Invocaciones a la Virgen María (VI)

Oh María, modelo de oración. Alcánzame espíritu de oración, ya que tanto lo necesito para acrecentar mi fe, santificarme en el trabajo cotidiano y vencer las tentaciones.

Oh María, modelo de paciencia, de tus labios nunca salió la más insignificante queja contra la Providencia, a pesar de los muchos dolores que sufriste. Consígueme esta virtud.

Oh María, modelo de santidad, a quien todos llaman santísima por antonomasia. Hazme santo, pues así lo quiere Dios y, también, Tú, Madre mía.

Oh María, modelo de piedad. Ayúdame en el cumplimiento de mis prácticas cristianas y haz que siempre dé buen ejemplo.

Oh María, modelo de perseverancia. Te pido que me alcances de tu Santísimo Hijo la perseverancia en la gracia de Dios para que en gracia viva y en gracia de Dios muera.

Anuncios

Homilía del Domingo de Resurrección. Ciclo C

En los Hechos de los Apóstoles se narra la conversión del centurión Cornelio. San Pedro aceptó la invitación de hospedarse en la casa Cornelio. Estando allí, tomó la palabra y dijo: Vosotros sabéis lo sucedido en toda Judea, comenzando por Galilea, después que Juan predicó el bautismo; cómo Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder, y cómo él pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con él; y nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la región de los judíos y en Jerusalén; a quien llegaron a matar colgándole de un madero; a éste, Dios le resucitó al tercer día y le concedió la gracia de aparecerse, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había escogido de antemano, a nosotros que comimos y bebimos con él después que resucitó de entre los muertos (Hch 10, 37-41).

Es toda una catequesis. San Pedro cumple el mandato del Señor de predicar al pueblo y de dar testimonio de Él. Por eso, habla de Cristo, el Verbo encarnado e Hijo de Dios. Hace una síntesis de la vida de Jesús, que culmina con la afirmación de la resurrección del Señor. Porque Jesucristo es la gracia que ha aparecido en el mundo, ha venido a nuestra historia, ha compartido nuestro camino. Es la Buena Nueva que anuncia nuestra liberación de las tinieblas del pecado y nos da la luz de la salvación. Nos ha traído la misericordia y la ternura de Dios.

San Pedro hace hincapié en la resurrección del Señor, porque es el misterio central de la fe cristiana. Jesús, el Hijo de Dios encarnado, no se ha quedado en el sepulcro, porque no podía permanecer bajo el dominio de la muerte, y la tumba no podía retener al que vive (Ap 1, 18), al que es la fuente misma de la vida. La Vida pudo más que la muerte. Este misterio nos habla de esperanza, como bien afirmó san Agustín: la Resurrección del Señor es nuestra esperanza. Este Padre de la Iglesia explicaba que Jesús resucitó para que nosotros, aunque destinados a la muerte, no desesperáramos, pensando que con la muerte se acaba totalmente la vida. Cristo ha resucitado para darnos la esperanza. Jesucristo, crucificado y sepultado, ha resucitado con su cuerpo glorioso. Jesús ha resucitado para que también nosotros, creyendo en Él, podamos tener la vida eterna (Benedicto XVI).

La resurrección del Señor es la culminación del Evangelio, es la Buena Noticia por excelencia: Jesús, el crucificado, ha resucitado. Este acontecimiento es la base de nuestra fe y de nuestra esperanza. Si Cristo no hubiera resucitado, el cristianismo perdería su valor. Es más, según san Pablo: Si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación carece de sentido y vuestra fe lo mismo. Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados (1 Co 15,14.19). Pero Cristo resucitó. El mensaje que los cristianos llevan al mundo es éste: Jesús, el Amor encarnado, murió en la cruz por nuestros pecados, pero Dios Padre lo resucitó y lo ha constituido Señor de la vida y de la muerte. En Jesús, el Amor ha vencido al odio, la misericordia al pecado, el bien al mal, la verdad a la mentira, la vida a la muerte (Papa Francisco).

San Pedro termina haciendo referencia a la misión judicial de Cristo, que está constituido por Dios juez de vivos y muertos. De éste todos los profetas dan testimonio de que todo el que cree en él alcanza, por su nombre, el perdón de los pecados (Hch 10, 42-43). El Señor, al resucitar ha sido hecho Juez soberano de todos los hombres para el momento de su segunda venida a la tierra. Que Cristo se presente como Juez implica que deberemos dar cuenta de nuestra vida. Pero con la confianza de que por haber creído en Él, hemos alcanzado el perdón de nuestros pecados.

San Pablo, en la Carta a los Colosenses, también hace referencia a la esperanza que nos viene de la resurrección del Señor. Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con él (Col 3, 1-4). Jesucristo, con su muerte y resurrección, nos libró del poder de Satanás y de la muerte. Por el Bautismo los hombres son efectivamente injertados en el misterio pascual de Cristo: mueren con Él, son sepultados con Él y resucitan con Él (Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, n. 6). Esto es, los cristianos hemos resucitado a una vida nueva, que es sobrenatural, pues participamos ya en este mundo de la vida gloriosa de Jesucristo resucitado. Esta vida es de momento espiritual y oculta, pero en la Parusía, cuando nuestro Señor venga con toda su gloria, llegará a ser manifiesta y gloriosa.

El evangelista san Juan narra cómo san Pedro y él fueron en la mañana del domingo al sepulcro y lo encontraron vacío. Esto hizo que él creyera desde ese momento en la resurrección de su Maestro. El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: “Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto”. Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó, pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos (Jn 20, 1-9).

Las palabras que emplea san Juan expresan con vivo realismo la impresión que les causó lo que san Pedro y él allí encontraron, y cómo quedaron grabados en su memoria algunos detalles. Los lienzos caídos, es decir, aplanados, como vacíos al resucitar y desaparecer de allí el cuerpo de Jesús, como si Éste hubiera salido de los lienzos y vendas sin ser desenrollados, pasando a través de ellos. El sudario… aparte, todavía enrollado, en un sitio. De estos detalles se desprende que el cuerpo del Señor tuvo que resucitar de manera gloriosa, transcendiendo las leyes físicas.

Los evangelistas narran el hecho de la resurrección del Señor. Lo acontecido en aquella mañana del primer día de la semana es el tema principal de la predicación de los Apóstoles: Y los apóstoles daban testimonio con gran fortaleza de la resurrección del Señor Jesús (Hch 4, 33). El Viernes Santo, el cuerpo sin vida de Cristo fue bajado apresuradamente de la cruz y puesto en el sepulcro. En la mañana del domingo, María Magdalena y María la de Santiago y Salomé (Mc 16, 1), tristes y desconsoladas, fueron al sepulcro y se encontraron con que la piedra había sido removida del sepulcro (Lc 24, 2). Al entrar no hallaron el cuerpo del Maestro. Mientras estaban allí, perplejas y confusas, dos hombres con vestidos resplandecientes las sorprendieron, diciendo: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado (Lc 24, 5-6). Acojámoslo con íntimo asombro y gratitud. El Señor ha resucitado y nos da su alegría.

El sepulcro vacío, ese sepulcro nuevo situado en un jardín, donde José de Arimatea colocó devotamente el cuerpo de Jesús, es el lugar de donde salió el anuncio de la resurrección. No tengáis miedo, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí: ha resucitado como había dicho (Mt 28, 5-6). Desde aquella mañana, las palabras de los ángeles: Jesús Nazareno, el crucificado, ha resucitado siguen resonando en el universo como anuncio perenne, que atraviesa los siglos. Jesús con su cuerpo lleno de vida, vencida la muerte y rotas las barreras del sepulcro, nos repite hoy el anuncio gozoso de la Pascua: He resucitado y estoy aún y siempre contigo. La resurrección de Cristo es el acontecimiento que ha traído la novedad radical para todo ser humano, para la historia y para el mundo: es el triunfo de la vida sobre la muerte

Este anuncio, confirmado por el testimonio de aquellos a quienes se apareció el Señor Resucitado, es el corazón del mensaje cristiano, trasmitido fielmente de generación en generación. Todo bautizado en Cristo ha resucitado espiritualmente en este sepulcro, porque todos en el Bautismo hemos sido realmente incorporados al Primogénito de toda la creación, sepultados con Él, para resucitar con Él y poder caminar en una nueva vida. Detengámonos con devoto recogimiento ante el sepulcro vacío, para redescubrir la grandeza de nuestra vocación cristiana: somos hombres y mujeres de la resurrección, no de la muerte. Aprendamos a vivir nuestra vida, los afanes de la Iglesia y del mundo entero a la luz de la mañana de Pascua (Papa Francisco).

La Iglesia, al celebrar la resurrección del Señor, invita al gozo, reptiendo en su liturgia: Éste es el día en que actuó el Señor. Sea nuestro alegría y nuestro gozo. Es una alegría auténtica, profunda, basada en la certeza de que Cristo resucitado ya no muere más, sino que está vivo y operante en la Iglesia y en el mundo. Jesús está vivo y la alegría llena el corazón. Es nuestra fe: Creemos en un Resucitado que venció el mal y la muerte. La resurrección de Cristo es nuestra mayor certeza; es el tesoro más precioso que tenemos. Los Apóstoles dieron testimonio del Resucitado. Nosotros, cristianos, igualmente debemos dar testimonio, proclamar esta certeza, que no es sólo para nosotros, sino para transmitirla a los demás, haciéndoles partícipes de la alegría de la Pascua de Resurrección.

La contemplación del rostro de Cristo no puede reducirse a su imagen de crucificado. ¡Él es el Resucitado! La Iglesia ha expresado siempre esta convicción de fe, invitando al creyente a superar la oscuridad de la Pasión para fijarse en la gloria de Cristo en su Resurrección y en su Ascensión (San Juan Pablo II). Por tanto, hay que dejar en el sepulcro del Señor los andrajos del hombre viejo, y resucitar con Él a una vida nueva de gracia y santidad. Vida rejuvenecida en una primavera espiritual de esperanza, vida perennemente orientada hacia el Cielo, adonde Cristo sube para preparar el lugar a sus discípulos; vida regida por ese Espíritu celestial, que el mismo Jesús envía a la tierra para continuar su obra.

Alégrate, Reina del Cielo; porque el que mereciste llevar en tu seno, ha resucitado según predijo. Santa María no fue al sepulcro en la madrugada del día primero de la semana. Su fe en la resurrección de su Hijo era total. Posiblemente Ella fue la primera persona a la que se apareció Cristo una vez resucitado. Invoquemos a María, Estrella de la Esperanza, para que nos conduzca siempre a su Hijo, crucificado y resucitado, Rey victorioso.

Homilía del Viernes Santo. El precio de nuestra paz. Ciclo C

Nada hay tan eficaz para la salvación y para la siembra de todas las virtudes en un corazón cristiano, como la contemplación piadosa y afectiva de cada uno de los sucesos de la Pasión de Cristo (Santo Tomás Moro, La agonía de Cristo). La pasión dolorosa del Señor Jesús suscita necesariamente piedad hasta en los corazones más duros, ya que es el culmen de la revelación del amor que Dios nos tiene a cada uno de nosotros. Los atroces dolores de Cristo en su Pasión, el terrible suplicio de la Cruz, nos enseñan, en una insustituible lección y de la manera más expresiva posible -sin palabras, con hechos- la gravedad infinita del pecado. Ese pecado que ha exigido la muerte del mismo Dios hecho hombre.

A los sufrimientos físicos padecidos por el Señor se une la humillación, el deshonor de padecer un tormento reservado a los esclavos; las befas e injurias del populacho, el desamparo y la ausencia de todo consuelo. Ese cúmulo de sufrimientos -siendo tan grande- no es comparable con la amargura que le supone cargar con todos los pecados de la humanidad. Además, esos tormentos físicos y morales de Jesús ofrecen también la más elocuente demostración del amor de Cristo al Padre, pues le da satisfacción por la increíble rebeldía humana por medio del castigo de su propia Humanidad inocente; y revelan el amor a los hombres, sufriendo lo que nosotros deberíamos padecer en justo castigo por nuestras iniquidades. No hay palabras para ponderar el amor de Dios por nosotros manifestado en la Cruz.

El Viernes Santo la Iglesia conmemora la muerte de Cristo con una acción litúrgica. En ella se lee el Cuarto canto del Siervo del Señor que está en el libro del profeta Isaías, que es uno de los textos más comentados de la Biblia por su contenido. Este canto también es conocido como la Pasión según Isaías. El profeta narra el sufrimiento y la muerte del Siervo, ofrecido como sacrificio para la redención de todos, de tal manera que refleja de modo exacto e impresionante la Pasión y Muerte de Jesús.

San Juan Pablo II dijo de este canto: El profeta, al que justamente se le llama “el quinto evangelista”, presenta en este poema la imagen de los sufrimientos del Siervo con un realismo tan agudo como si lo viera con sus propios ojos: con los de cuerpo y del espíritu. El Poema del Siervo Doliente contiene una descripción en la que se pueden identificar, en cierto sentido, los momentos de la Pasión de Cristo en sus diversos particulares: la detención, la humillación, las bofetadas, los salivazos, el vilipendio de la dignidad misma del prisionero, el juicio injusto, la flagelación, la coronación de espinas y el escarnio, el camino de la cruz, la crucifixión y la agonía (Carta Salvifici doloris, n. 17).

Mirad: mi Siervo triunfará, será ensalzado, enaltecido y encumbrado. Como muchos se horrorizaron de él -tan desfigurado estaba que no tenía aspecto de hombre ni apariencia de ser humano-, así él asombrará a muchas naciones. Por su causa los reyes cerrarán la boca, al ver lo que nunca les habían contado, y contemplar lo que jamás habían oído (Is 52, 13-15). Las palabras de estos versículos puestas en labios del Señor constituyen una obertura que insinúa los temas que se van a desarrollar posteriormente: el triunfo del Siervo, su humillación y sufrimiento y el asombro de propios y extraños ante un acontecimiento tan novedoso. En su contenido, el canto es sorprendente al presentar la exaltación del Siervo a través de su humillación, abandono y padecimiento. Más aún, el Siervo toma como propias las enfermedades, dolores y hasta los pecados de los demás para librarlos y sanarlos.

La muerte de Cristo no fue un fracaso, sino un triunfo. El fin ignominioso del Señor parecía ser el triunfo definitivo del odio y de la muerte sobre el amor y la vida. Sin embargo, no fue así. En el Gólgota se erguía la Cruz, de la que colgaba un hombre ya muerto, pero aquel Hombre era el Hijo de Dios. Con su muerte salvó al género humano de la ruina en que había caído por el pecado de Adán.

Él tomó sobre sí nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. El castigo, precio de nuestra paz, cayó sobre él, y por sus llagas hemos sido curados (Is 53, 4-5). Vemos la misericordia de Dios para nosotros: Cristo murió por los pecadores e impíos. Los sufrimientos del Siervo no son consecuencias de una culpa personal, sino que tienen un valor de expiación vicaria. Los sufrimientos de nuestro Salvador son nuestra medicina (Teodoreto de Ciro). Él ha sufrido por los pecados de todo el pueblo sin ser culpable de ellos. Asumiendo la pena, expiaba también la culpa. Por esto, el canto es un relato gozoso de la aflicción padecida por el Siervo y los efectos beneficiosos que ha producido. Bien claro se señala que la razón de tanto sufrimiento es la expiación vicaria. Para los israelitas el dolor se consideraba como castigo individual, pero aquí es provecho para los demás.

El evangelista san Mateo, tras relatar varios milagros de curaciones y exorcismos, ve cumplidas en Cristo estas palabras de Isaías: Él tomó sobre sí nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores. Entiende que Jesucristo es el Siervo anunciado por el profeta que viene a curar los dolores físicos de los hombres como señal de que cura la causa de todos los males que es el pecado. Los milagros de Jesús con los enfermos son por tanto una señal de Redención.

Jesucristo reveló su misión redentora como el Siervo sufriente profetizado por Isaías en el Canto del Siervo del Señor. A él se refirió en varias ocasiones: en la respuesta a la petición de los hijos del Zebedeo -El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en redención de muchos (Mt 20, 28)-, en la Última Cena, donde anuncia su muerte ignominiosa entre malhechores citando el versículo del canto donde se dice que fue contado entre los malhechores (Lc 22, 37). También parece aludir a él en el diálogo con los discípulos de Emaús para explicar la razón de su pasión y muerte. Por eso, los primeros cristianos entendieron el sentido de la muerte y resurrección de Jesús al hilo de este canto y así quedó reflejado en la expresión según las Escrituras 1 Co 15, 3), la fórmula por nuestros pecados (Rm 4, 25), el himno cristológico de la Carta a los Filipenses, en expresiones de la Primera Carta de Pedro y en otros muchos lugares del Nuevo Testamento. También la tradición patrística explica el canto como una profecía que se cumple en Cristo. Por esto, la Iglesia lo emplea en la liturgia del Viernes Santo.

Cuando después de ser azotado y coronado de espinas, Poncio Pilato presentó a Jesús a los judíos diciendo: Ecce homo (He aquí al hombre) (Jn 19, 5), el rostro de Cristo estaba hinchado por los golpes, afeado con las salivas, rasguñado con las espinas, arroyado con la sangre, por unas partes reciente y fresca, y por otra fea y ennegrecida. Tal estaba su figura, que ya no parecía quien era, y aun apenas parecía hombre (Fray Luis de Granada, Vida de Jesucristo, 24). Los judíos rechazaron sin piedad alguna a Jesús, mientras gritaban: ¡Crucifícalo, crucifícalo! (Jn 19, 6). Se cumplió lo profetizado por Isaías: Muchos se horrorizaron de él -tan desfigurado estaba que no tenía aspecto de hombre ni apariencia de ser humano- (Is 52, 14). Este versículo muestra el intenso dolor reflejado en el rostro del Siervo y es como un resumen de la descripción que hace el profeta unos versículos posteriores. No hay en él parecer, ni hay hermosura que atraiga nuestra mirada, ni belleza que nos agrade en él. Despreciado y rechazado de los hombres, varón de dolores y experimentado en el sufrimiento; como quien se oculta el rostro, despreciado, ni le tuvimos en cuenta (Is 53, 3-4). Los detalles son tan gráficos que con razón la ascética cristiana ha visto en el ellos un anticipo de la pasión de Nuestro Señor.

Detengámonos contemplando el rostro desfigurado de nuestro Redentor: Es el rostro del Varón de dolores, que ha cargado sobre sí todas nuestras angustias mortales. Su rostro se refleja en el de cada persona humillada y ofendida, enferma o que sufre, sola, abandonada y despreciada. Al derramar su sangre, Él nos ha rescatado de la esclavitud de la muerte, roto la soledad de nuestras lágrimas, y entrado en todas nuestras penas y en todas nuestras inquietudes (Benedicto XVI).

La parte principal de la liturgia de la Palabra del Viernes es la lectura de forma dialogada la Pasión del Señor según el Evangelio de San Juan. La Pasión y Muerte de Nuestro Señor son acontecimientos tan importantes y decisivos que todos los escritos del Nuevo Testamento, de una forma o de otra, tratan de ellos. Así, los Evangelios sinópticos los relatan extensamente. En el libro de los Hechos de los Apóstoles, junto con la Resurrección, constituyen el núcleo de los discursos de los Apóstoles. San Pablo explica el valor redentor del sacrificio de Jesucristo, y las epístolas católicas hablan de su Muerte salvadora. Lo mismo ocurre en el Apocalipsis, donde el gran triunfador, el que está en el trono celestial, es el Cordero sacrificado, Cristo Jesús. Hay que decir, además, que los escritores sagrados siempre que hablan de la Muerte del Señor se refieren a su gloriosa Resurrección.

Nuestro Señor Jesucristo, siendo inocente, fue contado entre los pecadores, él tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores (Is 53, 12). Su Pasión fue un derroche de amor, a veces, tan mal correspondido por los hombres. Con su Muerte ha llevado a término hasta el fin su misión redentora. Nuestra vida debe ser la de Cristo, de tal forma que podamos decir con san Pablo: Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí (Ga 2, 20). Pero la vida de Jesús pasa por la Cruz, y allí es donde le encontramos. No es posible una vida cristiana sin cruz.

El gentío, que apenas unos días antes aclamaba a Jesús, transforma las alabanzas en un grito de acusación, prefiriendo incluso que en lugar de Jesús fuera liberado un homicida. Llega de este modo a la muerte de cruz, dolorosa e infamante, reservada a los traidores, a los esclavos y a los peores criminales. La soledad, la difamación y el dolor no son todavía la culminación del anonadamiento de Jesús. Para ser en todo solidario con nosotros, experimenta también en la cruz el misterioso abandono del Padre. Sin embargo, en el abandono, ora y confía: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46). Suspendido en el patíbulo, además del escarnio, afronta la última tentación: la provocación a bajar de la cruz, a vencer el mal con la fuerza, y a mostrar el rostro de Dios potente e invencible. Jesús, en cambio, precisamente aquí, en el culmen del anonadamiento, revela el rostro auténtico de Dios, que es misericordia. Perdona a sus verdugos, abre las puertas del paraíso al ladrón arrepentido y toca el corazón del centurión. Si el misterio del mal es abismal, infinita es la realidad del Amor que lo ha atravesado, llegando hasta el sepulcro y los infiernos, asumiendo todo nuestro dolor para redimirlo, llevando luz donde hay tinieblas, vida donde hay muerte, amor donde hay odio. Jesús se ha humillado por nosotros, viene a salvarnos; y nosotros estamos llamados a elegir su camino: el camino del servicio, de la donación, del olvido de uno mismo. Os invito este día a mirar a menudo esta “cátedra de Dios”, para aprender el amor humilde, que salva y da la vida, para renunciar al egoísmo, a la búsqueda del poder y de la fama. Dirijamos a Él nuestra mirada, pidamos la gracia de entender al menos un poco de este misterio de su anonadamiento por nosotros. Y así, en silencio, contemplemos el Misterio (Papa Francisco).

San Juan, testigo presencial, narra escuetamente el momento de la muerte del Señor: Jesús dijo: “Todo está consumado”. E inclinando la cabeza, entregó el espíritu (Jn 19, 30). Jesús, que es dueño de su propia vida, libremente devuelve su alma a su Padre y muere verdaderamente como hombre. Al asumir la condición humana en todo menos en el pecado, también quiso pasar por el umbral de la muerte. Para el cristiano, identificado con Cristo, la muerte es retornar a la casa del Padre. Por eso no debe temer la muerte temporal, paso necesario para la vida eterna.

Las últimas palabras de Cristo antes de morir resuenan como el clamor de un rey en el momento de la victoria. Cuando cae su sangre, derramada por nosotros, Jesús con una fuerza increíble en un moribundo, grita: Consummatum est! En el cuerpo destrozado del Señor se ha reanudado la amistad entre Dios y el hombre: Ha desaparecido la antigua e irreconciliable enemistad entre el pecado de la criatura y la justicia del Creador, entre la mancha del alma y la santidad del Padre de las almas. Ya somos aceptados “entre los que ama” (Robert H. Benson, La amistad de Cristo).

Todo está consumado, porque Cristo ha cumplido a misión por la que vino al mundo. Se ha abierto para el pecador la puerta de la salvación. Desde el momento de la muerte del Señor ya no hay pecados imperdonables. Se dice que la caridad consiste en perdonar lo imperdonable y amar lo imposible de amar. Y la sangre preciosísima de Cristo se ha convertido en una fuente en la que se laven el pecador y el impuro, donde todos nos purifiquemos del pecado.

Se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz (Flp 2, 8). En la Carta a los Hebreos se hace referencia a la salvación que nos ha conseguido Cristo con su obediencia al Padre. El cual, habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente, y aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia; y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen (Hb 4, 7-9).

La salvación del género humano vino por medio de la muerte del Verbo encarnado en el altar de la Cruz. Dios nos quiere muy cerca de la Cruz. No hay santidad sin unión con Cristo crucificado. Estemos, como Santa María, el Discípulo amado y las Santas Mujeres, junto a la Cruz. Y llenos de esperanza en la Resurrección del Señor.

LA POTESTAD DE ENSEÑAR. Homilía del III Domingo de Pascua (año 2019 -Ciclo C)

En los Hechos de los Apóstoles se narra la comparecencia de los apóstoles ante el Sanedrín. Allí el sumo sacerdote les dijo: ¿No os habíamos mandado expresamente que no enseñaseis en ese nombre? (Hch 5, 28). También hoy día hay quienes quieren que la Iglesia no enseñe, que no predique el Evangelio, que no transmita la doctrina recibida del mismo Jesucristo. Personas que sólo están dispuestas a oír lo que halaga a sus oídos, pero no de algunos de los preceptos del Decálogo. Sí, que se hable del Cielo, pero el infierno ni nombrarlo; sí, de la misericordia de Dios, pero no de su justicia. Y hoy como ayer, la Iglesia es fiel a la misión recibida del divino Maestro. Habéis llenado Jerusalén con vuestra doctrina (Hch 5, 28), dijeron de los apóstoles; y sus sucesores -los obispos- durante dos mil años no han dejado de enseñar las verdades de fe y la moral católica.

En la época de la tolerancia, sólo se es intolerante con aquellos -el Papa entre ellos- que defienden enérgicamente sus principios, sobre todo morales, y que osan disentir de lo que las todopoderosas mayorías consideran como permisible, tanto si es el aborto o la eutanasia como si se trata de las relaciones sexuales prematrimoniales. Prueba de esto fueron los ataques a Benedicto XVI por decir, al referirse al problema del sida, que no se puede solucionar este flagelo distribuyendo preservativos.

Pedro y los apóstoles respondieron: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres (Hch 5, 29). El Papa, como Buen Pastor indica a las ovejas del rebaño de Cristo el camino a seguir, a la vez que denuncia los senderos equivocados. Y aunque un gran sector de la sociedad no acepta las enseñanzas de Cristo, y toma otros derroteros en claro contraste con la Ley de Dios y las enseñanzas de la Iglesia, no por ello deja de decir que ha errado el camino. Seguir fielmente a Cristo quiere decir poner en práctica el mensaje evangélico.

Es lógico que la enseñanza de la Iglesia choque frontalmente con la sociedad permisiva y hedonista de nuestra época, que margina a Dios. Sin embargo, no se puede creer en Cristo sin creer en la Iglesia “Cuerpo de Cristo”; no se puede creer con fe católica en la Iglesia sin creer en su irrenunciable magisterio. La fidelidad a Cristo implica, pues, fidelidad a la Iglesia, y la fidelidad a la Iglesia conlleva a su vez la fidelidad al magisterio (San Juan Pablo II).

Los apóstoles aprovecharon aquella comparecencia para proclamar el núcleo de la doctrina cristiana incluso a los miembros del Sanedrín. Piensan más en la salud espiritual de sus jueces que en sí mismos. Por eso, aún siendo llevados a juicio ablan a sus perseguidores de Cristo, de su triunfo sobre la muerte, de la resurrección. El Dios de nuestros padres ha resucitado a Jesús, al que vosotros matasteis colgándolo de un madero (Hch 5, 30). Buscan el modo de librarles del error y de la cólera divina. Los miembros del Sanedrín al oír las palabras de los apóstoles se enfurecieron y querían matarlos (Hch 5, 33). Y comenta el papa Francisco: Entonces hicieron flagelar a los Apóstoles y les ordenaron nuevamente que no hablaran más en nombre de Jesús. Y ellos se marcharon, “contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús”. ¿De dónde les venía la alegría y la valentía del anuncio, a pesar de los obstáculos y las violencias? Cuando una persona conoce verdaderamente a Jesucristo y cree en Él, experimenta su presencia en la vida y la fuerza de su Resurrección, y no puede dejar de comunicar esta experiencia. Y si esta persona encuentra incomprensiones o adversidades, se comporta como Jesús en su Pasión: responde con el amor y la fuerza de la verdad.

El Papa no desaprovecha ocasión para sembrar la buena semilla de la doctrina cristiana, de la verdad sobre Dios y sobre el hombre. Pero también somos conscientes de que el demonio, enemigo de Dios y de la salvación de las almas, no descansa en su afán por ahogar la siembra de doctrina que el Santo Padre derrama a manos llenas. En la actualidad, con los medios de comunicación que hay, podemos estar al día del magisterio del Papa: encíclicas, homilías, mensajes, discursos… No nos conformemos con la breve reseña que aparece en algunos periódicos. Conozcamos bien sus enseñanzas, seamos propagadores de su palabra, porque su Magisterio es el verdadero, el que contiene la doctrina de Cristo, y queremos que llegue a todos los pueblos de la tierra.

A lo largo de la historia de la Iglesia ha habido mártires por que obedecieron a Dios antes que a los hombres. Ellos -y millares y millares de santos- están ahora con los ángeles rodeando el trono de Dios. Los ángeles aclaman con gran voz a Jesucristo: Digno es el Cordero inmolado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza (Ap 5, 12). Y después del canto de las criaturas espirituales e invisibles, resuena el himno de los seres materiales y visibles. Al que está sentado en el trono y al Cordero, la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos (Ap 5, 13). Este cántico difiere del anterior porque se dirige además al que está sentado en el trono. Así se ponen a un mismo nivel a Dios y al Cordero, cuya divinidad se proclama.

El evangelista san Juan relata cómo Cristo confirió a san Pedro el Primado sobre toda la Iglesia. Fue en la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos (Jn 21, 14). Esto ocurrió junto al lago de Tiberíades. Simón Pedro y otros apóstoles salieron a pescar, y durante toda una noche faenando no pescaron nada. Al amanecer regresaron a la orilla, y allí estaba Jesús, pero ellos no sabían que era el Señor. Éste les dijo: Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis (Jn 14, 6). Así lo hicieron los pescadores y se produjo una pesca milagrosa. Ya en tierra, pusieron algunos peces en unas brasas y comieron con Jesús. Fue el mismo Señor quien tomó el pan y lo distribuyó entre ellos, y lo mismo el pescado (Jn 21, 13). Después de la comida el Señor preguntó a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?” Le respondió: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Le dijo: “Apacienta mis corderos”. Volvió a preguntarle por segunda vez: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” Le respondió: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Le dijo: “Pastorea mis ovejas”. Le pregunto por tercera vez: “Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?” Pedro se entristeció porque le preguntó por tercera vez: “¿Me quieres?”, y le respondió: “Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te quiero”. Le dijo Jesús: “Apacienta mis ovejas”.

La labor del pastor es llevar a las ovejas a buenos pastos. Y esa es una de las misiones de los pastores de la Iglesia: dar a las ovejas que les han sido encomendadas el alimento de la buena doctrina. Ya en el libro de los Hechos de los Apóstoles vemos a san Pedro y a otros apóstoles anunciando el Evangelio, porque nosotros no podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído (Hch 4, 20). El sucesor de san Pedro es el pastor de la Iglesia universal. También a él le dice el Señor: Apacienta mis ovejas, cuida de mi rebaño. Apacentar quiere decir amar, y amar quiere decir también estar dispuestos a sufrir. Amar significa dar el verdadero bien a las ovejas, el alimento de la verdad de Dios, de la palabra de Dios; el alimento de su presencia, que él nos da en el Santísimo Sacramento.

Al Papa -sucesor de Pedro- le compete una tarea especial. Pedro fue el primero que hizo, en nombre de los Apóstoles, la profesión de fe: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo (Mt 16, 16). Ésta es la tarea de todos los sucesores de Pedro: ser el guía en la profesión de fe en Cristo, el Hijo de Dios vivo. Aquél que se sienta en la cátedra de Pedro debe recordar las palabras que el Señor dijo a Simón Pedro en la hora de la última Cena: Y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos (Lc 22, 32). Tiene la potestas docendi, la potestad de enseñar, que es parte esencial del mandato de atar y desatar conferido por el Señor a Pedro y, después de él, a los Doce.

Esta potestad de enseñanza asusta a muchos hombres, dentro y fuera de la Iglesia. Se preguntan si no constituye una amenaza para la libertad de conciencia, si no es una presunción contrapuesta a la libertad de pensamiento. No es así. El poder conferido por Cristo a Pedro y a sus sucesores es, en sentido absoluto, un mandato para servir. La potestad de enseñar, en la Iglesia, implica un compromiso al servicio de la obediencia a la fe (Benedicto XVI, Homilía 7.V.2005).

El ministerio del Papa es garantía de la obediencia a Cristo y a su Palabra. No proclama sus propias ideas, sino que anuncia el Evangelio, las enseñanzas del Señor. Un ejemplo maravilloso fue el de san Juan Pablo II que frente a las interpretaciones erróneas de la libertad, destacó de modo inequívoco la inviolabilidad del ser humano, la inviolabilidad de la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural.

En la carta que san Ignacio de Antioquía escribe a los romanos se refiere a la Iglesia de Roma como a “aquella que preside en el amor”. En definitiva, presidir en la doctrina y presidir en el amor deben ser una sola cosa: toda la doctrina de la Iglesia, en resumidas cuentas, conduce al amor. Y la Eucaristía, como amor presente de Jesucristo, es el criterio de toda doctrina (Benedicto XVI, Homilía 7.V.2005).

Después de la confesión en la divinidad de Jesús de Simón Pedro en Cesarea de Filipo, el Señor le dijo a san Pedro: Todo lo que ates sobre la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desates sobre la tierra quedará desatado en los cielos (Mt 16, 19). El poder de “atar y desatar” significa la autoridad para perdonar los pecados, pronunciar sentencias doctrinales y tomar decisiones disciplinares en la Iglesia. Jesús confió esta autoridad a la Iglesia por el ministerio de los Apóstoles y particularmente por el de Pedro, el único a quien Él confió explícitamente las llaves del Reino (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 553).

Santa María dijo a los sirvientes de las bodas de Caná -y a nosotros nos lo dice ahora-: Haced lo que Él os diga (Jn 2, 5). Y lo haremos si obedecemos a los pastores de la Iglesia, pues ellos nos transmite la verdad de Cristo.

Homilía de la Misa de la Cena del Señor. Jueves Santo. Ciclo C

Al inicio del capítulo 12 del libro del Éxodo se narra la institución de la Pascua judía y están contenidas una serie de normas para celebrarla y el acontecimiento que en ella se conmemora, que es el de mayor relieve de la historia del Pueblo elegido, la liberación de la esclavitud. Dios habla al pueblo israelita de la Pascua, del paso del Señor. Este día será memorable para vosotros, en él celebraréis la fiesta del Señor, institución perpetua para todas las generaciones (Ex 12, 14). Por tanto, esta fiesta está conectada con la salida de los israelitas de Egipto, y era celebrada en familia, manteniéndose siempre el carácter de sacrificio, de banquete familiar y, muy especialmente, de memorial de la liberación llevada a cabo por Dios en la noche de la Pascua del Señor, cuando el ángel exterminador dio muerte a los primogénitos de los egipcios. Yo pasaré esta noche por la tierra de Egipto y heriré a todos los primogénitos del país de Egipto, desde los hombres hasta los ganados, y me tomaré justicia de todos los dioses de Egipto. Yo, el Señor. La sangre será vuestra señal en las casas donde moráis. Cuando yo vea la sangre pasaré de largo ante vosotros, y no habrá entre vosotros plaga exterminadora cuando yo hiera el país de Egipto (Ex 12, 12-13).

Jesucristo, antes de su Pasión, quiso celebrar la Pascua con sus Apóstoles. Las familias hebreas inmolaban su cordero la víspera de la Pascua, según el mandato divino recibido a la salida de Egipto, cuando Dios los libró de la esclavitud del Faraón. Esta liberación prefigura la que Jesucristo vendría a realizar: redimir a los hombres de la esclavitud del pecado, mediante su sacrificio en la cruz. Por tanto, la celebración de la Pascua hebrea era el marco más adecuado para instituir la nueva Pascua cristiana. Y así fue. Durante la Cena Pascual instituyó la Eucaristía. Institución que los católicos conmemoramos el Jueves Santo. Al celebrar la última cena con sus apóstoles en el transcurso del banquete pascual, Jesús dio un sentido definitivo a la pascua judía. En efecto, el paso de Jesús a su Padre por su muerte y resurrección, la Pascua nueva, es anticipada en la Cena y celebrada en la Eucaristía que da cumplimiento a la pascua judía y anticipa el paso final de la Iglesia en la gloria del Reino (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1340).

Para los judíos la Pascua se interpreta como el paso del Señor, que será exterminio para los egipcios y salvación para los hebreos. En el Nuevo Testamento la Pascua es el paso de Cristo al Padre por medio de la muerte y resurrección, y al paso de la Iglesia al Reino eterno. La Iglesia sólo entrará en la gloria del Reino a través de esta última Pascua en la que seguirá a su Señor en su muerte y su resurrección (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 677). Para los cristianos, el Jueves Santo es día memorable. La Misa de la Cena del Señor, que abre el Triduo Pascual de la Pasión y Resurrección del Señor, conmemora la institución de la Sagrada Eucaristía y la del sacerdocio de la Nueva Ley, así como el amor infinito de Cristo por los hombres, con su mandamiento sobre la caridad fraterna manifestado con el signo del lavatorio de pies.

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin (Jn 13, 1). Con estas palabras comienza san Juan el relato de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor. Palabras que indican la intensidad del amor de Cristo por los suyos, por nosotros, que llega hasta el extremo de dar su propia vida por la salvación de todos los hombres. Comenta el papa Francisco: Jesús nos amó. Jesús nos ama. El amor de Jesús por nosotros no tiene límites: cada vez más, cada vez más. No se cansa de amar. A ninguno. Nos ama a todos nosotros, hasta el punto de dar la vida por nosotros. Sí, dar la vida por todos nosotros; sí, dar la vida por cada uno de nosotros. Y cada uno puede decir: “Dio la vida por mí”. Por cada uno. Ha dado la vida por ti, por mí, por él… por cada uno, con nombre y apellido. Su amor es así: personal. El amor de Jesús nunca defrauda, porque Él no se cansa de amar, como no se cansa de perdonar, no se cansa de abrazarnos. Jesús nos amó, a cada uno de nosotros, hasta el extremo.

Estando Jesús reunidos con sus Apóstoles en el cenáculo, y antes de comenzar la celebración Pascual, el Señor se levantó de la mesa, se quitó el manto, tomó una toalla y se la ciñó. Después echó agua en una jofaina y empezó a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que se había ceñido (Jn 13, 4-5). Lavar los pies era una costumbre de entonces, antes de los almuerzos y de las cenas, porque la gente caminaba por caminos polvorientos unas veces, o enfangados en los días lluviosos. Era tarea de los siervos.

Jesucristo, consciente de ser el Hijo de Dios, se humilla voluntariamente hasta realizar la tarea propia de los criados de la casa. El Señor había dicho que Él vino al mundo para servir y no para ser servido. Y en el lavatorio de los pies lo pone en práctica con un hecho concreto, exhortándonos así a servirnos los unos a los otros con toda humildad y sencillez. El lavatorio de pies es un gesto del amor de Cristo que, al igual que a sus discípulos, ama a todos los hombres hasta el extremo. No sólo lava nuestros pies sucios, sino principalmente nuestra alma, al perdonarnos los pecados. Con la humildad de su servir nos purifica de la enfermedad de nuestra soberbia (Benedicto XVI).

Después que les lavó los pies, tomó sus vestidos, volvió a la mesa, y les dijo: “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros” (Jn 13, 12-15). Toda la vida de Jesús fue ejemplo de servicio a los hombres, cumpliendo la Voluntad del Padre hasta la muerte en la Cruz. Con su ejemplo nos promete el Señor que, imitándole a Él, el Maestro, en un servicio desinteresado que siempre implica sacrificio, encontraremos la verdadera felicidad que nadie nos podrá arrebatar. “Os he dado ejemplo”, insiste Jesús, hablando con sus discípulos después de lavarles los pies, en la noche de la Cena. Alejemos del corazón el orgullo, la ambición, los deseos de predominio, y, junto a nosotros y en nosotros, reinarán la paz y la alegría enraizadas en el sacrificio personal (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 94). Con este gesto de amor y servicio, el Señor nos da el mandamiento de la caridad cristiana.

¿En qué consiste el lavarnos los pies unos a otros? La respuesta la da Benedicto XVI: Cada buena obra hecha a favor del prójimo, especialmente a favor de los que sufren y los que son poco apreciados, es un servicio como lavar los pies. El amor a Dios y el amor fraterno se funden entre sí. Sólo mi disponibilidad para ayudar al prójimo, para manifestarle amor, me hace sensible también ante Dios. Sólo el servicio al prójimo abre mis ojos a lo que Dios hace por mí y a lo mucho que me ama (Benedicto XVI). Para el que ama, no supone sacrificio ayudar al hermano necesitado.

El evangelista san Lucas recoge las palabras de Jesucristo al comienzo de la cena: Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer (Lc 22, 15). Sí, ardientemente deseó Jesús la llegada de aquel instante, en el cual iba a celebrar la Pascua con los Apóstoles, porque es el momento de la efusión de amor más íntima, del mayor derroche de amor.

Cristo Jesús, además de dejarnos un ejemplo maravilloso de vida, de mostrarnos con sus enseñanzas el camino que conduce a la vida eterna, donde gozaremos de la visión beatífica, quiso al final de su paso por la tierra instituir la Eucaristía, donde se contiene verdadera, real y sustancialmente el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. La Eucaristía es la más bella expresión del amor de Jesucristo a los mortales. Por ella vive con nosotros siempre y en todas las partes; nos habla a toda hora, y con su palabra nos ilumina, con su consejo nos guía, con su fuerza nos sostiene, con su virtud nos santifica, con su amor nos embriaga santamente y con su presencia nos consuela (Beato Marcelo Spínola, Pastoral, 30.V.1903).

En el Nuevo Testamento hay cuatro relatos de la institución de la Eucarístía, en los tres evangelios sinópticos y en la Primera Carta a los Corintios. En la Misa de la Cena del Señor se lee el relato de san Pablo. Porque yo recibí del Señor lo que también os transmití: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, y dando gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo, que se da por vosotros; haced esto en conmemoración mía. Y de la misma manera, después de cenar, tomó el cáliz, diciendo: Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre; cuantas veces lo bebáis, hacedlo en conmemoración mía (1 Co 11, 23-26). Estos versículos son una clara manifestación de la fe en el misterio de la Eucaristía que, desde los inicios de la Iglesia, viven los primeros cristianos.

En la Última Cena Jesucristo nos deja la prenda más valiosa: la Eucaristía, bella expresión de su amor a los hombres. Este misterio de amor habla muy bien los sentimientos del Corazón de Jesús. Desear estar junto al amado es propio de todo el que ama. Y este deseo del Corazón de Jesús es el que le ha obligado a instituir la Eucaristía.

La autenticidad de la unión con Jesús Sacramentado ha de traducirse en un amor verdadero a todas las personas, empezando por quiénes están más próximas. Habrá de notarse en el modo de tratar a la propia familia, compañeros y vecinos; en el espíritu por vivir en paz con todos; en la prontitud para reconciliarse y perdonar cuando sea necesario. De este modo, será la Sagrada Eucaristía fermento de caridad y vínculo de aquella unidad de la Iglesia querida por Cristo.

Haced esto en conmemoración mía. El Señor, al instituir la Eucaristía, mandó que se repitiera hasta el final de los tiempos. Cada vez que hacemos el memorial del Señor en la Eucaristía hacemos comunión con Cristo Siervo para obedecer a su mandamiento, el de amarnos como Él nos ha amado. Si nos acercamos a la santa Comunión sin estar dispuestos sinceramente a lavarnos los pies unos a los otros, no reconocemos el Cuerpo del Señor (Papa Francisco).

En la escuela de María, mujer “eucarística”, aprendamos a tratar a Jesús escondido en las Sagradas Especies. Terminamos con unas palabras de san Juan Pablo II: ¿Cómo imaginar los sentimientos de María al escuchar de la boca de Pedro, Juan, Santiago y los otros Apóstoles, las palabras de la Última Cena: éste es mi cuerpo que es entregado por vosotros? Aquel cuerpo entregado como sacrificio y presente en los signos sacramentales, ¡era el mismo cuerpo concebido en su seno! Recibir la Eucaristía debía significar para María como si acogiera de nuevo en su seno el corazón que había latido al unísono con el suyo y revivir lo que había experimentado en primera persona al pie de la Cruz (Encíclica Ecclesia de Eucharistia n. 56).

Homilía del Domingo de Ramos. Ciclo C

Jesús montado en un borrico se dirige a Jerusalén. Según iba avanzando la gente extendían sus mantos por el camino. Cerca ya de la bajada del monte de los Olivos, toda la multitud de los discípulos, llenos de alegría, se pusieron a alabar a Dios a grandes voces, por todos los milagros que habían visto. Decían: “Bendito el Rey que viene en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en las alturas” (Lc 19, 36-38).

La entrada mesiánica de Jesús en la Ciudad Santa conlleva su manifestación gloriosa. Montando el borrico Jesús da cumplimiento a un oráculo profético: Regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, hija de Jerusalén, mira, tu rey viene hacia ti, es justo y salvador, montado sobre un asno, sobre un borrico, cría de asna (Za 9, 9). Su gesto de entrar en Jerusalén montado en un asno tenía un significado preciso: Él era el rey de paz anunciado por los profetas. La aclamación de los discípulos supone que le reconocen como Rey y Mesías, pues le honran con palabras de un salmo de entronización del Mesías –¡Bendito el que viene en Nombre del Señor! (Sal 118, 26)- y le acogen como Salvador.

El evangelista san Juan añade en la aclamación de la muchedumbre: el Rey de Israel (Jn 12, 14). Con esto se subraya un aspecto relevante: la condición real de Cristo; el Mesías es el Rey por antonomasia, pero de un Reino que no es de este mundo. Jesucristo no se hizo rey de Israel para imponer un tributo o para formar un poderoso ejército; se hizo rey de Israel para dirigir a las almas, para dar consejos de vida eterna, para conducir al Reino de los cielos a quienes están llenos de fe, de esperanza y de amor (San Agustín).

Llenos de alegría. Ésta es la primera palabra que consideramos: alegría. No podemos ser nunca hombres y mujeres tristes: un cristiano jamás puede serlo. Los discípulos acompañan al Señor, y nosotros también le acompañamos, seguimos a Jesús, que es nuestro amigo, nuestro hermano. El que ilumina en nuestro camino por esta tierra. Pero lo más importante es que Él nos acompaña: en esto reside nuestra alegría, la esperanza que hemos de llevar a este mundo nuestro.

Algunos de los fariseos, que estaban entre la gente, le dijeron: “Maestro, reprende a tus discípulos”. Respondió: “Os digo que si éstos callan gritarán las piedras” (Lc 19, 39-40). Los fariseos, tal vez preocupados por el tumulto que podía organizarse, reprochan al Señor su actitud. Jesús les contesta con una frase proverbial: es tan evidente su condición mesiánica que, si no la reconocieran los hombres, la proclamaría la naturaleza.

Los astros y la creación entera mueven al hombre a reconocer la grandeza de Dios, y a alabarle por sus obras magníficas: Los cielos narran la gloria de Dios, el firmamento anuncia la obra de sus manos … (Sal 19, 1). Alabar al Señor es el fin de la vida del hombre, la única razón de su existencia. La creación entera es un canto de alabanza a Dios. Y toda nuestra actividad, debe estar informada por esta suprema aspiración.

El Señor va a Jerusalén donde se va a consumar el sacrificio redentor de la cruz. He aquí la segunda palabra: cruz. Jesús entra en Jerusalén para morir en una cruz. Y es precisamente aquí donde resplandece su ser rey según Dios: su trono regio es el madero de la cruz. ¿Por qué la cruz? Porque Jesús toma sobre sí el mal, la suciedad, el pecado del mundo, también el nuestro, el de todos nosotros, y lo lava, lo lava con su sangre, con la misericordia, con el amor de Dios (Papa Francisco). En Jerusalén tuvo lugar la Pasión y Muerte de Cristo y desde allí la salvación se extendió a toda la tierra. Por tanto, Jerusalén más que el lugar del drama de Jesús es el lugar de la salvación.

En la carta a los Filipenses, san Pablo habla de la humillación del Señor. Cristo Jesús, el cual siendo de condición divina, no consideró como presa codiciable el ser igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y, mostrándose igual a los demás hombres, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Flp 2, 5-8). La obediencia de Cristo hasta la cruz repara la desobediencia del primer hombre.

En la liturgia de la Iglesia se conmemora la entrada triunfal de Jesucristo en Jerusalén el Domingo de Ramos. Con este domingo comienza la Semana Santa. Durante esos días santos, la Iglesia rememora por medio de la liturgia la Pasión y Muerte de Cristo. El itinerario conmemorativo de estos misterios se abre con la solemne procesión de palmas. Jesús es aclamado en su entrada en la Ciudad Santa. Pero el Maestro conoce que en Jerusalén el Hijo del Hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas, lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles; se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán (Mc 10, 33-34).

El apóstol Tomás nos dice a nosotros, cristianos del siglo XXI: Vayamos también nosotros y muramos con él (Jn 11, 16). Acompañemos a Nuestro Señor no sólo en su entrada triunfal en Jerusalén, sino también en Getsemaní, donde Cristo vive un momento particularmente angustioso frente a la voluntad del Padre, contra la cual la debilidad de la carne se sentiría inclinada a rebelarse (San Juan Pablo II). Y en la vía Dolorosa, seremos otros cirineos, pues cuánta verdad encierra aquella saeta: Dónde vas, Jesús, con ese madero que, aunque seas Dios verdadero, es mucha cruz… esa cruz para el Cordero.

Un Viernes Santo subió al púlpito fray Luis de Granada para predicar el Sermón de las Siete Palabras. El templo estaba abarrotado de fieles, pues el predicador gozaba de fama por sus sermones. Fray Luis sólo dijo: Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Juan, ya que se conmovió de tal forma que no pudo articular ninguna palabra más. Los fieles, viéndole cómo se humedecían sus ojos, también se conmovieron; y aquellas pocas palabras bañadas con lágrimas fueron el mejor sermón de fray Luis de Granada.

Cuando se lee el relato de la Pasión de Cristo, ¿cómo no conmovernos al meditar las páginas ensangrentadas del Evangelio? Ensangrentadas con la sangre del Hijo de Dios hecho hombre. Sangre que nos purifica, que limpia todas nuestras iniquidades, que ha sido derramada por nuestra salvación. Páginas que ponen de relieve el dolor de Cristo. La piedad cristiana se ha detenido siempre sobre cada uno de los momentos de la Pasión, al intuir que constituyen el culmen de la revelación del amor y la fuente de nuestra salvación.

La Pasión del Señor fue profetizada por Isaías. Yo no me he rebelado ni me echado para atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos (Is 50, 5-6). El Señor aceptó el sufrimiento sin rechistar. Sufre en silencio, y sabe que su Padre le ayuda y le hace fuerte ante sus enemigos. Dios me sostiene (Is 50, 7).

El relato de la Pasión y Muerte del Señor posee una gran intensidad dramática en los cuatro evangelios. La lectura de la Pasión ha sido siempre para los cristianos motivo de meditación y conversión. San Lucas, al narrar la Pasión, resalta especialmente la misericordia de Jesús que, aun en medio de los sufrimientos, se preocupa de aquellos con quienes se encuentra: cura al siervo herido de espada, consuela a las mujeres y promete el paraíso al ladrón arrepentido. Además de destacar los sentimientos de piedad y misericordia de Jesús, san Lucas también subraya la grandeza de ánimo del Señor y su recurso constante a la oración. En estos rasgos, Jesucristo se nos presenta como el modelo de conducta para el cristiano.

En los relatos evangélicos de la Pasión contemplamos a Cristo sufriente; a Cristo en la agonía de Getsemaní; a Cristo flagelado; a Cristo coronado de espinas; a Cristo caminando con la Cruz; a Cristo crucificado y muerto; Cristo descendido de la Cruz y puesto en los brazos de su Madre; a Cristo sepultado. Que esta contemplación nos muevan al dolor y al desagravio.

Cuando santa Brígida de Suecia tenía diez años se le apareció Cristo en la cruz y le dijo: Mira cómo estoy herido. La niña preguntó: ¿Quién te ha hecho eso, Señor? Y Cristo le respondió: Los que me desprecian y se olvidan de mi amor me han hecho esto. La imagen del Crucificado es una llamada acuciante para que desagraviemos a Dios mediante la mortificación, para que reparemos por nuestros pecados con espíritu de penitencia.

En el Calvario, cuando Él soportaba nuestros dolores… ha sido herido por nuestras rebeldías (Is 53, 4-5), sólo un puñado de almas fieles acompañan al Señor. El sacrificio supremo de su vida, libremente consumado por nuestra salvación, nos habla del amor infinito que Dios nos tiene. Estemos al pie de la Cruz, con la Virgen María, para ofrecer consuelo a Jesús, nuestro Redentor.

Después de referirse a la humillación y obediencia del Señor, san Pablo escribe a los filipenses: Dios le exaltó (a la santísima humanidad de Jesús) y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre; para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese: ¡Jesucristo es el Señor!, para gloria de Dios Padre (Flp 2, 9-11). Con estas palabras se expresa que todas las criaturas quedaron sometidas al poder del Señor, y los hombres deberán confesar la verdad fundamentalmente de la doctrina cristiana: ¡Jesucristo es el Señor!

Las mujeres que habían venido con él desde Galilea, fueron detrás y vieron el sepulcro y cómo era colocado su cuerpo. Y regresando, prepararon aromas y mirra. Y el sábado descansaron según el precepto (Lc 23, 55-56). Con Santa María estemos en vela esperando el triunfo del Señor, su resurrección gloriosa.

El sacramento del Matrimonio

El sacramento del Matrimonio

Exposición del caso:

A Inmaculada le cayó bien desde el primer momento la novia de su hermano Agustín, Estefanía, cuando la conoció en su casa. Tenía 20 años, sólo uno más que ella. Con quien no se llevaba tan bien era con su hermano: pensaba que “sólo iba a lo suyo”, y era antipático y frío, al menos con ella. Agustín había empezado a trabajar, tras haber terminado su carrera.

Un día Inmaculada se encontró a su madre llorando. Preguntó qué pasaba, y su madre contestó que su hermano se iba a vivir a un apartamento con su novia, sin casarse. Al parecer, todo intento de pararle había resultado inútil. Y, efectivamente, al cabo de unos días se fue.

Pasaron varios meses sin noticias de su hermano, e Inmaculada, a quien preocupaba la situación y el sufrimiento de sus padres, se preguntaba si ella podía hacer algo. Uno de los pocos días que oyó a sus padres hablar de esto, notó que tendían a echar la culpa a la chica: ella “le habría metido esas ideas”, “se lo había llevado”, etc. Inmaculada no dijo nada, pero de entrada le pareció injusto. Y entonces resolvió buscar a Estefanía y hablar con ella. La encontró en la Universidad, se saludaron cordialmente, y cuando le dijo que quería que hablasen, Estefanía la invitó a comer unos días más tarde, aprovechando que Agustín estaba de viaje profesional.

Inmaculada acudió a la cita, y vio el pequeño apartamento, instalado con gusto aunque con cierto desorden. Cuando empezaron a hablar, Inmaculada preguntó si pensaban casarse. Estefanía contestó que si de ella dependiera lo haría, pero que lo que quería él era ver primero “si lo nuestro funciona”. -“¿Y si tenéis un hijo?” -“No. No quiere. En eso es terminante: si me empeño, él se va. La verdad es que hasta que no acabe la carrera yo tampoco tengo muchas ganas”. -“¿Y después?” -“Después a mí sí me gustaría, pero a él no sé: dice que ‘ya veremos’, y no quiere hablar más. Yo no le puedo cambiar, ya sabes tú cómo es”. Siguieron hablando. Inmaculada pensaba que Estefanía era “buena persona”, y que podía ser interesante cultivar lo que entendía claramente que podía ser una verdadera amistad. Propuso que se siguieran viendo, y Estefanía aceptó encantada. No dijeron nada al respecto, pero ambas entendieron que era mejor que no se enterase su hermano. Inmaculada tampoco dijo nada a sus padres, porque pensaba que se enfadarían. Aprovechando viajes de Agustín, las dos chicas se citaban.

Meses después, apareció Agustín en casa de sus padres, diciendo que quería hablar con ellos a solas. Inmaculada no pudo resistir la tentación de poner el oído en la rendija de la puerta, y escuchó la conversación. Agustín necesitaba un aval para adquirir un piso -el apartamento actual era alquilado-, y, amablemente -a ella le pareció que cínicamente- ofrecía a cambio casarse. Parecía que iba la cosa bien, cuando Agustín tuvo que admitir que iba a ser “por lo civil”. Su padre le pidió explicaciones, y él dijo que no valía la pena discutir por una cuestión de trámites, ya que una ceremonia era un trámite; y que le parecía hipócrita ir a una iglesia a casarse cuando él no pisaba una iglesia: -“Es aparentar lo que no eres”. Su padre se enfureció: dijo que él no se prestaba a “esa pantomima”, que eso “ni es boda ni nada”. -“¿Por qué no? Haces lo mismo, pero en otro lado”. No quería entrar en discusiones su padre, y prácticamente le echó, no sin decirle que nadie de la familia asistiría al juzgado.

Cuando al cabo de unos días Inmaculada y Estefanía pudieron verse, aquélla contó la conversación con su padre a ésta. Estefanía dijo que el verdadero motivo por el que no quería casarse “por la Iglesia” era que no se podía rescindir. Entendía que se unían por su voluntad, y a voluntad podían dejarlo “si no resultaba”. Incluso, si una pareja así lo acordaba, podían tener su “vida sexual independiente”. Volvió a salir el tema de los hijos. -“Sigue igual”, dijo Estefanía. Ya tenían confianza entre sí, e Inmaculada preguntó: -“Pero, ¿qué haces…?” -“Te lo puedes imaginar. De todo”, contestó con un tono de suspiro. Inmaculada preguntó si se daba cuenta de que todo eso era inmoral. Resultó que sí se daba cuenta de que no estaba bien, aunque tampoco sabía muy bien por qué. Su familia se había roto, ella había vivido desde pequeña con unos tíos al irse su madre “a rehacer su vida”. En cuanto a su formación cristiana, no había hecho ni la primera comunión. -“¿Pero tú eres feliz así?”, acabó preguntando Inmaculada. -“Es lo que tengo…”, respondió Estefanía, con una mirada que parecía pedir comprensión.

Cuanto más pensaba Inmaculada en todo esto, más pena le daba Estefanía. Ya no se trataba solamente de sus padres, la quería como una amiga de verdad. Le propuso ir enseñándole el catecismo, y aceptó. Pudo ir comprobando que se interesaba, y hacía preguntas bastante inteligentes. -“Tienes suerte de que te hayan enseñado todo eso”, dijo alguna vez. Se sorprendió de que el matrimonio fuera un sacramento, y cuando le explicó la doctrina sobre la familia comentó que “es bonito, ¿pero de verdad se puede vivir eso?”. Inmaculada contestó que sí, tan resueltamente que se quedó ella misma sorprendida: ella se había preguntado alguna vez lo mismo, y dudaba un poco, pensando que “a lo mejor me están colando una novela rosa”.

Tras pensarlo bastante, Inmaculada llegó un día a la conclusión de que Estefanía ya estaba más preparada y ella estaba asqueada de la situación de su amiga. Fue a verla. Le preguntó que si de verdad deseaba llegar a tener su familia. Ante la respuesta afirmativa, continuó: -“Y dime la verdad, ¿esto que tienes de verdad es una familia?” -“No mucho, ¿verdad?” -“Y ése -prosiguió, sin querer llamarle por su nombre- no va a querer tener un hijo nunca, a estas alturas ya te has tenido que dar cuenta, ¿no?” -“No lo sé…” -“Se está aprovechando de ti, te está explotando, y cuando se canse de ti te dejará tirada, ¿es que no te das cuenta?” -“¿Y qué quieres que haga?” -“¡Irte de aquí! ¡Buscar un novio de verdad! ¡Y arreglar tu vida, y casarte…!” -“Inma, es tu hermano”. -“Y tú eres mi amiga”. -“¿Y a dónde voy a ir?” -“Bueno, te estaba buscando algo. Creo que puedo encontrar algo baratito, una habitación para estudiantes en una familia, y de paso te enteras de lo que es eso. Déjame unos días, y te lo consigo”. Estefanía se quedó pensativa. -“Inma -dijo al cabo de un rato-, creía que la gente como tú no existía”. Inmaculada se echó a reír. -“Alguna queda”, dijo antes de despedirse.

Decidieron días más tarde no dar más aviso de que se iba que una carta que quedaría en el apartamento. Inmaculada trajo el coche de su madre, e hicieron el traslado. Pensaba, y así lo dijo a su amiga, que ella por su parte estaba aturdida de lo que había sido capaz de hacer, y además de enseñar había aprendido mucho. Era, decía, “como si se hubiese hecho mayor de repente”, y conceptos como amistad, familia, amor y otros, habían cobrado nuevo significado. “¡Si es que antes era imbécil, de verdad!”, le decía a una Estefanía a la que se notaba un poco asustada, pero liberada de un buen peso y con ganas de encontrar el modo de devolver la ayuda que había recibido.

Preguntas que se formulan:

-¿Se crea el matrimonio por la voluntad de los contrayentes? ¿Por qué entonces no puede establecerse el contenido a voluntad, como sostenía Agustín? ¿Puede decirse que es un contrato? ¿Es entonces igual que cualquier otro contrato? ¿Cuál es la diferencia? ¿En qué se basa el que pueda decirse que viene determinado por la naturaleza humana? ¿Puede entonces decirse que la naturaleza se opone, o limita, la libertad? ¿Por qué?

-¿Qué propiedades tiene el matrimonio? ¿Por qué? ¿Es irrescindible solamente el matrimonio “por la Iglesia”, o todo matrimonio? ¿Cuál es el motivo? ¿Cómo deben juzgarse las legislaciones que permiten el divorcio? ¿En virtud de qué puede la Iglesia juzgarlas? ¿Atenta a la pluralidad o a la libertad religiosa prohibir el divorcio? ¿Por qué? ¿Puede existir alguna “fórmula alternativa” de matrimonio válida? ¿Por qué? ¿Cuál sería su moralidad? ¿Hay en el Evangelio alguna palabra de Jesucristo a este respecto? ¿Cómo deben interpretarse?

-¿Cuáles son los fines del matrimonio? ¿Se cumplen en el caso estudiado? ¿Habría en este caso verdadero matrimonio con sólo acudir a la ceremonia religiosa? ¿Por qué? ¿Puede decirse que la mera convivencia de una pareja constituye una familia? ¿Por qué? ¿Cómo definirías a la familia?

-¿Puede haber algún motivo justificado para que un matrimonio decida no tener más hijos, o retrasar su llegada? ¿Vale cualquier motivo? ¿Y cualquier medio para ello? ¿En qué se diferencian moralmente la continencia periódica y los medios artificiales de control de la natalidad? ¿A qué crees que se debe la baja natalidad en nuestra sociedad?

-¿Qué supone que el matrimonio sea un sacramento? ¿Es el sacramento un añadido al contrato matrimonial? ¿Puede haber entre católicos un verdadero matrimonio excluyendo el sacramento? ¿Por qué? ¿Por qué no es válido el matrimonio “por lo civil” que aquí se cita? ¿Es “hacer lo mismo, pero en otro lado”, teniendo en cuenta quiénes son los ministros? ¿Cuál es la diferencia? ¿Son válidas las excusas que pone Agustín? ¿Por qué? ¿Hace bien su padre al decir que nadie de la familia asistiría? ¿Por qué?

-¿Qué añade el que sea un sacramento al contrato matrimonial? ¿Cuáles son sus efectos? ¿Dan la respuesta a las dudas de las protagonistas sobre si se puede vivir la doctrina sobre la familia? ¿Es fácil vivirlo así? ¿Está al alcance de todos? ¿Qué significa que el matrimonio cristiano es una vocación? ¿Qué supone el que lo sea?

Bibliografía

Vid. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 371-373, 902, 1601-1608, 1612-1617, 1625-1632, 1638-1658.

Comentario:

En este caso vemos enfrentados el concepto de matrimonio y lo que podríamos llamar un “sucedáneo” de éste, algo que conserva cierta apariencia de un producto auténtico, pero que no lo es e intenta pasar por bueno a la sombra de lo auténtico. Se podrá decir que el ejemplo está bastante llevado al extremo, pero no es tan infrecuente, y además es a donde tienden a parar las falsificaciones del matrimonio.

Una primera aproximación a la noción de matrimonio es definir éste como la unión con la que se crea una familia. Como se ve en el caso, nadie -ni el mismo Agustín- piensa que lo que vive en ese apartamento sea una verdadera familia. Puede deducirse así que no puede considerarse un verdadero matrimonio.

La misma definición empleada deja ver que la palabra “matrimonio” puede emplearse en un doble sentido: como el acto que hace efectiva la unión -“contraer matrimonio”-, y como la institución o situación que éste genera -“X e Y son un matrimonio”-. Tratándose de seres humanos, el primero sólo puede realizarse por una mutua declaración de voluntad: es un contrato. Pero no todo “contrato de convivencia” es un matrimonio: lo es sólo el que da lugar a una familia. Y como la familia es algo natural, sus rasgos esenciales vienen dados por naturaleza, el contenido esencial de ese contrato es algo que no puede disponerse a voluntad, sino que viene naturalmente dado. Con esta aclaración se puede entender que el razonamiento de Agustín cuando dice que “entiende que se unen por su voluntad” tiene bastante de sofisma: una cosa es contratar voluntariamente, y otra muy distinta fijar las condiciones del contrato a voluntad. En casi todos los contratos ambas cosas equivalen; en éste, no. Entonces, ¿la naturaleza coarta la libertad? Los términos de la pregunta son un tanto equívocos. Desde luego, la limita, pero no por imposición, sino más bien porque es la naturaleza de un ser limitado. Por eso, violentar la naturaleza, aunque sea en nombre de la libertad, es dañar al ser mismo. No se “supera” la naturaleza: se daña. Es, objetivamente, un mal. En este caso tenemos un buen ejemplo.

Si la primera parte del razonamiento de Agustín no se ajusta a lo que es al matrimonio, la segunda -que pueda rescindirse a voluntad- tampoco se sostiene bien. Si la familia es algo estable por naturaleza, no puede romperse por la voluntad. Sólo la misma naturaleza puede disolver un matrimonio, lo que sucede al morir uno de los cónyuges. Pero el vínculo no se rompe por ninguna otra causa. Es cierto que a veces se hace imposible la convivencia familiar, y pueden separarse -en casos extremos, puede hasta ser un deber hacerlo-. Pero la convivencia de hecho no se identifica con el vínculo de derecho: éste es firme por naturaleza, aunque se malogre su puesta en práctica por las debilidades humanas. Por otra parte, conviene conocer bien la vida. Las palabras de Agustín cuando alude a la posibilidad de que la unión “no resulte”, no por ser frecuentes dejan de ser algo engañosas al utilizar el verbo de modo impersonal. No suelen ser las circunstancias adversas -que en un momento u otro nunca faltan a nadie- lo que malogra la convivencia familiar, sino más bien los egoísmos personales que se ponen de manifiesto cuando surgen esas circunstancias. En las separaciones y divorcios la culpa puede estar repartida entre los cónyuges en proporciones diversas, pero lo habitual es que esa culpa exista.

Nótese bien que toda esta argumentación parte de la naturaleza, no de la fe (que no deja de confirmar, claro está, lo que exige la naturaleza). El “no” al divorcio no es un asunto exclusivamente cristiano, ni un intento de imponer una forma religiosa de matrimonio a todos, creyentes o no. Es algo que puede no ser fácil de entender -por eso a los cristianos nos viene aquí muy bien la confirmación que hace la Revelación de las características naturales del matrimonio-, pero debe quedar claro que los cristianos hablamos aquí en nombre del Derecho Natural. Admitir un vínculo matrimonial soluble daña a las personas y a la sociedad. Y, si es verdad que puede ser difícil de comprender en sí, no lo resulta tanto ver sus consecuencias: el daño que ha producido esa permisividad es bastante visible para quien quiera verlo.

La estabilidad del matrimonio descarta asimismo cualquier tipo de “matrimonio a prueba”. O hay matrimonio -y éste es como es-, o simplemente no lo hay. ¿Pero en algo tan serio no es muy conveniente conocerse bien previamente? Lo es, y eso se llama “noviazgo”. Lo sensato es tenerlo, y conocer bien a la persona con quien se pretende compartir la vida antes de que llegue un enamoramiento “ciego”. Y lo insensato pretender que, buscando sólo lo agradable de la unión, se asegure la estabilidad futura. Y, además, como señalábamos antes, es asimismo insensato pretender quitarse de encima la responsabilidad pensando que la estabilidad dependa de las circunstancias o de una especie de “complementariedad” fortuita. Dependerá más bien del espíritu de sacrificio con que se avale la autenticidad del amor.

Cuando hay un contrato y dos partes contratantes no puede faltar la virtud que inclina a dar a cada parte lo que le corresponde: la justicia. La justicia exige en primer lugar que sólo quepa matrimonio de “uno con una”. Si hombre y mujer tienen la misma dignidad, en ningún caso puede haber desequilibrio entre lo dado y lo recibido. El amor postula también esa exclusividad. Es por tanto una propiedad del matrimonio llamada “unidad”. Y esa exclusividad no sólo excluye casarse con una tercera persona, sino también, como es lógico, otorgarle cosas que son debidas sólo al cónyuge. Se trata del deber de fidelidad. Lo que se otorgan hombre y mujer al casarse, por la naturaleza contractual del matrimonio, se convierten en derechos de uno sobre el otro, el más específico de los cuales -aunque no el único- es sobre su sexualidad. Por eso el adulterio es un pecado que no sólo atenta contra la castidad, sino también contra la justicia. Por eso dentro de un matrimonio ninguno tiene derecho a una “vida sexual independiente”, ni aunque así haya sido pactado: los derechos fundamentales de las personas son indisponibles, y el hecho de que haya un pacto de ese tipo no impide que se viole un derecho de este tipo. Sería algo análogo a un contrato de esclavitud: por atentar contra la dignidad de la persona, sería inmoral tanto proponer un contrato de este tipo como aceptarlo.

Los órganos sexuales constituyen lo que en biología se denomina “aparato reproductivo”. La diversidad sexual tiene como fin natural la reproducción -de la especie: por eso no es una obligación casarse para todo individuo, basta con que lo haga la mayoría-, y ésta no se limita estrictamente a engendrar, sino también a lo que podría llamarse “crianza”. Ésta, en los humanos, es particularmente prolongada y conforme con su naturaleza espiritual: necesita un clima moral y afectivo propicio. De ahí la exigencia natural de la familia y de su estabilidad. No cabe disociar familia y reproducción. Por eso el matrimonio puede denominarse un “contrato sexual”, y por ello sólo pueda ser contraído -técnicamente se diría que sólo son “sujetos hábiles”- entre un hombre y una mujer. No quiere eso decir que no hay matrimonio hasta que no hay hijos. Pero sí quiere decir que desde el primer momento, por su carácter sexual, tiende a los hijos. La generación -y posterior crianza: educación- de los hijos es fin específico del matrimonio. Si se excluye de la intención al contraer se habría prestado consentimiento a un contrato que no sería el matrimonial, y por tanto el matrimonio sería nulo.

La naturaleza espiritual del hombre también se pone de relieve en su comportamiento reproductivo. No es el instinto el que en último término une a hombre y mujer, sino la voluntad. Y ésta debe ser regida por la razón. Lo cual se traduce en que los matrimonios deben decidir prudentemente sobre su descendencia: es la llamada “paternidad responsable”. Decisión prudente no significa arbitrariedad, ni lo prudente es lo pasivo o lo cómodo. En la familia, precisamente por estar regida por el amor, es donde más se pueden pedir virtudes como el espíritu de sacrificio y la generosidad. En el caso estudiado, si Inmaculada y Agustín hubieran estado verdaderamente casados, el deseo de la primera de esperar un poco hasta acabar la carrera para tener un hijo podría ser prudente y manifestar una “paternidad responsable”; pero la postura del segundo sólo podría calificarse de egoísmo irresponsable. Y es ese egoísmo el principal responsable de la caída de la natalidad que observamos en nuestra sociedad.

Sin embargo, la vieja máxima moral de que el fin no justifica los medios conviene recordarla particularmente en este terreno. La decisión, aunque sea responsable, de retrasar un nacimiento no justifica el que, como dice Inmaculada, se haga para evitarlo “de todo”, aludiendo implícitamente a conductas que desvirtúan la unión sexual. Éstas, incluidas las que la hacen artificialmente infecundo, son inmorales: suponen violentar la naturaleza -en este caso la naturaleza de la unión sexual, lo que éste debe ser por naturaleza-, y eso siempre está mal, es un pecado. Eso no quiere decir que mientras haya causas serias que hagan prudente posponer la llegada de un nuevo hijo los cónyuges deban renunciar a tener vida sexual: pueden hacerlo -mantienen así la afectividad conyugal- utilizando para ello los periodos naturales de infecundidad: son los llamados “métodos naturales de regulación de la natalidad”. De esa diferencia de valoración moral entre una y otra cosa se dan cuenta las personas, aunque haya quien esté empeñado en pretender que no sea así. En el peor de los casos, como es el caso de Inmaculada debido a su muy escasa formación, carencia de familia y malos ejemplos, se dan cuenta de que lo inmoral “no está bien”, aunque no sepan explicar muy bien por qué.

Hasta el momento no se ha mencionado el sacramento. Pero, implícitamente, sí se ha tratado de él, porque es este mismo matrimonio del que venimos tratando el que es un sacramento. El sacramento no es algo que se añada al matrimonio: es el mismo matrimonio el que para los bautizados es sacramento. Lo que se añaden son los efectos sacramentales al matrimonio. Se recibe gracia santificante -se aumenta: es sacramento de vivos-, y gracia sacramental que, lógicamente, se referirá al cumplimiento de los deberes familiares en todos sus aspectos. Se da también una nueva dimensión a los fines del matrimonio: propagan la Iglesia, no sólo la especie humana, y son, por mandato eclesial (podría llamárselo “misión eclesial”), los educadores en la fe de sus hijos.

Hay un aspecto del matrimonio que conviene explicar, para poder entender lo que sigue. El matrimonio, como inicio de la familia, no interesa sólo a los contrayentes, sino también a la sociedad entera, ya que, en último término, la estabilidad y la paz de la sociedad depende mucho de la estabilidad y la paz de las familias. Esta sociedad es la sociedad civil, pero algo análogo puede decirse de la Iglesia. Por eso las dos sociedades, cada una en su ámbito, tienen derecho a legislar sobre el matrimonio. Y entre esta legislación, por el interés público y la llamada seguridad jurídica (certeza y constancia pública del contrato y de que se cumplen los requisitos, sobre todo), está el establecimiento de una forma, como por otra parte sucede con los contratos más importantes. Sin ella, el contrato no es válido. El principal motivo de que deba cumplirse una ceremonia eclesiástica no es tanto la necesidad de celebrar el sacramento en una iglesia (es más bien un fundamento: como corresponde a la Iglesia regular la celebración de los sacramentos, puede exigir estos requisitos), sino la exigencia de esa solemnidad y publicidad por el interés público (hay algún argumento más de conveniencia). Por poder, si no existiera esa legislación bastaría que los contrayentes manifestaran su consentimiento entre ellos mismos para casarse válidamente. Esto es así porque en este sacramento los ministros son los mismos contrayentes -uno del otro-, y no el sacerdote: este hace de “testigo oficial” de la Iglesia -necesario en situaciones ordinarias-, pero nada más: por eso, lo correcto es decir que “bendice la unión”, no que “los casa”. Con todo esto, ya se ve que no tiene razón Agustín cuando dice que la ceremonia es un “mero trámite”. Claro que no es extraño que piense eso desde su mentalidad insolidaria, que no sabe ver un interés más amplio que el suyo.

¿Pero no tiene razón en querer que casarse “por lo civil” si es verdad que no pisa una iglesia? ¿No es, como él dice, una pantomima? ¿No saca las cosas de sitio su padre? La respuesta es que Agustín tampoco aquí tiene la razón. Si antes señalábamos que es el mismo matrimonio el que entre bautizados es sacramento, no es difícil deducir, a sensu contrario, que si no hay sacramento tampoco hay matrimonio. Por eso es verdad que lo que pretende en este caso “no es matrimonio ni es nada”. Quizás su padre debería haberlo dicho más calmadamente, aunque no es sorprendente que se enfade cuando se da cuenta de que lo que estaba haciendo su hijo era chantajearle. Aún así, ¿no es intolerante al decirle que nadie de la familia asistiría a la “boda”? No, porque asistir a una boda es algo más que respetar una decisión: es otorgar un reconocimiento público. Y no se debe otorgar a algo que no pasa de ser un concubinato, o, si se quiere así, un “concubinato formalizado”. ¿Pero no es poco caritativo hacerle a alguien el vacío de ese modo? Disgusta, qué duda cabe, pero la caridad debe mover, por encima de todo, a buscar el bien para las personas, y respaldar una situación de ese tipo es ayudar a alguien a que “se instale” en una situación de permanente inmoralidad, lo cual no es precisamente la ayuda que necesita. No se trata de que los padres deban “cortar con el hijo” -si lo hacen, posiblemente se daba más al orgullo herido que a ninguna otra cosa-, sino que deben intentar por su bien que enderece una situación lamentable como ésta. No es falta de caridad, aunque de entrada duela, como no lo era aplicar a ese mismo hijo, cuando era pequeño, agua oxigenada sobre una raspadura: escocía, pero era lo que curaba. ¿Y no podría ocurrir que su asistencia evitara males mayores? Sí que podría ocurrir, y en ese caso -sólo en ese caso- habría que hacerlo, aunque habría que dejar bien claro a todos que con esa asistencia no se pretende reconocer esa unión.

La pregunta de Estefanía sobre si de verdad se puede vivir lo que la Iglesia enseña sobre el matrimonio es comprensible. Si se conoce bien la vida se concluye pronto que ésta tiene muy poco que ver con una novela rosa. La misma Inmaculada había tenido sus dudas sobre esto. Y es que, desde luego, si alguien tratara de presentarlo como una novela rosa, más que formar, deformaría a quien le oyera. La realidad es que es, efectivamente, muy bonito, pero con la belleza de lo que sabe superar dificultades, que no faltan. Si la Iglesia presenta el matrimonio cristiano como vocación y camino de santidad, implícitamente está diciendo que requerirá el heroísmo. Y con lo fácil no cabe heroísmo alguno. Pero precisamente por esto el matrimonio es un sacramento: es necesaria la gracia a los esposos cristianos para que puedan vivir cristianamente su matrimonio.

Por otra parte, el caso enseña cómo ayudando a los demás se ayuda uno a sí mismo. Para aprender no hay nada como enseñar, y no digamos cuando se trata de la fe, que se refuerza con el apostolado. Lo mismo cabe decir de la madurez que ha conseguido al asumir responsabilidades y ayudar a su amiga a madurar y encauzar correctamente su vida. Se ha portado muy bien: ha sabido ser comprensiva, ser paciente cuando hacía falta ser paciente, ser fuerte cuando ha hecho falta serlo, ser prudente, y tener una cabeza y un corazón cristiano. Claro que en esta vida, por santo que sea uno, siempre asoma algún defecto: ¡esa manía de arrimar la oreja a las rendijas para oír conversaciones ajenas…!