Homilía de la Solemnidad de Navidad. Ciclo C


Mirad, el Señor se hace oír hasta los confines de la tierra: “Decid a la hija de Sión: Mira que viene tu salvador; mira que trae su recompensa, y su premio va por delante”. Y los llamarán: “Pueblo Santo”, “Redimidos del Señor”. Y a ti te llamarán: “Buscada”, “Ciudad no Abandonada” (Is 62, 11-12). La tradición cristiana ha incorporado desde el siglo VI estos versículos del libro de Isaías a la liturgia del día de Navidad, interpretando que con el nacimiento de Jesús se ha cumplido la unión gozosa entre la divinidad y la humanidad en un acontecimiento que supera cualquier imagen esponsal. Un monje de la antigüedad tardía hizo este bello comentario: Por eso, como el esposo que sale de su alcoba, descendió el Señor hasta la tierra para unirse, mediante la encarnación, con la Iglesia, que había de congregarse de entre los gentiles, a la cual dio sus arras y su dote: las arras, cuando Dios se unió con el hombre; la dote, cuando se inmoló por su salvación (Fausto de Riez).

El nacimiento del Señor es vida y salvación de los hombres, pues realiza la reconciliación de la divinidad con la humanidad, y de la humanidad con la divinidad. En la noche de Belén tuvo lugar la muerte de las tinieblas y la vida del hombre; y se abrió un camino para los hombres hacia Dios y un camino de Dios hacia el alma. Se realizó la unión y la reconciliación entre las realidades celestes y las terrenas: Dios y el hombre.

Aquel acontecimiento, el más importante de toda la historia de la humanidad, no pasó totalmente desapercibido. Dios quiso que el nacimiento del Mesías Salvador sucediera de modo tan inadvertido que el mundo, aquel día, siguió su vida como si nada especial hubiera ocurrido. Sólo a unos pastores les anuncia Dios el acontecimiento. Cerca del lugar donde nació Jesús había unos pastores vigilando del rebaño durante la noche. Y de improviso, un ángel se les apareció para anunciarles una gran alegría: el nacimiento del Señor. Además les indicó el lugar y les dio una señal para reconocerlo. De pronto aparecieron una muchedumbre de ángeles alabando a Dios. Y sucedió que cuando los ángeles, dejándoles, se fueron al cielo, los pastores se decían unos a otros: “Vayamos, pues, hasta Belén y veamos lo que ha sucedido y el Señor nos ha manifestado”. Y fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, reconocieron las cosas que les habían sido anunciadas sobre este niño (Lc 2, 15-17). La prisa de los pastores es fruto de su alegría y de su afán del ver al Salvador. Nadie busca a Cristo perezosamente (San Ambrosio). Lo que se les había anunciado era tan importante que debían ir inmediatamente. En efecto, lo que se les había dicho iba mucho más allá de lo acostumbrado. Cambiaba el mundo. Ha nacido el Salvador. El Hijo de David tan esperado ha venido al mundo en su ciudad.

Los pastores marchan a Belén acuciados por la señal que se les había dado. Encontraron al niño reclinado en el pesebre que, como todos los niños, necesita los cuidados maternos; vieron al niño envuelto en pañales. La señal de Dios es el niño, su necesidad de ayuda y su pobreza. Sólo con el corazón los pastores podrán ver que en este niño se han realizado las promesas mesiánicas. Tampoco a nosotros se nos ha dado una señal diferente. El ángel de Dios, a través del mensaje del Evangelio, nos invita también a encaminarnos con el corazón para ver al niño acostado en el pesebre (Benedicto XVI). Al comprobar la señal, cuentan el anuncio del ángel y la aparición de la multitud de ángeles. Y con ello, se constituyen en los primeros testigos del Nacimiento del Señor. Y todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían. María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón. Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho.(Lc 2, 20).

En la humildad de la gruta de Belén, en el silencio profundo y grave de la noche, en el pesebre y en el regazo de la Madre, y en la tierna mirada del Niño se nos revela el verdadero rostro de Dios. La Virgen contemplaba serenamente todas aquellas maravillas que se estaban cumpliendo en el nacimiento de su divino Hijo. Santa María las penetra con mirada honda, las pondera y las guarda en el silencio de su alma. Si la imitamos, si guardamos y ponderamos en nuestros corazones lo que de Jesús oímos y lo que Él hace en nosotros, estamos en camino hacia la santidad y no faltará en nuestra vida ni la doctrina del Señor ni su gracia.

En Belén, Dios se hace pequeño por nosotros. Viene a la tierra para salvarnos, pero no viene con poderío. Viene como niño inerme. Cuando se ve a Dios hecho Niño por amor al hombre, qué nada parece todo demás (Santa Maravillas de Jesús). El poder de un Niño, Hijo de Dios y de María, no es el poder de este mundo, basado en la fuerza y en la riqueza, es el poder del amor. Pide nuestro amor: por eso se hace niño. No quiere de nosotros más que nuestro amor. Aprendamos a vivir con Él y a practicar también con Él la humildad de la renuncia que es parte esencial del amor.

El niño de Belén nos hace poner los ojos en todos los niños que sufren y son explotados en el mundo, tanto los nacidos como los no nacidos. En los niños convertidos en soldados y encaminados a un mundo de violencia; en los niños que tienen que mendigar; en los niños que sufren la miseria y el hambre; en los niños carentes de todo amor. En todos ellos, es el niño de Belén quien nos reclama; nos interpela el Dios que se ha hecho pequeño. Oremos para que el resplandor del amor de Dios acaricie a todos estos niños, y pidamos a Dios que nos ayude a hacer todo lo que esté en nuestra mano para que se respete la dignidad de los niños; que nazca para todos la luz del amor, que el hombre necesita más que las cosas materiales necesarias para vivir (Benedicto XVI).

La promesa del Mesías la hizo Dios en el Paraíso a Adán y Eva, después de la caída de nuestros primeros padres. Y su cumplimiento tuvo lugar al llegar la plenitud de los tiempos (Ga 4, 4), en un momento histórico bien preciso. Pasados innumerables siglos desde la creación del mundo, cuando en el principio Dios creó el cielo y la tierra y formó al hombre a su imagen; después también de muchos siglos, desde que el Altísimo pusiera su arco en las nubes tras el diluvio como un signo de alianza y de paz; veintiún siglos después de la emigración de Abrahán, nuestro padre en la fe, de Ur de Caldea; trece siglos después de la salida del pueblo de Israel de Egipto bajo la guía de Moisés; cerca de mil años después de que David fuera ungido como rey; en la semana sesenta y cinco según la profecía de Daniel; en la olimpíada ciento noventa y cuatro, el año setecientos cincuenta y dos de la fundación de la Urbe, el año cuarenta y dos del imperio de César Octavio Augusto; estando todo el orbe en paz, Jesucristo, Dios eterno e Hijo del eterno Padre, queriendo consagrar el mundo con su piadosísima venida, concebido del Espíritu Santo, nueve meses después de su concepción, nace en Belén de Judea, hecho hombre, de María Virgen: la Natividad de nuestro Señor Jesucristo según la carne.

La noche del nacimiento de Jesús, de la venida del Señor a la tierra, es tiempo favorable, día de la salvación, de la paz y de la reconciliación; el tiempo que tan ardientemente desearon los patriarcas y profetas y que fue objeto de tantos suspiros y anhelos; un tiempo lleno de alegría. Si hacemos alegría cuando nace uno de nos ¡Cuánto más! naciendo Dios. Una noche que la Iglesia celebra solemnemente y que también nosotros debemos vivir en todo momento con fervor, alabando y dando gracias al Padre eterno por la misericordia que en este misterio nos ha manifestado. El tiempo en que la Palabra eterna, el Hijo de Dios, tomó la naturaleza humana. Dios Padre tanto amó al mundo que le ha dado su Hijo único (Jn 3, 16). El profeta Isaías al decir: un hijo se nos ha dado (Is 9, 5), revela en toda su plenitud el misterio de la Navidad: la generación eterna de la Palabra en el Padre, su nacimiento en el tiempo por obra del Espíritu Santo.

Hace ya más de dos mil cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor a los hombres, él nos salvó, no por obras de justicia que hubiésemos hecho nosotros, sino según su misericordia, por medio del baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo, que derramó sobre nosotros con largueza por medio de Jesucristo nuestro Salvador, para que, justificados por su gracia, fuésemos constituidos herederos, en esperanza, de vida eterna (Tt 3, 4-7). Donde se manifiesta la gloria de Dios, se difunde en el mundo la luz. Dios es luz, en él no hay tiniebla alguna” (1 Jn 1, 5). En el establo de Belén el cielo y la tierra se tocan. El cielo vino a la tierra. Por eso, de allí se difunde una luz para todos los tiempos; por eso, de allí brota la alegría.

La luz es fuente de vida y significa sobre todo conocimiento, verdad, en contraste con la oscuridad de la mentira y de la ignorancia. Así, la luz nos hace vivir, nos indica el camino. Pero además, en cuanto da calor, la luz significa también amor. Donde hay amor, surge una luz en el mundo; donde hay odio, el mundo queda en la oscuridad. Ciertamente, en el establo de Belén aparece la gran luz que el mundo espera. En aquel Niño acostado en el pesebre Dios muestra su gloria: la gloria del amor, que se da a sí mismo como don y se priva de toda grandeza para conducirnos por el camino del amor. La luz de Belén nunca se ha apagado. Ha iluminado hombre y mujeres a lo largo de los siglos (Benedicto XVI).

¡Dios se ha hecho hombre en el Niño Jesús, porque ha querido hacerse como nosotros desde el principio, desde el nacimiento hasta la resurrección! El Señor, sin dejar la gloria del Padre, se hace presente entre nosotros de un modo nuevo: el que era invisible en su naturaleza se hace visible al adoptar la nuestra; el eterno, engendrado antes del tiempo, comparte nuestra vida temporal para asumir en sí todo lo creado, para reconstruir lo que estaba caído y restaurar de este modo el universo, para llamar de nuevo al reino de los cielos al hombre sumergido en el pecado (Prefacio II de Navidad).

La Encarnación es la manifestación de Dios Salvador y de su gran luz en un niño que ha nacido para nosotros, dándonos a conocer su bondad y su amor a los hombres. Como dijo san Juan Pablo II, Cristo, Encarnación de la infinita misericordia de Dios, ha dirigido a la humanidad su mensaje de verdad y de esperanza, ha obrado prodigios, ha asegurado el perdón de los pecados, pero sobre todo, se ha ofrecido al Padre en un gesto de inmenso amor, víctima de expiación por nuestros pecados.

En Belén, la Virgen nos ofrece a su Hijo como principio de vida nueva. La luz verdadera viene a iluminar nuestra existencia, recluida con frecuencia bajo la sombra del pecado. Y junto a María está la presencia silenciosa de san José. El ejemplo de María y de José es para todos nosotros una invitación a acoger con total apertura de espíritu a Jesús, que por amor se hizo nuestro hermano. Él viene a traer al mundo el don de la paz: “En la tierra paz a los hombres de buen voluntad” (Lc 2, 14), como lo anunció el coro de los ángeles a los pastores. El don precioso de la Navidad es la paz, y Cristo es nuestra auténtica paz. Y Cristo llama a nuestro corazón para darnos la paz, la paz del alma. Abramos la puertas a Cristo (Papa Francisco).

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