La Pasión del Señor en la Semana Santa de Huelva (XI)

Real e Ilustre Hermandad Sacramental de Nuestro Padre Jesús de la Pasión y María Santísima del Refugio

Por el porche de San Pedro va el “paso” de Nuestro Padre Jesús de la Pasión. Ha salido del templo y empieza la estación de penitencia de la Hermandad de Pasión. Hace más de dos mil año, Jesucristo salió del Pretorio hacia el Monte Calvario. Ahora, en nuestra Semana Santa, el Señor baja del cabezo de San Pedro para recorrer nuestras calles. Tanto en aquel primer Viernes Santo de la historia como hoy, Jesús carga con la Cruz. Entonces, en torno a Él expectación y curiosidad en el gentío, pero principalmente mucho odio en los fariseos y escribas… y bastante maldad en los príncipes de los sacerdotes. Además, demasiadas cobardías y miedos en muchos, e indiferencia y crueldad en los soldados romanos. En medio de tanta animadversión, con improperios y burlas de la plebe, Cristo va subiendo la empinada cuesta hasta el Gólgota. Gente de todo tipo y condición contempla la comitiva, donde van tres reos para ser crucificados. Entre aquella gente estaban algunas mujeres que -con llanto y golpes de pecho- se lamentaban al ver la injusticia que se está cometiendo contra Jesús, víctima inocente que lleva el madero de su suplicio y sufre la pena que el hombre debía padecer. Cuenta san Lucas en su Evangelio:

Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se golpeaban el pecho y lanzaban lamentos por él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que vienen días en los que dirán: “Bienaventuradas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado” Entonces empezarán a decirles a los montes: “Caed sobre nosotros”, y a las colinas: “Cubridnos”; porque, si esto hacen con el leño verde, ¿qué harán con el seco?

El gesto de piedad de las mujeres muestra que, junto con los enemigos de Jesús, iban personas que le querían. Si tenemos en cuenta que las tradiciones judías prohibían llorar por los condenados a muerte, nos percataremos del valor que demostraron las mujeres que rompieron en llanto al ver a Jesucristo cargado con la Cruz. El Señor agradece la compasión y el sollozo de ellas. Jesús deseando elevar su natural compasión al aborrecimiento del pecado, que era la causa de tantos sufrimientos, les dijo aquellas palabras: No lloréis por Mí… Y comentaba san Josemaría Escrivá: El Señor quiere enderezar ese llanto hacia un motivo más sobrenatural, y las invita a llorar por los pecados. Tus pecados, los míos, los de todos los hombres, se ponen en pie. Todo el mal que hemos hecho y el bien que hemos dejado de hacer. El panorama desolador de los delitos e infamias sin cuento, que habríamos cometido, si Él, Jesús, no nos hubiera confortado con la luz de su mirada amabilísima. -¡Qué poco es una vida para reparar!

¿Por qué si Dios es amor y todo lo puede, permite que personas como ellos sufran?, fue la pregunta que una chica filipina hizo al papa Francisco. ¿A quiénes se refería la chica a decir “ellos”? A los “niños de la calle”. Ella y otros adolescentes habían sido “niños de la calle”, pero que afortunadamente habían sido acogidos por una institución benéfica llevada por religiosas. Y, si sorprendente fue la pregunta, más lo fue la respuesta, por su honestidad: Has hecho la única pregunta que no tiene respuesta. Es el misterio del dolor. Muchas veces vemos pasar a nuestro lado el dolor: en algunas ocasiones lo padecemos en nuestra propia carne; en otras, quizá no menos dolorosas, lo sentimos a nuestro alrededor: claro y rotundo. El misterio del dolor. Pero no nos engañemos; no valen los lamentos estériles; sino volver la mirada hacia Jesús, que quiso cargar con el peso de todos nuestros pecados. Es el momento de contemplar a Jesús doliente, que nos invita a purificar ese lamento. A derramar, más bien, las lágrimas por nuestros pecados y por los ajenos. Nos invitan al verdadero consuelo: perdonar a los enemigos, desagraviar por tantas faltas de amor, dar esa ayuda eficaz para que el pecador se arrepienta y vuelva los ojos a Dios. ¡Hijas de Jerusalén!, no contengáis vuestro llanto. Mirad, contemplad al Divino Reo sin parecer ni hermosura.

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En medio de sus tormentos, Jesús piensa en la catástrofe que se cierne sobre Jerusalén. Si el condenado inocente sufría tales tormentos, ¿qué será cuando poco después venga el castigo inevitable, la ruina de aquella ciudad? Si en el leño verde hacen esto, ¿qué se hará en el seco? El árbol verde era Él mismo; el árbol seco era el mundo. Él era el árbol de la vida trasplantado del Edén; el árbol seco era ante todo Jerusalén, y luego el mundo no convertido. Su advertencia significaba que, si los romanos le trataban así a Él, que era inocente, ¿cómo tratarían a Jerusalén, que le había condenado a morir? Si Él estaba ahora tan lastimado por las transgresiones ajenas, ¿cómo serían castigados en el Juicio Final los pecadores por las iniquidades que hubieran cometido? Cuando en la selva se produce un incendio, son ennegrecidos los árboles verdes, con toda su savia y humedad; ¡cuánto más se ennegrecerán y arderán de prisa los árboles viejos y secos, podridos ya por dentro! Si padeció el que no tenía pecado, ¡cuánto padecerán los que están podridos por el pecado! Por eso dijo Jesús a aquellas hijas de Jerusalén -y a nosotros- que lloremos por nosotros mismos, por nuestros pecados.

Es muy significativo que sean mujeres las que se compadecen del Señor. En los Santos Evangelios aparecen varias mujeres. A excepción de Herodías, de su hija y de la criada o sirvienta de la casa del sumo sacerdote Caifás, todas quedan bien, aunque algunas habían sido grandes pecadoras. Repasemos algunas de las mujeres del Evangelio. En la genealogía de Jesús, además de Santa María, se nombran cuatro mujeres: Tamar; Rahab; Betsabé; y Rut. Las cuatro eran extranjeras que, de modo sorprendente, se incorporaron a la historia de Israel, es decir a la historia de la salvación, de la que forman parte hombres y mujeres.

Algunas de ellas -la hemorroísa y la mujer cananea- son alabadas por Jesucristo por su fe; otra -la pobre viuda que echa en el gazofilacio dos pequeñas monedas-, por su generosidad. La suegra de san Pedro, después de ser curada, se pone a servir a Jesús. En las hermanas de Lázaro -Marta y María- sobresale la hospitalidad, y en María, además, el espíritu de contemplación. La madre de los Zebedeos es modelo de mujer que quiere lo mejor para sus hijos, que no era otra cosa que estuvieran junto a Cristo. La mujer de Poncio Pilato reconoce que Jesús es justo. La samaritana, después de su conversión, habla de Jesús a sus conciudadanos. La mujer adúltera es perdonada por el Señor. Igualmente es perdonada la mujer pecadora que en casa de Simón el leproso hizo una obra buena, como fue derramar perfume de gran valor por la cabeza del Señor. No olvidemos a santa Isabel, que saludó a la santa María como la Madre de mi Señor.

Y por encima de todas están la Virgen María y las santas mujeres que estuvieron al pie de la Cruz en el Calvario. En la resurrección del Señor, según el evangelista san Marcos, es María Magdalena la primera mujer a quien se aparece Jesús resucitado. Esa mención no excluye la posibilidad de una aparición previa de Cristo a su Madre. No aparece en los Santos Evangelios que siquiera una mujer pidiera la muerte de Cristo. Sin embargo sí vemos como una mujer pagana intercedió por Él ante Pilato. Y están las mujeres que lloraban al ver a Jesús con la cruz a cuestas. Jesús les ruega que no lloren por Él, ya que su muerte era una necesidad para los hombres.

San Pedro en una de sus cartas escribe: Si el justo a duras penas se salva, el impío y el pecador, ¿dónde irán a parar? Por tanto, incluso los que tengan que sufrir de acuerdo con la voluntad de Dios, que encomienden sus almas al Creador, que es fiel, mediante la práctica del bien. Los que participan de los sufrimientos de Cristo, también participarán de su gloria. Ante el juicio divino nadie puede presentarse seguro. Las duras advertencias de san Pedro recuerdan las de Jesús, camino del Calvario, a las mujeres de Jerusalén. En suma, es indudable que haber padecido por Cristo en esta vida ayuda a afrontar el juicio con mayor confianza.

¡Jesús de la Pasión!, hacia Ti, con tu Cruz a cuestas, se dirigen las miradas emocionadas de los onubenses a verte pasar, solemne y cadencioso, por sus calles entre los balcones de las casas o en medio de las palmeras del Paseo de Santa Fe. Te acompañan con plegarias y rezos, con dolor y contrición. Que nuestra veneración sea desagravio y amor. Y para eso acudimos a Santa María, Madre de misericordia, para compadecernos de los que sufren injusticias, como aquellas mujeres que lloraron al verte pasar camino del Calvario.

La Pasión del Señor en la Semana Santa de Huelva (X)

Posconciliar Hermandad y Seráfica Cofradía de San Francisco de Asís, Nuestro Padre Jesús del Calvario y María Santísima del Rocío y Esperanza

Después de sentenciar a Cristo a morir, Pilato se lo entregó a los judíos para que fuera crucificado. Tomaron, pues, a Jesús, y Él, llevando la Cruz a cuestas, salió hacia el lugar llamado de la Calavera, en hebreo Gólgota. San Juan, testigo de excepción de la Pasión del Señor, es el único de los evangelistas que dice claramente que Jesús llevó la Cruz hasta el Monte Calvario, donde le crucificaron. Los otros tres sólo mencionan la ayuda de Simón de Cirene. La forma de muerte elegida por Pilato fue la que pidieron los judíos, cuando gritaron: ¡Crucifícalo, crucifícalo! La muerte en la cruz era una pena reservada por los romanos a los esclavos y por los delitos más graves. La crucifixión era el suplicio más infamante y doloroso, que provocaba la muerte más horrenda que se podía dar. El reo de muerte estaba obligado a llevar por sí mismo la cruz, el instrumento de su suplicio, hasta el lugar previsto. Era costumbre entre los romanos que la crucifixión se llevase a cabo fuera de la ciudad, pero muy cerca de alguna de sus puertas, a la vera de un camino, de modo que todos pudieran ver al reo y sirviera de escarmiento a los malhechores; y para mostrar más claramente que el condenado era un indeseable. Además, se dejaba los cadáveres de los crucificados varios días en la cruz.

Jesús tomó la Cruz sobre sus hombros, se abrazó a aquel instrumento de suplicio, y a partir de entonces la Cruz dejó de ser símbolo de castigo para convertirse en señal de victoria. En ella está la salvación del género humano, la vida de los creyentes y la futura resurrección de los muertos. Marchaba, pues, Jesús hacia el lugar donde había de ser crucificado, llevando su cruz. Extraordinario espectáculo: a los ojos de la impiedad, grande irrisión; a los ojos de la piedad, gran misterio; a los ojos de la impiedad, la burla de un rey que lleva por cetro el madero de su suplicio; a los ojos de la piedad, un rey que lleva la cruz para ser en ella clavado, cruz que había de brillar en la frente de los reyes; en ella había de ser despreciado a los ojos de los impíos, y en ella habían de gloriarse los corazones de los santos; así diría después San Pablo: No quiero gloriarme sino en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo (San Agustín).

En Cristo cargado con la Cruz ve san Jerónimo, entre otros significados, el cumplimiento de la figura de Abel llevado como víctima inocente y, sobre todo, la de Isaac que carga con la leña del propio sacrificio. La actitud decidida de Cristo ante la Cruz debe llevar al cristiano a imitar en su vida ordinaria el ejemplo del Maestro. Él había dicho a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Y en otro momento dijo: El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama. Y está con Cristo quien procura vivir las benditas exigencias del Evangelio y acepta con docilidad el Magisterio de la Iglesia. Por tanto, no está con Cristo quien defiende el abominable crimen del aborto, o quien es partidario de la eutanasia, que encierra la doble malicia del homicidio y del suicidio; o quien difunde la ideología de género, que contradice la palabra de Dios que está en el relato de la creación del hombre: Creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.

Jesús toma la Cruz. La abraza. Y le pesa. Le abre las heridas de sus hombros llagados. Es Cruz redentora. ¡Qué duro se hacen los pasos por la Vía Dolorosa! En torno a Él se forma un cortejo de curiosos y de gente sin escrúpulos que aprueba la injusticia. Pero, a pesar de su debilidad, avanza sudoroso y sediento, con una sed de amor. Jesús camino del Calvario provoca a todo hombre a decidirse a favor o en contra de Él y de su cruz. Cuando veamos por las calles de Huelva a Nuestro Padre Jesús del Calvario llevando el Santo Madero, no podemos permanecer impasibles ante el Señor que carga con todas nuestras debilidades. Porque la Cruz, que era signo de oprobio, va a ser instrumento de nuestra salvación. Pongamos nuestros ojos en Jesús cargado con la Cruz, pues mirar a Cristo es fuente de amor, facilita la entrega y nos ayuda a vencer las malas inclinaciones. Al contemplar a Jesús oiremos en nuestro interior, una vez más, su invitación constante de acompañarle en el Calvario. Y después, a lo largo de la Vía Dolorosa y a los pies de la Cruz, sentiremos los insultos de la gente y de los jefes, que se ríen de su condición de Rey e Hijo de Dios. Ésta es la vía de Dios, el camino de la humildad. Es el camino de Jesús, no hay otro. Y no hay humildad sin humillación.

No hay cristianismo ni trabajo apostólico fecundo sin cruz. A veces nos quejamos y decimos que nuestra cruz es muy pesada. Y se puede tal vez pensar: ¿a mí qué me sucederá? ¿Cómo será mi cruz? No lo sabemos, pero estará y debemos pedir la gracia de no huir de la Cruz cuando llegue. Cierto, nos da miedo, pero el seguimiento de Jesús acaba precisamente allí. Aprendamos a amar la Cruz, a aceptarla como nuestra herencia, como norma de nuestra vida y a llevarla en silencio, pues solamente, con la ayuda de la gracia de Dios, los santos pudieron soportar tantas pesadas cruces. No es correcto, por tanto, pensar que no podemos con la cruz de cada día. Sí, debemos aceptar nuestra fragilidad, y esta aceptación nos llevará a no confiar en nuestras fuerzas para seguir a Cristo, sino en la gracia, que nos da fuerzas para permanecer en el camino, siguiendo adelante sin rendirnos; y para levantarnos cuantas veces sean necesarias mediante el sacramento de la Reconciliación convirtiéndonos constantemente para continuar siguiendo a Jesús con nuestra cruz.

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La tradición habla del encuentro de Jesús con su Santísima Madre camino del Calvario. Los ojos del Señor ven a su Madre, junto al camino por donde va la comitiva. ¡Con cuánto amor, pena y dolor la Virgen María miró a su Hijo! Y Éste cómo agradeció a su Madre que le acompañara en aquellos momentos. ¿Dónde están sus discípulos? ¿Dónde están todos aquellos que habían recibido el beneficio de su predicación, de sus curaciones y de sus milagros? No se les ve por la Calle de la Amargura. Sin embargo, a Santa María, sí. En este encuentro doloroso se cumplió la profecía que el anciano Simeón hizo a la Santísima Virgen cuando el Niño Jesús fue presentado en el Templo.

La devoción cristiana recoge también la piadosa tradición de que una mujer, llamada Verónica, se acercó al Divino Maestro y le limpió el rostro con un paño. Ella ejecutó con valentía su gesto compasivo, a pesar de la actitud de la gente que, con sus burlas, se mofaba de Jesús. Aquella mujer nos ha dejado un ejemplo maravilloso para que los discípulos del Señor de todos los tiempos -también los de la época actual- sepan vencer los respetos humanos. El dejarse llevar por los respetos humanos, por el qué dirán, no es propio de un buen cristiano. Hay que vencer los respetos humanos y actuar en este mundo neopaganizado de nuestra época tomando siempre una postura coherente con la fe. Es posible que, en ocasiones, no sea lo más cómodo, pero en esas situaciones difíciles no hay que preguntarse qué es lo que será mejor acogido y aceptado por los demás, sino qué es lo mejor, lo que espera el Señor de uno.

El episodio de la Verónica recuerda que, para quienes buscan a Dios con corazón sincero, el semblante maltratado de Jesucristo brilla como motivo de esperanza y salvación. Evoca lo que el Salmista escribió por inspiración del Espíritu Santo: De tu parte me dice el corazón: “Buscad mi rostro”, y yo, Yavé, tu rostro buscaré. Buscar el rostro del Señor supone amar su Humanidad Santísima, que ha padecido tantos por nuestros pecados, hasta identificar con Él los rasgos de nuestra alma.

¡Jesús del Calvario! Naciste en Belén, pero no eras conocido como betlemita por tus coetáneos; fuiste exiliado en Egipto, en la tierra en que tu pueblo sufrió dura esclavitud; viviste en Nazaret, y por eso te llamaron -y te llamamos- el Nazareno; y hay quienes se refirieron a Ti como el Galileo… y moriste en el Monte Calvario, donde con tu muerte en la cruz nos redimiste. Por eso, eres Jesús del Calvario. Y cuando vemos tu encorvada figura bajo el peso del Santo Madero las lágrimas se nos escapan de los ojos por la pena de verte sufrir por nosotros, y de agradecimiento por ese amor que nos tiene que haces que camines hacia el Calvario portando la pesada Cruz para salvarnos.

Domingo VIII del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)

Te desposaré conmigo para siempre, nos uniremos en la justicia y la rectitud, en el amor constante y la ternura. Yo te desposaré conmigo en la fidelidad y conocerás al Señor (Os 2, 21-22). Con estas palabras el profeta Oseas se refiere a la relación de Dios con Israel como de amor esponsal. Este amor exige fidelidad. Fidelidad que Dios siempre cumple. No así Israel que en no pocas veces cae en la idolatría, adorando a otros dioses. Pero es tan grande el amor que el Señor tiene por su pueblo que, a pesar de las infidelidades de Israel, se decide siempre a conquistarlo de nuevo para empezar una etapa de esplendor en sus relaciones.

Yo mismo la seduciré, la conduciré al desierto y le hablaré al corazón. Y desde allí le daré sus viñas y el valle de Acor será puerta de esperanza, allí me responderá como en los días de su juventud, como el día que subió de la tierra de Egipto (Os 2, 16-17). El profeta habla decididamente de Dios y de su pueblo. Evoca con nostalgia la vida del Pueblo elegido durante su peregrinación por el desierto, después de salir de Egipto, como época dorada en la que el Señor era el único Dios para su pueblo.

Israel es el Pueblo de Dios, el pueblo elegido. Y la alianza de Dios con su pueblo es esponsal. El Señor reclama una absoluta exclusividad, pues es el único y exclusivo Dios. No hay más Dios que Él. Esta exclusividad en el amor matrimonial será perpetua. Dios mantendrá la ayuda singular a Israel, que será en amor y misericordia.

Dios eligió a Israel para pueblo suyo, hizo alianza con él y lo fue educando poco a poco. Le fue revelando su persona y su plan a lo largo de la historia y lo fue santificando. Todo esto sucedió como preparación y figura de su alianza nueva y perfecta que iba a realizar en Cristo. En el Nuevo Testamento, el Señor convoca a todas las gentes, judíos y gentiles, para que se unan, no según la carne, sino en el Espíritu. Ahora el Pueblo de Dios es la Iglesia. Todos los hombres están llamados a pertenecer al nuevo Pueblo de Dios.

La Iglesia es el Pueblo de Dios porque Él quiso santificar a los hombres no aisladamente, sino constituyéndolos en un solo pueblo, reunido en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 153). También la unión de Jesucristo con su Iglesia es esponsal. Cristo es el Esposo; la Iglesia es su esposa, a la que Él ama porque la ha comprado con su sangre, la ha hecho hermosa y santa y en adelante es inseparable de Él. Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella para santificarla, purificándola, mediante el lavado del agua con la palabra, a fin de presentársela a sí gloriosa, sin mancha o arruga o cosa semejante, sino santa e intachable (Ef 5, 25‑27).

A diferencia de Israel, la Iglesia ha sido siempre fiel a Cristo, su Esposo. Ha dilatado el reino de Cristo; ha hecho partícipes a todos los hombres de la redención salvadora; proclama la Palabra de Dios sin deformarla lo más mínimo; y orienta verdaderamente todo el mundo hacia Cristo Jesús. Decía san Juan Pablo II: La Iglesia es Pueblo de Dios en camino. Por algo, y no en vano, los primeros cristianos que siguieron a Cristo fueron llamados los “hombres del camino”. La Iglesia, en su recorrido por las sendas de la historia, no deja de afirmar constantemente la presencia de Jesús de Nazaret, ya que en el camino de todo cristiano está presente el misterioso Peregrino de Emaús, que sigue acompañando a los suyos, iluminándolos con su palabra esclarecedora y alimentándolos con su Cuerpo y Sangre, pan de vida eterna.

Cuando le preguntaron al Señor: ¿Por qué los discípulos de Juan y los de los fariseos ayunan y, en cambio tus discípulos no ayunan? Jesús les respondió: ¿Acaso pueden ayunar los convidados a la boda, mientras el esposo está con ellos? Durante el tiempo que tienen al esposo con ellos no pueden ayunar (Mc 2, 18-19). Con esta respuesta, Jesucristo se designa como el Esposo. Por eso la alegría de la Iglesia de saberse siempre acompañada por su Esposo. Sabed que Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28, 20).

La Iglesia es la esposa sin mancha del Cordero inmaculado, a la que Cristo unió consigo en pacto indisoluble. Gran misterio es éste, me refiero a Cristo y a la Iglesia (Ef 5, 32) Por tanto, la Iglesia está unida a Cristo y sumisa a Él por el amor y la fidelidad. Y el amor de Cristo a su Iglesia es el fundamento del amor entre los esposos cristianos. La grandeza y dignidad sobrenaturales del matrimonio cristiano se fundamenta en que éste es una proyección de la unión de Cristo con la Iglesia.

Dios creó al hombre por amor y también lo llama al amor, vocación fundamental e innata de todo ser humano. Habiéndolo creado Dios hombre y mujer, el amor mutuo entre ellos se convierte en imagen del amor absoluto e indefectible con que Dios ama al hombre. Este amor es muy bueno a los ojos del Creador.

El matrimonio constituye una íntima comunidad de vida y amor conyugal, fundada por Dios y provista de leyes propias. Esta comunidad se establece con la alianza del matrimonio, es decir, con un consentimiento personal es irrevocable. La fidelidad matrimonial expresa la constancia en el mantenimiento de la palabra dada.

La Iglesia nos enseña a respetar y promover la maravillosa realidad del matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer, que es, además, el origen de la familia. Por eso, reconocer y ayudar a esta institución es uno de los mayores servicios que se pueden prestar hoy día al bien común y al verdadero desarrollo de los hombres y de las sociedades, así como la mejor garantía para asegurar la dignidad, la igualdad y la verdadera libertad de la persona humana (Benedicto XVI).

El amor matrimonial es donación propia al otro, pero tan íntima y noble, tan leal y confiada, que por una parte exige todo, y por otra excluye a todos. Si se admitiera reservas, provisionalidad, separación, ya no sería verdadero amor, sino habría incertidumbre, temor, sospechas. Jesucristo insistió en la indisolubilidad del matrimonio. La Iglesia sería infiel a su Maestro si no insistiera, como lo hace, en que, quien se divorcia de su compañero o compañera de matrimonio y se casa con otro comete adulterio.

Los fariseos, “para ponerlo a prueba”, plantearon a Jesús la cuestión sobre el divorcio: “Si era lícito a un marido repudiar a la propia mujer”. Y Jesús respondió ante todo preguntándoles lo que decía la ley y explicando por qué Moisés hizo esa ley de ese modo. De la casuística va al centro del problema: “Desde el inicio de la creación; Dios los hizo varón y mujer; por ello el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y los dos serán una sola carne. Así ya no son dos, sino una sola carne”. El Señor eligió precisamente esta imagen para explicar el amor que Él tiene con su pueblo. Un amor grande hasta el punto que aun cuando el pueblo no es fiel, Él habla con palabras de amor. Cuán hermoso es el amor, cuán hermoso es el matrimonio (Papa Francisco). Efectivamente el matrimonio es hermoso. Cristo Jesús le ha restituido a su primitiva dignidad, lo ha honrado y lo ha elevado a la dignidad de sacramento y de misterioso signo de su unión con la Iglesia.

Después de decir el motivo por qué sus discípulos no ayunan, Jesucristo sigue hablando: Nadie echa vino nuevo en odres viejos; pues de lo contrario, el vino rompe los odres, y se pierden el vino y los odres; por eso, el vino nuevo se echa en odres nuevos (Mc 2, 22). El vino nuevo del amor limpio de un hombre y una mujer no se echa en los odres viejos de la cultura de la provisionalidad, del matrimonio a prueba o de la cohabitación durante el noviazgo. Esos odres viejos hacen trizas la vida. Al contraer matrimonio por la Iglesia, ese amor se vierte en odres nuevos, que es ponerse en camino juntos, mano con mano, confiando en la gran mano del Señor. ¡Siempre y para toda la vida! Con esta confianza en la fidelidad de Dios se afronta la aventura de formar una familia.

“Prometo serte fiel, en la prosperidad y en la adversidad…” Los novios (al decirlo) no saben lo que sucederá, no saben la prosperidad o adversidad que les espera. Necesitan la ayuda de Jesús para caminar juntos con confianza, para quererse el uno al otro día a día, y perdonarse cada día. Rezar el uno por el otro. Esto es rezar en familia, y esto hace fuerte a la familia: la oración. Si falta el amor de Dios, también la familia pierde la armonía, prevalecen los individualismos y se apaga la alegría… (Papa Francisco).

Hoy día muchos jóvenes tienen miedo a fracasar en su matrimonio. A estos les dice el papa Francisco: Jóvenes, no tengáis miedo de dar pasos definitivos, como el del matrimonio: profundizad en vuestro amor, respetando sus tiempos y las expresiones, orad, preparaos bien, pero después tened confianza en que el Señor no os deja solos. Hacedle entrar en vuestra casa como uno de la familia: Él os sostendrá siempre.

San Pablo escribe a los cristianos de Corinto: No es que nosotros seamos capaces de pensar algo como propio nuestro sino que nuestra capacidad viene de Dios, el cual también nos hizo idóneos para ser ministros de una nueva alianza (2 Co 3, 5-6).El Apóstol de los gentiles reconoce el poder de la gracia que le hace idóneo para el ministerio que Dios le ha confiado. Igualmente, es la gracia de Dios la que hace que los esposos cristianos vivan su matrimonio conforme al querer divino.

La fuente de esta gracia es Cristo. Pues de la misma manera que Dios en otro tiempo salió al encuentro de su pueblo por una alianza de amor y fidelidad, ahora el Salvador de los hombres y Esposo de la Iglesia, mediante el Sacramento del Matrimonio, sale al encuentro de los esposos cristianos (Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes, 48). Permanece con ellos, les da la fuerza de seguirle tomando su cruz, de levantarse después de sus caídas, de perdonarse mutuamente, de llevar unos las cargas de los otros, de estar sometidos unos a otros en el temor de Cristo (Ef 5, 21) y de amarse con un amor sobrenatural, delicado y fecundo. En las alegrías de su amor y de su vida familiar les da, ya aquí, un gusto anticipado del banquete de las bodas del Cordero.

Y esta confianza la tenemos por Cristo ante Dios (2 Co 3, 4). Confiemos también en Santa María, Madre del Amor Hermoso. Ella, en las bodas de Caná de Galilea intercedió ante su Hijo para que los nuevos esposos no pasaran un apuro, también ahora intercede ante Dios por la santidad de los matrimonios cristianos.

La Pasión del Señor en la Semana Santa de Huelva (IX)

Franciscana Hermandad Sacramental y Cofradía de Nazarenos de Nuestro Padre Jesús de la Sentencia en su Presentación al Pueblo, Nuestra Señora de la Salud y San Francisco de Asís

En casa de Caifás, los judíos habían condenado a muerte a Jesús, pero es el poder romano el que tenía que ratificar la sentencia. Por eso, a pesar de ver en ellos unos usurpadores, recurrieron a Poncio Pilato, que había de dar el consentimiento. Ante el sumo pontífice la acusación era religiosa (ser Hijo de Dios). Ahora ante Pilato es de carácter político: acusan a Jesús de que conspirar contra el César, por decir que es el Mesías. Al gobernador romano no le incumbe intervenir en cuestiones religiosas, pero como la acusación que le presentan contra Jesús afecta al orden público y político, su interrogatorio comienza obviamente con la averiguación de la denuncia fundamental: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Enseguida se da cuenta Pilato de que le han entregado a Jesús por envidia, por rencillas religiosas; de que no ha hecho mal a nadie…, pero no tiene una intención decidida por salvarle, porque eso le comprometería. Es la actitud de tantas personas, que por no darse un mal rato tratan de pactar con el error, con el pecado.

Poncio Pilato quiere congraciarse con los judíos y entrega a Jesús a los soldados para que lo azoten. Para estos es un buen motivo de entretenimiento. Desnudan a Nuestro Señor y lo atan a una columna. Comienzan los azotes sin asomo de piedad: uno tras otro descargan sus golpes hasta quedar exhaustos. Se producen en el Sacratísimo Cuerpo de Cristo desgarrones, sufridos en silencio que no sirve para conmover a aquellos soldados romanos. A la tortura terrible de los latigazos después se unen los ultrajes, llenos de frivolidad, de unos inconscientes. El Señor, Rey de cielos y tierra, al que llaman “Rey de los judíos”, se ve escarnecido con una corona de espinas, con un manto de púrpura. Jesús en silencio sufre el tormento del ridículo. Y así es presentado por el procurador romano: Ecce homo! (aquí lo tenéis, éste es el hombre). Nos lo presenta en forma despreciable, como deshecho de los hombres, y vemos en Él a nuestro Señor. Porque es el Hijo de Dios que va a reinar en un Reino sin ocaso.

Contemplando al Ecce homo no nos limitaremos a esperar, sino que buscaremos el dolor, la penitencia, la expiación de tantos errores de nuestra vida. Cuando tantas personas buscan sólo placeres y goces terrenos, nosotros hemos de poner la luz y la sal de la penitencia cristiana en toda nuestra vida, bien seguros de que así consolamos al Señor, nos identificamos más y más con Él, y contribuimos eficazmente al bien de la Iglesia y del mundo, a la salvación de las almas.

El silencio de Cristo ante las acusaciones injustas y falsas; y en la humillación al ser pospuesto a Barrabás, se convierte cuando está atado en la columna en un dejar hacer completo. Jesús inmóvil, paciente, que no trata de evitar los golpes, es una imagen que hemos de plasmar en nuestra imaginación. Hemos de mirarlo despacio, y nos ayudará a llevar con paciencia el dolor, la enfermedad, los pequeños alfilerazos de cada día. Toda la impenitencia de los corazones endurecidos, la cobardía, la falta de expiación y de amor, rodean al Señor como el hielo, en soledad. Todo lo ha sufrido para salvarnos de nuestros pecados, abriéndonos camino.

La Hermandad de Jesús de la Sentencia en su Presentación al Pueblo, con su estación de penitencia, hace que meditemos las páginas ensangrentadas del Evangelio con la sangre de Dios hecho hombre, y que seamos conscientes de que razón de tanto sufrimiento era la Redención de nuestros pecados. En el “paso” del misterio vemos a Poncio Pilato dictar la sentencia de muerte de cruz para Jesús. En los cuatro evangelios está el proceso judicial contra Jesús en el Pretorio del procurador romano.

Llevaron a Jesús de casa de Caifás al Pretorio. Era el amanecer, y ellos no entraron en el pretorio para no incurrir en impureza y poder comer así la Pascua. Salió Pilato afuera, adonde estaban ellos, y dijo: ¿Qué acusación presentáis contra este hombre? Le contestaron: Si éste no fuera un malhechor, no te lo entregaríamos. Pilato le dijo: Lleváoslo vosotros y juzgadlo según vuestra ley. Los judíos le dijeron: No estamos autorizados para dar muerte a nadie. Y así se cumplió lo que había dicho Jesús, indicando de qué muerte iba a morir. Entró otra vez Pilato al Pretorio, llamó a Jesús y le dijo: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Jesús le contestó: ¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí? Pilato replicó: ¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho? Jesús le contestó: Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí. Pilato le dijo: Entonces, ¿tú eres Rey? Jesús le contestó: Tú lo dices: soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz. Pilato le dijo: Y ¿qué es la verdad? Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia el mediodía. Y dijo Pilato a los judíos: He aquí a vuestro Rey. Ellos gritaron: Fuera, fuera; crucifícalo. Pilato les dijo: ¿A vuestro Rey voy a crucificar? Contestaron los sumos sacerdotes: No tenemos más rey que al César. Si sueltas a ése no eres amigo del César, pues todo el que se hace rey va contra el César. Al ver Pilato que no adelantaba nada, sino que el tumulto iba a más, tomó agua y se lavó las manos ante el pueblo diciendo: Soy inocente de esta sangre; vosotros veréis. Y todo el pueblo gritó: ¡Su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos! Entonces se lo entregó para que lo crucificaran.

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Cuando Cristo dice que ha venido al mundo para dar testimonio de la verdad, Pilato para tranquilizar su conciencia, pregunta al Señor: ¿Qué es la verdad?, pero no espera la respuesta, no le interesa, y antes de que Jesús le responda, se marcha. Tiene miedo a conocer la verdad, a que la verdad le exija más de lo que él quiera dar. Es el prototipo del que no quiere enfrentarse con la verdad. La tragedia de Pilato fue que tenía ante él a la Verdad en la persona de Jesucristo y no fue capaz de reconocerla. Jesucristo es la Verdad que atrae hacia Sí al mundo. La luz irradiada por Jesús es el resplandor de la Verdad. Cualquier otra verdad es un fragmento de la Verdad que es Él y remite a Él. En todas las épocas hay personas hambrientas de la Verdad que Cristo ha traído a la tierra. Pero no faltan quienes -como Pilato- se encogen de hombros ante ella, porque no están dispuestos a afrontar los sacrificios que su búsqueda comporta, ni a aceptar las consecuencias que se deriven de su hallazgo. También hay quienes niegan la verdad y caen en el relativismo, es decir, dejarse “llevar a la deriva por cualquier viento de doctrina”. Y se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus antojos. No debemos caer en la tentación del relativismo. Sólo la Verdad íntegra nos puede llevar a la adhesión a Cristo, muerto y resucitado por nuestra salvación.

Pilato con bastante ironía pregunta a los judíos: ¿A vuestro Rey voy a crucificar?, y ellos, olvidando todas sus esperanzas de sacudir la dominación romana, con la consiguiente renuncia a la libertad, gritaron: No tenemos más rey que el César. Y aquel grito salió de las gargantas de los que odiaban a Roma y que habrían hecho lo imposible por sacudirse su yugo, y, sin embargo, aseguran que no reconocen más rey que el César, en aquellos momentos Tiberio, que les odia, que es un extraño, un idólatra, un incircunciso. ¡Cuántas personas por no aceptar a Cristo se esclavizan de las pasiones más bajas! Renuncian a tener la libertad propia de los hijos de Dios para ser esclavos de Satanás, del pecado y de la muerte.

El gobernador romano, por miedo a perder su posición, a que sea acusado de no ser amigo del César, condena a Cristo a morir en la cruz. Y eso que ha dejado claro por tres veces que Jesús es inocente. Para quedarse tranquilo, se lava las manos. La sentencia más injusta que ha habido en toda la historia de la Humanidad, la sentencia de Pilato, que condena a muerte al Hijo de Dios, fue permitida por Dios Padre a causa de su infinito amor al hombre. Con el gesto de lavarse las manos, Pilato imputa al pueblo la responsabilidad de la muerte de Jesús. La respuesta de los judíos –Su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos- ha de entenderse como rechazo al Mesías, por lo cual Dios da su viña a otro pueblo que produzca frutos dignos. Lo que se perpetró en su Pasión no puede ser imputado indistintamente a todos los judíos que vivían entonces ni a los judíos de hoy. No se ha de señalar a los judíos como reprobados por Dios y malditos, como si tal cosa se dedujera de la Sagrada Escritura (Concilio Vaticano II).

Al entregar Pilato a Jesús a los judíos para que fuese crucificado, no podía alegar que careciese de potestad: momentos antes le había dicho a Cristo que tenía poder para condenarle o soltarle. No está exento de culpa el procurador romano de la crucifixión del Señor, aunque él se lavara las manos diciendo que era inocente de la sangre derramada por Cristo. La culpa de la crucifixión no puede achacarse a una sola nación, raza, pueblo o individuo. El pecado fue la causa de la muerte del Señor en la cruz, y toda la Humanidad estaba infeccionada por el pecado de una manera hereditaria. Tanto los judíos como los gentiles participaron en la culpa.

Poncio Pilato, al dictar la sentencia contra Jesucristo, condenó a un inocente. Judas Iscariote confesó que había entregado “sangre inocente”; el propio procurador repitió varias veces que “no hallaba culpa en Él”; Herodes no le imputó ningún crimen que mereciera la pena capital; Claudia Prócula, la mujer de Pilato, lo tuvo por “hombre justo”; san Dimas, el buen ladrón diría más adelante, desde la cruz, que Él no había hecho nada malo; y el centurión proclamaría finalmente: Verdaderamente éste era Hijo de Dios.

¡Jesús!, Tú sin culpa alguna, reconocida tu inocencia por quien te ha juzgado, en la sentencia más injusta de la historia, has sido condenado. Tu Sangre ha quedado en las manos de quien cedió al odio y al miedo. Esas manchas sangrientas -testimonio de injusticia- por mucho que se laven las manos nunca podrán borrarse. ¡Jesús de la Sentencia, líbrame de cometer injusticias!

La noticia de la condena de Jesús corrió de boca en boca con la velocidad del viento. Y llegó a oídos de Santa María, y su alma quedó anegada en amargura. Procuremos nosotros, ayudados por la Virgen María, consolar a Nuestro Señor aceptando en todo momento la santa Voluntad de nuestro Padre Dios.

Homilía del Domingo II de Cuaresma (Ciclo B)

En el Génesis está la historia de Abrahán. El Señor dijo a Abrán: “vete de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré. De ti haré una nación grande y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre; y sé tú una bendición. Bendeciré a quienes te bendigan y maldeciré a quienes te maldigan. Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra” (Gn 12, 1-3). La llamada de Dios a Abrahán significa el comienzo de una nueva etapa en la relación de Dios con la humanidad, pues la alianza con Abrahán redundará en bendición para todos los pueblos.

Dios promete una descendencia numerosa a Abrahán, siendo éste y su esposa Sara de edad avanzada. El Señor es fiel a su promesa concediendo a Abrahán un hijo de Sara. Y cuando Isaac es ya un adolescente, Dios pide al patriarca que sacrifique a su hijo. Dios puso a prueba a Abrahán y le dijo: “¡Abrahán, Abrahán!” Éste respondió: “Heme aquí”. Entonces le dijo: “Toma a tu hijo, a tu único, al que amas, a Isaac, vete a la región de Moria. Allí lo ofrecerás en sacrificio, sobre un monte que yo te indicaré” (Gn 22, 1-2). Con este mandato, Dios quiere que Abrahán le muestre su fidelidad estando dispuesto a sacrificar su hijo como reconocimiento que éste pertenece a Dios.

El mandato divino parece un contrasentido: Abrahán ya había perdido a Ismael, el hijo que había tenido con la esclava de Sara -Agar- pues el Señor le dijo que expulsara a Agar y su hijo. Aunque esta petición le desagradó mucho, obedeció a Dios. El Señor cuidó de Ismael: Dios estaba con el niño (Gn 21, 20). Ahora Dios le pide la inmolación del hijo que le que queda. Desprenderse del hijo significaba desprenderse incluso del cumplimiento de la promesa que veía realizado en Isaac. A pesar de todo, Abrahán obedece. Su fe no vaciló. Para él, en su vida Dios está en primer lugar.

Llegados al lugar que le había dicho Dios, construyó allí Abrahán el altar, y dispuso la leña; luego ató a Isaac, su hijo, y le puso sobre el ara, encima de la leña. Alargó Abrahán la mano y tomó el cuchillo para inmolar a su hijo. Entonces le llamó el Ángel del Señor desde los cielos diciendo: “¡Abrahán, Abrahán!” Él dijo: “Heme aquí”. Dijo el Ángel: “No alargues tu mano contra el niño, ni le hagas nada, que ahora ya sé que tú eres temeroso de Dios, ya que no me has negado tu hijo, tu único” (Gn 22, 9-12). A Dios le basta ver la intención sincera de Abrahán de cumplir lo que se le pedía. Con ello es ya como si lo hubiera realizado.

El patriarca -comenta san Juan Crisóstomo- se hizo sacerdote del niño y, ciertamente, con el propósito ensangrentó su (mano) derecha y ofreció el sacrificio. Pero por la inefable misericordia de Dios, volvió habiendo recibido al hijo sano y salvo se le atribuye (el sacrificio) a causa de la voluntad, fue rescatado (el hijo) con brillante corona, luchó el combate decisivo, y manifestó en todo la piedad de su intención.

La fidelidad de Abrahán a Dios es premiada. Por mí mismo juro, oráculo del Señor, que por haber hecho esto, por no haberme negado tu hijo, tu único, yo te colmaré de bendiciones y acrecentaré muchísimo tu descendencia como las estrellas del cielo y como las arenas de la playa, y se adueñará tu descendencia de la puerta de sus enemigos. Por tu descendencia se bendecirán todas las naciones de la tierra, en pago de haber obedecido tú mi voz (Gn 22, 16-18).

Isaac es figura de Jesucristo. Su sacrificio constituye un modelo anticipado del sacrificio de Cristo en el Calvario. En efecto, aparece el padre que entrega al hijo; el hijo que se entrega voluntariamente al sacrificio secundando el querer del padre. Igual que Cristo fue al Gólgota llevando la cruz, Isaac sube al monte llevando la leña necesaria para el sacrificio. Por la obediencia de Abrahán y la disposición de Isaac, serán bendecidos todos los pueblos de la tierra. Los Santos Padres han visto en el sacrificio de Isaac prefigurada la Pasión de Cristo, el Hijo Único del Padre.

Haciendo una comparación implícita entre Isaac y Jesucristo, san Pablo ve la culminación del amor de Dios en la muerte de Cristo, cuando escribe: El que no perdonó a su propio Hijo, antes bien lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él todas las cosas? (Rm 8, 32). Si el detener la mano de Abrahán representaba ya una manifestación del amor de Dios, mayor aún es esa manifestación cuando permite la muerte de Jesús como sacrificio expiatorio por todos los hombres.

En los santos evangelios se narra la subida de Jesús al monte Calvario, donde murió crucificado. Allí estaba sin parecer ni hermosura, como un hombre fracasado, abandonado por los suyos e insultado por sus enemigos. Pero también los evangelistas relatan otra subida de Cristo, ésta al monte Tabor con tres de sus discípulos. Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, Santiago y Juan, y los lleva, a ellos solos, aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos, y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo (Mc 9, 2-3). Aquí aparece con el esplendor de su gloria divina. La “luminosidad” que caracteriza este hecho extraordinario simboliza el objetivo: iluminar las mentes y los corazones de los discípulos para que puedan comprender claramente quién es su Maestro. Es un destello de luz que se abre de pronto sobre el misterio de Jesús e ilumina toda su persona y toda su historia.

¿En qué consistió la Transfiguración del Señor? Para poder entender de algún modo este hecho milagroso de la vida de Cristo hay que tener en cuenta que el Señor, para poder redimirnos con su Pasión y muerte, renunció voluntariamente a la gloria de su cuerpo y se encarnó en carne pasible, no gloriosa, haciéndose semejante en todo a nosotros menos en el pecado. En el momento de la Transfiguración, Jesucristo quiere que la gloria que le correspondía por ser Dios, y que su alma tenía desde el momento de la Encarnación, aparezca milagrosamente en su cuerpo. Aprendamos de esa actitud de Jesús. En su vida terrena, no ha querido ni siquiera la gloria que le pertenecía, porque teniendo derecho a ser tratado como Dios, ha asumido la forma de siervo, de esclavo (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 62). Teniendo en cuenta Quién se encarna (la dignidad de la persona y la gloria de su alma), era conveniente la gloria del cuerpo de Jesús. Pero teniendo en cuenta para qué se encarna (la finalidad de la Encarnación), no era conveniente, de modo habitual, dicha gloria. Cristo muestra su gloria en la Transfiguración para movernos al deseo de la gloria divina que se nos dará, y así, con esta esperanza, entendamos que los padecimientos del tiempo presente no pueden compararse con aquella gloria que se ha de manifestar en nosotros (Rm 8, 18).

Se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús. Tomando la palabra Pedro dice a Jesús: “Maestro, qué bien estamos aquí. Hagamos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías” (Mc 9, 4-5). En el Tabor Jesucristo está acompañado por los dos representantes máximos del Antiguo Testamento, de la Ley y los Profetas. En el Cielo, Jesucristo estará rodeado de la multitud de los ángeles y de todos los santos. La Transfiguración fue un cierto anticipo no sólo de la glorificación de Cristo, sino también de la nuestra. El deseo de Pedro de permanecer indefinidamente en el Tabor contemplando la gloria de Jesús se cumplirá para cada uno de nosotros, cuando por la misericordia de Dios lleguemos al Cielo. Por eso, este misterio de la vida del Señor es motivo de esperanza para nosotros.

Esperamos salir siempre victoriosos de las tentaciones y alcanzar el Cielo, no por nuestras propias fuerzas, sino por la virtud de Aquél que nos amado desde toda la eternidad, y que no dudó en entregar a la muerte a su mismo Hijo Unigénito para nuestra salvación. Si Dios está por nosotros ¿quién contra nosotros? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es quien justifica. ¿Quién condenará? ¿Acaso Cristo Jesús, el que murió; más aún el que resucitó, el que está a la diestra de Dios, y que intercede por nosotros? (Rm 8, 32-34).

Es cierto que todavía, mientras vivimos, no hemos alcanzado la salvación, pero tenemos seguridad de que la alcanzaremos precisamente porque Dios no dejará de darnos todas las gracias necesarias para que suceda así: basta que nosotros queramos recibir estos beneficios divinos. Nada de lo que nos pueda ocurrir podrá apartarnos del Señor: ni el temor de la muerte, ni el amor de la vida, ni los ángeles malos, ni los príncipes de los demonios, ni las potestades del mundo, ni los tormentos que nos hacen sufrir, ni aquellos sufrimientos que nos amenazan, ni todo lo más terrible y funesto que pueda sucedernos. Con Dios, junto a Dios no hay nada que temer.

Entonces se formó una nube que les cubrió con su sombra, y vino una voz desde la nube: “Éste es mi Hijo amado, escuchadle” (Mc 9, 7). En el monte Tabor, al igual que ocurrió en el río Jordán cuando Jesús fue bautizado por Juan, una manifestación de la Santísima Trinidad: el Padre en la voz, el Hijo en el hombre, y el Espíritu Santo en la claridad de la nube.

La Transfiguración fue temporal. Una vez acabada, los tres apóstoles mirando en derredor, ya no vieron a nadie más que a Jesús solo con ellos. Y cuando bajaban del monte les ordenó que a nadie contasen lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos observaron esta recomendación, pero se preguntaban qué era lo de “resucitar de entre los muertos” (Mc 9, 8-10). Sin embargo la gloria del Cielo es eterna.

Pedro, Santiago y Juan como judíos piadosos que eran creían en la resurrección de los muertos, pues esta verdad está revelada en el Antiguo Testamento. Sin embargo, no eran capaces de entender la verdad profunda de la Muerte y Resurrección del Señor, porque sólo consideraban el aspecto glorioso y triunfador del Mesías, a pesar de que también estaban profetizados sus sufrimientos y su muerte. De ahí las disquisiciones de los tres apóstoles que no se atreven a preguntar directamente al Señor por su Resurrección.

En cierta ocasión, una mujer, oyendo en una iglesia que el predicador hablaba del sacrificio de Abrahán, comentó: Dios no habría pedido ese sacrificio a una madre. Y, sin embargo, lo pidió a la Madre de su Hijo, y Ella, llena de la fe de Abrahán, ofreció generosamente a Dios a su Hijo crucificado, porque creía que la Cruz sería signo de la historia de la salvación y que aparecería en el cielo para concluir victoriosamente esa historia. Agradezcamos a Santa María su aceptación en el sacrificio redentor de su Hijo, a la vez que le pedimos que nos consiga del Cielo la gracia de transfigurarnos en otro Cristo, dando muerte al “hombre viejo” que llevamos.

La Pasión del Señor en la Semana Santa de Huelva (VIII)

Real, Ilustre, Venerable y Capitular Hermandad Sacramental de Nuestra Señora de la Merced y Cofradía de Nazarenos de Nuestro Padre Jesús de las Cadenas, Santísimo Cristo de Jerusalén y Buen Viaje y María Santísima de los Dolores

Del templo catedralicio inicia su recorrido la procesión de la Hermandad de Jesús de las Cadenas, conocida por la de los Judíos. En el “paso” del Señor vemos a Cristo encadenado. El misterio representa los momentos posteriores a la coronación de espinas, en concreto, la burla de la soldadesca. A los sufrimientos físicos se une la humillación, el deshonor de padecer un tormento reservado a los esclavos; las befas e injurias del populacho, el desamparo y la ausencia de todo consuelo o ayuda por parte de los parientes o amigos más próximos, que la guardia se encarga de impedir sin contemplaciones. En el caso de Jesús, ese cúmulo de sufrimientos -siendo tan grande- no es comparable con la amargura que le supone cargar con todos los pecados de la Humanidad. En años anteriores, en el “paso” del Señor estaba representada la flagelación de Cristo, en presencia de los autoridades religiosas del pueblo judío. Espectáculo el más horrendo que el mundo vio, ni jamás verá: los hombres azotando al Hijo de Dios, a la vista de su eterno Padre y de todos los ángeles del Cielo, sin que haya nadie que se lo estorbe (Luis de Palma).

El procurador romano, Poncio Pilato, por un lado, no está dispuesto a consentir la condena de un inocente; pero, a la vez, desea contentar a la muchedumbre y evitar de este modo una posible revuelta. Por eso, busca una vía intermedia y propone a los judíos: Después de castigarle, lo soltaré. No hay lógica alguna en estas palabras, pues ¿qué motivo existe para castigar a un hombre del que se acaba de reconocer su inocencia? Cadenas de Jesús en el Pretorio. Merced a esas ataduras a la columna y a la sangre derramada en la flagelación, Jesús, que es la Verdad hecha Persona, nos hace libres, rompe las cadenas de la esclavitud del pecado.

La flagelación era un suplicio tremendo. La costumbre romana -y así parece que obraron con Jesús- consistía en utilizar un terrible instrumento, un flagelo en el que las correas terminaban en bolas de plomo y puntas de metal. No había un límite al número de azotes. Muchos de los que la sufrían morían durante el suplicio o a causa de él; en cualquier caso, cuando era ejecutada sistemáticamente, como ocurrió en el caso de Jesús, causaba gravísimas lesiones y dejaban al reo tan debilitado que era prácticamente incapaz de moverse luego por sí mismo. Al contemplar esta escena de la Pasión del Señor, se ve a Jesús atado a la columna. Lleno de llagas. Suena el golpear de las correas sobre su carne rota, sobre su carne sin mancilla, que padece por tu carne pecadora. -Más golpes. Más saña. Más aún… Es el colmo de la humana crueldad. Al cabo, rendidos, desatan a Jesús. -Y el cuerpo de Cristo se rinde también al dolor y cae, como un gusano, tronchado y medio muerto. Tú y yo no podemos hablar. -No hacen falta palabras. -Míralo, míralo… despacio. Después… ¿serás capaz de tener miedo a la expiación? (San Josemaría Escrivá).

Después de la flagelación Cristo aparece hecho un guiñapo. Tal como había profetizado Isaías, su aspecto parecía sin apariencia humana, y en una forma despreciable entre los hijos de los hombres. No hay buen parecer en él, ni hermosura; le hemos visto, y nada hay que atraiga nuestros ojos. Despreciado, el deshecho de los hombres, varón de dolores, experimentado en el sufrimiento, y su rostro cubierto de vergüenza y afrentado; por lo que no hicimos ningún caso de él. Leamos el relato evangélico.

Pilato le preguntó a Jesús: ¿Qué es la verdad? Y después de decir esto, se dirigió otra vez a los judíos y les dijo: Yo no encuentro en él ninguna culpa. Vosotros tenéis la costumbre de que os suelte a uno por la Pascua, ¿queréis que os suelte al Rey de los judíos? Entonces volvieron a gritar: ¡A ése no, a Barrabás! Barrabás era un ladrón. Entonces Pilato dijo: Después de castigarle, lo soltaré. Tomó a Jesús y mandó que lo azotaran. Después de la flagelación los soldados del procurador lo condujeron dentro del patio, es decir, el Pretorio, y convocaron a toda la cohorte. Le desnudaron, lo vistieron con una túnica roja y le pusieron una corona de espinas que habían trenzado, y en su mano derecha una caña; y se burlaban diciendo: Salve, Rey de los Judíos. Y le golpeaban en la cabeza con una caña, le daban bofetadas, le escupían e hincando las rodillas se postraban ante él. Después de reírse de él, le despojaron de la túnica y le colocaron sus vestiduras.

*****

La soldadesca, después de la flagelación, tomó a Jesús como objeto de sus burlas. Y como lo acusaban de que se hacía pasar por rey, lo coronaron y lo vistieron como tal. La coronación de espinas no formaba parte de la pena legal prevista, sino que los mismos soldados, llevados por su crueldad y afán de burlas, la añadieron por su cuenta. El Evangelio describe con escueta sobriedad la entrega sin resistencia de Jesús a los tormentos y al ridículo. Los hechos hablan por sí solos. Jesús toma sobre Sí, por amor al Padre y a toda la Humanidad, el castigo que los hombres merecen por sus pecados. En el corazón de cada uno de los redimidos debe brotar, generosamente, el agradecimiento a Jesucristo y, junto con el agradecimiento, el dolor de sus pecados, el amor, los deseos de sufrir en silencio junto a Jesús, el ansia de reparar los propios pecados y los de los demás, y el propósito de nunca más pecar.

¡Jesús de las Cadenas! Lágrimas amargas humedecen mis ojos al verte con el cuerpo ensangrentado. Esas heridas en tu carne inocente por mis pecados fueron causadas. Por eso, Señor, quiero desagraviarte una vez más -y siempre- por la corona de espinas, por los latigazos, por las bofetadas, por los salivazos, por la cruz… por mis pecados.

La figura doliente de Jesús, flagelado y coronado de espinas, con una caña por cetro y un viejo manto de púrpura sobre sus hombros, ha quedado como símbolo vivo del dolor humano. Jesús tomó sobre sí todo el sufrimiento humano, confiriéndole un valor nuevo. Por eso los cristianos que viven en situaciones de enfermedad, de dolor, de vejez, no están invitados por Dios solamente a unir su dolor a la Pasión de Cristo, sino también a acoger ya ahora en sí mismos y a transmitir a los demás la fuerza de la renovación y la alegría de Cristo resucitado. Tienen en sus manos un gran tesoro con el cual pueden hacer mucho bien a los demás. La aceptación en la fe de cualquier sufrimiento humano puede convertirlo en una participación personal en el sufrimiento sacrificial y expiatorio de Cristo. El mismo Cristo continúa su Pasión en el hombre que sufre. El sufrimiento es el camino obligado de la salvación y de la santificación. Para ser santos, podemos carecer de este o aquel carisma, de esta o aquella actitud especial; pero no se puede dispensar del sufrimiento. Sufrir es un ingrediente necesario de la santidad. Como lo es el amor. Y de hecho, el amor que Cristo nos enseña y que Él vivió primero, dándonos ejemplo, es un amor… que expía y salva a través del sufrimiento. Puede haber amor sin sufrimiento. Pero el sufrimiento sin el amor no tiene sentido. Con el amor, aceptado como lo aceptó Cristo, el sufrimiento adquiere un valor inestimable (San Juan Pablo II).

El evangelista san Juan sitúa el episodio de la coronación de espinas en el centro de la narración acerca de lo ocurrido en el Pretorio. Con ello pone de relieve que en la coronación de espinas resplandece la realeza de Cristo: aunque aquellos soldados romanos sólo de modo burlesco le aclamen como Rey de los judíos, el Evangelista nos da a entender que Jesucristo verdaderamente es rey. Cristo, revestido con las insignias reales para aquella trágica parodia, hace vislumbrar su grandeza y majestad. Él es realmente Rey de reyes. Digno es el Cordero que ha sido sacrificado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fortaleza, el honor, la gloria y la bendición. Sí, la realeza le pertenece a Cristo. Es significativo que durante su pasión apareciera con los atributos de la realeza -cetro, corona y manto de púrpura- y que la causa de su condena fuera la de ser rey.

El título y poder de rey pertenecen por derecho propio a Jesucristo, como Dios y como Hombre. Es también rey por derecho de conquista en cuanto es el libertador de toda la Humanidad redimida con su Sangre. La oración colecta de la Misa de la fiesta de Cristo Rey expresa con claridad la liberación del pecado: …haz que toda la creación, liberada de la esclavitud del pecado, sirva a tu majestad y te glorifique siempre. Cristo es rey. Es Rey de las almas y de las conciencias, de las inteligencias y de las voluntades, Cristo lo es también de las familias y de las ciudades, de los pueblos y de las naciones. Se ve en el mundo del principio del siglo XXI que se organiza la vida social como si Dios no existiese, y se engendra de esta forma la apostasía de las masas. También en esta época, en estos inicios del tercer milenio, hay personas que dicen: No queremos que reine Cristo. Pero los cristianos, discípulos del Maestro, quieren que Cristo esté en el centro de su corazón, en su vida, pues saben que su Reino es de la verdad y la vida; de la santidad y la gracia, de la justicia, el amor y la paz.

Ya en la noche, Nuestro Padre Jesús de las Cadenas regresa a su barrio de La Merced. Hemos contemplado en la estación de penitencia de su Hermandad esa imagen suya. ¡Cómo estaría aquel divino rostro: hinchado con los golpes, afeado con las salivas, rasguñado con las espinas, arroyado con la sangre, por unas partes, reciente y fresca, y por otras, fea y ennegrecida! Pero, como enseña un Padre de la Iglesia, sus oprobios han borrado los nuestros, sus ligaduras nos han hecho libres, su corona de espinas nos ha conseguido la diadema del Reino, y sus heridas nos han curado (San Jerónimo).

La Pasión del Señor en la Semana Santa de Huelva (VII)

Real, Antigua, Ilustre y Fervorosa Hermandad del Sagrado Corazón de Jesús y Cofradía de Nazarenos de Nuestro Padre Jesús de la Humildad despreciado de Herodes, María Santísima de la Victoria Coronada y San Juan Evangelista

Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, dijo Jesús a las multitudes que le seguían. Todos los años, en la estación de penitencia de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús de la Humildad despreciado de Herodes, Cristo nos invita a fijarnos en Él para que seamos humildes. Toda su vida es un ejemplo de humildad. Humildad en Belén, donde tuvo por cuna un pesebre, Él que pudo elegir el lugar donde nacer; humildad también en Nazaret, donde pasa por uno más de los habitantes de aquella pequeña aldea, Él que es Señor de todo lo creado; humildad en su vida pública, pues fue predicando el Reino de los cielos con mansedumbre, Él que es el único que tiene palabras de vida eterna; humildad en su entrada en Jerusalén el día de Ramos, montado en un borrico, Él que por ser Rey del universo podía haber elegido otro trono; humildad en la Pasión, donde es tratado como un malhechor, Él que es la Inocencia; y humildad en el Sagrario, donde está a nuestra disposición, escondido en las especies eucarísticas, Él que es Pan de vida.

San Pablo nos dice: Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús, el cual, siendo de condición divina, no consideró como presa codiciable el ser igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres; y, mostrándose igual que los demás hombres, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. El Hijo de Dios se hace hombre -toma la forma de siervo- dándonos un ejemplo maravilloso de humildad. Sin embargo, hoy día vemos que la pretensión de nuestros primeros padres -Adán y Eva- de querer ser como Dios continúa siendo actual. Ha prendido en la mentalidad moderna la idea de que el hombre ha llegado a una madurez tal que ya no necesita de Dios. El mismo hombre se ha convertido en su propio dios. ¡Pura soberbia! Los seguidores de este pensamiento verdaderamente herético ven al mundo contemporáneo como un mundo en el cual el hombre puede vivir sin apoyarse en Dios, y cuando Dios no es necesario es como si Dios hubiera muerto. Esta elucubración verdaderamente disparatada tiene una cierta influencia en el comportamiento de muchos hombres, dando paso a la secularización, entendida ésta como una comprensión atea del mundo y de la sociedad. En nuestros días vemos como hay quienes viven como si Dios no existiera, han marginado de sus vidas a Dios. Las consecuencias son nefastas.

En el “paso” del misterio de Jesús de la Humildad vemos la representación del pasaje evangélico de Jesús ante Herodes Antipas. Cristo recibe la humillación de ser considerado como un demente, se ríen de Él. ¡Cuánta humildad la de Nuestro Señor! Le pusieron un vestido blanco como se solía poner a los locos, cuando fue despreciado por el incestuoso reyezuelo. Su silencio manifiesta humildad. Con su actitud, el Señor nos pone en guardia frente a la autosuficiencia y la soberbia, como queriendo recordarnos que sentirse marginado, humillado, es la senda de la humildad. Leamos el relato del Evangelio.

Pero ellos (los enemigos de Cristo) insistían diciendo: Solivianta al pueblo, enseñando por toda Judea, desde Galilea, donde comenzó, hasta aquí. Al oír esto, Pilato preguntó si aquel hombre era galileo. Y, al saber que era de la jurisdicción de Herodes, le remitió a Herodes, que por aquellos días estaba también en Jerusalén. Cuando Herodes vio a Jesús se alegró mucho, pues hacía largo tiempo que deseaba verle, por las cosas que oía de él, y esperaba presenciar alguna señal que él hiciera. Le preguntó con mucha palabrería, pero él no respondió nada. Estaban allí los sumos sacerdotes y los escribas acusándole con insistencia. Pero Herodes, con su guardia, después de despreciarle y burlarse de él, le puso un espléndido vestido y le remitió a Pilato. Aquel día Herodes y Pilato se hicieron amigos, pues antes estaban enemistados.

*****

El tetrarca de Galilea, Herodes Antipas, solía subir a Jerusalén por las fiestas de Pascua y se hospedaba en el palacio de los Asmoneos, en el centro de la ciudad. Pilato, al enviarle a Jesús, intenta desentenderse de un pleito enojoso y negociar una amistad útil para su carrera política. Y a aquel palacio donde estaba la corte de un rey lujurioso fue conducido Jesús. Y ante esa corte de corrupción, vicios, crímenes y bailes, donde el precio de una danza, la paga de una bailarina, fue la cabeza de un santo, compareció Cristo por ser de la jurisdicción de Herodes.

La actitud del Señor ante Herodes Antipas va a ser muy distinta de la que tiene con Pilato. Herodes era un hombre supersticioso, sensual y adúltero. A pesar de su estimación por Juan el Bautista, lo había mandado decapitar atendiendo los ruegos de la hija de Herodías. Ahora intenta servirse de Jesús para su diversión y entretenimiento. Quiere verle como quien desea presenciar una sesión de magia. Mucha locuacidad en el rey, y Jesús calla. Desencanto en Herodes. Jesús no contesta a sus preguntas hechas con palabrería aduladora. La postura del Salvador es de sencillez y grandeza y, por otra parte, de severidad. Su silencio elocuente es el castigo ejemplar para este tipo de conductas. Herodes reacciona poniendo al Señor un vestido blanco en señal de burla.

En el misterio del “paso” del Señor vemos a Herodías al lado del tetrarca. No quiso perderse el espectáculo que Herodes le había asegurado que vería. Y Cristo está de espaldas a la incestuosa pareja. Jesús en Caná de Galilea asistió a una boda para santificar el amor humano y para felicitar a los recién casados; y con su presencia bendijo la unión entre un hombre y una mujer, sellado con el matrimonio. Y el mismo Jesús en el palacio de los Asmoneos, no sólo no dijo palabra alguna sino que tampoco puso su mirada en aquel hombre y en aquella mujer corrompidos por la lujuria, les da la espalda.

Las dos actitudes de Jesucristo, la de Caná de Galilea y la del palacio de Herodes, encierran una enseñanza sobre la virtud de la castidad y el matrimonio. Y es necesario referirnos a esta enseñanza, pues en nuestros días se habla mucho de ecología, de la purificación del ambiente físico, de los peligros de la contaminación. Pero, sin embargo, pocos son los que se preocupan de una ecología moral, donde el hombre pueda vivir como hombre y como hijo de Dios. Y en un ambiente permisivo y claramente agresivo como es el que se respira en la sociedad actual, en el que no rara vez se ridiculiza la virtud de la castidad a través de medios audiovisuales y de comunicación, con programas corruptores que dañan claramente las imágenes de la familia, de la bondad de la sexualidad humana y de la fidelidad matrimonial, no hay más remedio que afirmar claramente que la castidad protege al amor humano y señala el camino recto para que el individuo coopere libremente en el plan de la creación, usando de la facultad de engendrar que ha recibido de Dios siempre dentro del matrimonio. Sí, hay que resaltar la nobleza del sexo. Sólo un corazón limpio puede amar plenamente a Dios. Sólo un corazón limpio puede llevar plenamente a cabo la gran empresa de amor que es el matrimonio. Sólo un corazón limpio puede servir plenamente a los demás. No dejéis que destruyan vuestro futuro. No os dejéis arrebatar la riqueza del amor. Asegurad vuestra fidelidad, la de vuestras futuras familias, que formaréis en el amor de Cristo (San Juan Pablo II).

Por el lado contrario, la lujuria hace que el hombre quede de tal manera sujeto a los caprichos de la pasión que rebaja su dignidad racional a la de un simple bruto incapaz de dominar el instinto. Además, por la lujuria, el hombre mancha y pervierte su propio cuerpo, reduciéndolo a simple instrumento de placer. Y, sobre todo, infringe un mandato positivo de Dios y frustra la voluntad divina que a todos llama a hacer de su cuerpo un templo del Espíritu Santo y un miembro vivo del Cuerpo Místico de Cristo. San Pablo, refiriéndose a la impureza, escribió: Las obras de la carne son manifiestas, las cuales son adulterio, fornicación, deshonestidad, lujuria, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, enojos, riñas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, embriagueces, glotonerías y cosa semejantes. Sobre las cuales os prevengo, como ya tengo dicho, que los que tales cosas hacen no alcanzarán el reino de Dios.

Herodes y Pilato se hicieron amigos. En la Escritura estaba profetizado del Mesías: Se han levantado los reyes de la tierra, y se han reunido los príncipes contra el Señor y contra su Cristo. Estas palabras la vieron cumplidas los Apóstoles en el acuerdo entre el procurador romano y el tetrarca de Galilea: Porque verdaderamente se han reunido en esta ciudad (Jerusalén) contra tu santo Hijo Jesús, a quien ungiste, Herodes y Poncio Pilato con los gentiles y las tribus de Israel, para hacer lo que tu mano y tu consejo decretaron que se hiciese. Y pueden verse cumplidas a lo largo de la historia en los ataques que sufre la Iglesia. ¿Lo veis? Nada nuevo. Se oponían a Cristo antes de que naciera; se le opusieron, mientras sus pies pacíficos recorrían los senderos de Palestina; lo persiguieron después y ahora, atacando a los miembros de su Cuerpo místico y real (San Josemaría Escrivá).

¡Jesús de la Humildad!, haz que la siembra de humildad que has realizado en nosotros durante la estación de penitencia dé el fruto que Tú esperas. Y te pedimos por la limpieza de nuestros corazones -condición indispensable para gozar de la visión de Dios-; la inocencia de las almas de los niños; la pureza de los jóvenes; y el amor siempre fiel de los esposos.

Domingo VII del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)

Si he borrado tus crímenes, y no he querido acordarme de tus pecados, ha sido únicamente por amor a mí mismo (Is 43, 25). El profeta Isaías se refiere a los pecados de Israel, y cómo éstos son borrados por Dios. Queda manifiesta la infinita misericordia de Dios. Todo pecado es rechazo del amor paterno de Dios, ofensa a Dios, desagrada a Dios. Pusiste sobre mí la carga de tus pecados, y me cansaste con tus iniquidades (Is 43, 24). El misterio de la Redención está, en su misma raíz, unida de hecho con la realidad del pecado. La salvación de la que habla la divina Revelación es, ante todo, la liberación del pecado.

El sacrificio de la Cruz nos hace comprende la gravedad del pecado. Dios ama a su criatura, al hombre, y aunque le ofenden profundamente los pecados, no por eso deja de amarle. Lo ama también en su caída y no lo abandona así mismo. Lleva su amor hasta el extremo de entregar a su Hijo al sacrificio redentor del Calvario. Cristo lleva sobre sí los pecados de toda la humanidad. La misericordia de Dios es tan grande, que el mismo Dios se hace Niño en Belén, Pan en el Sagrario y Reo en la Cruz, para que el hombre alcance su salvación.

Jesucristo vino a la tierra para quitar el pecado del mundo. En el Evangelio aparecen constantes referencias al pecado y al perdón del Señor. En la parábola del hijo pródigo, cuando el hijo que se había marchado de la casa paterna vuelve a su casa y dice: Padre, he pecado contra el Cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo (Lc 15, 21), el padre lo acoge de nuevo y le perdona, sin echarle en cara su mal comportamiento. En Cafarnaún, cuando ponen delante de Jesús a un paralítico, lo primero que le dice el Señor a aquel hombre que yace en la camilla es: Tus pecados te son perdonados (Mt 9, 2). Estando Jesús invitado a comer en casa de un fariseo llamado Simón, una mujer pecadora le ungió los pies con perfume. El fariseo se decía a sí mismo: Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, pues es una pecadora (Lc 7, 39). El Señor, conociendo lo que estaba pensando Simón, le dijo refiriéndose a la mujer pecadora: Le son perdonados sus muchos pecados, porque ha amado mucho (Lc 7, 47). En la escena de la mujer adúltera, Cristo les dijo a los que le habían aquella mujer: El que de vosotros esté sin pecado que tire la piedra el primero (Jn 8, 7). Y después, dirigiéndose a la mujer, le dijo: Tampoco yo te condeno; vete y desde ahora no peques más (Jn 8, 11). En el mismo día de su Resurrección, Jesucristo transmite a los Apóstoles el poder de perdonar los pecados: A quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos (Jn 20, 23).

El evangelista san Juan escribió: Si dijéramos que no tenemos pecado, nos engañaríamos a nosotros mismos y la verdad no estaría en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es Él para perdonarnos y limpiarnos de toda iniquidad (1 Jn 1, 8-9). Todos estamos necesitados de misericordia. La misericordia de Jesús ¡es una fuerza que da vida, que resucita al hombre! No es sólo un sentimiento, es la verdadera fuerza que puede salvar al hombre y al mundo del “cáncer” que es el pecado, el mal moral, el mal espiritual.

Fijémonos en el pasaje evangélico del paralítico de Cafarnaún. Está en una casa Jesús predicando, anunciando la llegada del Reino de Dios, ante un gentío, y le vienen a traer a un paralítico llevado entre cuatro. Al no poder presentárselo a causa de la multitud, abrieron el techo encima de donde él estaba y, a través de la abertura que hicieron, descolgaron la camilla donde yacía el paralítico. Viendo Jesús la fe de ellos, dice al paralítico: “Hijo, tus pecados te son perdonados” (Mc 2, 3-5). Es de resaltar la relación entre la fe y el perdón de los pecados. Los que llevan al paralítico muestran la fe que tenían en Cristo, y el Señor movido por ello perdona los pecados del enfermo. El paralítico y quienes lo llevan piden a Jesús la curación del cuerpo. Reconocen en el Señor que tiene poderes sobrenaturales para hacer milagros. Pero Cristo se interesa más por la salud del alma y pone remedio perdonando los pecados.

El paralítico simboliza al pecador que yace en el pecado, a todo hombre al que los pecados impiden llegar a Dios. Los que llevan la camilla representan a los que con sus consejos conducen al pecador hacia Dios. ¡Qué grande es el Señor, que por los méritos de algunos perdona a los otros, y mientras alaba a los primeros absuelve a los segundos! Aprende, tú que juzgas, a perdonar; aprende, tú que estás enfermo, a implorar perdón. Y si la gravedad de tus pecados te hace dudar de poder recibir el perdón, recurre a unos intercesores, recurre a la Iglesia, que rezará por ti, y el Señor te concederá, por amor a Ella, lo que a ti podría negarte (San Ambrosio).

Cristo perdona los pecados del paralítico. La pregunta que se hacen los escribas –¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios? (Mc 2, 7)- es lógica. Si los pecados son ofensa a Dios, sólo éste puede perdonarlos. Y precisamente, porque Jesucristo es Dios perdona los pecados. Además, transmitió este poder de perdonar los pecados a su Iglesia, instituyendo el sacramento de la Penitencia. Conociendo Jesús en su espíritu lo que ellos pensaban en su interior, les dice: “¿Por qué pensáis así en vuestros corazones?” (Mc 2, 8). Aquí se manifiesta la divinidad de Nuestro Señor: perdona los pecados; conoce por Sí mismo la intimidad del corazón humano -sabe lo que los escribas pensaban en su corazones (Mc 2, 6)-, y tiene poder para curar al instante las enfermedades corporales. Para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados -dice al paralítico-: A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”. Se levantó y, al instante, tomando la camilla, salió a la vista de todos (Mc 2, 10-12). Sólo el amor puede hacer esto, y ésta es la alegría de Dios. Jesús es todo misericordia, Jesús es todo amor: es Dios hecho hombre. Por eso curó a aquel hombre de las dos parálisis: la del cuerpo, que le impedía andar; y la espiritual por la cual no podía retornar a Dios.

Nuestro Señor Jesucristo ejerció el poder de perdonar los pecados y, por su infinita misericordia, quiso extenderlo a su Iglesia, transmitiéndolo a los Apóstoles y a sus sucesores en el ministerio sacerdotal. Los sacerdotes ejercitan el perdón de los pecados en el sacramento de la Penitencia no en virtud propia, sino que actuando en nombre de Cristo –in persona Christi- son instrumentos en manos del Señor. Con los ojos de la fe, en el sacerdote debemos ver a Cristo mismo, a Dios, y recibir las palabras de la absolución con la fe firme de que es el propio Jesús quien las dice por boca del sacerdote. Por esta razón, el ministro del sacramento de la Reconciliación no dice: Cristo te absuelva… sino yo te absuelvo de tus pecados…, en primera persona, en una identificación plena con el mismo Jesucristo.

La confesión es el sacramento de la alegría. No solamente porque el penitente siente gozo al recobrar la gracia de Dios, sino también por la alegría que tiene Dios cuando uno de nosotros pecadores va a Él y pide su perdón. Yo os digo que en el Cielo será mayor la alegría por un pecador que haga penitencia que por noventa y nueve justos que no necesitan penitencia (Lc 15, 7). También es el sacramento de la misericordia. ¿Habéis visto una manifestación más grandiosa de la misericordia de Nuestro Señor? Dios Creador nos lleva a llenarnos de admiración y de agradecimiento. Dios Redentor nos conmueve. Un Dios que se queda en la Eucaristía, hecho alimento por amor nuestro, nos llena de ansias de corresponder. Un Dios que vivifica y da sentido sobrenatural a todas nuestras acciones, asentado en el centro del alma en gracia es inefable… Un Dios que perdona, ¡es una maravilla! (San Josemaría Escrivá).

Antes de la Última Cena, Jesucristo lavó los pies a sus Apóstoles. Él, en el sacramento de la Penitencia, lava nuestra alma, con el baño de su amor, que tiene la fuerza purificadora de limpiarnos de la impureza y de la miseria. Lava nuestros pies sucios, para que podamos ser admitidos a la mesa de Dios, para hacernos dignos de sentarnos a su mesa, algo que por nosotros mismos no podríamos ni deberíamos hacer jamás (Benedicto XVI).

¿Cuál es la mesa del Señor? Podemos referirnos a la mesa del banquete eucarístico, donde recibimos el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Para acercarse a comulgar hay que estar limpios. Nunca nadie podrá recibir la Comunión con toda la dignidad que el Señor se merece, pero Cristo instituyó la Eucaristía para que pudiéramos recibirle a pesar de nuestras miserias y flaquezas, siempre que se tenga el alma limpia de pecados mortales. La Iglesia dice: Quien tenga conciencia de hallarse en pecado grave, no celebre la Misa ni comulgue sin acudir antes a la confesión sacramental (Código de Derecho Canónico, c. 916).

Volvamos al Cenáculo. Después del breve diálogo de san Pedro con el Señor sobre si debía o no lavarle los pies, el Señor dijo: Vosotros estáis limpios, aunque no todos (Jn 13, 10). La excepción era Judas Iscariote. Éste no estuvo presente cuando Jesucristo instituyó la Eucaristía, porque el evangelista san Juan dice: Aquél, (Judas) habiendo tomado el bocado, salió enseguida. Era de noche (Jn 13, 30). Los otros once sí estaban limpios y recibieron sacramentalmente el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

También el Cielo suele representarse como un banquete, al cual hay que acudir vestido con el traje de fiesta. Por tanto, también es necesario -si se ha tenido la desgracia de pecar gravemente- purificarse en la Confesión para participar del banquete celestial. Preguntémonos: ¿Me confieso lo antes posible después de haber ofendido a Dios? ¿Me acerco a la Sagrada Comunión lo más limpio posible, con el alma en gracia?

Ir a confesarse es ir a encontrarse con Dios, que reconcilia, que perdona y que hace fiesta. ¡Dios perdona siempre! No se cansa de perdonar. Somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón. Pero Él no se cansa de perdonar. No hay pecado que Él no perdone. Él perdona todo. Y te hace sentir la alegría del perdón. El sacramento de la Penitencia pertenece a la revelación que Jesús nos hizo del amor y de la bondad paterna de Dios. En la Confesión Dios hace desaparecer los pecados, los borra totalmente. Por eso nos dice por medio del profeta Isaías: No recordaréis las cosas pasadas, ni pensaréis en las cosas antiguas (Is 43, 18).

Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el Cielo, y todo lo que desatéis en la tierra, quedará desatado en el Cielo (Mt 18, 18). Es una promesa del Señor. Y escribe san Pablo: Todas las promesas hechas por Dios han tenido su sí en Él; y por eso decimos por Él “Amén” a la gloria de Dios (2 Co 1, 20). Dios cumple sus promesas, es fiel a su Palabra.

La Madre de Dios, que buscó afanosamente a su Hijo, perdido sin culpa de Ella, que experimentó la mayor alegría al encontrarle, nos ayudará a desandar lo andado, a rectificar lo que sea preciso cuando por nuestras ligerezas o pecados no acertemos a distinguir a Cristo. Alcanzaremos así la alegría de abrazarnos de nuevo a Él, para decirle que no lo perderemos más (San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 278).

Homilía del Domingo I de Cuaresma (Ciclo B)

En la primera lectura de la Misa del primer domingo de Cuaresma está relatada la Alianza que hizo Dios con Noé y sus hijos: He aquí que yo establezco mi alianza con vosotros, y con vuestra futura descendencia, y con toda alma viviente que os acompaña: las aves, los ganados y todas las alimañas que hay con vosotros, con todo lo que ha salido del arca, todos los animales de la tierra. Establezco mi alianza con vosotros, y no volverá nunca más a ser aniquilada toda carne por las aguas del diluvio, ni habrá más diluvio para destruir la tierra (Gn 9, 9-11).

La promesa que Dios había hecho, al mostrar su agrado ante el sacrificio que le había hecho Noé en acción de gracias, de no enviar más un diluvio sobre la tierra, la renueva en el marco de una alianza. Ésta es la primera de las diversas alianzas que Dios libremente a lo largo de todo el Antiguo Testamento va realizando con los hombres. La alianza con Noé se extiende a toda la creación purificada y renovada por el diluvio. Después vendrá la alianza con Abrahán, que afectará sólo a él y a sus descendientes. Y por último, la alianza que establece con Moisés en el Sinaí, que está limitada al pueblo de Israel.

Pero como los hombres no fueron capaces de guardar estas sucesivas alianzas, Dios prometió, por boca de los profetas, establecer en los tiempos mesiánicos una nueva alianza: Pondré mi ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos mi pueblo (Jr 31, 33). Esta promesa se cumplió en Cristo, como él mismo dijo al instituir el sacrificio eucarístico de su cuerpo y de su sangre: Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros (Lc 22, 20).

Como señal de la primera alianza, Dios hizo aparecer en el cielo el arco iris. Ésta es la señal de la alianza que para las generaciones perpetuas pongo entre yo y vosotros y toda alma viviente que os acompaña: Pongo mi arco en las nubes, y servirá de señal de la alianza entre yo y la tierra. Cuando yo haga nublarse la tierra, entonces se verá el arco en las nubes, y me acordaré de la alianza que media entre yo y vosotros y toda alma viviente, toda carne, y no habrá más aguas diluviales para exterminar toda carne (Gn 9, 12-14).

Los Padres de la Iglesia y los escritores eclesiásticos han visto en el arco iris el primer anuncio de la Nueva Alianza. En él Dios estableció con los hombres una alianza por medio de su Hijo Jesucristo; muriendo Éste en la cruz, Dios nos reconcilió consigo, lavándonos de nuestros pecados en su sangre y nos dio por medio de Él el Espíritu Santo de su amor, instituyendo el bautismo de agua y del Espíritu Santo por el que renacemos. Por tanto, aquel arco que aparece en las nubes es signo del Hijo de Dios. Es signo de que Dios no volverá a destruir toda carne mediante las aguas del diluvio; el Hijo de Dios mismo, a quien una nube recubrió, y el que está más elevado allá de las nubes, por encima de todos los cielos, es para siempre un signo recordatorio a los ojos de Dios Padre, un memorial eterno de nuestra paz: después de que Él en su carne destruyó la enemistad, está firme la amistad entre Dios y los hombres, que ya no son siervos, sino amigos e hijos de Dios (Ruperto de Deutz).

Con Cristo vino la nueva y definitiva Alianza. Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios, diciendo: El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está al llegar; convertíos y creed en el Evangelio (Mc 1, 14-15). Con estas palabras comienza Jesucristo su predicación. La nueva etapa de la Historia de la Salvación, la llegada del Reino de Dios que trae consigo la obra redentora de Cristo, exige un cambio radical en la conducta del hombre hacia Dios. Es una invitación a la conversión. La Redención es una intervención salvífica especial de Dios a favor de los hombres, que implica, a su vez, una exigencia de que éstos se abran a la gracia divina y se conviertan.

La conversión es necesaria dada la condición pecadora de la humanidad tras el pecado original. Para recibir la salvación que Cristo trae, la llegada del Reino, todos los hombres necesitan hacer penitencia de su vida anterior; esto es, convertirse de su caminar alejándose de Dios a un caminar acercándose a Él. Puesto que por medio está el pecado, no hay posibilidad de dar la vuelta hacia Dios sin conversión, sin penitencia.

Una conversión honda que se debe manifestar en propósitos firmes de lucha interior y de mejora. La Iglesia, como Madre y Maestra, no se cansa de proponer a los hombres la reconciliación, y no duda en denunciar la malicia del pecado, en proclamar la necesidad de la conversión, en invitar y pedir a los hombres “reconciliarse con Dios”. Hablar de reconciliación y conversión es necesariamente hablar del sacramento de la misericordia divina, que es la Confesión.

La conversión a Dios consiste siempre en descubrir su misericordia, es decir, ese amor que es paciente y benigno a medida del Creador y Padre: el amor, al que “Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo” es fiel hasta las últimas consecuencias en la historia de la alianza con el hombre: hasta la cruz, hasta la muerte y resurrección de su Hijo. La conversión a Dios es siempre fruto del “reencuentro” de este Padre, rico en misericordia (San Juan Pablo II).

San Marcos cuenta que Jesús después de ser bautizado por Juan en el Jordán estuvo en el desierto. A continuación, el Espíritu le empuja al desierto, y permaneció en el desierto cuarenta días (Mc 1, 12-13). La Iglesia quiere que todos los cristianos nos unamos durante los días de la Cuaresma con oración y penitencia al misterio del Señor en el desierto. Y desde siempre ha aconsejado los ejercicios espirituales, también llamados cursos de retiro, en los que, en el silencio de la oración, el alma medita sobre su vocación cristiana y su correspondencia a los beneficios recibidos del Cielo, con el fin de mejorar y avanzar en el camino de una mayor identificación con la voluntad divina.

Estos días de retiro constituyen un momento particular de la gracia de Dios para nosotros. Son un regalo que nos ha preparado el Señor y Maestro. Nos resultan completamente indispensables. En medio de los muchos trabajos, de los importantes deberes que nos ocupan, todos nosotros apreciamos de un modo particular estos retiros que nos permiten atender exclusivamente a los problemas más esenciales, y aplicar -en cierto sentido- a todas las demás cosas de que se compone nuestra vida cotidiana la más profunda medida que es el mismo Cristo (San Juan Pablo II). Son días dedicados totalmente a la escucha del Señor, que siempre nos habla, pero espera de nosotros una mayor atención.

Son días de silencio y de gracia intensa. El sacerdote que predica los ejercicios espirituales procura, ante todo, hacer ver a Cristo; y plantea los temas fundamentales, es decir, las cuestiones eternas, los grandes temas de la fe, de la vida… Estas preguntas nunca pierden su actualidad, nunca pasan de moda.

Con una imagen gráfica, repleta de contenido, san Josemaría Escrivá decía que asistir al curso de retiro es como ir al médico divino, para hacer un repaso ‑un reconocimiento‑ y ver cómo estamos. En otras ocasiones, recurriendo al símil del automóvil que necesita repostar periódicamente en una estación de servicio, recordaba que al curso de retiro se va para cargar el alma de amor de Dios y de deseos de santidad. Durante el curso de retiro, además de examinar la conciencia para arrancar los posibles gérmenes de tibieza que hayan podido introducirse en la vida de uno, es conveniente hacer propósitos para hacer siempre el bien con ansias de santidad; y pedir la ayuda de Dios para perseverar en la buena conducta.

En esos días de retiro es de mucho provecho para el alma meditar cómo Cristo llevó a cabo la obra de la Redención. Cristo padeció una vez para siempre por los pecados, el justo por los injustos, para llevaros a Dios (1 P 3, 18). El Sacrificio del Señor es único y suficiente para obtener con sobreabundancia la remisión de todos los pecados. En su muerte en la cruz se realiza ese ponerse Dios contra sí, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical. Poner la mirada en el costado traspasado de Cristo ayuda a comprender: “Dios es amor” (1 Jn 4, 8). Es allí, en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad. Y a partir de allí se debe definir ahora qué es el amor. Y, desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar (Benedicto XVI, Encíclica Deus caritas est).

Los frutos de la Cruz se aplican a los hombres, de manera especial, a través de los Sacramentos, particularmente al participar en la Santa Misa, renovación incruenta del Sacrificio del Calvario.

En el espíritu fue también a predicar a los espíritus encarcelados, en otro tiempo incrédulos, cuando les esperaba la paciencia de Dios, en los días en que Noé construía el Arca, en la que unos pocos, es decir ocho personas, fueron salvados a través del agua (1 P 3, 19-20). Estos dos versículos resultan una de las referencias claras del Nuevo Testamento al descenso del Señor a los infiernos, es decir, al seno de Abrahán. Jesucristo, tras morir en la Cruz, fue a llevar su mensaje de salvación a los espíritus cautivos: muchos Padres de la Iglesia se inclinan a pensar que se trata de los justos del Antiguo Testamento que -no pudiendo entrar en el Cielo antes del cumplimiento de la Redención- estaban retenidos en seno de Abrahán, también llamados limbo de los justos.

La alusión a los contemporáneos de Noé se explica, con probabilidad, porque entre los judíos de la época de san Pedro eran considerados -junto con los habitantes de Sodoma y Gomorra- como exponente máximo de pecadores antiguos. El Príncipe de los Apóstoles enseñaría con esta referencia el alcance universal de la Redención: incluso los contemporáneos de Noé, si se arrepintieron, han podido alcanzar la salvación en virtud de los méritos de Jesucristo. Por tanto, la conversión, el arrepentimiento es siempre posible mientras hay vida.

Ahora el bautismo que os salva y que no consiste en quitar la suciedad del cuerpo, sino en pedir a Dios una buena conciencia por medio de la Resurrección de Jesucristo (1 P 3, 21). San Pedro deja bien claro que la salvación está en la Iglesia de Cristo. Las aguas del diluvio son figura de las del Bautismo: como Noé y su familia se salvaron en el Arca a través de las aguas, ahora los hombres se salvan a través del Bautismo, por el que son incorporados a la Iglesia.

A Jesús siempre se va y se “vuelve” por María (San Josemaría Escrivá).

La Pasión del Señor en la Semana Santa de Huelva (V)

Carmelita Hermandad y Cofradía de Penitencia de Nuestro Padre Jesús del Prendimiento traicionado por Judas; y María Santísima de la Estrella

Desde la parroquia de Nuestra Señora del Carmen, ubicada en la barriada de Las Colonias, en el viejo Camino de Gibraleón, comienza su estación de penitencia una de las hermandades llamadas de barrio. Es la de Nuestro Padre Jesús del Prendimiento traicionado por Judas. En su “paso” de misterio se representa el momento en el cual el infiel y alevoso discípulo traidor realiza su sacrílega acción entregando a su Maestro con un beso que, lejos de ser en él un gesto de amistad, es señal de felonía. Con espadas y palos la turba va a prender a Jesús. Era de noche, la hora del poder de las tinieblas. Sin ofrecer resistencia, voluntaria y libremente se entrega el Señor. Y resplandece su majestad en medio de una feroz brutalidad. En el Cielo, doce legiones de ángeles están dispuestos a defender a Jesús, su Dios encarnado. Mas es preciso que el Hijo del Hombre padezca muerte de cruz para redimir a los hijos de Adán.

En el prendimiento del Señor se ve su grandeza. Jesús es apresado a escondidas –como contra un ladrón-, por un gran gentío, aunque una sola petición suya al Padre echaría por tierra aquellos planes. Sin resistirse se entrega porque quiere, porque su decisión de cumplir las Escrituras es irrevocable aunque sea con la entrega de su vida. Los cuatro evangelistas narran este acontecimiento. A Jesús le entrega uno de los doce apóstoles, uno de sus amigos íntimos, que en Getsemaní va a la cabeza de los enemigos del Señor. Judas Iscariote había sido elegido personalmente por Cristo. Era de los Doce, del grupo inicial que más cerca estuvo de Él: vio sus milagros, escuchó sus palabras de vida. El Señor había tenido con él gestos de confianza y predilección. ¿Y cuál es la respuesta? La traición. Judas vende a Jesús por dinero; cambia su amistad por unas monedas. Y la traición, como ocurre en tantas ocasiones, trata de ocultarse con el disfraz, se viste de apariencia: con un beso, gesto de amor y amistad, Judas entrega a su Maestro.

Desde algún tiempo antes de su traición, Judas se fue separando poco a poco de Jesús. Dejó de vibrar como al principio, ante los horizontes sobrenaturales que el Maestro abría a sus discípulos. Cada vez con más frecuencia, disentía en su interior de las enseñanzas y del espíritu de Jesucristo; en ocasiones, incluso lo manifestó exteriormente, como cuando María de Betania derramó un rico perfume sobre los pies del Señor. Jesús intentó por todos los medios recuperar su amistad; la última vez, en el huerto donde Nuestro Señor se había recogido en oración. Pero Judas no reaccionó y se obcecó en el mal.

Más tarde, el apóstol traidor ante la condena de Jesús siente remordimiento y reconoce su pecado y se ve abandonado por aquellos que han sido cómplices de su traición. Y no teniendo ningún asidero en el que apoyarse, por haber rechazado el único que podía dárselo, arroja al suelo del Templo las monedas de plata, precio de su traición, con la misma fuerza con la que hubiera deseado arrojar de sí el pecado cometido. La tragedia de Judas consiste en que, conociendo el error de su conducta, en lugar de esperar en la misericordia del Maestro -él, que ha sido testigo de ella tantas veces- se desespera: fue y se ahorcó, relata escuetamente el Evangelio.

Tanto en los evangelios sinópticos como en el de san Juan se narra la unción en Betania y la traición de Judas.

Seis días antes de la Pascua, Jesús se fue a Betania, donde estaba Lázaro, a quien Jesús había resucitado de entre los muertos. Le dieron allí una cena. Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa. Entonces María, tomando un frasco de alabastro con una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. Y la casa se llenó del olor del perfume. Al ver esto, algunos de los comensales dijeron: ¿Para qué este despilfarro? Y Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que lo había de entregar, añadió: ¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres? Pero no decía esto porque le preocuparan los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía la bolsa, se llevaba lo que echaban en ella. Jesús dijo: ¿Por qué molestáis a esta mujer? Pues una obra buena ha hecho conmigo. Déjala, que lo guarde para el día de mi sepultura. Porque pobres siempre tendréis con vosotros; pero a mí no siempre tendréis. Yo os aseguro: dondequiera que se proclame esta Buena Nueva, en el mundo entero, se hablará también de lo que ésta ha hecho para memoria suya. Mientras tanto, los sumos sacerdotes y los escribas buscaban cómo prender a Jesús con engaño y matarle. Y decían: Durante la fiesta no, no sea que haya alboroto en el pueblo. Y he aquí que Satanás entró en Judas, llamado Iscariote, y éste fue a tratar con los sumos sacerdotes y les dijo: ¿Qué queréis darme, y yo os lo entregaré? Los sumos sacerdotes se alegraron al oírlo, le prometieron darle treinta monedas de plata. A partir de ese momento, Judas andaba buscando una oportunidad para entregarle sin que la gente lo advirtiera.

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Para Judas fue un despilfarro gastar aquel perfume en ungir a Jesús. Actualmente hay también personas que se escandalizan -escándalo farisaico- de que se utilicen materiales nobles y ricos en la liturgia. María de Betania nos recuerda el deber de ser espléndidos en el culto a Dios. Todo el lujo, la majestad y la belleza me parecen poco. -Y contra los que atacan la riqueza de vasos sagrados, ornamentos y retablos, se oye la alabanza de Jesús: opus enim bonum operata est in me -una buena obra ha hecho conmigo (San Josemaría Escrivá). ¡Cuánta hipocresía hay en muchos que, como Judas, aducen falsamente motivos nobles para no dar a Dios el honor debido!

Cristo Jesús sabía que uno de los Doce le iba a traicionar, que el diablo había puesto en el corazón de Judas Iscariote el propósito de entregarle a sus enemigos. Por eso, durante el lavatorio de los pies, después de que Simón Pedro accede a que su Maestro le lave los pies, el Señor dice: El que se ha bañado, no necesita lavarse; está del todo limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos. Estas últimas palabras –No estáis limpios todos– lo dijo por Judas. Una vez que el Señor acabó de lavar los pies a los Apóstoles, se puso a la mesa, y mientras comía, dijo: En verdad, en verdad os digo que uno de vosotros me entregará. Los discípulos se miraban unos a otros no sabiendo a quién se refería. Muy entristecidos, se pusieron a decirle: ¿Acaso soy yo, Señor? Jesús respondió: El que ha mojado conmigo la mano en el mismo plato, ese me entregará. Porque el Hijo del Hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del Hombre es entregado! ¡Mas le valdría a ese hombre no haber nacido! Entonces preguntó Judas, el que iba a entregarle: ¿Soy yo acaso, Rabbí? Y Cristo le dice: Sí, tú lo has dicho. Lo que vas a hacer, hazlo pronto. Y Judas salió enseguida del cenáculo. Era de noche. El Señor, aún conociendo sus propósitos, trata a Judas con gran delicadeza: le da una oportunidad para abrir su corazón y arrepentirse. La actitud de Jesús nos enseña a respetar y tratar con caridad delicada incluso a quienes nos hacen mal.

La indicación de que “era de noche” no es sólo una simple referencia cronológica, sino que alude a las tinieblas como imagen del pecado, del poder tenebroso que en aquel instante iniciaba su obra. Era la hora del maligno, el mal tiene su hora.

¡Cuánto le debió doler al Señor la felonía de uno de los suyos! Estaba profetizado: Si todavía un enemigo me ultrajare, podría soportarlo… pero tú, mi compañero, mi íntimo, con quien me unía por lazos de amistad… La traición de un íntimo es mucho más dolorosa y cruel que la de un extraño porque supone una falta de lealtad. ¡Y cuánto le debe doler nuestros pecados! El pecado es una triste realidad, un misterio de iniquidad. En nuestros días, debido al deterioro moral en la vida de muchos bautizados, hay una pérdida del sentido del pecado. ¡Cuántos han perdido sensibilidad acerca del pecado y no valoran su gravedad y, por tanto, carecen del sentido de culpa! El pecado se ha definido como una palabra, un acto o un deseo contrarios a ley eterna. Es siempre una ofensa a Dios. El pecado se levanta contra el amor que Dios nos tiene y aparta de Él nuestros corazones. Como el pecado de nuestros primeros padres, todo pecado es una desobediencia, una rebelión contra Dios por el deseo de hacerse como dioses, pretendiendo conocer y determinar el bien y el mal. Me he esforzado en conjurar la tentación y el error del hombre contemporáneo y de las sociedades modernas de relegar a Dios y de poner fin a la expresión del sentimiento religioso. La muerte de Dios en el corazón y en la vida de los hombres es la muerte del hombre (San Juan Pablo II).

No podemos comprender bien la horrible maldad del pecado: sólo viendo a Dios podríamos saber lo que supone ofenderle. Pero nos puede ayudar a comprender la malicia del pecado el contemplar a Cristo en el Huerto de los Olivos abrumado por el peso de nuestros pecados, hasta sudar sangre; podemos hacernos una idea pensando que Dios se ha hecho hombre para redimirnos del pecado, y ha muerto en una cruz, como un malhechor: es el precio que Dios mismo ha pagado a la justicia divina por nuestros pecados. Cada ser humano tiene bien experimentado en su propia alma esa tensión espiritual entre el pecado y la gracia, entre las pasiones malas y las virtudes, entre el deseo de amar a Dios y el atractivo de las cosas mundanas. Pero comprendemos también, por propia experiencia, cómo se facilita esa batalla por vencer, por hacer lo que es bueno a los ojos de Dios, cuando nos acogemos a la protección de nuestra Madre, la Virgen Santísima. Ella aplastó la cabeza de la serpiente.

Al contemplar el “paso” del Prendimiento vislumbro, Señor, en tu mirada la amargura de verte traicionado por uno de los tuyos. ¿Acaso soy yo, Señor? No lo permitas, porque sólo el hecho de pensar de no serte fiel me causa un terrible miedo. Por eso, más que a la muerte temo, Señor, ofenderte.