Día 30 de marzo

30 de marzo

Celebraciones de la vida de Cristo

Semana Santa

En Andalucía, como en otras regiones de España, se celebra la Semana Santa con procesiones. En los pasos se representan las escenas de la Pasión y Muerte de Cristo. En una ocasión, un extranjero que hacía turismo preguntó a un nativo del lugar: ¿Por qué celebráis como si fuera una fiesta la Semana Santa, que no es otra cosa que recordar la Pasión del Señor? Y la respuesta del andaluz fue rápida: Porque conocemos perfectamente esta historia y sabemos que acaba bien, con la Resurrección.

Ahora llega la Semana Santa. Para algunos será una semana de descanso y ocio -unas simples vacaciones de primavera-, para otros -entre los que debemos estar-, una semana de fe y oración. Consideremos con verdadera piedad lo que conmemora la Iglesia en estos días santos: la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo. Pero advierto de un peligro que se debe evitar: ser un mero espectador de la Pasión. Cuando leamos las páginas del Evangelio que narran esos acontecimientos redentores que nos demos cuenta que son páginas ensangrentadas con la Sangre del Hijo de Dios hecho hombre. Sangre que nos purifica, que nos limpia de todas nuestras iniquidades, que ha sido derramada por nuestra salvación.

Si el pueblo cristiano recuerda estas escenas dolorosas del Evangelio no lo hace por lo que el Señor padeció, sino porque resucitó. Nadie evoca ni celebra la muerte de un fracasado, que eso era lo que parecía el Señor en el Calvario, aunque sabemos por fe que en la Cruz consiguió una victoria total sobre el diablo. Ni se entiende el dolor del Viernes Santo sin el triunfo del Domingo de Resurrección. Por eso la Semana Santa no puede considerarse como una enfermiza y caduca forma de recrearse en el dolor, sino como afirmación rotunda y gozosa de que a través de la Cruz se llega a la Pascua de Resurrección.

El drama del Gólgota es un recordatorio del amor de Dios por el hombre. Ese amor divino hacia nosotros hizo que todo un Dios se encarnara, se hiciera hombre, para morir crucificado y romper así las cadenas de la triple esclavitud -del pecado, de la muerte eterna y del demonio- a la que estaba sometido el género humano. Sí, la muerte de Jesús es fruto del amor, de un amor inconmensurable a la humanidad entera y a cada uno de los hombres y a cada una de las mujeres que han venido y vendrán a la tierra. Y amor con amor se paga, no lo olvidemos nunca.

Hace ya varios siglos, en un Viernes Santo, uno de los más grandes predicadores que ha tenido España, fray Luis de Granada, subió al púlpito para explicar al pueblo cristiano los dolores inefables del Divino Redentor clavado en la cruz. Comenzó su sermón con estas palabras: Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Juan. Y no dijo nada más. Una emoción indescriptible se apoderó de todo su ser; sintió que la voz se le anudaba en la garganta, estalló en un sollozo inmenso… y con el rostro bañado en lágrimas hubo de bajarse del púlpito sin acertar a decir una sola palabra más. Pues bien, aquel sermón del que sólo pudo decir su título causó una impresión tan profunda en los fieles que habían acudido a la iglesia a escucharlo, que todos comenzaron a llorar, y, golpeando sus pechos, pidieron a Dios el perdón de sus pecados.

Es cosa muy buena y santa pensar en la Pasión del Señor y meditar sobre ella, ya que por este camino se llega a la santa unión con Dios. En la Torre de Londres escribió Santo Tomás Moro un libro incompleto titulado La agonía de Cristo. En él se lee: Nada hay tan eficaz para la salvación y para la siembra de todas las virtudes en un corazón cristiano, como la contemplación piadosa y afectiva de cada uno de los sucesos de la Pasión de Cristo.

Sugiero que comencemos nuestra meditación de la Pasión contemplando a Jesús en Getsemaní, sudando gotas de sangre, abrumado por el peso de nuestros pecados. A continuación nos fijaremos en la escena de la plebe judía y de la cohorte romana en busca de Jesús para apresarle como si fuera un malhechor. Y nos conmoveremos viendo a Cristo azotado y coronado de espinas, hecho un guiñapo, con la carne rota y cubierto con un viejo y sucio manto de púrpura, momentos antes de que el Procurador romano, Poncio Pilato, dictara la sentencia más injusta que ha habido en toda la historia de la humanidad: la condena a muerte de cruz del Señor.

Luego, procuremos acompañar a Cristo por la Vía Dolorosa y ayudarle a llevar la cruz como hizo Simón de Cirene, y Jesús, que no se deja ganar en generosidad, nos lo recompensará. A San Dimas, el Buen Ladrón, le premió con el Paraíso por aquellas palabras que dijo en defensa de Él, y por reconocer su inocencia. En su camino hacia el Calvario, cae Jesús por tres veces bajo el peso de la cruz, y ante estas caídas nos adelantaremos a los soldados romanos para levantarle con amor. Los soldados lo levantarían a base de golpes y latigazos, brutalmente. Y pidámosle ayuda para no caer nunca en el pecado.

Aprenderemos del Señor a perdonar, ya que ruega al Padre Eterno por sus propios verdugos, para que no les tenga en cuenta lo que están haciendo: clavar a Dios encarnado en una cruz. Con este ejemplo, a partir de ahora perdonaremos de todo corazón a los que nos ofendan. Digámosle a Jesús que queremos hacer nuestro el dolor producido por los clavos que le atravesaron los pies y manos para saber mortificar los sentidos.

En el Gólgota acerquémonos al pie de la Cruz, como la Santísima Virgen, para consolar a Cristo, varón de dolores, obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Nos estremeceremos con la creación entera ante la muerte de un Dios crucificado. Una muerte que nos ha traído la salvación. Y de nuestros labios agradecidos brotará: ¡Gracias, Jesús mío! También debemos agradecerle el que permitiera al centurión Longinos atravesar su costado, porque a través de esa Llaga bendita podemos llegar más fácilmente a su Sacratísimo y Misericordioso Corazón, donde encontraremos siempre dulce cobijo.

Por último, no dejemos de presenciar cómo José de Arimatea y Nicodemo, ayudados por San Juan Evangelista, bajan a Jesús del Santo Madero, para dejar el Sagrado Cuerpo sin vida en los brazos de su Madre; y en silencio miremos cómo depositan a Cristo yacente en el sepulcro nuevo cavado en la roca. Y junto a Santa María esperemos con fe la resurrección de Cristo, el triunfo del Señor.

Seguro que después de haber meditado la Pasión de Cristo sentiremos un deseo grande de corresponder con más amor al amor que Dios nos tiene.

También podemos -y pienso que debemos- participar en la liturgia de estos días -los Oficios de Semana Santa-, que brevemente voy a explicar. Como se sabe, la Semana Santa comienza el Domingo de Ramos. La liturgia de este día tiene un aspecto -la procesión de ramos conmemorativa de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén- de triunfo y de gloria, que luego se mezcla y compagina con dolor y pena al leerse en la Santa Misa la Pasión del Señor. Es la cara y cruz de la vida de Jesús. Los ramos y palmas recuerdan a la masa de los discípulos que entusiasmados vitorean al Maestro. Pero, ¡qué radical cambio en tan pocos días! Aquel pueblo de Israel no tardará en pedir la crucifixión de Jesús.

En el Jueves Santo se conmemora la Última Cena, en la que Jesucristo instituyó dos sacramentos -Eucaristía y Orden sacerdotal-, con la Misa en la Cena del Señor. La liturgia de la Palabra evoca el gesto fundamental del Señor que, al instituir la Eucaristía, se entregaba a la muerte por la salvación de los hombres, y la gran lección de humildad y servicio que Jesús nos dio con el lavatorio de los pies a los discípulos.

La Iglesia, al recordar ambas cosas, es consciente del mandato del Señor de perpetuar su memoria celebrando el sacrificio eucarístico -la Santa Misa-. El otro gesto del Señor, que es de testimonio -os he dado ejemplo… (Jn 13, 15)- puede ser recordado de una manera plástica mediante el rito llamado mandato, es decir, el lavatorio de pies. Este rito trae el recuerdo del otro gran tema del día: el mandamiento de la caridad fraterna.

La Santa Misa en la Cena del Señor concluye con el traslado solemne del Santísimo Sacramento al monumento o lugar donde se guarda el Santísimo Sacramento para que reciba adoración por parte de los fieles en ese día tan señalado. La Iglesia recomienda a los fieles que dediquen algún tiempo de la noche a la adoración a Cristo Sacramentado.

El Viernes Santo no se celebra la Santa Misa, pero sí hay una acción litúrgica para conmemorar la Pasión y Muerte de Cristo. Esta celebración es austera y sobria, mas no exenta de majestad. Tiene una estructura muy simple y muy expresiva: la liturgia de la Palabra, la adoración de la cruz y la comunión.

En la liturgia de la Palabra se lee la descripción profética de la Pasión del Señor hecha por Isaías. Después, los versículos de la carta a los Hebreos en los que se presenta a Cristo como el Sumo Sacerdote que, ofreciéndose a sí mismo como víctima, se convirtió en causa de salvación eterna para los que le obedecen (Hb 5, 9). A continuación, viene la lectura del relato en forma dialogada de la Pasión según San Juan. Y finalmente, la liturgia de la Palabra se cierra con la solemne oración de los fieles, con un bello formulario en el que destaca la jerarquía y la universalidad de las intenciones.

La Adoración de la Cruz por todo el pueblo es el centro de la acción litúrgica, que quiere concentrar toda la atención de los fieles en la Cruz de Cristo. Antes de la adoración propiamente dicha, la Cruz es mostrada por el sacerdote a todos los fieles mientras dice: Mirad al árbol de la cruz donde estuvo clavada la salvación del mundo. Y durante la adoración se canta el himno Crux fidelis, que alude claramente al árbol del paraíso: el fruto de aquel árbol produjo la muerte, el fruto de la Cruz es la Vida misma.

La participación eucarística con las especies consagradas la tarde anterior completa la celebración. Ésta termina con la oración sobre el pueblo, invocando la bendición divina sobre él.

Al comenzar la noche del Sábado Santo se celebra la Vigilia Pascual, que es esencialmente una larga celebración de la Palabra de Dios y de oración, que culmina con la Eucaristía. Consta de cuatro partes bien definidas.

Al principio está el lucernario o rito del fuego y de la luz, que es la primera parte. La preparación del cirio pascual, que se enciende con fuego nuevo y es llevado en procesión hacia el interior del templo, constituye la evocación simbólica de la Resurrección de Cristo. La luz de Cristo, que resucita glorioso, disipe las tinieblas del corazón y del espíritu. El cirio simboliza el lucero que no conoce ocaso, es Cristo resucitado, que, al salir del sepulcro, brilla sereno para el linaje humano.

La liturgia de la Palabra, o segunda parte, es todo un repaso a la historia de la Salvación que gravita sobre la Pascua del Señor. Todos los momentos evocados de esta historia representan otras tantas victorias de la vida sobre la muerte hasta llegar a la Resurrección de Jesús.

A continuación viene la liturgia de los sacramentos del Bautismo y de la Eucaristía, que constituyen la tercera parte y cuarta parte de la Vigilia Pascual. El rito bautismal se reduce a lo esencial: letanías, bendición del agua, promesas y ablución. Si no hay bautismos, debe recordarse el rito bautismal mediante la renovación de las promesas por todos los fieles presentes y la aspersión con el agua a todos los participantes en la Vigilia.

La Eucaristía de la noche santa de la Pascua tiene un encanto especial como anuncio eficaz de la Muerte de Cristo y proclamación gozosa de su Resurrección en la espera de su venida.

Y ahora, felicidades: ¡Cristo ha resucitado! A vivir la alegría propia del tiempo Pascual.

Día 29 de marzo

29 de marzo

Las misiones populares

San Alfonso María de Ligorio se entregó con ardor a las misiones populares, que le arrebataron progresivamente su tiempo, su corazón, sus fuerzas. Convencido de la eficacia de este instrumento de apostolado llega a escribir: En todas las partes del mundo en donde se ha implantado la fe o se ha reformado las costumbres, todo se ha realizado por medio de las misiones.

La prehistoria de las misiones populares se remonta a los comienzos del siglo XIII. Es la época en que la predicación en lengua vulgar inicia su carrera. Un movimiento de reforma evangélica y de celo misionero agita la cristiandad. En 1215, el Concilio IV de Letrán, presidido por Inocencio III, formula esta norma en el canon 10: El hombre no vive solamente de pan. Por tanto, se ordena a los obispos que en la proclamación de la Palabra de Dios se hagan ayudar por hombres poderosos en obras y palabras, capaces de afianzar una predicación salvífica, multiplicando así en todas partes, por la palabra y el ejemplo, la presencia pastoral del obispo. Ellos serán los cooperadores directos del obispo para predicar, oír confesiones y administrar penitencia. Si algún obispo fuese negligente en esta obligación, sea sancionado con una pena rigurosa.

Pronto por toda Europa se dan misiones. Los misioneros dirigen su esfuerzo hacia la defensa de la fe y la renovación espiritual suscitando la emoción que convierte y la instrucción que ilumina, con la finalidad de conducir a todos a la penitencia y a los sacramentos. Con la confesión general y la indulgencia jubilar, el cristaino suelta sus amarras desde cero, hacia una vida nueva. La Palabra de Dios es primordial y los temas de predicación versan prioritariamente sobre las verdades eternas.

San Alfonso María de Ligorio crea elementos nuevos en el método misionero: En cuanto a las misiones -escribe-, hemos predicado muchas y con admirables frutos, porque nuestros métodos son diferentes de los de otras congregaciones.

Aunque guarda sustancialmente el desarrollo de la jornada misionera, se aparta de la dramaticidad barroca de los predicadores de la época. Su predicación es sobria en cuanto a escenas o representaciones penitenciales. No busca conmociones (emoción rápida, vehemente y penitencial), porque desconfía de ellas por su efecto efímero.

Él opta por la misión tranquila, reflexiva, predominantemente catequística. No quiere san Alfonso María de Ligorio una entrada sorpresiva por la puerta trasera del temor, sino que propone convencer la inteligencia y ganar la voluntad.

En 1768 publica un folleto donde subraya los cinco puntos más importantes que hay que inculcar al pueblo en el curso de las misiones: a) el amor de Jesús crucificado; b) la devoción para con la divina Madre; c) la necesidad de la oración; d) la huida de las ocasiones malas; e) la ruina de las almas que se confiesan mal. En ese folleto escribe: En las misiones, ordinariamente, no se habla más que de las verdades eternas o de otros temas para causar temor; pero se trata poco, si no es que de paso, del amor de Dios que nos tiene y de la obligación que tenemos de amarlo. Nadie duda que la predicación de las verdades que infunden temor no sea útil; más aún, es necesaria para despertar a los pecadores que duermen en el pecado. Pero persuadámonos bien de que las conversiones operadas por el solo temor de los castigos divinos duran poco; sólo se mantienen el tiempo en que la fuerza de ese temor persiste, y, una vez que el miedo se extingue en el alma debilitada por los pecados cometidos, volverá a caer fácilmente a la primera acometida de la tentación. Si el santo amor de Dios no entra en el corazón, difícilmente perseverará… Por eso, el principal esfuerzo del predicador en la misión debe ser que cada sermón deje a sus oyentes inflamados del santo amor.

San Alfonso María de Ligorio no quiere que sus misiones fueran humo de paja. Desea la perseverancia en las buenas disposiciones de todos los que han acudido a la misión. Entre todos los medios de perseverancia aconseja vivamente la frecuencia de sacramentos: La confesión y la comunión -repetía sin cesar- son la fuente de todos los bienes. Ellas abaten las pasiones, dan fuerzas contra las tentaciones. Sin ellas se cae y se va al precipicio.

Día 28 de marzo

28 de marzo

La niña y el hereje

La Sagrada Escritura alaba a la mujer fuerte. Entre otras alabanzas, dice de ella: Vale más que las perlas; en ella confía el corazón de su marido; se reviste de fortaleza y de dignidad; con sabiduría abre su boca, y en su lengua está la ley de la bondad. La mujer que teme a Dios, ésa es de alabar.

El 23 de enero de 1572 nació en Dijón (Francia) una de estas mujeres que merecen las alabanzas de la Escritura: Santa Juana Francisca Fremiot de Chantal. Sus padres eran fervientes católicos de noble linaje. A la edad de 20 años contrajo matrimonio con Cristóbal II, barón de Chantal, y fue madre de seis hijos. Al quedarse viuda, se consagró al Señor, dedicándose totalmente a la educación de sus hijos, a prácticas devotas y a obras de caridad. Fundó con san Francisco de Sales la Orden de la Visitación (Salesas).

De esta santa es la siguiente anécdota. En una ocasión, el padre de santa Juana Francisca de Chantal, cuando ésta era pequeña, estaba hablando con un hugonote sobre la Eucaristía. El hereje negaba la presencia real de Cristo en las especies sacramentales. En un momento determinado la niña interrumpió la conversación, y dijo con aplomo increíble: -Señor, usted debe creer que Jesucristo se encuentra en el Santísimo Sacramento porque Él mismo lo dijo. Y si no lo cree, le está llamando mentiroso.

El hugonote, queriendo salir airoso de la situación, ofreció a la niña unas almendras garrapiñadas. La niña puso el delantal para recibir tan sabroso regalo. El hereje quedó ya tranquilo, pero he aquí su sorpresa al ver que Juana Francisca se acerca a la chimenea y echa allí el contenido de su delantal. Y mientras el fuego consumía aquellas garrapiñadas, la niña añadió: -Esto es lo que le sucede a la gente que no cree en lo que Nuestro Señor dice.

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Dios ha hablado a los hombres. Y su palabra divina se ha ido transmitiendo de generación en generación de dos formas: Por escrito, en las Sagradas Escrituras; y de palabra, a través de la Tradición.

Desde el principio Dios se preocupó de mostrar a los hombres el camino seguro para conseguir la eterna felicidad. Muchas veces y en muchas maneras habló Dios en otro tiempo a nuestros padres por ministerio de los profetas; últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo (Hb 1, 1-2). Efectivamente, primero se manifestó a Adán y Eva, a quienes dictó su ley y su voluntad; se comunicó después a Noé, Abrahán, Isaac, Jacob y otros patriarcas, y les reveló muchas verdades superiores al alcance de la razón y del entendimiento humano. No bastando esta revelación primitiva, Dios la amplió a Moisés, ordenándole la pusiera por escrito. Estableció el sacerdocio levítico para conservarla y explicarla al pueblo. Más tarde la fue completando por medio de los profetas. Llegada la plenitud de los tiempos, Dios habló a la criatura racional por medio de su Hijo, hecho hombre.

Con la Revelación se propuso dar a conocer al hombre de modo gratuito las verdades necesarias para su santificación y salvación eterna.

La fe es la respuesta o aceptación del hombre a todo aquello que Dios le ha revelado. El Concilio Vaticano I dio la siguiente definición de fe: La fe es una virtud sobrenatural por la que, con la inspiración y ayuda de la gracia de Dios, creemos ser verdadero lo que por Él ha sido revelado; no por la intrínseca verdad de las cosas percibidas por la luz natural de la razón, sino por la autoridad del mismo Dios que revela, el cual no puede engañarse ni engañarnos.

La fe es necesaria para salvarse. Bien claro lo dijo Jesucristo: El que creyere y fuere bautizado, se salvará, mas el que no creyere se condenará (Mc 16, 16).

Qué razón tenía Juana Francisca Chantal cuando dijo al hugonote que estaba llamando mentiroso al Señor por decir que Cristo no estaba realmente presente real en la Eucaristía. Y también cuando gráficamente indicó el castigo de los no creyentes.

Día 27 de marzo

27 de marzo

Liturgia

El año litúrgico

Se llama año litúrgico al periodo de tiempo que abraca desde el primer domingo de Adviento hasta la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo. Durante el año litúrgico recorremos los momentos más importantes de la vida de Nuestro Señor, entre los que destacan su muerte y resurrección. Este nos ayuda a estar en unión con Jesús y a crecer en nuestra fe.

La vida de Cristo ha dado vida al mundo, por eso necesitamos volver a esos momentos, en el presente, para que Jesús nos conceda recibir y acoger la salvación que Él ofrece a los hombres. Nuestro Señor sale a nuestro encuentro en las celebraciones litúrgicas para darnos la salvación que nos ha traído con su vida, muerte y resurrección.

También durante el año litúrgico honramos a la Santísima Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra. Y a los santos de todos los tiempos.

El año litúrgico está dividido en tiempos litúrgicos. Estos tiempos se dividen en dos grandes ciclos: El Ciclo de Navidad y el Ciclo Pascual. El primero abarca los tiempos litúrgicos de Adviento y Navidad. En este último se incluye la celebración de la Epifanía. El segundo comprende los tiempos litúrgicos de Cuaresma, Triduo Pascual y Pascua. En la Cuaresma está incluida los cinco primeros días de la Semana Santa, y en el Triduo Pascual los dos últimos. Aunque hay que decir que parte del Jueves Santo (hasta la Misa in Coena Domini) es tiempo de Cuaresma; y el resto del día, forma parte del Triduo Pascual.

Las semanas restantes que no están incluidas en los citados tiempos litúrgicos forman el Tiempo Ordinario, que está dividido en dos partes. La primera va desde el final del tiempo de Navidad hasta el comienzo de la Cuaresma; y la segunda va desde el final de tiempo de Pascua hasta el inicio del Adviento.

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Anécdota

Un día, un grupo de jóvenes, buenos católicos, estaban de excursión y fueron al Santuario del Rocío. Allí encontraron a un joven francés, y entablaron conversación. ¿Eres católico?, le preguntó uno, pues no se le veía rezar en el Santuario. No, soy ateo, respondió. Y añadió: El catolicismo tapa las heridas, pero no las cura. En medio de la conversación, los del grupo sacaron sus bocadillos, y ofrecieron dos al joven ateo. El catolicismo es amor, dijo uno del grupo. ¿Y qué es el amor?, preguntó el ateo. Entonces le respondió otro: Prueba de que es amor son los dos bocadillos que estás comiendo.

Día 26 de marzo

26 de marzo

Curiosidades y costumbres del Papado

El calificativo de Magno

A lo largo de toda la historia del Papado sólo unos pocos papas han recibido el calificativo de Magno. Éstos son: san León I (440-461), san Gregorio I (590-604), san Nicolás I (858-867) y san Juan Pablo II (1978-2005).

San León I tenía muy alta idea de su misión de obispo y de la dignidad particular que le pertenecía como sucesor de san Pedro. Poseía una clara conciencia de que el Príncipe de los Apóstoles sobrevive en cierta manera en el Obispo de Roma. En la persona de éste, se debe honrar al que ha recibido la guardia de todos los pastores y de todas las ovejas.

En dos ocasiones salvó la ciudad de Roma de los horrores de la guerra. En la primera, al conseguir que Atila, rey de los hunos, renunciase a la guerra con el emperador Valentiniano; y en la segunda, que Genserico, rey de los vándalos, respetara la ciudad de Roma, sin quemarla y perdonando la vida de sus habitantes.

Murió el 11 de noviembre del año 461.

San Gregorio I fue hombre de inteligencia privilegiada y de amplia cultura que, por la profundidad de la huella que dejó con su predicación y escritos, además de la santidad de su vida, es uno de los Padres de la Iglesia

La ejemplaridad y el heroísmo de su vida cristiana han sido reconocidos por la Iglesia que lo incluye en el Santoral.

Murió el 12 de marzo del año 604. El epitafio métrico de su tumba comenzaba así: Recibe, tierra, un cuerpo que fue tomado de tu cuerpo y que tendrás que devolver el día en que Dios lo vivifique de nuevo. El alma vuela hacia lo alto, no le afectarán las exigencias de la muerte…

San Nicolás I era hombre profundamente piadoso, culto y caritativo. Su pontificado estuvo jalonado de amargos sucesos.

La frase “monarquía papal” resume su concepción acerca de la situación preeminente de Roma dentro de la Cristiandad. Al concepto erróneo del primado honorífico del Papa, Nicolás I opuso la doctrina católica verdadera del primado jurisdiccional romano sobre todas las iglesias particulares.

Muerto el 13 de noviembre del año 867, fue canonizado por el papa Urbano VIII.

Cuando el 2 de abril de 2005 murió el papa san Juan Pablo II todo el mundo, empezando por cardenal decano del Sacro Colegio de los Cardenales (elegido después papa con el nombre de Benedicto XVI), comenzó a llamarle Juan Pablo II el Grande. No hay duda alguna que el papa que vino de Polonia también pasará a la historia con el calificativo de magno.

Día 25 de marzo

25 de marzo

Solemnidad de la Anunciación del Señor

Solemnidad de la Anunciación del Seño. Cuando en la ciudad de Nazaret el ángel del Señor anunció a María: “ Concebirás y darás a luz un hijo, y se llamará Hijo del Altísimo”, María contestó: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”. Y así, llegada la plenitud de los tiempos, el que desde antes de los siglos era el Unigénito Hijo de Dios, por nosotros los hombres y por nuestra salvación, por obra del Espíritu Santo se encarnó en María, la Virgen, y se hizo hombre. (Martirologio Romano).

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Meditación

La Anunciación a María y Encarnación del Verbo es el hecho más maravilloso, el misterio más entrañable de las relaciones de Dios con los hombres, de la misericordia divina, y el acontecimiento más importante y de mayor transcendencia que ha habido en la Historia de la humanidad. Un Dios que se hace hombre, semejante en todo a la criatura humana menos en el pecado, para salvar a la humanidad de la triple esclavitud (demonio, pecado y muerte) a la que estaba sometida el género humano desde el pecado de los primeros padres, Adán y Eva.

Con gran sencillez el evangelista san Lucas narra la Encarnación. Sólo la Virgen nazarena se enteró, porque precisamente en Ella se produjo el prodigio, mientras que sobre la faz de la tierra, aparentemente, nada extraordinario sucedía. Sin embargo, aquel día cambió la Historia. La Segunda Persona de la Santísima Trinidad asumió la débil naturaleza humana de las purísimas entrañas de Santa María.

Con cuánta atención, reverencia y amor se ha de leer este pasaje evangélico, rezar el Ángelus cada día, siguiendo la extendida devoción cristiana, y contemplar el primer misterio gozoso del Santo Rosario.

Y el Verbo se hizo carne (Jn 1, 14). Con este versículo del Prólogo del Evangelio según san Juan se expresa de forma breve el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios.

He aquí la explicación que da un Padre de la Iglesia de la necesidad por parte del hombre de la Encarnación: Nuestra naturaleza enferma exigía ser sanada; desgarrada, ser restablecida; muerta, ser resucitada. Habíamos perdido la posesión del bien, era necesario que se nos devolviera. Encerrados en las tinieblas, hacía falta que nos llegara la luz; estando cautivos, esperábamos un salvador; prisioneros, un socorro; esclavos, un libertador. ¿No tenían importancia estos razonamientos? ¿No merecían conmover a Dios hasta el punto de hacerle bajar hasta nuestra naturaleza humana para visitarla, ya que la humanidad se encontraba en un estado tan miserable y tan desgraciado? (San Gregorio de Nisa, Oratio Catechetica 15).

El plan primitivo de la creación fue quebrantado por la rebelión del pecado del hombre. Para su restablecimiento fue necesaria una nueva intervención de Dios que se realiza por la obra redentora de Jesucristo, Mesías e Hijo de Dios.

Tras la caída, el hombre no fue abandonado por Dios. Al contrario, lo llama y le anuncia de modo misterioso la victoria sobre el mal y le promete el levantamiento de su caída, según se narra en el Génesis, en los versículos llamados Protoevangelio, por anunciarse por vez primera la Redención. En el relato bíblico se habla del Mesías Redentor, del combate entre la serpiente y la Mujer, y la victoria final de un descendiente de Ésta.

Cuando llega la plenitud de los tiempos, Dios cumple su promesa. Envía a su Hijo, el Redentor prometido ya desde el pecado de Adán y Eva.

Enseña la Iglesia: Nosotros creemos y confesamos que Jesús de Nazaret, nacido judío de una hija de Israel, en Belén en el tiempo del rey Herodes el Grande y del emperador César Augusto; de oficio carpintero, muerto crucificado en Jerusalén, bajo el procurador Poncio Pilato, durante el reinado de Tiberio, es el Hijo eterno de Dios hecho hombre, que “salido de Dios”, “bajó del cielo”, “ha venido en carne”, porque “la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad… Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 423).

Cristo, Encarnación de la infinita misericordia de Dios, ha dirigido a la humanidad su mensaje de verdad y de esperanza, ha obrado prodigios, ha asegurado el perdón de los pecados, pero sobre todo, se ha ofrecido al Padre en un gesto de inmenso amor, víctima de expiación por nuestros pecados (San Juan Pablo II, Discurso 21.V.83). Por tanto, la vida de Jesucristo en la tierra obliga a los hombres a tomar postura; o con Dios o contra Dios. El que no está conmigo, está contra Mí; y el que no recoge conmigo, desparrama (Lc 11, 23).

Con su Encarnación, el Hijo de Dios se ha unido en cierto modo con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia humana, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre.

El Verbo se encarnó para salvar al hombre reconciliándolo con Dios: Dios nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados (1 Jn 4, 10); El Padre envió a su Hijo para ser salvador del mundo (1 Jn 4, 14); Él se manifestó para quitar los pecados del mundo (1 Jn 3, 5).

La historia del hombre sobre la tierra es testimonio constante de la verdad de aquellas palabras de san Pablo: Dios quiere que todos los hombres se salven y vengan en conocimiento de la verdad (1 Tm 2, 4). Ya en los albores mismos de la Historia, después de haber creado todas las cosas de la nada, Dios formó al hombre y, por decreto libre de su Voluntad, elevó su naturaleza al orden sobrenatural. A este amor generoso y paterno del Creador, el hombre correspondió con el pecado original, desafiante negación a los requerimientos divinos. Pero el coloquio paterno y santo, interrumpido entre Dios y el hombre a causa del pecado original, fue maravillosamente reanudado en el curso de la historia. La historia de la salvación narra precisamente este largo y variado diálogo, que nace de Dios y teje con el hombre una admirable y múltiple conversación (Pablo VI, Encíclica Ecclesiam suam, n. 52).

Cuando llegó el momento establecido por Dios desde toda la eternidad, el Verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros (Jn 1, 14). Por la vida y muerte de su Hijo, el Señor restableció de nuevo al hombre en la dignidad primera: así que -dice san Pablo- ya no sois extraños ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos y domésticos de Dios (Ef 2, 19). Y no contento con esto, sabiendo que una y otra vez los hombres se rebelarían a su amor, la misericordia de Jesucristo dejó en la tierra la Iglesia para que a través de los sacramentos la gracia de salvación ganada por su muerte de cruz acudiese a sanar, siempre que fuera necesario, las heridas causadas al alma por los pecados.

El Verbo se encarnó para hacernos partícipes de la naturaleza divina (2 P 1, 4): Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: para que el hombre al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios (San Ireneo, Adversus haereses, 3, 19, 1); Porque el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios (San Atanasio, De incarnatione, 54, 3); El Hijo Unigénito de Dios, queriendo hacernos partícipes de su divinidad, asumió nuestra naturaleza, para que habiéndose hecho hombre, hiciera dioses a los hombres (Santo Tomás de Aquino, Oficio de la festividad del Corpus).

La filiación divina es la gran revelación de Jesucristo a los hombres: Dios es un padre que ama infinitamente a sus criaturas. La filiación divina del hombre bautizado es participación de la filiación de Cristo. Jesucristo es el Hijo por naturaleza; el cristiano lo es por adopción, pero es verdaderamente hijo de Dios.

Del magisterio pontificio son estas palabras: En Jesucristo Dios no sólo habla al hombre, sino que lo busca. La Encarnación del Hijo de Dios testimonia que Dios busca al hombre (…). Es una búsqueda que nace de lo íntimo de Dios y tiene su punto culminante en la Encarnación del Verbo. Si Dios va en busca del hombre, creado a su imagen y semejanza, lo hace porque lo ama eternamente en el Verbo y en Cristo lo quiere elevar a la dignidad de hijo adoptivo. Por tanto Dios busca al hombre, que es su propiedad particular de un modo diverso de cómo lo es cada una de las otras criaturas. Es propiedad de Dios por una elección de amor: Dios busca al hombre movido por su corazón de Padre (San Juan Pablo II, Carta Apostólica Tertio Millennio Adveniente).

Las criaturas experimentan la paternidad de Dios, rico en misericordia, a través del amor del Hijo de Dios, crucificado y resucitado, el cual como Señor está sentado en los cielos a la derecha del Padre (San Juan Pablo II, Discurso 2.VII.99).

El Verbo se encarnó para que el hombre conociese así el amor de Dios: En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de Él (1 Jn 4, 9); Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3, 16).

Nadie tiene amor mayor que éste de dar uno la vida por sus amigos (Jn 15, 13), y esto es lo que hizo Jesucristo por cada ser humano: dar su vida.

El mensaje que la Iglesia proclama a todo hombre es muy sencillo: Dios te ama. Dios quiere tu salvación. Dios quiere que seas feliz. Y el amor ya conocido de Dios no se puede responder de otro modo que con amor. La fe es en cierto modo una declaración de amor a Dios.

El Verbo se encarnó para ser modelo de santidad: Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de Mí… (Mt 11, 29); Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por Mí (Jn 14, 6). Y el Padre, en el monte de la Transfiguración, ordena: Escuchadle (Mc 9, 7). Él es, en efecto, el modelo de las bienaventuranzas y la norma de la ley nueva: Amaos los unos a los otros como yo os he amado (Jn 15, 12). Este amor tiene como consecuencia la ofrenda efectiva de sí mismo.

Enseña la Iglesia: Toda su vida, Jesús se muestra como nuestro modelo: Él es el “hombre perfecto” que nos invita a ser sus discípulos y a seguirle: con su anonadamiento, nos ha dado un ejemplo que imitar; con su oración atrae a la oración; con su pobreza, llama a aceptar libremente la privación y las persecuciones (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 520).

La Encarnación fue posible al fiat (hágase) de María. Has oído, Virgen, que concebirás y darás a luz un hijo. Has oído que no será por obra de varón, sino por obra del Espíritu Santo. (…) En tus manos está el precio de nuestra salvación; si consientes, de inmediato seremos liberados. (…) Apresúrate a dar tu consentimiento, Virgen, responde sin demora al ángel, mejor dicho, al Señor, que te ha hablado por medio del ángel. (…) Abre, Virgen santa, tu corazón a la fe, tus labios al consentimiento, tu seno al Creador. (…) Levántate por la fe, corre por el amor, abre por el consentimiento. He aquí -dice la Virgen- la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra (San Bernardo, Homilía sobre las excelencias de la Virgen María). Gracias, Madre.

Día 24 de marzo

24 de marzo

La castidad conyugal

En el Génesis se narra la creación del hombre y de la mujer. Dios ha creado al hombre por amor y lo ha llamado también al amor, vocación fundamental e innata de todo ser humano. Porque el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, que es Amor. Habiéndolo creado Dios hombre y mujer, el amor mutuo entre ellos se convierte en imagen del amor absoluto e indefectible con que Dios ama al hombre. Este amor es bueno, muy bueno, a los ojos del Creador. Y este amor que Dios bendice es destinado a ser fecundo y a realizarse en la obra común del cuidado de la creación. Y los bendijo Dios y les dijo: “Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra y sometedla” (Gn 1, 28).

La virtud de la castidad, objeto del sexto precepto del Decálogo, protege el amor humano y señala el camino recto para que el individuo coopere libremente en el plan de la creación, usando de la facultad de engendrar que ha recibido de Dios. Proclama también la nobleza del sexo; y lo encamina al matrimonio, que Jesucristo elevó de simple contrato natural a sacramento de la Nueva Ley. Al mismo tiempo, traza un cauce al instinto, de modo que la generación no sea fruto de una fuerza irracional -como en los animales-, sino de una donación libre y responsable -plenamente humana-, conforme al decoro y santidad de los hijos de Dios.

Cuando no se respetan los principios de la ley natural sobre la sexualidad se convierte a las personas en objetos, y todo el gran contenido del amor viene a reducirse a un mero intercambio egoísta. Se despoja de verdadera humanidad a la unión entre varón y mujer, rebajándola a la dimensión de animal, que es incompatible con la dignidad de hijos de Dios (San Juan Pablo II, Discurso 18.V.1988). Es decir, cuando el bien divino de la sexualidad se pervierte, la intimidad se destroza, y el marido y la mujer no pueden ya mirarse noblemente a la cara (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 25). Ahora bien, cuando la castidad conyugal está presente en el amor, la vida matrimonial es expresión de una conducta auténtica, marido y mujer se comprenden y se sienten unidos (Ibidem).

El matrimonio es una auténtica vocación cristiana, un camino de santidad. Quienes estén llamados al matrimonio deben santificarse a través de la familia.

En el Evangelio según san Juan se narra el primer milagro de Jesús. Fue en Caná de Galilea. Allí convirtió el agua en vino. Entre los invitados a las bodas de Caná, el evangelista menciona en primer lugar a Santa María. Y después dice: También fueron invitados a la boda Jesús y sus discípulos (Jn 2, 2). Tanto Jesús como su Madre viven en el mundo. Tienen muchos amigos y parientes. Y no descuidan la vida de relación social. Esta presencia de Cristo en las bodas de Caná es señal de que Jesús bendice el amor entre hombre y mujer, sellado con el matrimonio. Dios, en efecto, instituyó el matrimonio al principio de la Creación, y Jesucristo lo confirmó y lo elevó a la dignidad de Sacramento.

Cristo quiso sumarse con sus discípulos a aquella boda para santificar el amor humano, para confirmar el valor divino del matrimonio, para santificar el principio de la generación humana.

El hombre y la mujer han sido creados por Dios con igual dignidad en cuanto personas humanas y, al mismo tiempo, con una recíproca complementariedad en cuanto varón y mujer. Dios los ha querido el uno para el otro, para una comunión de personas. Juntos están también llamados a transmitir la vida humana, formando en el matrimonio una sola carne. En el matrimonio, la intimidad corporal de los esposos viene a ser signo y una garantía de comunión espiritual y realiza el doble fin del matrimonio: el bien de los esposos y la transmisión de la vida.

Os exhorto a que ofrezcáis vuestros cuerpos como ofrenda viva, santa, agradable a Dios (Rm 12, 1); ¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis? Habéis sido comprados mediante un precio. Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo (1 Co 6, 19-20).

La fidelidad conyugal es un gran bien, un tesoro que hay que custodiar. Sólo un corazón limpio puede amar plenamente a Dios. Sólo un corazón limpio puede llevar plenamente a cabo la gran empresa de amor que es el matrimonio. No hay que dejarse arrebatar la riqueza del amor. Hay que asegurad la fidelidad, para el propio bien y el de las familias, formadas en el amor de Cristo.

El matrimonio es una comunión de amor indisoluble. Esta íntima unión, como mutua entrega de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen plena fidelidad conyugal y urgen su indisoluble unidad (Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes, n. 48). Por ello cualquier ataque a la indisolubilidad conyugal, a la par que es contrario al proyecto original de Dios, va también contra la dignidad y la verdad del amor conyugal. Se comprende, pues, que el Señor, proclamando una norma válida para todos, enseña que no le es lícito al hombre separar lo que Dios ha unido.

La soberbia es enemigo de la fidelidad conyugal. Los esposos cristianos, siguiendo su propio camino, deben apoyarse mutuamente en la gracia, con un amor fiel a lo largo de toda su vida. Es necesario repetir a todos que Jesucristo no prometió a los que se unen en matrimonio un paraíso terrenal, sino su ayuda para superar las dificultades y alcanzar una alegría más grande. Es necesario repetir que Jesucristo concede a los esposos cristianos la fuerza de la fidelidad y los hace capaces de resistir la tentación de la separación, hoy tan difundida y seductora (San Juan Pablo II, Discurso 3.VIII.1994).

Para mantener intacta la fidelidad es precisa la obediencia a la ley natural y a la ley divina, que el Magisterio de la Iglesia -asistida por el Espíritu Santo- custodia y propone.

El Concilio Vaticano II hizo referencia a la finalidad del matrimonio: El matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza a la procreación y educación de la prole. Los hijos son, sin duda, el don más excelente del matrimonio (Constitución pastoral Gaudium et spes, n. 50). Los esposos deben cooperar con fortaleza de espíritu con el amor del Creador y del Salvador, quien por medio de ellos aumenta y enriquece diariamente a su propia familia (Ibidem).

Un matrimonio cristiano no puede desear cegar las fuentes de la vida. Porque su amor se funda en el Amor de Cristo, que es entrega y sacrificio… Además, como recordaba Tobías a Sara, los esposos saben que “nosotros somos hijos de santos, y no podemos juntarnos a manera de los gentiles, que no conocen a Dios” (San Josemaría Escrivá, Surco, n. 846).

No está de más recordar las palabras del arcángel san Rafael a Tobías: Óyeme, y te enseñaré cuáles son aquellos sobre quienes tiene potestad el demonio. Son los que abrazan con tal disposición el matrimonio, que apartan de sí y de su mente a Dios, dejándose llevar de su pasión, como el caballo y el mulo que no tienen entendimiento; ésos son sobre quienes tiene poder el demonio (Tb 6, 16-17).

El Magisterio de la Iglesia habla con absoluta nitidez de la bondad del acto conyugal, de la unión sexual dentro del matrimonio: Los actos con los que los esposos se unen íntima y castamente entre sí son honestos y dignos, y, realizados de modo verdaderamente humano, significan y fomentan la recíproca donación, con la que se enriquecen mutuamente con alegría y gratitud (Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes, n. 49).

En la encíclica Humanae vitae, con voz profética, el papa Pablo VI recordaba a todos los hombres de buena voluntad otra aplicación de aquellas palabras de Cristo lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre (Mt 19, 6): el acto sexual conyugal y la procreación forman una parte de un todo lleno de amor que al hombre no le es lícito romper poniendo barreras químicas o físicas que separen el aspecto unitivo del aspecto procreativo.

Las ideas principales de la Humanae vitae son: a) Usar el don del amor conyugal respetando las leyes del proceso generador es reconocer que nosotros no somos dueños de las fuentes de la vida humana, sino más bien administradores del plan establecido por el Creador; b) La Iglesia, al exigir que los hombres observen las normas de la ley natural, interpretada por su constante doctrina, enseña que cualquier acto matrimonial debe quedar abierto a la transmisión de la vida; c) La Iglesia no considera en modo alguno ilícito el empleo de medio terapéuticos verdaderamente necesarios para curar enfermedades del organismo, aun cuando resulte de ello un impedimento a la procreación, con tal que este impedimento no sea directamente querido.

El matrimonio debe incluir una apertura hacia el don de los hijos. La señal característica de la pareja cristiana es su generosa apertura a aceptar de Dios los hijos como regalo de su amor. El Señor se complace en las familias numerosas. De ahí la petición al Señor de una descendencia numerosa, pero, ante todo, amar su Voluntad.

En este camino de santidad, el cristiano experimenta tanto la debilidad humana como la misericordia del Señor. Por esto el punto de apoyo para vivir la castidad conyugal se encuentra en la fe, que hace al hombre y a la mujer conscientes de la misericordia de Dios, y en el arrepentimiento, que acoge humildemente el perdón divino. Es preciso cuidar el amor y no exponerse imprudentemente a perderlo: No tengas la cobardía de ser “valiente”: ¡huye! (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 132). Hay que escarmentar en cabeza ajena. El rey David comenzó dejándose llevar por la curiosidad y esto le llevó al adulterio y al crimen. Después lloró sus pecados y tuvo una vida santa en la presencia de Dios.

La virtud de la castidad exige poner los medios para evitar las ocasiones de pecado. Si las circunstancias adversas -generalización del clima de sensualidad y de confusión doctrinal, etc.- hacen más agresivos y constantes estos peligros, existe un deber todavía más grave de mantenerse vigilantes en esta materia tan pegajosa. Es necesario adquirir una conciencia recta y delicada, que sepa corregir en su raíz las posibles desviaciones.

El que quiera resistir las tentaciones debe poner los medios para ello: el conocimiento de sí, la práctica de una ascesis adaptada a las situaciones encontradas, la obediencia a los mandamientos divinos, la práctica de las virtudes morales y la fidelidad a la oración (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2.340). Cuando vienen enamoramientos no deseados es porque no se ha estado vigilante, se han descuidado normas de prudencia.

A un personaje, muy conocido en el mundo del deporte, le preguntaron una vez: ¿Cómo las prefieres? ¿Morenas o rubias? Y ésta fue la respuesta: Ni morenas, ni rubias. Mi mujer. Para vivir el matrimonio castamente es necesaria la renuncia y la purificación. Y procurar estar enamorados: mantener y renovar cada día el primer amor, de novios.

Pidamos a la Virgen Santísima, Madre del Amor Hermoso, las gracias necesarias para vivir limpiamente el amor humano.