Concurso literario


Como todos los años, el colegio Los Álamos había convocado un certamen literario con motivo de las fiestas colegiales que siempre se celebraban a finales del segundo trimestre. En el concurso había varias categorías según las edades, y en el que los concursantes podían presentar trabajos de cualquier género literario: poesías, cuentos, novelas, ensayo, teatro… Los temas eran totalmente libres, así como la extensión de los trabajos. Javier Terriza, alumno de Los Álamos, envió por correo electrónico a todos sus amigos de otros centros docentes las bases del concurso. Sabía que les interesaría a Jacobo Prieto, Raúl Prada y Carolina Saéz, y quizás a algún otro más. De sus compañeros del colegio, seguramente concursarían Carlos Armenteros y Alberto López. Él también tenía pensado escribir una novela corta para presentarla.

Guillermo Sanz, el profesor de Lengua y verdadero promotor del concurso, había animado a sus alumnos a participar, diciéndoles:

Hace ya veinte años, cuando llegué a este colegio, un alumno mío me enseñó un cuento que había escrito. Hablando en plata, aquello era un bodrio. Le hice ver cómo repetía palabras pudiendo emplear sinónimos; el mal uso de la puntuación; la cantidad excesiva de gerundios; demasiadas oraciones subordinadas, en las que el lector se perdía; y los “que” aparecían en cada párrafo como setas en un otoño lluvioso. Sinceramente, me entró ganas de decirle: “No es lo tuyo escribir, dedícate a otra cosa”. Pero no, le animé a seguir escribiendo. Ya iría puliendo el estilo, aprendiendo a expresar sus ideas en el papel. Hace pocos días me ha traído su última publicación. En Wikipedia se dice de él: “Escritor español, autor de novelas de literatura infantil y literatura juvenil. Compagina la docencia universitaria como profesor de Literatura con su labor como novelista. Hasta la fecha ha publicado más de quince obras, entre las que destacan por la buena acogida de la crítica…”, y cita unos cuantos títulos. Por tanto, así como para llegar a un sitio, hay que comenzar a caminar, para ser escritor el día de mañana, es preciso empezar a escribir ya. En ninguna actividad artística, a las primeras de cambio sale una obra medianamente buena, y mucho menos, una obra maestra. Los grandes literatos también tuvieron que tachar y rehacer lo que iban escribiendo, antes de publicar sus obras.

*****

Javier estuvo indeciso a la hora de ponerse ante el ordenador. Sí, escribiría una novela, pero… ¿de fantasía?, ¿de misterio?, ¿de terror? No. Quería algo intimista, que a la vez fuera una denuncia de la sociedad actual. Hay que transmitir un mensaje, se decía. Y eligió como tema la falta de entendimiento entre padres e hijos, la incomunicación entre adultos y niños, el llamado conflicto generacional. Bastante arduo le resultó plasmar su idea en la treintena de folios escritos en una semana, el tiempo que él mismo se había fijado para escribir la novela. Al imprimirla, ¡vaya fatalidad!, la impresora se quedó sin tinta en el séptimo folio. Enseguida telefoneó a Raúl exponerle el problema surgido.

Sí, ven ahora. Estoy aquí, en casa… con Juanma, haciendo unas traducciones de alemán. Puedes imprimir tu novela en mi impresora. Yo he escrito una poesía, pero me da no sé qué…

Déjate de tonterías, preséntala al concurso. En un momento estoy ahí.

Y así fue, al cabo de un rato, Javier llegó con un disquete e imprimió la novela. Con las hojas en las manos, fue comentándosela a los dos amigos, leyendo algún que otro párrafo.

Fijaos lo que he escrito: “José Luis -le decía el padre a su hijo adolescente con el que no se entendía muy bien-; he dedicado muy poco tiempo a estar contigo, a conocer tus problemas… Pero ten la seguridad de que, ahora en adelante, vas a encontrar en mí al mejor de tus amigos”. El muchacho, mirándole fijamente a los ojos, le contestó: “Papá: amigos ya tengo muchos; lo que yo necesito es un padre”. ¿Qué os parece?

Estoy totalmente de acuerdo con tu protagonista, Javier -dijo Raúl-. Además, aunque se tenga mucha confianza con un padre, hay asuntos que no se hablan con él, y con los amigos, sí. Y no porque la materia de estos asuntos sea mala o inmoral o inconveniente. Por ejemplo, si a uno le gusta una niña de su clase, seguramente se lo comentará a sus amigos, pero no a su padre.

Conversando hace tres días con mi preceptor del colegio sobre mi novela -de nuevo era Javier quien hablaba-, él me dijo que la amistad no aporta nada a la paternidad; están en planos distintos. En la amistad hay horizontalidad, mientras que en la paternidad hay verticalidad. Con los amigos, la reciprocidad es igualitaria; con los padres, es desigual. Un buen padre no necesita para nada ser amigo de su hijo. Él lo tiene claro, me lo dio a entender. Además me recalcó que falta de comunicación no es enfrentamiento, y me sugirió que pusiese cómo cada hombre es hijo de su tiempo, y los tiempos cambian, e incluso las formas de pensar en una misma persona en las diversas etapas de su vida, aunque mantenga siempre sus principios. Al terminar, añadió: “Sí, los tiempos cambian, pero hay cosas que permanecen inmutables, como son los valores éticos y morales”.

Juanma se mantuvo al margen de la conversación, silencioso, pero atento. Sólo al final, cuando Javier se disponía irse, rompió su mutismo para decirle a Raúl:

Enséñale tu poesía a Javier.

A Raúl no le quedó más remedio que mostrársela, pero se resistió a leerla como se lo pedía Javier. La había titulado: La noche de estrellas.

La noche, silenciosa, quieta.

Tu mirada hacia la infinitud del espacio celeste,

morada de estrellas inalcanzables.

Horas llenas de oscuridad…

…llegó la luz primera del nuevo día.

La aurora, luz sonrosada del amanecer,

borró de tu cielo las estrellas.

Horas de sol hiriente… y mediodía,

con su cegadora claridad.

Una brisa en la tarde,

y un sol andariego hacia el ocaso.

El crepúsculo, con su horizonte de fuego.

Atrás queda tu ansiedad.

Luminarias en el firmamento

tímidamente suspendidas en el vacío etéreo…

…y en la noche, tu cielo de estrellas.

Javier, después de leerla detenidamente en silencio y, a continuación, de recitarla en voz alta, insistió a su amigo para que concursara.

No se pierde nada por presentarla, y sí se puede ganar algo. Bueno, adiós.

Y se fue muy agradecido.

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