Homilía de la Solemnidad de Pentecostés

La venida del Espíritu Santo. Quedaron todos llenos del Espíritu Santo. En este domingo, la Iglesia conmemora la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, que estaban reunidos en el Cenáculo junto a María, la Madre de Jesús, y otros muchos discípulos. Pentecostés muestra el rostro de la Iglesia como una familia reunida con María, avivada por la efusión impetuosa del Espíritu y dispuesta para la misión evangelizadora.

La venida del Espíritu Santo es el cumplimiento de una de las promesas que hizo el Señor a sus discípulos. Ya en las primeras apariciones de Jesús resucitado, esa promesa se hace realidad: Como el Padre me envió así os envío yo. Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. Y en los Hechos de los Apóstoles, el Evangelio del Espíritu Santo, se muestra la constante actividad de esta Persona Divina.

El Gran Desconocido. Muchas veces se ha dicho que el Espíritu Santo es El Gran Desconocido. Sin embargo, es una persona divina. Es la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas. Y en la Sagrada Escritura vemos como el Espíritu Santo se ha manifestado en la tierra en varias formas. El día de Pentecostés se hizo visible mediante un viento impetuoso y lenguas de fuego. El viento fuerte simboliza la vida, el movimiento y la fortaleza que remueve los obstáculos a la vida cristiana y santa. Las lenguas de fuego significan la elocuencia y la doctrina que el Señor comunica al hombre, para iluminar las inteligencias, y la caridad para inflamar los corazones en el amor de Dios.

Esta Persona Divina inhabita en el alma de quien está en gracia. El Espíritu Santo se establece desde el bautismo en el alma del justo y allí lo obra todo: como padre de familia en su casa, la gobierna; como maestro en su escuela, le enseña; como hortelano en su huerta, la cultiva; como rey en su propio reino, la rige; como el sol en el mundo, la alumbra; y como el alma al cuerpo, le da vida, sentido y movimiento.

Los dones del Espíritu Santo. El Espíritu Santo santifica por medio de la gracia, de las virtudes y de sus dones. Estos dones son: Sabiduría: nos hace saborear las cosas de Dios; Entendimiento: nos ayuda a entender mejor las verdades de nuestra fe; Consejo: nos ayuda a saber lo que Dios quiere de nosotros y de los demás;  Fortaleza: nos da fuerzas y valor para hacer las cosas que Dios quiere; Ciencia: nos enseña cuáles son las cosas que nos ayudan a caminar hacia Dios; Piedad: con el que amamos más y mejor a Dios y al prójimo; Temor de Dios: nos ayuda a no ofender a Dios cuando flaquee nuestro amor.

El Espíritu es nuestro Santificador. Debemos ser dóciles a sus inspiraciones y no impedir su acción en nosotros con nuestra indiferencia, flojedad o mala voluntad. Es deber nuestro invocar con frecuencia al Divino Espíritu y pedirle cuanto necesitamos, ya que sin cesar estamos necesitados de luz y fuerza, en orden al cumplimiento de la voluntad de Dios y a la consecución de nuestro fin eterno.

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