Solemnidad de Todos los Santos. Homilía (Ciclo B)


Celebra la Iglesia la fiesta grande de Todos los Santos. Al pueblo cristiano no le basta hacer memoria de algunos que alcanzaron la aureola de la santidad, sino que quiere considerar al menos una vez al año a todos los que felizmente llegaron al término de su peregrinación terrena y ostentan ya en el Cielo la palma de la victoria. A la vista de su glorioso triunfo será mayor nuestro anhelo por lo celestial. ¡Qué conjunto tan magnífico el de los santos! Ellos en tronos de luz, radiantes de felicidad, con gozo sin igual y perdurable.

¿Quiénes son? ¿Los sabios que admiró el mundo? ¿Los opulentos que encerraban en cajas fuertes sus caudales? ¿Los potentados que vieron cumplidos sus sueños de grandeza y de ambición? Éste es el catálogo de los felices según el mundo, que no se corresponden con los felices del Cielo. El de éstos lo recuerda Jesús en el Sermón de la Montaña: bienaventurados los pobres de espíritu, los que lloran, los mansos, los misericordiosos, los limpios de corazón. ¡Magnífico pasaporte para entrar en la gloria celestial!

Los santos supieron acoger la invitación de Jesucristo: Seréis mis testigos (Hch 1, 8), proclamándolo con su vida y con su muerte. Ellos son luz en nuestro camino para vivir con valentía la fe, para alentar el amor al prójimo y para proseguir con esperanza la construcción de una sociedad basada en la serena convivencia y en la elevación moral y humana de cada ciudadano.

Cada santo participa de la riqueza de Cristo tomada del Padre y comunicada en el tiempo oportuno. Es siempre la misma santidad de Jesús, es siempre Él, el “Santo”, a quien el Espíritu Santo plasma en las “almas santas”, tomando amigos de Jesús y testigos de su santidad. Precisamente este día abrimos nuestro corazón para que también en nuestra vida crezca la amistad con Jesús, de forma que podamos testimoniar su santidad, su bondad y su verdad (Benedicto XVI, Homilía 3.VI.2007).

La solemnidad de Todos los Santos es “nuestra” fiesta: no porque nosotros seamos buenos, sino porque la santidad de Dios ha tocado nuestra vida. Ahora la celebramos aquí en la tierra; después, por la infinita misericordia de Dios, en el Cielo. Por la Comunión de los Santos estamos unidos a todos los que ya gozan de la visión beatífica, no sólo a los más conocidos, los canonizados que están en el calendario litúrgico, sino también a los miembros de nuestra familia y conocidos que ahora forman parte de esa multitud de bienaventurados. Podemos decir que es una fiesta familiar. Los santos están cerca de nosotros, y en el Cielo no están inactivos, sino que interceden ante Dios por nosotros. Ellos también pasaron por este mundo y tuvieron dificultades que vencer. Por eso nos entienden; además, nos aman, saben lo que es nuestro verdadero bien, nos ayudan y nos esperan. Son felices y nos quieren felices con ellos en el Paraíso. Por este motivo, nos invitan al camino de la felicidad, indicado por Cristo: las Bienaventuranzas.

¿Son muchos los santos? Todos los hombres estamos llamados a formar parte del Reino de Dios, porque Dios quiere que todos los hombres se salven (1 Tm 2, 4). A Cristo le preguntaron: Señor, ¿son pocos los que se salvan? (Lc 13, 23). Jesús no dijo número alguno ni porcentaje. Respondió diciendo: Esforzaos para entrar por la puerta angosta, porque muchos, os digo, intentarán y no podrán (Lc 13, 24). Por tanto, sólo podrán alcanzar la meta de la Salvación quienes luchan seriamente. En la primera lectura de la Misa se hace referencia al número de los elegidos. Y oí el número de los marcados con el sello: ciento cuarenta y cuatro mil sellados, de todas las tribus de los hijos de Israel. Después miré y había una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y el Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos (Ap 7, 4.9). Es consolador y estimulante saber que los que han llegado al Cielo constituyen una multitud inmensa. A la luz de esta visión hay que interpretar la respuesta dada por Cristo en la que pudiera parecer que se afirma que serán pocos los que se salvan, ya que el valor infinito de la preciosa Sangre de Cristo, es instrumento eficaz para que se cumpla la voluntad salvífica de Dios. Toda la historia de la Iglesia es historia de santidad. Del único amor que tiene su fuente en Dios en todos los siglos se ha producido el prodigioso florecimiento de vidas santas, de muchedumbre de hombres y mujeres que son modelos de entrega evangélica.

Uno de los ancianos tomó la palabra y me dijo: “Esos que están vestidos con vestiduras blancas ¿quiénes son y de dónde han venido?” Yo le respondí: “Señor mío, tú lo sabrás”. Me respondió: “Esos son los que vienen de la gran tribulación; han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la sangre del Cordero” (Ap 7, 13-14). En estos dos versículos vemos a los bienaventurados, después de superar las terribles pruebas de la gran tribulación. Sus túnicas aparecen resplandecientes y limpias, gracias al poder purificador de la sangre del Cordero. Se trata de la situación posterior a la resurrección universal, cuando los cuerpos gloriosos no podrán padecer ninguna molestia ni sentir nunca más dolor o incomodidad alguna, pues nada les podrá causar daño. La finalidad de la revelación de esta escena consoladora es fomentar el afán de imitar a estos cristianos, que fueron como nosotros y que ahora se encuentran ya victoriosos en el Cielo.

¿Qué significa están vestidos con vestiduras blancas? En el Cielo no hay nada manchado, y para entrar en el Paraíso, hay tener que tener el alma limpia, el vestido blanco. Quizás a la hora de la muerte haya pequeñas manchas -pecados veniales-; manchas que se quitan en el Purgatorio. Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios, y están perfectamente purificados, viven para siempre con Cristo. Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama “el cielo”. El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha (Catecismo de la Iglesia Católica).

En la segunda lectura, san Juan nos dice: Seremos semejantes a Él (a Dios), porque le veremos tal cual es. Todo el que tiene esta esperanza en Él, se hace puro como puro es Él (1 Jn 3, 2-3). La esperanza es para los que peregrinamos aún. Esta virtud hace que nos vistamos con las vestiduras blancas para poder contemplar a Dios eternamente cara a cara. Pero estar en gracia nos hace felices ya aquí en este mundo porque estamos cerca de Dios. La gracia produce en nosotros la mayor alegría. Por eso se entiende muy bien lo que escribió san Josemaría Escrivá: Nada hay mejor en el mundo que estar en gracia de Dios. Que lo sepamos apreciar; es lo más importante.

El pasaje evangélico de la Misa es el de las Bienaventuranzas. Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos… (Mt 5, 1-3) Jesucristo, al hablarnos de las Bienaventuranzas, nos indica el camino a seguir para alcanzar la meta, que no es otra que la visión beatífica. Se nos invita a ser pobres, misericordiosos, limpios de corazón, amantes de la paz y de la justicia… hasta que, como los santos, seamos bienaventurados plenamente, gozando la segunda parte de cada una de las ocho bienaventuranzas. Para una recta comprensión de la enseñanza del Señor es conveniente tener en cuenta que en las Bienaventuranzas no se promete la salvación a unas determinadas clases de personas que aquí se enumerarían, sino a todos aquellos que alcancen las disposiciones religiosas y conducta moral que Jesucristo exige. Es decir, los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordioso, los de corazón limpio, los pacíficos y los que padecen persecución por buscar la santidad, no indican personas distintas entre sí, sino que son como diversas exigencias de santidad dirigidas a quien quiere ser discípulo de Cristo.

Por lo mismo, tampoco prometen la salvación a determinados grupos de la sociedad, sino a toda persona que, sea cual fuere su situación en el mundo, se esfuerce por vivir el espíritu y las exigencias de las Bienaventuranzas. Es evidente que las Bienaventuranzas no contienen toda la doctrina evangélica. Sin embargo contiene, como en germen, todo el programa de perfección cristiana. En todas ellas se nos promete la salvación definitiva no en este mundo, sino en la vida eterna. Pero el espíritu de las Bienaventuranzas produce, ya en la vida presente, la paz en medio de las tribulaciones. En la historia de la humanidad, las Bienaventuranzas constituyen un cambio completo de las usuales valoraciones humanas: descalifican el horizonte de la piedad farisaica, que veía en la felicidad terrena la bendición y premio de Dios y, en la infelicidad y desgracia, el castigo. En todos los tiempos las Bienaventuranzas ponen muy por encima los bienes del espíritu sobre los bienes materiales. Sanos y enfermos, poderosos y débiles, ricos y pobres…son llamados, por encima de sus circunstancias, a la felicidad profunda de quienes alcanzan las Bienaventuranzas de Jesús.

Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el Cielo (Mt 5, 12). Las Bienaventuranzas son las condiciones que Cristo ha puesto para entrar en el reino de los Cielos. Este versículo con que el que acaba la enumeración de las ocho Bienaventuranzas, a modo de recapitulación, es una invitación global a vivir esta enseñanza. La vida cristiana no es, pues, tarea fácil, pero vale la pena por la plenitud de vida que promete el Hijo de Dios.

La Iglesia está viva y nosotros lo vemos: experimentamos la alegría que el Resucitado ha prometido a los suyos. La Iglesia está viva; está viva porque Cristo está vivo, porque él ha resucitado verdaderamente. Y la Iglesia es santa: nunca han faltado hombres y mujeres santos en la Iglesia, en todas las épocas, que se esforzaron por vivir íntegramente las exigencias de la Fe. La santidad de la Iglesia sigue adelante: con esta gente, con nosotros que veremos a Dios como Él es. ¿Cuál debe ser nuestra actitud si queremos entrar en este pueblo y caminar hacia el Padre, en este mundo de devastación, en este mundo de guerras, en este mundo de tribulaciones? ¡Pero nos hará pasar por cosas desagradables! Nos traerá problemas, persecuciones. Pero sólo ese camino nos llevará hacia adelante. Y así, este pueblo que hoy sufre tanto por el egoísmo de nuestros hermanos devastadores, este pueblo sigue adelante con las Bienaventuranzas, con la esperanza de encontrar a Dios, de encontrar cara a cata al Señor, con la esperanza de llegar a ser santos, en ese momento del encuentro definitivo con Él (Papa Francisco, Homilía 31.X.2015).

Santa María es Reina de Todos los Santos. Le pedimos a Ella que nos ayude a vivir las Bienaventuranzas para alcanzar la santidad.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s