La Pasión del Señor en la Semana Santa de Huelva (XVIII)


Hermandad de Culto y Apostolado del Dulce Nombre de Jesús y Cofradía de Penitencia del Santo Cristo de la Misericordia, María Santísima de la Concepción y San Juan Evangelista

Después del primer pecado, el mundo fue inundado de pecados, pero Dios, siempre misericordioso, no abandonó al hombre al poder de la muerte, antes al contrario, le predijo de modo misterioso que el mal sería vencido y el hombre levantado de la caída. Prometió un Mesías. Por ello, la caída será incluso llamada feliz culpa, porque ha merecido tal y tan grande Redentor.

Jesús… dulce nombre, Dios salva. En la Cruz está clavada la salvación del mundo. Y en toda la Pasión del Señor la misericordia de Cristo vence al pecado. En ella, es donde éste se manifiesta mejor su violencia y su multiplicidad: incredulidad, rechazo y burlas por parte de los jefes y del pueblo, debilidad de Pilato y crueldad de los soldados, traición de Judas tan dura a Jesús, negaciones de Pedro y abandono de los discípulos. En la hora misma de las tinieblas, el Sacrificio del Redentor se convierte en fuente inagotable de perdón. La muerte de Jesús es fruto del amor: de un amor inconmensurable a la Humanidad entera y a cada uno de los hombres y mujeres que han venido y vendrán a la tierra. Y amor con amor se paga. Contemplar la figura de Cristo muerto en la Cruz por nosotros, nos interpela a cada uno directamente y nos mueve a tratar de devolverle amor, a ser generosos en la entrega. En su muerte en la cruz se realiza ese ponerse Dios contra sí, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical. Poner la mirada en el costado traspasado de Cristo ayuda a comprender: Dios es amor. Es allí, en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad. Y a partir de allí se debe definir ahora qué es el amor. Y, desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar (Benedicto XVI).

La Semana Santa está llegando a su fin. Durante estos días hemos visto a Cristo sufriente, a Cristo orando en Getsemaní, a Cristo flagelado, a Cristo coronado de espinas, a Cristo caminando con la Cruz, a Cristo que dice al hombre que sufre: ven y sígueme, a Cristo que bebió hasta el fondo el cáliz del sufrimiento humano que le dio el Padre, a Cristo que asumió todo el mal de la condición humana sobre la tierra, excepto el pecado, para sacar de él el bien salvífico. Y ahora, desde la Calle Rábida viene la Hermandad del Santo Cristo de la Misericordia. En el “paso” del Señor vemos al Divino Crucificado, a Cristo, que es la encarnación de la infinita misericordia de Dios. De ese Dios que ama a su criatura, el hombre; lo ama también en su caída y no lo abandona a sí mismo. Él ama hasta el fin. Lleva su amor hasta el final, hasta el extremo: baja de su gloria divina. Se desprende de las vestiduras de su gloria divina y se viste con ropa de esclavo. Baja hasta la extrema miseria de nuestra caída. Se arrodilla ante nosotros y desempeña el servicio de un esclavo; lava nuestros pies sucios, para que podamos ser admitidos a la mesa de Dios, para hacernos dignos de sentarnos a su mesa, algo que por nosotros mismos no podríamos ni deberíamos hacer jamás (Benedicto XVI).

¡Señor Jesús!, Tú has dirigido a la Humanidad un mensaje de verdad y de esperanza, has obrado prodigios, has asegurado el perdón de los pecados, pero sobre todo, te has ofrecido al Padre en un gesto de inmenso amor, víctima de expiación por nuestros pecados. Siempre tendremos necesidad de contemplar el misterio de la Divina Misericordia, de poner los ojos en Ti, Santo Cristo de la Misericordia. Tu misericordia es fuente de alegría, de serenidad y de paz; es condición para nuestra salvación, es la vía que une Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados no obstante el límite de nuestro pecado.

¡Qué bien expresó el poeta del Siglo de Oro los sentimientos hacia Ti! No me mueve, mi Dios, para quererte // el cielo que me tienes prometido // ni me mueve el infierno tan temido // para dejar, por eso, de ofenderte. // Tú me mueves, Señor, muéveme el verte // clavado en esa Cruz y escarnecido, // muéveme el ver tu Cuerpo tan herido, // muéveme tus afrentas y tu muerte. // Muéveme, al fin, tu amor, y en tal manera // que aunque no hubiera cielo, yo te amara // y aunque no hubiera infierno, te temiera. // No me tienes que dar porque te quiero, // pues aunque lo que espero, no esperara // lo mismo que te quiero, te quisiera.

*****

Tanto san Marcos como san Lucas narran que con Jesús fueron crucificados dos ladrones, pero sólo el evangelista Lucas cuenta la conversión de uno de los dos. Momentos antes de morir, Jesús usa de su misericordia para perdonar al Buen Ladrón.

Con Él llevaban otros dos malhechores para ser ejecutados. Cuando llegaron al lugar llamado Calvario, le crucificaron allí, y a los dos malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda, y se cumplió la escritura que dice: Fue contado entre los malhechores. Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: ¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros. Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía: “¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha hecho nada malo. Y decía: Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. Jesús le dijo: En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso.

Al responder al Buen Ladrón Jesucristo manifiesta que es Dios porque dispone de la suerte eterna del hombre; que es infinitamente misericordioso y no rechaza al alma que se arrepiente con sinceridad. Estas palabras muestran la misericordia divina y el valor del arrepentimiento final. Siempre hay esperanza en esta vida. La promesa de Cristo al Buen Ladrón es una invitación a luchar por amor hasta el último instante. El Señor concede siempre más de lo que se le pide: el ladrón sólo pedía que se acordase de él; pero el Señor le dice: “En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso”. La vida consiste en habitar con Jesucristo, y donde está Jesucristo allí está su Reino (San Ambrosio). Y otro Padre de la Iglesia escribió: Porque una cosa es el hombre cuando juzga a quien no conoce, y otra cosa es Dios, que penetra las conciencias. Entre los hombres, a la confesión sigue el castigo; mientras que ante Dios, a la confesión sigue la salvación (San Juan Crisóstomo). San Dimas confesó su mala vida. Y obtuvo el perdón porque creyó que Jesús dejaba este mundo para entrar en su Reino, lo reconoció como el Señor.

Tanto Gestas como Dimas, cuyas vidas se están apagando junto a Cristo, son el ejemplo de tantas personas que viven apartadas de Dios, sumergidas en el pecado. Pero la misericordia y la gracia de Dios son más grandes que los pecados de los hombres. La escena de los dos ladrones nos invita a admirar los designios de la Divina Providencia y de la libertad humana. Ambos se encontraban en la misma situación: en presencia del Sumo y Eterno Sacerdote, que se ofreció por ellos y por todos los hombres; uno se endurece, se desespera y blasfema, mientras que el otro se arrepiente, acude a Cristo en oración confiada, y obtiene la promesa de su inmediata salvación. Hay cierto paralelismo entre estos dos ladrones y los apóstoles san Pedro y Judas Iscariote. No solamente porque el apóstol traidor fuera ladrón -que lo era-, sino porque tanto Simón Pedro como Judas durante la Pasión de Cristo pecaron gravemente. Uno negó conocer a su Maestro; el otro lo entregó a sus enemigos por unas monedas. El paralelismo está en la distinta suerte que corrieron. San Pedro, con su arrepentimiento sincero -lloró amargamente su pecado, confió en la misericordia del Señor-, fue perdonado al igual que san Dimas. Judas Iscariote siguió el mismo camino de Gestas: se desesperó sin confiar en la misericordia divina.

San Dimas murió en amistad con Dios. Hay muchas personas que viven alejadas de Dios. No podemos permanecer indiferentes ante esta realidad. A algunas les podremos hablar y animarles para que vuelvan a reconciliarse con Dios. Pero a la inmensa mayoría, no. Entonces, ¿qué hacer? Pedir a Dios por la conversión de los pecadores. Si rezamos mucho por esta intención, seguramente en el Cielo nos encontraremos con muchos que como el buen ladrón consiguió la salvación eterna al final de su vida.

El Santo Cristo de la Misericordia, durante la estación de penitencia de su Hermandad, nos recuerda lo que escribió san Pablo: Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, y estando nosotros muertos por nuestros delitos, nos dio vida por Cristo.

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