Día 30 de mayo

30 de mayo

Memoria libre de san Fernando

San Fernando III, rey de Castilla y de León, que fue prudente en el gobierno del reino, protector de las artes y las ciencias, y diligente en propagar la fe. Descansó finalmente en la ciudad de Sevilla. (1252) (Martirologio Romano).

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Efemérides

Tal día como hoy del año 1431 fue quemada en la hoguera santa Juana de Arco.

Santa Juana de Arco

En Rouen, en la región de Normandía, en Francia, santa Juana de Arco, virgen, conocida como la doncella de Orleáns, que después de luchar eficazmente por su patria, al final fue entregada al poder de los enemigos, quienes la condenaron en un juicio injusto a ser quemada en la hoguera. (1431) (Martirologio Romano).

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Semblanza

La Doncella de Orleáns

Sólo las palabras de un proceso

El 30 de mayo de 1431, en la plaza del Mercado Viejo de la ciudad francesa de Rouen, murió en la hoguera, condenada en un proceso de inquisición por hereje, una joven de 19 años. La última palabra salida de sus labios fue Jesús. Su nombre: Juana de Arco. Tiempo después, en otro proceso -éste, de rehabilitación- se anuló solemnemente el primero, cuyas injusticias fuero mostradas por entero, y alejó de Juana de Arco toda sospecha de herejía. Casi cinco siglos después, en 1909, el papa san Pío X, teniendo en cuenta su piedad, su castidad, su fe inquebrantable y otras virtudes vividas en grado heroico, la beatificó. Pocos años más tarde, en 1920, Benedicto XV la canonizó.

De santa Juana de Arco no hay ni un retrato, ni una tumba. Sus cenizas, por temor a que fueran veneradas, fueron arrojadas en el Sena. De ella sólo quedan sus palabras y declaraciones tomadas en el proceso. Parece una paradoja, pero el proceso que la condenó por herejía constituye en realidad un monumento a su santidad y a su sólida fidelidad al Señor y a su Iglesia.

La breve y fulmínea vida de esta santa sólo se entiende considerando el momento histórico del reino de Francia en que transcurre su corta existencia. Francia vivía una guerra civil entre la Casa de Borgoña y la Casa de Orleáns (ésta estaba representada por el Delfín, futuro Carlos VII), debida a dos asesinatos paralelos. En el 1407 había sido asesinado el duque Luis de Orleáns por orden de Juan sin Miedo, Duque de Borgoña. En 1418 París abría sus puertas a las tropas del borgoñón Juan sin Miedo, mientras el rey Enrique V de Inglaterra se apodera de Normandía, acercándose a Orleáns. Al año siguiente, en el curso de unas negociaciones del Duque de Borgoña, Juan sin Miedo, con el Rey de Francia, Carlos VI, es asesinado aquél por orden del Delfín.

Una larga guerra

El nuevo Duque de Borgoña, Felipe el Bueno, no tarda en tomarse la venganza y reconoce a Enrique V de Inglaterra por legítimo rey de Francia, y el desgraciado Carlos VI, de mente obnubilada por la locura, con la firma del Tratado de Troyes (año 1420), deshereda al Delfín, nombrando al monarca inglés heredero del trono francés y regente del reino al mismo tiempo que le da por esposa a su hija Catalina. La independencia nacional de Francia parecía perdida.

En 1422 mueren Enrique V de Inglaterra y Carlos VI de Francia. En virtud del Tratado de Troyes, el detentador legítimo de la corona francesa era ahora el nuevo rey de Inglaterra, Enrique VI, hijo de Enrique V. Pero el heredero de la dinastía francesa de los Valois, el Delfín Carlos, se hace coronar en Poitiers con el nombre de Carlos VII y pone su corte en Bourges, en la parte meridional de Francia. El Rey de Bourges le llamaban con desprecio los ingleses, que por entonces se esforzaban por conquistar Orleáns. El abúlico rey francés no hacía nada por libertar la importante ciudad asediada y dejaba el gobierno en manos de hombres inhábiles y vividores.

Estando la guerra franco-inglesa en su paroxismo es entonces cuando interrumpe en la historia Juana de Arco, cuya maravillosa intervención cambió el curso de la guerra de los Cien Años.

Según la célebre historiadora de la Edad Media, Régine Pernoud, lo que estaba sucediendo en Francia cuando aparece Juana de Arco era la puesta en práctica de un gran proyecto político. Era un proyecto elaborado en la Universidad de París. El Tratado de Troyes había concedido la doble corona de rey de Francia y de Inglaterra al descendiente de Enrique V de Lancaster y de Catalina de Francia. De hecho, se trata de convertir a Francia en una provincia de Inglaterra. Se vivía en un período de transición, con un cuadro político muy confuso, y parecía que dicho proyecto no iba a encontrar opositores. Inglaterra ofrece dinero, beneficios y prebendas a todos los que puedan ser útiles para sus fines. Los intelectuales quedan seducidos, la Universidad de París está a favor del Rey de Inglaterra. Y también muchos nobles, como los duques de Borgoña y de Normandía, y muchos obispos. Cuando en octubre de 1428 los ingleses cercan la ciudad de Orleáns, es decir, el corazón de Francia, todos comprenden que la nación está perdida.

Pero de pronto sucede algo completamente imprevisto. En marzo de 1429 una joven campesina se presenta al rey francés para decirle que ha sido enviada por Dios para liberar a Francia. Le pide a Carlos VII un nuevo esfuerzo para la guerra. Increíblemente consigue convencerlo y pocas semanas después esta muchacha de diecisiete años está al frente de las tropas y en sólo ocho días rompe el asedio de Orleáns y libera la ciudad.

La pastorcita de Domrémy

Juana de Arco nació en el año 1412 en Domrémy. Este pueblo, situado entre los confines de Champaña y de Lorena, y perteneciente al país de Barrois, se mantenía fiel al Delfín Carlos, mientras que toda la región, en particular Champaña, estaba de parte de los ingleses y de los borgoñeses.

Los habitantes de Domrémy conocen los horrores de la guerra y de la invasión, pero su fe cristiana está presente, penetrados por el anuncio evangélico que proclama el cura párroco, a pesar de las debilidades y pasiones de la época. Y en un ambiente de piedad vive su infancia la futura heroína. Aprendí de mi madre el Padre Nuestro, el Ave María y el Credo. Todo lo que sé lo aprendí de mi madre, dijo durante el proceso. Seguramente que en la casa paterna Juana había escuchado lamentos por la tragedia que padecía Francia desde hacía tantos años.

Juana era piadosa e iletrada, como todas sus compañeras del pueblo. Sólo aprendió a firmar en los años en los que desempeñó un papel primordial en la historia de Francia. Durante el proceso de rehabilitación sus viejos amigos de Domrémy recuerdan de ella: Era como las demás, hacía lo que las demás: se ocupaba de la casa, hilaba, llevaba el rebaño a pastar. Según las actas de este proceso y las declaraciones de quienes la conocieron, la humilde pastorcita de Domrémy habría sido igualmente santa aunque Dios no le hubiera pedido que interviniera de forma tan excepcional en los acontecimientos políticos de su patria.

Cuando tenía trece años oyó una voz sobrenatural acompañada de un gran resplandor que venía de la parte izquierda del jardín de su padre. Pudo identificar estas voces sucesivas porque iban acompañadas de apariciones: san Miguel, santa Catalina y santa Margarita. Estas voces le enseñaron a portarse bien, a frecuentar la iglesia, y finalmente le dieron la orden de partir para Francia y le revelaron que ella libraría a Orleáns, asediada desde octubre de 1428. En el proceso de condenación dijo, refiriéndose a las voces: La primera vez tuve mucho miedo. Era casi mediodía, de verano, y estaba en el jardín de mi padre. Y no había ayunado el día anterior.

La epopeya militar

En 1428, obedeciendo a las voces, va a Vaucouleurs en busca del capitán real Roberto de Baudricourt para pedirle que la condujese ante el Delfín Carlos. Juana sólo designa a Carlos con el título real después de ser coronado en Reims, no antes. Baudricourt, hombre acostumbrado a la acción bélica, que consideraba la guerra como el más precioso regalo que Dios le había hecho al hombre, rechazó por dos veces la petición de Juana. Finalmente le concedió un salvoconducto y una escolta.

En febrero de 1429, en la ciudad de Chinon, fue recibida por el Delfín. La Doncella -Juana había hecho voto de virginidad y siempre se designará a sí misma con el nombre de Juana la Doncella-, vestida de varón, dijo al Delfín que venía en nombre de Dios a liberar Francia; expuso sus planes de atacar a los borgoñones, aliados de Inglaterra; de expulsar a los ingleses y de hacer coronar a Carlos en Reims. El Delfín la hizo examinar en Poitiers por una comisión de teólogos y de doctores para asegurarse de su misión sobrenatural. Superada la prueba, el Rey, fascinado por la inocencia y el valor de Juana, en abril de aquel año, le permitió cabalgar con su estandarte y su espada al frente de un ejército para salvar Orleáns. Había comenzado la epopeya militar.

La Doncella, vestida de blanca armadura, penetra en la cercada Orleáns y obliga a los sitiadores a levantar el sitio: era el 8 de mayo de 1429, fecha que jamás han olvidado los habitantes de Orleáns, cuando entra victoriosa en la ciudad. Después, sólo en algunas semanas, se realiza la limpieza del valle de Loira con la toma de Jargeau y la victoria de Patay (18 de junio de 1429) donde el ejército inglés sufre una grave derrota. Poco después tiene lugar la marcha sobre Reims a través de un país controlado por los ingleses. El 17 de julio de 1429 es coronado el Delfín como rey de Francia.

La sola presencia de la Doncella de Orleáns en medio de su ejército despertaba un enorme y prodigioso entusiasmo. Ella no peleaba, sino animaba a todos a pelear. Después de la coronación de Carlos VII, éste deja de seguirla y cae en la inacción. Comienzan los fracasos: ataque a París, bajo cuyas murallas es herida Juana (7 de septiembre de 1429), sin que lograse la liberación de la capital. Durante el invierno realiza operaciones contra las plazas del Loira que resultan estériles. Y en la primavera de 1430, Juana de Arco vuelve a tomar la iniciativa y, reviviendo la hazaña de Orleáns, va en ayuda de Compiègne, que estaba asediada. Allí fue capturada por los borgoñeses, que la vendieron a los ingleses por dos mil piezas de oro (24 de mayo de 1439). Ni la Corte ni el pusilámine Rey de Francia pensaron en su rescate.

Cautiverio y proceso

Juan de Arco fue sometida a tortura en la cárcel, y para mejor defender su pureza virginal, quiso, aun en la prisión, vestir de soldado.

El proceso que le hicieron no fue un proceso político sino eclesiástico por necesidad política. A instigación de la Universidad de París, la Inquisición le instruyó un proceso de herejía y de hechicerías: se trataba de mostrar que sus voces eran diabólicas y así desacreditar al rey Carlos VII, juguete de un agente del diablo. Si se conseguía demostrar que Juana era una bruja, o una hereje, la coronación del rey Carlos celebrada en la Catedral de Reims perdía su sentido sagrado, y al mismo tiempo se derrumbaba la consideración que los franceses tenían de su nuevo rey. Era también un artificio para romper su aureola de santidad y destruir su prestigio moral y religioso antes de matarla.

El proceso, presidido por el obispo de Beauvais, Pedro Cauchon, y en el que participaron seis profesores universitarios parisinos, prelados procedentes de Normandía e Inglaterra, canónigos de Rouen y abogados del tribunal eclesiástico, duró más de tres meses (febrero-mayo de 1431) y fue inicuo en todo su desarrollo, de tal modo que fue evidente la voluntad de condenar a la acusada.

Sin embargo, en este combate agotador, Juana de Arco se defendió con un brío extraordinario. Sus respuestas dejaban maravillados a los escribanos, que anotaban al margen sus impresiones. Abundan en ellas palabras históricas de una plenitud y de una simplicidad admirables. Por las anotaciones que el notario Guillermo Manchon registra día tras día se ve que la vida de la Doncella de Orleáns fue una respuesta: una respuesta a la llamada de Dios. Un llamamiento tan concreto que deja atónitos a todos: por medio de voces, que ella concretamente oía. Y, una vez que Juana comprende que las voces misteriosas que le hablan son un mensaje que viene de Dios, deja de tener dudas y tiene un único objetivo en la vida: adecuarse a lo que se le pide. Para ella Dios debe ser el primer servido.

En el proceso contra Juana de Arco se cumplió una vez más la promesa del Señor: Cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué habéis de hablar, porque se os dará en aquella hora lo que habéis de hablar; porque no sois vosotros los que habléis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará por vosotros (Mt 10, 19-20). El obispo Cauchon tuvo que pensar que iba a ser fácil, para un tribunal formado por universitarios de alto nivel, expertos en teología, en derecho civil y en derecho canónico, hacer que una joven campesina se confundiera e hiciera afirmaciones heréticas o hacerla caer en contradicción consigo misma o con la Iglesia. En cambio, sucedió todo lo contrario.

Humildad e inocencia de su alma

La batalla más grande de Juana de Arco la combatió contra los hermanos que compartían su misma fe cristiana. Y no se puede imaginar suplicio peor. Sin embargo, aunque sabe que está frente a un tribunal eclesiástico, en un momento determinado exclama: Vosotros no sois la Iglesia. –Nadie había sido nunca tan audaz como ella en su adhesión a la Iglesia -comenta Régine Pernoud-, pero en tan difícil situación logra distinguir qué es la Iglesia y qué son esos profesores parisinos movidos por intereses políticos.

Durante el proceso, la sencilla muchacha de Domrémy muestra una lucidez admirable ante la capciosa astucia que usan los miembros del tribunal para poder confundirla y condenarla por hereje. Cuando los jueces insisten en que les haga una distinción entre la Iglesia militante e Iglesia triunfante, Juana, que ignora el significado de esos términos, responde: Puesto que toda la Iglesia es de Dios, la diferencia no debe ser muy importante.

En otro momento, se le preguntó: ¿Os encontráis en estado de gracia? La gravedad de la pregunta despertó sonoros murmullos. Uno de los jueces, de entre los pocos que se podían considerar honrados, llamado Juan Lefèvre, poniéndose en pie de un salto, gritó: ¡Esa pregunta es terrible! ¡La acusada no está obligada a contestarla!, pero Cauchon ordenó: ¡Silencio! Volved a ocupar vuestro lugar. La procesada deberá responder esa pregunta. Y Juana, con toda humildad e inocencia de su alma, asombró a todos con su respuesta: Si no estoy en gracia de Dios, le ruego a Él que me la otorgue, y si lo estoy, entonces le pido que me la conserve. Juan Lefèvre no puede menos que comentar: Esa respuesta se encuentra por encima de la capacidad humana. ¿De dónde le habrá venido la inspiración a esta criatura?

Condena y muerte

Estando en la cárcel, enfermó. La joven pide los auxilios de la religión: Parece que, debido a mi enfermedad, estoy en peligro de muerte. Si es voluntad de Dios que muera en prisión, solicito confesión, y que me permitan recibir a Jesús, mi Salvador. También deseo que me entierren en sagrado. Y cuando se le amenaza con la expulsión del seno de la Iglesia, se limita a decir: Soy buena cristiana desde mi nacimiento. Estoy bautizada y como buena cristiana moriré.

Juana de Arco fue condenada a la pena del fuego. Murió afirmando que sus voces no la habían engañado. Al final del proceso dijo proféticamente: Antes de siete años los ingleses perderán todo lo que tienen en Francia. Será una gran victoria que Dios enviará a los franceses. Poco antes de morir había apelado al Romano Pontífice, pero Martín V acababa de bajar al sepulcro y a los oídos del nuevo papa, Eugenio IV, no llegó el grito de la inocente doncella.

Proceso de rehabilitación

Seis años y medio después de la muerte de la Doncella de Orleáns, Carlos VII, aquel rey que le debía todo y que no se interesó por ella durante su larga detención y proceso, entraba victorioso en París. La Normandía es reconquistada en 1450, y cuando el rey Carlos entra en Rouen, la ciudad donde fue quemada Juana, ordena una investigación oficiosa para saber la verdad de aquel proceso y el modo en que se llevó a cabo. Los testigos aún vivían, entre ellos el notario que había redactado las actas del proceso. En los años siguientes se llevaron a cabo otras dos investigaciones, esta vez, oficiales, que acabaron en un nuevo proceso, pues el papa Calixto III mandó revisar el proceso inquisitorial cuando le llegaron las protestas de la madre y hermanos de Juana.

El proceso de rehabilitación se abrió en 1455 en Notre-Dame de París. En la primera sesión los comisarios del Rey escucharon las declaraciones de la madre de Juana, Isabel Romée. Luego los testigos de su infancia y juventud. El resultado fue la plena anulación del proceso de 1431, con la consiguiente justificación de la heroína francesa.

Epílogo

La aventura de santa Juana de Arco no provocó el fin de la guerra franco-inglesa, que todavía continuó durante veinte años más, aunque con graves dificultades debido al agotamiento de ambos adversarios. Pero se había dado un paso importante: la legitimidad de Carlos VII quedó en adelante bien establecida y la reputación de invencible de los ingleses se disipó.

Juana de Arco -dice Régine Pernoud- es una paradoja, porque demuestra que también en las peores ocupaciones, es decir, haciendo la guerra, se puede seguir a Cristo. Es en esa situación donde se afirma su santidad, demostrando que no existe ninguna situación, por muy paradójica que sea, en que la gracia de Cristo no pueda obrar visiblemente.

Día 29 de mayo

29 de mayo

Efemérides

Tal día como hoy del año 1453, se produjo la caída del Imperio Romano de Oriente, con la toma de Constantinopla por los turcos, tras once siglos de existencia.

Años antes, el 6 de julio de 1439, en el concilio de Florencia, con la presencia del emperador de Oriente, el patriarca de Constantinopla, los arzobispos de Éfeso, Nicea y Kiev y los representantes de los demás patriarcas, en total setecientos ortodoxos, se leyó solemnemente la bula Laetentur coeli, por la que ansiada unión de los cristianos de Occidente y de Oriente se producía, finalizando así el Cisma de Oriente. Pero esta unión fue efímera. Los monjes, clero y fieles de Constantinopla se opusieron a la unión con Roma, decidida por el emperador de Oriente y los obispos en el Concilio de Florencia. Cuando Constantino XI promulgó el decreto de unión en Santa Sofía el 12 de diciembre de 1452, los monjes y clero, y con ellos, todo el pueblo, dijeron: ¡Reine sobre Constantinopla el turbante de los turcos, antes que la mitra de los latinos! El 29 de mayo de 1453, la capital del Imperio de Oriente caía en poder de los turcos.

Tras la caída de Imperio de Oriente, las papas pretendieron sin éxito unir de nuevo a los pueblos cristianos en un proyecto de cruzada que liberase a la ciudad de Constantinopla y acabar con el poderío turco. Así, en el año 1455, el papa Calixto III, en el momento de su elección, proclamó: Yo, Calixto III, papa, prometo y juro, aunque para ello tuviera que derramar mi sangre, hacer en la medida de mis fuerzas y con la ayuda de mis venerables hermanos todo lo que resulte posible para reconquistar Constantinopla, que ha sido tomada y destruida por el enemigo del Salvador crucificado, por el hijo del diablo, Mehmet, príncipe de los turcos en castigo por los pecados de los hombres, para liberar a los cristianos que languidecen en la esclavitud, para volver a elevar la fe verdadera y exterminar en Oriente a la secta diabólica del infame y pérfido Mehmet. (…) Si alguna vez te olvido Jerusalén, que mi diestra caiga en el olvido, que mi lengua se paralice en mi boca si no me acordase ya de ti, Jerusalén, si ya no fueras el comienzo de mi alegría. ¡Que Dios me ampare, y su santo Evangelio! Amén.

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Anécdota

Vio Leonardo de Vinci, en un templo de Roma, a un joven cantor llamado Pedro Bandinelli cuyo rostro dejaba traslucir tal candor e inocencia, que lo escogió por modelo para pintar en su célebre “Última Cena” la figura del Discípulo Amado, san Juan Evangelista. Algunos años más tarde se encontró Leonardo en la calle con un mendigo estropeado, el cual reflejaba en su demacrado semblante una malicia tan diabólica, que pensó en que le sirviera de modelo para la cara de Judas. Le prometió una buena cantidad de dinero si se prestaba a ello. Y cuando para observar más el contraste le puso al lado de san Juan, dijo sollozando el mendigo: También serví yo de modelo; pero entonces era un buen joven; ahora en cambio soy un perdido, entregado a la bebida y al vicio.

Día 28 de mayo

28 de mayo

La infalibilidad del Papa

En el Concilio Vaticano I se definió como dogma de fe la infalibilidad del Papa. Así, pues, Nos, siguiendo la tradición recogida fielmente desde el principio de la fe cristiana, para gloria de Dios Salvador nuestro, para exaltación de la fe cristiana y salvación de los pueblos cristianos, con aprobación del sagrado Concilio, enseñamos y definimos ser dogma divinamente revelado: Que el Romano Pontífice, cuando habla ex cathedra -esto es, cuando cumpliendo su cargo de pastor y doctor de todos los cristianos, define por su suprema autoridad apostólica que una doctrina sobre la fe y costumbres debe ser sostenida por la Iglesia universal-, por la asistencia divina que le fue prometida en la persona del bienaventurado Pedro, goza de aquella infalibilidad de que el Redentor divino quiso que estuviera provista su Iglesia en la definición de la doctrina sobre la fe y las costumbres; y, por tanto, que las definiciones del Romano Pontífice son irreformables por sí mismas y no por el consentimiento de la Iglesia. Y si alguno tuviere la osadía, lo que Dios no permita, de contradecir esta nuestra definición, sea anatema (Constitución Pastor aeternus).

Durante el debate conciliar, unos pocos padres conciliares no eran partidarios de esta definición dogmática. Entre otros argumentos, aducían la controversia que suscitó un sermón del papa Juan XXII. El día de Todos los Santos de 1331 el Papa, predicando en la catedral de Aviñón, como hacía con frecuencia, afirmó, advirtiendo que se trataba de una opinión personal que a nadie obligaba, que las almas de los bienaventurados no verían a Dios hasta después del juicio final. Esta arriesgada opinión fue de inmediato rebatida por la mayoría de los teólogos. El 18 de noviembre de 1333 aclaró que él no había querido decir que fuese doctrina segura, sino solamente que era una cuestión que convenía debatir.

Ya en su lecho de muerte, Juan XXII se retractó de su afirmación, expresando que la había hecho a título personal y diciendo: Creo y confieso que las almas, separadas del cuerpo y purificadas, están en el cielo con Jesucristo y con los ángeles, ven a Dios y la divina esencia claramente y cara a cara. Si alguna vez he predicado, dicho o escrito lo contrario, lo revoco expresamente. Su sucesor, el papa Benedicto XII, con la constitución Benedictus Deus, definió dogmáticamente la visión beatífica de los bienaventurados sin tener que esperar al juicio final.

Muy conscientes han sido los papas posteriores al beato Pío IX de que su infalibilidad solamente es cuando hablan ex cathedra. He aquí dos anécdotas para corroborar lo dicho.

En el verano de 1989, antes de la caída del muro de Berlín y del telón de acero, el papa san Juan Pablo II llamó con urgencia a monseñor Meissner, obispo de Berlín Este (la zona que estaba en poder de los comunistas de la República Democrática Popular de Alemania), porque deseaba nombrarle arzobispo de Colonia. A su llegada a Roma el prelado alemán fue recibido inmediatamente por el Papa que no quiso hacerle esperar, hasta tal punto que le recibió en la tumbona junto a la piscina. Santo Padre, ¿y qué será de los católicos del Este abandonados a la influencia comunista? Me apena dejarlos, dijo el buen obispo. No se preocupe por eso -le dijo Juan Pablo II-, pronto habrá una sola Alemania. Pero, inquirió de nuevo el obispo de Berlín con cierta sorna: ¿Eso hay que creerlo porque lo dice ex cátedra? (desde su cátedra infalible). Pongamos que lo digo ex tumbona (desde mi tumbona), añadió san Juan Pablo II mientras se dejaba resbalar sonriente en su asiento.

Benedicto XVI durante los días de la XX Jornada de la Juventud celebrada en Colonia (Alemania), tuvo una reunión con los representantes de otras Confesiones cristianas. Después de saludar a los asistentes, tomó asiento. Bien sabido es que los luteranos, protestantes, evangélicos, calvinistas no aceptan la infalibilidad del Papa, mientras que los católicos si tienen como verdad de fe que el Romano Pontífice es infalible cuando habla ex cathedra. Una vez sentado, con buen humor, dijo Benedicto XVI: Me he sentado, pero esto no quiere decir que vaya a hablar ex cathedra.

Hay una tercera anécdota. En la Segunda Guerra Mundial, tras la entrada en Roma de los aliados en 1944, el embajador norteamericano Robert Murphy fue recibido en audiencia por el papa Pío XII. Murphy, que había conocido a Pacelli cuando era cardenal Secretario de Estado, dijo al Papa: ¿Se acuerda, Santidad, de aquello que me profetizó en 1931? “Hitler es sólo un fenómeno pasajero”, me dijo, y en cambio… ¡Ah! -respondió Pío XII-, claro que me acuerdo. Pero eso sucedió antes de que me convirtiera en infalible.

Día 27 de mayo

27 de mayo

Memoria libre de san Agustín de Cantorbery

San Agustín de Cantorbery, en Inglaterra, el cual, habiendo sido enviado junto a otros monjes por el papa san Gregorio Magno para predicar la palabra de Dios a los anglos, fue acogido de buen grado por el rey Etelberto de Kent. Imitando la vida apostólica de la primitiva Iglesia, convirtió al mismo rey y a muchos otros a la fe cristiana, y estableció algunas sedes episcopales en esta tierra. Falleció el día veintiséis de mayo. (604/605) (Martirologio Romano).

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Historia de la Iglesia

Los concilios ecuménicos

El concilio ecuménico es la asamblea formada por todos los Obispos del mundo presididos por el Papa para estudiar cuestiones que se refieren a la doctrina católica. Es la forma más solemne con la que el colegio episcopal ejerce su potestad suprema sobre toda la Iglesia.

A lo largo de la historia de la Iglesia ha habido 21 concilios ecuménicos. La lista cronológica de estos concilios es la siguiente:

Nicea I (año 325), convocado por el emperador Constantino, bajo el pontificado del papa san Silvestre I.

Constantinopla I (año 381), convocado por el emperador Teodosio I, y cuya doctrina es aprobada por el papa san Dámaso I.

Éfeso (año 431), convocado por el emperador Teodosio II y presidido por San Cirilo de Alejandría como delegado del papa san Celestino I.

Calcedonia (año 451), convocado por el emperador Marciano, con la aprobación del papa San León I Magno.

Constantinopla II (año 553), convocado por el emperador Justiniano I, bajo el pontificado del papa Vigilio.

Constantinopla III (años 680 y 681), convocado por el emperador Constantino Pogonato, durante el pontificado del papa Agatón.

Nicea II (año 787), convocado por la emperatriz Irene, bajo el pontificado de Adriano I.

Constantinopla IV (años 869 y 870), convocado por el emperador Basilio el Macedonio, durante el pontificado de Adriano II.

Letrán I (año 1123), convocado por el papa Calixto II.

Letrán II (año 1139), convocado por el papa Inocencio II.

Letrán III (año 1179), convocado por el papa Alejandro III.

Letrán IV (año 1215), convocado por el papa Inocencio III.

Lyon I (año 1245), convocado por el papa Inocencio IV.

Lyon II (año 1274), convocado por el papa beato Gregorio X.

Vienne (años 1311 y 1312), convocado por el papa Clemente V.

Constanza (del año 1414 al 1418), convocado por el papa Gregorio XII antes de su renuncia. Sus decretos fueron aprobados por Martín V.

Ferrara-Florencia (del año 1439 al 1445), convocado por el papa Eugenio IV, en la ciudad de Ferrara, pero trasladado muy pronto a Florencia a causa de la peste.

Letrán V (del año 1512 al 1517), convocado por el papa Julio II y terminado por el papa León X.

Trento (del año 1545 al 1563), convocado por el papa Paulo III, fue proseguido por los papas Julio III y Pío IV; durante los pontificados de los papas Marcelo II y Paulo IV no hubo actividad conciliar.

Vaticano I (años 1869 y 1870), convocado por el papa beato Pío IX.

Vaticano II (del año 1962 al 1965), convocado por el papa san Juan XXIII y terminado por el papa beato Pablo VI.

Día 26 de mayo

26 de mayo

Memoria obligatoria de san Felipe de Neri

Memoria de san Felipe de Neri, presbítero, que, consagrándose a la labor de salvar a los jóvenes del maligno, fundó el Oratorio en Roma, en el cual se practicaban constantemente las lecturas espirituales, el canto y las obras de caridad. Resplandeció por el amor al prójimo, la sencillez evangélica, su espíritu de alegría, el sumo celo y el servicio ferviente a Dios. (1595) (Martirologio Romano).

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Anécdota

Se cuenta de san Felipe de Neri, que observó durante varios días como una persona piadosa se acercaba a comulgar, pero siempre, nada más terminar la Santa Misa se marchaba a la calle. Un día, al observar el mismo comportamiento, no pudo contenerse, avisó a dos monaguillos, y dándoles una vela a cada uno les dijo: Pronto, pronto, acompañad a esa señora que acaba de comulgar.

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Historia bíblica

El profeta Jonás y Nínive

El Señor le dijo al profeta Jonás: Levántate, vete a Nínive, la gran ciudad, y pregona en contra de ella, porque su perversidad ha subido hasta mí (Jon 1, 2). Pero el profeta, considerando la ingrata que era su misión -la de anunciar la ruina de Nínive a los propios ninivitas- desobedeció al Señor, y tratando de huir de Dios, se embarcó hacia Tarsis. Pero fue una fuga frustrada. Dios, por medio de una tempestad y valiéndose de un gran pez, hizo que Jonás no consiguiera su propósito.

Apenas la nave en la que se embarcó Jonás estuvo en altamar, se desencadenó una terrible tormenta que puso en peligro de naufragio al barco. La tripulación atemorizada pensó que toda aquella tempestad era un castigo del cielo, pues alguien que iba a bordo habría irritado a su dios. Mientras tanto Jonás había bajado a la bodega del barco, se había acostado y estaba durmiendo profundamente. Los marineros le despertaron y le dijeron: ¿Qué haces tú dormido? ¡Levántate, e invoca a tu dios! A ver si Dios se ocupa de nosotros y no perecemos (Jon 1, 6). Y decidieron echar suertes para saber quién era el causante de este mal. La suerte cayó sobre Jonás. Entonces los marineros le dijeron: “Haz el favor de decirnos por causa de quién nos ha venido este mal. ¿Cuál es tu oficio y de dónde vienes¿ ¿Cuál es tu país y de qué pueblo eres?” Él les respondió: “Yo soy hebreo, y adoro al Señor, Dios de los cielos, que hizo el mar y la tierra firme”. Los hombres se llenaron de un gran temor y le preguntaron: “¿Qué es lo que has hecho” -pues comprendieron que estaba huyendo de la presencia del Señor, por lo que les había contado (Jon 1, 8-10). Y Jonás confesó su falta, y añadió: Agarradme y arrojadme al mar, y el mar se os calmará, pues sé que esta tormenta os ha venido por mi culpa (Jon 1, 12). Entonces los marineros lo arrojaron al mar. El Señor dispuso que un pez enorme se tragara a Jonás. Estuvo Jonás en el vientre del pez tres días y tres noches (Jon 2, 1). Al cabo de esos tres días, el pez vomitó a Jonás sobre tierra firme.

De nuevo fue dirigida la palabra del Señor a Jonás: Levántate, vete a Nínive, la gran ciudad, y pregona en ella el mensaje que voy a decirte (Jon 3, 2). El profeta esta vez obedeció. Su predicación anunciaba la destrucción de la ciudad: Dentro de cuarenta días Nínive será destruida (Jon 3, 4). Los ninivitas creyeron a Dios y ordenaron un ayuno. El rey hizo publicar esta orden: Cúbranse de saco los hombres y las bestias, y con toda fuerza clamen a Dios. Que cada uno se convierta de su mala conducta y de las iniquidades de sus manos. Quién sabe si Dios no tornará y se arrepentirá y aplacará el ardor de su cólera, de suerte que no nos deje perecer (Jon 3, 8-9). Al ver Dios lo que hacían y cómo se habían convertido de su mala conducta, tuvo compasión de ellos y no llevó a cabo el mal con el que había amenazado. Esta compasión que Dios había tenido con Nínive no fue del agrado de Jonás, que se llevó un gran disgusto y se enojó. Pero el Señor le hizo ver la razón de su misericordia.

Día 25 de mayo

25 de mayo

Memoria libre de san Beda el Venerable

San Beda el Venerable, presbítero y doctor de la Iglesia, el cual, servidor de Cristo desde la edad de ocho años, transcurrió toda su vida en el monasterio de Wearmouth, en el territorio de Northumbría, en Inglaterra, dedicado a la meditación y a la exposición de las Escrituras. Tras la observancia de la disciplina monástica y el ejercicio cotidiano del canto en la iglesia, sus delicias fueron siempre estudiar, enseñar o escribir. (735) (Martirologio Romano).

Memoria libre de santa María Magdalena de Pazzi

Santa María Magdalena de Pazzi, virgen de la Orden de Carmelitas, que en la ciudad de Florencia, en Italia, llevó una vida de oración abnegadamente escondida en Cristo, rezando con empeño por la reforma de la Iglesia. Distinguida por Dios con muchos dones, dirigió de un modo excelente a sus hermanas hacia la perfección. (1607) (Martirologio Romano).

Memoria libre de san Gregorio VII

San Gregorio VII, papa, anteriormente llamado Hildebrando, que primero llevó vida monástica y colaboró en la reforma de la Iglesia en numerosas legaciones pontificias de su tiempo. Una vez elevado a la cátedra de Pedro, reivindicó con gran autoridad y fuerte ánimo la libertad de la Iglesia respecto al poder de los príncipes, defendiendo valientemente la santidad del sacerdocio. Al ser obligado a abandonar Roma por este motivo, murió en el exilio en Salerno, en la región italiana de Campania. (1085) (Martirologio Romano).

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Semblanza

Un Papa reformador

Colaborador de varios papas

Debatíase la Iglesia entre el turbio problema de las investiduras cuando el 21 de abril de 1073 murió Alejandro II. Al día siguiente, mientras se celebraban los funerales por el papa difunto se levantó de repente un enorme clamoreo de la multitud: ¡Hildebrando obispo! ¡Hildebrando es el que San Pedro elige por sucesor! Cediendo al entusiasmo casi frenético del pueblo, los cardenales reunidos en la iglesia de San Pedro in Vinculis eligieron papa l monje Hildebrando, archidiácono de la Iglesia romana, por sus muchas virtudes, ciencia y prudencia. Pocas veces, hasta entonces, hubo tal unanimidad en el Pueblo de Dios para elegir a un sucesor de San Pedro. El nuevo papa tomó el nombre de Gregorio VII.

El hombre que iba a dejar en el Papado y en Europa una huella imborrable había nacido en el año 1020 en una pequeña aldea de la Toscana, llamada Soana. Siendo muy joven fue enviado por su familia a Roma para ser educado en el monasterio cluniacense de Santa María in Aventino, donde un tío suyo era el abad. Ordenado de subdiácono e integrado en la curia del papa Gregorio VI, cuando éste es exiliado a las orillas del Rhin, seguramente a Colonia, el joven Hildebrando le acompañó.

Al morir Gregorio VI profesa en la abadía de Cluny donde toma el hábito benedictino. En 1049 el papa León IX le llamó para confiarle en la Ciudad Eterna el monasterio de San Pablo extramuros. La tarea que le esperaba al nuevo prior era grande, pues el monasterio estaba muy necesitado de reforma. Hildebrando consiguió restablecer el orden y la disciplina claustral, a la vez que restauró la Basílica de San Pablo.

En Roma colabora con varios papas, haciéndose cargo de misiones de mucha responsabilidad, por lo que no cesa de aumentar su influjo en la vida de la Iglesia. Nadie en la Corte pontificia daba un paso sin consultarle. En los diferentes puestos y misiones mostró sus dotes de gobierno, su habilidad y prudencia, pero también la decidida voluntad de reformar una Iglesia entonces en profunda decadencia, por la que trabajó incansablemente.

Es legado papal en Francia en 1054 y en 1056. Ocurrida la muerte de Víctor II en 1057 influyó en la emperatriz Inés para que fuera elegido Esteban IX. Años más tarde, al producirse una nueva sede vacante, hizo triunfar la candidatura de Nicolás II. Alejandro II lo nombró canciller. Al ser elegido papa tenía la edad de 53 años. Tanto había hecho ya por la Iglesia, que todos esperaban de él, sin duda, más de lo que humanamente podía dar, lo que ha llevado a algunos historiadores a no valorar extraordinariamente su pontificado. Podría decirse que hizo más cosas como Hildebrando que como pontífice, apunta Ludwig Herling en su Historia de la Iglesia. Sin embargo, Gregorio VII hizo mucho durante los doce años que ocupó la Sede Apostólica.

Una triple batalla

Gregorio VII era pequeño de estatura, pero de carácter decidido e intrépido. Poseía una notable vitalidad, una extraordinaria fuerza de voluntad y una fe indomable. Profundamente religioso, su ardiente fe estaba iluminada por una piedad mística centrada en la persona de Jesús. Hombre de moral austera, de lúcido genio político, de inquebrantable energía y de elevados propósitos, desde el primer momento de su pontificado promovió con una claridad meridiana la triple batalla para librar a la Iglesia de la simonía, de la corrupción del clero y de la confusión de la política con la vida religiosa. Su lucha tenía como objetivo conseguir una Iglesia libre, casta y católica.

En su lucha contó siempre con la incondicional ayuda de San Pedro Damián, de los monjes de Cluny y de una pléyade de insignes prelados. Con esta inestimable colaboración realizó la más importante reforma -ya preludiada en tiempos de sus predecesores- de la Comunidad católica, de la que surgieron los mejores momentos de la Edad Media cristiana.

Gregorio VII tenía la convicción de que la salud de la Iglesia dependía del sacerdocio y de que la reforma debía apoyarse en el Papado. Del primado del Romano Pontífice, instituido por Jesucristo, se derivaba la suma potestad en la legislación, administración y jurisdicción sobre la Iglesia universal y sobre las Iglesias particulares. Y fiel a estas ideas gobernó la Iglesia.

Su programa consistió en devolver a la Iglesia, nuestra Madre y Esposa de Cristo, su libertad y hermosura. En el primer año de su pontificado, Gregorio VII se dedicó casi exclusivamente a reformas internas. En el sínodo de la cuaresma del año 1074 impuso, con una severidad y vigor desconocido hasta entonces, la antigua costumbre del celibato; declaró inválidos todos los actos llevados a cabo por sacerdotes casados y pidió al pueblo fiel que no asistiera a las funciones litúrgicas de tales pastores. En otro sínodo posterior, el de 1078, ordenó que debían ser suspendidos todos los obispos que por dinero permitían el concubinato de sus clérigos. Con idéntico vigor luchó contra la simonía. Con este fin, prohibió que ningún clérigo promovido simoníacamente pudiese ejercer sus ministerios en la Iglesia; determinó que perdiera su cargo quien lo hubiese obtenido a precio de dinero.

La investidura laica

Como la raíz de estos dos males, muy arraigados en la vida de la Iglesia en aquella época inmediatamente posterior al siglo de hierro, era la investidura laica, en 1075 emitió un decreto contra la investidura laica de los obispos y abades, y pidió libertad para su erección canónica, sin que interviniese la autoridad civil. En el decreto se prohibía a todo poder secular, bajo pena de excomunión, dar obispados o abadías: Cualquiera que en lo sucesivo reciba un obispado o abadía de mano de una persona seglar no será tenido por obispo o abad. Perderá la gracia de San Pedro y no podrá entrar en el templo. Igualmente, si un emperador, duque, marqués, conde o cualquier otra autoridad osare dar la investidura de un obispado o de otra dignidad eclesiástica, sepa que incurre en idénticas penas.

Según el pensamiento del Pontífice, el fundamento de las relaciones entre la Iglesia y el Estado era la potestad de atar y desatar concedida por Cristo a San Pedro y a sus sucesores, y que manifestaba la evidente superioridad de la potestad sacerdotal sobre la real. La potestad apostólica y la real habían sido destinadas por Dios para dirigir el mundo, y la concordancia de ambas potencias constituía la meta necesaria para la salvación del mundo, concordancia que no ocultaba la subordinación de una a la otra. El Papa, en relación con el Emperador, era como el sol a la luna: no espropia la luz que emite ésta, sino la que recibe del sol. Todo esto había sido formulado en síntesis por Gregorio VII en la primavera del año 1075, en las 27 tesis de su Dictatus papae. Ésta era la razón por la cual, para cumplimiento de sus decretos, Gregorio VII esperó contar con el apoyo de los reyes contra los obispos recalcitrantes, y con este fin hizo un uso muy amplio del nombramiento de legados: Hugo de Dié en Francia; Amando de Oleron en Languedoc y la Marca Hispánica, Ricardo de San Víctor en España; Anselmo de Luca en Lombardía, Altmann de Passau en Alemania, Lanfranco de Canterbury en Inglaterra.

En Francia, el legado de Gregorio VII consiguió que el rey Felipe I aceptara la deposición del arzobispo de Reims, Manasés. Igualmente encontró colaboración para la ejecución de sus planes de reforma en Guillermo I de Inglaterra y en Alfonso VI de Castilla. También los reyes de Hungría y Dinamarca aceptaron la primacía absoluta del Papa. Sin embargo, para Enrique IV, emperador de Alemania, el decreto papal prohibiendo la concesión de investiduras por los laicos era todo un ataque a la propia estructura del Imperio. Haciendo caso omiso de lo decretado en el sínodo romano del 1075 nombró por el método de la investidura laica a los obispos de Espira, Lieja, Bamberg, Espoleto y Fermo, además de empeñarse en imponer en Colonia un candidato rechazado por el clero y el pueblo. En Milán se niega a reconocer como arzobispo a Attón, aprobado por Roma, y nombra por su cuenta para dicha sede a Teobaldo, subdiácono de aquella Iglesia particular.

Enfrentamiento del Imperio con el Papado

Entendiendo correctamente que la intromisión no tenía paliativos, Gregorio VII envió una dura carta a Enrique IV, conminándolo a dejar sin efecto el nombramiento de Teobaldo, bajo la pena de excomunión. Con ello empezaba la lucha más enconada y feroz entre el Papado y el Imperio de cuantas vivió la Edad Media.

La respuesta del inestable monarca fue fulminante. Reunió un sínodo en Worms donde hizo que los obispos alemanes declararan a Gregorio VII relevado de todas sus funciones. El mismo Enrique IV tuvo la osadía de escribirle al Papa una carta llena de injurias, fechada el 24 de enero de 1076, que después de encabezarla con estas palabras: Enrique, rey no por usurpación, sino por piadosa ordenación de Dios, a Hildebrando, no ya sucesor de San Pedro, sino falso monje, lanza contra Gregorio VII las más burdas calumnias, tratándole de intruso, ambicioso y perturbador de la Iglesia, acusándole de haberse apoderado de la Sede de San Pedro con astucia, simonía y violencia, y que la concluye de la siguiente forma: Tú, pues, condenado por la sentencia de todos nuestros obispos y por la nuestra, desciende y abandona la usurpada Sede Apostólica. Que otro ocupe el trono de San Pedro, otro que no oculte la violencia bajo la supuesta piedad, sino que proclame la doctrina pura de San Pedro. Yo, Enrique, rey por la gracia de Dios, a una con todos nuestros obispos, te decimos: Desciende a ser condenado por todos los siglos.

La respuesta de Gregorio VII no se hace esperar. Convoca el sínodo romano de la cuaresma de 1076. En él, Rolando de Parma, emisario imperial, se dirige al Papa en estos términos: Mi señor el rey y los obispos de ultramontes y de Italia te mandan bajar de esa cátedra que has usurpado con simonía y violencia. Ante tal insolencia, Gregorio VII pronuncia las siguientes palabras: ¡Oh bienaventurado Pedro, Príncipe de los Apóstoles, inclina, te ruego, tus piadosos oídos hacia mí y escucha a tu siervo, a quien criaste desde la infancia y libraste hasta hoy de la mano de los impíos, que me han odiado y odian por mi fidelidad para contigo! Testigo eres tú y mi señora la Madre de Dios y San Pablo, tu hermano entre todos los santos, de que tu santa Iglesia romana me obligó, rehusándolo yo, a gobernarla; ni subí por codicia a esta tu sede, sino más bien deseé acabar mi vida en un monasterio. Y a continuación excomulgó solemnemente a Enrique IV y desligó a sus súbditos del juramento de fidelidad con estas palabras: (Bienaventurado Pedro), por tu favor me ha concedido Dios la potestad de atar y desatar en el cielo y en la tierra. Animado con esta confianza, por el honor y defensa de tu Iglesia, en el nombre de Dios omnipotente, Padre, Hijo y Espíritu Santo, con tu poder y tu autoridad, al rey Enrique, hijo del emperador Enrique, que con inaudita soberbia se alzó contra tu Iglesia, le prohibo el gobierno de todo el reino alemán y de Italia, desobligo a todos los cristianos del juramento de fidelidad que le han prestado o prestarán, y mando que nadie le sirva como a rey…, y le cargo de anatemas, a fin de que todas las gentes sepan y reconozcan que tú eres Pedro y sobre esta piedra el Hijo de Dios edificó su Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.

En el castillo de Canossa

El acto de Gregorio VII era inaudito y causó verdadero estupor. La conmoción fue terrible: toda Alemania se estremeció y los que habían apoyado a su rey, le dieron la espalda. Los efectos fueron desastrosos para Enrique IV: los sajones se rebelaron, los obispos le abandonaron y los príncipes alemanes le amenazaron con la deposición si no conseguía la absolución en un año. Se convoca una dieta, a celebrar en Augsburgo el 2 de febrero de 1077, bajo la presidencia del Papa, a la cual está citado Enrique IV para dar cuenta de todos sus actos.

El Pontífice se puso en camino hacia Augsburgo, deteniéndose en el castillo parmesano de Canossa, propiedad de la condesa Matilde de Toscana, de acendrada fidelidad a la Iglesia. Y allí, en aquella fortaleza, cuyo nombre evoca la terrible tempestad levantada por el Imperio contra el Papado, tuvo lugar una escena prodigiosa, uno de los hechos culminantes y más sobresalientes del Medievo. El emperador Enrique IV viéndose abandonado y temeroso de perder su corona, adelantándose a la sentencia definitiva que se emitiría con toda seguridad en la nueva dieta, cruzó los Alpes en lo más crudo del invierno para dirigirse a Canossa, sin escolta, sin insignias regias, vestido de penitente y descalzo, para implorar del Pontífice la absolución. El 25 de enero de 1077 llegó a la fortaleza, permaneciendo durante tres días ante las puertas cerradas, mientras en el interior del castillo Hugo de Cluny, Adalaida de Saboya y la propia Matilde intercedían por él. El 28 de enero, Gregorio VII, sacrificando su papel de estadista al de sacerdote le absolvió, restableciéndole en la comunión. Como representante de Cristo en la tierra, no pudo haber obrado de otra manera. Gregorio VII, como inteligente hombre de gobierno que también era, sabía que políticamente aquel perdón era una equivocación, pero fue un gesto que expresaba la infinita misericordia a la cual ningún pecador recurre sin que deje de ser acogido. Nunca fue más grande el Pontífice que en aquel instante, aunque, de hecho, supuso el inicio de su decadencia.

Exilio y muerte

Después de Canossa los acontecimientos se desarrollaron de forma adversa para Gregorio VII. El emperador Enrique IV rompió los compromisos que hizo bajo juramento para la obtención del perdón, por lo que en el sínodo cuaresmal de 1080 el Papa fulminó de nuevo el anatema solemne contra Enrique, a quien llaman rey y contra todos sus fautores. La reacción del Emperador es inmediata, ordenando denegar la obediencia al Papa en los sínodos de Bamberg y Maguncia. Y el 25 de junio de 1080, un sínodo convocado por Enrique IV, celebrado en Brixen, condenó a Gregorio VII como culpable de herejía, magia, asesinato, pejurio, simonía, apostasía de la fe y pacto diabólico. En Brixen se eligió a Guiberto de Rávena en sustitución de Gregorio VII. El antipapa, antiguo amigo de juventud de Hildebrando, tomó el nombre de Clemente III. La ciudad de Brixen, con aquel sínodo, se desacreditó por completo. En un relato sobre dicho sínodo se dice: En un lugar horrendo y terriblemente áspero, en medio de montañas cubiertas de nieve, donde dominan el hambre permanente y los fríos casi eternos, se encuentra el mercado o la ciudad que se llama de los brixones, rodeada de rocas altísimas, y en la que apenas si se conoce de nombre el cristianismo.

Entre tanto, el monarca alemán había marchado al frente de su ejército hacia Roma. En el 1083, después de tres años de ofensiva, logró conquistar la Ciudad Leonina y se hizo coronar en San Pedro por Clemente III. Mientras el antipapa ocupaba San Pedro y San Juan de Letrán, Gregorio VII, en situación desesperada, se refugia tras las murallas del inexpugnable castillo de Sant’Angelo, del que no podía salir. De allí lo liberó Roberto Guiscardo, que con sus tropas había obligado a los imperiales a abandonar Roma. El remedio fue peor que la enfermedad. El ejército normando cometió tal cantidad de excesos en la Ciudad Eterna, que el Papa tuvo que alejarse de Roma.

El 25 de mayo de 1085, en Salerno, murió Gregorio VII. Sus últimas palabras fueron una adaptación del Salmo 44 (He amado la justicia y odiado la iniquidad; por esto Dios me ha ungido con el óleo de la alegría). Dijo el moribundo Papa: He amado la justicia y odiado la iniquidad, por esto muero en el destierro.

Juicio histórico

Gregorio VII fue, indudablemente, un papa medieval, no sólo por la época en que vivió, sino también por sus planteamientos y por los métodos utilizados. No buscó ningún dominio de orden temporal, sino implantar una autoridad moral y real que, al ser indiscutible e indiscutida, garantizara el cumplimiento del espíritu evangélico en todos los pueblos, en beneficio de la cristiandad. Para él, ejecutar el orden establecido por Dios consistía, concretamente, en someterse a la disciplina romana. Ligarse al Papa y seguirle era realizar la justicia. Esta palabra, clave para Gregorio VII, significaba orden, rectitud, búsqueda, no del propio interés, sino del servicio de Dios y del prójimo, según Dios.

Desde el primer momento, su acción como sucesor de San Pedro se concentró en la reforma de la Iglesia, cuya santidad llevaba profundamente metida en el corazón, pero en su programa también estaba la continuación de la reconquista cristiana, la centralización del gobierno eclesiástico, acabar con el cisma griego y rescatar los Santos Lugares. En la liturgia, implantó el rito romano en todo Occidente. En su tarea de gobierno desplegó una gran actividad. Mención especial merecen las innumerables epístolas enviadas por Gregorio VII a, prácticamente, todos los prelados y príncipes de la cristiandad. Por medio de ellas, establecía una relación regular, directa y personal con los dirigentes religiosos y temporales de los más alejados confines de la Iglesia, conociendo sus necesidades y aspiraciones, y haciéndoles llegar sus directivas y consejos.

Durante su pontificado fomentó la vida cristiana sobre la base de la imitación de Nuestro Señor. Cristo, verdadero hombre, además de Dios, era el gran modelo a imitar. También se esforzó para que se viviera la caridad apostólica, la comunión frecuente y la piedad mariana. Además, Gregorio VII sentía muy acuciante el amor al prójimo, el anhelo de conseguir su salvación: esto explica las vacilaciones en relación con Enrique IV que tanto le perjudicaron. No quería la destrucción sino la conversión del Emperador.

La virtud del perdón era característica de Gregorio VII. Prueba de ello la dio con Gebardo. Este Gebardo, criado del conde Arnolfo de Flandes, había dado muerte airada a su señor. Arrepentido, acudió a Roma para ofrecer sus manos al Papa en acto de expiación. Gregorio VII le perdonó al ver en Gebardo un sincero arrepentimiento, y le dijo: Esas manos ya no te pertenecen: son del señor. De modo que vete a Cluny y refiere al abad lo sucedido. Así lo hizo Gebardo, que llegó a ser un religioso ejemplar.

Pero, por encima del amor a los hombres colocaba el amor a la Iglesia, que es la Esposa de Cristo. tal era su convicción en la indestructibilidad de la Iglesia, que al final de sus días publicó una encíclica, llena de esperanza y de confianza en el porvenir de la reforma, en la que proclama que aunque las tempestades del mundo pueden sacudir la nave de San Pedro, nada ni nadie la sumergirá jamás

En todo momento dio muestras de una indomable energía y de una firmeza que subordinaba todo al triunfo de la justicia. A su muerte todo parecía indicar que su acción no había llevado más que al fracaso, pero de este aparente fracaso del Pontificado recobró la Iglesia una independencia total con respecto al poder civil. De hecho, su grandeza humana y su firmeza inflexible fueron la causa determinante del inicio de un nuevo período en el que la moralidad del clero alcanzó cotas bastante más satifactorias, en el que se comenzó a poner en práctica la nueva eclesiología y durante la cual sus sucesores lograron el dominio espiritual y temporal.

Día 24 de mayo

24 de mayo

Un horizonte cercano

En el rompeolas de tu vida, esa espuma que blanquea ilusoriamente la arena, no la recojas. Es el pasado que quedó atrás cuando empezaste a sentir la alegría en tu alma.

Con estas letras no me dirijo solamente a ti, sino a todos los jóvenes que, como tú, están empezando a caminar por la vida. Si el hombre es el camino fundamental y cotidiano de la Iglesia, entonces se comprende bien por qué la Iglesia atribuye una espacial importancia al período de la juventud como una etapa clave de la vida de cada hombre. Vosotros, jóvenes, encarnáis esa juventud. Vosotros sois la juventud de las naciones y de la sociedad, la juventud de cada familia y de toda la humanidad. Vosotros sois también la juventud de la Iglesia. (…) En vosotros está la esperanza, porque pertenecéis al futuro, y el futuro os pertenece (San Juan Pablo II, Carta a los jóvenes, n. 15).

Un futuro incierto, desconocido, pero lleno de ilusiones, de proyectos, de ambiciones nobles… y santas. Un futuro que dejará de ser futuro para convertirse en actualidad, y más tarde, en pasado e historia.

Un futuro que no verán los mayores, pero que será contemplado por vuestros hijos y los hijos de vuestros hijos. Éstos os juzgarán. Mas -no lo olvidéis- también a Dios habréis de rendir cuenta.

El mundo del mañana será lo que vosotros queráis que sea, pero ya lo debéis construir. Un mundo sin violencia, ni odio, donde no haya lugar para la irresponsabilidad y la mediocridad; un mundo que acepte el yugo suave de Cristo y respete la Ley santa de Dios, y la dignidad, la libertad y los derechos de toda persona humana.

A los jóvenes os toca hacer una siembra. Una siembre de verdad, en medio de una sociedad donde la mentira es un medio más para la consecución de fines; una siembra de paz, ahora que sólo se habla de guerras; una siembra de amor, cuando se ve tanto odio por todas las partes; una siembra de justicia, que haga desaparecer tantas desigualdades que claman al cielo.

No os engañéis: el verdadero bien no puede ser “fácil” sino que debe “costar”. No conseguiréis ganar el desafío del futuro con una vida aburguesada, donde sólo se busca el placer y la comodidad como si aquí en la tierra se tuviera morada permanente. El camino del cristiano, el de cualquier hombre, no es fácil. (…) Vivir es enfrentarse con dificultades, sentir en el corazón alegrías y sinsabores (San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 77).

Para llevar a cabo este proyecto de cimentar una civilización que se tambalea en fundamentos firmes hay que contar con Dios. Un Dios que es Padre. Y sólo donde está el Padre, los hombres son hermanos. No se puede separar el mundo de Dios y contraponerlo a Dios en el corazón humano. Ni se puede separar al hombre de Dios y contraponerlo a Dios. Esto sería contra la naturaleza del mundo y contra la naturaleza del hombre San Juan Pablo II, Carta a los jóvenes, n. 31).

¿Cuántos han sucumbido a la tentación de prescindir de Dios a la hora de legislar, en momento de hacer un “buen negocio”, en las relaciones con los demás, en la vida matrimonial, en el ejercicio de la profesión? Desgraciadamente, parece que muchos. No olvidéis que la idolatría contemporánea ya no fabrica becerros de oro: su nuevo ídolo es el hombre. Un hombre que margina a Dios para colocarse en el sitio del Creador.

Lo nuestro -y te lo digo con palabras de san Josemaría Escrivá- es colocar a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas, amando apasionadamente el mundo, que no es malo, porque ha salido de las manos de Dios, porque es criatura suya, porque Yhawéh lo miró y vio que era bueno.

De esta forma haremos ese mundo que vosotros y yo deseamos. Tened en cuenta que un mundo en que se realice el proyecto divino sobre el hombre, basado en el amor, la libertad auténtica, el servicio mutuo, sólo es posible cuando el mismo hombre busca guardar fidelidad al querer de Dios. Sin Él nada podemos hacer, con Él todo lo podemos.

Por tanto, esta empresa exige en vosotros, que tenéis la mirada puesta en el futuro, en ese horizonte cercano. Una firmeza en la fe, que os hará ser coherentes en vuestra conducta personal con las enseñanzas de Jesucristo; un testimonio de vida cristiana que -dejando a un lado los respetos humanos- os llevará a sentir la urgencia de invitar a otros jóvenes a que dediquen su vida a esa tarea de construir una sociedad más cristiana; un apostolado con los que no conocen el mensaje salvífico del Evangelio, y con los que, conociéndolo, viven como si no lo conocieran; una búsqueda de unión con los demás, superando desconfianza y divisiones estériles.

Y recordad siempre este consejo del Papa de los jóvenes, san Juan Pablo II: No caigáis en el error de pensar que se puede cambiar la sociedad transformando sólo las estructuras externas o buscando en primer lugar la satisfacción de las necesidades materiales. Hay que empezar por cambiarse a sí mismo. Porque el mal existe, pero antes de combatirlo en los demás, tenemos que destruirlo en nosotros mismos.