La Iglesia perseguida

No digáis que la Iglesia fue siempre aliada de los poderosos y, por tanto, cómplice de la esclavitud de los pueblos. El Cristianismo nació como una promesa de liberación, y por eso fue combatido ferozmente por los príncipes de las naciones. Repasad la historia de la Iglesia y veréis que todos, desde los emperadores de los primeros siglos hasta los gobiernos de nuestra época, se han opuesto a los cristianos y los han diezmado.

(Papini, Carta de Celestino VI a los hombres)

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Milagros del Señor

El Evangelio narra el encuentro de Jesús con una persona paralítica desde hacía 38 años, que estaba debajo de los pórticos pero no encontraba a nadie que lo sumergiera en las aguas agitadas porque siempre alguien le precedía. Jesús en cambio le ordena levantarse e ir. Un milagro que despierta las críticas de los fariseos porque esto sucedía un sábado, día no permitido.

Aquí encontramos dos enfermedades espirituales fuertes. Dos enfermedades sobre las que nos hará bien reflexionar. De un lado la resignación del enfermo que triste se lamenta. Pienso en tantos cristianos, tantos católicos que sí, son católicos pero sin entusiasmo, tristes. Que dicen: “Sí, es la vida, es así, pero la Iglesia… Voy a misa todos los domingos, pero mejor no meterse, mantengo la fe por motivos de salud, y no tengo necesidad de darla a otro… Mejor cada uno en su casa, tranquilos en la vida… Además si haces algo corres el riesgo que te critiquen. No, mejor no arriesgar…”

Ésta es la enfermedad de la indolencia, de la indiferencia de los cristianos. Esta actitud paraliza el celo apostólico, no se preocupan de salir para anunciar el evangelio. Son personas anestesiadas. Son cristianos tristes, personas no luminosas, personas negativas y esta es una enfermedad de los cristianos. Vamos a misa todos los domingos pero decimos “por favor no nos molesten”. Estos cristianos sin celo apostólico no le hacen bien a la Iglesia. Hay muchos cristianos que son egoístas, sólo para sí mismos. El pecado de la indiferencia es contrario al celo apostólico, de dar la novedad que nos trajo Jesús, que a mí me ha sido dada gratuitamente.

En este pasaje del Evangelio, encontramos también otro pecado, cuando vemos que Jesús es criticado porque realizó una curación siendo día sábado. Es el pecado del formalismo. Cristianos que no dejan lugar a la gracia de Dios. Y a la vida cristiana, la vida de esta gente, es tener todos los documentos en regla, todos los certificados. Los cristianos hipócritas, como éstos, solo se interesan por las formalidades. ¿Era sábado? Entonces no se pueden hacer milagros, la gracia de Dios no puede operar el sábado. Entonces le cierran la puerta a la gracia de Dios.

Los cristianos anestesiados le hacen mal a la Iglesia, como los formalismos, es necesario vencer la inercia espiritual y arriesgar en primera persona para anunciar el Evangelio.

Tenemos a tantos así en la Iglesia, a tantos. Es otro pecado. Primero los que no tienen celo apostólico porque decidieron detenerse en sí mismos, en sus tristezas, en sus resentimientos. Y estos otros que no son capaces de llevar la salvación porque le cierran la puerta.

Para ellos cuentan solamente las formalidades. No se puede, es la palabra que tienen más a mano. A gente así la encontramos también en nosotros. Tantas veces tuvimos apatía o fuimos hipócritas como los fariseos. Son tentaciones que vienen y que debemos conocerlas para defendernos. Y delante de estas dos tentaciones, delante de este “hospital de batalla como símbolo de la Iglesia”, delante a tanta gente herida, Jesús se acerca y pregunta solamente: “¿Quieres sanarte?” Y le da la gracia. Y después cuando encuentra de nuevo al paralítico le dice “no peques más”.

Las dos palabras cristianas son: ¿quieres sanarte?; no peques más. Pero primero lo cura, y después le dice no peques más. Palabras dichas con ternura y con amor. Y este es el camino cristiano, el camino del celo apostólico: acercarse a tantas personas heridas en este hospital de campo, y tantas veces heridas por hombres de la Iglesia. Es una palabra de hermano y de hermana: ¿quieres sanar? Y después cuando va adelante, entonces dice: “No peques más que no te hace bien”. Es mucho mejor así. Las dos palabras de Jesús son más hermosas que la actitud de la indiferencia o de la hipocresía.

Compendio de Historia de la Iglesia. Curso 2017-18. Clases de Religión. Lección 1ª (Primeras persecuciones. Saulo)

Primeras persecuciones. Saulo

¿Cómo surgieron los diáconos en la Iglesia? Al crecer el número de los creyentes en Jesucristo, los de la lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea, porque en el servicio diario no se atendía a sus viudas. Entonces los apóstoles dijeron: No nos parece bien descuidar la palabra de Dios para ocuparnos del servicio de las mesas. Por tanto, hermanos, escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría, y los encargaremos de esta tarea; nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la palabra (Hch 6, 2-3). Aceptada la propuesta por la comunidad de los fieles, eligieron a los llamados diáconos. Estos fueron: Esteban, hombre lleno de fe y de Espíritu Santo, Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás, prosélito de Antioquía.

¿Fue Esteban el primer mártir del cristianismo? Sí. Esteban era un hombre lleno de gracia y poder, que realizaba grandes prodigios y signos en medio del pueblo. Entonces unos cuantos de la sinagoga llamada de los libertos, oriundos de Cirene, Alejandría, Cilicia y Asia, se pusieron a discutir con él, pero no pudieron replicar a los argumentos de Esteban ni resistir a la sabiduría divina que salía de su boca. Al no lograr rebatir las palabras de Esteban, aquellos hombres de la sinagoga indujeron a unos que asegurasen: Le hemos oído palabras blasfemas contra Moisés y contra Dios (Hch 6, 11). Llevado Esteban ante el Sanedrín, confundió a sus acusadores, e increpó a los judíos por su incredulidad y terca resistencia a las inspiraciones del Espíritu Santo.

Mientras Esteban hablaba, todos los que estaban sentados en el Sanedrín fijaron su mirada en él y su rostro les pareció el de un ángel (Hch 6, 15). En un momento determinado, Esteban, fijando la mirada en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús de pie a la derecha de Dios,y dijo: Veo los cielos abiertos y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios (Hch 7, 56). Al oír estas palabras, los judíos se taparon los oídos, lanzando gritos de horror, como si hubieran oído una blasfemia; y empujándole a la afueras de la ciudad, se pusieron a apedrearlo. Los que lapidaban a Esteban dejaron sus capas a los pies de un joven llamado Saulo, que aprobaba aquella muerte violenta. Mientras tanto, Esteban repetía esta invocación: Señor Jesús, recibe mi espíritu (Hch 7, 59), y antes de expirar, clamó con voz potente: Señor, no les tenga en cuenta este pecado (Hch 7, 60). Y dichas estas palabras, murió. Unos hombres piadosos enterraron su cuerpo e hicieron gran duelo por él.

¿Qué pasó en Jerusalén a raíz del martirio de Esteban? La muerte de san Esteban fue como la señal del inicio de una violenta persecución contra la Iglesia naciente en Jerusalén. Todos los fieles, excepto los apóstoles, se dispersaron por Judea y Samaria. Los que habían sido dispersados iban de un lugar a otro anunciando la Buena Nueva de la Palabra de Dios. El diácono Felipe predicó el Evangelio en Samaria y fueron muchos los que se convirtieron. También en los Hechos de los apóstoles se narra la conversión de un eunuco etíope al que Felipe le explicó un pasaje profético de la Escritura referente a Jesucristo.

¿Qué pasó con aquel joven llamado Saulo que presenció la muerte de Esteban? Cuando se desencadenó en Jerusalén la persecución contra los discípulos del Señor, Saulo, por su parte, se ensañaba con la Iglesia, penetrando en las casas y arrastrando a la cárcel a hombres y mujeres (Hch 8, 3). Saulo era un joven fariseo originario de Tarso de Cilicia, que movido por un falso celo por la Ley de Moisés, cometía contra los creyentes en el Señor Jesús toda clase de violencia. Y habiendo oído que en Damasco se habían convertido al cristianismo algunos judíos, respirando todavía amenazas de muerte contra los discípulos del Señor, se presentó al sumo sacerdote y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, autorizándolo a traerse encadenados a Jerusalén a los que descubriesen que pertenecían al Camino, hombres y mujeres (Hch 9, 1-2).

¿Llegó a cumplir sus deseos? No, porque en el camino de Damasco ocurrió un hecho prodigioso. Cuando Saulo se aproximaba a la ciudad, de pronto una luz celestial lo envolvió con su resplandor. Cayó a tierra y oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? (Hch 9, 4). El joven preguntó: ¿Quién eres, Señor? (Hch 9, 5). Y de nuevo oyó la voz: Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate, entra en la ciudad, y allí se te dirá lo que tienes que hacer (Hch 9, 5-6). Se levantó Saulo, y aunque tenía los ojos abiertos no veía nada, de modo que sus compañeros lo llevaron de la mano hasta Damasco. Allí estuvo tres días ciego, sin comer ni beber.

Al cabo de ese tiempo, Dios llamó a un discípulo de Jesús, llamado Ananías, para que fuera donde estaba Saulo. Salió Ananías, entró en la casa, le impuso las manos y dijo: “Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció cuando venías por el camino, me ha enviado para que recobres la vista y seas lleno del Espíritu Santo”. Inmediatamente se le cayeron de los ojos una especie de escamas, y recobró la vista. Se levantó, y fue bautizado. Comió y recobró las fuerzas (Hch 9, 17-19).

¿Qué hizo Saulo en los días siguientes a su conversión? Profundamente agradecido a Dios, comenzó Saulo muy pronto a predicar en las sinagogas de Damasco, disputando con los judíos, y probándoles con la autoridad de la Escritura, unida a la de los milagros, que Jesucristo era el verdadero Mesías anunciado por los profetas, y el Redentor del género humano. Los oyentes quedaban pasmados y comentaban: “¿No es éste el que hacía estragos en Jerusalén con los invocan ese nombre? Y ¿no había venido aquí precisamente para llevárselos encadenados a los sumos sacerdotes?” (Hch 9, 21).

Transcurridos tres años, Saulo volvió a Jerusalén. Bernabé lo presentó a los apóstoles y Pablo les contó cómo había visto al Señor en el camino de Damasco, lo que le había dicho y cómo en Damasco había predicado en el nombre de Jesús.

Después, durante toda su vida, Pablo se ocupó principalmente en la conversión de los gentiles, y por eso ha pasado a la historia como el Apóstol de las gentes.

¿Quién fue el primer gentil que convirtió al cristianismo? Un centurión llamado Cornelio. La historia de su conversión está narrada en los Hechos de los apóstoles.

Cornelio vivía en Cesarea. Era un centurión de la cohorte llamada Itálica. Hombre piadoso y temeroso de Dios, al igual que toda su casa; daba muchas limosnas al pueblo y oraba continuamente a Dios. Hallándose un día en oración, un ángel del Señor, llamándole por su nombre, le dijo: Tus oraciones y tus limosnas han sido recordadas ante Dios. Ahora manda a alguien a Joppe y haz venir a un tal Simón llamado Pedro, que se aloja en casa de un tal Simón curtidor, que tiene su casa a orillas del mar (Hch 10, 4-6). Enseguida envió Cornelio a dos hombres y a un soldado piadoso a Joppe. Cuando estaban ya cerca de la ciudad, Dios manifestó a Pedro, en una visión, que los gentiles estaban llamados, lo mismo que los judíos, a la gracia del bautismo; por esto, cuando los enviados del centurión se presentaron a Pedro, éste no opuso ningún reparo en ir con ellos a Cesarea.

Cornelio, rodeado de sus familiares y amigos, recibió a Pedro con mucho respeto. Después de haberle contado su visión, pidió que le dijese lo que el Señor quería darle a conocer. Comenzó Pedro a explicarle la vida y doctrina de Jesucristo; mientras el apóstol estaba hablando, descendió el Espíritu Santo de una manera visible sobre todos los que escuchaba a Pedro y les comunicó el don de lenguas. Entonces Pedro dijo: ¿Se puede negar el agua del bautismo a los que han recibido el Espíritu Santo igual que nosotros? (Hch 10, 47), y mandó que fuesen bautizados Cornelio y todos sus parientes y amigos que allí estaban. Estos fueron los primeros gentiles convertidos.

Quinto mandamiento

Jesús decía: Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”. Pero yo os digo: Todo el que se deja llevar por la cólera contra su hermano, lo mató en su corazón. Y quien insulta a su hermano, lo mata en su corazón; quien odia a su hermano, mata a su hermano edn el corazón; quien critica a su hermano , lo mata en su corazón. Tal vez no nos damos cuenta de esto, y luego hablamos, “despachamos” a uno y a otro, criticamos esto y aquello… Y esto es matar al hermano. Por ello es importante conocer qué hay dentro de mí, qué sucede en mi corazón. Si uno comprende a su hermano, a las personas, ama, porque perdona: comprende, perdona, es paciente… ¿Es amor o es odio? Todo esto debemos conocerlo bien. Y pedir al Señor dos gracias. La primera: conocer qué hay en mi corazón, para no engañarnos, para no vivir engañados. La segunda gracia: hacer el bien que está en nuestro corazón, y no hacer el mal que está en nuestro corazón (Papa Francisco).

EL HONOR Y LA GLORIA PARA DIOS. Homilía del Domingo XXIX del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Así dice el Señor a su ungido, a Ciro, a quien he tomado por su diestra, para someter ante él las naciones y desatar las cinturas (desarmar pues es de la cintura donde cuelga la espada) de los reyes, para abrir ante él las puertas, y que no cierren las puertas de las ciudades (Is 45, 1). En la historia del pueblo elegido, el rey era ungido. Samuel ungió primeramente a Saúl, y después a David; y los demás reyes, tanto del reino de Israel como del reino de Judá fueron ungidos por algún sacerdote o un profeta. Salomón recibió la unción de manos del sacerdote Sadoc. Por eso sorprende que Isaías otorgue a un extranjero que no conocía al verdadero Dios, a Ciro, rey de los persas, el título de “ungido”. Sí, no era judío, pero el rey de Persia fue reconocido por el pueblo elegido como una especie de Mesías redentor.

Ciro, cuyo imperio era el más grande de la tierra, se distinguió por una política de tolerancia religiosa hacia los pueblos de su gran imperio. Cuando conquistó Babilonia, donde estaban los judíos desterrados, decidió devolverlos a su tierra, a Palestina. Para ello publicó un edicto, según consta en la Sagrada Escritura: El año primero de Ciro, rey de Persia, para que se cumpliera la palabra del Señor anunciada por Jeremías, despertó el Señor el espíritu de Ciro, que en todo su reino hizo proclama de palabra y por escrito el siguiente edicto: “Habla Ciro, rey de Persia: el Señor, Dios del cielo, me ha dado todos los reinos de la tierra y me ha encomendado construirle un templo en Jerusalén, que está en la región de Judá. El que de vosotros pertenezca a este pueblo, que su Dios lo acompañe y suba a Jerusalén…” (2 Cro 36, 22-23). Gracias a este edicto, los judíos desterrados desde los tiempos de Nabucodonosor regresaron a su tierra de Judá y reconstruyeron el templo. No sólo hizo que los judíos exiliados regresarán a Jerusalén, a la tierra prometida como en un nuevo éxodo, sino que hizo que se devolvieran todos los tesoros arrebatados por los babilonios al templo de Jerusalén y les dio gran cantidad de dinero para la reconstrucción de todas esas obras.

Por eso Isaías presenta a Ciro como ungido, siervo del Señor, pese a que no pertenecía al pueblo elegido. Y los judíos agradecidos lo presentan en sus escritos bíblicos, como un hombre extraordinario, creyente en Dios y ungido por Él, hasta tal punto que el autor sagrado afirma que, al ser reconstruida Jerusalén, el Señor dice a Ciro: Tú eres mi pastor, el que realizará mi voluntad, quien dice a Jerusalén: “Serás reedificada”, y al Templo: “Pondrán de nuevo tus cimientos” (Is 44, 28). Se refiera a Ciro como instrumento de la voluntad de Dios y siendo llamado “pastor”, título que en la Biblia se aplica con frecuencia al rey y al Mesías. Al darle Isaías el título de ungido, que es claramente mesiánico, lo reconoce como instrumento de Dios para el cumplimiento de sus planes mesiánicos: someter a las naciones… destronar a los reyes… que las ciudades se rindan ante él… que no le cierren sus puertas…

Ciro es investido como mesías, como un rey extranjero y pagano que es instrumento de una nueva liberación, cumpliendo así la voluntad salvadora de Dios a favor de su pueblo. Sin conocer a Dios, supo llevar a cabo sus planes y convertirse en mediador de la liberación de Israel. Pero para que Ciro no se crea un dios; y no haya confusión dándosele al instrumento el honor debido a Dios, el Señor por medio de Isaías le dice: Te he llamado por tu nombre, te he dado un título, aunque tú no me conozcas. Yo soy el Señor, y no hay ningún otro, fuera de mí no hay dios. Yo te he ceñido, aunque tú no me conozcas, para que sepan de Oriente a Occidente que no hay otro fuera de mí: Yo soy el Señor, y no hay ningún otro (Is 45, 4-6).

El cristiano debe saberse instrumento en las manos de Dios para hacer el bien. Instrumento dotado de inteligencia y voluntad, que debe poner en acción para servir a Dios. Pero tiene que evitar el engreimiento si ha servido bien, porque ha cumplido lo que tenía que hacer. Su actitud es reconocer con humildad la gracia que ha recibido para realizar obras buenas, sin pretender ser alabados por ellas. Ser consciente de los dones de Dios -de los talentos recibidos- lleva a no vanagloriarse de ellos, sino a sentir la responsabilidad de darles fruto. Debe actuar siempre con rectitud de intención en todas sus obras. Al único Dios, el honor y la gloria (1 Tm 1, 17). En definitiva, es darle a Dios lo que es suyo.

San Pablo fue un gigante que llevó la Buena Nueva de Jesucristo por muchos lugares. Fue un instrumento del Espíritu Santo para la evangelización. Fundó varias iglesias, entre otras la iglesia de los tesalonicenses (1Ts 1, 1). En ningún momento se vanaglorió de lo que había hecho por la extensión de la fe cristiana. Al ver la fidelidad de los de Tesalónica rompe en acción de gracias a Dios. Damos continuamente dando gracias a Dios por todos vosotros, teniéndoos presentes en nuestras oraciones. Sin cesar recordamos ante Dios y Padre vuestra fe operativa, vuestra caridad esforzada y vuestra constante esperanza en nuestro Señor Jesucristo (1 Ts 1, 2-3), reconociendo que él es sólo el instrumento del que se ha valido Dios. Él ha puesto su palabra para anunciar a Jesucristo, pero la eficacia viene de Dios. Nuestro evangelio no se os predicó sólo con palabras, sino de modo convincente, con poder y la fuerza del Espíritu Santo (1Ts 1, 5).

En el Evangelio vemos cómo Cristo dice con rotundidad: Dar a Dios lo que es Dios, con ocasión de una pregunta tendenciosa que le hicieron sus enemigos. Los fariseos procuraban cazar a Cristo en alguna palabra comprometedora, y para ello le prepararon una trampa. Y le enviaron a sus discípulos, con los herodianos, a que le preguntaran: “Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas de verdad el camino de Dios, y que no te dejas llevar por nadie, pues no haces acepción de personas. Dinos, por tanto, que te parece: ¿es lícito dar tributo al César, o no?” (Mt 22, 16-17).

Llama la atención de cómo se unen fariseos y herodianos para conspirar contra Jesús. Los herodianos eran partidarios de la política de Herodes y su dinastía: veían de buen grado la dominación romana y, en materia religiosa, compartían las ideas materialistas de los saduceos. Los fariseos eran celosos cumplidores de la Ley, extremadamente antirromanos, y consideraban a Herodes como un usurpador. No se puede imaginar diferencia más radical. Esta unión tan sorprendente indica hasta qué punto odiaban al Señor. Si el Maestro contesta que es lícito pagar el tributo al César, tendrán motivo para acusarle de ser partidario de la ocupación de Palestina por los romanos; en caso de respuesta negativa, dirán que no respeta el orden político establecido.

Conociendo Jesús su malicia, respondió: “¿Por qué me tentáis, hipócritas? Enseñadme la moneda del tributo”. Y ellos le mostraron un denario. Él les dijo: “¿De quién es esta imagen y esta inscripción?” “Del César”, contestaron. Entonces les dijo: “Dad, pues al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22, 18-20). Jesucristo salió airoso de la prueba. La respuesta de Jesús supera el horizonte humano de sus tentadores; está por encima del sí y del no, que querían arrancarle. Su respuesta es absolutamente fiel a la predicación que hace del Reino de Dios: Dar al César lo que le corresponde, pero no más de ello, sin dejar de dar también a Dios lo que le pertenece. Jesucristo, con esta respuesta, reconoció el poder civil y sus derechos, el cumplimiento de los cívicos, sin menoscabo de los derechos superiores de Dios.

¿Qué hay que dar al César? San Pablo da la respuesta cuando escribe acerca de la obediencia a los poderes públicos. Dad a cada uno lo debido: a quien tributo, tributo; a quien impuestos, impuestos, a quien respeto, respeto; a quien honor, honor (Rm 13, 7). Por tanto, entre las cosas debidas a la autoridad están la honra, el respeto y el pagar impuestos; porque es justo, de obligación grave, contribuir a la existencia del ordenamiento temporal, que permite la salvaguardia del bien común, que haya seguridad, protección contra la violencia y el desorden, y asegura una vida más humana.

El temor filial al Señor es el fundamento del respeto a la autoridad. Jesús enseña el deber de cumplir con fidelidad las obligaciones propias de ciudadanos y san Pablo, haciendo eco de las enseñanzas del Maestro, recuerda que toda autoridad viene de Dios. El deber de obediencia impone a todos la obligación de dar a la autoridad los honores que le son debidos, y de rodear de respeto y, según su mérito, de gratitud y de benevolencia a las personas que la ejercen (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1.900).

¿Qué hay que dar a Dios? Hoy día hay quienes han tergiversado las palabras de Cristo y dicen, aunque no palabras sino con hechos: Dad al César lo que es del César y a Dios lo que el César le quiera dar. Pero Jesús lo digo bien claro: Y a Dios lo que es de Dios. Hay que darle evidentemente todos los mandamientos, que implican el amor y la entrega personales. En el primer mandamiento del Decálogo se incluye el deber de adorar a Dios. Para amar a Dios hay que la ejerce que reconocer antes su señorío y adorarle.

Los deberes para con Dios están en la virtud de la religión. Ésta es la virtud que nos lleva a dar a Dios el culto y el honor debido como Creador y Ser Supremo, Principio y Soberano. Comprende doctrinas, normas de vida moral y ritos sagrados por los que se da culto a Dios. Y obliga a rendir culto de adoración a Dios, y cumplir de todos los deberes religiosos, entre otros, el de la oración. No basta que creamos en Dios, es preciso también que le reconozcamos como a nuestro Padre y soberano Señor.

La doctrina de Jesucristo está por encima de cualquier planteamiento político, y si los fieles, en ejercicio de su libertad, eligen una determinada solución para los asuntos de carácter temporal recuerden que en tales casos a nadie le está permitido reivindicar en exclusiva la autoridad de la Iglesia a favor de su opinión (Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Guadium et spes, n. 43).

Nuestro Señor, con su respuesta, reconoció el poder civil y sus derechos, pero avisó claramente que deben respetarse los derechos superiores de Dios, y señaló también cómo parte de la voluntad de Dios es el cumplimiento fiel de los deberes cívicos.

De este pasaje evangélico podemos sacar otra enseñanza. El Señor nos ha dicho: Os envío como ovejas en medio de lobos; sed, pues, prudentes como serpientes y sencillos como palomas (Mt 10, 16). No seamos ingenuos. Hemos visto la mala intención de los enemigos de Cristo. No buscan en el diálogo con el Señor aclarar sus dudas, sino el retorcer las palabras del Maestro. Hoy día se habla mucho del diálogo, como si en el hecho mismo de dialogar ya estuviera la solución de los problemas. Sí, hay que creer en el diálogo, pero solamente cuando ambas partes, con voluntad recta, buscan el entendimiento mutuo. Sin embargo, no hay que creer en el diálogo entre los que defienden el error a la vez que pisotean derechos divinos y humanos, y los que saben permanecer firmes en la verdad. Y no porque estos últimos sean incapaces de dialogar, sino porque los primeros utilizan con doblez el diálogo para la consecución de sus inconfesables fines.

No se puede creer en el diálogo cuando es transigencia en lo que no se debe transigir. Aún estamos pagando las consecuencias del diálogo de Eva con el padre de la mentira, y eso que ocurrió en el mismo principio de la humanidad.

Santa María se nos presenta como un vaso siempre rebosante de la memoria de Jesús, Sede de la Sabiduría, al que podemos acudir para saber interpretar las enseñanzas de Hijo. Y le pedimos que siempre pongamos por obra las palabras del Señor: Dad, pues al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Charla sobre el fracaso escolar

Charla sobre el fracaso escolar

Un ejemplo de cómo han evolucionado los métodos de enseñanza

El problema de las patatas

El bachillerato español ha experimentado, en las tres últimas décadas una evolución y radical transformación que puede quedar gráficamente reflejada en las diferentes formas de plantear un mismo problema matemático. Con este absurdo ejemplo vamos a ver cómo se ha ido sofisticando la enseñanza. Lo que uno no sabe después de leer este ejemplo es si las cosas han cambiado para mejor o peor.

Enseñanza 1960: Un campesino vende un saco de patatas por 1.000 ptas. Sus gastos de producción se elevan a los 4/5 del precio de venta. ¿Cuál es su beneficio?

Enseñanza tradicional 1970: Un campesino vende un saco de patatas por 1.000 ptas. Sus gastos de producción se elevan a los 4/5 del precio de venta, esto es, 800 ptas. ¿Cuál es su beneficio?

Enseñanza moderna 1970 (LGE): Un campesino cambia un conjunto “P” de patatas por un conjunto “M” de monedas. El cardinal del conjunto “M” es igual a 1.000 ptas., y cada elemento “PM” vale una peseta. Dibuja 1.000 puntos gordos que representen los elementos del conjunto “M”. El conjunto del gasto de producción comprende 200 puntos gordos menos que el conjunto “M”. Representa el conjunto “F” como subconjunto del conjunto “M” y responde a la cuestión siguiente. ¿Cuál es el cardinal del conjunto “B” de los beneficios? Dibujar “B” en color rojo.

Enseñanza renovada 1980: Un agricultor vende un saco de patatas por 1.000 ptas. Los gastos de producción se elevan a 800 ptas. y el beneficio es de 200 ptas. Subraya la palabra “patata” y discute sobre ella con tu compañero.

Enseñanza reformada (LODE): Un lavriego vurgués, capitalista insolidario, sanriquecido con 200 ptas. al bender especulando un saco de patatas. Analiza el texto y reseguido di lo que piensas de este avuso antidemocrático.

Enseñanza comprensiva (*) 1996 (LOGSE): Tras la entrada de España en el Mercado Común, los agricultores no pueden fijar libremente el precio de venta de las patatas. Suponiendo que quieras vender un saco de patatas por 1.000 ptas., hazuna encuesta para poder determinar el volumen de la demanda potencial de patatas en nuestro país y la opinión sobre la calidad de nuestras patatas en relación con las importadas de otros países, y cómo se vería afectado todo el proceso de venta si los sindicatos del campo convocan una huelga general. Completa esta actividad analizando los elementos del problema, relacionando los elementos entre sí y buscando el principio de relación de esos elementos. Finalmente, haz un cuadro de doble entrada, indicando en horizontal, arriba, los nombres de los grupos citados y, abajo, en vertical, diferentes formas de cocinar las patatas.

(*) Educación comprensiva es aquella que ofrecerlas mismas experiencias educativas a todos los alumnos. El aprendizaje ha de asegurar que los conocimientos adquiridos en el aula puedan ser utilizados en las circunstancias en que el alumno vive y en las que puede llegar a necesitarlos.

EL BANQUETE DE LAS BODAS DEL HIJO DEL REY. Homilía del Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

En diversos momentos y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas. En estos últimos días nos ha hablado por medio de su Hijo (Hb 1, 1-2). Desde el principio, Dios habla con el hombre. La caída de nuestros primeros padres acarreó la ruina del género humano e introdujo en el mundo la muerte. El paraíso terrenal se convirtió en un valle de lágrimas. Pero Dios no abandonó al hombre al poder de la muerte, sino que compadecido decidió redimirlo. En el Protoevangelio se habla ya de la salvación. El hombre es expulsado del paraíso, pero con esperanza. Vendrá un Mesías que abrirá las puertas del Cielo que el hombre había cerrado con su pecado. En la Sagrada Escritura está narrada la Historia de la Salvación. Los profetas hablan en nombre de Dios, y manifiestan verdades sobrenaturales y naturales acerca de la naturaleza divina y del decreto de salvación para con el hombre.

La Redención es universal. Así se deduce estas palabras del profeta Isaías: Preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares enjundiosos, vinos generosos (Is 25, 6). El Señor ha preparado a todos los pueblos un singular banquete. Dios les hará partícipes de manjares suculentos y vinos exquisitos. Así, se expresa de modo simbólico que el Señor hace partícipes a los hombres de alimentos divinos, que superan todo lo imaginable. Es un anuncio del banquete escatológico por las “bodas del Cordero” del que habla san Juan en el Apocalipsis. Alegrémonos, saltemos de júbilo; démosle gloria, pues llegaron las bodas del Cordero y se ha engalanado su esposa; le han regalado un vestido de lino deslumbrante y puro: el lino son las buenas obras de los santos. Entonces me dijo: Escribe: Bienaventurados los llamados a las bodas del Cordero (Ap 19, 7-9). La alegría de los santos, de la Iglesia celeste, se refleja en alabanzas a Dios, por la victoria de Cristo sobre el pecado, la muerte y el demonio; y por la plena instauración del Reino de Dios, que es amor y se manifiesta en un banquete de bodas, en las nupcias del Cordero. Con esas nupcias, contemplada desde la perspectiva del final de la historia, se está mostrando a la Iglesia de todos los tiempos, y el objetivo y la tarea cotidiana de los cristianos: preparar su vestido nupcial -mediante las buenas obras, la alabanza y la vida santa- para entrar en el banquete de bodas.

Aniquilará la muerte para siempre. El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros (Is 25, 8). Esta profecía de Isaías se cumplió con Jesucristo. San Pablo, en la primera carta a los cristianos de Corinto, cita esta predicción, al afirmar gozoso que la resurrección de Cristo ha supuesto la victoria definitiva sobre la muerte. Y cuando este cuerpo corruptible se haya revestido de incorruptibilidad , y este cuerpo mortal se haya convertido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: La muerte ha sido absorbida en la victoria. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón? (1 Co 15, 54-55). Y también san Juan se refiere al versículo de Isaías al anunciar la salvación que traerá el Cordero muerto y resucitado: Y enjugarás toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni llanto, ni lamento, ni dolor, porque todo lo anterior ya pasó (Ap 21, 4). La Iglesia evoca asimismo estas palabras en su oración por los difuntos, por quienes pide a Dios que los reciba en su Reino donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria: allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos, porque al contemplarte como Tú eres, Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a Ti y cantaremos eternamente tus alabanzas (Misal Romano, Plegaria Eucarística III).

La figura del banquete adquiere en el Nuevo Testamento una significación peculiar, pues le sirve a Jesús para describir el Reino de Dios. Tomando Jesús de nuevo la palabra les habló en parábolas, diciendo: El Reino de los Cielos es semejante a un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo (Mt 22, 1-2). Con esta parábola –la de los invitados a las bodas– el Señor explica la formación de la Iglesia como convocatoria universal a la salvación. Todos los hombres estamos invitados al banquete de Dios, aunque no todos participarán del mismo. Envió sus siervos a llamar a los invitados a la boda, pero no quisieron venir. Envió todavía otros siervos, con este encargo: Decid a los invitados: “Mirad, mi banquete está preparado, se han matado ya mis novillos y animales cebados, y todo está a punto; venid a la boda” (Mt 22, 3-4). Con qué cariño Jesucristo nos ha preparado un lugar en el Cielo. En la casa de mi Padre hay muchas moradas. De lo contrario, ¿os hubiera dicho que voy a prepararos un lugar? Cuando yo me haya marchado y os haya preparado el lugar, de nuevo vendré y os llevaré junto a mí, para que, donde yo estoy estéis también vosotros (Jn 14, 2-3).

El rey no se da por vencido a la primera negativa de los invitados. Insiste. La conversión va precedida de una gracia actual que da gratuitamente Dios. Si el pecador rechaza esta gracia, Dios no está obligado a concederle otra gracia. Si la da, es por su infinita misericordia. El pecador impenitente es como los invitados al banquete de boda que rechazan la invitación. Pero ellos, sin hacer caso, se fueron el uno a su campo, el otro a su negocio; y los demás agarraron a los siervos, los escarnecieron y los mataron. Se airó el rey y, enviando sus tropas, dio muerte a aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad (Mt 22, 5-7). Dios quiere la salvación de todos los hombres, pero respeta nuestra libertad. Si alguien se empecina en el pecado sin arrepentirse no se salva, pero porque él lo ha querido. Y será castigado como los invitaron que rehusaron ir a las bodas del hijo del rey. El rechazo a la invitación por parte de muchos es tan grave que merece un castigo definitivo. Ante la llamada de Dios a la aceptación de la fe y de sus consecuencias, a la conversión, no hay intereses humanos que se puedan oponer razonablemente. No admite excusas.

En estos primeros invitados está representado Israel, pues no sólo ha rechazado el banquete de Dios, su llamada a la salvación, sino que ha maltratado y matado a los siervos que le ha enviado su Señor. Por eso su destino es fatídico. Dios había elegido a Israel para que fuera mediador de la salvación; pero cuando estaba ya todo preparado y envió a su Hijo, los primeros invitados -el Israel más digno- lo rechazaron. Por eso Dios ahora fundará su Iglesia con los despreciados de Israel y con los paganos.

El rechazo de Israel lleva consigo una nueva iniciativa de Dios, que ahora llama a todos los hombres a la Iglesia, nuevo Pueblo de Dios. Entonces dice a sus siervos: “La boda está preparada, pero los invitados no eran dignos. Id, pues, a los cruces de los caminos y, a cuantos encontréis, invitadlos a la boda”. Los siervos salieron a los caminos, reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala de bodas se llenó de comensales (Mt 22, 8-10). Los que responden a la llamada son malos y buenos, y no todos son dignos porque no todos se han convertido el traje de bodas. Este episodio es así una llamada de alerta a quienes ya formamos la Iglesia: el fracaso de Israel señala el nuestro si no nos mostramos dignos de la elección.

Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: “No he venido a llamar a justos sino a pecadores” (Mc 2, 17). Les invita a la conversión, sin la cual no se puede entrar en el Reino, pero les muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de su Padre hacia ellos y la inmensa “alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta” (Lc 15, 7). La prueba suprema de este amor será el sacrificio de su propia vida “para remisión de los pecados” (Mt 26, 28) (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 545).

El Señor acaba la narración de la parábola haciendo referencia al traje de boda. Entró el rey a ver a los comensales, y al notar que había allí uno que no tenía traje de boda, le dice: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?” Él se quedó callado. Entonces el rey dijo a los sirvientes: “Atadle de pies y manos, y echadle a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes”. Porque muchos son llamados, mas pocos escogidos (Mt 22, 11-14). San Gregorio Magno se pregunta y él mismo se responde: ¿Qué debemos entender por el vestido de boda sino la caridad? De modo que entra a las bodas, pero no entra con vestido nupcial, quien, entrando en la Iglesia, tiene fe pero no tiene caridad.

El papa Francisco, comentando esta parábola, dice: La invitación al banquete de bodas tiene tres características: la gratuidad, la generosidad, la universalidad. Son muchos los invitados, pero sucede algo sorprendente: ninguno de los escogidos acepta participar en la fiesta. La bondad de Dios no tiene fronteras y no discrimina a nadie: por eso el banquete de los dones del Señor es universal, para todos. Solamente hay una condición: vestir el traje de bodas, es decir, testimoniar la caridad hacia Dios y el prójimo. Como Dios es remunerador –En pago, mi Dios proveerá a todas vuestras necesidades con magnificencia, conforme a su riqueza en Cristo Jesús (Flp 4, 19)- y no se deja ganar en generosidad, quien vive la caridad recibirá la gloria eterna ganada por Jesucristo. Aconsejaba san León Magno: Que quien distribuye limosnas lo haga con despreocupación y alegría, ya que, cuanto menos se reserve para sí, mayor será la ganancia que obtendrá.

La parábola de los invitados a las bodas ofrece muchas claves para el apostolado y la misión de los cristianos. La invitación a esta fiesta prefigura al deseo divino de la salvación de los hombres. Dios llama a todos al banquete, que es el Reino de los Cielos. Fueron avisados los convidados: Venid a la boda. Los convidados no hicieron caso. Hoy día hay que recordarles a muchos que Dios nos ha creado para el banquete celestial, que es desatino ocuparse de las cuestiones temporales olvidándose de los asuntos de su alma; ya que la riqueza de esta vida, comparada con la felicidad eterna, no es nada. La invitación de Dios exige muchas veces sacrificar intereses humanos y habrá personas que no sean capaces de captar la grandeza de lo que Dios ofrece, pero no por eso los siervos del Señor deben dejar de empeñarse en buscar nuevos invitados porque todavía queda sitio.

No desfallezcamos en el estupendo intento de poner al descubierto las inquietudes espirituales que hay en todas las almas para ofrecerles la satisfacción oportuna. Especialmente en los tiempos actuales, es muy importante enseñar o recordar, a quienes tratamos, que la vida terrena es una etapa transitoria de la existencia humana. Dios nos ha creado para la vida eterna, nos ha destinado a participar de su misma Vida divina, alcanzando así una dicha completa e inacabable (Javier Echevarría, Carta 1.XII.1998).

En la Vida eterna no hay hambres, ni lágrimas, ni achaques, ni vejez, ni muerte, ni llantos, ni noches, ni dolores, ni excesivos fríos, ni excesivos calores. Todo es favorable. Todo es imponente. Todos los sueños del corazón: satisfechos. Todo es gozo: con Dios, con Cristo, con Santa María, con San José, y con nuestro Ángel Custodio, y con todos los amores grandes y nobles que nos han acompañado en este mundo, ¡pero más! Todas las ilusiones de aquí, ¡pero mejor! Las ambiciones santas de acá, ¡pero para siempre! Todo lo que tiene de hermoso la vida, tiene entrada en el Cielo… Y en el Cielo, en un día eterno, se dirá: Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara: celebremos y gocemos con su salvación (Is 25, 9). A Dios, nuestro Padre, la gloria por los siglos de los siglos. Amén (Flp 4, 20).

El Cielo es el único bien que está al alcance de todas las fortunas. Las posibles dificultades que puedan presentarse en la vida no constituyen un obstáculo insalvable ni pueden ser ocasión para perder la paz. El cristiano cuenta con la fortaleza que Dios proporciona. Todo lo puedo en aquel que me conforta (Flp 4, 13), y con la ayuda de la Virgen María para vestir el traje de boda y participar en el banquete que Dios nos ha preparado en el Cielo.