Día 29 de julio

29 de julio

Memoria obligatoria de santa Marta

Memoria de santa Marta, que recibió en su casa de Betania, cerca de Jerusalén, a Jesús, y muerto su hermano Lázaro, profesó: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo, que has venido al mundo”. (s. I) (Martirologio Romano).

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Meditación

Marta y María

Dar posada al peregrino es una de las obras de misericordia. En la Sagrada Escritura se habla en repetidas ocasiones de la hospitalidad. En el Génesis vemos a Abrahán cómo la vivió cuando estando sentado a la puerta de la tienda en lo más caluroso del día vio aparecer a tres hombres. Enseguida fue a su encuentro, y les dijo: Mi Señor, si he hallado gracias a tus ojos, no pases sin detenerte junto a tu siervo. Haré que traigan un poco de agua para que os lavéis los pies, y descansaréis bajo el árbol; entretanto, traeré un trozo de pan para que reparéis vuestras fuerzas, y luego seguiréis adelante, pues por algo habéis pasado junto a vuestro siervo (Gn 18, 3-5).

Llama la atención en estos versículos que hemos leído que cuando Abrahán habla a estos hombres, unas veces lo hace en singular, como si fuese uno solo; y otras, en plural como si fuesen tres. De ahí que algunos Padres de la Iglesia hayan interpretado esta aparición como un anuncio anticipado del misterio de la Santísima Trinidad. Esto nos llevaría a reflexionar sobre la inhabitación de las Personas divinas en nuestra alma en gracia. ¿No sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu Santo habita en vosotros? (1 Co 3, 16). Pero en lo que nos fijamos ahora es en la hospitalidad de Abrahán con estos tres hombres, quizás ángeles del cielo. Su hospitalidad mereció que uno de estos tres personajes le dijera: Cuando vuelva a verte, dentro del tiempo de costumbre, Sara habrá tenido un hijo.

La hospitalidad es una obra de misericordia. En nuestros días se puede vivir esto, entre las muchas formas que hay, acogiendo en el propio hogar a un niño del tercer mundo durante el período de vacaciones, o por más tiempo; y contribuyendo al sostenimiento de centros de acogida para inmigrantes o albergues para los sin techo.

En los Evangelios vemos cómo Cristo es acogido en algunas casas y goza de la hospitalidad de personas amigas. Por ejemplo, a Nuestro Señor se le ve en la casa que tenía Simón Pedro en Cafarnaún. En una ocasión esta hospitalidad de Pedro con su Maestro sirvió para que Jesucristo curara a la suegra del apóstol. Especialmente sobresale la hospitalidad brindada a Jesús por sus amigos de Betania, Lázaro, Marta y María.

Cuando iban de camino en cierta aldea, y una mujer llamada Marta le recibió en su casa. Tenía ésta una hermana llamada María que, sentada también a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Pero Marta andaba afanada con los múltiples quehaceres de la casa y poniéndose delante dijo: “Señor, ¿nada te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo de la casa? Dile, pues, que me ayude” (Lc 10, 38-40).

Marta se dirige al Señor en tono familiar lleno de confianza, quejándose de que su hermana no estuviera haciendo nada en las tareas domésticas. Pero el Señor le respondió: “Marta, Marta: andas inquieta y nerviosa con tantas cosas: sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán” (Lc 10, 41-42).

Marta se ocupaba en muchas cosas disponiendo y preparando la comida del Señor. En cambio, María prefirió alimentarse de lo que decía el Señor. No reparó en cierto modo en el ajetreo continuo de su hermana y se sentó a los pies de Jesús, sin hacer otra cosa que escuchar sus palabras. Había entendido de forma fidelísima lo que dice el Salmo: “Descansad y ved que yo soy el Señor” (Sal 46, 11). Marta se consumía, María se alimentaba; aquélla abarcaba muchas cosas, ésta sólo atendía a una. Ambas cosas son buenas (San Agustín).

Marta ha venido a ser como el símbolo de la vida activa, mientras que María lo es de la vida contemplativa. Sin embargo, para la mayoría de los cristianos, llamados a santificarse en medio del mundo, no se pueden considerar como dos modos contrapuestos de vivir el cristianismo: una vida activa que se olvide de la unión con Dios es algo inútil y estéril; pero una supuesta vida de oración que prescinda de la preocupación apostólica y de la santificación de las realidades ordinarias tampoco puede agradar a Dios.

La clave está, pues, en saber unir esas dos vidas, sin perjuicio de una ni de otra. Esta unión profunda entre acción y contemplación puede vivirse de muy diversos modos, según la vocación concreta que cada uno reciba de Dios.

El trabajo, lejos de ser obstáculo, ha de ser medio y ocasión de un trato afectuoso con Nuestro Señor, que es lo más importante. El trabajo de una persona que quiere ser contemplativa en medio del mundo no es algo únicamente humano, sino también sobrenatural, porque procurará que no le falte la presencia de Dios, el trato con Dios, la conversación con Dios.

En esa tarea profesional vuestra, hecha cara a Dios, se pondrán en juego la fe, la esperanza y la caridad. Sus incidencias, las relaciones y problemas que trae consigo vuestra labor, alimentarán vuestra oración. El esfuerzo para sacar adelante la propia ocupación ordinaria, será ocasión de vivir esa Cruz que es esencial para el cristiano. La experiencia de vuestra debilidad, los fracasos que existen siempre en todo esfuerzo humano, os darán más realismo, más humildad, más comprensión con los demás. Los éxitos y las alegrías os invitarán a dar gracias, y a pensar que no vivís para vosotros mismos, sino para el servicio de los demás y de Dios (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n.49).

El cristiano corriente, siguiendo la enseñanza propuesta en este pasaje del Evangelio, debe esforzarse en conseguir la unidad de vida: vida de piedad intensa y actividad exterior orientada hacia Dios, hecha por amor a Él y con rectitud de intención, que se manifestará en el apostolado, en la tarea profesional y en los deberes de estado.

La hospitalidad se vivió desde el principio del cristianismo. Para cumplir la vocación de la caridad -el servicio de la mesa-, sin que fuera en detrimento de la oración y del servicio de la Palabra, los apóstoles se reservaron para sí su oficio principal y eligieron a los diáconos para atender a las viudas y el servicio de las mesas comunes. Que cada uno ahora se pregunte si ayuda en la parroquia a las obras asistenciales de caridad y procura descargar de trabajo a los sacerdotes para que éstos puedan dedicar más tiempo a la administración de los Sacramentos y a la predicación del Evangelio.

Dios me ha nombrado ministro de la Iglesia, asignándome la tarea de anunciaros a vosotros su mensaje completo (Col 1, 25). Benedicto XVI ha recordado que desde el inicio de la Iglesia el ejercicio de la caridad se confirmó como uno de sus ámbitos esenciales, junto con la administración de los Sacramentos y el anuncio de la Palabra: practicar el amor hacia las viudas y los huérfanos, los presos, los enfermos y los necesitados de todo tipo, pertenece a su esencia como el servicio de los Sacramentos y el anuncio del Evangelio.

En Santa María tenemos un modelo maravilloso de vida contemplativa en medio del mundo y de caridad. Santa María en casa de santa Isabel está atareada en un servicio de caridad, pues atendió a su prima durante tres meses. Y allí, con ocasión de la visita, recita el Magnificat, y con ello expresa todo el programa de su vida: no ponerse a sí misma en el centro, sino dejar espacio a Dios, a quien encuentra tanto en la oración como en el servicio al prójimo (Benedicto XVI, Encíclica Deus caritas est).

Le pedimos a la Virgen la unidad de vida para ser a la vez Marta y María. Es decir, contemplativos en medio del mundo.

Día 28 de julio

28 de julio

Oraciones

Señor mío Jesucristo

El texto

¡Señor mío Jesucristo! Dios y Hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío; por ser Vos quien sois, Bondad infinita, y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberos ofendido, también me pesa porque podéis castigarme con las penas del infierno. Ayudado de vuestra divina gracia, propongo firmemente nunca más pecar, confesarme y cumplir la penitencia que me fuere impuesta. Amén.

Explicación

Señor mío Jesucristo. El alma invoca al Señor, reconociendo su señorío y soberanía.

Dios y Hombre verdadero. Por dirigirse a Dios, el alma levanta su mirada suplicante y arrepentida a la Santísima Trinidad, mediante Jesucristo Redentor, verdadero y único Mediador entre Dios y el hombre.

Creador, Padre y Redentor mío. Hasta aquí llega la invocación. El hombre reconoce los atributos divinos y el beneficio de la Redención de Cristo, en cuyos méritos se apoya el perdón que pide.

Por ser Vos quien sois, Bondad infinita, y porque os amo sobre todas las cosas. Con estas palabras se expresa el motivo de la contrición perfecta: por amor a Dios, por ser quien, el hombre está arrepentido y se duele del pecado, de haber ofendido a Dios.

Me pesa de todo corazón de haberos ofendido. Es la expresión del dolor y arrepentimiento. Sin reservas. Es detestación total del pecado.

También me pesa porque podéis castigarme con las penas del infierno. Es un motivo de atrición, pero que no excluye la contrición perfecta.

Ayudado de vuestra divina gracia, propongo firmemente nunca más pecas, confesarme y cumplir la penitencia que fuere impuesta. Amén. En estas palabras se contiene el propósito. Propósito no sólo de no pecar sino también de apartarse de las ocasiones de pecar, y de confesarse. Al mismo tiempo se incluye el propósito referente a la satisfacción o penitencia.

Noción de contrición y atrición

La contrición es un dolor del alma y una detestación del pecado cometido con la resolución de no volver a pecar. Cuando brota del amor de Dios amado sobre todas las cosas, la contrición se llama contrición perfecta. La contrición perfecta perdona las faltas veniales; obtiene también el perdón de los pecados mortales si comprende la firme resolución de recurrir tan pronto como sea posible a la confesión sacramental.

La atrición es el pesar de haber ofendido a Dios, no tanto por el amor que se le tiene como por temor a las consecuencias de la ofensa cometida. La atrición (o contrición imperfecta) es un don de Dios, un impulso del Espíritu Santo. Nace de la consideración de la fealdad del pecado o del temor de la condenación eterna y de las demás penas con que es amenazado el pecador. Tal conmoción de la conciencia puede ser el comienzo de una evolución interior que culmina, bajo la acción de la gracia, en la absolución sacramental. Sin embargo, por sí misma la atrición no alcanza el perdón de los pecados mortales, pero dispone a obtenerlo en el sacramento de la Penitencia.

Una recomendación

Es importante que todo fiel conozca la necesidad del arrepentimiento de los pecados y su eficacia. Es sumamente saludable hacer con frecuencia actos de dolor de contrición. Si alguien tiene la desgracia de cometer un pecado mortal, que es el peor de los males porque aleja de Dios, debe hacer cuanto antes un acto de contrición perfecta con el propósito de confesarse para recobrar la gracia perdida y la amistad con Dios.

Decía san Juan Crisótomo: Mas que el pecado mismo, irrita y ofende a Dios que los pecadores no sientan dolor algunos de sus pecados.

Cuando uno está en peligro de muerte y no tiene confesor, si estuviese en pecado mortal, puede salvarse haciendo un acto de perfecta contrición.

En una ocasión se declaró un incendio en el teatro Ring de Viena. Viendo en peligro de morir a diversas personas, una niña comenzó a exhortar a todos a que hicieran el acto de perfecta contrición.

Día 27 de julio

27 de julio

Cristianos perseguidos

En Pakistán

En agosto de 2012, Rimsha Masih, una niña cristiana de catorce años y con discapacidad mental, fue falsamente acusada de blasfemia y detenida por la policía pakistaní. Salió a buscar combustible para quemar en su casa y recogió por error unos papeles con versos del Corán. El imán que lanzó la acusación fue detenido en septiembre, después de que varios testigos, vecinos de la aldea de Masih, aseguraran que habían visto cómo el clérigo islamita introducía “papeles quemados” del Corán en la mochila de la adolescente para provocar disturbios y expulsar a los cristianos de sus hogares. La Corte Suprema de Pakistán absolvió a la niña del delito de blasfemia en enero de 2013.

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En Mongolia

La Iglesia católica fue totalmente barrida por la llegada del comunismo. La primera misión católica en Mongolia comenzó a fines del siglo XX. Los misioneros trabajan en invierno con temperaturas de 30 grados bajo cero. En la actualidad, el anuncio de la fe sólo es posible en los espacios de la iglesia; los jóvenes menores de 16 años sólo pueden acudir a la catequesis previa autorización por escrito de los padres, y los sacerdotes no deben ser reconocibles como tales en los lugares públicos. A pesar de las limitaciones, la misión cuenta con cuatro parroquias y con cerca de 800 fieles. La Iglesia en aquel país se levanta después de setenta años de caída y progresa con esperanza.

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En Corea del Norte

Aunque la Constitución de Corea del Norte garantiza la “libertad de creencia religiosa”, en la práctica ésta no existe. El obispo norcoreano Francis Hong todavía está incluido en la lista de desaparecidos del Vaticano. No se le ha vuelto a ver desde 1962 y ya debe superar los 100 años de edad. Sin embargo, la Santa Sede mantiene que “no se puede excluir la posibilidad de que siga preso en algún campo de reeducación”.

Una cristiana, Ri, de 33 años, fue ejecutada por “poner biblias en circulación”. Poseer una biblia en este país asiático puede acarrear la pena capital. Los padre de Ri, su esposo y sus hijos fueron enviados a campos de prisioneros. Es el precio por creer en Jesucristo.

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En Somalia

Aplicando la Sharia, la ley islámica, islamistas del movimiento islámico Al-Shaab decapitaron a Farhan Haji Mose, joven de 25 años en la ciudad costera somalí de Barawa. El joven había nacido musulmán, pero se convirtió al cristianismo, por lo que fue seguido durante seis meses por devotos musulmanes que aplicaron la ley islámica: pena de muerta al apóstata y al convertido al cristianismo.

Día 26 de julio

26 de julio

Memoria obligatoria de san Joaquín y de santa Ana

Memoria de san Joaquín y santa Ana, padres de la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios, cuyos nombres se conservaron gracias a la tradición de los cristianos. (Martirologio Romano).

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¿Quién es quien?

BEATOS LUIGI Y MARÍA BELTRAME

En Roma, beata María Beltrame Quattrocchi, que, siendo madre de familia, ilustró de modo conspicuo a la familia de Cristo y a la sociedad,viviendo ejemplarmente su vida matrimonial y mostrando su comunión de fe y amor hacia el próximo. (26 de agosto de 1965). En Roma, beato Luis Beltrame Quattrocchi, que, siendo padre de familia, en los asuntos públicos y en los privados respetó los mandamientos de Cristo y los proclamó con celo y honradez de vida. (9 de noviembre de 1951). (Martirologio Romano).

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Un abogado del Estado y una profesora han subido juntos a los altares igual que lo hicieran a la basílica romana de Santa María Mayor el 25 de noviembre de 1905 para contraer matrimonio. San Juan Pablo II, cuando los beatificó, manifestó su alegría pues, por primera vez dos esposos llegan a la meta de la beatificación. Luigi (1880-1951) y María (1884-1965) Beltrame Quattrochi, originarios de Roma, fueron un matrimonio feliz.

María era profesora y escritora de temas de educación, comprometida en varias asociaciones (AcciónCatólica, Scout, etc.). Luigi fue un brillante abogado que culminó su carrera siendo vice-abogado general del Estado italiano. Estuvieron casados durante cincuenta años y tuvieron cuatro hijos: Filippo (religioso, hoy padre Tarcisio), nacido en1906; Stefania (reliogiosa, sor Maria Cecilia), nacida en 1908 y fallecida en 1993; Cesare (religioso, hoy padre Paolino), nacido en 1909; y Enrichetta, la menor, que nació en 1914. Dos de ellos, Filippo y Cesare, se encontraban entre los sacerdotes que concelebraron la Misa de beatificación con san Juan Pablo II. La tercera, Enrichetta, se sentaba entre los peregrinos que llenaron hasta los topes el templo más grande de la cristiandad.

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Luis Martin y Celia Guerin

Este matrimonio francés fue beatificado conjuntamente para mostrar que, aunque la santidad es una meta individual, el matrimonio es un camino para alcanzarla. Llevaron una vida matrimonial ejemplar: buenos trabajadores, misa diaria, confesión frecuente, participación en la vida parroquial. Tuvieron cinco hijas, a las que educaron para ser buenas cristianas y ciudadanas honradas. Cuatro de ellas ingresaron en Carmelo, y la otra en la orden de la Visitación. La menor de sus hijas es santa Teresa del Niño Jesús.

Día 25 de julio

25 de julio

Solemnidad de Santiago

Solemnidad del apóstol Santiago, hijo de Zebedeo y hermano de san Juan Evangelista, que con Pedro y Juan fue testigo de la transfiguración y de la agonía del Señor. Decapitado poco antes de la fiesta de Pascua por Herodes Agripa, fue el primero de los apóstoles que recibió la corona del martirio. (s. I) (Martirologio Romano).

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Santiago el Mayor

De la vida de este Apóstol sabemos bastante. Era natural de Betsaida, ciudad de Galilea, en la ribera norte del lago de Tiberíades. Sus padres eran Zebedeo y Salomé; y su hermano, Juan. Formaban una familia acomodada. Su profesión, como la de su padre y hermano, era la de pescador.

Tanto él, como el resto de su familia, al conocer al Señor no dudan en ponerse a su total disposición. Santiago y Juan, en respuesta a la llamada de Jesús, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron tras de Él (Mc 1, 20).

Salomé, la madre, siguió también a Jesús, sirviéndole con sus bienes en Galilea y Jerusalén, y acompañándole hasta el Calvario.

Los evangelistas han dejado constancia del carácter fuerte de los dos hermanos. Así se explica porque el Señor les llamó hijos del trueno. Pero también sobresale el amor apasionado que tuvieron al Señor, que les hizo reaccionar alguna vez con cierta vehemencia contra los que rechazaban a su Maestro. Cuando unos samaritanos no quisieron recibir a Cristo, Santiago y Juan proponen a Jesús: Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma? (Lc. 9, 54).

Junto con Pedro y con su hermano Juan, Santiago recibe del Señor particulares detalles de confianza y de amistad. Jesucristo quiso que sólo estos apóstoles le acompañasen cuando resucitó a la hija de Jairo; o que fueran testigos de su Transfiguración en el monte Tabor. También en Getsemaní son los que están más cerca de Jesucristo.

Cuando aún era joven recibió la vocación, la llamada de Dios. Tendría unos 18 años, pues era un poco mayor que Juan, el apóstol adolescente. Santiago fue testigo de los principales milagros obrados por el Señor.

Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, postrándose para pedirle algo. Díjole Él: ¿Qué quieres? Ella le contestó: Di que estos dos hijos míos se sienten uno a tu derecha y otro a tu izquierda en tu reino. Respondiendo Jesús, les dijo: No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo tengo que beber? Dijéronle: Podemos. Él les respondió: Beberéis mi cáliz, pero sentarse a mi diestra o a mi siniestra no me toca a mí otorgarlo; es para aquellos para quienes está dispuesto por mi Padre. Oyendo esto, los diez se enojaron contra los dos hermanos. Pero Jesús, llamándolos a sí, les dijo: Vosotros sabéis que los príncipes de las naciones las subyugan y que los grandes imperan sobre ellas. No ha de ser así entre vosotros; al contrario, el que entre vosotros quiera ser grande, sea vuestro servidor, y el que entre vosotros quiera ser el primero, sea vuestro siervo, así como el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos (Mt 20, 20-28). Una petición de la madre. Un deseo muy lógico: querer lo mejor para sus hijos.

La palabra ambición tiene mala prensa, pero injustamente, porque se puede ambicionar cosas buenas. La ambición de Juan y Santiago es estupenda: estar cuanto más cerca del Señor, o mejor, junto a su Maestro.

Después de la venida del Espíritu Santo en el día de Pentecostés, los Apóstoles, fieles al mandato de Cristo –Id y predicad el Evangelio a toda criatura- se fueron por todos los caminos hasta los más extremos confines de la tierra predicando la Buena Nueva, el mensaje salvífico de Cristo. Dieron fe, con su sangre y con su palabra, de la herencia que les confió Jesucristo antes de su Ascensión.

Los Hechos de los Apóstoles relatan la vida de la Iglesia primitiva, y cómo desde el principio los discípulos del Señor sufrieron persecución, como el mismo Cristo se lo había anunciado. La persecución contribuyó a la difusión del Cristianismo: Palestina, Fenicia, Chipre, Antioquía, Damasco, Cilicia, Tesalónica, Corinto, Roma… Nombres de ciudades y de personas, como estrellas luminosas, figuran desde entonces para siempre en los Anales del Cristianismo: Filipo, Atenas, Éfeso… Tito, Timoteo, Esteban. Pedro y Pablo llegan a Roma, Mateo a Etiopía, Tomás a la India, Felipe a Frigia, Juan a Éfeso, Santiago el Menor se queda en Jerusalén como primer obispo de la Ciudad Santa, Santiago el Mayor viene a España…

La vida de Santiago fue breve, unos treinta años, pero intensa. Es del único apóstol que la Sagrada Escritura da noticia de su martirio. En aquel tiempo prendió el rey Herodes a algunos de la Iglesia para maltratarlos. Dio muerte por la espada a Santiago, hermano de Juan (Hch 12, 2). Este hecho debió ocurrir en el año 42 ó 43. Santiago es el primer mártir entre los Apóstoles.

Id y predicad el Evangelio a toda criatura hasta los confines de la tierra. Por Occidente, los confines de la tierra terminaban entonces en el galaico Finisterre, y hasta allí llegó Santiago Apóstol.

La figura de Santiago está indisolublemente unida a los orígenes y fundamentos apostólicos de la fe de España. Una antigua tradición transmitida oralmente, cuenta que la predicación de Santiago no fue bien recibida, en un principio, por los moradores de la península ibérica; que los frutos de su dedicación al ministerio apostólico eran escasos. Desalentado, estaba a punto de abandonar la empresa, cuando el Señor quiso que su Santísima Madre -que aún vivía en carne mortal- se le apareciese a las orillas del río Ebro: le llenó de ánimos, asegurándole que sus trabajos no quedarían estériles.

Pidamos al Apóstol Santiago, Patrón de España, cuyos restos guarda nuestra patria como la más sagrada de las reliquias, que la fe que él nos predicó se conserve siempre en nuestro país. Y que España siempre sea la tierra de María Santísima, porque el amor y la devoción a la Madre de Dios que aprendimos de él continúen siendo una característica de la fe de nuestro pueblo.

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Efemérides

Tal día como hoy del año 1968 el papa beato Pablo VI firmó la encíclica Humanae vitae. En las primeras horas del 25 de julio de 1968 el papa Pablo VI celebra la Misa del Espíritu Santo para pedir luz de lo Alto. En la mesa de su despacho espera un documento su firma, firma la más difícil de todo su pontificado y, a la vez, una de las más gloriosas. Bajo los altos techos de los palacios vaticanos, siente como nunca el peso de su misión petrina. En todo el mundo las presiones son grandes. Muchos esperan un cambio de doctrina de la Iglesia sobre el problema moral de la contracepción. Pablo VI desde hace tiempo se encuentra en el compromiso de dar a conocer la postura oficial de la Iglesia en tan polémica cuestión.

Y en ese día de verano del año de las célebres revueltas estudiantiles firma la encíclica Humanae vitae. Ningún documento anterior del Magisterio pontificio había sido publicado en medio de tan amargo vendaval como éste. Tiempo después, cuando monseñor Casaroli le pregunta a Pablo VI cuándo había sentido con más fuerza la asistencia del Espíritu Santo, el Papa le contesta, sin vacilar, que cuando, después de haberlo meditado mucho, firmó la encíclica Humanae vitae. Con aquella firma, firmó su propia pasión.

La Humanae vitae, pasión y gloria de Pablo VI, es un grito profético lanzado al mundo para recordar la doctrina de siempre, la que garantiza mejor el verdadero bien del hombre y de la familia. Aborda una de las cuestiones de mayor transcendencia tanto en el orden personal como en el social: la regulación de la natalidad. En esta encíclica profética, la suprema autoridad de la Iglesia recordaba a todos los hombres de buena voluntad otra aplicación de aquel lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre: el acto sexual conyugal y la procreación forman una parte de un todo lleno de amor que al hombre no le es lícito romper poniendo barreras químicas o físicas que separen el aspecto unitivo del aspecto procreativo.

Día 24 de julio

24 de julio

Memoria libre de san Sarbelio

San Sarbelio (José) Makhluf, presbítero de la Orden Libanesa Maronita, que, por amor a la soledad y para alcanzar la más alta perfección, dejó el cenobio de Annaya, en el Líbano, y se retiró al desierto, en el que sirvió a Dios día y noche, y donde vivió con gran austeridad, ayunando y orando. (1898) (Martirologio Romano).

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Historia bíblica

Esaú vende la primogenitura a su hermano Jacob

Rebeca era estéril, por lo que Isaac imploró a Dios a favor de su esposa. El Señor le escuchó y Rebeca, su mujer, concibió (Gn 25, 21). Y cuando se le cumplieron los días de dar a luz, resultó que tenía mellizos. Estos fueron Esaú y Jacob. El primero que salió era de tez rojiza, todo peludo como una zamarra de piel, y le pusieron de nombre Esaú. Después salió su hermano, agarrando con la mano el talón de Esaú, y le pusieron de nombre Jacob. Los muchachos crecieron, y Esaú se convirtió en un experto cazador, en un hombre montaraz, mientras que Jacob era un hombre tranquilo que habitaba en tiendas. Isaac prefería a Esaú porque le traía caza; en cambio Rebeca prefería a Jacob (Gn 25, 25-28).

Según costumbre entre los patriarcas, el hijo mayor era el que tenía derecho a la bendición paterna que le constituía cabeza de familia y heredero de todas las posesiones de su padre. Por tanto, era Esaú el que tenía derecho a la primogenitura, pero éste vendió sus derechos de primogénito a su hermano Jacob.

Cierto día, Esaú volvió agotado del campo y encontró a su hermano Jacob, que se había preparado un guiso de lentejas. Al verle, le dijo: “Dame ese guiso, que estoy desfallecido”. Jacob respondió: “Te lo daré, pero a condición de que me vendas tu primogenitura”. Y dijo Esaú: “Estoy a punto de morir ¿para qué me sirve mi primogenitura?” Repuso Jacob: “Júramelo ahora mismo”. Y él se lo juró y vendió su primogenitura. Jacob le dio pan y el guiso de lentejas a Esaú, quien comió, bebió, se levantó y se fue. Así malvendió Esaú la primogenitura (Gn 25, 30-34).

Poco después de que Esaú le cediera los derechos de la primogenitura por el plato de lentejas, Jacob se lo dijo a su madre, la cual, secundando los deseos de su hijo preferido, urdió una trama para que Isaac diera su bendición a Jacob en vez de a Esaú. Cuando éste pidió la bendición a su padre, Isaac le dijo: Tu hermano ha venido con engaño y ha recibido la bendición que te pertenecía a ti (Gn 27, 35).

Por la pérdida de su primogenitura, Esaú cobró tal resentimiento y odio contra su hermano, que llegó a proferir amenazas de muerte contra él. Enterada Rebeca de tales amenazas, le dijo a Jacob: Tu hermano se quiere vengar de ti matándote. Ahora, hijo mío, escucha mi consejo: Ponte en marcha y huye a donde mi hermano Labán, a Jarán; quédate allí algún tiempo hasta que se le pase la furia a tu hermano, hasta que se calme su ira contra ti y se olvide de lo que le has hecho. Entonces mandaré a buscarte a ti. ¿Por qué he de perderos a los dos en un solo día? (Gn 27, 42-45). Jacob siguió el consejo de su madre y se fue a vivir a Jarán de Mesopotamia, a casa de su tío Labán.

Día 23 de julio

23 de julio

Fiesta de santa Brígida

Fiesta de santa Brígida, religiosa, nacida en Suecia, que contrajo matrimonio con el noble Ulfo, de quien tuvo ocho hijos, a todos los cuales educó piadosamente, y consiguió al mismo tiempo, con sus consejos y su ejemplo, que su esposo llevase una vida de piedad. Muerto éste, peregrinó a muchos santuarios y dejó varios escritos, en los que habla de la necesidad de reforma, tanto de la cabeza como de los miembros de la Iglesia. Puestos los fundamentos de la Orden del Santísimo Salvador, en Roma pasó finalmente de este mundo al cielo. (1373) (Martirologio Romano).

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Semblanza

Una voz venida del Norte

El Jubileo del año 1350

Hacía casi medio siglo que el papa Bonifacio VIII, con motivo del año centenario 1300, proclamó con la bula Antiquorum habet fida relatio el primer Jubileo de la Iglesia Católica, cuando Clemente VI, tras algunas consultas, se decidió por la convocatoria de un nuevo Jubileo para el 1350. Aunque Bonifacio VIII había establecido que los años jubilares se celebrasen cada cien años, en su bula -la Unigenitus Dei Filius– Clemente VI justificaba su decisión de abreviar el intervalo de tiempo a cincuenta años con los argumentos de brevedad de la vida y de vuelta a la tradición jubilar bíblica, aducidos por Petrarca en una carta que había dirigido al Pontífice pidiendo un Jubileo para el año ecuador de la centuria.

En los cincuenta años transcurridos desde el inicio del siglo XIV en la vida de la Iglesia habían ocurrido varios acontecimientos trascendentales. En el 1303 tuvo lugar la afrenta de Anagni, infligida a Bonifacio VIII por Guillermo de Nogaret; en el 1309 el papa Clemente V fija su residencia en Aviñón, dando inicio a la estancia de los papas en aquella ciudad francesa; dos años después se inaugura el Concilio de Vienne, en el cual se suprime la Orden de los Templarios con la bula Vox in excelso; enfrentamiento entre el Pontificado y el Imperio en las personas de Juan XXII y Luis IV de Baviera; cisma en la Iglesia con el nombramiento del antipapa Nicolás V; la revolución romana capitaneada por Cola di Rienzo; en el 1349 hubo un fuerte terremoto en Roma, calificado de apocalíptico, que derrumbó algunas torres y dañó severamente a los principales monumentos de la ciudad, como la Basílica de San Pablo, que quedó totalmente desmantelada, y la de San Juan de Letrán, que perdió toda la techumbre.

El Jubileo de 1350 se celebró en Roma sin la presencia del papa. Clemente VI envió a dos legados a la Ciudad Eterna: el cardenal Guido de Boulogne, que en la noche de Navidad de 1349 presidió en la Basílica de San Pedro la apertura del Año Jubilar; y el cardenal Annibaldo de Ceccano. El Jubileo fue un éxito popular. Roma se llenó de peregrinos que llegaban de diversas naciones de Europa. Los romeros contemplaban atónitos el aspecto de abandono que presentaba Roma, agravado con el reciente seísmo, pero lamentaban especialmente la ausencia de su mejor tesoro, el Papa. Con entusiasmo y verdadera piedad los fieles se acercaban en masa a venerar la Santa Faz o paño de la Verónica que, por disposición de Clemente VI y en atención al Jubileo, era mostrada con inusual frecuencia.

A Roma llegaban riadas de peregrinos anónimos, pero también otros conocidos como Pertrarca, que vino a la Ciudad Eterna con el único fin, como él escribió en diversas cartas, de aprovecharse espiritualmente, visitando las sagradas basílicas con verdadera contrición y con íntima piedad. También se registró la presencia del rey Luis I de Hungría; y, según parece, la de Cola de Rienzo, entonces desterrado, que entró en Roma de incógnito; pero sobre todo, la de santa Brígida de Suecia, tenaz partidaria del regreso de los papas a Roma y autora de duras y reiteradas requisitorias enviadas a los papas de Aviñón.

Esposa y madre ejemplar

Santa Brígida es la más célebre figura del santoral escandinavo. Es conocida especialmente como mística y fundadora de la Orden del Santísimo Salvador, pero también fue un magnífico ejemplo de esposa y de madre.

Brígida Birgersdatter nació en junio de 1303, en el castillo de Finsta, en la región del sudeste de Upsala. Descendiente de una noble familia sueca, de sangre real, sus padres -Birger Persson, gobernador de Uppland, y Sigrid (Ingerborg)- la educaron esmeradamente.

Vivió la primera parte de su vida como una laica felizmente casada con un cristiano piadoso, pues en septiembre de 1316 se desposó con el príncipe Ulf Gudmarsson. El matrimonio, verdaderamente ejemplar, tuvo ocho hijos: Karl, Birger, Bengt, Gudmar, Märta, Karin (Santa Catalina de Suecia), Ingeborg y Cecilia. Tanto Ulf como Brígida eran terciarios franciscanos y sumamente piadosos, caritativos, ascetas, incluso durante su estancia en la corte del rey Magnus II. Ambos esposos, sin dejarse seducir por las condiciones de bienestar de su clase social, vivieron -totalmente entregados a la vida de piedad- una experiencia de matrimonio en la que el amor conyugal se conjugaba con la oración intensa, el estudio de la Sagrada Escritura, la mortificación y la caridad. Juntos fundaron un pequeño hospital, donde asistían frecuentemente a los enfermos. Brígida, además, solía servir a los pobres.

Al mismo tiempo, Brígida fue apreciada por sus dotes pedagógicas, que tuvo ocasión de desarrollar durante el tiempo en que se solicitaron sus servicios en la Corte de Estocolmo. Esta experiencia hizo madurar los consejos que daría en diversas ocasiones a príncipes y soberanos para el correcto desempeño de sus tareas. Pero los primeros en beneficiarse de ello fueron, como es obvio, sus hijos, y no es casualidad que una de sus hijas, Catalina, sea venerada como santa (San Juan Pablo II, Carta Apostólica Spes aedificandi).

Este período de su vida familiar fue sólo una primera etapa. En 1341, un acontecimiento marcó espiritualmente la vida de Brígida. Con su esposo Ulf emprende el camino de Compostela para venerar la tumba del Apóstol Santiago. Esta peregrinación cerró simbólicamente esta fase, preparando a Brígida para su nueva vida, que comenzó pocos años después.

Mística y fundadora

A su regreso de Compostela, Ulf entró en el monasterio de la Orden del Císter de Alvastra, donde en el año 1344 muere. Brígida permaneció dos años retirada en un edificio contiguo al monasterio, haciendo una vida consagrada a Dios. Tras la muerte de su esposo, oyó la voz de Cristo que le confiaba una nueva misión, guiándola paso a paso con una serie de gracias místicas extraordinarias. Era el comienzo de una nueva etapa en su vida espiritual, en la que fueron frecuentes fenómenos místicos: revelaciones, visiones, profecías, desposorio con Cristo. Sus directores espirituales, el Maestro Matías, canónigo de Linköping, y después, Pedro Olafsson y el monje cisterciense Pedro, superior del monasterio de Alvastra, se encargaron de transcribir y traducir al latín las revelaciones y profecías. En una de estas visiones, el Señor le revela el texto de la Regla de la nueva Orden que debe fundar: sus monasterios serán dobles, hombres y mujeres, y gobernados por una abadesa en representación de la Santísima Virgen. En cada uno habrá 13 sacerdotes y un total de 85 miembros, en memoria de los 13 apóstoles (incluido San Pablo) y de los 72 discípulos. Su fin es expiar por los pecados y contemplar la Pasión de Cristo. El primer monasterio se fundó en Vadstena.

En Roma

Con motivo del Jubileo del 1350 y cumpliendo un mandato del Señor, Brígida, acompañada de sus hijos y de una pequeña comitiva, deja Suecia en 1349 y peregrina desde Vadstena a Roma. Era la primera vez que se acercaba a las murallas de la Ciudad Eterna y mucha el ansia que tenía de ver Roma. En una revelación se le había hablado de calles enlosadas de oro y de canales con sangre de mártires. Pero la impresión que le causó fue pésima. Al contemplar aquella población de unos 20.000 habitantes que hormigueaban en callejuelas míseras junto al río y al pie de ruinosos monumentos, exclamó decepcionada a la vez que dirigía la mirada a su director espiritual: Maestro Pedro, ¿ésta es Roma? Y sin embargo, en Roma, sede del Sucesor de San Pedro, permanecería el resto de su vida, saliendo solamente para sus peregrinaciones.

El traslado a Italia fue una etapa decisiva para ampliar los horizontes, no sólo geográficos y culturales, sino sobre todo espirituales de su mente y su corazón. Muchos lugares de Italia la vieron, aún peregrina, deseosa de venerar las reliquias de los santos. De este modo visitó Milán, Pavía, Asís, Ortona, Bari, Benevento, Pozzuoli, Nápoles, Salerno, Amalfi o el santuario de San Miguel Arcángel en el monte Gargano. La última peregrinación, realizada entre 1371 y 1372, la llevó a cruzar el Mediterráneo, en dirección a Tierra Santa, lo que le permitió abrazar espiritualmente, además de tantos lugares sagrados de la Europa católica, las fuentes mismas del cristianismo en los lugares santificados por la vida y la muerte del Redentor (San Juan Pablo II, Carta Apostólica Spes aedificandi).

Una voz nórdica

Con la denominada cautividad babilónica de los papas en Aviñón el prestigio del Papado se desacreditó por el hecho justamente de que no se trataba de ninguna verdadera cautividad. La dependencia respecto de Francia -en parte justifica el apelativo de capellanes del Rey de Francia con que algunos historiadores nombran peyorativamente a los papas de Aviñón-, el nepotismo desmesurado y, sobre todo, las vergonzosas transacciones financieras de la Curia en Aviñón, hicieron que se alzaran cada vez más fuertes el clamor -la voz del pueblo cristiano- que pedía una reforma de la Iglesia, en su cabeza y en sus miembros, y el retorno del Papa a Roma.

El clamor era más ruidoso en Italia, donde Petrarca escribió páginas enteras de encendida pasión contra la Babilonia del Ródano. Pero, además de la pluma de este príncipe de los humanistas estaba la voz una hija del tintorero de Siena, llamada Catalina. Y otra voz se dejó oír en Italia, aunque no italiana, sino de Suecia: la de Santa Brígida. La voz nórdica que en Roma resonaba no lo hacía en nombre de una nación, como era el caso de Petrarca en el que no todo era celo cristiano y anhelo de reforma, sino también resentimiento nacionalista por el abandono en que yacía Roma. Brígida hablaba en nombre del mismo Cristo y de la Virgen Santísima. Otra voz semejante que se decía sobrenatural procedía de España. Era la de fray Pedro de Aragón, que en 1365 se le reveló que para remediar los males de la Iglesia debía el Papa regresar a su sede de Roma y que él mismo debía comunicar este mensaje divino.

Ven enseguida a Italia… -decía Brígida a Clemente VI-. Levántate pues antes de que venga tu última hora que ya se aproxima. Pero el Papa que había elegido el nombre de Clemente para indicar que se había desposado con la clemencia hizo oídos sordos a la súplica de la santa escandinava. Mayores esperanzas puso ésta en Inocencio VI y en Urbano V. En 1363 durante una audiencia concedida por Urbano V a los embajadores romanos el Papa manifestó su ardiente deseo de volver a Roma, aunque hizo notar que las dificultades eran ingentes. Dos años después Urbano V recibió en Aviñón la visita del emperador Carlos IV al que comunicó su decisión de emprender el viaje hacia la ciudad del Tíber. Y el 30 de abril de 1367 el papa Urbano V salió de Aviñón hacia Marsella para embarcarse camino de Italia y de Roma.

Antes de emprender el viaje Urbano V enumeró los motivos que le impulsaban a ir a Roma: el precepto divino; la ubicación de la Ciudad Eterna, que es el centro del mundo y está dispuesta ad modum orbis; el carácter santo de la Urbe, consagrada con los cuerpos de San Pedro y San Pablo y con la sangre de tantos mártires; el matrimonio espiritual existente entre el Papa y Roma; el ejemplo de tantos pontífices; la revelación de Dios. En este último motivo aludiría probablemente a las revelaciones de Santa Brígida y de fray Pedro de Aragón.

En medio de un júbilo indescriptible fue recibido Urbano V en la Ciudad Eterna el 16 de octubre de 1367. Todo el pueblo lo aclamaba. Allí estaba Brígida, satisfecha de ver cumplidos sus anhelos. Pero al cabo de tres años el Papa decidió dejar la miseria del Tíber para volver a las delicias del Ródano. ¿Motivo? Habiéndose reanudado la guerra entre Inglaterra y Francia, era preciso ir Aviñón para lograr la paz. Mas no convenció a nadie. Para todos, lo que movía al Papa a volver sobre sus pasos no era el amor a la paz sino su amor a su patria. Al enterarse de la decisión pontificia, Brígida le escribió las palabras que le habían sido reveladas: Habla la Madre de Dios: Ya volvió la espalda a mí y no el rostro, y se propuso alejarse de mí, y ser arrastrado con engaño por el espíritu maligno, pues tiene hastío a la tarea divina, y elige su conveniencia corporal. Igualmente el diablo le arrastró consigo con placer mundano, pues no hay en la tierra para él más deseable que su patria y el modo de vivir mundano. Del mismo modo fue arrastrado por los consejos de los amigos de la carne.

Estando en Montefiascone, Urbano V se despide de los romanos con una carta para que les sirviera de consuelo. Vanos fueron los intentos de Petrarca y fray Pedro de Aragón para que se volviera atrás en su decisión; en vano Brígida le amenazó en nombre de Dios. Ésta, venerada en toda la cristiandad, creyó recibir del Cielo un terrible mensaje para el Papa, y se lo comunicó a su confesor, Alfonso de Jaén, a fin de que éste lo transmitiera al Papa. El confesor no se atrevió a hacer de intermediario; tampoco el cardenal Pedro Roger de Beaufort. Y fue la misma vidente quien se presentó en Montefiascone para decirle a Urbano V que, si volvía a Aviñón, Dios le heriría de muerte.

Haciendo caso omiso de tal advertencia, Urbano V partió para Francia. El 13 de septiembre 1370 llegó a Marsella y once días más tarde entraba en Aviñón, pero unas semanas antes, el 5 de agosto había concedido la Bula de aprobación de la Orden del Santísimo Salvador, fundada por Brígida. Tres meses después de su llegada a la ciudad bañada por el Ródano, el 19 de diciembre, según le había profetizado Brígida de Suecia, entregaba su alma a Dios.

Últimos años

Pedro Roger de Beaufort fue el elegido para suceder a Urbano V. El nuevo Pontífice -Gregrorio XI- era un hombre joven, de temperamento sensible y piadoso, que al ver cumplida la profecía de Brígida se impresionó. Al poco tiempo de ser elegido, el cardenal Latino Orsini le comunicó una nueva profecía de aquella mujer venida del Norte. En una visión, la Virgen María le había mandado decir a Gregorio XI: Yo, que engendré al verdadero Hijo de Dios, Jesucristo, tengo unas cosas que anunciar al papa Gregorio. Seré madre de misericordia para con él si persiste en su propósito de venir a Italia y a Roma; lo sustentaré con la dulce leche de mi oración si obedece a la voluntad de Dios, que es que traslade humildemente su sede a Roma. Y, para que no excuse con la ignorancia, yo le aviso que, si no obedeciere, sentirá la vara de la justicia, es decir, la indignación de mi Hijo, pues se le abreviará la vida y se será llamado al juicio de Dios, sin que la ciencia de los médicos ni los aires natales de su patria le sean de provecho.

Gregorio XI, conmovido, pidió a la vidente escandinava una explicación. Un mensajero de Brígida, Nicolás Orsini, conde de Nola, le llevó la respuesta. Ésta era el contenido de una nueva visión con un mensaje más áspero: Yo le avisé al papa Gregorio que debía trasladar su sede a Roma; pero el diablo y algunos consejeros le han persuadido a quedarse en donde está, y esto por amor carnal a sus parientes y amigos y por mundana delectación y consolación. Y, puesto que desea ser más plenamente certificado de la voluntad de Dios, oiga lo siguiente: Si quiere tenerme por madre -habla María Santísima-, debe tornar a Roma inmediatamente, sin dilación alguna y con rapidez, de modo que en marzo, o lo más tarde a principios de abril (1371), tiene que estar personalmente en la Urbe o al menos en Italia. Y, si en esto no obedece, sepa que nunca jamás volverá a gozar de mis palabras ni de otra visitación y consolación mía. Sepa también que la paz de Francia nunca será plenamente segura, firme y tranquila hasta que ese pueblo aplaque la indignación de Dios con grandes obras de piedad y humildad; el empeño de enviar a Tierra Santa las compañías de soldados mercenarios no agrada a mi Hijo.

El Papa oía con humildad tan enérgicas reprensiones de labios de una mujer que decía recibir revelaciones de Dios, las cuales, al ser privadas, nadie estaba obligado a creer. Podían ser verdaderas, comunicadas por Dios a una santa, o bien, pura fantasía producida en la imaginación de una ilusa.

Desde que llegó a Roma para el Jubileo del 1350, Brígida residía en Roma, en una casa del campo Marcio, dedicada a obras de piedad y de misericordia. Estancia que sólo interrumpía con peregrinaciones. En 1372 peregrinó a Tierra Santa, su última peregrinación. A su regreso, estando en Nápoles en febrero de 1373, tuvo otra visión, en la que oyó palabras de Cristo dirigidas a su Vicario en la tierra. Eran palabras fuertes, pero el Papa, al conocer el mensaje, lejos de irritarse pidió a Brígida una señal. No hubo ninguna señal, sino que una vez más la santa le comunicó el contenido de la última visión, en la cual sólo había unos consejos, algunas palabras consoladoras y el deseo perentorio de Cristo de que Gregorio XI estuviera en Roma en el otoño de 1373.

Aquejada de una enfermedad que contrajo en su viaje a los Santos Lugares, el 23 de julio de 1373 moría en Roma Brígida de Suecia. Poco después, dos de sus hijos, Birger y Karin obtuvieron permiso para llevar el cuerpo de su madre al primer monasterio de la Orden fundada por ella, el de Vadstena. Fue canonizada el 7 de octubre de 1391, en plena época del Cisma de Occidente por el Papa de la Obediencia de Roma, Bonifacio IX. Recuperada la unidad de la Iglesia, Martín V confirmó su canonización el 1 de julio de 1419. Su fiesta se celebra el 23 de julio.

Legado espiritual

Sus obras fueron recopiladas por su confidente Alfonso de Vadaterra, antiguo obispo de Jaén. Son ocho libros de Revelationes, otro de Extravagantes, la Regula Sancti Salvatoris, Sermo Angelicus de excellentia B. Mariae Virginis y cuatro Orationes. Todas ellas han sido objeto de enconada polémica. Atacada ya en vida de Brígida, volvieron a serlo en el Concilio de Constanza y en el de Basilea. En ellas hay no pocos errores históricos, fórmulas ambiguas en materia teológica y expresiones de poco gusto literario. Su verdadero valor está en el terreno de la mística. Su mensaje reformador tuvo eco en el mundo de su tiempo.

Brígida se hizo partícipe de la construcción de la comunidad eclesial con el sentido profundo del misterio de Cristo y de la Iglesia, en un momento crítico de su historia -escribió san Juan Pablo II-. En efecto, la íntima unión con Cristo fue acompañada de especiales carismas de revelación, que hicieron de ella un punto de referencia para muchas personas de la Iglesia de su tiempo. En Brígida se observa la fuerza de la profecía. A veces, su tono parece un eco del de los antiguos profetas. Habla con seguridad a príncipes y pontífices, desvelando los designios de Dios sobre los acontecimientos históricos. No escatima severas amonestaciones, también en lo referente a la reforma moral del pueblo cristiano y del clero mismo. Algunos aspectos de su extraordinaria producción mística suscitaron en aquel tiempo dudas razonables, sobre las que se realizó un discernimiento eclesial, remitiéndose a la única revelación pública, que tiene su plenitud en Cristo y su expresión normativa en la Sagrada Escritura. En efecto, tampoco las experiencias de los grandes santos están exentas de los límites inherentes a la recepción humana de la voz de Dios (Carta Apostólica Spes aedificandi).

En el mismo documento, añadía el citado Papa: No hay duda, sin embargo, de que al reconocer la santidad de Brígida de Suecia, la Iglesia, aunque no se pronuncia sobre cada una de las revelaciones que tuvo, ha acogido la autenticidad global de su experiencia interior. Aparece así como un testimonio significativo del lugar que puede tener en la Iglesia el carisma vivido en plena docilidad al Espíritu de Dios y en total conformidad con las exigencias de la comunión eclesial. Por eso, al haberse separado de la comunión plena con la sede de Roma las tierras escandinavas, patria de Brígida, durante las tristes vicisitudes del siglo XVI, la figura de la santa sueca representa un precioso “vínculo” ecuménico, reforzado también por el compromiso en este sentido llevado a cabo por su Orden (Carta Apostólica Spes aedificandi).

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Efemérides

El 23 de julio de 1934 falleció en San Sebastián (España) la beata Margarita María López de Maturana, fundadora de las Mercedarias de Bérriz.

Beata Margarita María López de Maturana

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Semblanza

Fundadora y Misionera

Dos hermanas gemelas

El 25 de julio de 1884, en el seno de una familia cristiana, nacieron en Bilbao dos gemelas, Leonor y Pilar. Al día siguiente recibieron las aguas bautismalesen la iglesia de San Antón. Ambas hermanas crecieron unidas por un amor entrañable y una comunicación sincera. Y las dos abrazaron la vida religiosa. Leonor ingresó en la Congregación de las Carmelitas de la Caridad, fundada por santa Joaquina de Vedruna; y Pilar, en el monasterio de la Vera Cruz de las mercedarias de Bérriz (Vizcaya).

Nuevos horizontes

Pilar, como es costumbre en los monasterios de clausura, al tomar el hábito el 10 de agosto de 1903, cambió su nombre: adoptó el de Margarita María. Y desde el primer momento se entregó a Dios con una fidelidad total en su vida de monja de clausura. Dos son las características que la distinguían: su dedicación a la oración y su caridad exquisita.

En la oración, en su intimidad con el Señor, vio cómo su vocación de mercedaria de redención de cautivos se fue ampliando a nuevos horizontes. Su deseo de hacer llegar al mundo entero la dicha de la comunicación con Dios y del amor a Jesucristo fue haciéndose cada vez mayor. Yo no deseo más que darle a conocer a los que me ha encomendado, que son el mundo entero, escribió el 5 de mayo de 1912. El año siguiente, en una carta a su hermana Leonor, destinada a Argentina, le decía: Tú ya sabes lo aficionada que soy a viajar por todo el mundo, en espíritu, pidiendo para los misioneros ánimo esforzado, celo fervoroso y demás. Si vieras cuánto me gusta acompañar con mis pequeñas obras y sacrificios a los misioneros que trabajan lejos de aquí…

En 1919, en fechas distintas, dos misioneros visitaron el colegio anejo al monasterio: el 18 de enero, un carmelita destinado a la India; y el 13 de septiembre, un jesuita que se iba a China. Ambos enardecieron el espíritu misionero, no sólo a la comunidad de Mercedarias, sino también de las alumnas.. Margarita María lo recordaba años más tarde con estas palabras: Hay momentos en la vida de una especial trascendencia, cuando el Señor nos va señalando el camino… Ese momento culminante para Bérriz fue aquél en que, poniéndonos delante el ejemplo de estos misioneros, se levantó ante nosotras la imagen del pueblo que no conoce a Cristo, diciéndonos: ven a nosotros, ven a socorrernos.

Fundaciones

En 1920, fundó una asociación con el nombre de Juventud Mercedaria Misionera de Bérriz. Y en 1924 cuajaron los propósitos misioneros de las religiosas. Presentaron al padre general de los Mercedarios su proyecto de convertirse en misioneras activas. El Papa Pío XI dio su beneplácito, y el 19 de septiembre de 1926 salió la primera expedición misionera a Wuhu (China). En abril de 1927, Margarita María fue elegida comendadora del convento de Bérriz. Ese mismo año fundó la revista Ángeles de las Misiones, para la difusión de la conciencia misionera.

Un año después del primer envío de misioneras, mandó una nueva expedición a Ponapé (Islas Carolinas). En agosto de 1929 salía ella misma rumbo a Oriente con un grupo de religiosas. Además de visitar a las misioneras de Wuhu, hizo dos nuevas fundaciones. Volvió a Europa por Estados Unidos. En menos de cuatro años había creado cuatro centros de misión: en Wuhu (China), con colegio, dispensario y formación de vírgenes indígenas; en Tokio (Japón), con colegio de enseñanza secundaria; en Saipán (Islas Marianas), con escuela, catequesis y cooperación parroquial; y en Ponapé (Islas Carolinas), con internado indígena, catequesis, cooperación parroquial y dispensario.

Instituto misionero

Al volver a Bérriz, el convento se hallaba en el dilema de constituirse en instituto misionero o volver a la vida de clausura. La transformación en instituto misionero tuvo lugar en 1931, por petición de las 94 monjas, sellada con un sí unánime en votación secreta, como lo exigió la Santa Sede. En 1933, Margarita María fue recibida por Pío XI, que animó a la comunidad en su vocación misionera.

Un año después, Margarita María falleció en San Sebastián, el 23 de julio de 1934. Está enterrada en el monasterio de las Mercedarias Misioneras de Bérriz (Vizcaya).

Beatificación

Su proceso de beatificación se abrió en 1943. En 1987, el beato Juan Pablo II firmó el decreto de heroicidad de virtudes. El 28 de abril de 2006, Benedicto XVI firmó el decreto en el que se reconoce un milagro atribuido a la intercesión de la venerable Margarita María López de Maturana y Ortiz de Zárate. El 17 de mayo se comunicaba al obispo de Bilbao, Mons. Ricardo Blázquez, la concesión hecha por el Papa para que la ceremonia de su beatificación tuviera lugar en la Catedral de Bilbao el domingo 22 de octubre, Jornada mundial por la evangelización de los pueblos. Y así, en tal fecha, por primera vez en España tuvo lugar la celebración de una beatificación delegada por el Papa.

El cardenal José Saraiva Martins, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, fue la persona delegada por Benedicto XVI para declarar beata a Margarita María.