Catequesis sobre la Confesión (V)


Del libro: Un Dios que perdona

(El sacramento de la Penitencia explicado a los jóvenes)

Capítulo 2: Vivir en gracia (continuación)

Sí, me parece bien lo que estás diciendo, pero ¿qué es vivir en gracia? Te respondo inmediatamente. Una persona está en gracia de Dios -estado de gracia- cuando no tiene ningún pecado mortal en su alma. Si por el contrario, ha cometido un pecado grave, mortal, el estado de su alma es de pecado. Así de sencillo. Estar en gracia es gozar de la amistad de Dios. Y vivir en pecado, es estar alejado de Dios, lo cual no es nada bueno, pues sólo Él es la verdadera fuente de la felicidad y de la alegría.

Estar en gracia nos hace felices porque estamos cerca de Dios. La gracia, al hacernos hijos de Dios, produce en nosotros la mayor alegría. Por eso se entiende muy bien lo que escribió san Josemaría Escrivá: Nada hay mejor en el mundo que estar en gracia de Dios (Camino, n. 286). Que lo sepamos apreciar. Es lo más importante.

Relato ahora un episodio de la vida de san Vicente de Paúl. Este santo estuvo de esclavo en el norte de África al servicio de un médico musulmán que le trató bien, como a un hijo. Su amo se sentía apenado porque Vicente era cristiano y se negaba tozudamente a rezar a Alá y a su profeta. Ante su insistencia, Vicente leyó el Corán, y cuando su amo árabe le preguntó si no reconocía en las palabras de Mahoma la verdad, respondió: Señor, si tuvieras oro, ¿lo transformarías en plomo? Y el musulmán exclamó interrogativamente: ¿Cómo podría ser tan insensato? E inmediatamente san Vicente de Paúl dijo: Pues así sería yo de loco si pretendiera cambiar la doctrina pura del Evangelio por el plomo del Islam. Te he contado esto para decir que la mayor locura que una persona puede cometer es manchar su alma por el pecado, perder el estado de gracia. De esta locura, que consiste en pecar, también te voy a hablar.

¿Y qué hay que hacer para limpiar el alma manchada? Ya anteriormente, casi de pasada, dije que hay que acudir a la Confesión. Ahora bien, ya el hecho acercarse al sacramento de la Penitencia es una gracia que Dios da. Me explico, y como acostumbro hacer lo hago con un ejemplo.

Pongo, pues, una comparación para ilustrar de alguna forma la necesidad de la ayuda de Dios y del esfuerzo propio para recuperar la gracia. La situación del hombre en estado de pecado puede asemejarse a la de una persona caída en un pozo, quien, desde la oscuridad del fondo, divisa la claridad del exterior. Intenta salir, pero resbala y no lo consigue; grita y grita hasta que sus voces son escuchadas. Le arrojan el extremo de una cuerda con la que sujeta el cuerpo y, gracias a la fuerza que le viene de arriba y al esfuerzo con que se ayuda a subir, logra finalmente salir del pozo, llegar a la superficie. Esta imagen es bien ilustrativa. El hombre por sus propias fuerzas sin la ayuda de Dios no puede salir del estado de pecado, como tampoco puede alcanzar la santidad sin el auxilio de la gracia. Pero sabemos que Dios nos quiere y nos ayuda eficazmente.

Cuando se habla de la gracia es preciso distinguir dos clases de gracia: la gracia santificante o gracia habitual, que es de la que estamos hablando, y que permanece mientras no se pierda con el pecado mortal; y la gracia actual. Ésta es transitoria, momentánea. Se puede definir así: Gracia actual es un auxilio de Dios que ilumina nuestro entendimiento y mueve nuestra voluntad para obrar el bien y evitar el mal.

Hemos dicho que el hombre no puede salir del estado de pecado sin la ayuda de Dios. Dios ayuda mediante gracias actuales para que el pecador se arrepienta y acuda al sacramento de la Confesión. En la comparación del pozo, la gracia actual sería la cuerda que viene de arriba y es tirada con fuerza. El arrepentimiento y el acudir a la Confesión es lo que pone el hombre de su parte. Por tanto, para recuperar la gracia perdida por el pecado es necesario que Dios conceda una gracia actual que lleve al arrepentimiento y a la Confesión.

Y ahora contesto a una de las primeras preguntas que hiciste. En concreto, a ésta: ¿Se puede vivir siempre en gracia de Dios? Sí, pues estamos seguros de que Dios quiere que vivamos siempre en amistad con Él y, por tanto, nos ayuda para que así sea. Y se puede conseguir si hay correspondencia por parte del hombre a las gracias que se recibe del Cielo. Santo Tomás de Aquino, según contó su fiel secretario, fray Reginaldo de Piperno, durante toda su vida solamente cometió unos cuantos pecadillos. He aquí el ejemplo de una persona que siempre vivió en gracia de Dios.

¿Es difícil evitar los pecados graves? me parece recordar que era la otra pregunta que dejé su contestación para más adelante. Ésta es la respuesta: para algunas personas no sólo les resultará difícil, sino imposible, porque no rezan, ni frecuentan los sacramentos, ni se apartan de las ocasiones de pecar, ni les importa vivir en gracia. Pero si uno pone los medios a su alcance para conservar su alma limpia, no le resultará difícil, aunque siempre tendrá que pelear contra las tentaciones y esforzarse por ir mejorando en la piedad.

¿Y qué medios hay que poner? Te los enumero a continuación: amor a Dios, oración, frecuencia de sacramentos, mortificación, buenas obras, procurar ejercitar siempre la virtud, saber valorar el vivir en gracia, no dialogar con las tentaciones, no ponerse en ocasión de pecar. Qué importante es confesarse y comulgar con frecuencia, pues el alma se robustece al aumentar la gracia santificante.

Cuando se tiene el alma limpia uno lucha por no mancharla. Es como quien se ha puesto un traje limpio. Procura que no se ensucie, se aleja de donde hay grasa, tiene cuidado… y si, a pesar de todo, se mancha un poco, enseguida lo limpia con un producto adecuado, y otra vez está limpio. Pero si uno va vestido con un mono grasiento, lleno de mugre, le importa bien poco una mancha más. Este segundo caso es el de la persona que está en pecado, que fácilmente vuelve a pecar.

Hay una santa francesa que murió quemada en una hoguera. Antes fue sometida a un proceso injusto, y más injusta fue su condena. Se trata de santa Juana de Arco, la Doncella de Orleáns. Durante el juicio, uno de los jueces le preguntó: ¿Os encontráis en estado de gracia? La joven, con toda humildad y delicadeza, contestó: Si no estoy en gracia de Dios, le ruego a Él que me la otorgue, y si lo estoy, entonces le pido que me la conserve. Esta petición cada cristiano la tiene que hacer suya. Y además, rogarle a la Virgen María, la llena de gracia, su protección para que nunca manche su alma con el pecado, y si, por lo que sea, ha dejado de estar en gracia, que recupere la amistad con su Hijo cuanto antes por medio de la Confesión.

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