a la Tierra de promisión, y habiéndoles gobernado durante cuarenta años, les recordó los inmensos beneficios que el Señor les había dispensado; les hizo jurar de nuevo que le serían fieles; y después dio su bendición a cada una de las doce tribus. Y designó a Josué por sucesor suyo. Luego, subió Moisés desde las estepas de Moab al monte Nebo. El Señor le mostró todo el país: Galaad hasta Dan, todo Neftalí y la comarca de Efraím y Manasés, y toda la comarca de Judá hasta el Mar Occidental; y el Négueb, la zona de la vega de Jericó, la ciudad de las palmeras, hasta Sojar. Entonces le dijo el Señor: “Ésta es la tierra que prometí a Abrahán, a Isaac y a Jacob cuando dije: ‘A tu descendencia se la daré’. Te la dejo contemplar con tus ojos, pero no entrarás ella” (Dt 34, 1-4).

¿A qué edad murió Moisés? En el país de Moab murió Moisés, siervo del Señor, como estaba dispuesto por Dios. A la edad de ciento veinte años. A su muerte, los hijos de Israel le lloraron.

¿Qué elogio hace la Sagrada Escritura de Moisés? No ha vuelto a surgir en Israel un profeta como Moisés, a quien el Señor trataba cara a cara; ni ha hecho los signos y prodigios que el Señor le envió a realizar en la tierra de Egipto, contra el faraón, sus servidores y todo su país; ni ha habido mano tan fuerte, ni realizado tamaños prodigios como obró Moisés a los ojos de todo Israel (Dt 34, 10-12).

¿Qué juicio se puede hacer sobre Moisés? No debe considerarse a Moisés únicamente como jefe y legislador del pueblo de Dios, sino también como un gran profeta y como el historiador más notable y antiguo que se conoce. Por sus cualidades de libertador e inspirado legislador del pueblo hebreo, es también figura de Jesucristo, Salvador del género humano y autor divino de la nueva Ley.

EXIGENCIA DE LA SANTIDAD. Homilía del Domingo VII del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

En una de las numerosas veces que Dios habló con Moisés para que transmitiera al pueblo hebreo sus palabras, le dijo: Habla a toda la comunidad de los hijos de Israel y diles: “Sed santos, porque Yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo” (Lv 19, 2). Dios también nos exhorta a que seamos santos. Ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación (1 Ts 4, 3). Y la razón suprema de esa exhortación a la santidad es porque el Señor es Santo. La santidad que Dios pide a los israelitas -y a todos los cristianos- va más allá de lo meramente ritual, del simple cumplimiento de unas cuantas prácticas de piedad. Exige una conducta llena de amor para con el prójimo. No guardarás en tu corazón rencor contra tu hermano, sino que corregirás a tu prójimo para no hacerte culpable por su causa. No te vengarás ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo. Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo, el Señor (Lv 9, 17-18).

En estas palabras de Dios, en las cuales manifiesta su voluntad: Sed santos y Amarás a tu prójimo está condensada toda la Ley de Dios, como explicó el mismo Jesucristo a un doctor de la Ley. Son santas todas las personas que viven de acuerdo con las enseñanzas de Cristo. Exigencia de la santidad es vivir las virtudes, empezando por la caridad. Y ésta está reñida con el odio, la envidia, la venganza, el rencor y con cualquier forma de maltrato o discriminación.

Desde la fe cristiana, se entiende con especial profundidad la perversión que supone maltratar a cualquier persona humana, varón o mujer. Los malos tratos toman a veces forma violenta y, en ocasiones, modos muy sutiles: se comercia brutalmente con el cuerpo de la mujer, considerándola como cosa, no como persona; o bien se le hace saber, amable pero insidiosamente, que un embarazo es incompatible con un contrato de trabajo. Siguen existiendo muchos motivos para recordar la necesidad de oponerse a esas discriminaciones (Mons. Javier Echevarría).

En la época del éxodo del pueblo elegido existía la ley de talión. Esta ley –ojo por ojo, diente por diente– es superada por la Ley mosaica. Pero Cristo va más allá. La Ley evangélica es la del amor. Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen (Mt 5, 43-44). Esta doctrina fue llevada a la práctica por el mismo Jesucristo. Cuando lo estaban crucificando, oró a Dios Padre por sus propios verdugos: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen (Lc 23, 14). Y a la largo de la historia del Cristianismo, los mártires han seguido el ejemplo del Maestro, como el protomártir, san Esteban, que oraba por los que le estaban dando muerte. Sin la oración de Esteban, la Iglesia no tendría a Pablo (San Agustín). El perdono, pero no olvido no es una forma de vivir la caridad cristiana.

Sed perfectos, como vuestro Padre es perfecto (Mt 5, 48). En sentido estricto, nunca el hombre llegará a la perfección de Dios. El Señor quiere decir con estas palabras que la perfección divina debe ser el modelo que ha de tender el fiel cristiano. Éste siempre podrá avanzar por la senda indicada por Cristo para alcanzar la santidad. El divino Maestro es Modelo de toda perfección. Identificarse con Cristo significa vivir el mandato del amor al prójimo, sentirse solidario con todos, sin ninguna discriminación. El cristiano cree que en la historia humana la última palabra pertenece al amor, porque Dios es amor.

Cristo lleva la Ley a su plenitud proponiendo la imitación de la perfección de nuestro Padre celestial. Y la manera de hacerlo es imitar a Jesucristo. Si queréis imitar a Dios, puesto que habéis creados a su imagen, imitad su ejemplo. Vosotros, que sois cristianos, que con vuestro mismo nombre estáis proclamando la bondad, imitad la caridad de Cristo (San Asterio de Amasea).

Santa Teresa de Calcuta, hablando del trabajo de sus religiosas –Misioneras de la Caridad-, dijo: Servimos a Jesús en los pobres. Es a Él a quien cuidamos, visitamos, vestimos, alimentamos y confortamos cuando atendemos a los pobres, a los desheredados, a los enfermos, a los huérfanos, a los moribundos… Todo, todo lo que hacemos -nuestra oración, nuestro trabajo, nuestro sufrimiento- es por Jesús. Nuestra vida no tiene otra razón de ser, otra motivación.

En el sermón de la montaña, Jesucristo expuso su doctrina, la ley evangélica. Con su autoridad divina va diciendo una serie de cosas que deben hacer sus discípulos, los cristianos. A veces puede costar las exigencias del Evangelio, pero el cristiano debe diferenciarse del pagano, de la persona no creyente. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tenéis? ¿No hacen eso también los publicanos? Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen eso también los paganos? (Mt 5, 46-47).

Si alguien nos ofende, no hay que pagar con la misma moneda. El Señor nos dice: No repliquéis al malvado; por el contrario, si alguien te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que quiera entrar en pleito contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto (Mt 5, 39-40). Si hacemos esto, nos estamos santificando y seremos buenos hijos de nuestro Padre Dios, de ese Padre que está en los cielos (Mt 5, 45) y allí nos espera, y adonde llegaremos si hacemos vida de nuestra vida las enseñanzas del Señor.

El sermón de la montaña lo comenzó Jesucristo con las Bienaventuranzas. Y en una de ellas se habla de la limpieza de corazón como condición para ver a Dios. La santa pureza es la virtud por la cual respetamos nuestro cuerpo, viviendo la sexualidad según el designio de Dios. La dignidad del cuerpo humano para el cristiano está explicada por san Pablo: ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? ¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis? Habéis sido comprados mediante un precio. Glorificad, por tanto a Dios en vuestro cuerpo (1 Co 6, 15.19-20). El cristiano, cuerpo y alma, es miembro de Cristo. ¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? (1 Co 3, 16).

La imagen del templo de Dios, utilizada con frecuencia por san Pablo, manifiesta la inhabitación de la Santísima Trinidad en el alma en gracia. En efecto, por medio de la gracia de Dios inhabita en el alma justa como en un templo, de un modo íntimo y singular (León XIII). Esta presencia de las Tres Personas Divinas en el alma en gracia invita a procurar un trato más personal y directo con Dios, al que en todo momento podemos buscar en el fondo de nuestras almas. Y este trato con Dios es sencillamente la santidad. Ser santos significa vivir en comunión profunda con Dios y tener un corazón libre del pecado. ¡Ser cristiano supone renuncia y heroísmo! La santidad implica vivir todo lo que pide la vocación de cristiano hasta sus últimas consecuencias.

Al Espíritu Santo se le atribuye la obra de la santificación. No pongamos obstáculos a la acción del Espíritu Santo en nuestra alma. Hemos dicho que a veces puede costar vivir el Evangelio. Esto es porque tenemos el fomes peccati, la tendencia al mal, como consecuencia del pecado original. San Pablo hablaba de esa inclinación al mal: Echo de ver otra ley en mis miembros, la cual resiste a la ley de mi espíritu y me sujeta a la ley del pecado, que está en los miembros de mi cuerpo. ¡Oh, qué hombre tan infeliz soy! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? La gracia de Dios por Jesucristo Señor nuestro (Rm 7, 23-24). No olvidemos nunca que el Espíritu Santo actúa en nosotros, y entre otros dones, nos da el de fortaleza para vencer esa tendencia. Aconsejaba san Josemaría Escrivá: Frecuenta el trato del Espíritu Santo -el Gran Desconocido- que es quien te ha de santificar. No olvides que eres templo de Dios. -El Paráclito está en el centro de tu alma: óyele y atiende dócilmente sus inspiraciones (Camino, n. 57).

De modo especial, el Espíritu Santo viene en ayuda de nuestra flaqueza (Rm 8, 26), cuando rezar es difícil. Porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene; pero el mismo Espíritu aboga por nosotros con gemidos inenarrables (Rm 8, 26). La Tercera Persona de la Santísima Trinidad nos enseña que, aunque avancen los años, podemos conservar la juventud espiritual. Nuestro testimonio cristiano debe ser siempre joven. Un verdadero testigo de Cristo no envejece nunca. En efecto, Cristo no envejece nunca, es el mismo ayer, hoy y siempre (Hb 13, 8). Él nos da al Espíritu Santo, que nos rejuvenece espiritualmente.

Santidad es unión con Dios. El pecado es lo que nos separa de Dios, es un testimonio contra la vida divina de la gracia, es contrario a la santidad. El pecado es capaz por sí solo de deteriorar lo que Dios hizo bueno. Éste es el verdadero mal porque nos apartan de Dios. Si alguno destruye el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, que sois vosotros, es santo (1 Co 3, 17).

Teniendo a Dios en nuestra alma en gracia lo tenemos todo. El cristiano que sólo pertenece a Cristo es dueño de todo. Y esto lo dice el Espíritu Santo por medio de san Pablo: Todas las cosas son vuestras: ya sea Pablo o Apolo o Cefas; ya sea el mundo, la vida o la muerte; ya sea lo presente o lo futuro; todas las cosas son vuestras, vosotros sois de Cristo, y Cristo de Dios (1 Co 3, 21-23). Por eso podemos decir con san Juan de la Cruz: Míos son los cielos y mía es la tierra. Mías son las gentes, los justos son míos y míos los pecadores. Los ángeles son míos, y la Madre de dios, y todas las cosas son mías. Y el mismo Dios es mío y para mí, porque Cristo es mío y todo para mí. ¿Pues qué pides y buscas, alma mía? Tuyo es todo esto , y todo es para ti. No te pongas en menos ni repares en migajas que se caen de la mesa de tu Padre (Oración del alma enamorada).

Cada ser humano tiene bien experimentado en su propia alma esa tensión espiritual entre el pecado y la gracia, entre las pasiones malas y las virtudes, entre el deseo de amar a Dios y el atractivo de las cosas mundanas. Pero comprendemos también, por propia experiencia, cómo se facilita esa lucha interior cuando nos acogemos a la protección maternal de la Santísima Virgen.

Guadalupe Ortiz de Landázuri (VI)

Alegría hasta el final

Durante la última estancia de Guadalupe en la Clínica Universitaria de Navarra, los médicos la sometieron a muchas pruebas, y como siempre reaccionó sin quejarse y alegremente, pensando en los demás. Un día tuvo que tomar una medicina de sabor muy desagradable, le advirtieron que algunos enfermos solían esconderla y luego tirarla. Ella la ingirió sin hacer un gesto, diciendo: voy a ser honrada. Luego le salió la vena de investigadora y añadió: tendré que estudiar alguna forma de encapsulación o de disimular el mal sabor porque, verdaderamente, no es agradable (1).

Durante esos días fueron a visitarla muchas amigas, y quedó agotada. Dos conocidas suyas, al saber que estaba en la Clínica -habían acompañado a sus maridos a un Congreso de Cardiología en la Facultad de Medicina- se acercaron a verla. Le contaron sus vidas, tragedias, dolores y, en fin, de todo. Al irse, como de casualidad, preguntaron: Oye, y tú ¿qué haces aquí? Ella respondió, sin darle importancia, que se iba a operar de corazón.

Encima de su mesilla de noche tenía una caja de cerámica con bombones y caramelos, que le habían regalado, y cuando las limpiadoras llegaban para arreglarle la habitación, no permitía que empezaran su trabajo sin haber tomado uno, por lo menos. Luego conversaba con ellas sobre sus cosas, y al finalizar agradecía el servicio prestado.

En esos días fue atendida, entre otras, por una enfermera muy joven, que estaba haciendo el primer año de especialidad en cardiología- se encontraba, por tanto, en sus primeras experiencias profesionales- y comentó: En mi corta experiencia en la profesión de enfermería, apenas había atendido a nadie que estuviera a punto de morir; pero no me parece que fuera ésta la razón por la que aquella paciente me llamó tanto la atención. Había algo más. Guadalupe era distinta a los demás enfermos (…). Por la dificultad que tenía para respirar, apenas dormía ni podía realizar esfuerzos; no obstante, en ningún momento le oí quejarse ni hacer el más mínimo comentario sobre lo que, lógicamente, le tenía que costar aquella situación. Yo no salía de mi asombro, ni sabía qué pensar. Distinguía perfectamente entre una persona fuerte, que aguanta la enfermedad, y ella, que lo que hacía era aceptarla de aquel modo tan extraordinariamente sereno (2).

Otra de las que la acompañó en la Clínica hasta el final escribió de ella: me impresionaba cómo enfocaba la muerte. Estaba convencida de que no iba a salir de la operación y le ilusionaba tremendamente pensar que Dios se la podía llevar. Me decía: estoy en las manos de Dios; si quiere que me ponga buena, también me dará mucha alegría seguir viviendo para servir a la Obra (…). Pero a mí me alegraría mucho ver a Dios, estar con Él (…) ¡Cuánto le atraía la posibilidad de ir al Cielo!

***

(1) Noticias, 1975, p. 1519 (AGP, biblioteca, P02).

(2) Testimonio de María Jesús Paredes, AGP, GOL T-104.

(3) Testimonio de Ángela Mouriz García, AGP, GOL T-117.

La Revelación sobrenatural

La Revelación sobrenatural

Exposición del caso:

Aunque normalmente se limitaba a mirar las fotografías y poco más, a Eduardo no se le escapaba que el semanario que compraba su padre “no se llevaba muy bien” con la Iglesia: con frecuencia aprovechaba cualquier motivo para atacar la doctrina y la jerarquía. A su madre -mujer piadosa y más culta de lo que parecía-, no le gustaba, pero su padre decía que aunque ese aspecto no le agradaba, era el semanario que mejor informaba y que, además, “no hay otra cosa”.

Un día, hojeando la revista, reparó en una foto en color que presentaba a unos padres jóvenes sonriendo con un hermoso bebé en brazos. Era un “niño-probeta”. Eduardo sintió curiosidad por el asunto, y leyó el artículo. Daba algunas estadísticas y noticias sobre tratamientos contra la infertilidad, y al final, tras aludir a la alegría que llevaba a los hogares, comentaba que no se explica cómo la Iglesia Católica no permite la fecundación “in vitro” y otras técnicas, cerrando la puerta de la felicidad para tantas parejas. Hacía referencia a la disociación entre la Iglesia (que se había anclado en el pasado) y el mundo actual, y juzgaba que si no quería “perder el tren de la vida” y automarginarse, la Iglesia tenía que adaptarse, revisando su “catálogo de prohibiciones”. Varias páginas más adelante, se volvía a arremeter contra la doctrina católica en términos parecidos, esta vez a propósito del control de la población. La foto en este caso recogía a unos indígenas muy escuálidos, de cara inexpresiva.

Eduardo no sabía qué pensar, y a la hora de comer sacó el tema en la mesa. Su hermana Asunción -estudiaba 4º de Historia- parecía estar bastante de acuerdo con la revista. Dijo que no es lo mismo el siglo I que el XX, y que en aquel tiempo no había problema de superpoblación, y tenía sentido prohibir cosas que entonces dañaban a la sociedad, mientras que ahora la favorecerían. Ella –añadió- sabía de historia, pero pensaba que lo mismo ocurriría en otros asuntos. Su madre replicaba que eso era “una barbaridad” y que esos problemas pueden arreglarse de otro modo. Su padre dio la razón a su madre señalando que, efectivamente, hay mucho excedente de alimentos y mucho niño para adoptar: “siempre se apuntan a lo fácil”, concluyó.

Al cabo de un rato, llamaron a la puerta, y fue a abrir Eduardo. Era Engracia. Procedente de un pueblo, había trabajado tres años como empleada viviendo en la casa. Se había casado hacía poco -tras un gran esfuerzo por parte de la madre de Eduardo para que fuera a la preparación en la parroquia y se casaran allí, pues el chico no quería-, pero seguía yendo a trabajar, al menos hasta que encontrasen otra chica. Estaba llorosa, y Eduardo lo notó: -“¿Te pasa algo?” -“No”. -“Sí que te pasa”. -“Que no, que no es nada”. Eduardo no se convenció, y dio un grito: -“¡Mamá, mamá! ¡Ven, que a Engracia le pasa algo!”. Acudió su madre, la llevaron al salón, se sentaron, y tras preguntar un rato qué sucedía, al final estalló en sollozos y se lo contó. Resultaba que su marido le había ocultado, hasta ese mismo día, que era portador del virus del SIDA. La consolaron como pudieron, y le dijeron que ya hablarían con más calma del asunto.

Días después, por la noche, estaban en el salón los padres de Eduardo y éste. Salió a conversación la situación de Engracia, la prevención de la enfermedad, y con ello el preservativo. El padre parecía a favor: -“¿Qué va a hacer si no? ¿Dejar que la mate?” –“Pero no puede ser; eso es inmoral”. -“¿Y quién ha dicho eso?” -“Pues la Iglesia…”. -“Pero eso no es ningún dogma: es su visión de las cosas que van saliendo”. -“Vaya, no sé yo si eso es muy correcto…; la Iglesia no habla en nombre propio”. -“¡Que no, mujer, que no! Que una cosa son las cuestiones de fe, que o las crees o nada, y otra cómo resolver los problemas de la vida”. -“Mira, que tampoco es dogma que no robes…”. -“¡Pero está en la Biblia! ¿Y esto, en qué parte de la Biblia sale esto? ¿Lo que predican no tiene que estar en la Biblia? ¡Pues entonces…!”. -“No, si a mí también me da pena, pero…”. -“Pero además -la interrumpió-, ¿no es también la Iglesia el cura que la preparó? Porque fue a verle, ¿y qué le dijo?” -“Pues -tuvo que admitir ella-, le dijo que en principio eso no está bien…, pero que su caso era un poco especial… que habría que ver…” -“¡Vamos, que no se atrevió a decirle que sí!”. -“Más parece que no se atrevió a decirle que no”, intervino por primera y última vez Eduardo. -“¡Tú cállate! ¿Qué sabrás tú de esto? No, si cuando te pilla lejos puedes teorizar lo que quieras, pero cuando ves de cerca las cosas…”. -“Bueno, tienen su autoridad, ¿no? Mira a ver por qué dicen lo que dicen”. -“¿Su autoridad? ¡Que no sean orgullosos! ¡Nada, que ellos contra todo el mundo! ¡Todo el mundo ve clara una cosa, pero no, ellos ‘erre que erre’!”. A estas alturas ya estaba levantando bastante la voz.

Eduardo estaba un poco enfadado a resultas de la discusión; a su madre ya se le había escapado alguna vez un “con tu padre no se puede discutir”, y comprobarlo no era grato. Tenía que reconocer que, efectivamente, de eso no sabía mucho, pero, bien mirado, ¿tanto sabía él?, ¿y de qué sabía tanto? -“¡Claro, la revista!”, dijo de repente. “Iguales -pensó-: llaman orgullosos a los demás, y ellos, mira…” Y, además, su madre tenía razón: no se molestan en ver por qué dicen lo que dicen cuando no coinciden con lo suyo. Por otra parte, le daba mucha pena la situación de Engracia, y le hacía sufrir el pensar que estuviese condenada a la infelicidad. Esto le había despertado, pues hasta entonces había vivido como si esas cosas sólo pasaran en los “culebrones” televisivos. Concluyó que “no podía ir así por la vida” y que tenía que enterarse en serio de todas esas cosas.

Preguntas que se formulan:

-¿Habla la Iglesia en nombre propio? ¿En nombre de quién lo hace? ¿Con qué autoridad? ¿Lo hace infaliblemente? ¿En virtud de qué? ¿Puede acusársela por ello de orgullo?

-¿Qué es la Revelación? ¿Abarca sólo materias que sólo pueden conocerse por fe? ¿Qué es un misterio? ¿Piden los misterios sólo su aceptación por la inteligencia, o afectan también a la vida? ¿Podrías poner un ejemplo de ello? ¿Qué es un dogma? ¿La Revelación incluye sólo dogmas?

-¿Tiene la Iglesia autoridad para enseñar verdades de índole natural? ¿Por qué? ¿Qué aporta con esta enseñanza? ¿Ves en el caso estudiado la necesidad de esta enseñanza? ¿En qué?

-¿Se contiene toda la Revelación en la Biblia? ¿Toda verdad de fe tiene que estar en ella? ¿Por qué? ¿Dónde más se contiene? ¿Qué es la Tradición? ¿Son evidentes las enseñanzas de la Escritura, o necesitan interpretación? ¿Quién la interpreta con autoridad? ¿Por qué?

-¿Es la Iglesia “propietaria” de las verdades reveladas? ¿Puede disponer de ellas? ¿Con qué título las posee? ¿En qué sentido es el Magisterio fuente de la Revelación?

-¿Cuándo se completó el depósito revelado? ¿Está condicionado por la situación y la cultura de la época? ¿Por qué? ¿Puede haber alguna razón que justifique un cambio? ¿Cabe algún progreso? ¿De qué tipo? ¿En virtud de qué, si el depósito está completo, puede juzgarse una situación nueva? ¿Es la única misión del Magisterio de la Iglesia custodiar el depósito de la fe? ¿Tiene derecho a juzgar “las cosas que van saliendo”? ¿En virtud de qué? ¿Debe adaptarse la doctrina a las diferentes épocas o sociedades? ¿Por qué? ¿Pueden juzgarse éstas a la luz de la doctrina? ¿En qué sentido?

-¿Cuándo se puede decir que la Iglesia enseña una doctrina? ¿Quién tiene autoridad para hablar en nombre de Ella?

Bibliografía

Vid. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 74-95, 101-114, 785, 888-892.

Comentario:

El problema alrededor del cual gira este caso se ha escogido no sólo por ser de mucha actualidad, sino por ser un tema en el que resulta más difícil comprender la postura de la Iglesia que en otros asuntos. Es cuando uno se siente más inclinado a pensar otra cosa, cuando se pone de manifiesto si se considera a la Iglesia depositaria de la Revelación divina, o si se considera su criterio como una opinión más, de la que por tanto se puede discrepar. Puede ser orgullo sostener una opinión “contra todo el mundo”, pero sólo si se trata de la opinión propia; la Iglesia, en cambio, hace suyas las palabras de Cristo: “mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado” (Jn. 7, 16). Eso no es orgullo: es fidelidad.

En cambio, en el padre de Eduardo sí que hay orgullo. Es un hombre que tiene fe y parece haber recibido una buena formación, pero un excesivo apego a su opinión y, en general, una excesiva confianza en sí mismo, han permitido que esa fe se erosione. Posiblemente se da una autosuficiencia -un pensar que está definitivamente bien formado- que ha hecho que se descuide, y el constante bombardeo ideológico de unas publicaciones anticatólicas sin el contrapeso del cuidado por su formación ha comenzado a influenciar su manera de ver las cosas, aunque él no se dé cuenta. Ante una situación difícil, y en medio de un acaloramiento, afloran varias de estas deformaciones.

Es frecuente que, cuando se pone en tela de juicio la doctrina de la Iglesia Católica, se utilice por quienes lo hacen -frecuentemente personas sin fe- una noción de religión muy influenciada por ideas protestantes. Aquí sucede esto. El protestantismo rechaza la mediación eclesial, o sea, que la doctrina venga de Dios a través de a Iglesia; en vez de ello, sostienen la libre interpretación de la Biblia por cada creyente, y es la Biblia su única fuente de la Revelación: para el protestantismo no cuenta la Tradición. Y además, es la fe sin obras la que salva. Por eso se disocia “las cuestiones de fe” de “los problemas de la vida” (fe sin obras); por eso se separan las verdades de fe -“los dogmas”- de la “visión de las cosas que van saliendo” (falta de mediación eclesial: “la fe” fue algo revelado hace muchos siglos, y así la doctrina sobre las cuestiones que surgen después queda en mera opinión); por eso “lo que se predica tiene que estar en la Biblia” (negación de la Tradición como fuente de la Revelación).

En cambio, la Iglesia se sabe depositaria de la Revelación. “Depósito” aquí se refiere a un término jurídico, por el que la entrega “en depósito” obliga al depositario a la custodia fiel e íntegra de lo depositado. Esta entrega es la Tradición, y la obligación perdura a través del tiempo: por eso la Iglesia habla de Tradición viva. La misma Sagrada Escritura nos es entregada por esa Tradición viva, y su custodia íntegra requiere su continua interpretación, también frente a las cuestiones “que van surgiendo”. Así se ve también claramente que lo que hay que creer es depósito íntegro, no sólo “los dogmas”: éstos no son más que declaraciones solemnes sobre algunos puntos importantes, que se formulan cuando se considera necesario. Sus contenidos forman parte del depósito, pero no son el depósito.

En cuanto a lo que dice Asunción, no queda claro el alcance que da a su afirmación, pero parece ver la doctrina de la Iglesia desde una postura de relativismo historicista: es el producto de una época. Sería un producto humano, no una Revelación divina. Y no se trata de que la doctrina no permita adaptarse a los distintos problemas que surgen en la historia, sino más bien de que afirma que esas soluciones no pueden pasar por negar las verdades fundamentales sobre Dios y el hombre: no solucionarían nada, o serían soluciones que causarían males peores. Si de esto estuviera firmemente convencido el sacerdote al que había acudido Engracia, no hubiera vacilado en su respuesta. Más consciente de ello parece Eduardo, y por eso su reacción es acertada.