Domingo III del Tiempo Ordinario. Ciclo C


El sacerdote Esdras trajo la Ley ante toda la asamblea, hombres y mujeres, ante todos los que tenían uso de razón. Desde que hubo luz hasta el medio día la leyó frente de la explanada que hay delante de la puerta de las Aguas, ante los hombres, las mujeres y todos los que tenían uso de razón. Todo el pueblo prestaba oído al libro de la Ley (Ne 8, 2-3). El libro de Nehemías es un libro histórico, que es continuación del libro de Esdras. En este último, el autor sagrado narra el fin de la cautividad de Babilonia, el regreso de los deportados a Jerusalén y la reconstrucción del Templo. Además destaca la piedad y la tenacidad de los repatriados, que se dedican por completo al culto del Señor. Esdras instaura de nuevo la Ley del Señor, enseñando en Israel sus decretos y sentencias. Y Nehemías es el encargado de realizar las obras de restauración de la Ciudad Santa y de hacer las gestiones oportunas para su repoblación. Pero el núcleo central del libro de Nehemías lo constituyen la proclamación de la Ley realizada por Esdras y la confesión de los pecados del pueblo que se compromete a cumplir la Ley.

Leían el libro de la Ley de Dios con claridad, explicando el sentido, para instruir con la lectura (Ne 8, 8). Todo el pueblo estaba atento. Los cristianos tenemos la Nueva Ley, la Ley evangélica. Y la Iglesia es la que la interpreta auténticamente. El oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado únicamente al Magisterio de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo (Concilio Vaticano II, Constitución Dei Verbum).

Jesús no deroga la Ley de Moisés, sino que la lleva a plenitud, declarando, por ejemplo, la ineficacia contraprudecente de la ley del talión; declarando que Dios no se complace en la observancia del sábado que desprecia al hombre y lo condena; o cuando ante la mujer pecadora, no la condena, sino que la salva de la intransigencia de aquellos que estaban ya preparados para lapidarla sin piedad, pretendiendo aplicar la Ley de Moisés… Quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1 Tm 2, 4). Misericordia quiero, y no sacrificio (Mt 9, 13).

Podemos preguntarnos: ¿Me esfuerzo por conocer bien la Ley de Cristo? ¿Leo con frecuencia el Evangelio, donde está la vida y las enseñanzas de Jesús? Leamos todos los días un párrafo del Evangelio, para conocer mejor a Jesús, para abrir enteramente nuestro corazón a Jesús. El Evangelio meditado y encarnado en la vida cotidiana es la mejor manera para conocer a Jesús.

También hay que conocer la doctrina católica y el Magisterio de la Iglesia. Jesucristo instituyó en la Iglesia un magisterio vivo, auténtico y perpetuo, investido de su propia autoridad, revestido del espíritu de verdad, confirmado por milagros, y que quiso y muy severamente ordenó que las enseñanzas doctrinales de este magisterio fuesen recibidas como las suyas propias. ¿Cuánto tiempo dedico a mi formación cristiana? ¿Me conformo solamente con lo que oigo en las homilías de la misa dominical? Hace ya unos años salió el Catecismo de la Iglesia Católica. ¿Lo he leído alguna vez? ¿Lo repaso a menudo?

Volvamos al libro de Nehemías: Esdras, que leía, y los levitas, que instruían al pueblo, dijeron a todos: “¡Hoy es un día santo para el Señor, vuestro Dios! No os lamentéis ni lloréis”. Pues todo el pueblo estaba llorando al escuchar las palabras de la Ley (Ne 8, 9). ¿Por qué ese llanto? Puede ser por la emoción de encontrarse de nuevo en su tierra, en su patria. O bien, por el contenido de los preceptos de la Ley, cuyo cumplimiento los hace gratos a Dios. Pero también puede deberse por el reconocimiento de los pecados cometidos, según se deduce de las palabras de Nehemías dirigidas a Dios: Reconozco el pecado que los hijos de Israel hemos cometido contra ti. Yo y la casa de mi padre hemos pecado. Nos hemos comportado muy mal contigo y no hemos cumplido los mandamientos, leyes y normas que mandaste a tu siervo Moisés (Ne 8, 6-7). Es un llanto de contrición.

Aconsejaba san Josemaría Escrivá: Os he dicho muchas veces que la mejor de las devociones son los actos de contrición, y que siempre estoy volviendo como el hijo pródigo. No tenemos por qué llevar detrás, arrastrando, una cola de miserias: hay que ponerlas en manos de Dios y decirle como San Pedro después de las negaciones, con humildad verdadera: “Domine, tu omnia nosti: tu scis quia amo te!” (Jn 21, 17); Señor, Tú sabes que te amo a pesar de mis flaquezas.

Cuando nos acerquemos al sacramento de la Penitencia vayamos con el corazón contrito. Hay una oración muy bonita, un verdadero acto de contrición, del beato Pablo VI: Henos aquí, oh Señor Jesús: hemos venido como los culpables vuelven al lugar de su delito; hemos venido como aquél que te siguió, pero también te traicionó; fieles, infieles, lo hemos sido muchas veces; hemos venido aquí para confesar la misteriosa relación entre nuestros pecados y tu pasión; nuestra obra, tu obra; hemos venido para golpearnos el pecho, para pedirte perdón, para implorar tu misericordia; hemos venido porque sabemos que tú puedes, tú quieres perdonarnos. Porque tú has expiado con nosotros, tú eres nuestra redención, tú eres nuestra esperanza…

Reconocidos y confesados los pecados con verdadero arrepentimiento se llega al encuentro con el amor misericordioso y sanador de Dios. La Confesión es el sacramento de la alegría. También a nosotros se nos dice, después de recibir la absolución sacramental: No estéis tristes, porque el gozo del Señor es vuestra fortaleza (Ne 8, 10).

Meditemos con frecuencia la Palabra de Dios, y permitamos al Espíritu Santo que sea nuestro maestro. Entonces descubriremos que los pensamientos de Dios no son los de los hombres; seremos impulsados a conocer al verdadero Dios y a leer los acontecimientos de la historia a través de sus ojos; gustaremos en plenitud la alegría que brota de la verdad. Toda la Escritura divina habla de Cristo, y toda la Escritura divina se cumple en Cristo. Se ha dicho que la joya de la Escritura son los Evangelios.

Ya que muchos han intentado poner en orden la narración de las cosas que se han cumplido entre nosotros, conforme nos las transmitieron quienes desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra, me pareció también a mí, después de haberme informado con exactitud de todo desde los comienzos, escribírtelo de forma ordenada, distinguido Teófilo, para que conozcas la indudable certeza de las enseñanzas que has recibido (Lc 1, 1-4). Con este breve prólogo, san Lucas expuso la intención que le movió a escribir su evangelio: componer una historia bien ordenada y documentada de la vida de Cristo desde sus orígenes.

Dios ha querido que tengamos en los Evangelios escritos un testimonio divino y perenne en el que se apoya firmemente nuestra fe. En ellos podemos conocer todo lo que se nos ha dicho acerca del Señor o ha sido hecho por Él. Dice san Ambrosio que san Lucas dedica su Evangelio a Teófilo, esto es, a aquel a quien Dios ama. Pero si amas a Dios, también para ti ha sido escrito; y si ha sido escrito para ti, recibe este presente del Evangelista, conserva con cuidado en lo más íntimo de tu corazón esta prenda de un amigo.

Para los judíos, por mandamiento de Dios, el sábado era el día de descanso y de oración. En este día se reunían para instruirse en la Sagrada Escritura en la sinagoga. Durante la reunión se leía un pasaje del libro de la Ley -el Pentateuco- y otro de los Profetas. El que presidía solía invitar a alguno de los presentes que conociese bien las Escrituras a dirigir la palabra a los que allí estaban. También ocurría a veces que alguien se levantase voluntariamente y solicitaba el honor de cumplir este encargo. Nuestro Señor Jesucristo era un buen cumplidor de la Ley. Él dijo: No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolirlos sino a darles su plenitud (Mt 5, 17). Cuenta san Lucas que Jesús por impulso del Espíritu, volvió Jesús a Galilea y se extendió su fama por toda la región. Y enseñaba en sus sinagogas y era honrado por todos (Lc 4, 14-15).

Una vez que llegó a Nazaret, donde se había criado, y según su costumbre entró en la sinagoga el sábado, y buscando la oportunidad de instruir al pueblo se levantó para leer. Entonces le entregaron el libro del profeta Isaías y, abriendo el libro, encontró el lugar donde estaba escrito:“El Espíritu del Señor está sobre mí, por lo cual me ha ungido para evangelizar a los pobres, me ha enviado para anunciar la redención a los cautivos y devolver la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos y para promulgar el año de gracia del Señor”. Y enrollando el libro se lo devolvió al ministro y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él. Y comenzó a decirles: “Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír” (Lc 4, 17-21). Las palabras del profeta Isaías tienen su fiel cumplimiento en Jesús. Nuestro Señor vino para traer la Buena Nueva de la salvación, y quiere que su mensaje llegue a todos los rincones de la tierra.

Las palabras de Isaías leídas por Jesucristo describen de un modo gráfico la finalidad para la que Dios envió a su Hijo al mundo: la redención del pecado, la liberación de la esclavitud del demonio y de la muerte eterna. Y la Iglesia es la continuadora de esta misión de Cristo. Por eso predica las verdades de fe, lo que Dios nos ha revelado para alcanzar la salvación; habla de la necesidad de la vida sacramental, porque los sacramentos son verdaderos manantiales de la gracia; instruye a sus fieles en la moral cristiana.

Me ha ungido para evangelizar a los pobres. Comenta el papa Francisco: A los que estaban cargados de dolor, agobiados de pobreza, les aseguró que Dios los tenía en el centro de su corazón. Y enseñó que la misericordia hacia ellos es la llave del cielo.

San Pablo nos dice: Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Vosotros sois el cuerpo de Cristo y cada uno es un miembro (1 Co 12, 13.27). Cada miembro (el ojo, la mano, el oído) es distinto de los otros, aunque todos son del cuerpo, y se necesitan unos de otros. Igualmente pasa en la Iglesia. Somos miembros de la Iglesia, del Cuerpo Místico de Cristo, pero no todos tienen las mismas funciones. Sin embargo la misión de anunciar el Evangelio es común a todos los bautizados.

Todo fiel cristiano, cualquiera que sea su responsabilidad dentro de la Iglesia, debe preocuparse por comunicar, a través de su enseñanza y su comportamiento, la doctrina y la vida de Jesús. La acción catequética ha sido siempre considerada por la Iglesia como una de sus tareas primordiales.

Para promulgar el año de gracia del Señor. Con estas palabras acaba la tarea por la que ha sido ungido Cristo. La unción la recibió Jesucristo en el momento de la encarnación, principalmente por la gracia de la unión hipostática. Y explica el Catecismo Mayor de san Pío X: Esta unción de Jesucristo no fue corporal, como la de los antiguos reyes, sacerdotes y profetas, sino toda espiritual y divina, porque la plenitud de la divinidad habita en Él sustancialmente. ¿Qué entendemos por año de gracia? El profeta Elías alude al año jubilar de los judíos, establecido por la Ley de Dios cada cincuenta años, para simbolizar la época de redención y libertad que traerá el Mesías. La época inaugurada por Cristo, el tiempo de la Nueva Ley hasta el final de este mundo, es el “año de gracia”, el tiempo de la misericordia y de la redención, que se alcanzarán cumplidamente en la vida eterna.

En el Magnificat Santa María hace referencia a la misericordia de Dios que se derrama de generación en generación (Lc 1, 50), durante todo el “año de gracia” que Cristo promulgó. La Virgen María es la que conoce más a fondo el misterio de la misericordia divina. Y la llamamos Madre de la misericordia. A Ella acudimos, suplicándole que nos mire con sus ojos misericordiosos y nos alcance de su Divino Hijo la bienaventuranza del Cielo.

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