Nunca hay que dialogar con el diablo


No deben acercarse al diablo ni dialogar con él: está “derrotado” pero es peligroso porque seduce y, como un perro rabioso encadenado, muerde si le haces una caricia. El diablo que no ha muerto, pero que ya está condenado (cf. Jn 16, 11). Podemos decir que está moribundo, pero en todo caso está derrotado. No es fácil, sin embargo, convencerse porque el diablo es seductor, sabe qué palabras decirnos, y a nosotros nos gusta que nos seduzcan. Y él tiene esta capacidad; esta capacidad de seducir. Por esto es tan difícil comprender que está derrotado porque se presenta con gran poder, te promete muchas cosas, te da regalos -bonitos, bien envueltos- ¡Oh, qué bonito!, pero no sabes lo que hay dentro. Pero el papel por fuera es bonito. Nos seduce con el paquete sin dejarnos ver lo que hay dentro. Sabe presentar a nuestra vanidad, a nuestra curiosidad, sus propuestas.

Los cazadores, de hecho, dicen que no hay que acercarse al cocodrilo que está muriendo porque con un golpe de cola aún puede matar. Así, el diablo es “peligrosísimo”: se presenta con todo su poder, sus propuestas son todas mentiras y nosotros, tontos, las creemos.  El diablo, de hecho, es el gran mentiroso, el padre de la mentira. Sabe hablar bien, es capaz de cantar para engañar: es un perdedor pero se mueve como un ganador. Su luz es deslumbrante “como los fuegos artificiales” pero no dura, se desvanece, mientras que la del Señor “es humilde pero permanente”.

El diablo nos seduce, sabe tocar nuestra vanidad, la curiosidad, y nosotros lo compramos todo, es decir, caemos en la tentación. Es por tanto un perdedor peligroso. Hay que estar atento al diablo, como dice Jesús, a vigilar, rezar y ayunar. Así se vence a la tentación.

Es fundamental también no acercarse a él, porque, como decía un Padre de la Iglesia, es como un perro “enfadado”, “rabioso”, encadenado, al que no se le puede hacer una caricia porque muerde. Si yo sé que espiritualmente, si me acerco a ese pensamiento, si me acerco a ese deseo, si voy a esa parte o a la otra, me estoy acercando al perro rabioso encadenado. Por favor, no lo hagan. –Tengo una herida grande. ¿Quién te la hizo? El perro ¿Pero estaba encadenado? Sí, pero yo fui a darle una cariciaPues te lo has buscado. Es así: no acercarse nunca, porque está encadenado. Dejémosle allí encadenado.

Finalmente, hay que estar atentos a no dialogar con el diablo como hizo, en cambio, Eva: “se creyó una gran teóloga y cayó”. Jesús no lo hace: en el desierto, responde con la Palabra de Dios. Expulsa a los demonios, alguna vez les pregunta el nombre, pero no dialoga con ellos. Con el diablo no se dialoga, porque nos gana, es más inteligente que nosotros.

Se disfraza de ángel de luz, pero es un ángel de sombra, un ángel de muerte. Es un condenado, es un perdedor, es un encadenado que va a morir, pero es capaz de provocar masacres. Y debemos rezar, hacer penitencia, no acercarnos, no dialogar con él. Y al final, ir donde la madre, como los niños. Cuando los niños tienen miedo, van a la mamá: ¡Mamá, mamá… tengo miedo!, cuando tienen pesadillas … van a la mamá. Ir a la Virgen; Ella nos protege. Y los Padres de la Iglesia, sobre todo los místicos rusos, dicen: en el tiempo de las turbaciones espirituales, refugiarse bajo el manto de la gran Madre de Dios. Ir a la Madre. Que ella nos ayude en esta lucha contra el perdedor, contra el perro encadenado, para vencerle (Papa Francisco).

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