La Pasión del Señor en la Semana Santa de Huelva (XXII)


Ilustre Hermandad de Penitencia y Cofradía de Apostolado del Santísimo Cristo de la Fe y María Santísima de la Caridad

Los feligreses de la Parroquia de Santa María Madre de la Iglesia y los cofrades del barrio de Viaplana, en la tarde del Viernes Santo hacen pública manifestación de su creencia cristiana con la estación de penitencia del Santísimo Cristo de la Fe. En la iconografía del misterio del “paso” del Señor está plasmado el momento en el cual José de Arimatea muestra a los soldados romanos el permiso recibido del procurador Poncio Pilato para desclavar de la Cruz el Cuerpo muerto de Cristo. Los cuatro evangelistas describen brevemente a este discípulo oculto del Señor. San Mateo dice que el de Arimatea era un hombre rico, que se había hecho discípulo de Jesús. San Marcos, que era miembro ilustre del Consejo y era de los que esperaban el Reino de Dios. San Lucas afirma que José era un varón bueno y justo, miembro del Sanedrín, el cual no había consentido a su decisión y a sus acciones, y que era procedente de Arimatea, y esperaba el Reino de Dios. Y san Juan dice que era discípulo de Jesús aunque ocultamente por temor a los judíos.

José de Arimatea, en contraste con la huida de los propios Apóstoles, tiene la valentía y la delicadísima piedad de encargarse personalmente de todos los trámites de la sepultura de Jesús. La muerte de Cristo no había quebrantado su fe. Es de notar que su gesto sigue inmediatamente a las afrentas del Calvario y tiene lugar antes del triunfo de la Resurrección gloriosa del Señor. Puso al servicio de Jesucristo, sin esperar ninguna recompensa humana y aun con riesgo de su propia persona, todo cuanto era preciso: su posición social, su propio sepulcro aún sin usar, y todos los demás medios pertinentes. Su acción habrá sido premiada con ser inscrito su nombre en el libro de la vida, y ha sido recogida en el Santo Evangelio y en la memoria de todas las generaciones cristianas. Siempre será un vivo ejemplo para todo cristiano que por Dios debe arriesgar dinero, posición y honra. Este discípulo de Jesús nos enseña a no tener respetos humanos para seguir a Cristo y serle fiel, aunque otros no lo sean. Asusta el daño que podemos producir, si nos dejamos arrastrar por el miedo o la vergüenza de mostrarnos como cristianos en la vida ordinaria (San Josemaría Escrivá).

En los Santos Evangelios hay palabras de Cristo que nos tienen que ayudar a vencer los respetos humanos. A todo el que me confiese delante de los hombres, también yo le confesaré delante de mi Padre que está en los Cielos. Pero al que me niegue delante de los hombres, también yo le negaré delante de mi Padre que está en los Cielos. Porque si alguien se avergonzare de mí y de mis palabras ante esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles. Sí, quien se avergüenza de ser discípulo de Cristo, de imitar su ejemplo, de seguir los preceptos del Evangelio, de aceptar sus enseñanzas por temor a desagradar al mundo o a las personas mundanas que le rodean, a éste, Cristo no le reconocerá en el día del Juicio Final como discípulo suyo, pues no ha confesado con su vida la fe que recibió en las aguas bautismales. Por tanto, el cristiano nunca debe avergonzarse de ser creyente, dejándose arrastrar por el ambiente de mundanidad que le rodee, sino influir con decisión para transformar ese ambiente contando para ello con la gracia de Dios. Es lo que hicieron los primeros cristianos -hombres de fe-, que no se dejaron vencer por los respetos humanos y transformaron el antiguo mundo pagano.

Todos nosotros hemos recibido el don de la fe. Debemos cuidarlo, para que al menos no se debilite, para que continúe siendo fuerte con el poder del Espíritu Santo que nos la ha regalado… Dios no nos ha dado un espíritu de timidez. El espíritu de timidez va contra el don de la fe, no deja que crezca, que vaya adelante, que sea grande. Y la vergüenza: “Sí, tengo fe, pero la cubro, que no sea vea mucho…” Hay que pedir al Señor la gracia de tener una fe sincera, una fe que no se negocia según las oportunidades que vienen. Una fe que cada día trato de reavivarla o al menos pido al Espíritu Santo que la reavive y así dé un fruto grande (Papa Francisco). Empeñemos nuestras energías vitales en construir un mundo donde brille la luz de Cristo, la santidad de los cristianos, donde se plasmen las bienaventuranzas predicadas por Jesús en la montaña. Construyamos un mundo más fraterno y más justo; un mundo sin violencia, siempre anticristiana; un mundo donde reine la honestidad, la verdad, la paz.

Si queremos un mundo mejor, no hay más remedio que realizar una nueva evangelización. Esta evangelización se ofrece como prerrogativa a los jóvenes de corazón generoso y creador, abiertos a la construcción de un mundo sin fronteras donde prevalezca una civilización del amor, cuyos protagonistas deben ser todos los hijos de Dios diseminados por el mundo. En la carta que escribe san Pablo a los cristianos de Roma, el Apóstol de los gentiles describe la situación moral del Imperio. El paganismo invade las costumbres ambientales de las grandes ciudades de entonces. Los gentiles son injustos, perversos, codiciosos, llenos de envidia, de contiendas, de engaños; son chismosos, enemigos de Dios, fanfarrones, insensatos, invertidos, llenos de pasiones infames y de aberraciones sexuales. Como se puede comprobar, la situación de entonces no era muy distinta a la de ahora. Pero no hay que olvidar: los hombres de Dios -los cristianos- salvaron aquel mundo podrido. A este mundo sucio de ahora lo salvarán los que tienen fe en Dios y afrontan generosamente las exigencias de esa fe.

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El misterio de la Encarnación del Hijo de Dios y el de la Redención por Él llevada a cabo para todas las criaturas constituyen el mensaje central de nuestra fe. La Iglesia lo proclama ininterrumpidamente durante los siglos, caminando entre las incomprensiones y las persecuciones del mundo y las consolaciones de Dios (San Agustín) y lo confía a todos sus hijos como tesoro precioso que cuidar y difundir. Decía san Juan Pablo II a los jóvenes: No tengáis miedo a proclamaros cristianos en vuestro ambiente. Esta profesión de fe os llenará de una alegría profunda; incluso, a veces, no os comprenderán y se reirán de vosotros.

Y es lo que te pido, Santísimo Cristo de la Fe, una fe que fortalezca mi vida; que haga ponerme cada día en las manos de Dios Padre, sabiendo que esas manos son siempre buenas. Sé, Señor, que mi fe en Ti me ayuda siempre a superar los momentos difíciles. Te agradezco que hayas puesto a mi lado muchas personas que me quieren y me animan a seguir con alegría mi camino de fe.

Todos tenemos necesidad de la luz de la fe para andar en el camino de la vida. La fe, que es como una semilla en lo profundo del corazón, florece cuando nos dejamos “atraer” por el Padre hacia Jesús, y “vamos a Él” con ánimo abierto, con corazón abierto, sin prejuicios; entonces reconocemos en su rostro el rostro del Padre.

¡Cristo de la Fe!, renueva en cada uno de nosotros el don de la fe, a fin de que en nuestro espíritu esté siempre la luz de Dios, la luz del amor, que da sentido a nuestra vida, la ilumina, nos da esperanza y nos hace ser buenos y disponibles hacia nuestros hermanos. La fe me dice que tu muerte, Señor, es el signo supremo del amor de Dios por nosotros pecadores, y es modelo de la entrega del hombre en las manos del Padre. Por esto justamente la fe en Ti, Señor, es fuente de vida, victoria sobre el mal y el pecado, principio de vida vivida en obediencia, fidelidad, entrega a Dios y al prójimo.

Hermandad de penitencia y cofradía de apostolado. Las nuevas generaciones de cofrades del Cristo de la Fe deben saber cuánto ha costado la fe que han recibido como herencia, para recoger con gratitud la antorcha del Evangelio e iluminar con ella estos inicios del tercer milenio del cristianismo. Pues cuando se conoce verdaderamente a Jesucristo y se experimenta su presencia en la vida, no se puede dejar de anunciar el mensaje salvífico de la Cruz. Esa es la finalidad del apostolado: llevar a todos la luz, el fuego, el calor y la alegría de Cristo.

Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: “Éste es el rey de los judíos. Con la fe sabemos que Cristo no es fracasado que muere en una cruz, sino un Rey triunfador. Es un rey coronado de espinas, cuyo cetro es una caña. Aunque aparezca despojado de sus vestiduras y clavado en una cruz, desde ahí, su trono de gloria, triunfó sobre la muerte y el pecado, venció a Satanás. Su victoria nos abre las puertas del Cielo. Su Reino no es de este mundo. Su realeza es paradójica: su trono es la cruz; su corona es de espinas; no tiene cetro, pero le ponen una caña en la mano; no viste suntuosamente, pero es privado de la túnica; no tiene anillos deslumbrantes en los dedos, pero sus manos están traspasadas por los clavos; no posee un tesoro, pero es vendido por treinta monedas. Verdaderamente el reino de Jesús no es de este mundo, pero justamente es aquí por donde encontramos la redención y el perdón. Porque la grandeza de su reino no es el poder según el mundo, sino el amor de Dios, un amor capaz de alcanzar y restaurar todas las cosas. Por este amor, Cristo se abajó hasta nosotros, vivió nuestra miseria humana, probó nuestra condición más ínfima: la injusticia, la traición, el abandono; experimentó la muerte, el sepulcro, los infiernos. De esta forma nuestro Rey fue incluso hasta los confines del Universo para abrazar y salvar a todo viviente (Papa Francisco).

Quiere Cristo reinar en nuestras almas. Viene a destruir el reino de Satanás, del pecado, del vicio. Quiere que la virtud, la vida cristiana se difunda por todas las naciones, que las leyes y las costumbres sean conformes al Evangelio, para que venga la paz y prosperidad a los pueblos, y consigan los hombres la eterna bienaventuranza. Jesucristo es Rey supremo, y como Rey debe ser honrado. Su pensamiento debe estar en nuestras inteligencias; su moral, en nuestras costumbres; su caridad, en las instituciones; su justicia, en las leyes; su acción, en la historia; su culto, en la religión; su vida, en nuestra vida. Somos de Cristo. Nuestro apostolado es extender y afirmar el reinado de Jesucristo en todos los corazones, y en todas las actividades humanas.

¡Santísimo Cristo de la Fe!, con palabras del Evangelio te digo: Creo, Señor, pero aumenta mi fe. Sí. Fe, más fe, Señor, que necesitamos mucha fe, para cristianizar la sociedad neopagana de nuestros días.

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