Homilía del Viernes Santo (CIclo B)

VIERNES SANTO (B)

Lecturas: Is 52, 13 – 53, 12; Hb 4, 14-16; 5, 7-9; Jn 18, 1 – 19, 42

El Siervo de Yavé. En la 1ª lectura hemos leído parte del Canto del Siervo de Yavé, también conocido como la Pasión según Isaías. El profeta narra el sufrimiento y la muerte del Siervo, ofrecido como sacrificio para la redención de todos, de tal manera que refleja de modo exacto e impresionante la Pasión y Muerte de Jesús. Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Vemos la misericordia de Dios para nosotros: Cristo murió por los pecadores e impíos.

Nuestro Señor Jesucristo, siendo inocente, fue contado entre los pecadores, él tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores. Su Pasión fue un derroche de amor, a veces, tan mal correspondido por los hombres. Con su Muerte ha llevado a término hasta el fin su misión redentora. Nuestra vida debe ser la de Cristo, de tal forma que podamos decir con san Pablo: Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí (Ga 2, 20). Pero la vida de Jesús pasa por la Cruz, y allí es donde le encontramos. No es posible una vida cristiana sin cruz.

Muerte de Jesús. En el Gólgota contemplamos a Cristo clavado en la cruz. Levantado en alto sobre la tierra, está cumpliendo el designio eterno y misericordioso de la Trinidad Beatísima: la salvación del género humano por medio de la muerte del Verbo encarnado en el altar de la Cruz. Dios nos quiere muy cerca de la Cruz. No hay santidad sin unión con Cristo crucificado. Estemos, como Santa María, el Discípulo amado y las Santas Mujeres, acompañando a Jesús en su agonía, siendo consuelo de Dios.

San Juan, testigo presencial, narra escuetamente el momento de la muerte del Señor: Inclinando la cabeza, entregó el espíritu. Jesús, que es dueño de su propia vida, libremente devuelve su alma a su Padre y muere verdaderamente como hombre. Al asumir la condición humana en todo menos en el pecado, también quiso pasar por el umbral de la muerte. Para el cristiano, identificado con Cristo, la muerte es retornar a la casa del Padre. Por eso no debe temer la muerte temporal, paso necesario para la vida eterna.

Descendimiento de la Cruz. En el anochecer del primer Viernes Santo, José de Arimatea y Nicodemo desclavan de la cruz el cuerpo muerto de Jesús. Ambos eran discípulos de Cristo, aunque ocultamente por temor a los judíos. ¡Cuántos cristianos hoy día aún con respetos humanos, que no dan la cara por Cristo! La muerte del Señor enseguida da sus frutos. José de Arimatea y Nicodemo vencen los respetos humanos, ya no tienen miedo a los judíos, y se muestran, en la hora del aparente fracaso de Jesús, como discípulos del Maestro. Su cariño al Señor se manifiesta en el cuidado y extremada delicadeza con que tomaron el Cuerpo de Cristo. Su ejemplo constituye una manifestación de piedad hacia los difuntos.

Mientras el Cuerpo del Jesús es depositado en el sepulcro, su Alma unida a su persona divina, descendió a la morada de los muertos. Abrió las puertas del cielo a los justos que le habían precedido (Catecismo de la Iglesia Católica).

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