Domingo III del Tiempo Ordinario. Ciclo C

El sacerdote Esdras trajo la Ley ante toda la asamblea, hombres y mujeres, ante todos los que tenían uso de razón. Desde que hubo luz hasta el medio día la leyó frente de la explanada que hay delante de la puerta de las Aguas, ante los hombres, las mujeres y todos los que tenían uso de razón. Todo el pueblo prestaba oído al libro de la Ley (Ne 8, 2-3). El libro de Nehemías es un libro histórico, que es continuación del libro de Esdras. En este último, el autor sagrado narra el fin de la cautividad de Babilonia, el regreso de los deportados a Jerusalén y la reconstrucción del Templo. Además destaca la piedad y la tenacidad de los repatriados, que se dedican por completo al culto del Señor. Esdras instaura de nuevo la Ley del Señor, enseñando en Israel sus decretos y sentencias. Y Nehemías es el encargado de realizar las obras de restauración de la Ciudad Santa y de hacer las gestiones oportunas para su repoblación. Pero el núcleo central del libro de Nehemías lo constituyen la proclamación de la Ley realizada por Esdras y la confesión de los pecados del pueblo que se compromete a cumplir la Ley.

Leían el libro de la Ley de Dios con claridad, explicando el sentido, para instruir con la lectura (Ne 8, 8). Todo el pueblo estaba atento. Los cristianos tenemos la Nueva Ley, la Ley evangélica. Y la Iglesia es la que la interpreta auténticamente. El oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado únicamente al Magisterio de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo (Concilio Vaticano II, Constitución Dei Verbum).

Jesús no deroga la Ley de Moisés, sino que la lleva a plenitud, declarando, por ejemplo, la ineficacia contraprudecente de la ley del talión; declarando que Dios no se complace en la observancia del sábado que desprecia al hombre y lo condena; o cuando ante la mujer pecadora, no la condena, sino que la salva de la intransigencia de aquellos que estaban ya preparados para lapidarla sin piedad, pretendiendo aplicar la Ley de Moisés… Quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1 Tm 2, 4). Misericordia quiero, y no sacrificio (Mt 9, 13).

Podemos preguntarnos: ¿Me esfuerzo por conocer bien la Ley de Cristo? ¿Leo con frecuencia el Evangelio, donde está la vida y las enseñanzas de Jesús? Leamos todos los días un párrafo del Evangelio, para conocer mejor a Jesús, para abrir enteramente nuestro corazón a Jesús. El Evangelio meditado y encarnado en la vida cotidiana es la mejor manera para conocer a Jesús.

También hay que conocer la doctrina católica y el Magisterio de la Iglesia. Jesucristo instituyó en la Iglesia un magisterio vivo, auténtico y perpetuo, investido de su propia autoridad, revestido del espíritu de verdad, confirmado por milagros, y que quiso y muy severamente ordenó que las enseñanzas doctrinales de este magisterio fuesen recibidas como las suyas propias. ¿Cuánto tiempo dedico a mi formación cristiana? ¿Me conformo solamente con lo que oigo en las homilías de la misa dominical? Hace ya unos años salió el Catecismo de la Iglesia Católica. ¿Lo he leído alguna vez? ¿Lo repaso a menudo?

Volvamos al libro de Nehemías: Esdras, que leía, y los levitas, que instruían al pueblo, dijeron a todos: “¡Hoy es un día santo para el Señor, vuestro Dios! No os lamentéis ni lloréis”. Pues todo el pueblo estaba llorando al escuchar las palabras de la Ley (Ne 8, 9). ¿Por qué ese llanto? Puede ser por la emoción de encontrarse de nuevo en su tierra, en su patria. O bien, por el contenido de los preceptos de la Ley, cuyo cumplimiento los hace gratos a Dios. Pero también puede deberse por el reconocimiento de los pecados cometidos, según se deduce de las palabras de Nehemías dirigidas a Dios: Reconozco el pecado que los hijos de Israel hemos cometido contra ti. Yo y la casa de mi padre hemos pecado. Nos hemos comportado muy mal contigo y no hemos cumplido los mandamientos, leyes y normas que mandaste a tu siervo Moisés (Ne 8, 6-7). Es un llanto de contrición.

Aconsejaba san Josemaría Escrivá: Os he dicho muchas veces que la mejor de las devociones son los actos de contrición, y que siempre estoy volviendo como el hijo pródigo. No tenemos por qué llevar detrás, arrastrando, una cola de miserias: hay que ponerlas en manos de Dios y decirle como San Pedro después de las negaciones, con humildad verdadera: “Domine, tu omnia nosti: tu scis quia amo te!” (Jn 21, 17); Señor, Tú sabes que te amo a pesar de mis flaquezas.

Cuando nos acerquemos al sacramento de la Penitencia vayamos con el corazón contrito. Hay una oración muy bonita, un verdadero acto de contrición, del beato Pablo VI: Henos aquí, oh Señor Jesús: hemos venido como los culpables vuelven al lugar de su delito; hemos venido como aquél que te siguió, pero también te traicionó; fieles, infieles, lo hemos sido muchas veces; hemos venido aquí para confesar la misteriosa relación entre nuestros pecados y tu pasión; nuestra obra, tu obra; hemos venido para golpearnos el pecho, para pedirte perdón, para implorar tu misericordia; hemos venido porque sabemos que tú puedes, tú quieres perdonarnos. Porque tú has expiado con nosotros, tú eres nuestra redención, tú eres nuestra esperanza…

Reconocidos y confesados los pecados con verdadero arrepentimiento se llega al encuentro con el amor misericordioso y sanador de Dios. La Confesión es el sacramento de la alegría. También a nosotros se nos dice, después de recibir la absolución sacramental: No estéis tristes, porque el gozo del Señor es vuestra fortaleza (Ne 8, 10).

Meditemos con frecuencia la Palabra de Dios, y permitamos al Espíritu Santo que sea nuestro maestro. Entonces descubriremos que los pensamientos de Dios no son los de los hombres; seremos impulsados a conocer al verdadero Dios y a leer los acontecimientos de la historia a través de sus ojos; gustaremos en plenitud la alegría que brota de la verdad. Toda la Escritura divina habla de Cristo, y toda la Escritura divina se cumple en Cristo. Se ha dicho que la joya de la Escritura son los Evangelios.

Ya que muchos han intentado poner en orden la narración de las cosas que se han cumplido entre nosotros, conforme nos las transmitieron quienes desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra, me pareció también a mí, después de haberme informado con exactitud de todo desde los comienzos, escribírtelo de forma ordenada, distinguido Teófilo, para que conozcas la indudable certeza de las enseñanzas que has recibido (Lc 1, 1-4). Con este breve prólogo, san Lucas expuso la intención que le movió a escribir su evangelio: componer una historia bien ordenada y documentada de la vida de Cristo desde sus orígenes.

Dios ha querido que tengamos en los Evangelios escritos un testimonio divino y perenne en el que se apoya firmemente nuestra fe. En ellos podemos conocer todo lo que se nos ha dicho acerca del Señor o ha sido hecho por Él. Dice san Ambrosio que san Lucas dedica su Evangelio a Teófilo, esto es, a aquel a quien Dios ama. Pero si amas a Dios, también para ti ha sido escrito; y si ha sido escrito para ti, recibe este presente del Evangelista, conserva con cuidado en lo más íntimo de tu corazón esta prenda de un amigo.

Para los judíos, por mandamiento de Dios, el sábado era el día de descanso y de oración. En este día se reunían para instruirse en la Sagrada Escritura en la sinagoga. Durante la reunión se leía un pasaje del libro de la Ley -el Pentateuco- y otro de los Profetas. El que presidía solía invitar a alguno de los presentes que conociese bien las Escrituras a dirigir la palabra a los que allí estaban. También ocurría a veces que alguien se levantase voluntariamente y solicitaba el honor de cumplir este encargo. Nuestro Señor Jesucristo era un buen cumplidor de la Ley. Él dijo: No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolirlos sino a darles su plenitud (Mt 5, 17). Cuenta san Lucas que Jesús por impulso del Espíritu, volvió Jesús a Galilea y se extendió su fama por toda la región. Y enseñaba en sus sinagogas y era honrado por todos (Lc 4, 14-15).

Una vez que llegó a Nazaret, donde se había criado, y según su costumbre entró en la sinagoga el sábado, y buscando la oportunidad de instruir al pueblo se levantó para leer. Entonces le entregaron el libro del profeta Isaías y, abriendo el libro, encontró el lugar donde estaba escrito:“El Espíritu del Señor está sobre mí, por lo cual me ha ungido para evangelizar a los pobres, me ha enviado para anunciar la redención a los cautivos y devolver la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos y para promulgar el año de gracia del Señor”. Y enrollando el libro se lo devolvió al ministro y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él. Y comenzó a decirles: “Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír” (Lc 4, 17-21). Las palabras del profeta Isaías tienen su fiel cumplimiento en Jesús. Nuestro Señor vino para traer la Buena Nueva de la salvación, y quiere que su mensaje llegue a todos los rincones de la tierra.

Las palabras de Isaías leídas por Jesucristo describen de un modo gráfico la finalidad para la que Dios envió a su Hijo al mundo: la redención del pecado, la liberación de la esclavitud del demonio y de la muerte eterna. Y la Iglesia es la continuadora de esta misión de Cristo. Por eso predica las verdades de fe, lo que Dios nos ha revelado para alcanzar la salvación; habla de la necesidad de la vida sacramental, porque los sacramentos son verdaderos manantiales de la gracia; instruye a sus fieles en la moral cristiana.

Me ha ungido para evangelizar a los pobres. Comenta el papa Francisco: A los que estaban cargados de dolor, agobiados de pobreza, les aseguró que Dios los tenía en el centro de su corazón. Y enseñó que la misericordia hacia ellos es la llave del cielo.

San Pablo nos dice: Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Vosotros sois el cuerpo de Cristo y cada uno es un miembro (1 Co 12, 13.27). Cada miembro (el ojo, la mano, el oído) es distinto de los otros, aunque todos son del cuerpo, y se necesitan unos de otros. Igualmente pasa en la Iglesia. Somos miembros de la Iglesia, del Cuerpo Místico de Cristo, pero no todos tienen las mismas funciones. Sin embargo la misión de anunciar el Evangelio es común a todos los bautizados.

Todo fiel cristiano, cualquiera que sea su responsabilidad dentro de la Iglesia, debe preocuparse por comunicar, a través de su enseñanza y su comportamiento, la doctrina y la vida de Jesús. La acción catequética ha sido siempre considerada por la Iglesia como una de sus tareas primordiales.

Para promulgar el año de gracia del Señor. Con estas palabras acaba la tarea por la que ha sido ungido Cristo. La unción la recibió Jesucristo en el momento de la encarnación, principalmente por la gracia de la unión hipostática. Y explica el Catecismo Mayor de san Pío X: Esta unción de Jesucristo no fue corporal, como la de los antiguos reyes, sacerdotes y profetas, sino toda espiritual y divina, porque la plenitud de la divinidad habita en Él sustancialmente. ¿Qué entendemos por año de gracia? El profeta Elías alude al año jubilar de los judíos, establecido por la Ley de Dios cada cincuenta años, para simbolizar la época de redención y libertad que traerá el Mesías. La época inaugurada por Cristo, el tiempo de la Nueva Ley hasta el final de este mundo, es el “año de gracia”, el tiempo de la misericordia y de la redención, que se alcanzarán cumplidamente en la vida eterna.

En el Magnificat Santa María hace referencia a la misericordia de Dios que se derrama de generación en generación (Lc 1, 50), durante todo el “año de gracia” que Cristo promulgó. La Virgen María es la que conoce más a fondo el misterio de la misericordia divina. Y la llamamos Madre de la misericordia. A Ella acudimos, suplicándole que nos mire con sus ojos misericordiosos y nos alcance de su Divino Hijo la bienaventuranza del Cielo.

Domingo II del Tiempo Ordinario. Ciclo C

Al tercer día se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y estaba allí la madre de Jesús. También fueron invitados a la boda Jesús y sus discípulos. Y, como faltó vino, la madre de Jesús le dijo: “No tienen vino”. Jesús le respondió: “Mujer, ¿qué nos importa a ti y a mí? Todavía no ha llegado mi hora”. Dijo la madre a los sirvientes: “Haced lo que él os diga” (Jn 2, 1-5). Entre los invitados a las bodas de Caná, el evangelista menciona en primer lugar a Santa María. Y después cita a Jesús y a los discípulos de Éste. Tanto Jesús como su Madre viven en el mundo. Tienen muchos amigos y parientes. Y no descuidan la vida de relación social. Esta presencia de Cristo en las bodas de Caná es señal de que Jesús bendice el amor entre hombre y mujer, sellado con el matrimonio. Dios, en efecto, instituyó el matrimonio al principio de la Creación, y Jesucristo lo confirmó y lo elevó a la dignidad de Sacramento.

La Iglesia nos enseña a respetar y promover la maravillosa realidad del matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer, que es, además, el origen de la familia. Por eso, reconocer y ayudar a esta institución es uno de los mayores servicios que se pueden prestar hoy día al bien común y al verdadero desarrollo de los hombres y de las sociedades, así como la mejor garantía para asegurar la dignidad, la igualdad y la verdadera libertad de la persona humana (Benedicto XVI, Homilía 9.VII.2006).

También podemos encontrar otra enseñanza de la presencia del Señor en Caná. Asistiendo a aquella fiesta de bodas, Cristo nos enseña que no hay por qué destruir las fiestas populares; hay que ennoblecerlas. Las fiestas alegran a las personas. ¿Por quéno bailar o cantar? Eso sí, sin ofender a Dios. Las fiestas son para que la gente esté contenta, se lo pase bien.

Quizás para algunos, desgraciadamente, diversión es sinónimo de pecado; pero están equivocados. Eso sí, hay lugares de diversión que no se puede frecuentar porque son ocasión próxima de pecado. Pero la diversión en sí misma no es algo malo. Es necesario que los cristianos llevemos a cabo un apostolado de la diversión, como parte importante de la nueva evangelización. La Iglesia anima a sus fieles a esta labor: a cooperar para que las manifestaciones y actividades culturales colectivas, propias de nuestro tiempo, se humanicen y se impregnen de espíritu cristiano (Concilio Vaticano II).

Las fiestas de boda tenían larga duración en Oriente. Durante ellas, parientes y amigos iban acudiendo a felicitar a los esposos; en los banquetes podían participar hasta los transeúntes. El vino era considerado elemento indispensable en las comidas y servía además para crear un ambiente festivo. Quizás porque el mayordomo no había calculado bien, o porque acudieron muchas más personas de las previstas, el vino empezó a escasear. Y la Virgen, por estar en los detalles y pendiente de los demás para que se lo pasen bien, se dio cuenta de esta escasez. Enseguida se le vino a la cabeza el apuro que iban a pasar los recién casados, y movida por la misericordia acudió a su Hijo, le dice: No tienen vino.

María advierte que falta el vino. Se da cuenta Ella sola, y enseguida. ¡Qué familiares nos resultan las escenas de la vida de Cristo! Porque la grandeza de Dios, convive con lo ordinario, con lo corriente. Es propio de una mujer, y de un ama de casa atenta, advertir un descuido, estar en los detalles pequeños que hacen la vida agradable la existencia humana: y así actuó María (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 141). La confianza de la Virgen en su Hijo es total. Sabe que Él es la encarnación de la misericordia de Dios y, por lo tanto, no pasa de largo ante las necesidades de los hombres. Y aunque la respuesta del Señor tiene una apariencia negativa, Ella va a los sirvientes y les dice: Haced lo que él os diga.

Estas palabras, este consejo de buena madre también están dirigidas a nosotros. Podemos considerarlas como una invitación permanente para cada uno de nosotros: En esto consiste toda la santidad cristiana: pues la perfecta santidad es obedecer a Cristo en todas las cosa (Santo Tomás de Aquino). El papa Francisco dice: Hemos venido a llamar a la puerta de la casa de María. Ella nos ha abierto, nos ha hecho entrar y nos muestra a su Hijo. Ahora Ella nos pide: “Haced lo que Él os diga”. Sí, Madre, nos comprometemos a hacer lo que Jesús nos diga. Y lo haremos con esperanza, confiados en las sorpresas de Dios y llenos de alegría.

Había allí seis tinajas de piedra preparadas para las purificaciones de los judíos, con una capacidad de unas dos o tres metretas. Jesús les dijo: “Llenad de agua las tinajas”. Y las llenaron hasta arriba. Entonces les dijo: “Sacadlas ahora y llevadlas al maestresala”. Así lo hicieron. Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, sin saber de dónde provenía -aunque los sirvientes que sacaron el agua lo sabían- llamó al esposo y le dijo: “Todos sirven primero el mejor vino, y cuando ya han bebido, el peor; tú, al contrario, has reservado el vino bueno hasta ahora” (Jn 6-10).

Jesucristo realizó su primer milagro por la intercesión de su Madre. Santa María es la omnipotencia suplicante. Aprendamos de la Virgen a confiar en el poder de la oración. María, Maestra de oración. -Mira cómo pide a su Hijo, en Caná. Y cómo insiste, sin desanimarse, con perseverancia. -Y cómo logra. -Aprende (Camino, n. 502). En el Evangelio están las palabras de Cristo que nos invita a pedir a Dios con fe: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, y quien busca halla, y al que llama se le abre (Lc 11, 9-10).

El evangelista san Juan subraya la abundancia del don concedido por el milagro. Según la capacidad de las tinajas, Jesús puso a disposición de los asistentes a la boda 600 litros de vino de la mejor calidad. Y es que el Señor realizaba los milagros sin tacañería. Con este detalle, se indica la sobreabundancia de los bienes de la Redención.

Jesús convierte el agua en vino, pero no en cualquier vino, sino en un vino estupendo. Los Santos Padres han visto en este vino, el mejor posible, reservado para el final de aquella fiesta de boda, y en su abundancia, una figura del coronamiento de la Historia de la Salvación: Dios había enviado a los patriarcas y profetas, pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió a su propio Hijo, cuya doctrina lleva a la perfección la Revelación antigua, y cuya gracia excede las esperanzas de los justos del Antiguo Testamento. También han visto en este vino bueno del final el premio y el gozo de la vida eterna, que Dios concede a quienes, queriendo seguir a Cristo, han sufrido las amarguras y contrariedades de esta vida.

La presencia de la Virgen en aquellas bodas es origen de varias maravillas. Primera, sólo Ella se dio cuenta del gran apuro de los novios, que se quedaron sin vino. Segunda, Ella intuía que su Hijo tenía en su mano la solución. Tercera, cuenta con Jesús, confía en su Hijo, a pesar de la aparente reticencia del Señor. Cuarta, le dice a los sirvientes lo que tenían que hacer (Haced lo que Él os diga). Quinta, esas palabras nos sirven a los cristianos del siglo XXI, como le han servido a todos los cristianos de los siglos pasados. En el río Jordán, cuando Jesús fue bautizado por Juan el Bautista y en el Monte Tabor, cuando el Señor se transfiguró delante de los apóstoles Pedro, Santiago y Juan, se oyó la voz de Dios Padre que decía: Éste es mi hijo amado, escuchadle. Y es lo mismo que nos recomienda la Virgen: que estemos atentos a las palabras de su Hijo para que hagamos lo que Él nos pida.

El apóstol san Pablo, en su primera carta a los cristianos de Corinto, se refiere a diversidad de dones, ministerios y acciones que hay en la única Iglesia de Cristo. Hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo; y diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; y diversidad de acciones, pero Dios es el mismo, que obra todo en todos. A cada uno se le concede la manifestación del Espíritu para provecho común; a uno se le concede por el Espíritu palabra de sabiduría, a otro palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a uno fe en el mismo Espíritu, a otro don de curación en el único Espíritu; a uno poder de obrar milagros, a otro profecía, a otro discernimiento de espíritus; a uno diversidad de lenguas, a otro, interpretación de lenguas. Pero todas estas cosas las realiza el mismo y único Espíritu, que distribuye a cada uno, según quiere (1 Co 12, 4-11).

En el silencio de la oración se realiza el encuentro con Dios y se escucha esa palabra que Dios dice en eterno silencio y en silencio tiene que ser oída. En la oración que sepamos descubrir lo que el Señor quiere de nosotros. Y al reconocer los dones y gracias que hemos recibido, veamos cómo ponerlos para utilidad y servicio de los demás miembros de la Iglesia, para provecho común. En aquella primera época del cristianismo, el Espíritu Santo concedía a los fieles dones extraordinarios –poder de obrar milagros, don de profecía, don de curación, diversidad de lenguas…-, pero también a lo largo de los siglos, y actualmente, ha concedido -y concede- dones extraordinarios, con manifestaciones espectaculares, puesto que el poder de Dios no ha menguado; sin embargo no sólo estas gracias extraordinarias contribuyen a la expansión de la Iglesia. Decía san Juan Pablo II: La renovación en el Espíritu será auténtica y tendrá una verdadera fecundidad en la Iglesia, no tanto en la medida en que suscite carismas extraordinarios, sino en cuanto conduce al mayor número posible de fieles, en su vida cotidiana, a un esfuerzo humilde, paciente y perseverante para conocer mejor el misterio de Cristo y dar testimonio de Él.

Importa descubrir qué puede hacer cada uno de nosotros, con los carismas recibidos. Algunos quizás descubran una llamada especial de Dios, una vocación para el sacerdocio o para la vida religiosa. Para otros su vocación puede ser de una entrega total a Dios en medio del mundo, sin entrar en el estado clerical ni en el de los religiosos, para hacer apostolado entre sus amigos y compañeros. Y para la mayoría, será una llamada al estado matrimonial, para formar una familia cristiana. ¿Qué puedo hacer? Quizás dar catequesis en la parroquia a los niños de primera comunión, o a los jóvenes que se preparan para la Confirmación. Otra cosa que se puede hacer es visitar a los enfermos, ancianos y personas que viven solas, o colaborar en actividades de cáritas. También existe la dedicación a recoger fondos para actividades apostólicas o para el mantenimiento de los templos. E incluso acompañar a los sacerdotes cuando llevan la comunión a los enfermos; otra actividad es participar en los cursos prematrimoniales dando charlas. Y podríamos poner un largo etcétera. Pero siempre haciendo lo que el Señor nos diga. Entonces Dios estará se complacerá con el que cumple su voluntad, según dice el profeta Isaías: El Señor se ha complacido en ti, y tu tierra tendrá esposo. Como un joven se casa con su novia, así te desposa el que te construyó, y la alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará tu Dios contigo (Is 62, 4-5).

Vamos a rogarle a Santa María que pida a su Hijo que no nos falte nunca el vino nuevo y mejor del Evangelio; el vino bueno de la caridad, para que sepamos ir al encuentro de todos los hombres y ayudarles en toda una serie de necesidades; el vino espléndido y oloroso del afán apostólico y evangelizador, de manera que nos proporcione la fuerza y la sabiduría para poder hablar de Dios a nuestros semejantes; para que cada uno pueda decir: Por amor de Sión no callaré, por amor de Jerusalén no descansaré hasta que su justicia despunte como la aurora, y su salvación llamee como una antorcha. Las naciones verán tu justicia, y todos los reyes, tu gloria; te llamarán con un nombre nuevo, que pronunciará la boca del Señor (Is 62, 1-2).

San Juan termina el relato del primer milagro del Señor diciendo: Así, en Caná de Galilea hizo Jesús el primero de los signos con el que manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él (Jn 2, 11). Antes del milagro los discípulos ya creían que Jesús era el Mesías; pero todavía tenían un concepto excesivamente terreno de su misión salvífica. San Juan atestigua que este milagro fue el comienzo de una nueva dimensión de su fe, que hacía más profunda la que ya tenían. El milagro de Caná constituye un paso decisivo en la formación de la fe de los discípulos. María aparece como Virgen orante en Caná, donde, manifestando al Hijo con delicada súplica una necesidad temporal, obtiene también un efecto de gracia: que Jesús, realizando el primero de sus “signos”, confirme a los discípulos en la fe en Él (Beato Pablo VI, Exhortación apostólica Marialis cultus).

Fiesta del Bautismo del Señor. Ciclo C

Como el pueblo estaba a la espera, andaban todos pensando en sus corazones acerca de Juan, si no sería él el Cristo; respondió Juan a todos, diciendo: “Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, y no soy digno de desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego”. Sucedió que cuando todo el pueblo estaba bautizándose, bautizado también Jesús y puesto en oración, se abrió el cielo, y bajó sobre él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma; y vino una voz del cielo: “Tú eres mi hijo, el Amado, en ti me he complacido” (Lc 3, 15-16.21-22). Este es el relato del bautismo de Jesús del Evangelio según San Lucas.

Al inicio de su ministerio público, Jesús se acerca al río Jordán donde está san Juan bautizando. El bautismo del Bautista era de penitencia y conversión. ¿Por qué acudió el Señor para ser bautizado si no necesitaba penitencia ni conversión? Este hecho muestra el camino de abajamiento y de humildad que Cristo eligió libremente para adherirse al proyecto del Padre, para ser obediente a su voluntad de amor por el hombre en todo, hasta el sacrificio en la cruz.

Comenta Benedicto XVI: Aquél que no tiene pecado se sitúa entre los pecadores para hacerse bautizar, para realizar este gesto de penitencia; el Santo de Dios se une a cuantos se reconocen necesitados de perdón y piden a Dios el don de la conversión, o sea, la gracia de volver a Él con todo el corazón para ser totalmente suyos. Jesús quiere ponerse del lado de los pecadores haciéndose solidario con ellos, expresando la cercanía de Dios. Jesús se muestra solidario con nosotros, con nuestra dificultad para convertirnos, para dejar nuestros egoísmos, para desprendernos de nuestros pecados, para decirnos que si le aceptamos en nuestra vida, Él es capaz de levantarnos de nuevo y conducirnos a la altura de Dios Padre. Y esta solidaridad de Jesús no es, por así decirlo, un simple ejercicio de la mente y de la voluntad. Jesús se sumergió realmente en nuestra condición humana, la vivió hasta el fondo, salvo en el pecado, y es capaz de comprender su debilidad y fragilidad. Por esto Él se mueve a la compasión, elige “padecer con” los hombres, hacerse penitente con nosotros. Esta es la obra de Dios que Jesús quiere realizar; la misión divina de curar a quien está herido y tratar a quien está enfermo, de cargar sobre sí el pecado del mundo.

El bautismo de Juan era distinto del sacramento del Bautismo instituido por Jesucristo. El mismo Precursor lo dice claramente: Yo os bautizo con agua. Él (Jesús) os bautizará en Espíritu Santo y fuego. El suyo era un modo de preparar interiormente a los que se acercaban a él, y hacerles comprender la inminente llegada del Mesías. Sus palabras de exhortación y el reconocimiento humilde de los pecados por parte de los que acudían a él disponían a recibir la gracia de Cristo por el Bautismo en el Espíritu y en el fuego. En otras palabras, el bautismo de Juan no producía la justificación, mientras que el Bautismo cristiano perdona los pecados y da la gracia.

¿Por qué Juan Bautista dice que Cristo bautizará en Espíritu Santo y fuego? La palabra “fuego” indica, de modo categórico, la eficacia de la acción del Espíritu Santo para borrar totalmente los pecados y el poder vivificante de la gracia en el bautizado. Por el Bautismo cristiano los hombres son bautizados interiormente por el Espíritu Santo, cosa que sólo hace Dios. El rito del sacramento del Bautismo no sólo significa la gracia, sino que la confiere.

¿Qué sucedió en el momento del bautismo de Jesús? Una teofanía. Se abrieron los cielos y se manifestó visiblemente el Espíritu Santo en forma de paloma, mientras una voz de lo alto expresó la complacencia del Padre, que reconoció al Hijo unigénito, al Amado. La voz de Dios Padre, “venida del Cielo”, revela a Juan el Bautista y al pueblo judío -y en ellos a todos los hombres- este profundo misterio de la divinidad de Cristo. Se trató de una verdadera manifestación de la Santísima Trinidad, que dio testimonio de la divinidad de Jesús, de su ser el Mesías prometido, Aquél a quien Dios envió para liberar a su pueblo, para que se salvara.

He aquí a mi siervo a quien yo sostengo, mi elegido, en quien se complace mi alma. He puesto mi Espíritu sobre Él, y hará que la justicia llegue a las naciones. No clamará, no gritará, no hará oír su voz en la calle. No romperá la caña doblada ni aplastará la mecha que está por apagarse. Dictará sentencia según la verdad. No se dejará quebrar ni aplastar, hasta que establezca el derecho en la tierra. Las tierras de ultramar esperan su ley (Is 42, 1-4). Con la llegada de Jesús se cumplió esta profecía de Isaías. El “siervo” tiene atributos excepcionales, universales, transcendentes. El profeta habla de su acción humilde, pero también se refiere a su fortaleza hasta establecer el derecho en la tierra, anuncia que será la luz de las naciones, que hará ver a los ciegos y redimirá a los cautivos.

El Señor vino con poder para destruir las obras del pecado y su brazo ejerció el dominio para desarmar al Maligno. Es Aquél del cual dijo Juan es más fuerte que yo. El poder de Cristo es el poder de Aquél que sufre por nosotros: este es el poder de Dios, distinto del poder del mundo. Cristo por su muerte redentora libera al hombre del dominio del pecado y le reconcilia con el Padre; por su resurrección salva al hombre de la muerte eterna y le hace victorioso sobre Satanás.

¿Qué acontece en el Bautismo? El que recibe el sacramento del Bautismo renace como hijo de Dios, es hecho partícipe de la relación filial que Jesús tiene con el Padre, y es capacitado para dirigirse a Dios llamándole con plena confianza Padre. También aquí el Cielo se abre y Dios dice: Éste es mi hijo, hijo de mi complacencia. El bautizando, introducido en esta relación filial con Dios y liberado del pecado -del original y de los pecados personales, si los tuviera-, se convierte en miembro vivo del Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia, y se hace capaz de vivir en plenitud su vocación a la santidad, a fin de poder heredar la vida eterna que nos ha obtenido la resurrección del Señor. Por el Bautismo, el nuevo cristiano comienza un camino de santidad y de configuración con Jesús.

En el primer viaje que hizo san Juan Pablo II a Polonia, estuvo en su ciudad natal, Wadowice. Allí visitó la iglesia donde fue bautizado. Y ante la pila bautismal dijo estas emotivas palabras: Cuando dirijo mi pensamiento atrás para mirar el largo camino de mi vida, considero cómo el ambiente, la parroquia, mi familia, me han llevado a la fuente bautismal de la iglesia de Wadowice, donde el 20 de junio de 1920 me fue concedida la gracia de convertirme en hijo de Dios, junto con la fe en mi Redentor. Yo besé una vez solemnemente esta fuente bautismal el año del milenio de Polonia, cuando era Arzobispo de Cracovia. Hoy deseo besarla, una vez más, como Papa, Sucesor de San Pedro.

El Bautismo es necesario para la salvación según se deduce de las palabras de Cristo a Nicodemo: En verdad, en verdad te digo que si uno no nace del agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de los cielos (Jn 3, 5); y de las que dijo a sus apóstoles antes de subir a los cielos, al enviarlos a predicar el Evangelio: El que creyere y fuere bautizado se salvará, mas el que no creyere se condenará (Mc 16, 16). Un hombre, una mujer, que habiendo conocido a Cristo y su doctrina, no quiera bautizarse, no se salvará.

Sin embargo, una persona no bautizada se puede salvar por el Bautismo de sangre o por el Bautismo de deseo. Se dice que una persona ha recibido el Bautismo de sangre cuando sin estar bautizada muere a causa de la fe. Es el caso de algunos mártires que, sin haber recibido el sacramento del Bautismo, dieron su vida por Cristo. Y los catecúmenos, y todos aquellos que, bajo el impulso de la gracia, sin conocer a Cristo y a la Iglesia, buscan sinceramente a Dios y se esfuerzan por cumplir su voluntad, que mueren sin recibir las aguas bautismales, se salvan por el Bautismo de deseo.

Las tierras de ultramar y las lejanas islas esperan su ley. El mandato de Cristo a los apóstoles es que hicieran discípulos de todos los pueblos y que fueran bautizados. Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura (Mc 16, 15). Teniendo en cuenta estas disposiciones del Señor, san Pedro, en casa del centurión Cornelio, en un breve discurso -el primero que dirige a no judíos- dice: Verdaderamente comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en cualquier nación el que le teme y practica la justicia le es grato. Él ha enviado su Palabra a los hijos de Israel, anunciándoles la Buena Nueva de la paz por medio de Jesucristo que es el Señor de todos. Vosotros sabéis lo sucedido en toda Judea, comenzando por Galilea, después que Juan predicó el bautismo; cómo Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder, y cómo él pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con él (Hch 10, 34-38). La idea central es que Dios no hace acepción de personas y desea salvar a todos los hombres, ya sean judíos o gentiles, mediante el anuncio del Evangelio. Cuenta san Lucas en los Hechos de los Apóstoles que aún estaba san Pedro hablando cuando descendió el Espíritu Santo sobre todos los que le estaban escuchando. Esto hizo que el apóstol se preguntará: ¿Podrá alguien negar el agua para bautizar a éstos que han recibido el Espíritu Santo igual que nosotros? (Hch 10, 47). Y los bautizó.

El Bautismo es un don, el don de la vida. Pero un don debe ser acogido, debe ser vivido. Un don de amistad implica un “sí” al amigo e implica un “no” a lo que no es compatible con esta amistad, a lo que es incompatible con la vida de la familia de Dios, con la vida verdadera en Cristo.

Consideremos por último que con el Bautismo se recibe la virtud infusa de la fe. Al darnos la fe, el Señor nos ha dado lo más precioso que existe en la vida, es decir, el motivo más verdadero y más bello por el cual vivir: por gracia hemos creído en Dios, hemos conocido su amor, con el cual quiere salvarnos y librarnos del mal. La fe es el gran don con el que nos da también la vida eterna, la verdadera vida. Esa fe infundida es una realidad que se deposita en el alma como la semilla de un árbol espléndido, que es preciso ayudar a crecer. Para este crecimiento qué importante es ser instruidos según la sabiduría de la Sagrada Escritura y las enseñanzas de la Iglesia, a fin de que crezca este germen de la fe y podamos alcanzar la plena madurez cristiana.

A la Virgen Madre de Jesús, presentado en el Jordán al ser bautizado por Juan como el Hijo predilecto de Dios, nos encomendemos para  que vele sobre nosotros, los que hemos tenido la gracia de recibir el Bautismo, y nos acompañe siempre.

Homilía de la Solemnidad de la epifanía del Señor. Ciclo C

¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti! Mira que las tinieblas cubren la tierra, y la oscuridad, los pueblos, pero sobre ti amanece el Señor, aparece sobre ti su gloria. Las naciones caminarán a tu luz, los reyes, al resplandor de tu aurora (Is 60, 1-3). En la Iglesia se han cumplido estas palabras proféticas referidas a la ciudad santa de Jerusalén. El profeta Isaías nos hace vislumbrar en el futuro esplendor de Jerusalén la grandeza de la Iglesia, cuya luminosidad de la fe que predica brota de la gloria del Señor, que está presente en su Iglesia. Esta luz atrae a todas las naciones no sólo porque las instruye con la Palabra de Dios, sino porque las asombra con su esplendor de santidad.

La Iglesia está llamada a hacer que en el mundo resplandezca la luz de Cristo, reflejándola en sí misma como la luna refleja la luz del Sol. Esto lo deberán realizar los discípulos de Cristo; después de aprender de Él a vivir según el estilo de la Bienaventuranzas, procurando atraer a todos los hombres hacia Dios mediante el testimonio del amor: Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo (Mt 5, 16).

Alza tus ojos y mira alrededor: todos ellos se congregan, viene a ti. Tus hijos vienen de lejos, tus hijas abrazadas a su costado. Entonces, mirarás y te pondrás radiante, palpitará y se ensanchará tu corazón, pues de la abundancia del mar se volcará sobre ti, llegará a ti la riqueza de las naciones (Is 60, 4-5). Isaías habla a Jerusalén, pero estas palabras también las podemos dirigir a la Iglesia. A ella llegan gentes de todas las partes -ya sean judíos o gentiles-, por su carácter universal. Para esto ha nacido la Iglesia: para, dilatando el reino de Cristo por toda la tierra, hacer partícipes a todos los hombres de la redención salvadora, y, por medio de ellos, orientar verdaderamente todo el mundo hacia Cristo (Concilio Vaticano II, Decreto Apostolicam actuositatem, n. 2).

Los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la Promesa en Jesucristo, por el Evangelio (Ef 3, 6), nos dice san Pablo en la Carta a los Efesios, para afirmar que el Hijo de Dios vino al mundo no sólo para los judíos, sino para todos los hombres. La Iglesia de Dios es glorificada especialmente por la conversión de los gentiles. Éste es el cumplimiento de: “Y mi casa de oración será glorificada”. Esta promesa fue hecha a la antigua Jerusalén, la madre de la nueva ciudad, que, como ya se ha dicho, es el conjunto de los que en el antiguo pueblo vivieron rectamente: los profetas y patriarcas, hombres justos, a los que el logos proclamó primero la venida de Cristo (Eusebio de Cesarea, Commentaria in Isaiam 60-67).

Te cubrirá una multitud de camellos, dromedarios de Madián y Efá, todos vendrá de Sabá cargados de oro e incienso, y pregonando alabanzas al Señor (Is 60, 6). Isaías, con luz profética, ve llegar a Jerusalén grupos de caravaneros procedentes del Este con las riquezas propias de aquellas regiones: plata, oro, etc. También el cumplimiento de esta profecía está en el relato de los Magos de Oriente que llegan para adorar a Jesús con presentes traídos de su tierra.

En el Evangelio según San Mateo está narrada la adoración de los Magos. Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle” (Mt 2, 1-2). Los Magos eran unos sabios dedicados al estudio de los astros. Al no ser judíos, son como las primicias de los gentiles que recibirán la llamada de la salvación en Cristo. Seguramente tendrían conocimiento del esperado Mesías, porque los judíos habían difundido por Oriente las esperanzas mesiánicas. Eran hombres de su época, y por aquel tiempo existía la idea de que todo personaje importante en la historia universal debía tener una estrella relacionada con su nacimiento. Por eso, cuando vieron en el firmamento una estrella grande y maravillosa, y de especial resplandor, pensaron que era la señal de la llegada al mundo del esperado Rey de los Judíos. Dios quiso valerse de estas concepciones para conducir hasta Cristo a los representantes de los gentiles, que habían de creer.

Vimos su estrella, dicen a los jerosolimitanos cuando preguntaron por el Rey de los Judíos. Emplean un tiempo de pasado, y no de presente. Por lo cual al llegar a la Ciudad Santa se deduce que no ven la estrella. Precisamente se les había ocultado, para que, al hallarse sin guía, no tuvieran otro remedio que preguntar a los judíos, y quedara de manifiesto a todos el nacimiento de Cristo (San Juan Crisóstomo, Homilía sobre el Evangelio de san Mateo). Es de destacar que Dios los llamó por lo que a ellos les era más familiar. La llamada de los Magos, mientras se dedican a su oficio, es un hecho que se repite en el llamamiento que Dios hace a los hombres: llamarlos precisamente entre las ocupaciones ordinarias de su vida. Así llamó a Moisés cuando pastoreaba el rebaño, al profeta Eliseo cuando araba su tierra con los bueyes, a Amós cuando cuidaba su ganado…

Al enterarse el rey Herodes la llegada de los Magos y de su pregunta, se turbó, y con él toda Jerusalén. Y, reuniendo a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, y por ellos se estuvo informando del lugar donde había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron: “En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel” (Mt 2, 3-6). En aquellos tiempos se encontraba ampliamente difundida en todos los ambientes judíos la esperanza de la pronta venida del Mesías, concebido sobre todo como rey a la manera de un nuevo y más grande David. De aquí la turbación de Herodes, rey de los judíos con el apoyo de los romanos y cruelmente celoso de la defensa de su corona. Por su ambición política y su carencia de sentido religioso, Herodes vio al posible Mesías-Rey como un peligroso competidor de su poder temporal.

Se turbó (el rey), y con él toda Jerusalén. Todos los jerosolimitanos conocían bien la desmesurada ambición de su rey, que, por permanecer en el trono, no vaciló nunca en cometer los crímenes más abyectos, crueles y horribles. Como además sufría manía persecutoria, veía por todas partes conspiraciones y competidores de su realeza. Su crueldad era tal que había asesinado a varias de las mujeres que tuvo, a algunos de sus hijos y a buen número de personas influyentes en su corte y en la ciudad. Por lo que la noticia del nacimiento de un nuevo rey en vida de Herodes sólo podía traer ríos de sangre. No es, pues, difícil de imaginar el temor que se apoderó de toda la población jerosolimitana cuando se presentaron aquellos extranjeros en la misma capital del reino judío preguntando nada más ni nada menos que por un rey recién nacido. De aquí el estremecimiento que se propagó de puerta a puerta, de casa a casa por toda la ciudad.

La respuesta que los sacerdotes y escribas dieron a Herodes está basada en la profecía de Miqueas, en la cual se predice el lugar exacto del nacimiento del Mesías, y que éste es un personaje determinado.

Entonces Herodes llamó aparte a los magos y por sus datos precisó el tiempo de la aparición de la estrella. Después, enviándolos a Belén, les dijo: “Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando le encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle”. Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría (Mt 2, 7-10). Herodes pretendía saber con exactitud dónde estaba el Niño no precisamente para adorarle, sino para librarse de Él. San Josemaría Escrivá comenta estos versículos así: Ocurre en determinados momentos de nuestra vida interior, casi siempre por culpa nuestra, lo que pasó en el viaje de los Reyes Magos: que la estrella desaparece. ¿Qué hacer, entonces? Seguir los pasos de aquellos hombres santos: preguntar. Herodes se sirvió de la ciencia para comportarse injustamente; los Reyes Magos la utilizan para obrar el bien. Pero los cristianos no tenemos necesidad de preguntar a Herodes o a los sabios de la tierra. Cristo ha dado a su Iglesia la seguridad de la doctrina, la corriente de gracia de los Sacramentos; y ha dispuesto que haya personas para orientar, para conducir, para traer a la memoria constantemente el camino (Es Cristo que pasa, n. 34).

Al ver de nuevo la estrella, volvió la claridad a sus ojos y a su mente, la alegría al corazón y la ilusión renovada a la voluntad. Alegría que fue mayor cuando la estrella se detuvo indicando el lugar donde estaba el Niño al cual venían a rendir pleitesía. Al llegar a Belén, los Magos entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra (Mt 2, 11). He aquí por fin al momento tan esperado: el encuentro con Jesús. Entraron en la casa: esta casa representa en cierto modo la Iglesia. Para encontrar al Salvador hay que entrar en la casa, que es la Iglesia.

Comenta san Pedro Crisólogo este encuentro de los Magos con el Niño Jesús: Hoy el mago encuentra llorando en la cuna a aquel que, resplandeciente, buscaba en las estrellas. Hoy el mago contempla claramente entre pañales a aquel que, encubierto, buscaba pacientemente en los astros. Hoy el mago discierne con profundo asombro lo que allí contempla: el cielo en la tierra, la tierra en el cielo, el hombre en Dios, y Dios en el hombre; y aquel que no puede ser encerrado en todo el universo incluido en un cuerpo de niño. Y, viendo, cree y no duda; y lo proclama con sus dones místicos: el incienso para Dios, el oro para el rey, y la mirra para el que morirá. Hoy el gentil, que era el último, ha pasado a ser primero, pues entonces la fe de los magos consagró la creencia de las naciones (Sermones 160).

Le adoraron. El concilio de Trento cita expresamente este pasaje evangélico de la adoración de los Magos al enseñar el culto que se debe dar a Cristo en la Eucaristía: Todos los fieles de Cristo en su veneración a este Santísimo Sacramento deben tributarle aquel culto de latría que se debe al verdadero Dios. Porque aquel mismo Dios creemos que está en él presente, a quien al introducirle el Padre eterno en el orbe de la tierra dice: Y adórenle todos los ángeles de Dio; a quien los Magos postrándose le adoraron, a quien, en fin, la Escritura atestigua que le adoraron los Apóstoles en Galilea.

También a propósito de esta adoración de los Magos, comentaba san Gregorio Nacianceno: Nosotros permanezcamos en adoración; y a quien por causa de nuestra salvación se humilló a tal grado de pobreza de recibir nuestro cuerpo, ofrezcámosle no ya el incienso, oro y mirra -lo primero como a Dios, lo segundo como a rey y lo tercero como aquel que buscó la muerte por nuestra causa-,sino dones espirituales, más sublimes que los que se ven con los ojos.

Le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra. Con el oro, reconocieron la realeza de Jesús; con el incienso, su divinidad; y con la mirra, su humanidad. Fijémonos en la simbología de estos dones. El oro es símbolo de los bienes terrenales. Estos bienes no son sino un préstamo de Dios para su gloria, para nuestro provecho y para el bien de nuestros prójimos. No sirvamos a los bienes materiales sino que estos nos sirvan a nosotros para servir a Dios. En el incienso está simbolizados los honores terrenos. No nos envanezcamos por nuestras buenas cualidades. ¿Qué tienes que no lo hayas recibido de Dios? Y por último, la mirra simboliza nuestros sufrimientos que nos acompaña desde la cuna al sepulcro durante nuestra breve vida. Llevémoslos con paciencia y ofrezcámoslos al Señor; de esta manera nos servirá de consuelo en la tierra y de gloria en el cielo.

Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino (Mt 2, 12). La intervención de los Magos en los acontecimientos de Belén termina con un nuevo acto de delicada obediencia y cooperación con los planes de Dios. Con su decisión de no volver a Herodes pusieron por obra los que, más adelante, dijeron los Apóstoles: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres (Hch 5, 29). También el cristiano debe ser dócil hasta el final a la gracia y a la misión concreta que Dios le asigne, aunque esto suponga modificar los planes personales que uno se haya propuesto.

El deseo de adorar al Niño Dios fue lo que impulsó a los Magos a seguir la estrella, a realizar el viaje hasta Jerusalén primero, y después a Belén. No se pararon en considerar las dificultades que pudieran encontrar en el camino: montañas, secos desiertos, bosques y llanuras dilatadas, bandidos, etc. Lo único importante para ellos -y para nosotros- es encontrar a Jesús. Estar con Cristo llena nuestra vida de felicidad y de gozo; sin Él la vida carece de sentido. Pedimos a Santa María, Estrella de la mañana, que ilumine nuestro caminar terreno hacia Dios.

Domingo II de Navidad. Ciclo C

Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn 1, 14). La Palabra eterna, el Hijo de Dios, tomó la naturaleza humana. El profeta Isaías al decir: Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado (Is 9, 5), revela en toda su plenitud el misterio de la Navidad: la generación eterna de la Palabra en el Padre, su nacimiento en el tiempo por obra del Espíritu Santo. Dios se ha hecho uno de nosotros, para que podamos estar con Él, llegar a ser semejantes a Él. Ha elegido como signo suyo al Niño en el pesebre: Él es así. De este modo aprendemos a conocerlo y sentimos la cercanía de Dios.

Despiértate, hombre: por ti, Dios se ha hecho hombre (San Agustín). El papa Benedicto XVI se hace eco de las palabras de este Padre de la Iglesia, y nos dice: ¡Despiértate, hombre del tercer milenio! En Navidad, el Omnipotente se hace niño y pide ayuda y protección; su modo de ser Dios pone en crisis nuestro modo de ser hombres; llamando a nuestras puertas nos interpela, interpela nuestra libertad y nos pide que revisemos nuestra relación con la vida y nuestro modo de concebirla.

En el libro de Sirácida leemos quela Sabiduría se gloría diciendo: Yo salí de la boca del Altísimo, y cubrí como niebla la tierra. Yo levanté mi tienda en las alturas, y mi trono era una columna de nube (Si 24, 3-4). Esta Sabiduría se identifica con la Palabra de Dios, con el Verbo, existente antes de los siglos, en el principio (Si 24, 14). En el principio se refiere a la eternidad. En la ciudad amada me dio descanso, y en Jerusalén está mi potestad. Arraigué en un pueblo glorioso, en la posesión del Señor, en su heredad, en la reunión de los santos hago mi parada (Si 24, 15-16). El Verbo encarnado plantó su morada en la tierra.

San Juan dice claramente que vino a los suyos y los suyos no lo recibieron (Jn 1, 11). Pero ¿quiénes eran los suyos? Por los suyos se entiende, en primer lugar, el pueblo judío, que había sido elegido por Dios como pueblo de su propiedad para que en él naciera Cristo. También puede entenderse toda la humanidad, pues le pertenece al haber sido creada por Él. Todo fue hecho por Él, y sin él no se hizo nada cuanto ha sido hecho (Jn 1, 3). Por tanto, el reproche de no recibir al Verbo hecho hombre ha de entenderse no solamente a los judíos sino también a todos los que, llamados por Dios a su amistad, lo rechazan.

Pero a cuantos le recibieron les dio poder para ser hijos de Dios (Jn 1, 12). ¿Quiénes son los que reciben al Verbo encarnado? Son aquellos que lo aceptan por la fe, los que creen en su Persona, en Jesús como el Cristo, el Hijo de Dios. La filiación divina es la gran revelación de Jesucristo a los hombres: Dios es un Padre que ama infinitamente a sus criaturas. Nuestra filiación divina es la participación de la filiación de Cristo: Jesucristo es el Hijo por naturaleza; nosotros lo somos por adopción; pero somos verdaderamente hijos.

El Verbo se encarnó para redimirnos, pero también para hacernos partícipes de la naturaleza divina. El Hijo de Dios se hizo hombre para que los hijos del hombre, los hijos de Adán, si hicieran hijos de Dios (San Atanasio). El apóstol san Pablo, en la carta a los cristianos de Éfeso, escribe un himno de alabanza a Dios por su designio eterno, antes de la creación, de convocarnos en la Iglesia, como una comunidad de santos, y de concedernos en ella por medio de Jesucristo la gracia de la filiación divina. Éstas son sus palabras: Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Él con toda clase de bendiciones espirituales y celestiales. Él nos eligió en Cristo, antes de crear el mundo, para que fuéramos santos e inmaculados en su presencia, en el amor; eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia con que nos ha favorecido, por medio de su Hijo amado (Ef 1, 3-6).

La elección para formar parte del pueblo de Dios es universal: todos somos llamados a la santidad. ¿En qué consiste la santidad? En ser de Dios. Y esto es darle todo cuanto tenemos: nuestras fuerzas, nuestra salud, nuestra enfermedad, nuestros deseos, nuestra inteligencia, nuestro corazón, nuestras ideas, nuestros pensamientos, nuestros afectos, nuestra voluntad, nuestros amores… Todo para Dios. Y esta santidad para la que hemos sido elegidos es posible a través de Cristo. El Verbo también se encarnó para ser nuestro modelo de santidad. Dios nos ha creado para compartir su misma vida; nos llama a ser sus hijos, miembros vivos del Cuerpo místico de Cristo, templos luminosos del Espíritu del Amor. Nos llama a ser “suyos”: quiere que todos seamos santos (San Juan Pablo II, Mensaje 29.VI.1999).

En Jesucristo, todos los hombres han sido elegidos para incorporarse al Pueblo de Dios y ser hijos adoptivos, no en sentido metafórico, sino real: el Hijo único de Dios consustancial del Padre –el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios (Jn 1, 1)-, ha asumido la naturaleza humana para hacer a los hombres hijos de Dios por adopción. Y experimentamos la paternidad de Dios, rico en misericordia, a través del amor del Hijo de Dios, crucificado, muerto y resucitado por nosotros. Para el cristiano que se siente atraído por el Padre no hay orfandad, no es huérfano. Dios es Padre, y el amor a nosotros se ha manifestado enviando a su Hijo para que nos redimiera, librándonos de la esclavitud del pecado, del demonio y de la muerte eterna. Y he aquí el cuarto motivo de la encarnación del Verbo: para que nosotros conociésemos así el amor de Dios. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3, 16). Ved qué amor nos ha mostrado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios y lo seamos. Por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoce a El. Carísimos, ahora somos hijos de Dios (1 Jn 3, 1‑2).

Con confianza filial le decimos a Dios: “Padre, llévame hacia Jesús para que le conozca mejor e identificarme con Él porque quiero ser santo. Sé que el mundo necesita santos. Yo quiero ser uno de ellos; estoy dispuesto a amarte con todo mi corazón, con toda mi alma y con todas mis fuerzas”. Conocer mejor a Jesús. Por eso el apóstol san Pablo escribía a los efesios: Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os conceda espíritu de sabiduría y de revelación para conocerle perfectamente; iluminando los ojos de vuestro corazón para que conozcáis cuál es la esperanza a que habéis sido llamados por él; cuál la riqueza de la gloria otorgada por él en herencia a los santos (Ef 1, 17-18). Sabiduría y revelación para conocer lo verdaderamente importante, Jesucristo, en quien reside toda la plenitud de vida y de gracia. Además, el conocimiento del misterio de Cristo constituye un sólido fundamento para la esperanza, pues Él es el camino que conduce al Padre, el único que tiene palabras de vida eterna. Sólo en Cristo está la salvación, la verdadera felicidad.

En esta vida no es fácil reconocer y encontrar la auténtica felicidad. Esta felicidad que busca y que tiene derecho a saborear todo hombre tiene un nombre, un rostro: el de Jesús de Nazaret. Sólo Él da plenitud de vida a la humanidad. Pero ocurre a veces que el hombre no la encuentra en el mundo de nuestros días porque a menudo es rehén de corrientes ideológicas, que lo inducen, a pesar de creerse “libre”, a perderse en los errores e ilusiones de ideologías aberrantes. Urge “liberar la libertad”, e iluminar la oscuridad en la que la humanidad va a ciegas. Jesús ha mostrado cómo puede suceder esto: Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres (Jn 8, 31-32). El Verbo encarnado, Palabra de verdad, nos hace libres y dirige nuestra libertad hacia el bien.

En la Jornada Mundial de la Juventud del Año Santo 2000, en el Jubileo de los jóvenes, san Juan Pablo II decía: En realidad, es a Jesús a quien buscáis cuando soñáis la felicidad; es Él quien os espera cuando no os satisface nada de lo que encontráis; es Él la belleza que tanto os atrae; es Él quien os provoca con esa sed de radicalidad que no os permite dejaros llevar del conformismo; es Él quien os empuja a dejar las máscaras que falsean la vida; es Él quien os lee en el corazón las decisiones más auténticas que otros querrían sofocar. Es Jesús el que suscita en vosotros el deseo de hacer de vuestra vida algo grande, la voluntad de seguir un ideal, el rechazo a dejaros atrapar por la mediocridad, la valentía de comprometeros con humildad y perseverancia para mejoraros a vosotros mismos y a la sociedad, haciéndola más humana y fraterna.

En Él (el Verbo) estaba la vida y la vida era la luz de los hombres (Jn 1, 4). He aquí dos verdades fundamentales sobre el Verbo: que es la Vida y que es la Luz. Se trata de la vida divina, fuente primera de toda vida, de la natural y de la sobrenatural. Y esa Vida es luz de los hombres, porque recibimos de Dios la luz de la razón, la luz de la fe y la luz de la gloria, que son participación de la inteligencia divina. También el Verbo es luz de los hombres en cuanto los ilumina sacándolos de las tinieblas, esto es, del mal y del error. El mismo Cristo dirá: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida (Jn 8, 12). Sólo la criatura racional es capaz de conocer a Dios en este mundo, y conociéndolo, amarle; y de contemplarle después gozosamente en el Cielo por toda la eternidad.

Termina el prólogo del Evangelio según san Juan diciendo: A Dios nadie lo ha visto jamás, el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre, Él mismo lo dio a conocer (Jn 1, 18). Todas las visiones del Antiguo Testamento que los hombres tuvieron de Dios en este mundo fueron indirectas, ya que sólo contemplaron la gloria divina, esto es, el resplandor de su grandeza: por ejemplo, Moisés vio la zarza ardiente; Elías sintió la brisa en el monte Horeb; Isaías contempló el esplendor de su majestad. Pero al llegar la plenitud de los tiempos, esa manifestación de Dios se hizo más próxima y casi directa, ya que Jesucristo es la imagen visible de Dios invisible; es la revelación máxima de Dios en este mundo, hasta tal punto de que asegura: El que me ha visto a mí ha visto al Padre (Jn 14, 9). Ninguna Revelación más perfecta puede hacer Dios de Sí que la Encarnación de su Verbo eterno.

La Encarnación fue posible al fiat (hágase) de María. Has oído, Virgen, que concebirás y darás a luz un hijo. Has oído que no será por obra de varón, sino por obra del Espíritu Santo. En tus manos está el precio de nuestra salvación; si consientes, de inmediato seremos liberados. Apresúrate a dar tu consentimiento, Virgen, responde sin demora al ángel, mejor dicho, al Señor, que te ha hablado por medio del ángel. Abre, Virgen santa, tu corazón a la fe, tus labios al consentimiento, tu seno al Creador. Levántate por la fe, corre por el amor, abre por el consentimiento. He aquí -dice la Virgen- la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra (San Bernardo, Homilía sobre las excelencias de la Virgen María). Gracias, Madre.

Homilía de la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios. Ciclo C

Que el Señor te bendiga y te proteja. Que el Señor haga brillar su rostro sobre ti y te muestre su gracia. Que el Señor te descubra su rostro y te conceda la paz (Nm 6, 24-25). El deseo contenido en esta bendición se ha realizado plenamente en una mujer, María, por haber sido destinada a ser la Madre de Dios. Éste es el título principal y esencial de la Virgen María. Por eso todas las generaciones la llamarán bienaventurada.

El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz. Así invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel, y yo los bendeciré (Nm 6, 26-27). Por haber dado María su consentimiento a Dios para ser Madre de su Hijo hizo la bondad de Dios que viniese a los hombres la bendición y la vida. Toda bendición comienza con el nombre del Señor, y se implora la protección de la vida, la gracia y la paz; tres dones que resumen las aspiraciones de los hombres y sólo Dios puede otorgar en plenitud. La Iglesia bendice a los fieles dentro de las ceremonias litúrgicas, y muy especialmente al terminar la celebración de la Santa Misa, para implorar sobre ellos el favor divino.

Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva (Ga 4, 4-5). En sus escritos san Pablo se refiere con frecuencia a la divinidad de Jesús. Pero en estos versículos de la Carta a los Gálatas subraya la humanidad auténtica del Señor. Jesucristo no apareció de pronto en la tierra como una visión celestial, sino que se hizo realmente hombre, como nosotros, tomando nuestra naturaleza humana en las entrañas purísimas de una mujer. Con ello se distingue también la generación eterna (la condición divina, la preexistencia del Verbo) de su nacimiento temporal. La fe católica afirma que Jesús, en cuanto Dios, es engendrado misteriosamente, no hecho, por el Padre desde toda la eternidad. En cuanto hombre, sin embargo, nació, fue hecho de mujer, de Santa María.

La maternidad divina es el hecho central que llena de luz la vida de María, y explica los innumerables privilegios con que Dios quiso adornarla; una verdad que los cristianos profesaron desde los orígenes de la Iglesia. Cuando Nestorio, en el primer tercio del siglo V, negó a María el título de theotocos -Madre de Dios-, todo el orbe cristiano reaccionó en defensa de la verdad católica; y el III Concilio Ecuménico reunido en Éfeso (año 431) proclamó solemnemente a María como Madre de Dios. ¿En qué sentido se dice que la Virgen María es la Madre de Dios? No en el sentido que la Virgen dé origen a la naturaleza divina del Hijo de Dios, porque esa naturaleza es eterna y anterior a Ella, sino en el sentido de que es Ella quien engendra el cuerpo de Jesús, en el que Dios infundió el alma, y a esa naturaleza humana concebida en su seno tiene como sujeto a la persona divina del Hijo o Verbo de Dios. Al ser María verdadera Madre de Jesucristo, que es Dios, es verdaderamente Madre de Dios.

San Josemaría Escrivá, en su predicación, expuso con gran belleza este misterio: Cuando la Virgen respondió que sí, libremente, a aquellos designios que el Creador le revelaba, el Verbo divino asumió la naturaleza humana: el alma racional y el cuerpo formado en el seno purísimo de María. La naturaleza divina y la humana se unían en una única Persona: Jesucristo, verdadero Dios y, desde entonces verdadero Hombre, hijo verdadero de María: por eso Nuestra Señora es Madre del Verbo encarnado, de la segunda Persona de la Santísima Trinidad que ha unido a sí para siempre -sin confusión- la naturaleza humana. Podemos decir bien alto a la Virgen Santa, como la mejor alabanza, esas palabras que expresan su más alta dignidad: Madre de Dios (Amigos de Dios, n. 274).

La Maternidad divina de Santa María es celebrada en la liturgia de la Iglesia como solemnidad el primer día del año, para destacar la figura de María, madre de Jesús, hombre-Dios. Ha querido nuestra Santa Madre Iglesia que al comienzo de un nuevo año contemplemos esta Maternidad de la Virgen como icono de paz, y que aprendamos de Santa María, fiel discípula de su Hijo, a acoger en la fe y en la oración la salvación que Dios quiere derramar sobre los que confían en su amor misericordioso. La promesa antigua se cumple en su persona. Ella ha creído en las palabras del ángel, ha concebido al Hijo, se ha convertido en la Madre del Señor. A través de ella, a través de su “sí”, ha llegado la plenitud de los tiempos. El evangelio dice: “Conservaba todas estas cosa, meditándolas en su corazón” (Lc 2, 19). Ella se nos presenta como un vaso siempre rebosante de la memoria de Jesús, Sede de la Sabiduría, al que podemos acudir para saber interpretar coherentemente su enseñanza. Madre, derrama sobre nosotros tu bendición y muéstranos el rostro de tu Hijo Jesús, que trae a todo el mundo misericordia y paz (Papa Francisco).

Entre todas las virtudes con que fue adornada Santa María por el Creador, la de la virginidad es especialmente singular. La singularidad consiste en haber juntado Dios en Ella de una manera prodigiosa la Maternidad más fecunda con su perpetua Virginidad. María es madre, pero madre virgen; María es virgen, pero virgen madre. Si alguien preguntara cómo puede ser que una virgen sea a la vez madre, habría que responderle: Para Dios no hay nada imposible (Lc 1, 37). La virginidad de Santa María está revelada por Dios en la Sagrada Escritura y en la Tradición, y se expresa diciendo que fue siempre virgen antes del parto, en el parto y después del parto. María fue virgen antes del parto concibiendo en su purísimo seno al Hijo de Dios por obra y gracia del Espíritu Santo. Igualmente fue virgen en el mismo parto, pues dio a luz a su divino Hijo de una forma milagrosa sin detrimento de su virginidad, a la manera que un rayo de sol sale por un cristal sin romperlo ni mancharlo. Y por último, la Madre de Dios conservó su virginidad después del parto, porque después de Jesús ya no tuvo ningún otro hijo.

En el Evangelio según san Lucas se describe a María como Virgen silenciosa y Maestra de oración en constante escucha de la Palabra eterna, que vive en la palabra de Dios. María conserva en su corazón las palabras que vienen de Dios y, uniéndolas como en un mosaico, aprende a comprenderlas. En su escuela queremos aprender también nosotros a ser discípulos atentos y dóciles del Señor (Benedicto XVI).

San Lucas, al narrar el nacimiento de Jesús, cuenta cómo unos pastores son los primeros en dar testimonio de la venida del Mesías. Avisados por un ángel, fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, dieron a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel niño; y todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían (Lc 2, 18). No satisfechos los pastores con creer la ventura que les había anunciado el ángel, y cuya realidad vieron llenos de asombro, manifestaban su alegría, no sólo a María y a José, sino también a todo el mundo, y lo que es más, procuraban grabarla en su memoria.

También nosotros podemos contemplar lo que vieron los pastores. Aconsejaba san Josemaría Escrívá que nos meteríamos en el portal de Belén. Y nos maravilláremos. ¿Cómo no maravillarse viendo en la tierra, con frío y en medio de la pobreza, recostado en un pesebre, a Aquél que está en el Cielo, y que ha venido a reconciliar lo celestial con lo terreno?

Por medio de María recibimos a Jesucristo, por quien renacemos a la vida de la gracia y somos hechos hijos de Dios. Cristo mediante su obra redentora no sólo nos ha liberado de la esclavitud del diablo, sino que nos ha dado la posibilidad de tener una condición nueva ante Dios, la condición de hijos. Por eso escribe san Pablo: La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre! De modo que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero por voluntad de Dios (Ga 4, 6-7). La filiación divina es el gran don que Jesucristo nos ha conseguido. Nuestra filiación divina es la participación de la filiación de Cristo: Jesucristo es el Hijo por naturaleza; nosotros lo somos por adopción; pero somos verdaderamente hijos.

Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, se le dio el nombre de Jesús, el que le dio el ángel antes de ser concebido en el seno (Lc 2, 21). Jesús es el nombre exclusivo del que es Dios y hombre, el cual significa salvador. Antes del nacimiento del Mesías, Dios quiso comunicar el nombre que tendría el Verbo encarnado tanto a José como a María. San Mateo narra cómo un ángel de Dios le dijo a José que su esposa había concebido por obra del Espíritu Santo y que daría a luz un hijo; y añadió que él le pondría al Niño el nombre de Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados (Mt 1, 21). En la Anunciación el arcángel san Gabriel, después de decirle a la Virgen María que había hallado gracia delante de Dios, y que concebiría en un seno y daría a luz un hijo, le comunicó el nombre que pondría a su hijo: Jesús. Por tanto, el nombre le fue impuesto al Niño no por disposición humana, sino para cumplir lo que Dios había dispuesto.

San José, al ser esposo de Sana María, era el padre legal de Jesús. La figura de padre legal era equivalente en cuanto derechos y obligaciones a la del verdadero padre. Por tanto, le correspondía a san José poner el nombre al Niño que había nacido de su esposa, y por esto, Dios, por medio de un ángel, le dijo que se le impusiera al Niño el nombre de Jesús. Pero también es totalmente lógico que Dios comunicara a la Virgen María el nombre del hijo que iba a dar a luz, pues era la madre.

Con la circuncisión, recuerdo perenne de la alianza establecida por Dios con Abrahán, Jesús queda legalmente incorporado al pueblo israelita. Esta ceremonia era ejecutada por cualquier hebreo, aunque solía hacerlo personalmente el padre de la criatura, que en ese momento le imponía el nombre. Lo que más destaca en esta escena evangélica es el sometimiento de Jesucristo a la Ley que Dios había dado a su pueblo. El Señor no quiere ninguna cosa especial, ningún privilegio (San Josemaría Escrivá). En la Antigua Ley, la circuncisión era el signo de una especial pertenencia a Dios. Mediante esa ceremonia, manifestación de la fe en el Mesías esperado, el nuevo israelita entraba a formar parte del pueblo elegido. Pero este Niño es precisamente el Mesías prometido; más aún, el Hijo Unigénito del Eterno Padre, que se ha hecho hombre para hacer de los hombres hijos de Dios.

¡Cómo palpitaría el corazón de san José al tomar al Niño en sus brazos para cumplir la Ley divina! Junto a la natural pena por causarle un dolor, le embarga una alegría inmensa, de la que sólo María, su virginal Esposa, es plenamente partícipe, pues este Niño es el Mesías tan largamente esperado durante siglos, es el Dios que salva.

Santa María, Madre de Dios, ayúdanos y ruega por nosotros.

Homilía de la Fiesta de la Sagrada Familia. Ciclo C

En la Biblia hay dos relatos del momento en que Moisés comunica a los israelitas la Ley de Dios, que el Señor le entregó en el Sinaí, escritas en dos tablas de piedra. Referente al trato de los hijos con los padres se dice en el libro del Deuteronomio: Honra a tu padre y a tu madre, como te mandó el Señor, tu Dios, para que alarguen tus días y te vaya bien (Dt 5, 16). Y en el libro del Éxodo: Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar (Ex 20, 12). La formulación que hace la Iglesia del Decálogo es más sencilla, y el cuarto mandamiento lo formula así: Honrarás a tu padre y a tu madre.

En el pensamiento tradicional judío la observación de este precepto traía beneficios. Y así en el libro del Sirácida se dice: El Señor glorifica al padre en los hijos, y establece la autoridad de la madre sobre la prole. Quien honra al padre expía los pecados; quien da gloria a la madre es como si juntara tesoros. El que honra al padre recibirá alegría de sus hijos y será escuchado en el día de su plegaria. Quien honra al padre vivirá largos días; y quien obedece al Señor será el consuelo de su madre (Si 3, 2-6). Estos versículos son una preciosa glosa, en la que no se ahorran elogios para quien cumple delicadamente este mandamiento. Además señalan un hondo motivo para vivir la piedad filial: los buenos hijos son, sobre todo, honra gloriosa para los padres. Con razón la liturgia de la Iglesia recoge estos versículos como primera lectura de la Misa de la fiesta de la Sagrada Familia, pues Dios honró a Santa María y a san José con Jesús.

Hijo, socorre a tu padre en la vejez, y no le entristezcas durante su vida. Aunque perdiese el juicio, sé indulgente con él, y no le desprecies cuando tú estés en pleno vigor; pues la piedad con el padre no será olvidada, sino que servirá de disculpa frente a tus pecados (Si 3, 12-14). Aquí el autor sagrado se refiere a los deberes de piedad filial cuando los padres no pueden valerse por sí mismos. Esta idea es recogida por el Catecismo de la Iglesia Católica: El cuarto mandamiento recuerda a los hijos mayores de edad sus responsabilidades para con los padres. En la medida en que ellos pueden, deben prestarles ayuda material y moral en los años de vejez y durante sus enfermedades, y en los momentos de soledad o de abatimiento. Jesús recuerda este deber de gratitud (n. 2218).

Deber que era omitido por los fariseos y escribas con frecuencia por interpretar mal la Ley. Y Cristo se lo echa en cara. Porque Moisés dijo: Honra a tu padre y a tu madre y quien maldiga a su padre o a su madre, sea reo de muerte. Pero vosotros, en cambio, decís: Si un hombre dice a su padre o a su madre: Lo que de mi parte pudieras recibir como ayuda sea Corbán, que significa ofrenda,ya no le permitís hacer nada por su padre o por su madre, anulando así la palabra de Dios por vuestra tradición, que vosotros mismos habéis establecido; y hacéis otras muchas cosas semejantes a éstas (Mc 7, 10-13).

Tradiciones judías de los doctores de la Ley (escribas) y de los sacerdotes del Templo habían tergiversado el sentido nítido y tajante del cuarto mandamiento. Esos escribas enseñaban en tiempos de Jesús que los hijos que ofrecían dinero y bienes al Templo hacían lo mejor. Según tal enseñanza, sucedía que los padres ya no podían pedir esos bienes, declarados como ofrenda para el altar (corbán), pues constituiría un sacrilegio. Por su parte, los hijos, formados en esa conciencia errónea, creían haber cumplido así el cuarto mandamiento, e incluso haberlo cumplido mejor, al tiempo que eran reputados como piadosos por los dirigentes religiosos de la nación. Pero de hecho se trataba de un engaño por el que, so capa de piedad, se dejaba a los padres ancianos en la miseria

Jesucristo es el intérprete auténtico de la Ley, porque en cuanto Dios es autor de ella. Por tanto, Él aclara el verdadero alcance del cuarto mandamiento frente a las explicaciones erróneas de la casuística judía y deshace el lamentable error del fanatismo judaico.

El cuarto mandamiento, por tanto, incluye para los cristianos la asistencia cariñosa y sacrificada de los hijos hacia sus padres ancianos y necesitados, aun cuando tengan también otras obligaciones familiares, sociales o religiosas. Hay aquí un campo amplio de responsabilidades filiales, que los hijos deben examinar en su conducta y rectificar, si es el caso.

También en la liturgia de la Palabra de la Misa de la Sagrada Familia hay un texto del Nuevo Testamento referente al comportamiento de los miembros de una familia para reine armonía en el hogar doméstico. Es san Pablo quien recomienda a los cristianos de Colosas -y a todos nosotros- entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándoos unos a otros y perdonándoos mutuamente, si alguno tiene queja contra otro. Como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros. Y por encima de todo esto, revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección (Col 3, 12-14).

Estas virtudes citadas por el Apóstol son diversas manifestaciones de la caridad, y además son reflejo a su vez de una virtud esencial: la humildad. Sólo una persona humilde está en condiciones de perdonar y agradecer de corazón, porque sólo ella es consciente de que todo lo que tiene lo ha recibido de Dios. De ahí que trate a su prójimo -y especialmente a sus familiares más cercanos- con comprensión, disculpando y perdonando cuando sea necesario, de modo que con sus obras dé testimonio de su fe y caridad.

En la misma Carta a los Colosenses, san Pablo da consejos a los distintos miembros de la familia (marido, mujer e hijos). Mujeres, sed dóciles a vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas. Hijos, obedeced en todo a vuestros padres, pues esto es agradable al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que se vuelvan apocados (Col 3, 18-21).El Apóstol establece en sus verdaderos términos la situación de la mujer en la familia: ciertamente el marido tiene una misión importante que realizar, pero también la mujer tiene una labor específica, insustituible, que llevar a cabo. La mujer no es esclava del hombre, pues tiene igual dignidad que él y debe ser tratada por el marido con respeto y amor sincero. Con sus palabras, san Pablo da por supuesto que en la familia hay una autoridad, y que esa autoridad es propia del marido por designio del Creador.

En el Génesis vemos como Eva fue entregada por Dios a Adán como compañera inseparable del hombre y, por tanto, debe vivir en concordia con él. Varón y mujer tienen funciones distintas, aunque complementarias, en la vida familiar, ambos tienen igual dignidad, en cuanto que son personas humanas.

Los hijos deben obedecer a sus padres en todo, como Dios ha mandado, señalando una exigencia de la naturaleza humana. Esa obediencia se refiere a todo lo que no se oponga a la voluntad divina, para que sea agradable al Señor. Por su parte, los padres han de cuidar con esmero la educación de sus hijos. En toda familia debe haber un intercambio educativo entre padres e hijos, en que cada uno da y recibe. Mediante el amor, el respeto y la obediencia a los padres, los hijos aportan su específica e insustituible contribución a la edificación de una familia auténticamente humana y cristiana. Cumplirán más fácilmente esta función si los padres ejercen su autoridad irrenunciable como un verdadero y propio “ministerio”, esto es, como un servicio ordenado al bien humano y cristiano de los hijos, y ordenado en particular a hacerles adquirir una libertad verdaderamente responsable (San Juan Pablo II, Familiaris consortio, n. 21).

El principal deber de los padres es transmitir a sus hijos la fe cristiana, procurando que la doctrina de Cristo llegue a sus hijos con claridad y autenticidad; y lo harán si les dan un testimonio creíble de su fe y esperanza cristiana. Para este cometido deben esforzarse siempre en enseñar a rezar a sus hijos, y rezad con ellos; acercarlos a los Sacramentos, especialmente a la Eucaristía; introducirlos en la vida de la Iglesia. Muy conveniente es la lectura de la Sagrada Escritura en la intimidad del hogar, iluminando la vida familiar con la luz de la fe y alabando a Dios como Padre. Si quieren que sean piadosos sus hijos, estos han de ver en sus progenitores una vida de piedad.

La fiesta de la Sagrada Familia nos lleva a la intimidad de la familia formada por la María, José y Jesús donde se desarrolló el Hijo de Dios hecho hombre, y tiene como finalidad evocar las virtudes domésticas que reinaban en el hogar de Nazaret: fidelidad, trabajo, honradez, obediencia, respeto mutuo entre los padres y el hijo.

En el Evangelio de la Misa de esta fiesta leemos: Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por las fiestas de Pascua. Cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta (Lc 2, 41-42). Esta obligación era para los varones a partir de los doce años. Un breve paréntesis. ¡Cuánto bien hace a los hijos cuando ya han llegado a la edad de la discreción que sus padres les lleven a Misa los domingos! Los hijos cumplirán el precepto dominical al ver cómo sus padres lo cumplen, y lo incorporarán en su vida. Volvamos al relato evangélico. Y ocurrió que a la vuelta, mientra María y José regresaban a Nazaret, Jesús se quedó en Jerusalén. Cuando la Virgen y san José, después de día de camino, se dieron cuenta de que Jesús no iba en la caravana, volvieron con angustia a Jerusalén. Al cabo de tres días lo encontraron en el Templo. Ante la pregunta de su Madre: Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira que tu padre y yo, angustiados, te buscábamos (Lc 2, 48), Jesús deja entrever el misterio de su consagración total a una misión derivada de su filiación divina: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre? (Lc 2, 49). Revelando su misterio de Hijo, dedicado enteramente a las cosas del Padre, anuncia la radicalidad evangélica que, ante las exigencias absolutas del Reino, cuestiona hasta los más profundos lazos de afecto humano (San Juan Pablo II, Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae, n. 20).

La Virgen sabía desde el anuncio del ángel que el Niño Jesús era Dios. Esta fe fundamentó una constante actitud de generosa fidelidad a lo largo de toda su vida, pero no tenía por qué incluir el conocimiento concreto de todos los sacrificios que Dios le pediría, ni del modo como Cristo llevaría a cabo su misión redentora. Lo iría descubriendo en la contemplación de la vida de Nuestro Señor.

María y José se dieron cuenta de que la respuesta de Jesús entrañaba un sentido muy profundo que no llegaban a entender. Lo fueron comprendiendo a medida que los acontecimientos de la vida de Cristo se iban desarrollando. La fe de ambos esposos y su actitud de reverencia frente al Niño les llevaron a no preguntar más por entonces, y a meditar, como en otras ocasiones, las obras y palabras de Jesús. Con su respuesta, Jesús enseña que por encima de cualquier autoridad humana, incluso la de los padres, está el deber primario de cumplir la voluntad de Dios: Y, al consolarnos con el gozo de encontrar a Jesús -¡tres días de ausencia!- disputando con los Maestros de Israel, quedará muy grabada en tu alma y en la mía la obligación de dejar a los de nuestra casa por servir al Padre Celestial (San Josemaría Escrivá, Santo Rosario, Quinto misterio gozoso).

El evangelista san Lucas termina el relato de la infancia de Jesús diciendo: Bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón. Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres (Lc 2, 51-52).

Cristo es la Sabiduría increada, y en este episodio evangélico se le ve oyendo a los doctores de la Ley. Hay que tener en cuenta que Jesús conocía con detalle desde su concepción el desarrollo de toda su vida en la tierra, de su conciencia de ser Hijo de Dios. Es un ejemplo para que los bautizados dediquemos tiempo a nuestra formación cristiana, sin conformarnos con lo aprendido en la catequesis para hacer la Primera Comunión.

La mirada de la Virgen María siempre estuvo llena de adoración y asombro, no se apartó jamás de Jesús. Su ejemplo ayuda a seguir y avanzar como Ella en el itinerario de la fe. Procuremos nosotros imitarla -aconsejaba san Josemaría Escrivá-, tratando con el Señor, en un diálogo enamorado, de todo lo que nos pasa, hasta los acontecimientos más menudos. No olvidemos que hemos de pesarlos, valorarlos, verlos con ojos de fe, para descubrir la Voluntad de Dios (Amigos de Dios, n. 285).

Homilía de la Solemnidad de Navidad. Ciclo C

Mirad, el Señor se hace oír hasta los confines de la tierra: “Decid a la hija de Sión: Mira que viene tu salvador; mira que trae su recompensa, y su premio va por delante”. Y los llamarán: “Pueblo Santo”, “Redimidos del Señor”. Y a ti te llamarán: “Buscada”, “Ciudad no Abandonada” (Is 62, 11-12). La tradición cristiana ha incorporado desde el siglo VI estos versículos del libro de Isaías a la liturgia del día de Navidad, interpretando que con el nacimiento de Jesús se ha cumplido la unión gozosa entre la divinidad y la humanidad en un acontecimiento que supera cualquier imagen esponsal. Un monje de la antigüedad tardía hizo este bello comentario: Por eso, como el esposo que sale de su alcoba, descendió el Señor hasta la tierra para unirse, mediante la encarnación, con la Iglesia, que había de congregarse de entre los gentiles, a la cual dio sus arras y su dote: las arras, cuando Dios se unió con el hombre; la dote, cuando se inmoló por su salvación (Fausto de Riez).

El nacimiento del Señor es vida y salvación de los hombres, pues realiza la reconciliación de la divinidad con la humanidad, y de la humanidad con la divinidad. En la noche de Belén tuvo lugar la muerte de las tinieblas y la vida del hombre; y se abrió un camino para los hombres hacia Dios y un camino de Dios hacia el alma. Se realizó la unión y la reconciliación entre las realidades celestes y las terrenas: Dios y el hombre.

Aquel acontecimiento, el más importante de toda la historia de la humanidad, no pasó totalmente desapercibido. Dios quiso que el nacimiento del Mesías Salvador sucediera de modo tan inadvertido que el mundo, aquel día, siguió su vida como si nada especial hubiera ocurrido. Sólo a unos pastores les anuncia Dios el acontecimiento. Cerca del lugar donde nació Jesús había unos pastores vigilando del rebaño durante la noche. Y de improviso, un ángel se les apareció para anunciarles una gran alegría: el nacimiento del Señor. Además les indicó el lugar y les dio una señal para reconocerlo. De pronto aparecieron una muchedumbre de ángeles alabando a Dios. Y sucedió que cuando los ángeles, dejándoles, se fueron al cielo, los pastores se decían unos a otros: “Vayamos, pues, hasta Belén y veamos lo que ha sucedido y el Señor nos ha manifestado”. Y fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, reconocieron las cosas que les habían sido anunciadas sobre este niño (Lc 2, 15-17). La prisa de los pastores es fruto de su alegría y de su afán del ver al Salvador. Nadie busca a Cristo perezosamente (San Ambrosio). Lo que se les había anunciado era tan importante que debían ir inmediatamente. En efecto, lo que se les había dicho iba mucho más allá de lo acostumbrado. Cambiaba el mundo. Ha nacido el Salvador. El Hijo de David tan esperado ha venido al mundo en su ciudad.

Los pastores marchan a Belén acuciados por la señal que se les había dado. Encontraron al niño reclinado en el pesebre que, como todos los niños, necesita los cuidados maternos; vieron al niño envuelto en pañales. La señal de Dios es el niño, su necesidad de ayuda y su pobreza. Sólo con el corazón los pastores podrán ver que en este niño se han realizado las promesas mesiánicas. Tampoco a nosotros se nos ha dado una señal diferente. El ángel de Dios, a través del mensaje del Evangelio, nos invita también a encaminarnos con el corazón para ver al niño acostado en el pesebre (Benedicto XVI). Al comprobar la señal, cuentan el anuncio del ángel y la aparición de la multitud de ángeles. Y con ello, se constituyen en los primeros testigos del Nacimiento del Señor. Y todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían. María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón. Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho.(Lc 2, 20).

En la humildad de la gruta de Belén, en el silencio profundo y grave de la noche, en el pesebre y en el regazo de la Madre, y en la tierna mirada del Niño se nos revela el verdadero rostro de Dios. La Virgen contemplaba serenamente todas aquellas maravillas que se estaban cumpliendo en el nacimiento de su divino Hijo. Santa María las penetra con mirada honda, las pondera y las guarda en el silencio de su alma. Si la imitamos, si guardamos y ponderamos en nuestros corazones lo que de Jesús oímos y lo que Él hace en nosotros, estamos en camino hacia la santidad y no faltará en nuestra vida ni la doctrina del Señor ni su gracia.

En Belén, Dios se hace pequeño por nosotros. Viene a la tierra para salvarnos, pero no viene con poderío. Viene como niño inerme. Cuando se ve a Dios hecho Niño por amor al hombre, qué nada parece todo demás (Santa Maravillas de Jesús). El poder de un Niño, Hijo de Dios y de María, no es el poder de este mundo, basado en la fuerza y en la riqueza, es el poder del amor. Pide nuestro amor: por eso se hace niño. No quiere de nosotros más que nuestro amor. Aprendamos a vivir con Él y a practicar también con Él la humildad de la renuncia que es parte esencial del amor.

El niño de Belén nos hace poner los ojos en todos los niños que sufren y son explotados en el mundo, tanto los nacidos como los no nacidos. En los niños convertidos en soldados y encaminados a un mundo de violencia; en los niños que tienen que mendigar; en los niños que sufren la miseria y el hambre; en los niños carentes de todo amor. En todos ellos, es el niño de Belén quien nos reclama; nos interpela el Dios que se ha hecho pequeño. Oremos para que el resplandor del amor de Dios acaricie a todos estos niños, y pidamos a Dios que nos ayude a hacer todo lo que esté en nuestra mano para que se respete la dignidad de los niños; que nazca para todos la luz del amor, que el hombre necesita más que las cosas materiales necesarias para vivir (Benedicto XVI).

La promesa del Mesías la hizo Dios en el Paraíso a Adán y Eva, después de la caída de nuestros primeros padres. Y su cumplimiento tuvo lugar al llegar la plenitud de los tiempos (Ga 4, 4), en un momento histórico bien preciso. Pasados innumerables siglos desde la creación del mundo, cuando en el principio Dios creó el cielo y la tierra y formó al hombre a su imagen; después también de muchos siglos, desde que el Altísimo pusiera su arco en las nubes tras el diluvio como un signo de alianza y de paz; veintiún siglos después de la emigración de Abrahán, nuestro padre en la fe, de Ur de Caldea; trece siglos después de la salida del pueblo de Israel de Egipto bajo la guía de Moisés; cerca de mil años después de que David fuera ungido como rey; en la semana sesenta y cinco según la profecía de Daniel; en la olimpíada ciento noventa y cuatro, el año setecientos cincuenta y dos de la fundación de la Urbe, el año cuarenta y dos del imperio de César Octavio Augusto; estando todo el orbe en paz, Jesucristo, Dios eterno e Hijo del eterno Padre, queriendo consagrar el mundo con su piadosísima venida, concebido del Espíritu Santo, nueve meses después de su concepción, nace en Belén de Judea, hecho hombre, de María Virgen: la Natividad de nuestro Señor Jesucristo según la carne.

La noche del nacimiento de Jesús, de la venida del Señor a la tierra, es tiempo favorable, día de la salvación, de la paz y de la reconciliación; el tiempo que tan ardientemente desearon los patriarcas y profetas y que fue objeto de tantos suspiros y anhelos; un tiempo lleno de alegría. Si hacemos alegría cuando nace uno de nos ¡Cuánto más! naciendo Dios. Una noche que la Iglesia celebra solemnemente y que también nosotros debemos vivir en todo momento con fervor, alabando y dando gracias al Padre eterno por la misericordia que en este misterio nos ha manifestado. El tiempo en que la Palabra eterna, el Hijo de Dios, tomó la naturaleza humana. Dios Padre tanto amó al mundo que le ha dado su Hijo único (Jn 3, 16). El profeta Isaías al decir: un hijo se nos ha dado (Is 9, 5), revela en toda su plenitud el misterio de la Navidad: la generación eterna de la Palabra en el Padre, su nacimiento en el tiempo por obra del Espíritu Santo.

Hace ya más de dos mil cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor a los hombres, él nos salvó, no por obras de justicia que hubiésemos hecho nosotros, sino según su misericordia, por medio del baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo, que derramó sobre nosotros con largueza por medio de Jesucristo nuestro Salvador, para que, justificados por su gracia, fuésemos constituidos herederos, en esperanza, de vida eterna (Tt 3, 4-7). Donde se manifiesta la gloria de Dios, se difunde en el mundo la luz. Dios es luz, en él no hay tiniebla alguna” (1 Jn 1, 5). En el establo de Belén el cielo y la tierra se tocan. El cielo vino a la tierra. Por eso, de allí se difunde una luz para todos los tiempos; por eso, de allí brota la alegría.

La luz es fuente de vida y significa sobre todo conocimiento, verdad, en contraste con la oscuridad de la mentira y de la ignorancia. Así, la luz nos hace vivir, nos indica el camino. Pero además, en cuanto da calor, la luz significa también amor. Donde hay amor, surge una luz en el mundo; donde hay odio, el mundo queda en la oscuridad. Ciertamente, en el establo de Belén aparece la gran luz que el mundo espera. En aquel Niño acostado en el pesebre Dios muestra su gloria: la gloria del amor, que se da a sí mismo como don y se priva de toda grandeza para conducirnos por el camino del amor. La luz de Belén nunca se ha apagado. Ha iluminado hombre y mujeres a lo largo de los siglos (Benedicto XVI).

¡Dios se ha hecho hombre en el Niño Jesús, porque ha querido hacerse como nosotros desde el principio, desde el nacimiento hasta la resurrección! El Señor, sin dejar la gloria del Padre, se hace presente entre nosotros de un modo nuevo: el que era invisible en su naturaleza se hace visible al adoptar la nuestra; el eterno, engendrado antes del tiempo, comparte nuestra vida temporal para asumir en sí todo lo creado, para reconstruir lo que estaba caído y restaurar de este modo el universo, para llamar de nuevo al reino de los cielos al hombre sumergido en el pecado (Prefacio II de Navidad).

La Encarnación es la manifestación de Dios Salvador y de su gran luz en un niño que ha nacido para nosotros, dándonos a conocer su bondad y su amor a los hombres. Como dijo san Juan Pablo II, Cristo, Encarnación de la infinita misericordia de Dios, ha dirigido a la humanidad su mensaje de verdad y de esperanza, ha obrado prodigios, ha asegurado el perdón de los pecados, pero sobre todo, se ha ofrecido al Padre en un gesto de inmenso amor, víctima de expiación por nuestros pecados.

En Belén, la Virgen nos ofrece a su Hijo como principio de vida nueva. La luz verdadera viene a iluminar nuestra existencia, recluida con frecuencia bajo la sombra del pecado. Y junto a María está la presencia silenciosa de san José. El ejemplo de María y de José es para todos nosotros una invitación a acoger con total apertura de espíritu a Jesús, que por amor se hizo nuestro hermano. Él viene a traer al mundo el don de la paz: “En la tierra paz a los hombres de buen voluntad” (Lc 2, 14), como lo anunció el coro de los ángeles a los pastores. El don precioso de la Navidad es la paz, y Cristo es nuestra auténtica paz. Y Cristo llama a nuestro corazón para darnos la paz, la paz del alma. Abramos la puertas a Cristo (Papa Francisco).

Homilía del Domingo IV de Adviento. Ciclo C

Pero tú, Belén Efrata, aunque eres la menor entre las aldeas de Judá, de ti saldrá el que ha de ser dominador en Israel; sus orígenes son muy antiguos, de días remotos (Mi 5, 1). De las muchas profecías sobre el Mesías, ésta es la que indica el sitio dónde iba a nacer. La profecía es citada por san Mateo, aplicando el texto directamente a Jesús, nacido en Belén. Siguiendo esta interpretación del Evangelio según san Mateo, la tradición cristiana ha visto en las palabras de Miqueas el anuncio del nacimiento de Jesús en Belén. Ya antes, la tradición judía consideró el texto de Miqueas un vaticinio mesiánico. Los contemporáneos de Jesús estaban convencidos de la procedencia del Mesías, según se deduce del cuarto Evangelio, el de san Juan: ¿Acaso el Cristo viene de Galilea? ¿No dice la Escritura que el Cristo viene de la descendencia de David y de Belén la aldea de donde era David? (Jn 7, 40-42).

Para percibir su presencia, de que había llegado ya el Mesías, hubo que esperar a que dé a luz la que ha de dar a luz (Mi 5, 2), hecho que ocurrió en la plenitud de los tiempos. El Mesías anunciado apacentará con el poder del Señor, con la majestad del Nombre del Señor, su Dios (Mi 5, 3). Esto no puede referirse al rey contemporáneo al profeta, sino al futuro rey-Mesías, cuya acción benéfica -la Salvación- alcanzará los confines de la tierra (Mi 5, 3). Uno de los nombres del Mesías es Príncipe de la paz (Is 9, 5). El Niño que nacerá en Belén Él mismo será la paz (Mi 5, 4), traerá la paz. Por eso en la noche de Belén se escuchó las alabanzas de los ángeles a Dios: Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres en los que Él se complace (Lc, 2, 14).

Dios, paz eterna, ha dado la paz al mundo a través de Jesús. La paz ha sido derramada en nuestros corazones y en ellos está esparcida más profundamente que todas las inquietudes de nuestras mentes, más que todos los tormentos de nuestros corazones. Nuestro Dios es el Dios de la paz que dirige nuestras mentes y nuestros corazones. Él nos da su paz, no como una posesión para retener, sino como un tesoro que poseemos sólo cuando lo compartimos con los demás. Por eso, la paz sobre la tierra, nacida del amor al prójimo, es imagen y efecto de la paz de Cristo. Él ha reconciliado con Dios a todos los hombres por medio de su cruz, ha dado muerte al odio en su propia carne y, después del triunfo de su resurrección, ha infundido el Espíritu de amor en el corazón de los hombres.

San Pablo hace eco a las palabras de Miqueas. Cristo es nuestra paz. Él ha hecho de los dos pueblos uno solo y derribó el muro de la separación, la enemistad (Ef 2, 14). El tercer milenio del cristianismo, que comenzó con tantas esperanzas con el gran Jubileo del Año Santo 200, desde el principio ha estado -y está- amenazado por nubes tenebrosas de violencia y de guerra, pero las palabras del Apóstol de los gentiles que escucharemos pronto en Navidad es un rayo de luz penetrante, un clamor de confianza y optimismo. El divino Niño nacido en Belén lleva en sus pequeñas manos, como un don, el secreto de la paz para la humanidad. ¡Él es el Príncipe de la paz!

En los últimos del Adviento la liturgia va presentando varias personas santas relacionadas con el advenimiento de Cristo a la tierra. María y José encabezan ese cortejo de personas (Isabel, Juan Bautista, Simeón y Ana) que, día a día, se fueron preparando para el encuentro con Jesús. Por eso la Iglesia invita a asumir a fondo las actitudes interiores de todos los que esperaron, buscaron, creyeron y amaron a Jesús, mediante la constante meditación y asimilación de la Palabra de Dios, que para el cristiano sigue siendo el primero y fundamental punto de referencia para su vida espiritual (San Juan Pablo II).

María y José viven ilusionados con la llegada de Jesús. Se dedican a preparar el nacimiento del Señor, porque saben que ya está cercano. Como toda madre, la Virgen tendría preparada la ropa, los pañales. José, carpintero él, haría una cuna para el Niño. Y seguramente le acondicionaría una habitación en su casa de Nazaret. Éstos eran sus planes. Ellos saben que en las purísimas entrañas de la Virgen María, ya estaba en el mundo Dios-con-nosotros. Y de esta presencia pronto se enteraría santa Isabel.

De la mano de Santa María y de San José tratemos de disponernos a recibir al Niño Dios de la mejor manera posible: es necesario retomar la lucha diaria con nuevos bríos, de modo que el Adviento y la Navidad supongan una profunda y real conversión personal. Jesucristo quiere que cada día, cada hora, cada instante los vivamos por entero con Él (Javier Echevarría). No resulta difícil imaginarse a María y a José en aquellas semanas próximas al nacimiento del Señor la leyendo la Sagrada Escritura, especialmente los pasajes que hablan del Mesías prometido. Sería una evocación meditada, de la que sacarían propósitos y que les servirían como preparación para recibir al Niño Jesús.

La consideración de las jornadas previas al nacimiento de Jesús, de los acontecimientos acaecidos en la vida de la Virgen y de su esposo, nos ayuda a contemplar al Niño-Dios. Estas escenas nos facilitan el prepararnos con alegría al misterio de la venida del Señor, e intensificar nuestra oración, medio indispensable para crecer en intimidad con Dios.

Cuenta san Lucas: En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno” (Lc 1, 39-44).

La presencia de la que ya es Madre del Redentor en la casa de Isabel estremece las entrañas de ésta, derramando sobre madre e hijo las primicias de la gracia redentora. Isabel, inspirada por el Espíritu Santo, reconoce en María a la madre de su Señor. Y pronuncia esas palabras de alabanzas a la Virgen, que ésta endereza enseguida al Señor con el Magnificat, que es el cántico del Pueblo de Dios en camino, y de todos los hombres y mujeres que esperan en Dio, en el poder de su misericordia.

El tiempo de Adviento nos devuelve el horizonte de la esperanza, una esperanza que no decepciona porque está fundada en la Palabra de Dios. El modelo de esta actitud espiritual, de este modo de ser y de caminar en la vida, es la Virgen María. Fijémonos en Ella. ¡Bienaventurada tú, que has creído, porque se cumplirán las cosas que te han dicho de parte del Señor! (Lc 1, 45). Isabel alaba la fe de María. No ha habido fe como la de la Virgen; en Ella tenemos el modelo más acabado de cuáles han de ser las disposiciones de la criatura ante su Creador: sumisión completa, acatamiento pleno.

Estamos a las puertas de la Navidad, un tiempo de gracia que recuerda el ilimitado amor de Dios a los hombres. Es motivo de alegría profunda sabernos destinatarios de tanto derroche divino. La Iglesia repite la oración: ¡Ven, Señor! Y lo llama con nombres distintos, llenos de mensaje sobre el Señor mismo: Oh sabiduría, oh Dios poderoso, oh raíz de Jesé, oh sol, oh rey de las naciones, oh Enmanuel. Las puertas de nuestro corazón están abiertas de par en par para recibirte.

El Hijo viene a la tierra en obediencia perfecta a la voluntad del Padre. Esta es la razón de la Encarnación, a la que el autor de la Carta a los Hebreos alude: Aquí vengo, como está escrito de mí al comienzo del libro, para hacer, oh Dios, tu voluntad (Hb 10, 7). Nos preguntamos: ¿Por qué esta obediencia, por qué este abajamiento? La respuesta la encontramos en el Credo: Propter nos homines et propter nostram salutem (Por nosotros los hombres y por nuestra salvación). Jesús bajó del cielo, se hizo uno de nosotros, para hacer subir allá arriba con pleno derecho al hombre, para llevarnos con Él al Padre, haciéndonos semejantes a Él.

El pasaje evangélico de la visitación de María a Isabel lo comenta el papa Francisco haciendo hincapié en el cumplimiento de la voluntad de Dios por parte de la Virgen, de esa voluntad divina que nos exige vivir la caridad. María se levantó y de prisa fue a servir a su prima Isabel, que en su ancianidad iba a ser madre. (Sería bello añadir a las Letanías una que diga así: “Señora que vas deprisa, ruega por nosotros). Ella cumplió la voluntad de Dios poniéndose a disposición de quien lo necesitaba. María siempre estuvo con su pueblo en favor de los pequeños. Ella conoció la soledad, la pobreza y el exilio, y aprendió a crear fraternidad y hacer de cualquier lugar en donde germine el bien la propia casa. A Ella le suplicamos que nos dé un alma pobre que no tenga soberbia, un corazón puro que vea a Dios en el rostro de los desfavorecidos, una paciencia fuerte que no se arredre ante las dificultades de la vida.

La actitud fundamental con la que María expresó su amor a Jesús fue hacer la voluntad de Dios. El que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre (Mt 12, 50). Con estas palabras Jesús deja un mensaje importante: la voluntad de Dios es la ley suprema que establece la verdadera pertenencia a Él. Por ello María instaura un vínculo de parentesco con Jesús antes aún de darle a luz: se convierte en discípula y madre de su Hijo en el momento en que acoge las palabras del Ángel. Además, el “sí” de María abrió la puerta al “sí” de Jesús: Yo vengo para hacer tu voluntad.

Hágase en mí según palabra (Lc 1, 38) fueron las palabras de la Virgen a san Gabriel aceptando el designio divino de la Encarnación. Hágase la voluntad de Dios: María nos invita a decir también a nosotros este , que a veces resulta tan difícil. Sentimos la tentación de preferir nuestra voluntad, pero Ella nos dice: ¡Sé valiente! Di también tú: “Hágase tu voluntad”, porque esta voluntad es buena. Al inicio puede parecer un peso casi insoportable, un yugo que no se puede llevar; pero, en realidad, la voluntad de Dios no es un peso. La voluntad de Dios nos da alas para volar muy alto, y así con María también nosotros nos atrevemos a abrir la puerta de nuestra vida, las puertas de este mundo, diciendo a su voluntad, conscientes de que esta voluntad es el verdadero bien y nos guía a la verdadera felicidad.

Homilía del Domingo III de Adviento. Ciclo C

Durante el Adviento vamos alegres al encuentro del Señor. La razón por la cual podemos caminar con alegría, es que ya está cerca nuestra salvación. El Señor viene. Con esta certeza recorremos el itinerario del Adviento, preparándonos para celebrar con fe el acontecimiento extraordinario del Nacimiento del Señor. Por eso la Iglesia nos repite constantemente que debemos despertar del sueño de la rutina y de la mediocridad; debemos abandonar la tristeza y el desaliento. Es preciso que se alegre nuestro corazón porque el Señor está cerca (Flp 4, 5). Y nos invita a la alegría con palabras de san Pablo: Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos (Flp 4, 4).

Son admirables estas palabras de san Pablo, si se tiene en cuenta que cuando las escribe está encadenado y en la cárcel. Para la verdadera alegría no es obstáculo que las circunstancias en que se desarrolla la existencia de una persona sean difíciles o dolorosas. Decía san Cipriano: Ésta es la diferencia entre nosotros y los que no conocen a Dios: ellos en la adversidad se quejan y murmuran; a nosotros las cosas adversas no nos apartan de la virtud ni de la verdadera fe. Por el contrario, éstas se afianzan en el dolor.

Sofonías profetiza la llegada de los tiempos mesiánicos, es decir, la Encarnación del Verbo, invitando también a la alegría, porque esa presencia de Dios entre nosotros es la verdadera causa de nuestra alegría. Canta de gozo, hija de Sión, regocíjate, Israel, alégrate y disfruta de todo corazón, hija de Jerusalén. El Señor revocó tu sentencia, echó fuera a tus enemigos; el Señor, Rey de Israel, está en medio de ti; no temerás más la desgracia. Aquel día se dirá a Jerusalén: “¡No temas, Sión, no desfallezcas tus manos! El Señor, tu Dios, está en medio de ti como poderoso Salvador. Él disfrutará de ti con alegría, te renovará su amor, se regocijará en ti con canto alegre, como en los días de fiesta” (So 3, 14-18).

Al leer esta profecía de Sofonías no podemos dejar de pensar en la escena de la Anunciación a Santa María. También a Ella -hija de Sión-, la Virgen humilde, se le invita a alegrarse y a no tener miedo, porque el Señor está con Ella. Y es que, realmente con la Encarnación del Verbo, el Señor pasó a habitar en medio de su pueblo, y la salvación prometida se vio realizada. El cumplimiento de la promesa de la venida del Mesías se transforma en un canto de júbilo. El Señor, Salvador, viviendo en medio de su pueblo hace que todo sea alegría y no haya lugar para el temor.

Al llegar la plenitud de los tiempos llegó el Mesías. Dios quiso que su llegada tuviera una preparación próxima para que todos lo recibieran con las mejores disposiciones. San Juan Bautista fue el encargado de anunciar al pueblo que ya estaba cerca ese momento esperado desde muchos siglos por el pueblo elegido…, y por toda la humanidad. Los cuatro evangelistas hablan de la predicación del Bautista para preparar el ministerio de Jesús, su manifestación pública al pueblo. San Mateo dice: Apareció Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea (Mt 3, 1), invitando a la conversión. San Marcos escribe: Apareció Juan Bautista en el desierto predicando un bautismo de penitencia para la remisión de los pecados (Mc 1, 4). San Lucas precisa que el Precursor del Señor recorrió toda la región del Jordán (Lc 3, 3) y emplea las mismas palabras que san Marcos para referirse a lo que Juan hacía: predicando un bautismo de penitencia para la remisión de los pecados (Lc 3, 3). Y el evangelista san Juan habla del testimonio que dio el Bautista en Betania, al otro lado del Jordán (Jn 1, 28).

La predicación de Juan Bautista levantó expectación. Entonces acudía a él Jerusalén, toda Judea y toda la comarca del Jordán (Mt 3, 5); Y toda la región de Judea y todos los habitantes de Jerusalén acudían a él (Mc 1, 5). San Lucas habla de muchedumbres que acudían a él. Por último, san Juan evangelista dice: Desde Jerusalén los judíos le enviaron sacerdotes y levitas para que le preguntaran: “¿Tú quién eres?” (Jn 1, 19). ¿Qué tipos de gentes iban a ver a Juan, a escuchar sus palabras? De todas las clases sociales, incluso también personas no pertenecientes al pueblo judíos, como eran los soldados. San Mateo habla de muchos fariseos y saduceos (Mt 3, 7). San Marcos no especifica ninguna procedencia ni clase social o religiosa. San Lucas dice llegaron también unos publicanos (Lc 3, 12), y poco después se refieren a unos soldados que le preguntaron como habían hecho las muchedumbres. Y ya se ha dicho, sacerdotes y levitas.

Esta diversidad de personas habla de la universalidad de la Redención. El anuncio de que está al llegar el Reino de los Cielos (Mt 3, 2) es para todos, ya sean del pueblo elegido o no, como es el caso de los soldados de la guarnición romana, que procederían de varios regiones del Imperio romano; también para los justos y para los publicanos, que eran considerados pecadores por los judíos; para el pueblo sencillo y para los pertenecientes a las sectas religiosas; para los sacerdotes y levitas…

Las muchedumbres le preguntaban: “Entonces, ¿qué debemos hacer?” (Lc 3, 10). Es una pregunta que se repite tres veces en el pasaje del Evangelio según san Lucas que narra la predicación de san Juan Bautista. El papa Francisco comenta: “¿Qué tenemos qué hacer?” Esta pregunta también la sentimos nuestra. La liturgia del Adviento nos repite, con las palabras de Juan, que es preciso convertirse, es necesario cambiar la dirección de marcha y tomar el camino de la justicia, la solidaridad, la sobriedad: son los valores imprescindibles de una existencia plenamente humana y auténticamente cristiana.

¿Qué hemos de hacer? Se lo preguntan todos, también los publicanos y los soldados. El Precursor no responde con una “receta única”. Las respuestas son diferentes según la profesión de los que le preguntan. A los publicanos les dice: No exigir nada fuera de lo tasado; a los soldados: No hagáis extorsión a nadie ni denunciéis falsamente y contentaos con vuestra paga; a otros: El que tiene dos túnicas, dé una al que no tiene, y el que tiene alimentos haga lo mismo.

El Bautista exige de todos ‑fariseos, publicanos, soldados‑ una profunda renovación interior en el ejercicio de su profesión, que les lleve a vivir la justicia y la caridad; les pedía una verdadera conversión, porque el Señor estaba cerca. Lo mismo pide la Iglesia a los fieles, porque el Señor ha llegado y está en la puerta, esperando que le dejemos entrar de lleno en nuestras vidas. ¡Convertíos! Es la síntesis de lo que el Bautista dice a todos los que acuden a él. Y la Iglesia en el Adviento se hace eco de este mensaje, que nos ayuda a descubrir nuevamente una dimensión particular de la conversión: la alegría.

El gran enemigo de la alegría cristiana es el pecado en todas sus formas y manifestaciones, pues priva de la presencia íntima de Dios. Si queremos celebrar la Navidad con “alegría desbordante” nada mejor que hacer una buena confesión en estos días, y animar a que nuestros amigos y parientes hagan esta experiencia.

Preguntemos a Dios con confianza: Yo, Señor, ¿qué debo hacer?, ¿qué quieres que haga?, ¿qué he de hacer para mejorar en mi vida familiar, para tener más vibración apostólica, o cuando se presente una dificultad? Maestro bueno, ¿qué he de hacer para -alcanzar la vida eterna? (Mc 10, 17). Y así como el Precursor responde, nosotros recibiremos también la respuesta en los ratos de oración: oiremos lo que Dios nos dice en el fondo de nuestro corazón. Sabemos que la salvación viene por la conversión, y ésta se manifiesta en obras concretas particulares para cada uno. Señor, ¿qué quieres tú de mí? Y si quiero -que sí quiero- una sociedad con más verdad, justicia y misericordia, ¿qué he de hacer? Ahora quien responde es Juan Pablo I: La gente a veces dice: estamos en una sociedad totalmente podrida, totalmente deshonesta. Esto no es cierto. Hay todavía mucha gente buena, mucha gente honesta. Más bien habría que preguntarse: ¿Qué hacer para mejorar la sociedad? Yo diría: Que cada uno trate de ser bueno y contagiar a los demás con una bondad enteramente imbuida de la mansedumbre y del amor enseñados por Cristo. Por eso le pedimos al Señor que tengamos un fuerte deseo de conversión y de renovación personal en un clima de oración siempre más intensa y de solidaria acogida del prójimo, especialmente del más necesitado.

San Lucas continúa el relato evangélico diciendo: Como el pueblo estaba expectante y todos se preguntaban en su interior si acaso Juan no sería el Cristo, Juan salió al paso diciéndoles a todos: “Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más poderoso que yo, a quien no soy digno de desatarle la correa de las sandalias: él os bautizará en el Espíritu Santo y en fuego. Él tiene el bieldo en su mano, para limpiar su era y recoger el trigo en su granero, y quemará la paja con un fuego que no se apaga” (Lc 3, 15-17). San Juan Bautista no se conforma con responder a las preguntas que le hicieron, sino que aprovecha para hablar del Mesías. Antes aclara que él no es el Cristo, como algunos se preguntaban en su interior. Revela que el Mesías está al llegar y que vendrá con el poder de juez supremo, propio de Dios, y con una dignidad que no tiene parangón humano. Y con muchas exhortaciones anunciaba al pueblo la buena nueva (Lc 3, 18).

La buena nueva del Adviento es que el Señor está cerca. Que vuestra comprensión sea patente a todos los hombre (Flp 4, 5). San Pablo recuerda a los cristianos de Filipos la proximidad del Señor para fomentar la alegría y la mutua comprensión. Y les anima a estar serenos, tranquilos, frente a un ambiente adverso que pudieran encontrar. No os preocupéis por nada, al contrario: en toda oración y súplica, presentad a Dios vuestras peticiones con acción de gracias. Y la paz de Dios que supera todo entendimiento custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús (Flp 4, 6-7).

Los primeros cristianos pusieron su esperanza en la venida de Jesucristo, Señor y Salvador del mundo. Igual debemos hacer nosotros, cristianos del tercer milenio. Dios es un Padre que nunca deja de pensar en nosotros y, respetando totalmente nuestra libertad, desea encontrarse con nosotros y visitarnos; quiere venir, vivir en medio de nosotros, permanecer en nosotros. Viene porque desea liberarnos del mal y de la muerte, de todo lo que impide nuestra verdadera felicidad, Dios viene a salvarnos.

¿Qué he de hacer, Señor, para que Tú estés contento de mí? La respuesta sale de los labios de Santa María, Madre de Cristo, que conoce muy bien a su Hijo, y es Madre nuestra, que quiere siempre nuestro bien: Haced lo que Él os diga (Jn 2, 5).